Ética humanística: característica. Camino

CARACTERÍSTICAS DE LA ÉTICA HUMANÍSTICA

Josep Lluís Camino

Las principales características de la ética humanística nos las proporcionan el pensamiento de Martin Heidegger, Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir, dentro del ámbito de la Filosofía Existencial, de tanta influencia en la teoría del Análisis Transaccional.

  1. a) Martin Heidegger (1889-1976) aporta a la ética humanística el concepto expresado por el vocablo alemán Dasein, con significado de “estar-en-el-mundo” y “estar-con-los-otros-para-ser-uno-mismo” (ya expresado en 1.2), teniendo preocupación (en alemán Sorge, cuidado) por el ser de los demás. Para este autor, solamente se puede llegar a realizarse como persona en la autenticidad a partir de la participación con los otros y con la sociedad. No puede concebirse el existir solipsista o “autista”, sin contar con los demás y contribuyendo, en lo posible, a su propia realización.

Existir y asumir la conciencia de la propia existencia y de la de los demás conlleva preocupación, porque hay muchas formas de existir y muchas posibilidades. Esta actitud ante la vida nos lleva a la acción para intentar mejorar la sociedad en la que vivimos, lo que nos provocará ineludiblemente angustia existencial. Ésta, sin embargo, será la base, una vez asumida, de nuestra mejor realización y la fuente de nuestros mayores logros.

El Dasein como existencia es libertad para tener un proyecto de vida, que es el nuestro. Puede ser auténtico, en cuanto presupone aceptar la contingencia del ser; o bien inauténtico o trivial, por desconocimiento de nuestro proyecto de vida y olvido de la precariedad del ser.

A la existencia auténtica se llega a través de la aceptación de la angustia vital y del coexistir con los demás, en una comunicación sincera. A diferencia de la existencia inauténtica, en que las personas pueden vivir juntas, sin llegar a compartir la existencia y desconociéndose las unas a las otras. Tomar conciencia de nuestra precariedad quiere decir asumir la ineludible posibilidad de la muerte; de manera que aceptar la existencia humana compartida es un percatarse de “ser-para-la-muerte”. Aunque Hannah Arendt, discípula de Heidegger, matiza en su obra La condición humana (1958) esta visión, afirmando que: las personas, aunque hayan de morir, no han nacido para eso, sino para comenzar. Donde se pone de manifiesto una actitud vitalista y esperanzadora. Esta esperanza se basa en la reproducción del ser humano frente a su mortalidad; aquella representa la capacidad para empezar algo nuevo.

  1. b) Jean-Paul Sartre (1905-1980) manifiesta su ética desde el prisma del compromiso social y la acción. La conducta humana debe convertirse en un instrumento colectivo de emancipación. Entendiendo por ésta el crecimiento personal (potencial humano) y la comunicación auténtica con los demás; logrando, de esta forma, una reflexión crítica sobre las diferentes situaciones sociales y una participación activa para la transformación positiva de la sociedad. Sin participación social no hay ética. El compromiso (en francés, engagement) hace que la neutralidad política sea imposible y que una vida individualista, centrada en uno mismo, sea inviable para la plena realización como persona. Desde este punto de vista, la persona egocéntrica no solamente resulta inmadura, sino incluso amoral.

Se trata de pasar del “ser-en-sí” (mundo exterior) al “ser-para-sí” (conciencia y responsabilidad), hasta llegar al “ser-para-nosotros” (intersubjetividad).

Para la ética humanística y existencial, la esencia de una persona, aquello que la define, es lo que construimos nosotros mismos mediante nuestros actos. La existencia precede a la esencia, ya que cada sujeto construye su esencia en la medida que va tomando decisiones para realizar su vida de una u otra forma. Aquí radica la ética de la responsabilidad: al hacerse a sí mismo (autorealización) el sujeto se hace responsable de su ser, y, al mismo tiempo, también se responsabiliza del ser de los demás, puesto que sin ellos no es posible realización alguna ni asumir compromisos sociales.

