Mística y espiritualidad: ¿fundamento de una ética mundial? Boff

MÍSTICA Y ESPIRITUALIDAD: ¿FUNDAMENTO DE UNA ÉTICA MUNDIAL?

Leonardo Boff

Los imperativos éticos claros son fundamentales, pero insuficientes. Hay exigencias éticas que contradicen los intereses inmediatos de personas, clases y naciones. Entonces, ¿por qué habría que respetarlas? Los llamamientos éticos a una contención mundial, a una nueva solidaridad y a una corresponsabilidad planetaria no es raro que, a la postre, se muestren ineficaces.

La sola razón y la nueva comprensión de la naturaleza (cosmología) carecen de la fuerza

suficiente para hacer valer incondicionalmente a los imperativos categóricos, incluso bajo la amenaza de la destrucción humana. La dimensión demens de los seres humanos da razón de las opciones por lo absurdo. Por otra parte, todo cae bajo el horizonte histórico y ahí,

bajo lo condicionad o, lo relativiza y lo penetra.

 

¿Pueden estas instancias exigir algo absoluto e incondicionado? ¿Acaso un imperativo verdaderamente categórico?

Como insistió con razón la tradición teológica transcultural, sólo lo Incondicionado puede exigir algo incondicionado. Sólo la Suprema Realidad puede fundar algo supremo.

Tal vez hayamos de reconocer que este Incondicionado y Supremo no puede ser demostrado por el tipo de razón dominante en la actualidad, la razón instrumental- analítica, más estructurada para dominar el mundo por medio del proyecto tecno científico que para dar razones y ofrecer significados existenciales.

Pero este Incondicionado puede ser acogido por una entrega humana sensata, globalizadora y racional, por tanto, por otro tipo de razón más cordial y holística, tan humana —si no más— como cualquier otra forma de razón. Éste es el lugar de la razón hermenéutica, simbólica, sacramental y utópica.

 

En el ámbito del pathos es donde puede emerger la dimensión espiritual, como la profundidad del ser humano y del mismo universo, y, junto con ella, la perspectiva mística. Tanto la espiritualidad como la mística tienen que ver con experiencias profundas y con grandes emociones vinculadas a la percepción de la totalidad en la que nos sentimos integrados como parte y parcela del Fundamento que la origina y la sustenta. Son estas experiencias seminales las que mueven la vida humana y dan fuerza a los imperativos éticos.

 

1.¿Qué es la espiritualidad? ¿Qué es la mística?

 

Dicho brevemente, podemos decir que la espiritualidad es aquella actitud por la que el ser humano se siente ligado al todo, por la que percibe el Hilo conductor que liga y religa todas las cosas para formar un cosmos. Esta experiencia le permite al ser humano poner nombre a este Hilo conductor, dialogar y entrar en comunión con él, pues lo percibe en cada detalle de lo real. Lo llama con mil nombres distintos, Fuente originaria de todas las cosas, Misterio del mundo o simplemente Dios.

 

La mística es aquella forma de ser y de sentir que acoge e interioriza experiencialmente ese Misterio sin nombre y permite que impregne toda la existencia. No es el saber sobre Dios, sino el sentir a Dios lo que funda lo místico. Como decía acertadamente L. Wittgenstein

«No es lo místico cómo sea el mundo, sino que sea el mundo».

Para (2) este pensador creer en Dios es comprender la cuestión del sentido de la vida; creer en Dios es afirmar que la vida tiene sentido.

Es ese tipo de mística que confiere un sentido último al caminar del ser humano y a sus indagaciones irrenunciables sobre el origen y el destino del universo y de cada persona humana. A través de ellas el ser humano ve sentido a renunciar a intereses menores, a realizar sacrificios personales y a seguir la llamada ética de su conciencia y responder a los llamamientos de la realidad herida.

 

La mística y la espiritualidad se exteriorizan institucionalmente en las religiones del mundo. Normalmente, las religiones están en guerra entre sí.

Pero a pesar de ello, si miramos con más profundidad lo veremos, son las grandes gestadoras de esperanza, las creadoras de los grandes sueños, de integración, de salvación, de un designio transcendente del ser humano y del universo. Todas ellas reafirman el futuro de la vida contra la cruel evidencia de la muerte. Las religiones trabajan con valores y anuncian siempre el Supremo Valor.

 

La espiritualidad y la mística subyacen a los discursos éticos, portadores de valores, de normas y actitudes fundamentales. Sin ellas, la ética se conviene en un frío código de principios y las distintas morales, en procesos de control social y de domesticación cultural. Por eso la ética, como práctica concreta, remite a una atmósfera más profunda, a aquel conjunto de visiones, sueños, utopías y valores incuestionables que se compendian en la mística y en la espiritualidad.

