Psicología de la espiritualidad y … d. Sentido de la vida, Experiencia religiosa.Madurez religiosa. Espiritualidad laica. Benetti

PSICOLOGÍA DE LA ESPIRITUALIDAD Y RELIGIOSIDAD… EXPERIENCIA RELIGIOSA , SENTIDO DE LA VIDA, MADUREZ RELIGIOSA. ESPIRITUALIDAD LAICA

IV- LA EXPERIENCIA ESPIRITUAL y/o RELIGIOSA

1. Tal como lo estamos viendo, cuando hablamos de la dimensión más profunda del ser humano nos estamos refiriendo a una “experiencia” espiritual y/o religiosa.
Decimos “experiencia”, con sentimientos, emociones, vivencias, por medio de los cuales nos conectamos con algo que nos trasciende, no sólo en el tiempo (post mortem) sino en esta vida misma.
Se supone que en algún momento nos encontramos con esta “hierofanía” y sentimos lo sagrado como algo esencial en la vida, algo que le da sentido al hecho mismo de vivir, algo que está más allá de la cotidianidad rutinaria.
En teoría, participar de un rito religioso debiera ser esta experiencia, pero no siempre es así ya que muchas veces se viven los ritos como simple obligación, o algo de costumbre o vacío de sentido.
Esta experiencia puede vivirse como una “iluminación” que sentimos en el interior y que nos hace cambiar o tomar cierta decisión (perdonar, elegir tal rumbo en la vida, por ejemplo), o como un acontecimiento que nos sorprende y embarga de un sentimiento que lo sentimos trans-humano (como el embarazo largamente esperado, un amor profundo, un éxito inesperado, una curación inexplicable, etc.) o simplemente como un vivir en plenitud, sencillamente, amando y disfrutando…

Es el sentimiento de “asombro” ante la maravilla del cosmos y de nuestra vida, del cuerpo humano, del cerebro y de psiquis, del amor, del heroísmo por los otros, de una amistad incondicional, de una obra de arte o de una maravilla de la naturaleza.Lo “sagrado” está en la profundidad de la experiencia de la vida, no en rarezas o hechos milagrosos.El ser humano se transforma en su propia hierofanía. No mira afuera, arriba, más allá… sino dentro, aquí, ahora.

Estas experiencias, por lo tanto, son siempre sujetivas, válidas para el sujeto que las vive o la comunidad que las acepta o experimenta, pero no tienen valor universal ni científico.Por otra parte, los niveles de estas experiencias varían muchísimo de una persona a otra; desde alguien que contempla un huracán o un cielo estrellado, hasta el éxtasis de un artista o el sentimiento de quien se siente llamado a una misión importante o el darse cuenta que “se está viviendo”.. Y no siempre estas experiencias trascendentales para el sujeto desembocan en un encuentro con la divinidad.

Como bien lo expresa Damasio en “Neurobiología de la emoción y los sentimientos”:

“En primer, yo asimilo la idea de lo espiritual a una intensa experiencia de armonía, al sentido de que el organismo está funcionando con la mayor perfección posible. La experiencia se despliega en asociación con el deseo de actuar hacia los otros con amabilidad y generosidad.Así, tener una experiencia espiritual es poseer sentimientos sostenidos de un determinado tipo, dominados por alguna variante de alegría, por serena que sea.
El centro de gravedad de los sentimientos que denomino espirituales está localizado en una intersección de experiencias: la suma belleza es una de ellas.
La otra es la anticipación de acciones conducidas con “un temple de paz” y con “una preponderancia de afecciones de amor”, como dice W. James.

Concebido de esta manera, lo espiritual es un índice del esquema de organización que hay detrás de una vida que está bien equilibrada, bien templada y bien intencionada. Se podría aventurar que, quizá, lo espiritual sea una revelación parcial del impulso en marcha que hay tras la vida en algún estado de perfección.Si los sentimientos dan testimonio del estado del proceso vital, los sentimientos espirituales excavan bajo dicho testimonio, profundamente en la substancia de la vida.

Forman la base de una intuición del proceso de la vida. En segundo lugar, las experiencias espirituales son humanamente nutricias.
Creo que el filósofo Spinoza acertó de pleno en su visión de que la alegría y sus variantes conducen a una mayor perfección funcional. El saber científico actual en relación con la alegría apoya la idea de que debe buscarse de manera activa porque contribuye, efectivamente, a la prosperidad; del mismo modo que la aflicción y los afectos asociados deben evitarse porque son malsanos…

En tercer lugar, tenemos la capacidad de evocar experiencias espirituales.
La oración y los rituales, en el contexto de una narración religiosa, están destinados a producir experiencias espirituales, pero hay otras fuentes.

A veces se dice que la superficialidad y el mercantilismo de nuestra época han hecho que sea muy difícil alcanzar lo espiritual, como si los medios para inducir lo espiritual faltara o se hubieran hecho escasos. Creo que esto no es totalmente cierto.
Vivimos rodeados de estímulos capaces de evocar la espiritualidad, aunque su prominencia y efectividad se vean disminuidos por la barahúnda de nuestro ambiente y por la falta de marcos de referencia sistemáticos dentro de los cuales su acción pueda ser efectiva.

La contemplación de la naturaleza, la reflexión sobre los descubrimientos científicos y la experiencia del gran arte, pueden ser, en el contexto apropiado, efectivos estímulos emocionalmente competentes tras lo espiritual…

Es claro, sin embargo, que el tipo de experiencias espirituales a las que aludo, no son equivalentes a una religión.Carecen del armazón, como resultado de lo cual carecen también del alcance y la grandeza que atraen a tantos seres humanos a la religión organizada.Los ritos ceremoniales y la congregación compartida crean efectivamente gamas de experiencia espiritual diferentes de la de la variedad privada”.

Al describir su propio sentimiento religioso Einstein escribió que“un tal sentimiento toma la forma de una estupefacción extasiada ante la armonía de la ley natural, que revela una inteligencia de tal superioridad que, comparados con ella, todo el pensamiento y actuación sistemáticos de los seres humanos es un reflejo absolutamente insignificante” (The World as I see)

Como ya lo hemos expresado: Esta búsqueda de sentido y de armonía constituye el elemento “espiritual” y auténticamente religioso del hombre, que no incluye necesariamente y concientemente un Dios personal o una religión.La plenitud humana integra lo somático, lo psíquico y lo espiritual, no basta lo psicosomático.

Según Víctor Frankl y otros, la experiencia específicamente religiosa la pueden vivir todos los hombres y nace del “inconsciente religioso” que todos tendríamos. El ateísmo sería como un mecanismo de “negación” de Dios y de la experiencia religiosa.
Pero esto es muy discutible. Debemos aceptar la realidad del ateísmo o del agnosticismo, que son tan lógicos como el teísmo. En definitiva, se cree o no se cree, se puede tener la experiencia religiosa o no tenerla. Se puede encontrar un sentido de la vida desde la fe religiosa o sin ella.Y esto lo decimos desde el respeto a la sinceridad de quienes viven sin fe religiosa, pero con valores auténticos como el amor, la misericordia, la justicia, la lucha por la paz, etc.

Pareciera, pues, que lo importante no es creer o no creer en Dios, sino vivir una vida digna del ser humano, en el respeto de los otros y de su cultura y creencias, y en una actitud positiva cuyo centro es el amor, algo en lo que todos los seres humanos coinciden.

Como nos recordaba un antiguo profesor:  “Lo importante no es creer en Dios sino en qué Dios creemos”.
Si se cree en Dios, preguntarse “en qué Dios se cree”, si en el Dios del amor, de la justicia, de la libertad, del respeto y de la igualdad humana, o en el Dios de la represión, de los castigos y del miedo, de la intolerancia, de las conquistas y guerras santas…
Y entender que no hay un solo camino para llegar a Dios o a la experiencia religiosa, que tiene múltiples manifestaciones a lo largo de los tiempos y de los espacios.

Cada religión tiene el derecho de considerar “verdadera” su forma religiosa, pero “para esa cultura o esos creyentes”, respetando el mismo derecho a otras religiones y formas religiosas.Bien sintetiza todo esto el poeta español León Felipe cuando dice: “Nadie va a Dios por el mismo camino que voy yo” Al fin y al cabo, desde el punto de vista psíquico, toda verdad es sujetiva, y es la coherencia entre la vida con esas verdades, lo que les da validez.

