Diálogo y respuestas. Escuela que pregunta y responde … Benetti

SE NECESITAN RESPUESTAS. UNA ESCUELA  QUE PREGUNTA Y RESPONDE …

Dialogando con los educadores …

Lic. Santos Benetti

Durante la administración Reagan, por los años ´70, setecientos jóvenes universitarios firmaron una petición para que se les proporcionara píldoras de cianuro para el caso de una guerra nuclear.
No sé cómo le habrá caído al presidente la demanda, pero sí la reacción del Director del Servicio de Salud que se tomó muy en serio el asunto: “El hecho de que setecientos estudiantes estén tan preocupados, significa que alguien necesita respuestas”, fue su comentario.
No siempre nuestros jóvenes y adolescentes atravie­san situaciones tan extremas, pero sí tienen preguntas tan significativas que toda respuesta puede parecer in­significante.  “Alguien necesita respuestas” fue la inteligente reac­ción del Director de Salud.

“Alguien necesita respuestas” es una forma de plan­tear la educación. Y no porque nuestro sistema educativo no tenga respuestas. Lo que sucede es que a menudo tiene respuestas para preguntas que nadie se hace. Y no responde a las preguntas que sí se hacen.

Nuestro sistema educativo puede parecerse al viejo catecismo de preguntas y respuestas. Tanto las respues­tas como las preguntas habían sido elaboradas por la misma persona o institución. Y entonces sucedía que se respondía a lo que nadie preguntaba ni le interesaba preguntar, pero jamás se respondía a las preguntas que niños de siete u ocho años sí podían hacer.
– Lo que pasa es que nosotros ya sabemos las preguntas funda­mentales del ser humano, esas que nacen de su íntima y profunda esencia, y la educación debe responder, si quiere ser profundamente humana y por tanto trascen­dente, a esas incuestionables y absolutas inquietudes del ser humano.
Mas hete aquí que nuestros queridos y trascendentes adolescentes se están muriendo de aburrimiento y de pena, mientras nuestro bien amado país lleva años de suicidio colectivo, o autodestrucción, si usted prefiere una frase menos angustiante, y no hay síntomas de reacción. Y esa tristeza y aburrimiento de unos, y el suicidio de todo un país, significa que “alguien necesita respuestas” porque hay muchas preguntas sin respuestas.

Porque esto que nos pasa es el resultado de una educación, como también de una política, harta de respuestas grandi­locuentes y frases enlatadas quién sabe en qué viejo manual, pero que no tienen nada que ver con lo que está pasando aquí y ahora con esta gente de carne y hueso que sufre de muerte lenta. Es el resultado de una política llena de ideologismos y de grandes principios declamados, pero hueca de significados reales para el vivir concreto de cada día. Baste pensar en el clamor por la inseguridad o en el drama de la pobreza y del clientelismo político.Y si un país no se construye con grandes frases, tampoco se educa repitiendo día y noche frases trasnochadas que ya ni son preguntas ni menos son respuestas a nada. Entonces volvamos al comienzo: “Alguien necesita respuestas” . ¿Y quién es ese “alguien”?

No nos apresuremos a decir: “los educandos, por supuesto”. Porque yo también necesito respuestas porque tengo preguntas, “yo me hago preguntas”, y pregunta usted, y preguntan los niños pequeños y los adolescentes, y pregunta todo un pueblo… Y todos nos estamos haciendo preguntas porque estamos necesitados de res­puestas.

Y entonces podemos encontrar una nueva forma de sentir la educación: como el lugar donde se hacen pre­guntas.

¿Quiénes preguntan? Todos los que conforman “la comunidad educativa”, porque todos son hombres y mujeres de carne y hueso que están en este barco de la vida. El educador debe saber preguntarse a sí mismo y expresar esas preguntas :¿Qué hago aquí? ¿Me gusta lo que hago? ¿Qué problemas tengo? ¿Estoy satisfecho?

Y preguntan los educandos. ¿Qué preguntan? Cómo puedo saberlo si son ellos los que tienen que hacer sus preguntas…

Un espacio y un tiempo para hacerse preguntas. Es decir: para sacar afuera el conflicto. Porque vamos a aprender y con qué ganas … las respuestas o las posibles soluciones cuando sintamos que responden a un verda­dero conflicto que tenemos.

