Educar es formar un hombre capaz de darle sentido a su vida. Pardo

EDUCAR ES FORMAR UN HOMBRE CAPAZ DE DARLE SENTIDO A SU VIDA
“Educación para el sentido” versus “neutralidad educativa”

Prof. Juan Marcelo Pardo 23 de mayo de 2003

“Existe un solo problema filosófico verdaderamente serio:
juzgar si la vida merece o no ser vivida
.”
Camus, El mito de Sísifo.

«Profesor, ¿qué sentido tiene la vida?»

Un día como tantos, cuando debatíamos con mis alumnos el tema de la guerra, una pregunta formulada por uno de ellos dividió la clase en dos: «Ante tanto horror, ¿qué sentido tiene para usted la vida, profesor?» ¡Nunca me había encontrado con una pregunta semejante dentro del aula!

El sentido de la vida es quizá el enigma más difícil de resolver con el cual se enfrentan los filósofos y todo ser humano. No podemos eludir la pregunta por el sentido a la vida y de la respuesta que le demos dependerá en gran medida el grado de realización que alcancemos.

La reducción del sentido al mero bienestar o el culto del bienestar

Nuestra civilización ha tomado un tipo de bienestar
como el deber ser de la vida, fuera del cual no hay salvación.
Este objetivo es logrado por el miedo […]. En especial, se tiene horror al fracaso
.”
Ernesto Sábato, La resistencia

Todos los días me encuentro con jóvenes que se sienten presionados por sus padres para seguir carreras universitarias que —supuestamente— los llevarán, en el futuro, a lograr un aceptable nivel de bienestar. «La prioridad es que estés muy bien económicamente.» Y les cuesta mucho desprenderse de ese mandato paterno, darse cuenta de que en la vida no sólo es valioso estudiar para acumular dinero, que también es importante disfrutar de lo que se hace, realizar una tarea solidaria, etc. «¿Por qué perdés tiempo en eso?», es el reproche reiterado de los padres.

Me da la impresión de que el sistema educativo está cayendo en el mismo error. Los alumnos lo perciben constantemente, conviven día a día con este mensaje: «Nene, lo importante en la vida es llegar a tener una linda casa, un lindo auto, un status elevado dentro de la sociedad y tener dos hijos (no más) para experimentar la linda sensación de ser padres.»

Esta reducción de expectativas es producto de la caída de los grandes ideales de la Modernidad, de la pérdida de la confianza en el progreso indefinido de la humanidad, de los duros golpes asestados durante el siglo XX contra ese optimismo ingenuo. Llegamos así a dejar de lado la palabra “humanidad” y a usar frecuentemente la palabra “individuo”. El sentido de la vida se redujo a vivir el instante presente disfrutándolo todo lo posible. Hemos perdido la conciencia de pueblo. Todo se ha reducido al placer fugaz e individual, al bienestar de la vida privada.

Para conseguir el bienestar hay que competir, no quedarse afuera de esa loca carrera. La escuela y la televisión preparan al niño para la competencia, enseñándole a valorar el triunfo sobre sus compañeros, “ser el primero”, “ser el mejor”. Ésta es hoy la piedra angular de la educación: individualismo y competencia.

Y terminamos generando una gran confusión en nuestros niños y adolescentes al pretender formarlos simultáneamente en el  bien común y el individualismo, en la solidaridad y el desenfreno, en la búsqueda de éxito y el altruismo. Lo que enseñamos con las palabras en casa o en el aula lo borramos con nuestros actos, y a estas contradicciones los chicos las perciben claramente.

Una ética indolora

Si el bienestar es el objetivo aceptado en nuestra sociedad tendremos como consecuencia un hombre que vive lo que Guilles Lipovetsky llama la civilización del bienestar consumista. Estamos educando a nuestros jóvenes en una ética indolora determinada por el yo y su bienestar, en la cual los deberes para con el otro no deben ir más allá de un compromiso que no llegue a afectar su bienestar. Enseñamos una solidaridad indolora: en tanto ello no atente y desestabilice mi bienestar individual soy solidario. Enseñamos a asumir deberes que mantengan inmóviles los nuevos imperativos del bienestar: salud, juventud, esbeltez, satisfacción, velocidad, poder, dinero. El sufrimiento que hay a mi alrededor nunca debe invadir la privacidad individualista en la que vivo.

