Sentido de la vida, el futuro de Dios y la nueva espiritualidad en una sociedad laica. Estrada Diaz


EL SENTIDO DE LA VIDA Y EL FUTURO DE DIOS EN UNA SOCIEDAD LAICA

 

Juan Antonio Estrada Díaz.

Ponencia en la XIII Semana Andaluza de Teología


1.- DIOS Y EL SENTIDO DE LA VIDA EN UNA SOCIEDAD RELIGIOSA.

Hablar de Dios es hablar del sentido de la vida, dado que a todos lo que realmente nos interesa de Dios está en relación con las preguntas que todos nos hacemos: ¿cómo ser felices, qué es el bien y el mal en cada uno de nosotros, cómo tenemos que aprovechar el tiempo que nos quede de vida? Todo esto de una forma u otra son preguntas que tenemos todos los seres humanos y que todos nos hacemos. Son preguntas que nos marcan como personas. Y a las que deseamos una contestación cuando nos acercamos a Dios.

Nosotros somos un animal humano. Un animal que se diferencia del resto de los animales, que están marcados por el instinto. Los animales no tienen el problema del sentido de la vida. El animal lo que tiene que hacer es seguir sus instintos. Siguiendo sus instintos, va respondiendo a los problemas que se le van planteando. El animal está determinado por estímulos y respuestas. Nosotros podemos prever el comportamiento del animal y, a base de premios y castigos, podemos hasta controlarlo.

El ser humano es mucho más complejo. Y ello porque tenemos unos instintos muy pobres. Y, sobre todo, porque podemos jugar con nuestros instintos, luchar contra nuestros instintos. Un instinto fundamental es el instinto de la supervivencia: yo puedo declararme en huelga de hambre por un ideal político, religioso, profesional, biológico. Puedo sobreponerme a mi instinto y no comer, aunque tenga hambre. Esto es algo que marca al ser humano.

Y nos marca abriéndonos espacios a la libertad y la inteligencia.
Somos un animal libre. No absolutamente libre pues estamos condicionados por la cultura, la familia, la sociedad, la educación. Pero el libro de nuestra vida no está escrito, lo escribimos nosotros. Y somos nosotros los que tenemos que ir respondiendo a los problemas y los que tenemos que ir dando respuestas a las distintas situaciones que nos encontramos a lo largo de nuestra biografía. Dios no escribe el libro de la vida, lo escribimos nosotros. Por eso es preferible equivocarnos, haciendo lo que creemos que tenemos que hacer, que haciendo lo que nos dicen otros. Estamos cargados con el peso de la libertad y estamos cargados con la necesidad y la responsabilidad de dar un sentido a la vida. ¿Qué modelos, qué referencias, qué apoyo, qué es lo importante y qué es lo secundario en ese buscar un sentido a nuestra vida como seres libres? A partir la respuesta que damos a estas preguntas marcamos lo que es la trama de cada persona.

El sentido de la vida estaba claramente resuelto en la sociedad cristiana tradicional en la que la mayoría de los que estamos aquí hemos vivido. Porque nosotros somos el país que en 40 ó 50 años hemos pasado de la pobreza a la riqueza, del subdesarrollo al desarrollo, de un régimen dictatorial y autoritario a un sistema de libertades democráticas, de una sociedad tradicional y católica a una sociedad laica, secularizada y cada vez más marcada por lo que denominamos sociedad postcristiana.

En esta sociedad que todos los que tenemos más de 50 años hemos vivido, los valores fundamentales de la sociedad eran los valores del cristianismo. Nosotros recibíamos fundamentalmente unos valores en la educación familiar, en la educación escolar, en la leyes, en las constituciones, en el ámbito político y social, que estaban marcados por la Iglesia.
Todo estaba marcado por una manera de entender la vida que, de una manera abierta o de una manera indirecta, estaba fundamentada en la religión cristiana que todos teníamos. Yo creo que esto incluso afectaba al ateismo.
En realidad en nuestras sociedades, el ateismo como tal ha sido marginal. Lo que nuestra sociedad ha vivido sobre todo es el anticlericalismo. Lo que se ha dado es “yo creo en Dios pero no creo en los curas”.