El otro día me lo decía una maestra: “Me quedé sorprendida por todo lo que los chicos sabían sobre el Golfo Pérsico, Irán y Palestina. Si hasta se sabían el mapa del Medio Oriente de memo­ria … “. Ahí había un conflicto y había muchas preguntas que urgían respuesta. Entonces, se aprende…

– Muy bien. Henos aquí que todos nos hacemos preguntas. ¿Y quién da las respuestas?

Observe su pregunta: “Quién da las respues­tas”… Pareciera que usted supone que alguien tiene que dar las respuestas.

– ¡Claro! ¡No va a dejar las preguntas en el aire!

Y ¿por qué no pensamos que las respuestas las vamos a buscar entre todos? ¿No es verdad que formamos una “comunidad educativa”? ¿Por qué el maestro o el profesor debe ser el sábelotodo que tiene todas las respuestas a todas las posibles preguntas? ¿No es esa una forma demasiado mesiánica de entender el rol educativo?

Imaginemos este esquema: educación es el lugar y tiempo donde todos nos hacemos preguntas y entre todos buscamos las respuestas. Interesante ¿no?

– Ahora que lo formula así, me siento mucho más aliviada. Cada vez que voy a la escuela voy pensando: ¿Y qué diré hoy? ¿Lo diré bien? ¿Estará correcto? Eso es peor que un parto. Y que yo también pueda hacer preguntas y sentirme escuchada por los alumnos, ¿sabe que me está gustando?

Ya me voy acostumbrando a estos comentarios. Se­ñal de que algo nuevo está pasando… Entonces, un lugar para preguntas y  para respuestas. La pregunta es la expresión de un conflicto. Donde no hay conflicto no hay pregunta.

Y cuando se quieren tapar los conflictos, se tapan las preguntas o se disimula con preguntas preestablecidas que intentan generar un seudo clima educativo-socrático, un pseudo diálogo. Parece que se dialoga, pero ya las respuestas están preestablecidas, utilizándose técnicas de persuasión o disuasión al mejor estilo propagandístico. Lo importante es con-vencer…

Pero la pregunta siempre emerge en un momento concreto, aquí y ahora, porque alguien está viviendo un conflicto, y por tanto supone una respuesta concreta a ese conflicto, aquí y ahora.  “¿De dónde vienen los bebés?”, pregunta el niño cuando está buscando una respuesta a algo que le preocupa y conflictúa.

Por eso, psicológicamente hablando, no hay preguntas universales ni respuestas universales, como que no existe el hombre universal con un conflicto universal. Aquí y ahora este señor concreto hace una pre­gunta. Ese es el momento educativo. Y poco importa si lo formula verbalmente, con gestos o con síntomas corporales. Donde está el conflicto está el acto educativo.

Y como el vivir de los hombres y mujeres concretos es siempre dinámico y cambiante, las pregun­tas resultan siempre nuevas y demandan nuevas res­puestas. Y tampoco hay preguntas y respuestas universales: cada ser humano exige las propias para su situación personal.

Siempre me acuerdo de la anécdota que cuenta el doctor Suzuqui. En algún lugar del Oriente iba el maestro con su discípulo rumbo hacia el monasterio budista. De pronto en el sendero se aparece un elefante. El discípulo se asusta, pero el maestro lo calma: No te hará nada”. Y así fue. A la semana siguiente el discípulo iba solo por el mismo sendero para visitar a su maestro y de pronto se apareció el elefante. “No me hará nada“, pensó el mucha­cho. Pero el elefante no penlo mismo y tras atraparlo con su trompa lo lanzó en medio de la malezaEl pobre muchacho se levantó como pudo con más de un hueso roto, y más empujado por la rabia contra su maestro que por otra cosa, se dirigió hacia el monasterio, buscó al maestro y lo increpó duramente: “Usted me dijo la semana pasada que el elefante no me haría nada”. A lo que el anciano respondió sin perder la calma: “La semana pasada.

He ahí el secreto de una educación sana y vital: hoy tengo preguntas y hoy busco las respuestas. Las del año pasado son del año pasado. He crecido, aparecieron nuevas circunstancias, la situación es distinta, y entonces la pregunta aparece como nueva y exige una nueva reformulación o respuesta. Las de mi infancia son de mi infancia, hoy hay otras, como otros son los problemas de los adolescentes.

