Ética – Valores. Conceptos de H. Maturana

ÉTICA Y VALORES

Humberto Maturana, biólogo y profesor universitario

(Extractos de su libro “El sentido de lo humano”)

Nosotros, en la cultura occidental, hacemos muchas reflexiones sobre ética.
Hablamos de los derechos humanos, tenemos la Carta de los Derechos Humanos de las Naciones Unidas. Yo en mi laboratorio la tengo y he agregado dos puntos: el derecho a equivocarse y el derecho a cambiar de opinión. Hay libros donde se justifican los derechos humanos de manera racional.

Sin embargo, la Carta de los Derechos Humanos y los discursos racionales sobre los derechos humanos, por impecables que sean, no convencen sino a los convencidos.
¿Por qué? Porque lo racional es un operar en un ámbito de coherencias operacionales y discursivas fundado por un conjunto de premisas fundamentales aceptadas a priori que lo determinan.
El que no tiene esas mismas premisas fundamentales tiene otras, y genera, también de manera impecable, un discurso racional distinto que constituye otro dominio de coherencias operacionales y discursivas, y por lo tanto otro dominio racional.
¿Se aplica esto al campo de la ética? Ciertamente.

La preocupación ética como preocupación por las consecuencias que nuestras acciones tienen sobre otro, es un fenómeno que tiene que ver con la aceptación del otro y pertenece al dominio del amor. Por eso la preocupación ética nunca se extiende más allá del dominio social donde surge.
(Para Maturana “El amor es la emoción que constituye el dominio de acciones en que nuestras interacciones recurrentes con otro hacen al otro un legitimo otro en la convivencia. Amor es aceptar al otro como sujeto legítimo para la convivencia con él.
Las interacciones recurrentes en el amor amplían y estabilizan la convivencia; las interacciones recurrentes en la agresión interfieren y rompen la convivencia. Por esto el lenguaje, como dominio de coordinaciones conductuales consensuales, no puede haber surgido en la agresión que restringe la convivencia aunque una vez en el lenguaje podamos usar el lenguaje en la agresión)

La ética no tiene fundamento racional sino emocional.
De ahí que la argumentación racional no sirva, y es precisamente por eso que hay que crear sistemas legales que definen las relaciones entre sistemas humanos distintos desde la configuración de un pensar social capaz de abarcar a todos los seres humanos.
La Carta de los Derechos Humanos es supuestamente capaz de abarcar a todas las naciones en un sistema legal común que imita, por declaración, relaciones sociales que surgen espontáneamente en la convivencia fundada en el amor. Ha sido necesario hacer esto, porque en cada nación la preocupación ética no va más allá de sus fronteras.

De ahí que hablar de la humanidad y esperar que se dé espontáneamente un ámbito social de lo humano no resulta, porque no es fácil extender sin reflexión la aceptación del otro más allá de las fronteras culturales.
Es debido al carácter social de las preocupaciones éticas, dependiente del amor y no de la razón, que una determinada comunidad política pueda hacer apreciaciones éticas que no son válidas para otra. El espacio social que define una ideología política no es igual al de otra, porque cada ideología política define un tipo de humanidad.

Quiero insistir en que debemos damos cuenta de esto, porque en la medida en que la fenomenología del amor está en el fundamento biológico de lo humano, ella estará presente de todos modos.

La preocupación ética se constituye en la preocupación por el otro, se da en el espacio emocional y tiene que ver con su aceptación, cualquiera que sea el dominio en el que ésta se dé. Por esto la preocupación ética nunca va más allá del dominio de aceptación del otro en que se da.
Al mismo tiempo, según aceptemos o no al otro como un legitimo otro en la convivencia, somos o no responsables frente a nuestras interacciones con él o ella, y nos importarán o no nos importarán las consecuencias que nuestras acciones tengan sobre él o ella.
La ética, como el dominio de nuestra preocupación por las consecuencias que muestras acciones tienen en la vida de otros seres humanos, pertenece al dominio de aceptación del otro como un legitimo otro en la convivencia; es decir, al dominio del amor.

