Espiritualidad humana, Madurez religiosa y Derechos Humanos. S Benetti. Libro completo

ESPIRITUALIDAD HUMANA, MADUREZ RELIGIOSA  Y DERECHOS HUMANOS

Lic. Santos Benetti

P R E S E N T A C I Ó N

Hace muchos años que busco lograr una síntesis positiva y armoniosa entre la religiosidad, la espiritualidad humana y los reclamos de las ciencias, especialmente de la psicología, la antropología y la pedagogía, tal como hoy las conocemos, sin descuidar el quehacer socio-político.

En realidad, se trata de encontrar una síntesis de vida que nos permita vivir con coherencia entre lo que sentimos, lo que sabemos, lo que creemos y lo que hacemos, siempre en pos de una vida feliz y armoniosa.

Este libro es fruto de esa tarea que también he desarrollado en  numerosos  grupos de reflexión, como también a través de mi práctica profesional tanto como psicólogo como en mi cátedra de profesor de Psicología de la Personalidad y Psicología de la Religión.

Muchas de las ideas que están vertidas en el libro,  aparecen también dispersas en las dos páginas web que dirijo y que serán la fuente principal bibliográfica con sus miles de artículos.

En este libro vamos a reflexionar juntos sobre muchos problemas que nos aquejan en este mundo nuevo que llamamos posmodernidad, con criterios y propuestas tan novedosos como también, muchas veces, opuestos a los tradicionales de las creencias religiosas y de la educación.

El lector se encontrará con experiencias que él mismo habrá vivido, con sus mismas preguntas y dudas; pero también, quizás, con planteos que le pueden resultar novedosos, audaces y hasta muy críticos.

Porque vamos a reflexionar con plena libertad, como adultos que buscan una respuesta sana y coherente a sus planteos existenciales.

Y lo haremos sin miedos, sin censuras, y con el espíritu de quien busca, simplemente busca… sabiendo de antemano que no siempre las respuestas son las deseadas ni las más fáciles de descubrir.

Este no es un libro para conocer verdades o creencias sino para vivir lo más plenamente posible esta maravillosa experiencia humana, aquí y ahora, en este siglo particularmente interesante pero lleno de muchos interrogantes.

Por ser un libro de reflexiones, los grandes temas van y vienen o se repiten, a pesar de que están agrupados por capítulos, pues los vamos viendo desde diversos ángulos. Así reflexionaremos espontáneamente, dejándonos pensar y sentir, sin atarnos demasiado a un rígido esquema previo.

Y también por ser un libro de reflexiones, las hace el autor, y el lector tiene el derecho y la hermosa tarea de hacer las propias. Eso es lo importante: que nos animemos a pensar con nuestra cabeza… y sacar nuestras conclusiones, animados por otro u otros que ya lo están haciendo.

Nuestras ideas podrán ser, a menudo, distintas y hasta contrarias… pero nos une el mismo propósito y deseo de vivir en armonía, y ante todo, con nosotros mismos.

Este es el primer acuerdo que tenemos que lograr: el acuerdo con nosotros mismos, como una unidad armónica y coherente.

Considero que lo importante no es lo que conocemos o creemos, ciencias o religiones… sino cómo vivimos.

A eso apunta el libro: a que vivamos plenamente con armonía, libertad y felicidad. Sería triste que no lo lográramos… pues, entonces, nuestra vida no tendría sentido. Habríamos fracasado.

A esa forma de vivir, plena, gozosa, libre, que brota de lo más profundo de cada uno, la llamamos “espiritualidad”. Y ojalá nuestras creencias y conocimientos sean medios efectivos para ayudarnos a vivir, desplegando las alas de nuestro espíritu.

En el primer capítulo vamos a ponernos de acuerdo en el lenguaje con el que vamos a comunicarnos: entender que, además del lenguaje científico, hay un lenguaje propio de la religiosidad y de la espiritualidad: es el lenguaje simbólico. Con ese instrumento continuaremos leyendo el resto del libro.

En el segundo y tercer capítulos vamos a intentar desentrañar los conflictos existentes entre las ciencias y las religiones: en el segundo, los conflictos originados por la ciencia cosmológica; en el tercero, por las ciencias psicológicas y antropológicas. Si todo va bien, porque nos encontraremos con arduas dificultades, lograremos un buen nivel de armonía entre nuestras creencias (cualesquiera sean ellas) y nuestros actuales conocimientos; armonía que se traducirá en una vida serena y sabia.

En el capítulo cuarto, tras rastrear los muchos símbolos de Dios en las diversas culturas, procuraremos sentir la experiencia espiritual que nos sugiere el símbolo de lo divino, cada uno desde su creencia o desde su no-creencia.

En el capítulo quinto, haremos una lectura desde el lenguaje simbólico del evangelio de Jesús según Lucas, simplemente para descubrir su humana espiritualidad que aún hoy puede motivar y enriquecer a nuestro espíritu.

Los capítulos seis y siete son de síntesis: en el sexto, recogeremos ideas y reflexiones sobre lo que hoy podemos considerar una madurez religiosa; y en el séptimo, sobre lo que hoy entendemos como espiritualidad simplemente humana, o sea, la vivencia máxima de nuestro espíritu o yo profundo.

Al mismo tiempo, intentaremos relacionar este andar de espiritualidad y religiosidad con los postulados modernos de los Derechos Humanos y del Desarrollo Integral del ser humano, armonizando así la vieja sabiduría humana que nos llega desde hace milenios, con la sabiduría y el estilo de vida que hoy los pueblos consideran como el nuevo proyecto de la humanidad.

Finalmente, deseo decirles a los educadores que me acompañan en la lectura de este libro, que lo considero básico para la educación, tanto religiosa como simplemente espiritual humana, estando en mi propósito el publicar un segundo libro con sugerencias para una pedagogía de la espiritualidad. Este es el camino que vamos a andar juntos. Comencemos, pues…

TEMARIO

I    El  lenguaje  religioso: mitos  y  símbolos

II    La ciencia  cosmológica frente a  las concepciones  míticas

III  La visión antropológica: cambios en la concepción del ser

humano

IV  El mensaje espiritual  en los  símbolos  de Dios

V   El mensaje  espiritual en el evangelio de Lucas

VI  La  madurez  religiosa

VII Hacia una espiritualidad humana

 BIBLIOGRAFIA

eL lector encontrará miles de artículos de variados especialistas sobre todos los temas tratados en este libro en la página web que dirijo personalmente: formacion-integral.com.ar

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A   Mi   querida   esposa   Silvana, Amiga  y Compañera en  el  viaje  del  vivir  una  espiritualidad  gozosa, Quien  ha  colaborado  con  ideas  y  sugerencias en  este  proyecto.

I- EL  LENGUAJE  RELIGIOSO: MITOS  Y  SÍMBOLOS

 Introducción: Religión y Posmodernidad

La posmodernidad, que es la etapa histórica-cultural que estamos atravesando, está provocando cambios revolucionarios en todos los aspectos de la vida, y muy especialmente en el campo religioso y educativo. Algunos de estos cambios son bien aceptados rápidamente por la sociedad en general, como los adelantos en las comunicaciones, en las ciencias y en la tecnología, sea por los beneficios que traen aparejados, sea porque en realidad se producen sobre objetos externos a nosotros, sin tocar la estructura íntima de cada uno. Todo lo que sea rapidez e inmediatez en las informaciones, aparatos de diagnóstico clínico, medios de comunicación, redes sociales o nuevas formas de disfrute, libertad y placer, son la pantalla de la posmodernidad, su rostro casi milagroso que seduce a millones de usuarios sin distinción de mentalidades, culturas o madurez síquica.

Sin embargo, hay otros aspectos, que son los verdaderos, profundos y revolucionarios cambios culturales e ideológicos que identifican a la posmodernidad, los que pueden generar una gran resistencia en su aceptación o incluso ser “negados” por ciertos sectores de la sociedad.

Un claro ejemplo es el que ocurre en las religiones y en las Iglesias en general, que se están volcando masivamente al uso de los modernos medios de comunicación social, pero sin modificar sus contenidos dogmáticos y éticos ni su esquema autoritario jerárquico, ni su fuerte presión de poder sobre la sociedad. Cambian los instrumentos de propaganda y control social, pero resistiendo los profundos cambios que hoy se dan a nivel cosmológico, antropológico y socio-psicológico o negándolos sistemáticamente “como si nada pasara”, o suponiendo que esta ola posmoderna pronto pasará de moda y las cosas volverán a ser como antes.

Por eso constatamos que hoy tenemos una impresionante fractura entre la actual cultura posmoderna y las religiones e iglesias, entre la nueva educación centrada en el ser humano integral y concreto y el viejo sistema cultural centrado en el autoritarismo y en verdades absolutas.

Por estos motivos me ha parecido importante hacer algunos aportes sobre esta difícil relación que existe entre los postulados de la actual cultura posmoderna y la religión, no para quedarnos en un estudio teórico, sino para encontrar caminos valederos para una formación integral del ser humano, no solo en el plano científico y de conocimientos, sino especialmente en el plano de los valores éticos y de una nueva espiritualidad humana, distinguiendo con claridad los campos de acción de la ciencia con respecto a los postulados de la religión y/o de la espiritualidad.

Hoy el ser humano reclama total autonomía, una autonomía que debe reflejarse ya en su educación y formación, pues es allí precisamente donde niños y niñas, y adolescentes en general, deben aprender a vivir con libertad  y con pleno desarrollo integral de todas sus instancias existenciales, tanto las físicas y biológicas, como las sociales, culturales, religiosas, éticas y espirituales, aclarando desde un comienzo que al decir “éticas” y “espirituales” hablamos de una “ética humana” y del “espíritu humano” sin connotaciones religiosas necesariamente. (Más adelante ampliaremos la clara distinción entre religión, ética y espiritualidad)

Todo lo cual no es obstáculo para que muchos, por convicción o por tradición, también adopten creencias y prácticas religiosas o las reciban en ámbitos específicos, derecho proclamado por Naciones Unidas en el art. 18 de Los Derechos Humanos Universales de 1948: Toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión; este derecho incluye la libertad de cambiar de religión o de creencia, así como la libertad de manifestar su religión o su creencia, individual y colectivamente, tanto en público como en privado, por la enseñanza, la práctica, el culto y la observancia.

Hoy tenemos una nueva concepción del cosmos y del hombre, como instancias totalmente autónomas y esto exige un nuevo diseño religioso y educativo. Se trata de un aspecto novedoso porque tradicionalmente la educación ética (o moral) y espiritual se la consideraba como un aspecto de la religión y casi como su dominio exclusivo.

Un tema prioritario. En este primer capítulo vamos a entrar en un tema de capital importancia para clarificar las relaciones entre la Religiosidad y las Religiones con la cultura moderna, y por qué se producen tantos conflictos a la hora de entender y aceptar sus conceptos.

Es el tema del Lenguaje, de cómo las distintas culturas expresaron su sentimiento religioso y sus creencias; cómo está expresado y articulado ese lenguaje, y cómo podemos interpretarlo hoy miles de años después y en otra cultura radicalmente distinta. Si no somos capaces de comprender el lenguaje religioso, estaremos siempre hablando en “idiomas distintos”, articulando sonidos y vocablos pero sin saber interpretar sus significados. Como puede verse, se trata de un problema específicamente psicológico y cultural.

Por lo tanto, esta es la primera tarea a la que tenemos que abocarnos para tratar de comprender tantos conflictos y mal entendidos que se produjeron y se producen hoy entre las religiones y nuestra cultura, y seguramente en nuestra vida personal.

Lo fundamental es no quedarnos en la trivialidad externa de los relatos leídos literalmente  o en detalles puramente culturales o costumbrísticos de la época sino descubrir el mensaje que transmitieron a la sociedad de su época y en qué medida ese mensaje de espiritualidad que afecta a la misma vida humana puede aún hoy convocarnos a una vida más integral, más madura y más digna.

Nuestra tarea es vivir hoy lo más plenamente posible, respondiendo a nuestros más profundos interrogantes; interrogantes que son en gran medida los mismos de ayer desde el inicio de la humanidad: qué somos, de dónde venimos, cómo vivir y superar tantos obstáculos, cómo salir de la angustia, cómo comunicarnos con el cosmos y con los otros seres humanos, hacia dónde vamos y qué pasa después de la muerte, etc.

Ya los hindúes hace más de 2500 años se preguntaban: ¿Cuál es la causa de todo? ¿Qué es el Ser? ¿De dónde hemos venido? ¿Por qué poder vivimos? ¿Sobre qué nos fundamos? ¿Qué nos dirige en nuestros diferentes estadios de dolor y de placer? ¿Es el Tiempo la causa, o la Naturaleza, o el Destino o un Accidente o los Elementos o un ser macho y hembra, o una combinación de todos ellos?       (Upanishad)

  1. TEXTOS SAGRADOS Y  MITOS

Todas las religiones responden a esas preguntas y fundamentan sus creencias (sobre Dios, el origen del mundo y la realidad  humana) en antiguos relatos, considerados sagrados, bajo la suposición de que Dios o los dioses o sus intermediarios directos han sido sus autores, por lo que son “palabra de Dios”. De allí se concluye que son testimonio de la verdad divina, y que es obligación de los miembros de la comunidad el aceptarla como tal. A posteriori los líderes religiosos o los ancianos o la institución divulgan ese mensaje como el único verdadero y lo transmiten de generación en generación en una constante repetición, con algunos retoques ocasionales adaptativos, pero manteniéndose firme el sustrato esencial, y generalmente desconociendo o subvalorando los cambios culturales que vive su pueblo, y rechazando toda otra posible “verdad” de otros pueblos o culturas o religiones. Por tanto: dogmatismo e intransigencia.

Pero ¿dónde está la verdad si todos los libros sagrados están inspirados por el mismo y único Dios? La misma institución religiosa se encarga después – la Iglesia cristiana en los siglos IV y V- de “cerrar la etapa de inspiración divina” y declarar que Dios ya dijo todo lo que tenía que decir en el Libro o los libros sagrados, aprobados y declarados “canónicos” o sea, normativos. No sé si Dios fue consultado en esa decisión que trajo algunas graves consecuencias:

– Primero, se impide que Dios (o su Espíritu Santo) siga expresándose en otras culturas por miles y miles de años. Esto contradice explícitamente, por ejemplo, lo dicho en el capítulo segundo del libro  de los Hechos de Apóstoles, en el relato conocido como Pentecostés, en el que Pedro, después de constatar que el Espíritu divino se está expresando no sólo a los judíos sino también a partos, medos y elamitas, los que habitan en la Mesopotamia o en la misma Judea, en Capadocia, en el Ponto y en Asia Menor, en Frigia y Panfilia, en Egipto, en la Libia Cirenaica, en los peregrinos de Roma, judíos y prosélitos, cretenses y árabes, afirma claramente que se está cumpliendo lo que dijo el profeta Joel (s. VIII a.C.): “En los últimos días, dice el Señor, derramaré mi Espíritu sobre todos los hombres y profetizarán sus hijos y sus hijas; los jóvenes verán visiones y los ancianos tendrán sueños proféticos. Más aún, derramaré mi Espíritu sobre mis servidores y servidoras, y ellos profetizarán”.

Y hoy estamos todos en esos “últimos días”, últimos siglos y milenios, en que el Espíritu divino se sigue derramando sobre “todos los hombres”, varones y mujeres, niños y adultos, libres y esclavos.

– Segundo, se nos niega a las generaciones futuras el legítimo derecho de pensar con “nuestra cabeza” (es la única forma de pensar) y expresar nuestra espiritualidad y sentido de la vida de acuerdo a nuestra experiencia, sentimientos, conocimientos y lenguaje. Que nuestro cerebro deba permanecer esclavo del cerebro de los antepasados es algo inadmisible, y sobre todo en cuestiones tan importantes como las espirituales y religiosas. Una de dos: o Dios efectivamente se revela a todos los seres humanos sin exclusiones… o no se revela a nadie.

– Tercero, los dirigentes religiosos se instituyen como los únicos intérpretes de textos sagrados que requieren largos estudios, conocimiento de culturas y lenguas antiguas, afirmando así su poder sobre las conciencias, lo que incluye supervisión, censura y aún castigos para evitar desviaciones… o sea, sentimientos y pensamientos diferentes.

Todo esto explica la gran dificultad que aún persiste en las religiones, para aceptar los nuevos criterios culturales que aparecen como distintos y aún opuestos a los libros sagrados, y en el caso judeo-cristiano, a la Biblia, llegándose incluso a condenar los adelantos de la ciencia cosmológica y las nuevas concepciones antropológicas, políticas y sociales (democracia, sindicalismo, libertad de expresión, igualdad sexual…) desde el Renacimiento y casi hasta el día de hoy.

El argumento era –y es- simple: si Dios reveló la verdad sobre el mundo y el hombre, esa es la única verdad; si Dios habló, el hombre debe callarse y obedecer. Todos fuimos educados –yo también- con esos criterios que nos llevaron a un callejón sin salida.

Son interpretaciones. Pero es evidente que esos primitivos relatos de hace miles de años (al principio orales y luego en algunas culturas, escritos) surgen de personajes, grupos o comunidades que intentaron interpretar la totalidad o aspectos de la vida cósmica y humana con los elementos de su sabiduría, de su intuición, de su imaginación y de ciertas observaciones y conocimientos de la naturaleza y de la historia humana.

A menudo, pero no siempre, ellos mismos aseguran que todo es producto de una revelación o voz divina o de sueños reveladores, o de irrupciones del “Espíritu” en estados especiales o trances que hoy llamamos para-psíquicos, fundamentos de verdad inapelable.

La misma Biblia lo explica así: Cuando aparece entre ustedes un profeta, Yo me revelo a él en una visión, le hablo en un sueño… (Núm 12,6)

En realidad, Dios habla una vez, y luego otra, sin que se le preste atención. En un sueño, en una visión nocturna, cuando un profundo sopor invade a los hombres y ellos están dormidos en su lecho, entonces, él se revela a los mortales y los atemoriza con apariciones, para apartar al hombre de sus malas obras y extirpar el orgullo del mortal… (Job 33,14-18)

Queda en la comunidad presente y futura la decisión de aceptar esos relatos como revelados por la divinidad o rechazarlos como fraude. Al aceptarlos como revelación divina, se establece un criterio inamovible de lo que es verdadero o falso, de lo que debe creerse  (son los Dogmas, palabra griega que significa precisamente Creencia)  como de lo que debe practicarse en las conductas ( Ética) y en los rituales (Culto).

Son relatos especiales

Dichos relatos originarios, a los que hoy llamamos Mitos, generan también una conciencia de pueblo o comunidad organizada a la que dan un sello de identidad frente a los otros pueblos y culturas, regidos por otros dioses y otras revelaciones.

Los mitos obviamente no distinguen entre religión y ciencia, como sí lo hacemos hoy, sino que se presentan como un conjunto orgánico de Vida y de Creencias que no excluyen por cierto muchas observaciones y conocimientos objetivos y correctos de la realidad, especialmente astronómicos y medicinales e incluso prácticos (cómo fabricar una canoa, cómo proveerse de tinturas, cómo pescar, etc.) Los mitos son el lenguaje que utilizaron todos los pueblos antiguos para expresar su visión del mundo.

Algunos ejemplos de mitos

Antes de teorizar sobre ellos, veamos algunos ejemplos de  mitos de los aborígenes americanos, según textos antiguos o relatos que los actuales aborígenes hicieran a antropólogos que estudiaban su cultura.

Todos conocemos el mito bíblico de la creación del mundo. Un mito similar para la cultura Maya es el famosísimo mito de la creación llamado Popol Vuh cuyos primeros renglones dicen: Esta es la relación de cómo todo estaba en suspenso, todo en calma, en silencio; todo inmóvil, callado, y vacía la extensión del cielo… No había todavía un hombre, ni un animal, pájaros, peces, cangrejos, árboles, piedras, cuevas, barrancas, hierbas ni bosques: sólo el cielo existía…. Sólo estaban el mar en calma y el cielo en toda su extensión… Solamente había inmovilidad y silencio en la obscuridad, en la noche.

Sólo el Creador, el Formador, Tepeu, Gucumatz (Serpiente emplumada), los Progenitores, estaban en el agua rodeados de claridad. Estaban ocultos bajo plumas verdes y azules, por eso se les llama Gucumatz. De grandes sabios, de grandes pensadores es su naturaleza… Llegó aquí entonces la palabra, vinieron juntos Tepeu y Gucumatz, en la obscuridad, en la noche, y hablaron entre sí…; se pusieron de acuerdo, juntaron sus palabras y su pensamiento. Entonces se manifestó con claridad, mientras meditaban, que cuando amaneciera debía aparecer el hombre. Entonces dispusieron la creación y el crecimiento de los árboles y los bejucos, y el nacimiento de la vida y la creación del hombre…

Luego la tierra fue creada por ellos. Así fue en verdad como se hizo la creación de la tierra: – ¡Tierra! – dijeron, y al instante fue hecha. Como la neblina, como la nube y como una polvareda fue la creación, cuando surgieron del agua las montañas… Solamente por un prodigio, sólo por arte mágica se realizó la formación de las montañas y los valles; y al instante brotaron juntos los cipresales y pinares en la superficie. Primero se formaron la tierra, las montañas y los valles; se dividieron las corrientes de agua, los arroyos se fueron corriendo libremente entre los cerros, y las aguas quedaron separadas cuando aparecieron las altas montañas…

Luego hicieron a los animales pequeños del monte, los guardianes de todos los bosques, los genios de la montaña, los venados, los pájaros, leones, tigres, serpientes, culebras, víboras, guardianes de los bejucos…

Veamos el Mito de los Guaraníes (Paraguay, Brasil, NE de Argentina): El verdadero Padre Ñamandú, el Primero, habiendo concebido su futura morada terrenal… hizo que en la extremidad de su vara fuera engendrándose la tierra. Creó una palmera eterna en el futuro centro de la tierra; creó otra en la morada de Karaí (dios del fuego, Oriente), otra en la morada de Tupá (dios de las aguas, Poniente); una en el origen de los vientos buenos (N y NE), otra en los orígenes del tiempo espacio primigenio (S); cinco palmeras creó, a las que está asegurada la morada terrenal… El firmamento descansa sobre cuatro columnas que son las varas insignias… El primer ser que ensució la morada terrenal fue la serpiente originaria, siendo solamente su imagen la que existe ahora… El primer ser que cantó… fue la pequeña cigarra colorada…

Cuando nuestro Padre hizo la tierra, era todo bosques… El primero en remover la tierra fue el armadillo (tatú), y la dueña de las tinieblas fue la lechuza. Nuestro  Padre el Sol es dueño del amanecer. (León Cadogan, La literatura de los guaraníes, Ed. Mortiz, México)

Es evidente que el mito se vale de los elementos conocidos del hábitat de cada pueblo y cultura y los va registrando y “dando origen”, pues al principio nada existía. Así surgen tierra, mares y montañas de los mayas, con sus árboles, animales y pájaros; en los guaraníes: bosques, palmeras o pindóes, animales típicos de la zona, vientos, etc. Todo se origina por una creación divina cuyo reflejo es el mundo actual. Hay, pues, una clara diferenciación entre el origen mítico (tiempo y espacio primordial) y el actual.

Tanto para la cultura maya como para la guaraní, el mito es verdadero porque allí en la realidad está todo según lo narrado, su tierra y sus elementos; todo es verdad tal como lo describen los mitos. Así los mitos se encargan de transmitir el origen de todas las realidades naturales y humanas.

El origen de la mujer, por ejemplo, a posteriori del varón, revela una cultura donde la mujer ocupa el segundo lugar. No sólo en la Biblia sino en muchos mitos aborígenes (citamos relatos guaraníes) que siempre aluden a un primer tiempo en que los varones estaban incompletos: En otros tiempos las mujeres no existían y los hombres practicaban la homosexualidad. Uno de ellos se encontró embarazado, y como no estaba en condiciones de parir, murió. Después unos hombres vislumbran en el agua la imagen de una mujer, todos la desean, la matan y de los pedazos surgen mujeres… Así cada hombre obtiene una mujer, y de allí en adelante, cuando salían de caza llevaban a sus mujeres.

En otro mito de la misma región  las mujeres bajaron del cielo deslizándose por una cuerda…

El origen de la muerte y por qué los seres humanos no son inmortales se traduce en un mito muy semejante en todas las culturas, y, naturalmente, siempre el héroe fracasa en su intento, al no poder superar las pruebas a las que es sometido: Un célebre chamán decidió visitar al Creador para averiguar el modo de rejuvenecer a los viejos. Al fin llega y presenta su solicitud. Su espíritu guardián le había indicado que bajo ningún pretexto debería fumar la pipa del Creador ni aceptar el cigarro que le ofrecería pero que debería arrebatárselo; tampoco debería mirar a su hija. El chamán triunfa de las tres pruebas y obtiene un peine para resucitar a los muertos. Mientras retornaba, la hija del Creador le dio alcance para devolverle un pedazo de tabaco que había olvidado. A sus llamadas, el chamán se volvió y vio un dedo de la joven, lo que bastó para que ella quedara embarazada. Por eso el Creador lo hizo regresar para que cuidara al niño que iba a nacer y a la madre, y decretó su muerte. Desde entonces los hombres no pueden evitar la muerte.

En este mito observamos la presencia del chamán y un  elemento típico del “espíritu”, el humo del tabaco, producto original de América. Dios somete a prueba al chamán (como el Adán bíblico) y de su éxito depende la inmortalidad humana.

– Los hombres primitivos eran conscientes de que había una gran diferencia entre ellos y los animales, que por muchos otros motivos les eran semejantes. Por eso la risa y el lenguaje, características exclusivas de la especie humana, necesitan su mito de origen: Después de haber extraído a los hombres de las entrañas de la tierra, el Demiurgo quiso hacerles hablar. Les mandó ponerse en fila, uno detrás del otro, y llamó al lobito para que les hiciera reír. El lobo hizo toda clase de monerías, se mordió la cola, pero fue en vano. Entonces el Demiurgo llamó al sapito rojo que divirtió a todos con su cómico andar A la tercera vez que pasó a lo largo de la fila, los hombres comenzaron a reírse a carcajadas y comenzaron a hablar.

Obsérvese una nueva forma del origen de los humanos, bastante común en varias culturas: su surgimiento de cuevas de la tierra, como la existencia de animalitos considerados cómicos.

– También la cultura en sus varias formas necesita su origen, sea la agricultura, la caza, la vida familiar o el arte. Así describe un mito aborigen el inicio de la cerámica pintada: Había una joven que no sabía hacer nada con las manos, salvo una cerámica deforme, siendo objeto de burlas de sus cuñadas. Un día apareció una anciana que era un hada compasiva, se apiadó de ella y le enseñó a hacer ollas magníficas. Se le va apareciendo en forma de serpiente y le enseña a pintar las piezas de cerámica. Lo hizo con arcilla blanca, con tierra amarilla y parda, y fue trazando hermosos dibujos muy variados… También el hada echó mano del barniz negro y con él hizo brillar numerosas calabazas y fue trazando variados dibujos de tortugas, ríos, lluvia, etc . (Mitos extraídos en forma abreviada del tomo I de “Mitológicas” de Claude Levi-Strauss, Fondo de Cultura Económica, México)

Tras estos ejemplos menos contaminados de creencias religiosas occidentales, veamos qué tienen en común todos los mitos y cuáles son sus características.

¿Qué es un mito?

Esta palabra tuvo a lo largo del tiempo sentidos diversos: en su origen significó “la historia real”, después fue visto especialmente por los filósofos griegos como historia fantaseada de hechos maravillosos protagonizado por personajes sobrenaturales (dioses, semidioses, monstruos) o extraordinarios (héroes).

Hoy la moderna ciencia, especialmente psicológica, antropológica y filosófica, revaloriza el mito como un lenguaje especial, que surge del inconsciente humano y de su estructura cerebral, diferente del actual lenguaje científico o histórico, y cargado con una interpretación específica; un lenguaje ya presente en los sueños.

Los mitos conforman la trama fundamental de una cultura (son su misma esencia), la que los suele considerar como historias verdaderas. Su función es otorgar un respaldo a las creencias centrales de la comunidad. Los mitos legitiman y explican los principios esenciales que conforman los sistemas de creencias sobre los que se construye una sociedad.

Las culturas que desconocen los discursos abstractos (típicos de los filósofos griegos) sólo conocen los relatos como forma de transmitir mensajes. Se trata de una característica muy peculiar también de los semitas hebreos y del cristianismo más primitivo hasta la llegada de la influencia filosófica de los griegos. Y sigue siendo una característica de los niños en su etapa pre-lógica.

Varios tipos de mitos.

Como vimos en los ejemplos citados todo puede ser objeto de relatos míticos, porque el ser humano necesita conocer el origen de todo. Así tenemos, por ejemplo:

-Mitos cosmogónicos: intentan explicar la creación del mundo, generalmente por parte de un Ser supremo o algún intermediario. Son los más universalmente extendidos y de los que existe mayor cantidad. También se habla del origen de los dioses.

-Mitos antropogónicos narran la aparición del ser humano, hombre y mujer, quien puede ser creado a partir de cualquier materia viva (un árbol, un animal) o inerte (polvo, lodo, arcilla, etc.). Los dioses le enseñan a vivir sobre la tierra.

-Los mitos etiológicos explican el origen de todos los seres, naturales, vegetales y animales; también los ritos y fiestas, las técnicas, las ciudades y las instituciones.

-Los mitos morales explican la existencia del bien y del mal y las normas de conducta. Más adelante trataremos en extenso este tópico.

Muchas personas aceptan la existencia de Mitos, siempre que se trate de otras religiones, pues consideran que en la suya no hay mitos sino auténticas revelaciones de Dios. También se dice: “Nuestros milagros son verdaderos, los otros son falsedades”. Comprendo que se piense así, dada la formación dogmática que hemos tenido.

Pero ahora, al considerar las características comunes de este particular lenguaje vemos dos asuntos importantes: Uno, que también las historias sagradas de la Biblia y de los Evangelios, por ejemplo, entran en la categoría de relatos míticos, aún teniendo muchos de ellos cierta base histórica.

Segundo: al decir “Mito”, de ninguna manera desvalorizamos el relato; todo lo contrario: es ése el lenguaje religioso que nos permite valorizar el mensaje o la sabiduría de determinada religión. Mito es un  género literario que entraña y revela en su simbolismo un mensaje de vida. Esta será una de las tesis de este libro que el lector comparte conmigo.

Cinco características del Mito

De la lectura de los mitos, como los narrados anteriormente, constatamos que todo Mito tiene cinco características que lo identifican en cualquier cultura del mundo:

1 Tiene forma de relato histórico

2 Trata siempre de los orígenes

3 Sus personajes son dioses o héroes fundadores (personas o animales)

4 Su finalidad es dar sentido a las realidades actuales de esa cultura e incluso al futuro del más allá.

5 Su lenguaje es simbólico

Desde este concepto de mito, se entiende que hoy descubramos también en la Biblia hebrea y en el Nuevo Testamento numerosos relatos míticos, no por legendarios y falsos, sino porque son relatos simbólicos de “corte histórico” que dan el sentido más profundo de la existencia humana, porque siempre el mito remite al ser humano, a su sentir más hondo, eso que llamamos su “espíritu”.

El relato mítico, propio de las culturas antiguas, lejos de desvalorizar el sentido, lo fortalece y lo lleva a su plenitud. Poco importa la cáscara literaria; lo importante es el significado para la vida de cada individuo y de la comunidad, y no quedarse en el sentido literal, sino descubrir su valor simbólico-espiritual. Algo no tan fácil…

  1. El mito es un Relato que tiene la “forma” de Narración o Historia.

Todos los mitos tienen la forma literaria de una historia o relato, de allí tantas confusiones cuando se los toma como una verdadera historia cronológica y científica. Parecen suceder en un tiempo y espacio original, pero en realidad están más allá del tiempo cronológico y en un espacio “mítico” trans-espacio-temporal y simbólico. Al desconocer aquella cultura el lenguaje discursivo, utiliza un relato concreto que entraña el mensaje, como también sucede en los sueños que siempre tienen forma de historias. Ambos, mitos y sueños, se expresan con el lenguaje simbólico del inconciente humano radicado en la estructura cerebral.

Como ya lo hemos dicho, el gran riesgo de los mitos es que se los interprete como un relato histórico documentado al estilo moderno, ya que es evidente que los pueblos míticos creyeron en sus mitos al pie de la letra y aún lo siguen haciendo en las religiones, provocando un conflicto profundo.

  1. El Mito es un relato que trata de los Orígenes.

El hombre antiguo considera que conociendo los orígenes divinos de su cultura, del mundo, del hombre, de sus actividades y herramientas, etc. sabe cómo son las cosas, pues el origen divino determina la esencia misma de la cosa. “Si al principio fue así, así debe ser siempre”: si al principio el mundo vino de Dios, así debemos adorar a Dios como sus criaturas ante su creador; si al principio la mujer estuvo sometida al varón, así será ahora; si al principio así se fabricó una canoa, o se cultivó la tierra, así se hará ahora… y así sucesivamente.

Por lo tanto, el hombre  antiguo, primero se pregunta por ciertas cuestiones de su actualidad (trabajo, sexo, guerra, lluvia, sol, etc.) y luego busca su sentido e interpretación en “el origen” que funda la realidad actual conforme a un modelo originario que está más allá de esta realidad. Por eso los mitos generalmente inician su relato con la expresión “en aquel tiempo, in illo tempore, al comienzo de todo, cuando no había nada en el mundo”, etc. Ese tiempo y ese espacio del mito son sagrados, de otra dimensión.

Por todo ello, los mitos son fijistas y conservadores, con el riesgo de perpetuarse estáticamente si no se hacen las debidas re-interpretaciones, algo que sucede en todas las grandes religiones, como pasa en el cristianismo.

Por lo tanto, si ahora cambió la cultura, los mitos deben ser reactualizados y reinterpretados desde “esta” cultura; de lo contrario, el mito se anquilosa y petrifica, entrando en colisión con la cultura y la ciencia, o sólo se lo recita por costumbre o mero ritual.

Hay que tener presente que para el hombre moderno, los orígenes tienen un sentido muy distinto, como de algo inferior y antiguo que tiene que superarse; lo importante es “lo moderno”, o sea, lo nuevo y lo que se proyecta para el futuro. La ciencia y la técnica se esfuerzan por superar el pasado visto como algo caduco, viejo e inservible.

Tengamos presente que en algunas culturas, como la judeocristiana, también hay mitos del final del mundo o escatológicos (“ésjaton”, último, final), como los mitos mesiánicos y apocalípticos, y los mitos de la vida del más allá (juicio final, cielo, infierno) Mitos, digamos de paso, que siempre despiertan la imaginación y fantasía de la gente y de los que quieren ver profecías catastróficas en cada uno de sus elementos, tomando sus relatos como predicciones verdaderas.

  1. Los mitos son relatos donde actúan Dioses y Héroes Fundadores.

Desde el momento en que los hombres no logran por sí mismos dar sentido a su realidad, quienes lo hacen, revelan y enseñan son seres especiales como los dioses, espíritus, ángeles, semidioses intermediarios, hadas y héroes fundadores de la cultura. Ellos son, naturalmente, los protagonistas de las historias míticas. En algunos mitos, aún ciertos animales aparecen como actores fundadores (serpientes, elefantes, tigres, pájaros…)

Lo importante es lo que los dioses y fundadores “hacen”, cómo actúan y cómo se manifiestan y hablan, ya que sus conductas y enseñanzas son fundantes y normativas de toda conducta humana. Así las obras y palabras de Yahvé, de Moisés, de Jesús, son “modelos fundacionales” de toda conducta judeo-cristiana. Si Jesús hizo así la última cena, así lo harán los cristianos; si así dijo, así se cumplirá. Por lo tanto prima el criterio de autoridad y de tradición: los héroes fundadores son la máxima autoridad y criterio para las acciones humanas, y la razón humana no debe hacer preguntas ni cuestionar su validez. Como dice un refrán  africano de Malí : La palabra del hombre poderoso siempre es verdad.

  1. El objetivo de los mitos es dar Sentido a la Realidad Presente.

Esto es lo fundamental del mito y lo que generalmente olvidamos. En esto se diferencia de las leyendas, cuentos y de la historia cronológica. Esta tarea mitificadora tiene el solo objetivo y  finalidad de dar sentido a las “realidades presentes” de “esa” cultura. Eso es lo que interesa al hombre de siempre: qué sentido tiene “hoy y aquí” el universo, la vida humana, la sexualidad, el trabajo, etc.

No olvidemos que los hombres antiguos se encontraron con una infinidad de elementos “nuevos”, a los que tenían que darles alguna “explicación” para no caer en pánico, confusión o sentimientos destructivos, y en ese sentido los mitos en los que la imaginación juega un rol tan importante, cumplieron el objetivo psicológico de dar tranquilidad y esperanza.

Algo que hoy mismo nos sucede frente a un fenómeno que no podemos explicar (una enfermedad rara, un objeto volador no identificado, un ruido extraño en la noche…): cualquier explicación que nos tranquilice es válida; algo que los padres hacemos permanentemente con  nuestros hijos pequeños.

En este sentido, gracias a los mitos, hoy sabemos cómo vivían, sentían y pensaban los pueblos que nos transmitieron sus mitos. Por eso el mito es “verdadero” “para esa cultura”, no como historia o ciencia, sino como sentido de la vida; como conjunto de valores o paradigmas que intentan dar una “explicación” a los porqués de la vida.

Y aún hoy esos mitos podrían decirnos algo si somos capaces de preguntarnos por nuestros problemas y leerlos también desde la sabiduría de esos relatos antiguos. Desechar la sabiduría antigua no parece una buena elección, como tampoco  incorporarla sin sentido crítico.

El lenguaje externo del relato mítico, que era el común en otras épocas pero extraño en nuestro mundo actual, es un simple ropaje. Por eso, cuando leemos los hechos bíblicos o la “vida de Jesús” como algo pasado o hermosas historias, pero sin actualizar los significados vitales, entonces esos hechos pierden valor y sentido.

Precisamente el mito leído simbólicamente valoriza o da sentido a esos hechos y los realza como algo valioso incluso para el hombre de hoy. Por ejemplo: poco importa si Jesús dio de comer a los pobres en tal milagro si hoy quedamos indiferentes ante ellos… El mito nos interpela para que hoy demos sentido a las mismas realidades de siempre (la vida, la muerte, el sexo, el sufrimiento, la pobreza, etc.)

En definitiva, es la comunidad que vive los valores y mensajes del mito, la que ha creado los mitos, la que determina la validez, verdad y vigencia del mito. Su valor no es universal sino particular y para una determinada cultura. Así los mitos bíblicos valen para quienes viven la cultura bíblica; los mitos guaraníes, para los guaraníes, etc.

A menudo los pueblos conquistadores intentaron “imponer su mitología” y valores correspondientes a los pueblos conquistados, con las desastrosas consecuencias por todos conocidas.

Sabiduría y Sentido de la realidad

Así, pues, el mito genera una sabiduría, una forma de vida y de conducta humana, una ética o norma de vida. Lo que el hombre descubre a través del lenguaje mítico es una manera digna de vivir, cómo vivir, cómo resolver sus dificultades y conflictos, cómo actuar, cómo relacionarse con otros, cómo actuar sexualmente: en suma, un conjunto de indicaciones y “valores” desde donde vivir y actuar. Incluso el mito puede originar una “técnica” de hacer las cosas, como fabricar una casa o un templo, cómo pescar, trabajar la tierra o cosechar, etc.

Relato que da Sentido a la vida: desde siempre a eso se llamó “sabiduría”, darle gusto y sal a la vida. Los mitos son como el “catecismo” de los pueblos primitivos: allí encuentran sus normas de vida, el porqué de sus rituales y fiestas, cómo actuar en cada circunstancia, cómo organizar el tiempo. Cuando el mito pierde esa dimensión esencial, entonces se vuelve algo vacío, hueco, sin sentido alguno. Pensemos en el sentido de la navidad (inicio de la liberación del hombre nuevo, según el relato mítico que después interpretaremos) y en la forma cómo hoy se la vive con rituales y símbolos disparatados (papá Noel, comilonas, fuegos de artificio, etc.)

Por tanto, la religión cumplió en su momento esta necesidad y este objetivo: DAR SENTIDO A TODA LA REALIDAD y “organizar” la vida de la comunidad, darle un orden, unos valores, unas normas y una jerarquía de conducción.

Y es el resultado de un proceso interpretativo que puede ser correcto o padecer todas las deficiencias de la interpretación humana que incluye las tareas de percibir con los sentidos, procesar en el cerebro, imaginar, idear, juzgar, decidir.

  1. El mito utiliza un Lenguaje que hoy consideramos Simbólico

Hoy las ciencias antropológicas entienden que el mito nace del inconciente humano (al igual que los sueños), alude a significados profundos de la realidad y sólo puede referirse a ellos a través de los símbolos.

Estos símbolos sólo pueden ser interpretados “desde esa cultura determinada”, desde la vivencia e historia de ese pueblo, desde su lengua, costumbres y forma de pensar. En este capítulo profundizamos en este lenguaje que, a menudo, nos genera tantas dificultades.

El problema de las religiones míticas o con componentes míticos (hinduismo, judaísmo, cristianismo, islam) es que siempre interpretaron sus mitos en sentido literal y hoy no encuentran la forma de darles un sentido simbólico sin perder la esencia de sus creencias. Se trata de un verdadero drama: aceptarlos literalmente con todas las contradicciones del caso; o aprender a pasar del sentido literal al simbólico; o bien, prescindir directamente de esos relatos míticos y “recrear” sus mensajes en otro lenguaje más comprensible. Por ejemplo: cómo interpretar el relato de Dios que entrega las tablas de piedra con los diez mandamientos a Moisés; o la creación del mundo en seis días; o el nacimiento virginal de Jesús o su resurrección…

Revelación profética

Las culturas antiguas, por lo tanto, fundamentaban sus creencias desde una cierta  revelación, palabra o comunicación de Dios o de los dioses o de sus Héroes fundadores, importando poco quien fuera la persona concreta que relataba las historias o hacía las reflexiones, generalmente anónimos o con nombre ficticio.

El actor privilegiado siempre era la divinidad que utilizaba a ciertos personajes, a menudo insignificantes, como sus interlocutores o mensajeros. A estos personajes la Biblia traducida al griego los llama pro-fetas, o sea, personas que hablan “en nombre de”… (“portavoces” decimos hoy) Se suponía que entre el cielo divino y la tierra humana existía una comunicación directa y constante, y que tanto llegaban mensajes desde lo alto como podían subir mensajes desde la tierra en forma de conversaciones, oraciones y peticiones.

Hoy tenemos criterios muy distintos.

Sabemos que todas las percepciones, las ideas, lenguaje y sentimientos del ser humano nacen de su interior, tanto desde su consciente como de su zona inconsciente, y concretamente son gestados en su cerebro, aún los sueños, las ilusiones y supuestas visiones o revelaciones.

Son todas creaciones del cerebro… y a nadie se le ocurre hoy, salvo que esté mentalmente enfermo, atribuir sus pensamientos y palabras a alguna divinidad. No existe “un atajo secreto” a través del cual Dios o los dioses hablen al ser humano.

Todo surge del cerebro… pero no todo lo que surge del cerebro corresponde siempre a la realidad, algo que sí creen los delirantes. El ser humano sueña, imagina, intuye, desea, espera… es su mundo interno. Queda un largo proceso por delante para comprobar si la realidad externa es según lo soñado, imaginado, intuido o esperado.

Por lo tanto, los relatos “sagrados” nos dicen cómo sentían e interpretaban su realidad los antiguos pueblos, cómo vivían y se relacionaban, cómo resolvían sus problemas, desde qué valores organizaban sus vidas e incluso cómo creían que sería su destino final y el del universo. Nos dicen que ellos efectivamente creían en un Dios único o en dioses protectores de su pueblo, a los que rendían obediencia y culto para tenerlos siempre propicios y evitar sus castigos.

Estos relatos (orales u escritos) expresan su cultura y sus creencias, y eran aceptados como válidos “por esa cultura y para ese pueblo”, por lo que no tuvieron al principio un alcance universal sino que eran el patrimonio que identificaba a “ese pueblo” frente a los “otros” pueblos, como bien lo expresa el Deuteronomio 4,1-8: Y ahora, Israel, escucha los preceptos y las leyes que les enseño para que las pongan en práctica… porque así serán sabios y prudentes a los ojos de los pueblos, que al oír todas estas leyes, dirán: «¡Realmente es un pueblo sabio y prudente esta gran nación!».¿Existe acaso una nación tan grande que tenga sus dioses tan cerca, como nuestro Dios está cerca de nosotros siempre que lo invocamos? ¿Y qué gran nación tiene preceptos y costumbres tan justas como esta Ley que hoy promulgo en presencia de ustedes?

Posteriormente los dirigentes político-religiosos desde una concepción imperial pretendieron imponer sus creencias como únicas verdades al resto de los pueblos, y aún a todo el mundo y para siempre, incluso por medio de la violencia, especialmente las religiones monoteístas que al considerar a su dios como el Único y Verdadero,  se sentían con derecho de esclavizar o someter a los pueblos infieles  “enemigos de dios”.

Preguntas

Así esos relatos míticos, considerados sagrados y revelados, llegan hasta nosotros que vivimos una cultura totalmente diferente y  nos preguntamos  ¿Qué sentido tiene el vivir hoy de acuerdo a sus interpretaciones y doctrinas que nos resultan extrañas y hasta ingenuas y sin sentido, no sólo en su contenido sino también en su lenguaje?

¿Cuál es el mensaje profundo, de experiencia de vida, de espiritualidad y de sabiduría, de esos relatos que aún hoy nos mueven a la reflexión y a una re-interpretación; y cuál, en cambio, es el ropaje literario exterior?

¿Y cuánto tenemos aún hoy que aprender de la sabiduría reflexiva de aquellos pueblos y en qué medida tenemos derecho a construir nuestra propia sabiduría y espiritualidad desde nuestras categorías y desde nuestros sentimientos, valores, conocimientos y experiencia de vida?

 Mitos bíblicos de la creación

Basta analizar el conocido relato de la creación del mundo en seis días (Génesis 1) para darnos cuenta de que no se trata de un relato con pretensiones científicas, sino de un paralelismo simbólico y didáctico que apunta a consagrar a Yahvé el séptimo día (sábado), pues así como Dios “trabajó seis días y descansó el séptimo”, así harán en adelante los hebreos-judíos (y así lo hacen hasta el día de hoy): dividir la semana en seis días para ganarse el pan y un séptimo para el descanso dedicado a la gratitud y adoración de Dios. Como dice el Éxodo 20,8-11: Durante seis días trabajarás y harás todas tus tareas; pero el séptimo es día de descanso en honor del Señor, tu Dios… Porque en seis días el Señor hizo el cielo, la tierra, el mar y todo lo que hay en ellos, pero el séptimo día descansó. Por eso el Señor bendijo el día sábado y lo declaró santo.

Al estar los judíos inmersos y esclavizados en el mundo pagano de Babilonia fue fundamental mantener y reforzar el Sabat como forma de supervivencia y fidelidad a Dios.

Al mismo tiempo observamos que el relator dividió los seis días conforme a cierto orden que le pareció didáctico: en los tres primeros días, Dios creó los tres grandes espacios inmóviles del mundo: el celestial (dia 1), el acuático (2) y el terrestre (3).

En los tres días siguientes creó todo lo que se mueve en cada espacio: astros y pájaros en el celestial (dia 4); peces y monstruos marinos en el acuático (5) y animales y seres humanos (6) para el espacio terrestre. Por eso los vegetales y las plantas están en el día tercero porque “no se mueven”. Al mismo tiempo aparece la luz como elemento inmóvil del primer día antes de la creación del sol, que al moverse, fue creado en el cuarto. Este relato se creó en el Exilio de Babilonia como una réplica al famoso mito cosmogónico babilónico, el Enuma Elish (del 1200 a.C.) y para afirmar frente al politeísmo la unicidad de Dios, único creador por la fuerza de su palabra.

Pero es importante recordar que ya los hebreos habían traído del desierto otro  mito cosmogónico muy diferente que reflejaba su hábitat primitivo: Cuando el Señor Dios hizo la tierra y el cielo, aún no había ningún arbusto del campo sobre la tierra ni había brotado ninguna hierba, porque el Señor Dios no había hecho llover sobre la tierra. Tampoco había ningún hombre para cultivar el suelo… (Gén 2,5)

Evidentemente el mito refleja la dura y árida vida de las tribus del desierto, sin lluvias ni agricultura (eran pastores nómadas), pero a quienes Dios crea y otorga un oasis, edén, paraíso o Tierra Prometida reservada como nuevo hábitat de su pueblo (representado en Adán y Eva) siempre que sea fiel al único culto a Señor… De lo contrario, perdería su tierra y sería castigado, como explicaremos en el cap. III. Dos mitos de creación en la misma cultura que responden a realidades históricas completamente distintas.

La Biblia

En el caso particular de la Biblia (Ta Biblía en griego: Los Libros) hay que tener en cuenta que es un compilado de unos 70 libros y opúsculos, a veces de pocas carillas, escritos aproximadamente desde los siglos VIII-IV a.C. hasta el 150 después de Cristo si incluimos los escritos de los Evangelios y de las Cartas de origen cristiano (27 libros). La mayoría de estos libros son de autor desconocido, reflejando diversas situaciones históricas (vida nómade en el desierto, vida sedentaria en ciudades y tierra propia, confederación de tribus, monarquía, guerras, esclavitud, etc.) y aún con ideologías opuestas (algunos más universalistas y otros ultranacionalistas y cerrados a todo contacto con los otros pueblos).

Los géneros literarios varían muchísimo desde crónicas históricas hasta relatos míticos, novelas didácticas, leyendas, poemas y cánticos, reflexiones teológicas y cartas, libros cultuales  o litúrgicos, legislaciones y obras sapienciales de todo tipo, todo lo cual nos supone el esfuerzo de interpretar el sentido de cada texto desde su encuadre histórico-cultural, lengua (hebreo, griego)  y género literario utilizado por el autor.

El cristianismo heredó un compilado casi definitivo, obra de los escribas hacia el siglo IV a.C., agregó los libros escritos en griego (no aceptados por el Judaísmo) e incorporó sus propios escritos considerados inspirados.

La Biblia, pues, no es un libro compacto y armónico, sino un conglomerado de escritos gestados en un milenio y con una redacción final en sus principales libros bastante reciente, tres o cuatro siglos antes de Cristo.

Qué expresan los antiguos relatos

En una palabra: los antiguos libros sagrados no nos demuestran la existencia de Dios (o de los dioses) y ni siquiera lo intentan, tampoco nos dicen quién es Dios o cuál es su palabra o su voluntad, sino que nos dicen “cómo aquella cultura suponía”, entendía o interpretaba cómo era Dios, o cuál era su mensaje o su voluntad, experimentando sus propias y convencidas verdades y formas de vida como venidas del mundo divino, y dando a la historia de su pueblo una interpretación religiosa muy particularizada y subjetiva.  Son, pues, relatos y escritos que expresan la vivencia de un pueblo, y en ello radica su gran valor para todos los tiempos.

Y aquí nos encontramos con otro gran obstáculo para captar el significado de esos antiguos escritos: es increíble la ignorancia que existe sobre estos temas y cómo aún hoy, incluso altos dirigentes religiosos, pastores, predicadores y educadores, hacen una interpretación literal e infantil de los textos y los consideran con validez científica o histórica, pasando por alto la sabiduría de vida de los pueblos y el contexto cultural que originaron esos mitos y relatos. Se come la cáscara de la fruta y se tira la pulpa.

Por lo tanto, los libros y relatos “sagrados” no nos conducen directamente a Dios sino a vivencias o experiencias religiosas de ciertos pueblos y culturas que interpretan a esas escrituras como palabra de su dios y, por eso mismo, como orientación para su vida.

Religiosidad acorde con cada cultura

Por eso mismo, la espiritualidad, la religiosidad y el sentido más profundo del ser humano en cada “nueva” cultura no pueden venir jamás de afuera, de libros, creencias, mitos, dogmas, tradiciones o ritos de  tan lejanos no sólo en el tiempo y el espacio sino en su cultura e interpretación de la vida, sino que tendrán que surgir del mismo seno de cada comunidad y ser humano, y de su propia experiencia personal y social. La vida del espíritu no es perezosa como si bastara aceptar lo que otros piensan y creen y con ello se tiene todo resuelto. Pues como dice un proverbio de Guinea: Dios le da a todos la vida, pero no el mismo espíritu. Cada ser humano y cada comunidad tiene el derecho y el deber de investigar por sí mismo y llegar a sus propias convicciones o creencias y forma de vida. Nadie nos puede dar el sentido de la vida: esa es tarea exclusiva de cada uno. Pero las religiones impusieron un sentido de la vida a todos sus fieles y aún lo siguen haciendo por medio de predicadores que le indican a su feligresía cómo pensar, qué hacer y qué no hacer; para ellos, solo hay una dirección o sentido.

También hoy descubrimos, gracias a la globalización, no solamente que no estamos aislados, sino que tampoco tenemos una cultura universal o una cultura superior a las otras, como pretendió la cultura occidental europea, blanca y cristiana.

Generalmente casi todas las grandes religiones, especialmente las monoteístas, tuvieron esa pretensión de universalidad y a menudo intentaron o intentan  lograrla por la fuerza y el fanatismo, descalificando a otras culturas y a otras religiones consideradas como paganas, infieles o inferiores y bárbaras. Pero ha llegado el momento de recordar con el poeta León Felipe que

Nadie fue ayer ni va hoy ni irá mañana hacia Dios por este mismo camino que voy yo. 

Para cada hombre guarda un rayo nuevo de luz el sol… y un camino virgen, Dios.

Y que nadie tiene el monopolio de la verdad sobre el hombre, lo que implica además de una buena dosis de humildad, el reconocimiento y la valoración de otras culturas y de otras religiones. Se trata, pues, de un nuevo aspecto de la religiosidad y de la educación que debe romper prejuicios de todo tipo y barreras históricas insalvables para mirar con ojos fraternos a otros pueblos y culturas considerados inferiores o indignos de estima, y mucho menos de amor.

Lamentablemente toda nuestra historia localista aún no ha aprendido esta simple lección de igualdad y fraternidad. Y las religiones, aunque todas pregonan un Dios único y Padre de todos los pueblos, se contradicen a renglón seguido presentándose como la única religión verdadera, descalificando y aún odiando a quienes también dicen ser hijos del mismo Padre…

Nos preguntamos, pues: ¿Tendremos la capacidad de superar esta antinomia? ¿Sabrán los seres humanos vivir su identidad y dejar vivir a otros con su propia identidad? ¿Estamos capacitados para tomar conciencia de nuestros prejuicios raciales, sociales, históricos y religiosos que se traducen en constantes discriminaciones siempre justificadas con una maquinaria de excusas racionalizadas?

Que la individualidad  no se transforme en individualismo (postura tan extendida hoy) y que el aprecio de la propia cultura no signifique exclusivismo, autosuficiencia y desprecio de las otras.

Que mostremos el valor de nuestra cultura y de nuestra religión valorando con madurez a las otras culturas y religiones que tienen mucho que enseñarnos desde sus particulares puntos de vista. 

Ojalá los occidentales sepamos poner en práctica el famoso Edicto del emperador budista de la India, Asoka,  del siglo III a.C.: Las creencias de los demás merecen siempre ser respetadas por un motivo o por otro. Al rendirles honor, se exalta la propia creencia y se rinde al mismo tiempo un servicio a las creencias de los otros. Actuando de otro modo, se hace injuria a la propia creencia y se causa menoscabo a la de los demás. Porque si un hombre ensalza la propia creencia y desacredita las demás por devoción a la suya y porque quiere glorificarla, causa serio daño a la propia creencia. En consecuencia, sólo la concordia es recomendable… Por eso ordeno  que los hombres de todas las creencias conozcan la doctrina de los demás y adquieran así doctrinas coherentes.

El mayor escándalo y la mayor incoherencia de las religiones monoteístas es haber predicado un Dios Único de amor infinito, cuyos adoradores implantaron regímenes de odio, muerte, intolerancia y esclavitud…

  1. EL LENGUAJE SIMBÓLICO

Analicemos ante todo algunos conceptos elementales sobre el lenguaje simbólico en general, para tratar de aplicarlos al lenguaje simbólico de los libros sagrados. Ante todo, digamos que el lenguaje religioso es “necesariamente simbólico”, ya que el hombre no puede percibir directamente lo divino, sagrado o sobre-natural que por propia definición está “más allá” de toda percepción sensible y comprensión humana. El hombre puede “intuir” o imaginar o suponer que “más allá” de la realidad física hay “Otra” realidad cuyas manifestaciones y efectos parece percibir, intuir o interpretar. Pero nunca podrá demostrarlo. Por eso, tal como lo hace el arte, también la expresión religiosa es necesariamente simbólica. La racionalización que hace la filosofía y la teología es una etapa muy posterior y generalmente ignorada por la mayoría de los creyentes, pero siempre sobre la base de una experiencia religiosa expresada en los mitos.

La racionalización está sobredimensionada en Occidente ya desde los siglos III y IV desde claves de filosofía griega, lo que transformó al cristianismo en una religión de creencias dogmáticas y, a menudo, ininteligibles, con grave riesgo de ahogar la espiritualidad y creatividad de la comunidad.

Concepto de  Símbolo

El símbolo es, precisamente, una realidad (objeto, persona, palabra, imagen) que, además de su sentido propio (1), “remite” a otra realidad que la trasciende (2), con la cual tiene alguna relación de semejanza (3) Así el agua como elemento natural necesario para la vida y la limpieza (1) nos remite a la nueva vida del espíritu y a la purificación interior (2), dada la relación de semejanza que tiene el agua con la vida y la limpieza (3)

Lo mismo sucede con el fuego, con la luz, con el viento, con el vuelo de los pájaros, con la altura del firmamento o de las montañas, etc. que son símbolos comúnmente utilizados en las religiones para expresar lo sublime, divino o espiritual.

En realidad, cualquier realidad cósmica y humana puede ser símbolo de algo. Aún en el lenguaje corriente utilizamos gran variedad de símbolos, como cuando decimos que “mi bebé es divino”, que “alguien se arrastra por el vicio”, que “llegamos a la cima del éxito”, que “el odio nos enceguece”, que “debemos mirar en nuestra profundidad”, que “Fulano se nos quedó atragantado”, que “no digerimos tal situación”, que “te haré morder el polvo”, que “un chacal asedia a nuestros hijos”, etc. Es casi imposible en la vida cotidiana pronunciar dos frases seguidas sin apelar a algún símbolo.

Incluso cada parte del cuerpo humano tiene un valor simbólico (cabeza, manos, ojos, corazón, piernas, etc.) o cada color o grado de temperatura. Hablamos de “personas frías”, de “familia cálida”, de “político tibio”, de “vida gris”, de “alumno traga”, de “dirigente sin corazón”, de que “no me torcerán el brazo”,  de que a este país “le falta una cabeza”, etc.                    

Dependen de cada cultura

Por supuesto, que estas relaciones no son necesariamente universales ni dogmáticas, sino que dependen de cada cultura o grupo humano. Así la grandeza y fuerza de Dios puede simbolizarse en el toro (cananeos), en el elefante (africanos), en el sol (egipcios, incas, mayas), en el tigre (guaraníes) ya que resulta imposible que los aborígenes americanos, por ejemplo, representen a Dios como un elefante, animal totalmente desconocido por ellos.

Esto explica la dificultad de los mismos aborígenes para entender el lenguaje de los misioneros cristianos que aludían como lo más natural y universal del mundo el Decálogo proclamado en el Sinaí o a la comida del cordero  pascual o a Jesús crucificado por los romanos en Jerusalén y a la necesidad de rezar la misa en latín y obedecer al Papa o al rey de España bajo pena de muerte. ¡Todo un monumento al absurdo!

