Educar la dimensión espiritual

EDUCAR LA DIMENSIÓN ESPIRITUAL

“La educación debe contribuir al desarrollo global de cada persona: cuerpo y mente, inteligencia, sensibilidad, sentido estético, responsabilidad individual, espiritualidad…” (Jacques DELORS, La educación encierra un tesoro)

 1. Qué significa espiritualidad

¿Qué significa espiritualidad en el contexto del desarrollo global de la persona?

Si podemos afirmar que la persona posee una dimensión espiritual diferenciada de la dimensión moral o de la del mundo de las emociones, entonces, su desarrollo debe darse de forma equilibrada para que el proceso de crecimiento tienda a la plenitud. Y es importante descubrir qué implicaciones tiene esto para los diferentes itinerarios educativos explícitos. Hablamos de valores que podemos calificar explícitamente como espirituales y no morales o religiosos, entre los que hay una íntima conexión entre estas realidades.

 2. El concepto de “dimensión espiritual” en educación

No hay que confundir la potencialidad o capacidad con los logros obtenidos por el desarrollo y empleo de esa capacidad. Educar la dimensión espiritual no es exactamente educar la dimensión religiosa, que tiene referencia a una tradición concreta (en nuestra cultura, principalmente la cristiana).

La dimensión espiritual debe despertar las preguntas, que la dimensión religiosa, por ejemplo, se encargará de ayudar a responder. El reto fundamental de la educación del espíritu es volver a provocar en cada uno de los alumnos esa inquietud espiritual, esa insatisfacción ante la existencia, esa búsqueda que sí es universal (más allá de cada respuesta concreta), y que hace posible las experiencias de sentido, las experiencias de Dios, en el caso de una respuesta religiosa (experiencia de descubrimiento y relación con el Dios Padre de Jesús de Nazaret, en la tradición cristiana).

Entendiendo la educación integral como una intervención en todas las dimensiones de la persona frente a una priorización de lo intelectual y del desarrollo cognitivo de la persona, surge la pregunta:

¿Dónde enseñamos a nuestros alumnos a entenderse a sí mismos, a encontrarse con lo más profundo de su existencia personal?

La respuesta se enmarca en el modelo de las inteligencias múltiples de Howard Gadner, profesor de la Universidad de Harvard. Y anticipadamente, podemos responderla diciendo que abarca la dimensión para la trascendencia, del espacio para enseñar al corazón, y en todos los tiempos de la vida del niño, especialmente e un tiempo “subjetivo” o de búsqueda interior ante la vida; es decir, requiere el desarrollo y la maduración gradual de una vida interior, en armonía con el resto de los rasgos de la personalidad infantil.

Volviendo al modelo de Gadner, esas inteligencias serían aquellas capacidades diferenciadas que permiten a los seres humanos vivir su vida adulta en las diferentes culturas. Se trata de definir el desarrollo humano no desde las carencias que tiene cada alumno sino desde las posibilidades que manifesta. Estas inteligencias o potenciales biopsicológicos se activan según las posibilidades ofrecidas por la cultura y las decisiones tomadas por los individuos, la familia, los profesores. Estas nueve inteligencias serían:

– Interpersonal

– Intrapersonal

– Inteliencia lingüística

– Lógico-matemática

– Corporal o Kinestética

– Espacial

– Musical

– Naturalista

Inteligencia Espiritual

Se preocupa especialmente por las cuestiones de sentido.

Atiende al cultivo de lo reflexivo, de la consciencia de los procesos interiores, con una cierta calma interior.

Manifiesta una perspectiva “optimista”, que tiende a ver las partes buenas de las personas.

Relaciona las creencias personales con las de grupos y culturas

Se refleja en la posesión de un “sexto sentido” sobre la realidad”.

Se manifiesta en el deseo natural de escuchar con compasión las necesidades de los demás.

Se muestra en un poseer un sentido de esperanza en los momentos más difíciles.