Es por esto que las preocupaciones éticas nunca van más allá del dominio social en que surgen y tienen distintas formas en diferentes culturas.
Es por esto, también, que los argumentos racionales sobre ética sólo convencen a los convencidos.
La invitación ética no es racional sino emocional.
Es desde el amor que el otro tiene presencia.
No digo como el Papa, “el amor es más fuerte”, digo que la biología es más fuerte.

El amor no es una cosa especial; es cotidiano y ustedes notarán que en todas las situaciones de crisis humanas, de crisis en las comunidades, de terremotos, de incendios, de situaciones extremas, las personas se encuentran en un nivel básico humano donde la solidaridad está presente y ni siquiera hay que recomendarla, surge sola
¿Por qué? Porque el amor nos pertenece como característica biológica que funda lo humano.

¿Saben ustedes que la mayor parte de las enfermedades humanas tiene que ver con la negación del amor? Nos enfermamos si no nos quieren, si nos rechazan, si nos niegan, o si nos critican de una manera que nos parece injusta.
Podemos, incluso, enfermarnos de cáncer, porque la dinámica fisiológica tiene que ver con la dinámica emocional.

En lo que respecta al deseo de controlar las emociones, pienso que se trata de un planteamiento inadecuado, porque supone que hay que controlarlas por su carácter negativo. Pero no es así: las emociones constituyen el fundamento de todo nuestro quehacer.

Lo que sí cabe es darse cuenta de ellas para actuar responsablemente, esto es, dándose cuenta de si uno quiere o no quiere las consecuencias de sus acciones.
La responsabilidad tiene que ver con el darse cuenta de los propios deseos, y surge en la reflexión como un acto en el que uno pone sus deseos bajo el escrutinio de los deseos. En otras palabras, la responsabilidad no pertenece al dominio de la razón. Lo mismo ocurre con la libertad que surge con nuestra responsabilidad sobre nuestra responsabilidad.

En otras palabras, ¿Qué es la ética?


La ética se constituye en la preocupación por las consecuencias que tienen las acciones de uno sobre otro, y adquiere su forma desde la legitimidad del otro como un ser con el cual uno configura un mundo social. La emoción que funda lo social es el amor, por esto lo social es un espacio de convivencia que se da desde las acciones que constituyen al otro como un legítimo otro en coexistencia con uno. 


Por esto también, lo social es un espacio ético y las  preocupaciones éticas jamás van más allá del espacio social donde surgen.
Hay muchos temas sobre  los que hablamos demasiado sin comprender sus fundamentos. Esto pasa con la ética. Si miramos a las condiciones bajo las cuales surgen nuestras preocupaciones éticas, vemos que todas son condiciones en que el otro tiene presencia y es visto en su legitimidad, y esto ocurre sólo en el dominio de las acciones que constituyen al amor.
Es por esto, repetimos, que afirmamos que lo ético surge como preocupación por las consecuencias que nuestras acciones tienen sobre el otro sólo en un ámbito social y jamás van más allá del ámbito social en que surgen.

Las preocupaciones éticas, por lo tanto, no son en su origen normativas sino “invitantes”.
Es desde la convivencia social, desde la convivencia fundada en las acciones que constituyen al otro como legítimo otro, que la ética surge y tiene sentido. Por eso la ética no puede plantearse como exigencia, porque la exigencia niega al otro.

La mayor parte de los discursos de ética non intentos de control de  la conducta del otro, y tarde o temprano niegan lo que pretenden defender. Nos parece que lo que hemos dicho dice todo lo que hay que decir sobre ética.
Lo que sí cabe agregar es que para que la conducta ética surja hay que permitir que opere la biología del amor, tenemos que devolver al niño la posibilidad de crecer en el amor, en el espacio donde las conductas de los adultos le permitan crecer en respeto por sí mismo y por el otro desde la aceptación de su propia legitimidad.

¿QUÉ SON LOS VALORES?
 