Características del símbolo

– El símbolo es universal en cuanto lenguaje humano (presente en los sueños, mitos, arte y vida cotidiana) pues se origina en el cerebro humano, el mismo con la misma estructura neurológica para todos, pero su expresión y su sentido es particular a cada cultura. El símbolo es una metáfora condensada y lo utilizamos siempre que el leguaje verbal corriente o racional nos parece imperfecto o inadecuado, como sucede con la experiencia del amor o de la belleza.

– Los símbolos son “polisémicos” (“poli”, muchos: “semeion”, significado), pues pueden tener varios significados y aún sentidos opuestos, como el agua, signo de vida, pero también de muerte (ahogarse, inundaciones), de purificación, de energía o de frescura. Todo depende de la mirada de quien interpreta, de su situación, circunstancias y experiencias; así en países desérticos como Palestina la lluvia era vista por los cananeos como el dios supremo benefactor (Baal); en las culturas americanas las divinidades están relacionadas con los bosques, el tabaco, el maíz, etc.

-Por tanto, el símbolo de por sí es “abierto” a muchas interpretaciones, algunas de ellas muy subjetivas, pero cada cultura “cierra el sentido” de los símbolos empleados para adaptarlos a su caso particular, como sucede en los mitos y en las religiones. Es interesante el ejemplo de la cruz, antiquísimo símbolo de la totalidad de la tierra con los cuatro puntos cardinales o cuatro vientos, y símbolo para los cristianos de la redención por el sacrificio de Jesús.

En las religiones, el riesgo del empleo del lenguaje simbólico es que se haga una interpretación literal “realista” del símbolo (como hace el “fundamentalismo”) y así se pierda su verdadero sentido y se llegue a grandes contradicciones con la ciencia y a una interpretación cerrada y dogmática. Baste pensar en la interpretación literal de los mitos de la creación del mundo y del ser humano del Génesis que llevó a las Iglesias a una posición anticientífica y absurda.

Otro lenguaje

El lenguaje simbólico no es contrario al científico, sino que es “otro lenguaje”, así como la poesía no se opone a la prosa, sino que es otra dimensión y otra mirada de la realidad, más acorde con los sentimientos que poco tienen que ver con los raciocinios y el lenguaje científico. Lo mismo sucede con las películas hoy tan de moda, como las de ciencia-ficción o las de dibujos animados.

Y pasa en la vida cotidiana. Así, a toda mujer le agrada y llega al éxtasis si un hombre le dice “eres mi vida y mi luz y te amo con todo el corazón” y permanecerá contrariada e indiferente si se le dice “te percibo según lo que me estimula mi sistema límbico en conexión con el lóbulo frontal”.

En síntesis: la experiencia religiosa, “necesariamente utiliza el lenguaje simbólico”. Nuestra tarea, es interpretar correctamente ese lenguaje. En esta interpretación es importante encontrar el significado que la cultura le da a los signos, la cultura de la época del origen o redacción del símbolo. En eso se diferencia de la interpretación de los sueños, en los que se busca el significado desde la subjetividad y el inconsciente de cada soñante.

Un ejemplo interesante es el símbolo de la serpiente que en nuestra cultura y en casi todas las personas es símbolo muy negativo de traición y maldad; en cambio tanto entre los semitas como en otras culturas (como la incaica) es símbolo de la sabiduría y de las ciencias ocultas. Así en el conocido relato del Génesis, capítulo 3, la serpiente tentadora representa a la cultura cananea que se opone al culto a Yahvé.

El símbolo en “otra” cultura

El problema que tenemos hoy con las antiguas religiones es que algunas de sus simbolizaciones nos resultan totalmente extrañas y demandan estudios de historia, arqueología, lingüística, sociología, antropología, etc. para darles el verdadero sentido de esa cultura.

Pensemos sin más en el concepto judeo-cristiano de “resurrección de la carne o de los muertos” para expresar simbólicamente el concepto actual de trascendencia. Un tema tan importante en el cristianismo resultó incomprensible y hasta absurdo desde la cultura griega, y aún hoy nos resulta in-creíble si se lo interpreta literalmente. Pero para el judaísmo del siglo segundo antes de Cristo que aún desconocía el concepto de alma espiritual e inmortal, propio de los griegos, fue la única manera de sentir que todo el ser humano (cuerpo viviente) transciende a la muerte.

Tras estos conceptos teóricos que son suficientemente aceptados y conocidos por todos, podemos preguntarnos qué interpretación y qué sentido dar a ciertos textos que tradicionalmente fueron asumidos en forma literal y a los que hoy les encontramos un sentido más simbólico.

En efecto, todo el mundo estaría de acuerdo, por ejemplo, en que cuando se presenta a Dios como una “Roca” o a Jesús como un “Cordero” estamos hablando de un símbolo. Pero ¿es también simbólico hablar de Dios como “Padre” o “Juez”, o de Jesús como “resucitado y ascendido al cielo”? ¿Es simbólico su nacimiento virginal, la estrella de Belén o la liberación del poder del demonio? ¿Es simbólico el cruce milagroso del mar Rojo por los hebreos fugados de Egipto, la multiplicación de los panes realizada por Jesús o la resurrección de Lázaro?

Dos dificultades para interpretar simbólicamente:

– Primero, porque siempre hemos interpretado esos relatos como hechos históricos desde su sentido más literal, y desde lo más profundo de nosotros nos cuesta verlos de otra manera, como si traicionáramos a nuestra religión y a sus más puras creencias. Pues ¿quién no se emocionó con los espectaculares filmes de Los Diez Mandamientos, o  La historia más grande jamás contada  con una interpretación tan literal de los textos bíblicos? La interpretación literal aparece como lo evidente, lo simple, lo más natural del mundo con un Dios tan activo y sus milagros tan grandiosos.

– Segundo, se supone que el sentido simbólico es algo más bien poético que poco tiene que ver con las verdades religiosas y con los problemas humanos y el sentido de la vida. Es común decir que “esto es algo puramente simbólico”, una veleidad artística con poco valor substancial.

Pues bien, precisamente afirmamos todo lo contrario: sólo la interpretación simbólica nos da el sentido profundo de los textos… y de la vida, y una validez incluso para las generaciones futuras.

El símbolo es el lenguaje de lo más profundo del ser humano, de aquello que no se puede expresar con las simples palabras porque es “inefable” e indescriptible. Mientras que el lenguaje literal cierra el sentido, lo de-fine y nos muestra un hecho tan concreto y singular que sólo es aplicable a un sujeto y momento particular y determinado, los símbolos abren el sentido y por acceder a lo más profundo y esencial del ser humano, siempre podrán ser nuevamente leídos y reinterpretados con nuevas significaciones.

En síntesis: sólo desde el lenguaje simbólico accedemos al sentido profundo de los textos.

Símbolos en los sueños

Es lo que sucede en la interpretación de los sueños, tal como hace más de un siglo lo puso de relieve Sigmund Freud. Por ejemplo, una preadolescente de 12 años me dice que tuvo un sueño increíble, pues “mientras antes soñaba que viajaba en un automóvil conducido por mi padre, la última vez soñé que yo misma conducía aunque con bastante miedo e inseguridad. Estaba sola sin mi papá. Es curioso, porque yo nunca conduje un automóvil ni tengo la más mínima idea de cómo hacerlo, pero en el sueño me las arreglé bastante bien”.

Luego de conversar sobre el sueño y ciertas circunstancias de su vida, quedó claro que el automóvil era ella misma que necesitó “ser conducida” por su padre durante la infancia, pero que ahora se sentía capaz de “conducirse por sí misma” aún asumiendo ciertos riesgos y peligros, lo que efectivamente estaba sucediendo.

Una señora me relató en la primera entrevista el siguiente sueño: “Estaba en la calle frente a mi casa con una hija de 3 años cuando de pronto apareció un pistolero armado que comenzó a tirotearnos. Rápidamente entramos a la casa y cerré puertas y ventanas. Lo extraño es que no tengo ninguna hija pues me casé hace pocos meses y además vivo en un barrio muy tranquilo y nunca tuve incidente alguno”. El sueño parecía sin sentido hasta que le pregunté si por si acaso no estaba embarazada. “Sí, estoy en el tercer mes de embarazo”. Cuando le pregunté si tenía algún miedo o problema con su marido, el sueño quedó esclarecido: “Mi marido insiste en seguir teniendo relaciones sexuales pero yo me niego porque tengo miedo de que me haga daño a mí o a mi bebé”. Creo que no hace falta que dé más explicaciones sobre el simbolismo de este sueño…

Observamos, entonces, que si nos quedamos con el sentido literal de los sueños, estos aparecen incongruentes y sin sentido; pero desde su lenguaje simbólico, que es el lenguaje del inconsciente, un lenguaje “cifrado” y oculto que hay que re-velar (quitar el velo), el sueño adquiere todo su valor y riqueza para la vida del soñante y para resolver su angustia o determinada problemática.

Pues bien, si los sueños son la expresión del inconsciente personal, los mitos lo son del inconsciente cultural o colectivo. Una religión atada literalmente a los textos navega en la “superficie” de la vida y de la espiritualidad que sólo logran su mayor “profundidad” desde la comprensión de los símbolos.

Animarse a interpretar simbólicamente

En los capítulos IV y V, a título de ejemplos, analizaremos ciertos pasajes bíblicos que adquieren su profundo y universal sentido para la vida humana desde la interpretación simbólica pero que aún están atados a su sentido literal. Son, pues, casos bastante complejos y, desde ya, muy polémicos. Pero es hora de que como adultos maduremos en su comprensión y nos liberemos de cierto infantilismo mágico que sólo ve hechos milagrosos y héroes extra mundanos en tantos relatos sagrados, como si eso fuese la esencia de la religión.

 

II- LAS  CONCEPCIONES  MÍTICAS FRENTE  A  LA  CIENCIA  COSMOLÓGICA

 Temas conflictivos

De los muchos cambios surgidos  de la posmodernidad y de los muchos temas conflictivos con la religión (aquí en Occidente, en concreto con la cristiana y para el habla española, especialmente con la católica e iglesias protestantes e independientes) seleccionamos aquellos que tienen mayor incidencia en la religiosidad de los adultos y en la formación de la conciencia, especialmente de los niños, adolescentes y adultos jóvenes, pues son las nuevas generaciones las que reciben con mayor entusiasmo la propuesta posmoderna y sienten el choque con ciertas ideologías y estructuras culturales, religiosas y educativas tradicionalistas.

La nueva ciencia cosmológica es la que provoca un impacto más directo en las creencias religiosas.

Las grandes religiones, surgidas hace unos 5.000 años, tenían una idea mítica un tanto ingenua de un universo sumamente limitado y reducido en el tiempo y en el espacio. Eso no era un problema en aquellos tiempos, pues religión y cultura (con sus conocimientos, tecnologías y costumbres) vivían totalmente sincronizadas y armónicas. Las religiones eran parte esencial de la cultura, eran su fundamento y su más sublime expresión.

Pero hoy, mientras vivimos en “otra” cultura, la religión permanece anclada en concepciones de la vieja cultura que la transforma en algo anacrónico y obsoleto tanto en sus contenidos ideológicos como en su lenguaje.

Visión bíblica del mundo

Así por ejemplo, la tradición bíblica judeo-cristiana presentaba el cosmos en tres planos. El inicio del mundo surgido por creación directa de Dios se lo ubicaba a unos 4.000 años antes de Cristo, con una extensión pequeña que ni siquiera abarcaba toda la tierra como hoy la conocemos, con un cielo material (una especie de chapa) relativamente cercano, al que se podía llegar volando o con una larga escalera o en un carro de fuego, con estrellas y planetas muy pequeños dentro de la cúpula celestial cuyas bases estaban sobre una tierra plana e inamovible.

En tanto encima de ese pequeño cielo, no más extenso que el alcance de una mirada en el horizonte, había un depósito de aguas listas para caer en forma de lluvia.

Y en la parte superior estaba Dios sentado en su trono, rodeado por un ejército de ángeles (las estrellas), manteniendo el orden cósmico y ordenando con leyes concretas la vida de los seres humanos, a quienes había creado directamente luego de haber  dado origen al mundo en seis días.

La tierra con sus mares y ríos, animales, plantas y seres humanos constituía el plano medio. Finalmente, debajo de la tierra en el plano inferior (o infierno) estaba el lugar de los muertos, tanto de los inocentes como de los culpables.

 

El origen desde el big bang y la evolución

Hoy la ciencia cosmológica nos habla de un inicio del universo (big bang) de un huevo cósmico infinitamente denso, caliente y pequeño hace unos 13-15 mil millones de años, que  “explosionó”  y se fue expandiendo y enfriando, mientras se creaba simultáneamente el tiempo y el espacio con todos los elementos subatómicos (protones, neutrones, etc.) y después de 300 mil años los átomos especialmente de helio e hidrógeno.

Así en una larga evolución que aún no ha finalizado se fueron formando las estrellas que se agruparon en mas de 100 mil millones de galaxias con unos 200 mil millones de estrellas cada una, galaxias que continúan su alocada carrera y se distancian entre sí, cubriendo un espacio prácticamente infinito.

Sólo después de 10 mil millones de años del big bang (o sea, hace 5 mil millones de años)  se formó nuestro sistema solar dentro de una de esas galaxias.

La tierra se formó hace unos 4 mil millones de años (aún sigue evolucionando) para que allí surja la vida primitiva en forma de microcélulas (bacterias, organismos rudimentarios procariotas y unicelulares) hace unos 3.500 millones de años, evolucionando constantemente en nuevas y más organizadas formas de vida vegetales y animales.

De los seres humanos no hay noticias sino apenas desde hace 1 o 2 millones de años con los primates, de cuya evolución surge el hombre actual, homo sapiens, hace unos 150 mil años, en Àfrica, constituido con los mismos elementos del Universo aunque con una organización especial mucho más compleja. La historia humana así como hoy la conocemos desde restos arqueológicos apenas supera los 20.000 años.

Las grandes religiones van surgiendo hace unos 5000 años, mientras la historia de los hebreos que reconocen a Dios como Yahvé (el dios de las tribus del Sinaí) tiene apenas unos 3200 años, uno de cuyos vástagos insignes fue Jesús hace 2000 años, de quien se origina el cristianismo.

Así nuestra tierra y nuestra historia aparecen como un punto y un momento insignificante del Universo dentro del sistema solar, a un costado de la Via Láctea que tiene una longitud de unos 100 mil años luz, albergando a un ser humano, tan perfecto como endeble y efímero, y como último invitado conocido de esta grandiosa historia de nuestro cosmos, pues los científicos suponen que deben existir otros millones de planetas con vida y/o con seres similares a nosotros.

Varios problemas plantea esta nueva cosmovisión: destacamos  la posible existencia de Dios y su rol dentro de este universo; y el sentido y la veracidad de los relatos y creencias religiosos con su lenguaje mítico, tema que ya hemos  tratado.

1 Dios en esta nueva visión cósmica

Lo primero es preguntarnos si cabe un Dios en esta visión cosmológica, ya que la gran evolución en la cual todavía estamos inmersos con nacimiento y muerte de estrellas, choques de galaxias y un sinfín de otros fenómenos impresionantes (agujeros negros, materia oscura, energía oscura, etc.), parece guiarse por leyes propias e inexorables y también por hechos aparentemente fortuitos y desbordados de toda lógica conocida.

– Unos teólogos y científicos afirman que Dios, persona distinta del cosmos, pudo haber estado presente en la creación del micro huevo que hizo big bang y cuya energía aún está en expansión hasta su declive definitivo dentro de varios miles de millones de años, energía que nos crea y se desarrolla en nuestra vida tanto física como biológica, síquica y espiritual.

– Otros prefieren hablar de una Inteligencia o Conciencia Cósmica o ESO que guía los acontecimientos.

ESO está más allá del alcance de la vista, del habla y del pensamiento. Y nosotros no sabemos ni entendemos cómo se lo puede comprender. Eso es otra cosa que lo conocido y está más allá de lo desconocido. Así lo han dicho los sabios. Eso es algo de lo que no se puede hablar pero que hace que hablemos…no se puede pensar pero que hace que pensemos… no se puede ver pero que hace que veamos… no se puede escuchar pero que hace que escuchemos. Eso es el aliento que no se puede retener pero mediante el cual respiramos. Eso es conocido de aquellos que no saben; para los que saben, es desconocido. Eso no es entendido por quienes lo entienden; Eso es entendido por quienes no lo entienden. (Los Upanishads, escritos hindúes entre los años 1000 a 600 a. C.)

– Finalmente otros simplemente se remiten a la Energía cósmica capaz de por sí de explicarlo todo sin necesidad de otro ser fuera del propio universo. Y aparecen otras teorías que se diversifican y combinan.

Lo cierto es que la ciencia no puede afirmar la existencia de un Dios (o Inteligencia supra-mundo o extra-mundo) ni tampoco puede negarla, pues Dios o lo divino escapa por definición al alcance de observación y estudio de la razón y de la ciencia, y se enmarca dentro de las Creencias a las que es afecto el ser humano por su percepción primaria, imaginación, intuición y sentimientos. Por lo tanto, la ciencia prescinde metodológicamente de Dios y busca la explicación del Universo o de los posibles y varios Universos (el Multiverso) exclusivamente desde sus leyes inherentes e internas. Y cuando hablamos de ciencia, incluimos por cierto a la biología, psicología y pedagogía para la explicación de los fenómenos humanos.  

Posible imagen y función de Dios

Pero más importante aún, suponiendo la existencia de una Inteligencia Superior o Dios o Gran Espíritu o Eso en el origen y evolución de todo, es preguntarnos por la imagen de ese “Dios” y su función en el universo. Ciertamente desde los actuales conocimientos, ese Dios tiene que ver muy poco con la imagen tradicional que nos dan las religiones y los libros sagrados.

Porque la idea  de un Ser que está “arriba, en lo alto” (concepto mítico simbólico) y que creó de una vez un mundo que funciona en perfecto orden bajo su guía o “Providencia” ha muerto definitivamente, pues hoy sabemos que el universo aún evoluciona y se está gestando en medio de grandes cataclismos que incluyen a la misma tierra que cambió y cambia constantemente y corre peligro de terminar aniquilada, mientras sufre diversos fenómenos destructivos de los que somos testigos constantemente.

La pregunta es obvia: ¿hay “Alguien” o “Algo” como último fundamento o “detrás” de esta evolución cósmica que nos admira tanto por su orden como por su desorden, por su armonía como por sus cataclismos y desastres?

¿Puede ese Alguien infinitamente sabio, poderoso y bueno controlar las fuerzas cósmicas y el funcionamiento de agujeros negros y galaxias, o de billones de seres biológicos y animales, muchos de ellos dañinos y venenosos de todo tipo, que se destruyen entre sí, y cuidar la seguridad y la vida de los seres humanos, especialmente de los inocentes, víctimas de esclavitudes, opresiones y matanzas o de hechos y desastres fortuitos?

Lo que nos queda en claro es que los nuevos conocimientos plantean cuestiones que de ninguna manera se resuelven con las creencias tradicionales ni con la imagen de ese Dios “pequeño” y “tribal”, que tiene al universo como en la palma de su mano y que cuida personalmente a cada una de sus creaturas y las controla hasta en sus más íntimos pensamientos; porque es esa imagen de Dios la que está en el centro del conflicto científico-religioso.

Esa imagen tradicional está bien expresada en el salmo 104,10-22: Tú haces brotar fuentes en los valles, y corren sus aguas por las quebradas…  Desde lo alto riegas las montañas, y la tierra se sacia con el fruto de tus obras.  Haces brotar la hierba para el ganado y las plantas que el hombre cultiva… Hiciste la luna para medir el tiempo, señalaste al sol el momento de su ocaso; mandas la oscuridad, y cae la noche: entonces rondan las fieras de la selva y los cachorros rugen por la presa, pidiendo a Dios su alimento. Haces brillar el sol y se retiran, van a echarse en sus guaridas…

Muchas preguntas

Estamos, pues llenos de preguntas como aquella hindú de hace 2600 años: Gargi, hija de Vachaknu le preguntó al sabio Yajñavalkya: Dado que la trama del universo está en el agua ¿dónde está la trama del agua? –En el viento. Y ¿Dónde está la trama del viento? –En el aire. Y ¿Dónde está la trama del aire? –En el cielo. Y ¿Dónde está la trama del cielo? – En el sol. Y¿Dónde está la trama del sol? –En los mundos de los dioses. Y ¿Dónde está la trama de los mundos de los dioses? .. Entonces el sabio concluyó: No hagas tantas preguntas o se te caerá la cabeza de los hombros. Estás preguntando demasiado sobre los poderes cósmicos acerca de los cuales no deben formularse más preguntas.  (Upanishad 3,6)

Y nos preguntamos ¿Cómo compaginar un Dios todopoderoso y providente con un mundo tan inseguro? Y ¿cómo aceptar su amor y su providencia cuando incluso los que le sirven y adoran, sufren todo tipo de injusticias y de males, sin que El pueda hacer nada por salvarlos? Varios salmos se hacen eco de este silencio de Dios:  ¿Hasta cuándo me tendrás olvidado, Señor? ¿Eternamente? ¿Hasta cuándo me ocultarás tu rostro? ¿Hasta cuándo mi alma estará acongojada y habrá pesar en mi corazón, día tras día? ¿Hasta cuándo mi enemigo prevalecerá sobre mí? ¡Mírame, respóndeme, Señor, Dios mío! (S 13)

Dios mío, ¿por qué me has abandonado? ¿Por qué estás lejos de mi clamor y de mis gemidos? Te invoco de día, y no respondes; de noche, y no encuentro descanso… Soy un gusano, no un hombre; la gente me escarnece y el pueblo me desprecia; los que me ven, se burlan de mí, hacen una mueca y mueven la cabeza, diciendo: «Confió en el Señor, que él lo libre; que lo salve, si lo quiere tanto».  (S 22 que los evangelistas pusieron en boca de Jesús mientras era crucificado…)

¿Cómo encontrar la finalidad y el sentido del universo y del ser humano cuando sabemos que caminan hacia su muerte segura cuando la energía cósmica y biológica llegue a su fin? Y qué respuesta pueden dar los educadores cuando niños y adolescentes llegan desde sus familias y comunidades religiosas con esa imagen de Dios que chocará inevitablemente con los conocimientos científicos que adquieren en sus escuelas? ¿Están preparados padres y educadores al menos para plantear el tema desde un diálogo constructivo aprendiendo educadores y educandos a vivir con dudas y preguntas porque dudas y preguntas serán la constante de toda la vida y de toda ciencia?

¿Podrán educar no desde las certezas y verdades sino desde la búsqueda de significados, desde la incertidumbre y desde una dudosa esperanza?

Respuestas inciertas

Ni la Religión, ni las Iglesias, ni la Ciencia ni la Educación tienen hoy respuestas definitivas a un sinnúmero de interrogantes que plantean incluso niños pequeños con una mentalidad más abierta y crítica que la que teníamos nosotros a la misma edad.

Ya no sirve “cerrar” el tema o “definirlo” (ponerle fin) desde textos sagrados o argumentos de autoridad: tenemos todos que aprender a vivir con cierta dosis de ansiedad ante preguntas sin respuestas para admirarnos ante el “misterio” siempre nuevo y siempre profundo que nos plantea el universo y nuestra vida inmersa en él.

Las religiones que surgieron en otras culturas hace unos pocos miles de años para dar respuesta y sentido total a todos los interrogantes humanos a través de creencias y mitos transmitidos por vía tradicional o de autoridad, hoy necesitan revisar sus creencias y cambiar radicalmente desde una humilde autocrítica, despojarse de sus dogmas absolutos y de su afán de poder y control social, para ponerse a caminar junto a los seres humanos y en igualdad de condiciones para buscar un sentido a la vida; simplemente buscar” para disfrutar lo más plenamente posible esta aventura sobre cuyo origen y cuyo final casi nada sabemos.

Y esa es nuestra condición humana. Mientras que la Ciencia se dedica a desentrañar los misterios del Universo y sus leyes y funcionamiento, la Religión debe abocarse a lo suyo: buscar un sentido a ese universo y a la vida humana. Buscar… junto a toda la humanidad.

No imaginar a Dios

Y si las religiones efectivamente proclaman convencidamente la existencia de Dios -un Dios “transcendente” a todo lo humano, ser de otra categoría y esencia, Dios inefable “a quién nadie ha visto jamás” (como dice el Evangelio de Juan 1,18) – deben entonces   renunciar a la pretensión vana de imaginarlo o definirlo y de hablar en su nombre o de establecer cuál es su voluntad o en qué consiste su sabiduría…

Esto se llama coherencia. Humilde coherencia, la coherencia de los que somos “humus”, humanos, o sea, de la tierra. En definitiva: por el camino del Universo, su origen y evolución, hoy no llegamos a Dios… y tampoco es eso lo importante.

Lo importante es cómo nos situamos y nos relacionemos con el mundo físico y biológico, del que formamos parte, e integrarnos a su dinámica, para comprender y experimentar la maravillosa experiencia de vivir en un mundo siempre atractivo y siempre cambiante que nos llama a desenvolvernos como un microcosmos en constante aumento de conciencia, desarrollo y perfeccionamiento.

 Creer en Dios… o… “en qué Dios” creer

Cuando planteo estos temas, en seguida hay alguien que me pregunta ¿“Pero Usted cree en Dios”?… Desde pequeños nos hemos acostumbrado a pensar que esa era la pregunta clave de la existencia humana y que había que tomar partido por el sí o por el no. Esa fue la tónica del cristianismo y en general de las religiones monoteístas (Judaísmo e Islam): ser creyente y fiel, o incrédulo e infiel. Unos son los buenos que se salvan y los otros los malos que se condenan.

En cambio, en las religiones del extremo Oriente (India, China) esa no fue la preocupación fundamental y bien podían hablar de un Dios, o de varios, o de millones, o de ninguno, como es el caso del Budismo. La preocupación del pueblo y de sus dirigentes pasaba por otro lado: una vida armónica y plena de “sabiduría”. Vidagdha le preguntó al sabio Yajñavalkya:  Cuántos dioses hay? – En el himno a todos los dioses se mencionan 3306. – Sí, pero cuántos hay realmente?   – 6 … -Sí, pero cuántos son? – 2 … 1 … Y cuál es el Dios único? .. . – El Hálito Vital, el Ser: lo llaman ESO (Upanishad)

Partamos de lo que enseñan las teologías monoteístas

Dios es un Ser espiritual, sin cuerpo ni sexo, absolutamente distinto del ser humano y del cosmos, que trasciende todas nuestras categorías, que está “más allá” o fuera de este mundo pues existe desde antes del mundo al que creó cuando creyó oportuno y que conoce su final. A este Dios no lo podemos percibir ni conocer pues es espíritu puro e infinito y sólo de verlo moriríamos al instante, e incluso  “ni siquiera podemos pronunciar su santo nombre” (Ex 20,7).

Este Dios, que al principio sólo se reveló muy tardíamente a un pequeño pueblo semita (era “su dios”) no hace más de 3 mil años, y que luchaba contra otros dioses de otros pueblos, fue finalmente impuesto como el único Dios de toda la humanidad y de todo el universo cuando el Occidente greco-romano lo asumió como propio y se erigió como un gran y único imperio con aspiraciones de dominio universal. Este Dios “impone”, primero a su pueblo y luego a toda la humanidad, un código de conducta porque “El es el Señor” o sea, el amo universal.

Vemos, por lo tanto, que en ningún momento este Dios enseña a todos los seres humanos a conocerlo o conocer su forma de ser o sus proyectos o estrategias, pues está más allá de todo conocimiento y los seres humanos lo único que tienen que hacer es obedecerlo y rendirle pleitesía o culto. Este Dios no es fruto de la reflexión, ni de la lógica… sino simplemente una creencia en un rey supremo protector que le dio identidad y poder a un determinado pueblo.

Fueron las necesidades de la gente (básicamente de protección) las que condujeron a buscar “fuera de su mundo” lo que éste no podía darles. Y fuera o arriba de su mundillo encontraron respuestas y explicaciones a un sinnúmero de interrogantes: de dónde venimos, qué pasa después de la muerte, cómo se originan los fenómenos naturales, cómo defendernos de enemigos y catástrofes, etc. Así surgirán los relatos míticos como ordenadores de la sociedad.

Queda claro, entonces, que aún desde esta religión tradicional y claramente monárquica, paternalista y autoritaria, la preocupación de ese Dios (rey absoluto y dueño de todo) se centra en organizar la vida de sus adoradores, en reglas de conducta personal y social y en lo que se llamó Ley.

Aún en la Biblia no hay argumentos sobre la existencia de Dios, y se admite siempre la existencia de otros dioses en otros pueblos, y muy tardíamente, tres siglos antes de Cristo, se insiste en su unicidad y en la falsedad de otros dioses.

Un fuego avanza ante él y abrasa a los enemigos a su paso; sus relámpagos iluminan el mundo; al verlo, la tierra se estremece. Las montañas se derriten como cera delante del Señor, que es el dueño de toda la tierra… y todos los pueblos contemplan su gloria. Se avergüenzan los que sirven a los ídolos, los que se glorían en dioses falsos; todos los dioses se postran ante él (Salmo 7,3 -7)

“Dios”, un símbolo

La existencia de este Dios (o dioses o espíritus protectores) se da como un supuesto básico de una cultura, como una experiencia que se vive desde el nacimiento, como una obvia explicación de todo cuanto existe y como garantía de la sobrevivencia de un pueblo. Ese Dios es en realidad el mismo Pueblo endiosado, que expresa su identidad y sus valores, sus necesidades y también sus pretensiones de dominio en un símbolo que se llamará “dios”, palabra que etimológicamente (div) significa lo que brilla, que ilumina (como el día o el sol) En aquellas culturas lo que más brillaba estaba en lo alto en un lugar inaccesible, de allí el nombre de “Altísimo” o “Luz” o “Sol” para referirse al “Señor o Dominador” del universo. En el capítulo IV volveremos sobre este símbolo.

Los mismos cristianos se referirán a Jesús como el Señor, el nuevo sol, la luz del mundo: Yo soy la luz del mundo. El que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la Vida (Jn 8,12) y en el siglo IV se fechará su nacimiento el 25 de diciembre, el día en que nace el sol en el hemisferio norte, solsticio de invierno, fiesta de Mitra, otro dios sol de origen persa. A lo largo de la historia todos los imperios adorarán al sol como dios supremo (también en América, los imperios de mayas, aztecas e incas)

Pero de ninguna manera ese “dios” es lo que hoy podemos concebir como DIOS – ENERGÍA – GRAN ESPÍRITU- ESO- FUNDAMENTO DEL SER- PRINCIPIO DE VIDA.

Y lo que es más importante aún, lo único que parece interesarle a ese dios o dioses es guiar a su pueblo en su vida diaria, como un pastor guía a sus dóciles ovejas, salvarlo de posibles enemigos (otros pueblos con otros dioses), liberarlo de sus males físicos y sociales, todo ello a cambio de obediencia, lealtad y sacrificios en su honor, incluso el sacrificio de la propia vida. Al menos ese fue el origen de las grandes religiones, un fenómeno relativamente reciente en la historia humana, de no más de 5 mil años. Y cuando esa “religión” (esta palabra es tardía, de origen romano, indica religación o atadura del ser humano con la divinidad) se organizó con sus jerarquías, dogmas y preceptos, entonces la “creencia” en Dios y la total aceptación de la estructura religiosa, pasó a ser la esencia de una sociedad centrada en la obediencia. Claro… la obediencia a las autoridades, autoerigidas como representantes divinos.

En qué Dios creemos

Así, pues, ante la pregunta de si creo en Dios, hay dos respuestas que puedo dar: primero, que lo fundamental para mi es que quiero vivir y vivir plenamente.

Y lo segundo, que “mi Dios”, un Dios de amor y libertad, me pide precisamente eso, que yo viva, que realice con plena libertad mi proyecto, que sea feliz… porque lo importante no es creer en Dios sino “en qué Dios creemos”

Podemos creer en un dios opresor, absolutista, vengativo y hasta cruel, que no respeta los profundos deseos ni la libertad de los seres humanos, que impone su palabra como un mandato a obedecer… o creer en un “Dios” de amor que me deja ser yo mismo y desarrollarme según mi conciencia, que me deja pensar, equivocarme y decidir; un Dios silencioso y comprensivo, como un acompañante en este imprevisible camino de existir… un Dios que libera y salva desde mi propia iniciativa y creatividad.

No preguntemos si creemos en Dios sino en qué Dios creemos, cuál o qué o quién es el fundamento de nuestra vida, nuestra razón de ser, nuestro ideal supremo. Si Dios existe o no, hoy ya no me preocupa, como tampoco qué me pasará después de mi muerte, pues si ese dios de las religiones no existe no tengo por qué preocuparme más que por mí mismo y mis semejantes, y si existe “un VERDADERO DIOS”, puedo quedarme tranquilo de que respetará plenamente mi libertad y las decisiones de mi conciencia.

Por algo el mismo Jesús dijo que “verán a Dios los puros de corazón” (Mt 5,8), o sea, los de conciencia honesta y sincera. (Para  los judíos el corazón era la sede de la conciencia; en cambio las entrañas eran la sede del amor y de otras pasiones)

La  tarea de Dios

Pero hay algo más. Como ya lo hemos comentado, en el mundo pequeño de la antigüedad, ignorante de la universalidad del cosmos y desconocedor de otros continentes, pueblos y culturas, la tarea de Dios, después de haber creado ese pequeño mundo, se reducía a controlar ese universo y sus fuerzas, en el que intervenía directamente o por medio de sus mensajeros (ángeles) hasta en los mínimos detalles y observar al mismo tiempo la conducta de sus seguidores y de sus enemigos.

Bien lo revelan varios Salmos: Tú extendiste el cielo como un toldo  y construiste tu mansión sobre las aguas.  Las nubes te sirven de carruaje y avanzas en alas del viento… Afirmaste la tierra sobre sus cimientos… (104,3-9)

El encierra en un cántaro las aguas del mar y pone en un depósito las olas del océano. Que toda la tierra tema al Señor, y tiemblen ante él los habitantes del mundo; porque él lo dijo, y el mundo existió, él dio una orden, y todo subsiste. El Señor frustra el designio de las naciones y deshace los planes de los pueblos, pero el designio del Señor permanece para siempre, y sus planes, a lo largo de las generaciones (33, 6-11)

Como podemos observar en estas simples expresiones de fe, se trata de un Dios omnipotente, absolutamente poderoso, muy rey y muy masculino, que guía en forma directa hasta en los mínimos detalles el funcionar de la naturaleza, de plantas y animales y la vida de las personas. Un Dios que interviene a placer en todos los detalles para que todo marche según su voluntad.

El cometido de Dios hoy

Es evidente que hoy no podemos sostener esta imagen de Dios en un universo infinitamente más complejo, regido por sus propias leyes (que a duras penas vamos conociendo, como la relatividad espacial, gravitación universal, inflación cósmica, leyes cuánticas, etc.) y sometido a constantes cambios, muchos de ellos desastrosos.

Entonces la pregunta: si existe un Dios distinto del universo que contiene no menos de 200 mil millones de galaxias, con una infinidad de seres en su interior, etc. ¿cuál es su cometido? ¿Es tan poderoso que puede controlarlo todo? ¿Es un Dios que lanzó al mundo a la existencia y ahora no puede controlarlo o está identificado con el universo y su infinita energía y crece y se desarrolla con él?

Estas y muchas otras más son las preguntas que hoy nos hacemos, sin tener ninguna respuesta cierta o mínimamente probable ante un mundo que parece caminar regido solo por sus fuerzas hacia un final también imprevisible. ¿Y Dios?

El Ser Supremo es divino y sin forma, está adentro y afuera, no es mente ni hálito, es más puro y más alto que lo imperecedero. De él proceden el hálito vital, la mente y los sentidos, el espacio y el viento, la luz y las aguas, y la tierra que todo lo sustenta. Su cabeza es el fuego, sus ojos el sol y la luna, su oído, las regiones del espacio, su voz las escrituras reveladas, el viento su respiración, su corazón el universo entero… En verdad es el Alma Interior de todos los seres  (Bagavad Guita, libro sagrado hindú del s. VI a.C.)

Madurar la fe religiosa

Todo este cuestionamiento que hoy nos hacemos no está encaminado a negar la existencia de Dios o la necesidad de las religiones. Tampoco podemos decir, como se nos enseñaba en otras épocas: “es un misterio insondable… tengamos fe en Dios y en su palabra…” O como decía el teólogo cartaginés Tertuliano en el siglo III: “Creo porque es absurdo” (Credo quia absurdum)

Hoy tenemos derecho a revisar todas estas creencias y a pensar las posibles respuestas con mucha imaginación e intuición, pero afirmados en los continuos avances de la ciencia. Necesitamos madurar en nuestra percepción del mundo y de la religión, armonizando nuestras creencias e ideologías con los postulados de un conocimiento actual que nos golpea constantemente para no quedarnos dormidos o anquilosados en una vieja tradición que ya no tiene las respuestas que hoy necesitamos.

Comprendo que muchas personas se asustan ante este cuestionamiento, o temen “perder la fe” o imaginan que es una campaña de ateísmo o cosas por el estilo. En mi larga experiencia he visto esas reacciones de la gente en un primer momento, pero después se va comprendiendo que todo este planteo es para madurar la fe (de los creyentes) y afirmar las convicciones de todos en total coherencia. Creer o no  creer en Dios es problema y opción de cada uno, y cada uno descubrirá si sus convicciones lo ayudan a vivir sana y armoniosamente. A eso apuntamos. Cada uno va eligiendo su camino y puede cambiar cuando lo cree necesario. Esto es vivir, no necesitamos un curso rígido de “adoctrinamiento” sino entrar en diálogo con nosotros mismos, escuchar también a nuestros semejantes y animarnos a expresar nuestras dudas para finalmente decidir, elegir y optar con total libertad por el sinuoso camino que se hace con  nuestro andar. Bien dicen los poetas:

Caminante, son tus huellas el camino, y nada más;

Caminante, no hay camino: se hace camino al andar.

Al andar se hace camino, y al volver la vista atrás

Se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar.

Caminante, no hay camino, sino estelas en la mar.

(Antonio Machado)

He aquí que me sorprendo hablándote, Dios mío,

Yo, que no sé todavía si existes,

Ni comprendo la lengua de tus iglesias susurrantes…

Bajo los ojos sin poder arrodillarme durante la misa

Como si dejara pasar una tormenta sobre mi cabeza

y no puedo evitar pensar siempre en otra cosa.

Me pasaré la vida pensando en otra cosa,

Y esa otra cosa soy yo, tal vez mi yo verdadero:

Es allí donde me refugio, y tal vez sea allí donde tú estás…

No creo en ti, Dios mío, pero quisiera hablarte a pesar de todo;

he hablado con las estrellas aunque las sepa sin vida…

Y me he hablado a mi mismo aunque no estoy seguro del todo que existo.

No sé si oyes nuestras plegarias, las plegarias de los hombres,

No sé si tienes ganas de escucharlas,

No sé si tienes como nosotros un corazón en alerta continua

Y oídos siempre abiertos a las noticias más diversas.

No sé si te gusta mirar por aquí.

Pero querría recordarte a tu planeta la Tierra,

Con sus flores, sus guijarros, sus jardines y sus casas.

Con todos sus seres; con nosotros que sufrimos y lo sabemos.

Querría dirigirte cuanto antes estas humildes palabras humanas

Porque cada cual debe tentar ahora lo imposible

aún si no eres más que un soplo de hace millares de años…

No puedes ofenderte porque te digo lo que pienso,

Porque reflexiono como puedo sobre el hombre y su existencia

Con la franqueza de la tierra y de las diversas estaciones

Y tal vez con tu franqueza cuyas lecciones ignoro.

(Plegaria al desconocido, fragmentos, Jules Supervielle)

2 Lo importante no es “conocer” sino vivir plenamente

   y disfrutar la vida (sabiduría)

Llegados a este punto, alguien preguntará: si lo importante no es creer en Dios ni conocer sus relaciones con el cosmos y las profundas leyes que lo rigen ¿qué es entonces lo importante? Mi humilde respuesta podría coincidir con lo que hace 2500 años dijera Buda:

«Pensar acerca del origen del mundo es un impensable que no debería ser pensado; pensando en esto, uno experimentaría aflicción y locura… ¿Y por qué no hablo sobre esto? Porque no tiene relación con el objetivo, no es algo fundamental para la vida sabia. No conduce… a  la calma, al conocimiento directo, el despertar, a la libertad. Es por eso que no hablo de ello».

Si fueran tan necesarios, importantes y fundamentales esos conocimientos que por ahora fueron y son inaccesibles a la mayoría de la humanidad pasada y presente, entonces la vida humana no tiene ningún sentido, y si Dios existe y nos exige un conocimiento casi imposible, entonces sería el más cruel de los dioses.

El mismo Buda trae una comparación muy interesante: si alguien es herido con una flecha envenenada no pierde tiempo en averiguar quién se la lanzó, o de dónde vino y por qué fue herido, sino que lo urgente y prioritario es que el médico se la extraiga e impida su muerte… O sea, estamos en el mundo sin saber de dónde venimos, quién nos arrojó a la existencia, por qué nos suceden tantos hechos extraños.

Entonces, lo primero es salvar nuestra vida, encontrar una salida digna a la condición en que estamos y disfrutar lo mejor posible esta experiencia… Disfrutar, saborear, verbo de origen latino sapere, de donde proviene la palabra tan rica en significado: sabiduría.

Encontrarle el gusto y sabor a la vida… esa es la sabiduría humana, la esencia misma de lo que hoy llamamos espiritualidad, o sea, lo más sabroso y profundo del espíritu humano.

Así, pues, tenemos infinidad de preguntas sin respuestas, pero nuestra urgencia es simplemente vivir y disfrutar sabiamente de esta vida, que es la única oportunidad “cierta” que tenemos. El niño que chapotea y disfruta del agua no se hace preguntas sobre su composición y origen, ni tampoco nosotros cuando estamos en la playa. Simplemente se disfruta, como hoy disfrutamos de internet y desconocemos sus más elementales conceptos…

Lamentablemente todavía hoy mucha gente religiosa, y especialmente sus dirigentes (pastores, educadores) centran la educación religiosa en un saber racional y memorístico sobre dogmas complicados, en la erudición de textos sagrados tan antiguos como incomprensibles  para nuestra cultura y un sin número de cuestiones que nada o muy poco tienen que ver con la vida.

No hace mucho un joven universitario se me quejaba porque no había aprobado la asignatura de Teología. Cuando le pregunté qué le habían preguntado me asombró con esta respuesta: “Me preguntaron cómo se llama el birrete que usan los obispos”…

Una chica que estudia Magisterio fue desaprobada también en Teología porque no supo responder sobre “las procesiones de la Trinidad”.

Es la religión como ciencia, como conjunto de conocimientos, generalmente antiguos, como una asignatura más sometida a examen y calificación… De vivencia de la vida, de goce del espíritu, cero…

Dos enfoques de las religiones  frente al Universo

Veamos ahora un enfoque más vivencial respecto al Universo y su posible relación con lo divino. Existe una gran diferencia entre las religiones originales politeístas y las religiones monoteístas respecto a su relación con el cosmos y con la naturaleza en general.

Las monoteístas, preocupadas por la unicidad de Dios y por resaltar su diferencia con el mundo y su poderío sobre el mismo, combatieron denodadamente toda divinización de la naturaleza y redujeron al cosmos a una simple creatura, muy por debajo de Dios, como su opuesto, y totalmente al servicio de los hombres que son sus dominadores absolutos. El mismo Génesis (1, 26-30) pone a la tierra y a todos los seres vivos al servicio del hombre, aunque aclarando que los vegetales son para su alimento: Dios dijo: «Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza; y que le estén sometidos los peces del mar y las aves del cielo, el ganado, las fieras de la tierra, y todos los animales que se arrastran por el suelo». Y Dios creó al hombre a su imagen, los creó varón y mujer. Y los bendijo, diciéndoles: «Sean fecundos, multiplíquense, llenen la tierra y sométanla; dominen a los peces del mar, a las aves del cielo y a todos los vivientes que se mueven sobre la tierra». Y continuó diciendo: «Yo les doy todas las plantas que producen semilla sobre la tierra, y todos los árboles que dan frutos con semilla: ellos les servirán de alimento”.

Posteriormente, especialmente en Occidente, este sometimiento indiscriminado y este desprecio por la tierra nos llevará a los excesos que hoy conocemos, poniendo justamente en peligro la alimentación de las futuras generaciones. El texto bíblico dará pie a la más terrible explotación de los recursos naturales al puro servicio de la avaricia y la rapiña, sin excluirse la explotación y esclavitud, hasta el día de hoy, de los pueblos dueños originarios de la tierra, especialmente en África y América.

Por eso es importante recordar lo enunciado por la Declaración de Estocolmo sobre Medio Ambiente Humano (1972):  El hombre debe hacer constante recapitulación de su experiencia y continuar descubriendo, inventando, creando y progresando. Hoy en día, la capacidad del hombre de transformar lo que le rodea, utilizada con discernimiento, puede llevar a todos los pueblos los beneficios del desarrollo y ofrecerles la oportunidad de ennoblecer su existencia. Aplicado errónea o imprudentemente, el mismo poder puede causar daños incalculables al ser humano y a su medio ambiente. A nuestro alrededor vemos multiplicarse las pruebas del daño causado por el hombre en muchas regiones de la tierra, niveles peligrosos de contaminación del agua, del aire, de la tierra y de los seres vivos; grandes trastornos del equilibrio ecológico de la biosfera; destrucción y agotamiento de recursos insustituibles y graves deficiencias, nocivas para la salud física, mental y social del hombre, en el medio ambiente por él creado, especialmente en aquel en que vive y trabaja.

Como recordar los principios de la Declaración de Río sobre Medio Ambiente y Desarrollo (1992): Principio 7: Los Estados deberán cooperar con espíritu de solidaridad mundial para conservar, proteger y restablecer la salud y la integridad del ecosistema de la Tierra. En vista de que han contribuido en distinta medida a la degradación del medio ambiente mundial, los Estados tienen responsabilidades comunes pero diferenciadas. Los países desarrollados reconocen la responsabilidad que les cabe en la búsqueda internacional del desarrollo sostenible, en vista de las presiones que sus sociedades ejercen en el medio ambiente mundial y de las tecnologías y los recursos financieros de que disponen.

El cosmos, manifestación de lo divino

En los Continentes oprimidos, sus religiones originarias veían y ven  al cosmos celeste, a la tierra y a los elementos naturales como variadas manifestaciones divinas y como el gran cuerpo de Dios o de los dioses en cuyo seno viven hombres y mujeres recibiendo su hálito o soplo de vida y su protección permanente por medio de las aguas, los bosques, el aire, la luz, etc.

Por eso veneran o adoran al sol, generalmente como dios supremo de la vida (y tienen razón en ello), a su compañera la luna (generalmente el complemento nocturno femenino o el hermano), a los diversos planetas, y muy especialmente a la “madre tierra”, a los ríos, cuevas, montañas, lluvias y neblina, al viento, etc.

Al mismo tiempo se venera a los animales típicos de la zona, como el elefante, el mono, la vaca, el león, el tigre (el yaguareté), la serpiente, el sapo y diversos pájaros… Porque cada uno de estos seres refleja alguna cualidad divina, tanto las masculinas como las femeninas.

De allí el profundo respeto y veneración a la madre tierra (Pachamama en América andina) con sencillos cultos que aún hoy subsisten, como este canto de las mujeres jíbaras a la Tierra Madre Nungüi para la siembra: Siendo hijas de Nungüi, la Mujer,
vamos a sembrar. 
¡Nungüi, ven aquí y ayúdanos, Ven y ayúdanos!
¿No eres tú nuestra madre, y no somos nosotras tus criaturas?
¿A quién debemos invocar? Sólo contemplamos bosque y colinas.
Tú eres la única que puede ayudarnos, a nosotras que hemos de plantar el fruto.

Y por eso mismo la lucha de estos pueblos contra la voracidad impiadosa de los “blancos” que no solo los despojan de sus tierras sino que las desertifican, deterioran y envenenan con todo tipo de productos químicos y tecnológicos.

Dios  y el cosmos, opuestos

La misma Biblia registra la denodada lucha de los profetas por apartar a los hebreos de los cultos politeístas cananeos (su dios supremo era “EL” representado por el toro) que, además de celebrarse en los “lugares altos” y bosques, estaban básicamente destinados a pedir la lluvia (era una región desértica y Baal era el dios de la lluvia y los relámpagos) y la fertilidad de plantas, animales y seres humanos por medio de relaciones sexuales con prostitutas sagradas que encarnaban a la divinidad femenina (Astarté)

Así se irá formando toda esta mentalidad de oposición del espíritu y de Dios a las realidades corpóreas o materiales; oposición que se incrementará con la posterior influencia gnóstica y neoplatónica sobre el cristianismo, cuyo resultado será una mayor “espiritualización sobrenatural” y racionalización de la religión y un desprecio correlativo por “el mundo”  y “la carne” asociados al “demonio”. El cristianismo pondrá el acento en una racionalización de sus creencias (obra de los teólogos griegos y Concilios) y en un culto cada vez más alejado de las realidades cósmicas para encerrar a Dios en su “casa” (los templos) construida por los hombres. Ya no se venerará a Dios en las casas de familia ni en lugares naturales sino en los grandes centros del poder político como ya sucediera  cuando el rey David quiso construir un templo, lo que suscitó la protesta del mismo Dios según el profeta Natán (2 Sam 7, 5-6): Ve a decirle a mi servidor David: Así habla el Señor: ¿Eres tú el que me va a edificar una casa para que yo la habite? Desde el día en que hice subir de Egipto a los israelitas hasta el día de hoy, nunca habité en una casa, sino que iba de un lado a otro, en una carpa que me servía de morada

Después Salomón construyó el Templo nacional al lado del palacio real como único lugar de culto. A ese templo se lo llamará la Casa del Señor. Todo un signo de un nuevo estilo de religión: Dios ya no habita en el cosmos y entre la gente sino que será encerrado en una casa hecha por el poder político que controla a la religión y manipula a Dios.

Dios lejano o cercano

Algo totalmente diferente sucede en las religiones de África Negra y América aborigen donde casi no existen templos (salvo en las ciudades imperiales) pues a Dios se lo reconoce en lo que es su manifestación natural, valles, montañas, ríos, cuevas. Es un Dios mucho más cercano a la gente, al que se lo venera desde la espontaneidad, la sencillez y desde los sentimientos de admiración y gratitud, y no desde la obediencia al poder, desde la razón y la erudición (en manos del clero especializado) y desde ritos estereotipados.

Por eso en el mismo cristianismo, el pueblo simple ajeno a tantas especulaciones racionales y teóricas, lo acerca a Dios en la llamada “religiosidad popular” por medio de sus intermediarios: Jesús amigo, el Sagrado Corazón, Jesús Misericordioso, la Virgen María Madre de todos, los mártires y santos, o bien en el libro de la Biblia que le significa la mismísima palabra y voz de Dios.

Así también vemos hoy un renacer de cultos cristianos en los que las emociones y la espontaneidad informal suplen a los conceptos racionales y la gente entiende que “siente” a Dios, al Espíritu o a Jesús.

Se trata de una intuición ya presente en aquellas palabras de Jesús: El Reino de Dios está dentro de ustedes (Lc 17, 20)

3 Espiritualidad cósmica

Y en esta búsqueda de una religiosidad más íntima e integral (con emociones, sentimientos y razón), más serena y madura, creo que hoy debemos recuperar la “espiritualidad” que nace de nuestro contacto con ese gran libro sagrado que es el cosmos, la naturaleza, el universo todo. Gracias a la nueva ciencia hoy sabemos incluso que también nosotros los seres humanos somos parte viva del cosmos y con sus elementos fuimos formados en un largo embarazo de unos 15 mil millones de años.

El Universo es  nuestra gran madre y somos hermanos de todos los elementos que ella ha engendrado, astros, piedras, aguas, plantas, vegetales y animales. Todos estamos constituidos por los mismos y minúsculos elementos cuánticos, y todos nacemos y crecemos con los mismos elementos químicos (unos 60 elementos, entre ellos oxígeno, hidrógeno, carbono, nitrógeno, calcio, fósforo, potasio, azufre, cloro, sodio…) que la madre natura nos brinda silenciosamente.

Y  nosotros, últimos seres conocidos de tan largo parto, tenemos el privilegio de ser la “conciencia más conciente” de nosotros mismos y del universo todo. Somos el cerebro del mundo, y ese cerebro de apenas un kilogramo y medio de materia cósmica nos permite dar color a la naturaleza en nuestros ojos, darle sonido en nuestros oídos, sabor en nuestra boca…

Gracias a nuestra conciencia e inteligencia entendemos al cosmos, interpretamos sus leyes e incluso lo perfeccionamos con la tecnología transformando su energía en luz y sus lugares áridos en fértiles llanuras.

 Acercamiento emocional

Y lo que es más importante, todos, niños y adultos, hombres y mujeres, podemos acercarnos al cosmos desde la viva experiencia, desde la elemental percepción de los sentidos, desde la admiración y el asombro y desde ese sentimiento inefable de infinitud, de grandiosidad, de serenidad y de un cúmulo de emociones estéticas, síquicas y espirituales que nos dejan extasiados.

Éx-tasis (salir de uno mismo) es lo que nos provoca la contemplación del mundo, de una bella flor, de un colorido pececillo, de una noche estrellada, de una montaña nevada…  Y éxtasis es la íntima experiencia de lo divino, sentir en nosotros mismos que estamos más allá, fuera de nosotros (ex) y que pertenecemos a una realidad simplemente infinita. Y quienes creen o creemos en “DIOS” (Eso, Soplo Vital, Gran Espíritu, Energía Total…) qué cerca lo sentimos, ya no afuera sino dentro de nosotros mismos, porque somos una chispa de su fuego, un soplo de su espíritu, una semejanza de su grandeza.

Está bien que sigamos investigando el origen del cosmos, su posible final y sus misteriosas leyes, pero no como un fin de nuestra vida sino como un medio para vivir en plenitud. Los conocimientos científicos y religiosos como asimismo los de textos sagrados de cada cultura no son lo importante porque no constituyen la finalidad de la vida; son sólo el medio que nos dio la naturaleza humana para disfrutar más conociendo más, desde el conocimiento vivencial que nos dan los sentidos (ya desde el nacimiento), desde las emociones y sentimientos que se van desarrollando lentamente en todo nuestro cuerpo con la energía del cerebro y, por cierto, desde el conocimiento y la experiencia racional.

Es interesante ver cómo los niños se emocionan al contactarse con la belleza de la naturaleza o con la experiencia del agua  o la magnificencia de una montaña de la misma manera que varios salmos expresan esas emociones: ¡El Señor reina! Alégrese la tierra, regocígense las islas incontables. Nubes y Tinieblas lo rodean, la Justicia y el Derecho son la base de su trono. Un fuego avanza ante él y sus relámpagos iluminan el mundo; al verlo, la tierra se estremece… (S 97)

Bendice al Señor, alma mía: ¡Señor, Dios mío, qué grande eres!… (S 104) ¡Aleluya! ¡Den gracias al Señor, porque es bueno, porque es eterno su amor!  ¡Den gracias al Dios de los Dioses, porque es eterno su amor! … Al único que hace maravillas, ¡porque es eterno su amor!  (S 106)

Vivencia del cosmos y contemplación

Podemos ver, entonces, que los modernísimos conocimientos de la nueva ciencia, tanto del cosmos, como de la biología y del cerebro humano, lejos de hacernos perder la fe, como temen muchos, nos pueden dar una nueva dimensión de la religiosidad y de esa espiritualidad humana que debe ser el fundamento de la fe religiosa. Porque si perdemos esa profunda vivencia del espíritu humano, pequeño cuerpo astral del cosmos, espíritu del Gran Espíritu, energía de la Gran Energía, entonces la religión carece de todo sentido y se va transformando en un museo del pasado…

Mientras que los conocimientos y los estudios de textos sagrados son medios que nos pueden ayudar a entrar al camino de la espiritualidad, hay un paso seguro y primero para llegar al fondo de nosotros mismos y al fondo de Eso, el Espíritu, la Fuente de la Vida, la Vida misma, Dios… y es la contemplación de la naturaleza y de nuestro propio cuerpo-psíquico, imagen viviente de la divinidad según afirma el mismo Génesis (1,26)

Si hasta el mismo libro bíblico del Cantar de los Cantares dice del amor humano que el Amor es fuerte como la Muerte… Sus flechas son flechas de fuego; sus llamas, llamas de Dios. (8,6)

Lamentablemente la vida moderna y posmoderna está casi exclusivamente volcada hacia el exterior de nosotros mismos, hacia un vistazo ligero de la realidad (zapping) y hace todo lo posible para evadirnos de nuestro profundo interior para ser presas fáciles del consumismo y de una vida chata y mediocre.

La misma escuela es incapaz de motivar a niños y adolescentes hacia el fondo de sí mismo y hacia el fascinante mundo de la interioridad, allí donde reposa el ser y se encuentra la paz. Una escuela sin asombros, sin serenidad, sin meditación, sin contemplación.

La contemplación es esa mirada curiosa, capaz de “asombrarse” ante esa naturaleza llena de secretos, es una mirada que se emociona, que sencillamente se deja invadir por la realidad, realidad que la siente propia porque está tan afuera como adentro…

Somos naturaleza y cosmos llenos de misterios desde que nacemos hasta que morimos… y nos pasamos la vida “descubriendo” esa maravilla que somos, que somos “en el universo”, que somos totalmente con profundas emociones (asombro, alegría, temor, dudas, placer, dolor…) mientras va surgiendo en nosotros ese gran sentimiento que dicen es la esencia de Dios: el amor. Amor a la madre naturaleza, amor a los hermanos astros, árboles y animales, amor a los caminantes que nos acompañan… Amor que es reconocer que no estamos solos, que formamos parte de una infinita familia…

Concluyendo

El camino del conocimiento y de la ciencia no nos aparta ni nos introduce al espíritu; los libros sagrados de por sí no nos acercan a Dios ni nos enriquecen el espíritu… Es la sublime experiencia y goce de este mundo astral del que somos parte, es la contemplación asombrosa de nuestra realidad humana la que nos hace preguntarnos sobre su hondo misterio…y cuando llegamos al fondo de nosotros mismos, allí mismo nos conectamos con el Ser, con el fuego vital, con el Espíritu tan sutil como corpóreo que no está afuera sino en la trama de nuestro ser… pues somos partícipes de su Energía Divina, somos la imagen de su Ser…

Esta es la mirada de los hombres espirituales y místicos de todos los tiempos y espacios: Todo este Universo es Ser. Debemos reverenciarlo en paz, puesto que por él vivimos, nos movemos y nos disolvemos… Y esta alma mía que está dentro de mi corazón es ese Ser. Cuando me vaya de aquí, en él me fundiré. (Upanishad)

En realidad, Él no está lejos de cada uno de nosotros. En efecto, en él vivimos, nos movemos y existimoscomo muy bien lo dijeron algunos de sus poetas: «Nosotros somos también de su raza» ( Pablo en Atenas, Hechos 17, 26-28)

De ninguna manera debemos suponer a Dios fuera de nosotros mismos, sino que por el contrario debemos considerarlo como nuestro propio bien, como una Realidad que nos pertenece. No debemos servir ni actuar por una recompensa cualquiera, ni por Dios ni por nuestro honor, ni por ningún bien exterior a nosotros, sino únicamente por amor a lo que es nuestra propia esencia y nuestra propia vida y que reside en nosotros (…)  Alguna gente simple se imagina que debería ver a Dios como si estuviera allí y ellos aquí. Pero esto no es así. Dios y yo somos uno(Maestro Eckhart, teólogo místico siglo XIII-XIV)

 

III – LA VISIÓN ANTROPOLÓGICA: CAMBIOS EN  LA  CONCEPCIÓN  DEL  SER  HUMANO

 Más importante que la nueva ciencia cosmológica, aunque menos espectacular, es la nueva visión del ser humano (antropología, psicología, bio-neurología, genética) la que ha generado un sinfín de serios conflictos con la religión en esta etapa posmoderna de la cultura. Repasemos algunos de estos puntos conflictivos que también repercuten en el ámbito educativo.

