Educación Etica y Espiritual a- Temas conflictivos entre Educac. y Religión. Benetti

EDUCACIÓN ÉTICA Y FORMACIÓN  del ESPÍRITU

Lic. Santos Benetti

En este artículo ofrezco un trabajo que sirve de introducción general a la problemática de la formación ética y formación del espíritu (espiritual) sin connotaciones religiosas, o sea, absolutamente laical.
Para tal propósito recojo opiniones de varios autores cuyos artículos aparecen en los links respectivos ya transcritos en esta página web.
Por eso se comienza diferenciando el punto de vista educativo-pedagógico como ciencia autónoma del punto de vista de una religión tradicional no suficientemente evolucionada según los patrones de la posmodernidad.

La posmodernidad, que es la etapa histórica-cultural que estamos atravesando, está provocando cambios en todos los aspectos de la vida, y muy especialmente en el campo educativo.Algunos de estos cambios son bien aceptados rápidamente por la sociedad en general, como los adelantos en las comunicaciones, en las ciencias y en los avances tecnológicos, sea por los beneficios que traen aparejados sea porque en realidad se producen sobre objetos externos a nosotros, sin tocar la estructura íntima de cada persona.

Todo lo que sea rapidez e inmediatez en las informaciones, aparatos de diagnóstico clínico, medios de comunicación o nuevas formas de disfrute, libertad y placer son la pantalla de la posmodernidad, su rostro casi milagroso que seduce a millones de usuarios sin distinción de mentalidades, culturas o madurez síquica.

Sin embargo, hay otros cambios, que son los verdaderos y profundos cambios culturales e ideológicos que identifican a la posmodernidad, que pueden generar profunda resistencia en su aceptación o incluso ser “negados” por ciertos sectores de la sociedad.

Estoy pensando cuando algún gobierno reparte miles de netbooks a los alumnos bajo la suposición de que eso es la modernización de la educación. Pero al mismo tiempo estos directivos educativos nacionales y provinciales se niegan a reconocer el desfasaje existente entre el actual sistema educativo y las exigencias de la nueva cultura posmoderna, porque ese desfasaje exige que los directivos “aprendan” un nuevo modelo pedagógico (en general ni siquiera son pedagogos sino meros gestores de la educación, a menudo ingenieros o arquitectos) adaptado a los nuevos tiempos y a la nueva camada de chicos y chicas que pueblan las escuelas.
Se supone que con nuevas y grandes escuelas que se construyen permanentemente con gran publicidad partidaria y con muchas computadoras en manos de los alumnos, el problema educativo está resuelto.
Pero ni se les cruza por la cabeza preguntarse por las características de chicos y adolescentes de ahora para promover un sistema educativo basado en una nueva formación pedagógica de los docentes, en el diálogo, en la plena participación de los educandos y en la democratización de la escuela, que sigue transitando por carriles autocráticos.

Otro claro ejemplo es el que ocurre en las religiones y en las Iglesias en general que se están volcando masivamente al uso de los modernos medios de comunicación social pero sin modificar sus contenidos dogmáticos ni su esquema autoritario jerárquico ni su fuerte presión de poder sobre la sociedad.
Cambian los instrumentos de propaganda y control social, pero resistiendo los profundos cambios que hoy se dan a nivel cosmológico, antropológico y socio-psicológico o negándolos sistemáticamente “como si nada pasara” o suponiendo que esta ola posmoderna pronto pasará de moda y las cosas volverán a ser como antes.
Por eso constatamos que hoy tenemos una profundísima fractura entre la actual cultura posmoderna y las religiones e iglesias tradicionales, entre la nueva educación centrada en el ser humano integral y concreto y el viejo sistema educativo centrado en el autoritarismo y en verdades absolutas.

Por estos motivos nos ha parecido importante hacer algunos aportes sobre esta difícil relación que existe entre los postulados de la actual cultura posmoderna y la religión, no para quedarnos en un estudio teórico, sino para encontrar caminos valederos para una educación integral del ser humano, no solo en el plano científico y de conocimientos, sino especialmente en el plano de los valores éticos y de una nueva espiritualidad humana, distinguiendo con claridad los campos de acción de la ciencia pedagógica con respecto a los postulados de la religión.

Hoy el ser humano reclama total autonomía, autonomía que debe reflejarse especialmente en la educación pues es allí precisamente donde niños y niñas, y adolescentes en general, deben aprender a vivir con autonomía y con pleno desarrollo de todas sus instancias existenciales, tanto las físicas y biológicas, como las sociales, culturales, éticas y espirituales, aclarando desde un comienzo que al decir “éticas” y “espirituales” hablamos de una “ética humana” y del “espíritu humano” sin connotaciones religiosas.

Hasta allí llega la pedagogía como “Ciencia” autónoma, lo que no es obstáculo para que muchos también adopten creencias y prácticas religiosas o las reciban en ámbitos específicos, derecho proclamado por Naciones Unidas en el art. 18 de Los Derechos Humanos Universales de 1948.

Nos proponemos en este trabajo exponer primero aquellos cambios posmodernos que resultan chocantes o contradictorios con la mentalidad religiosa tradicional especialmente en la esfera cultural y educativa, para proponer después caminos pedagógicos tendientes a una educación ética
y espiritual de los educandos, dentro del campo estricto de la pedagogía como ciencia secular y autónoma.

Hoy tenemos una nueva concepción del hombre y del cosmos, y esto exige un nuevo diseño educativo.Se trata de un aspecto pedagógico novedoso porque tradicionalmente la educación ética (o moral) y espiritual se la consideraba como un aspecto de la religión y casi como su dominio exclusivo.

LOS  TEMAS CONFLICTIVOS entre Ciencia y Religión

De los muchos cambios surgidos  de la modernidad y especialmente de la posmodernidad y de los muchos temas conflictivos con la religión (aquí en Occidente, en concreto con la cristiana y para el habla española, especialmente con la católica) seleccionamos aquellos que tienen mayor incidencia en el campo educativo, ya que son las nuevas generaciones las que reciben con mayor entusiasmo
la propuesta posmoderna y sienten el choque con ciertas ideologías y estructuras educativas tradicionalistas.

1. La ciencia cosmológica

Aunque quizás haya cuestiones más conflictivas, lo cierto es que la nueva ciencia cosmológica es la que provoca un impacto especial en las creencias religiosas.
Las grandes religiones, surgidas hace unos 5.000 años, tenían una idea un tanto ingenua de un universo sumamente limitado y reducido tanto en el tiempo como en el espacio.

