Ética humanista vs. ética autoritaria. Fromm

ÉTICA HUMANISTA VS. ÉTICA AUTORITARIA

 

De “Ética y Psicoanálisis” de Erich Fromm

La Ética Humanista: la ciencia aplicada del arte de vivir

 

Si no abandonamos la búsqueda de normas de conducta objetivamente válidas, como el caso del relativismo ético ¿qué criterio podemos encontrar para tales normas? La clase de criterio depende del tipo del sistema ético cuyas normas estudiaremos. Los criterios de la ética Autoritaria son, por necesidad, fundamentalmente diferentes de los de la Ética Humanista.

En la Ética Autoritaria una autoridad es la que establece lo que es bueno para el hombre y prescribe las leyes y normas de conducta; en la Ética Humanista es el hombre mismo quien da las normas, y es a la vez el sujeto de las mismas, su fuente formal o agencia reguladora y el sujeto de su materia.

El empleo del término “autoritario” hace necesario esclarecer el concepto de autoridad. Existe tanta confusión con respecto a este concepto debido a la creencia ampliamente difundida de que nuestra única alternativa es tener una autoridad dictatorial, irracional o no tener autoridad alguna. Esta alternativa, no obstante, es falsa.

El verdadero problema consiste en saber qué clase de autoridad debemos tener. Si hablamos de autoridad ¿nos referimos a una autoridad racional o irracional? La autoridad racional tiene su fuente en la competencia […] La fuente de la autoridad irracional, por otra parte, es siempre el poder sobre la gente. Este poder puede ser físico o mental, puede ser real o solamente relativo en relación con la ansiedad y la impotencia de la persona sometida a esta autoridad. El poder, por una parte, y el temor por la otra, son siempre los cimentos sobre los cuales se erige la autoridad irracional […]

Puede distinguirse la Ética Autoritaria de la Ética Humanista en dos aspectos: uno formal y otro material. La Ética Autoritaria niega formalmente la capacidad del hombre para saber lo que es bueno o malo; quien da la norma es siempre la autoridad que trasciende al individuo.

Tal sistema autoritario no se basa en la razón ni en la sabiduría sino en la autoridad y en el sentimiento de debilidad y dependencia del sujeto; la entrega de las decisiones del sujeto a la autoridad es el resultado del poder mágico; ella y sus decisiones no pueden ni deben objetarse.

Materialmente, o en relación con el contenido, la Ética Autoritaria resuelve la cuestión de lo que es bueno o malo considerando, en primer lugar, los intereses de la autoridad y no los del sujeto; es un sistema de explotación del cual, empero, pueden derivar considerables beneficios psíquicos o materiales para el sujeto.

Tanto el aspecto formal como el material de la Ética Autoritaria se manifiestan en la génesis del juicio ético del niño y en el juicio irreflexivo de valor del adulto mediocre.

Obviamente el aspecto formal y el material de la ética Autoritaria son inseparables. A menos que sea intención de la autoridad explotar al sujeto no necesitará regir por medio del terror y la crítica aunque corra el riesgo de ser considerado incompetente. Pero como están en juego sus propios intereses, la autoridad ordena que la obediencia sea la máxima virtud y la desobediencia el pecado capital. La rebelión es el pecado imperdonable en la ética Autoritaria, el poner en duda el derecho de la autoridad para establecer normas y su axioma de que las normas establecidas por la autoridad están a favor de los más preciados intereses de los sujetos. Aunque una persona peque, su sometimiento al castigo y su sentido de culpabilidad le retribuyen su “bondad” porque de ese modo expresa la aceptación de la superioridad de la autoridad […]

La ética Humanista, en contraste con la ética Autoritaria, puede distinguirse tanto por un criterio formal como por otro material. Formalmente se basa en el principio de que sólo el hombre por sí mismo puede determinar el criterio sobre virtud y pecado, y no una autoridad que lo trascienda.

Materialmente se basa en el principio de que lo “bueno” es aquello que es bueno para el hombre y “malo” lo que es nocivo, siendo el único criterio de valor ético el bienestar del hombre. […]

La ética Humanista es antropocéntrica. Ciertamente no en el sentido de que el hombre sea el centro del Universo, sino de que sus juicios de valor -al igual que todos los demás juicios y aun percepciones- radican en las peculiaridades de su existencia y sólo poseen significado en relación con ella; el hombre es verdaderamente “la medida de las cosas”.

La posición humanista es que nada hay que sea superior ni más digno que la existencia humana. Se ha argumentado en contra de esto diciendo que es esencial a la naturaleza del comportamiento ético el estar relacionado con algo que trasciende al hombre, y que por esa razón, un sistema que solamente reconoce al hombre y a sus intereses no puede ser verdaderamente moral, que su objeto sería únicamente el individuo aislado y egoísta.

Esta objeción comúnmente esgrimida para desaprobar la facultad –y el derecho- del hombre por postular y juzgar las normas válidas para su vida, se basa en un error, ya que el principio que sostiene que lo bueno es aquello que es bueno para el hombre no implica que la naturaleza del hombre sea tal que el egoísmo o el aislamiento sean buenos para él. No quiere decir que el fin del hombre pueda cumplirse en un estado de desvinculación con el mundo exterior.

 

En efecto, como lo han sugerido tantos defensores de la ética Humanista, es una de las características de la naturaleza humana el que el hombre encuentra su felicidad y la realización plena de sus facultades únicamente en relación y solidaridad con sus semejantes. No obstante, amar al prójimo no es un fenómeno que trasciende al hombre; es algo inherente y que irradia de él. El amor no es un poder superior que desciende sobre el hombre, ni un deber que se le ha impuesto; es su propio poder, por medio del cual se vincula a sí mismo con el mundo y lo hace realmente suyo.

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