De qué Integralidad hablamos. S Benetti

DE QUÉ INTEGRALIDAD HABLAMOS

 

Transcribo la Introducción de mi libro “Educación integral desde los sentimientos a los derechos humanos”.

 

Lic. Santos Benetti

 

Hoy vivimos en una sociedad donde sobreabundan las palabras, pero éstas tienen cada vez más un sentido ambiguo, difuso y hasta contradictorio. Así sucede todos los días en el campo político y en la comunicación social, con el resultado de una mayor desconfianza en la sinceridad del otro y  en el significado preciso de los vocablos emitidos, que muchas veces expresan lo contrario a lo enunciado.

Algo similar sucede en el campo educativo, en el que a menudo constatamos una gran incoherencia y hasta contradicción entre los enunciados del sistema pedagógico  y su puesta en práctica.

 

Así se habla sin mayores precisiones de la educación integral del ser humano o del desarrollo integral de la persona (expresiones que están muy de moda) pero en la práctica la famosa integralidad  suele reducirse a tener a los educandos largas horas sentados en sus pupitres o computadoras para que incorporen en su memoria un inmenso cúmulo de conocimientos teóricos llamados los “contenidos de la educación”, que por otra parte, fueron elaborados en los centros del poder político por ignotos especialistas que jamás consultan a los educandos, ni a sus educadores y padres por sus verdaderas necesidades e intereses.

Lo importante parece ser la retención de esos conocimientos para repetirlos en las evaluaciones y así “pasar de grado o de curso” e incluso, como se escucha a menudo, para poder “tumbar” la materia o asignatura a la que se supone un adversario a vencer y no un ingrediente a incorporar como un buen alimento.

Algunos de esos conocimientos se los sustenta con la motivación de que servirán algún día para la vida, importando muy poco si tienen aplicación en la misma escuela y en la vida diaria aquí y ahora.

 

Entendemos que son muchos los constitutivos básicos de un ser humano que la escuela primaria, y especialmente secundaria y terciaria, ignora o no incorpora adecuadamente.

Por ejemplo:

  • El desarrollo de las emociones y sentimientos, a los que hoy tanto la neurología como la psicología consideran anteriores al raciocinio, a la memoria y al pensamiento lógico, siendo al mismo tiempo los motivadores del desarrollo de la personalidad, de la inteligencia y de la memoria, y el fundamento de las conductas éticas.

La misma educación sexual que se va incorporando lentamente a los currículos, muchas veces no pasa de la preocupación por las enfermedades sexuales y los embarazos, todo centrado en los preservativos, pasándose por alto los grandes sentimientos que son esenciales a la sexualidad humana.

  • La formación política y social de los educandos, reducida en el mejor de los casos a una materia de civismo y derechos (asignatura en general aburrida y sin motivación alguna) para aplicarse en la vida adulta, pero sin un ejercicio dentro de la escuela cuya estructura es en muchos casos autoritaria y con escasa práctica interna de la democracia.
  • La formación y el desarrollo de la estética y del arte, considerado como un elemento de escasa importancia, y no una clave para la educación de los sentimientos y la elevación del espíritu.
  • Una temática tan fundamental como descubrir el sentido de la vida dentro de la inmensa realidad del cosmos para acceder a una auténtica espiritualidad humana y a una vivencia de la ética en la sabiduría, prácticamente es inexistente, como también descubrir y profundizar en los fundamentos de nuestra cultura, cuyos orígenes nos llegan desde miles de años a través de milenarias culturas y libros sagrados.

 

Pero no sólo constatamos una visión pedagógica del ser humano excesivamente pobre y superficial, orientado desde el Estado más bien a la tecnología y a las ciencias que propicien en el futuro el bienestar económico (aunque se declama contra el liberalismo capitalista) y el prestigio social de una clase privilegiada; también observamos que las diversas temáticas (asignaturas) se desarrollan des-integradas entre sí como compartimientos estancos, especialmente en la escuela secundaria y terciaria, olvidándose algo tan simple como que todas hablan de la misma realidad cósmica y social, y del mismo ser humano.