Lo que ha existido en los que no se sentían cristianos ha sido, más que el ateismo, el desencanto con el papel de la Iglesia y sobre todo de los máximos dirigentes de la misma, pero no una impugnación de los valores cristianos. La Pasionaria llegó a decir: “Si yo hubiera conocido el cristianismo de la teología de la liberación no hubiera dejado de ser cristiana”. Vivíamos en un modelo muy conservador, y en ese marco los valores cristianos eran los valores que imperaban en la sociedad.

Lo cual nos llevaba a un cristianismo fácil. ¿Por qué se era cristiano? Porque se había nacido en una familia católica, porque me habían educado en un colegio en el que me inculcaron las creencias y los valores católicos. Esta era la expresión de nuestro catolicismo en la primera época que todos los de mi quinta hemos vivido. Había un tejido social en el cual vivíamos los valores cristianos casi sin darnos cuenta.
En ese catolicismo en el que nosotros hemos vivido había una referencia a Dios, una referencia a la gracia, y una referencia una serie de virtudes, que eran las virtudes morales que nos daba el cristianismo. Nuestra vida, se nos decía en palabras de Sta. Teresa, era “una mala noche en una mala posada”.

Se nos ha educado en que estábamos orientados a la patria celestial y que la vida que vivimos era algo de paso, y que por tanto lo sobrenatural, la gracia, Dios, eran los elementos fundamentales. Lo mundano, lo natural, lo humano, estaban en un segundo plano. Por eso el modelo del cristiano estaba muy marcado por lo sobrenatural y por la referencia al religioso y a la religiosa, a los monjes y los sacerdotes.
Ellos eran los que mejor expresaban las cosas espirituales y los que más tomaban distancia de las cosas mundanas. Es obvio que en este contexto los laicos, las mujeres, etc. jugaban un papel secundario, subordinado. Había un respeto por lo valores cristianos porque eran los valores aceptados por toda la sociedad.
El sentido de la vida estaba claramente determinado. Todos sabíamos a qué atenernos. Todos sabíamos lo que era bueno y lo que era malo, aunque luego lo practicáramos o lo dejáramos de practicar. Pero todos somos conscientes de que esta cristiandad pertenece al pasado. Hoy vivimos en una sociedad laica, secular, postreligiosa.

2.- EL SENTIDO DE LA VIDA EN UNA SOCIEDAD POST-CRISTIANA.

En esta sociedad laica Dios se ha vuelto innecesario. Yo lo expreso de una manera muy sencilla. Para ser un buen ciudadano no hace falta ser un buen cristiano. Hoy nos encontramos en un modelo de sociedad en el que los valores de la vida social, de la vida familiar, de la vida profesional, de la política, de la cultura, de la economía, no son valores cristianos sino que son valores humanos, profanos, laicos, seculares.
Ser una buena persona no equivale hoy a ser un buen cristiano, aunque para ser un buen cristiano hay que ser una buena persona. Todos tenemos amigos y conocidos que son excelentes personas y no son cristianos.
Todos nos sentimos con frecuencia admirados ante el comportamiento de personas que no creen en Dios, pero que nos dan unos ejemplos de solidaridad, de compromiso, de entrega a los demás, que nos suscitan admiración.

Ranner los llamaba cristianos anónimos, no precisamente con gusto de esos anónimos.
¿Y esto por qué ha ocurrido?
Pues sencillamente porque Dios se ha hecho innecesario. Innecesario para la ciencia, que no necesita el postulado de Dios. La ciencia es, por definición, atea. Cuando nos encontramos con una enfermedad, un fenómeno desagradable de la naturaleza, lo que hacemos hoy es buscar las leyes y las estructuras que producen ese fenómeno, y no acudir a Dios como el que lo ha ocasionado o como el que de algún modo puede darle una solución satisfactoria.

Ha muerto definitivamente el Dios “tapaagujeros“, el Dios que daba respuesta a preguntas para las que nosotros no teníamos respuesta. Es ésta una realidad que ha marcado nuestra sociedad. Hoy lo verdadero es lo científico, lo experimental, lo comprobable, lo de alguna manera empíricamente constatable. Y Dios, como es algo que no se puede percibir, constatar, demostrar, ha quedado para muchos en segundo plano y para los más en algo que para nada nos sirve.