El testimonio de la coherencia entre lo que se cree y lo que vive es lo único que convence… “Miren cómo se aman” decía la gente de los primeros cristianos…
El problema del cristianismo, por ejemplo, no radica en lo que predica sobre Jesús, sino en la práctica del mensaje cristiano, sintetizado en las Bienaventuranzas. La “verdad” no está en predicar el amor, la sinceridad, la libertad, la justicia y la paz, sino en vivir y practicar esos valores, y sobre todo practicarlos dentro de la institución.

2. Experiencia espiritual y Religión

Como toda experiencia humana, el sentimiento espiritual va tomando también formas sociales, se organiza en una comunidad religiosa, se inserta y continúa en la historia, tiene su organización, roles, actividades y jerarquía, su doctrina, normas y rituales, y así se transforma en lo que comúnmente llamamos “Religión” o Iglesias (en Occidente).
La religión así institucionalizada debería estar al servicio de la experiencia espiritual y no transformarse en fin de sí misma, pues siempre en el centro de toda experiencia religiosa está el Hombre, su Sentido, la Humanidad, y a su servicio debe estar la organización religiosa, tal como lo expresó el mismo Jesús horas antes de morir (“No vine para ser servido, sino para servir” Mt 20, 24-28).

Por eso, es evidente que la organización de la comunidad religiosa depende de los factores sociales, culturales de cada pueblo, y en el fondo, es una necesidad psicológica, porque la comunidad organizada contiene a las personas y les da ciertas garantías y confianza.
Hoy, especialmente entre los jóvenes, hay un fuerte cuestionamiento a la religión organizada con sus creencias y dogmas, sus autoridades, rituales y normativas.Pero, mientras se cuestiona a las organizaciones religiosas, surgen al mismo tiempo nuevas formas de “experiencias espirituales”, y nadie puede predecir cuál será el futuro de dichas experiencias espirituales o religiosas en los siglos futuros.

3. LA EXPERIENCIA ESPIRITUAL-RELIGIOSA Y EL SENTIDO DE LA VIDA

El hombre en su quehacer, en sus relaciones con los demás, a la hora de optar de decidirse y comprometerse necesita saber a qué atenerse, saber que todo lo que hace y todo lo que pasa es por algo, para algo que merece la pena; en una palabra el hombre necesita dar sentido a la vida.

¿Pero que entendemos por sentido a la vida?
La palabra “sentido” puede entenderse de dos maneras:– como sinónimo de dirección, de rumbo, de camino por el que se a de ir.– como sinónimo de significación, valor, valoración, meta o fin. Cuando hablamos del sentido de la vida, no nos referimos al sentido concreto, inmediato, particular de cada una de las acciones o reacciones consideradas aisladamente.

Nos referimos a un sentido global, totalizador que el hombre descubre como un marco en el cual integra toda su vida, de manera que se sienta satisfecho e integrado.
Esta integración consiste en que los deseos y frustraciones, las aspiraciones y las decisiones, compromisos y opciones, en una palabra todos los componentes de la múltiple y diversa actividad de la vida quedan polarizados, finalizados y reducidos a una finalidad ultima trascendente.

Diversas posturas ante el sentido e la vida:
a) La vida humana carece de sentido: el hombre se concibe así mismo como pura libertad, como ser a realizarse pero encerrado en los límites de la condición finita del ser humano, cuya última frontera es la muerte.
Representantes de esta corriente: Albert Camus, Jean Paul Sartre.

b) La vida tiene únicamente un sentido inmediato: siempre han existido personas que han encarado la vida día a día sin otras preocupaciones que lo inmediato; es una actitud definible como “comamos y bebamos que mañana moriremos”.
La actual situación de crisis general y profunda, la falta de unos horizontes claros, etc. son factores que han contribuido a que la actitud que comentamos se generalice especialmente entre la juventud. Si consideramos al hombre como ser lanzado hacia el futuro podremos calificar de patológica o enfermiza la actitud que hemos descrito e igualmente los mecanismos sociales que la generan.

c) El sentido de la vida consiste en el tener.
Durante muchos siglos las posibilidades de las personas de poseer objetos han sido mínimas. La llamada sociedad de consumo ha traído por vez primera la posibilidad de adquirir bienes, dinero y propiedades y las ha puesto al alcance de un gran número de personas, fomentando una mentalidad consumista según la cual la calidad de la persona viene determinada por lo que posee.

d) El sentido de la vida es una existencia honrada.
Para muchos este sentido de la vida se reduce a un trabajo realizado con eficacia, a una vida sin excesos, a una familia en al que los hijos lleguen a ser más de lo que fue su padre y algunos amigos. Este ideal que se podría calificar de pequeño burgués esta ligado al capitalismo y su noción de bienestar, tolerancia e individualismo.

e) El sentido en una vida de valores: para todos, a fin de cuentas, la vida tiene sentido si se la vive conforme a valores que están más allá de uno mismo, como el amor, la solidaridad, la justicia, la paz, etc. Algo por lo que valga la pena vivir y aún morir.

La religión y el sentido de la vida:
La pregunta por el sentido de la vida recibe también una respuesta de la religión. Precisamente la experiencia de lo trascendente en que consiste la experiencia religiosa trae consigo una repuesta a los grandes interrogantes que el hombre se ha planteado desde siempre.¿De dónde venimos?, ¿a dónde vamos? ¿Qué hacemos en este mundo?

a) La trascendencia.

La respuesta que la religión aporta a estas grandes cuestiones puede resumirse en la palabra trascendencia. No es este un concepto puramente religioso por que quien escribe un libro, planta un árbol, o tiene un hijo experimenta en cierto sentido lo trascendente en la permanencia de sus obras o en su influencia bienhechora más allá de su muerte.

El marxismo ha usado también la palabra trascendencia para caracterizar la experiencia del que al dar la vida por un futuro mejor rompe los límites estrechos de su existencia individual.

Pero en la religión la “trascendencia” parece adquirir un sentido más pleno y totalizador.
En ella la totalidad de la vida humana, individual y colectiva encuentra su culminación y ello en un doble sentido:

– Por un lado, el creyente sabe que toda realidad, todo acontecimiento, el tiempo y el espacio están anunciando en esta vida el absoluto que habita en ellos. Si en un aspecto la religión muestra las realidades como relativas, no por ellos las desvaloriza. La vida es epifanía o manifestación de lo sagrado o trascendente.

– Por otro lado, el hombre religioso también espera “en otra vida”, en un cielo nuevo y una tierra nueva en que incluso los aspectos negativos de la vida sean recuperados. Aunque sin desvelar radicalmente su misterio, la religión está en condiciones de encontrarle un sentido total a la vida.
El creyente experimenta lo religioso como lo que orienta a todo el hombre y para el hombre, pero nunca sin el hombre. No anulándose ni mermando su capacidad sino afianzando su libre elección.

b) La religión busca dar sentido a la vida

Podemos afirmar que el hombre religioso vive en relación personal con un “mas allá de si mismo”, hacia lo cual tiende y se orienta.
Ese más allá generalmente se lo considera como algo personal y absoluto, con el que está íntimamente relacionado.

Busca, pues, la armonía con todo el universo, con la humanidad, consigo mismo, pues todo es manifestación de un ser divino.
La experiencia religiosa  aparece como una forma de vivir que desarrolla el ser humano cuando ha recorrido su existencia como don, tarea y despliegue ante alguien que no viene a suplantar nada de lo humano, ni a entrar en pequeños detalles, sino a iluminar todo colocándolo en una auténtica perspectiva.

La religión tiende a esclarecer el sentido de todo lo que existe y acontece, a iluminar el quehacer mismo del hombre, a proponer un destino existente pero desconocido, que al descubrirse libera y tiende también a dar cohesión al conjunto de la existencia humana procurando una orientación.

Pero siempre este recorrido de la experiencia religiosa transita por la búsqueda y la duda.
En la religión no hay certezas, hay esperanzas; no hay lógicas racionales, hay sentimientos.No hay argumentos para afirmar esto o aquello, hay experiencias personales, sujetivas, amasadas de emociones, de una forma de mirar la vida.Hoy el abanico de las experiencias religiosas se ha abierto y ha traspasado las formas institucionales de las religiones organizadas, y también se ha separado. 