-Así desfilan los profesores sin relacionar, por ejemplo, la geografía o hábitat natural con la historia que se desarrolló en ella, historia que es mucho más que un listado de reyes y batallas, sino el despertarse y crecer de la cultura, del idioma, de las artes, etc. Tampoco se relaciona la historia y cultura local con las de las regiones vecinas o de otros continentes que siguen su curso al mismo tiempo que la nuestra…

-No se relaciona e integra la historia y la cultura con la literatura, o con tantas formas de arte o con los movimientos filosóficos, religiosos o sociales. Todo se aprende como situaciones humanas que no tienen que ver unas con las otras.

-Tampoco se relaciona, por ejemplo, el estudio de las matemáticas con la contemplación del universo; ni éste con la belleza, los colores, las formas y los sonidos.

 

Se trata de una “enseñanza” desarticulada en compartimientos aislados, simplemente para cumplir con los programas, como si la vida, la vida real del cosmos, de la humanidad y de cada ser humano no fueran el centro único de toda educación verdaderamente “humana”.

 

Pero hay algo más grave que este cúmulo de conocimientos desarticulados sobre los cuales los educandos tendrán que aplicar su estudio y su memoria. Lo realmente grave es que, muchas veces, esos conocimientos no son aplicados ni ejercidos dentro mismo de la escuela y de su aparato institucional. Es una escuela que “declama” y “enseña” valores “para el futuro” como parte de un currículo, pero no se los vive dentro mismo de la escuela. La vida, con sus emociones, sentimientos y práctica existencial, no cuenta, olvidándose de que la vida no se enseña ni se estudia; sencillamente se la vive. Y entones vemos que:

  • Se enseña democracia y participación, por ejemplo, pero no se practica la democracia dentro de la escuela cuyo funcionamiento está determinado por las autoridades sin la menor consulta a los educandos y ni siquiera a los maestros y profesores. La famosa participación ciudadana, elemento clave de toda democracia, se transforma en “colaborar” con las autoridades nacionales, provinciales o municipales que ya han tomado las decisiones del caso.
  • Por supuesto que se habla a diario del valor del diálogo (quién podría negarse…) pero los niños y adolescentes no pueden dialogar ni expresarse libremente precisamente sobre las cuestiones que más les atañen, tal como recomiendan los art. 12-14 de los Derechos del Niño. El diálogo escolar se reduce a preguntar y responder sobre cuestiones de la asignatura como un artilugio para mantener una concentración que hoy tanto cuesta en una cultura del zapping.
  • Desde ya que existen horas en las que se enseñan los derechos humanos, se repiten las consignas de moda como inclusión e igualdad, conectividad, etc. pero ¿se viven los derechos humanos dentro de la institución, tanto con los alumnos como con los maestros y profesores? Problemas tan típicos de los derechos humanos como los sueldos y remuneraciones, una jubilación digna, la atención al maestro que se enferma, aulas higiénicas y lugares de recreación, trato respetuoso a todos por igual, elaboración de las normas de convivencia, etc. no parecen pertenecer a la esfera de los famosos derechos humanos.

 

No es mi intención ahondar en estas cuestiones que hoy con muchísimas variables y matices son ampliamente debatidas y expuestas en tantos congresos, libros y artículos.

Tampoco ignoro los esfuerzos de muchísimos educadores por conseguir mayor calidad educativa abarcando todos los elementos básicos de una educación integral.

Mi objetivo es “mostrar”, simplemente mostrar que es posible una educación amplia y profundamente INTEGRAL, tanto en sus contenidos que se refieren a todos los componentes e instancias del ser humano, como en su método que debe priorizar antes que nada lo que es primero: los vínculos, las emociones, los sentimientos y la práctica de vida a los que ellos impulsan. Una escuela que enseña lo que realmente siente y vive; una educación orientada a la vida real, hoy y aquí, de los educandos.

