Por una educación integral. Tomar en serio a niños y adolescentes. Benetti

TOMAR EN SERIO A LOS NIÑOS Y ADOLESCENTES

Con paso nervioso Liliana entró a su casa con sus catorce años a cuestas. Era viernes. Apenas saludó, para decir enseguida:

– Mamá, ¿me dejás ir mañana a ..?

– No!, cortó tajante la madre.

Y ese No retumbó en la casa y en cada rincón del cuerpo de Liliana como un trueno divino, como un dogma inapelable.

– Lo que sucede mamá es que algunas compa­ñeras…

– Ya te dije que no y no insistas. Sos terca como una mula. Cuando mamá te dice que no, es no y basta.

– Pero, mamá, si lo único que quiero pedirte es que …

– ¿Te das cuenta? ¿Te das cuenta con qué inso­lencia me hablás? ¿Este es el aprecio que me tenés? ¿No ves que yo sé muy bien lo que te conviene y qué no te conviene? Y si insistís es peor, porque no transijo con la rebeldía.

¿Se ha enterado usted acerca de lo que Liliana le quería decir a su madre? No, ¿verdad? Pero bastó que insinuara “ir a” para que un no rotundo cortara toda posibilidad de diálogo.

Liliana sintió perfectamente que su madre estaba ence­rrada en sí misma y que era prácticamente imposible abordarla. Y aun cuando intentó humildemente explicar­le de qué se trataba -un baile entre compañeros de colegio en casa de uno de ellos- recibió el reproche de que era insolente y que mostraba poco aprecio por su madre, quien no tenía más remedio que tratarla como una rebelde.

“Lo más triste del caso -me decía Liliana días des­pués- es que ya no me dan ganas ni de hablar con mamá ni de pedirle permiso para nada. Está encerrada y siento que su dureza me aplasta”.

Todos sabemos por experiencia que no siempre po­demos decir si a cada reclamo de nuestros hijos o educandos. Pero no es eso de lo que se trata sino del hecho mismo de ser escuchados.

Eso era lo que le dolía a Liliana: que no podía terminar ninguna de sus frases, que fue interpretada y juzgada antes de decir lo que pensaba y quería, que no encontró en su madre un oído abierto para escucharla y comprenderla, aunque por equis cir­cunstancias esa comprensión no se tradujera necesaria­mente en un permiso positivo.

Y todos nos quedamos preguntando: ¿Por qué ese No de entrada? ¿De dónde salía? ¿Acaso de su propia insa­tisfacción como mujer, esposa o ser humano? ¿Era el No de la reflexión o del resentimiento?

“Detrás de ese no tan rotundo, siento a mamá como un ser débil e inseguro, justamente ahora que más la necesito”, siguió reflexionando Liliana.

Alguien ha escrito que “la necesidad de la juventud es poder tomarse en serio”.

Y nosotros también podemos agregar:
la necesidad que tiene hoy la juventud es que la tomemos en serio.
Tomar en serio a los jóvenes y adolescentes, que es lo mismo que decir: Sí, están allí, existen, no son entes abstractos, no son simples “educandos” o “alumnos”. Viven, sienten, piensan, se mueven, tienen proyectos, preguntan, hablan.

Y son ellos los que denuncian la contradicción de nuestro sistema y de nuestra ideología.

Les pedimos que se comporten como adultos, pero les prohibimos ser adultos.

Les pedimos que sean responsables, pero les prohi­bimos asumir responsabilidades y decisiones.

Les reclamamos que sean espontáneos y creativos, pero siempre y cuando no se salgan de las rígidas estruc­turas que ya les tenemos prefijadas.

Les enseñamos que sean solidarios, mientras les mostramos un mundo de rapacidad. Les hablamos del amor, pero les reprimimos las formas de manifestar el amor.
Por eso dice Herman Hesse que “la protesta contra personas y contra construcciones históricas artificiales es propio de la juventud, y eso no es solamente un modo o falta de modales, sino un derecho y un instinto”.

Y uno se pone a pensar en su época de juventud. ¿Se acuerda? Porque es nuestra falta de memoria lo que nos impide acercarnos a los adolescentes como eso que son: adolescentes y jóvenes.

Los que están creciendo y los que rejuvenecen la vida.

Mientras los adultos se aferran a lo que han construi­do, bien o mal, el joven tiene el instinto y la necesidad de rejuvenecer la vida. Son la voz del cambio, y cuando no los escuchamos, demostramos estar irremediablemente viejos.

– Conozco a mucha gente como la mamá de Liliana, autotitulada educadora y guardiana de la educación y de los grandes valores del ser humano, que tiene el No antes de escuchar o con sólo escuchar ciertas palabras, mágicas palabras. Bailar … ¡No! Sexo … ¡No! Libertad … ¡No!  Dudar. .. ¡No! Inventar … ¡No!

– Son los dueños del coche negro: “Sólo nuestro coche es verdadero y es verdadero porque es negro. Sólo hay una manera de ser un “joven auténtico”, sólo hay una forma de vivir la “verdadera libertad” porque todo lo demás es libertinaje. Sólo hay una forma de vivir la sexualidad. Sólo hay una manera de ser creativos: “desde el humilde reconocimiento de nuestro ser crea­tura, limitados por naturaleza y siempre necesitados de la ayuda de lo alto”.

En más de medio siglo de vida tuve tiempo de aprender toda esa fraseología ampulosa y hueca, reaccionaria y fascista.

Y ¿cómo puede educar el que dice “sólo hay una manera de vivir lo humano, lo auténticamente hombre, lo trascendente, lo absoluto de la existencia creada”?

¿Cómo un niño o un adolescente puede sentirse educado para la vida si no puede decir ni siquiera media palabra sobre lo que él quiere y desea de la vida?

– Lo curioso y lo triste del caso es que así funciona nuestro sistema educativo, y cuanto más ” educadoras” se sienten las personas y las instituciones, más sábelotodo y autoritarias son.

– Y entonces, estos educadores omnipotentes y omniscientes, cómo podrán cometer la tremenda debilidad de escuchar?

Por­que, en definitiva, el que se atreve a escuchar, todavía no lo sabe todo y le queda bastante por aprender. Y si alguien no tiene nada que aprender de los niños y adolescentes… ¿cómo puede ser su educador? (salvo que piense que lo único que tiene que hacer es vender el coche negro).

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