Son como el aura sin la cual ninguna estrella brilla. Hacen que la ética tenga que ver más con la sabiduría que con la razón, más con el «vivir bien» que con el «juzgar bien» y más con las virtudes que con las ideas.

 

  1. Puntos de convergencia entre las religiones

 

A pesar de las diferencias doctrinales y. los diferentes caminos espirituales, las religiones convergen en algunos puntos, decisivos para un ethos mundial tal como ha enfatizado tan convincentemente Hans Küng en sus obras sobre el ethos mundial. Veamos alguno de ellos:

 

  1. a) El cuidado de la vida. Todas las religiones defienden la vida, especialmente la vida que sufre mayores penas. Se proponen extender el reino de la vida y prometen la perpetuidad, cuando no la resurrección y la eternidad de la vida. Pero no sólo de la vida humana, sino también de todas las formas de vida, especialmente de las más amenazadas.

 

  1. b) Un comportamiento ético elemental. Todas las religiones establecen un imperativo categórico: no matarás, no mentirás, no robarás, no practicarás la violencia, amarás a tu padre y a tu madre, tratarás con cariño a los niños. Cuando estos imperativos se traducen a

nuestro dialecto cultural, favorecen una cultura del respeto, del diálogo, de la sinergia, de la no-violencia activa y de la paz.

 

  1. c) La justa medida. Las religiones tratan de orientar a las personas por el camino de la sensatez, lo que significa la búsqueda de la equidistancia entre el legalismo y el libertinaje. No proponen ni el desprecio del mundo, ni su adoración; ni el hedonismo, ni el ascetismo;

ni el inmanentismo, ni el trascendentalismo, sino el justo equilibrio entre todos esos ámbitos, tal como hemos defendido en nuestro libro El águila y la gallina. Una metáfora de la condición humana. Esta vía intermedia está constituida por las virtudes que más que actos, son actitudes que nacen de dentro, que guardan coherencia con la totalidad de la persona e impregnan de excelencia todas sus relaciones.

 

  1. d) La centralidad del amor. Todas las religiones predican la incondicionalidad del amor. Con respecto al prójimo se muestran incondicionales. Confucio (551-498 a.C.) predicaba: «Lo que no quieras para ti, no se lo hagas a otro». Y Jesús: «Amaos los unos a los otros

como yo os he amado» (y nos amó hasta el final).

O, también, en el lenguaje filosófico y secular de Kant: «Obra de modo que la máxima de

tu voluntad pueda valer al mismo tiempo como principio de una legislación universal». «Obra de tal modo que uses la humanidad, tanto en tu persona como en la persona de cualquier otro, siempre y al mismo tiempo como un fin y nunca meramente como un medio».

O en la perspectiva ecológica de Hans Jonas: «Obra de tal manera que las consecuencias de tu acción sean compatibles con la permanencia de una vida auténticamente humana».

O, finalmente, en el lenguaje de la filosofía y de la teología de la liberación de Enrique Dussel: «¡Libera al pobre!».

 

  1. e) Figuras éticas ejemplares. Las religiones no sólo ofrecen máximas y actitudes éticas, sino principalmente figuras históricas concretas, paradigmas vivos como son tantos y tantos maestros, santos y santas, justos y justas, héroes y heroínas que vivieron dimensiones

radicales de la humanidad, estilos de vida ideales, sueños humanitarios que sirven de referencia para otros. Lo que convence son las prácticas coherentes y no las ideas brillantes.

 

De aquí deriva la fuerza que ha movilizado a figuras éticamente ejemplares como Jesús, los profetas bíblicos, Buda, Confucio, Chuang-tzu, Francisco de Asís, Ghandi, Luther King, Dag Hamarskjoeld, Hermana Dulce, Dom Helder Cámara, la Madre Teresa de Calcuta, la Madre Menininha do Santos y Chico Mendes, entre tantos otros y otras.

 

  1. f) Definición de un sentido último. La cuestión que mueve a las religiones siempre es la del sentido del todo y del ser humano. La muerte nunca tiene la última palabra, sino la vida, su conservación, su resurrección y su perpetuidad. Todas postulan un final positivo para la

creación y un destino bienaventurado para los justos.

 

Todas estas perspectivas, profundamente humanas, son elaboradas en el seno de las religiones y de las tradiciones espirituales.

 

En sí mismas, se trata siempre de prácticas éticas e impregnan la conciencia de motivaciones poderosas para que las personas se dispongan a seguir las exigencias éticas por muy gravosas que puedan presentarse. Y les confieren la satisfacción interior de estar en conformidad con los requerimientos del corazón y con las interpelaciones que nacen de la realidad global.

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