Tantra, una sexualidad para la paz

TANTRA, UNA NUEVA SEXUALIDAD PARA LA PAZ . La Tentación de lo Femenino LIMPIANDO LA SOMBRA DE LA SEXUALIDAD

DE LA NOVELA DEL EGO A LA VERDAD DEL ESPÍRITU

Decía Buda que la causa del sufrimiento es la ignorancia y yo creo que esto no se entiende bien a veces.  Esa ignorancia es el desconocimiento de nosotros mismos, la ignorancia de quienes somos realmente.

Se dice que el estrés es la enfermedad de nuestro tiempo y la causa del estrés no es ni más ni menos que ese desconocimiento, la desconexión con nosotros mismos. Realmente el estrés es el exponente más claro de la ignorancia de esta civilización. Un ser humano que se ha lanzado a la conquista de lo externo y que se desconoce completamente a sí mismo. El ser humano actual vive únicamente en su mente. Más bien diríamos, en una parte de su mente. Y ese trocito de mente, ese hemisferio izquierdo separado, es mentiroso por excelencia. Nos hace vivir en la ilusión del ego, de la separatividad. La separatividad de nuestro cuerpo, de nuestra energía, de nuestra sexualidad, de nuestro corazón…, la separatividad de la Tierra, de los demás seres. Occidente ha sido maestro en crear divisiones: mente-cuerpo, espíritu-materia, amor-sexo… En el Tantra no caben esas divisiones. La visión del Tantra es unificadora: amor no se diferencia de sexualidad, el cuerpo es también Espíritu, expresión de su perfección, mente y cuerpo están unidos.

 

Y así nos encontramos. La causa del sufrimiento es la ignorancia de quienes somos realmente y el Tantra es un camino directo para expandir nuestra conciencia y salir de esa ignorancia. Pero el Tantra es un camino Espiritual un poco especial. Especial porque integra nuestra sexualidad. A diferencia de otros caminos, el Tantra abraza y acepta todo lo que somos. El Tantra es el camino del cuerpo, de la Tierra. El ser humano ha estado siempre intentando huir de su realidad, y sobre todo de su realidad sexual. La sexualidad ha sido condenada y relegada por la mayoría de las religiones y tradiciones del mundo. Y es normal porque la sexualidad da mucho miedo. Es tan  fuerte y poderosa esa energía, nos atrae de tal manera, que es mejor olvidarla, apartarla o condenarla como expresión del mal. Pero todo lo que se rechaza se convierte en nuestra sombra, en lo que nos domina desde las profundidades de nuestro inconsciente. Y ese poder de la energía sexual es sin embargo un regalo cuando lo afrontamos con consciencia y lo tratamos impecablemente.

 

Realmente no hay nada en este Universo que no responda a una u otra forma de energía sexual. El juego del ying y el yang, lo masculino y lo femenino, luz y oscuridad, está presente siempre. El Universo, Dios, ha  realizado una jugada maestra para que la conciencia se desarrolle: entre la separatividad que supone estar encarnados en cuerpos físicos, nos ha dado algo que nos une poderosamente, la energía sexual. Y aquí estamos, en esta tierra, hombres y mujeres, masculino y femenino, padre-madre, ying y yang. Y realmente todo el juego del desarrollo de la consciencia, de llegar a la totalidad de nosotros mimos, desemboca en integrar estos dos opuestos. Integrarlos interiormente (dentro de cada uno de nosotros) y exteriormente, con nuestra pareja, hombre-mujer, con el mundo. Mientras el hombre y la mujer no se unan, mientras no se fusione lo masculino y lo femenino interna y externamente, no podrá haber paz en el mundo.

 

La sexualidad actual es una sexualidad egoíca, basada en el ego, en la autosatisfacción y por lo tanto en la separatividad. Es realmente un camino de separación en todas las parejas, porque con el tiempo va abriendo una brecha cada vez mayor entre el hombre y la mujer. Y no tenía que ser así. Hay otra sexualidad que nos pertenece por derecho propio. Era peligrosa y hubo que reprimirla con creencias, con miedo… Era peligrosa porque es una vía directa al Espíritu, a la Unidad, a la conciencia del Ser. En la «batalla» entre la luz y la oscuridad, se puede controlar nuestro cuerpo y nuestra mente de muchas formas… Pero la sexualidad es más difícil de controlar porque está en la base, en nuestros primer y segundo chacras.

 

El primer paso en el Tantra es llegar al corazón. La energía del chacra del corazón es la energía de la unión, de la aceptación, de la entrega, frente a la separatividad y la lucha. Se dice en el Tantra, explicando el proceso de elevar la energía sexual en pareja a través de los diferentes chacras, que «Primero somos Dos, luego Uno y después Ninguno». Es una descripción del proceso de pasar del ego, a la fusión y de ahí a la disolución o expansión de la conciencia al Todo. Realmente somos canales de energía entre la Tierra y el Cielo, entre la vibración más densa de la materia y las vibraciones más altas de lo espiritual. Y el trabajo del Tantra es unir esas dos dimensiones del Ser utilizando todo lo que somos, hombre y mujer, nuestra energía sexual como expresión de esa fuerza genésica que nos une a la Tierra.

 

Para la mujer es más fácil estar en el corazón de forma natural. El corazón es sobre todo la batalla del hombre. El hombre por regla general vive la sexualidad, vive el mundo, desde lo genital y desde lo mental. Esta dividido, como si su pecho no existiese. Por eso hay tanta pornografía. La pornografía es el pene masculino unido a la cabeza. Lo genital y lo mental que domina al hombre. Se ha intentado llevar la pornografía a la mujer y ha sido un rotundo fracaso. Por que la mujer no esta ahí. Un hombre que haya abierto su corazón, vivirá su sexualidad de otra forma. No es que ya no le atraigan las mujeres, pero no estará compulsivamente obsesionado con ellas porque sabrá que lo femenino también es él.  Su vida se moverá ya desde otro punto,  desde un sentimiento de unión con lo que le rodea. Quizá ya no esté tan interesado en construir grandes empresas, puentes y carreteras o en dominar la Tierra…

 

Así que el camino en el hombre pasa por abrir su corazón. Y para eso es vital un cambio en su sexualidad. El hombre tiene que dejar de «tirar» su energía sexual como si de un desperdicio se tratara. Un hombre que dilapida su energía seminal será siempre peligroso para la Tierra. En el Tantra el hombre aprende a controlar su eyaculación. A diferenciar entre orgasmo y eyaculación. Dos cosas diferentes. Por asombroso que parezca, se puede tener un orgasmo sin eyacular. Y se pueden tener orgasmos múltiples si eyacular. Y toda esa energía no tirada, no desperdiciada, es la que nos posibilitará llegar a otro lugar. La eyaculación es una gran perdida de energía en el hombre y, a parte de un engaño que nos hace solo rozar el cielo, un saboteamiento del acto sexual. Para que el acto sexual llegue a algo más que un simple encuentro de satisfacción mutua más o menos logrado, para que la mujer se sienta llena y amada, el acto sexual debe prolongarse y terminar al menos en un acto de íntima unión y fusión (corazón) entre el hombre y la mujer. «Primero Dos, luego Uno…». Cualquier cosa distinta será pagada en emocionalidad al día siguiente y será, como decíamos, una vía segura a la lucha y a la separatividad en la pareja, en el mundo…

 

El Tantra es el camino de veneración de lo femenino.  Es a través de la veneración de lo femenino, de la veneración de la mujer como diosa encarnada, como el hombre venera y se abre a su propia parte femenina. De igual manera, a través de la veneración de lo masculino, del dios encarnado en el hombre, la mujer abraza también su propia parte masculina. En el Tantra se dice que el hombre penetra a la mujer por el yoni y la mujer penetra al hombre por el corazón. De esta forma, a través de la danza de lo masculino y lo femenino, ambos, hombre y mujer, tienen experiencia de su propia contraparte. El Tantra es la danza universal de Shiva y Sakti reproducida por el hombre y la mujer en su unión física. A través de esta danza se crea un circuito de energía entre los componentes de la pareja, que diluye lo personal y expande la conciencia. En la sexualidad normal, la energía se queda «taponada» en los tres primeros chacras (sobre todo en el hombre) potenciando el ego y el predominio de la mente. En la mujer, la sexualidad normal producirá una sobrecarga emocional y una separación entre su corazón y su energía genital.

 

En la relación sexual, la mujer tiene que sentirse amada y esto supone que el hombre se olvide de su efímero placer y se entregue. El hombre así equilibra y unifica a la mujer. En la relación tántrica la mujer llega a sentir el lingan del hombre como un rayo de luz que la penetra hasta la coronilla. La mujer devolverá el regalo permitiendo al hombre acceder a la joya de su pecho y abrir su energía más allá de su garganta. La mujer así mismo, debe situarse en su esencia femenina, la entrega, y dejar de utilizar el acto sexual dentro del juego emocional de recompensa o premio. Hoy en día el pene del hombre y la vagina de la mujer están cargados de emocionalidad y esta debe ser liberada para que ambos puedan llegar a la experiencia del amor tántrico.

 

Para que todo esto suceda tendremos que dejar atrás mente y creencias. Tendremos que parar la mente y estar en el momento presente. Sentir, y dejarnos de expectativas y objetivos a los que llegar. La sexualidad normal está obsesionada con el orgasmo. Hemos hecho un dios del orgasmo. Pero el orgasmo no es más que un pico, una muestra de algo más amplio, una muestra del éxtasis de la disolución; y no deja de ser ego («Primero Dos…»), algo que empieza en mi y termina en mi. En el Tantra es muy común que no se tengan orgasmos y eso sorprende a veces. Y es que la energía cuando pasa del corazón se convierte en un éxtasis continuo que engloba todos esos orgasmos que tanto perseguimos. El mero hecho de perseguir el orgasmo, de ponernos ese objetivo, crea múltiples problemas. Realmente la frigidez en la mujer no es otra cosa que, además de la falta de capacidad del hombre para alcanzarla, la fijación por llegar a ese objetivo del orgasmo. Toda mujer que se entregue y que esté el suficiente tiempo en el acto amoroso tendrá un orgasmo de forma natural.

 

De la misma forma, en el hombre, la impotencia no es nada más que el temor a no ser suficiente hombre, a no tener una erección suficiente. Todo el que ha practicado Tantra sabe que el hombre realmente no «penetra» a la mujer. Cuando tanto hombre como mujer, se encuentran relajados, limpios de emocionalidad y expectativas, con la mente en paz, la entrada del hombre se produce de forma natural. Incluso aunque no haya erección. Simplemente la mujer estará suficientemente abierta y lubricada, para que el lingan del hombre se pose en su yoni. Desde ahí todo será natural, pues tanto el lingan como el yoni  tiene una inteligencia propia y sabrán cuando las cosas funcionan adecuadamente.

Podríamos definir el Tantra como el camino de máxima impecabilidad en el uso de nuestra energía sexual. Un camino para encontrarnos a nosotros mismos, un camino para reconciliar lo femenino y lo masculino, un camino para la paz interna, para la paz en la Tierra.

 

Publicado por Jesús Gómez (Keshavananda) en la revista «Espacio Humano», Junio-2002.

 

 

 

TANTRA

La Tentación de lo Femenino

 

Oí un día, hace poco, una conferencia de un espiritualista, un yogui hindú. Después de hablar de temas bastante acertados acerca de la no-realidad del mundo material, de la necesidad de conectar con nuestro verdadero ser, el Espíritu que realmente somos, pasó a hacer diversas consideraciones sobre cuál era el camino para llegar a esa parte de nosotros mismos que está más allá de la conciencia corporal y tridimensional. Y comenzó a hablar de la necesidad de renunciar al mundo y muy especialmente a la sexualidad, que debía usarse sólo en el ámbito del matrimonio y con la única finalidad de la procreación. Y ahí no pude por menos que quedarme perplejo. Otra vez tenía delante de mí la vieja energía. Una persona espiritual, un yogui, que volvía a reflejar toda la visión masculinizante de la espiritualidad que nos ha inundado por miles de años. Lo veía claramente: era un hombre hablando para los hombres. Lo femenino, de nuevo, volvía a ser la TENTACIÓN. Otra vez la manzana de Eva.

Todo este mundo ha sido creado por el hombre, o mejor, por la mente masculina, por el hemisferio izquierdo. Todas las religiones y todos los caminos espirituales con muy pocas excepciones (el Tantra, algunas vías chamánicas o místicas como el Sufismo, o en el cristianismo…) han sido concebidos por esa mente masculina, incluso el yoga.

Lo que ha pasado es claro: la mente masculina, el hemisferio izquierdo, analítico, conceptual, comienza a “ver” el mundo y se empieza a hacer preguntas de porqué, de qué es, de quién soy yo. Hasta aquí todo bien…

Y empieza entonces a darse cuenta de que el mundo material no es sólo lo que hay. Que hay otra realidad aparte y que esa realidad también somos nosotros. Es más, que esta realidad es una fabricación, reflejo de lo otro, es maya, ilusión, en el sentido de carente de existencia por sí misma. Y le pone un nombre a esa otra realidad: le llama Dios, Krihsna, Espíritu, etc.