Todos los padres y educadores vivimos una infancia y adolescencia muy distintas de las actuales. La posmodernidad ha llegado con todo su empuje y… no tenemos respuestas a sus cuestionamientos. Donde hay una pregunta, hay interés.

Y donde hay interés, hay hambre de aprendizaje. Que eso es aprender: responder a los problemas y conflictos de la vida.

– Lo que usted dice es muy interesante y supongo que puede aplicarse a muchas materias, pero no sé si en todas las asignaturas es aplicable ese método...

Si se diera el caso de que nadie tuviese pregun­tas sobre nada, ¿para qué perder tiempo en decir lo que a nadie interesa? No estaría mal revisar tantos temas” que andan por allí más por fuerza de inercia histórica que por necesidad de los educandos. Pero también está lo otro: los educadores tenemos que aprender a plantear el problema antes de pedir la solución. Allí está la inventiva del maestro y su audacia creativa. Estoy convencido de que cual­quier asignatura puede aprenderse con esta metodología. Y al contrario: nada puede aprender­se si no hay una pregunta subyacente.

De a poco me voy convenciendo, pero me queda una objeción. Creo que hay temas, digamos fundamentales y trascendentes, que están más allá del aquí y del ahora; esos grandes temas que afectan al hombre en su misma esencia, que demandan del educador una respuesta más apro­piada, más universal, porque la pregunta está en la íntima y profunda naturaleza del hombre, digamos del hombre con mayúscula.   

¿Sabe una cosa? Hace siglos que se aplica esa pedagogía de discursos universales para pregun­tas universales. Lo hace la filosofía, lo intenta al me­nos, y lo hacen los grandes congresos pedagógicos, con el consiguiente aburrimiento de todo el mundo. Sé que esto le puede sonar a herejía, pero ¿a qun le interesa ese supuesto “hombre universal” con preguntas universales y profundas? Estamos har­tos del intelectualismo y de pensar que porque ha­cemos planteos abstractos y supuestamente uni­versales, los problemas se resuelven y así cada uno adquiere el sentido de la vida.

Usted mismo cuando está tranquilo en su casa, ¿qué preguntas se hace? ¿Y se acuerda de las que se hacía diez años atrás? ¿Qué preguntas se hacía como novio y cuáles se hace ahora como casado o padre o madre de familia? Y en definitiva, qué le interesa: ¿vivir, ser usted mismo, sentirse bien, o “ser el hombre universal”? El hom­bre (la persona) es una abstracción, un sustantivo abstracto. Lo concreto es que nos vamos haciendo hombres o mujeres, de este país, con estos problemas, con estas aspiraciones, con tales preguntas, con aquellas dudas. Y este proceso se llama educación y suele terminar cuando nos están rezando el res­ponso.

En la práctica, es así como usted dice 

Si en la práctica es así (praxis, vida) ¿por qué no hacer una educación práctica? En la práctica sete­cientos jóvenes pedían pastillas de cianuro por si se desencadenaba una guerra nuclear. En la práctica el Sida esallí como un peligro para nosotros y para futuras generaciones. En la práctica nuestros ado­lescentes hacen sus experiencias sexuales con pla­cer o con traumas entre los trece y quince años. En la práctica mucha gente no sabe a dónde vamos a parar y qué ps tendremos dentro de dos o tres años.

En la práctica nuestros educandos quieren capacitarse para enfrentar el mundo con las mejores herramientas. En la práctica les surgen preguntas y dudas sobre el más allá y el más acá, se cuestionan mitos, dogmas y teorías y quieren tener una opinión personalY si la educacn, en la práctica, no les sirve para encontrar respuestas a esas cuestiones, ¿no cree usted que la escuela está de s y estamos haciendo un gran papelón hablando de lo que no interesa a nadie y callando sobre lo que sí interesa mucho? Como dea aquel Ministro: El hecho de que los estudiantes estén preocupados, significa que alguien necesita respuestas. He ahí una buena definición de educación. Y de allí surge un método: Partir de las necesidades reales y vitales (cuestiones, preguntas, conflictos) y bucar juntos la respuesta..       

Si mal no recuerdo fue Sócrates el inventor del método. ¿Sería por eso que lo condenaron a muerte? Donde abundan las preguntas, siempre hay peligro para los dueños de todas las respuestas.

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