V- LA MADUREZ RELIGIOSA Y ESPIRITUAL

Finalicemos señalando elementos de una maduración de la fe religiosa, de la religiosidad en sus muchas formas y de la espiritualidad. Nunca hay que olvidar que el ser humano es una unidad bio-síquica-social- espiritual, y que la madurez alude a la armonía de esas dimensiones.

a) El concepto de madurez religiosa constituye solo un punto ideal de referencia para las conductas religiosas y no una definición estática o punto de llegada identificable o el logro de la edad adulta.No se puede fijar con generalidad un momento cronológico o estado concreto en que se alcance la madurez.
No coincide con una edad concreta ni con una conducta determinada; es mas bien una situación del individuo que solo se alcanza cuando existe una verdadera armonía en su interior, que se dará si se domina libre y responsablemente sus instintos e inquietudes y proyecta toda su existencia hacia lo sublime y trascendente.

La conducta religiosa aparece como un esfuerzo para dar significado a la propia existencia, como una de las soluciones posibles a los interrogantes que se le presenta al hombre en las diversas etapas de la vida.

La madurez es un concepto de la psicología que a su vez lo ha tomado de las ciencias de la Naturaleza; partiendo de esta base caben tres acepciones del concepto:– el sentido de coherencia entre lo que se cree y lo que se practica, entre las capacidades poseídas y los frutos dados.– el sentido evolutivo: es el grado de desarrollo posible por un individuo que crece progresivamente hacia un ideal.
Se es maduro no por haber llegado hasta el término del camino sino por haber recorrido el espacio justo que se requería hasta el momento presente.
– el sentido ideal: es la meta máxima del desarrollo. Nunca se alcanza, se va realizando parcialmente en la propia existencia.

b) Religiosidad y Fe madura desde una perspectiva psicológica.

Autores varios coinciden en señalar que la religiosidad madura tiene ciertas notas psicológicas que podríamos sintetizar como sigue:

1. Una mirada unificadora de la vida.

Una persona madura sería aquella que tiene un conjunto de elementos afectivo-intelectivos que llevan a armonizar todos los datos que provienen del mundo exterior e interior en un todo armónico. La religión no es lo único que da este sentido unificador de la vida pero sí puede decirse que es la que ofrece la visión de la vida más comprehensiva y abarcante.

Una cosmovisión de este tipo ofrece orientación y sentido a la vida y, como dice Allport, incluye “todo lo que se experimenta y todo lo que va más allá de la experiencia… en una concepción unificadora de la naturaleza de toda existencia” (Mental health: a generic attitude Journal of Religion and Health)
Este sentido unificador está en crisis hoy porque muchas concepciones de la religión no coinciden con otras concepciones que llegan al sujeto desde las ciencias, los medios de comunicación, el estilo moderno de vida, etc. En muchos casos la religión, más que unificar y dar sentido al todo, se ha separado de la realidad cotidiana en una “burbuja” religiosa.

2. Fe con sentido crítico.

La religiosidad madura es aquella que sabe purificar y discriminar los motivos inmaduros, ya sean provenientes de la historia biográfica o las costumbres sociales, y mantiene la religiosidad y la experiencia religiosa en sus rasgos esenciales distintivos con criticidad y autoanálisis.
Dicha madurez religiosa es capaz de integrar la fe con el mundo de la ciencia y de las artes.Una fe madura no sólo es la que es capaz de integrar esos diversos aspectos sino también que es capaz de mantenerlos autónomos y diferenciados.

Allport ha sostenido además que, aunque el sentimiento o la experiencia religiosa haya surgido con motivos inmaduros, luego “ya no más guiado o estimulado exclusivamente por el impulso, el miedo o el deseo, tiende más bien a controlar y dirigir esos motivos hacia una meta que deja de ser determinada por los meros autointereses” (The individual and his religión)

Este sentido crítico abarca también la ética y sus normas a las que interioriza en forma autónoma, abandonando toda forma de infantilismo y dependencia externa.
El hombre de fe moderno debe aprender a mirar sus creencias, verdades y normas no como un dato absoluto sino como un punto de partida que necesita revisión constante, diálogo con los otros (creyentes o no), ensayo y error, tiempos de duda y de búsqueda.
Se abre al criterio de la tradición y de la autoridad, pero no con un sometimiento ciego, sino con una actitud crítica y racional que siempre busca la sinceridad de la conciencia y no el sometimiento servil.

3. Fe heurística.

Esto quiere decir que la auténtica fe funciona en el psiquismo humano con características parecidas a como funcionan las hipótesis en el conocimiento científico. Para Allport la fe es una arriesgada hipótesis que busca ser confirmada constantemente pero que siempre está abierta a la interrogación y a la búsqueda.
La religiosidad madura afirma ciertas creencias pero siempre buscando entender cada vez más y de forma más refinada nuevas preguntas, nuevas respuestas y nuevos desafíos.

Una fe madura sabe convivir con la ambigüedad y la paradoja, de la misma manera que un adulto maduro sabe vivir con la búsqueda de felicidad a través del amor, pero sabiendo que eso implica ambigüedad y paradoja. Una fe madura acepta que las contradicciones y las tensiones interiores son condición propia del ser humano y no pueden ser eliminadas. El creyente maduro no es precisamente aquel que ha encontrado la seguridad y el alivio.

4. Experiencia mística o espiritual.

Una fe madura implica un cierto nivel de experiencia de “lo Otro”, de lo trascendente al individuo, y que él percibe como no manipulable por sus deseos o proyectos. Una suerte de percepción que ilumina la vida, con un sentido de misterio que trasciende el tiempo, a la vez que da permanencia significativa en el tiempo.Como ha dicho Kao “el estado místico expresa el ideal del alma humana en búsqueda de armonía con el universo y con lo Ultimo” (Psychological and religious development: maturity and maturation).

5. Apertura del yo hacia más amplias perspectivas.

Es un movimiento de apertura del yo, de lo que son intereses egocéntricos o narcisistas, a perspectivas más amplias. Esto lleva al individuo con religiosidad madura a adoptar una ética y una teología personal, amplia y generosa.
La capacidad de respetar la dignidad de los otros y ser compasivo con el prójimo es otra característica fundamental de la madurez religiosa. Los grandes santos y místicos se distinguieron siempre por un espíritu generoso y compasivo con el sufrimiento ajeno.
La fe madura nada tiene que ver con el fanatismo ni con la imposición. Más importante que la ortodoxia de las ideas es la ortopraxis del amor.

6. Con una escala de valores.

El hombre maduro en su fe también posee una escala de valores en equilibrio, en que la vida emocional se estabiliza, donde la paz permite que los impactos que producen los acontecimientos sobre la vida emocional no alteren su equilibrio. Hasta los hechos más insignificantes se estiman desde una dimensión trascendente.
Una religiosidad madura produce en la experiencia del individuo un sentido lleno de alegría, entusiasmo o libertad interior y amistad universal que proviene de la convicción profunda de la presencia transformante del radicalmente Otro.
La admiración del universo, la necesidad de la relación unificante con el Todo, la serenidad y la paz interior, la convivencia fraterna con todos los seres humanos con un fuerte sentido de paz y justicia son características propias del hombre religiosamente maduro.Para los cristianos, Las Bienaventuranzas de Jesús expresan este conjunto de valores.

El objetivo de la Psicología de la Religión es, por tanto, prescindiendo metodológicamente de la verdad religiosa y de la existencia de Dios, analizar el fenómeno religioso (mitos, ritos, sabiduría de vida) desde la psicología, como una conducta humana inmersa en una cultura determinada.

No se trata de defender a la religión ni de atacarla, sino de entenderla como un fenómeno humano con un lenguaje particular, en una determinada cultura y contexto histórico.Por lo tanto, busca la maduración de la fe en consonancia con la madurez humana, de tal forma que si el hombre vive una experiencia religiosa, la viva con madurez y autenticidad, despojado de formas infantiles (falta de autonomía y libertad, por ejemplo), mágicas o degradantes (autoritarismo, castigos, represión…).

