Necesidades y educación. Benetti

TODO COMIENZA POR LAS NECESIDADES

Vender coches negros

Daniel es un muchacho de acomodada posición que el otro día me hizo esta confesión: “Mis amigos cuan­do me ven me dicen: “Vos sí que estás bien, tenés todo lo que necesitás, tus viejos te dan de todo…”

Y eso me da mucha rabia, porque me dan todo lo que ellos creen que yo necesito, pero justamente lo que necesito más que nada, eso, no me lo dan.

¿Y qué es lo que necesita Daniel? Lo que quizás usted está imaginando: quiere relacionarse con sus padres de otra manera, hablar fran­camente con ellos, sentirlos amigos y cercanos, saberse escuchado.

A los padres nos gusta decir: “Mi hijo tiene todo lo que necesita”.

Pero la reflexión de Daniel me hizo pensar esto: ¿Y cómo sabemos si tiene todo lo que necesita? Hasta que conocí a Daniel mi respuesta podía ser: “Los padres ya lo sabemos, no hace falta que el hijo nos diga nada, nosotros sabemos mejor que ellos lo que necesitan”.

Ahora pongo en dudas esas frases, no la buena voluntad con que las pronunciamos, sino que me pregunto cuántas veces nos equivocamos como padres o educadores porque no les preguntamos a hijos o educandos lo que realmente necesitan.

Decimos: “Mi hijo tiene todo lo que necesita”. Y quizás ese hijo no necesita tener nada sino ser alguien, o estar con alguien o charlar con alguien, o sentirse amado y comprendido por alguien.

Y todo eso es no tener nada, pero sentirse alguien en la familia. Y cuando no le pre­-guntamos al hijo-educando cómo se siente y qué necesita realmente, ese hijo-educando pensará como Daniel; que no es nadie, aunque tenga siete, doce o dieciocho años.

No es nadie porque no se le deja decir su palabra.
Intentemos hacer una pregunta distinta: ¿Qué quiere ser mi hijo-educando, y cómo quiere ser … ?, que es lo mismo que preguntar: ¿Cómo quiere sentirse, cómo quiere vivir conmigo y con los otros?

Quizá lo que quiere es que lo escuche, que lo deje hablar, que pueda expresar todo lo que siente.

Y entonces tengo que callarme y creer hones­tamente que “no sé” (no sé) lo que él siente si no lo dejo expresarse.

Porque esta es la cuestión: las necesidades son algo propio, íntimo, personal.

Son necesidades “mías” y no hay ninguna obligación de que sean tuyas.

Hace muchos años la empresa Ford tenía necesidad de ven­der coches negros porque producía coches negros.

Y quiso convencer a todos los clientes del mundo hasta el final de los siglos de que era necesario comprar coches negros. Pero resultó ser que los clientes comenzaron a necesitar coches de colores porque no había ninguna obligación de que un coche tuviese que ser negro.

Y la empresa Ford dejó de producir coches negros y se puso a producir los coches que los clientes necesitaban…

Esta es la más elemental ley de marketing. Y por ser,tan elemental, tan olvidada especialmente en educación.

Los educadores estamos entrenados para producir co­ches negros bajo la suposición de que si nosotros produ­cimos coches negros es porque los educandos necesitan comprar coches negros. Hemos montado la ‘empresa educativa sobre este presupuesto: Lo que nosotros producimos es lo que los educandos necesitan.

Hacemos programas de acuerdo con supuestos “valores” y teorías sobre el “ser humano”, sobre “el hombre” y sobre la psicología del niño y del adolescente y vamos a la escuela para darles a los alum­nos estos productos minuciosamente elaborados … , sin haberles preguntado qué les pasa, qué sienten, qué quie­ren, qué necesitan. ¿Es acaso su “mundo” igual al nuestro?

– Lo que pasa es que nosotros ya lo sabemos.

– Es lo que pensaban los viejos directivos de la Ford hasta que las ventas comenzaron a bajar estrepitosamente porque la gente se aburría con esos coches negros. Y ¿qué hicieron, entonces? Algo tan simple como preguntarle a la gente de qué color querían los coches. Y después, producir los coches de esos colores.

– Sí, pero en educación es distinto, porque no­sotros manejamos valores, los grandes valores del ser humano, esos que lo llevan a su plenitud…

– Conozco el verso de memoria. Pero ¿quién ha dicho que tus valores son los míos, y cómo pue­den ser “míos” si los siento venidos de afuera sin la más mínima participación de mi parte?

