La espiritualidad como espacio de resistencia. Palabra de mujer. Castro

LA ESPIRITUALIDAD COMO ESPACIO DE RESISTENCIA . Palabra de mujer

Holanda Castro

Sumario

Desde la teoría de los arquetipos del inconsciente colectivo nos llega la práctica de deslastrar el feminismo de un enfoque meramente intelectual y combinarlo con una acción del cuerpo, que honra la naturaleza y la tradición, con lo cual se trasciende hacia una vivencia holística que lleva a una ecología cultural. Los hombres no están exentos de esta necesidad que pareciera ser signo de los tiempos, y también se suman a la contracultural espiritual que conforma grupos de sanación (cultural y psíquica) en la búsqueda de menos violencia y mayor convivencia. Sobre esta reinvención de lo sagrado en lo moderno, trata el texto siguiente, inspirado por los rituales que hombres y mujeres practican para conectarse con sus dudas y avatares.

Espiritualidad y contracultura

Dioses y diosas son creaciones de los seres humanos. ¿Por qué creer lo contrario? Al menos en esa disyuntiva nos deja la teoría de los arquetipos del inconsciente colectivo que nos ha sido legada por el gran Carl Jung y sus continuadores y continuadoras, entre ellas las magistrales Toni Wolff y Jean Shinoda-Bolen.

La idea de portar el germen de la magia y la espiritualidad puede ser sumamente productiva y “revolucionaria”, especialmente desde el espacio de construcción de la resistencia a regímenes opresores, basados en valores, raza, sexo, condición social, etcétera. Como dice Jean Shinoda-Bolen en la entrevista realizada por Lila Forest para la revista In Context (2000), “la espiritualidad afectará la cultura”, y esto es especialmente representativo en algunos movimientos de mujeres que han ido más allá del feminismo académico e institucional para encontrar, al interior de sus “círculos de sanación”, una experiencia de recuperación de lo propio y conciencia de su ser en el mundo.

Por ello, esta autora expresa:

“Hay una pacífica revolución en marcha, un movimiento espiritual de la mujer… a través de los círculos de mujeres, de mujeres con capacidad sanadora… La forma misma del círculo es la encarnación de la sabiduría… En el círculo no existen jerarquías y eso es igualdad”.

La ritualización de la cotidianidad, el re-conocimiento de ciclos y el homenaje al cuerpo, son tres momentos de esa actividad. La sincronización consciente de ritmos internos con las fases lunares constituye un ejemplo muy visible. En el caso de la espiritualidad femenina, en muchas ocasiones –ciertamente propiciadas desde el poder opresivo la mayoría de ellas-, se relaciona biológicamente mujer y naturaleza, lo que da como resultado una tendencia ecofeminista de corte esencialista en la que esta relación es vital para promover un cambio político y cultural.

Los mitos antiguos, las diosas mitológicas, los cuentos tradicionales, son otras fuentes en las que abreva este movimiento. Es conocido el éxito de Mujeres que corren con los lobos, de Clarissa Pínkola Estés, en el que se recupera la tradición oral promovida por mujeres de las culturas centroeuropeas, así como la re-visión del relato como camino iniciático para mujeres y hombres que lo escuchan.

El homenaje a la sangre y a los ciclos menstruales es otro gesto ritual que coloca la diferencia como lenguaje y discurso de la tendencia contracultural feminista. Así, en el giro de un ritual que podría observarse como ancestral, encontramos claves que conectan con las teorías postestructuralistas, no solo de la subjetividad, sino también de la acción política de las mujeres.

Lo cotidiano es mágico

Pero es tal vez en la ritualización de la cotidianidad donde la individua / el individuo de a pie, que puede pensar que debe conseguir un chamán o chamana para participar de estos círculos, puede hacer la diferencia y construir ese mundo de espiritualidad que, en una realidad signada por la violencia, la economía y la especialización de los discursos, resulta verdaderamente revolucionario.

La conciencia de hacer sagrada la rutina es, de hecho, un primer paso para que el ritual cobre la magnitud de experiencia contracultural y transcultural. Creo que esta naturaleza del ritual como algo centrado en lo ancestral y colectivo, además oculto y secreto, al mismo tiempo recupera lo heroico en nosotra/os, fortaleciendo la resistencia a esa estandarización.

Para las autoras junguianas, la sanación viene del intercambio, y eso es lo que permite la integración de la psique, metaforizado en la figura de la Gran Diosa, de la que una vez, según la leyenda dorada, surgieron la tríada y luego el panteón que ha podido reconocerse en distintas culturas alrededor del mundo. Es decir, nuestros arquetipos no son fijos e inmutables, pero tampoco son únicos: cuando los recorremos uno por uno, damos el paso hacia la individuación, hacia la integración psíquica que nos hace “fuertes y vulnerables” al mismo tiempo, que nos sanan.

Para ello, en muchos países se han creado los llamados círculos de sanación, que incluso empiezan a expandirse en la web como parte de un gesto cultural que necesita trascender fronteras de espacio y tiempo. En América Latina es emblemático el caso de Con-spirando, colectivo multicultural basado en Chile formado en 1992, cuya acción formativa, su revista y publicaciones gozan de gran prestigio, ya que constituyen los primeros órganos difusores de este conocimiento otro a través de firmas reconocidas de teólogas críticas y ecofeministas.