Como ya lo dijimos, no se trata de atacar a la religión – creer o no creer es una opción personal que siempre se debe respetar- sino de sintonizar los nuevos y sólidos conocimientos adquiridos de las ciencias humanas con ciertos postulados religiosos anclados en viejos conceptos hoy ampliamente superados.

El ser humano actual tiene derecho a sentir la unidad e integración de todo su ser, tanto en la faz biológica y psicológica como en la espiritual. Eso significa maduración adulta, coherencia entre los conocimientos y las creencias, entre la cultura actual y las posibles posturas religiosas.

No hay espiritualidad posible si la persona se siente dividida y enfrentada interiormente entre “verdades” o “convicciones” contrapuestas.

  1. De un ser humano dependiente a otro autónomo.

En las religiones,  y nos referiremos específicamente al judeo-cristianismo, el ser humano (digamos “el Hombre”) aparece como creatura de Dios y dependiente en todo de la voluntad divina. De Dios recibe el ser y la vida, y en consecuencia debe estar siempre en una posición de receptividad y gratitud, gratitud que se expresa en una estricta obediencia a los dictados morales y cultuales de la divinidad, cuyos voceros y representantes son los dirigentes religiosos.

Tal como sucede en la tradición bíblica, todo remite a la causa primera que desea la existencia del hombre (hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza), lo moldea como un alfarero, le insufla la vida, sostiene su existencia, le provee de alimentos, le envía la lluvia, lo ayuda en sus necesidades e incluso guía sus ejércitos y le otorga la victoria.
Aunque el hombre debe trabajar y desarrollar sus talentos (también dones divinos), todo su pensar, sentir y actuar está orientado a la divinidad, a quien debe dar cuenta y de quien recibirá tanto el premio como el castigo.

Dios le ordena un orden moral con minuciosos mandamientos y le exige determinado culto con actos sacrificiales, a menudo tan extremos que aún incluyen el sacrificio de la propia vida o de sus hijos y bienes, pues Él es el único dueño de la vida y de la muerte.

Por lo tanto, en esta mentalidad, el hombre, lejos de ser  alguien autónomo y valioso por el simple hecho de su existencia humana, es un ser pequeño y “heterónomo” (su dignidad, la ley, el orden vienen de afuera, de otro)  en todos sus aspectos: no solo depende de Dios en su vida originaria, sino que su sentido final y su felicidad dependen de su obediencia y fiel acatamiento de la voluntad divina. Antes de que el Hombre se ponga a pensar y decidir su futuro, ya otro u otros lo han hecho por él.

Imagen contradictoria de Dios

Se trata de una imagen de Dios contradictoria que hoy ningún padre mínimamente normal podría imitar, pues se lo presenta como un “padre lleno de bondad e infinito amor” (siempre masculino) que increíblemente “desvaloriza a sus hijos” a quienes mantiene en total dependencia sin la capacidad de decidir por sí mismos.

Al mismo tiempo también es el Juez severo que luego de dictar sus ordenanzas, escudriña hasta lo más recóndito del pensamiento y accionar humano y no duda en aplicar un castigo eterno a quien muera con un solo pecado grave (mortal) de desobediencia en su conciencia, como afirman ciertas teologías.

El Señor es bondadoso y compasivo, lento para enojarse y de gran misericordia;  no acusa de manera inapelable ni guarda rencor eternamente; no nos trata según nuestros pecados ni nos paga conforme a nuestras culpas. Como un padre cariñoso con sus hijos, así es cariñoso el Señor con sus fieles; él conoce de qué estamos hechos, sabe muy bien que no somos más que polvo.  (Salmo 103)

El Señor tiene su trono en el cielo. Sus ojos observan el mundo, sus pupilas examinan a los hombres: el Señor examina al justo y al culpable, y odia al que ama la violencia. Que él haga llover brasas y azufre sobre los impíos, y les toque en suerte un viento abrasador.  Porque el Señor es justo y ama la justicia, y los que son rectos verán su rostro  (Salmo 11)

Hagan votos al Señor, su Dios, y cúmplanlos; los que están a su alrededor, traigan regalos al Temible, al que deja sin aliento a los príncipes y es temible para los reyes de la tierra (Salmo 76)

Es un dios que pasa del amor a la ira, de la promesa de vida al castigo horrendo y a duras amenazas contra quien se atreva a tener una elección propia. Exige que se le sirva y acate eligiendo entre el bien y el mal, pero sin la libertad de decidir por sí mismo lo que se considere más ético y más acorde con una vida humana.

Así el hombre jamás puede adquirir una madurez adulta, pues siempre tiene que comportarse como un niño dependiente, pasivo, en permanente escucha y filial obediencia, siempre “vigilado” por alguien que “todo lo ve” y que contabiliza méritos para el premio celestial o culpas para el castigo infernal.

El rol de los dirigentes religiosos

Obviamente todo esto no lo dice ni lo hace Dios directamente (pues en realidad guarda el más absoluto silencio y pasa inadvertido) ya que “ha entregado todo el poder” a los jefes religiosos que se auto-titulan “la voz de Dios” y se  auto-constituyen como los intérpretes de Dios y de su pensamiento, lo que les permite pensar y hablar en nombre de Dios y entrometerse en las conciencias humanas como los únicos capaces de distinguir entre el bien y el mal. Ante cualquier problema que surja, son los directivos religiosos los que deciden e imponen su criterio, tanto a niños como a personas adultas.

Si bien hoy algún pequeño cambio se está operando, más por presión social que por convicción de los dirigentes religiosos, esa es la situación que lamentablemente vivimos hasta nuestros días. Y quienes han – o hemos- procurado cambiar esta situación son censurados sin más miramientos o excluidos de la comunidad religiosa como herejes (separatistas) o miembros peligrosos. Es triste pero es así. De ello soy testigo en carne propia. Sólo se puede pensar dentro de un marco y dentro de los límites que la autoridad religiosa impone.

Por eso es importante que profundicemos en un tema que es particularmente conflictivo, y mucho más en el terreno educativo: nuestro derecho a pensar, opinar y decidir como personas adultas con plena libertad especialmente en el plano ético. Así lo afirma afirma el art. 19 de la Declaración Universal de los Derechos HumanosTodo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión; este derecho incluye el no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión.

  1. Una imagen distorsionada de Dios y de la Religión: ley, obediencia, pecado y castigo.

En la fe bíblica, la Ley (normas morales y civiles, sabiduría) es parte esencial del pacto de la comunidad con Dios y del pacto entre las tribus. La ley es el compromiso de vida que el pueblo asume frente a quien ha elegido como su Dios aliado, Yahvé. Alianza y Ley son dos caras de la misma moneda.

Origen de la Ley

La tradición bíblica atribuye a Dios por medio de Moisés en el desierto (hacia el 1200 a. C.)  toda la legislación israelita, comenzando por el Decálogo y seguido por un extenso conjunto de normas éticas y cultuales. Pero su sola lectura basta para darnos cuenta de que se trata de una situación posterior a Moisés, de un pueblo asentado y agrícola, que vive en ciudades, que tiene un templo o varios y que tiene un conjunto organizado de sacerdotes y escribas juristas.

Pero el hecho de atribuir todo este conjunto de instituciones y legislaciones a Dios en el Sinaí (mito de origen), tiene el sentido de darle un valor fundante y absoluto, como todo mito, a pesar de las muchas contradicciones y reformas que dicha ley tendrá.

Desde el punto de vista teológico, la Biblia interpreta que es Dios mismo quien dio todas las normas para la vida humana en general (los diez mandamientos en sus dos versiones: Ex 20,1-17 y Deut 5,6-21), normas para situaciones especiales (otros códigos para la vida cotidiana y social: Ex 20,22 a 23,19; Deut 12 al 27;) y normas para el culto (Lev 17 al 26).

Era la mentalidad común a casi todos los pueblos antiguos de atribuir todas sus tradiciones a Dios; de allí la necesidad de retrotraerlas al primer origen para darles un valor fundamental. Se suponía que todas las demás leyes o instituciones no eran sino el desarrollo y la explicitación de la  ley o “constitución primera”.

Lo mismo sucederá con el cristianismo y la iglesia, que atribuirán a Jesús usos y costumbres propios de una época posterior.

También se pensaba que la legislación bíblica, y en especial los Diez Mandamientos, tuvieron origen en el Sinaí,  pero salta a la vista que aquellos clanes o tribus ya tenían algún sistema de legislación social,  como lo tenían los clanes patriarcales, legislación común a los pueblos semitas, árabes y babilonios, sobre la base, entre otros, del  famoso Código de Hammurabi, del 1750 a.C.

Ignoramos si Moisés en persona introdujo alguna legislación especial, pero resulta imposible detectar en los varios códigos que nos legó la Biblia, cuáles serían dichas leyes, ya que tanto el decálogo como otras legislaciones fueron redactadas muy posteriormente, al menos después de Josías (640-609), aunque sobre tradiciones anteriores cuyo contenido específico ignoramos. Lo que sí resulta claro es que proviene del desierto el mandato fundamental para las tribus hebreas de adorar solamente a Yahvé (el nombre del Dios al que adoraba en el desierto Jetró, el suegro de Moisés) y de excluir a los otros dioses. Este mandato específicamente yavista es lo que trajeron las tribus del desierto a Palestina, invitando a las tribus ya residentes a aceptarlo.

El resto de la legislación proviene, sea de los cananeos, cuya cultura asimilaron los israelitas (leyes sobre la tierra, sobre los préstamos, sobre la tenencia de esclavos, etc. y casi toda la legislación cultual), sea de otros pueblos vecinos importantes, cuya cultura impregnaba el área de su influencia. No olvidemos que los hebreos eran semitas y cananeos.

Su legislación, que comprende un amplio conjunto jurídico-moral-cultual, fue surgiendo lentamente a lo largo de unos setecientos años hasta su redacción final después del exilio en Babilonia (siglos V-IV a.C) Esto muestra que Israel siempre actualizó la ley y la adaptó a las nuevas circunstancias, pero atribuyéndola siempre a Dios y manteniendo fidelidad a los Diez Mandamientos.

Frente a tantas leyes y prescripciones que pueden hacer perder el sentido de lo esencial, es clave el texto del Deuteronomio 6, 4-9, actualizado y recordado por Jesús en Mt  22,36-40: Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu. Este es el más grande y el primer mandamiento. El segundo es semejante al primero: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas.

Sentido amplio de “Ley” como Palabra divina o Sabiduría

Si bien la Biblia griega tradujo este conjunto de normas como “Nomos”, o sea Ley, es importante entender el sentido de la “Torá”, como dicen los judíos. “Ley” tiene un concepto más amplio que lo que significa para nosotros, pues en realidad indica toda la revelación de Dios a su pueblo, toda su palabra normativa e indicativa, sea para el culto, como para la convivencia humana. Es la Sabiduría del pueblo.

Como toda legislación, su cumplimiento se refuerza con un listado de beneficios o bendiciones y perjuicios o maldiciones y condenas, según se cumpla o no con esta exigencia de la alianza.  De acuerdo con la concepción religiosa imperante, ignorante del concepto del más allá o de retribución ultraterrena, las bendiciones y maldiciones aluden siempre a esta vida terrena concreta.

Entre las bendiciones de Dios figuran: la paz, las lluvias a tiempo, pan abundante, aniquilación de los enemigos, fecundidad, buena salud, etc. Es decir, lo necesario para vivir bien y en paz:

Porque si escuchas estas leyes, las observas y las practicas, el Señor, tu Dios… te amará, te bendecirá y te multiplicará. Bendecirá el fruto de tu seno, el fruto de tu suelo… y las crías de tus ganados y rebaños…. Serás más bendecido que todos los demás pueblos. Nadie será estéril entre ustedes, ni los hombres, ni las mujeres, ni los animales. El Señor apartará de ti toda enfermedad, y no te infligirá ninguna de esas plagas malignas que envió sobre Egipto, y que tú ya conoces. Las tendrá reservadas, en cambio, para aquellos que te odian (Deut 7,11-15)

Entre las maldiciones o castigos: guerras y destrucción, exilio, esterilidad de campos, animales y mujeres; pestes, hambre, enfermedades, etc. El lector se sorprenderá del estilo bastante terrorífico de estas amenazas y de un Dios intransigente hasta la crueldad. No hay que olvidarse del marco político social de una época de monarquías absolutistas, a cuya imagen se imagina a Dios: Yo pongo hoy delante de ustedes una bendición y una maldición. Bendición, si obedecen los mandamientos del Señor su Dios, que hoy les impongo. Maldición, si desobedecen esos mandamientos y se apartan del camino que yo les señalo (Deut 11,26-28)

Porque entonces la ira del Señor arderá contra ustedes: él cerrará el cielo y ya no habrá más lluvia; el suelo dejará de dar sus frutos, y ustedes no tardarán en desaparecer de esta tierra fértil que les da el Señor. Graben estas palabras en lo más íntimo de su corazón. Átenlas a sus manos como un signo, y que sean como una marca sobre su frente. Enséñalas a tus hijos, inculcándoselas cuando estés en tu casa y cuando vayas de viaje, al acostarte y al levantarte… (Deut 11,16-19. Ver también  Lev 26,15 y sig)

Como vemos, no existe una ética interior de convicción y elección personal, sino de hacer el bien o evitar el mal por los premios o castigos y amenazas. Algo que aún hoy no hemos superado, una ética inmadura que no nace del corazón sino de la ley y de la corrección externa. Basta ver cómo se comportan muchas personas cuando falta la policía o los castigos son leves o inexistentes. Toda nuestra generación adulta fue “educada” en esta moral legalista y dependiente de la autoridad: algo es bueno o virtuoso si está mandado o permitido por la autoridad, y es malo o pecado si está prohibido.

Pero ¿qué sucede hoy cuando las instituciones que controlaban la moralidad han perdido autoridad y cuando han caducado tantas normas y leyes y cada uno debe decidir desde su conciencia? ¿Cómo se educa hoy a niños y adolescentes cuando existe una gran permisividad cultural y no les asusta la letanía de castigos divinos e infernales?

Cierto concepto mágico del pecado

Para comprender el sentido de estos castigos que llegan implacablemente incluso a un buey que mata a una persona (Ex 21,28), es importante saber que para los semitas (y otros pueblos antiguos), con cierto sentido mágico o de tabú, cualquier delito, cualquier transgresión o pecado (cualquiera sea la intención) liberaba una cierta energía negativa maligna que tarde o temprano iba a recaer contra el malhechor o la comunidad. Por lo tanto, el castigo era como la sombra del delito, como la irradiación de su malicia, no habiendo separación entre pecado y castigo.

Se trata de un concepto común en pueblos antiguos y primitivos, aún en los indígenas de América para quienes una ley o tradición tiene el sentido de sostener el orden y la existencia social. Su violación los destruye.

Sentido corporativo de la sociedad

Todo esto se apoyaba en algo que los occidentales hemos perdido: para los hebreos y semitas en general, como para los pueblos primitivos, el pecado o la violación de una ley, cualquiera sea ella, tenía un sentido o categoría social-corporativo: aunque el delito fuera cometido por un individuo en particular (especialmente si era jefe de la comunidad, padre o rey), su delito-castigo afectaba a toda la comunidad presente y futura.

Este principio será cuestionado desde el exilio en adelante cuando muchos israelitas, inocentes en su conducta, se sintieron castigados con la misma vara por los pecados de sus reyes o de ciertos individuos que habían apostatado de su fe, y reclamaron una retribución individual según los méritos de cada uno. El profeta Ezequiel escucha estos reclamos del pueblo y establece un nuevo criterio de responsabilidad individual: Si un hombre engendra un hijo que ve todos los pecados cometidos por su padre, los ve, pero no los imita… cumple mis leyes y camina según mis preceptos: ese hijo no morirá por las culpas de sus padres, sino que vivirá… (Ezeq 18)

El pecado original

En el caso del cristianismo esta antropología de la dependencia y de la desvalorización humana se complica al considerarse dogmáticamente (como creencia “cierta”) que todo hombre nace con un pecado original, heredado del pecado de desobediencia de los primeros y míticos padres, Adán y Eva, de acuerdo con el conocido mito narrado en Génesis 2 y 3, según dudosas y confusas interpretaciones que se hicieron en los primeros siglos de la era cristiana.

Hoy todos sabemos que en realidad los primeros seres humanos, por una larga evolución cuya última etapa fueron monos, simios y primates, surgieron en un pequeño grupo en África central, desde donde se expansionaron al Asia y Europa.

Entonces es incomprensible “suponer” que un pecado “supuestamente” cometido por la “supuesta” primera pareja en un “supuesto Paraíso Terrenal”, pueda heredarse por toda la humanidad después de miles de años y hasta siempre, a través de la relación sexual de los padres… Esto parece sencillamente absurdo y tiene graves connotaciones antropológicas y religiosas.

No se comprende cómo se tomó y se sigue tomando al pie de la letra un relato claramente mítico desvirtuado por el mismo Génesis en el capítulo primero, escrito siglos después del 2° y 3° capítulos, que presenta a la pareja humana como imagen de Dios y nada dice de un pecado original que deba “heredarse”. Lamentablemente será la versión de los capítulos 2 y 3 del Génesis los que se considerarán como criterios definitorios de la condición humana, y no la versión corregida del cap.1.

Interpretaciones del relato del pecado de Adán y Eva

Hoy se considera que el relato de Adán y Eva, tentados por la serpiente, sufrió varias modificaciones hasta su redacción final y, por lo tanto, también varias interpretaciones.

– En una primera redacción e interpretación, el relato habría sido escrito durante la monarquía (desde el 900 a.C.) como una especie de parábola simbólica que explicaría cómo las tribus  hebreas del desierto, simbolizadas en Adán, fueron colocadas por Dios en un Edén (oasis), la Tierra Prometida, donde vivirían felices si mantuvieran el culto a su Dios Yahvé. El fruto prohibido era el culto a dioses paganos.

Pero el pueblo desobedeció a Yahvé al entrar a la Tierra Prometida hacia el 1150 a.C. y se volcó a los ídolos cananeos cuyo fruto comió tentado por la serpiente (símbolo de la cultura cananea y de cultos esotéricos) mediante relaciones sexuales con las mujeres paganas (representadas en Eva).

Mientras Israel estaba en Sitim, el pueblo comenzó a prostituirse con las mujeres moabitas, que lo invitaron a participar de los sacrificios en honor de su dios. El pueblo comió de ellos y adoró a ese dios. Así Israel se sometió a Baal, y por eso el Señor se indignó contra él  (Núm 25,1 y sig.)

El texto sigue narrando el terrible castigo divino por ese pecado, algo que sucederá muchísimas veces en lo sucesivo.

– En una segunda interpretación, el mismo Salomón (representado en Adán) hacia el 900, a pesar de haberle edificado a Yahvé el famoso Templo de Jerusalén, lo traicionó casándose con numerosas mujeres paganas (Eva) y adoptando sus cultos idolátricos, poblando Jerusalén y Judea con sus respectivos templos. Todo esto es narrado en  1 Reyes, 1-11: El rey Salomón amó a muchas mujeres, además de la hija del Faraón: mujeres moabitas, amonitas, edomitas, sidonias e hititas,  es decir, de esas naciones de las que el Señor había dicho a los israelitas: «No se unan a ellas, y que ellas no se unan a ustedes; seguramente les desviarán el corazón hacia otros dioses».

Pero Salomón se enamoró de ellas. Tuvo setecientas mujeres con rango de princesas y trescientas concubinas, y sus mujeres le pervirtieron el corazón. Así, en la vejez de Salomón, sus mujeres les desviaron el corazón hacia otros dioses, y su corazón ya no perteneció íntegramente al Señor… El Señor se indignó contra Salomón, porque su corazón se había apartado de él, el Dios de Israel…

Según la mentalidad corporativa de la época, si el rey pecaba, tanto él como su pueblo y descendientes merecían castigo, castigo que llegaría cuando los asirios primero y los babilonios después expulsarían a los hebreos de su territorio (el Paraíso) y los reducirían a la muerte, a trabajos forzados y esclavitud en Asiria y Babilonia.

Pero en ningún caso el Antiguo Testamento o los judíos hablan de un pecado en los orígenes de la humanidad que todos heredaríamos. Se afirma que como aquellos hebreos y Salomón (Adán) desobedecieron y traicionaron a Dios seducidos por mujeres paganas, así también sus sucesores podrán también abandonarlo y ser en consecuencia castigados. De allí la prohibición que dura hasta el día de hoy de casarse con mujeres que no sean judías.

– En interpretaciones posteriores, y ya en otro contexto histórico bajo dominio persa y griego, la serpiente será la representación del demonio, diablo o satanás, personaje cuya esencia es el mal, y que penetra en las creencias judías por influencia de los persas. Su figura y rol irá adquiriendo cada vez más protagonismo, como el gran seductor hacia el mal, y el soberano del mundo que le arrebató su dominio a Dios en el mismo Paraíso. Como dice el libro de la Sabiduría: Dios creó al hombre para que fuera incorruptible y lo hizo a imagen de su propia naturaleza, pero por la envidia del demonio entró la muerte en el mundo, y los que pertenecen a él tienen que padecerla (2,23-24)

Y Eva será simplemente “la mujer” que seduce al varón Adán y lo aparta del buen camino, como enseñaba cierto grupo ultraconservador bien representado en el Eclesiástico 25, 24: No te dejes cautivar por los encantos de una mujer ni te apasiones por ella… Por una mujer tuvo comienzo el pecado, y a causa de ella, todos morimos.

Según estas creencias, por influencias de una literatura no canónica (desde el siglo  IV-III a.C.), Satanás habría sido un ángel de la corte celestial que se rebeló contra Dios y fue derrotado por el ejército de ángeles leales comandados por el arcángel Miguel. Gracias al pecado original el demonio tiene esclavizado al hombre bajo su dominio.

Así, desde esta espectacular historia mítica, con ejércitos de ángeles leales o sublevados que luchan entre sí,  la imagen de Dios se empequeñece y empobrece pues aparece como impotente ante un ser maligno, origen del mal, del sufrimiento y de la muerte en el mundo y que mantiene su presencia constante en la vida humana. Esta será la interpretación que asumirán los Padres de la Iglesia en los primeros siglos: una historia  de los orígenes de la humanidad desde una pareja inicial de varón y mujer, colocados por Dios en un lugar paradisíaco, con vida inmortal, pero engañados por el demonio aliado con la mujer, perdieron sus privilegios y fueron castigados ellos y sus descendientes. San Agustín dará forma final a esta creencia que nos llega hasta el día de hoy.

Como colofón, el fruto prohibido se va transformando en un pecado sexual, suponiéndose que la pareja humana según el primitivo plan divino concebiría virginalmente nuevos seres humanos sin pasión alguna… ¿Para qué, entonces, Dios los creó macho y hembra?

La expiación del pecado y la reconciliación con Dios

¿Y cómo se puede revertir esta situación de ruptura de relaciones entre Dios y los seres humanos esclavizados por el Demonio? Según explicaron los teólogos cristianos de los primeros siglos, Dios decide enviar a su divino Hijo al mundo en forma humana para que sacrificándose en la cruz expíe el pecado de Adán y los pecados sucesivos y así libere a la humanidad del poder demoníaco, única satisfacción y reparación que Dios acepta por la desobediencia humana.

Pues, según explica el mismo san Pablo:  Si por la desobediencia de un solo hombre, todos fueron constituidos pecadores y como por un solo hombre entró el pecado en el mundo y por el pecado la muerte y así la muerte alcanzó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron… así también la obra de justicia de uno solo (la de Cristo) procura a todos una justificación que da la vida  (Rom 5,12-18).

Al morir Jesús, el Nuevo Adán, según reza el Credo siguiendo a un mito gnóstico, “descendió a los infiernos”, o sea a las zonas subterráneas o inferiores de la tierra, allí lucha contra el demonio, lo vence y asciende al cielo con todos los seres humanos muertos y mantenidos en esclavitud por el demonio.

El resto de la humanidad, presente y futura, podrá tener acceso a la salvación de dicha esclavitud haciéndose bautizar e ingresando a la Iglesia, pues “fuera de la Iglesia no hay salvación”. Extra Ecclesiam  nulla salus es la frase acuñada por san Cipriano de Cartago en el siglo III y que asumirá como postura toda la Iglesia, que se considera a sí misma como única puerta de salvación.

Toda esta grandiosa mitología apocalíptica dominante en aquellos siglos (con batallas angélicas que otorgaron al diablo dominio sobre la tierra, hasta la victoria final de Dios al fin del mundo, según aseguraban los escritos apocalípticos de la última época judía y el mismo Apocalipsis de Juan) creída e interpretada al pie de la letra, hoy nos resulta simplemente increíble.

Preguntas y dudas

En efecto, si es incomprensible tanto la existencia de Adán y Eva en un Paraíso terrenal en conversación diaria con Dios, sin mal ni sufrimiento alguno e inmortales; como también su pecado de desobediencia por comer un fruto prohibido, que esclavizó para siempre a la humanidad al poder del demonio y la apartó de Dios (pecado transmitido en el momento de la concepción humana), también nos resulta incomprensible que por tantos miles de años Dios permaneciera impotente ante el poder del demonio, y lo que nos resulta más chocante, que solamente hiciera las paces con la humanidad si su único Hijo hecho hombre expiara el pecado de Adán con el sacrificio cruento de su muerte en la cruz, doctrina que si pretende resaltar el amor de Jesús a la humanidad y su obediencia a Dios, nos da al mismo tiempo una terrible y cruel imagen del Padre.

También es incomprensible que una criatura se libere de la culpa original y se transforme en hija de Dios por el simple hecho de creer en Jesús y por un sencillo rito de unas pocas gotas de agua sobre su cabeza mientras el pastor o sacerdote pronuncia las palabras rituales.

¿Dónde queda la libertad humana en todo este largo proceso de herencia de pecado y de castigos por culpa de una ignota pareja humana?

¿Y cómo juega nuestra libertad, si la única forma de liberarnos es aceptar la salvación por la muerte de Jesús y por el rito bautismal generalmente recibido antes del uso de la razón y sin ninguna posibilidad de elegir?

El ser humano, mujeres y hombres por igual, aparecen simplemente como pasivos receptores de culpas, castigos y salvaciones a las cuales son totalmente ajenos y sujetos inconsultos.

Por lo tanto, más importante que toda esta teología que se fue gestando en varios siglos como desarrollo de un mito que se tomó al pie de la letra, en medio de grandes disputas y discensos y que tuvo tanta aceptación desde San Agustín (siglo IV y V) que la estructuró en forma casi definitiva, es considerar sus consecuencias  sobre la visión del hombre que aparece como pecador por naturaleza y desde antes de nacer, y que debe transcurrir sus años en la tierra con la sombra permanente del pecado en su alma, bajo el dominio de las pasiones y con un intelecto obscurecido por el error.

Consecuencias

El pecado (y la naturaleza humana “caída”) parece ocupar el centro de la antropología y se transforman en la gran tarea y preocupación del hombre: cómo eliminarlo de su existencia y lograr así la salvación. “Salvarse” o “liberarse del pecado” parece ser el gran objetivo de la vida humana. Se está, pues, ante una salvación que siempre viene desde afuera, ya que de por sí el hombre pecador no puede salvarse solo. Se trata, y sobre todo desde el punto de vista educativo, de una pobre y desvalorizada antropología que sólo subraya la pequeñez e invalidez del ser humano, incapaz por sí mismo de crecer y desarrollarse plenamente, mientras se enaltece el poder de Dios y de sus representantes.

Y qué gran olvido (léase “represión”) de la afirmación de Génesis 1, 26-27 de una pareja humana creada a imagen y semejanza de Dios, sin ninguna alusión a una supuesta corrupción de la naturaleza humana: Dios dijo: «Hagamos al hombre a nuestra imagen, según nuestra semejanza”…Y Dios creó al hombre a su imagen; lo creó a imagen de Dios, los creó varón y mujer.

Otra explicación del mal humano

No hace falta decir que hoy podemos hablar del hombre sin recurrir al pecado, entendido siempre como una falta contra un mandato divino y que lesiona los derechos de Dios.

Hoy consideramos sobre todo la inmensa riqueza y valoración que el ser humano tiene y que le llega por una larga historia de miles de millones de años.

Un ser humano que al evolucionar mantiene las características de su origen cósmico y biológico en su cuerpo; que desarrolla luego su triúnico cerebro primero a nivel orgánico y pasional instintivo, en lo que no se distingue de los animales; después  el cerebro de las emociones y de los sentimientos (sistema límbico) y finalmente desarrolla la corteza cerebral y el lóbulo frontal, típicamente humanos, que le permiten tener conciencia, pensar, decidir y llegar a la máxima capacidad de su psiquis y de su espíritu.

El objetivo de la vida del ser humano es, pues, desarrollar todas esas potencialidades (casi infinitas o ilimitadas) sorteando con su inteligencia y libertad creadora las dificultades que se presentan, tanto desde su propio interior como del exterior, y contando siempre con el acompañamiento y ayuda de su comunidad, la misma que le dio vida y que lo contiene en su camino.

El problema del ser humano consiste en armonizar las diversas etapas de su evolución, todas ellas presentes en su vida: tanto los aspectos biológicos e instintivos, ese componente orgánico y pasional que no conoce más “ética” que los mandatos fijados por la evolución y su constitución biológica; armonizarlo con sentimientos superiores que modulan a los instintos, tales como el amor a sí mismo y el amor a sus semejantes, como la ternura, la compasión, la solidaridad… y finalmente armonizarse integralmente desde la introspección, desde los dictados de su razón y de su conciencia, y desde el consenso y la convivencia con los otros miembros de su comunidad. O sea, armonizar su aspecto cósmico (o natural) con su ser biológico humano; tanto en el aspecto instintivo y pasional (hoy tan ampulosamente expuesto y desarrollado), como en la expresión de sus emociones y sentimientos y en la dinámica psíquica racional, social y espiritual.

Ya el antiquísimo libro sagrado hindú enseñaba: ¿Qué es lo que impele al hombre a cometer el pecado, contra su voluntad?… Es la concupiscencia, es la ira, nacidas de la cualidad de la naturaleza material; es como un hambre insaciable y muy pecaminosa… es como un voraz incendio… que alucina al hombre obscureciendo su conocimiento… (Bhagavad-Guita)

Una mirada más amplia

El hecho de “no recurrir al pecado” proveniente del demonio (un concepto mítico-religioso) no significa que no tomemos conciencia de las imperfecciones, enfermedades, violencias y males de todo tipo que surgen del interior del ser humano. Porque la evolución no produce un resultado perfecto pues todo, aún el universo cósmico, está en formación con aciertos y errores, al igual que el ser humano, cuya evolución aún continúa hacia un perfeccionamiento futuro que apenas podemos imaginar cuando transcurran algunos cientos o miles o millones de años más.

Por eso la mirada psicológica (prácticamente inexistente en la Biblia, no así en el hinduismo y el budismo) sobre las imperfecciones humanas es mucho más amplia que el simple considerar si nuestros actos están de acuerdo con tal o cual norma.

La psicología entiende que hay un origen muy distinto de las insinuaciones del demonio para explicar el mal, pues todos llevamos dentro una psiquis compleja de la que surgen, tanto deseos de progreso humano espiritual como formas auto y hétero-destructivas. Si no fuera así, estaríamos en el mejor y más feliz de los mundos.

-La complejidad de la psiquis y de la vida humana nos lleva, por ejemplo, a tener en cuenta, antes que nada y antes que las normas externas, lo que consideramos como “ético” según nuestra conciencia (autonomía) y el consenso de la comunidad. Es lo  ético entendido como lo que es bueno o beneficioso para la vida de cada uno o lo que puede hacer daño al propio individuo o a sus semejantes.

-Pero también consideramos lo que es “sano” para nuestra salud integral (bio-síquica) y lo que es enfermo o perjudicial; o lo que es “conveniente” para tal edad, tal circunstancia, tal objetivo y lo que resultaría inconveniente.

Detectamos, entonces, que en este camino de sabiduría para vivir mejor, que incluye una ética, pueden existir “normas” morales, sociales o religiosas, que prohíben algo que es sano para el individuo, como cuando se prohíben expresiones afectivas y sexuales claramente sanas; o se prohíbe manifestar en público los propios pensamientos y emociones, algo absolutamente sano y tantas veces reprimido.

Otras situaciones pueden ser vistas como “normales” o virtuosas, como callarse siempre ante las injusticias y agresiones, o aguantar pacientemente lo que venga, o motivarse sólo desde el deber sin permitirse el placer y el disfrute, o ser exageradamente obedientes… sin darse cuenta de que se trata de situaciones enfermizas o patológicas…

-También observamos que hay conductas sanas pero que pueden no ser convenientes aquí y ahora. Por ejemplo, si bien es sano expresar nuestras opiniones y emociones, puede no ser conveniente hacerlo en cierta ocasión para no deteriorar una relación o porque consideramos que no es el momento “oportuno”. Vemos también que si bien las relaciones sexuales son sanas de por sí, pueden no ser convenientes a tal edad o con tal persona; y muchos alimentos o bebidas sanos, pueden no ser convenientes en tal situación o circunstancia, por ejemplo si tenemos que conducir.

Los conflictos surgen cuando nos sentimos obligados a ciertas conductas que consideramos enfermas, o se nos prohíbe las que entendemos como sanas y convenientes. O cuando personas distintas, que es el caso más común (educadores y educandos, padres e hijos, gobernantes y gobernados, religión y sociedad, etc.) tienen criterios distintos y aún opuestos sobre lo que es ético, sano o conveniente.

O sea, hoy asumimos el error, la debilidad moral y la imperfección como una variable siempre presente en todo proceso social y formativo, y tomamos conciencia de los riesgos y peligros que corremos en nuestro camino de bien-estar y salud integral; y adoptamos las medidas que correspondan según nuestra libre decisión. La medicina, la psiquiatría, la psicología, la educación y la política colaboran en esta dirección.

No hace falta, pues, ser un experto en teología, antropología o ciencias psicopedagógicas, para darse cuenta de que la concepción religiosa “tradicional” es muy diferente y hasta a veces diametralmente opuesta a lo que hoy pensamos sobre el ser humano.

Y mucho más si consideramos que “la palabra de Dios” – las verdades que hay que creer (creencias, dogma), los mandatos éticos que hay que observar (moral) y el culto con el que hay que servirle – en realidad no llegan en forma directa desde Dios, siempre envuelto en un misterioso silencio, sino a través de otros seres humanos que “interpretan” cual sea la palabra divina, de modo que la dependencia de Dios se traslada a seres humanos concretos considerados “autoridad sagrada” (jer-arquía) a quienes se debe obediencia, virtud obviamente considerada como fundamental en este esquema.

Autonomía vs Heteronomía

Hoy vivimos con una mentalidad que afirma la ética individual, con mayor resistencia a las presiones de los grupos e instituciones, y se proclama la autonomía (la ley desde uno mismo) frente a la heteronomía. O sea, mayor importancia a la conciencia y a la responsabilidad del individuo, sujeto decisor de sus conductas.

Por otra parte, la ética se independiza de los conceptos religiosos y de las autoridades religiosas, pues nace de las opciones culturales consensuadas y de la conciencia individual, con todas las dificultades del caso a la hora de establecer qué es lo bueno o lo malo, pero sin renunciar al derecho inalienable de decidir por nosotros mismos y respetar el mismo derecho en los otros.

En la mentalidad bíblica, todos los mandamientos suponen la alianza entre Yahvé y su pueblo, como un hecho consumado del que se desprende la ley. Esta ley no aparece como una ley natural previa a la comunidad de fe o como resultado de un consenso de la comunidad, sino como un derecho de Dios por ser el Señor y protector de su pueblo que ha pactado con él. Por lo tanto, los mandamientos de la Biblia no son una ley moral absoluta y universal, sino la revelación de fe y el compromiso que asume quien decide ingresar en esa fe o alianza.

El drama se nos plantea porque el cristianismo en general, perdió el sentido de la ley como fruto de un compromiso personal con Dios, y planteó la moral, no como un corolario de la fe-alianza, sino como un a priori que se debe cumplir.

Esto, que llamamos “legalismo heteronómico”, será una nota del judaísmo posterior al exilio, que perdió el sentido de la alianza y puso a la Ley como norma absoluta, transformando la religión en el fiel cumplimiento de normas con vistas a un mérito ante Dios. Es una concepción que representa un estadio inmaduro de la conciencia ética.

Jesús pondrá la norma como fruto del compromiso con el reinado de Dios, por lo que atacará el moralismo legalista típico del fariseísmo.

Pero desde mediados del siglo segundo, la Iglesia cristiana se volverá tan legalista como el judaísmo.

La heteronomía supone que la ley (la moral, la ética) existe como algo previo a la decisión y aceptación libre de las personas; en todo caso y siempre, una ley previa promulgada por grupos especiales que se sienten autorizados para imponerla al pueblo, al que consideran no-preparado para asumir la responsabilidad de sus vidas y de sus actos.

Demás está decir que es un concepto no democrático, pues la democracia, basada en el respeto a todo ser humano y a sus derechos, en su dignidad e igualdad, entiende que es cada sociedad la que se auto-regula sin presiones ni autoritarismos moralistas. Una democracia sin esta capacidad, es una simple quimera o ficción simbólica.

Por este motivo insistimos  en el contexto político y social de la historia bíblica: una sociedad fundamentalmente sacra (no secularizada), con una “constitución religiosa” aún para cuestiones que nosotros hoy consideramos laicas, civiles o seculares. Hoy, por primera vez en la historia, ambos aspectos, lo sacro y lo secular, se hallan perfectamente separados y delimitados en casi todas las naciones.

Religión y Estado laico, comunidad religiosa y sociedad civil, son dos entidades que tienen que aprender a convivir, manteniendo su propia identidad, respetándose mutuamente y, a ser posible, colaborando para el bien común de la humanidad.

Un arduo aprendizaje

Lo que debemos aprender de la milenaria historia bíblica es a no copiar sus normas (ni la de otros) para darles el valor absoluto que no tienen, sino tener la capacidad de construir cada día la historia personal y colectiva, atendiendo a las circunstancias culturales y políticas que la comunidad vive, con todos los aciertos y errores del caso. La Biblia no es un libro mágico de recetas y normas intocables y universales, sino la experiencia de una propuesta de vida de un pueblo concreto.

La historia bíblica atendió a la situación particular de un pueblo concreto, buscando en él signos de la presencia liberadora de Dios y normas humanas de convivencia, pero no pudo prever todo ni lo quiso hacer. La fe no es perezosa sino creativa. No es una fe separada del mundo sino comprometida con él. Esta es la gran lección de un pueblo, varias veces milenario, y de quien nos sentimos herederos, de una u otra forma.

La heteronomía se acentúa cuando la religión se integra en forma compacta con el Estado monárquico absolutista.

Concepto monárquico-teocrático autoritario de la religión

En efecto, a partir de David y Salomón se instaura en Israel un sistema monárquico teocrático según el estilo de la época, tanto en cananeos como en egipcios y babilonios. Por lo tanto, el rey (el poder) se considera como manifestación e hijo de Dios que gobierna en su nombre dictando leyes, juzgando y ejerciendo el poder ejecutivo, legislativo y judicial al mismo tiempo. Así se gesta la imagen de un Dios autoritario, super exigente hasta el castigo y la crueldad, que reclama obediencia incondicional bajo pena de muerte u otros castigos. Quien se somete, merece premio. Es decir, se proyecta en Dios el esquema monárquico autoritario absolutista.

Para llevar adelante su proyecto, la monarquía teocrática absolutista necesitó (y necesita) varios aliados. Destacamos dos: el sacerdocio y el ejército.

Con David va tomando cuerpo la estrecha alianza entre poder político y sacerdocio, siendo los sacerdotes los guardianes del orden nacional. El rey, por su parte, es el defensor del culto nacional y el protector del sacerdocio. David también conquista a otros pueblos, anexando sus tierras a la corona y esclavizando a sus habitantes. Para eso y para mantener el orden interno, organizó el ejército profesional, sin descuidar su batallón de mercenarios extranjeros.

Teología de la guerra y de la conquista

Esto necesitó una justificación teológica que después fue retro-proyectada a la historia anterior, desde el éxodo en adelante. Dios aparece como un sangriento guerrero que liquida a sus enemigos sin contemplación alguna. Es “el Señor de los Ejércitos“, nombre no solo antiguo sino muy del gusto de la última dictadura que asoló nuestro país.

La teología de la conquista, mal llamada “guerra santa”, surge después de los acontecimientos ya consumados, cuando los escritores judíos tuvieron que dar sentido a toda su historia. Enemigos de toda conquista y dominación extranjera, tuvieron que justificar su propia conducta cuando fueron conquistadores y dominadores de los cananeos y de otros pueblos. Se argumenta teológicamente que quien lucha y conquista es Dios:

Cuando el Señor tu Dios, te introduzca en la tierra que vas a tomar posesión, él expulsará a siete naciones más poderosas que tú… El Señor tu Dios los pondrá en tus manos y tú los derrotarás. Entonces los consagrarás al exterminio total; no hagas con ellos ningún pacto ni les tengas compasión… Por eso, trátenlos de este modo: derriben sus altares, destruyan sus piedras conmemorativas, talen sus postes sagrados y prendan fuego a sus ídolos (Deut. 7,1-5).

Cuando el Señor, tu Dios, ponga a la ciudad en tus manos, tú pasarás al filo de la espada a todos sus varones. En cuanto a las mujeres, los niños, el ganado y cualquier otra cosa que haya en la ciudad, podrás retenerlos como botín, y disfrutar de los despojos de los enemigos que el Señor, tu Dios, te entrega.

Pero en las ciudades de esos pueblos que el Señor, tu Dios, te dará como herencia, no deberás dejar ningún sobreviviente. Consagrarás al exterminio total a los hititas, a los amorreos, a los cananeos, a los perizitas, a los jivitas y a los jebuseos, como te lo ordena el Señor, tu Dios (Deut 20,13-17)

La destrucción total de esta “guerra santa” abarca, tanto a las personas, como a su cultura, descalificada como inferior o demoníaca. Para subrayar esta acción divina directa, justificación fundamental de la conquista y de sus abusos correlativos, los textos aluden a ciertos milagros que refuerzan esta idea. Queda claro que la argumentación bíblica para justificar la conquista y este tipo de guerras, sólo es válida para los propios interesados y desde la victoria lograda.

Manipulación religiosa

Estos textos bíblicos y su ideología fueron utilizados, entre otros, por los blancos europeos sin excepción, sea para esclavizar a los negros africanos, sea para justificar el “apartheid”, sea para conquistar y oprimir a los pueblos aborígenes de América y Asia.

La opresión de los otros siempre comienza por una descalificación, y si está motivada en principios religiosos, mejor. Pero la convicción subjetiva de tener la verdadera religión y de adorar al verdadero Dios, no da derecho alguno sobre otros pueblos que tienen la misma convicción respecto a sus creencias.

Es evidente, pues, que estamos frente a una manipulación de Dios y de lo sagrado, una manipulación de lo religioso al servicio de otros intereses, desde la tierra hasta el oro.  Por desgracia, la teología de la guerra santa y de la conquista nos llega hasta el día de hoy, sea por los grupos fundamentalistas islámicos y judíos, sea por los cristianos de ultraderecha e incluso por otras sectas que, invariablemente, se autojustifican y justifican crímenes contra la humanidad, con argumentos religiosos. Entiendo que ni el judaísmo ni el cristianismo ni el Islam han hecho una seria autocrítica de aquellos elementos teológicos que, aunque “de alguna manera comprensibles” en su época por el contexto cultural, jamás fueron cuestionados con suficiente energía ni honestidad.

A lo largo de la historia los personajes cambiaron de nombre y las circunstancias pudieron ser diferentes, pero la estrecha relación entre conquista y religión, guerra y religión, dominación y religión, impregnará nuestra historia hasta el día de hoy planteando los mismos interrogantes.  Motivo más que sobrado para que sepamos leer la historia bíblica, esa historia que fundamenta nuestras virtudes pero también nuestros defectos, y que sepamos hacerlo con sentido crítico, como, tarde o temprano, lo supieron hacer los protagonistas bíblicos, con mejor o peor fortuna.

Si interpretar la historia es la esencia de la fe yavista y cristiana, ya descubrimos por qué es una tarea difícil. En esa interpretación, los intérpretes no son personajes ajenos a los acontecimientos o neutrales, sino que están implicados en los mismos, tanto con sus necesidades como con sus intereses, legítimos unos y falsos otros.

Y cuando los actores de los sucesos son también los vencedores que escriben la historia y elaboran su ideología subyacente justificatoria, las dificultades aumentan hasta el punto de impedir, aún a los mejor bienintencionados, la visión serena de los derechos de quienes, ocasionalmente en la vereda de enfrente, se hacen preguntas que no tienen respuestas. Surge así una teología unilateral que imposibilita el diálogo y la relación ecuménica, o sea, universal.

Y surge una imagen de “Dios” que está en las antípodas no sólo de la espiritualidad sino de la misma humanidad, un dios tan terrible como falso, un simple ídolo al servicio de los más bajos intereses y horrendos crímenes. De todo ello aún hoy somos, por desgracia, mudos testigos.

La herencia del pueblo: obediencia

La nueva mentalidad monárquica-sacerdotal de la religión y de la política, que también se instaló en la Iglesia cristiana a partir de Constantino y alcanzó su culminación en la Edad Media, trajo innumerables consecuencias para el pueblo. A modo de conclusión, señalamos su total dependencia del orden impuesto, el despojo de su libertad política y de su libertad interior. Ahora son solamente súbditos del sistema y les corresponde una sola cosa: obedecer. Si no lo hacen, son culpables y merecen castigo.

Esto supuso un nuevo concepto de Dios, quien ya no es el Padre que libera a los que sufren, sino el rey tiránico que impone una ley que debe cumplirse a rajatablas. Un Dios hecho a imagen y semejanza de los reyes despóticos que se proclamaban sus hijos y defensores. Por eso, toda la historia de Israel, con honrosas excepciones, será escrita desde esta mentalidad en la que, en definitiva, el pueblo siempre tiene la culpa de todo: si gana una batalla, es mérito de Dios y del rey; si se la pierde, es por culpa de los pecados de quienes no fueron fieles a la ley. La derrota final a manos de asirios y babilonios se explica así: Todo esto sucedió porque los israelitas pecaron contra Yahvé, el que los había sacado de Egipto, y habían adorado a otros dioses. Ellos imitaron las costumbres de las naciones que el Señor había desposeído… El Señor se enojó tanto contra Israel, que lo arrojó lejos de su presencia. Sólo quedó la tribu de Judá. Pero tampoco Judá observó los mandamientos del Señor… (2Re. 17, 7s.). En definitiva, la tesis es la siguiente:

-Primero: Dios no tuvo la culpa. El único culpable es el pueblo de Israel, por su pecado de infidelidad. Si pecó, merece castigo. Por lo tanto, la sentencia y el castigo de Dios fueron justos.

-Segundo: Hay una ley y se la debe cumplir, y por ser ley de Dios se ha de cumplir inexorablemente, aunque eso contradiga otras palabras, también inexorables, de Dios. En consecuencia, toda la historia y su interpretación son esquematizadas desde un principio simplista y reduccionista. Es el punto de vista de la palabra-ley de Dios que debe cumplirse o castigarse.

El hombre, su libertad, su responsabilidad y sus circunstancias no juegan rol alguno, salvo en relación a cumplir o no cumplir una ley externa a sí mismo.

Si tal planteo no hubiera tenido más consecuencias que las ya dichas y hubiera muerto allí, podríamos no darle más importancia que la de un condicionamiento cultural que no se pudo superar. Pero esta tesis, con toda la ideología subyacente y con la imagen correlativa de un Dios-rey absolutista, llegó casi incólume hasta el día de hoy.

Ley de Dios – obediencia o pecado – premio o castigo.

Se trata de un esquema que impregnará toda nuestra cultura, sin excluirse la educación familiar y escolar. Si se es fiel a Dios, habrá bendiciones y éxitos. Si se es infiel, castigos y muerte. Aplicado a lo político-social, el esquema hace agua por muchos costados, pues no siempre el éxito militar o económico es premio por una fe auténtica; ni el fracaso, un castigo merecido. Muy a menudo el éxito es fruto de la injusticia, y el fracaso, el resultado de una opresión. O bien, uno depende de la inteligencia política bien aplicada, y el otro es el fruto de la ineptitud o de la pereza.

Por tanto la fe, en cuanto interpretación de un hecho político, ha de tener en cuenta las responsabilidades de cada parte, sin atribuirle a Dios aquello que es el simple resultado del ejercicio de la libertad y de una inteligencia creadora. El hombre, en cuanto hombre político y hombre de fe, es mucho más que un súbdito obediente del poder humano o de Dios. Es el sujeto-creador de la historia y de la sociedad, pues eso es hacer política y a eso apunta la fe. Pero también el hombre puede ser destructor de su propia historia o la de otros.

El hombre, en cuanto ser-político, ha de buscar el camino correcto, sin esperar que Dios se lo indique con revelaciones especiales, que tampoco las tiene el hombre más religioso. No las tuvieron David ni Salomón, por eso cometieron los errores y crímenes que todos conocemos. Tampoco las tuvieron los profetas y apóstoles, aunque así los idealicemos, pues tuvieron las mismas dificultades que hoy tenemos para “buscar y descubrir” cuál podría ser la voluntad divina; o sea, el mejor camino para el bien de la comunidad que quiere vivir en la justicia y en la paz.

Consecuencias

Es importante profundizar en esta imagen de Dios que nos llega desde una concepción autoritaria y dogmática del poder. La teocracia impone su ley, su modo de pensar, el control de las conciencias y no le deja al pueblo espacio alguno para su crecimiento o para responsabilidad alguna en la gestión pública.

Los mismos que juzgan y castigan son los que hacen las leyes y ordenan las instituciones para su mejor beneficio. Los mismos que mandan, son los que escriben la historia a su gusto, tergiversan los hechos y generan el sistema educativo para perpetuar su ideología.

Porque lo realmente dramático es que el pueblo es educado por sus propios dominadores, y termina internalizando (comiendo) la ideología de su opresor. El sistema educativo y cultural ordenado e impuesto por el sistema o modelo, domestica al pueblo, lo vacía de su conciencia política y lo induce a un servilismo obsecuente. Aceptar el esquema ley (orden) – pecado – castigo es aceptar el sistema de opresión que contradice la relación libre del pueblo con Dios y que impide toda libertad y madurez democrática y religiosa. La alianza de Dios (de la religión) con el poder político y sus aliados (sacerdocio y ejército) instaura un orden totalmente perverso: si el pueblo se rebela contra la opresión política, entonces ese acto es declarado también un pecado contra Dios y contra la religión. Y si se rebela contra esa religión opresora, entonces el Estado también lo declara culpable y traidor. Es la clásica situación de los sistemas integristas, presentes no solo en ciertos países islámicos, sino muy internalizados todavía en nuestra conciencia.

Es inútil pretender la libertad política, si no adquirimos la libertad de conciencia, y si no nos liberamos de esa imagen perversa de un Dios castigador del pueblo, y de una religión que, explícita o veladamente, siempre está allí para sostener el orden establecido por los dueños del poder.

Preguntémonos, pues, cómo ha incidido en nuestra educación  religiosa y cívica esta moral heterónoma autoritaria y cómo liberar a nuestra conciencia de sus ataduras para adquirir madurez personal y responsabilidad.

El rechazo del ser humano actual al viejo esquema

Llegamos así a un punto central del conflicto: pues hoy el ser humano, libre, autónomo y creativo no acepta ese modelo de autoridad que impone creencias, dogmas y normas desde una línea absoluta, verticalista, monárquica e incluso machista-célibe en muchos casos.

Y no lo acepta por ateísmo o por rebeldía contra la religiosidad del ser humano o contra la religión o la espiritualidad, sino porque considera que “este modo de concebir y  vivir la religión” es una ideología autoritaria que aliena al ser humano y que lo despoja de sus cualidades y derechos esenciales: autonomía, libertad, creatividad, participación, justicia, cualidades que hacen que cada uno sea responsable de sus opiniones y actos sin excepción, sean políticos, laborales, educativos o religiosos. Así lo afirmamos desde los primeros párrafos de los Derechos Humanos Universales (1948):

Considerando que la libertad, la justicia y la paz en el mundo tienen por base el reconocimiento de la dignidad intrínseca y de los derechos iguales e inalienables de todos los miembros de la familia humana

Art. 1: Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad  y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros…

Art.2: Toda persona tiene los derechos y libertades proclamados en esta Declaración, sin distinción alguna de raza, color, sexo, idioma, religión, opinión política o de cualquier otra índole, origen nacional o social, posición económica, nacimiento o cualquier otra condición.

Está en los dirigentes religiosos y en toda la comunidad creyente la ardua tarea de poner en práctica esta igualdad absoluta de todos los seres humanos, “sin distinción alguna”…

Como ya dijera Erich Fromm hace más de 50 años: “La religión autoritaria  es el reconocimiento por parte del hombre de un poder superior e invisible que domina su destino, y al que debe obediencia, reverencia y veneración.” (Psicoanálisis y Religión, Psique, Bs As)

Este “deber” obediencia, es la esencia  del autoritarismo, ya que su virtud máxima es la obediencia servil y su principal pecado la desobediencia.

Así la sociedad queda dividida en dos planos opuestos: los que mandan y los que obedecen, los que saben y los que ignoran.

Y entonces cuanto más crece la imagen de ese Dios (omnisciente, poderoso, juez inexorable, etc.) más crece el poder y el dominio de sus representantes (pastores sábelo-todo, con palabra definitiva, verdad absoluta, dirigentes y reyes sagrados e inviolables…), y también más se minimiza y desvaloriza al hombre.

A nivel político esto se expresa en los regímenes monárquicos absolutistas y en ciertas democracias personalistas y autoritarias tan difundidas en nuestra América Latina.

Valorizar al ser humano

Hoy rechazamos el autoritarismo religioso y toda visión “servil” (de siervos y esclavos) de un ser humano siempre infantil y siempre guiado por el miedo a Dios, a la ley, al castigo, a la autoridad, al pecado y por una ética de la obediencia.

Todo lo cual implica hoy “valorizar” al ser humano como alguien capaz de pensar críticamente, de buscar lo más sano para sí y de tomar aquellas decisiones que lo conducen a su pleno desarrollo aún con riesgo de equivocarse… pues el error, la imperfección, como la duda y las equivocaciones, son también una variable de todo proceso cósmico y humano.

Y esta valorización llega al plano político y social y debe llegar al religioso, pues siempre el sujeto es el Hombre.

El hombre actual ha recuperado su Autonomía y no está dispuesto a abandonarla nunca más, pues esa autonomía plena es la que le otorga dignidad y estima, y es su misma esencia. No solo rechaza todo sistema político o social de dominación heterónoma, sino también toda religión o revelación de dominio y heteronomía.

Si Dios existe y quiso un hombre “a su imagen y semejanza”, según dice la Biblia, es porque quiere un hombre libre, creativo, pensante y sintiente por sí mismo, y por eso mismo responsable de su vida. La religión de la dependencia es una contradicción y da una pésima imagen de Dios que termina siendo un déspota a imagen y semejanza de los déspotas humanos.

Nuevo sentido de autoridad

Esto no significa anular a la autoridad, pero sí darle un sentido distinto: la autoridad (civil o religiosa) no está sobre los hombres sino como un servicio para los hombres, idea que fue claramente expresada por el mismo Jesús. No es la de un padre autoritario sino la de un hermano que acompaña a quienes pusieron su confianza en él para poder todos juntos enfrentar las dificultades y lograr una vida social armónica.

Todo lo cual implica la necesidad de democratizar las instituciones religiosas y volver a los “orígenes” cuando era la propia comunidad (la gente) quien elegía a sus líderes y les otorgaba ciertos mandatos específicos, algo que sucedió en los primeros siglos de la iglesia cristiana y antes de que se configurara a imagen del imperio romano. Cómo lo harán hoy las religiones… es la tarea más urgente de sus autoridades que deben recuperar mucho tiempo perdido.

  1. Una visión del Hombre sin dualismos opuestos.

La antropología actual no solo ha superado una visión heterónoma y dependiente del Hombre, sino que ha superado todo dualismo que enfrenta aspectos humanos, considerados unos como superiores de los otros:

Sagrado-Profano

Las religiones antiguas oponían claramente el aspecto Natural o Profano de la vida humana al aspecto Sagrado, Sobre-natural o Epi-fano de las divinidades y objetos o personas a ellas consagradas, de tal manera que lo sagrado, lo que estaba “separado” de la vida cotidiana, significaba lo verdaderamente real y valioso frente a lo aparente y efímero de lo profano.

De esta manera lo religioso era considerado como una categoría superior y sagrada que brillaba por sobre (en griego, epí-fainein, epifanía) la simple vida natural del hombre.

Hoy entendemos que nada hay más sagrado que el mismo ser humano, o si se prefiere, sagrado es lo más profundo del ser humano, su espíritu, su dimensión más acabada y total, no como algo opuesto sino como el desarrollo pleno de la vida humana. Ese sentido profundo y último no está afuera del hombre, sino en su propio interior como si lo divino o sagrado estuviese en germen dentro de cada uno.

Precisamente la educación debería ayudar a despertar ese germen, hacerlo crecer y desarrollarse hasta su máxima dimensión, aunque preferimos hablar no de algo sagrado sino de algo espiritual, o sea, algo que significa el aspecto profundo del ser humano, su misma esencia; también podemos llamar a ese aspecto lo “trascendente”, lo que va superando lentamente la rutina de la cotidianidad, subiendo (eso es trascender) desde lo exterior hacia lo interior, profundo e inconsciente. Ese caminar o trascender va dando al hombre el sentido o significado total de su vida, que no está afuera ni arriba, sino en sí mismo que se despliega en un proyecto, en un proceso constante. Es su camino, un camino que él mismo va trazando, como ser autónomo, pero no aislado sino en compañía de otros caminantes que forman su comunidad o grupo social.

Por lo tanto, no hay seres humanos superiores a otros, pues todos son iguales por su simple y misma dignidad humana. Las autoridades civiles y religiosas no expresan superioridad ni sacralidad sino un rol que la propia comunidad ha otorgado y al que ha concedido ciertas atribuciones para el bien de la misma comunidad. El poder que detentan no es propio sino que es el poder de la comunidad que delega ciertas funciones. Las autoridades, elegidas por la comunidad, no son dueñas de la misma sino sus funcionarios (cumplen funciones) y servidores.

Lamentablemente las instituciones religiosas (y muchas civiles) se resisten  a esta concepción igualitaria y democrática, y ahondan el abismo existente entre ellas y la comunidad humana.

Varón-mujer

Prácticamente todas las grandes religiones de una forma explícita o velada tienen una antropología que señala la superioridad del varón sobre la mujer. El mismo Dios es siempre representado e imaginado como un varón y con cualidades varoniles, como rey, señor, padre, inteligente, fuerte, creativo, guerrero, etc.

Estas religiones surgidas desde una visión masculina monárquica o imperial de la sociedad crearon una teología como réplica exacta de su visión política y antropológica, pero ambas, teología y antropología no eran más que justificaciones de un sistema social monárquico y machista. También en la Biblia la mujer ocupa un lugar sometido al varón, tradición que por desgracia se prolongó y aún agudizó en la iglesia cristiana hasta el día de hoy.

El cielo regenteado por un dios-varón acompañado por mensajeros-ángeles que también son guerreros, se refleja en una sociedad y en una religión en las que las mujeres, más allá de las declamaciones de igualdad, ocupan un lugar inferior, a las que se les niega la función sacerdotal y de autoridad dentro de sus comunidades, con diversos argumentos de los libros sagrados (creación desde un costado del varón; “impureza” de la mujer por la menstruación y el parto), libros redactados casualmente todos ellos por varones.