Y la tarea de la educación espiritual  o religiosa es lograr, a través de los años de formación, un nivel óptimo de coherencia y madurez, de crecimiento en los valores hoy asumidos por nuestra sociedad como el diálogo, la reflexión, la decisión libre, la ética autónoma, la empatía y el amor, la generosidad y el espíritu conciliatorio.
Se trata, como ya lo hemos señalado, de darle sentido a cada etapa de la vida y a toda la vida en su totalidad, un sentido que necesariamente nace y reproduce un sentimiento de alegría, de gozo y felicidad.Nuevamente recomiendo al lector remitirse a nuestra sección de Ética de la página web, íntimamente relacionada con lo que vamos diciendo en este artículo.

d) Elementos de Inmadurez Religiosa: señalamos algunos que prácticamente son consecuencias de todo lo ya dicho:

1. Pensamiento y ritos mágicos, devociones mágicas. Es la búsqueda del poder y del beneficio divinos en provecho propio, con el mínimo de esfuerzos, en una religión interesada en un Dios al servicio del capricho humano. Una religión que manipula a Dios y lo sagrado para convenienciasy necesidades personales o grupales. Una religiosidad externa que no realiza un cambio profundo del individuo, o puramente tradicional y por costumbre.

2. El autoritarismo y dogmatismo en las estructuras religiosas que fomentan el poder absoluto en unos y la dependencia y el infantilismo en otros.
También formas de Paternalismo que impiden crecer, dialogar, tomar decisiones y actuar con plena libertad y responsabilidad.
La vida religiosa no debe estar reñida con la democracia, ni con el diálogo, ni con la razón, con la duda y con la búsqueda.En este terreno hay mucho que hacer cuando las creencias, normas éticas y rituales son impuestos “desde arriba” y se mantiene a la feligresía en total actitud infantil y de sometimiento.

3. Formas de Heteronomía con leyes y normas exteriores que no son “interiorizadas” con criterio y autonomía personal…Por tanto, manipulación de las conciencias con miedos, amenazas, premios y castigos, y falta de madurez ética de la conciencia.Y manipulación de Dios a quien se le atribuyen sin más las decisiones humanas.

4. Todo ello dependiente de una imagen de Dios, autoritario, como rey absoluto, controlador, hacedor omnipotente, juez y castigador severo.Se contrapone con el Dios del amor, de la misericordia, de la libertad y de otros valores evangélicos.

5. En cuanto a los contenidos religiosos, está el Dogmatismo que exige una aceptación infantil y falta de crítica, una aceptación ciega de dogmas y creencias carentes de sentido para el hombre de hoy.

También una lectura Fundamentalista de los textos sagrados, literal y cerrada, sin tener en cuenta el género literario, los aportes de la historia, el marco cultural de las ideas, etc. Se toma cada frase separada de su contexto y con valor absoluto, y a menudo como argumentos contra otras creencias. Símbolos y mitos son interpretados en forma realista y material…

6. Dentro del cristianismo aún existen formas de desvalorización del cuerpo y de la sexualidad, dualismo de cuerpo y espíritu, falta de una mirada positiva del placer y de la relación sexual, etc. 7. Visión masculina o machista de Dios y de lo religioso con la correspondiente desvalorización de lo femenino y de la mujer.

8. En la práctica religiosa; formalismo, cultualismo (el culto por el culto), simple cumplimiento de normas y ritos, etc.

9. Religión que no se ha liberado de sentimientos negativos como miedos, culpabilidad excesiva, escrupulosidad, temor a la autoridad religiosa, sometimiento y servilismo.

En fin, que si buscamos una educación integral y madura, armónica y coherente, todo lo que atente contra estos aspectos, revela una religiosidad que deja mucho que desear.
Y lo lamentable es que las propias instituciones religiosas (iglesias, escuelas) mantienen estructuras que no sólo violan algunos de los derechos fundamentales del ser humano (igualdad, democracia, diálogo, libertad de pensamiento y de expresión) sino los mismos principios bíblicos y evangélicos que aluden a la autoridad como un servicio a los hermanos, a una comunidad abierta a los más débiles y vulnerables, a los principios de la sinceridad, del amor y de la lucha por la justicia y la paz.

V- HACIA UNA ESPIRITUALIDAD LAICA  (no religiosa)

Hoy se prefiere hablar de experiencias “espirituales” (no necesariamente religiosas) que consisten en una búsqueda en lo profundo de uno mismo, de una manera de vivir en armonía consigo mismo y con los otros, con la naturaleza y con el cosmos.
Experiencias espirituales que dan gozo, alegría, felicidad, armonía, equilibrio, pero en las que Dios permanece en silencio y oculto.Los seres humanos han aprendido que su tarea no es ocuparse de Dios sino de ellos mismos, y que si lo hacen… por allí puede andar Dios.

Ya no se quiere imaginar a Dios, porque imaginándolo, siempre se lo traiciona.Mejor es moldearnos en la unidad interior y en el amor, en el asombro y en la búsqueda.
Y en ese sentimiento profundo de ser y estar, de crecer e integrarse a la energía del Universo, energía que también a nosotros nos dio y nos da vida, en ese Sentimiento descubrimos lo más profundo que hay en nosotros.
Y a eso “profundo”, a ese nivel máximo de sentir la vida, a ese gozo y asombro supremo, lo llamamos “experiencia espiritual”. Y es una experiencia única de cada ser humano.La espiritualidad como un sentido de totalidad de uno mismo, de la humanidad, del cosmos. Somos un todo vivo y orgánico en constante crecimiento.El tiempo dirá por qué caminos transitará la espiritualidad o religiosidad en este nuevo siglo.

Elementos para una Formación Laical  del espíritu

Tradicionalmente la formación espiritual o espiritualidad estuvo íntimamente ligada a lo religioso.
Si aún cuesta entender que hay una ética puramente humana y laical, mucho más cuesta entender que la espiritualidad sea una dimensión humana que no tiene necesariamente connotaciones religiosas, aunque puede tenerla.

El problema educativo es que en la mayoría de las escuelas no se hace educación ética y mucho menos se tiene idea de la necesidad de una educación del “espíritu humano” en su máxima dimensión. Por eso es importante que aclaremos, en primer lugar, los términos que utilizamos.

Concepto de espíritu y de espiritualidad

Tradicionalmente la palabra espíritu o espiritual alude a lo opuesto a lo corporal y material, a una dimensión fuera o más allá de este mundo, espíritu cuya máxima expresión es Dios o alguna divinidad o ser totalmente espiritual (el “alma”, por ejemplo).
Y por lo mismo, espiritualidad es casi sinónimo de religiosidad, de dedicación a la “vida religiosa” separada de lo mundano, en un clima de actos de culto, oración y vigilancia sobre instintos y sentimientos o abstención de la sexualidad.

Pero hoy muchos entendemos que en realidad “el espíritu” no está opuesto a lo corporal, sino que representala esencia más profunda del ser humano, sabiendo además que hablamos de un ser humano integral que armoniza todos sus componentes, siendo el espíritu como la expresión o energía más profunda del ser.

Por lo tanto la espiritualidad es ante que nada una experiencia que consiste en grandes sentimientos que impulsan  una búsqueda en lo más profundo y absoluto de uno mismo, de una manera de vivir en armonía consigo mismo y con los otros, con la naturaleza y con el cosmos.

Experiencia de moldearnos en la unidad interior y en el amor, en el asombro y en la búsqueda.
Y en ese sentimiento profundo de ser y estar, de crecer e integrarse a la energía del Universo, energía que también a nosotros nos dio y nos da vida, en ese Sentimiento descubrimos lo más profundo que hay en nosotros.

Y a eso “profundo”, a ese nivel máximo de sentir la vida, a ese gozo y asombro supremo, lo llamamos “experiencia espiritual”.
Y es una experiencia única de cada ser humano.

La espiritualidad sería la dimensión máxima del vivir humano, su forma más exquisita y total, y reflejaría el sentido total de la vida, de la vida real aquí y en este espacio cósmico.
Por eso hay autores como Corbí que hablan de la “calidad humana” en su máxima expresión, evitando el uso de la palabra espiritualidad que puede resultar confuso y que en realidad en nuestra cultura lo es.

Como bien lo explica el teólogo Leonardo Boff
“el espíritu no es una sustancia, sino el modo de ser propio del ser humano, cuya esencia es la libertad. Seguramente somos seres de libertad porque plasmamos la vida y el mundo, pero el espíritu no es exclusivo del ser humano ni puede ser desconectado del proceso evolutivo.
Pertenece al cuadro cosmológico.
Es la expresión más alta de la vida, sustentada a su vez por el resto del universo. La concepción contemporánea, fruto de la nueva cosmología, dice: el espíritu posee la misma antigüedad que el universo.