Y ahí comienza la locura. La mente masculina decide que quiere ir a eso que está más allá, y en su visión parcial y separativista (hemisferio izquierdo), designa el mundo material como opuesto adonde quiere ir. Por lo tanto, y desde esa visión de separatividad de una cosa de la otra, comienza ya a fabricar doctrinas, religiones, vías espirituales. A “canalizar” textos sagrados, en sus múltiples formas y tradiciones, que, entre grandes dosis también de sabiduría y de visión de la realidad del universo, de alguna forma siempre confirman su visión: tienes que rechazar la tierra, apartarte del mundo, para ir hacia Mi (el Espíritu). Y entonces lo masculino decide cual es la vía: la renuncia, el retiro de este mundo. Y desde esa decisión, por supuesto, esa mente conceptual del hemisferio izquierdo, empieza a fabricar ya una serie de normas de comportamiento, normas morales que condenan (pecado) un lado “en aras” de lo otro. La demencia (esquizofrenia) del mundo ha comenzado.

Y en esa esquizofrenia recién creada, esa mente de lo masculino se encuentra con algo que le contradice: lo femenino, y su mayor representante aquí en la tierra, la mujer. Se encuentra entonces con que, a pesar de toda su lógica dualista de que la materia es opuesta al espíritu, la materia le atrae poderosamente, y sobre todo cuando ve esa fuerza de la materia plasmada en la maravillosa energía y formas femeninas, en la mujer.
Así que, asustada tremendamente por su propia contradicción, esa mente del hemisferio izquierdo no tiene más remedio que llegar a una conclusión: lo femenino, y por supuesto la sexualidad, como la fuerza subyacente de atracción, es la TENTACIÓN, lo que le desvía del camino.

La mujer se convierte entonces en la representante del mal, en la tentación que puede apartar a esa mente masculina del objetivo que ella misma ha decidido: escapar del mundo.

Todo este es el esquema que subyace a nuestro mundo, a toda nuestra civilización humana desde hace miles de años, ya sea en oriente, como en occidente. Es necesario recordar que, incluso en la India hinduista, la madre del yoga, antiguamente las mujeres eran quemadas con el marido, si éste moría antes. Era el hombre el que se “iluminaba”. Era él el que buscaba y tenía derecho a la iluminación. Ha sido así en todos los lugares de la tierra, en todas las religiones y vías espirituales, y en muchos sitios, lamentablemente, sabemos que sigue hoy en día siendo de la misma forma. La mujer siempre fue considerada un subproducto, muy peligroso, eso sí. Y esto ha sido así en el budismo, en el hinduismo, en el Islam, en el judaísmo, en el cristianismo, y en prácticamente todas las vías espirituales de los últimos tres mil años. Sólo algunas vías o grupos dentro de cada camino espiritual o religioso fueron ajenas a este tipo de demencia. Y por supuesto, perseguidas o marginadas. Y el Tantra fue una de estas vías.

Lo femenino, y todo lo ligado a la energía femenina, han dado pavor al hombre, a la mente masculina del hemisferio izquierdo, hasta el punto de llegar a las aberrantes locuras que conocemos de nuestra historia.

El Tantra se remonta al origen de los tiempos y es, de hecho, el padre del yoga. Toda la visión actual de la Nueva Era, todo eso que hemos oído innumerables veces, “que el cielo es igual que la tierra”, “que lo de arriba es igual que lo de abajo”, “que el microcosmos contiene al macrocosmos”, es ni más ni menos que la visión del Tantra. La visión actual de la Nueva Era viene como producto y síntesis de diversas vías de experiencia de la realidad, cuya confluencia se ha producido, o se tenía que producir inevitablemente en esta era: el Tantra Yoga, el Budismo, la Psicología occidental, la ciencia occidental (especialmente la Física Cuántica) y algunas otras vías místicas como el chamanismo tolteca o el Sufismo.

El Tantra vio el mundo con la mirada de la unidad: la síntesis del hemisferio izquierdo y el derecho, lo masculino y lo femenino, reconociendo que lo femenino es lo que realmente daba el poder, la visión holística, para salir de la locura de una mente anclada a la visión masculinizante del mundo. Lo femenino, con todas sus connotaciones, dejó por lo tanto de ser “el peligro”. Todo lo contrario, lo femenino, se convirtió en la clave, siendo, de hecho, el Tantra mencionado muchas veces como “la vía del culto a lo femenino”.

Desde la perspectiva del Tantra, no hay “tentación”, ni por supuesto pecado en el mundo material. Sólo hay niveles de conciencia y de experimentar esa realidad que es también Dios. Podemos experimentar la materia desde nuestra conciencia animal (supervivencia, ataque, defensa), desde nuestra conciencia emocional (culpa, dependencia emocional, posesividad), desde nuestra conciencia mental humana (mente conceptual y analítica, separatividad, poder de manipular y controlar), o también podemos experimentar la materia desde nuestra conciencia espiritual (4º chakra – corazón, unidad). Lo mismo con la sexualidad, como energía primordial unida a la manifestación del universo. Podemos vivir nuestra sexualidad desde la conciencia animal y emocional (1º y 2º chakra), desde nuestra conciencia mental (3er chakra), o llevar nuestra sexualidad hacia la experiencia de la unión (4º chakra – espiritualidad).

Sólo nuestra ignorancia y temor nos ha hecho, y nos sigue haciendo, ver peligro en la sexualidad y en la materia, y por supuesto, siempre esa es una visión de la mente masculina, se manifieste a través de un hombre o de una mujer.

No hay enemigos. No hay ningún lugar a donde ir.

“La Illaha ill’Allah” decía los sufíes. Sólo existe Dios, nada más que Dios.

Dios es todo, materia y espíritu, amor y sexo, cuerpo y alma.

Om Namah Sivaya!

 

Publicado por Jesús Gómez (Keshavananda) en la revista «Espacio Humano», Septiembre-2006

 

 

 

TANTRA

LIMPIANDO LA SOMBRA DE LA SEXUALIDAD

 

 

 

 

El anhelo del ser humano hacia lo transcendente, hacia algo más que lo meramente captado por los sentidos materiales ha sido una constante en su historia. Se le ha llamado Dios, Espíritu, Ser… y se han fabricado innumerables doctrinas, tradiciones y religiones con el fin de acercarnos a Eso. Pero el acercamiento a Eso siempre ha sido esquivo y después de miles de años, observando la humanidad actual, no parece que hayamos avanzado mucho. Y es que ese acercamiento, la realización del Ser, contiene una verdadera paradoja, un Koan, como diría el Budismo Zen. El Ser está más allá del cuerpo pero es el cuerpo mismo. Tenemos que trascender este mundo desde el mundo mismo, debemos dejar atrás la mente desde la mente misma, tenemos que ir más allá del cuerpo desde el cuerpo mismo.

 

Esa es la paradoja, no podemos rechazar ninguna de nuestras partes, pues como decía Jung, todo aquello que se rechaza se convierte en nuestra sombra que nos domina desde las profundidades del inconsciente. Y aquello que no se hace consciente se manifiesta en nuestra vida como destino. Y así es, lejos de haber transcendido la sexualidad nuestra humanidad está obsesionada con ella. La humanidad ha creado una gran sombra inconsciente sobre la sexualidad. Y más aun, sobre el cuerpo mismo. No tenemos más que mirar a nuestro alrededor para ver hasta que grado la sexualidad y el cuerpo dominan nuestro mundo. Desde la represión salvaje que lleva a lapidar y a asesinar en su nombre, hasta la continua y banal presencia en los medios de comunicación, publicidad, cine… Desde la obsesión por la imagen corporal que lleva a las personas a someterse a atrocidades quirúrgicas, hasta la enfermedad que dolorosamente marca nuestra realidad social. Distintas caras de una misma moneda. La expresión de esa enorme sombra que hemos creado sobre el cuerpo y la sexualidad.

 

Todos los maestros, todos los santos que han renegado de su sexualidad en aras del Espíritu, han dejado a su marcha una gran sombra sobre la Tierra, sobre el inconsciente colectivo humano. No es posible llegar al Ser apartando el cuerpo, porque como decía, el Ser es el cuerpo mismo. Podremos salirnos fuera del cuerpo, ir a otros mundos mentales, siempre ilusorios, pero nuestro trabajo de unir el Cielo y la Tierra, de llevar la conciencia del Espíritu a la materia, quedará pendiente. Y ese es el trabajo del ser humano. El ser humano es un puente entre las dimensiones de la Tierra y el Cielo, entre la densidad de lo material y lo espiritual. Y la sexualidad es la energía básica ligada a la materia. Todo en este universo es sexual. Realmente la sexualidad es la energía que se nos ha dado para unir la Tierra y el Cielo, lo femenino y lo masculino.

 

Y es que ese «algo más» que el ser humano siempre ha percibido como «algo más allá», esta aquí y ahora. No está fuera de nosotros, en algún lugar lejos de aquí, si no que se encuentra profundamente enraizado en cada partícula de aire, en cada grano de arena, en cada célula, en toda la naturaleza que nos rodea, en aquello que siempre hemos pensado que era su opuesto, en la materia. Se encuentra «más allá» de nuestra percepción mental ordinaria, pero se encuentra profundamente enraizado en nuestro propio cuerpo.

 

En su ilusión mental, el ser humano ha intentado siempre huir de su realidad material y ha creado una verdadera esquizofrenia en su conciencia. Nos debatimos entre los dos polos creados por nuestra locura mental. Una gran atracción por el cuerpo por un lado y por otro la creencia inconsciente de que el cuerpo, lo material, es opuesto al Espíritu. No nos damos cuenta que esa gran atracción que sentimos por el cuerpo, expresada en su dicotomía sexual hombre-mujer, no es ni más ni menos que la atracción por el Ser que se expresa a través del cuerpo. De alguna forma a través del cuerpo estamos vislumbrando el Ser. Esa sería la verdadera razón de la atracción corporal, plasmada primordialmente a través de la energía femenina como energía ligada a la Tierra. William Blake lo recogía poéticamente cuando decía, «el cuerpo desnudo de una mujer es un trozo de eternidad demasiado grande para los ojos de un hombre…». Esta percepción es completamente inconsciente para la mayoría de las personas, quedándose en una más o menos grosera expresión de ese impulso que llamamos sexual.

 

El Tantra es un conocimiento ancestral, un camino espiritual ligado al Yoga, que lejos de apartar la sexualidad, la integra y la utiliza como vía de desarrollo de la conciencia. Olvidada por siglos, la visión del Tantra se nos presenta hoy como una aportación fundamental para la sanación de nuestro mundo.

Hoy en día es crítico que el ser humano de un salto; un salto radical para pasar de la experiencia de la conciencia basada en la mente-ego-emoción a la conciencia del Ser. Y en este cambio radical es imprescindible liberar toda la energía atrapada en la sombra de la sexualidad y la vía del Tantra nos traza el camino para una poderosa transformación.

 

El ser humano es un canal de energía entre lo material y lo espiritual. Tradicionalmente este canal energético se ha dividido en siete chacras, los tres inferiores ligados a las dimensiones materiales e inconscientes y los tres superiores ligados a la mente superior y a la conciencia espiritual. En el medio, el chacra del corazón, conocido en la mayoría de las tradiciones como «la puerta del alma». La energía del corazón es la energía de la aceptación, de la entrega, de la unión frente a la separatividad. A partir del chacra del corazón dejamos atrás el ego y pasamos a la conciencia de fusión, de unión con lo que nos rodea. Más abajo estamos separados y nuestra experiencia es la experiencia de la mente-ego-emoción, la lucha, el control, el sufrimiento. La experiencia del Ser comienza a partir del chacra del corazón. El camino de los chacras es además el camino de la unión de nuestras dos polaridades, femenino y masculino, en nuestro interior.

 

En el Tantra la pareja eleva el fuego interno, la energía sexual a través de los diferentes chacras, para llegar a la experiencia de la fusión en el corazón y de la disolución en el chacra de la coronilla. En el proceso, la pareja se «hace uno», para disolverse después en la experiencia de unión con todo.

Para esto deberemos olvidarnos de todos nuestros conceptos y creencias aprendidos hasta ahora, y sobre todo, olvidarnos de nosotros mismos al acercarnos a una relación sexual. Dejar a un lado nuestras expectativas, nuestros miedos y nuestra mente y acercarnos a la experiencia sexual con una actitud de entrega. El fin del acto amoroso no es llegar a orgasmos más o menos placenteros. El fin del acto amoroso es ir más allá de nuestro ego y fundirnos con el ser que tenemos delante. No buscando objetivos a los que llegar y enfocándonos en el sentir desde el primer momento, abriremos la puerta a que la magia aparezca.

 

La sexualidad ordinaria es una sexualidad basada en el ego, en la autosatisfacción, donde la energía se queda «taponada» en los chacras inferiores, potenciando la mente y la emocionalidad y por lo tanto la separatividad. Por eso es normalmente una vía de separación en la mayoría de las parejas. Lejos de integrarse lo femenino y lo masculino como experiencia interna, se abre una brecha cada vez mayor entre hombre y mujer. La sexualidad tántrica es una sexualidad de unión, en lo interno y en lo externo, femenino-masculino, hombre-mujer, ser humano con el mundo.

 

Publicado por Jesús Gómez (Keshavananda) en la revista «Verdemente», Octubre-2002.

 

 

 

 

 

TANTRA,

DE LA NOVELA DEL EGO

A LA VERDAD DEL ESPÍRITU

 

 

 

 

 

Decían los sufíes: “La Illaha ill’Allah”.  Sólo existe Dios, nada más que Dios.

Pero sin embargo existe el infierno, el infierno de la guerra, de la enfermedad, de la muerte, del desamor, el infierno de nuestra vida en esta Tierra. El ego existe y es el que crea ese ilusorio infierno.