Eva, la culpable

Fue y es precisamente el lamentable mito de Adán y Eva, castigados después de comer la fruta prohibida, el principal argumento para desvalorizar a la mujer. En efecto, según el texto que refleja la situación social de su época, Adán no solo fue creado directamente por Dios y antes de la mujer, sino que ésta fue sacada de su costado, algo que contradice la más simple experiencia, pues somos los varones quienes nacemos de una mujer…

Pablo sintetiza así esta visión negativa de la mujer: La  cabeza de la mujer es el hombre… El hombre… es la imagen y reflejo de Dios, mientras que la mujer es el reflejo del hombre. En efecto, no es el hombre el que procede de la mujer, sino la mujer del hombre. Por esta razón la mujer debe tener sobre su cabeza un signo de sujeción (el velo). Las mujeres deben respetar a su marido como al Señor, porque el varón es la cabeza de la mujer. (1 Cor 11,3.7-10)

Por su parte en la Carta a los Efesios (5,22-24) se lee: Las mujeres deben respetar a su marido como al Señor, porque el varón es la cabeza de la mujer…. Así como la Iglesia está sometida a Cristo, de la misma manera las mujeres deben respetar en todo a su marido.

Como ya lo expresamos, cuando las interpretaciones del relato bíblico se fueron transformando, Eva pasó a ser simplemente “la mujer” (y no ya la mujer cananea que incitaba a los hebreos a cultos idolátricos) y entonces recibirá varias humillantes condenas, como depender de su marido y estarle sometido, sentir atracción hacia él y dar a luz con dolores: A la mujer le dijo el Señor: «Tantas haré tus fatigas cuantos sean tus embarazos: con dolor parirás los hijos. Hacia tu marido irá tu apetencia, y él te dominará. (Gen 3, 16) Adán aparecerá como el pobre inocente varón seducido por la mujer que es la responsable de su pecado…

Los libros sapienciales desde el 300 a.C. fortalecen esta desvalorización hasta límites inconcebibles. Así el Eclesiastés (7, 26) expresa:  Yo encuentro más amarga que la muerte a la mujer, cuando ella misma es una trampa, su corazón, una red, y sus brazos, ataduras. Con el favor de Dios, uno puede librarse, pero el pecador se deja atrapar. ..

Similares conceptos los encontramos en el Eclesiástico (25,13-24; 26,5-12)  hacia el 200 a.C., que da una visión muy negativa de la mujer y origen de todos los males al igual que Pandora, primera mujer de la mitología griega, y con el trasfondo del relato del Génesis afirma: De una mujer vino el primer pecado y por ella todos tenemos que morir.

También se les negará hasta el día de hoy una función religiosa magisterial (el Magisterio es exclusivo de varones) a pesar de que en la actual sociedad la mayoría de quienes ejercen la docencia, la educación y el magisterio son mujeres, quienes además de “madres y maestras” han demostrado su capacidad para el gobierno de las naciones.

Pero la visión antropológica y la teología de las religiones sigue sin presencia femenina, y esto no es una cuestión menor, pues siempre se da una visión machista parcial de la realidad.

Al mismo tiempo se violan sistemáticamente los Derechos de la Mujer y se incurre en discriminación condenada por el artículo 1° de la Convención sobre la Eliminación de todas las formas de Discriminación de la Mujer (1979):

A los efectos de la presente Convención, la expresión “discriminación contra la mujer” denotará toda distinción, exclusión o restricción basada en el sexo que tenga por objeto o resultado menoscabar o anular el reconocimiento, goce o ejercicio por la mujer, independientemente de su estado civil, sobre la base de la igualdad del hombre y la mujer, de los derechos humanos y libertades fundamentales en las esferas política, económica, social, cultural y civil o en cualquier otra esfera.

Varón y mujer no son opuestos, no suponen la superioridad del uno sobre la otra, sino que son dos dimensiones complementarias que aluden al “ser humano” completo en su variable masculina y femenina, siendo la femenina en realidad biológicamente anterior a la masculina.

Más aún, tanto el varón como la mujer mantienen siempre en sí mismos cualidades típicas de lo masculino y lo femenino, aspecto al que ya se refirió Carl Jung con los términos de ánima (aspecto femenino de todo varón) y ánimus (aspecto masculino de toda mujer).

Se trata de dos dimensiones complementarias e integradas del ser humano que incluso se enraízan en el hemisferio derecho del cerebro (sede de las actividades simbólicamente “femeninas”, afecto y sentimientos) y en el hemisferio izquierdo (sede de las “masculinas”, razón y técnica)

  • Espíritu-Cuerpo

Con diversos matices las grandes religiones tienen también otra clásica dualidad: la oposición entre un elemento superior, considerado de origen divino, el espíritu o alma, y otro inferior, el cuerpo con sus instintos (la “carne”), proveniente de algún demonio que quiso desarreglar los planes divinos según enseñaba el Gnosticismo.

Creencia que se robustece además por la influencia de la filosofía griega (Neoplatonismo, Estoicismo) en los libros sapienciales y en la posterior teología cristiana con la oposición del cuerpo al alma. Así ya el libro de Sabiduría señala este dualismo:

Los pensamientos de los mortales son indecisos y sus reflexiones, precarias, porque un cuerpo corruptible pesa sobre el alma y esta morada de arcilla oprime a la mente con muchas preocupaciones (Sab 9,14-15)

Por lo cual la mente y el intelecto (el logos, el espíritu, el alma) deben controlar y ejercer su superioridad y dominio sobre las emociones y los impulsos instintivos para su liberación que se realizará en forma definitiva con la muerte.

Consecuencias de este dualismo

En el plano moral y educativo este dualismo radical transformado en postura ideológica ha tenido consecuencias desastrosas, sobre todo en lo relativo a la esfera de la sexualidad  y del matrimonio, y fue causa de innumerables conflictos de los que muchos aún perduran.  Por ejemplo, en muchos casos la relación de un supuesto demonio con el origen y el ejercicio de las fuerzas instintivas y sexuales, especialmente en la mujer. Añádase a esto una gran represión del deseo sexual y del placer, un pudor excesivo, normas severas de moral sexual, la oposición a una educación conjunta  de ambos sexos conjuntos, el rechazo de la educación sexual desde la edad temprana, la insistencia en la supremacía de la virginidad por sobre el ejercicio gozoso de la sexualidad y, en definitiva, una tremenda resistencia por parte de las religiones a aceptar la sexualidad y la vivencia del cuerpo como un elemento de por sí absolutamente natural y  sano. Es curioso, pero en el cristianismo todavía no tenemos una teología del placer sexual, ese hermoso obsequio que Dios habría regalado a los seres humanos. ¿Se equivocó Dios al hacernos macho y hembra?

Al mismo tiempo, este exagerado dualismo y la visión pesimista del cuerpo ha llevado, especialmente a la iglesia cristiana, a identificar sin más el pecado con conductas sexuales que no se ajustaban a su severa normativa (pecado considerado siempre grave), por ejemplo sobre el autoerotismo, lo que inducía a los adolescentes a vivir en una situación de permanente oposición a Dios, suponiéndose que Dios, aunque había creado el cuerpo humano, no tenía nada que ver con las células nerviosas que provocaban placer, teoría ésta llamada “maniquea” y que incluso fue condenada por la misma Iglesia en el siglo V.

En fin, un dualismo que provocó un sistema pedagógico centrado en la extrema vigilancia  del cuerpo de los educandos y de control de sus conciencias para que no accedan al pecado (sexual) ni siquiera de pensamiento o en forma involuntaria o cuando estén dormidos.

Ejemplos de esta mentalidad fueron los diversos sistemas educativos religiosos encaminados a prevenir el pecado sexual desde la mirada del educador, más rígida o más paternal, pero siempre mirada vigilante.

Visión integral del ser humano

Hoy la ciencia tiene una visión integrada del ser humano, considerado no como un compuesto de dos partes sino como una unidad: cuerpo-psíquico; visto como una totalidad (holismo) que entrelaza como en una trama (“complejidad”) diversos aspectos íntimamente relacionados y expresados en un “Yo”.

Por lo tanto, no sólo la educación general debe atender a estas instancias de todo ser humano, sino que la misma religiosidad, demasiado volcada en Occidente hacia lo sobrenatural, la racionalidad, las creencias, los dogmas y el culto, debe iniciarse y desarrollarse como lo que debe ser: desde un sentimiento profundo de uno mismo y de la vida, que asume en un solo movimiento un sinfín de emociones primarias y sublimes sentimientos (admiración, asombro, temor, carencia…) e impulsos biológicos y deseo sexual que se hace amor y nueva vida, compañía y amistad…

Como ya lo observaron otros investigadores, la religión cristiana ha “olvidado” las emociones y los sentimientos, demasiados cercanos a los deseos e impulsos instintivos.

El fruto es una religiosidad fundamentada en estudios, en argumentos racionales, en creencias y dogmas desencarnados y en textos bíblicos, olvidándose que el evangelio de Juan (1,14) dice que el “Logos se hizo carne”, hombre… sintiente y pensante.

Se confunde así la religiosidad con las creencias de determinada religión y se pretende llegar a Dios mediante clases de religión y estudios teológicos.
A una religión tan descarnada, sobre todo en sus dirigentes, se le hace muy difícil comprender la mentalidad moderna que necesita experimentar vivencial y emocionalmente sus procesos mentales. Esto explica en gran parte la apatía de las nuevas generaciones hacia la religión tradicional y todo lo relacionado con ella.

 Conclusión

Tras este recorrido que hicimos en estos dos capítulos por las más comunes dificultades que tiene la cultura moderna para aceptar la religión, podemos concluir con un texto del teólogo José Maria Vigil  en “La coyuntura actual de la espiritualidad”: “Los estudiosos de la religión desde sus diversos aspectos (antropólogos, sociólogos, teólogos, etc.) parecen ir acercándose en los últimos tiempos a un juicio más comúnmente aceptado, que podríamos sintetizar en los siguientes puntos:

-La crisis no se da genéricamente con lo religioso en el sentido amplio de dimensión religiosa del ser humano, sino específicamente con las religiones…

-No se trata, en absoluto, de la desaparición de la religiosidad profunda, como precipitadamente vaticinaron algunos hace tiempo; la espiritualidad del ser humano, de una forma u otra, va a permanecer.

-Se trata de una crisis muy fuerte para las religiones tradicionales históricas que hace tiempo se encuentran desorientadas, han perdido en buena parte el contacto con la realidad, no aciertan a comunicarse adecuadamente con la conciencia moderna de sus adherentes, y están en situación de permanente quiebra y deterioro, sin que se pueda prever cuál va a ser el resultado de su crisis.

-Se registra una formidable emergencia de nuevas formas religiosas que evidencian que la potencia espiritual de la humanidad sigue vigente y en buena forma…

-En definitiva: las religiones están en crisis, pero la espiritualidad parece gozar de buena salud, al menos de una gran vitalidad”.

 

IV- EL  MENSAJE  ESPIRITUAL  EN  LOS  SÍMBOLOS  DE  DIOS

  • Símbolos de Dios, ¿esencia divina o  sentimientos humanos?

Al leer las muchas imágenes de Dios que aparecen en los libros sagrados nos surge esta pregunta: esas palabras, ideas, imágenes ¿nos hablan de cómo es Dios, o cómo son y sienten los seres humanos que lo adoran?

¿Nos muestran la esencia de Dios o la situación y los sentimientos de los seres humanos hacia Dios en determinada cultura?

1 Símbolos de Dios en la Biblia

Yo soy Dios, el Dios de tu padre… el Dios de mi padre es mi ayuda… el Señor, el Dios de los hebreos… un Dios de las montañas…

Son expresiones bíblicas surgidas de pequeñas tribus del desierto o de las montañas, necesitadas de protección y ayuda de un Dios tribal, Dios de los patriarcas, uno de muchos.

Soy el que soy… Yo soy el primero y seré el último, Dios eterno… Soy el Dios Santo y celoso… Soy Dios y no hay nadie igual a mi… el más grande que todos los dioses…  fuera de mi no hay otro salvador…   El Señor es mi fuerza y mi protección, él me salvó…  

“Soy el que soy”, nombre de Dios dado a Moisés, indica “el que está con ustedes”, el único para ustedes, el exclusivo, celoso de su culto. Es el Dios del éxodo y del Sinaí, el más grande, el poderoso salvador de la esclavitud.

Con el tiempo, las tribus forman un reino con el sistema absolutista de los reinos vecinos. Ahora se lo ve a Dios como Rey y rey absoluto, “Señor” y dominador. Los símbolos de Dios son muy expresivos: Rey del Universo… Rey de reyes… que sus servidores cumplan su voluntad… el Altísimo Todopoderoso… Creador del cielo y de la tierra… Dios grande, sabio, poderoso, valiente  y temible…

Eres Justo e impones tus prescripciones con justicia y lealtad, sondeas las entrañas y los corazones… Dios te llamará a juicio…retribuye a cada uno según sus acciones… el Señor castiga a los impíos… no hace acepción de personas  ni se deja sobornar… El Señor es Juez… todo lo ve…lo sabe todo…conoce los secretos más profundos…el Señor será Juez y árbitro de las naciones…

Cada vez más se lo siente en las antípodas del ser humano: inmensamente poderoso, todo lo crea, altísimo (en el cielo), superior, sabio conocedor de todo, salvador de situaciones adversas. Es de otra esfera. Rey y Juez, nada se escapa a su mirada y juzga según se cumplan sus mandatos.

Los hombres, como contra parte, aparecen empequeñecidos. Son adoradores, siervos, casi esclavos que deben cumplir su voluntad. La obediencia es total. Dependientes de una  ley externa que le dice qué está bien y qué está mal, que ceden sus derechos y su libertad a cambio de protección.

Un Dios que reina representado en el rey de la nación, quien también es juez y legislador, considerado como  hijo  de Dios y su lugarteniente: Yo seré un padre para él, y él será para mí un hijo. Lo estableceré en mi Casa y en mi reino para siempre, y su trono será estable eternamente (1Cro 17, 13-14)  Yo mismo establecí a mi Rey en mi santa Montaña… Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy” (Salmo 2,6-7 para la coronación del rey)

Es el sistema político que rigió milenios en la historia humana sustentado por una ideología religiosa a su imagen y semejanza. La religión al servicio del poder político y usufructuando privilegios.

La culminación de esta imagen llega cuando el reino entra en guerra y conquista a otros pueblos: ahora Dios es el Comandante de los ejércitos y en su nombre se podrá oprimir a otros pueblos merecedores de odio y venganza.  Su guerra es “santa”.

Un guerrero, su nombre es Señor… se llama Dios de los ejércitos… que pasa revista al ejército para la batalla… el Fuerte de Israel… El Señor es un Dios celoso, vengador e irascible, guarda rencor de sus enemigos y se venga de sus adversarios…

Y una pregunta: ¿nos sentimos aún identificados con este dios nacionalista, celoso de su poder, aliado de las oligarquías, imperialista y colonialista, que justifica muerte y esclavitud porque el que no lo adora es su enemigo?…

Otras variantes: Padre, Defensor y Liberador de los humildes

Pero las comunidades y organizaciones religiosas no son tan homogéneas y sin renunciar a la dependencia, algo impensable en las antiguas culturas, elaboran otra imagen de Dios que en la historia bíblica fue la gran tarea de los profetas independientes del poder real y de los gestores de una nueva teología:

Todos tenemos un solo Padre que nos ha creado… somos la arcilla y Tú el alfarero… Padre y dueño de la vida… Padre que conduce a sus hijos a lo largo de todo el camino… Ustedes son hijos de Dios… Dios bueno, fiel, bondadoso… Padre cariñoso… Padre misericordioso, indulgente,  paciente  y compasivo que perdona, rescata, cura  y salva de la angustia… sois hijos del Dios Viviente…

El levanta al desvalido y alza al pobre de su miseria… padre de los huérfanos y defensor de las viudas, hace justicia a los humildes y defiende el derecho de los pobres… eleva a los oprimidos y humilla a los malvados… Dios de la vida y del espíritu…

Es el Dios Padre, Defensor y Salvador de los humildes, de los pobres, de los despojados, de los indefensos y perseguidos, de los impotentes que sufren injusticia, de los esclavos,  de las mujeres y niños, de los leprosos, impuros, enfermos y angustiados… en fin, de quienes claman desde sus más profundos y humanos sentimientos. La imagen de Dios cambia, se vuelve cercana, íntima, familiar, paternal… y por momentos maternal. Será retomada por el evangelista Lucas, entre otros, como lo veremos en el próximo capítulo.

-Hay otra imagen interesante que será también asumida por el cristianismo, la imagen que surge de los trashumantes que viven de sus rebaños siempre en busca de pastos y agua:

El Señor es mi Pastor desde mi nacimiento hasta hoy… nada me puede faltar… Como pastor pastorea su rebaño: recoge en brazos los corderitos, en el seno los lleva, y trata con cuidado a las paridas. Somos su pueblo y las ovejas de su rebaño…conducidas por su mano… Señor Defensor de su pueblo… Dios está con nosotros… Señor guardián que no duerme, protector…  Se trata de una imagen que subraya la necesidad de protección de un Dios lleno de tiernos cuidados y presencia constante, aunque a cambio de una comunidad empobrecida en su libertad, al menos como hoy la entendemos. Porque hoy ya no podemos ser comparados con un rebaño de ovejitas sumisas… Necesitamos otro modelo de pastor.

Las religiones tradicionales nunca pudieron compaginar la libertad humana con la imagen de protección divina. Hoy ya no podemos aceptar “pastores” que guíen nuestra vida, que nos traten como niños, a quienes tengamos que pedir consejo y autorización en todo, que sean tan paternales que no nos dejen crecer, pensar, decidir con plena libertad…

¿Es posible una religión (un dios) que respete plenamente la libertad humana sin imponer creencias, dogmas, prescripciones morales y reglas de culto?

¿Es posible una comunidad religiosa más horizontal, más democrática, más igualitaria sin necesidad de “conductores y dirigentes” pero sí con hermanos acompañantes…? Es un reclamo cada vez más generalizado.

-Todo lo cual nos lleva a otra imagen de Dios tan importante en las religiones monoteístas llamadas “del Libro”, el Dios que hablaEl te hizo oír su voz, escuchen su palabra… El envía su mensaje a la tierra… Yo hablaré a los profetas y por medio de ellos hablaré en parábolas… Su palabra  es pura… es una lámpara  y luz en mi camino… El Señor es mi Luz. 

 (Todas estas frases son extractadas de citas de “La Biblia temática”, páginas 1 a 20. Santos Benetti. Edic. Paulinas. Omito las referencias para agilizar el texto)

Como ya lo expresamos anteriormente: un Dios que habla supone un ser humano que escucha y obedece. ¿Podremos pensar que hoy más bien “necesitamos un Dios silencioso” que precisamente calle para que el hombre pueda hablar y expresarse? Si Dios habla, es poco o nada lo que nos queda por decir.

¿No será que tenemos que “blanquear” los libros sagrados considerados como “Palabra de Dios” y reconocer que en realidad son palabra humana, quizás nuestra mejor palabra, cuando intentamos interpretar el pensamiento de Dios y que al final se la atribuimos para darle mayor credibilidad e imponerla más fácilmente?

Personalmente pienso que Dios estará de acuerdo con esta propuesta que, por otra parte, lo libera de tantas inexactitudes, textos conflictivos y anacrónicos e incluso expresiones bíblicas que atentan contra los derechos humanos y contra la dignidad y cultura de los otros pueblos (basta leer las indicaciones para el trato a los enemigos en caso de guerra en el cap. 20 del Deuteronomio, y las legislaciones sobre los adúlteros, homosexuales y otros casos penados con la muerte en Levítico 20)

2 Símbolos  de Dios en otras religiones y culturas

Tras este breve recorrido bíblico por sus más comunes imágenes de Dios que, en realidad, reflejan la mentalidad de quienes las elaboraron desde su situación concreta y sus necesidades, veamos cómo también en otras religiones, sea de culturas similares o muy distintas, aparecen las mismas imágenes u otras parecidas porque, en definitiva, el cerebro humano interpreta la realidad y actúa siempre de la misma forma, con símbolos que reflejan el misterio de lo que no se comprende y que, por eso mismo, asombra y angustia.

Esta mirada por otras culturas y religiones nos permitirá, al mismo tiempo, apreciarlas y valorarlas reconociendo que todos los seres humanos, de todos los tiempos y regiones, sin excepción, estamos en el mismo camino de búsqueda y sentido de la vida, con la misma sinceridad de corazón y convicción.

Yo soy el Señor, el único cuyo mandato no se discute, el primero de todas las cosas… Yo soy el padre de todas las naciones, el que otorga la prosperidad, soy el oído y la mente de todos los países, el que ordena la justicia… Soy  la semilla fecunda… El que abrió los surcos sagrados e hizo crecer el cereal en el campo…   soy la gran tormenta… 

El texto habla de Enki, Dios supremo de los Sumerios, al sur de Mesopotamia. La cultura sumeria es muy anterior a la hebrea y muy influyente en sus creencias y estilo de vida. El texto podría estar perfectamente en cualquier libro hebreo o cristiano.

-Otra cultura de gran influencia en la hebrea fue la Egipcia, una de las primeras civilizaciones desde hace seis mil años y de gran influencia en la cultura bíblica. Sus textos nos resultan familiares:

Yo soy el que dio principio a todas las cosas, el que moraba en las aguas primordiales. Primero surgió el viento y empecé a moverme. Yo fui mi hacedor porque me formé conforme a mi deseo y de acuerdo a mi corazón…

Oh Atón vivo, primero entre los vivientes… Eres justo, grande, esplendoroso y te elevas sobre todas las naciones… Todos los ganados se sacian en tus pastos, verdean los árboles y las plantas… todo lo que vuela y se posa vive cuando tú te alzas para ellos…

Tú creas el nacimiento en la mujer, y del semen (semilla) haces seres humanos y alimentas al niño en el seno de su madre… cuando nace para respirar  tú abres del todo su boca y satisfaces sus necesidades

Tú solo eres Dios, nadie como tú. Tú creaste la tierra conforme a tu voluntad y todo cuanto camina en la tierra y vuela con sus alas… Tú eres la vida misma, por ti vivimos…  El texto referido a Atón, el dios sol, del Egipto antiguo, es también digno de estar en la Biblia y en nuestros libros teológicos… Un Dios tan poderoso como solícito y tierno con los niños recién nacidos…

La India tiene una cultura antiquísima y muy rica en su espiritualidad. Sus libros sagrados alcanzan una gran altura, combinando su original filosofía con las doctrinas religiosas. En el Himno a Hiranyagarbba, del Rigveda, escrito en sánscrito hacia el 1400  y 1000 a.C. leemos: Como rey yo domino, mío es el imperio y por ser dueño de toda vida, míos son todos los inmortales… Conozco todos los seres y los mantengo unidos. Yo hice fluir las aguas…

El surgió en el principio como señor único de todos los seres creados. El fijó y afirmó la tierra y el cielo… Dador del aliento vital, de la fuerza y del vigor… ordenador único de todo el mundo animado, señor de los hombres y de los ganados… es el dios de los dioses y no tiene igual…

Detrás de esta existencia manifestada hay otro Ser inmanifestado y eterno, que no perece cuando perecen otros seres…

 Ese supremo Ser en quien están todos los seres y por quien todo es interpenetrado… Como el gran viento que se mueve en todas partes y está siempre en el espacio, así todos los seres están en Mi

Dios no es imaginado afuera del mundo sino que todo está “inter-penetrado” con el mundo que es manifestación del Supremo Ser; una imagen de Dios fruto de meditación filosófica que merecería de nuestra parte una gran reflexión: Dios está en nosotros y nosotros en Dios… Fue dicho hace unos 3000 años… Algo que san Pablo expresó siglos después a los filósofos de Atenas (Hechos  17,28): En efecto, en Él vivimos, nos movemos y existimos, como muy bien lo dijeron algunos de sus poetas: «Nosotros somos también de su raza».

Los textos del Bhagavad-Guita, poema sánscrito de 500 años a.C., nos ofrecen una hermosa variedad de símbolos y reflexiones: Yo soy el padre de este mundo, soy la madre, el abuelo, El dispensador, el purificador… Yo soy el ideal, el sostén, el señor, el testigo, la morada, el refugio, el amigo, el origen, la disolución y la semilla eterna. Yo doy calor, hago llover y detengo la lluvia, soy la inmortalidad y también soy la muerte, soy lo manifestado y lo inmanifestado…

Yo soy ecuánime para todos los seres, no tengo preferencias ni desprecio a nadie; pero los que me adoran están en Mi y Yo en ellos… Aún aquellos que han nacido en ambientes inferiores, las mujeres, los comerciantes, los obreros, cuando se refugian en Mi, todos logran la meta suprema…

Te llaman el eterno, luminoso ser, la divinidad primordial…

Sólo tú te conoces a ti mismo, ¡oh suprema persona, oh creador y señor de los seres, oh Dios de los dioses, oh amo de los mundos!… Veo que no tienes ni principio ni medio ni fin. Tu proeza es infinita, tus brazos son innumerables. El sol y la luna son tus ojos, veo el fuego ardiente en tu boca y tu resplandor quema el universo entero…

Por eso, me postro en adoración y te pido perdón, ¡oh Señor Adorable! Como el padre perdona al hijo, el amigo al amigo, el que ama a su amado, así, ¡oh Señor!, Tú debes perdonarme…

Ojalá sepamos captar la hondura y profundidad pocas veces igualada de estos antiquísimos textos que revelan una espiritualidad y sentido religioso que aún no hemos superado. Textos que revelan hombres sabios munidos también de conocimientos filosóficos y psicológicos que se integran con los religiosos en una gran armonía, algo que recién hoy estamos descubriendo en Occidente miles de años después.

Un Dios sólo conocido por él mismo,  padre y madre, sin preferencias, con un amor que incluye a todos los seres humanos, y visto con una gran variedad de símbolos de gran sensibilidad humana.

3 En culturas de Oceanía y África

Culturas de Oceanía, África y América también nos asombran con sus conceptos y una espiritualidad que Occidente nunca supo valorar.

Bunjil  es el “Padre Nuestro”, un Anciano bondadoso…  (Aborígenes de Australia)  ¡Sálvame, vela  junto a mí, oh Señor. Protégeme de la muerte repentina, de la mala conducta,  de calumniar o ser calumniado… Que sobre nosotros reine la paz… Que yo y mi espíritu vivamos y descansemos en paz, oh mi Dios. (Oración de los tahitianos)

Cohene, ser supremo que creó a todos los hombres. Vive en el cielo, envía la lluvia y la luz del sol. Demuestra su ira con el trueno. Nunca ha sido visto ni puede ser conocido,  es asexuado y sólo se lo conoce por sus obras. Se lo llama Nuestro Padre… (Africanos Isokos, Nigeria)

Estos habitantes negros que fueron esclavizados por el hombre blanco y a los que se condenaba por no conocer al Dios verdadero, admiraban a su  Dios que  “Nunca ha sido visto ni puede ser conocido,  es asexuado y sólo se lo conoce por sus obras. Se lo llama Padre Nuestro…”

También creían que Hay un solo Dios, Ngai, creador y dador de todo. No tiene padre ni madre. Vive en el cielo y en moradas de las montañas. Ama u odia a cada uno según sus obras. No puede ser visto… El trueno y el relámpago son sus principales manifestaciones… (Ngai, Dios supremo de los Masai de Kenia)

Leza es compasivo y misericordioso, no se enoja y hace el bien a todos aún a los que se burlan de él… (Leza, Dios de Rodesia)

Vive en el cielo pero es omnipresente y creador de la vida humana. Es bondadoso y no impone normas morales. No está permitido pronunciar su nombre… (Dios de los Hereros, tribu Bantú)

¡Oh Imana, dígnate ayudarme… Me postro ante ti, grito ante ti: Dame descendencia como se la das a otros… ¿Qué haré? Estoy en desgracia, oh misericordioso, ayúdame otra vez (Oración a Imana, el gran creador de Ruanda Urundi)

¡Oh Señor portentoso, tú que produces los árboles enramados, tú que has llenado la tierra de hombres, tú que das la lluvia… Te alabamos, escúchanos, muéstranos misericordia cuando te invocamos, tú que moras en lo alto con los espíritus de los grandes, tú el único bondadoso. (Oración a Mwari, Dios de Zimbabue) (Son todos textos extractados del tomo IV de la “Historia de las creencias y de las ideas religiosas” de Mircea Eliade, Edic. Cristiandad)

Algunos poemas-plegarias africanos:

Yo, el venerado de todas las naciones, yo por siempre el mismo, Yo, el que guía a los pastores y el regreso a la aldea, Soy el origen de todo sustento, Soy la madre de todo alimento, Soy yo que reino, padre de toda bondad, Yo, el mugido del toro. Vosotros sois alimentados, sois saciados. Yo, el gran elefante soy vuestra madre. ¡Mirad cuán grandes son mis pechos! Abrazo espacios infinitos. No soy tan pequeña como vosotros, Polluelos que danzan alrededor de la olla… Soy vuestra madre adoptiva. Vosotros y yo somos cabeza y mejilla que no pueden separarse… Soy el Preceptor Mayor arriba y abajo. ¡La Roca que ha resistido toda prueba!

Conmueve esta oración tan emotiva a un Dios tan masculino como femenino, tan padre como madre, gran elefanta con tanta ternura, “cabeza y mejilla que no pueden separarse” de sus polluelos… Emociona…

Como este bellísimo poema bantú de “un hombre que invoca sin miedo”… Cuánta dignidad revela esta plegaria creada sobre dos símbolos tan poco materiales y antropomorfos como son el espíritu y el fuego:

Fuego que contemplan los hombres en la noche, Fuego que ardes sin calentar, que brilla sin arder, Fuego que vuelas sin cuerpo, sin corazón, Que no conoces choza ni hogar. Fuego transparente de palmeras, ¡Un hombre te invoca sin miedo! Fuego de los hechiceros, ¿dónde está tu padre? ¿Dónde está tu madre? ¿Quién te ha alimentado? Eres tu padre, eres tu madre. Pasas y no dejas rastros. Mueres y no mueres. El alma errante se transforma en ti y nadie lo sabe. Espíritu de las aguas inferiores y de las aguas superiores, Fuego que brillas, luciérnaga que iluminas el pantano. Pájaro sin alas, cosa sin cuerpo; Espíritu de la fuerza del fuego, escucha mi voz: ¡Un hombre te invoca sin miedo!

4 De los aborígenes de América recogimos estos textos:

Tirawa es el Padre de arriba, está en todas las cosas como un Poder que dispone todo lo necesario para el hombre. Nadie lo ha visto ni sabe a qué se parece… (Tirawa, Dios supremo de los Pawnees de Nebraska, Norteamérica)

Itzamna era el dios supremo del panteón maya. Se creía que era creador de todo cuanto existe e imagen misma del cosmos… Por sus cualidades de dios creador se le personificó como un anciano. Su residencia era celestial, y desde ahí dictaba los designios del cosmos, sentado sobre una banda astronómica, símbolo de planetas y otros cuerpos celestes que en las representaciones zoomorfas puede formar parte de su cuerpo.

Debido a su omnipresencia también se le representó… como ave que simbolizaba el nivel celeste, y como cocodrilo, el plano terrestre. Su imagen igualmente puede mostrar atributos de venado, serpiente, pez y jaguar, por lo que además se le asociaba con el agua, el fuego, el hálito de vida y la muerte.  (Dioses mayas, Tomás Pérez Suárez)

 Nuestro Primer Padre, el absoluto, que surgió en medio de las tinieblas primigenias… El existía iluminado por el reflejo de su propio corazón… ¡Oh verdadero Padre Ñamandú, el Primero! En tu tierra se yergue simultáneamente el reflejo de tu divina sabiduría (el sol).

En virtud de haber tú dispuesto que aquellos a quienes tú proveíste de arcos, nos irguiéramos, es que hoy nos volvemos a erguir. En virtud de ello, nosotros, unos  pocos huérfanos del paraíso, volvemos a pronunciar al levantarnos tus palabras indestructibles…. En virtud de ello, séanos permitido levantarnos repetidas veces, ¡oh verdadero Padre Ñamandú, el Primero!  (“Literatura de los guaraníes” o.c.)

Oh, Gran Espíritu! cuya voz escucho en los vientos, cuyo respiro da vida a todo el mundo, escúchame: Yo llego a ti, uno entre tus tantos hijos; soy pequeño y débil. Necesito tu fuerza y sabiduría. Deja que camine en la belleza y que mis ojos guarden el rojo y púrpura del sol que se pone. Haz que mis manos sepan respetar las cosas que creaste, y mis oídos sean abiertos para escuchar Tu Voz. Hazme sabio, para que pueda comprender las cosas que enseñaste a mi pueblo, la lección escondida en cada hoja y en cada piedra. Busco la Fuerza, no para ser superior a mis hermanos, sino para ser capaz de luchar contra mi más grande enemigo: yo mismo. Hazme siempre listo a llegar a Ti, con manos limpias y mirada recta, así cuando la vida se desvanezca como un sol que se pone, mi espíritu llegue a Ti sin vergüenza.

Tras esta oración de los aborígenes norteamericanos siux, tan pura y honesta, tan comprometida y madura, concluimos con esta sentida plegaria maya que expresa la angustia más íntima de una madre afligida:

Pronuncio tu nombre para hablarte, Señor, de tu hijo que se encuentra sumamente grave de dolores. Ya tengo arregladas, ya tengo preparadas las nueve clases de sagradas flores, de sagradas hojas para levantarle su espíritu, que ya tiene días, que ya tiene tiempo de estar enfermo, de tener dolores, Señor. Está muy acabada su carne, está muy acabado su cuerpo.

Dejo al lector la hermosa tarea de valorar todos estos textos, a cual mejor,  cada uno expresando la cultura y vivencia de su pueblo, los sentimientos de las personas que ciertamente no difieren en cada cultura, pues siempre nos encontramos con el mismo ser humano que reacciona de la misma manera ante circunstancias similares.

¿Quién no se ha sentido identificado con algunas de estas expresiones de personas y pueblos tan distantes de cada uno en el tiempo, en el espacio y en el estilo de vida?

¿Quién no ha tomado conciencia de que “nuestro dios” es uno de los miles de símbolos que en miles de años la humanidad encontró para expresar lo inexpresable y para dar sentido al mismo cosmos y a la misma vida que nos identifica como seres humanos?

El amor, el gran símbolo

Finalizamos con un texto considerado hoy universalmente como la máxima expresión de la divinidad, texto escrito hacia el año 120 de nuestra Era por una mente mística: Amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es Amor (1 Jn 4,7-8)

En pocas palabras el autor, a quien la tradición consideró como Juan, el discípulo amigo íntimo de Jesús y su mejor intérprete, sintetizó no sólo la esencia de Dios sino también la esencia de toda religiosidad y espiritualidad.

Se trata de un texto que si buen fue escrito en ambiente cristiano, hoy puede ser aceptado universalmente como la forma más pura y acabada de acercarnos a lo divino, y como el camino de todos los seres humanos, cualquiera sea su religión o cultura, para unirse a la divinidad, máxima aspiración de todas las religiones.

Y sea Dios un Ser personal o solamente un Símbolo de aquello a lo que aspiramos todos los seres humanos, también resulta un concepto válido aún para los agnósticos y los no creyentes.

La espiritualidad sería precisamente introducirnos en el camino del Amor, un Amor sin límites, tan total como plenamente libre, porque sin libertad no hay amor…  y sin amor no hay libertad… Un texto “ecuménico”, o sea válido para todos, cualquiera sea su condición, origen, cultura o religión, pues es la base y fundamento de lo que llamaremos “Espiritualidad Humana”, que a su vez debería ser el fundamento de toda religión… Si el amor es lo más profundo de todo ser humano, es por eso mismo la esencia misma del espíritu humano y del espíritu divino.

Luego ampliaremos y profundizaremos este símbolo divino tan importante que estará en el centro de nuestras reflexiones.

B- Algunas reflexiones sobre los símbolos

Este rastrillaje por numerosos símbolos de Dios en distintas culturas, nos permitirá ahora hacer algunas reflexiones y observaciones necesarias sobre el lenguaje simbólico que es la característica principal de las expresiones religiosas y causa, por ello mismo, de multitud de mal entendidos.

– Todo Símbolo, ante todo, es una expresión (verbal, pictórica, sonora, ritual, etc.) de la percepción humana y sujeta, por lo tanto, a las leyes psicológicas de la percepción e interpretación de la realidad.

Todo lenguaje, y por tanto todo símbolo, no expresa jamás lo que “es la realidad” sino “cómo percibe la realidad” el cerebro del ser humano. Aún las formas de los objetos, sus colores o sus sonidos son recibidos primero por los sentidos como “sensaciones” y luego transformados como formas, colores o sonidos en el cerebro. Así las ondas luminosas o sonoras se “traducen” como tonos de colores o de sonidos. Hablando con propiedad los objetos no tienen color ni sonido…

Si esto sucede con elementos captados por los sentidos y por los aparatos tecnológicos, con mucha mayor razón los entes más abstractos o más sutiles, o más desconocidos o más psíquicos (emociones, sentimientos, conceptos, intuiciones, decisiones…) sufren un proceso más complejo de interpretación. Este proceso, común a todos los seres humanos por tener la misma configuración cerebral, tiene ciertas características  muy importantes que hay que tener en cuenta para no caer en engaños. Ciñéndonos a los símbolos leídos vemos que:

Los Símbolos son necesariamente subjetivos, es decir, son la forma social y personal que cada uno tiene de interpretar y expresar la realidad. Percepción que depende de la cultura de la persona, de sus características personales (sexo, edad, aprendizaje, madurez, carácter…), de su punto de vista y del contexto vital de esa comunidad que así simboliza su realidad. O sea, toda interpretación depende del esquema referencial de cada uno. Esto hace, por ejemplo, que los símbolos de Dios sean necesariamente “antropomorfos”, pues el cerebro siempre piensa y siente como cerebro de un ser humano y no puede interpretar lo que no percibe por los sentidos; por lo tanto, como “dios” (y el espíritu) es im-perceptible, se imagina a Dios como un ser humano con  cualidades humanas de mayor calidad; así se lo ve sumamente poderoso, fuerte, sabio, inteligente, creativo, amoroso, padre, etc. E incluso con los mismos defectos humanos (celoso, airado, vengativo, etc.) En otros casos, como hemos registrado, incluso se lo ve como un poderoso animal inteligente (águila, toro, elefante, serpiente…)

En las culturas androcéntricas o “machistas” en las que el varón está en una posición de supremacía y poder casi absoluto sobre la mujer, como eran todas las antiguas (y todavía son… aún la nuestra) también Dios aparece nítidamente como varón y con cualidades masculinas, especialmente en las religiones monoteístas, pues si hay un solo Dios “obviamente tiene que ser masculino”… masculino, adulto e importante…

Por lo tanto, al leer los textos religiosos en clave antropomorfa y androcéntrica, textos escritos ¡oh casualidad! exclusivamente por varones, tendremos que purificar los textos e intentar hacer un proceso de “des-antropomorfización” y “des-machización”, sin caer en una “feminización”, ya que Dios, como lo vieron pueblos a los que llamamos salvajes, no es ni macho ni hembra ni tiene sexo alguno.

Y sólo el esfuerzo coordinado de hombres y mujeres podrá lograr una mejor imagen de un Dios que sea símbolo e ideal tanto de varones como de mujeres y que exprese el espíritu de la condición humana.

No me pregunten cómo se hará eso si hasta el mismo nombre “dios” (de origen indoeuropeo: el que brilla) es masculino… ¿cómo habrá que llamarlo, entonces”? ¿Y habrá que seguir “imaginándolo” o no será mejor ocuparnos de nuestra vida y de mejorar nuestra condición humana a la que mucha falta le hace un poco más de atención y de práctica de las más elementales normas de civilización?

Los Símbolos son necesariamente culturales y dependientes de la situación histórica y social de los sujetos. Ya hemos registrado que los pueblos pastoriles y ganaderos simbolizaron a Dios como Pastor; las monarquías como Rey; los guerreros como Señor de los Ejércitos; los oprimidos y esclavos, como Salvador.

El mismo Jesús será simbolizado como Liberador o Redentor de los pobres por las comunidades desclasadas y oprimidas de Palestina, como Cordero de Pascua cuando se interprete su crucifixión; pero Señor, Amo y Rey del mundo cuando el cristianismo se identifique con el imperio y con sus símbolos.

Esto explica que tantos símbolos y creencias de otros contextos históricos hoy nos parezcan sin sentido alguno y hasta contraproducentes, como celebrar la fiesta de Cristo Rey, o comparar la evangelización (teóricamente “anuncio de una buena noticia”) con la “pesca de hombres” (típico símbolo comprensible para los apóstoles galileos que eran pescadores y necesitados de incluir a la mayor cantidad de miembros al Reino de Dios, comparado con una red)

Por este motivo no es extraño que hoy se prefiera simbolizar a Dios con la Energía Fundamental o una Mente-Inteligencia Poderosa, pues sabemos que todo el universo es energía y también nosotros, partículas inteligentes del cosmos. Y a Jesús se prefiere verlo como Ideal de Hombre, amigo, hermano o compañero. Poco importa si estos símbolos son bíblicos, pues son sencillamente los “nuestros” y tenemos el mismo derecho que los antiguos de ser fieles a nuestro cerebro y a nuestra cultura.

En tanto, los Continentes más pobres y oprimidos como América Latina y África Negra prefieren un Dios liberador y una “teología de la liberación” (algo que a los europeos parece no gustarles tanto seguramente por su pasado colonialista) e interpretan a Jesús en clave revolucionaria y política en la misma línea de los profetas que se opusieron al poder absoluto de los reyes.

En este sentido las ideologías de derecha o de izquierda se inclinan por los símbolos acordes con su pensamiento político y social, un dios más autoritario y de poder, o un dios servicial y liberador.

En consecuencia, los símbolos varían y adquieren más o menos valor social según cambien las circunstancias sociales o individuales. Así hay ciertas simbolizaciones de Dios que hoy están definitivamente desechadas por incomprensibles y carentes de significación, a pesar de que se las repite con cierto automatismo y sentido mágico en el culto y en las predicaciones. Pareciera que poco importa redescubrir el sentido actual de esas palabras y su relación con nuestra vida; bastaría repetirlas con fidelidad a la letra pero sin asumir el espíritu de la letra. Se repite tranquilamente que “Dios nos juzgará… Jesús nos salvó del pecado… el cielo nos espera… etc.” como si fuesen las verdades más obvias e indiscutibles del mundo.

Importante tarea de las religiones e iglesias de re-significar sus símbolos e intentar un lenguaje que sea expresivo de esta cultura y de estas circunstancias históricas que estamos viviendo varios miles de años después del tiempo de origen de los relatos sagrados. Los símbolos deben interpretar esta vida actual para enriquecer nuestra espiritualidad. En tanto, algunos viejos símbolos podrán ser desechados u otros habrá que re-interpretarlos actualizando sus significaciones con preguntas como ¿qué significa hoy salvarnos… de qué… qué significa escuchar la palabra de Dios…? etc.

Los símbolos tienen una carga especial de emociones y sentimientos que no tienen otros lenguajes, como el científico y el filosófico. No es lo mismo decir que “mi hijo alcanzó un gran nivel de psicomotricidad” que decir “mi hijo es un tigre”. Por eso los símbolos son el lenguaje preferido y casi exclusivo para expresar las emociones y los sentimientos, tal como sucede en los poemas y canciones de amor y en el lenguaje cotidiano familiar. Las madres dicen que su bebé es “divino, un dulce, un angelito” y los amantes dicen de la amada que “eres mi tesoro, mi cielo, mi bombón”.

También aquí el símbolo revela lo que la persona siente “en ese momento” y no lo que es la realidad. El símbolo, expresa lo que se siente en una situación concreta; es un aspecto, un filón, un enfoque parcial de cómo se vive la realidad en cierto momento y circunstancia. Porque suele suceder que el bebé angelito también es “insoportable”; y la amada bomboncito es “caprichosa y testaruda”…

Lo mismo sucede con los símbolos religiosos, hablan de un sentimiento parcial que no excluye otros, según cambie la emoción del momento. Así el mismo Dios bueno y cariñoso a quien se da las gracias por salvar al hijo en un accidente, es el Dios ausente a quien se maldice y con quien la misma persona se enfada porque no salvó a su hermana del cáncer. Como me decía una mujer que soportó la destrucción de su casa por un ciclón: “Ahora despacito me estoy amigando con Dios. Me enojé mucho con él porque no hizo nada por mi”.

Los salmos expresan muy bien toda esta ambigüedad de sentimientos: Yo clamo a Dios y él me escuchará. En el día de mi angustia voy buscando al Señor, por la noche tiendo mi mano sin descanso… De Dios me acuerdo y gimo, medito, y mi espíritu desmaya…Pienso en los días de antaño… medito y mi espíritu pregunta: ¿Acaso por siempre nos rechazará  el Señor, no volverá a ser propicio? ¿Se ha agotado para siempre su amor? ¿Se habrá olvidado Dios de ser clemente, o habrá cerrado de ira sus entrañas? Y digo: «Este es mi penar: que se ha cambiado la diestra del Altísimo.» Me acuerdo de las gestas del Señor, sí, recuerdo tus antiguas maravillas, medito en toda tu obra, en tus hazañas reflexiono… (S 77)

Yo amo al Señor porque escucha mi voz suplicante; porque hacia mí su oído inclina el día en que clamo. Los lazos de la muerte me aferraban; en angustia y tristeza me encontraba, y el nombre del Señor invoqué: ¡Ah, El salva mi alma! Tierno es, justo y compasivo nuestro Dios; cuida a los pequeños, estaba yo postrado y me salvó (S 116)

En estas expresiones tan emotivas podemos observar todas las características que vamos viendo de los símbolos: antropomorfismos, subjetividad, dependencia de las situaciones críticas del orante, ambigüedad y, sobre todo, cómo los símbolos expresan mucho más la situación del orante y no la identidad de Dios que si bien parece cambiar al ritmo del cambio de los sentimientos humanos, permanece siempre “más allá” e inaccesible a la mente humana. Bien dice el poeta Leopoldo Panero:

Para inventar a Dios,

nuestra palabra busca dentro del pecho

su propia semejanza y no la encuentra.

Como olas de la mar tranquila,

una tras otra, iguales,

quieren la exactitud de lo infinito

medir, al par que cantan…

Tus hijos somos, aunque jamás sepamos

decirte la palabra exacta y Tuya,

que repite en el alma el dulce y fijo girar de las estrellas.

Volvamos a la pregunta inicial: ¿qué expresan los símbolos? ¿Y qué expresan los símbolos de Dios?  

C- Buscando la madurez religiosa y la espiritualidad

Los símbolos no nos pueden decir nada sobre “la realidad en sí”, sino sobre cómo nosotros sentimos, vivimos y experimentamos cierta realidad interior o exterior a nosotros.

En el caso de los símbolos de Dios, en primera instancia, parecen reflejar universalmente una gran necesidad de los seres humanos de protección frente a un mundo que se lo siente peligroso y ante el cual se vive en estado de gran impotencia. Cuánto más vamos hacia atrás en el tiempo, más crece esa necesidad en un hombre desprotegido frente a la naturaleza cuyas leyes desconoce e indefenso frente a los riesgos que surgen de la convivencia humana ante otros seres humanos considerados más poderosos. A mayor pobreza y subdesarrollo, mayor necesidad de protección.

Las motivaciones de hoy

Hoy mismo, en pleno siglo XXI, ésta parece ser todavía la motivación que origina y mueve a las religiones, su nota característica: que Dios satisfaga las necesidades humanas, particularmente la salud y la seguridad ante situaciones de vulnerabilidad por fenómenos atmosféricos, viajes, conflictos familiares, laborales y sociales, etc. que se traducen en un sinfín de “peticiones” a las que Dios (o los santos, canonizados o populares) debe responder positivamente. Todo lo cual genera una situación de dependencia, una religión llamada de “tapa-agujeros” o de servicios asistenciales que revela aún un alto grado de inmadurez, pues si bien entendemos que todos tarde o temprano sufrimos necesidades que nos angustian, el solucionar esas necesidades está en nosotros, en la comunidad organizada, en el Estado; a tal punto que hoy los Derechos Humanos Universales, que cubren todos los aspectos individuales, políticos y sociales de la gran comunidad humana, deben, prioritariamente, ser satisfechos por el Estado organizado, por la creatividad y los proyectos asumidos democráticamente y en cuya solución todos están implicados.

Ciertamente, como sucede sobre todo en los países menos desarrollados, quedan muchas necesidades aún primarias, sin solucionarse, pero no podemos responsabilizar a “Dios” de nuestra falta de previsión, de organización, de creatividad, o simplemente de nuestra inmadurez en aceptar que “esta” es nuestra condición humana. Condición humana real y dual, con salud y con enfermedades, con nacimiento y con muerte, con primaveras y con temporales destructivos, con éxitos y con fracasos.

De nosotros es la responsabilidad de solucionar nuestros problemas, con inteligencia, con creatividad, con aciertos y errores. Y si algo hoy no se soluciona, esperamos resolverlo mañana con más creatividad, ciencia y tecnología, sin esperar “de arriba” o del cielo lo que es tarea terrestre, humana, nuestra.

Si creemos en Dios, ya su energía y su poder están en nosotros, en nuestro cuerpo viviente, en nuestra inteligencia, en nuestra capacidad de decidir y elaborar un proyecto… desde ahí opera y ayuda Dios. Nos dio las herramientas… y los “talentos” necesarios y suficientes… ¿por qué pedir más?  Bien dice un proverbio de Senegal: El remedio del Hombre es el Hombre.

Y lo canta el poeta Manuel Pacheco:

El hombre es lo que importa.

Vamos a poner vertical esta palabra:

La H es una torre,

La O es como un ojo mirando eternamente a la esperanza;

La M es como el mundo que lleva entre los hombros;

La B como una bala disparada hacia el odio y el amor,

La R como un rayo buscando en las tinieblas la aurora del mañana;

La E como una espiga hacia el trigo del hijo.

Hombre, así, vertical, aunque lo metan en una jaula

y le sequen la voz y los ojos

y le arranquen la entraña.

Hombre, así, vertical, aunque lo llenen de pústulas y lágrimas.

Hombre, con el estómago hundido por el hambre.

Con la cara abrasada por el sol de los campos o el brillo de las máquinas.

Hombre de la oficina, cegado por los números,

Hombre de los andamios, las minas y las fábricas.

Hombre como una nube de tormenta

sobre la yerba dulce de la mujer tendida.

Lo que importa es el Hombre,

porque  si el hombre muere

se apagarán para siempre las antorchas del Alba.

Religión interesada

Lo que surgió y surge de esta inmadurez es una religión “interesada” en la que los fieles creyentes buscan soluciones, no desde la libertad creativa y responsable de ellos mismos, sino desde los “beneficios” y “premios” que vienen desde las divinidades de “arriba” a quienes se “paga” los favores con adhesión, confianza, oraciones, actos de culto y cumplimiento de obligaciones y deberes que conforman un código de conducta.

Es la religión del “contrato” o “pacto” en la que Dios “se obliga” (o sea, se obliga a Dios) a asistir y defender a sus fieles creyentes que a su vez “se obligan o son obligados” a cumplir con ciertos requisitos religiosos. A tal punto llega este contrato interesado que, por ejemplo, se ama al prójimo como una obligación y exigencia para ser premiados por Dios en la tierra o en el “cielo”; se va al culto para no pecar, se cumplen los mandamientos para no ir al infierno, se participa en una religión para “salvarse”, etc. etc.

Y también se “cambia de religión” o de culto (o de devociones a tal Virgen o santo) si se supone que el cambio incrementará los beneficios, los  favores y seguridades, especialmente la gran seguridad: “nosotros nos salvaremos”, “Dios está con nosotros”, “lo único que debes hacer es tener fe en Dios, en Jesús y ellos harán el resto”…

La misma Biblia no es ajena a este estilo de religión, característica también del cristianismo y del islam. No enjuiciamos a quienes vivieron en otras épocas en las que la religión o la fe eran el único “refugio” y “baluarte” y “defensa” frente a tantas situaciones de vulnerabilidad y de opresión de las mismas autoridades (reyes…) que abusaban de la comunidad a la que debían proteger. Bien lo dice el profeta Samuel (1Sam 8, 11-18) a los hebreos que exigían un rey como los otros pueblos:

Este será el derecho del rey que reinará sobre ustedes: los destinará a sus carros de guerra y a su caballería. Los empleará como jefes de mil y de cincuenta hombres, y les hará cultivar sus campos, recoger sus cosechas, y fabricar sus armas de guerra y los arneses de sus carros. Tomará a sus hijas como perfumistas, cocineras y panaderas. Les quitará los mejores campos, viñedos y olivares, para dárselos a sus servidores. Exigirá el diezmo de los sembrados y las viñas, para entregarlo a sus eunucos y a sus servidores. Les quitará sus mejores esclavos, sus bueyes y sus asnos, para emplearlos en sus propios trabajos. Exigirá el diezmo de los rebaños, y ustedes mismos serán sus esclavos. Entonces, ustedes clamarán a causa del rey que se han elegido, pero aquel día el Señor no les responderá

Dramático testimonio de hace tres mil años de una situación política y social que tiene vigencia hasta el día de hoy. “Dios no responde” cuando se cometen errores y los seres humanos no se responsabilizan de lo que les corresponde: vivir y luchar por sus derechos, por su desarrollo y por su calidad de vida. Este “dios de bolsillo” no existe, es solo una fantasía, es una creación de nuestro inconsciente que busca así superar la angustia de la existencia.

Todavía hoy, al menos aquí en Latinoamérica, esta es la religión que, obviamente, nos mantuvo y nos mantiene en el subdesarrollo, con esa necesidad incesante de “milagros”, de “apariciones” que congregan multitudes, de estados alterados de conciencia considerados expresiones del Espíritu Santo; de exorcismos para expulsar a los demonios causantes de nuestros males, de predicadores sanadores que apelan a la extrema emotividad y sugestión de la gente sencilla para mantenerla cautiva a cambio de curaciones fruto del histerismo. Todos los años surgen nuevas devociones y cultos que compiten entre sí para demostrar su mayor poder ante una comunidad sumisa, infantilizada y dependiente.

Como psicólogo “comprendo” toda esta situación alimentada por tantas violaciones de los más elementales derechos humanos como son, derecho a una vida digna, a la salud integral, a un salario justo, a la protección social, a vivir en paz, a una democracia participativa, a una justicia independiente, a una jubilación que permita vivir dignamente.

Y con tantas situaciones de violencia de género, de delitos impunes contra niños y ancianos, de corrupción generalizada en el poder político… todo lo cual “empuja” a tanta gente a buscar “refugio”, consuelo, alimento y salud en un dios o un santito que “nunca falla”, sin excluirse frases bíblicas adaptadas a esa situación, amuletos y demás objetos religiosos que protegen y ayudan.

Pero también entiendo que esa religión crea una total dependencia hacia los pastores, predicadores y demás promotores religiosos, dependencia que es el mayor obstáculo para la madurez humana cuya esencia es la libertad, la responsabilidad, la creatividad, la participación en igualdad de condiciones…

¿Es esta dependencia y permanente infantilismo lo que “Dios quiere” de sus hijos…? ¿Es éste el ideal de una vida digna? ¿Hasta cuándo tendremos que seguir “pagando” por  nuestros derechos?

Religiosidad  gratuita en libertad y amor

Por eso, hoy necesitamos rescatar la principal cualidad de la madurez religiosa (para los que creen) y de la espiritualidad (para todos): la gratuidad en nuestra vida y en nuestros actos y compromisos: simplemente ser nosotros mismos… sin más recompensa que el desarrollo de nuestra identidad, el crecer sacando de nuestro interior lo mejor de nosotros mismos, el amar sin esperar recompensa, amar porque todos los seres humanos somos dignos de amor… Surge así una religiosidad y espiritualidad más puras que crecen y crecen en cada uno hasta el último día de la vida con dos poderosos motores: libertad y amor.

Para los creyentes: ¿no será éste el nuevo símbolo de Dios? Lo divino, presente en nosotros desde siempre, como amor y libertad plenos… plenamente gratuitos… libertad y amor, la gran energía que nos impulsa hacia metas prácticamente infinitas… La libertad y la autonomía humana (ser dueños de nosotros mismos) son la gran asignatura pendiente de las religiones y de sus instituciones aún hoy muy alejadas de un espíritu democrático: pocos que enseñan y mandan, y muchos que aprenden y obedecen… Por algo ninguna religión simboliza a Dios como Libertad…

Y fue la libertad el gran símbolo de la Revolución Francesa junto a la igualdad y la fraternidad. Y ese símbolo no fue aceptado ni entendido por el cristianismo…

Pero ¿será también el amor una asignatura pendiente, ese amor universal sin costos ni beneficios? ¿O es un amor sectario, con discriminaciones, exclusiones y condenas?

La Espiritualidad de los hijos de Dios

Si prácticamente en todas las religiones se simboliza a Dios como “padre”, es lógico pensar que consecuentemente los seres humanos se identifican como hijos de Dios o con aspiración de ser dioses como su padre.

Ya el Génesis muestra a la pareja humana “a imagen y semejanza de Dios” y el salmista se pregunta: ¿qué es el hombre para que pienses en él, el ser humano para que lo cuides? Lo hiciste un poco inferior a los ángeles, lo coronaste de gloria y esplendor… (S 8,5-6)

Y la gran respuesta llega cuando desde la reflexión se afirma sin ambages que: Ustedes son hijos del Señor, su Dios. Porque tú eres un pueblo consagrado al Señor, tu Dios y él te eligió para que fueras su propio pueblo, prefiriéndote a todos los demás pueblos de la tierra (Deut 14,1-2)

Por su parte el profeta Oseas que simboliza a Dios como “esposo” de la comunidad israelita, nos muestra un rostro maternal de un Dios que recuerda a su pueblo, ahora infiel: Cuando Israel era niño, yo lo amé, y de Egipto llamé a mi hijo. ¡Y yo le había enseñado a caminar, lo tomaba por los brazos! Pero ellos no reconocieron que yo los cuidaba. Yo los atraía con lazos humanos, con ataduras de amor; era para ellos como los que alzan a una criatura contra sus mejillas, me inclinaba hacia él y le daba de comer. (Os 11,1-4)

Amor exclusivista

Pero en todos los textos se enfatiza que son hijos de Dios exclusivamente los hebreos (israelitas, judíos) quienes  se consideraban a sí mismos como los “preferidos” de Dios. El mismo mandamiento de amor al prójimo (proximus: cercano) lo supone:   No serás vengativo con tus compatriotas ni les guardarás rencor. Amarás a tu prójimo como a ti mismo. (Lev 19,18), por lo que generalmente fue interpretado aún hoy como amor al prójimo o cercano por raza y religión, o sea, a otro hebreo, una ley que no rige para los extranjeros y otros pueblos de quienes se afirma:

Los esclavos y esclavas que ustedes tengan, provendrán de las naciones vecinas: solamente de ellas podrán adquirirlos. También podrán adquirirlos entre los hijos y familiares de los extranjeros que residan entre ustedes, ellos serán su propiedada estos podrán tenerlos como esclavos; pero nadie podrá ejercer un poder despótico sobre sus hermanos israelitas (Lev 25, 44-46) Todo lo cual fue también matizado con cierta corriente más humanitaria cuando se legisla que No maltratarás al extranjero ni lo oprimirás, porque ustedes fueron extranjeros en Egipto (Ex 22,20), inculcándose un buen trato al extranjero residente.

Observamos, entonces, que la paternidad de Dios, su amor y la filiación divina se hallan parcializadas según el pacto que se establezca para ser “el pueblo de Dios”. Es un Dios discriminatorio y excluyente, Dios étnico y nacionalista, sin ninguna actitud universalista. El amor a Dios y al prójimo ni es gratuito ni es universal. Aún estamos en una etapa inmadura de la humanidad, algo que se constata en todas las grandes religiones que afirman su identidad desde la superioridad sobre los otros pueblos y desde los privilegios que les otorga su adoración al “único” Dios.