Cons-pirando forma anualmente mujeres alrededor de los países en prácticas rituales tendientes a restablecer el equilibrio de lo femenino dentro de un mundo patriarcal. Una declaración de principios acerca de estos rituales expresa su interés por:

  • “Sentirnos parte de la humanidad, la naturaleza inmersa en ese “algo más” que definimos de diversas maneras pero que de unas u otras formas se relacionan con nuestra trascendencia.
  • “Encontrarnos con otras semejantes que en la dinámica de cada ritual serán las que invitan o las invitadas a seguir una secuencia de acciones que nos llevará a todas a recomponernos en una acción co-participativa.
  • “Expresarnos oral, gestual, corporal e instintivamente dando salida a sentimientos y emociones que son movilizados por el ritual y/o respondiendo a la interpretación que a cada una se le provoca, producto de la experiencia personal.
  • “Comunicarnos con símbolos que dan un sentido a nuestra acción ritual y que son re-interpretaciones o construcciones de significados portadores de los valores y anhelos que queremos formen parte de nuestras relaciones en la realidad de nuetras vidas cotidianas.” (Extracto de artículo publicado en Revista Con-spirando nº1, 1992: Retomando las palabras, escrito por Josefina Hurtado)

Los círculos sanadores también entre hombres.

En su entrevista, Jean Shinoda-Bolen explica que el panteón occidental, fundamentalmente anclado en el greco-romano, puede dar material para reconocer en líneas generales las personalidades de la mujer actual. Sin embargo, los arquetipos masculinos son incompletos.

A pesar de la subsistencia de la violencia de género, no es menos cierto que muchos hombres han empezado a crear un espacio de paternidad y compromiso con el hogar que les es muy íntimo. Pues bien, los “padres” de la mitología clásica no son muy “paternales”, son guerreros, agresivos, violentos y temerosos de sus hijos, quienes compiten con ellos por el poder y les destrozan si resultan triunfadores, véanse los destinos de Cronos, Zeus y Urano, por ejemplo. De esta manera, los padres actuales no ven reflejo en estos arquetipos de sus realidades psíquicas y físicas.

Ha debido esperarse a la creación del Dios Cristo, muy posterior al panteón griego, para que entrara en el catálogo de arquetipos la imagen del hombre comprensivo, compasivo y heroico desde el amor. Esto prueba cómo la acepción bíblica “El hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios” es un recurso retórico característico de las grandes obras literarias.

No en balde, el poeta Robert Bly ha llevado adelante el proyecto de crear círculos masculinos, en lo que él ha llamado “the expressive men’s movement”. Allí los hombres comparten desde sus secretos y dolores, así como desde la esperanza y la alegría, satisfechos de aislarse de las facetas que exige de ellos la cultura. Es su espacio para crear dioses y arquetipos a su imagen y semejanza, más cercanos a lo que es su vivencia actual, y conectados con lo que las nuevas compañeras aspiran en ellos.

En ello se basa su libro Iron John, en cuya contraportada se puede leer: “Bly observa que aún los jóvenes de esta época están ávidos de un padre y de un mentor. Sin embargo, mientras unos quedan estancados en la imagen del ‘hombre duro’, otros se debaten en eternas dudas sobre si mismos. Son aquellos que apenas pueden conservar lo que ya tienen y nunca desarrollarán plenamente su vida. A tales hombres Bly les ofrece un camino en el cual es preciso aprender a estar tristes: como la historia de Juan de Hierro lo demuestra, la tristeza abre la puerta de los sentimientos.

Contrariamente a los que podría suponerse, esta búsqueda de la nueva masculinidad no echa culpas sobre las mujeres sino que honra lo femenino y lo requiere para trabajar en complementación. Este novedoso enfoque de Robert Bly propone la conjunción de una nueva y una antigua masculinidad adulta: una manera profunda, vital y sólida de ser hombre.”

Tomar el café mágicamente

Mi maestra en rituales comentaba durante nuestro (improvisado) ritual primaveral del 21 de marzo, que las rutinas que hacemos nuestras guardan parte de lo sagrado que hay en nosotra/os. Si bien el protocolo de la ceremonia del té en Japón lo reviste –junto con la ensoñadora matriz de opinión que se cierne sobre Oriente- de un misticismo inigualable, nuestros rituales de preparación del café, o del mate, deben ser valorados en el mismo sentido. La gran diferencia entre la rutina y el ritual es que en este último hacemos consciente nuestro deseo de metaforizar algo indecible, simbolizar lo ausente físicamente, pero que está en nuestra historia y nuestra crianza.

En el momento en que tomamos café, nos tomamos un tiempo con nosotras mismas, o con nuestros mejores compañeros o compañeras, en una práctica indiscutible del compartir. El cumpleaños, el día de la Mujer, el día del agua y otras efemérides, pueden llegar a verse, en este sentido, como pulsiones de esos rituales que nuestra psique nos pide recrear para animar la conciencia, y hacer posible una comunión con los tiempos y las necesidades humanas.

“Palabra de Mujer”, Diario de los Andes, 29 de marzo de 2009.

 

 

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