Vivimos una moral y una ética laica, sin teología, autónoma, en la que Dios no cuenta para nada. Una moral basada en unos comportamientos que impregnan el orden social, jurídico, económico, en los cuales no es necesario la referencia a Dios.
Antes todo estaba orientado hacia lo sobrenatural -“la vida es una mala noche en una mala posada”-; hoy, en esta nueva sociedad del progreso, lo importante es lo tangible, lo que nos da placer, lo que nos hace más felices. Antes se decía: “la vida es una mala noche en una mala posada”; y hoy decimos: “más vale pájaro en mano que ciento volando”. Y el pájaro en mano es la vida. Y lo que venga después de la muerte, eso, ¿quién lo sabe? Esta moral marca nuestra cultura y nuestra persona.

¿Qué sentido a la vida ofrece nuestra sociedad?
Nuestra sociedad, como todas, ofrece un sentido a la vida, una manera de vivir, que da una respuesta a esas preguntas fundamentales que tiene el hombre. Una respuesta a cómo realizarnos, cómo vivir plenamente, cómo ser felices. Y nos lo ofrece diariamente a través de los medios de comunicación, que nos dan un montón de ofertas y mensajes que nos están condicionando diariamente.
Y en esas ofertas y mensajes no está Dios, ni la Iglesia. Hoy el centro de la oferta que recibimos, lo que es la felicidad, lo encontramos en el centro comercial. Me decía un amigo: “a mí me gustaría que cuando yo me muriera me incineraran, y que mis cenizas las esparcieran en El Corte Inglés, ¡porque he pasado tan buenos momentos en El Corte Inglés!”. Más allá del chiste, hay una realidad.

La realidad es que estamos abocados a valores materiales, en los que encontramos una sensación de plenitud, de gratificación, de placer.
Lo tenemos todo y sin embargos nos sentimos insatisfechos. Hoy podemos asegurar sin miedo a equivocarnos que tenemos en nuestra sociedad española resueltas nuestras necesidades primarias y también nuestras necesidades secundarias. Es verdad que todavía quedan grupos en nuestra sociedad que aún no tiene resueltas las necesidades primarias.

También queda otro grupo, dicen que un 20%, que cubren sus necesidades secundarias con dificultad. Pero al resto, el 84% restante, ni nos falta un techo, ni una comida, ni nos falta lo más necesario como un puesto de trabajo, la escolarización de nuestros hijos, seguridad social, pensiones, tiempo libre, etc. Lo tenemos todo. Estamos viviendo lo que hace 40 ó 50 años nos hubiera parecido un sueño. Y se nos dice que de aquí al 2010 ó 2015 vamos a tener la renta per cápita de Alemania., Francia e Italia, los países más ricos de Europa, que son también los más ricos del mundo, dejando aparte EE.UU.

Pero el hecho es que nos encontramos entonces con una situación paradójica. Materialmente lo tenemos todo, y sin embargo nos encontramos con grandes necesidades espirituales Se produce un colapso en nuestra sociedad.
Tenemos unas sociedades muy ricas materialmente y sociedades al mismo tiempo muy insatisfechas, muy infelices, sociedades con mucho aburrimiento, tedio. Nos faltan metas, proyectos, razones que den un sentido a nuestra vida.
Tenemos miedo al ocio, al tiempo libre. Nos da miedo la jubilación, una vida cotidiana tremendamente gris, muy insatisfactoria. La demanda de drogas, de alcohol es cada día mayor. La gente busca algo que no tiene. Ni sabe donde buscarlo.

El mero tener y consumir
no llena las necesidades vitales.
Vivimos en sociedades que lo tienen todo y que a escala social se pregunta: ¿merece la pena vivir esta vida?; ¿merece la pena trabar más y más para consumir más y más, trabajar para poder comprar, comprar para poder disfrutar y disfrutar para encontrar en el placer las respuestas al sentido de la vida?.
Nos encontramos con un tedio generalizado. Y lo malo es que esta cultura occidental es la que se está imponiendo en el mundo entero. El mundo entero se está occidentalizando. No sólo comprando nuestros productos sino sobre todo adoptando nuestra forma de vivir, los valores del neoliberalismo y de la sociedad postmoderna que nosotros vivimos.