Y he allí la gran paradoja: mientras se afirma que nuestro Dios es el Único, y único Padre, la mayoría de los seres humanos quedan excluidos del amor paterno y de la filiación divina. Que esto haya sucedido hace miles de años cuando la religión era elemento esencial de la identidad de las naciones, es comprensible; pero que hoy sigamos con la misma mentalidad es sencillamente un absurdo y una incoherencia insostenible.

El cristianismo sigue en la misma dirección, pero amplía el horizonte al incluir entre los hijos de Dios a “los otros pueblos” (los paganos); sin embargo también tiene una cláusula exclusivista al reconocer como hijos de Dios a quienes creen en Jesucristo y se hacen bautizar para ingresar a la gran “asamblea convocada” (la Iglesia) de los salvados.

San Pablo, primer evangelizador, escritor y teólogo cristiano, afirma categóricamente: Porque todos ustedes son hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús, ya que fueron bautizados en Cristo… Por lo tanto, ya no hay judío ni pagano, esclavo ni hombre libre, varón ni mujer, porque todos ustedes no son más que uno en Cristo Jesús (Gal 3,26-28. Ver también Ef 1,5)

Aunque más universal y menos excluyente, hay una sola puerta para tener los derechos de filiación: la adhesión a Jesucristo, según la ideología que así lo interpreta hasta el día de hoy. ¿Y los otros? Les queda la opción de convertirse, abandonar su religión y adherirse a este único proyecto.

Algo similar hará siglos después el Islam: o convertirse o condenarse… Y Dios, el “Verdadero”… siempre paciente, guarda silencio ante una interpretación tan pobre y cerril de su paternidad, esperando que la humanidad que tanto ha crecido en ciencia y tecnología, crezca también en lo que es la esencia más pura de lo divino y de lo humano: un amor total y gratuito. Y esta es nuestra hora y tarea…

Consecuencias de una religión excluyente

No hace falta que enumere las terribles consecuencias de estas religiones tan seguras de su verdad como de la falsedad de las otras, tan absurdas y contradictorias de adorar y servir a un Dios único y universal, Dios de amor, Padre de misericordia y clemencia, en cuyo nombre se iniciaron crueles guerras que asolaron Europa y esclavizaron al África y América y Asia para extender su Señorío sobre todos los pueblos; sin olvidar toda una secuela de descalificaciones, venganzas, resentimientos y odios que todavía hoy nos salpican incluso con sangre…

¿Dónde ha quedado la espiritualidad de estas religiones, dónde quedó la esencia de la religiosidad si el amor es solamente un egoísmo hacia adentro, hacia el propio grupo, comunidad o secta? ¿Y cómo rescatar hoy lo más profundo del símbolo universal de Dios “Padre” y de los seres humanos “hijos del mismo Dios” y por eso mismo “hermanos” entre sí; ese símbolo que nace de lo más hondo de nosotros mismos y de nuestro inconsciente más puro y menos contaminado?

Una vez más, conectémonos con el sentir de ese gran místico, cuya espiritualidad nos llega con extraña resonancia: ¡Miren cómo nos amó el Padre! Quiso que nos llamáramos hijos de Dios, y nosotros lo somos realmente. Desde ahora somos hijos de Dios, y lo que seremos no se ha manifestado todavía. Sabemos que cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es (1Jn 3,1-2) Amémonos los unos a los otros, porque el amor procede de Dios, y el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. El que no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor… Nadie ha visto nunca a Dios: si nos amamos los unos a los otros, Dios permanece en nosotros y el amor de Dios ha llegado a su plenitud en nosotros. (1 Jn 4,7-12)

El único camino válido para la religiosidad y la Espiritualidad es el amor: un texto tan repetido y conocido, y tan poco aplicado con coherencia en la vida práctica, cotidiana, social y religiosa.

Siglos antes otro gran místico expresó en la India conceptos más universales aún que hoy nos sorprenden gratamente por su madurez y espíritu solidario: Aquel que estando unido con todos, me adora a Mí que resido en todos los seres, cualquiera que sea su ocupación, ese vive en Mí.

El mejor yogui es aquel que considera el placer y el dolor de todos los seres como si fueran propios… Sobresale aquel que tiene igual consideración para el amigo, el bienhechor, el enemigo, el neutral, el árbitro, el pariente, el bueno y el malo. (B. Guita VI, 31-32.9)

Estos textos escritos por seres humanos como nosotros, tan profundos como humildes, tan serenos como espirituales, nos introducen a una religiosidad que nos armoniza con toda la humanidad con esa sensación de paz y tranquilidad de espíritu que destilan cada una de sus palabras.

Es la espiritualidad que brota de una misma fuente tan divina como humana, el amor sin exclusivismos ni excepciones, incluso a los enemigos, algo que también dijera Jesús  en Mt 5,43-45: Amen a sus enemigos, rueguen por sus perseguidores; así serán hijos del Padre que está en el cielo, porque él hace salir el sol sobre malos y buenos y hace caer la lluvia sobre justos e injustos.

Texto que nunca hemos terminado de comprender ni aceptar. Porque en el esquema exclusivista, enemigo es todo aquel que no piensa ni siente como uno, es el “otro”, el extraño y extranjero, el condenado y desvalorizado por el simple hecho de ser distinto. En el esquema integrador que comparten Dios y todos sus hijos, todos son uno en el amor… a pesar de tantas pequeñas diferencias que existen entre los “hermanos”.

Todos hijos de una misma madre

Curiosamente todo este esquema es refrendado por la ciencia que nos dice que todos los seres humanos, al igual que todos los otros seres vivientes y no vivientes, somos hijos de una misma madre cósmica que inició su parto (big bang)  hace unos 15 mil millones de años, de modo que todos (creyentes y no creyentes, blancos, amarillos, rojos o negros, ricos y pobres) tenemos el mismo origen, la misma composición de elementos cósmicos, la misma organización biológica y el mismo sistema nervioso que nos permite reconocernos, percibirnos, sentirnos, pensarnos y amarnos.

Más aún, hoy la antropología reconoce que los actuales seres humanos, homo sapiens, provenimos del mismo tronco originario del África Negra… de esos pueblos a quienes por siglos se los trató como inferiores y se los maltrató como esclavos… ¡Y eran nuestros padres!

Por lo tanto, según expresa el   Art. 1° de la Declaración sobre la raza y los prejuicios raciales, (1978): Todos los seres humanos pertenecen a la misma especie y tienen el mismo origen. Nacen iguales en dignidad y derechos y todos forman parte integrante de la humanidad.

Somos, pues, seres vivientes, de la familia biológica, hermanos de vegetales y animales. Y como todos los seres vivientes somos necesariamente sociales, interrelacionados, altruistas y solidarios; porque no hay seres vivientes aislados, no existen individuos aislados. Sin armonía en una organización social los seres vivientes se destruyen y mueren. La esencia de la vida es la intercomunicación en un conjunto armónico.

Así, desde la misma ciencia biológica, como lo reflexiona el biólogo Humberto Maturana, el amor al prójimo comienza a aflorar entonces, en una expansión de los  impulsos naturales de altruismo comunitario, precisamente como la condición necesaria de lo social, y no como un mandato de una supuesta naturaleza diferente de la nuestra o un mandato institucional.

El amor, o si no queremos usar esta palabra fuerte, la aceptación del otro junto a uno en la convivencia, es el fundamento biológico del fenómeno social. Sin amor no hay socialización ni hay humanidad”  (Ideas y texto de Maturana y Varela en “EL Árbol del conocimiento. Las bases biológicas del entendimiento humano” Edit. Lumen y Universitaria, Sgo. de Chile y Buenos Aires, 2003)

Como expresa la Declaración Universal de los Derechos Humanos: La libertad, la justicia y la paz en el mundo tienen por base el reconocimiento de la dignidad intrínseca y de los derechos iguales e inalienables de todos los miembros de la familia humana.

Este amor biológico y gratuito debe abarcar, incluso, a las generaciones futuras, para quienes debemos preservar los recursos naturales, fundamento de su subsistencia, como bien dice la

Conferencia del Medio Ambiente de Estocolmo (1972): El hombre es, a la vez, obra y artífice del medio que lo rodea, el cual le da el sustento material y le brinda la oportunidad de desarrollarse intelectual, moral, social y espiritualmente. Los recursos naturales de la Tierra, incluidos el agua, la tierra, la flora y la fauna, y especialmente muestras representativas de los ecosistemas naturales, deben preservarse en beneficio de las generaciones presentes y futuras, mediante una cuidadosa planificación.

Los recursos no renovables de la Tierra deben emplearse de forma que se evite el peligro de su futuro agotamiento y se asegure que toda la humanidad comparta los beneficios de tal empleo.

Esta comprensión universalista que hoy nos da la ciencia sobre el ser humano y este concepto de amor que se origina en un sentimiento biológico de solidaridad y necesidad mutua, nos permite entender por qué la experiencia y la reflexión humana deben fundamentar la vida religiosa y/o espiritual en el amor.

Un amor que de ser básicamente la aceptación del otro junto a uno en la convivencia (aceptación en pie de igualdad, con las mismas necesidades y, por lo tanto, con los mismos derechos) va creciendo en intensidad a lo largo de la vida, desde el amamantamiento y los primeros afectos hasta transformarse en un poderoso sentimiento que halla su máxima intensidad en las relaciones de pareja, consideradas en algunas religiones de Oriente como signo de unión con la divinidad. El amor llega así al éxtasis y a la experiencia de máxima felicidad.

Pero, mientras que las especies animales viven esta solidaridad por via instintiva, los seres humanos tienen que construirla cada día. Pues se trata de un ser humano bipolar, que no se rige solamente por el instinto de vida y conservación, ya que tiene la capacidad de construir pero también de destruirse y destruir a los otros, de organizarse socialmente en forma armónica o de entrar en una espiral de incomprensiones, odios, guerras y destrucción. Ser humano racional e instintivo, síquico y corpóreo, pensante, sintiente e impulsivo, cuerdo y loco…

Lograr esa armonía bio-social-cósmica es la construcción que ya lleva miles de años, pero ¿ha aprendido el ser humano a vivir con los otros seres vivientes en armonía? ¿Cuál es la realidad que nos muestra el mundo actual? ¿No debiera ser ésta la tarea de toda la sociedad, de los sistemas educativos, de las religiones y de la espiritualidad?

Concluimos, entonces, estas reflexiones sintiendo y diciendo que el único camino seguro para llegar a Dios e identificarnos con Él (personaje real, simbólico o arquetípico) es el mismo camino para llegar a nosotros mismos y a la armonía con nuestros semejantes: el amor gratuito y universal, reconociendo a todos los otros seres humanos como compañeros de viaje, si bien cada uno carga una mochila diferente…

Y podremos rezar, si así nos place, con hondo sentido simbólico, la plegaria que aprendimos en nuestra inocente infancia: Padre Nuestro…

 

 V- EL  MENSAJE  ESPIRITUAL EN  EL  EVANGELIO  DE  LUCAS

 INTRODUCCIÓN: QUIEN FUE JESÚS

En este capítulo interpretaremos algunos textos del lenguaje simbólico referido  a la persona de Jesús según el evangelio de Lucas, pues desde el significado de los símbolos podemos hacer que la figura de Jesús nos resulte hoy significativa y valiosa, tal como vimos con los símbolos de Dios.

Pero para muchos lectores de práctica cristiana, esta tarea les puede resultar inquietante dado que siempre se interpretaron literalmente los textos referidos a Jesús, como si fuesen biografías o verdades objetivas, especialmente los relacionados con su nacimiento, milagros, última cena y resurrección. Por eso nuevamente quiero dejar en claro que no pretendo hacer proselitismo de ninguna confesión religiosa o Iglesia ni contradecir a otra, pues soy absolutamente respetuoso de todas las creencias o de la no-creencia, que son opciones personales de cada uno.

Solamente intento ayudar a que podamos hacer una lectura de los textos sagrados más acorde con nuestra cultura moderna y forma de  sentir y pensar, y para que nuestra fe religiosa, cualquiera sea ella, no entre en conflicto con nuestra madurez personal, sino que sea siempre fruto de una conciencia libre, racional y autónoma, sin dogmatismos absolutos, sin miedos y sin culpas; y para que nos atrevamos, como nos sucede en otros conocimientos y experiencias, a expresar nuestras dudas y a tolerar nuestra falta de certeza sobre muchos acontecimientos y circunstancias.

La interpretación literal de los textos (como si fueran manuales de historia), tan común en escuelas religiosas y en las predicaciones del culto, exaltan la figura de Jesús (o de María) y repiten dogmas y creencias de forma automática, pero sin hacerse el verdadero trabajo interpretativo y re-interpretativo relacionado con la vida de hoy. Todo consiste en “saber lo que pasó” y en creer las repetidas consignas dogmáticas sin el más mínimo sentido crítico. Así se mata al símbolo que queda reducido a una especie de cuento del pasado carente de toda riqueza espiritual; porque si matamos al símbolo, matamos a la espiritualidad que emerge de él.

¿Es relato simbólico lo que se dice sobre Jesús?

Cuando hablamos de los nombres y cualidades de Dios, decíamos que el lenguaje religioso era necesariamente simbólico, pues Dios o las realidades divinas o espirituales son imposibles de percibirse por los sentidos y solo el lenguaje simbólico puede expresarlas.

En el caso de Jesús, teóricamente no existe esta dificultad pues fue un ser humano “de carne y hueso”, fue visto y escuchado por muchísima gente, hubo testigos oculares de su nacimiento, vida y muerte… entonces  ¿cuál es el problema? ¿Acaso no existen escritos que relatan su vida y discursos, y por qué no leerlos como leemos tantas biografías de personajes históricos, incluso de la antigüedad?

Las dificultades arrancan precisamente en que estos escritos, tanto el de Pablo que fue el primero hacia el año 50 en forma de Cartas, como el de los cuatro evangelistas, entre los años 70 y 120, no sólo tienen muchas contradicciones entre sí y carencia de datos históricos, sino que se escriben años después de la muerte de Jesús (calculada hacia el 30) y nos relatan diversas formas de interpretar a Jesús según distintas comunidades, incluyendo en esas interpretaciones conceptos que no son percibidos por los sentidos, como por ejemplo, considerarlo Hijo de Dios y Salvador del mundo, o nacido virginalmente por obra del Espíritu Santo o resucitado al cielo al tercer día de su muerte, sólo para enumerar los ejemplos más llamativos.

Los escritos sobre Jesús

Por absurdo que pueda parecer, es muy difícil responder a la pregunta sobre quién fue Jesús de Nazaret y cuál fue su mensaje original, ya que todos los escritos que tenemos sobre su vida y palabras (Cartas y Evangelios, canónicos o apócrifos) son interpretaciones que hacen las comunidades cristianas entre 30 y 100 años después de su muerte, sin que se haya conservado ninguna documentación original anterior a esos escritos.

Estas interpretaciones son obra de comunidades que ya aceptan a Jesús como el Mesías de Israel y el Salvador de la humanidad, dan a su muerte un valor redentor, creen en su resurrección, y proyectan en la figura histórica de Jesús sus aspiraciones, creencias y preocupaciones, condensando en su figura tanto el pensamiento profético de la Biblia como otros valores y esquemas mentales del helenismo en el que estaban inmersas.

Por tanto, no nos dicen quién fue Jesús y qué dijo, sino qué cree y cómo cree cada comunidad acerca de Jesús, cómo lo siente y qué sentimientos le despierta, y qué repercusiones  y cambios produce en su vida diaria.

 Varias interpretaciones

Por eso mismo no hay una interpretación homogénea sobre Jesús, sino varias interpretaciones según el origen y vivencia de cada comunidad local; por lo que surge, sobre un fondo común, un conjunto de divergencias, por ejemplo y ya desde los inicios, entre la fe de las comunidades judeo-cristianas (su centro era Jerusalén y su líder Santiago, el hermano de Jesús) y las de origen helénico (con sede en Antioquia bajo el liderazgo de Pablo).

Estos escritos, en consecuencia, muy al estilo literario de su época, tanto de judíos como de griegos, nos describen la experiencia y el pensamiento de cada comunidad, que “transporta” o “proyecta” en Jesús, figura fundante del origen de una nueva forma de vivir, sus propios problemas y soluciones, en la suposición de cómo Jesús habría respondido, o qué hubiera dicho o hecho.

Por lo tanto, es casi imposible distinguir claramente cuáles son las palabras auténticas del Jesús histórico y cuáles las que le atribuye la comunidad; y cuáles son los hechos objetivos de su vida, teñidos con todas las coloraciones literarias propias de la época (presentación heroica del personaje, abundancia de milagros, hechos más o menos espectaculares, cumplimiento de profecías) y enmarcados en medio de problemas y polémicas propios de las comunidades que elaboraron los evangelios y las cartas, como fue por ejemplo, la gran controversia entre las comunidades cristianas y la sinagoga hacia el año 90, o la convivencia dentro de un imperio mayoritariamente pagano.

Proceso de mitificación

Por eso, no es de extrañar que en un tiempo relativamente corto se produjera un proceso de mitificación de la figura histórica de Jesús, iniciada muy tempranamente por Pablo, que la interpreta desde la apoteosis grecorromana de los emperadores con aportes de los cultos e ideologías helenistas (cultos mistéricos y gnosticismo) Es curioso que Pablo, que no fue discípulo directo de Jesús, pero el  primer escritor canónico hacia el 50, prácticamente desconoce y aún desvaloriza en sus escritos la figura histórica de Jesús, no alude a su predicación y sólo se maneja con el concepto mítico paradigmático de Cristo Señor, resucitado de la muerte y pronto a venir con toda su gloria en su manifestación final o parusía.

Recordamos que la Gnosis (que significa “el conocimiento” auténtico de la verdad, de la luz, de Dios, del sentido de la vida) fue un amplio movimiento filosófico-espiritual que nació en Persia hacia el siglo III antes de Cristo y se extendió por todo Occidente y Oriente aún hasta China, con fuertes influencias en el judaísmo y en el cristianismo.

Sus principios fundamentales son: la radical oposición entre el Dios verdadero y la materia, obra del demonio o de un dios falso; la existencia de eones o arcontes, espíritus poderosos que son los intermediarios entre Dios y el mundo; la explicación del mal como fruto de un espíritu rebelado contra Dios; la salvación entendida como liberación de la opresión de la materia y del cuerpo, por medio de un Revelador.

La Gnosis se presenta, pues, como religión de salvación, pero desde una visión negativa y pesimista del mundo, de la política y de todas las realidades humanas corpóreas, especialmente de la sexualidad y del matrimonio. Por medio de la gnosis, que el Revelador de Dios hace conocer a sus elegidos (a quienes se llama los “espirituales”), el hombre accede a “la verdad” que consiste en desprenderse de la cárcel del cuerpo y de las realidades carnales (creadas por el demonio demiurgo) para acceder al espíritu y vivir plenamente en él; espíritu que es una luz o chispa de origen divino asentada en el alma, luz que ilumina este mundo de tinieblas.

Todos temas muy presentes en el evangelio de Juan y en otros evangelios apócrifos claramente gnósticos, como el evangelio de Tomás y el de Felipe, el de Magdalena o el de Judas, recientemente descubiertos.

Por su parte, el culto de los Misterios, muy antiguo en el Oriente e introducido en Grecia en el siglo VII a.C., consigue un gran auge en el imperio romano, especialmente en Egipto, Grecia y luego en la misma Roma.

Su objetivo central era lograr una forma de vida espiritual superior al culto popular de los ídolos, aspirando a la unión con la divinidad y a la  regeneración de la vida. Esa unión era el mys o “misterio” propiamente dicho.

Los aspirantes a dichos cultos que prometían la inmortalidad y la resurrección, eran “iniciados” mediante ritos, “sacramentos o misterios”, sea con lavados, baños o bautismo de inmersión, sea en un banquete sagrado (con pan y vino) o a través de muy variados símbolos y rituales, incluso de tipo sexual, todo orientado a unirse a la divinidad para adquirir sus características divinas, especialmente la vida nueva y la inmortalidad.

Los rituales en general representaban simbólicamente la muerte mística y el nuevo nacimiento, ya presentes en la constante regeneración de la naturaleza.

En Grecia estaban de moda los cultos mistéricos de Eleusis (cerca de Atenas y Corinto) y Dyoniso (con un culto abundante en orgías y vino), Cabiros y Orfeo.

En el cercano Oriente, los de Cibeles, la gran diosa madre, y los de Atis y Adonis, dioses de la fertilidad, famosos por los ritos orgiásticos y sexuales.

En Egipto estaban los cultos de Isis (la Venus griega), diosa de la fecundidad, y Osiris, el dios sol que muere y resucita constantemente.

Estos ritos se introducen en Roma hacia el siglo II y III, seguidos después por el culto a Mitra, antigua divinidad solar de Persia. El emperador  Cómodo (180-192) se hará iniciar en él, y Diocleciano (284-305) proclamará a Mitra como protector del imperio. Su fiesta natalicia era el 25 de diciembre. La Iglesia contrarrestará su influencia con la fiesta de Cristo Jesús, Sol invicto, y establece la misma fecha como su nacimiento.

Es evidente que Pablo, oriundo de una ciudad helenista como era Tarso (donde se practicaba un culto a la vegetación) y que pasó por Eleusis en su viaje de Atenas a Corinto, donde residió largo tiempo, conocía la existencia de estos cultos y tomó algunas ideas y símbolos para explicar “el misterio de Cristo”.

El Cristo de Pablo

En este contexto, tan diferente del judaísmo, Pablo (y sus discípulos), en su afán de adaptarse a la mentalidad oriental y helenista, pero con serio peligro de romper con la teología tradicional judía y con la vida y obra del Jesús histórico, predicó un Jesucristo, Hijo de Dios en un sentido mucho más estricto, preexistente con Dios desde antes de la creación del mundo, quien, tras el trance de la muerte fue exaltado junto a Dios y proclamado como  “Salvador y Señor” no solo de los judíos, sino de todos los hombres y pronto a manifestarse ante el mundo en forma gloriosa.

Todo el universo podría acceder a su salvación, no a través del cumplimiento de la Ley judía y de la circuncisión, sino por el cambio interior (conversión) y una fe expresada ritualmente en el Bautismo, como forma de unión mística con Cristo, cabeza de la Iglesia y de toda la Humanidad, su pléroma o plenitud.

Carta de Pablo… elegido para anunciar la Buena Noticia de Dios… acerca de su Hijo, Jesucristo, nuestro Señor, nacido de la estirpe de David según la carne, y constituido Hijo de Dios con poder según el Espíritu santificador por su resurrección de entre los muertos  (Rom 1, 1-4)

El, que era de condición divina…se anonadó a sí mismo… Y… se humilló hasta aceptar por obediencia la muerte y muerte de cruz. Por eso, Dios lo exaltó y le dio el Nombre que está sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús, se doble toda rodilla en el cielo, en la tierra y en los abismos, y toda lengua proclame para gloria de Dios Padre: «Jesucristo es el Señor» (Fil 2,6-11)

El es la Imagen del Dios invisible, el Primogénito de toda la creación, porque en él fueron creadas todas las cosas… todo fue creado por medio de él y para él… El es también la Cabeza del Cuerpo, es decir, de la Iglesia.

El es el Principio, el Primero que resucitó de entre los muertos, a fin de que él tuviera la primacía en todo, porque Dios quiso que en él residiera toda la Plenitud. Por él quiso reconciliar consigo todo lo que existe en la tierra y en el cielo, restableciendo la paz por la sangre de su cruz. (Texto de un discípulo de Pablo en Col 1,13-20)

Por eso Pablo no habla de Jesús sino de “Cristo”, palabra que para él no indica al hombre judío, Jesús, sino que es el nombre propio del “Hijo de Dios con poder”, “el Señor Jesucristo”, exaltado junto al Padre que al resucitarlo lo ha transformado en Señor y Salvador de toda la humanidad  para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble, en los cielos, en la tierra y en los abismos.

Para Pablo la “buena noticia” o “evangelio” no se refiere al mensaje que da Jesús sobre el Reino de Dios sino a la noticia de que somos salvados por su resurrección y exaltación. Todo se concentra en la muerte y resurrección.

Tal su espectacular interpretación mítica y apoteósica acorde con la mentalidad helenista y romana que daba esos mismos títulos de kyrios, soter -señor y salvador- a sus dioses, reyes y emperadores que al morir eran endiosados, pero muy alejada de la realidad humana de Jesús.

El Jesús de los Evangelios

Veinte años después de las primeras Cartas de Pablo e inmediatamente antes o después de la destrucción de Jerusalén por los romanos en el 70, aparecen otros escritos que, felizmente, rescatan el sentido y valor de la figura histórica, hechos y palabras de Jesús, el hombre, judío de nacimiento y galileo, que será interpretado desde diversos ángulos, no excluidos los míticos, pero con un mensaje espiritual y social al que llaman “evangelio” o sea, buena noticia, cuyo ecos e incidencia nos llegan hasta el día de hoy, porque están encarnados en la realidad humana.

El primer “evangelio” es de un anónimo cristiano a quien la tradición identificará con el discípulo Marcos, quien en su primer renglón marca su postura interpretativa:

Comienzo de la Buena Noticia de Jesús, Mesías, hijo de DiosJesús se dirigió a Galilea y allí proclamaba la Buena Noticia de Dios, diciendo: «El tiempo se ha cumplido: el Reino de Dios está cerca. Conviértanse y crean en la Buena Noticia» (Mc 1,1 y 14)

Jesús es presentado, pues, como el mensajero  de la Noticia o Novedad del Reino de Dios que se expresará en hechos y milagros, con breves y vivaces discursos.

Años después, el llamado Mateo, identificado con el apóstol homónimo, retoma datos de Marcos y presenta a Jesús como el nuevo Moisés, gran maestro y profeta del nuevo pueblo de Dios, pero en continuidad con el antiguo pueblo hebreo. Las enseñanzas de Jesús se agrupan en cinco grandes discursos, salpicados con numerosos milagros.

Por la misma época el llamado Lucas retoma también a Marcos y presenta a Jesús sobre todo como manifestación de la misericordia divina hacia los excluidos y pecadores, y como anuncio y presencia del Reino de Dios que libera a los pobres, oprimidos, enfermos,  mujeres y desclasados.

Recién después del año 100 aparece el escrito del llamado Juan quien, influido por el mito gnóstico, presenta a Jesús como un ser preexistente en el cielo que desciende y se hace hombre como Revelador de la Palabra del Padre, palabra que es luz y camino de vida nueva, y para enjuiciar al “mundo de las tinieblas”, dominio del demonio.

Perfil de Jesús

Es evidente, entonces, que teniendo en cuenta los cuatro Evangelios y las Cartas, no surge un único perfil de Jesús, sino incluso facetas contradictorias del mismo personaje aún en cada escrito. Por ejemplo, aparece:

– Como Maestro itinerante, rodeado de discípulos y pueblo, que habla en lenguaje sencillo desde la vida cotidiana y con parábolas.

– Como hombre de Dios o hijo de Dios (en sentido genérico) que ejecuta obras milagrosas en favor del pueblo, especialmente de enfermos y pobres.

– Como descendiente de David y Mesías que busca la liberación política de su pueblo, oprimido por los romanos, en una actitud subversiva que lo conduce a la crucifixión.

– Como Profeta de los últimos tiempos, que anuncia el inminente Reino de Dios e incluso el fin de este mundo.

– Como el Revelador de toda la Palabra del Padre, personaje divinizado que habla con largos discursos espiritualistas acompañados de signos milagrosos.

– Como un ser divino, el Hijo de Dios, Salvador de la humanidad pecadora por su muerte y resurrección,  y Señor de cielos y tierra.

Entre los títulos y nombres que estos escritos aplican a Jesús aparece una gran variedad como: Hijo del Hombre, Hijo de David, Profeta, Mesías, Cristo, Maestro, Rey, Palabra y Verbo de Dios, Revelador, Luz, Verdad, Camino, Vida, Resurrección, Agua y Pan de Vida, Santo de Dios, Hijo de Dios, Enviado del Padre, Señor, Pastor, Salvador o Liberador, Siervo de Yahvé, Cordero de Dios, Esposo de la humanidad y Juez.

Observamos, entonces, que ya en los primeros años posteriores a la muerte de Jesús, había una gran variedad de perfiles que con el tiempo darían lugar a fuertes enfrentamientos ideológicos dentro de la Iglesia, con unas posturas tenidas como ortodoxas y otras como heréticas o cismáticas. Esto se verá ya desde el comienzo con las comunidades cristianas venidas del judaísmo muy distintas de las llegadas del paganismo helénico.

Unas, las judeo-cristianas aceptan a Jesús solamente como profeta y mesías nacional con fuerte acento político, pero nunca como Hijo de Dios en sentido pleno sino en forma genérica, exigiendo al mismo tiempo la circuncisión y el culto judaico como requisitos para el bautismo.

Otras, las de origen griego y romano  que lo ven como el Hijo de Dios venido al mundo como salvador universal (especialmente de los pecados del mundo), por lo que abandonan pronto las prácticas judías y son influenciadas por las doctrinas gnósticas y los cultos mistéricos.

Y, por supuesto, muchas otras posturas intermedias.

Las disputas terminarán cuando la primera corriente desaparezca con la destrucción de Jerusalén en el 70, y entonces la postura helenista quede como la exclusiva.

Posteriormente fueron los grandes Padres de la Iglesia y los Concilios de los siglos  IV y V imbuidos de filosofía griega e ideología romana los que darán forma dogmática definitiva al credo cristiano.

Así la figura de Jesús, ahora Jesucristo, será exaltada al rango divino junto al Padre como Señor del Universo y Juez supremo que vendría al fin del mundo a separar a buenos y malos e inaugurar su reinado eterno.

Esto traerá como consecuencia el nuevo estilo de la Iglesia, ahora asumida como propia por el Imperio Romano, que se constituye en soporte institucional de la nueva religión y signo del poder divino de Jesucristo que debe implantar su soberanía en todo el mundo.

Por todo eso hoy los especialistas están de acuerdo en que es prácticamente imposible saber a ciencia cierta quién fue este personaje histórico que nos llega a través de tantos símbolos que hablan más de la fe y sentimientos de las distintas comunidades cristianas, que no del personaje real de la historia.

En estos símbolos y títulos cada vez más grandiosos y divinos la comunidad depositó sus propias aspiraciones encarnadas en un Hombre Nuevo, origen de una nueva forma de vivir, al que simplemente se terminó por llamar Nuestro Señor Jesucristo.

Jesús Hoy

Hoy, 20 siglos después, estamos en una verdadera encrucijada, pues el hombre actual ha superado definitivamente los paradigmas o formas de pensar tanto del judaísmo como del helenismo-romano-cristiano y vive, no sólo nuevas circunstancias históricas, sino  una nueva forma de concebir el mundo y  el ser humano. Por eso tiene serias dificultades para aceptar las categorías míticas de Jesús y al  mismo tiempo desconoce, aún el cristiano común, el significado del mensaje de Jesús tal cual llegó a sus contemporáneos y tal como hoy aún lo podemos vivir con todas las adaptaciones del caso.

Por eso es interesante y necesario que nos dispongamos a descubrir o redescubrir algunos aspectos de ese mensaje o de esa espiritualidad que cautivó a sus contemporáneos que iniciaron en su nombre un gran movimiento religioso y espiritual,  y que en definitiva lo llevó a enfrentarse a las autoridades judías e imperiales aún a costo de su vida.

Concluyo esta introducción afirmando lo que dijéramos sobre los nombres y atributos de Dios: desde la lectura literal e historicista no llegamos a la espiritualidad que surge de Jesús, sino a diversos anécdotas y discursos que nos hacen mirar hacia atrás como espectadores de una historia que no es nuestra ni le dice casi nada a los hombres y mujeres de esta cultura.

Podremos incluso “saber” mucho  sobre Jesús y los escritos tradicionales, pero mientras llenamos nuestra mente de conocimientos, no alimentamos nuestro espíritu para vivir hoy con el máximo desarrollo de nuestra personalidad.

No somos ni hebreos ni griegos ni romanos; por eso necesitamos re-interpretar los simbolismos para que nos sugieran una “hermosa y buena noticia” que debemos encontrar y desarrollar hoy. Buena “noticia”… no constantes repeticiones que terminan por aburrir y dejarnos indiferentes.

Hoy tenemos el mismo derecho de los primeros cristianos: interpretar a Jesús desde nuestras categorías mentales y desde nuestros valores, necesidades y experiencia moderna de vida.

A título de ejemplos indicativos, rastrearemos algunos símbolos evangélicos exclusivamente desde el evangelio de Lucas, para que cada lector se anime a vivir hoy como ser humano de este siglo, alimentado con insinuaciones y sugerencias de viejos símbolos de otras culturas y comunidades cristianas.

Está en los cristianos de hoy redescubrir el rostro y el espíritu de Jesús. Por mi parte, sólo señalo un posible itinerario…

B- LA  ESPIRITUALIDAD  DEL  EVANGELIO  DE  LUCAS

1 ESPIRITUALIDAD  DEL  NACIMIENTO DE  JESÚS

Aunque  el primitivo evangelio de Lucas se inicia originalmente en el capítulo 3, posteriormente una comunidad palestinense  elabora una reflexión desde su situación de pobreza y sometimiento, introduciendo las grandes líneas de la fe cristiana, vista como el inicio de una nueva etapa de total liberación, en continuidad con el gran simbolismo de Dios Salvador de los humildes. Son los dos primeros capítulos llamados generalmente “Evangelio de la Infancia” que serán adosados al texto evangélico original.

No hay en este relato ruptura con el judaísmo, pues se trata de gentes y pueblos unidos por el mismo credo y una situación de desprotección, pobreza, esclavitud y sometimiento.

Contexto histórico

Conocemos muy bien el contexto histórico e ideológico de Palestina que, tras siglos de dominación sucesiva por babilonios, persas y griegos, había caído finalmente en la órbita de Roma, ya que fue conquistada por Pompeyo en el  63 a.C.

La aguda crisis socio-económica que viven las clases populares, explotadas por la oligarquía saducea del alto clero y de la nobleza judía;  más el alimento del nacionalismo político-religioso contra un poder extranjero que se oponía a la soberanía y reinado de Yahvé  y que esquilmaba con sus impuestos aún más al pueblo, conforman el escenario en el cual Jesús vivirá  y desarrollará su actividad, plagado desde hacía varias décadas de decenas de rebeliones y surgimientos  de varios mesías liberadores.

Su vida se enmarca en un tiempo caracterizado por un fuerte sentimiento mesiánico que esperaba la llegada de un Mesías Liberador.

Sabemos que, coincidiendo con el nacimiento de Jesús, se inició el accionar subversivo de  las revueltas mesiánicas contra Roma de un tal Judas hijo de Ezequías, derrotado por el legado de Siria  Publio Varo, y la de Teudas  con sus cuatrocientos seguidores.

Después vino el alzamiento de Judas El Galileo y sus zelotes, coincidente con la adolescencia de Jesús. Fue provocada por el censo que el legado de Siria, Quirino, ordenó hacer en Judea en el 6 d. C. para aumentar los impuestos, y que Lucas lo sitúa años antes, lo que habría obligado a José y María a viajar a Belén.

Los zelotes, el ala  radicalizada y armada desprendida de los fariseos, eran también llamados “sicarios”, pues usaban la sica o puñal para deshacerse de sus enemigos; pero oficialmente  se los llamaba “bandidos”, y así lo hacen el historiador judío pro-romano Flavio Josefo. A alguna de sus actividades rebeldes alude Lc 13,1: En ese momento se presentaron unas personas que comentaron a Jesús el caso de aquellos galileos, cuya sangre Pilato mezcló con la de las víctimas de sus sacrificios.

Tras la muerte de Jesús, entre el 46-48 se sublevan contra Roma Jacob y Simón, también crucificados por los romanos; y un tal Menahem, que terminó muerto por el pueblo por sus crueldades contra los compatriotas moderados.

Otro caudillo mesiánico fue Eleazar y un carismático de sobrenombre  El Egipcio que prometió cruzar milagrosamente el Jordán con sus seguidores. Pero todos fueron rápidamente liquidados por los romanos.

Finalmente en el año 66 los zelotes inician la sublevación general (siendo Nerón emperador); se apoderan de Jerusalén y se defienden en ella heroicamente hasta la destrucción de la ciudad por las legiones romanas en el 70, guiadas por Vespasiano, primero, y por su hijo Tito después.

Sobre el trasfondo de esta situación política revolucionaria y desde sus profundos reclamos sociales, surge uno de los relatos más conocidos sobre Jesús,  con unos símbolos que siempre entrañaron  grandes dificultades de interpretación y mucho más en nuestra cultura actual, que si bien celebra universal y ruidosamente la festividad de Navidad, está muy lejos de su auténtica espiritualidad, casi diríamos en los polos opuestos.

Asombrémonos, pues, ante este singular  relato que siempre nos cautiva por la simple ingenuidad y ternura de sus personajes a quienes, increíblemente, se los ha elegido para iniciar una nueva y difícil etapa de la humanidad.

En el sexto mes, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una muchacha virgen que estaba comprometida con un hombre perteneciente a la familia de David, llamado José. El nombre de la virgen era María.

El ángel entró en su casa y la saludó, diciendo: «¡Alégrate!, llena de gracia, el Señor está contigo». Al oír estas palabras, ella quedó desconcertada y se preguntaba qué podía significar ese saludo.

Pero el ángel le dijo: «No temas, María, porque Dios te ha favorecido. Concebirás y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús; él será grande y será llamado Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin». María dijo al ángel: «¿Cómo puede ser eso, si yo no tengo relaciones con ningún hombre?». El ángel le respondió: «El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso el niño será Santo y será llamado hijo de Dios.

También tu parienta Isabel concibió un hijo a pesar de su vejez, y la que era considerada estéril, ya se encuentra en su sexto mes, porque no hay nada imposible para Dios». María dijo entonces: «Yo soy la servidora del Señor, que se cumpla en mí lo que has dicho». Y el ángel se alejó (Lc 1,26-38)

La madre virgen

Una mujer ocupa el centro de la escena; su nombre de origen egipcio y hebreo significa “la amada de Dios”. El mensajero divino de nombre Gabriel, que sugestivamente significa “el poder de Dios”, le anuncia un hijo, a pesar de que aún no ha consumado su matrimonio, pues son el poder y la energía de Dios (su espíritu o soplo) los que empujan a la humanidad hacia un nuevo renacer y nuevas fronteras.

Es el comienzo de algo nuevo, y todo comienzo surge de algo virginal, de lo femenino que está en la tierra que produce frutos, y en todo ser humano que nace y renace constantemente.

Quien hace germinar es el mismo hálito, soplo o espíritu  de Dios, energía de vida que estuvo soplando en los orígenes del cosmos: La tierra era algo informe y vacío, las tinieblas cubrían el abismo, y el soplo de Dios se cernía sobre las aguas (Gen 1,2), texto al que alude Lucas.

¿Símbolo difícil?

Me  parece increíble que aún hoy no se haya comprendido uno de los símbolos más universales  y más ricos de casi todas las culturas y religiones, y se intente leer este típico “relato mítico del origen”  al pie de la letra como un crudo hecho biológico, lo que provoca, no sólo tremendas contradicciones y serias objeciones de todo tipo, sino la carencia total de una espiritualidad válida para nuestra cultura. Así se ha matado y vaciado uno de los más profundos símbolos de la vida cósmica, humana y espiritual.

En efecto, lo que hoy nos sugiere este relato mítico es que la Vida no es fruto del poder del hombre o de la mujer; es un misterio que aún hoy nos asombra, de cómo hace 3500 millones de años pudo surgir a impulso de una misteriosa energía, cuyos secretos aún la ciencia moderna no ha descubierto. Es la energía que llega a nosotros provocando una grandiosa historia de nacimientos y re-nacimientos.

Los padres no creamos la vida ni somos sus dueños, sólo la transmitimos y cuidamos, pues  somos los intermediarios de un poder que nos sobrepasa, y al que unos llaman dios y otros, hálito de vida, espíritu del universo o espíritu santo, o energía suprema.

Las antiguas culturas siempre se asombraron ante este misterio de una tierra virgen que genera seres vivientes de todas las especies, tierra que siempre fue considerada como la Gran Madre y de cuyo seno participaban las mujeres.

Por eso, este “milagroso” simbolismo se reproduce en tantos mitos de los orígenes de dioses, héroes y grandes personajes de la historia, entre ellos Osiris, Mitra, Zoroastro, Krishna y Buda, todos ellos nacidos de una diosa o mujer virgen y muchos un 25 de diciembre, nacimiento del sol en el solsticio de invierno.

En consecuencia, los padres biológicos no somos dueños de nuestros hijos ni de sus proyectos, como María y José no lo fueron del proyecto de Jesús, proyecto que nace de esa energía cósmica o divina que se siembra y desarrolla en cada ser humano, quien le da forma e identidad desde su libertad y creatividad.

Algo que Lucas y los otros evangelistas se encargan de subrayar: Jesús no realiza el proyecto de sus padres sino que actúa con total autonomía y libertad obedeciendo la voz interior que llega de “su Padre”, como ya a los doce años les recuerda a sus angustiados progenitores: “¿No saben que yo debo ocuparme de los asuntos de mi Padre?».Pero ellos no entendieron lo que les decía. El regresó con sus padres a Nazaret… e iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia, delante de Dios y de los hombres (Lc 2,49-52)

Recordemos que entre los semitas y demás pueblos antiguos se suponía que la vida surgía exclusivamente del semen del varón, lo que lo hacía dueño del destino de su hijo. La mujer jugaba un rol pasivo con su seno vacío donde crecería el bebé.

Nace algo nuevo

Lucas, pues, está hablando del nacimiento de una nueva etapa de la humanidad, de una nueva creación que da origen a un profundo cambio promovido por Dios salvador. Un Dios que no salva desde afuera ni desde arriba sino que “es el Señor que está contigo”, en el mismo seno interior de cada comunidad y de toda la humanidad simbolizada en María.

Este es el insólito y revolucionario mensaje que aquella sufrida comunidad marginada nos transmite: aunque seamos débiles como esa temerosa noviecita de 13 años, tenemos en nuestro interior una energía que nos llega desde los orígenes del universo, energía que ha creado esta raza de seres humanos con el polvo de la materia inanimada y desde la evolución animal que nos ha precedido.

Es la misma energía que los antiguos representan como la fuerza del viento, soplo o espíritu divino, la que engendró a los seres humanos desde la primitiva edad de piedra hasta la siempre maravillosa creación de hombres “nuevos”, con el desarrollo del pensamiento y de la razón, de los sentimientos, del arte, la religión, la escritura, la sociedad organizada, la tecnología y, más aún, el constante despertar o nacer del espíritu humano que parece no tener límites.

Ante esta irrupción del espíritu in-novador de la vida sólo nos queda asumir una actitud positiva, bien reflejada en la respuesta de María: Yo soy la servidora del Señor, que se cumpla en mí lo que has dicho; estoy disponible y confío…

Estamos para servir a un proyecto humano que nos quiere partícipes libres y responsables. Pero lo nuevo nos asusta, nos genera miedo y angustia porque es lo desconocido, lo que aún no controlamos, lo peligroso; es el cambio al que se considera necesario pero al que se resiste por miedo a las dificultades, sufrimientos y posible fracaso.

En aquella comunidad (María) la liberación significaba enfrentar al poder del imperio, la muerte por crucifixión,  los soldados de Herodes, la resistencia de los propios dirigentes que habían pactado con el enemigo, la carencia de medios económicos, la avaricia de los terratenientes que esquilmaban a los pobres, la burla de los doctos, el privilegio de los maridos y el sometimiento de las mujeres, los abusos de los sacerdotes, el maltrato a los esclavos… y una estructura social que parecía imposible de cambiar. Y aquella comunidad dijo Sí al nuevo y desconocido proyecto de alcanzar la liberación y desarrollo humano que aún hoy no hemos logrado.

De allí la importancia y necesidad de una madre virgen, porque es un símbolo que tiene vigencia, que lo podemos re-crear cuantas veces sea necesario y según nuestra propia situación. No es un concepto que comienza y termina en una persona determinada (la mujer María) y que se agota en esa particularidad.

Es un proceso que aunque tiene una variable biológica es mucho más que eso: es engendrarnos a nosotros mismos como seres únicos en nuestra individualidad y únicos en un proyecto de vida. A eso podemos llamar “nacimiento espiritual”.

Símbolos de nacimiento espiritual

Símbolos de nacimiento espiritual los encontramos en todas las culturas, como los varios ritos de iniciación sexual masculina y femenina que transforman al púber en un hombre o una mujer adultos; ritos que suponen determinadas pruebas, la transmisión de los secretos religiosos,  espirituales y rituales de la comunidad y de sus normas morales, la separación de la madre, la imposición de un nombre significativo y, en muchos casos, la circuncisión o un bautismo que simbolice la muerte a la etapa anterior y el renacimiento a una nueva vida.

También hay rituales simbólicos que indican el nacimiento a una vocación especial, como la de chamanes, hechiceros, profetas o sacerdotes, o a determinadas sociedades secretas religiosas, militares, etc.

En todos estos casos los candidatos son separados y abandonan su existencia anterior para iniciar una nueva forma de vida religiosa, social o cultural.

Por algo en Occidente desde los siglos XIV y XV se inició un pasaje a  una nueva (moderna) etapa llamada precisamente “Renacimiento”.

El símbolo cósmico del primer nacimiento explosiona como el big bang y su fuerza llega hasta el día de hoy… a la madre humanidad que sufre aún milenarias ataduras, y también a una madre iglesia, comunidad cristiana, anquilosada en el tiempo y que aún no se anima a decir: soy la servidora del Señor, la servidora de la comunidad humana, que se cumpla en mí el proyecto del origen…

Porque para el cosmos, para los seres biológicos y para toda la humanidad, el proyecto original es uno solo: vivir en plenitud con la mayor dignidad y calidad posible. Y a ese proyecto han de servir las instituciones políticas, sociales y religiosas… Que nadie se apodere de ese proyecto para beneficio propio. El padre del proyecto nos trasciende a todos…

El Niño

Concebirás y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús; él será grande y será llamado hijo del Altísimo.

El nuevo proyecto se inicia con un niño que ha de nacer. El nombre “Jesús”, muy corriente entre los hebreos, similar a Josué, en su raíz etimológica significa “Dios salva”.

El niño será llamado “hijo de Dios”, símbolo que como lo vimos en el capítulo anterior, es el complementario de Dios Padre, sin connotaciones filosóficas ni dogmáticas: es el sentimiento de una comunidad que venera a Dios-Amor-Protector  como su padre y ahora lo siente reflejado y concretizado en Jesús, el hijo-niño que nos representa a todos.

Que un niño recién nacido, tierno y endeble, sea considerado hijo de Dios (en cualquiera de sus sentidos, más simbólico o más real) y la imagen o manifestación de Dios es, quizás, uno de los momentos más importantes del espíritu religioso de todos los tiempos que ya no lo ve a Dios allá arriba y lejos con gran poder absoluto sobre la humanidad, sino tan cercano al ser humano, tan transparente y tan íntimo como un niño adherido al vientre materno.

El niño, increíblemente, simboliza tanto al Dios que se abaja hasta el hombre, como al hombre que quiere acceder a lo divino. El mismo Jesús, según Lucas, aludirá en una de las frases de espiritualidad  mejor  logradas y más  universales,  a la necesidad de nacer al espíritu de los niños para acceder al Reino de Dios: Dejen que los niños se acerquen a mí…  porque el Reino de Dios pertenece a los que son como ellos. Les aseguro que el que no recibe el Reino de Dios como un niño, no entrará en él (Lc 18, 16-17)

¿Por qué hacerse como niños? Porque el niño es el inicio de una nueva vida, es el despertar a la esperanza, es el estado embrionario que debe desarrollarse y porque siempre trasunta esas cualidades que parecen tan divinas como extrañas en el mundo adulto: frescura, simplicidad, entrega, confianza, ternura, transparencia y pureza sin doblez ni mentira, juego y alegría…

El Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin. Esta comunidad, de claro origen judío, deposita en Jesús las ansias de liberación política que incluye la restauración del reino cuyo primer gestor fuera David.

El cántico de la liberación

El relato lucano relaciona y compara a Jesús con Juan el Bautista, un niño prometido por el mismo ángel Gabriel al sacerdote Zacarías y cuya esposa era estéril (Lc 1, 1-25) Según los evangelistas, Juan sería el precursor de Jesús.

Ahora ambas madres se encuentran (la anciana y la joven, la estéril y la virgen…) simbolizando una a la antigua comunidad judía  que no dio el fruto completo, y la otra a la cristiana que recién está por nacer, lo que da pie al relator para poner en labios de María el famoso cántico que, con muchas reminiscencias del Antiguo Testamento, ensalza la obra salvadora de Dios a lo largo de la historia del pueblo hebreo y que se espera que lo seguirá haciendo:

Mi alma canta la grandeza del Señor, y mi espíritu se estremece de gozo en Dios, mi salvador, porque el miró con bondad la pequeñez de tu servidora. En adelante todas las generaciones me llamarán feliz, porque el Todopoderoso he hecho en mí grandes cosas: ¡su Nombre es santo!

Alegría y felicidad

Lo primero que nos llama la atención es la sensación de alegría y felicidad que trasunta aquella humilde comunidad simbolizada en María, también ella humilde mujer. La sola esperanza de liberarse de sus ataduras provoca una alegría indescriptible pero serena, íntima, profunda.

La alegría  y la felicidad son dos características de la espiritualidad; no la alegría por los resultados y beneficios obtenidos, sino esa alegría gratuita por sentirnos seres humanos, partícipes de un gran proyecto de vivir, de gozar simplemente  por acompañar a otros que sufren, de experimentar tantas floraciones de amor, de ternura, de bellos sentimientos que llenan el corazón vacío de egoísmos e intereses.

Es la alegría de los empobrecidos de riquezas mal avenidas y de ambiciones opresivas, alegría simplemente de “ser” y de sentirse unidos al cosmos, a millones de seres desconocidos y a toda una humanidad que camina hacia las mismas metas de amor, de paz y de libertad.

Es la alegría que surge por sentir ya en nosotros la presencia íntima de un Dios que nos empuja a liberarnos, o esa energía infinita que gratuitamente opera en nosotros.

Es cierto que somos un pequeñísimo granito cósmico de alguna estrella, uno de tantos miles de millones de seres humanos que fueron, que son y que serán… pero de cuánta felicidad podemos disfrutar con sólo amar a alguien o sentirnos útiles en un proyecto familiar o comunitario.

¿Por qué será que al cristianismo occidental le ha faltado esta característica, por qué no pudo transmitir la alegría de la fe y de sus creencias y rituales religiosos? ¿Por qué fue el miedo y el aburrimiento lo que mamamos en nuestra educación religiosa desde niños? Al menos fue esa mi experiencia: cuanto más “estudiábamos” la religión y sus mandamientos, cuanto más nos obligaban a los actos de culto, más nos alejábamos de Dios y de la espiritualidad.

Dignidad de la mujer

La segunda reflexión que nos sugiere el cántico es una constante de Lucas en todo su evangelio: el reconocimiento a la dignidad de la mujer, a quien Jesús la hace primera destinataria de la liberación con numerosas curaciones y le concede el acceso al discipulado, algo que significó una novedad absoluta; una mujer que, como bien es sabido, ocupaba un sitial de inferioridad en la sociedad semita, junto a los niños y los esclavos. María se sorprende de cómo el Señor miró con bondad la pequeñez de su servidora. El símbolo es más que elocuente: por más dios que sea, por más todopoderoso, no puede prescindir de la mujer a la hora de generar vida y lanzar al mundo un nuevo proyecto de liberación. Nunca se pudo ni se puede ni se podrá realizar un proyecto humano sin la activa presencia de la mujer, sujeto participante y sujeto de derecho en igualdad de condiciones con el varón.

Lamentablemente si “al principio, en el origen” fue así tanto en la humanidad como en las religiones, su rol quedará relegado al origen biológico y al ámbito doméstico como ser humano de segunda categoría, con horizontes de desarrollo muy limitados.

Bien lo escribe la gran poetisa española Ángela Figueroa Aymerich (1902-84) quien nos acompañará en estas reflexiones, porque sólo una mujer puede comprender el gran misterio femenino:

Canto a la madre de familia
tan mujer de su casa la pobre,
tan gris por todos lados,
tan oveja por dentro
aunque suele gritar con los chiquillos.

Canto a sus manos suaves de lejía
los lunes y los martes,
los miércoles y jueves picadas por la aguja,
quemadas cada viernes por la plancha,
ungidas por el ajo y la cebolla.
(El sábado es un día extraordinario:
limpieza de cocina, compra doble,
y hacia las seis, barniz sobre las uñas

para salir a un cine baratito

del brazo del esposo.)

Canto a la madre de familia
a las ocho de la mañana
distribuyendo cautamente
la leche azul del desayuno
en los tazones de asa rota.
(Para Juanín  que tanto crece
hay que poner la mejor parte)

Canto a la madre de familia
que era tan linda hace quince años,
que ahora se ríe (un poco triste)
con los consejos de belleza.
(Dedique usted todos los días
un cuarto de hora a su cabello)

Canto a la madre de familia
que suma y suma equivocándose,
cincuenta y siete y llevo cinco…
porque se han ido veinte duros
y sin pagar al carbonero.

Canto a la madre de familia
que al acostarse por la noche
nunca termina un rosario.
(Lolita sigue tan flacucha,
Juanito tuvo malas notas,
el nene va lo que se dice
con el culito al aire)

Canto a la madre de familia
cuando se duerme tan cansada
que un ángel blanco y bondadoso
baja en secreto y la conforta.

El nuevo proyecto supone, antes que nada, “hacer en la mujer grandes cosas”… tan grandes que sin ella ni los hombres que las oprimen y maltratan podrían existir. Tan grande que sin ella no habría próceres ni emperadores, deportistas ni científicos, sacerdotes ni Papas…

Qué pena que el cristianismo que se inició con tan bello auspicio para las mujeres, pronto se olvidó y aún se olvida que por ella vino Jesús al mundo y en ella Dios hizo grandes cosas. En ella, mujer, esposa, madre, discípula comprometida.

No basta ensalzar a la Virgen María si no se integra a la mujer en el gran proyecto humano y espiritual que, desde los orígenes, fue el proyecto de la pareja humana “a imagen y semejanza de Dios”… No basta dedicarle el día de la madre, no basta valorarla desde el exclusivo rol materno y familiar…. Ella está llamada a realizar “grandes cosas”… que nadie le ponga límites….

Nada mejor que leer y reflexionar en algunos de los considerandos y artículos de la Convención sobre la Eliminación de todas las formas de Discriminación contra la mujer que fue necesaria redactar hace pocos años, en 1979 y que aún está muy lejos de ser tenida en cuenta aún en los países que se dicen modernos: Recordando que la discriminación contra la mujer viola los principios de la igualdad de derechos y del respeto de la dignidad humana, que dificulta la participación de la mujer, en las mismas condiciones que el hombre, en la vida política, social, económica y cultural de su país, que constituye un obstáculo para el aumento del bienestar de la sociedad y de la familia y que entorpece el pleno desarrollo de las posibilidades de la mujer para prestar servicio a su país y a la humanidad…

Preocupados por el hecho de que en situaciones de pobreza la mujer tiene un acceso mínimo a la alimentación, a la salud, la enseñanza y las oportunidades de empleo, así como a la satisfacción de otras necesidades…

Convencidos de que la máxima participación de la mujer en todas las esferas, en igualdad de condiciones con el hombre, es indispensable para el desarrollo pleno y completo de un país, el bienestar del mundo y la causa de la paz…

Teniendo presentes el gran aporte de la mujer al bienestar de la familia y al desarrollo de la sociedad, hasta ahora no plenamente reconocido, la importancia social de la maternidad y la función tanto del padre como de la madre de familia en la educación de los hijos… Reconociendo que para lograr la plena igualdad entre el hombre y la mujer es necesario modificar el papel tradicional tanto del hombre como de la mujer…

Art. 2: Los Estados Partes condenan la discriminación contra la mujer en todas sus formas, y convienen en seguir, por todos los medios apropiados y sin dilaciones, una política encaminada a eliminar la discriminación contra la mujer…

Art. 5: Modificar los patrones socioculturales de conducta de hombres y mujeres, con miras a alcanzar la eliminación de los prejuicios y las prácticas consuetudinarias y de cualquier otra índole que estén basados en la idea de la inferioridad o superioridad de cualquiera de los sexos o en funciones estereotipadas de hombres y mujeres…

Y llegamos a 1993 en que la ONU tuvo que rubricar los derechos de la mujer con la Declaración sobre la Eliminación de la Violencia contra la mujer, violencia que hoy constituye en pleno siglo XXI un verdadero cáncer y escándalo que “todos los días” golpea nuestra conciencia… escándalo que contradice abiertamente el “proyecto del origen”:

La Asamblea General… Reconociendo que la violencia contra la mujer constituye una manifestación de relaciones de poder históricamente desiguales entre el hombre y la mujer, que han conducido a la dominación de la mujer y a la discriminación en su contra por parte del hombre e impedido el adelanto pleno de la mujer, y que la violencia contra la mujer es uno de los mecanismos sociales fundamentales por los que se fuerza a la mujer a una situación de subordinación respecto del hombre…

Preocupada por el hecho de que algunos grupos de mujeres, como por ejemplo las mujeres pertenecientes a minorías, las mujeres indígenas, las refugiadas, las mujeres migrantes, las mujeres que habitan en comunidades rurales o remotas, las mujeres indigentes, las mujeres recluidas en instituciones o detenidas, las niñas, las mujeres con discapacidades, las ancianas y las mujeres en situaciones de conflicto armado son particularmente vulnerables a la violencia…

Proclama solemnemente la siguiente Declaración sobre la eliminación de la violencia contra la mujer e insta a que se hagan todos los esfuerzos posibles para que sea universalmente conocida y respetada…

Art 2° Se entenderá que la violencia contra la mujer abarca los siguientes actos, aunque sin limitarse a ellos:

  1. La violencia física, sexual y sicológica que se produzca en la familia, incluidos los malos tratos, el abuso sexual de las niñas en el hogar, la violencia relacionada con la dote, la violación por el marido, la mutilación genital femenina y otras prácticas tradicionales nocivas para la mujer, los actos de violencia perpetrados por otros miembros de la familia y la violencia relacionada con la explotación;
  2. La violencia física, sexual y sicológica perpetrada dentro de la comunidad en general, inclusive la violación, el abuso sexual, el acoso y la intimidación sexuales en el trabajo, en instituciones educacionales y en otros lugares, la trata de mujeres y la prostitución forzada;
  3. La violencia física, sexual y sicológica perpetrada o tolerada por el Estado, dondequiera que ocurra.

Sólo a título indicativo señalo estadísticas del año 2013 (OMS, OIT) que nos dicen que esta violencia es una pandemia:

– A nivel mundial, una de cada tres mujeres (35%) ha sido golpeada, obligada a tener relaciones sexuales o fue víctima de algún tipo de abuso durante su vida. En la mayoría de los casos, la persona que comete el abuso es un miembro de la familia de la víctima.

Sin embargo, algunos estudios nacionales de violencia muestran que hasta un 70 por ciento de mujeres sufre violencia física y/o sexual a lo largo de su vida, a manos de una pareja.

– Entre las mujeres de 15 a 44 años de edad, la violencia doméstica es responsable de más muertes e incapacidades que la suma total atribuida al cáncer, los accidentes de tránsito, la guerra y violaciones combinadas. Cada día que pasa la situación empeora; las estadísticas demuestran que con el paso del tiempo la violencia doméstica se vuelve más frecuente y peligrosa.

