Todo comienza con las emociones… Benetti

TODO COMIENZA CON LAS EMOCIONES … En la vida y en la educación …

Ofrecemos el primer capítulo de mi libro “Educación integral desde los sentimientos a los derechos humanos”… UN TEMA CLAVE: UNA ESCUELA SIN EMOCIONES POSITIVAS ESTÁ ENFERMA Y CAMINA HACIA LA EL FRACASO…

En nuestra cultura, en general, cuando se nos pregunta por el ser humano, solemos responder simplemente que es “un animal racional”, aunque rápidamente pasamos por alto su animalidad y lo vemos simplemente como “un ser racional”. Tendemos a negar su animalidad y por tanto a negar que un elemento clave de los animales es que perciben la realidad a través de las emociones.

En el proceso evolutivo las emociones, especialmente en los mamíferos que nos incluyen a todos los seres humanos, son varios cientos de millones de años anteriores a la razón, que apenas lleva algunos miles de años.

Pero las emociones no solamente son anteriores a la razón en la evolución, sino que también preceden siempre a la razón en cualquier percepción que hoy hacemos de la realidad interior y exterior, pues se originan en el sistema límbico del cerebro que en su formación es anterior al lóbulo frontal, sede de la racionalidad.

En consecuencia, son las emociones (y los sentimientos que las prolongan y desarrollan en el tiempo) las que orientan a la razón y condicionan su accionar.

Pero lamentablemente, especialmente en Occidente, el racionalismo nos llevó a olvidar, negar o reprimir el mundo de las emociones, con lo cual nuestra educación está amputada en su elemento más significativo, pues precisamente las “e-mociones” constituyen la energía que “mueve” todo nuestro pensar y accionar. Son, pues, las energías que “motivan” desde dentro, desde el inconciente más profundo, todo nuestro percibir la realidad, interpretarla, aprenderla y accionarla.

Digamos antes que nada que el ser humano es, ante todo, un ser cósmico o natural, que luego evolucionó hacia la vida o animalidad, y dentro de ella se especifica como mamífero, y finalmente accede a la racionalidad.

Este es, pues, el sujeto de la educación, el ser humano cuyas virtualidades deberíamos desarrolla en la Escuela:

-Un ser cósmico, conformado con los mismos elementos de la naturaleza,

-Un ser viviente, emparentado con vegetales y animales,

-Un ser animal mamífero y finalmente

-Un ser racional.

Cuando nace un bebé, reproduce todas estas etapas en el mismo orden, comenzando por su cuerpo físico que siente necesidad de respirar el aire de la naturaleza en un ambiente cálido y de sentir los reclamos (emociones) de su animalidad y de su ser mamífero (mamar, defecar, dormir). Muy lentamente emergerá su ser racional. Este esquema lo acompañará toda su vida y si lo integra armónicamente, encontrará la felicidad de una vida plena.

Lo primero es lo primero: el ser humano es un ser totalmente dependiente de los elementos cósmicos que lo constituyen (su materia corpórea, oxígeno, agua, etc.) sin los cuales desaparece automáticamente.

Lo segundo: su materia-cuerpo orgánico-viviente reclama leche y otros elementos nutritivos para seguir viviendo, descubriendo que la mejor manera es por el contacto con el pecho de su madre, integrando alimento con el contacto físico-emocional, el afecto y el placer. Desde entonces y por siempre, sólo se aprehende y aprende desde el impulso y el placer de las emociones, algo que la escuela ha ignorado sistemáticamente pretendiendo motivar desde el deber y la obediencia.

Así, pues, antes de encarar cómo podemos hacer una educación integral a partir de las emociones y sentimientos, objetivo de mi libro, vamos a reflexionar sobre su significado y finalidad, y su importancia fundamental en la vida de todos los individuos, en la educación y en la ética.

Ofreceré algunas ideas partiendo, en este caso, de los aportes de la Neurobiología, siguiendo el excelente libro: “En busca de Spinoza.  Neurobiología de la emoción y los sentimientos(Crítica, Barcelona, 2005) de Antonio Damasio, uno de los más importantes neurobiólogos de la actualidad. Transcribiremos parcialmente algunos textos, los comentaremos y extraeremos las consecuencias pedagógicas.