¿Y qué es el ego? ¿Si sólo existe Dios, no es Dios también el ego?. ¿Por qué el ego crea un infierno? ¿Acaso existe algo más que Yo, mi ego, lo que yo creo ser? Y ahí nos acercamos al quid de” la cuestión: “lo que yo creo ser”. La mentira de mi personalidad, de mi condicionamiento pasado, que como en una novela repite continuamente el mismo guión. El ego vive en el tiempo, crea el futuro siempre desde el pasado y por eso no deja opción al cambio, a lo nuevo.

 

No es que el ego no sea Dios, como bien decían los sufíes, no hay nada más que Dios. Es que el ego es la gran mentira. El ego es la mente inferior, la mente automática y condicionada, que ilusoriamente se cree separada. Es como una especie de entidad que se ha hecho autónoma. El ego está lleno de creencias erróneas. La creencia principal del ego es la separación, la separación de Dios, la separación de las demás personas, de la Tierra, de todo lo que le rodea. Y el miedo, indisolublemente unido a la creencia de la separación. La creencia en la enfermedad, en el sufrimiento, en el dolor y en la existencia del pecado y el merecimiento de castigo. Y, por su puesto, la muerte, la creencia en la rueda del Samsara, la rueda de la muerte continúa. El ego es el gran destructor del amor, de las relaciones y de la vida.

 

¿Y qué hay más allá del ego? Realmente una pregunta difícil de responder, pues se pueden dar aproximaciones, pero no se puede entender con las palabras de la mente; puede incluso parecer una locura. Lo único que realmente responde a la pregunta es la experiencia de haber vivido ese espacio más allá de la mente, el silencio, en el que no es necesario el pensamiento. Ese espacio donde el pasado y el futuro personal se disuelven, donde aparece algo más allá de la personalidad, algo que podríamos decir que no tiene forma, pero que es bien palpable para el que lo experimenta. Cuando la mente ha sido sanada suficientemente y limpiada de su condicionamiento pasado, de sus falsas creencias, es entonces cuando puede rendirse a la realidad de Dios, a la verdad del Espíritu y del amor, el cuál ya no será destruido.

 

Y ¿qué es rendirse a la realidad de Dios, a la verdad del amor? Pues sencillamente “desaparecer”. Ponerse en manos del Espíritu, dejar de interferir en el mundo y en las cosas con nuestros juicios, nuestras interpretaciones y nuestros planes y deseos, y sencillamente vivir esa frase de “Hágase tu Voluntad” (y no la mía). Es abrirse al corazón, que es unión, aceptación y dejar de oponer resistencia, dejar de buscar salvaciones alternativas. Es reconocer, perdonar y comprender que nadie nos hace nada, que somos nosotros los que creamos lo que tenemos delante. Lo creamos con nuestro ego o a través del Espíritu. Resulta que cuando uno se rinde – lo que más miedo da -, paradójicamente el Universo comienza a funcionar a nuestro favor. Cuando salimos de nuestra novela personal, la novela del ego, el mundo se vuelve generoso y nos da “lo que ya no deseamos”, que aceptamos entonces y vivimos gustosamente. Somos así “guiados”, llevados”, por otra parte que está en nosotros, más allá de la mente ordinaria. Eso que se ha llamado Mente Superior o Supramental, esa chispa de Dios en nosotros. Esa parte conectada con todo lo demás. Esa parte que se rige por el amor, por la unión, que sabe que la muerte no existe, y que el mundo es un lugar de vida y felicidad. Cuanto más interfiera el ego, menos se manifestará esa parte superior en nuestras vidas. El ego no es malo ni bueno, simplemente es mentira. El ego deberá seguir existiendo, nuestra personalidad seguirá siendo reconocible, pero será sólo una herramienta en manos del Espíritu que, a través del corazón, dirigirá ahora nuestra vida.

 

El Tantra, como todos los caminos espirituales de desarrollo del ser humano, es una vía de expansión de nuestra consciencia. Expansión de la mente hacia el amor, hacia el Espíritu. Transformación completa del ser humano, desde “abajo” hasta “arriba”. Sin dejarnos nada, sin rechazar nada. El Tantra es quizá la única tradición viva que incluye una visión y una práctica global y completa del ser humano y del Universo, de la Tierra y del Cielo, de lo femenino y lo masculino.

El Tantra empieza en el primer chakra, en la Tierra, y en la sexualidad, energía divina del Universo.

 

La base de la sexualidad tántrica es la entrega. Y ahí empieza el trabajo. El ego no se puede entregar porque es contrario a su naturaleza. La naturaleza del ego es la autoprotección. El Tantra exige transcender el ego. Entregarse en el acto más mundano, que es hacer el amor físico con otro ser humano. Abrir el corazón y arriesgarse al sentimiento. El Tantra exige entrega con el cuerpo, que es precisamente lo que la mente percibe como más separado. Es el feudo del ego, nuestra parcela, más particular. Ahí comienzan a salir los demonios, tanto en el hombre como en la mujer. La historia personal. Los miedos, el abandono, la lucha, el control, la agresividad… Hay que entregarse, no vale solo con nuestros deseos e impulsos más o menos instintivos, automáticos, con nuestras proyecciones mentales. Hay que ir al corazón. De eso se trata. Por eso el Tantra es un trabajo completo. Trabajamos la mente, las emociones, el ego, y añadimos además la sexualidad del cuerpo: una dulce bomba.

 

Pero no hay que tener miedo de los demonios. No hay que huir. Benditos demonios. Son nuestras mentiras, nuestros infiernos creados, que dejamos salir y lo más suavemente posible, despedimos, para no verlos más. El premio: la verdad. La verdad del Espíritu que somos. La verdad del amor, la dicha…, el Cielo en la Tierra.

Les dejo con un par de frases tántricas, a modo de reflexión:

“Haz el amor y no la guerra” ¿Se acuerdan de los hippies…?

Y otra fuerte: “Cuando una pareja tiene un problema hace el amor para disolverlo”. ¿Impensable, verdad? De eso se trata, de no pensar.

 

Publicado por Jesús Gómez (Keshavananda) en la revista «Espacio Humano», Julio-2003.

 

 

 

 

 

 

TANTRA

EL YOGA DE LA SEXUALIDAD

 

 

 

 

 

La era de Kali Yuga termina y es necesario poner en claro puntos fundamentales que han estado obscurecidos durante miles de años por la conciencia masculinizante predominante. La sexualidad sigue siendo quizá el tema fundamental. El gran dragón sobre el que la humanidad ha pasado de «puntillas», el gran dragón que la mayoría de los maestros han evitado cuidadosamente, considerándola parte de la naturaleza «inferior» del ser humano.

La sexualidad está unida a lo femenino, a la Tierra, a Shakti, al hemisferio derecho. Por eso el hombre, desde su polaridad masculina, siempre a tenido tanto miedo de ella, intentándola reprimir a toda costa, «machacando» lo femenino, el hemisferio derecho, «lo que no se ve», lo no manifestado.

Femenino y masculino son dos caras de lo mismo, del juego de conciencia en este universo. Y el Tantra tenía muy claro el papel de lo masculino en este juego: venerar a lo femenino, a la Diosa, a la Tierra y reproducir así en la Tierra la danza cósmica de Siva y Shakti, unir en la Tierra lo que ya está unido en el cielo.

La sexualidad es una de las puertas de salida, y una de las más poderosas, deMatrix  (Maya– el mundo ilusorio creado por la mente). Puede ser también uno de los «entretenimientos» de Matrix  y una de las cosas que más atan la mente a la ilusión de las reglas de este mundo que la mente humana ha creado. Matrix  tiene varias puertas de salida o conexión con el Ser Superior, la Mente Superior, el Espíritu Santo, la chispa de Dios en nosotros.

La vía de la renuncia, del celibato, de la sublimación de la energía sexual, siempre ha sido y sigue siendo una vía para llegar al Ser. Siempre ha habido seres humanos que lo han conseguido, pero no es una vía para todos y es una vía del pasado. Ahora no se trata de llegar al samadhi yógico, irse y dejar el cuerpo aquí. Eso ya lo han conseguido muchos a lo largo de la historia humana. Ahora tenemos un reto mayor: transcender la muerte también aquí en la Tierra, unir el cielo y la tierra, espiritualizando la materia.

El yoga ha sido la vía por excelencia. El yoga utiliza una sofisticada tecnológica espiritual y un profundo conocimiento del cuerpo y la mente humanos y de su envoltura energética, para transcender el ego, la mente inferior y conectar con la puerta de salida de Matrix  (Maya): el Ser Superior.

El Tantra, como parte del yoga utiliza esa misma tecnología. Pero no hace distinciones. El Tantra es la esencia no dualista llevada a todo. Para el Tantra la tierra no se diferencia del cielo (más que en nuestras propias mentes ilusorias) y «lo que es arriba es igualmente abajo». No existe una naturaleza inferior del ser humano que haya que repudiar. De esta forma el Tantra integra la sexualidad con la espiritualidad, une la tierra y el cielo.

Pero el Tantra es también yoga. El Tantra utiliza todo el conocimiento del yoga (yoga=unión) aplicado a la sexualidad y convierte ésta en lo que es y nunca ha dejado de ser, una vía directa de conocimiento, de experiencia del Espíritu.

No es que nos tengamos ahora que hacer todos yoguis, expertos en sofisticadas posturas y habilidades corporales. De lo que se trata es de aplicar los principios universales que el yoga descubrió: conciencia del cuerpo, conciencia de la respiración, conciencia de la alimentación, relajación de la mente y silencio meditativo.

Utilizando el conocimiento del yoga, el Tantra convierte la sexualidad en una experiencia trascendente de meditación. Cuando una pareja se junta para realizar lo que conocemos como «acto sexual», se une en el Tantra en una experiencia que va mucho más allá del deseo, de la experiencia de descarga genital. Aprendiendo a controlar su energía, la pareja tántrica se junta para elevar su frecuencia vibratoria (su energía), para vivir una experiencia transpersonal que va más allá de la mente y que expande la conciencia «al otro lado del velo».

Me decía un día un maestro de yoga que el Tantra era algo muy complicado. Que las escrituras tántricas son muy difíciles de entender. No se trata ahora de volver al pasado exotérico. El Tantra original de hace miles de años con todo su ceremonial sánscrito es difícilmente aplicable en nuestros días. El Tantra ha sido celosamente guardado, principalmente a través de la transmisión maestro-discípulo (la tradición gurukula), hasta que llegase el tiempo en que la humanidad estuviese preparada. Y ese tiempo ya ha llegado. El conocimiento del Tantra ahora es fundamental y necesario porque la humanidad tiene que ir ha otro lugar.

Ahora se trata, como decía antes, de aplicar los principios universales e intemporales del yoga TAMBIÉN a la sexualidad, TAMBIÉN a esa parte del ser humano. Dejar de tener miedo de ese dragón que hemos fabricado con nuestra ignorancia y de recuperar todo su poder de dicha y de experiencia de lo divino.

Saber que la sexualidad no tiene por que ser sólo ese acto egótico de autosatisfación, de descarga y de vaciamiento de energía; si no todo lo contrario.

¿Cómo se hace?. Cambiando los esquemas y tomando nuestro poder, haciéndonos maestros de nuestra energía. Aparentemente es sencillo: el hombre aprende a ir más allá de su compulsividad eyaculatoria; aprende a no eyacular, a estar presente y abrir su corazón al ser que tiene delante, a sentirle, a entregarse. La mujer aprende a aceptar a este nuevo hombre, se libera de todos los prejuicios absorbidos de lo masculino y se entrega en su verdadera naturaleza de diosa. A partir de ahí empiezan a suceder cosas. Cuando ambos se olvidan de querer llegar a algo (mente-pasado) y comienzan a  vivir el ahora sin mente (sin objetivos del pasado proyectados en el futuro) la experiencia llega sola. Parecen cosas raras, pero es muy claro: cuando haces el amor y quieres llegar a  un orgasmo, seas hombre o mujer, no estas haciendo realmente el amor, estas en la mente que quiere reproducir un pasado aprendido y esto cierra las puertas a vivir lo que realmente hay; estás en tu ego, lo que hace imposible que sientas y te unas al ser que tienes delante (y por lo tanto a tu propio ser). Estamos acostumbrados a que eso sea lo normal y por eso esto nos suena tan raro.

La pareja tántrica transciende ese nivel del ego y no quiere llegar a ningún lugar. El acto sexual se convierte en un acto de comunión sin tiempo.

El acto sexual normal es lineal: hay un principio y un final. El acto sexual tántrico es circular y la pareja tántrica no tiene momento para empezar ni para acabar. No hay pérdida si no ganancia, ambos componentes de la pareja salen energetizados, la vibración se ha elevado y los cuerpos energéticos se han expandido. Esta es la «alquimia» de la sexualidad. Por eso la sexualidad se puede convertir en una forma de resolver, de transcender los problemas.