 Gadner la defina como la capacidad de situarse a uno mismo respecto a lo más lejano del cosmos, y las capacidades relacionadas con situarse a uno mismo respecto a los rasgos específicos de la condición humana como el significado de la vida, el sentido de la muerte, el destino último del mundo físico o del psicológico. Es el caso de niños que manifiestan una especial profundidad existencial, que hacen esas preguntas inoportunas, que están en el origen del sentido de las cosas. Porque son personas que, más allá de asumir de forma casi involuntaria el marco de referencia que les proporciona su cultura o religión, intentan construir de forma más consciente e interiorizar un sistema de referencia para asentar su autenticidad o coherencia en la vida.

Esta capacidad sería lo que constituye la inteligencia espiritual o existencial, que puede madurar, de modo similar a otras en los procesos educativos.

 3. Rasgos de la dimensión espiritual

Los rasgos de esa dimensión espiritual, común a todos los hombres y mujeres, cualquiera que sea su cultura o tradición secular (laica) o religiosa son:

– Un sentido consciente del misterio (trascendencia) más allá de los límites de la razón.

– Una intensidad especial en la preocupación de lo “invisible a los ojos”, que estimula la capacidad de emocionarse ante el espectáculo de las cosas, que no se queda sólo en las emociones sino que se traduce en el mundo del pensamiento.

– Una experiencia profunda del problema que somos para nosotros y que lleva a la búsqueda del sentido de las cosas.

– Una conciencia relacional, que evita el ensimismamiento de la auto contemplación, y que nos empuja a mirar hacia fuera y nos invita a entrar en comunión con la realidad y los otros.

– Una orientación vital que hace visible en un ritmo especial en las cosas pequeñas, en cierto lenguaje, en una visión interior y un cierto estilo de vida.

 Se le ha dado varios nombres… Educar la interioridad, la presencia del misterio, la voz interior de la conciencia, la sabiduría del corazón, la intimidad más íntima, el espíritu, el alma, el ser… etc.

 4. Educar la dimensión espiritual

En el desarrollo de la subjetividad del niño inciden tres factores fundamentales:

– La maduración estructural formada por los procesos biológicos, naturales y de herencia que condicionan el crecimiento, y sobre los que intervienen las

primeras experiencias del niño en precario, fundamentalmente en familia y que condicionarán la personalidad del niño.

– Las transmisiones educativas implícitas y explícitas que se dan a través de multitud de factores en los distintos ámbitos de la vida del niño. Son la acción educativa escolar con sus objetivos, fines, contenidos, clima y relación; la influencia del mundo simbólico de la publicidad y los medios de comunicación; y la acción, conducta o quehacer de los que conviven con él en los distintos ámbitos donde esta presente: familia, amistades, escuela… etc, manifestados en ritos, ceremonias, procesos de enseñanza, valoración, evaluación, reglas y normas de conductas que tienen a crear hábitos, estructuras sociales y psicológicas en modelos de identificación, héroes o modas, y cualquier relación humana.

– Las experiencias: aquellas vivencias que nos permiten probar y descubrir las cosas y adquirir un saber sobre ellas. Y como educadores, sí podemos provocar experiencias diferentes que supongan una alternativa en el marco de referencia del niño, e incluso intervenir en el proceso de selección y actualización de respuestas relevantes, priorizando las que les ayuden a crecer de forma equilibrada. ¿Cómo? Ayudando a recuperar detalles inadvertidos, a situar las experiencias negativas, acompañando el proceso de reflexión, evaluación, juicio y toma de decisiones para el futuro, para que la experiencia se convierta para el niño en “mi” experiencia y suponga un cambio significativo de comportamiento dentro y fuera de la escuela.

 Por eso, la educación de la dimensión espiritual incide especialmente en proveer de oportunidades para las experiencias que provocan una pequeña “crisis” en el niño, una necesidad de explicación coherente y que estimulan el proceso de búsqueda. Algunas que dejan huella especialmente son:

– La experiencia de pertenencia y de dependencia de los otros, inicialmente en la familia, que sostienen la seguridad afectiva para un desarrollo equilibrado.