EMOCIONES Y SENTIMIENTOS

En primer lugar, vamos a dar algunos conceptos básicos y describir cómo se originan desde el punto de vista neurológico y psicológico las emociones y los sentimientos que son base de todo aprendizaje, de la convivencia armónica y de la ética, para preguntarnos luego cómo proceder desde el punto de vista pedagógico.

Las emociones están constituidas a base de reacciones simples que promueven sin dificultad la supervivencia de un organismo y de este modo pudieron persistir fácilmente en la evolución

Las emociones proporcionan un medio natural para que el cerebro evalúe el ambiente interior y el que rodea al organismo, y para que el organismo responda en consecuencia y de manera adaptativa.

Las emociones son, pues, reacciones o sensaciones de animales y humanos que aparecen inmediatamente ante ciertos estímulos o situaciones frente a las cuales hay que dar una respuesta, especialmente si está en riesgo la vida y la supervivencia. Esas son las emociones más primitivas y demandantes, como el hambre o el miedo, por ejemplo.

Así, pues, la emoción es la forma más simple y natural de percibir cierta realidad externa o interna y de evaluarla rápida y automáticamente como perjudicial o beneficiosa desde la ameba hasta el ser humano que nacen con dispositivos diseñados para resolver automáticamente los problemas básicos de la vida, sin que se requiera el razonamiento adecuado. Dichos problemas son:

-encontrar fuentes de energía,

-mantener el equilibrio químico del interior compatible con el proceso vital;

-conservar la estructura del organismo mediante la reparación del desgaste natural; y
-detener los agentes externos de enfermedad y daño físico.

 

En esta regulación homeostática (de estabilidad y equilibrio), para resolver los problemas anteriormente dichos (conseguir alimentos, funcionamiento equilibrado de los órganos vitales, descanso, autoconservación, respuesta a elementos patógenos y dañinos…) hay varios niveles, de menor a mayor, de lo más primitivo y automático a lo más evolucionado y necesitado de constante aprendizaje.

A cada nivel corresponden algunas  e-mociones, o sea, reacciones automáticas ante los estímulos. Le damos, pues, a la palabra “emoción” un sentido amplio: es toda sensación que nace de nuestra ser corpóreo-viviente-fisiológico y que nos permite reaccionar automáticamente ante un estímulo interno o externo.

En este sentido, es emoción el hambre, la sed, el deseo de excretar, el sueño, un dolor físico, el miedo ante un peligro, los reflejos ante un estruendo o una luz intensa, etc. hasta llegar a las emociones sociales más evolucionadas.

 

En el nivel básico están, como lo señala Damasio:

  1. La Regulación metabólica de los órganos y sentidos, como ritmo cardíaco, respiración, digestión, equilibrio, etc.
  2. Reflejos básicos ante un peligro o elementos extraños, como calor o frío extremos, exceso de luz, golpes…
  3. Sistema inmune que detecta y combate virus y substancias tóxicas.

En el nivel medio:

  1. Comportamientos de placer y dolor (recompensa y castigo) ante determinados objetos o situaciones… que significan beneficios, peligro o enfermedad.
  2. Instintos básicos: hambre, sed, sexo, fuga, ataque, curiosidad, exploración…

En el nivel superior:

  1. Emociones propiamente dichas:

– tanto las básicas: miedo, ira, asco, sorpresa, placer, felicidad;

– como las sociales: simpatía, turbación, vergüenza, orgullo, celos, envidia, gratitud, admiración, indignación, desdén.

  1. Sentimientos: que son la expresión mental y constante de todos los niveles anteriores. Es la cumbre del equilibrio homeostático y de la armonía vital. Son específicos del ser humano que no solo siente, sino que “siente lo que siente”, que toma “conciencia” de sus emociones y las orienta adecuadamente.

 

En la larga evolución desde el origen de la vida hace 3.500 millones de años, cada nivel superior no eliminó al anterior, sino que lo asumió y mejoró para una mejor adaptación. Por eso vemos, por ejemplo, que instintos y emociones comunes a los animales (fase 4, 5 y 6) y sentimientos (fase 7) están íntimamente unidos en el ser humano y tienden a confundirse en sus manifestaciones psicosomáticas.

La paradoja del ser humano es que habiendo logrado la culminación evolutiva con el desarrollo de la mente, de la razón, de la conciencia y de los sentimientos,  no deja de estar dependiente de los procesos de las etapas anteriores, no sólo de los mecanismos de organización bio-fisiológica (fases 1, 2 y 3) totalmente automatizados y necesarios para vivir, sino en particular de los instintos y emociones propias de ciertas especies animales, como en la sexualidad y en la agresividad.