 

Mi propuesta -gestada en largos años de educador y docente en todos sus niveles, con el rico aporte de muchísimos educadores con quienes compartimos experiencias e ideas, más el agregado de mi labor profesional como psicólogo- se elabora de acuerdo a los siguientes presupuestos:

  • La integralidad supone desarrollar todas las instancias del ser y del vivir humano: tanto las emociones y sentimientos, en primer lugar, como las experiencias de vida y finalmente el desarrollo de la capacidad reflexiva y de los conocimientos necesarios para vivir mejor. Se pretende así llegar a lo más profundo del espíritu humano que busca un sentido a toda su existencia.
  • La integralidad del ser humano abarca todo su campo de relaciones e inserciones, comenzando por su mismo cuerpo como parte del cosmos y extendiéndose a todos los seres vivientes y a toda la humanidad en la cual estamos todos inmersos y de la cual formamos parte como miembros de una misma evolución.

Este riquísimo conjunto de integraciones y relaciones del ser humano consigo mismo, con los otros seres humanos y con toda la realidad cósmica y biológica, constituye el CONTENIDO de la educación.

 

Sin embargo, más importante que esos contenidos es el MÉTODO de la educación. No me refiero al método didáctico para dar clases e impartir conocimientos, que consiste en diversas técnicas y artilugios para que los educandos mantengan su atención y cumplan con los objetivos del aprendizaje.

El Método se refiere al Camino (odós) o Estrategia  para llegar a la vida y al desarrollo pleno de la persona. Por lo tanto es un método o camino que abarca todas las instancias del quehacer educativo, todas las actividades y a la misma institución educativa como tal.

Este Método se basa en dos principios:

 

Primero: Más importante que los contenidos de la educación y que toda la normativa institucional es el vínculo afectivo que se establece entre los educandos, entre los  educadores y los educandos, y entre los mismos educadores entre sí y con el cuerpo directivo.

El vínculo debe expresar el modelo de sociedad que estamos proponiendo, el modelo de sentirse a uno mismo y de relacionarse con el otro en el respeto y la solidaridad. El vínculo afectivo es el “camino” por donde han de transitar los llamados contenidos educativos.

Desde los vínculos positivos el aprendizaje de los contenidos se hace agradable y llevadero, porque éstos surgen desde los sentimientos y así llegan en óptimas condiciones a las otras instancias del ser humano: mente, memoria, decisiones…

Cuando los vínculos son negativos (desde la fría normativa, el aburrimiento, la agresividad, la disciplina impuesta, etc.) los educandos rechazan todos los contenidos impartidos por más justificados que estén.

 

Segundo: la educación es interesante, motivadora y efectiva  cuando los contenidos educativos se los vive aquí y ahora en la misma escuela y en el momento en que viven los educandos.

No se puede preparar para el futuro si no se viven los valores enunciados en el mismo presente educativo. Se aprende a vivir… simplemente viviendo; se aprenden los derechos humanos, ejerciéndolos en la misma escuela, y así sucesivamente. El método de los educadores es vivir lo que pretenden enseñar; es mostrarse como personas que sienten lo que dicen, que aman lo que enseñan, que viven lo que predican.

¿Es posible todo esto? ¿Es posible este método con estos contenidos?

 

Tal mi propuesta: mostrar prácticamente que esto es posible. En realidad a nivel teórico todos los maestros y profesores estarán de acuerdo con estos enunciados. Lamentablemente la misma  formación de los docentes generalmente no lleva a la práctica lo que enseña teóricamente. En nuestra pedagogía sobran ideas y enunciados, libros y especialistas, pero falta enseñar cómo se traducen esas teorías en la práctica.

Mostraré sencillamente que sin hacer grandes y revolucionarios cambios, es posible llevar a la práctica una educación integral e integradora. Cada educador irá creando su propio Método según las circunstancias específicas de su tarea educativa. El mejor método es el que uno mismo ha experimentado como el mejor, y es capaz de perfeccionarlo a lo largo de la vida.

Como educadores somos simplemente “acompañantes” de niños y adolescentes en la maravillosa experiencia de vivir. O si se prefiere, como se decía en la antigüedad, somos mistagogos, o sea, los que conducimos hacia el misterio de la vida.

 

 

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