-La trata sexual y laboral se convierte en una trampa para millones de mujeres y niñas, que pasan a ser esclavas en plena era moderna. Las mujeres y niñas representan el 55 por ciento del total de víctimas del trabajo forzoso, estimado en 20,9 millones de personas en todo el mundo, y el 98 por ciento de las personas que son explotadas sexualmente contra su voluntad (4,5 millones de personas)

Bien proclama el Cántico de María, con un lenguaje casi actual, lo que hoy llamamos la defensa de los derechos humanos universales, para varones y especialmente mujeres, y en cuya gestión la mujer  de sujeto humillado y oprimido pasa a ser protagonista, actora y beneficiaria: El Señor desplegó la fuerza de su brazo, dispersó a los soberbios de corazón. Derribó a los poderosos de su trono y elevó a los humildesColmó de bienes a los hambrientos y despidió a los ricos opresores con las manos vacías. Socorrió a Israel, su servidor, acordándose de su misericordia, como lo había prometido a nuestros padres, en favor de Abraham y de su descendencia para siempre». (Lc 1,39-56).

Una sola pregunta: ¿Puede alguien llamarse cristiano sin una sincera aceptación de la mujer en igualdad de condiciones como partícipe del gran proyecto humano de liberación y vida plena?

¿Podemos hablar de auténtica religiosidad y verdadera espiritualidad si no estamos comprometidos con sincero sentimiento y decidida acción en esta justa defensa de los derechos humanos, especialmente de las mujeres?

 Liberación humana integral

La tercera reflexión que me sugiere el cántico es que la salvación o liberación de Dios abarca todas las situaciones opresivas de tipo político y social, y en ningún momento se habla de temas que se consideran “religiosos” o “espirituales, del alma”. Es una salvación terrena, sea de esclavitud y opresión política, sea de liberación del hambre, sea de diversas marginaciones y situaciones de humillación.

Es un Dios que “tiene clara conciencia”  de que las injusticias de las que somos víctimas tienen como sujetos victimarios a una estructura dominada por “soberbios,  poderosos  y ricos”, según reza el cántico.

Nuevamente  es la poeta española  Aymerich (en un fragmento) la que nos obliga a poner los pies sobre la tierra:

No quiero 

que haya frío en las casas,

que haya miedo en las calles,
que haya rabia en los ojos.
No quiero
que en los labios se encierren mentiras,
que en las arcas se encierren millones,
que en la cárcel se encierre a los buenos.

No quiero
que el labriego trabaje sin agua,
que el marino navegue sin brújula,
que en la fábrica no haya azucenas,

que en la mina no vean la aurora,

que en la escuela no ría el maestro…

No quiero
que la tierra se parta en porciones,
que en el mar se establezcan dominios,
que en el aire se agiten banderas,
que en los trajes se pongan señales.

No quiero
que mi hijo desfile,
que los hijos de madre desfilen
con fusil y con muere en el hombro.
Que jamás se disparen fusiles,
que jamás se fabriquen fusiles.

No quiero
que me manden Fulano y Mengano,
que me fisgue el vecino de enfrente,
que me pongan carteles y sellos,
que dicten lo que es poesía.

No quiero
amar en secreto,
llorar en secreto,
cantar en secreto.

No quiero
que me tapen la boca
cuando digo “no quiero”.

La liberación terrena, especialmente política y social, fue la primera visión del cristianismo de los orígenes, una visión que se irá apagando hasta terminar prácticamente olvidada y más aún, reprimida, a pesar de que casi todos los días se cantaba el “Magnificat”, en latín, naturalmente.

Dejo para las páginas siguientes más reflexiones sobre este tema que hoy ha adquirido inusitada importancia desde los Derechos Humanos y desde el concepto más amplio de Desarrollo Integral.

Queda flotando en el aire una pregunta: ¿De qué debe ocuparse la religión? ¿Es la religiosidad  y la espiritualidad un cercenamiento de la vida humana o una forma de integrar todos sus aspectos?

Memoria…

Una cuarta reflexión: el cántico recuerda la historia de Israel con sus logros liberadores que se habían iniciado ya con promesas a los Patriarcas hacía mil cuatrocientos años y tuvieron un momento culminante en la gesta del éxodo de Egipto hacía mil doscientos años, lo que llevó a las tribus a una tierra propia que se convertiría incluso en un reino independiente hacía mil años, al que ahora aspiraba restablecer  la comunidad representada en María.

Pero esa mirada hacia el pasado no se detiene allí, no es un simple recordar con la mente, es la “memoria” que permite tener presente los orígenes y aquellos fundamentos que nunca se deben abandonar so pena de perder la identidad. Y esa es la tarea elocuente del lenguaje simbólico que debiera ser el gran aprendizaje de la educación. Actualizar hoy el pasado en continuidad con el origen…

Es la ley fundamental del mito: crecer con fidelidad a los orígenes; lo que no debe significar, como sucede generalmente, inmovilidad y esclerosis.

Educarnos en la religiosidad o en la espiritualidad  no es “saber” lo que pasó una vez, no es una ciencia histórica que hay que memorizar; tampoco es “repetir” el pasado porque de por sí es irrepetible. Ni repetir textos,  doctrinas y ritos…

Se trata de que hoy aprendamos a vivir siendo primeramente fieles a nosotros mismos, pero alimentados con el espíritu y los valores que forman la esencia de nuestra identidad cultural.

Hoy no podemos ser cristianos  “como los primeros cristianos” o los de la Edad Media o los de la Reforma; lo seremos como “nosotros mismos”, continuando un proyecto original que arranca en Jesús y que debe adaptarse y recrearse según las circunstancias que hoy vivimos.

Hoy no nos basta decir como los mitos sugieren: “si fue así desde el principio, así será siempre”, por eso nuestra cultura desde hace siglos se llama “moderna”, o sea, nueva.

Pero tampoco nada es totalmente nuevo, no estamos inventando la vida humana ni todas sus preguntas; no comienza hoy la historia, pero sí la recreamos y regeneramos a “nuestra imagen y semejanza”, en continuidad pero no en la uniformidad.

Es el difícil equilibrio entre el origen (el pasado, los padres, la educación, las tradiciones, la cultura que nos amamantó) y el presente volcado hacia el futuro. Podríamos decir, siguiendo el relato de Lucas, que Dios es el mismo, pero nosotros somos distintos y nuestra manera de experimentar a Dios también lo es. La Energía cósmica-biológica es la misma de hace 15 mil millones de años… pero nosotros recién estamos naciendo… y cada ser humano, con el mismo proyecto original, es único, distinto, irrepetible  y sólo idéntico a sí mismo.

Pero ¿cuál es ese proyecto original?…  ¿Y acaso necesitamos pertenecer a una iglesia cristiana para vivir ese proyecto actualizado? Son las preguntas que cada uno debe animarse a responder.

Ese es el camino de la espiritualidad: el riesgo de ser uno mismo respetando la opción de los otros, pero vinculándonos unos con otros con la aceptación de ciertos valores que consideramos los fundamentales… los “de los orígenes”, decían los antiguos; los “esenciales” decimos hoy nosotros.

El nacimiento del niño

Sucedió que por aquellos días salió un edicto de César Augusto ordenando que se empadronase todo el mundo. Este primer empadronamiento tuvo lugar siendo gobernador de Siria Cirino. Iban todos a empadronarse, cada uno a su ciudad. Subió también José desde Galilea, de la ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David, que se llama Belén, por ser él de la casa y familia de David, para empadronarse con María, su esposa, que estaba encinta.

La comunidad lucana que siente a Jesús como el rey heredero de David, nos da algunos datos históricos para justificar el viaje a Belén, donde nacería el niño. Hoy sabemos que esos datos no son correctos, lo que no es obstáculo para recuperar el valor simbólico de aquel nacimiento.

El símbolo no nos habla de la realidad objetiva de los hechos, sino de la realidad subjetiva de los narradores, de lo que siente y vive la comunidad y de la convicción y testimonio de vida que desea transmitir.

Algo que a los occidentales siempre nos cuesta entender… Por eso preguntamos: “¿Pero qué pasó realmente? ¿Es una historia inventada? ¿Es una falsificación histórica?…” Nadie hace esas preguntas cuando lee un poema e incluso cuando escucha al relator de una final de fútbol… o la letra de algún himno nacional…

Y sucedió que, mientras ellos estaban allí, se le cumplieron los días del alumbramiento, y dio a luz a su hijo primogénito, le envolvió en pañales y le acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en el alojamiento. Había en la misma comarca unos pastores, que dormían al raso y vigilaban por turno durante la noche su rebaño.

Se les presentó el ángel del Señor, y la gloria del Señor los envolvió en su luz; y se llenaron de temor. El ángel les dijo: «No teman, pues les anuncio una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: les ha nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador, que es el Cristo Señor;  y esto les servirá de señal: encontrarán un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre.»

Seguramente este es el texto que más veces hemos escuchado ya desde nuestra temprana infancia, pues “lo sabemos de memoria” y “no sé qué más podemos decir de un relato tan sencillo e infantil”…  Pero lo cierto es que cuánto más conocido y trillado es un discurso simbólico, más difícil es interpretar su sentido, pues de tanto repetirlo quedamos “en el cuentito” y no hacemos el esfuerzo de buscarle otro significado diferente del simple “recuerdo del nacimiento del niñito Jesús”.

Nos sucede lo mismo que con los sueños: los más sencillos y aparentemente intrascendentes, resultan ser los que, una vez interpretados, tienen un significado más novedoso y trascendente. Esta es la experiencia que tenemos los psicólogos. Y esto vale para el “ingenuo” relato del niño Jesús, la cuevita, los pastorcitos, el burrito y los ángeles cantores… sin olvidarnos del arbolito.

El símbolo central es “el niño que ha nacido”, tal como el mensajero divino, transmisor de la fe de la comunidad, le dice a los pastores, “iluminando” sus mentes: “un niño envuelto en pañales que es el salvador”…

¿Es éste un símbolo intrascendente y rutinario, la ocasión para comer y beber lo más abundantemente posible el 24 de diciembre, dar regalos a los niños y hacer sonar petardos, exactamente a las 12 de la noche?

Nacimiento

Si la madre fue virgen, simbólicamente virgen, es evidente que el nacimiento es mucho más que un hecho biológico: es el comienzo de algo nuevo en la historia humana, y debiera ser el comienzo y reinicio permanente en cada uno de nuevas etapas de vivir cada vez más maduras y sabias.

Porque toda la vida humana se va gestando en constantes re-naceres desde la lactancia hasta la madurez total y la ancianidad. No sólo a nivel biológico (cambiamos de células constantemente  y desarrollamos el cuerpo, sus órganos y sentidos) y psicológico (en etapas bien diferenciadas) sino también a nivel espiritual cuando, por ejemplo, nos descubrirnos a nosotros mismos y comenzamos un nuevo estilo de vida, de ver el mundo de otra manera, de reconocer errores y asumir nuevos valores. Son los grandes cambios que tuercen el rumbo de la vida o la introducen en nuevas y más profundas instancias.

Es muy significativo que cuando las personas hacen psicoterapia y comienzan un cambio significativo, suelan soñar con un nacimiento, un embarazo o el cuidado de un bebé. He allí el símbolo que el propio inconsciente se encarga de elaborar.

Así, la celebración del Nacimiento (Nativitas, Navidad) es, en primer lugar, un llamado a permanecer despiertos en este renacer que tiene tantas formas distintas. De allí la necesidad de cierto silencio e intimidad de una celebración que no por eso debe perder la alegría de todo nacimiento. Navidad es una fiesta hacia adentro, como lo es el día en que una mujer da a luz un bebé. Sin ruidos molestos, sin mirar hacia afuera; todos concentrados en el niño que duerme tranquilo y en la madre que lo contempla extasiada.

Pero hay más aún: si con el nacimiento de Jesús nació una nueva etapa histórica que incluso marcó la data del calendario, el símbolo hoy reclama por un renacer de la sociedad, de la cultura, de las Iglesias, de los proyectos que tienen que ver con el desarrollo social, político, cultural y espiritual de cada sociedad y de la humanidad entera.

En estos siglos que ya son dos milenios, seguramente que mucho se ha progresado en ciertos niveles, pero cuánto nos queda por hacer por un nacimiento igualitario, más justo y más universal. Entonces, nada más contradictorio que celebrar navidad sin nacimiento a nada, con un espíritu ultraconservador, anclados en el pasado, enceguecidos en dogmas, creencias y ritos que son pura tradición pero sin novedad… sin “evangelio”, sin buena noticia de un nuevo nacimiento.

Múltiples símbolos en el nacimiento de Jesús

En el nacimiento de Jesús, según el relato de Lucas más los agregados de Mateo, de los apócrifos y de la tradición posterior, se conjugaron tres grandes grupos de símbolos:

Los símbolos cósmicos del origen, común a casi todas las culturas y de ninguna manera exclusivas  del cristianismo: el niño nace de noche (símbolo del gran útero que explosiona sus virtualidades), en una cueva (símbolo del útero de la madre tierra), una nueva estrella señala su destino, aparecen ángeles (símbolos de la unión de la divino con el cosmos y la humanidad), una gran luz ilumina la noche de los hombres, es el sol naciente…

Los símbolos humanos y sociales: la mujer primeriza en su parto, el esposo que cuida; el ambiente de pobreza y humanidad reflejado en “el niño envuelto en pañales” en un pesebre de animales, y en los rudos pastores que duermen a la intemperie; las acechanzas del malvado que quiere eliminar al niño (Herodes); los hombres sinceros que caminan desde lejanas tierras buscando la verdad de sus vidas (los sabios magos); el exilio a un país extranjero, la espada de dolor que atravesará el corazón de la madre (en el cántico de Simeón de Lc 1,35); los ancianos judíos que se alegran por la llegada de la liberación y se reconcilian con las promesas divinas (Simeón y Ana, Lc 1,25-38)

Los símbolos específicamente espirituales que suponen una nueva humanidad y un ser humano con un nuevo corazón y un nuevo estilo de vivir. Los mensajeros celestiales expresan con sus anuncios el rico simbolismo espiritual: el nuevo nacimiento que llega de lo alto, desde el corazón del mismo Dios; el final del miedo que da paso a la alegría; la nueva comunidad de fe simbolizada en los humildes pastores; la luz que despeja las tinieblas del miedo y de la mentira;  la paz a los hombres sinceros, de buena voluntad, y la salvación de todos los oprimidos, porque el Niño es el salvador; la alabanza de gratitud en el “gloria en las alturas”.

Y de pronto se juntó con el ángel una multitud del ejército celestial, que alababa a Dios, diciendo: «Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad» Y sucedió que cuando los ángeles, dejándoles, se fueron al cielo, los pastores se decían unos a otros: «Vayamos, pues, hasta Belén y veamos lo que ha sucedido y el Señor nos ha manifestado.»  

Y fueron a toda prisa, y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre.  Al verlo, dieron a conocer lo que les habían dicho acerca de aquel niño; y todos los que lo oyeron se maravillaban de lo que los pastores les decían. María, guardaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón. (Lc 2,1-18)

Delicado e íntimo final de Lucas: María, la mujer madre y la comunidad nueva, medita en su corazón las maravillas vividas. Hay silencio, hay reflexión, hay mirada hacia el interior. No es la espectadora de un hecho externo; la comunidad (nosotros) hace suya toda la riqueza de un simbolismo que nunca se agotará, como nunca se agotará el espíritu humano que, como el ave fénix, ese antiquísimo símbolo de la regeneración, siempre renace de sus cenizas…

Lo que aún hoy me sorprende, no es este conjunto de símbolos en un ambiente humano-divino, tan común y universal en todas las antiguas culturas, sino la cerrazón de quienes se empecinan en una lectura literal, “esencialista” y dogmática de los textos, sin ser capaces de descubrir la maravillosa riqueza de sus símbolos.

¿Será porque es más cómodo quedarse contemplando como simple espectadores un hecho milagroso del pasado que solo nos llega una vez al año en el recuerdo, y no asumir el impresionante compromiso de cambio interior y social, religioso y político que exigen sus símbolos?

¿Cómo no se puede entender el lenguaje de los sentimientos que aparece en el relato evangélico, como si la única manera de hablar de un nacimiento fuera registrar el día, mes y año, el lugar y el nombre del nacido y de los padres, tal como se hace en el registro civil en un trámite rutinario? ¿Cómo no expresar tantas emociones, recuerdos, fantasías, sentimientos y proyectos que nos evoca el nacimiento de un hijo?

Una vez más, nadie mejor que una mujer poeta, Ángela Aymerich, para que nos abra los ojos y nos deje volar con nuestra imaginación  y sentimientos, mientras ella evoca el nacimiento de un nuevo ser humano:

Cuando nace un hombre
siempre es amanecer aunque en la alcoba
la noche pinte negros cristales.

Cuando nace un hombre
hay un olor a pan recién cocido
por los pasillos de la casa;
en las paredes, los paisajes
huelen a mar y a hierba fresca
y los abuelos del retrato
vuelven la cara y se sonríen.

Cuando nace un hombre
florecen rosas imprevistas
en el jarrón de la consola
y aquellos pájaros bordados
en los cojines de la sala
silban y cantan como locos.

Cuando nace un hombre
todos los muertos de su sangre
llegan a verle y se comprueban
en el contorno de su boca.

Cuando nace un hombre
hay una estrella detenida
al mismo borde del tejado
y en un lejano monte o risco
brota un hilillo de agua nueva.

Cuando nace un hombre
todas las madres de este mundo
sienten calor en su regazo
y hasta los labios de las vírgenes
llega un sabor a miel y a beso.

Cuando nace un hombre
de los varones brotan chispas,
los viejos ponen ojos graves
y los muchachos atestiguan
el fuego alegre de sus venas.

Cuando nace un hombre
todos tenemos un hermano.

Y desde el momento en que nace un ser humano, reconocemos todos que ese niño-niña es sujeto de derechos, tal como lo afirma la Declaración de los Derechos del Niño de 1959:

La Asamblea General,  Proclama la presente Declaración de los Derechos del Niño a fin de que éste pueda tener una infancia feliz y gozar, en su propio bien y en bien de la sociedad, de los derechos y libertades que en ella se enuncian e insta a los padres, a los hombres y mujeres individualmente y a las organizaciones … y gobiernos nacionales a que reconozcan esos derechos y luchen por su observancia con medidas legislativas y de otra índole adoptadas progresivamente en conformidad con los siguientes principios:

Principio 1 El niño disfrutará de todos los derechos enunciados en esta Declaración. Estos derechos serán reconocidos a todos los niños sin excepción alguna ni distinción o discriminación por motivos de raza, color, sexo, idioma, religión, opiniones políticas o de otra índole, origen nacional o social, posición económica, nacimiento u otra condición, ya sea del propio niño o de su familia.

2. El niño gozará de una protección…  para que pueda desarrollarse física, mental, moral, espiritual y socialmente en forma saludable y normal, así como en condiciones de libertad y dignidad.

Son Derechos confirmados y ampliados en la Convención sobre los Derechos del Niño de 1989:

Artículo 12. Los Estados Partes garantizarán al niño que esté en condiciones de formarse un juicio propio el derecho de expresar su opinión libremente en todos los asuntos que afectan al niño, teniéndose debidamente en cuenta las opiniones del niño, en función de la edad y madurez del niño.

Artículo 13. El niño tendrá derecho a la libertad de expresión; ese derecho incluirá la libertad de buscar, recibir y difundir informaciones e ideas de todo tipo, sin consideración de fronteras, ya sea oralmente, por escrito o impresas, en forma artística o por cualquier otro medio elegido por el niño.

Artículo 14. Los Estados Partes respetarán el derecho del niño a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión.

Artículo 29. Los Estados Partes convienen en que la educación del niño deberá estar encaminada a Desarrollar la personalidad, las aptitudes y la capacidad mental y física del niño hasta el máximo de sus posibilidades…

 2 EVOLUCIÓN Y TRANSFORMACIONES DE LOS SÍMBOLOS

En las religiones los símbolos evolucionan, se abren, se desarrollan y se mantienen vivos siempre y cuando la comunidad los reinterprete de acuerdo a nuevas situaciones. En el caso de Jesús, mientras los símbolos del nacimiento aparecen como una primera presentación de su persona, luego se van desarrollando  y enriqueciendo con nuevos símbolos que se reactivan mutuamente.

En tanto que otras comunidades y relatores (Marcos, Mateo, Juan y Pablo), interpretan a Jesús según su propia situación cultural e ideología, Lucas continúa profundizando sus símbolos básicos de origen y lo presenta ante todo como un ser profundamente humano.

  • El símbolo de la humanidad sensible y compasiva de Jesús

Mientras que Pablo pasa por alto y desvaloriza la humanidad de Jesús, Lucas lo presenta como un ser auténticamente humano y profundamente sensible, en consonancia con el relato de la infancia.

Esa personalidad sensible y compasiva es el símbolo del nuevo ser humano que ha nacido, el Hombre Nuevo, el Hombre ideal; imagen, a su vez, del nuevo rostro de Dios Abba, padre de amor.

Repasemos brevemente estos símbolos, mientras indico solamente el capítulo de referencia:

– Se compadece inmediatamente de los enfermos, se inclina sobre ellos, les impone la mano y los cura en forma sencilla (4 y 6); cura a un niño epiléptico y lo devuelve a su padre (9); toca a un leproso y lo cura (5); admira la actitud del centurión romano y cura a su sirviente; se conmueve ante el llanto de la viuda de Naím, toca al féretro, resucita al niño y lo entrega a la madre (7). Ofrece una salud integral del cuerpo y del espíritu, sanando y perdonando los pecados (5 y 11)

– Muy particular es su afectuosa relación con las mujeres a quienes acepta como discípulas (8) y que lo acompañarán valientemente hasta la cruz ( 23); cura a la hemorroísa sin que se lo pida (8); llama a la mujer encorvada desde hacía 18 años y la cura (13) Da vida a la hija adolescente de Jairo, pide que le den de comer y se la entrega al padre (8)

En varios de estos casos Jesús devuelve el ejercicio de la femineidad como a la hemorroísa que por su continua menstruación era impura y no podía mantener relaciones sexuales, o dándole la vida a una adolescente que no podía llegar a la madurez femenina.

Por algo, de una mujer recibe el famoso piropo: ¡Feliz el seno que te llevó y los pechos que te amamantaron! (11,27)

– Pecadores y publicanos se acercan para escucharlo (15) Comparte la mesa y el alojamiento o se reúne con las personas de mala reputación y marginadas socialmente, como el publicano Zaqueo y varias prostitutas, ante el escándalo de los piadosos fariseos (7, 8, 19) al punto de ser acusado de comilón y borracho, amigo de publicanos y pecadores, como él mismo recuerda con ironía (7,34)

– Llama a sus discípulos mis amigos (12,4) Se estremece de alegría ante los humildes que comprenden y entran al Reino (10); llora por la ciudad de Jerusalén cuyo desastre final vislumbra (19); siente profunda angustia hasta sudar sangre momentos antes de su captura (22); cura la oreja del sirviente que venía a prenderlo (22); consuela a las  mujeres que se lamentaban en el camino al calvario (23); perdona a quienes lo crucificaban y alienta al zelota que era crucificado con él, antes de expirar dando un fuerte grito de dolor (23)

– La gente lo reconoce como un líder carismático y se reúne en multitudes para seguirlo y escucharlo, aún desde poblaciones limítrofes y en la madrugada, olvidándose de la hora o de la comida (4, 6, 9, 21). Y no ahorra elogios al evaluarlo: es un profeta que trae la visita de Dios, hace cosas increíbles  y habla sabiamente (7)

– Su humanidad aparece con varias características varoniles propias de los grandes profetas: reprende a sus apóstoles por su ambición de poder (9), denuncia la rapacidad de los ricos opresores (6 y 16 ); discute y ataca duramente a los adversarios que lo hostigan con malicia e hipocresía (11 y 13), trata de zorro al rey Herodes (13) Finalmente enfrenta con gran dignidad y valentía el juicio condenatorio ante el Sanhedrín, Pilato y Herodes. Y expira  dando un fuerte grito y diciendo: «Padre, en tus manos entrego mi espíritu» (22 y 23)

– Pero también Lucas destaca la interioridad de Jesús, quien se retira a lugares solitarios para meditar y orar aún toda la noche  en contacto íntimo con Dios (5,16 y 6,12)

En todo su evangelio Lucas subraya su filial relación con Dios, cuyo rostro es el de un Padre tierno y feliz que desea la alegría y felicidad de sus hijos a los que cuida solícito, como lo expresa en aquel increíble texto (“increíble” si no se lo lee simbólicamente): No se inquieten por la vida, pensando qué van a comer, ni por el cuerpo, pensando con qué se van a vestir.  Porque la vida vale más que la comida, y el cuerpo más que el vestido. Fíjense en los pájaros: no siembran ni cosecha, no tienen despensa ni granero, y Dios los alimenta. ¡Cuánto más valen ustedes que los pájaros! ¿Y quién de ustedes, por mucho que se inquiete, puede añadir un instante al tiempo de su vida …

Fíjense en los lirios: no hilan ni tejen; sin embargo, les aseguro que ni Salomón, en el esplendor de su gloria, se vistió como uno de ellos. Si Dios viste así a la hierba, que hoy está en el campo y mañana es echada al fuego, ¡cuánto más hará por ustedes, hombres de poca fe!

Tampoco tienen que preocuparse por lo que van a comer o beber; no se inquieten, porque son los paganos de este mundo los que van detrás de esas cosas. El Padre sabe que ustedes las necesitan. Busquen más bien su Reino, y lo demás se les dará por añadidura. No temas, pequeño Rebaño, porque vuestro Padre ha querido darles el Reino. (12, 24-33)

Para Lucas, Jesús es un profeta laico galileo que jamás pudo entender su misión como una simple tarea religiosa espiritual, desentendiéndose de las implicaciones humanas, políticas y sociales que formaban parte de la esencia tradicional de la historia bíblica y de los profetas.

Todo su accionar y predicar se concentra en un gran símbolo generador: el Reino de Dios que ha llegado y está en medio de la humanidad.

  • El símbolo del Reino de Dios

Jesús anuncia el Reino o soberanía de Dios (“malkuta”) que no es un lugar ni un reino propiamente dicho, sino un símbolo que expresa que el Dios cercano se ha hecho presente en medio de su pueblo para desarrollar una nueva era de justicia, paz, liberación y amor.

Esta es la esencia de su mensaje y de toda su trayectoria, conforme a los símbolos de los orígenes: Jesús recorría las ciudades y los pueblos, predicando y anunciando la Buena Noticia del Reino de Dios (Lc 8,1)

Lo hace por medio de parábolas, destacándose las específicas de la misericordia y compasión (la oveja perdida, la moneda perdida y el padre del hijo dilapidador en Lc 15) que muestran un nuevo rostro o imagen de Dios que ya no juzga según el cumplimiento de leyes o rituales, sino que ofrece su amor compasivo y perdón en forma gratuita a todos los considerados pecadores y malditos según el viejo sistema socio-religioso. Es el Dios Abba, papá, papito, nombre familiar con el que los niños llamaban a su padre.

Otras parábolas utilizan variados símbolos para referirse al Reino, como semilla pequeña que crece, o levadura que lentamente expansiona toda la masa humana; vendimiadores invitados a trabajar en la viña; personas invitadas a las bodas o al banquete del Reino; vigilancia nocturna para no quedar afuera (Lc 8,4-8; 13,18-21; 20,9-19; 14,15-24; 12,35-40) más otras muchas  referidas a actitudes del discípulo.

También lo hace con discursos directos, anunciando la llegada de un nuevo orden religioso, social y político, interior y exterior; de conversión a Dios, un Dios de justicia y liberación, especialmente orientado hacia los pobres, los hambrientos, los pecadores públicos e impuros sociales, las mujeres, los esclavos, enfermos y niños, los endemoniados (enfermos mentales), o sea, hacia las clases sociales más humildes y oprimidas.

Curen a sus enfermos y digan a la gente: «El Reino de Dios está cerca de ustedes» (Lc 10,9)  No temas, pequeño Rebaño, porque el Padre ha querido darles el Reino (Lc 12, 31-32) Reino que hay que pedirlo en la oración (Lc 11,2): Cuando oren, digan: Padre… que venga tu Reino.

Este cumplimiento del designio salvador de Dios que libera al hombre en forma integral es traducido en hechos concretos que son los llamados “milagros” o “signos que realiza Jesús para mostrar que Dios ya está actuando, tanto por medio de las curaciones como por la entrega de alimentos a los hambrientos o el perdón de pecados que implica la inclusión a la comunidad.

Debemos tener en cuenta que las curaciones siempre estuvieron ligadas a lo religioso en el judaísmo, como bendición divina. En la época de Jesús existía un gran movimiento carismático galileo que incluía todo tipo de curaciones y exorcismos. Lo mismo sucedía en el mundo greco-romano, siendo célebre  un contemporáneo de Jesús, de nombre Apolonio de Tiana, famoso por su vida íntegra y espiritualidad, y por sus sanaciones.

Los “signos” del Reino, como los llama Jesús, no son “milagros” en el sentido de hechos fuera de las leyes naturales, sino expresiones de amor y misericordia que preludian la novedad de la presencia de Dios. Los relatores abundan en estos hechos y los magnifican, aún con resurrecciones de muertos, simplemente para expresar simbólicamente la maravilla de la nueva etapa. Y que nadie me pregunte “¿pero qué sucedió realmente?…”

En todos los casos se trata de hechos a favor de los pobres, los enfermos, mujeres y niños, leprosos (la casta más baja de la sociedad); es decir, a favor de los más excluidos y empobrecidos  social y materialmente.

La integralidad de la salvación se ve con gran claridad cuando perdona a un paralítico sus pecados y al mismo tiempo lo cura (Lc 5,17-26)

También libera a los endemoniados (epilépticos, enfermos mentales), pues “si por el dedo de Dios expulso a los demonios, es que ha llegado el Reino de Dios” (Lc 11,20).

Estos signos-tipo atestiguan la llegada del Reino y la autenticidad de su misión como él mismo les dice a los enviados de Juan el Bautista: Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son curados, los sordos oyen, los muertos resucitan y se anuncia la Buena Noticia a los pobres (Lc 7, 22-23)

Y todo ello en cumplimiento de lo anunciado por Isaías 61, 1-2 y leído por Jesús en la sinagoga de Nazaret: El Espíritu de Dios está sobre mi, y El me ha enviado para llevar la buena noticia a los pobres, anunciar la libertad a los esclavos y la vista a los ciegos y proclamar un año de perdón… Y esta palabra que acaban de oír, hoy se cumple en ustedes. (Lc 4,16-19).

En todos los casos, el anuncio de la buena noticia de la liberación a los pobres es el símbolo fundamental, describiéndose otras situaciones arquetípicas (esclavos liberados, enfermos curados, perdón de culpas y deudas)

Lo escandaloso de esta soberanía de Dios es que los privilegiados y los llamados al Reino no son los sacerdotes ni los nobles, sabios o piadosos, sino el pueblo sencillo, pecador e inculto, los marginados, considerados por la sociedad como los “malditos”, y los niños (Lc 12,32), o sea, los considerados “poca cosa”. Ya hablamos del lugar especial que ocupan en el proyecto de Jesús las mujeres, aún las más despreciadas, las prostitutas.

En consecuencia: la buena noticia consiste en hechos concretos a favor de la gente necesitada de esa época… no en discursos… Esa es la noticia de que algo nuevo está sucediendo… especialmente a favor de los pobres.

Así fue al principio… ¿y después?… Evangelizar no es repetir frases de Jesús… es construir una sociedad más digna, justa e igualitaria. ¡Esa sí que es una buena noticia!

La síntesis de las bienaventuranzas: el símbolo de la felicidad

El mensaje de la buena noticia del Reino se sintetiza en las bienaventuranzas (Lc 6, 20-26) resumidas en la primera: Felices los que ahora son pobres, porque de ustedes es el Reino de Dios.

Las otras: Felices los hambrientos porque serán saciados; los que lloran porque reirán, son ampliadas por Mateo 5,3-12: los que buscan la paz, los que resisten, los misericordiosos, los sinceros de corazón, los perseguidos por practicar la justicia.

El concepto es claro: el poder de Dios ahora reivindica y dignifica a los pobres, desclasados y oprimidos por cualquier motivo, gente sin bienes y sufrientes. Dios subvierte el orden actual y crea un nuevo modelo de sociedad. Y a toda esta humanidad de excluidos se los transforma en los incluidos del Reino.

Pero hay algo más (y muy olvidado): un Padre que desea la felicidad de sus hijos… es un padre feliz. Ese es el rostro del Dios de Jesús, rostro que se manifiesta en todo el evangelio de Lucas: un Dios alegre que proyecta y genera alegría en el origen: en María y los pastores; en los pecadores perdonados, en los enfermos curados y en toda la propuesta del Reino: una nueva humanidad encaminada a ser felices… para reír y disfrutar la vida. Ojalá podamos enterrar al dios del miedo, de la seriedad y del castigo, y comencemos a vivir este símbolo del Dios del gozo, de la alegría y de la felicidad, de la libertad y del amor. ¿Es pedir demasiado?

El Reino, lejos de ser una realidad puramente sobrenatural, de otra vida, es algo a realizarse aquí en la tierra, pues ustedes comerán en mi reino… y dispongo del Reino para que ustedes coman y beban en ese Reino (22,28)

Como contrapartida, el Reino también tiene sus excluidos: son los incluidos en un poder político y económico que excluye a los pobres. Jesús se opone abiertamente al modelo de los ricos que amasaron sus fortunas sobre el hambre y el sufrimiento de los pobres: Ay de ustedes los ricos, porque ahora ya tienen su consuelo… los que ahora están hartos y se ríen porque tendrán hambre y llorarán… (Lc  6, 24-25)

Entre ricos opresores y pobres oprimidos hay un “abismo insalvable” como lo expresa la parábola del rico y del pobre Lázaro (Lc 16) pues en definitiva no se puede servir a Dios y al dinero (Lc  16,13)

Fue un mensaje altamente revolucionario que llevó a Jesús a enfrentar la muerte, acusado de sedicioso ante el poder romano.

Lamentablemente el cristianismo de los siglos posteriores no fue capaz de mantener esa propuesta, y Jesús fue una y mil veces traicionado por los mismos que decían ser sus discípulos.

Del símbolo de la liberación y del Reino al símbolo del Desarrollo Humano Integral y los Derechos Humanos

Como es bien sabido, en la década de 1960 el simbolismo transformador de Lucas resucita en la llamada Teología de la Liberación que le dio un nuevo perfil al cristianismo de América Latina y África, inspirada en la famosa Encíclica “El Desarrollo de los Pueblos” (Populorum  Progressio) del Papa Pablo VI, del año 1967 y seguida de los llamados Documentos de Medellín del Episcopado Latinoamericano en 1968.

La carta papal habla así de las aspiraciones de los hombres: Verse libres de la miseria, hallar con más seguridad la propia subsistencia, la salud, una ocupación estable; participar todavía más en las responsabilidades, fuera de toda opresión y al abrigo de situaciones que ofenden su dignidad de hombres; ser más instruidos; en una palabra, hacer, conocer y tener más para ser más: tal es la aspiración de los hombres de hoy, mientras que un gran número de ellos se ven condenados a vivir en condiciones, que hacen ilusorio este legítimo deseo.

Por otra parte, los pueblos llegados recientemente a la independencia nacional sienten la necesidad de añadir a esta libertad política un crecimiento autónomo y digno, social no menos que económico, a fin de asegurar a sus ciudadanos su pleno desarrollo humano y ocupar el puesto que les corresponde en el concierto de las naciones…

También enfatiza que El desarrollo no se reduce al simple crecimiento económico. Para ser auténtico debe ser integral, es decir, promover a todos los hombres y a todo el hombre… Lo que cuenta para nosotros es el hombre, cada hombre, cada agrupación de hombres, hasta la humanidad entera.

Nunca antes la Iglesia Católica se había expresado en esos términos que traducen para el siglo 20 y 21 el simbolismo lucano de los orígenes…  y cuyo centro es simplemente el hombre en todo el esplendor de su dignidad.

La inclusión al Desarrollo Integral es total: basta ser hombre o mujer de cualquier región, edad, religión o cultura. Se incluye a cada hombre, cada agrupación humana, toda la humanidad.

El nuevo simbolismo amplía el concepto de liberación e incluye una propuesta para todos los seres humanos y en todas sus dimensiones. Fue un importante salto.

Veinte años después, en 1986, las Naciones Unidas definen al desarrollo en la Declaración sobre el Derecho al Desarrollo como Un proceso global económico, social, cultural y político, que tiende al mejoramiento constante del bienestar de toda la población y de todos los individuos sobre la base de su participación activa, libre y significativa en el desarrollo y en la distribución justa de los beneficios que de él se derivan y también enfatiza que la persona humana es el sujeto central del proceso de desarrollo y que toda política de desarrollo debe por ello considerar al ser humano como participante y beneficiario principal del desarrollo.

Y en el artículo primero declara: El derecho al desarrollo humano es inalienable, en virtud del cual todo ser humano y todos los pueblos están facultados para participar en un desarrollo económico, social, cultural y político en el que puedan realizarse plenamente todos los derechos humanos y libertades fundamentales, a contribuir a ese desarrollo y a disfrutar de él.

Observamos que el moderno simbolismo del Desarrollo Integral tiene ciertas características fundamentales que lo hacen específicamente “humano e integral”:

  • Es un proceso siempre dinámico y siempre renovado.
  • Su integralidad abarca todos los aspectos y niveles de la vida humana, y no sólo el económico.
  • Todas las personas deben participar activamente en su elaboración. Esto es algo fundamental, se habla de un ser humano activo, pensante y que toma decisiones.
  • Y, finalmente, participar en sus beneficios sin exclusión alguna.

No hace falta decir que aún estamos muy lejos de haber logrado, y en muchos casos ni iniciado, este proceso integrador que, al menos entre nosotros, se reduce a cierto mejoramiento económico con una espantosa exclusión de la mayoría de la población que de ninguna manera participa activamente ni en la ejecución ni en los beneficios del proyecto. Baste recordar que según datos de 2013 de Naciones Unidas:

  • 800 millones de personas, casi la mitad de la población mundial (6.800 millones), viven en pobreza.
  • El 20% de la población mundial, los más ricos, acapara el 90% de las riquezas.
  • Casi la mitad de la riqueza mundial está en manos de sólo el 1% de la población, y la mitad más pobre de la población mundial posee la misma riqueza que las 85 personas más ricas del mundo.

Porque ni la salvación de Dios, ni la liberación de Jesús ni el desarrollo integral enunciado por Naciones Unidas  (todos procesos en la misma línea simbólica)  se realizarán mágicamente y desde la pasividad obligada de la población.

Lo que sí parece suceder en tantos países acostumbrados a ser gobernados por caudillos mesiánicos, dictadores o políticos tan populistas como “neoliberales” que se apoderan y utilizan un pseudo lenguaje liberador para cautivar a los pobres a fin de canjear sus votos con dádivas, es que se “olvida” que el desarrollo es un “derecho inalienable” de los pueblos, y que los gobernantes son elegidos exclusivamente para que el derecho al desarrollo, como el resto de los derechos, sea satisfecho tanto en la participación como en los beneficios. Y los derechos se exigen, no se piden de limosna ni menos se los agradece…

Entre esos derechos, además de la Declaración universal de los derechos humanos (1948) y  del Derecho al Desarrollo (1986), de la Eliminación de la discriminación de la mujer (1979) Eliminación de la violencia contra la mujer (1993) y  Derechos del Niño (1989) sobre los que ya hemos hecho comentarios, debemos recordar, entre otros, los Derechos de los pueblos indígenas originarios (2007), Derechos de las personas con discapacidad (2007), Eliminación  de todas las formas de discriminación racial (1961), Principios sobre la tolerancia (1995), Contra la tortura y otros tratos crueles, inhumanos o degradantes (1984)

Al menos desde los documentos, elaborados por personas  de buena voluntad de tantos países, y desde los millones de seres humanos que intentan poner en práctica un ideario imposible en otras épocas, con amor, dedicación, alegría y desinterés… podríamos decir que el Reino de Dios está cerca… dentro de nosotros.

Finalicemos este capítulo aludiendo brevemente a otros símbolos del Reino que desarrollan y transforman los símbolos del origen hasta llevarlos a un final presente en el inconsciente de todas las culturas y religiones.

  • El pan compartido

Algunas parábolas ya  expresan el simbolismo del Reino como un banquete al que están todos invitados, como cuando Jesús dice que vendrán muchos de Oriente y de Occidente, del Norte y del Sur, a ocupar su lugar en el banquete del Reino de Dios (Lc 13, 29)

Ya dijimos que Jesús solía sentarse a la mesa y comer con los considerados pecadores y malditos de la sociedad (publicanos y prostitutas) para expresar hasta el escándalo cuál era su compromiso y el sentido inclusivo del Reino.

También Lucas nos narra un episodio en el que el simbolismo es aún más explícito: Al caer la tarde, se acercaron los Doce y le dijeron: «Despide a la multitud, para que vayan a los pueblos y caseríos de los alrededores en busca de albergue y alimento, porque estamos en un lugar desierto». El les respondió: «Denles de comer ustedes mismos».

Pero ellos dijeron: «No tenemos más que cinco panes y dos pescados, a no ser que vayamos nosotros a comprar alimentos para toda esta gente». Porque eran alrededor de cinco mil hombres. Entonces Jesús les dijo a sus discípulos: «Háganlos sentar en grupos de cincuenta».

Y ellos hicieron sentar a todos. Jesús tomó los cinco panes y los dos pescados y, levantando los ojos al cielo, pronunció sobre ellos la bendición, los partió y los fue entregando a sus discípulos para que los sirvieran a la multitud. Todos comieron hasta saciarse y con lo que sobró se llenaron doce canastas (Lc 9, 10-17)

Se trata de un rico símbolo del nuevo proyecto: la gente está “en un lugar desértico” donde faltan alimentos y recursos. Mientras los discípulos prefieren que cada uno resuelva el problema individualmente, Jesús asume la responsabilidad compartiendo los panes y peces con toda la multitud, cinco mil hombres sin contar mujeres y niños. Y todos comieron hasta saciarse. Cualquiera sea el hecho que haya sucedido en la realidad, el sentido del símbolo es muy significativo para todos los tiempos: Dios se hace presente  con su Reinado allí donde se comparten los bienes con amor y generosidad.

El símbolo de la Cena

Pero el momento culminante de este símbolo del pan compartido tuvo lugar en la última cena de Jesús (Lc 22), comida ritual que conmemoraba la Pascua en que se sacrificaba a Dios un cordero para comerlo después con la familia como signo de comunión.  Jesús se sentó a la mesa con los Apóstoles y les dijo: «He deseado ardientemente comer esta Pascua con ustedes antes de mi Pasión, porque les aseguro que ya no la comeré más hasta que llegue a su pleno cumplimiento en el Reino de Dios».

Y tomando una copa, dio gracias y dijo: «Tomen y compártanla entre ustedes. Porque les aseguro que desde ahora no beberé más del fruto de la vid hasta que llegue el Reino de Dios». Luego tomó el pan, dio gracias, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: «Esto es mi Cuerpo, que se entrega por ustedes. Hagan esto en  memoria mía». Después de la cena hizo lo mismo con la copa, diciendo: «Esta copa es la Nueva Alianza sellada con mi Sangre, que se derrama por ustedes.

Varios elementos conforman el símbolo ritual más rico del cristianismo y que constituye su principal acto de culto:

– Hay un deseo ardiente de Jesús de comer esa cena que él mismo relaciona con su próxima pasión y con el banquete del Reino.

– Toma el pan, lo parte y lo comparte con sus discípulos como un signo de su entrega incondicional. Ahora el pan compartido simboliza a su propia persona, su cuerpo (Yo soy como el pan) que se entrega en un acto supremo de amor.

– Lo mismo hace con la copa de vino que comparte, como un símbolo extremo de su sangre que da vida al  nuevo pueblo que nace y por el que está dispuesto a dar la vida.

– Finalmente, les pide a los suyos que mantengan viva esta comida en su nombre y como compromiso con la comunidad a la que se deben en servicio.

– En la misma cena Jesús les entrega, luego que ellos discutieran por un puesto de honor, un nuevo símbolo que comentaremos en el próximo capítulo, servir a la comunidad como quien sirve la mesa.

Desde entonces los cristianos continuaron celebrando su unidad y compromiso de vida mediante estas comidas que, lentamente, fueron configurando el ritual de la llamada “eucaristía” (significa “acción de gracias”) o simplemente “santa cena” o “misa”. A esas comidas alude Pablo, muchos años antes que Lucas, y se queja porque ya había divisiones entre los comensales, pues mientras unos comían opíparamente, otros pasaban hambre: La copa de bendición que bendecimos, ¿no es acaso comunión con la Sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es comunión con el Cuerpo de Cristo? Ya que hay un solo pan, todos nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo Cuerpo, porque participamos de ese único pan (1Cor 10, 16-17). Es la “comunión” de sentimientos y actitudes, de pertenencia al mismo cuerpo social y de solidaridad generosa. Ese es el simbolismo.

Sabemos que estas comidas simbólicas con pan y vino eran comunes en varios cultos del imperio romano y en otras religiones. Aún hoy todos agasajamos a nuestros amigos mediante la participación en una comida, generalmente en nuestra propia casa. Visitando Nepal tuve oportunidad de asistir a un culto a la diosa Cali en el que, al aire libre junto a un arroyo, los devotos de la diosa, representada en un templete por una serpiente, le ofrecían diversos dones, entre ellos un cabrito que luego compartían con sus familiares y amigos. ¿No es acaso el mismo símbolo de la eucaristía?

  • Morir por una causa

Hoy es imposible, desde el punto de vista histórico, saber a ciencia cierta qué sucedió realmente y cuál fue la secuencia de los hechos que desembocaron finalmente en la muerte de Jesús a manos de los romanos. Nos consta por los relatos posteriores de los cristianos, que esa muerte humillante causó gran decepción y consternación, bien expresada por el mismo Lucas en el capítulo final de su evangelio: Dos discípulos que iban hacia la aldea de Emaús se encuentran con un desconocido al que dicen: Nosotros esperábamos que fuera él quien librara a Israel. Pero a todo esto ya van tres días que sucedieron estas cosas…

Cuando llegaron cerca del pueblo, el desconocido hizo ademán de seguir adelante. Pero ellos le insistieron: «Quédate con nosotros, porque ya es tarde y el día se acaba». El entró y se quedó con ellos. Y estando a la mesa, tomó el pan y pronunció la bendición; luego lo partió y se lo dio. Entonces los ojos de los discípulos se abrieron y lo reconocieron, pero él había desaparecido de su vista. (Lc 24, 21-31)

Curiosamente en este vivaz relato aparece nuevamente el símbolo de la “comida compartida” que les permite a los dos discípulos reconocer a Jesús… Su decepción era grande, pues en consonancia con el evangelio de la Infancia y del accionar de Jesús como adulto, ellos esperaban un libertador político que los liberara del yugo romano.

Esto explica que, en primera instancia, la muerte de Jesús fuera interpretada como el martirio del profeta que muere por su causa, tal como Jesús dijera en un episodio que parece ser verídico, cuando se acercaron algunos fariseos que le dijeron: «Aléjate de aquí, porque Herodes quiere matarte». El les respondió: «Vayan a decir a ese zorro: hoy y mañana expulso a los demonios y realizo curaciones, y al tercer día habré terminado. Pero debo seguir mi camino hoy, mañana y pasado, porque no puede ser que un profeta muera fuera de Jerusalén (Lc 13, 31-33).

Aquella audaz decisión fue la que lo llevó a enfrentar no sólo las amenazas de muerte de Herodes Antipas, rey de Galilea al servicio de Roma, sino todo un camino plagado de peligros y amenazas, tal como lo resume el teólogo Alberto Nolan: “La existencia de una conspiración es atestiguada por el relato independiente de la misma que podemos ver en los evangelios (Mc l4, 1-2; Mt 26, 3-5; Lc 22, 2) y por el hecho de que, en un determinado momento, Jesús sé convirtió en fugitivo. Tal vez Jesús llegara a saber que tenían intención de detenerle. Poco después del incidente del Templo se escabulló y fue a ocultarse (Jn 8, 59; 10, 39; 12, 36). Ya no podía moverse abiertamente de un lado para otro (Jn 11, 54) y se vio obligado a abandonar Jerusalén y Judea (Jn 7, 1) Pero tampoco estaba seguro en Galilea. Por aquel entonces, también Herodes albergaba contra él un odio mortal (Lc 13, 31). Ya no podía hablar libremente en las aldeas de Galilea (Mc 9, 30). De manera que tuvo que deambular con sus discípulos fuera de Galilea: al otro lado del lago, en las regiones de Tiro y de Sidón, en la Decápolis y en las cercanías de Cesarea de Filipo (Mc 7, 24 y 31: 8, 22 y 27). En un determinado momento regresó al otro lado del río Jordán (Mc 10, 1; Mt 19, 1; Jn 10, 40)” (Jesús antes del cristianismo ¿Quién es este hombre? Sal Terrae, Santander)

El mismo Lucas nos dice que en aquel juicio condenatorio comenzaron a acusarlo ante Pilato, diciendo: Hemos encontrado a este hombre incitando a nuestro pueblo a la rebelión, impidiéndole pagar los impuestos y pretendiendo ser el rey mesías (23,1-2)

Para la ley romana había dos motivos para la crucifixión: reincidencia de un esclavo en escaparse o subversión contra Roma. Seguramente cuando Jesús enfiló hacia Jerusalén contra el parecer de sus discípulos, sabía o presentía que tendría un solo final coherente con toda su vida: morir por la causa justa que estaba defendiendo y para la que había nacido.

Como bien dice el evangelista Juan (13.1) con el sentir de todas las comunidades cristianas: sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que quedaban en el mundo, los amó hasta el fin.

Lo importante no es el sufrimiento por el sufrimiento, como a menudo mal entiende cierta piedad cristiana, sino la entrega total a una causa justa en un compromiso que no duda en dar la vida por aquellos valores que son irrenunciables, sin claudicar en la dignidad aún ante las peores circunstancias. Fue el símbolo de los inicios que se clavó como una espada en el corazón de la madre.

Aquella muerte fue el símbolo final que consagra a los hombres como hitos y luminarias en la historia humana. Es el caso de Sócrates, Espartaco, Giordano Bruno, Gandhi, Luther King, Mandela y tantos otros que jalonan el cielo de la espiritualidad humana en su máxima expresión: enfrentar cárcel, torturas y muerte cruel antes de ser infieles a sí mismos; y morir para que otros tengan vida…

Un símbolo que también se hizo realidad en millones de esclavos y pueblos sometidos, en el holocausto judío y en los centenares de miles de víctimas de las dictaduras que asolaron el suelo sudamericano…

Más sencilla… más sencilla.
Sin barroquismo,
sin añadidos ni ornamentos.
Que se vean desnudos
los maderos,
desnudos y decididamente rectos.

Los brazos en abrazo hacia la tierra,
el mástil disparándose a los cielos.

Que no haya un solo adorno
que distraiga este gesto…
este equilibrio humano
de los dos mandamientos.
Más sencilla… más sencilla…
haz una cruz sencilla, carpintero. 
(León Felipe)

  • Renacer a la trascendencia

Finalicemos este recorrido con el símbolo que suscita más resistencias en la mentalidad moderna: la resurrección de Jesús. El texto literal es bien conocido: Jesús muerto es depositado en una tumba aquel viernes de tarde, y al amanecer del tercer día (nuestro domingo, primer día de la semana) sus mujeres discípulas encuentran la tumba vacía. Tras momentos de turbación, Jesús se les aparece y lo hace posteriormente a los incrédulos apóstoles. Los cinco relatos que la tradición nos ha legado (Pablo y los cuatro evangelistas) muestran contradicciones irreconciliables que hablan a las claras de diferentes interpretaciones de un suceso misterioso e inexplicable.

Una vez más debemos volver a preguntarnos si el relato debe ser entendido al pie de la letra, con todas las contradicciones del caso, o es un antiguo símbolo de una cultura que así expresó el sentido trascendente de la vida.

El sentido de la muerte

Hay algo peor que la muerte: el miedo a la muerte. (Proverbio Bantú)

Desde los orígenes de la humanidad y de la religiosidad el significado de la muerte fue lo que despertó en los seres humanos el mayor de los interrogantes. Así fue surgiendo la creencia en la existencia de las almas o espíritus de los difuntos y en la necesidad de rendirles cierto culto para mantenerlos propicios, ya que se suponía que seguían viviendo, aunque de otra forma, en medio de la comunidad. De todo ello dan fe numerosos estudios e investigaciones de los antropólogos e historiadores de las religiones. Misterio de la muerte que suscita temor y esperanza ayer y hoy.

Es curioso que los hebreos ignoraron el destino del más allá para sus muertos, a los que suponían vagando en el interior de la tierra en medio de tinieblas (el sheol) y sin esperanzas de una nueva vida. Pero a partir de la influencia de los persas y de la persecución a la que fueran sometidos los judíos por los helenistas (Antíoco) y de la muerte de los mártires, fue surgiendo la idea hacia el siglo II a.C., rechazada por los saduceos, de una resurrección de la muerte; y al ignorar aún la existencia de un alma inmortal de la filosofía griega, entendieron que toda la persona, o sea su “cuerpo”, adquiría nueva vida por la fuerza del espíritu de Dios: Tú, malvado, nos privas de la vida presente, pero el Rey del universo nos resucitará a una vida eterna, ya que nosotros morimos por sus leyes (2 Mac 7,9) Y muchos de los que duermen en el suelo polvoriento se despertarán, unos para la vida eterna, y otros para el horror eterno (Daniel 12,2)

Por otra parte, la creencia en dioses o héroes míticos que mueren y resucitan (a imagen del sol en su transcurso cósmico) es relativamente común en los pueblos antiguos, entre ellos Osiris, en Egipto, o Mitra, el dios que competía con Jesús en el imperio romano.

Simbolismo de la Resurrección

El primer día de la semana, al amanecer, las mujeres fueron al sepulcro con los perfumes que habían preparado. Ellas encontraron removida la piedra del sepulcro y entraron, pero no hallaron el cuerpo del Señor Jesús. Mientras estaban desconcertadas, se les aparecieron dos hombres con vestiduras deslumbrantes. Como las mujeres, llenas de temor, no se atrevían a levantar la vista del suelo, ellos les preguntaron: «¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado…  Cuando regresaron del sepulcro, refirieron esto a los Once y a todos los demás. Eran María Magdalena, Juana y María, la madre de Santiago, y las demás mujeres que las acompañaban. Ellas contaron todo a los Apóstoles, pero a ellos les pareció que deliraban y no les creyeron… Jesús se apareció en medio de ellos y les dijo: «La paz esté con ustedes». Atónitos y llenos de temor, creían ver un espíritu, pero Jesús les preguntó: «¿Por qué están turbados y se les presentan esas dudas? Miren mis manos y mis pies, soy yo mismo. Tóquenme y vean. Un espíritu no tiene carne ni huesos, como ven que yo tengo». Y diciendo esto, les mostró sus manos y sus pies. Era tal la alegría y la admiración de los discípulos, que se resistían a creer.

Pero Jesús les preguntó: «¿Tienen aquí algo para comer?». Ellos le presentaron un trozo de pescado asado; él lo tomó y lo comió delante de todos.  Ustedes son testigos de todo esto. Y yo les enviaré lo que mi Padre les ha prometido. Permanezcan en la ciudad, hasta que sean revestidos con la fuerza que viene de lo alto».

Siguiendo exclusivamente el relato de Lucas en el capítulo 24 y final de su evangelio observamos lo siguiente:

– El relato se inicia con la frase el primer día de la semana, clara alusión a una semana de la nueva creación que se ha inaugurado con la misma fuerza del espíritu que aleteaba sobre las aguas primigenias y sobre María. Se sugiere, pues, una resurrección que llega a toda la humanidad como vida nueva.

– El sepulcro vacío, que aparece en todos los relatos, es el más típico símbolo de que allí no está Jesús, quien ya no vive como antes, pues ahora es una presencia diferente, ha renacido. El sepulcro vacío es el nuevo útero de la madre tierra del que se levanta (re-surge) y eleva el hombre nuevo, aspiración máxima del espíritu humano, de las religiones y de toda espiritualidad.  De esta manera el símbolo original del útero de María y de la cueva de Belén se enlaza con la cueva del sepulcro.

También el hombre nuevo es una aspiración secular desde el Renacimiento hasta los mitos del hombre nuevo del socialismo y de la posmodernidad omnipotente.

– Como en el evangelio de los orígenes aparecen los mensajeros divinos que explican el sentido de lo que está sucediendo: ¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado.

Hay gente que vive entre los muertos y que aún no ha descubierto el mensaje de resucitar a una nueva forma de vivir; hay estructuras de muerte del espíritu que domestican y adormecen a millones de seres humanos en un mundo de sombras. Y cuánta muerte vemos hoy en nuestro mundo, muerte de los cuerpos y muerte de los espíritus, de los sentimientos y de los valores…

– Mientras que las mujeres que amaban a Jesús pueden  creer en el nuevo mensaje, los apóstoles desde su razón y celos no aceptan el testimonio femenino. El sentido es claro: sólo desde el amor se puede renacer a una vida nueva. El amor engendra hombres nuevos como también engendra la primera vida.

– El resucitado, el hombre regenerado, se expresa en un don: La paz esté con ustedes. Es el mismo símbolo anunciado por los ángeles a los pastores de Belén. Donde la gente busca y lucha por la paz, allí está Dios y se manifiesta en Jesús. La paz es la nueva vida que la humanidad no pudo conquistar hasta el día de hoy. La paz es el signo más evidente de que la liberación total ya es un hecho.

– Los apóstoles, como los pastores de Belén,  se quedaron  atónitos y llenos de temor, pero Jesús les dijo: Miren mis manos y mis pies, soy yo mismo. Tóquenme y vean. El símbolo de “tocarlo” indica que él está tan vivo en medio de ellos desde el amoroso recuerdo, el testimonio de vida nueva  y la vivencia de su propuesta, como si tuviera un cuerpo real. Todas las culturas viven la presencia de sus fundadores y héroes, vida que se prolonga en el compromiso de las comunidades, pues Los hombres mueren pero sus palabras y obras pueden vivir por siempre, se dice en Ghana.

– Esta presencia se la siente en una emoción similar a la de Belén: Era tal la alegría y la admiración de los discípulos, que se resistían a creer. La presencia invisible de las personas amadas y de lo nuevo nos produce una alegría serena, otro gran símbolo de los nuevos tiempos. Ya Jesús en las Bienaventuranzas del Reino introduce cada una de ellas con la palabra “felices”… los que antes estaban tristes y angustiados, hambrientos y oprimidos ahora son felices al gozar la experiencia de un mundo nuevo…

– Jesús  nuevamente come con los suyos: la comida fraterna donde se comparte la vida, es el mejor signo de la presencia de Jesús y de su espíritu en la comunidad. Se reitera un símbolo que siempre cuesta vivirlo en la práctica: compartir los bienes para que no haya excluidos.

– Por último, la no presencia física de Jesús significa que ahora son sus discípulos los testigos y anunciadores del nuevo mensaje con la fuerza del Espíritu. Ha comenzado una nueva etapa con la Iglesia o comunidad de Jesús: el mismo Lucas en su segundo libro “Hechos de los Apóstoles” reseña los primeros pasos, de la mano de Pedro y Pablo.

Observamos  cómo Lucas inicia y finaliza su evangelio con dos relatos profundamente míticos y simbólicos, y muy conectados entre sí. En uno, nos da cuenta del nacimiento de Jesús, el hombre nuevo; en el otro, de su final en un nuevo nacimiento, la trascendencia. En ambos casos los personajes humanos no entienden lo que está sucediendo y se sienten llenos de turbación y temor; entonces aparecen los mensajeros divinos que les dan el sentido espiritual de esto nuevo que tanto asombro causa, y les devuelven la alegría.

Este conjunto de símbolos, recreación y transformación de otros ya conocidos pero siempre con nuevos significados, nos interroga hoy a nosotros sobre lo que llamamos “el sentido de la vida”, esencia misma de toda espiritualidad humana o religiosa.