Este aspecto de “animalidad” e “instintividad” fue lo que sorprendió a la filosofía griega y a la religión cristiana que no encontraron el modo de conjugar armónicamente los instintos con la mente racional, estableciendo entonces a la razón como valor absoluto. Y aún hoy padecemos este “dualismo” cuerpo-espíritu, del que Descartes fue un típico representante  racionalista, en la línea de gnósticos, estoicos y del dualismo greco-cristiano.

En síntesis: las emociones, como las de felicidad, alegría, placer, tristeza, dolor, miedo, etc. son un “conjunto complejo de respuestas químicas y neurales” o impulsos producidos por el organismo (cerebro) cuando éste detecta un estímulo emocionalmente competente, o sea, un objeto o acontecimiento cuya presencia real o de recuerdo, desencadena la emoción y la consiguiente respuesta.

Las respuestas son automáticas y siempre tienen múltiples manifestaciones somáticas (tensión muscular, palidez, gritos, alteración del ritmo respiratorio, digestivo y cardíaco, etc.) y síquicas (euforia, miedo, culpa, rabia, vergüenza, tono de voz…) Nuestro cuerpo es el lenguaje de las emociones, un lenguaje que nace con cada uno y que nunca miente … En los seres humanos (y aún en muchos animales), basta un recuerdo para que se genere la emoción similar a la primera vez en que se tuvo la experiencia del estímulo.

MUY IMPORTANTE A TENER EN CUENTA EN LA EDUCACIÓN: el gran valor de las primeras emociones positivas (infancia con padres afectivos, con hermanos o  vecinos, valores, etc.) cuyo recuerdo perdurará en el tiempo y cuyo “mapa cerebral” se disparará ante una situación nueva similar.

Pero ¿qué sucederá si las primeras emociones ligadas a las experiencias de la vida (familia, vecinos, sexualidad, trabajo, etc.) son negativas?

 

Los sentimientos, por su parte, se registran en la mente cuando las emociones persisten y el sujeto toma conciencia de que “siente lo que siente”. Son imágenes mentales, invisibles a todos los que no sean su legítimo dueño, pues son la propiedad más privada del organismo en cuyo cerebro tiene lugar. 

 

Sintetizando: Las emociones proporcionan un medio natural para que el cerebro y la mente EVALÚEN el ambiente interior y el que rodea al organismo, y para que el organismo responda en consecuencia y de manera adaptativa.

Sede de las emociones y sentimientos: Como ya es sabido por muchas investigaciones realizadas por los neurobiólogos, emociones e instintos tienen su sede en el sistema límbico del cerebro, y muy especialmente en la amígdala que está relacionada con el miedo, la cólera y el sexo, y con las emociones más primarias y más necesarias para la conservación de la vida. Así el miedo es la “emoción que mueve” a la fuga ante el peligro;  la cólera moviliza hacia el ataque al agresor; el sexo hacia la perpetuación de la vida y el placer.

Hay que tener en cuenta que las emociones evalúan de forma natural y automática (así un estampido provoca inmediatamente sobresalto o miedo porque se interpreta “peligro”; en cambio un rostro sonriente y amable, se lo interpreta benigno y acogedor). Según sea esa evaluación primaria, se actuará aceptando el estímulo, o rechazándolo, etc.

Por su parte, la mente humana, la razón, también puede y debe evaluar múltiples situaciones más complejas, pero en forma conciente, a menudo trabajosamente y buscando ayuda en otros sujetos; y debe elegir entre algunas o muchas variables ya que interpreta situaciones más complejas y complicadas que incluso demandan tiempo y suponen probabilidad de errores, algunos fatales. Porque mientras que el instinto “no se equivoca”, las percepciones y decisiones racionales-humanas pueden resultar erradas y provocar efectos no deseados, e incluso dañinos para la salud y la vida del sujeto.