Así por ejemplo, la tradición bíblica judeo-cristiana podía hablar del inicio del mundo unos 4.000 años antes de Cristo, con una extensión pequeña que ni siquiera abarcaba toda la tierra como hoy la conocemos, con un cielo material (una especie de chapa) relativamente cercano al que se podía llegar volando o con una larga escalera o en un carro de fuego, con estrellas y planetas muy pequeños dentro de la cúpula celestial cuyas bases estaban sobre una tierra plana e inamovible.

En tanto encima de ese pequeño cielo, no más extenso que el alcance de una mirada en el horizonte, había un depósito de aguas listas para caer en forma de lluvia.
Y en la parte superior estaba Dios sentado en su trono, rodeado por un ejército de ángeles, manteniendo el orden cósmico y ordenando con leyes concretas la vida de los seres humanos, a quienes había creado directamente luego de haber  creado el mundo en seis días.
Finalmente, debajo de la tierra en el plano inferior (o infierno) estaba el lugar de los muertos, tanto de los inocentes como los culpables que eran atormentados con castigos ejemplares.

Hoy la ciencia cosmológica nos habla de un inicio del universo (big bang) de un huevo cósmico infinitamente denso y pequeño hace unos 15 mil millones de años, que evolucionó y se fue expandiendo mientras se formaron más de 100 mil millones de galaxias con cientos de miles de millones de estrellas cada una, galaxias que continúan su alocada carrera expansiva cubriendo un espacio prácticamente infinito.
Sólo después de 10 mil millones de años (o sea, hace 5 mil millones de años)  se formó nuestro sistema solar dentro de una de esas galaxias.
La tierra se formó hace unos 4 mil millones de años para que allí surja la vida primitiva en forma de microcélulas y virus hace unos 3.500 millones de años, evolucionando constantemente en nuevas y más organizadas formas de vida vegetales y animales.

De la historia humana no hay noticias sino desde hace apenas 1 millón de años con los primates, de cuya evolución surge el hombre actual, homo sapiens, hace unos 50 mil años, constituido con los mismos elementos del Universo aunque con una organización especial.
La historia humana así como hoy la vamos conociendo desde restos arqueológicos apenas supera los 10.000 años.
La historia de los hebreos que reconocen a Dios como Yahvé (el dios de las tribus del Sinaí) tiene apenas unos 3200 años, uno de cuyos vástagos insignes fue Jesús hace 2000 años, de quien se origina el cristianismo.

Así nuestra tierra aparece como un punto insignificante del Universo dentro del sistema solar, a un costado de la Via Láctea que tiene una longitud de unos 100 mil años luz, albergando a un ser humano, tan perfecto como endeble y efímero, y como último invitado de esta grandiosa historia de nuestro cosmos.

Varios problemas plantea esta nueva cosmovisión: destacamos

–          El origen del universo y su evolución de acuerdo a ciertas leyes, y la posible existencia de Dios   y su rol dentro de este universo.
–          El sentido y la veracidad de los relatos y creencias religiosos.

a) Lo primero es preguntarnos si cabe un Dios en esta visión cosmológica, ya que la gran evolución en la cual todavía estamos inmersos con nacimiento y muerte de estrellas, choques de galaxias y un sinfín de otros fenómenos impresionantes, parece guiarse por leyes propias e inexorables y también por hechos aparentemente fortuitos y desbordados de toda lógica.
Mientras unos científicos afirman que Dios pudo haber estado presente en la creación del micro huevo que hizo big bang y cuya energía aún está en expansión hasta su declive definitivo, otros prefieren hablar de una Inteligencia o Conciencia Cósmica que guía los acontecimientos, y otros simplemente se remiten a la energía cósmica capaz de por sí de explicarlo todo sin necesidad de otro ser fuera del propio universo.

Lo cierto es que la ciencia no puede afirmar la existencia de un Dios (o Inteligencia supramundo) ni tampoco puede negarla, pues Dios o lo divino escapa por definición al alcance de observación y estudio de la razón y de la ciencia, y se enmarca dentro de las Creencias a las que es afecto el ser humano por su imaginación, intuición, sentimientos y percepción primaria.
Por lo tanto, la ciencia prescinde metodológicamente de Dios y busca la explicación del Universo exclusivamente desde sus leyes inherentes e internas. Y cuando hablamos de ciencia, incluimos por cierto a la psicología y a la pedagogía.

Pero más importante aún, suponiendo la existencia de una Inteligencia Superior o Dios en el origen y evolución de todo, es preguntarnos por la imagen de ese Dios y su función en el universo. Ciertamente desde los actuales conocimientos, ese Dios tiene que ver muy poco con la imagen tradicional que nos dan las religiones y los libros sagrados.
Porque la idea  de un Ser que creó de una vez el mundo  que funciona en perfecto orden bajo su guía ha muerto definitivamente, pues hoy sabemos que el universo aún evoluciona y se está gestando en medio de grandes cataclismos que incluyen a la misma tierra que cambia constantemente y corre peligro de terminar despedazada.

La pregunta es obvia: ¿hay “Alguien” detrás de esta evolución cósmica que nos admira tanto por su orden como por su desorden, por su armonía como por sus cataclismos y desastres?
¿Puede ese Dios infinitamente sabio y bueno controlar las fuerzas cósmicas y el funcionamiento de agujeros negros y galaxias, o de seres biológicos y animales, muchos de ellos dañinos y venenosos, de todo tipo que se destruyen entre sí, y cuidar la seguridad y la vida de los seres humanos, especialmente de los inocentes, víctimas de esclavitudes, opresiones y matanzas o de hechos fortuitos?

Lo que nos queda en claro es que los nuevos conocimientos plantean cuestiones que de ninguna manera se resuelven con las creencias tradicionales ni con la imagen de ese Dios “pequeño”, que tiene al universo como en la palma de su mano y que cuida personalmente a cada una de sus creaturas; y es esa imagen de Dios la que está en el centro del conflicto científico-religioso.

Cómo compaginar un Dios todopoderoso y providente con un mundo tan inseguro y con destrucciones tan catastróficas de las que somos testigos todos los días, con una energía constructiva y con otra energía destructiva tanto en el orden natural como en el orden biológico. ¿Cómo aceptar su amor y su providencia cuando incluso los que le sirven y adoran sufren todo tipo de injusticias y de males, sin que El pueda hacer nada por salvarlos?
¿Cómo encontrar la finalidad y el sentido del universo y del ser humano cuando sabemos que camina hacia su muerte segura cuando la energía astral y biológica llegue a su fin?