El hombre tiene que haber abierto su corazón (su hemisferio derecho) para salir de su mente esclavizante y de la vivencia compulsiva (pornográfica-mental-genital) de la sexualidad. Y la mujer tiene que haber abrazado el dragón de su vientre (su rencor contra lo masculino) para poder acceder a su verdadera naturaleza y no seguir esclavizada y atada a los patrones masculinos que se manifiestan una y otra vez en su psique, en su vida y por su puesto en su sexualidad. El perdón es fundamental. Perdonar es ver las cosas en su verdadera medida. Tomar consciencia de que la «película» que nos contamos a nosotros mismos no es cierta y entonces liberarla, con lo que liberamos a los demás y a nosotros mismos. Para esto nos puede ayudar el concepto de reencarnación. No hay culpables. Lo masculino ha «machacado» a lo femenino durante miles de años; pero cómo podría yo ahora, mujer, culpar a alguien si en vidas anteriores he sido yo el hombre que cometió todas esas atrocidades contra lo femenino que ahora mi inconsciente recuerda con rencor. Muchas mujeres encarnadas actualmente, son almas con gran experiencia anterior de lo masculino, cuya misión ahora es ayudar a los hombres a comprender su verdadera naturaleza y servir de ejemplo a otras mujeres. Pero esto no es posible en tanto la mujer no libere, no perdone todo lo que cree haber sido su pasado.

De la misma forma, muchos hombres hoy encarnados son almas con gran experiencia de lo femenino, que encarnan en cuerpos de hombres para llegar así a su totalidad. Estos hombres, cuando hayan hecho el trabajo, podrán ayudar a muchas mujeres a abrazar su verdadera naturaleza, pues aunque hombres, guardan en su recuerdo del alma la experiencia de la diosa.

El Tantra es un camino progresivo de ir integrando nuestras diferentes partes, de unir lo femenino y lo masculino interior y exteriormente; pues en realidad no hay diferencias, lo que es dentro es fuera, lo que es arriba es abajo, lo que es a nivel microcósmico es a nivel macrocósmico. Y lo más importante, lo que valida realmente el camino: el Tantra es un camino de dicha.

 

Publicado por Jesús Gómez (Keshavananda) en la revista «Espacio Humano», Junio-2004.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

TANTRA

LA SEXUALIDAD SAGRADA

 

 

 

Todo es sagrado en el Universo, pues todo es Dios. Todo lo que nos rodea es sagrado, aunque hayamos aprendido a vivirlo de una manera profana. La civilización actual, “el triunfo” del dios masculino materialista, nos ha llevado a una situación lógica: la visión materialista (o llamémosle mejor, “visión restringida”) pretende que el mundo es sólo una parte de lo que es, únicamente lo que el hemisferio izquierdo puede tocar, ver o creer que razona. Para mantenerse en esta ilusión, esta visión del mundo no tiene más remedio que negarse a considerar cualquier cosa que p

onga en peligro su convencimiento del mismo. Se ve obligada una y otra vez a afirmar la negación del resto de la realidad, convirtiéndonos en una especie de zombis,  seres que tienen delante de sus ojos toda la grandeza y la magia del Universo y eligen, sin embargo, conformarse con vivir en una especie de letargo, donde nada es asombroso, donde cualquier referencia a lo sagrado que nos rodea, no hace sino despertar una mueca de sonrisa prepotente y escéptica.

Es necesario recuperar el carácter sagrado de las cosas, de la naturaleza, de los animales, de las plantas, de la tierra, del viento, del agua, del fuego, de la vida, de nosotros mismos. La capacidad de asombro y de veneración de las culturas indígenas, de los indios americanos, que sin embargo nuestro mundo ha considerado como tan primitivos. Despertar de nuestro sueño y de nuestro miedo a querer plantearnos cualquier cosa que no sea la prisión de la vida diaria, de nuestras “obligaciones”. Dejar de “enchufarnos” a la televisión, para perpetuar así nuestro amodorramiento y poder continuar al día siguiente en un mundo que no entendemos, pero que desde nuestra tonta prepotencia pretendemos como completamente explicado.

La sexualidad, aunque nos hayan contado otra cosa, es una energía sagrada. Nuestra visión no sagrada del mundo, nos hace vivirla de forma ligera, vulgar. No hay más que ver cualquier programa de televisión o cualquier revista. Todo es superficial. El sexo es vendible, la mujer es un objeto de deseo vendible. Todo es vacío de significado. Todo es anodinamente “divertido”. Las relaciones sexuales no son sino encuentros efímeros, donde nada más allá que un momento de placer, existe. Debajo de todo eso hay sin embargo un gran dolor. El dolor de no encontrar significado a la vida. El dolor de saber que somos mucho más que eso y que nos negamos a reconocerlo. Por eso cada vez los jóvenes están más “enganchados” al tabaco y a los “porros”. El dolor requiere anestesia.

La sexualidad es un regalo de Dios. No es sólo para reproducirse, como la religión, desde la culpabilidad del pecado, nos quiso hacer creer, y tampoco es para “pasar el rato”, como el que se toma una caña, se hecha unas risas con los amigos y pasa una noche divertida. La sexualidad es la energía divina de unión entre lo femenino y lo masculino, es la dicha del Universo llevada al plano material, a la Tierra. Decía Jesucristo, en el Evangelio de los Esenios: “al Cielo no se puede llegar sino es a través de la Tierra”, y “al final del tiempo, la Tierra será como el Cielo”. Es curioso que, sin embargo, no hablase una palabra sobre sexualidad o sobre las relaciones hombre-mujer. ¿Nos lo podemos creer?; ¡cuando él en esos mismos evangelios hablaba de la “Madre Tierra”!.

La sexualidad es un “imán”. Es una jugada maestra del Universo. Encarnamos en cuerpos aparentemente separados, en egos separados, en esa notoria dualidad hombre-mujer; pero sin embargo hay una poderosa fuerza que nos lleva una y otra vez a tratar de unirnos. ¿Qué sentido tiene?. Alguien se cree que la naturaleza tendría algún problema en crear directamente seres andróginos. ¿Para qué todo este juego?.

Los videntes tántricos de la antigüedad lo tuvieron muy claro: venimos aquí para realizar a Dios (para hacer realidad a Dios), para traer a Dios a la materia, para unir el Cielo y la Tierra, para reproducir la danza universal de Siva y Shakti, masculino y femenino, aquí en la Tierra, para “unir en la Tierra lo que ya está unido en el Cielo”.

Más allá de la promiscuidad, es la magia de la sexualidad, el sexo como algo sagrado, lo que nos lleva a dar el verdadero valor a nuestras relaciones, más allá de la forma normal en que las practicamos, donde, desde una visión profana, cualquier encuentro sexual entre un hombre y una mujer, no pasa de buscar una experiencia de placer y gratificación. Cuando un hombre y una mujer se unen sexualmente (algo que también podríamos generalizar a las relaciones homosexuales…) se produce algo que va mucho más allá que esa simple “experiencia de placer” a la que estamos acostumbrados. Esa experiencia de placer, no es sino el sabor, el aroma, de algo que se produce a nivel espiritual, y por supuesto a nivel energético. Cuando una pareja se une en el acto sexual, todas sus células vibran, afectando a su cuerpo energético en su totalidad. El Universo entero se une. Cuando una pareja llega a ese estado de éxtasis que se produce cuando la energía se eleva al corazón y te haces uno con el otro ser que tienes delante, todo el Universo recoge ese éxtasis. Lo femenino y lo masculino, ying, yang, se han unido, se han fusionado aquí en la Tierra y todo el Universo lo celebra. La sexualidad te lleva a ese trance místico que algunos santos han experimentado. No es distinto de lo que describía Santa Teresa de Jesús, ni San Juan de la Cruz, por poner ejemplos cristianos occidentales. Ellos cuando hablaban de sus experiencias de fusión con Dios, estaban hablando de experiencias realmente tántricas. No es de extrañar que tuviesen problemas con el estamento eclesiástico de la época…

Cada orgasmo extático que una mujer tiene, y que sólo una mujer puede tener, es un canto a la Diosa encarnada, un canto a Shakti, a la Tierra, a la manifestación femenina del Espíritu, Dios-Padre-Madre. Y en cada orgasmo extático de la diosa en el que el hombre está “presente”, desde el corazón, dejando a un lado su mente, su compulsividad de descarga  y sus infantiles deseos, es una encarnación del poder masculino del Espíritu en la Tierra. Siva ha vuelto a venerar a Shakti. Dios reconoce y se rinde homenaje a sí mismo, reproduciendo la danza cósmica de la creación, de Siva y Shakti, de Dios-Padre-Madre, Cielo-Tierra. Ahí se unen los opuestos y se cierra el círculo de la creación. Lo que es en el Cielo, se ha manifestado en la Tierra, en la materia.

La sexualidad humana es un gran poder de sanación, de transmutación y de expansión de la conciencia. Tenemos, sin embargo, que cambiar bastantes creencias y soltar muchos miedos, rencores y neurosis, para que este poder se manifieste.

El Tantra es simplemente un camino, una vía del yoga, que recogió, de forma magistral, todo el conocimiento de la verdadera naturaleza humana, de su sexualidad  y de las relaciones femenino-masculino. El Tantra recoge leyes universales que describen algo que está en nosotros, algo que nos pertenece por derecho propio y pone a nuestra disposición las técnicas para acceder a esa verdadera naturaleza.

Tenemos que sacralizar la vida, dar el verdadero valor a todo lo que hacemos y somos, dejar de vivir desde el dipolo culpabilidad-miedo, permitir que lo que realmente somos florezca, llevar la plenitud y la paz a nuestro interior, para proyectarla entonces sobre el mundo. Cuando lo femenino y lo masculino se hayan unido, habrá paz en el mundo, habrá una nueva Tierra.

 

Publicado por Jesús Gómez (Keshavananda) en la revista «Espacio Humano», Julio-2004

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  TANTRA

    EL VERDADERO PODER

   MASCULINO

 

 

La energía masculina y femenina se encuentra tanto en el hombre como en la mujer. El hombre es primordialmente un canal masculino, mientras la mujer lo es femenino y toda su energía y fisiología son un reflejo de este hecho. Cuando hablamos por lo tanto de lo masculino y lo femenino, no nos estamos refiriendo exactamente a hombre y mujer. En la manera en que somos canales preferenciales de cada tipo de energía, sí podríamos aproximarnos a tal identificación. No obstante todo lo dicho en este artículo puede aplicarse a ambos, hombre y mujer. Cuando hablamos de lo que la energía masculina ha hecho del mundo, deberemos tener en cuenta, que esa energía masculina se ha expresado y se expresa en la actualidad también, a través de multitud de mujeres, que, separadas de su esencia femenina, abrazan, interiorizan y expresan lo masculino en ellas. La historia de esta humanidad es la historia de la dominación de esa parte masculina y eso, hoy por hoy, esta en todos, hombres y mujeres, en el inconsciente colectivo de la humanidad.

La energía masculina ha venido dominando y tiranizando el mundo durante los últimos miles de años, llevándolo a la situación actual extrema, donde estamos a punto de destruir a nuestra madre, la Tierra. Toda la dinámica actual del ser humano sobre la tierra lleva a eso, una especie que creyéndose separada de lo que la rodea, se convierte en un cáncer que destruye a su propio organismo.

El momento actual es delicado. Lo femenino está ya en todas partes, la mujer está despertando y poniendo su presencia en todos los sitios. Pero muy pocas mujeres han tomado su verdadero poder femenino. Seguimos viviendo en una civilización completamente masculina y la mujer, por lo general, está tan desorientada como el hombre, abrazando en la mayoría de los casos, los patrones masculinos como su propia liberación. El hombre, por su parte, está perdido, aferrándose como puede a los viejos patrones y paradigmas, sin querer mirar a otro lado, aún sabiendo que éstos ya no sirven y que nos llevan al dolor y a la destrucción. Mientras tanto, la propia lógica de la civilización masculina nos lleva cada vez más a un lugar: un mundo cibernético, un ser humano esclavizado, con su mente, su cuerpo y sus emociones perfectamente controlados.

Todo este panorama aparentemente desalentador, encierra una realidad paralela: el nacimiento de un hombre y una mujer nuevos, la ascensión de la Tierra, es un proceso actualmente acelerado e inevitable. Únicamente nuestro estancamiento e inercia en la ignorancia, puede hacerlo más o menos traumático, más o menos doloroso.

Detrás de la aparente e hinchada fortaleza de la mayoría de los hombres hay un corazón débil y herido, un globo inflado que se desinfla al primer pinchazo, dejando al descubierto toda la debilidad de niños que ni siquiera han cortado el cordón umbilical con la madre. Da igual la edad, 30, 40, 60, 100 años, o la posición, presidente de gobierno, presidente de multinacional, obrero de la construcción, o mendigo. Detrás de todo hombre atado a los patrones masculinizantes de siempre, hay un corazón perdido y dolido contra lo femenino, contra la Tierra, contra sí mismo.

El verdadero poder masculino no tiene nada que ver con el dominio y con la aparente fuerza física. Esa es la gran ilusión que ha perdido a la mente masculina, hasta el punto de llegar a considerar a lo femenino como un subproducto (nacido de una de sus costillas, débil, incapaz y definitivamente inferior). El ser humano es un ser dual: dos cerebros (dos hemisferios cerebrales), dos lados, masculino, femenino, Ying, Yang. Esta es la realidad que Oriente entendió y plasmó magistralmente en el Taoísmo, en el Tantra. Esta dualidad está presente en todo y no es si no el reflejo de la danza cósmica de este universo, la danza del ying y el yang, Siva y Shakti, masculino y femenino, Dios-Padre-Madre, experimentándose a sí mismo en las diferentes dimensiones de la conciencia.

El Tantra lo comprendió muy bien: encarnamos en la Tierra para «bajar» la conciencia de Dios a la materia, para reproducir, aquí en la materia, la danza cósmica del Universo, la danza de Siva y Shakti, masculino y femenino. Y en esa danza cósmica, el papel de lo masculino, no es otro que el del Caballero del Grial, el guardián de la Tierra, venerar a lo femenino.