Antes de estar en nosotros está en el cosmos. Espíritu es la capacidad de inter-relación que todas las cosas guardan entre sí. Forma urdimbres relacionales cada vez más complejas, generando unidades siempre más altas.
La diferencia entre el espíritu de la montaña y el del ser humano no es de principio sino de grado.
El principio funciona en ambos, pero de forma diferente.
La singularidad del espíritu humano es ser reflexivo y autoconsciente”.
El espíritu, por tanto, es la esencia misma del cosmos y especialmente de la vida donde se manifiesta en toda su riqueza, llegando en el hombre a ser conciencia y libertad”.

Para el teólogo y sociólogo  Amando Robles
“si la espiritualidad es la realización más grande y total a la que podemos aspirar como seres humanos, entonces como seres humanos queremos ser espirituales, queremos para nosotros tal tipo de realización…
La espiritualidad es la experiencia de lo absoluto que es todo, el universo entero, los otros y nosotros, hecha desde el absoluto de nuestro ser. Tan absoluto que nada queda por fuera, que no hay ni fuera ni adentro, interior ni exterior, sujeto ni objeto, necesidad ni deseo …
En fin, es una transformación total de nuestro sentir y pensar la realidad y, por tanto, de la realidad misma. Es un percibirla, sentirla, pensarla y vivirla como en sí misma es…

En el fondo, es una realidad humana, no especial ni especializada, laical, no religiosa.
Nada sobrenatural, sagrada o divina. Porque no son los referentes religiosos los que la hacen última, plena y total, sino la calidad humana” (Espiritualidad: el nuevo desafío)

“Todo parece indicar que la religiosidad actual sólo podrá articularse sobre la subjetividad misma sin ningún interés, sobre la conciencia pura y desnuda…
En esta nueva religiosidad no hay verdades en las que creer, dogmas que acatar, mandamientos que cumplir, ritos o sacramentos por los que obligatoriamente pasar, jerarquías a las que obedecer. Sólo hay verdades que comprender para realizar y experimentar.

El objetivo no es la salvación sino la plena realización de uno mismo. No se necesita, pues, de mediadores. Hay testigos y maestros que realizaron la experiencia antes que uno y tienen mucho que enseñar, pero la realización del camino tiene que ser obra de uno mismo; nadie puede recorrerlo por otro.
La nueva religiosidad o espiritualidad no es sumisión, no es obediencia, no es cumplimiento de normas morales, es descubrimiento y realización de la maravilla y totalidad que somos; la misma maravilla que es todo. No es religión y, sin embargo, es la espiritualidad más grande que pueda lograrse” (J. Amando Robles, “La religión ante la cultura actual”)

Para el teólogo José María Vigil
“«espiritualidad» es esa dimensión profunda del ser humano, que, en medio incluso de la corporalidad y la materialidad, transciende las dimensiones más superficiales y constituye el corazón de una vida humana con sentido, con pasión, con veneración de la realidad y de la Realidad: con Espíritu… No es nada contrapuesto al cuerpo ni a la materia, ni a la vida corporal, sino lo que los inhabita y les da fuerza, vida, sentido, pasión.

La realización plena del ser humano, su apertura a la naturaleza, a la sociedad, a la contemplación del misterio… su realización espiritual, en una palabra, es una realidad plenamente humana y plenamente natural, y absolutamente ligada a todo ser humano.
No hace falta ser «religioso» para atender a la propia realización espiritual, ni hace falta pertenecer a una determinada religión. Basta ser un ser humano íntegro y reivindicar la plenitud de las propias posibilidades humanas.

La espiritualidad es pues una cuestión netamente laica. La espiritualidad está tan identificada con el mismo ser profundo de la persona, que espiritualidad viene a ser la calidad humana.
Y cultivar la espiritualidad será lo mismo que cultivar la calidad humana.
Marià Corbí llega a formular el núcleo de todo método de cultivo de la espiritualidad como IDS: interés, desapego y silenciamiento, una formulación liberada de toda connotación «religiosa»
(En “La coyuntura actual de la espiritualidad” ).

Que la espiritualidad es una característica del ser humano lo afirma el bioneurólogo Antonio Damasio en “Neurobiología de la emoción y los sentimientos”:

“En primer lugar, yo asimilo la idea de lo espiritual a una intensa experiencia de armonía, al sentido de que el organismo está funcionando con la mayor perfección posible.
La experiencia se despliega en asociación con el deseo de actuar hacia los otros con amabilidad y generosidad.
Concebido de esta manera, lo espiritual es un índice del esquema de organización que hay detrás de una vida que está bien equilibrada, bien templada y bien intencionada.
Se podría aventurar que, quizá, lo espiritual sea una revelación parcial del impulso en marcha que hay tras la vida en algún estado de perfección. Si los sentimientos dan testimonio del estado del proceso vital, los sentimientos espirituales excavan bajo dicho testimonio, profundamente en la substancia de la vida. Forman la base de una intuición del proceso de la vida.

En segundo lugar, las experiencias espirituales son humanamente nutricias. Creo que el filósofo Spinoza acertó de pleno en su visión de que la alegría y sus variantes conducen a una mayor perfección funcional…

En tercer lugar, tenemos la capacidad de evocar experiencias espirituales. La oración y los rituales, en el contexto de una narración religiosa, están destinados a producir experiencias espirituales, pero hay otras fuentes.
A veces se dice que la superficialidad y el mercantilismo de nuestra época han hecho que sea muy difícil alcanzar lo espiritual, como si los medios para inducir lo espiritual faltara o se hubieran hecho escasos. Creo que esto no es totalmente cierto. Vivimos rodeados de estímulos capaces de evocar la espiritualidad, aunque su prominencia y efectividad se vean disminuídos por la barahúnda de nuestro ambiente y por la falta de marcos de referencia sistemáticos dentro de los cuales su acción pueda ser efectiva.

La contemplación de la naturaleza, la reflexión sobre los descubrimientos científicos y la experiencia del gran arte, pueden ser, en el contexto apropiado, efectivos estímulos emocionalmente competentes tras lo espiritual…Es claro, sin embargo, que el tipo de experiencias espirituales a las que aludo, no son equivalentes a una religión”.

Por su parte, el biólogo chileno Humberto Maturana nos dice:

El fenómeno espiritual es un estado de conciencia, un modo de vivir una cierta dinámica de relación más o menos abarcadora de las distintas dimensiones del vivir humano.
Una experiencia de esa clase tiene consecuencias en todas las dimensiones del hacer y del relacionarse, y por esto es transformadora. Esta clase de experiencias nos pasan, y es bueno vivirlas en su legitimidad.

Otra cosa es explicarlas. Las experiencias espirituales son frecuentes y de distinta magnitud, y por sí mismas unen, no separan a los seres humanos. Las explicaciones constituyen la fuente de disensión y disputa en relación a lo espiritual pues es en el explicar donde surgen las ideologías con la apropiación de la verdad explicativa.

Y es en relación con la explicación que yo digo que la biología es fundamental por dos razones: primero, porque permite hacerlo desligándonos de cualquier ideología al llevarnos a mirar los fenómenos que dan origen a tal experiencia sin contenerla ni negarla; y segundo, porque en la medida que nos libera de lo ideológico no nos hace poseedores de la verdad y no nos lleva a contradicción en nuestro vivir en la biología del amor al permitirnos vivirlas sin exigencias hacia los otros.

¿Qué diferencia hay entre el ser religioso y el ser místico o espiritual?

Lo místico o espiritual corresponde a un estado de conciencia, lo religioso a un modo de vivir en comunidad.
La experiencia mística o espiritual es una experiencia de pertenencia en un ámbito más amplio que el personal. Con la experiencia mística se vive la unidad con otros seres, sin preguntas ni exigencias, simplemente como un hecho.

Lo religioso, en cambio, aparece con el establecimiento de un borde de legitimidad y exclusión para un cierto dominio de experiencias que tienen su origen en una experiencia mística.
La religión surge con la apropiación de una explicación particular de una experiencia mística, y con su transformación en un dominio de exigencias y de exclusión.

Todas las religiones surgen así, y una de las grandes fuentes de sufrimiento humano resulta de la confusión de lo místico o lo espiritual con lo religioso.
La experiencia mística es intransferible y no puede ser esgrimida como verdad… cuando eso pasa, surge la religión. El relato de una experiencia mística seduce e invita, una afirmación religiosa exige y ordena” (El sentido de lo humano).