Precisamente hoy estamos ante situaciones que exigen respuestas éticas (saludables para el individuo y la sociedad) sobre cuyos alcances beneficiosos o perjudiciales existe amplia discusión, o cuyas consecuencias a corto o largo plazo desconocemos.  Basta citar el problema de inseminación artificial en humanos, matrimonios de homosexuales con hijos adoptivos, leyes que posibilitan el aborto en menores, actitud y legislación sobre la pena de muerte, prostitución, venta de órganos, trata de personas, tenencia de drogas, pornografía y un extenso etcétera que parece agobiarnos especialmente cuando tenemos que tomar decisiones ante nuestros hijos o educandos, por ejemplo, sobre uso indiscriminado de instrumentos electrónicos y redes sociales, relaciones sexuales precoces, métodos anticonceptivos, acceso a las drogas, violencias y discriminaciones…)

Pero en todos los casos en que tenemos que responder ante los estímulos emocionales, siempre disponemos de un instrumento regulador: “Podemos modular nuestra respuesta emocional. En efecto, uno de los objetivos clave de nuestro desarrollo educativo es interponer un paso evolutivo no automático entre los objetos causativos y las respuestas emocionales. Intentamos, al hacerlo, modelar nuestras respuestas emocionales y adecuarlas a los requerimientos de una cultura determinada…” 

O sea, los seres humanos no somos esclavos de las emociones y a través del “desarrollo educativo” (lo dice un bioneurólogo…) podemos modularlas (no reprimirlas o negarlas…), socializarlas y controlarlas adecuándolas a nuestros objetivos, salud, conveniencia y valores culturales.

Entre la emoción impulsiva-instintiva y la acción a la que tienden hay una distancia. Una cosa es sentir un impulso (sexual, agresivo, por ejemplo) y otra cosa es llevarlo a cabo inevitablemente. En esto los humanos nos distinguimos de los animales.

Si bien el ser humano no es responsable de sus emociones e impulsos instintivos y de sentirlos, porque surgen automáticamente de su inconciente (con sede en el sistema límbico del cerebro), sí es responsable de lo que decide y hace con ellos.

Esta es la cuestión clave para educadores y psicólogos, para la formación familiar y escolar y para la psicoterapia: ayudar a los educandos a modular sus emociones.

Y la gran pregunta: ¿cómo se hace?

Tradicionalmente ciertas emociones e instintos fueron considerados en muchas culturas como “tentaciones del demonio” y, por tanto, venidos de afuera del sujeto y malos de por sí.  Hoy entendemos que nacen de nuestro interior-inconciente (del cerebro más primitivo) y que de por sí tienen una finalidad necesaria para la vida (mantenerla, continuarla, defenderla). Pero el ser humano tiene la  insólita capacidad (libertad) de emplearlos “adecuadamente” para la vida y el bien social, o para la destrucción de sí mismo o de los otros.

Cómo lograr en la adolescencia esta regulación o equilibrio, cuando las emociones ligadas a los instintos surgen con fuerza espontánea y arrolladora, es sin dudas la gran preocupación de padres y educadores. Pero es una tarea que no termina al final de la adolescencia sino al final de la vida…

Aunque de por sí las emociones son necesarias y positivas, no suficientemente controladas o moduladas pueden transformarse en individual y socialmente negativas; por ejemplo, miedo excesivo, fobias, baja estima; cólera desmedida, ataque indiscriminado a todo lo extraño o distinto, paranoia; sexualidad egocéntrica, dominante, abusiva, sin sentimientos ni respeto al otro.

Por su parte  la mente, la razón, desde la corteza cerebral y el  lóbulo frontal, no sólo modula y controla las emociones  básicas, sino que detecta y procesa estímulos más complejos relacionados con las emociones sociales, base de los sentimientos respectivos: empatía, compasión, afecto, tristeza, admiración, asombro, gratitud, felicidad, culpabilidad, vergüenza, indignación, desprecio. Hablamos de sentimientos cuando se siente que se siente y esa sensación permanece largo tiempo, aún toda la vida.

El cerebro humano, pues,  es el instrumento que realiza todas estas complejas tareas:

. es quien produce y regula tanto las  emociones relacionadas con el funcionamiento orgánico  (etapas 1,2 y 3, específicas de todos los animales, radicadas en el cerebro más primitivo o reptiliano)

. como también las emociones más específicas de los mamíferos mediante el sistema límbico, de unos 200 millones de años de antigüedad (etapas 4, 5 y algunas de la 6),

.y quien toma conciencia de las mismas y las regula y transforma en sentimientos mediante sus elementos más evolucionados (lóbulo frontal, corteza cerebral).

 

DESDE EL PUNTO DE VISTA EDUCATIVO es fundamenta entender que:

los seres humanos  aunque reaccionamos automáticamente frente a ciertos estímulos (sexuales, de miedo, de ira), podemos regular y modular esas reacciones y la consiguiente respuesta.