Lo que esta ética humanística10quiere demostrar es el carácter absoluto de la libertad, por la que cada persona se realiza al construir su propia identidad. La ética sartreana se basa en esta tetralogía de conceptos: libertad, autenticidad, responsabilidad y compromiso.

Esta ética de la responsabilidad que plantea Sartre, la presentó anteriormente el sociólogo Max Weber (1864-1920), como una controversia con la ética de la convicción. Mientras la ética de la responsabilidad es teleólógica, en el sentido de que considera las consecuencia de la acción (tal como veremos a continuación en S. de Beauvoir), la ética de la convicción se atiene a normas establecidas por alguna jerarquía, política o religiosa, a la que se está fuertemente adherido, o sea, la autoridad; y en este sentido se habla de “mis convicciones”.

En la obra de F. Dostoievski11, Los hermanos Karamazov, en el cap. V: “El Gran Inquisidor”, se encuentra un modelo de ética de la convicción, cuando se narra que Cristo es condenado nuevamente, en su profetizado regreso a la tierra (lo que tiene lugar en Sevilla), a ser quemado vivo por la Inquisición Española. Acusado, esta vez, de haber otorgado al género humano la libertad. Libertad para discernir el bien del mal.

Pero los hombres no quieren la libertad, tienen miedo de ella, necesitan una autoridad en quien delegarla, una Iglesia de Roma que les diga lo que tienen que hacer y no hacer y les convenza de que la renuncia a esa libertad en favor de esta autoridad es la gran libertad: les persuadiremos de que sólo serán libres si abdican de su libertad en favor nuestro, dice el anciano cardenal, Gran Inquisidor. Esta es la ética de la convicción, la de un sobrio y octogenario cardenal de la Iglesia de Roma.

Los hombres temen la libertad que contrajeron al nacer, tienen miedo de equivocarse, pero se tranquilizan si saben que la Iglesia les perdonará, porque tiene poder -otorgado por Cristo- de “atar y desatar”: El hombre prefiere la paz e incluso la muerte a la libertad de discernir el bien del mal […] porque el hombre queda enloquecido bajo el peso tan terrible de la libertad de escoger.

  1. c) Simone de Beauvoir (1908-1986) sigue la senda de los dos anteriores buscando una ética de la autenticidad, aunque precisando un poco más lo que puede entenderse por auténtico; al distinguirlo de la ingenuidad, el relativismo o la falta de oportunidad de una acción, aunque ésta sea moralmente buena. Lo que sí queda claro para esta autora es que las “buenas intenciones” no bastan, e, incluso, pueden resultar nefastas.

Su obra Para una moral de la ambigüedad representa un trabajo de análisis de las acciones humanas, a través del prisma de cierta relatividad ética, en la toma de decisiones frente a la acción; que siempre es contemplada como el ejercicio de la propia libertad.

En todo acto moral se requiere tener previsión de las consecuencias de nuestras intervenciones, de las que somos siempre responsables. Ello pone de manifiesto la problemática entre libertad y responsabilidad.

Para Beauvoir la ambigüedad es la condición de la moralidad. Un exceso de dogmatismo, de seguridad en las normas, de “recetas de moral”, nos llevaría a una moral abstracta, que podría incluso generar violencia para imponer sus criterios.

El tema fundamental de este libro sobre ética y moral es demostrar que por mucha pureza que contenga una intención, un fin, éste no puede justificar determinados medios, si atentan contra la libertad del otro, tanto en el ámbito político-social como individual13:

Rechazamos a los inquisidores que quieren crear desde fuera la fe y la virtud. Rechazamos a todas las formas de fascismo que pretenden lograr desde fuera la felicidad del hombre. Y también rechazamos el paternalismo que cree haber hecho algo por el hombre prohibiéndole algunas posibilidades, aunque contengan riesgos, cuando era necesario darle razones para su autocontrol […] Querer impedir a un hombre errar, es impedirle el cumplimiento de su propia existencia, es privarle de su vida.

La violencia nunca está justificada cuando se opone a la libre voluntad de otras personas. Tal como comenta Kant, el valor de un acto no reside solamente en su conformidad con unas normas determinadas, sino en su verdad interior. La ética humanística rechaza todo principio de autoridad. El ser humano posee una gran complejidad y, a veces, resulta difícil saber hasta qué punto una acción es buena o mala. Lo que queda claro es que no se puede tomar cualquier decisión, que afecte a la propia vida o a la de otros, a costa de no importa qué.