Y qué respuesta pueden dar los educadores cuando niños y adolescentes llegan desde sus familias y comunidades religiosas con esa imagen de Dios que chocará inevitablemente con los conocimientos científicos que adquieren en sus escuelas?
¿Están preparados nuestros docentes al menos para plantear el tema desde un diálogo constructivo aprendiendo educadores y educandos a vivir con dudas y preguntas porque dudas y preguntas serán la constante de toda la vida y de toda ciencia?
¿Podrán educar no desde las certezas y verdades sino desde la búsqueda de significados, desde la incertidumbre y desde una dudosa esperanza?

Ni la Religión, ni las Iglesias, ni la Ciencia ni la Educación tienen hoy respuestas definitivas a un sinnúmero de interrogantes que plantean incluso niños pequeños con una mentalidad más abierta y crítica que la que teníamos nosotros a la misma edad.
Ya no sirve “cerrar” el tema o “definirlo” (ponerle fin) desde textos sagrados o argumentos de autoridad: tenemos todos que aprender a vivir con cierta dosis de ansiedad ante preguntas sin respuestas para admirarnos ante el “misterio” siempre nuevo y siempre profundo que nos plantea el universo y nuestra vida inmersa en él.

Las religiones que surgieron en otras culturas hace unos pocos miles de años para dar respuesta y sentido total a todos los interrogantes humanos a través de creencias y mitos transmitidos por via tradicional o de autoridad, hoy necesitan revisar sus creencias y cambiar radicalmente desde una humilde autocrítica, despojarse de sus dogmas absolutos y de su afán de poder y control social, para ponerse a caminar junto a los seres humanos y en igualdad de condiciones buscar un sentido a la vida, simplemente “buscar” para disfrutar lo más plenamente posible esta aventura sobre cuyo origen y cuyo final casi nada sabemos.
Y esa es nuestra condición humana.

Y si las religiones efectivamente proclaman convencidamente la existencia de Dios
-un Dios “transcendente” a todo lo humano, ser de otra categoría y esencia, Dios inefable “a quién nadie ha visto jamás”-
deben entonces  renunciar a la pretensión vana de imaginarlo o definirlo en forma antropomórfica y de hablar en su nombre o de establecer cuál es su voluntad o en qué consiste su sabiduría…
Esto se llama coherencia. Humilde coherencia, la coherencia de los que somos “humus”, o sea, de la tierra.

En definitiva:
por el camino del Universo, su origen y evolución, no llegamos a Dios,
y tampoco es eso lo importante.
Lo importante es cómo nos situamos y nos relacionemos con el mundo, cómo sepamos sentirnos parte del mismo e integrados a su dinámica, para comprender y experimentar la maravillosa experiencia de vivir en un mundo siempre atractivo y siempre cambiante que nos llama a desenvolvernos como un microcosmos en constante aumento de conciencia, desarrollo y perfeccionamiento. Sobre eso volveremos a hablar de ética cósmica y de espiritualidad.

b) Todas las religiones fundamentan sus creencias en antiguos relatos, considerados sagrados,
bajo la suposición de que Dios o los dioses o sus intermediarios directos han sido sus autores.
De allí se concluye que son testimonios de la verdad divina, y que es obligación de los seres humanos el aceptarla como tal.
A posteriori los jefes religiosos o la institución divulgan ese mensaje como el único verdadero y lo transmiten de generación en generación en una constante repetición, con algunos cambios ocasionales adaptativos, pero manteniéndose firme el sustrato esencial y generalmente desconociendo los cambios culturales que vive cada pueblo.

Pero es evidente que esos primitivos relatos (al principio orales y luego escritos) surgen de personajes, grupos o comunidades que intentan interpretar la totalidad de la vida cósmica y humana con los elementos de su sabiduría, de su intuición, de su imaginación y de ciertas observaciones de la naturaleza y de la historia humana.
A menudo ellos mismos aseguran que todo es producto de una revelación divina o de sueños reveladores, fundamentos de verdad inapelable.
Queda en la comunidad aceptar esos relatos como revelados por la divinidad o rechazarlos como fraude.
Al aceptarlos como revelación, se establece un criterio inamovible de lo que es verdadero o falso,
de lo que debe creerse  (las Creencias o Dogmas – palabra griega que significa precisamente creencia-)  como de de lo que debe practicarse en las conductas (Moral) y en los rituales (Culto).

Dichos relatos originarios, a los que hoy llamamos Mitos, generan también una conciencia de pueblo o comunidad organizados y les dan un sello de identidad frente a los otros pueblos y culturas.
Los mitos no distinguen entre religión y ciencia, tal cual lo hacemos hoy, sino que se presentan como un conjunto orgánico de Creencias que no excluyen por cierto muchas observaciones y conocimientos objetivos y correctos de la realidad, incluso técnicos y medicinales.

Las culturas antiguas, por lo tanto, fundamentaban sus creencias desde una cierta revelación, palabra o comunicación de Dios o de los dioses, importando poco quien fuera la persona concreta que relataba las historias o hacía las reflexiones.
El actor privilegiado siempre era Dios, que utilizaba a ciertos personajes, a menudo insignificantes, como sus interlocutores o mensajeros.
Se suponía que entre el cielo divino y la tierra humana existía una comunicación constante, y que tanto llegaban mensajes desde lo alto como podían subir mensajes desde la tierra en forma de conversaciones, oraciones y peticiones.

Hoy tenemos criterios muy distintos.
Sabemos que todas las ideas, lenguaje y sentimientos nacen desde el interior del ser humano, tanto desde su conciente como de su zona inconciente, y concretamente desde su cerebro, aún los sueños, las ilusiones y supuestas visiones. Y a nadie se le ocurre, salvo que esté mentalmente enfermo, atribuir sus pensamientos y palabras a alguna divinidad.

Por lo tanto, los relatos “sagrados” nos dicen cómo sentían e interpretaban su realidad los antiguos pueblos, cómo vivían y se relacionaban, cómo resolvían sus problemas, desde qué valores organizaban sus vidas e incluso cómo creían que sería su destino final y el del universo.
Nos dicen que ellos efectivamente creían en dioses protectores de su pueblo, a los que rendían obediencia y culto para tenerlos siempre propicios y evitar sus castigos.