Venimos a la Tierra y la tremenda densidad del velo de la materia nos hace olvidarnos de nuestro verdadero Ser. Es como si Dios se olvidase de sí mismo, y en ese olvido, lo masculino, Dios, confunde su función, que no es otra que estar al servicio de lo femenino, Dios. Y en ese doloroso olvido nace la separatividad, nace el miedo, y la parte yang, lo masculino, que representa la parte activa, la fuerza en la materia, cae en la infantil ilusión de su superioridad. Infantil, pero peligrosa ilusión, que ha llevado al “machaque” y a la explotación de lo femenino, a la guerra durante miles de años y que, como decía al principio, está a punto de destruir la Tierra.

Se dice en el Tantra que lo masculino debe ser internamente guiado por lo femenino. Lo masculino sin la guía de lo femenino, solo ve «partes separadas», enemigos o cosas a conquistar o utilizar. Lo masculino (hombre o mujer) sin la guía de lo femenino no puede sentir un paisaje. Verá un maravilloso valle, un bosque, un río, y sólo verá lo que se puede «hacer» con él. Lo masculino sin la  guía de lo femenino sólo ve «hacer», «hacer» y más «hacer», llenar, cortar, perforar, construir… El famoso paradigma del «desarrollo» no es ni más ni menos que eso, la mente masculina perdida en su locura separativista y sin sentimiento. Lo masculino, sin la guía de lo femenino, está separado del sentimiento, convirtiéndose en una mente fría, calculadora y cibernética… y llena de miedo.

La mente racional es una vibración ligada a lo masculino, al yang, al hemisferio izquierdo, mientras que el sentimiento, el corazón, es una vibración unida a lo femenino, al hemisferio derecho. Una mente que niega su hemisferio derecho, se convierte en una mente separada del todo, depredadora, una mente que no ve más que sus propias fronteras.  Así ha sido la mente masculina. Lo masculino separado, sin la guía de lo femenino lleva directamente a la locura y a la guerra. Y no hay más que echar un vistazo a la historia de la humanidad y hacia donde aparentemente se dirige. Lo masculino debe servir a lo femenino. Es la fuerza activa, es la acción, es el poder de ejecución en la materia. Pero debe ponerse al servicio de lo femenino, que es lo que conecta con el todo, con la totalidad. Para la mente masculina separada, nada tiene vida, nada tiene alma, nada es explicable y nada esta unido a lo demás. El hemisferio izquierdo sólo ve únicamente piezas separadas sin ninguna relación entre sí. Algo que va totalmente contra la realidad misma, como la física cuántica ya ha demostrado sobradamente. Pero para poder percibir «algo más que piezas separas», es necesario que esa mente del hemisferio izquierdo, se ponga al servicio del hemisferio derecho. Es ahí donde se abre la puerta a poder percibir la totalidad. Y el hemisferio derecho es femenino, y la puerta del hemisferio derecho es la energía del corazón. Por eso siempre han hablado las religiones y las tradiciones del corazón como «la puerta del alma». Por eso siempre la mujer ha tenido más acceso a  la intuición, a lo no manifestado, a lo que no se ve, al conocimiento directo que sobrepasa lo racional. Porque la energía femenina es una energía ligada al corazón.

La energía del chakra del corazón es la energía de la unión, de la fusión. Por debajo del chakra del corazón está la energía del ego, del «yo», donde todo está separado, y donde, por lo tanto, existen el miedo y los enemigos.

Es necesario y vital que el hombre tome su verdadero poder. Que el hombre abra su pecho y ponga su mente al servicio del corazón. Que se abra a lo femenino en su interior, no para hacerse afeminado u homosexual, sino para acceder al verdadero poder del Sol que hay en él. El Sol que alimenta a la Tierra con su calor incondicionalmente, el Sol que siempre está ahí, sea de día o de noche. El Sol que no tiene miedo de la Tierra, que no se plantea qué puede hacer con ella, como puede explotarla, poseerla o controlarla. El Sol que no quema a la Tierra con su compulsividad eyaculatoria y posesiva. Simplemente está ahí, la observa, se maravilla ante su energía y su belleza y la venera y la protege con su poder masculino.

Ese el nuevo hombre que ineludiblemente está apareciendo en la Tierra ascendida. La nueva energía, que junto con una nueva mujer, desde su verdadero poder femenino, traerán paz, dicha y consciencia a este maravilloso planeta azul, a esta biblioteca danzante del Universo que es nuestra Madre Gaia.

 

Publicado por Jesús Gómez (Keshavananda) en la revista «Espacio Humano», Septiembre-2004.

 

 

 

 

 

TANTRA

EL VERDADERO PODER

FEMENINO

 

 

 

 

 

Como decíamos en el artículo anterior («El Verdadero Poder Masculino» que puede leer en este mismo sitio web) el mundo lleva sufriendo durante los últimos miles de años un gran desequilibrio. Lo que debería ser una danza, la danza de Shiva y Sakti, donde el papel de lo masculino sería venerar y sustentar a lo femenino, a la Tierra, se ha convertido en la dolorosa tiranización de uno de sus aspectos, el aspecto yang, lo masculino. En la historia de la evolución de la conciencia humana, lo masculino, unido al hemisferio izquierdo, a los valores activos, racionales, analíticos, a la voluntad, a la fuerza y a la acción en la materia, cayó en la ilusión de su superioridad, frente a ese otro lado, el ying, caracterizado por los valores receptivos, intuitivos, de sensibilidad, de sentimiento, de unión con las cosas, de conocimiento directo que no pasa por el proceso racional. Valores ligados al hemisferio cerebral derecho y a la energía del corazón. Valores no comprendidos, denostados y percibidos con temor por el mundo masculino y que han sido considerados tradicionalmente como síntoma de debilidad, además de haber llevado a la hoguera a multitud de mujeres en la historia.

Seguimos viviendo en una civilización esencialmente masculina y la jugada de la oscuridad es perfecta. Durante miles de años lo masculino ha machacado a lo femenino y ahora le vende su propia liberación: «hazte como yo»; libérate abrazando los patrones masculinos de competitividad, hazte agresiva, hazte soldado, practica una sexualidad activa y separada del corazón, métete en la rueda de la competitividad y el «éxito», aunque eso lo pagues con un gran estrés interno (no es casualidad ver hoy en día a tantas mujeres fumando compulsivamente, como medio de aplacar el dolor producido por la desconexión con ellas mismas), sepárate de tu feminidad, considera tu regla como algo molesto, un impedimento (para seguir en la rueda del mundo masculino), toma la píldora (u otros inventos masculinos), aún a costa de destruir tu ciclo y separarte de la energía de tu vientre y un largo etcétera…  Lo que se ha llamado la «igualdad de la mujer» no es más que sólo eso: en un mundo dominado por la energía masculina, «no te preocupes, por fin puedes ser como nosotros». Con eso se cierra el círculo y se asegura que el mundo no cambie, que el ser humano siga esclavizado, sin poder acceder a la totalidad de su conciencia.

Aún así, las cosas ya han comenzando lentamente a cambiar. El final de esa era yang está llegando a su fin y lo femenino, la Diosa, tiene que tomar su poder, equilibrando el mundo. La sanación de la Tierra depende de eso. En eso la humanidad se juega ni más ni menos que su supervivencia. Y cuando decimos que lo femenino debe tomar su poder, como anotábamos en el artículo anterior, no nos referimos exactamente a que la mujer deba tomar el poder. No estamos hablando de «feminismo». Nos referimos a algo más amplio, más profundo, más interno. A un cambio de conciencia en el ser humano, tanto en el hombre como en la mujer. A un cambio de conciencia que refleje precisamente esa «danza» que el Tantra entendió tan bien. Una danza de equilibrio y de amor, donde lo femenino, bajo la protección y el apoyo de lo masculino sanado, sea la energía que conduzca al mundo a una nueva dimensión, a una nueva percepción, en conexión con lo divino que está en todo lo que nos rodea.

Para que este proceso pueda plasmarse en la realidad, el hombre como ya explicamos tiene que sanar y abrir su corazón. Pero la mujer, canal principal en la Tierra de esa energía femenina tiene un papel principal. La mujer debe comprender cuál es su verdadera esencia, donde está su auténtica liberación y sanar todo aquello que la impide encarnar el poder de la Diosa. La misma sanación de la mujer y esa toma de su verdadero poder, ayudarán al hombre también a curarse, al deshacer todo el rencor y toda la energía atrapada a través de historias de cientos y cientos de reencarnaciones.

Para que la mujer pueda acceder a la energía de su corazón, su verdadera esencia, debe primero sanar su vientre, curar la herida ancestral de lo femenino. En prácticamente toda mujer encarnada hoy en la Tierra existe esa herida. Es la herida formada por todo el dolor acumulado en el inconsciente colectivo de la humanidad por los miles de años de represión y utilización de lo femenino. Es también la energía inconsciente del rencor contra lo masculino que se manifiesta especialmente en las relaciones de pareja, pero que está ya ahí desde el momento del nacimiento, reflejada desde el principio en la relación con el padre progenitor, arquetipo de lo masculino.

Aunque la mujer de forma generalizada está despertando, muy pocas mujeres han realizado todavía el trabajo de abrazar, hacer consciente y liberar esa herida del dolor y del rencor. En tanto esa herida no se sane, la mujer no podrá liberarse, siguiendo atada a lo masculino, y por ende, siguiendo también nuestro mundo atado a lo masculino.

Sanar la herida es perdonar, que es realmente liberar a los demás y liberarnos a nosotros mismos. Es desatar lo ilusorio. El pasado que solo está en la mente. Mientras no perdonamos quedamos atados a aquello contra lo que reaccionamos y es lo que una y otra vez llamaremos y crearemos en nuestra propia vida. Todo esto se mueve normalmente a niveles inconscientes y es ahí precisamente donde debemos actuar, observándonos, haciéndonos conscientes de todo eso que estaba antes oculto y que no podíamos ver. Es un trabajo de elevación de la conciencia. Cuantos más hagamos el trabajo, más fácil será para el resto.

Para perdonar es muy importante ver las cosas con más amplitud. Comprender que todo esto no es un tema personal, que es la historia de la humanidad, la historia de cientos y cientos de reencarnaciones, donde todos hemos pasado por todo. Unas veces como hombres, otras como mujeres. Lo que realmente estamos haciendo es liberar el karma de la humanidad, desde la mujer o el hombre que hemos elegido ser en la encarnación actual.

El verdadero poder de la mujer no está en «igualarse» al hombre en su «fuerza», en su «racionalidad», no está en afrontar la vida desde su mente conceptual, analítica y discursiva. Ahí la mujer se pierde a sí misma y realiza una vana labor de liberación de lo femenino. La mujer también tiene que desarrollar su lado masculino, su mente racional y analítica, su hemisferio izquierdo, para equilibrarse. Sin un desarrollo de su lado masculino, la mujer no puede estar completa en la Tierra y todas esas características ying la arrastrarán a un mar de confusión, de emocionalidad, de inestabilidad, de falta de sobriedad. Podrá percibir muchas cosas, pero no podrá procesarlas, no podrá colocarlas, quedándose en un mundo vago y difuso, difícil de expresar. Es a través de las características yang (masculinas) como se puede dar forma a ese mundo, si no, demasiado etéreo. Pero este desarrollo de su parte yang, siempre debe estar dirigido desde su parte femenina, es como el sustentador que da equilibrio en el mundo. Pero no está ahí su verdadero poder.

Esa necesidad de muchas mujeres de «demostrar» su valía en el mundo masculino, es una necesidad ligada a la relación con el padre no aclarada. La figura del padre debe ser recapitulada profundamente en cada mujer. Es un trabajo de liberación. Mientras una mujer no ha bajado a los entresijos de su relación con el arquetipo masculino, para ver todo el dolor emocional, toda la ira y toda la culpabilidad allí existentes, no podrá ser ella misma, se encontrará atada a esa energía que la desestabilizará, que reproducirá una y otra vez en los patrones de su vida, en sus relaciones, en su sexualidad. No podrá expresar su feminidad, su verdadero poder.

En el otro lado, la mujer debe volverse hacia el arquetipo femenino, hacia la madre. También ahí es necesario un trabajo de perdón y liberación. Un trabajo de comprensión que lleve a retomar el contacto con la esencia femenina, más allá de los desequilibrios normalmente existentes en toda relación madre-hija. Es normal que para la mayoría de las mujeres de hoy en día, la madre no haya aportado suficiente «presencia» femenina en su desarrollo. Más allá de esta realidad de la relación con la propia madre, debemos comprender que lo femenino arquetípico transciende la madre física. Que es posible conectar con «la energía de la madre» a través de la Tierra y también a través de la comunión con otras mujeres.

El vientre de la mujer debe ser sanado, para que la Diosa se pueda manifestar. Y hoy en día el vientre de la práctica totalidad de las mujeres se encuentra impregnado a nivel celular de la herida de siglos de dominio y deshonra de la Diosa. Las relaciones sexuales no han hecho, ni hacen, más que agravar dicha herida. Todo pene no purificado de la mente y emocionalidad masculina, que entra dentro de una mujer, no hace si no potenciar el dolor allí existente, el dolor del desamor, de la no veneración a la Diosa. El contacto con un pene que ha conectado con el corazón, facilita, es más, activa, el proceso de curación en el vientre de la mujer. Por eso es sumamente importante relacionarse con parejas que estén en el camino de poner consciencia en la sexualidad. No se trata de renunciar a la libertad sexual, pero ya no podemos dejar que entre cualquier energía dentro de nosotros. Debemos empezar por honrarnos a nosotros mismos.