En nosotros está encontrar la respuesta a una pregunta clave: ¿Es trascendente nuestra vida, incluso más allá de la muerte? ¿Hay otras formas de trascendencia, aún en esta vida terrestre?

Somos como un caballo sin memoria.

Somos como un caballo que, no se acuerda ya

De la última valla que ha saltado.

Venimos corriendo y corriendo

Por una larga pista de siglos y obstáculos.

De vez en vez, la muerte.

…¡el salto!

Y nadie sabe cuántas veces hemos saltado

Para llegar aquí, ni cuántas saltaremos todavía

Para llegar a Dios que está sentado

al final de la carrera…esperándonos.

Lloramos y corremos,caemos y giramos,

vamos de tumbo en tumba

dando brincos y vueltas entre pañales y sudarios. (León Felipe)

 Concluyendo

Finalizamos así este capítulo cuyo objetivo fue tratar de entender que es posible  re-interpretar desde nuestra cultura, necesidades  y categorías mentales el lenguaje religioso que nos llega por antiguos símbolos. Por eso, el mito de origen que fue interpretado desde otra cultura y forma de pensar,  no es un dogma o verdad absoluta para todos los tiempos y seres humanos, sino que es la bella oportunidad para que ahondemos en su rico simbolismo y descubramos nuevos y actuales mensajes.

Solamente hemos registrado algunos símbolos que podemos llamar “ejemplares” siguiendo exclusivamente un relato que nos presentó su punto de vista sobre Jesús.

Pero hay tantos rostros de Jesús como comunidades que lo sienten, viven y experimentan, pues su rostro es el espejo en el que millones de seres humanos intentan reflejarse.

Y como ya lo dijéramos varias veces, esos múltiples símbolos más que hablar del personaje histórico llamado Jesús, hablan de nosotros mismos que hacemos en la vida un recorrido similar.

Por eso en el centro de nuestra preocupación está siempre el Hombre, varón y mujer, quien tiene por delante la larga y hermosa tarea de descubrirse a sí mismo y encontrar un sentido a su vida en comunión con otros seres humanos y con todo el universo.

Por lo tanto, todos nuestros puntos de vista, nuestras percepciones e interpretaciones de la realidad son y serán siempre “subjetivos” porque nacen de nuestra mirada interior. Porque siempre que los cristianos hablan de los símbolos de Jesús, están hablando de ellos mismos. Jesús es el arquetipo que condensa todas sus aspiraciones.

Los símbolos son el mejor lenguaje de esa mirada tan racional como emotiva, tan cierta para nosotros como respetuosa de otras miradas que también son subjetivas, racionales y emotivas.

Los símbolos abren nuestro espíritu. Como bien dice el poeta A. Machado: Si vino la primavera, volad a las flores; no chupéis cera.

 

VI – LA   MADUREZ   RELIGIOSA  

 En estos dos capítulos finales vamos a realizar una síntesis de conceptos vividos en los capítulos anteriores, pero también dispersos según los textos y las situaciones que íbamos comentando. Por eso, el lector encontrará una mirada más amplia y unificada sobre dos temas que nos sirvieron de guía y constituyeron nuestra principal  preocupación: la religiosidad y la espiritualidad.

En este capítulo vamos a reflexionar  sobre el estilo y la madurez que hoy reclamaríamos para que haya coherencia entre la fe y la mentalidad del ser humano actual.

Aclaremos los términos: religión, religiosidad, espiritualidad

Hasta hace pocos decenios estos tres términos estaban prácticamente identificados en Occidente y en otras culturas: se daba por sentado que la única manera de ser personas con sentimiento religioso o religiosidad era insertándose en la religión organizada de su país o región, con todos sus típicos elementos: credo o conjunto de creencias; sistema cultual; normativas éticas y organización institucional. Y esta religión (catolicismo, protestantismo, islam, hinduismo…) “inyectaba” su espiritualidad a sus seguidores de acuerdo a un modelo que incluía todas las preguntas y todas las respuestas. Por lo tanto, en occidente la única espiritualidad posible era la cristiana con diversos matices según las Iglesias u organizaciones internas. Así las Órdenes y Congregaciones  religiosas en el Catolicismo tenían una espiritualidad con modalidad Benedictina, Franciscana, Jesuítica, Salesiana, etc., pero siempre dentro del marco intocable de las pautas generales. Lo mismo sucedía con las iglesias no católicas como las Luteranas, Metodistas, Anglicanas, etc.

Hoy el campo se ha diversificado tanto que los tres términos no son inclusivos entre sí, sino que suponen conceptos específicos y aún no suficientemente clarificados. Por eso, si bien no hay total acuerdo entre los expertos (teólogos, antropólogos, escritores…) sobre el sentido específico de cada uno de ellos, podemos partir de los siguientes enunciados:

Religiosidad

Hoy  podemos suponer, como una hipótesis muy probable,  que en los primeros tiempos de la humanidad existió un sentido o espíritu religioso o sagrado difuso frente a la experiencia de la muerte o de los fenómenos meteorológicos y biológicos que dieron lugar a la creencia en los espíritus de los muertos y de la naturaleza en general, como  sucede en el animismo. Esas experiencias en miles de años fueron dando origen  a diversos rituales,  creencias y mitos, que finalmente desembocaron, en el período del Neolítico, hace unos seis o siete mil años,  en sociedades religiosas más organizadas, coincidiendo esta etapa con el pastoreo y la domesticación de animales, y después con la vida sedentaria, con la agricultura, la alfarería, las ciudades, etc.

Podríamos llamar incluso a esta religiosidad como la primera espiritualidad, dada su búsqueda de sentido del cosmos y de la vida humana. Hoy nos encontramos con muchísima gente, especialmente en Europa y en zonas más urbanizadas de otros continentes, que reconoce ser “religiosa” pero sin pertenecer ni adherir a ninguna Religión o Iglesia en particular. Su propuesta es: “Creo en un Ser Absoluto, creo en Dios, creo que hay Algo más”… “pero no creo en la Iglesia”. Es decir, se perdió la adhesión social e institucional a una comunidad religiosa, pero todavía se siente que hay cierto “misterio” que aún religa, asombra, subyuga, atrapa, quizás vagamente o cuando se pasa por alguna crisis existencial.

Espiritualidad humana

Un segundo grupo, aún reducido y más típico de Europa, no sólo no siente necesidad de adherirse a una Iglesia, sino que tampoco siente religación alguna (religiosidad) a Algo Superior… Ni  Dios, ni Iglesia ni Religión. Este grupo procura, en cambio,  vivir una espiritualidad simplemente humana, o sea, enraizada en lo más profundo de su ser, de su naturaleza…  de su espíritu.

Los valores fundamentales o trascendentes de la vida se han vuelto simplemente seculares, laicos… humanos, sin ninguna connotación religiosa o sagrada, ni débil ni fuerte.

A esta espiritualidad fundamentalmente humana, que debiera estar en la base de toda religiosidad y de toda religión, como lo fuimos viendo en este libro, le dedicaremos unas reflexiones finales en el último capítulo. Porque, al fin y al cabo, podemos renunciar a todo menos a nuestra mejor forma de vivir; menos a la dura y dulce tarea de construirnos con la mayor felicidad posible como seres humanos plenos; menos a encontrarnos con el espíritu interior que orienta nuestros pasos y que construye nuestro destino.

Un problema preocupante

Reflexionemos pues, ahora, sobre el problema principal que preocupa a la mayoría de los creyentes: cómo participar de una religión o Iglesia con plena madurez, superando los obstáculos que vimos en los capítulos anteriores, provenientes de esta nueva cultura tan distinta a la cultura original de las religiones hace varios miles de años.

Dejo muy en claro, como ya lo reiterara, que vivir una experiencia religiosa o espiritual en una  Religión o Iglesia es una opción absolutamente personal y respetable; aún más, fue y es para millones de seres humanos una forma social de expresar sus más profundos sentimientos; y, en definitiva, es uno de los derechos humanos reconocidos por las Naciones Unidas.

Pero también creo, humildemente, que las religiones no son el fin del ser humano sino un medio para su desarrollo. No estamos en la tierra para pertenecer a una Religión sino para vivir una vida plena.

Como insinuara Jesús, ante la protesta de los dirigentes religiosos porque violaba la ley sagrada del descanso sabático, cuando en un día sábado sus discípulos recogieran algunas espigas para comer y después que él mismo curara a un enfermo que sufría parálisis en una mano: El sábado (la ley religiosa) fue hecho para el hombre, y no el hombre  para el sábado (Lc 6,9) O sea: la religión al servicio del desarrollo humano.

Y en ese mismo contexto afirma la superioridad de la misericordia y del amor al necesitado por sobre cualquier mandato religioso, citando al profeta Oseas 6,6: Porque Yo quiero amor y no sacrificios (Mt 12,1-13)

Hacia la madurez religiosa

Todas las religiones organizadas tienen cuatro elementos esenciales:

– Un conjunto de Creencias

– Rituales o actos de Culto

– Exigencias Éticas o Morales y, finalmente

– Un sistema de Organización Institucional.

Analicemos estos elementos desde la madurez humana.

  1. Conjunto de Creencias

Como ya lo comentamos ampliamente en los capítulos precedentes, las Creencias son hoy muy cuestionadas y, en muchos casos, negadas. Recordemos las principales críticas recogidas de textos ya comentados:

a- Todas o muchas de ellas están originadas en antiguos mitos que reflejan una sabiduría y un lenguaje que hoy no podemos compartir, sea porque son contrarios a la ciencia, sea porque repugnan a nuestra forma de concebir al ser humano, a nuestra autonomía, libertad y derechos humanos.

La interpretación literal de dichos mitos, que conduce a creencias que al hombre actual  le resultan irracionales, anticuadas, infantiles y hasta absurdas, es el principal obstáculo para una fe madura. Al negarse las religiones a una re-interpretación  desde el lenguaje simbólico y desde la actual situación cultural, social y política, se llega a un verdadero callejón sin salida. ¿Qué deben hacer los feligreses: seguir en sus Iglesias a pesar de que no puedan creer en ciertos dogmas o apartarse de la que consideran “madre” de su espiritualidad?

Aunque este ha sido el ítem que más hemos desarrollado en el libro con  numerosos ejemplos de cómo podemos interpretar desde el simbolismo de los textos, quisiera agregar lo siguiente por si fuera necesario: comprendo que, desde el punto de vista psicológico al menos, a los líderes religiosos les resulta muy cuesta arriba interpretar ahora de otra forma ciertos mitos y creencias que durante milenios fueron considerados literalmente “la verdad”, dogmas absolutos e intocables. Comprendo que les parecerá destruir toda una larga Tradición y contradecir a tantos insignes hombres que los precedieron, Profetas, Padres de la Iglesia, Concilios y Teólogos considerados verdaderas luminarias como San Agustín o Santo Tomás de Aquino.

Por ejemplo, ¿cómo podría el Papa actual conceder el sacerdocio a las mujeres o el matrimonio a los sacerdotes cuando aún vive su antecesor que se opuso terminantemente y que interpretó muchos textos evangélicos en forma tan literal?

También comprendo que para la mayoría de los adultos que en su infancia recibieron una educación religiosa en la que se aceptaban los mitos, personajes increíbles y milagros de todo tipo como lo más natural del mundo (también fue esa mi educación…) y sin el menor asomo de dudas o críticas; y en cuyo inconsciente, donde se graban indeleblemente  esos primeros “mapas” del conocimiento, quedó registrado que  “eso es la religión”…  digo que comprendo que les puede significar una empresa casi imposible que ahora “les cambien de religión”.

Por eso opino que este proceso de maduración en el sistema de creencias, no sólo será difícil, sino que demandará larguísimo tiempo para realizarse, quizás siglos. Lo que ahora hay que vencer, como en otro orden de cosas nos sucede con los pre-juicios, es el miedo ante lo nuevo y peligroso, y animarnos con coraje a seguir la voz de nuestra conciencia crítica para revisar tantos conceptos y creencias que jamás hemos cuestionado. Si alguien me dice que esa es una tarea fácil y sencilla, no le creo…  A mí me costó algo más que angustia y lágrimas…

Lo que sí es lamentable que todavía hoy en muchos lugares de culto y en escuelas, colegios y universidades de diversas confesiones religiosas, se siga predicando y educando a niños, adolescentes y jóvenes  “como si nada hubiera pasado”, como si esta nueva generación fuera tan ingenua y crédula como fue la nuestra, y como si la actual ciencia bíblica, exegética, psicológica, cosmológica y antropológica aún durmiera en los papiros de la antigüedad o en los códices medievales.

Las consecuencias en los educandos y fieles en general son más que conocidas: abandonar  tan pronto como se pueda las prácticas, creencias y moral religiosas; o encerrarse en sus cultos considerados guetos seguros de salvación para no escuchar a las modernas “insinuaciones del demonio” que actúa utilizando a ciertos científicos, en especial a los psicólogos.

b- La imagen de Dios que transmiten las religiones es otro elemento que requiere modificaciones substanciales.

– Aunque le dedicamos muchos comentarios, aún deseo insistir en que el viejo dios del miedo, de las amenazas y castigos no es que ha muerto, como suele decirse: en realidad nunca ha existido más que en la imaginación y en los intereses de los autoritarismos y déspotas de todos los tiempos. Pero quienes han o hemos recibido por largos años esta terrible imagen (somos todos o casi todos) la llevamos tan dentro de nuestro íntimo inconsciente que surge en cualquier momento y circunstancia llenándonos de culpas y pecados en menos que canta un gallo.

No puedo dejar de relatar lo que me dijera una señora tan culta como religiosa: “Cada vez que tengo relaciones sexuales con mi marido descuelgo el crucifijo y lo pongo boca abajo en la mesita de luz”. Que este dios es el causante de tantas neurosis, angustias interiores, inhibiciones y represiones… es un tópico más que conocido. Y que se lo ha usado para exigir obediencia y controlar las conciencias y conductas humanas aún con amenazas de eternos castigos es uno de los capítulos más tristes y lamentables de la historia de las religiones.

– La otra imagen de Dios que aún es más difícil de modificar es la que hemos llamado “el dios tapa agujeros”, “el dios de bolsillo”,  el “dios mágico”  al que se recurre en los momentos de necesidad para que cubra nuestra irresponsabilidad o cuanta urgencia nos surja, especialmente hoy en el problema de la salud y de los accidentes de todo tipo.

Existen infinidad de nuevos cultos y devociones que no tienen más finalidad que cubrir esa carencia humana, tanto afectiva como física o corporal. Al menos en nuestros países vemos todos los días surgir cultos de sanación compulsiva, de exorcismos demoníacos, o de vírgenes aparecidas, imágenes que lloran y de santitos populares que no tienen más finalidad que “ayudar” a la gente en sus necesidades humanas insatisfechas, desde conseguir novio, salir bien en un examen o lograr una curación milagrosa.

Casi todas estas expresiones religiosas están respaldadas o promovidas por religiones o cultos organizados que incluso utilizan los medios modernos de comunicación para su promoción. También resulta evidente  en muchísimos casos  la manipulación de las conciencias con  unos mecanismos de sugestión y autosugestión, que han sido suficientemente estudiados por sociólogos y psicólogos.

Y no deja de ser llamativo que la mayoría de las oraciones programadas del culto oficial sean de petición, tanto por la paz en el mundo, la salud de los gobernantes o el buen criterio de los líderes religiosos, sin olvidarse de los pobres que padecen hambre y de los enfermos que están solos en los hospitales. Una vez más reitero que “comprendo” esta religiosidad “pedigüeña” que está en los antiquísimos ritos de una humanidad que se sentía tan indefensa frente a animales, fenómenos atmosféricos, enfermedades y hambre, y que, desde su real impotencia, suplicaba a la providencia del cielo lo que en la tierra no conseguía.

Pero hoy todas esas situaciones, como ya lo reiteramos, forman parte de la providencia de los Estados y comunidades organizadas. A estas instituciones hay que “rezarles”, porque para eso hemos elegido a nuestros gobernantes: para que con la participación libre y racional de toda la comunidad resuelvan los problemas de todo tipo.

A esos personajes hay que peticionar y “re-clamar” y exigir, no como un regalo sino como un derecho que figura en la Constitución de cada país y en las declaraciones de Naciones Unidas. Y por cierto, comenzar por asumir nuestra responsabilidad y aceptar con madurez todas las contingencias adversas, entre ellas las enfermedades y la muerte.

c- Pero también existe otro condicionamiento que nos impide madurar con responsabilidad para enfrentar nuestros problemas: es la dependencia total y necesaria que vivimos desde el seno de nuestra madre y que luego de una gran intensidad en los primeros años, “debiera” ir disminuyendo hasta transformarse en una conciencia con capacidad de autonomía, sabiendo tomar decisiones como una opción personal.

Es decir, la dependencia y el impulso inconsciente de recurrir a la “madre y al padre” se activa cuando sufrimos una situación que nos supera y entonces automáticamente recurrimos, sea a la madre biológica (¡tantas veces!…) como a la simbólica (madre patria, madre iglesia), sea a tantos padres que están adentro nuestro (Dios, el “padre” de la parroquia, el “pastor” que cuida a sus ovejitas o el partido político, el sindicato, etc.)

Moraleja: el proceso de maduración y autonomía que nos permite abandonar tantas dependencias, es largo y no tan fácil, porque el impulso inconsciente es volver o regresar a la madre y al padre del origen, quizás el más antiguo mito del ser humano; y porque padres y madres también se resisten a abandonar el control.

Ayudar a lograr esa autonomía necesaria es una hermosa tarea, no sólo de los padres y educadores escolares, sino de todas las religiones e instituciones políticas.

¿Por qué es tan difícil asumir ese rol? Muy simple: porque a medida que crece la autonomía de los “dependientes”, de-crece el poder y el control de los que los mantuvieron en la dependencia, a quienes también les cuesta cambiar de rol… Basta recordar lo que les pasó a Adán y Eva en el conocido mito (Gn 2 y 3) y cómo reaccionó Dios Padre y Creador cuando quisieron lograr cierta autonomía y conocer por sí mismos qué era el bien y qué era el mal, un “conocimiento” prohibido porque se suponía originado en la “serpiente” tentadora con el deseo de transformarse en dioses.

Aún hoy se conserva esa imagen del dios celoso de la libertad humana, desmereciéndose el deseo humano de alcanzar la plena libertad como un acto de “soberbia”, cuando en realidad es un derecho y una necesidad si se quiere vivir adultamente.

Todo lo dicho no es obstáculo para que las oraciones de la comunidad, más que un pedido a Dios, sean un compromiso ante Dios para resolver solidariamente tantas necesidades humanas, especialmente las primarias (salud, protección, trabajo, justicia social, etc.)

d- Las muchas dicotomías y opuestos que existen en el esquema religioso, son como lo comentamos en el tercer capítulo, otro elemento de conflicto que impide la maduración humana. Por ejemplo, recordamos:

– La oposición entre sagrado y profano.

Todas las religiones, en su justificado intento de dar una visión y un sentido de toda la realidad cósmica y humana, están configuradas desde la visión de dos mundos separados y contrapuestos: el mundo terrenal o natural, pro-fano, y otro mundo celestial que está “separado” o sea que es santo o sagrado (todos sinónimos), sobre-natural o epi-fano.

No solamente son dos mundos distintos y separados sino opuestos, de tal modo que el mundo sobrenatural o sagrado está “sobre” el otro, es superior, es lo verdaderamente real y valedero, lo que da sentido a todo. Mientras que esta realidad humana es considerada ilusoria, la otra es la “verdadera realidad”, lo que realmente “es”, no lo que parece ser…

Ahora bien, gracias a este mundo superior el hombre pre-lógico pudo interpretar diversos fenómenos, incluido su mismo origen, como provenientes o creados desde el mundo superior y a través de los mitos que él mismo iba imaginando.

De esta forma resolvía su situación de angustia y confusión ante hechos absolutamente desconcertantes como el origen de la vida humana, la muerte, un trueno o un cometa en el espacio.

Más aún, sintieron que ese mundo sagrado se expresaba y se revelaba aquí en la tierra de múltiples formas, en seres considerados divinos y reflejos de la divinidad. (Se los suele llamar hierofanías, epifanías  o manifestaciones de lo divino) Por ejemplo, los elementos cósmicos inaccesibles e inexplicables como los astros, el viento, las nubes, la niebla, la lluvia, truenos y relámpagos, la tierra fértil, los ríos, mares y fuentes de agua que surgen de la tierra, las cuevas misteriosas, las altas montañas, los árboles y animales temibles, monstruosos o extraños. Como también se manifestaba en objetos, personas, instituciones y rituales que le eran “consagrados”, o sea, “separados” para pertenecer, digamos que por adopción, a la esfera de lo santo o sagrado.

Entre ellos tenemos ciertos lugares dedicados al culto, más tarde los templos; las personas dedicadas a la función religiosa, chamanes y sacerdotes; los altares y objetos cultuales; como así también los relatos míticos, escritos y libros que transmiten la historia de los dioses y sus revelaciones; y en etapas muy posteriores, la autoridad suprema o rey, reconocido como hijo de Dios.

Estos objetos y personas sagradas, como bien es sabido, gozan de cierto atributo o privilegio o “tabú” (prohibición) que las vuelve intocables y frente a los cuales hay que mantener cierta distancia y respeto especial.

Citamos, por ejemplo: no pronunciar el nombre del dios o de cierto objeto mágico; descalzarse, o cubrirse la cabeza o desnudarse o cambiar de vestimenta al entrar al templo; hacer silencio, arrodillarse o postrarse; prohibición absoluta de entrar a los templos a quienes no practican esa religión; prohibición a los profanos de tocar los objetos sagrados, leer los libros sagrados o recitar los mitos o dar la espalda a las personas sagradas. Algunas de las prohibiciones eran penadas con la muerte si eran violadas, aunque sea involuntariamente.

Esa “santidad” exigía también purificarse de las faltas o impurezas con lavatorios prescritos, recitar frases estrictamente estipuladas las veces indicadas sin cambiar ni añadir palabra alguna; utilizar los chamanes o sacerdotes ciertos ornamentos, vestiduras o sombreros especiales, y realizar los fieles determinados rituales desde gestos, danzas, cánticos, ofrendas, sacrificios, oraciones, etc.

Cuerpo-profano vs. Alma-espiritual-sagrada. Digamos, finalmente, que en etapas más recientes al menos en occidente (no así en la India), también se hizo una división, ya clásica entre los griegos y después en el cristianismo, entre dos elementos de la persona humana: el cuerpo material-profano y el alma espiritual-sobrenatural- sagrada. El cuerpo material, sometido a las pasiones y al poder demoníaco, elemento inferior y descartable, debe ser dominado por el alma espiritual, creada directamente por Dios.

Desde este esquema, la religión es considerada como un sistema de salvación del alma, elemento superior y realmente válido e importante, que mediante la ascesis y práctica religiosa lucha contra sus pasiones demoníacas hasta desembarazarse del cuerpo y así alcanzar  “la patria definitiva, patria celestial” después de la muerte.

La vida “humana”, terrestre, es así desvalorizada en su realidad corpórea, social y política, pues se la considera un simple paso, “valle de lágrimas” se la llamaba en cierta oración que aprendimos de niños, hacia la verdadera meta que era llegar al cielo.

Creo que no es necesario explicar por qué nuestra madurez exige superar  esa vieja concepción dicotómica. Prácticamente todos los fenómenos y seres “inexplicables” hoy tienen explicación y respuesta desde las varias ciencias que nos dan, no un conjunto de creencias sino un conocimiento racional de las leyes que rigen el universo y la vida humana.

¿Qué queda, entonces, para el mundo sagrado o sobrenatural? ¿Será que nada es sagrado o todo es igualmente sagrado? ¿Y cuál será el objetivo de la religión si la tarea del ser humano no es salvar su alma sino desarrollarse integralmente (holísticamente) en todas sus facetas íntimamente armonizadas: la física-corpórea, la biológica, la psíquica, la cultural, la social y política, y la espiritual?

Por eso es bueno recordar lo que la II Conferencia de Obispos de Latinoamérica expresara en el llamado Documento de Medellín en 1968: Nuestra misión es contribuir al desarrollo integral del hombre de las comunidades del continente. Creemos que estamos en una nueva era histórica. Ella exige claridad para ver, lucidez para diagnosticar y solidaridad para actuar.

Un texto que marcó toda una época y que aún hoy nos sorprende por su claridad y audacia. ¿Lo han olvidado las iglesias cristianas, y tantos lugares de culto y escuelas religiosas? Y si hasta la

Primera Cumbre Mundial de Desarrollo Social que se realizó en Copenhague, por iniciativa de la ONU, en marzo de 1995, con la presencia de más de cien jefes de Estado, parlamentarios, Iglesias (Católica y Protestantes), sindicalistas y unas dos mis ONGs, expresó con gran lucidez esta integralidad total al afirmar en su documento final:

Nosotros, Jefes de Estado y de Gobierno, declaramos que sostenemos una visión política, económica, ética y espiritual del desarrollo social que está basada en la dignidad humana, la igualdad, los derechos humanos, el respeto, la paz, la democracia, la responsabilidad mutua y la cooperación, y el pleno respeto de los diversos valores religiosos y éticos y de los orígenes culturales de la gente.

¿Estarán enterados los actuales jefes de Estado y de las Iglesias participantes de lo que proclamaron y firmaron sus antecesores hace apenas 20 años?

e- Verdad religiosa vs. falsedad

La  postura de verdad religiosa que no admite dudas ni incertidumbres y que rechaza los conocimientos humanos que no le están supeditados como falsos es otro elemento de inmadurez humana. Resumamos lo ya explicado: los mitos y creencias religiosas al ser inspiradas o reveladas por la divinidad no sólo eran “verdaderos”, sino que descalificaban todo conocimiento o creencia que los contradijera.

Así las grandes religiones se vuelven dogmáticas, intransigentes, resistentes a todo cambio, cerradas en un discurso repetitivo sin posibilidad de creatividad ni desarrollo, llegando en muchos casos, como es tristemente conocido, a las persecuciones, opresiones y torturas a quienes se resistían a su estricto control y poder.

Porque lo triste y lamentable no es que Dios fuera infalible… ( siempre  admiro su silencio comprensivo) sino que sus representantes se creyeran dueños de la verdad y afirmaran su poder con el arma más poderosa: el control del pensamiento y de la conciencia humana, sometida hasta en los más ínfimos detalles.

Sólo nos queda esperar que en esta nueva era de globalización en que reconocemos la validez de todas las culturas y nos comprometemos a respetarlas y apreciarlas, sean las mismas religiones las promotoras del respeto a todos los conocimientos y creencias, de la tolerancia a cuanto suene diferente, y de la humildad necesaria para sentirse hermanos de la familia humana que buscan a tientas un destino armonioso.

Bueno es tener en cuenta, y si se puede practicar… el art. 1° de la Declaración de Principios sobre la Tolerancia: La tolerancia consiste en el respeto, la aceptación y el aprecio de la rica diversidad de las culturas de nuestro mundo, de nuestras formas de expresión y medios de ser humanos. La fomentan el conocimiento, la actitud de apertura, la comunicación y la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión.

La tolerancia consiste en la armonía en la diferenciaNo sólo es un deber moral, sino además una exigencia política y jurídica. La tolerancia, la virtud que hace posible la paz, contribuye a sustituir la cultura de guerra por la cultura de paz.

¿Creencias o Experiencia religiosa?

En culturas y religiones más evolucionadas (judaísmo, cristianismo, islam, hinduismo) los mitos fundantes son reflexionados, comentados, ampliados y aplicados a la realidad ritual y vital, y van constituyendo un corpus con tres componentes básicos: lo que llamamos “teología” (ciencia de Dios, qué y cómo creer), “teología moral” (cómo vivir) y “liturgia o culto” (cómo venerar a la divinidad). Esta tarea la hacen maestros, teólogos, rabinos, sacerdotes o chamanes, sea en el culto, sea en reuniones de formación.

Su peligro es racionalizar y “programar” el sentimiento religioso y convertirlo en un “conocer y saber intelectual”, cuando en realidad la religiosidad y/o espiritualidad es una forma nueva de vida en una experiencia muy personal. El grave error de tantas instituciones religiosas es transformar la experiencia religiosa en un simple saber intelectual (clases de religión, teología) y en una formalidad, generalmente obligatoria, de determinados ritos cultuales.

Nada más opuesto a la experiencia espiritual y religiosa que la religión transformada en un conjunto de Creencias, que no nacen de la comunidad, que llegan por tradición y principio de autoridad, que en su dogmatismo no se abren al diálogo y que mantienen contenidos y formas literarias incomprensibles para el hombre moderno. Este es el gran desafío de las religiones tradicionales.

En toda esta tarea de actualización cultural es importante aprender a “reflexionar” o meditar, algo que a todos nos cuesta, pues pensamos desde las palabras y los escritos de los otros, pero no desde lo que se siente en el interior.

Meditar no es pensar lo que otros (los dirigentes y doctos) pensaron y repetirlo de memoria. Es una tarea creativa: es pensar desde uno mismo y convertirse en el pensamiento de uno. Ser lo que pensamos, decimos y sentimos. No separar lo que tiene que estar unido. Y esta tarea que realizamos en las ciencias, también debe hacerse en la religión, como adultos, no creyendo infantilmente sino desde una convicción personal.

Las religiones monoteístas han insistido siempre en afirmar sus creencias y demostrar su verdad, y pusieron un exagerado esfuerzo en imponer sus dogmas, creencias y culto como si eso fuera lo más importante de la religión, como sucedió en el caso del cristianismo. Sin embargo hoy los mismos feligreses le dan las espaldas a tantos domas y ritos, pues consideran que lo realmente importante es vivir una experiencia tan profundamente humana como religiosa.

La religión institucionalizada debe estar al servicio de la experiencia espiritual y no transformarse en fin de sí misma, pues siempre en el centro de toda experiencia religiosa está el Hombre, su Sentido, la Humanidad, y a su servicio debe estar la organización religiosa, tal como lo expresó el mismo Jesús horas antes de morir: No vine para ser servido, sino para servir  (Mt 20, 24-28).

 Experiencia de vida

Decimos experiencia, o sea vivencia plena con sentimientos, emociones, intuiciones y actividades, por medio de los cuales nos conectamos íntimamente y sacamos de nuestro interior algo que nos trasciende, no sólo en el tiempo (después de la muerte) sino en esta vida misma.

Se supone que en algún momento de la vida todos nos encontramos con esta hierofanía y sentimos lo “sagrado” no como algo exterior o separado de nosotros mismos, sino como algo interior que se revela o ilumina como algo esencial, importante, fundamental en la vida; algo que le da sentido al hecho mismo de vivir, algo que está más allá de la cotidianidad rutinaria.

En teoría, participar de un rito religioso debiera ser esta experiencia, pero no siempre es así, ya que generalmente se viven los ritos como simple obligación, o una costumbre, repetitivos y vacíos de sentido para la vida.

Esta experiencia espiritual puede vivirse como una “iluminación” que sentimos en el interior y que nos hace cambiar o tomar cierta decisión (perdonar, modificar el rumbo de la vida, por ejemplo); o como un acontecimiento que nos sorprende y embarga de un sentimiento que lo sentimos trans-humano (como un embarazo largamente esperado, un amor profundo, una curación inexplicable, etc.); o simplemente como nos sucede todos los días, como un vivir en plenitud, sencillamente, amando y disfrutando…

Es también el sentimiento de asombro y éxtasis ante la maravilla del cosmos y de nuestra vida, del cuerpo humano, del cerebro y de la psiquis, del amor, del heroísmo por los otros, de una amistad incondicional, de una obra de arte o de un acontecimiento “providencial”.

Lo “sagrado” está en la profundidad de la experiencia de la vida, no en rarezas o hechos milagrosos. Tampoco está en complicados conocimientos y estudios ni en extraños rituales… Por eso la gente sencilla suele vivir más cotidiana y profundamente el sentimiento religioso, como lo señalara Lucas en el relato del Nacimiento y como lo observara Jesús en aquella viuda que echaba en el tesoro del templo dos moneditas de cobre que era todo lo que tenía para vivir (Lc 21,1-4), pues allí donde está su tesoro, también está tu corazón, tu espíritu (Lc 12,34)

Cuánta auténtica espiritualidad y sincera religiosidad encontramos en millones de seres anónimos que donan sus vidas diariamente por otros, sean padres, madres o religiosas; o médicos que aún en lejanos países  alivian el sufrimiento ajeno con una generosidad que nos asombra; o madres sustitutas o jóvenes que entregan horas en hospitales y centros asistenciales. Eso es religiosidad y espiritualidad pura, como la de las bienaventuranzas… El ser humano se transforma en su propia hierofanía. No brilla afuera, arriba o más allá… sino dentro, en su corazón, aquí, ahora.

Estas experiencias son siempre subjetivas, válidas para el sujeto que las vive o la comunidad que las acepta o experimenta, pero no tienen valor universal ni científico. Por otra parte, los niveles de estas experiencias varían muchísimo de una persona a otra; desde alguien que contempla un arco iris o un cielo estrellado, hasta el éxtasis de un artista o el sentimiento de quien se siente llamado a una misión importante o el darse cuenta que “se está viviendo”…

Podemos afirmar que el hombre religioso vive en relación íntima con el “más allá de sí mismo”, hacia lo cual tiende y se orienta. Ese más allá generalmente se lo considera como algo personal y absoluto, como algo que lo atrae y subyuga. Busca, pues, la armonía consigo mismo, con la humanidad, con el universo entero, pues todo es manifestación de algo que lo atrapa, cuestiona y fascina.

La experiencia religiosa aparece como una forma de vivir que desarrolla al ser humano cuando ha comprendido su existencia como un don gratuito, como una búsqueda constante, como un caminar tratando de encontrar la luz aún en la oscuridad más densa. Hoy el abanico de las experiencias religiosas se ha abierto y ha traspasado las formas institucionales de las religiones organizadas, y también se ha separado de las mismas.

Hay también formas de evocar o sugerir experiencias religiosas y espirituales como son la  meditación, la oración y los rituales vividos con sentido, y en especial la integración en una comunidad que comparte su fe y su comunión con espontaneidad y gozo. La alegría serena y la paz interior son sentimientos que, generalmente, expresan y acompañan al sentimiento religioso auténtico.

Religión y Sentido de la vida

Ya dijimos que la religión desde sus comienzos tiende a esclarecer el sentido y significado de todo lo que existe y acontece, a iluminar el quehacer mismo del hombre, y a proponer un destino común, que al aceptarse genera optimismo y esperanza; también tiende a dar cohesión al conjunto de la existencia humana y a la comunidad procurándole una orientación o rumbo.

Pero es bueno recordar que siempre esta propuesta transita por la búsqueda y la duda. En la auténtica religión no hay certezas, hay esperanzas; no hay lógicas racionales, hay sentimientos e intuiciones. No hay argumentos para afirmar esto o aquello; hay experiencias personales, subjetivas, amasadas de emociones y de una forma particular de mirar la vida.

Como ya lo hemos expresado, esta búsqueda de sentido y de armonía constituye el elemento “espiritual” y auténticamente religioso del hombre, que no incluye necesariamente y concientemente un Dios personal o una religión.

El hombre en su quehacer diario, en sus relaciones con los demás, a la hora de optar, decidirse y comprometerse, necesita saber a qué atenerse, saber que todo lo que hace y todo lo que pasa es por algo y para algo que merece la pena; en una palabra, el hombre necesita dar sentido a la vida. Al decir “sentido” expresamos dirección, rumbo, camino por el que se irá, pero también significación, valor, valoración, meta o fin.

Cuando hablamos del sentido de la vida, no nos referimos al sentido concreto, inmediato, particular de cada una de las acciones consideradas aisladamente. Nos referimos a un sentido global, totalizador, que el hombre descubre como un marco en el cual integra toda su vida, de manera que se sienta satisfecho o armonizado.

También el sentido tiene que ver con una escala de valores que está más allá de uno mismo, como el amor, la solidaridad, la justicia, la paz, etc. Algo por lo que valga la pena vivir y aún morir.

Una escala de valores que también hay que descubrir y desarrollar, sin imponer un solo modelo de tal o cual religión o cultura.

Curiosamente, los animales no tienen que buscar el sentido a sus vidas, porque éste viene determinado por sus instintos. En el ser humano los instintos orientan hacia determinados fines biológicos, que incluso pueden ser modificados, inhibidos o postergados, quedando un amplio campo de búsqueda para las actividades más importantes que conforman lo que llamamos cultura.

Incluso podemos suponer con algunos psicólogos y neurólogos que el inconsciente humano orienta hacia una finalidad o sentido total de la vida, señala una tendencia más allá de los instintos, pero no nos da mayores especificaciones ni nos dice cómo lograrlo en concreto ni por qué medios.

Esto explicaría por qué todos los seres humanos tendrían este sentimiento de búsqueda de sentido como un reclamo que nace en el cerebro, pero después cada cultura y cada individuo encuentra sus propias respuestas.

Trascendencia

Desde las religiones, el sentido consiste en que los deseos, las aspiraciones y las decisiones, compromisos y opciones, en una palabra todos los componentes de la múltiple y diversa actividad de la vida quedan polarizados, finalizados y reducidos a una finalidad última trascendente. Precisamente la experiencia y esperanza de lo trascendente trae consigo una repuesta a los grandes interrogantes que el hombre se ha planteado desde siempre: ¿De dónde venimos?, ¿a dónde vamos? ¿Qué hacemos en este mundo?

En la religión la “trascendencia” parece adquirir un sentido más pleno y abarcativo. En ella la totalidad de la vida humana, individual y colectiva encuentra su culminación y sello en un doble sentido:

Por un lado, el creyente siente que toda la realidad, todo acontecimiento, el tiempo y el espacio, están anunciando en esta vida eso absoluto que habita en él.

Por otro lado, el hombre religioso también espera “en otra vida” que prolonga y sublima este modo de existir, en una nueva creación en la que todos los aspectos positivos de la vida serán recuperados. Como afirma el vidente del Apocalipsis con su típico estilo simbólico: Después vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra desaparecieron, y el mar ya no existe más. Vi la Ciudad santa, la nueva Jerusalén, que descendía del cielo y venía de Dios, embellecida como una novia preparada para recibir a su esposo. Y oí una voz potente que decía desde el trono: «Esta es la morada de Dios entre los hombres: Él habitará con ellos, ellos serán su pueblo, y el mismo Dios estará con ellos. El secará todas sus lágrimas, y no habrá más muerte, ni pena, ni queja, ni dolor, porque todo lo de antes pasó… El hace nuevas todas las cosas». (Ap 20,1-5)

Así, aunque sin develar radicalmente su misterio, la religión cree encontrar  un sentido total a la vida. El creyente experimenta lo religioso como aquello que orienta a todo ser humano hacia un nuevo destino, cielo, paraíso, nueva vida… Todas las religiones y casi toda la humanidad afirman esta creencia o sentimiento que parece surgir del mismo inconciente humano; sería como el deseo más profundo del ser, como bien lo afirman en Ruanda: Somos los habitantes de aquí abajo, somos también los de otra parte. 

Pero si el deseo coincide efectivamente con una realidad externa o es una simple creación interna y subjetiva, es algo imposible de demostrar. Entonces el deseo se lo vive como una esperanza. Y cada uno elige su opción como una posibilidad, nunca como una certeza.

Elegir un sentido

Sólo nos resta agregar que hoy entendemos que el sentido de la vida no es algo que se da, ni que se promete o se espera, sino que es la tarea de búsqueda de toda la vida; y que no hay un sentido igual para todos, sino que cada uno construye su propio sentido. El sentido no está dado al comienzo de la vida, sino que se lo visualiza solamente al final.

Es evidente que existen múltiples condicionantes del sentido de la vida: la cultura, los éxitos o fracasos, el sufrimiento y la condición social de cada uno. Pues ¿cuál podría ser el sentido de la vida de un esclavo maltratado desde que nace hasta que muere; de una adolescente violada y asesinada; de millones de seres humanos que se mueren de hambre o tuvieron la desgracia de nacer con serios impedimentos físico o psíquicos que les impiden desarrollarse y llegar a la conciencia? ¿O de tantos niños y adolescentes a los que les espera desde su ambiente negativo de droga y violencia una corta vida marcada por la psicopatía criminal, la cárcel y una muerte violenta?

Hace años una joven de 21 años con una pésima relación con sus padres, violada en su adolescencia, prostituta en su breve juventud y ahora con un cuadro psicótico y anoréxico irrecuperable, era solo piel y huesos, ya tratada infructuosamente en varios psiquiátricos donde había tenido varios intentos de suicidio, al ver mis amable esfuerzo para que viviera, pues sólo pensaba en matarse, me hizo esta propuesta: “Deme un solo motivo para vivir, y viviré”.

Sentí el impacto de su desafío y me di cuenta de que estaba en una situación límite y que no había margen alguno para equivocarme en la respuesta. Así que después de varios minutos de reflexión le dije sinceramente: “No encuentro un motivo para que vivas… pero sí para que mueras sin desesperación, en paz contigo y reconciliándote  con tus seres queridos”. Y felizmente así fue. Murió tres días después mientras dormía en una clínica donde había sido internada por una descompensación que ella misma provocó al cerrar el paso del suero que la mantenía viva, no sin antes haber dejado una carta para ser leída en la misa de su funeral, en la que pedía perdón a la comunidad por sus escándalos y se reconciliaba con todos sus seres queridos, agradeciendo finalmente al psicólogo que la ayudara a morir en paz consigo misma. Hace de estos unos treinta y cinco años. Hoy en varios países se acepta una muerte digna cuando no existen esperanzas de una vida digna.

Una señora perdió en un accidente nocturno de auto a su marido y a sus dos hijos varones, uno de los cuales se había recibido esa misma tarde de rabino. Presa de desesperación, sólo tenía en la mente la idea del suicidio. Fue así que consultó a un rabino, a un pastor y a un sacerdote sobre qué hacer. Todos le dieron la misma respuesta: tienes que seguir viviendo, es la ley de Dios.

Cuando vino a verme me hizo dos preguntas: ¿Existe realmente otra vida y si me suicido podré encontrarme con mi esposo y mis hijos? ¿Usted qué opina, me suicido? Mi respuesta fue simple: “Nadie está seguro de que haya otra vida; sí que si te mueres no habrá retorno. En cuanto a suicidarte es asunto tuyo, tu decisión, yo no puedo decidir por ti. Sólo ten en cuenta que aún tienes una posibilidad de vivir, una hija y una nieta.” A la semana siguiente vino a comunicarme que había decidido seguir viviendo, y creó, meses después, una Fundación de ayuda a personas cuyos familiares hubieran muerto en accidentes de tránsito.

Dos situaciones extremas, dos opciones. En ambos casos, cada mujer se hizo cargo del sentido que quería darle a su vida o a su muerte.

Desde esta perspectiva, creo que las religiones deberían acompañar al ser humano en esta búsqueda, sin imponer un sentido único, sino al contrario, ayudando a que cada uno opte con libertad, haciéndose creador y responsable del sentido que quiera darle a su vida. Es una opinión.

  1. Rituales o Actos de Culto

En todas las culturas, las religiones se abren al lenguaje de acciones simbólicas a las que llamamos Ritos, Rituales o Culto. Los rituales son las acciones correspondientes a los relatos míticos, son sus dramatizaciones. Por eso, todo lo dicho sobre los mitos (escritos o leídos) vale para sus representaciones con símbolos gestuales.

Los Ritos dramatizan y actualizan la historia mítica

El mito, al no ser un relato cronológico sino simbólico, al expresar algún aspecto de la actualidad conciente o inconciente del ser humano, es “reversible” y puede ser actualizado en cada momento mediante los rituales que dramatizan los mitos y de esta manera actualizan su valor y sentido, como también la historia creadora o salvadora de la divinidad, de tal modo que cada época y cada comunidad pueden vivir la obra de los dioses o de Dios como algo presente y contemporáneo. Dios no está atrás de nosotros sino que siempre es “Dios con nosotros” (el Emmanuel).

Por ejemplo, en la Eucaristía o Santa Cena se lee el relato mítico original, se lo dramatiza con diversos gestos y el creyente “vive” el valor espiritual mítico: la comunión con la divinidad y con los hermanos en el gesto de comer juntos el mismo pan sagrado, darse el beso de paz, etc.

La predicación y las palabras que acompañan al ritual tendrían ese objetivo, sin quedarse en la historia pasada o en un gesto automático y rutinario (como sucede tantas veces), sino hacer presente el valor o mensaje del mito: compartir la vida con los otros, iniciar una nueva vida, descubrir cómo hoy Dios nos libera, etc. O sea, re-significar los símbolos como potenciadores  de vida. Esta es la tarea de actualizar los gestos y adaptarlos a nuestra cultura, ya que muchos de los gestos heredados del pasado han perdido todo sentido para el hombre actual. Actualizarlos y variarlos, ya que hoy no se soporta la repetición rutinaria de los mismos gestos… La constante repetición “aburre” y mata la novedad del gesto.

Un caso interesante es el bautismo de niños, considerado como un  rito que elimina el pecado original del recién nacido quien, de esclavo del poder del demonio, se transforma en hijo de Dios. Pero si, como vimos en el capítulo tres, el mito del pecado original no tiene sentido alguno, menos lo tiene un  rito para eliminar sus efectos en quienes, según Jesús, son los herederos naturales del Reino.

Lo cual no significa que el bautismo no tenga un sentido auténtico de ingreso y participación a la comunidad cristiana, para lo cual se requeriría una edad conveniente en los candidatos para decidir, previa propuesta preparatoria y con aquellos símbolos gestuales más convincentes.

En la primitiva comunidad cristiana los símbolos fueron:  aprobar un largo catecumenado de preparación, entrar desnudos al agua para salir vestidos con nueva ropa, renunciar a una vida de pecado, recitar el credo y el padrenuestro, encender un cirio de la nueva vida, participar de la eucaristía, etc. El  mito original era la bautismo de Jesús por Juan el Bautista que lo introduce a su nueva misión de anunciar el Reino (Mc 1, 2-11), o bien, según Pablo, la muerte y resurrección de Jesús simbolizados en sumergirse en las aguas y emerger con vida nueva (Rom 6, 4-8).

Por medio de los ritos, el homo religiosus: actualiza y hace presente el mito; vive y festeja la experiencia comunitaria y social del mito, que nunca es individual; se conecta con el Dios fundante (con oraciones, plegarias, cánticos); agradece a la divinidad o pide perdón por las faltas cometidas contra los valores del mito (ritos expiatorios); se inicia en la nueva vida y se inserta en la comunidad; “se pasa” (ritos de pasaje o iniciación) a un nuevo estilo de vida; expresa su fe con rituales, danzas, música, cánticos, plegarias y dramatizaciones y se compromete a vivir la sabiduría expresada por el mito en una conducta nueva.

En una palabra: celebra y festeja una vida plena, cargada de significado. Todo lo cual no tiene sentido en una cultura individualista. El mito y el rito suponen siempre una comunidad que realmente comparte vida, valores, historia y cultura.

La validez del rito

En estos últimos tiempos hemos visto cómo algunos ritos han desaparecido o se han modificado profundamente o han perdido su significado, en un proceso que se desarrolla con mucha rapidez. Se ha generado una ruptura entre el signo ritual y la vida real.

Por eso el símbolo tiene que responder a una realidad que se celebra. De lo contrario solo sería como un cascarón vacío. Y tiene que representarla suficientemente. Si es confuso, opaco, si carece de transparencia, corre el peligro de convertirse en algo vacío. Hablamos de “celebración”, no de “asistencia” o simple “escucha”, por pura obligación.

¿Qué actualidad, qué novedad se celebra en nuestros rituales? El rito debe ser fiel a sus destinatarios y ha de ser inteligible para ellos. Y su peligro es hacerse excesivamente oscuro, racional, frío o anquilosarse.

Esto es lo que sucede con los antiguos rituales del cristianismo; basta asistir a una misa para darse cuenta de que, muchas veces,  se parece a cualquier cosa menos a  una comida (como en realidad fue en los orígenes del cristianismo); hasta la “hostia” no parece pan; tampoco se la come sino que generalmente se la traga, y el ambiente festivo es casi inexistente, al menos en lo que hoy consideramos una fiesta. Y hablando de la misa eucarística, es lamentable que en muchas escuelas e instituciones este supremo gesto de Jesús sea utilizado como un simple elemento institucional obligatorio casi decorativo, sea para comenzar o cerrar el año lectivo, celebrar cualquier fiesta o sencillamente como una obligación de control a profesores y alumnos. Es triste decirlo, pero aún sucede con frecuencia.

Por otra parte, hay países (como fue el caso de China en el siglo XVI cuando san Francisco Javier intentó evangelizarla) cuya comida familiar y básica no es el pan, porque no cultivan el trigo sino el arroz. Sin embargo la eucaristía tuvo que ser celebrada con pan y vino de uva, también desconocido en esa cultura. Se podrían multiplicar a miles los ejemplos, como el simbolismo de los colores, de las vestimentas, la música, la danza, la forma de expresar las ideas, etc.

De lo dicho anteriormente puede deducirse que hay gestos más universales (como darse la mano, besarse, aplaudir, danzar) que responden a un simbolismo bastante generalizado en las culturas, y gestos más particulares, más cambiables y referidos a una cultura en particular (como encender un cirio o fumar la pipa de la paz). Tarea del rito es acertar a expresar los sentimientos en gestos espontáneos y significativos. Se hace imposible “sentir” un ritual impuesto como algo mecánico y sin conocer su verdadero valor emocional y espiritual; o que debe ser “explicado” en complicados discursos para captar su sentido.

Las fiestas

Dentro de los rituales ocupan un lugar muy especial las fiestas. La fiesta tiene siempre carácter de acontecimiento. Es algo que se espera, que supone una disposición emocional, que rompe el ritmo de lo cotidiano y lo habitual; porque  es la expresión comunitaria, ritual y alegre de experiencias y anhelos comunes centrados en un hecho histórico pasado o contemporáneo. En la fiesta se expresa toda la riqueza de la vida, su sentido, su historia, sus momentos culminantes y más significativos.

Quien celebra festivamente no olvida que la vida está jalonada de sombras, negatividades y fracasos, pero confía en que lo bueno y hermoso es capaz de vencer a lo malo y angustiante. La fiesta es como un anticipo o imagen de la felicidad que esperamos o desearíamos.

Ojalá que siempre se pueda estar de fiesta… (pues resultan pocas y breves…) en la que se igualan de algún modo las clases sociales, se evitan los enfrentamientos y se da una alegría generalizada y una comunicación fácil y espontánea. En las fiestas se da un goce y una felicidad gratuitos, sin presiones, sin premios ni castigos, todo surge en forma espontánea y generosa. Es el gran símbolo de esa humanidad  que quisiéramos construir, con una felicidad auténtica y universal.

¿Se ha perdido el sentido festivo de la religión?

Hoy debemos preguntarnos con sinceridad: ¿son las fiestas religiosas sentidas como verdaderas fiestas o como rituales estereotipados? ¿Hay espíritu festivo en las celebraciones religiosas del cristianismo, tal como lo vemos en las bodas o cumpleaños y en otras fiestas sociales? ¿Se disfruta festivamente la Eucaristía, el culto dominical, o es una costumbre social o mera obligación? ¿Qué lugar ocupan los sentimientos de alegría y felicidad en sus rituales y celebraciones tan estereotipadas? ¿No están excesivamente saturadas de elaboraciones racionales de teologías, discursos y normativas ritualistas? Y… ¿Qué imagen de Dios se expresa si no es un Dios sonriente y feliz con su comunidad?

Concluyendo: qué importante son las fiestas desde el punto de vista humano y cuántos sentimientos se despiertan, cuántos valores se descubren y se viven: sentido de comunidad, convivencia, alegría, participación, esperanza, reflexión, optimismo, expresividad…

Felizmente hoy vemos nuevas formas de religiosidad  (las llamadas “carismáticas”) que han recuperado este sentido en encuentros más espontáneos, en lugares agradables e incluso naturales, con amplio recurso de formas artísticas (música, danza, expresión corporal) y un clima de igualdad entre los participantes. Es importante el encuentro con la naturaleza que expresa el dinamismo de la energía cósmica y vital.

La educación espiritual y religiosa tiene que recuperar el sentido festivo de la vida y el placer de existir y de existir con los otros. Sabiduría… es “saborear la vida”.

  1. Exigencias Éticas o Morales

El elemento clave de la relación entre lo religioso y la vida está en el carácter totalizador que tiene la experiencia religiosa. Por su propia naturaleza la religión se dirige a todo el hombre e impregna también por tanto todo el actuar del hombre religioso. Esto explica que cada religión comparte un código de normas por los que se han de regir los fieles en su actuar. La ética expresa el mito y el rito en la vida cotidiana. Comparada con las otras expresiones de lo religioso, la ética constituye una manifestación cotidiana del hombre religioso. Aunque ya hemos reflexionado sobre la madurez ética y autonomía en el capítulo III, agregamos unas más sobre un tema que hoy está en plena crisis.

En todas las religiones las normas éticas o morales son proclamadas por la divinidad en diversos mitos que establecen así normas de conducta que deben ser acatadas sin discusión ni cambio alguno. Son las normas del Origen divino y, por tanto, absolutas.

La epifanía del Sinaí

Conocemos el gran relato mítico que dio origen a los Diez Mandamientos en un clima de grandiosidad cósmica y temor: Al amanecer del tercer día, hubo truenos y relámpagos, una densa nube cubrió la montaña y se oyó un fuerte sonido de trompeta… porque el Señor había bajado a ella en el fuego… (Ex 19,16-19)

Entonces Dios pronunció estas palabras: Yo soy el Señor, tu Dios…. No tendrás otros dioses delante de mí. No te harás ninguna escultura y ninguna imagen… No te postrarás ante ellas, ni les rendirás culto, porque yo soy un Dios celoso, que castigo la maldad de los padres en los hijos…. No pronunciarás en vano el nombre del Señor, tu Dios, porque él no dejará sin castigo al que lo pronuncie en vano. Acuérdate del día sábado para santificarlo… Honra a tu padre y a tu madre, para que tengas una larga vida en la tierra que el Señor, tu Dios, te da. No matarás. No cometerás adulterio. No robarás. No darás falso testimonio contra tu prójimo. No codiciarás la casa de tu prójimo ni la mujer de tu prójimo, ni su esclavo, ni su esclava, ni su buey, ni su asno, ni ninguna otra cosa.  (Ex 20, 1-17).

Como vemos, en general son nomas muy concretas, generalmente en forma negativa, que van acompañadas con premios y castigos en un clima de temor. El Decálogo es el resumen mínimo de un extenso código que se irá desarrollando a lo largo de los siglos.

Aparece como un código heterónomo, o sea, desde fuera y desde arriba, sin la más mínima participación de la comunidad en su elaboración, como ya lo hemos comentado en otros capítulos. (Recordemos que tampoco Dios participa mucho, pues son las instituciones jerárquicas quienes redactan las leyes que luego son atribuidas a Dios)

Otro ejemplo de normas negativas también lo vemos en el famoso Libro de los Muertos del antiguo Egipto, cuando el difunto ante los dioses expresa: No he cometido inequidades, no he tratado con violencia a ningún hombre, no he cometido robos, no he matado hombres ni mujeres, no he actuado engañosamente,  no he jurado falsamente, no he atacado a nadie, no me he dejado llevar por la cólera por ninguna razón, no he violado la mujer de un hombre, no he pecado contra la pureza, no he actuado con violencia, etc

Como vemos, son las mismas normas morales que las del Decálogo y de tantas otras culturas.

El nuevo código para una ética interior

Con un escenario simbólico similar, la montaña, Mateo en el cap. 5 de su evangelio presenta el nuevo código o itinerario de Jesús, quien como buen judío practicante, retoma el antiguo pero procura interiorizarlo y perfeccionarlo, pues Mateo refleja el sentir de la comunidad judeo-cristiana: Al ver a la multitud, Jesús subió a la montaña, se sentó, y… comenzó a enseñarles, diciendo: Felices los que tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.

Felices los pacientes, porque recibirán la tierra en herencia… los afligidos, porque serán consolados…  los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados… los misericordiosos, porque obtendrán misericordia. 

Felices los que tienen el corazón puro, porque verán a Dios… los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios… los que son perseguidos por practicar la justicia, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos…

Ustedes son la sal de la tierra. Pero si la sal pierde su sabor, ¿con qué se la volverá a salar? … Ustedes son la luz del mundo… Así debe brillar ante los ojos de los hombres la luz que hay en ustedes, a fin de que ellos vean sus buenas obras y glorifiquen al Padre que está en el cielo.

No piensen que vine para abolir la Ley o los Profetas: yo no he venido a abolir, sino a dar plenitud… Se dijo a los antepasados: “No matarás”… Pero yo les digo que todo aquel que se irrita contra su hermano o lo insulta, merece ser condenado por un tribunal… Por lo tanto, si al presentar tu ofrenda en el altar, te acuerdas de que tu hermano tiene alguna queja contra ti, deja tu ofrenda ante el altar, ve a reconciliarte con tu hermano, y sólo entonces vuelve a presentar tu ofrenda… Se dijo: “Ojo por ojo y diente por diente”. Pero yo les digo que no hagan frente al que les hace mal: al contrario, si alguien te da una bofetada en la mejilla derecha, preséntale también la otra… Da al que te pide, y no le vuelvas la espalda al que quiere pedirte algo prestado.

Se dijo: “Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo”. Pero yo digo: Amen a sus enemigos, rueguen por sus perseguidores; así serán hijos del Padre que está en el cielo, porque él hace salir el sol sobre malos y buenos y hace caer la lluvia sobre justos e injustos…

Se dijo: “No cometerás adulterio”. Yo les digo: El que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón… También se dijo: “El que se divorcia de su mujer, debe darle una declaración de divorcio”. Pero yo les digo: El que se divorcia de su mujer, excepto en caso de adulterio, la expone a cometer adulterio; y el que se casa con una mujer abandonada por su marido, comete adulterio.

Se dijo: “No jurarás falsamente, y cumplirás los juramentos hechos al Señor”. Pero yo les digo que no juren de ningún modo: ni por el cielo… ni por la tierra… Cuando ustedes digan «sí», que sea sí, y cuando digan «no», que sea no… Por lo tanto, sean perfectos como es perfecto el Padre que está en el cielo.

Jesús relaciona todos los postulados de esta nueva sabiduría ética con el Reino de Dios, al que se accede mediante su cumplimiento, por eso las Bienaventuranzas (tan dejadas de lado por las Iglesias…) son en positivo el nuevo Decálogo que conduce a la felicidad, al gozo y a la alegría, algo que en la ética cristiana y en la educación moral casi se ha perdido totalmente… Nada más tedioso, formal y carente de alegría que las famosas clases de moral cristiana que recibimos desde la infancia. Siempre a la sombra del Dios terrorífico del Sinaí. ¡Qué pena! Ya hablamos en el cap. V del rostro feliz del Padre que propone la felicidad a sus hijos, para asemejarse a Él.

Dejo al lector la reflexión de todos estos párrafos evangélicos (algunos de Jesús y otros, ciertamente de la comunidad de Mateo): sólo pongo la  atención sobre un importante llamado a la interioridad de la ética: ser sal y luz, dos importantes símbolos que hablan del corazón del creyente, de donde se originan sus actitudes.

Hay también un fuerte llamado a una mayor exigencia de no contentarse con cumplir la norma externa y mínima (no matar, no cometer adulterio, no divorciarse, no jurar, etc.) sino de buscar el espíritu de la norma y su expresión máxima, algo que en esta posmodernidad brilla por su ausencia, como así también en tantos catecismos.

Lo mismo dígase del mandato de amor al prójimo (el de la misma fe o raza) que se extiende aún a los enemigos; mandato que no se contenta con “no matar” sino que baja a detalles de mayor delicadeza en el trato y mejor convivencia.