– Resumen de ideas de M. Corbí en “Hacia una espiritualidad laica, sin creencias, sin religiones, sin dioses”

“Tendremos que aprender a comprender, experimentar y cultivar la dimensión absoluta de nuestro existir y de nuestra experiencia de lo real, pero sin formas religiosas. Este cambio suscitará, sin duda, repercusiones en nuestras formaciones culturales, sociales, políticas, pero ya no habrá la pretensión de la imposición de alguna forma en específico. Habrá posibilidades, más no cárceles exclusivistas.

Hacia allá vamos, aunque todavía estamos en la transición. Podremos usar todas las riquezas de la sabiduríadel pasado religioso de la humanidad, no sólo podremos sino que es imperativo hacerlo, pero sólo lo haremos como formas simbólicas.
Eso quiere decir que los textos sagrados -por ejemplo- no serán ya revelaciones sino maneras de describir lo que está más allá de toda forma, de todo sistema de interpretación y valoración, en otras palabras, serán narraciones sobre la dimensión absoluta de la realidad.
Son interpretaciones que nos proveen de procedimientos y métodos para facilitar el silenciamiento de nuestra condición de ser vivientes necesitados. Nada más.
Esa sabiduría religiosa será una orientación para liberarse de la sumisión a las formas. Un camino para ir más allá. Ya no habrá creencias, sino indagaciones, no habrá sumisión sino libertad. Las creencias en tanto sumisión a las formas ya no serán posibles.

Las actuales sociedades de conocimiento viven, se desarrollan y prosperan creando y consumiendo un bien sutil: el conocimiento. Necesitan aprender continuamente, por eso se ven empujados a innovar, a adaptarse a nuevos problemas, perspectivas y soluciones en todos los campos.
Además tienen que hacerlo deprisa. Todo cambia muy rápido porque creamos y consumimos conocimiento, de allí que tengamos que vivir apoyados en las certezas que nosotros mismos creamos, y éstas se mueven y cambian rápido.
Dependemos del flujo de información, 100%, y esa información la creamos nosotros no la crean ni los dioses ni las religiones, ni siquiera las ciencias como tal.

Esto nos ha llevado a una modificación de la idea de certeza, somos dependientes ahora de las motivaciones y convencimientos que nosotros mismos construimos, además somos conscientes totalmente de eso.  Son certezas de creación no certezas de revelación ni certezas de descubrimiento.
Somos sociedades más libres, creadoras de diversidad. La homogeneidad es sumisión, la creación conduce a la diversidad.
Estamos más conscientes de que lo que creamos no siempre va en un sentido positivo, no hay garantías que vengan de afuera, no hay un Dios ni una naturaleza de las cosas, no hay una verdad inamovible.
Ni siquiera la ciencia la tiene, como antes nos ofrecía. Las ciencias son incapaces de decirnos cómo tenemos que vivir, no nos proporcionan ningún proyecto de vida.

De allí que está en nuestras manos construir postulados axiológicos (de valores) mediante los cuales podamos construir proyectos individuales, sociales, nacionales, mundiales.
Las ciencias podrán darnos la información y las tecnologías para llevar a cabo esos proyectos, pero no pueden hacer más nada por nosotros. La autonomía excluye a la sacralidad. Los dioses han abandonado a su suerte a las nuevas sociedades mixtas. Eso explica porque somos buscadores.

Hemos perdido los sistemas absolutos de referencia, los sagrados, los naturales, los científicos. No hay más criterio de guía que nuestra propia sabiduría. Esta radicalidad de la situación nos obliga a una nueva y fundamental necesidad: la necesidad de calidad para las personas y los grupos. Una vida digna.
La iniciación a la experiencia de la dimensión absoluta del vivir tendrá que emanciparse de los sistemas fijos de creencias, valores y comportamientos, asimismo deberá impartirse en contextos fluidos de innovación y libre indagación. Eso es lo que les debemos a nuestros hijos: una profunda y cultivada espiritualidad laica.

A falta de un mejor nombre hemos llamado espiritualidad a esa iniciación y cultivo de la dimensión absoluta de la realidad.
Cuando nos acercamos a las tradiciones religiosas, a las enseñanzas de sus maestros, podemos comprender que todas, sin excepción, son de una sencillez única que nos dice: tenemos un doble acceso a la realidad, uno en función de nuestras necesidades y otro absoluto.
La invitación que nos hacen estas enseñanzas se aleja del uso que se ha hecho de ellas hasta hoy. Cero sumisión. Simplemente nos invitan a verificar, a experimentar por nosotros mismos.

Hemos presenciado un resurgir sin precedente del interés por lo espiritual, mejor dicho, un interés por la dimensión profunda y absoluta de la existencia, que generalmente está muy ausente en nuestra vida cotidiana.
La que muere no es la posibilidad de vivir esa experiencia absoluta de la realidad, sino una manera cultural, venerable, dogmática, milenaria de hacerlo.

Por ende, la importancia de las religiones no está en “a dónde nos conducen”, tampoco en “los modos de pensar y sentir con los que nos conducen”, porque esas formas de pensar y sentir cambian al cambiar las culturas.
Su importancia no son las concepciones, los sistemas de valores en que se expresan, los sistemas míticos de representación, esas son cosas relativas. Lo fundamental es aquello que no depende de factores relativos, aunque sólo sea accesible y expresable con modos relativos. Se trata de la experiencia absoluta de la realidad.

En estos nuevos escenarios podemos y debemos aprender de los grandes maestros y las grandes escuelas de sabiduría sin tener que volvernos religiosos. Es hora de discernir y no abandonar con las religiones toda la riqueza y sabiduría que en ellas se produjo. Aprender a discernir entre quiénes, en las grandes tradiciones religiosas, son maestros del espíritu y quiénes son maestros de las creencias, de las ortodoxias, de esas cárceles.

¿En qué consiste el camino que nos muestran los verdaderos grandes maestros del espíritu?
Consiste en un cambio de actitud. Pasar de leer, ponderar y tratar la realidad desde la necesidad propia de un viviente necesitado a leerla, ponderarla y tratarla desde el silencio de la necesidad.

Esto es lo más bello que dice Corbí: En ese silencio se presenta “lo que es”, no lo que el viviente necesitado precisar ver”
Ese conocimiento que proviene del acceso a la realidad absoluta está libre de intereses, es gratuito, no como la relación que tenemos con la realidad relativa donde hay amor con interés egocéntrico, es decir, basado en el sujeto lleno de necesidades.
No dejamos de ser vivientes necesitados lo que experimentamos la realidad absoluta, eso es MUY importante: seguimos siendo sujetos que necesitan asegurar su supervivencia (un ser vivo más).

O sea, agrego, vivir, sentir y conocer no desde “lo que necesito, desde un premio o un castigo, desde el beneficio” sino vivir, conocer, sentir gratuitamente.
Abrirnos a la realidad absoluta, a lo más profundo del ser respirando el simple y puro goce de vivir y de sentir la plenitud del Se en nosotros.. Ser “nosotros mismos” no por un mandato o un premio, sino como la única forma digna de vivir.

Características de la espiritualidad humana-laica

La espiritualidad como máxima dimensión de la vida humana tiene varias características, algunas ya expresadas en los conceptos anteriores. Aunque ella aparece como muy ligada a la Ética, sería como la quintaesencia de la vida y de la ética. Señalamos las características que diversos autores indican:

1. Conciencia y reflexión.

Se trata de vivir no solamente “a conciencia” en el sentido ético sino “con conciencia” de todo lo que implica ser una persona humana: conciencia de lo que somos, de donde venimos, de nuestra relación íntima con el cosmos, de nuestra pertenencia a la familia biológica de plantas y animales, de nuestro ser social, de nuestra responsabilidad en este planeta, de nuestros derechos a desarrollarnos plenamente, de nuestras cualidades y potencialidades.
Sentir que somos “la conciencia del universo”, los que le damos forma, color y sonido.

La reflexión y meditación es la gran capacidad humana que nos distingue de otros seres y que constituye una cualidad esencial de nuestro espíritu. Reflexión como tarea propia y creativa de cada uno, reflexión activa y no solamente receptiva de las reflexiones y enunciados de los otros.
Reflexión crítica y constructiva que nos da identidad, que nos lleva a sentir y pensar lo que somos y a sentir y hacer lo que pensamos.
Se comprende, entonces, qué hermosa tarea tiene la escuela en este proceso de generar conciencia a través de la reflexión creativa.