La energía femenina es una energía ligada al corazón y a la unión con el Espíritu y con todo lo que nos rodea y es desde el corazón desde donde nuestro mundo será sanado.

 

Publicado por Jesús Gómez(Keshavananda) en la revista «Espacio Humano», Octubre-2004.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

TANTRA:

la visión de MAYA

 

 

Maya es el antiguo concepto de los Vedas, en la India, recogido luego posteriormente en el Tantra, en el Yoga, en el Budismo, en el Zen y en la mayoría de las tradiciones espirituales de Oriente, e incluso con otros términos, en el chamanismo occidental o el chamanismo tolteca de los originarios americanos.

 

El concepto de Maya, conocido por los antiguos videntes de la India, establece que el mundo material que percibimos, que nos parece tan sólido, tan ineludible, y con una existencia real, tan independiente y completamente separada de nosotros, no es sino el reflejo, la proyección cuántica en un universo de energía, de nuestro propio pensamiento, de nuestra percepción.

 

El concepto de Maya ha sido interpretado, sobre todo en el Budismo, como «Ilusión». Pero no es que el mundo que vemos sea exactamente una ilusión, en términos de irrealidad. El mundo que vemos es completamente real mientras creemos en él, aunque es una fabricación de nuestra propia mente. Aquello en lo que ponemos nuestra creencia, aquello en lo que ponemos nuestra fe, es nuestro mundo, con absoluta realidad para nosotros.

 

El concepto de Maya es una verdad corroborada completamente por la ciencia moderna, especialmente por la física cuántica. Lo que la física cuántica ha encontrado y asombrosamente demostrado, es que la realidad de la materia es no materia. Que cuando van a buscar la última partícula, la última pieza, el último ladrillo componente de la materia, lo único que encuentran es vacío. Lo único que encuentran es un mar infinito e indefinible de energía, un campo unificado de energía, un campo de infinitas posibilidades, donde todo está interconectado, independientemente de la distancia, donde rigen unas leyes diferentes a las experimentadas en nuestro mundo de la materia, y donde… la energía responde a la mente y a las emociones humanas. De esta forma, la ciencia, corrobora el antiguo concepto de Maya y demuestra el gran poder creativo del pensamiento humano, que no es otro que el Poder del Espíritu, del Universo, de Dios en nosotros.

 

Este poder podemos utilizarlo desde la creencia de la mente dormida y separada de todo lo que la rodea, desde la identificación con el ego, la entidad inconsciente y automatizada que ha dominado la mente humana durante milenos, o desde la Mente Superior, la conexión con el Ser que realmente somos, el Poder de Dios en nosotros.

 

Todo el trabajo del Tantra, del Yoga, del Budismo, ha sido siempre trascender esa mente pequeña, el ego, para, principalmente en el Tantra, a través del corazón, acceder al poder del Cristos en nosotros (Cristo = El ungido, por el Espíritu).

 

Cada uno de estos lados da origen a un mundo diferente.

 

El ego, la mente ordinaria, unida al miedo, a las emociones, a la separatividad, da origen a un mundo de muerte, de enfermedad, de sufrimiento y de guerra. El mundo del tiempo, donde la mente humana ha estado atrapada por milenios. La mente dormida, encerrada en la habitación del sótano de un gran palacio con múltiple moradas, y olvidada de su propia identidad. Es la prisión de la mente, descrita perfectamente en una de las principales canalizaciones de los últimos años en el mundo del cine: MATRIX (1).

 

El ego es una entidad que se ha ido formando en la mente humana, llegando a tomar autonomía propia y esclavizándola a todo el mundo de creencias que alberga. De esta forma, el ser humano en general, ha estado utilizando todo el poder cuántico del universo, desde esa visión restringida de sí mismo y de lo que le rodea.

 

Desde el otro lado, la mente que se ha sanado a sí misma, la mente que ha dejado atrás el ego y ha conectado con el Ser Superior, que se ha entregado y rendido al poder del Espíritu, el mundo al que se da origen es un mundo ligado al Verdadero Poder: el poder de Dios en nosotros. Este poder es un poder ligado al amor, a la unión con todo, a la intemporalidad, a la verdadera creación, a la Dicha. Es lo que el Yoga ha denominado siempre como la Realización («hacer realidad») de Dios en nosotros.

 

Ese es el trabajo de la Iluminación o el Despertar, donde la humanidad se encuentra ahora ineludiblemente.

 

La visión del Tantra, como vía ancestral ligada al yoga, comparte los planteamientos referentes a la irrealidad última del mundo, pero desde su visión no dualista llevada de forma congruente a sus últimas consecuencias, comprende que no es posible establecer diferencias, que Todo es Uno en el Universo. Que sólo existe Dios y nada más que Dios y que lo de arriba es igual a lo de abajo, el Cielo es igual a la Tierra. Desde esta perspectiva, el Tantra no entiende la liberación como un despertar a nuestra verdadera naturaleza (iluminación) para «escaparse» del mundo. Tradicionalmente esa ha sido la visión de la liberación del Yoga y del Budismo. El Tantra entiende que, aunque creación de la mente, la Tierra, el mundo, es también Dios y que nuestra misión aquí no es precisamente escaparnos, sino unir lo de arriba y lo de abajo, la Tierra y el Cielo, llevando la conciencia de Dios a la materia. El mundo material no es sino un experimento de Dios consigo mismo. Dios «baja» a la materia y se olvida de sí mismo y es a través del trabajo de «recordarse», como se unen los opuestos, se cierra el círculo y la Tierra de une al Cielo. Una visión que por otra parte encaja perfectamente con las palabras de Jesucristo en el Evangelio de los Esenios: «al Cielo no se puede llegar si no es a través de la Tierra» y, «al final del tiempo, la Tierra será como el Cielo».

 

 

Bibliografía interesante:

 

_ El Tao de la Física. Frijoj Capra (Ed. Sirio).

 

_  Todos los libros de Castaneda, como una visión comparativa de esa otra realidad:

 

  • Las Enseñanzas de Don Juan
  • Una Realidad Aparte
  • Viaje a Itxlan
  • Relatos de Poder
  • El Conocimiento Silencioso

 

–        El Evangelio de los Esenios. Traducción del Dr. Edmond Bordeaux

Székely (Ed. Sirio).

 

 

(1)  La película Matrix (Matrix I, descartando la II y mayormente la III, como meras extensiones comerciales) es una canalización de completo simbolismo vedanta, dada al mundo para que comprenda en su lenguaje actual (de acción, tiros y violencia… ). Todos los componentes de la visión de Maya y de su liberación están recogidos en la película.

 

 

 

Publicado por Jesús Gómez (Keshavananda) en la revista «Verdemente», Marzo-2006.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

TANTRA

MÁS ALLÁ DE LA SEXUALIDAD

 

 

Vivimos un momento en el mundo donde, cada vez más, se hace palpable la necesidad de encontrar respuestas. Respuestas que nos lleven a una comprensión más amplia. Respuestas que nos permitan salir de la prisión de nuestras creencias heredadas, de la prisión de Maya, nuestra mente conceptual.

 

Lo viejo se está derrumbando en pedazos en todos los ámbitos de nuestra existencia. Es un cambio acelerado que se manifiesta en el síntoma de inquietud constante en todas las personas, en la sensación subterránea de inseguridad, de temporalidad de todo. De alguna manera “se nos está obligando” cada vez más a vivir “el ahora”, el presente, y como siempre, el mundo no hace si no reflejar ese estado de conciencia en el que nos encontramos. Todo es inmediato. El mensaje te llega a través del móvil en décimas de segundo. Inmediatamente te comunicas con la persona adecuada, no importa donde esté en el mundo. Cada vez más, casi nadie sabe lo que va a hacer hasta el último momento. Es “el ahora”. El no-tiempo, otra dimensión, que nuestra mente, sujeta todavía a los patrones antiguos del tiempo y del espacio, no sabe procesar, plasmándolo en inquietud, en esa sensación de inseguridad, en un estado de ansiedad latente.

 

Y en este asombroso cambio de era, en esa búsqueda de respuestas, cada vez más gente se está acercando a una visión ancestral: el Tantra. Una visión ancestral, dormida por siglos y celosamente guardada por unos cuantos iniciados, que está aflorando ahora poderosamente en todo el mundo. Aflora ahora, porque la visión del Tantra es la visión de la nueva era, la visión de la no separatividad, la visión que va más allá de la mente conceptual, la visión no dualista llevada a todo, a la Tierra y al Cielo. Ya lo predijo el gran maestro Osho: los días del Tantra se acercaban. Tarde o temprano el Tantra se expandiría entre las masas por primera vez. Porque por primera vez, los tiempos estarían maduros para aceptar el sexo de forma natural, para aceptar la verdadera esencia sagrada de la sexualidad.

 

Cuando las personas se acercan al Tantra, lo primero con lo que “chocan” es con el concepto de sexualidad. El gran dragón de la humanidad. Freud, Jung, Reich y otros importantes psiquiatras occidentales de nuestro tiempo no se equivocaron: la sexualidad es la gran sombra de la humanidad, la fuente del principal trastorno humano, la fuente de la “esquizofrenia” donde la mente humana ha estado establecida por miles de años.

Es necesario aclarar la relación de la sexualidad con el Tantra, porque hay ciertas sutilezas donde la mente conceptual no llega. El Tantra no es sexualidad, pero sin embargo, sí es sexualidad. Aquí es donde la mente ordinaria se pierde. Tendemos comúnmente a hacer enfoques dualistas: esto o lo otro, izquierda o derecha, si es esto, lo otro no puede ser, si busco la espiritualidad, tengo que apartarme de la sexualidad. Y de esta forma la humanidad se ha estado debatiendo siempre en la neurosis de la represión, en la esquizofrenia del pecado, de la negación de una parte de nosotros mismos. Cientos de iglesias y tradiciones espirituales moviéndose una y otra vez en esos esquemas duales: para llegar a Dios tengo que negar lo terrenal. Afortunadamente Dios no está loco como nosotros, y no “ve” las cosas con nuestra visión de separación.

 

La mayoría de las personas se acercan al Tantra con la “expectativa” de la sexualidad; de hecho toda la visión popular que se va formando (incluso ya comienza a aparecer en la televisión) identifica Tantra con sexualidad. Y he aquí el primer “shock”. Asistimos a un curso, a un taller de Tantra y de lo que nos hablan es de conectar con el Ser, con quién realmente somos. Suponemos que nos van a enseñar maravillosas técnicas del Kamasutra, y lo que nos enseñan es a meditar, a liberar nuestras emociones, a encontrarnos cara a cara con nosotros mismos, o mejor dicho, con la ilusión de lo que creemos que somos, a bucear en nuestra mente y en nuestra energía, para curar y liberar el pasado, a equilibrar nuestros arquetipos masculino y femenino. Se nos habla de cómo canalizar nuestra energía y se nos enseña a respirar. A lo mejor nos tienen cantando no se cuanto tiempo seguido, para liberar la energía de nuestra garganta, o nos ponen a dar vueltas en un vertiginoso giro derviche. Incluso nos pueden llevar al momento del nacimiento, quién sabe, incluso a una vida anterior. La mente que va buscando “técnicas sexuales” no puede por menos que desconcertarse.

 

Y es que el Tantra “no es sexualidad”. Los maestr@s de Tantra no son sexólogos. En el Tantra no se enseña sexología, ni Kamasutra (la parte folklórica del Tantra). El Tantra nos enseña a conectar con nosotros mismos, con la totalidad de lo que somos, con el Ser, con el Espíritu Uno que está en nosotros y en todo. El Tantra nos enseña a “limpiar” el camino, a sanarnos, para a través de la energía del corazón, poder entonces llegar a la experiencia de la sexualidad sublime. El Tantra no rechaza ni relega la sexualidad. Todo lo contrario, considera la sexualidad como la energía sagrada del universo, la energía de la unión, y la eleva a su máxima plenitud. La sexualidad en el Tantra está ahí, pero no se comienza por ella, como harían los sexólogos. La sexualidad aparecerá con toda su potencia, mucho mayor de lo que normalmente podríamos suponer, pero una vez hayamos despejado los obstáculos que impedirían su elevación. Todo el proceso y las técnicas del Tantra va dirigido a eso: remover los obstáculos que nos bloquean y nos atan a los viejos esquemas de nosotros mismos. Por eso en un curso de Tantra, lo que nosotros llamaríamos sexualidad no parece verse al principio.