Y ese triunfo de Occidente
se está dando cuando son muchos los que se preguntan: ¿merece la pena invitar y presionar a otros para que vivan como nosotros vivimos? Hemos perdido las metas, los fines, la orientación. Hemos resuelto satisfacer nuestras necesidades primarias y secundarias, hemos sido la generación del cambio económico y político, pero nos sentimos tremendamente insatisfechos.
Vivimos un tedio no precisamente de los deseos insatisfechos, sino de los deseos realizados.. Se nos está diciendo que tenemos que consumir y que es consumiendo como vamos a encontrar la chipa de la vida, cuando seremos felices. Y que en la medida en que vamos consumiendo y que no nos encontramos más felices, surge en nosotros un aburrimiento, un tedio, un sinsentido que impregna nuestro ser y nuestra sociedad.

Vivimos una sociedad deshumanizada., en la que lo espiritual no cuenta.
Cada vez hay más soledad en personas que materialmente lo tienen todo. Hay muchas gentes tan pobres que solamente tienen dinero. Y con el dinero hay muchas cosas -las que más necesitamos- que no se pueden comprar.

En este contexto surgen las preguntas: ¿para qué sirve Dios?; ¿dónde está Dios?; ¿cómo actúa Dios?; ¿qué es lo que puede aportar Dios? No nos satisface la sociedad en que vivimos. Aunque reconozcamos que no todo en ella sea por supuesto negativo. Gozamos ciertamente de unos plus de bienestar, libertad, derechos democráticos, capacidad de elegir, etc. que no teníamos en la sociedad que vivíamos.

Para buscar hoy a Dios
no es la solución refugiarnos, volver de nuevo a la Iglesia. No podemos refugiarnos en la Iglesia-institución porque ella lleva dos siglos llevando la contraria a todo avance social y humano. Sigue en la época del “anti”: antimodernismo, antiilustaración, antiliberalismo.
Está siempre en el “anti”. Y aunque el Concilio Vaticano II intentó un acercamiento al mundo de hoy, todos sabemos hasta donde está llegando después de la primavera conciliar la involución, la retirada a los cuarteles. Vivimos en una iglesia desubicada, que no encuentra lugar en la sociedad postmoderna, laica, secular, que nos ha tocado vivir. Sigue soñando en su pasado del nacional-catolicismo.

No asume que en el orden institucional político cada vez tiene menos que decir. Que la sociedad actual no necesita sus directrices, ni sus buenas palabras, sino argumentos convincentes, argumentos que convenzan a los cristianos y a la sociedad.
Se está convirtiendo en gueto, un gueto cultural que se protege de la sociedad porque la ve como la presencia del humo de infierno, y ve los cambios que se producen en la familia, en el orden político, económico, científico, cultural, etc. como una amenaza y no como una oportunidad., como una buena noticia. Eso hace que nos encontremos perdidos.


Porque, utilizando una expresión de nuestro teatro clásico del siglo de oro, en realidad, “los cristianos de izquierda nos sentimos como cornudos y apaleados”.
Cornudos y apaleados porque por un lado no se fían de nosotros, porque somos comunistas, disidentes, heterodoxos, porque nos hemos integrado en la sociedad, hemos perdido nuestras referencias cristianas.
Y al mismo tiempo se nos está diciendo que tenemos que vivir un proceso de recristianización de las viejas cristiandades europeas, que España es un país de misión, que hay que hacerse presente en el ámbito de la increencia, que hay que insertarse en los sitios donde se está jugando el futuro de la sociedad. Por un lado se nos envía a esta misión y por otro lado, al situarnos con un espíritu crítico y en disidencia con lo establecido que no sirve, somos apaleados y condenados como disidentes y personas sospechosas.

La pregunta entonces es: ¿a dónde nos refugiamos?
Si nos situamos en la sociedad, que no es cristiana sino postcristiana, perdemos nuestra identidad cristiana. Y si queremos conservar nuestra identidad cristiana, en la Iglesia institucional, tenemos que asumir planteamientos, forma de entender la vida, valoraciones antropológicas, formas de entender la familia, la sexualidad, la autoridad, de forma totalmente inaceptable en la sociedad postmoderna y postcristiana.
Ello produce en nosotros la inseguridad, una inseguridad personal y colectiva, y que nos marca, precisamente a nosotros que andamos buscando y a los nos consideran pioneros de un catolicismo que está por emerger.