Los mitos reflejan su cultura y sus creencias, y eran válidos para esa cultura y ese pueblo, y no tuvieron al principio un alcance universal sino que eran el patrimonio identificatorio de “ese pueblo”, aunque posteriormente los dirigentes político-religiosos desde una concepción imperial pretendieron imponer sus creencias como únicas verdades para todo el mundo y para siempre, incluso por medio de la violencia.

Así esos relatos míticos, considerados sagrados y revelados, llegan hasta nosotros que vivimos una cultura totalmente diferente y nos preguntamos qué sentido tiene el vivir hoy de acuerdo a sus doctrinas que nos resultan extrañas y hasta ingenuas y sin sentido, no sólo en su contenido sino también en su lenguaje.
Y nos preguntamos,
¿Hay que tomarlos literalmente como si fueran crónicas o relatos científicos, o su lenguaje, nacido del inconciente, es simbólico y tiene que ser descifrado de acuerdo a la realidad de “esa “cultura, en gran medida desconocida por nosotros?
¿Y cuál es el mensaje profundo, de sabiduría, de esos relatos y cuál es el ropaje literario exterior? ¿Y cuánto tenemos aún hoy que aprender de la sabiduría reflexiva de aquellos pueblos y en qué medida tenemos derecho a construir nuestra propia sabiduría desde otras categorías y desde otros conocimientos sobre los cuales tenemos mayor certeza?

Basta analizar el conocido relato de la creación del mundo de Génesis 1, para darnos cuenta de que todo apunta a consagrar a Yahvé el séptimo día (sábado) pues así como Dios “trabajó seis días y descansó el séptimo”, así harán en adelante los hebreos-judíos (y así lo hacen hasta el día de hoy): trabajarán seis días a la semana para ganarse el pan y consagrarán el séptimo a Dios en gratitud y adoración. Por eso los mitos tienen como protagonistas principales a dioses fundadores de culturas, pues “así como ellos hicieron al principio, así debemos hacer nosotros”.

El riesgo de esos relatos, como pasa con los textos bíblicos y evangélicos, es interpretarlos al pie de la letra como si fuesen crónicas o informes científicos, con lo cual se llega  a increíbles contradicciones con la razón y con la ciencia.
El otro camino es interpretarlos desde su lenguaje simbólico y género literario para descubrir el mensaje profundo que se quiso dar a esa comunidad, mensaje que aún hoy nos puede ayudar a reflexionar sobre la vida y su sentido, porque las grandes preguntas del hombre, las que surgen de su profundo ser son siempre las mismas… aunque las respuestas pueden ser muy variadas y nadie es dueño de las mismas.

Por otra parte, en el caso particular de la Biblia (Ta Biblía en griego: Los Libros) hay que tener en cuenta que es un compilado de unos 70 libros y opúsculos, a veces de pocas carillas, escritos desde el año 1000 antes de Cristo, aproximadamente, hasta el 150 después de Cristo, la mayoría sin autor conocido, reflejando diversas situaciones históricas (vida en el desierto, monarquía, derrotas, esclavitud, etc.) y aún con ideologías opuestas (algunos más universalistas y otros ultranacionalistas y cerrados a todo contacto con los otros pueblos).
Los géneros literarios varían muchísimo desde crónicas históricas, hasta relatos míticos, novelas didácticas, poemas y cánticos, reflexiones teológicas y cartas, libros cultuales y leyendas de todo tipo, todo lo cual supone el esfuerzo de interpretar el sentido de cada texto desde su encuadre histórico-cultural y género literario utilizado por el autor.

En una palabra: los antiguos mitos y libros sagrados no nos demuestran la existencia de Dios (o de los dioses) y ni siquiera lo intentan, tampoco nos dicen quién es Dios o cuál es su palabra o su voluntad, sino que nos dicen cómo aquella cultura suponía que era Dios, o cuál era su mensaje o su voluntad, interpretando sus propias y convencidas verdades como venidas del mundo divino, y dando a la historia de su pueblo una interpretación religiosa muy particularizada y subjetiva.

Y aquí nos encontramos con otro gran obstáculo en el campo educativo: es increíble la ignorancia que existe sobre estos temas y cómo aún hoy, incluso altos dirigentes religiosos, hacen una interpretación literal de los textos y los consideran con validez científica o histórica, pasando por alto la sabiduría de vida de los pueblos y el contexto cultural que originaron esos mitos y relatos.
Se come la cáscara de la fruta y se tira la pulpa.
Por lo tanto, los libros y relatos “sagrados” no nos conducen a Dios sino a vivencias o experiencias religiosas de otros pueblos y culturas.

La espiritualidad y el sentido más profundo del ser humano no vendrán jamás de afuera, de libros, creencias, mitos, dogmas o ritos, sino que tendrán que surgir del mismo seno del ser humano y de su propia experiencia personal.
Y a eso deben abocarse los educadores: “acompañar” a los educandos en este maravilloso descubrimiento con un final siempre sujetivo y siempre abierto.

2. Visión antropológica

a) De un ser humano dependiente a otro autónomo.

Más importante que la nueva ciencia cosmológica, aunque menos espectacular, es la nueva visión del ser humano (antropología) lo que ha generado un sinfín de serios conflictos con la religión en esta etapa posmoderna de la cultura y especialmente en la educación.

En efecto, en las religiones  el ser humano (digamos “el hombre”) aparece como creatura de Dios y dependiente en todo de la voluntad divina. Su dignidad le viene de Dios, incluso se lo concibe como imagen divina; de Dios recibe el ser y la vida, y en consecuencia está siempre en una posición de receptividad y gratitud, gratitud que se expresa en una estricta obediencia a los dictados morales y cultuales de la divinidad.

Tal como sucede en la tradición bíblica, todo remite a la causa primera que desea la existencia del hombre (“hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza”), lo moldea, le insufla la vida, sostiene su existencia, le provee de alimentos, le envía la lluvia, lo ayuda en sus necesidades e incluso guía sus ejércitos y le otorga la victoria.
Aunque el hombre debe trabajar y desarrollar sus talentos (también dones divinos), todo su pensar, sentir y actuar está orientado a la divinidad, a quien debe dar cuenta y de quien recibirá tanto el premio como el castigo.
Dios le revela sus secretos y su sabiduría, le ordena un orden moral con minuciosos mandamientos y le exige determinado culto con actos sacrificiales, a menudo tan extremos que aún incluyen el sacrificio de la propia vida o de sus hijos y bienes, pues El es el único dueño de la vida y de la muerte.