Para esto, antes que nada, el ser humano debe tomar conciencia de sus emociones y sentimientos. Ponerle nombre a sus emociones, sean agradables o molestas, llámense ira, envidia, avaricia o deseo de dominar. Una tarea que no es, de por sí, automática, sino fruto de reflexión, aprendizaje y educación.

Ser concientes de las propias emociones y de su causa u origen.

Asumir esas emociones como propias y decidir qué trámite darles, sea expresándolas verbalmente, sea actuándolas en forma conveniente.
Y estamos de lleno en la tarea de educar emociones y sentimientos.

Si los instintos y deseos básicos tienen sede en el cerebro primitivo, también la conciencia la tiene en el lóbulo frontal y en la corteza cerebral; y por la interrelación de los circuitos neurales de todo el cerebro, mediante billones de conexiones entre el sistema límbico y la corteza, se puede producir un equilibrio individual y social. El desarrollo de este complejo equilibrio es la tarea de padres y educadores.

La dificultad está en que el sistema límbico reacciona más rápidamente que la corteza, y en forma autónoma, de modo que la razón recibe el mensaje milésimas de segundo después, cuando ya los efectos se han producido, especialmente ante emociones fuertes e imprevistas, como ante ciertos ataques de ira o pánico, por ejemplo.

Repasemos lo visto hasta ahora: Determinados estímulos producen la reacción de las emociones que siempre se sienten y expresan en el cuerpo automáticamente.

Las tempranas emociones conducen a la construcción de un conjunto concreto de mapas o estructuras neurales.

Los mapas son la base del estado mental que pueden transformarse en sentimientos, sean positivos  de alegría, felicidad y sus variantes, o sean sentidos como negativos tales como angustia, miedo, culpabilidad y desesperación; sean constructivos de uno mismo y de los otros, o sean destructivos; sean de acercamiento y unión, o sean de rechazo y agresión.

 

Ahora bien, y muy importante: Los mapas asociados a la alegría, placer (felicidad) significan estados de equilibrio para el organismo y otorgan una mayor facilidad en la capacidad de actuar. Se hace fácilmente todo lo que agrada y otorga placer y felicidad.

Los mapas negativos relacionados con la tristeza, depresión, abulia, desinterés están asociados a un cuadro de desequilibrio funcional. Se reduce la facilidad de acción y aparecen síntomas de dolor, desgano, rechazo, malhumor, enfermedades o señales de conflicto.
Aquí tenemos una indicación muy importante para la educación, el estudio, la salud y el desarrollo de la personalidad:

–  Cuando se actúa con sentimientos de alegría, entusiasmo, placer y bienestar se logra el punto óptimo para mantener la salud y para cualquier actividad vital, desde las más primarias (comer con apetito, hacer deporte, dormir, tomar una medicación) hasta las más secundarias: estudiar, trabajar, cooperar, etc.

Esta es una experiencia universal: cuando emociones y sentimientos positivos están en su punto alto, toda empresa parece accesible y el organismo no conoce el cansancio… La mejor motivación es sentir placer en lo que se hace… ¿Será por eso que la naturaleza agregó tan gran placer, el sexual, a la gran responsabilidad de engendrar y educar la prole?

Cuando los sentimientos son negativos (desestima, aburrimiento, apatía, agresividad, etc.) estamos en una situación de depresión, abulia y enfermedad. La vida pierde interés…

Por eso, si no hay asombro por nuevos conocimientos, entusiasmo por aprender, vínculos agradables, ganas de triunfar, amor por lo que se estudia o se hace… la inteligencia no se moviliza (no se motiva) y cuánto más se le exige o castiga, menos responde.  Es lo que se llama la “contra-inteligencia”: los sentimientos negativos bloquean el flujo de la energía psíquica que se vuelve contra el individuo y le provoca abulia, cansancio, stress, neurosis y otros síntomas de enfermedad síquica. O sea, el sujeto se auto-boicotea.