Estamos en el final del
cristianismo sociológico. Todos sentimos la sensación de no estar en una sociedad más tranquila y más segura, en la que vivir la identidad cristiana ni está menos cargada de conflictos. Cuanto más años tenemos, más difícil se nos pone, porque nuestra capacidad de adaptación va disminuyendo.
Y que por tanto para los ancianos cualquier cambio, por el hecho de ser cambio, es malo. Todo cambio, queramos o no, nos desestabiliza. Todo cambio nos provoca y nos exige una adaptación, y nuestras posibilidades de adaptación a nuevas circunstancias conforme nos vamos haciendo mayores van disminuyendo.
Por tanto lo primero es asumir que estamos en el final del cristianismo sociológico .No hay vuelta atrás. Si los obispos siguen soñando en que después de las crisis de vocaciones sacerdotales y religiosas va a haber una gran afluencia de jóvenes que llenen los seminarios como ocurrió después de la guerra civil, están equivocados.
Si ellos piensan que la sociedad va a volver a ser una sociedad cristiana en la que el papel de la Iglesia va a volver a tiempos pasados, están equivocados. Hemos acabado con ese tipo de cristianismo.

A nosotros nos ha tocado ser la generación de la transición. Después de una época de cambio como ha sido el siglo XX, asistimos a un cambio de época. Los sociólogos nos lo dicen. La revolución del coche, la electricidad, teléfono, cambió nuestra vida.
Las revolución actual, la de la computadora, internet, biogenética, medios de comunicación, está cambiado el mundo, con un cambio en el que ya no es posible la marcha atrás.
Somos testigos privilegiados del final de una etapa y el comienzo de otra radicalmente nueva. Un amigo Jesuita ya muy mayor me decía: “hombre, a mí me da pena, ahora que esto se está poniendo interesante, cuando realmente se está poniendo bueno, tener que morirme¦”.

Tenemos que asumir que estamos con los pies puestos en la etapa que se está cerrando y en la ya está abierta y cambiando el mundo.
En esta nueva etapa histórica Dios, ni es necesario, ni se presenta como referente cultural. Con bastante frecuencia cuando Dios aparece en los medios de comunicación de masa lo hace bajo la túnica de la burla, de la minusvaloración, del rechazo, de la desconfianza, y ello precisamente por parte de una gran parte de conciudadanos nuestros que son quizás magníficas personas. Dios ha dejado de ser una buena noticia.

Tenemos que sentirnos extraños, solos, inadaptados en esta sociedad. Yo creo que lo primero que tendríamos que sentir los cristianos es una sensación de soledad, de extrañeza. Nos tendríamos que sentir extranjeros en esta sociedad.
Y somos extranjeros en la medida en que buscamos a Dios en una sociedad que ya no busca a Dios porque no le interesa para nada; en la medida en que sigamos buscando a través de la religión, de los valores evangélicos y de la tradición cristiana un sentido de la vida que otros muchos ciudadanos han encontrado sin necesidad de pasar por el cristianismo y sin necesidad de conocer los valores evangélicos. Creo que la conciencia de la ausencia es lo primero.

Sentirse extraño
, en el trabajo, en la familia, con los amigos, con nuestros conciudadanos con los que compartimos nuestra existencia cotidiana y que con mucha frecuencia nos interpelan con preguntas como: ¿tú cómo eres cristiano, cómo sigues perteneciendo a la Iglesia?; ¿qué hace un chico como tú en un sitio como ése?; si la Iglesia es tan rara, tan antigua, tan anacrónica, tan obsoleta, tan autoritaria, ¿tú con tus planteamientos qué haces ahí?

Lo primero por tanto es sentir y vivir la ausencia. Una oración que teníamos que rezar a diario los cristianos sería el salmo: “como el ciervo suspira por el agua suspira mi alma por ti, Dios mío”. Y teníamos que añadir, como los judíos en el destierro de Babilonia: “que mi lengua se me pegue al paladar si me olvido de ti, Dios mío”. Tenemos que sentirnos aislados, inadaptados. No porque nadie nos persiga, en contra de lo que piensan los obispos, sino por el modo de sociedad en que vivimos.