2. Libertad.

– Es la otra gran cualidad del espíritu humano. Una libertad total desde uno mismo con capacidad de sentir libremente lo que sentimos, pensar y expresarnos libremente, y actuar en coherencia eligiendo los medios para alcanzar nuestros fines y objetivos, sin dañar a los otros..
Una libertad orientada a la vida, a la propia salud y bienestar y al bienestar de los otros seres humanos.
Libertad por medio de la cual nos construimos a nosotros mismos y elegimos nuestro destino histórico.
Hasta tanto no nos sintamos plenamente libres para vivir en armonía con nosotros y con nuestros semejantes no podemos decir que vivimos la esencia del espíritu humano.

Es evidente que en nuestra educación hemos descuidado este aspecto fundamental del espíritu humano, y nada digamos en el plano social y político con su tendencia constante a dominar a los otros y cercenar sus libertades, tanto en el pensar como en el expresarse.
Educación, política y religión de “pensamiento único”, de ideologías dominantes y de dogmas preestablecidos.

– La libertad del espíritu es también liberación de todas aquellas condiciones que oprimen al ser humano y que bien detalla Juan José Tamayo en “Espiritualidad y respeto a la diversidad”:

. la liberación de nuestra riqueza y bienestar sobreabundantes y la opción por una cultura del compartir;
. la liberación de nuestro consumo, en el que terminamos por consumirnos a nosotros mismos, y la opción por la austeridad;
. la liberación de nuestra prepotencia, que nos hace fuertes ante los demás, pero impotentes ante nosotros mismos, y la opción por la virtud que se afirma en la debilidad;
. la liberación de nuestro dominio sobre los otros, a quienes tratamos como objetivos de uso y disfrute, y sobre la naturaleza, de quienes nos apropiamos como si se tratara de un bien sin dueño, y la opción por unas relaciones simétricas y no opresivas;
. la liberación de nuestra apatía ante el dolor humano, y la opción por la misericordia con las personas que sufren;
. la liberación de nuestra supuesta inocencia ética, de nuestra falsa neutralidad política y de nuestra tendencia a lavarnos las manos ante los problemas del mundo, y la opción por el compromiso en la vida política, en los movimientos sociales y en las organizaciones no gubernamentales;
. la liberación de nuestra mentalidad patriarcal y machista, y la opción por la igualdad, no clónica, de hombres y mujeres.
. la liberación de todo poder opresor y
. la liberación de nuestra tendencia excluyente, y la opción por un mundo donde quepamos todos y todas.
. la liberación de espiritualismos evasivos y la opción por la “santidad política”, como reclamara Dietrich Bonhoeffer en sus cartas desde la prisión.

. la opción por las virtudes que no tienen que ver con el dominio, como son: la amistad, el diálogo, la convivencia, el goce de la vida, el disfrute, la gratuidad, la solidaridad, la compasión, la proximidad, el d desasimiento, la contemplación, en una palabra, la fraternidad”

Mucho se ha hablado en otras décadas de la “educación liberadora”. Es hora de volver a ese concepto y de ponerlo en práctica. Lo mismo dígase de la “teología de la liberación” que fue una primavera de espiritualidad especialmente en América Latina.

3. Aceptación de la condición humana y vivencia plena de todos sus componentes

El espíritu humano, conciente y libre, no solo renuncia a toda dependencia que lo infantiliza sino que acepta maduramente esta condición humana, que es la única condición humana que tenemos en este universo, en esta tierra y en esta vida.

El espíritu no se evade ni se escapa de esta condición, que si tiene elementos satisfactorios, también supone luchar ante tantas contrariedades, fracasar muchas veces, enfermarse física o psíquicamente, sufrir persecuciones, guerras opresivas o catástrofes naturales, en fin enfrentar un día a la muerte.
El espíritu humano frente a las contrariedades no lo busca a Dios como culpable, como se hace generalmente, ni reniega de su condición humana sino que asume esta vida tal cual es y con todos sus riesgos.
Grandes personajes “espirituales” de la historia han dado testimonio de esta característica del espíritu humano que no se doblega ante las contrariedades ni pierde la esperanza y la dignidad aún en situaciones extremas de sufrimiento.

Por eso, desde el nivel positivo, vivir la profundidad del espíritu humano es vivir plenamente todas las dimensiones del ser humano integral.
Es vivir y disfrutar el presente sin exigencias de tiempos, de cosas, de proyectos. Simplemente vivirlas no dando valor absoluto a nada de lo que nos rodea. Dejarse vivir con serenidad, con confianza, con desapego…

Lejos de huir de esta real condición humana, se trata de vivir y disfrutar la realidad del cuerpo y de la sexualidad, de los sentimientos y de las relaciones sociales, del quehacer político y profesional o laboral.
No es una espiritualidad evasiva y escapista del mundo, sino de un espíritu dinámico y creativo que no rehúye ninguna de sus responsabilidades humanas sino que las lleva a su más elevada realización.

Este vivir espiritualmente implica, por ejemplo:

– Disfrutar del ambiente familiar o educativo, aprovechando al máximo esa experiencia llena de afectos y sentimientos, como también de aprendizajes.
– Aprender con entusiasmo, con asombro, con ganas de crecer, con alegría, con vínculos positivos.

– Disfrutar del cuerpo y de la sexualidad integral, del encuentro con el otro en el amor, en la ternura y en la plena comunicación.
Disfrutar y hacer disfrutar al otro, dejarse amar y expresar el amor, recibir y dar, integrarse con las cualidades del otro, fundirse en una plena unidad.

– Al mismo tiempo, canalizar positivamente los actos de egoísmos, celos y rivalidades que nos destruyen y destruyen al otro y al vínculo.

– Integrar nuestros aspectos masculinos y femeninos, armonizar con varones y mujeres, eliminar factores distorsionantes del vínculo y elementos de dominación.
Reconocer el valor de lo femenino y de lo masculino como aspectos de un mismo ser humano integrado y no como opuestos.

– Integrarse socialmente en la comunidad, relacionarse armónicamente con todos sin discriminaciones, comprometerse con el bien común y ejercer la solidaridad según nuestra propia situación.
Es en esta integración social donde las virtudes y los valores (amor, justicia, paz, solidaridad, etc.) adquieren verdadero sentido. Vivir la gratitud hacia una comunidad que nos dio la vida y nos sostiene; gratitud que se traduce en un compromiso por devolver solidaridad, justicia y crecimiento en paz.

– Desarrollarse lo más plenamente posible en todos los planos: mental y corpóreo, racional y de sentimientos, cultura, economía, arte, técnica, valores.

– En definitiva, vivir espiritualmente es armonizarse interiormente con todos los elementos humanos, armonizar socialmente con toda la humanidad y armonizar con el cosmos y con el medio ambiente, origen de nuestra vida y alimento de la misma.
O sea, armonía de la Unidad Total, armonía del Todo.

4.Diálogo con los otros y con todas las culturas y espiritualidades

El espíritu humano no es autosuficiente ni excluyente. Mientras que las religiones dogmáticas separan y dividen a los hombres entre creyentes y paganos y llevan a guerras y enfrentamientos, la espiritualidad humana es la misma en todas partes, aunque adoptes  a algunas variaciones culturales.

El yo espiritual se abre a los otros “yoes” y se integra y aprende con ellos, conservando siempre su identidad y respetando la identidad de los demás.
Esta apertura no conoce fronteras, pues el espíritu humano se expresa de mil formas en todas las culturas, religiones, filosofías y estilos de vida.
Por eso la formación del espíritu tiene una dimensión “ecuménica”, o sea, abierta a toda la casa (oikos) humana, a toda nuestra gran familia.

Mientras se rechaza la pretensión de imponer la propia espiritualidad sobre las otras, se aprende de tantas formas de vivir profundamente el espíritu humano.
Hoy la globalización y los medios de comunicación social (Internet) nos permiten conocer a las otras culturas y religiones (budista, hindú, islámica, judía, cristianas, aborígenes) y aprender de su milenaria sabiduría, en muchos casos, muy superiores a la nuestra o con facetas nuevas para nosotros.