Por lo tanto, en esta mentalidad, el hombre, lejos de ser autónomo, es un ser pequeño y “heterónomo” (la ley, el orden vienen de afuera, de otro)  en todos sus aspectos: no solo depende de Dios en su vida originaria, sino que su sentido final y su felicidad dependen de su obediencia y fiel acatamiento de la voluntad divina.
Dios es el “alfa y el omega”, el principio y fin, tanto del Universo como del hombre, que viene de El, a El remite y hacia El se dirige como sentido y finalidad de su existencia.

Se trata de una imagen de Dios contradictoria: se lo presenta como “padre lleno de bondad e infinito  amor” pero al mismo tiempo como Juez severo que escudriña hasta el más recóndito del pensamiento humano y no duda en aplicar un castigo eterno a quien muera con un solo pecado mortal en su conciencia.
Exige que se le sirva y acate libremente, pero sin la libertad de decidir por sí mismo lo que se considera más ético y más acorde con una vida humana.
Así el hombre jamás puede adquirir una madurez adulta, pues siempre tiene que comportarse como un niño dependiente, pasivo, en permanente escucha y filial obediencia, siempre “vigilado” por alguien que “todo lo ve” y que contabiliza méritos para el premio celestial o culpas para el castigo infernal.

En el caso del cristianismo esta antropología de la dependencia se complica al considerarse que todo hombre nace con un pecado original, heredado por el pecado de desobediencia de los primeros y míticos padres, según el conocido mito narrado en Génesis 2 y 3, según dudosas interpretaciones que se hicieron en los primeros siglos de la era cristiana..
Si es incomprensible que un pecado pueda heredarse después de miles de años a través de la relación sexual de los padres, también resulta incomprensible que por el bautismo en nombre de Jesús se borre dicho pecado y el castigo correspondiente.

Más importante que toda esta teología que tuvo tanta importancia especialmente desde San Agustín (siglo IV y V) es su consecuencia sobre la visión del hombre que aparece como pecador por naturaleza y desde antes de nacer y que debe transcurrir sus años en la tierra con la sombra permanente del pecado en su alma.

El pecado parece ocupar el centro de la antropología y se transforma en la gran tarea y preocupación del hombre: cómo eliminarlo de su existencia y lograr así la salvación.
“Salvarse” o liberarse del pecado parece ser el gran objetivo de la vida humana.
Se trata de una salvación que siempre viene desde afuera, ya que de por sí el hombre pecador no puede salvarse solo. Se trata, pues y sobre todo desde el punto de vista educativo, de una pobre y desvalorizada antropología que sólo subraya la pequeñez e invalidez del ser humano, incapaz por sí mismo de crecer y desarrollarse plenamente, mientras se enaltece el poder de Dios y de sus representantes.

No hace falta decir que hoy podemos hablar del hombre sin recurrir al pecado, considerando sobre todo toda la riqueza y valoración que tiene y que le llega por una larga evolución de miles de
millones de años.
El objetivo de la vida es desarrollar todas sus potencialidades (casi infinitas) sorteando con su inteligencia y libertad creadora las dificultades que se presentan, tanto desde su propio interior como del exterior, y contando siempre con el acompañamiento y ayuda de su comunidad, la misma que le dio vida y que lo contiene en su camino.

El hecho de “no recurrir al pecado” (un concepto religioso) no significa que no tomemos conciencia de las imperfecciones, enfermedades, violencias y males de todo tipo que acechan la vida humana. La evolución no da un resultado perfecto sino que todo, aún el universo cósmico, está en formación con aciertos y errores, como está en proceso formativo el ser humano.

Desde lo educativo podemos tener en cuenta, por ejemplo, lo que aceptamos como “ético” según nuestra conciencia y el consenso de la comunidad, para distinguir lo que es bueno para la vida de cada uno y lo que puede hacer daño al propio individuo o a sus semejantes.
También detectamos lo que es “sano” para nuestra salud integral (biosíquica) y lo que es enfermo; o lo que es “conveniente” para tal edad, tal circunstancia, tal objetivo y lo que resultaría inconveniente.
O sea, asumimos el error y la imperfección como una variable siempre presente en todo proceso formativo, tomamos conciencia de los riesgos y peligros que corremos y adoptamos las medidas que correspondan según nuestra libre decisión.

No hace falta ser un experto en antropología o ciencias psicopedagógicas para darse cuenta de que la concepción religiosa tradicional es muy diferente y hasta diametralmente opuesta a lo que hoy pensamos sobre el ser humano.

Y mucho más si consideramos que la palabra de Dios -las verdades que hay que creer (creencias, dogma), los mandatos éticos que hay que observar (moral) y el culto con el que hay que servirle- en realidad no llegan en forma directa desde Dios, siempre envuelto en un misterioso silencio, sino a través de otros seres humanos que “interpretan” cual sea la palabra divina, de modo que la dependencia de Dios se traslada a seres humanos concretos considerados “autoridad sagrada”
(jer-arquía) a quienes se debe obediencia, virtud obviamente considerada como fundamental en este esquema.

Llegamos así a un punto central del conflicto: pues hoy el ser humano, libre, autónomo y creativo no acepta ese modelo de autoridad que impone creencias, dogmas y normas desde una línea absoluta, verticalista, monárquica y machista-célibe en muchos casos.

Y no lo acepta por ateísmo o por rebeldía contra la religiosidad del ser humano o contra la religión sino porque considera que “cierto modo de concebir y  vivir la religión” es una ideología autoritaria que aliena al ser humano y que lo despoja de sus cualidades esenciales: autonomía, libertad, creatividad, participación, cualidades que hacen que cada uno sea responsable de sus opiniones y actos sin excepción, sean políticos, laborales, educativos o religiosos.

Como ya dijera Erich Fromm hace más de 50 años: “La religión autoritaria  es el reconocimiento por parte del hombre de un poder superior e invisible que domina su destino, y al que debe obediencia, reverencia y veneración.” (en Psicoanálisis y Religión)

Este “deber” obediencia
, es la esencia  del autoritarismo, ya que su virtud máxima es la
obediencia servil y su principal pecado la desobediencia.
Así la sociedad queda dividida en dos planos puestos: los que mandan y los que obedecen, los que saben y los que ignoran.
Y entonces cuanto más crece la imagen de Dios (omnisciente, poderoso, juez inexorable, etc.) más crece el poder y el dominio de sus representantes (magisterio infalible, representantes divinos, reyes sagrados), y también más se minimiza y desvaloriza al hombre.