La nueva sociedad emergente
, los nuevos valores antropológicos, familiares, sexuales, políticos, son la mayor amenaza a nuestra identidad como seguidores de Jesús de Nazaret.
Cada vez más se irá planteando que ya no hay que poner un Belén en las escuelas, porque esos son símbolos que pertenecen a un pasado que pasó, que molestan en la sociedad laica.
Algo que no tiene explicación porque si por un lado pedimos el respeto a la diferencia, por qué no respetamos lo diferente.
Todos tienen derecho a expresar en público sus símbolos, pero nosotros no, a pesar de ser, además de algo religioso, algo cultural. El tejido social no nos ayuda a ser cristianos. Las tradiciones, modelos, valores de la sociedad que marcan nuestra vida son generalmente la antítesis de los valores evangélicos. Antes teníamos un apoyo en la Iglesia, ahora no lo tenemos.

Somos parte de una generación
sin padres ni hijos. Ello nos lleva a un problema que tenemos planteado los cristianos, y los cristianos de izquierda más todavía porque somos en parte una generación sin padres ni hijos desde un punto de vista religioso. Nuestros padres se educaron en el socialcatolicismo, esa manera de entender la fe cristiana es algo con la que hemos roto totalmente. Somos también una generación sin hijos porque nos vamos encontrando y nos preocupa de que en nuestros grupos, en nuestras comunidades, los jóvenes no se metan.

¿Qué va a pasar cuando nuestra generación desaparezca? Nos encontramos con una carencia de continuidad que nos preocupa como cristianos y como personas, y es una preocupación cada vez más acuciante en nuestras comunidades.
A la generación que viene detrás nuestro no les dice nada Juan XXIII, el Padre Arrupe, ni esos valores por los que nosotros hemos luchado.
Es necesario sentir y compartir este sentimiento de soledad, de indigencia cultural y eclesial. Son sentimientos que debieron vivir muchos en épocas como la reforma y contrarreforma, la revolución francesa, la revolución industrial. En todas ellas hubo un cataclismo como el que nosotros estamos viviendo.

3.- LA EXPERIENCIA DE DIOS EN UNA SOCIEDAD POS-CRISTIANA

Si no encontramos los referentes que necesitamos en la sociedad, ni en la Iglesia, ¿dónde encontrarlos?

Nuestro referente tiene que ser una persona y una espiritualidad que tiene que comprometernos en la vida, que tiene que comprometernos con el hombre, que tiene que comprometernos con la sociedad consciente de que el crecimiento en santidad es un crecimiento en humanidad. Si queremos crecer como cristianos tenemos que crecer como personas.
El pecado no es no cumplir una norma externa establecida; el pecado es todo aquello que te impide crecer y vivir, y lo que impide crecer y vivir a los que viven contigo. Podríamos decir algo que es fundamental: la experiencia de Dios; la búsqueda de Dios.
Y la experiencia de Dios y la búsqueda de Dios tiene que ver, no lo olvidemos, con lugares, tiempos, espacios, actitudes, compromisos y vivencias en las cuales busquemos a Dios. Y ahí es donde nos encontramos con otro problema.

La vieja espiritualidad
que nos ofrecía un montón de prácticas, de devociones, de lugares, de experiencias, de medios, a través de los cuales podríamos cultivar la experiencia de Dios, ha caído en el vacío. Ya ni los rezos del rosario, ni las exposiciones del santísimo, ni las horas santas, ni las visitas a los sagrarios nos dicen nada. Lo hemos dejado como algo obsoleto, arcaico.

Pero ¿con qué hemos sustituido todo eso? El haber dejado lo antiguo y no disponer de nada con que sustituirlo, que nos produce un vacío, una ausencia que nos impele a ser fagocitados por la sociedad. Vamos perdiendo nuestras referencias, el cristianismo que hemos vivido no nos dice nada y el nuevo que intentamos crear no sabemos aun cuál es. Es esta una situación que a muchos de los nuestros nos lleva a olvidarnos de todo e integrarnos e instalarnos como uno más en la sociedad.