Nuestros jóvenes se emocionan frente al dolor, la pobreza, la corrupción y el racismo, por ejemplo. Pero estas emociones permanecen distantes de todo compromiso real con la situación del otro. Huimos del deber y la tarea de modificar la realidad.

Por otra parte, la escuela hoy le trasmite al alumno un saber éticamente descomprometido, basado en el modelo de la neutralidad científica. Pareciera que la práctica de una profesión no tiene nada que ver con la ética. La educación que brindamos padece de una terrible desconexión entre lo que se sabe y los efectos que produce ese saber. En pocas palabras, educamos ciudadanos inconscientes del poder que les otorga el saber. Dejamos vacío ese lugar que termina siendo ocupado por los medios de comunicación, los cuales, de un modo indirecto, forman éticamente sin fomentar la reflexión crítica de los telespectadores. Los planteos éticos han quedado a cargo de los así llamados “comunicadores sociales”, que ejercen su influencia sobre las conciencias de los pueblos según sus intereses comerciales.

Dos grandes amigos: la neutralidad y la falta de sentido auténtico

“Quien tiene un por qué para vivir puede soportar casi cualquier cómo.” Nietzche

El psiquiatra austríaco Víktor Emil Frankl, creador de la “logoterapia”, sostiene que el problema del hombre contemporáneo es que él tiene aguda conciencia de la falta de sentido de su existencia. Según él la sociedad industrializada se especializa en satisfacer todas las necesidades del hombre, pero se olvida de “satisfacer la más humana de todas las necesidades del hombre, la de encontrar sentido a la vida”.

El vacío existencial es la neurosis masiva de nuestro tiempo. Muchos de nuestros jóvenes —muchos más de los que creemos— creen que la vida no es significativa, viven en un estado de tedio continuo. Hay muchos signos de esta patología masiva. Frankl nombra algunos y los interpreta desde la falta de sentido: “No es comprensible que se extiendan tanto los fenómenos del alcoholismo y la delincuencia juvenil a menos que reconozcamos la existencia del vacío existencial que les sirve de sustento.”

Por construir una educación orgullosamente neutra hemos dejado a nuestros jóvenes a merced del vacío existencial, y hoy vemos como gastan su valioso tiempo y sus energías en vivir una vida inauténtica. Tenemos que volver a proponer un sentido a nuestros jóvenes, ya que el sentido desata nuestras energías y las armoniza encauzándolas en pos de un objetivo, de un valor. La búsqueda y sobre todo el encuentro del sentido nos rescatan de la experiencia del absurdo y la nada de sentido y de valor. El nihilismo es intolerable para cualquier ser humano, no debemos dejarlo anidar en la vida de nuestros jóvenes. El sentido, por el contrario, es una fuerza primaria que libera y desata a todas las demás.

¿De qué nos sirve otorgar a nuestros alumnos todo el poder de la información si sus vidas carecen de un sentido auténtico, si yacen en la tumba del absurdo? Frankl trae un mensaje urgente para nuestro mundo contemporáneo. Sería necio negar que su reflexión ha iluminado una dimensión humana que el psicoanálisis no alcanzó a ver ni a valorar con justeza.

Una educación que no lleve al encuentro de un profundo y comprometedor sentido de la vida, estará faltando a una necesidad fundamental del ser humano. Ello no significa que debamos renunciar a lasana neutralidad que la civilización ha conquistado, es decir, el respeto por las conciencias, el respeto por el pluralismo; pero esto no niega la tarea insustituible de propiciar el clima y el tiempo necesarios para la búsqueda del sentido que viole la intimidad de la conciencia ni su privacidad. Es la vida de cada persona la que está en juego. Tenemos que asumir la exigencia de ayudar a las nuevas generaciones a encontrar responsablemente el sentido de sus vidas, un sentido que responda a las más hondas aspiraciones del corazón humano.

 

Si algo nos diferencia de un vegetal o un animal es nuestra necesidad de —y nuestra capacidad para— encontrar el sentido de nuestra existencia. “Lo que se le pide al hombre no es, como predican muchos filósofos existencialistas, que soporte la insensatez de la vida, sino más bien que asuma racionalmente su propia capacidad para aprehender toda la sensatez incondicional de esta vida.” (Frankl)

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