Si la mente racional “recibe la orden” de hacer algo que su emoción señala como desagradable, obviamente que rechazará la orden; así el alumno irá a la escuela si no tiene más remedio (para evitar un castigo) pero nunca aprenderá, porque rechazará (vomitará) el alimento desagradable que se le impone. Cuántas escuelas funcionan con este absurdo mecanismo: “estudiar” como obligación, pero sin placer…ni aprender…

Entonces, ¿qué se puede hacer cuando los adolescentes y niños viven sentimientos negativos en la escuela o cuando “la clase es aburrida”? Es inútil exigirles que “estudien más y se porten bien” o darles técnicas de estudio o enviarlos al psicólogo o al psicopedagogo…El problema no es de falta de inteligencia. Es la falta de sentimientos positivos lo que provoca esos síntomas. Sin sentimientos positivos ni la inteligencia ni la voluntad (toma de decisiones) se estimulan lo suficiente.

Sólo hay, entonces, un camino para mejorar el nivel de aprendizaje: educar y enseñar desde  sentimientos positivos.

Educar desde vínculos positivos, con alegría y placer,

con la dinámica del juego, desde la curiosidad y el asombro.

Educar en una escuela “interesante” (que responda a los intereses de los educandos), con respuestas a los problemas de los chicos. Una escuela con contenidos “comestibles”.

 

Las emociones y sentimientos positivos no se “enseñan”, no son materia de clase, no son teorías para aprender… Sólo se las aprende si se las vive en la misma familia y escuela en un ambiente cálido, alegre, sereno y afectuoso… desde el primer saludo hasta en las evaluaciones… y en la enseñanza de cualquier tema como en la práctica del arte, de la técnica o de ejercicios corporales…

 

Y, entonces, quienes tienen que cambiar… somos los educadores y nuestro sistema educativo: necesitamos una estrategia o metodología acorde con el funcionamiento del cerebro… cerebro que se mueve desde las emociones positivas y no desde las imposiciones. Así de simple.

Por lo tanto, una tarea fundamental de los educadores es la de corregir ciertos mapas cerebrales distorsionados, por ejemplo por una educación en el miedo (tan común en muchas familias, escuelas y religiones) o por situaciones sociales, históricas y políticas que alimentaron descalificaciones, prejuicios,  odios “justificados”, y conflictos hipotéticos que generan un estado general de intranquilidad, miedo, depresión o rabia y violencia generalizadas.

En un terreno más cotidiano, todo maestro de los primeros ciclos y profesores de adolescentes saben con cuántos mapas distorsionados llegan los alumnos sobre la misma función de la escuela, o sobre tal profesor, o sobre temáticas como sexualidad,  convivencia, etc. que hacen tan difícil la tarea educativa que primero tiene que modificar esos mapas cerebrales y percepciones ya incorporadas.

Y por eso es tan difícil la reeducación de niños y adolescentes que transitan por el camino de la delincuencia, desde familias con situaciones de violencia o con experiencia de la droga desde temprana edad.

Corregir los mapas distorsionados de los educandos… pero también los nuestros, como que: “sólo se educa con disciplina… el que no estudia es un vago… respeto y obediencia es lo que hace falta…” y muchos etcéteras más que nunca hemos cuestionado.

Basta ver lo que sucede en nuestros países, donde por ejemplo el estilo político consiste en una constante confrontación entre unos, que se consideran los buenos patriotas, y otros que son denostados simplemente por tener ideas distintas. Todo el mundo político justifica sus agresiones verbales y aún físicas, e incluso sus actos corruptos, y acusa a los adversarios como únicos culpables. En este clima de “fanatismo” a ultranza, es imposible pedir racionalidad y coherencia. Los mapas están falsificados por emociones negativas  y cada uno actúa según su mapa, sin preguntarse si puede o no tener datos erróneos.

Lo mismo sucede con los mecanismos de los pre-juicios de género, étnicos, religiosos o culturales, fundados en profundas emociones desde temprana edad. Mapas cerebrales (percepciones, emociones y juicios de valor) que llegan intactos desde siglos o milenios, son muy difíciles de modificar, y exigen nuevas percepciones, apertura mental, mucho diálogo y decisión para cambiar. Y sobre todo, tiempo y paciencia…

Concluimos entonces con Damasio: La reflexión inteligente sobre la relación entre fenómenos sociales y la experiencia de los sentimientos de alegría y pena (felicidad y dolor) parece indispensable para la actividad humana de diseñar sistemas de justicia y organización política.

Cómo realizar esta importante tarea de educar “desde las emociones y sentimientos” hasta los mismos Derechos Humanos” es lo que desarrollo en mi libro

“EDUCACIÓN INTEGRAL DESDE LOS SENTIMIENTOS A LOS DERECHOS HUMANOS”.

 

 

 

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