A nivel político esto se expresa en los regímenes monárquicos absolutistas y en ciertas democracias personalistas y autoritarias tan difundidas en nuestra América Latina.
Recordemos que hasta el siglo 19, también los reyes y emperadores eran considerados hijos de Dios, personajes sagrados que detentaban todo poder sobre la gente.

Hoy se rechaza el autoritarismo religioso y toda visión “servil” (de siervos y esclavos) de un ser humano siempre infantil y siempre guiado por el miedo a Dios, a la ley, al castigo, a la autoridad, al pecado -considerado como una transgresión de una norma externa- y por una ética de la obediencia.

Todo lo cual implica hoy “valorizar” al ser humano como alguien capaz de pensar críticamente, de buscar lo más sano para sí y de tomar aquellas decisiones que lo conducen a su pleno desarrollo aún con riesgo de equivocarse… pues el error, la imperfección, como la duda y las equivocaciones, son también una variable de todo proceso cósmico y humano.

Y esta valorización llega al plano político y social y debe llegar al religioso, pues siempre el sujeto es el Hombre. Como decía Erich Fromm:
“La religión humanista tiene como centro al hombre y su fuerza.
El hombre tiene que desarrollar sus poderes de razón con el fin de comprenderse y comprender su relación con los demás hombres y su posición en el Universo…La experiencia religiosa en este tipo de religión es la experiencia de la unidad con el Todo, basada en la relación del uno con el mundo, captada a través del pensamiento y del amor… La finalidad de la religión no es la obediencia sino la autorrealización…
La base de la experiencia mística no es el miedo ni la sumisión sino el amor y la afirmación de las potencias propias. Dios no es un símbolo de poder sobre el hombre sino de las mismas potencias del hombre.” (o.c.)

El hombre actual ha recuperado su Autonomía y no está dispuesto a abandonarla nunca más, pues esa autonomía plena es la que le otorga dignidad y estima.
No solo rechaza todo sistema político o social de dominación heterónoma, sino también toda religión o revelación de dominio y heteronomía.
Si Dios existe y quiso un hombre “a su imagen y semejanza”, según dice la Biblia, es porque quiere un hombre libre, creativo, pensante y sintiente por sí mismo, y por eso mismo responsable de su vida.
La religión de la dependencia es una contradicción y da una pésima imagen de Dios que termina siendo un déspota a imagen y semejanza de los déspotas humanos.

Esto no significa anular a la autoridad, pero sí darle un sentido distinto: la autoridad (civil o religiosa) no está sobre los hombres sino como un servicio para los hombres, idea que fue claramente expresada por el mismo Jesús.
No es un padre autoritario sino un hermano que acompaña a quienes pusieron su confianza en él para poder todos juntos enfrentar las dificultades y lograr una vida social armónica.
Todo lo cual implica democratizar las instituciones religiosas y volver a los “orígenes” cuando era la propia comunidad (la gente) quien elegía a sus líderes y les otorgaba ciertos mandatos específicos, algo que incluso sucedió en los primeros siglos de la iglesia cristiana y antes de que se configurara a imagen del imperio romano.

b) Una antropología sin dualismos opuestos.

La antropología actual no solo ha superado una visión heterónoma del hombre, sino que ha superado todo dualismo que enfrenta aspectos humanos, considerados unos como superiores de los otros. Podemos señalar varias situaciones:

– Sagrado-Profano: las religiones antiguas oponían claramente el aspecto Natural o Profano de la vida humana al aspecto Sagrado, Sobre-natural o Epifano de las divinidades y objetos o personas a ellas consagradas, de tal manera que lo sagrado significaba lo verdaderamente real y valioso frente a lo aparente y efímero de lo profano.
De esta manera lo religioso era considerado como una categoría superior y sagrada por sobre la simple vida natural del hombre.

Hoy entendemos que nada hay más sagrado que el mismo ser humano, o si se prefiere, sagrado es lo más profundo del ser humano, su dimensión más acabada y total, no como algo opuesto sino como el desarrollo pleno de la vida humana.
Ese sentido profundo y último no está afuera del hombre, sino en su propio interior como si lo divino o sagrado estuviese en germen dentro de cada uno.

Precisamente la educación ayudará a despertar ese germen, hacerlo crecer y desarrollarse hasta su máxima dimensión, aunque preferimos hablar no de algo sagrado sino de algo espiritual, o sea, algo que significa el espíritu profundo del ser humano, su misma esencia; también podemos llamar a ese aspecto lo “trascendente”, lo que va superando lentamente la rutina de la cotidianidad, subiendo (eso es tra-scender) desde lo exterior hacia lo interior, profundo e inconciente.
Ese caminar o trascender va dando al hombre el sentido o significado total de su vida, que no está afuera ni arriba, sino en sí mismo en un proceso constante.
Es su camino, un camino que él mismo va trazando, como ser autónomo, pero no solo sino en compañía de otros caminantes que forman su comunidad o grupo social.

Por lo tanto, no hay seres humanos superiores a otros, pues todos son iguales por su simple y misma dignidad humana.
Las autoridades civiles y religiosas no expresan superioridad ni sacralidad sino un rol que la propia comunidad ha elegido y al que ha concedido ciertas atribuciones para el bien de la misma comunidad.
El poder que detentan no es propio sino que es el poder de la comunidad que delega ciertas funciones.
Las autoridades, elegidas por la comunidad, no son dueñas de la misma sino sus funcionarios (cumplen funciones) y servidores.
Lamentablemente las instituciones religiosas (y muchas civiles) se resisten  a esta concepción igualitaria y democrática y ahondan el abismo existente entre ellas y la comunidad humana.

– Varón-mujer: prácticamente todas las grandes religiones de una forma explícita o velada tienen una antropología que señala la superioridad del varón sobre la mujer.
El mismo Dios es siempre representado e imaginado como un varón y con cualidades varoniles, como rey, señor, padre, inteligente, fuerte, creativo, guerrero, etc.
Estas religiones surgidas desde una visión monárquica o imperial de la sociedad crearon una antropología como réplica exacta de su teología, pero ambas, teología y antropología no eran más que justificaciones de un sistema social monárquico y machista.