Cuando se pretende un objetivo, lo primero es preguntarse:

1º. ¿Qué medios voy a emplear para conseguirlo?

2º. ¿Estos medios son honestos y respetan la libertad de los otros?

3º. ¿Cuales serán las consecuencias previsibles de esta acción aparentemente buena?

4º. ¿A cambio de qué lo voy a conseguir? ¿Cual es su “precio”?

Para ilustrarlo nuestra autora recurre a una obra teatral de Henrik Ibsen, titulada El pato salvaje (1884), cuyo argumento sintetizado es el siguiente:

Un fotógrafo, Ekdal, de escasos recursos económicos, está casado con Gina, y tiene una hija, Edvige. Un amigo de la familia, Werle, “de peligrosos idealismos morales”, sabe que la esposa de su amigo Ekdal ha tenido relaciones íntimas con el padre de él, y cree, de buena fe, que sería mejor que su amigo conociera la verdad y la asumiera, para poder vivir sobre una base de autenticidad. Al enterarse de la infidelidad de su esposa por medio de su amigo, Ekdal, el fotógrafo, decide marcharse de casa; pero no tiene fuerzas suficientes para hacerlo. Pero, al sospechar que Edvige no es hija suya, empieza a tratarla de una manera distante y agresiva. La niña, desesperada y sin conocer el cambio de actitud de su padre para con ella, decide sacrificar un pato salvaje de su propiedad, que vive en el desván de la casa familiar y a quien ella quiere mucho, pensando fantasiosamente que con ese sacrificio podría recuperar el cariño de su padre. Finalmente, Edvige utiliza la pistola, que había sustraído a su padre, contra ella misma, y se mata. El fotógrafo se reconcilia con Gina, pero nada volverá a ser igual.

Simone de Beauvoir comenta este episodio diciendo: “un individuo vive en una situación de engaño, el engaño es violencia, ¿diré la verdad para liberar a la víctima?”. Ella misma responde: “sería necesario antes haber creado una situación tal que la verdad fuese soportable y el individuo engañado encontrase razones para esperar”.

Podemos observar que la libertad de cada uno, interfiriendo con la ajena, se convierte en un problema complejo y de solución no fácil. Debe encontrarse un equilibrio entre el fin que se pretende conseguir, los medios que deben ser siempre honestos, las consecuencias e, incluso, la oportunidad ¿es ahora el momento preciso para esta acción?

Este tipo de moral no es abstracta, ni formal como la kantiana, tampoco es individualista, es una moral social, responsable y de circunstancias, de situaciones concretas, que deben analizarse, y aplicar en cada caso de distinta forma; de aquí surge su ambigüedad.

La ética humanística, independiente de la autoridad de los dogmas religiosos, busca la autenticidad, que se encuentra en la solidaridad y el altruismo; y ha influido en otros autores modernos y postmodernos, como son:

– J. Habermas14: ética del discurso en una democracia deliberativa (diálogo crítico)

– K. O. Apel: ética de la corresponsabilidad solidaria

– G. Vattimo: ética de la interpretación (hermenéutica)

Estas éticas, como la señalada humanística, evitan asimismo el principio de autoridad y procuran el común consenso de solidaridad.

Nuestra opinión se orienta hacia una fundamentación ética cuyo origen debemos encontrarlo en la programación genética para captar los valores. De forma semejante a como ocurre con el lenguaje según Noam Chomsky, padre de la gramática generativa.

 

Según este especialista, existe un dispositivo cerebral innato y especializado que nos permite aprender el idioma materno en la más tierna infancia, casi de forma automática, con solo oírlo en el seno de la familia. La genética y la neurología moderna le dan la razón, probablemente en función de las áreas corticales de Broca y de Wernicke. Somos de la opinión que de forma semejante se aprenden los principios éticos, con base a los sentimientos vividos en la infancia, en particular el amor y la solidaridad.

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