Basta pensar en la capacidad de meditación de las culturas orientales, una meditación tan necesaria hoy en un estilo de vida volcado hacia el exterior, y tan necesaria para el encuentro y la armonía con uno mismo.
Es increíble, pero en nuestras escuelas y en nuestros lugares de culto no se medita ni se sabe hacerlo. El espíritu humano necesita este equilibrio entre la exterioridad y la interioridad, entre el ruido y el silencio, entre el afuera y el adentro, entre la tensión y la relajación.

5. En definitiva, buscar el sentido integral de la vida en una constante apertura.

El espíritu humano, fruto de una larga evolución de casi quince mil millones de años, está siempre abierto en una constante búsqueda del sentido del universo y de la propia existencia.
Cada ser humano tiene el derecho y el deber de buscar ese sentido, ese significado profundo e integral de lo que significa estar en el mundo y vivir en él.
Nadie puede imponer su sentido a otro; cada uno lo busca desde sus propias circunstancias (sexo, edad, profesión, cultura…) y ese sentido lo identifica como “esa persona”.

Por eso comenzamos hablando del vivir con conciencia, no como piedras ni como cucarachas sino con toda la riqueza que implica el ser un hombre-mujer en toda plenitud.
Estamos integrados al Universo y somos hijos de una madre cósmica que tardó 15 mil millones de años en parirnos.

Seamos dignos de esa madre que nos tiene como su obra más perfecta y como la conciencia de sí misma.
Nadie abarcará jamás el sentido del universo y de la vida e historia humanas, que siempre aparecen con su halo de misterio provocando tanto asombro y esperanzas como dudas y confusión.

Ese sentido jamás se cierra pues cada ser humano lo abre y lo vuelve a abrir según muchas circunstancias de su vida, sea cuando vive felizmente como cuando le sucede una desgracia, sea cuando nace o cuando se acerca a la muerte.
Y esta incertidumbre sobre todo de nuestro final (especialmente después de la muerte) es lo que le da a la existencia humana es sensación de angustia pero también de esperanza.

Qué gran tarea tiene la educación cuando hoy la sociedad de consumo está ahogando al espíritu humano y le ofrece metas y sentidos efímeros y de muy baja calidad.
“Sentido” indica significado, pero también “dirección”… buscar la salida, el éxodo, la apertura del túnel en el que nos encontramos.
¡Cuántos adolescentes y jóvenes terminan sus estudios sin haberse preguntado jamás por el sentido de sus vidas y transcurren los días llenándose de ruidos y actividades que no tienen proyecto ni dirección!

Espiritualidad, religiosidad y religión

Estas tres palabras tradicionalmente al menos en Occidente tienen un significado casi similar e inclusivo.
Se suponía que “la religiosidad de la Religión organizada institucionalmente” (o Iglesia) era la única forma de tener y vivir la espiritualidad.
Lo primero era la religión en la cual uno nacía y se formaba; esa religión nos daba una sola forma de ser religiosos y espirituales.
Por lo tanto, la espiritualidad era un subproducto de la religión, como lo era la religiosidad.
Hoy sabemos que incluso las grandes religiones no tienen más de cinco mil años, existiendo antes muchas formas de religiosidad y de sentimientos religiosos tal como hoy mismo sucede en muchos pueblos aborígenes.

Queda claro que la espiritualidad o la vivencia del espíritu humano (la calidad máxima del ser humano) es lo primero pues se trata de una necesidad de todo ser humano, pertenezca a cualquier cultura o religión o a ninguna.
La religiosidad (una religación a algo “superior” o sagrado) y la religión institucionalmente organizada aparecen como formas determinadas de espiritualidad en cada cultura en íntima relación con el plano social y político de cada pueblo. Las religiones son formas culturales locales de cierta espiritualidad que incluye la religiosidad.

Por eso entendemos que en las escuelas del Estado no confesional (como sucede en Occidente) es necesaria la formación de la espiritualidad laical (simplemente humana), totalmente posible y necesaria, y sin connotaciones religiosas.
Lamentablemente hasta ahora es muy poco o casi nada lo que se está haciendo, y esta falta de formación del espíritu es la gran deuda pendiente de nuestra educación, junto a la formación ética.

Al mismo tiempo hay que reconocer y aceptar que la gran mayoría de los seres humanos desde tiempos remotos vivió y vive su espiritualidad entrelazada con sentimientos religiosos o con vivencias en alguna religión concreta.
Se trata de un derecho reconocido por Naciones Unidas en los Derechos Universales, derecho que puede ser ejercido por las comunidades religiosas o por cada ser humano individualmente.
Por tanto, entendemos que las escuelas confesionales tienen derecho a desarrollar una espiritualidad conforme a su orientación religiosa, siempre y cuando esa espiritualidad respete las características del ser humano como ser autónomo, libre, reflexivo, creativo, participativo, etc.

Mientras que la pedagogía como ciencia autónoma “prescinde metodológicamente” de Dios y deja esa preocupación para el campo personal de cada uno, las diversas religiones tratan de integrar la relación del hombre con Dios como un elemento esencial de su espiritualidad.
Es evidente que esa tarea hoy está en pleno cuestionamiento, no tanto por el problema de la existencia de Dios sino por la imagen distorsionada que se da de Dios (pues “lo importante no es creer en Dios sino en qué Dios se cree”) y por una cierta antropología religiosa hoy inaceptable.

Y mientras que las religiones tradicionales centradas en la exterioridad y heteronomía de las creencias, de sus normas de moral y de culto en realidad casi carecen de espiritualidad (en el sentido que le damos en este artículo) o terminan ahogándola, lo que incluso provoca la apatía y el éxodo de sus miembros que se aíslan en una religiosidad sujetiva (“creo en Dios pero no en la Religión ni en la Iglesia”) o buscan otras formas de espiritualidad laical o renuncian a todas,
la sociedad occidental en general prescinde en sus manifestaciones y especialmente en su educación de la formación espiritual, sin siquiera plantearse el problema, abocada a dar simplemente conocimientos y técnicas.

RESUMIENDO :

“El espíritu no es una sustancia, sino el modo de ser propio del ser humano, cuya esencia es la libertad. Seguramente somos seres de libertad porque plasmamos la vida y el mundo, pero el espíritu no es exclusivo del ser humano ni puede ser desconectado del proceso evolutivo. Pertenece al cuadro cosmológico.
Es la expresión más alta de la vida, sustentada a su vez por el resto del universo. La concepción contemporánea, fruto de la nueva cosmología, dice: el espíritu posee la misma antigüedad que el universo. Antes de estar en nosotros está en el cosmos.

Espíritu es la capacidad de inter-relación que todas las cosas guardan entre sí. Forma urdimbres relacionales cada vez más complejas, generando unidades siempre más altas. El universo está lleno de espíritu porque es reactivo, panrelacional y auto-organizativo. En cierto grado, todos los seres participan del espíritu. La diferencia entre el espíritu de la montaña y el del ser humano no es de principio sino de grado. El principio funciona en ambos, pero de forma diferente.

La singularidad del espíritu humano es ser reflexivo y autoconsciente. Por el espíritu nos sentimos insertados en el Todo a partir de una parte que es el cuerpo animado y, por eso, portador de la mente. A nivel reflejo, espíritu significa subjetividad que se abre al otro, se comunica y así se autotrasciende, gestando una comunión abierta, hasta con la suprema Alteridad.

Definiendo: vida consciente, abierta al Todo, libre, creativa, marcada por la amorosidad y el cuidado, eso es concretamente el espíritu humano. Si espíritu es relación y vida, su opuesto no es materia y cuerpo, sino muerte y ausencia de relación..

Esta comprensión nos hace conscientes del vínculo que liga y religa todas las cosas. Todo está envuelto en el inmenso proceso complejísimo de la evolución, atravesado en todas las etapas por el espíritu que emerge, cada vez, bajo formas diferentes, inconsciente en unas y consciente en otras.

En esta acepción, espiritualidad es toda actitud y actividad que favorece la relación, la vida, la comunión, la subjetividad y la trascendencia rumbo a horizontes cada vez más abiertos. Al final, espiritualidad no es pensar en Dios sino sentir a Dios como el Vínculo que pasa a través de todos los seres, interconectándolos y constituyéndonos, a nosotros y al cosmos”. (Ideas de L. Boff)

El objetivo de estas reflexiones es despertar esta inquietud y promover una reflexión creativa entre todos los que están abocados a una educación integral.
Pues, ¿cómo puede ser “integral” si prescinde de la formación ética y de la formación del espíritu humano?

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