Aún en la Biblia la mujer ocupa un lugar sometido al varón, tradición que por desgracia se prolongó y aún agudizó en la iglesia cristiana hasta el día de hoy.
El cielo regenteado por un dios-varón acompañado por mensajeros-ángeles que también son guerreros, se refleja en una sociedad y en una religión en las que las mujeres, más allá de las declamaciones de igualdad, ocupan un lugar inferior a las que se les niega la función sacerdotal y
de autoridad dentro de sus comunidades, con diversos argumentos de los libros sagrados (creación desde un costado del varón; “impureza” de la mujer por la menstruación y el parto), libros redactados casualmente todos ellos por varones.

También se les niega una función magisterial (el Magisterio es exclusivo de varones) a pesar de que en la actual sociedad la mayoría de quienes ejercen la docencia, la educación y el magisterio son mujeres, quienes además de “madres” han demostrado su capacidad para el gobierno de las naciones.
Pero la visión antropológica y la teología de las religiones sigue sin presencia femenina, y esto no es una cuestión menor, pues siempre se da una visión machista parcial de la realidad.

Varón y mujer no son opuestos, no refieren la superioridad de uno sobre la otra, sino que son dos dimensiones complementarias que aluden al “ser humano” completo en su variable masculina y femenina, siendo la femenina en realidad anterior a la masculina.
Más aún, tanto el varón como la mujer mantienen siempre en sí mismos cualidades típicas de lo masculino y lo femenino, aspecto al que ya se refirió Carl Jung con los términos de ánima (aspecto femenino de todo varón) y ánimus (aspecto masculino de toda mujer).
Se trata de dos dimensiones complementarias e integradas del ser humano que incluso se enraízan en el hemisferio derecho del cerebro (sede de las actividades simbólicamente “femeninas”, afecto y sentimientos) y en el hemisferio izquierdo (sede de las “masculinas”, razón y técnica)

– Espíritu-Cuerpo: con diversos matices las grandes religiones tienen también otra clásica dualidad: la oposición entre un elemento superior, considerado de origen divino, el espíritu o alma, y otro inferior, el cuerpo con sus instintos (la “carne”), proveniente de algún demonio que quiso desarreglar los planes divinos según enseñaba el Gnosticismo.
Creencia que se robustece además por la influencia griega (Neoplatonismo, Estoicismo) en la teología cristiana con la oposición de la mente, del intelecto (el logos, el espíritu) al cuerpo, y su superioridad y dominio necesario sobre las emociones, los sentimientos y los impulsos instintivos.

En el plano moral y educativo este dualismo radical transformado en postura ideológica ha tenido consecuencias desastrosas, sobre todo en lo relativo a la esfera de la sexualidad  y del matrimonio, y fue causa de innumerables conflictos de los que muchos aún perduran.
Por ejemplo, la oposición a un educación de ambos sexos conjuntos, el rechazo de la educación sexual desde la edad temprana, la insistencia en la supremacía de la castidad por sobre el ejercicio gozoso de la sexualidad, y en muchos casos la relación de un supuesto demonio con el origen y el ejercicio de las fuerzas instintivas, especialmente en la mujer.
Añádase a esto un pudor excesivo, normas exageradas sobre el vestido y la desnudez y, en definitiva, una tremenda resistencia por parte de las religiones a aceptar la sexualidad y la vivencia del cuerpo como un elemento de por sí absolutamente natural y  sano.

Al mismo tiempo, este exagerado dualismo y la visión pesimista del cuerpo ha llevado, especialmente a la iglesia cristiana, a identificar sin más el pecado con conductas sexuales que no se ajustaban a su severa normativa (pecado que era considerado siempre grave), por ejemplo sobre el autoerotismo, lo que inducía a los adolescentes a vivir en una situación de permanente oposición a Dios, suponiéndose que Dios, aunque había creado el cuerpo humano, no tenía nada que ver con las células nerviosas que provocaban placer, teoría ésta llamada “maniquea” y que incluso fue condenada por la misma Iglesia en el siglo V.

En fin, un dualismo que provocó un sistema pedagógico centrado en la extrema vigilancia del cuerpo de los educandos y de control de sus conciencias para que no accedan al pecado (sexual) ni siquiera de pensamiento o en forma involuntaria o cuando estén dormidos.
Ejemplos de esta mentalidad fue el Sistema educativo de Lasalle y el Sistema Preventivo de
Don Bosco.
Todo en función de prevenir el pecado desde la mirada del educador, más rígida o más paternal, pero siempre mirada vigilante.
Así la educación, lejos de ser un desarrollo integral de las capacidades humanas, se transformó en un sistema de estricta disciplina antinatural solo apta para crear sujetos neuróticos, culpógenos e inmaduros.

Hoy la ciencia tiene una visión integrada del ser humano, visto como una totalidad (holismo) que entrelaza como en una trama (“complejidad”) diversos aspectos íntimamente relacionados, entre los que señalamos:

a) Ser humano que es al mismo tiempo ser cósmico, ser biológico y ser específicamente humano.
En su evolución el hombre no elimina ni subordina los aspectos anteriores sino que los entreteje con los siguientes: su corporalidad natural o cósmica (materia y energía, con los mismos componentes del primitivo universo, oxígeno, hidrógeno, etc.) adquiere una nueva dimensión en su aspecto organizativo biológico que lo emparienta con los vegetales y más aún con los animales, tanto en el funcionamiento del “ánima”, o sea de la vida, como de los instintos básicos: la supervivencia (órganos anatómicos, respiración, circulación de la sangre, alimentación, excreción, sistema inmunológico), la reacción frente al peligro (ataque o fuga) y la reproducción de la especie (sexualidad biforme, femenina y masculina).

Se trata de elementos animales que perduran en el cerebro humano conocido como “reptiliano” que es nuestro primer cerebro (cerebelo, bulbo raquídeo, ramificaciones nerviosas).
Esta animalidad al menos en los animales superiores es regida por un cerebro más evolucionado, que aún es apto para ciertas emociones primarias, especialmente en los mamíferos (miedo, agresión, afecto, alegría).

Este cerebro mamífero constituye el segundo cerebro humano llamado Sistema Límbico, sede de las emociones y base original de los sentimientos y estados de ánimo.
Continuando su evolución, el ser humano desarrolla sobre los dos cerebros anteriores  un tercero más desarrollado (corteza cerebral y lóbulo frontal), lo que le permite gozar de especiales cualidades como pensar, tener conciencia de sí y de sus emociones, tener sentimientos, tomar decisiones, tener una conciencia ética, actuar con libertad, cambiar y controlar el impulso instintivo, etc.