En estos largos años de tantos intentos de modificar nuestro sistema educativo: ¿se hizo alguna en­cuesta a los “clientes” de nuestras escuelas sobre lo que necesitan y buscan?

Hasta las empresas que venden jabones y baratijas hacen su estudio de mercado y están atentas a “engancharse” con las necesidades del cliente potencial. “Hay que producir lo que el cliente necesita”.

– Lo que sucede es que nuestro producto es distinto.

– En eso estamos de acuerdo. Pero ¿cuál es el producto que ofrece la escuela? Conocimientos, normas, instrucciones, lista de ríos y de estrellas.

Pero resulta que el producto (el contenido) de la educación es la vida misma de los educandos: vida como perso­nas, como niños o adolescentes, como habitantes de este país, como futuros profesionales o traba­jadores, como futuros padres o madres, esposos o esposas.

– Si les preguntamos por sus necesidades, como usted dice, nos dirán que quieren divertirse y pasarla bien. Y entonces, ¿qué hacemos?

– Me parece muy interesante su objeción y observemos todo lo que hay en ella. Primero, partimos del hecho de que ya sabemos la res­puesta que tendremos. “Si les preguntamos… nos dirán que…” Pero, ¿les hemos preguntado? Y cuando lo hicimos, ¿nos respondieron eso?

Bien, supongamos que efectivamente nos res­pondieran que quieren pasarla bien. ¿Le parece a usted tan desacertado pasarla bien en la escuela? ¿Es algo tan descolgado educarse de una manera divertida? Y ¿quién ha dicho que la educación tiene que ser algo tan serio y aburrido como andar en un coche negro?

– Lo que pasa es que no estamos preparados para una educación entretenida. Si ni nosotros nos divertimos educando.

– Bien, estamos llegando al fondo de la cuestión. No preguntar al educando por sus necesidades es una forma de defendernos, porque si emergieran las reales necesi­dades tendríamos que cambiar nosotros y nuestro siste­ma educativo-productivo.

Por otra parte, quienes hacemos constantemente encuestas entre niños y adolescentes, nos sorprendemos ante las respuestas que nos dan, y no por disparatadas, sino todo lo contrario, por la seriedad de sus reclamos. Cuando dicen que se aburren en la escuela, nos están diciendo algo muy serio: no viven ni sienten que eso les ayude a vivir.

– Usted dice que el contenido de la educación o su producto es la vida. Estoy de acuerdo. Pero enton­ces ¿para qué preguntar sobre necesidades y hacer encuestas si todos sabemos lo que es la vida?

– Bien, volvemos a la errónea suposición de la Ford: “Nosotros ya sabemos lo que es un coche. Un coche es lo que nosotros producimos”. Y si esto no vale ni para un coche, ¿puede valer para la totalidad de la vida? “Nosotros ya sabemos lo que es una mujer”, decían los machistas. “Nosotros ya sabemos lo que es el ser humano”, decían y dicen los educadores autoritarios que piensan que su mane­ra de ver la vida es la “única manera de vivir” .

Nuestra educación está plagada de suposiciones autoritarias y dogmáticas que subyacen en lo más íntimo de nuestro inconsciente: “Nosotros ya sabemos … “Y como ya sabemos todo, ¿qué hacemos en la escue­la?: pues darles a nuestros ignorantes educandos las cuotas de nuestro increíble saber. Y hasta les decimos que sean “libres y responsables de su vida” siempre y cuando compren nuestros autos negros, se metan adentro y no se les ocurra jamás salirse o cambiar de marca y ni siquiera de color. Los educandos quieren ser “hombres” y nosotros tenemos “lo hombre” que les vamos a insuflar en su cuerpo vacío. El hombre integral, tan integral como que no piensa, no siente, no tiene sexo ni imaginación, no puede decidir ni plantearse dudas, no puede preguntar ni ser preguntado…

Y lo triste del caso es que esto no es una ironía. En síntesis: ¿cuál es el problema para que les pregun­temos a los educandos qué es lo que realmente necesitan de nosotros? Un adolescente de hoy en este país ¿necesita lo mismo que hace veinte años o necesita lo mismo que los chicos de España o Noruega? No hay cosa más dinámica que vivir, como que es su misma esencia. Por eso, nada más dinámico que la educación.

¿Y cuál es la dinámica de la vida? El motor, lo que mueve, lo que empuja es aquello en que los psicólogos de todas las corrientes parecen estar de acuerdo: el hombre se mueve empujado por sus necesidades.

Sí, toda la vida es una sola y gran necesidad. Por eso nunca puede ser aburrida.


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