– El fracaso, el dolor, el sufrimiento en circunstancias que para ellos son importantes y que les producen sensaciones de frustración y derrota.

– La experiencia del perdón para aprender a situar en su justa medida los sentimientos de culpa, vergüenza, arrepentimiento, necesarios para crecer moralmente, y la experiencia de reconciliación.

– Experimentar el amor gratuito inmerecido según su conducta y desinteresado, para perder el temor a tener algo para ser amados.

– La experiencia de fragilidad y limitación, para perder el miedo a verse como son y asumir en qué necesitan la ayuda del otro.

– El sentido del trabajo, el porqué hacerlo para que le den un valor por sí mismo, más allá de cualquier recompensa.

– La propia sexualidad, el conocimiento y amor a su cuerpo, y el descubrimiento de su desarrollo y su capacidad para la relación, construyendo críticamente su propio papel.

– La experiencia de la fiesta, la celebración, la alegría, el valor del ocio compartido, el sentido del tiempo, la rutina y la capacidad de anticipación gozosa de lo que ansían o tienen como esperanza, para dar sentido al tiempo.

– Experimentar la propia potencialidad y el descubrimiento de las propias capacidades, y el asentamiento del impulso se superación.

– La experiencia del silencio para que puedan contemplar la realidad intensamente, para hacer fecunda la propia soledad, al tiempo que se hacen dueños de sí mismos, independizándose de la obligatoriedad de la opinión de los demás todo lo que son o desean.

A través de estas experiencias, el niño desarrolla esa dimensión espiritual y va dotando de peso y de significado a cosas, hechos, creencias,… que adquieren el carácter de necesarias para su vida.

5. Cómo acompañar la educación de la espiritualidad

Para fomentar la dimensión espiritual a través de la relación que establecemos como maestros, y apoyados en nuestra competencia profesional (dominio de conocimientos y técnicas) en nuestra ética y compromiso profesional (la dedicación más allá de los mínimos exigidos basados en nuestra vocación) y la afectación por nuestros alumnos (apasionarse por ellos, vivir con ellos y quererles), hay cuatro actitudes que debemos cultivar personalmente y promover en ellos:

– La quietud, los momentos de silencio interior que despierten el gusto por la contemplación de la realidad y de sí mismos, para encontrar sentido a la soledad.

– El discernimiento, una cierta sabiduría de vida que les ayude a descubrir su propio horizonte, trazar su proyecto de vida y distinguir las actitudes coherentes con él.

– La conciencia de la realidad, que supone una profundidad en la percepción de las implicaciones de las cosas que suceden en su entorno.

– La implicación de la realidad, la intensidad con la que se vive y se compromete cada uno en aquello que cree y vive,

Aunque a veces, lo único posible será provocar experiencias que les generen una cierta insatisfacción, que les lleven a descubrir como insuficientes aquellas cosas que les parecen definitivas. Por eso hay que conocer todo lo que les motiva y sus lenguajes.

Finalmente, aunque no hay recetas, algunas actividades que les ayudan son:

Compartir muchas historias, reales o imaginarias.

Usar las tradiciones, descubrir los rituales y generar otros en el contexto de las relaciones humanas.

Involucrarles en la vida concreta de la comunidad de referencia, generando espacios concretos de participación.

Fomentar las pertenencias.

Provocar respuestas a situaciones y dilemas de la vida real.

Disfrutar del arte, la belleza, la naturaleza y cuidar los espacios.

Crear espacios de silencio.

Tomarse tiempo para explorar los misterios de la vida

– …Y ¡divertirse con ellos!, quizá lo más importante.

En definitiva, invitarles a comenzar una aventura especial, que se inicia con la búsqueda del propio interior y de Aquél (para nosotros el Dios de Jesús) que colma todos los deseos de los corazones inquietos y que puede hacernos gustar la verdadera felicidad.

(Carmen PELLICER. “Y tu Padre que ve en lo escondido”.

Jornadas de Pastoral Educativa 2004 de FERE)

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