Así el ser humano culmina un proceso evolutivo que integra los elementos cósmicos y biológicos (especialmente de los animales) con los específicamente humanos (cerebro, conciencia, libertad).
Lo importante es darnos cuenta de la integración armónica de los tres aspectos, sobre todo del “animal”, asociado al impulso sexual, que siempre fue tan denostado por la tradición filosófica y teológica occidental.

Desde esta visión proponemos una educación triplemente integral, necesaria para coordinar las tres instancias que de por sí buscan sus objetivos a menudo sin suficiente armonía y sana relación, porque el ser humano tiene el privilegio de disponer de las potencialidades de los 3 cerebros, pero al mismo tiempo tiene la dificultad de coordinarlos en función de un objetivo sano de toda la persona, ya que el cerebro específicamente humano no funciona automáticamente en la solución de las propuestas instintivas enraizadas desde hace millones de años sino que debe aprenderlas a menudo con esfuerzo y dudas.

Tarea de la educación y de la madurez humana, durante toda la vida, es armonizar las tres instancias, sin anular ninguna ni subordinarlas, sino armonizarlas en una sola fuerza energética, pues al fin y al cabo todas ellas son expresiones de la misma energía cósmica-biológica.
Lamentablemente nuestro sistema educativo y pedagógico está aún muy lejos de lograr esa educación armónica, centrada casi exclusivamente en que los educandos adquieran conocimientos y tecnologías.

b) Otras dimensiones complementarias surgen como corolario del punto anterior, y señalamos:

– Racionalidad, sentimientos-emociones y pulsiones.
Ya hemos dicho que el ser humano integra las vivencias heredadas desde millones de años, pulsiones instintivas, y emociones primarias con otras vivencias más evolucionadas como son los sentimientos y toda la vida racional. Así como es impensable un ser humano sin razón, también lo es si careciera de sentimientos, emociones y pulsiones instintivas.
Así las emociones y los deseos instintivos se prolongan y perfecciones en sentimientos  estables, como el amor y la solidaridad, que solo en un último paso se traducen racionalmente en valores y actitudes éticas.
Aquí podemos decir: “al principio fue el impulso y la emoción” que logran su momento cumbre en los sentimientos y la conciencia.

Por lo tanto, no sólo la educación general debe atender a estas instancias de todo ser humano, sino que la misma religiosidad, demasiado volcada en Occidente hacia la racionalidad, las creencias y los dogmas, debe iniciarse y desarrollarse como lo que debe ser: desde un sentimiento profundo de uno mismo y de la vida, que asume en un solo movimiento un sinfín de emociones primarias (admiración, asombro, temor, carencia…) e impulsos biológicos (deseo sexual que se hace amor, agresión que se hace energía constructiva).

Como ya lo observaron otros investigadores, la religión cristiana ha “olvidado” las emociones y los sentimientos, demasiados cercanos a los deseos e impulsos instintivos.
El fruto es una religiosidad fundamentada en estudios, en argumentos racionales y en dogmas desencarnados, olvidándose que el evangelio de Juan dice que el “Logos se hizo carne”.
Se confunde así la religiosidad con las creencias de determinada religión y se pretende llegar a Dios mediante clases de religión y estudios teológicos.
A una religión tan descarnada, sobre todo en sus dirigentes, se le hace muy difícil comprender la mentalidad moderna que necesita experimentar vivencial y emocionalmente sus procesos mentales. Esto explica en gran parte la apatía de las nuevas generaciones hacia la religión tradicional y todo lo relacionado con ella.

– Otras tres instancias típicamente humanas son la individualidad que se complementa con la inserción social en una comunidad y en la humanidad toda
El individuo nace de una comunidad de personas, en ella crece y se desarrolla, y a ella vuelve para continuarla y perfeccionarla.
Pero esa comunidad familiar y pequeña se ensancha hacia comunidades cada vez mayores y hacia toda la humanidad que sin perder la unidad humana esencial, se desarrolla en multitud de culturas regionales y autónomas.
Hoy descubrimos, gracias a la globalización, no solamente que no estamos aislados, sino que tampoco tenemos una cultura universal o una cultura superior a las otras, como pretendió la cultura occidental europea, blanca y cristiana.

Generalmente casi todas las grandes religiones tuvieron esa pretensión de universalidad y a menudo intentaron o intentan  lograrla por la fuerza y el fanatismo, descalificando a otras culturas y a otras religiones consideradas como paganas, infieles o bárbaras.
Pero ha llegado el momento de recordar con el poeta León Felipe que “nadie va a Dios por el mismo camino que voy yo”, y que nadie tiene el monopolio de la verdad sobre el hombre, lo que implica además de una buena dosis de humildad, el reconocimiento y la valoración de otras culturas y de otras religiones.

Se trata, pues, de un nuevo aspecto de la educación que debe romper prejuicios de todo tipo y barreras históricas insalvables para mirar con ojos fraternos a otros pueblos y culturas considerados inferiores o indignos de estima, y mucho menos de amor.
Lamentablemente toda nuestra historia localista aún no ha aprendido esta simple lección de igualdad y fraternidad.
Y las religiones, aunque todas pregonan un Dios único y Padre de todos los pueblos, se contradicen a renglón seguido presentándose como la única religión verdadera, descalificando y aún odiando a quienes también dicen ser hijos del mismo Padre…

Nos preguntamos, pues:
¿Tendremos la capacidad de superar esta terrible antinomia?
¿Sabrán los seres humanos vivir su identidad y dejar vivir a otros con su propia identidad?
¿Estamos capacitados para tomar conciencia de nuestros prejuicios raciales, sociales, históricos y religiosos que se traducen en constantes discriminaciones siempre justificadas con una maquinaria de excusas racionalizadas?
Que la individualidad  no se transforme en individualismo (postura tan extendida hoy) y que el aprecio de la propia cultura no signifique exclusivismo, autosuficiencia y desprecio de las otras.
Que mostremos el valor de nuestra cultura y de nuestra religión valorando con madurez a las otras culturas y religiones que tienen mucho que enseñarnos desde sus particulares puntos de vista.

Sigue en el artículo b) Elementos paara una formación ética laical

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