El final del discurso es una guía de la utopía que estamos buscando: perfeccionarnos hasta el infinito, hasta identificarnos con la divinidad… “perfectos como el Padre”… la utopía de la ética cristiana. Ojalá podamos, al menos, ser personas de buenos sentimientos… y mínimamente felices…

Por supuesto que, tanto el Decálogo como la normativa de Jesús pueden dar pie a muchos juicios críticos y a una mayor maduración, al menos desde nuestra cultura y mentalidad. El mismo Jesús (o Mateo) alude a discusiones y tendencias más rigoristas o más permisivas que existían dentro del judaísmo, por ejemplo, respecto al divorcio.

Y es evidente que, así como no hay religiones perfectas, tampoco hay una ética religiosa perfecta; existiendo, como ya lo estamos viendo, distintos puntos de vista para configurar un perfil del devoto, fiel o discípulo ideal.

 Un itinerario ético hindú

Veamos el itinerario del hinduismo, según su principal libro sagrado, el Bahagavad GuitaDijo el Bendito Señor: El que no envidia a nadie, el que es amigo y compasivo con todos, el que no es posesivo ni egoísta, el que simpatiza con todos en el placer y en el dolor, el clemente, el siempre contento, el contemplativo, el que se controla, el que tiene firme convicción y Me ha dedicado su intelecto y su mente, ese devoto mío Me es muy querido.

Aquel que no perturba al mundo y a quien el mundo no puede perturbar, que está libre del placer, de la envidia, del miedo y de la ansiedad, es Mi querido. El que es independiente, puro, tranquilo y  que renuncia a toda ambición, es Mi querido…

El que es igual con el amigo y con el enemigo, en el honor y en el deshonor, en la alegría y en la tristeza, en la alabanza y en la censura; que es desapegado y silencioso, que está satisfecho con cualquier cosa, que no tiene hogar pero es de mente firme, es Mi querido. Aquellos que practican con fe esta religión inmortal y me consideran como la Meta Suprema, son Mis queridos.

No dejo de sorprenderme ante las grandes semejanzas de dos escritos llenos de espiritualidad: uno nos propone ser perfectos como el Padre, y el otro considera a Dios como la meta suprema. Uno relaciona al discípulo practicante con Dios que reina en su corazón, y el otro con el Dios que ama a su devoto.  Ojalá el lector haga suyo el espíritu de este itinerario humano. Observamos, además, cómo en ambos idearios casi no hay normas morales ni prohibiciones, sino actitudes positivas de vida espiritual.

Un código aborigen de América

Aún en culturas menos desarrolladas e incluso ágrafas, los códigos de conducta tienen su origen en la divinidad, como afirman los aborígenes guaraníes  en el inicio de un himno: ¡Oh nuestro Primer Padre! Fuiste tú quien concibió antes del principio las normas para nuestra conducta.

Son normas que bajan a detalles muy concretos de la vida aborigen, tratando de evitar sanciones y resolver buenamente los conflictos. Por ejemplo: Aquel que se haya apoderado violentamente de una niña al lado del camino, recibirá azotes; de lo contrario, compensará a la víctima… El que haya hecho una herida cortante, dará compensación. El que haya robado será azotado, salvo que compense al dueño a fin de que vuelva a reinar la armonía entre ellos. Si la madre de tus hijos tiene relaciones a escondidas con otro, debes repudiarla prudentemente, sin maltratarla. Pero si no quieres repudiarla, debes aconsejarla oportunamente de buena forma… (Literatura de los guaraníes, Cadogan, o.c.)

Sentido de la ética religiosa

La ética no es, como puede a veces pensarse erróneamente, un conjunto positivo o negativo legalista de normas sino un impulso que vertebra o da unidad y sentido a toda la conducta humana. A través de la ética la vida entera en su cotidianidad y en sus momentos más fuertes, en su sencillez y a la vez en su entramado se hace manifestación de lo religioso.

Cuando una persona o grupo reflejan en su vida sus valores espirituales, se convierten en una llamada para toda la sociedad que recibe así su influjo y que asume por imitación,  alguno  de sus valores. Es lo que Jesús quería expresar al decir “ustedes son la sal de la tierra”.

Podemos conceptualizar a la ética como la forma de actuar de una determinada manera, su modo de encarar la vida, sus criterios de vida. Para el hombre religioso la ética es ciertamente una forma de expresión de su experiencia religiosa. Por estos mismos motivos, nada “escandaliza” más al pueblo y nada aleja más a la gente de la religión que el no cumplimiento por parte de los dirigentes religiosos de las normas que ellos mismos predican.

La ética es la coherencia entre lo pensado, dicho y predicado… con lo practicado en la realidad. Hablamos de ética, no de listado de normas que se imponen. Las religiones han abusado del principio de autoridad al imponer normas “porque sí” y sin mayores fundamentos racionales.

El hombre moderno ya no acepta el criterio de autoridad para las normativas éticas y morales. Se necesitan razones, y nadie tiene más razón que otro por estar investido de autoridad.

Los seres humanos actuales tenemos el derecho a buscar y elegir nuestro propio código de ética. Es la tarea de toda la comunidad organizada, del Parlamento y demás instituciones educativas. Es el fruto de la autonomía, libertad e igualdad de todos los seres humanos, y fundamento de todos sus Derechos Humanos.

No es un secreto, según encuestas realizadas, que la mayoría de los católicos, no practica la normativa oficial de la Iglesia, especialmente en las cuestiones sexuales, control de nacimientos, etc. Ni qué decir los adolescentes y jóvenes, casi totalmente desprovistos de formación ética, tanto de parte de las escuelas como de la Iglesia. Algo habrá que hacer al respecto, pero por ahora todos miran hacia otro lado.

La formación ética debiera acompañar un proceso en el que las distintas comunidades (de niños, jóvenes, adultos) discutan las formas de convivencia y elijan con libertad interior aquellas conductas conducentes a una salud integral y a un equilibrio emocional, sin descuidar los enunciados de los derechos humanos que hoy constituyen, al menos, un buen punto de partida.

Como psicólogo y educador creo que este terreno es prácticamente virgen, pues hasta ahora la formación ética o moral consistía en recitar las normas vigentes, a veces fortalecidas con argumentos filosóficos o abstractos, y aprenderlas para el examen escolar. Los resultados están a la vista. Sobre este tema de la ética, me remito a lo ya dicho en el cap. III.

Los sentimientos, base motivacional de la ética

Sólo me gustaría aclarar que cuando hoy hablamos de ética o formación de la conciencia, lo primero que tenemos que hacer es desarrollar  los sentimientos que están en su base, algo nuevo por cierto en educación.

Por lo tanto, mi sugerencia es que debemos colaborar para que se formen los niños y adolescentes con “buenos y sanos sentimientos”, con “sentimientos positivos” que, por supuesto, motivan a buenas acciones. Sin desarrollo de la afectividad y de los nobles sentimientos sociales, la ética se reduce a un abstracto palabrerío. El que tiene sentimientos positivos, busca naturalmente volcarlos y expresarlos en actitudes y actos positivos y sanos hacía sí mismo y hacia los otros. Obviamente los buenos, sanos y positivos sentimientos (cordialidad, amor, ternura, solidaridad, respeto, alegría) se traducen en una etapa más elaborada y racional en lo que llamamos “valores”.

Pero pretender hacer educación ética comenzando por los valores (concepto abstracto) y las normas, sin motivar desde los buenos y sanos sentimientos es, sencillamente, poner los caballos detrás del carro. Porque lo que mueve, o sea, motiva al carro del actuar humano son los sentimientos, positivos o negativos. Y sin motivación, sin motor ni motivo, la voluntad no se mueve. Demás está decir que los sanos sentimientos nacen y se desarrollan en las comunidades (familia, escuela, etc.) donde se los vive diariamente. Los sentimientos no se enseñan… se viven.

  1. Organización Institucional: ¿poder o servicio?

Todas las religiones al estructurarse socialmente requieren cierto tipo de organización, plantearse objetivos, establecer estrategias de acción, órganos de difusión y control, etc. como cualquier otra institución. No hay un solo modelo religioso de organización y conducción, variando desde formas más espontáneas, democráticas y menos dirigistas, hasta Iglesias y religiones que mantienen el mismo sistema monárquico y autoritario de hace siglos cuando se configuraron. Según vimos en los primeros capítulos hay un paralelismo entre la estructura social y política de una sociedad con la imagen de Dios como gobernante supremo, de tal manera que ambas instancias (la política y la religiosa) se alimentan mutuamente.

Ciñéndome al caso cristiano, este paralelismo, típico del Antiguo Testamento y de todas las religiones de esas épocas, fue roto drásticamente por Jesús, quien al detectar entre sus discípulos evidentes ambiciones de poder para instalarse en el Reino de Dios, con gestos elocuentes y con un duro discurso, cambió el esquema de la autoridad como Poder para transformarlo en esquema de Servicio a la comunidad. Pero posteriormente, las circunstancias históricas pudieron más que sus gestos y palabras.

Un símbolo resistido

Según el evangelista Juan, en la última cena, en forma imprevista y ante la reacción adversa de Pedro (todo un símbolo pues sería cabeza de la primera comunidad) lavó los pies a los apóstoles, un oficio de los esclavos, para decirles después: ¿Comprenden lo que acabo de hacer con ustedes? Ustedes me llaman Maestro y Señor, y tienen razón, porque lo soy. Si yo, que soy el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, ustedes también deben lavarse los pies unos a otros. Les he dado el ejemplo, para que hagan lo mismo que yo hice con ustedes. Les aseguro que el servidor no es más grande que su señor, ni el enviado más grande que el que lo envía. Ustedes serán felices si, sabiendo esto,  lo practican (Jn 13, 12-17)

Una nueva bienaventuranza: la felicidad de una comunidad, de la Iglesia, radica en la actitud servicial de los “dirigentes” que no deben dirigir sino “servir” a la “patrona” o “señora” que es la propia comunidad, los hermanos, la gente…

Cuando veo tantos momentos de infelicidad en Occidente y en las iglesias cristianas, tantas divisiones, excomuniones, condenas, grupos y sectas que luchan entre sí, guerras y odios… vienen a mi mente aquella simple fórmula para que la sociedad y la Iglesia en particular vivieran con felicidad: serán felices si, sabiendo esto, lo practican… ¿Qué es “esto”?: la actitud servicial de los dirigentes religiosos.

 Dos modelos de autoridad

Los otros evangelistas, al unísono, fueron más explícitos aún. Así Marcos, el primero de ellos, relata esta cruda escena:

Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, se acercaron a Jesús y le dijeron: «Maestro, queremos que nos concedas lo que te vamos a pedir». El les respondió: «¿Qué quieren que haga por ustedes?». Ellos le dijeron: «Concédenos sentarnos uno a tu derecha y el otro a tu izquierda, cuando estés en tu gloria». Jesús le dijo: «No saben lo que piden…

Los otros diez, que habían oído a Santiago y a Juan, se indignaron contra ellos.

Jesús los llamó y les dijo: «Ustedes saben que aquellos a quienes se considera gobernantes, dominan a las naciones como si fueran sus dueños, y los poderosos les hacen sentir su autoridad. Entre ustedes no debe suceder así. Al contrario, el que quiera ser grande, que se haga servidor de ustedes; y el que quiera ser el primero, que se haga servidor de todos. Porque el mismo Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud» (Mc 10,41-45)

La oposición de los dos modelos es clara y sirve también para el marco de las democracias: hay gobernantes que “dominan a las naciones como si fueran sus dueños”, haciendo sentir el peso de su autoridad y avaricia… (omito tantos ejemplos actuales…) y hay un nuevo concepto, radicalmente distinto y opuesto: “el que está arriba” que se abaje en un humilde servicio a “los que están abajo”. Jesús mismo se muestra coherente con su propuesta: está dispuesto a servir y a dar la vida por su pueblo.

No podemos olvidar otro texto que nos trae Mateo, texto que es como un baldazo de agua fría sobre tantos “egos”: Ustedes, no se hagan llamar “maestro”, porque no tienen más que un Maestro y todos ustedes son hermanos. A nadie en el mundo llamen “padre”, porque no tienen sino uno, el Padre celestial. No se dejen llamar tampoco “directores”, porque sólo tienen un Director, el Cristo. Que el más grande de entre ustedes se haga servidor de los otros, porque el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado»  (Mt 23, 8-12).

¿Cómo tendremos que llamarnos y tratarnos si ni gobernante, ni maestro ni mon-señores, ni padre ni director? Muy simple: hermanos… Es la coherencia con un mensaje que hemos recorrido en este andar por tantos símbolos: si Dios es nuestro Padre, nosotros somos sus hijos y entre nosotros, hermanos.

Es el esquema de la familia (¿Y la madre?… Hay que encontrarla en los sentimientos de Dios y puede ser que algún día se refleje en algunas madres que sirvan a la comunidad cristiana desde roles de autoridad servicial, hoy exclusivos de los varones)

Un símbolo complicado: servir como esclavos

En síntesis: al querer construir el sistema organizativo y de conducción de la religión cristiana nos encontramos con un símbolo que no tuvo ni tiene buena prensa: servicio, tarea de siervos y esclavos.

Es un símbolo: expresa la humildad, austeridad y amor totales hacia nuestros iguales, los hermanos, a quienes los líderes deben entregarse sin buscar beneficios, ni prestigio, ni honores ni ascensos… como los “esclavos” cuyo único oficio es un servicio “gratuito”, sin recompensas. La vara que hay que saltar para acceder a los primeros puestos en la comunidad es bastante alta… y muchos son los descalificados…

Dejo al lector la tarea de sacar conclusiones de estos textos del “origen” que, de tan escuchados como una cantinela ritual, han perdido su fuerza revolucionaria.

Sólo deseo hacer algunas sugerencias para el nuevo sistema de conducción que propone Jesús: los dirigentes, además de ocuparse de ciertas cuestiones puramente institucionales, deberían aprender a acercarse a sus comunidades más como maestros del espíritu, como guías de un camino de espiritualidad, como consejeros que van “sugiriendo” caminos y estrategias para construir una comunidad más igualitaria e inclusiva, atendiendo especialmente a los más necesitados, sea material como psíquica y espiritualmente.

Es un nuevo perfil de “pastor” que está atento y vigilante para prever los problemas y sugerir ciertas soluciones en conjunto con las personas o comunidad, suavemente, tiernamente, dejando siempre un espacio para la libre reflexión y decisión del sujeto o de la comunidad.

También estará atento a los cambios culturales que se suceden a un ritmo casi vertiginoso, a preguntas y dudas que surgen constantemente, abandonando una actitud que tanto daño hizo a la Iglesia: encerrarse a la defensiva, sentirse víctima y atacada por todo lo nuevo, por ideas nuevas, por propuestas distintas. Ahora, la humilde actitud de escuchar, no sólo con el oído, sino con el corazón, poniéndose en el lugar del otro.

El pasaje de una conducción autocrática e imperial a una democrática, sencilla y familiar, demandará mucho tiempo y paciencia; y sobre todo, formar dirigentes o líderes con este nuevo perfil: personas autónomas, audaces, positivas, creativas, afectivas. Mucho de todo esto está haciendo el Papa Francisco, que parece conocer el viejo dicho de su tocayo san Francisco de Sales: “se cazan más moscas con una gota de miel que con un barril de vinagre”. Y  todavía hay mucha religión avinagrada…

Las religiones hoy

Me gustaría hacer unas reflexiones finales sobre el momento que viven hoy las religiones tradicionales que, en muchos casos, son cuestionadas como inútiles y fuera de época. Todavía hoy, a pesar de tantos malos pronósticos, millones de seres humanos de todas las culturas y latitudes se aferran a su comunidad religiosa.

Y la propuesta de ciertos pensadores europeos de vivir la espiritualidad sin Dios, ni religión ni nada que se le parezca, es un reto casi imposible y hasta inhumano, al menos para millones de gentes humildes, simples, pobres y angustiadas que encuentran en sus comunidades religiosas, no sólo alivio y consuelo, sino en muchos casos un ancla de vida y protección, especialmente en los llamados países del tercer mundo.

Nadie puede predecir cuál será el futuro de las religiones, que tienden a mermar su influencia a medida que las sociedades llegan al mundo deseado de los conocimientos, de la industrialización, de las modernas tecnologías y de un standard de vida que resuelve con holgura sus necesidades básicas y otras no tan básicas, e incluso superfluas.

Pero creo que la humanidad siempre necesitará de organizaciones, cualquiera sean sus creencias y espiritualidad, que cubran un espacio vacío que cada día se agranda más y que tiene que ver con necesidades humanas que van mucho más allá de las satisfacciones que brinda la cultura posmoderna.

No es un misterio que hoy existe una sed existencial de viejos y nuevos valores que las nuevas generaciones buscan ansiosamente y casi individualmente donde pueden y cómo pueden: me refiero a los llamados valores del espíritu, que tienen que ver con la armonía con uno mismo y con esa paz interior desbordada por una ansiedad que se respira en el aire.

Ansiedad promovida por el mismo Estado que controla hasta las más personales intimidades y que exige, exige y exige en una carrera que no tiene respiro, trabajar, ganar, comprar, pagar, para volver a trabajar para ganar y poder comprar y pagar, siempre pagar desde el aire y el agua hasta los más complicados impuestos. Ansiedad asfixiante promovida por un sistema social y político que, lejos de proteger y promover a los ciudadanos, los oprime, agobia y enferma.

Los síntomas están a la vista: no se duerme, salvo con pastilla; no se descansa (no hay tiempo), no se disfruta (las obligaciones abruman), se come a la rápida, se digiere mal, baja el deseo sexual, aparecen decenas de enfermedades psicosomáticas…

Hasta la vida biológica en sus funciones elementales (dormir, descansar, alimentarse, cuidar el cuerpo, hacer el amor) se ha deteriorado abarcando a toda la escala etaria, desde niños a ancianos.

Si de lo biológico pasamos al nivel social, el panorama es desalentador: caídos los sistemas de control social (Estado, padres, iglesias, escuelas) las casas se van transformando en fortalezas contra la delincuencia, de día y de noche; una ola de conductas psicopáticas de crueldad inusual ha creado un clima de miedo y terror; más las organizaciones delictivas, tráfico y esclavitud de niños, niñas y mujeres, y tantos etcéteras que cubren diariamente los medios de comunicación…

¿Hace falta decir que esta sociedad va camino de perder el rumbo de la convivencia humana por falta de valores éticos y espirituales? No deseo extenderme más sobre las nubes negras de la sociedad posmoderna; sólo quise poner algunos ejemplos, la mayoría surgidos de mi actividad profesional.

Pero no podemos olvidar que aún hoy la mayoría de la población mundial vive en el desamparo y la indigencia, si tenemos en cuenta los datos estadísticos de los informes de Naciones Unidas del 2013 que nos dicen que :

  • 800 millones de personas, casi la mitad de la población mundial (6.800 millones), viven en pobreza
  • Más de 1.000 millones de seres humanos viven con menos de un dólar al día
  • El 20% de la población mundial, los más ricos, acapara el 90% de las riquezas
  • 840 millones de personas en el mundo no tienen suficientes alimentos; más que la población de EEUU y la UE juntas.
  • 98% de las personas con subnutrición viven en países en desarrollo.
  • el 60% de las personas con hambre son mujeres.
  • Cada 8 segundos muere una niña o un niño por causas relacionadas con la desnutrición.
  • Un niño de cada cinco no tiene acceso a la educación primaria.
  • el 80% de los refugiados son mujeres y niños
  • En educación: 876 millones de adultos son analfabetos, de los cuales dos tercios son mujeres
  • Cada día, 30.000 niños de menos de 5 años mueren de enfermedades que hubieran podido ser evitadas
  • En los países en desarrollo, más de un niño de cada diez no llegará a cumplir los 5 años. Más de 500.000 mujeres mueren cada año durante el embarazo o en el parto
  • Hoy en día, 42 millones de personas viven con el virus del SIDA, de las cuales 39 millones viven en países en desarrollo. Al horizonte del 2020, algunos países africanos podrían perder más de una cuarta parte de su población activa por causa del SIDA
  • Más de 1.000 millones de personas no tienen acceso a agua potable y 2.400 millones de personas se ven privadas de instalaciones sanitarias satisfactorias.
  • En 2013, en América Latina el número de personas en situación de pobreza ascendió a unos 164 millones, cifra que equivale a un 27.9% de la población.
  • De ellos, 68 millones se encuentran en la extrema pobreza o indigencia, un 11.5% de los habitantes de la región, según proyecciones de la Cepal .

Desde estos datos y muchos más de cada continente y país, hago esta reflexión final: ¿Acaso las religiones no nacieron como respuesta a tantos interrogantes similares, y por qué hoy las religiones, cualquiera sea su sistema de creencias, no pueden cumplir un gran objetivo de ayudar a generar (nacer, resucitar…) una humanidad donde sea realidad que todos los seres humanos seamos iguales en dignidad y derechos, y además, seamos y vivamos como hijos del mismo Padre?

¿Y cómo encontrar un mínimo sentido de la vida, objetivo principal de las religiones, desde una realidad agobiante para “la mayoría” de la humanidad?

Si hemos seguido el recorrido de este libro, a nadie le parecerá inoportuno preguntarnos por qué no unir el esfuerzo de tantas religiones que, curiosamente, todas se afirman en el mismo fundamento del amor, de la solidaridad, de buscar lo más hondo del espíritu humano; unirse, saliendo del cascarón que las tiene encerradas en sí mismas, para abrirse a un grande y maravilloso proyecto que puede tener nombres distintos, desde Salvación universal, Reino de Dios, Armonía cósmica, Unidad de la familia humana, Desarrollo Integral universal, Derechos Humanos integrales… pero que todos, en definitiva, urgen, requieren, demandan un gran esfuerzo de COHERENCIA…

Poner en práctica lo que desde los antiquísimos libros sagrados hasta las últimas Declaraciones de Naciones Unidas demandan… Comenzar a hacer con amor gratuito lo que nuestras palabras han dicho y escrito…

 

 VII- HACIA  UNA  ESPIRITUALIDAD  HUMANA

 Introducción

En este último capítulo vamos a hacer unas reflexiones sobre un tema que hoy está adquiriendo cada vez más relevancia: la espiritualidad humana, simplemente humana sin connotaciones religiosas, al menos necesariamente.

En realidad, a lo largo de todo el libro nos hemos referido asiduamente a la búsqueda de esta espiritualidad, porque ése fue uno de nuestros objetivos.

Y lo hicimos tanto cuando hablamos de la madurez religiosa frente a los nuevos conocimientos, como en el recorrido de la interpretación simbólica de los textos sagrados; y en especial de los valores sugeridos por el evangelio desde la figura de Jesús; como al referirnos a los grandes valores del espíritu humano y religioso (como la liberación, el amor, la solidaridad, la paz, la alegría); como cuando reclamamos que la religiosidad se fundamente sobre la libertad, la autonomía, la autoestima, la integralidad de la persona y la visión armónica del ser humano en el universo.

Y, por cierto, siempre que insistimos en la vivencia de los derechos humanos y del desarrollo humano integral, con una propuesta de sabiduría y con gran respeto a todas las creencias, culturas y seres humanos en espíritu de tolerancia. Porque todo eso es espiritualidad, o sea, la expresión y vivencia más pura y sublime del ser humano.

También afirmamos con plena convicción y sinceridad que participar de una Religión o Iglesia era una decisión personal fruto de una opción libre y legítima, que puede ser más razonable o justificada en ciertos ambientes o momentos de la historia y del desarrollo de la cultura y de la personalidad de cada uno.

Por otra parte, mientras que en otras épocas la adhesión a un credo religioso y la perspectiva sobrenatural de la vida con una creencia firme en un Dios personal era prácticamente el único modo reconocido para acceder a una vida espiritual y a un sentido de la vida, hoy somos muchos los que entendemos que el camino de las creencias religiosas es uno de los caminos posibles, ya que lo consideramos como el medio que las culturas antiguas pre-lógicas encontraron para acceder a la espiritualidad, a la sabiduría de la vida y a la felicidad.

Y ciertamente éste es el valioso rol o propósito  que las religiones desempeñaron a lo largo de miles de años, organizando a las sociedades, generando un sistema de vida con una propuesta ética, orientando a las personas y comunidades y brindándoles un horizonte de esperanza, aún en las situaciones más adversas. No fueron organizaciones perfectas sino las mejores posibles en unas culturas aún muy limitadas, tanto en el desarrollo del pensamiento como de las ciencias y tecnologías.

Y aún hoy, como ya intentamos mostrar con múltiples ejemplos, tenemos mucho que aprender de su espiritualidad y religiosidad vertida en sus libros, mitos y otras formas culturales. Personalmente soy un gran admirador de esas culturas y mucho he aprendido de ellas para alimentar mi sabiduría de vida en mis largos años.

Con este espíritu y convicción hoy puedo afirmar que la Religión, aún con todos sus valores, es un medio para el Hombre, y no un fin; es un posible camino, no la meta. Porque el fin del hombre es él mismo, su desarrollo pleno; un fin que se va haciendo a lo largo de la existencia, y que es único para cada uno, así como cada persona es única e irrepetible.

Experiencias espirituales No religiosas

Hoy se prefiere hablar de “experiencias espirituales” (no necesariamente religiosas) que consisten en una búsqueda en lo profundo de uno mismo, en su esencia última y en la máxima aspiración posible. Es la mirada sobre la totalidad del ser, del cosmos y de la humanidad, su último sentido.

Es el desarrollo pleno del “espíritu humano”, de una manera de vivir en armonía consigo mismo y con los otros, con la naturaleza y con el cosmos.

Experiencias espirituales que dan gozo, alegría, felicidad, armonía, equilibrio, pero en las que Dios permanece en silencio y oculto. Muchos seres humanos han aprendido que su tarea no es ocuparse de Dios sino de ellos mismos, y que si lo hacen… por allí puede andar Dios.

Ya no se quiere imaginar a Dios, porque imaginándolo, siempre se lo traiciona y también se traiciona al hombre en sus cualidades esenciales.

Mejor es moldearnos en la unidad interior y en el amor, en la libertad y en la creatividad, en el asombro y en la búsqueda.

Y en ese sentimiento profundo de ser y estar, de crecer e integrarse a la energía del Universo, energía que también a cada uno dio y no da vida, en ese Sentimiento se descubre lo más profundo que hay en cada uno.

Y a eso “profundo” (es una palabra simbólica), a ese nivel máximo de sentir la vida, a ese gozo y asombro supremo, lo llamamos “experiencia espiritual” o simplemente, espiritualidad. Y es una experiencia única de cada ser humano. La espiritualidad como un sentido de totalidad de uno mismo, de la humanidad, del cosmos. Somos un todo vivo y orgánico en constante crecimiento.

El tiempo dirá por qué caminos transitará la espiritualidad en este nuevo siglo y en los siguientes.

1 El camino de la Sabiduría

Veamos brevemente cómo la espiritualidad humana se relaciona y casi se identifica con una manera de vivir que los antiguos llamaban Sabiduría.

La sabiduría bíblica

El arte de la sabiduría fue característica de los pueblos antiguos, en especial de Mesopotamia, Egipto y de los países semitas que influyeron en la sabiduría hebrea. Como idea global, digamos que el sabio oriental es muy diferente del occidental que se caracteriza sobre todo por la ciencia empírica y el cultivo de la inteligencia racional.

En cambio, la esencia del sabio oriental es vivir con prudencia y habilidad en la vida cotidiana, familiar, laboral, etc. Lo que implica, por cierto, una cierta visión del mundo, del hombre y de la historia. La sabiduría bíblica comprende dos grandes temas:

Primero: el arte de vivir, o sea, cómo conducirse en la vida para ser feliz y para lograr los objetivos básicos del ser humano. Se trata de una sabiduría práctica, con prudencia, discernimiento, mesura, buen uso de las cualidades, buenas relaciones con la familia y los vecinos, etc.

Segundo: una visión global de la vida humana, lo que hoy llamaríamos antropología, que intenta responder a las grandes preguntas del ser humano: el sentido de la vida, la muerte, el más allá, el sentido del dolor, las claves de la felicidad, la justicia y el silencio de Dios, etc.

La sabiduría bíblica no se agota en los llamados libros sapienciales (escritos desde el siglo III a.C. en adelante) que expresan intencionadamente un concepto más reciente y elaborado, y que denotan la influencia de la cultura helénica, rechazándola o aceptándola con reparos. Son los libros de Proverbios, Job, Eclesiastés (Cohelet), Eclesiástico (Sirácida) y finalmente de Sabiduría, pocos años antes de Cristo.

El Cohelet es el que más se acerca a una mentalidad moderna por su audaz punto de vista, con ciertas características existencialistas y poco religiosas desde lo tradicional.

También es digno de mención el Cantar de los Cantares, ese poema erótico que merecería un poco más de atención especialmente de los educadores de adolescentes, ya que sus protagonistas son dos enamorados jovencillos.

En realidad toda la Biblia refleja la antigua sabiduría, dispersa en los libros del Pentateuco con una propuesta muy concreta de vida justa según la Palabra de Dios, fuente y origen de toda sabiduría.

Sólo a título de ejemplos, citamos algunos conceptos de una inmensa literatura, que es desgraciadamente ignorada por el mundo cristiano que, en general se quedó con las normas éticas y no supo descubrir la gran riqueza de reflexiones que hoy llamaríamos humanas o seculares, en la Biblia, un amplio conjunto de libros escritos a lo largo de unos mil años.

De la Biblia Temática, tercer tomo, extraigo estos conceptos en los que a menudo se personaliza a la Sabiduría: Adquiere la Sabiduría, no la abandones, ella te protegerá, ámala y ella te cuidará. El comienzo de la sabiduría es tratar de adquirirla… Yo la busqué apasionadamente, por eso adquirí un bien de sumo valor… La Sabiduría se te dará a conocer y una vez que la poseas, no la dejes, porque al fin encontrarás en ella el descanso y ella se convertirá en tu alegría…

Algunas condiciones y características de la sabiduría: La Sabiduría no entra en un alma que hace el mal ni habla en un cuerpo sometido al vicio. Huye de la falsedad, se aparta de los pensamientos insensatos y se siente rechazada cuando sobreviene la injusticia… No seas hipócrita, no te exaltes a ti mismo ni tengas el corazón lleno de falsedad… La Sabiduría se manifiesta alejada del orgullo y de la mentira… Es luminosa y se deja contemplar  por los que la aman y la buscan… En ella hay un espíritu inteligente, sutil, ágil, inalterable, amante del bien, bienhechor, amigo de los hombres, firme seguro, sereno…

Yo, la Sabiduría, habito con la prudencia y poseo la ciencia de la reflexión. Detesto la soberbia, el orgullo, la mala conducta y la boca perversa… Soy el sendero de la justicia y de la equidad… Con todo cuidado vigila tu corazón, porque de él brotan las fuentes de la vida. El que me encuentra ha encontrado la vida…

En los libros sapienciales encontramos una gran colección de proverbios comunes a los pueblos de la región. Son muy prácticos y revelan incluso una gran introspección y análisis psicológico. Por ejemplo:

Más vale reprender que guardar el enojo… Más vale una reprensión abierta que un cariño disimulado… Con tres cosas me adorno: la concordia entre hermanos, la amistad entre vecino y un matrimonio que se lleva bien. Pero hay tres cosas que aborrezco: un pobre soberbio, un rico mentiroso y un viejo adúltero…

Los proyectos de los justos son rectos; los de los malvados, no son más que engaños… El malvado huye sin que nadie lo persiga; el justo está seguro como un león… Cuando triunfa el justo, todos se alegran; cuando se impone el malvado, todos se esconden.

La sabiduría en textos hindúes y chinos

Ciertamente que donde más se ha cultivado este verdadero arte es en las culturas de India y China. Sus textos nos sorprenden, asombran y llaman a la reflexión, como el listado de las cualidades que deben embellecer al espíritu humano: El discernimiento, el no quedar ilusionado, el perdón, la veracidad, el control de los órganos externos e internos, la felicidad, la intrepidez, el no dañar, la ecuanimidad, la austeridad, la caridad…

La humildad, la no ostentación, el no-dañar, la clemencia, la pureza, la firmeza, el auto dominio, el desapego a los objetos de los sentidos, la ausencia de egoísmo, la reflexión sobre los males del nacimiento, de la vejez, de las enfermedades, del dolor y de la muerte; el desapego y la no identificación con el hijo, con la esposa, con el hogar; el constante equilibrio mental en la felicidad y la desdicha, la constante dedicación al conocimiento espiritual y la percepción de la suprema verdad, todo esto es sabiduría y lo demás es ignorancia.

Síntesis del hombre sabio: Aquel cuya felicidad es interna, cuyo regocijo es interno, cuya luz es interna, se identifica con la Divinidad y alcanza la liberación absoluta. (Todas citas del Bhagavad-Guita)

Más conocidos e impactantes son los versos de Tao Te Ching, o sea, del Camino de la Vida, atribuidos al gran maestro chino, Lao Tse, del siglo VI a.C. Veamos algunos textos particularmente significativos y de alcance universal, en un estilo donde abundan las “paradojas”, aparentes contradicciones que se complementan entre sí, como el yin y el yan: El sabio se mantiene en armonía, ama lo profundo en sus pensamientos, la bondad en su trato con la gente, la veracidad en sus palabras; ama el justo orden en el gobierno, actúa conforme a como debe actuar… El sabio alimenta lo interno y no lo externo. Excluye lo uno y acoge lo otro… El sabio está consigo mismo y se vuelve arquetipo del mundo. No se luce y por eso resplandece. No se justifica y por eso brilla. No se alaba y por eso es alabado. No se exalta y por eso es exaltado. Como no discute con nadie, en el mundo no hay quien discuta con él. El sabio elige ayudar a los hombres. No rechaza a ninguno… El hombre sabio se conoce a sí mismo, pero no se muestra. Se quiere a sí mismo, pero no se exalta. Prefiere lo que está adentro a lo que está afuera. El sabio no es enemigo de sí mismo porque mantiene la misteriosa comunicación entre el cielo y la tierra, y se nutre en el seno de la madre. Se ama, pero no se cree precioso; se conoce pero no busca la estimación ajena. Deja lo exterior por lo interior. Vive en paz consigo mismo y con los demás… El sabio no actúa para acumular. Cuanto más entrega a los demás tanto más posee para sí. Cuanto más dones ofrece a los demás tanto más consigue para sí.

La norma del cielo es dar beneficios y no dañar. El proceder del sabio es actuar sin violencia. El hombre sabio es rígido pero no cortante. Es anguloso pero no hiere a nadie. Es recto pero no duro. Resplandece pero no deslumbra. 

Quien conoce a los hombres es inteligente. Quien se conoce a sí mismo es iluminado. Quien vence a los otros posee fuerza. Quien se vence a sí mismo es la fuerza… El sabio es constante en su mente. Hace de la mente del pueblo su propia mente.                                    

El sabio es bueno con el bueno. Es bueno con el no bueno. Esa es la virtud de la bondad.  Es sincero con el sincero. Es sincero con el no sincero. Esa es la virtud de la sinceridad.

La existencia del sabio no inspira temor a los hombres, está abierto a todo el mundo. Mientras el pueblo lo contempla, él trata a todos como a sus propios niños…

Los antiguos sabios eran prudentes como el que cruza un río en invierno.

Modestos como los huéspedes. Desprendidos, como el hielo que está por derretirse. Auténticos, como trozos de madera no trabajada… 

Haz que el cuerpo y el alma vital estén unidos en un abrazo sin separación…  Que el aliento vital te vuelva tierno y fresco como el de un niño recién nacido… La suprema bondad es como el agua, sin oposición llega a todos…

Yo poseo tres perlas preciosas que tengo ocultas como tres tesoros: La primera se llama “compasión”. La segunda, “moderación”. La tercera, “humildad”. Porque tengo compasión, es que soy valiente. Porque tengo moderación, soy activo. Porque tengo humildad, soy señor de los vasallos. Sin embargo hoy día, se pretende ser valiente sin compasión. Ser activo sin moderación. Dominar al pueblo sin humildad. Esto en verdad es la muerte. Solo vence el que combate con compasión. Solo defiende el estado quien tiene compasión…

El lector habrá observado que no se trata de dar normas morales ni preceptos a cumplir. Se trata de un espíritu en el vivir, de un “camino” para llegar a lo mejor de uno mismo, de una luz interior que guía y orienta. Las conductas emergen de ese espíritu que es tan humano, y por eso mismo tan divino. O sea, la espiritualidad es más que la ética, pero la integra como una emanación natural que surge del interior, porque es en el interior del hombre donde está su autenticidad, y por  tanto su sabiduría y espiritualidad.

Qué bueno sería que nuestra educación espiritual y ética, y la de nuestros hijos y educandos, se haga desde estos principios que nos llegan de personas tan profundamente sabias de hace varios miles de años.

Sus textos, hoy fáciles de conseguir gracias a internet, debieran ser material de reflexión en todas nuestras escuelas, y ojalá de lectura permanente para todos nosotros, porque cada nueva lectura suscita renovados sentimientos y reflexiones de aplicación a la vida diaria familiar, social y política. Esa es mi experiencia.

Veamos ahora, recogiendo ideas de varios autores actuales las nuevas líneas de una espiritualidad sencillamente humana, esa primera y fundamental espiritualidad que debiera ser también la base de la espiritualidad religiosa. Estas ideas seguramente ya no le resultarán nuevas al lector, pues se encuentran en cada página del libro.

2 Concepto de espíritu y de espiritualidad  

Tradicionalmente la palabra espíritu o espiritual aludía a una realidad opuesta a lo corporal y material, a una dimensión fuera o más allá de este mundo, “sobre-natural”; espíritu cuya máxima expresión era Dios o alguna divinidad o ser totalmente espiritual (el “alma”, por ejemplo).

Y por lo mismo, espiritualidad era casi sinónimo de religiosidad, de dedicación a la “vida religiosa” o sobrenatural, separada de lo mundano, en un clima de actos de culto, oración y vigilancia sobre instintos y sentimientos o abstención de la sexualidad.

Pero hoy entendemos que en realidad “el espíritu” no está opuesto a lo corporal, sino que representa la esencia más profunda del ser humano, sabiendo además que hablamos de un ser humano integral que armoniza todos sus componentes, siendo el espíritu como la expresión o energía más profunda del ser.

Por lo tanto, la espiritualidad es antes que nada una experiencia que consiste en grandes sentimientos que impulsan  a una búsqueda en lo más profundo y absoluto de uno mismo, de una manera de vivir en armonía consigo mismo y con los otros, con la naturaleza y con el cosmos. Experiencia de moldearnos en la unidad interior y en el amor, en el asombro y en la búsqueda.

Y en ese sentimiento profundo de ser y estar, de crecer e integrarse a la energía del Universo que nos dio y nos da vida…  en ese Sentimiento descubrimos lo más profundo que hay en nosotros.

Y a eso “profundo”, a ese nivel máximo de sentir la vida, a ese gozo y asombro supremo, lo llamamos “experiencia espiritual”.

Y es una experiencia única de cada ser humano.

La espiritualidad sería la dimensión máxima del vivir humano, su forma más exquisita y total, y reflejaría el sentido total de la vida, de la vida real aquí y en este espacio cósmico.

Por eso hay autores que buscan otras palabras para expresar esa dimensión humana, evitando el uso de la palabra espiritualidad que puede resultar confuso y que en realidad en nuestra cultura lo es. Pero esa es la palabra, con todas sus limitaciones culturales, que hoy se ha impuesto.

Aclaremos aún más este concepto, novedoso para la mayoría de nosotros, con el aporte de varios especialistas a quienes hemos tenido muy en cuenta.

espíritu no es una sustancia, sino el modo de ser propio del ser humano, cuya esencia es la libertad. Seguramente somos seres de libertad porque plasmamos la vida y el mundo, pero el espíritu no es exclusivo del ser humano ni puede ser desconectado del proceso evolutivo. Pertenece al cuadro cosmológico. Es la expresión más alta de la vida, sustentada a su vez por el resto del universo.

La concepción contemporánea, fruto de la nueva cosmología, dice: el espíritu posee la misma antigüedad que el universo. Antes de estar en nosotros está en el cosmos. Espíritu es la capacidad de inter-relación que todas las cosas guardan entre sí” (En el artículo Espíritu, qué es?)

Para el teólogo y sociólogo  Amando Robles “si la espiritualidad es la realización más grande y total a la que podemos aspirar como seres humanos, entonces como seres humanos queremos ser espirituales, queremos para nosotros tal tipo de realización…

La espiritualidad es la experiencia de lo absoluto que es todo, el universo entero, los otros y nosotros, hecha desde el absoluto de nuestro ser. En el fondo, es una realidad humana, no especial ni especializada, laical, no religiosa. Nada sobrenatural, sagrada o divina. Porque no son los referentes religiosos los que la hacen última, plena y total, sino la calidad humana” (Espiritualidad: el nuevo desafío)

“En esta nueva religiosidad no hay verdades en las que creer, dogmas que acatar, mandamientos que cumplir, ritos o sacramentos por los que obligatoriamente pasar, jerarquías a las que obedecer. Sólo hay verdades que comprender para realizar y experimentar.

El objetivo no es la salvación sino la plena realización de uno mismo. No se necesita, pues, de mediadores. Hay testigos y maestros que realizaron la experiencia antes que uno y tienen mucho que enseñar, pero la realización del camino tiene que ser obra de uno mismo; nadie puede recorrerlo por otro. La nueva religiosidad o espiritualidad no es sumisión, no es obediencia, no es cumplimiento de normas morales, es descubrimiento y realización de la maravilla y totalidad que somos; la misma maravilla que es todo. No es religión y, sin embargo, es la espiritualidad más grande que pueda lograrse” (La religión ante la cultura actual“)

Que la espiritualidad es una característica del ser humano lo afirma el eminente neurólogo Antonio Damasio: “En primer lugar, yo asimilo la idea de lo espiritual a una intensa experiencia de armonía, al sentido de que el organismo está funcionando con la mayor perfección posible.

La experiencia se despliega en asociación con el deseo de actuar hacia los otros con amabilidad y generosidad. Concebido de esta manera, lo espiritual es un índice del esquema de organización que hay detrás de una vida que está bien equilibrada, bien templada y bien intencionada.

Se podría aventurar que, quizá, lo espiritual sea una revelación parcial del impulso en marcha que hay tras la vida en algún estado de perfección. Si los sentimientos dan testimonio del estado del proceso vital, los sentimientos espirituales excavan bajo dicho testimonio, profundamente en la substancia de la vida. Forman la base de una intuición del proceso de la vida… Vivimos rodeados de estímulos capaces de evocar la espiritualidad, aunque su prominencia y efectividad se vean disminuidos  por la barahúnda de nuestro ambiente y por la falta de marcos de referencia sistemáticos dentro de los cuales su acción pueda ser efectiva.

La contemplación de la naturaleza, la reflexión sobre los descubrimientos científicos y la experiencia del gran arte, pueden ser, en el contexto apropiado, efectivos estímulos emocionalmente competentes tras lo espiritual… Es claro, sin embargo, que el tipo de experiencias espirituales a las que aludo, no son equivalentes a una religión” (Libro En busca de Spinoza. Neurobiología de la emoción y los Sentimientos. Crítica, Barcelona) 

Por su parte Mariá Corbí, uno de los principales propulsores de esta espiritualidad humana que él llama “Calidad de vida”, afirma en el artículo Hacia una espiritualidad laica, sin creencias, sin religiones, sin dioses: “Tendremos que aprender a comprender, experimentar y cultivar la dimensión absoluta de nuestro existir y de nuestra experiencia de lo real, pero sin formas religiosas. Este cambio suscitará, sin duda, repercusiones en nuestras formaciones culturales, sociales, políticas, pero ya no habrá la pretensión de la imposición de alguna forma en específico. Habrá posibilidades, más no cárceles exclusivistas. Hacia allá vamos, aunque todavía estamos en la transición. Podremos usar todas las riquezas de la sabiduría del pasado religioso de la humanidad; no sólo podremos sino que es imperativo hacerlo, pero sólo lo haremos como formas simbólicas… Ya no habrá creencias, sino indagaciones, no habrá sumisión sino libertad. Las creencias en tanto sumisión a las formas ya no serán posibles”…

En síntesis: vivir, sentir y conocer no desde “lo que necesito, desde un premio o un castigo, desde el beneficio” sino vivir, conocer, sentir gratuitamente. Abrirnos a la realidad absoluta, a lo más profundo del ser respirando el simple y puro goce de vivir y de sentir la plenitud del Ser en nosotros.  Ser “nosotros mismos” no por un mandato o un premio, sino como la única forma digna de vivir.

3 Características de la espiritualidad 

La espiritualidad como máxima dimensión de la vida humana tiene varias características, algunas ya expresadas en los conceptos anteriores. Aunque ella aparece como muy ligada a la Ética, sería como la quintaesencia de la vida y de la ética.

Señalamos las características que diversos autores indican y las comentamos brevemente:

Conciencia y reflexión

Se trata de vivir no solamente “a conciencia” en el sentido ético sino “con conciencia” de todo lo que implica ser una persona humana: conciencia de lo que somos, de dónde venimos, de nuestra relación íntima con el cosmos, de nuestra pertenencia a la familia biológica de plantas y animales, de nuestro ser social, de nuestra responsabilidad en este planeta, de nuestros derechos a desarrollarnos plenamente, de nuestras cualidades y potencialidades. Sentir que somos “la conciencia del universo”, los que le damos forma, color y sonido.

La reflexión y la meditación son la gran capacidad humana que nos distingue de otros seres y que constituye una cualidad esencial de nuestro espíritu. Reflexión como tarea propia y creativa de cada uno, reflexión activa y no solamente receptiva de las reflexiones y enunciados de los otros. Reflexión crítica y constructiva que nos da identidad, que nos lleva a sentir y pensar lo que somos y a sentir y hacer lo que pensamos.

Se comprende, entonces, qué hermosa tarea tiene la educación nuestra y de los otros en este proceso de generar conciencia a través de la reflexión creativa.

Es increíble, pero en nuestras escuelas y en nuestros lugares de culto no se medita ni se sabe hacerlo. El espíritu humano necesita este equilibrio entre la exterioridad y la interioridad, entre el ruido y el silencio, entre el afuera y el adentro, entre la tensión y la relajación.

Libertad

Es la otra gran cualidad del espíritu humano y tema al que ya hemos dedicado muchas páginas (especialmente en el cap. III).

Una libertad total desde uno mismo con capacidad de “sentir y expresar lo que sentimos”; de pensar y expresarnos sin censuras, y de actuar en coherencia eligiendo los medios para alcanzar nuestros fines y objetivos, sin dañar a los otros.

Libertad por medio de la cual nos construimos a nosotros mismos y elegimos nuestro destino histórico.

Una libertad orientada a la vida, a la propia salud y bienestar, y abierta al bienestar de los otros seres humanos. Hasta tanto no nos sintamos plenamente libres para vivir en armonía con nosotros y con nuestros semejantes no podemos decir que vivimos la esencia del espíritu humano.

Es evidente que en nuestra educación hemos descuidado este aspecto fundamental del espíritu humano, y nada digamos en el plano social y político con su tendencia constante a dominar a los otros y cercenar sus libertades, tanto en el pensar como en el expresarse.

Educación, política y religión de “pensamiento único”, de ideologías dominantes y de dogmas preestablecidos.

Liberación

La libertad del espíritu es también liberación de todas aquellas condiciones que oprimen al ser humano y que bien detalla Juan José Tamayo en Espiritualidad y respeto a la diversidad: “Es necesario llevar a cabo la gran revolución de los valores, que empiece por el propio ser humano y se extienda hasta las estructuras. Una revolución que implica:

. la liberación de nuestra riqueza y bienestar sobreabundantes y la opción por una cultura del compartir; la liberación de nuestro consumo, en el que terminamos por consumirnos a nosotros mismos, y la opción por la austeridad;

. la liberación de nuestra prepotencia, que nos hace fuertes ante los demás, pero impotentes ante nosotros mismos, y la opción por la virtud que se afirma en la debilidad;  la liberación de nuestro dominio sobre los otros, a quienes tratamos como objetivos de uso y disfrute, y sobre la naturaleza, de quienes nos apropiamos como si se tratara de un bien sin dueño, y la opción por unas relaciones simétricas y no opresivas;

. la liberación de nuestra apatía ante el dolor humano, y la opción por la misericordia con las personas que sufren;

. la liberación de nuestra supuesta inocencia ética, de nuestra falsa neutralidad política y de nuestra tendencia a lavarnos las manos ante los problemas del mundo, y la opción por el compromiso en la vida política, en los movimientos sociales y en las organizaciones no gubernamentales;

. la liberación de nuestra mentalidad patriarcal y machista, y la opción por la igualdad, no clónica, de hombres y mujeres.

. la liberación de todo poder opresor y la liberación de nuestra tendencia excluyente, y la opción por un mundo donde quepamos todos y todas.

. la opción por las virtudes que no tienen que ver con el dominio, como son: la amistad, el diálogo, la convivencia, el goce de la vida, el disfrute, la gratuidad, la solidaridad, la compasión, la proximidad, el desasimiento, la contemplación, en una palabra, la fraternidad”

Se trata, pues, de una liberación integral, no solo de condiciones políticas y sociales opresivas, sino de las ataduras internas y de las capacidades dormidas que aún hay que desarrollar.

Mucho se ha hablado en otras décadas de la “educación liberadora”, promovida por el gran educador Pablo Freire, en la que es el propio sujeto el actor y creador de su propia formación, en constante diálogo con sus educadores, acompañantes o guías. Es hora de insistir en ese concepto y de ponerlo en práctica.

Aceptación de la condición humana y vivencia plena de todos sus componentes

El espíritu humano, conciente y libre, no solo renuncia a toda dependencia que lo infantiliza sino que acepta maduramente esta condición humana, que es la única condición humana que tenemos en este universo, en esta tierra y en esta vida.

El espíritu no se evade ni se escapa de esta condición, que si tiene elementos satisfactorios, también supone luchar ante tantas contrariedades, fracasar muchas veces, enfermarse física o psíquicamente, sufrir persecuciones, guerras opresivas o catástrofes naturales, en fin enfrentar un día a la muerte. El espíritu humano frente a las contrariedades no lo busca a Dios como culpable o responsable, como se hace generalmente, ni reniega de su condición humana sino que asume esta vida tal cual es y con todos sus riesgos.

Grandes personajes “espirituales” de la historia han dado testimonio de esta característica del espíritu humano que no se doblega ante las contrariedades ni pierde la esperanza y la dignidad aún en situaciones extremas de sufrimiento.
Por eso, desde el nivel positivo, vivir la profundidad del espíritu humano es vivir plenamente todas las dimensiones del ser humano integral. Es vivir y disfrutar el presente sin exigencias de tiempos, de cosas, de proyectos. Simplemente vivirlas no dando valor absoluto a nada de lo que nos rodea. Dejarse vivir con serenidad, con confianza, con desapego…

Lejos de huir de esta real condición humana, se trata de vivir y disfrutar la realidad del cuerpo y de la sexualidad, de los sentimientos y de las relaciones sociales, del quehacer político y profesional o laboral.

No es una espiritualidad evasiva y escapista del mundo, sino de un espíritu dinámico y creativo que no rehúye ninguna de sus responsabilidades humanas sino que las lleva a su más elevada realización.

Este vivir espiritualmente implica, por ejemplo:

– Disfrutar del ambiente familiar o educativo, aprovechando al máximo esa experiencia llena de afectos y sentimientos, como también de aprendizajes. Convivir y Aprender con entusiasmo, con asombro, con ganas de crecer, con alegría, con vínculos positivos.

– Disfrutar del cuerpo y de la sexualidad integral, del encuentro con el otro en el amor, en la ternura y en la plena comunicación. Disfrutar y hacer disfrutar al otro, dejarse amar y expresar el amor, recibir y dar, integrarse con las cualidades del otro, fundirse en una plena unidad.

Al mismo tiempo, canalizar positivamente los impulsos de egoísmos, celos y rivalidades que nos destruyen y destruyen al otro y al vínculo.

Integrar nuestros aspectos masculinos y femeninos, armonizar varones y mujeres, eliminar factores distorsionantes del vínculo y elementos de dominación.
Reconocer el valor de lo femenino y de lo masculino como aspectos de un mismo ser humano integrado y no como opuestos.

– Integrarse socialmente en la comunidad, relacionarse armónicamente con todos sin discriminaciones, comprometerse con el bien común y ejercer la solidaridad según nuestra propia situación. Es en esta integración social donde las virtudes y los valores (amor, justicia, paz, solidaridad, etc.) adquieren verdadero sentido.

Vivir la gratitud hacia una comunidad que nos dio la vida y nos sostiene; gratitud que se traduce en un compromiso por devolver solidaridad, justicia y crecimiento en paz.

– Desarrollarse lo más plenamente posible en todos los planos: mental y corpóreo, racional y de sentimientos.

Cultura, economía, política, arte, técnica… son otras tantas instancias en las que siempre expresamos y vivimos nuestra espiritualidad, porque es allí donde somos y nos expresamos como “nosotros mismos” y con lo mejor de nosotros.

– Como ya lo explicitamos en otros capítulos, la espiritualidad implica necesariamente:

.  el Desarrollo Integral de cada ser humano y de toda la humanidad;

. una Conducta Ética autónoma, originada en sentimientos positivos y expresada con amor sin discriminaciones ni exclusivismos de ningún tipo;

. y finalmente, el pleno ejercicio y práctica de los Derechos Humanos, considerados hoy universalmente como el punto de partida de una humanidad que desea vivir en justicia, libertad, paz, igualdad y felicidad.

– En definitiva, vivir espiritualmente es armonizarse interiormente con todos los elementos humanos (externos e internos), armonizar socialmente con toda la humanidad y armonizar con el cosmos y con el medio ambiente, origen de nuestra vida y alimento de la misma.

O sea, armonía de la Unidad Total, armonía del Todo.

Diálogo con los otros y con todas las culturas y espiritualidades 

El espíritu humano no es autosuficiente ni excluyente. Mientras que las religiones dogmáticas separan y dividen a los hombres entre creyentes y no-creyentes y llevan a guerras y enfrentamientos, la espiritualidad humana es la misma en todas partes, aunque adopten  algunas variaciones culturales.

El yo espiritual se abre a los otros “yoes” y se integra y aprende con ellos, conservando siempre su identidad y respetando la identidad de los demás.
Esta apertura no conoce fronteras, pues el espíritu humano se expresa de mil formas en todas las culturas, religiones, filosofías y estilos de vida. Por eso la formación del espíritu tiene una dimensión “ecuménica”, o sea, abierta a toda la casa (oikos) humana, a toda nuestra gran familia. Y mientras se rechaza la pretensión de imponer la propia espiritualidad sobre las otras, se aprende de tantas formas de vivir profundamente el espíritu humano.

Hoy la globalización y los medios de comunicación social (Internet) nos permiten conocer a las otras culturas y religiones (budista, hindú, islámica, judía, cristianas, aborígenes) y aprender de su milenaria sabiduría, en muchos casos, muy superiores a la nuestra o con facetas nuevas para nosotros.

Basta pensar en la capacidad de meditación de las culturas orientales, una meditación tan necesaria hoy en un estilo de vida volcado hacia el exterior, y tan necesaria para el encuentro y la armonía con uno mismo.

En definitiva, buscar el sentido integral de la vida en una constante apertura.

Como ya lo reflexionamos en el capítulo anterior, el espíritu humano, fruto de una larga evolución de casi quince mil millones de años, está siempre abierto en una constante búsqueda del sentido del universo y de la propia existencia. Cada ser humano tiene el derecho y el deber de buscar ese sentido, ese significado profundo e integral de lo que significa estar en el mundo y vivir en él.

Nadie puede imponer su sentido a otro; cada uno lo busca desde sus propias circunstancias (sexo, edad, profesión, cultura…) y ese sentido lo identifica como “esa persona”.

Por eso comenzamos hablando del vivir con conciencia, no como piedras ni como cucarachas sino con toda la riqueza que implica el ser un hombre-mujer en toda plenitud. Estamos integrados al Universo y somos hijos de una madre cósmica que tardó 15 mil millones de años en parirnos. Seamos dignos de esa madre que nos tiene como su obra más perfecta y como la conciencia de sí misma.

Nadie abarcará jamás el sentido del universo y de la vida e historia humanas, que siempre aparecen con su halo de misterio provocando tanto asombro y esperanzas como dudas y confusión.

Ese sentido jamás se cierra pues cada ser humano lo abre y lo vuelve a abrir según muchas circunstancias de su vida, sea cuando vive felizmente como cuando le sucede una desgracia, sea cuando nace o cuando se acerca a la muerte. Y esta incertidumbre, sobre todo de nuestro final (y de lo que puede suceder después de la muerte) es lo que le da a la existencia humana esa sensación de angustia pero también de esperanza. Qué gran tarea tiene la educación cuando hoy la sociedad de consumo está ahogando al espíritu humano y le ofrece metas y sentidos efímeros y de muy baja calidad.

“Sentido” indica significado, pero también “dirección”… buscar la salida, el éxodo, la apertura del túnel en el que nos encontramos.

¡Cuántos adolescentes y jóvenes terminan sus estudios sin haberse preguntado jamás por el sentido de sus vidas y transcurren los días llenándose de ruidos y actividades que no tienen proyecto ni dirección!

Por eso entendemos que en todas las escuelas del Estado es necesaria la formación de la espiritualidad  simplemente humana o laica, totalmente posible y necesaria, y sin connotaciones religiosas. Lamentablemente hasta ahora es muy poco o casi nada lo que se está haciendo, y esta falta de formación del espíritu es la gran deuda pendiente de nuestra educación, junto a una sana formación ética.

Un objetivo de estas reflexiones fue despertar esta inquietud y promover una reflexión creativa entre todos los que están abocados a vivir en plenitud y a una educación integral.

Pues, ¿cómo puede ser “integral” si prescinde de la formación ética y de la formación del espíritu humano?

***

En este largo recorrido hemos sido acompañados muchas veces por otros grandes intérpretes del espíritu humano: los poetas, a quienes tanto admiro y envidio por esa capacidad de expresar lo más profundo del ser humano con tan pocas y bellas palabras. Por eso finalizo estas arduas reflexiones con los versos de Blas de Otero, que tan bien sintetiza mi pensamiento:

Desesperadamente busco y busco

un  algo, qué se yo qué, misterioso,

capaz  de comprender esta agonía

que  me hiela no sé con qué, los ojos.

Desesperadamente, despertando

sombras que yacen, muertos que conozco,

simas de sueño, busco y busco un algo,

qué sé yo dónde, si supieseis cómo.

A veces me figuro que ya siento,

qué se yo qué, que lo alzo ya y lo toco,

que tiene corazón y que está vivo,

no sé en qué sangre o red, como un pez rojo.

Desesperadamente, le retengo,

cierro el puño, apretado el aire solo…

Desesperadamente sigo y sigo buscando,

sin saber por qué, en lo hondo.

He levantado piedras frías, faldas tibias,

rosas, azules, de otros tonos,

y allí no había más que sombra y miedo,

no sé de qué, y un hueco silencioso.

Desesperadamente, esa es la cosa.

Cada vez más sin causa y más absorto

qué sé yo en qué, oh Dios, buscando

lo mismo, igual, oh hombres, que vosotros.

***

Si el lector desea compartir conmigo sus reflexiones, observaciones o sugerencias, con gusto las recibiré en: benettisantos@arnet.com.ar

Un cordial saludo a todos…

 

 

 

INDICE

 

 

Presentación ..……………………………..…………………    1

 

I    El  lenguaje  religioso: mitos  y  símbolos……………………    7

 

II    La ciencia  cosmológica frente a  las concepciones  míticas…  47

 

III  La visión antropológica: cambios en la concepción del ser

humano………………………………………………………..  80

 

IV  El mensaje espiritual  en los  símbolos  de Dios……………..  125

 

V   El mensaje  espiritual en el evangelio de Lucas……………… 162

 

VI  La  madurez  religiosa………………………………………… 236

 

VII Hacia una espiritualidad humana……………………………..  286

 

 

 

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