 

El Tantra no se centra en la sexualidad como experiencia “personal”, como experiencia del ego, que lo que busca es gratificación para sí mismo. La sexualidad en el Tantra es una experiencia “transpersonal”. El Tantra utiliza toda la poderosa energía de la sexualidad para llevarnos a la experiencia de conexión con lo que nos rodea, para expandir nuestros límites más allá de las fijas fronteras del “yo”. El Tantra lleva el acto sexual a una experiencia de meditación. Una experiencia de fusión entre lo masculino y lo femenino interna y externamente. Una experiencia que, por supuesto, abarca y va mucho más allá de la experiencia normal a la que estamos acostumbrados con la sexualidad. Y aquí aparece uno de dilemas mentales clásicos de muchas personas al acercarse al Tantra: si llevo la sexualidad a una experiencia sublime, de meditación, ¿voy a perder esa experiencia que tanto nos atrae, del deseo y la excitación?. Nada más lejos. No se nos niega nada. El deseo, la excitación siguen estando ahí, y con mucho más poder si cabe, puesto que en el Tantra no se pierde energía, si no que se gana. Lo que ocurre es que abrimos las puertas a otra dimensión, donde la excitación genital se queda como el fuego, el motor, que nos lleva a la experiencia más elevada del éxtasis tántrico. En la sexualidad, tal como normalmente la vivimos, ese fuego termina en un incendio explosivo, que no deja nada a su paso. En el Tantra ese fuego se convierte en rescoldo, que con su enorme poder calorífico nos permite mantenernos llenos de energía para poder llegar al cielo del éxtasis. Es un sutil, pero importante, a la vez que drástico cambio de esquemas. En el amor tántrico no buscamos nuestra gratificación egoica. No buscamos grandes experiencias de orgasmos espasmódicos, ni descargas compulsivas. Nos vaciamos de mente, de objetivos, para vivir el ahora, sentados encima del fuego del rescoldo, convirtiendo de esta manera el acto sexual en poderosa meditación, en sintonía con la nueva dimensión del no-tiempo. No hacemos el amor de forma “lineal”, con un principio y un fin, si no que nos sintonizamos con esa otra frecuencia del tiempo circular. Y como siempre, la paradoja del universo: cuando nos hemos entregado y desapegado de objetivos, recibimos entonces los regalos que antes perseguíamos con tanto ahínco y que no podíamos si no rozar levemente con los dedos. Recibimos lo que siempre perseguíamos, y mucho más. Pero para ello tuvimos que comprender que el Tantra no es sexualidad y sí es sexualidad.

 

Publicado por Jesús Gómez (Keshavananda) en la revista «Espacio Humano», Noviembre 2004.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

TANTRA

 

LA SANACIÓN DEL VIENTRE FEMENINO

 

EL PODER DE LA DIOSA

 

 

 

El cuerpo es un símbolo y el vientre, el útero femenino, es el símbolo de la conexión con lo no manifestado, la Diosa. El vientre femenino ha sido agredido durante miles de años, por el mundo masculino y la energía metálica separada del corazón y la Madre Tierra que ha dominado nuestra civilización.

Y aún hoy sigue siendo agredido terriblemente en nuestra “avanzada” civilización. Se le agrede cuando el hombre sigue utilizándolo para descargar toda su frenética compulsividad mental, cuando tantos y tantos hombres se masturban dentro del vientre de una mujer y a eso le llaman hacer el amor. Le agrede la propia mujer cuando permite que cualquier hombre entre dentro de ella, y cuando ella misma copia los patrones sexuales masculinizantes, dirigiéndose a una sexualidad superficial (clitoridiana) y convirtiéndose en ese tipo de mujer,  tan común hoy en día, que utiliza activamente la sexualidad desligada del sentimiento. Se le agrede por supuesto en los hospitales, en el llamado “parto tecnológico” dominante hoy en día, donde tantas y tantas mujeres paren de forma antinatural y son sometidas a la atrocidad de la episiotomía y otras aberraciones médicas, en aras del la “efectividad técnica”. Se la agrede cuando se ha inventado la píldora, que destruye el ciclo femenino, o todos los otros sistemas anticonceptivos intrusivos en el cuerpo de la mujer, curiosamente siempre sistemas para la mujer, ¿porqué no para el hombre?. Se agrede el vientre femenino, cuando se ha hecho creer a la mujer que su regla es un trastorno, una molestia “que tiene que sufrir” y que la impide actuar en un plano de “igualdad” con el hombre. Cuando se la ha hecho separarse del momento sagrado que es la menstruación y a base de “tampax” apartarse e incluso repudiar su propia sangre. Podríamos continuar con un sin fin de agresiones más de una civilización masculina que, desde su “omnipotente” hemisferio izquierdo, ha cometido y sigue cometiendo para controlar y aplastar a la Diosa, a la cual ha temido y no ha entendido. No es de extrañar que nuestra civilización esté destruyendo la Tierra, siendo la Tierra la expresión por excelencia de la energía de la Diosa.

La Diosa es la energía femenina y representa la conexión con lo que se siente, con aquello que está ahí pero no se puede aprehender con la razón. Y en la mujer, canal femenino en la Tierra, la Diosa está ligada al poder de su vientre, que sanado, la une directamente con la energía del corazón y con la Presencia del Ser, del Todo.

Es necesario que el vientre femenino sea sanado de todo el dolor, de todo el miedo y de todo el rencor, del karma colectivo, de miles de años de aplastamiento de lo femenino, de desprecio y de agresión a la Diosa.

Existen diferentes formas, y lo que podríamos llamar técnicas de sanación, que desembocan todas en tomar consciencia de la verdadera identidad, despejando todas las creencias erróneas sobre uno mismo incrustadas en nuestra mente-cuerpo. El mismo acto sexual, en la forma tántrica, es una potente forma de sanación.

La mujer tiene que “abrazar su dragón”. Hacerse consciente de su herida y sanarla a través del perdón consciente. No se trata aquí de establecer culpables. La curación del ser humano exige que comprendamos que nuestra historia es una historia colectiva, es la historia del despertar de la consciencia, y en esa historia todos hemos estado implicados en multitud de vidas, unas veces haciendo de una cosa y otras de otra. Y lo mismo que la curación del planeta requiere que el hombre abra su pecho e integre lo femenino dentro de él, esa misma curación requiere que la mujer cure su herida a través de la comprensión de sí misma y del perdón consciente.

Sanación no se refiere sólo a los síntomas físicos ya manifestados. Ese sería únicamente el final del proceso de la enfermedad original, la mente. La sanación real requiere un proceso consciente. La medicina alopática tradicional sólo entiende de los síntomas externos una vez manifestados, que considera, además, ajenos a nosotros mismos, algo que “le viene a uno” no se sabe porqué. Cuando sólo intentamos curarnos de los síntomas externos cuando aparecen, y lo hacemos sin asumir la responsabilidad de nuestra enfermedad y de nuestra curación, sin tomar partido en ella, únicamente a través de medios externos, de medicamentos, de operaciones quirúrgicas, como propone la medicina convencional, no se produce realmente la sanación. Podrán remitir temporalmente los síntomas específicos, pero el origen energético/mental sigue ahí, reproduciéndose más tarde, puede que de otra manera.

Cuando hablamos de sanar no nos referimos a sanar una enfermedad física ya manifestada. Como decíamos, eso no es más que el final del proceso de una mente no curada. Aunque no haya enfermedad física manifestada, la sanación es igualmente necesaria, puesto que el problema es mental/emocional, se manifiesta en nuestra propia vida, que no es más que un reflejo de nuestra mente y nos impide tomar nuestro verdadero poder, acceder a la esencia de lo que somos. De esta forma, la sanación de nuestra mente, nos lleva a encarnar quien realmente somos, por una parte, y a evitar las manifestaciones físicas en forma de enfermedad, por otra.

Sanar es “desatar” las causas. Comprender y liberar el pasado, no repitiendo en el presente las actitudes que previamente originaron los problemas. Por eso es tan efectiva la terapia de regresión. A través de regresar al pasado de esta vida o de vidas anteriores, comprendemos desde una visión más amplia de la historia de la vida, lo que nos permite entonces liberar nuestra mente a través del perdón. Cuando la mente “ha comprendido”, la sanación física se produce.

Sanar la mente es sanar el cuerpo porque mente y cuerpo no están separados. Cuando sanamos el cuerpo, cuando llevamos consciencia a una parte de nuestro cuerpo, activamos la parte del cerebro, antes dormida o bloqueada, que controla esa parte del cuerpo. De manera que cuando sanamos el cuerpo “conscientemente” (no a base de medicamentos, “irresponsablemente”) también estamos sanado la mente, activando partes de nuestro cerebro antes dormidas o bloqueadas, liberando y elevando el nivel de nuestra mente, ampliando sus horizontes y elevando nuestra  consciencia.

La sexualidad tántrica puede ser una ayuda poderosa en el camino de sanación del vientre femenino, pues revierte el proceso de la enfermedad del desamor que inunda las células del vientre femenino. Cuando una mujer hace el amor con “penes emocionales”, con penes compulsivos y egoístas, que no saben estar presentes amorosa y desinteresadamente dentro de su vientre, está acentuando la herida. El contacto con el pene de un hombre que ha sanado o que está en el camino consciente de sanación, que ha abierto su corazón, que ha integrado en él mismo la energía femenina, la energía de la Diosa, comienza, sin embargo, a purificar el vientre femenino. Comienza a darle “nueva información”, esta vez desde la consideración, desde el amor. Por eso es muy importante para cualquier mujer en el camino de sanación consciente, ser cuidadosa en sus relaciones. No se trata de represión, de negar ahora el derecho de libertad sexual, tan arduamente conseguido; sino de una toma de consciencia de “lo que estamos haciendo”. Pasado el tiempo, tan necesario, después de siglos de locura de represión, de la liberación sexual de los hippies, estamos ahora en otro lugar, donde debemos empezar a tomar responsabilidad sobre las verdaderas consecuencias de lo que hacemos.

“Id y no pequéis más” decía el maestro Jesús, después de una curación, utilizando ese lenguaje bíblico tan desafortunado del “pecado”. Frase que no hacía si no exponer esto mismo: sánate y una vez sanado, se consciente para no repetir los viejos esquemas que te llevaron a la enfermedad.

 

Publicado por Jesús Gómez (Keshavananda) en la revista «Verdemente», Enero-2005

 

 

El Paradigma del «parto con dolor» en nuestra civilización (artículo aparecido en www.portaldorado.com)

No a la práctica médica de la episiotomía

►El matricidio de nuestra civilización – la separación del principio de la Madre: información y artículos en la web de Casilda Rodrigañez Bustos – www.casildarodriganez.org

 

 

 

 

TANTRA

 LA APERTURA DEL

CORAZÓN EN EL HOMBRE

 

 

 

La energía del corazón es la energía de la unión, de la fusión con lo que nos rodea. Localizado en el centro del pecho, el corazón es el chakra intermedio de los siete chakras, símbolos del sistema energético Tierra-Cielo que es el ser humano. Por debajo del chakra del corazón se encuentran los chakras ligados al ego, las energías ligadas a la supervivencia, a lo instintivo, a lo emocional inconsciente, al poder. Las energías que han dominado nuestro mundo en los últimos miles de años del periodo de oscuridad que ahora toca a su fin. Por encima del chakra del corazón comenzamos a acceder las energías sutiles ligadas a las dimensiones no materiales, podíamos decir a las dimensiones espirituales. El corazón, considerado siempre por todas las tradiciones espirituales como “la puerta del alma”, es la llave al Espíritu en nosotros, al Ser que realmente somos, a la percepción de la Unidad de todo lo que nos rodea.

 

Hablamos en este artículo de la “apertura del corazón en el hombre”, no porque en la mujer no sea éste también un trabajo necesario e imprescindible, sino porque es el hombre, como arquetipo canalizador de la energía masculina, el que ha estado y sigue estando, por lo general, más alejado de la energía del corazón. La mujer canaliza de forma natural la energía de lo femenino, de la Diosa, y esta energía es una energía unida al corazón. La mujer siempre ha estado y sigue estando más cerca de la energía del corazón, aunque, tras miles de años de civilización masculina, y de masculinización de la propia mujer, la expresión de esa energía en la mayoría de los casos se reduzca a una conexión mayor con el mundo del sentimiento, teñido de emocionalidad y de inconsciencia. Pero la esencia de lo femenino es la Madre y ésta estará siempre más cerca de la energía de la unión.

 

El Tantra, como sistema de unir el cielo y la tierra, lo de arriba y lo de abajo, considera la energía del corazón como la energía donde lo demás se alquimiza. El ego, con su visión dualista de separación, de yo y lo de fuera, de amigos y enemigos, de lo que es bueno y lo que es malo, se disuelve en la conciencia de unidad cuando la energía se eleva al corazón. El corazón ha sido siempre mal entendido, confundiéndose con lo emocional. Así cantidad de ataques a todos los niveles y de acciones destructivas en la historia de la humanidad se han justificado y se siguen justificando día a día, porque “salen del corazón”. Lo emocional es la compulsión ligada al inconsciente, es digamos, la manifestación en la acción de la mente inconsciente y esto es bien distinto del sentimiento puro que proviene del corazón. Como decíamos el corazón es la energía de la unión, del no-yo, del no-dos. Y cuando se está en la energía del corazón es imposible luchar contra alguien, es imposible destruir algo, pues no hay “otro” separado de uno mismo. Desde el corazón, lo “otro” se percibe como uno mismo, y al no haber dos, no puede haber “enemigo”.

Evidentemente la historia de la humanidad en los últimos miles de años ha estado bastante lejos de esta energía que llamamos el corazón. Con sus guerras, con las continuas luchas contra todo lo de fuera, con la explotación de la Tierra y del ser humano mismo, la historia que recordamos de la humanidad es un claro exponente de la energía del ego, de la visión de la separatividad. Hoy en día nuestro mundo, nuestra “avanzada” civilización, sigue en lo esencial moviéndose desde esa energía de separación. El famoso término de “recurso” tan utilizado en nuestra era moderna, no es sino el exponente mismo de esa visión dualista. Todo es un recurso porque se percibe separado. La Tierra es un recurso. El agua es un recurso. Las montañas son recursos, lo animales y las plantas son recursos. El ser humano mismo es un recurso, laboral, de personal, de producción. Nuestra civilización es el reflejo de un ser humano que vive separado del corazón. Desde el corazón es imposible destruir la Tierra, talar un bosque o quitar una montaña del medio, para realizar no se qué proyecto siempre justificado desde la óptica del ego. Porque desde el corazón el bosque o la montaña se considerarían como parte de uno mismo, no como un “recurso” a explotar.