Lo que hoy más necesitamos es lo que más nos falta: gurús. Ranner decía que el cristiano del siglo XXI, o será alguien que ha experimentado algo, o no será. Y aquí viene la gran pregunta: ¿hemos experimentado algo?; ¿experimentamos algo personalmente, en nuestros grupos, en nuestras comunidades?; ¿qué decimos cuando nos preguntan por Dios?

En la Iglesia hay un ateísmo eclesiástico. La Iglesia habla mucho de moral, de doctrina, pero no se habla de Dios. Y cuando se habla de Dios se habla del Dios aprendido en los catecismos y en los libros, pero no de un Dios vivencial. Y ¿cuál es el Dios vivencial y experiencial? El que nos lleva a nosotros, en la biografía de cada uno, en los acontecimientos de la vida, en las situaciones difíciles, en las situaciones gratificantes, a vivir esas experiencias relacionándolas con Dios, buscándolas en Dios.

De forma que la persona de Jesús determine nuestro modo de pensar y comportarnos. Lo que necesitamos es lo que más nos falta: gurús, maestros y maestras espirituales que nos enseñen un camino, un camino que ellos mismos han experimentado, que ellos mismo han vivido. De forma que al hablar de Dios tengamos que hablar de nuestra vida; y al hablar de nuestra vida, tengamos que hablar de Dios. Porque no es posible establecer a Dios como un compartimento estanco al margen de la vida.

A Dios tenemos que encontrarlo en las opciones que hacemos, en los compromisos que asumimos, en las responsabilidades que tenemos, en situaciones de sufrimiento y en situaciones de alegrías en las cuales intentamos siempre con la incoherencia y siempre con los fallos que son consustanciales a cualquier experiencia humana, vivir eso desde una identidad cristiana, teniendo como referencia la persona y la vida de Jesús y lo que ha generado a lo largo de dos mil años de historia.

Nos encontramos hoy con una necesidad de experiencia y vivencias de Dios. Con una necesidad de espiritualidad.
Una espiritualidad que no vamos a encontrar en la Iglesia, ni en muchos cristianos, tampoco en el budismo.
O en las tradiciones orientales, ni en esoterismo, ni en la parapsicología.
Ello es algo que millones de personas andan buscando. La televisión con sus programas de esoterismo es un ejemplo de ello. La experiencia cristiana tiene que llevarnos a un modo de comportarnos que haga que lo que nos rodean vean en nosotros ese gurú que buscan.

Y ello en una dinámica en la que el individuo-isla está perdido en la sociedad. Vivimos un creciente aislamiento, en soledad, del individuo en la sociedad. Un individualismo y una soledad en isla, no compartida. Algo que no depende de nosotros. Es la sociedad la que está organizada de forma que nos lleva necesariamente a ello.
Con frecuencia nos sentimos solos entre los que nos rodean, a veces con nuestros propios hijos, con nuestra esposa. Detrás del botellón ahí sin lugar a duda una necesidad de compañía.
Por ello es necesario permanecer unidos, conscientes de que el que tiene un amigo tiene un tesoro. Es imprescindible vivir en grupos donde nos sintamos aceptados y aceptemos a los demás, donde podamos compartir ideas y sentimientos, con personas que sepamos que nos van a echar una mano cuando, para lo bueno o lo malo, los necesitemos.

Compañeros entre los que nos sintamos iguales, podamos situarnos sin máscaras, tal como somos. Él solo, el hombre-isla, difícilmente podrá vivir una espiritualidad.
Urge integrarnos en comunidades en las que no sólo se pueda hablar, compartir ideas sino, sobre todo, intercambiar nuestras vivencias: aquello que queremos, lo que nos preocupa, por lo que luchamos teniendo como referente a Jesús.
Y lo más hermoso es encontrar comunidades esparcidas por todas partes en las que el que llegue sienta que hay otros que piensan como él y encuentre en ellas aliento en su caminar.
Experimentar la fe no es sólo encontrarme con otros hermanos.
Es sobre todo comunicarnos, intercambiar con compañeros que tienen las mismas inquietudes, la misma búsqueda, que producen una comunión en la fe.
 

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