Los valores son distinciones de configuraciones relaciónales en la convivencia, que obtienen su legitimidad desde el amor.
Todos los valores referidos en la literatura se fundan en una emoción fundamental: el amor, y el amor es el dominio de las acciones que constituyen al otro como un legítimo otro en la convivencia. Honestidad, cooperación, respeto, lealtad, generosidad,  responsabilidad,  justicia…

Los valores de la vida cotidiana se fundan en el amor.
El respeto se da en la aceptación del otro como un legítimo otro en la convivencia, y donde hay colaboración que se da sólo en el respeto mutuos, desaparecen la arrogancia y la obediencia. Todos los valores tienen que ver con el amor y son expresión de la armonía social, pues lo social se funda en el amor.
¿Cuándo la valentía es valentía y cuándo es locura? El enfrentar un peligro en un contexto que le da a ese enfrentamiento un significado social, es valentía.  El enfrentar un peligro sin fundamento social, es locura.
En la medida en que tiene un fundamento social, la valentía está fundada en el amor.


Pero, ¿los valores se aprenden o se enseñan?
Ni lo uno ni lo otro: se viven o se niegan, porque cuando se habla de ellos, ya no están o se hace literatura.
Uno puede mostrar que en el momento presente, en la infancia, los niños son constantemente invitados a compartir, a cooperar, a aceptarse a sí mismos en su legitimidad total, a vivir su cuerpo en la relación con la madre como algo puro y hermoso.

Y también uno puede mostrar que esto cambia radicalmente con la entrada del niño o niña a la juventud y vida adulta. En ese pasaje cambian las relaciones de convivencia, y se enfatiza la apropiación, la competencia, la lucha, y el éxito, en negación de los valores vividos en la infancia.

Esta negación de lo que se aprendió en la infancia que surge con la vida adulta, da origen a sufrimiento.
Muchas veces la conciencia del sufrimiento que esta contradicción trae, sin conciencia de la naturaleza de la contradicción que le da origen, lleva a intentos por resolverla recuperando los fundamentos matrísticos de la infancia mediante las acciones de guerra y de lucha propias de lo patriarcal que niegan lo matrístico.
Pero estas acciones de lucha no resuelven la contradicción, y sí la reafirman.

Por ejemplo
, queremos generar espacios de  respeto mutuo mediante la exigencia, sin embargo, la exigencia es una acción que niega el respeto mutuo. Otro ejemplo, queremos crear cooperación mediante la obediencia, aún cuando  la obediencia es una exigencia que niega la cooperación.

Otros ejemplos aún, hablamos del amor como un deber, como algo especial, y nos cegamos a lacomprensión de lo social porque no vemos que el amor es la emoción que lo funda;
queremos lograr la paz a través de la guerra y queremos justicia a través de la venganza, cuando la paz depende de la guerra, y la venganza es la negación de la justicia.
Exigimos al otro que libremente acepte nuestra verdad so pena de ser negado.
Pensamos que la obediencia es un valor que dignifica cuando es la negación de sí mismo y del otro; creemos que poseemos poder sin ver que el poder es concedido por el que obedece en un acto en que se niega a sí mismo.

En la vida adulta se exige al que accede a ella cumplir deberes, luchar en defensa de lo propio, aparentar, negar  la sensualidad porque el cuerpo  se hace obsceno, y, en fin, ser racional en la negación de la emoción como si ésta negase la razón. 

La vida de la infancia y la vida adulta son, así, totalmente contradictorias
, y el vivir en esta contradicción resulta en sufrimientos más o menos aparentes según la presencia cotidiana que tenga esta contradicción en el vivir.
Sufrimientos que se disuelven si espontáneamente o mediante una terapia, se recupera el espacio de convivencia matrística de la infancia.
 Por ultimo se muestra también en este artículo, que el fenómeno social como dinámica relacional fundada en el amor es constitutivamente matrístico.

La pregunta sobre los valores
surge desde un vivir en esta contradicción como una reflexión frente al intento de recuperar, de manera consciente o inconsciente, la vida matrística de la infancia para la vida adulta.

Si uno es serio en esta reflexión, descubre que todos los valores, todas las normas de conducta que consideramos fundamentales de lo humano tienen que ver con lo social : y, por lo tanto, se fundan en el amor.
Por esto, si el educar se da en lo que es, es decir en el convivir, y no en la literatura, las conductas que los valores connotan surgen por sí mismas en su ser expresión del vivir en la armonía de lo social desde su fundamento en el amor… los valores se contagian en el vivirlos”.
 

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