 

La historia de la humanidad es la historia de esa visión de la separación. Es la historia del “ego” humano en su ilusión de separatividad de todo lo que le rodea. Y sobre todo es la historia de la energía Yang, de lo masculino. La energía masculina aislada, cuando no se mueve desde el contrapeso de lo femenino, se convierte en algo que lleva directamente a la locura y a la guerra. Y no hay más que echar un vistazo atrás. La energía yang es una energía ligada a la acción, a la voluntad, a los valores del hemisferio cerebral izquierdo, al análisis, al proceso racional. Una energía necesaria para estar aquí en la Tierra, pero que separada de la otra energía Yin, lo femenino, lleva a perder el contacto con el todo, perdiéndose en el mundo separado que cree percibir. Gracias a esa energía hemos conseguido muchos “adelantos” en la materia. A base de manipular lo que percibimos como externo, hemos llegado a construir coches, aviones, naves espaciales. Pero a un terrible precio de guerras, destrucción y dolor y de acercarnos a un punto en el que nuestra propia autodestrucción empieza a no sonar como algo lejano. En esta historia “lo femenino” ha tenido poco que ver. Todos los Alejandros Magnos, todos los emperadores conquistadores de naciones, todos los grandes generales que han masacrado pueblos, todos los grandes levantadores de imperios, en nuestros días, imperios comerciales que han destruido la Tierra y esclavizado a multitud de pueblos, todos, con pequeñísimas excepciones de algunas pocas mujeres que han hecho suya esa energía, han sido hombres perdidos en su percepción yang del mundo. Si nos fijamos bien, la historia de los últimos miles de años ha sido movida exclusivamente por la energía masculina en todos los niveles. Es por eso por lo que al hablar de la apertura del corazón, hay que dirigirse inevitablemente al hombre, que es el que realmente tiene la mayor parte de ese trabajo, o el que ha estado y está más lejos de esa energía.

 

Para el hombre individual abrir el corazón supone una revolución y un proceso en la mayoría de los casos no exento de dolor. Abrir el corazón supone aceptar un nivel de percepción que escapa al control de lo mental racional. Supone, por ejemplo, acceder a la sensación de éxtasis y de expansión más allá de uno mismo, que se puede producir cuando contemplamos una puesta de Sol, pero que se puede producir también en condiciones “menos idílicas”, caminando un día en el metro, por ejemplo. Cuando esto ocurre, la mujer está por lo general más preparada para afrontarlo, pues es algo más cercano a su naturaleza. Ella es más capaz de aceptar lo que no entiende, de entregarse a eso. Pero para el hombre anclado a sus esquemas energéticos masculinos puede llegar a ser algo difícil de integrar. Sentir que ocurre algo, pero no poder procesarlo con la mente racional, pues es algo ajeno a ella, puede suponer para la mayoría de los hombres un “shock”.

Lo que ocurre entonces es que la mente del hemisferio izquierdo, no acostumbrada a procesar ese tipo de sensaciones, se ve desamparada, comenzando a generar en la mayoría de los casos, procesos de dolor y de miedo. Al no saber manejar el proceso, la mente racional entra en pánico, abriendo la puerta al proceso del dolor que siempre ha tenido asociado a la pérdida del control. Por eso siempre se ha hablado de la apertura del corazón en el hombre, como la apertura a la puerta del dolor. Es muy común en esos momentos la tendencia a procesos de depresión, que no terminarán hasta que, de forma consciente, uno se de cuenta de la “jugada” de la mente y elija “desligar” el dolor de esos estados que van más allá de lo racional.

 

Pero ¿qué supone todo esto en términos de desenvolvimiento en la propia vida? Pues a parte de las consecuencias, visto todo lo comentado anteriormente, que para el mundo pueda tener un hombre que haya empezado a moverse desde la energía del corazón, y a parte de los cambios en la propia vida de la persona, en sus relaciones, en su sexualidad, en la manera en que percibe el mundo, la apertura del corazón es abrir la puerta a la acción del Espíritu en la propia vida, es comenzar a aceptar la guía de algo que está más allá de nuestra mera mente racional y a poner en sus manos confiadamente nuestros proyectos e intenciones. Abrir el corazón es abrir la puerta al hemisferio derecho, a lo desconocido, pero que sin embargo está ahí. Es empezar a vivir la vida desde la magia de esa fuerza que inunda todo el universo y que, cuando lo permitimos, puede ponerse a nuestro servicio para cuánticamente cocrear el mundo.

 

La apertura a la energía del corazón es algo necesario e inevitable en el proceso de evolución actual y supone la recuperación e integración de los valores ying, femeninos, en nuestro interior. Tras varios miles de años de era yang, de preeminencia de lo masculino, tenemos ahora, en el nuevo ciclo, la oportunidad de evolucionar a un nuevo ser humano y dejar atrás todos los esquemas basados en el miedo y a separatividad. De crear una nueva Tierra, desde el amor, desde el corazón.

 

Publicado por Jesús Gómez (Keshavananda) en la revista «Verdemente», Febrero-2005.

 

 

 

   

   

TANTRA

EL DESPERTAR DE

LA ENERGÍA KUNDALINI

 

 

 

Desde que hace años comencé en el camino de la conciencia, empecé a oír hablar de la famosa energía Kundalini. En mi ignorancia de aquellos tiempos, oír lo que se comentaba de la Kundalini despertaba en mí una mezcla de curiosidad, misterio, anhelo de saber y de miedo y rechazo. Despertaba mi rechazo porque siempre me daba la impresión, cuando escuchaba a alguien comentar sobre la energía Kundalini, de tratarse de algo mágico, brujeril, un poder fuera de nosotros que podía despertar y arrasarnos y porque, además, siempre tenía la impresión por parte de las personas que hacían los comentarios, de un gran desconocimiento, de algo que se había oído y que por ignorancia se quedaba en el mero significado “exotérico”, pero vacío de contenido real. Mi mente racional de aquellos tiempos reaccionaba contra todo lo que sonase a “parafernalia espiritualista”. Ahora, al pasar del tiempo, me doy cuenta de que en cierta forma llevaba razón, que mi hemisferio derecho sabía, intuía, que tenía que haber mucho más significado en toda esa historia de la energía Kundalini. O quizá que mi recuerdo de lo que ya sabía, lo que ya traía de otras vidas, se expresaba a través de esa postura de mi mente racional. También me doy cuenta ahora de lo poco que importa como se vean las cosas, si estas suenan a parafernalia espiritual o a cualquier otra calificación que le pongamos. Que la verdad se expresa a través de múltiples caminos e intenta aflorar de muchas formas. Y que detrás de esa reacción de mucha gente, como era mi propio caso, a lo que no se ve como absolutamente estricto, lógico y racional, lo que hay es el profundo miedo de la mente a perder el control.

Realmente hay mucho desconocimiento e imaginación esoterista en el tema de la energía Kundalini. Parece que la energía Kundalini fuese así como algo independiente, autónomo a nosotros mismos. Que el despertar de la Kundalini no fuese un estado de conciencia superior, que uno se gana evolucionando, sino algo que se puede producir por arte de magia en ciertas personas y que las lleva, en no pocos casos, a estados alterados de conciencia, en su significado literal de alteración y de pérdida de la capacidad de equilibrio aquí en este plano de la Tierra. Se oye muy a menudo a personas que han leído, que se han acercado a la práctica del Tantra o del Yoga, la pregunta de, ¿es peligrosa una subida repentina de la Kundalini?. Como si la Kundalini fuese un algo que tenemos ahí escondido y que por arte de magia le puede dar por despertar en un momento dado. Curiosamente la mayoría de esas preguntas viene de personas con egos fascinados por los poderes mágicos, más que por el verdadero desarrollo de la consciencia, que lleva a dejar atrás el ego y a entregarse a la presencia de Dios en nosotros. No existe un despertar por las buenas de la Kundalini. Nada más lejos de la realidad. Lo que sí existen son personas desequilibradas, que a base de prácticas yógicas o energéticas dirigidas a despertar esos poderes mágicos del ego, pueden acentuar su desequilibrio llegando incluso a patologías clínicas como la esquizofrenia. El verdadero despertar de la energía Kundalini en sí no puede enfermar ni hacer daño a nadie, pues es la energía misma de vida que impregna todo lo viviente, todo el universo. Es ni más ni menos que la energía de Dios en la materia.

El despertar de la energía Kundalini tiene mucho que ver con perder el control. Pero no la pérdida de control que nos lleva al manicomio, al caos, al terror. Todo eso es lo que una mente anclada en su visión restringida del mundo, en su visión separada del Espíritu, vaticina para ella misma y la previene de soltar y entregarse. La ascensión de la energía Kundalini no es posible hasta que lo que conocemos como mente racional, la mente ordinaria o mente inferior, se rinde a ese poder superior que llamamos Espíritu, que impregna todo en el Universo, que es todo en el Universo y que somos nosotros mismos aquí y ahora en una dimensión superior no accesible desde esa mente pequeña que no puede confiar y que ilusoriamente necesita asegurarse el control de todo, sin reparar en su propia y patética impotencia para realmente controlar nada en un universo que la desborda en su magia y complejidad.

La energía Kundalini, la Kundalini-Shakti, como normalmente se la ha mencionado en Oriente, es la propia energía de Dios, la energía del Espíritu en la materia. Es la energía de vida que se encuentra enraizada en cada célula, en cada átomo, en cada electrón, en cada partícula de lo que denominamos “materia”.

En la visión del Tantra, Dios El-Ella, el Todo no manifestado, se manifiesta así mismo creando el universo a través de la danza de lo masculino y lo femenino, Shiva y Shakti. A ese poder de manifestación es lo que el Tantra denomina Shakti-Kundalini. El poder ligado a la materia, a la Madre Tierra.

A la energía Kundalini siempre se la ha representado como la “Serpiente Enroscada”. La energía que yace dormida en la base de la columna, correspondiendo al primer chakra, el chakra de la tierra en el cuerpo energético humano. En la mayoría de los seres humanos, esa energía irradia sólo hasta el segundo y tercer chakra, los estados de conciencia unidos a la supervivencia, a lo instintivo, al poder del ego, del “yo”. El despertar de la energía Kundalini, la serpiente que se desenrosca, activando todos los demás chakras o estados de conciencia del ser humano, es el despertar de la energía del Espíritu, de Dios en la materia.

Como decíamos anteriormente, Dios es, se encuentra enraizado en cada átomo, en cada partícula material. El poder del Espíritu impregna toda la materia y es sólo nuestra mente, nuestra percepción limitada del mundo, lo que impide que dicho poder se manifieste en nosotros.

El ser humano es un canal de energía entre la Tierra y el Cielo y en ese canal nuestra conciencia puede quedarse anclada a un nivel inferior o superior. Podemos quedarnos más abajo o más arriba. Realmente no hay ninguna restricción, sólo las creencias sobre nosotros mismos, sobre cómo es el mundo.

El despertar de la energía Kundalini es el reconocimiento del poder de Dios en nosotros, pero eso sólo es posible a través del corazón. En el Tantra la energía Kundalini se eleva desde el primer chakra hasta el chakra del corazón, el chakra de la unión, de la fusión, de la entrega. Entregarse es rendirse, es confiar plenamente y dejar de interferir y actuar por nuestra cuenta, desde lo que nuestra mente opina, interpreta, o cree que ve. Es rendirse a ese poder de Dios en nosotros y dejar que él actué a través nuestro.  Es cuando nos entregamos a ese poder del Espíritu, cuando se abren las puertas a todo lo demás, cuando se comienza a manifestar el poder del Espíritu que somos en nosotros mismos. La entrega significa ponerse en manos de lo desconocido. Lo desconocido para la mente del ego. “Hacerse accesible al Espíritu”, decía Don Juan a Carlos Castaneda. “Que se haga la voluntad del Padre”, decía Jesucristo utilizando otra forma de expresión. Y es que el poder del Espíritu, del Dios que somos en nosotros, no puede actuar mientras interfiramos con nuestra mente inferior, con nuestros pensamientos y emociones automáticos e inconscientes. El universo es una gran “máquina” cuántica donde todo pensamiento tiene poder directo creador. El Campo Unificado de Todas las Posibilidades, donde la mente crea continuamente la realidad manifestada. Y esa realidad la creamos desde nuestra mente-emociones automática e inconsciente, la mente en la cual el ser humano ha vivido hasta ahora desde hace miles de años, o desde la mente superior, que no es sino la Presencia de Dios en la materia.

El despertar de la energía Kundalini es el despertar, a través del corazón, a esa Presencia en nosotros. Y cuando ese despertar se produce, todo es posible en el mundo, pues el poder del Espíritu “ha bajado” a la materia. Pero como decía Don Juan, otra vez a Carlitos Castaneda: al principio no tenemos Poder, aunque lo buscamos ansiosamente, pero cuando el Poder nos llega ya no nos interesa y lo único que nos cabe es ponernos en manos del Espíritu y hacer su Voluntad.

Cuando el ego se ha rendido es cuando el poder de Dios se manifiesta, y ya entonces ¿a quién le interesa ese poder?.

Publicado por Jesús Gómez (Keshavananda) en la revista «Verdemente», Abril-2005

 

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