Feminismo y Espiritualidad. R Moreno

FEMINISMO Y ESPIRITUALIDAD

Marta Inés Restrepo Moreno1 O.D.N.

1 Religiosa de la Congregación Compañía de María Nuestra Señora, licenciada en Educación y Ciencias Religiosas de la Universidad Pontificia Bolivariana, PhD. en Teología de la Universidad Pontificia Bolivariana, Magíster en Teología de Lasalle University de Filadelfia. Profesora de la Facultad de Ciencias Sociales y Educación de la Corporación Universitaria Lasallista. Correspondencia: email: marrestrepo@lasallista.edu.co.

Resumen

Ensayo sobre la relación entre el feminismo y la espiritualidad, en la que ha existido siempre una intensa tarea interdisciplinaria tejida de presupuestos socioculturales y políticos, antropológicos y filosóficos.

Introducción

Es sorprendente que sor Juana Inés de la Cruz haya dicho que Dios debía ser mujer porque todo lo había hecho bello… Pero Sor Juana Inés tuvo que pagar caro el pensar en voz alta. Todos sabemos que escapó de la Inquisición a cambio de dejar su biblioteca de 4.000 volúmenes, de renunciar a las visitas en el locutorio y dedicarse al cuidado de las enfermas de su comunidad. Murió afectada por la peste.

Hildegarda de Bingen afirmará también en la Edad Media, que, gracias a Dios, el primer pecado lo cometió Eva, pues si lo hubiese cometido Adán, hubiéramos permanecido irredemptos, ya que los hombres son más obstinados en el pecado, como bien lo comprobaban las costumbres de los clérigos de su tiempo.

La Beata M. Laura de Santa Catalina se quejaba de la poca comprensión de sus confesores en cuestiones místicas y aún más, de que su propio director espiritual, que al fin llegó a entenderla, no la tuviera por mujer.

Pero ¿Qué es la Teología feminista? Las teólogas, provenientes de diferentes comunidades cristianas, en el Primer Sínodo europeo de mujeres, en 20011, hablaban de teología feminista como “un modo de pensar desde un punto de vista”, desde una conciencia de ser mujeres, o de género, como se admite hoy en la teología contemporánea.

Un silencio profundo sobre las cuestiones feministas ha cubierto la academia teológica en nuestro medio, con rarísimas excepciones. Hasta el punto de hacerse difícil también el hablar sobre el tema.

Vale anotar que de los años 60 hacia acá, las mujeres empezamos a frecuentar las escuelas de Teología que antes no eran accesibles sino a los varones. La Teología se enseñaba solamente en los Seminarios y en las Facultades Teológicas con miras a la docencia. La Teología feminista en la Iglesia Católica tiene una connotación peyorativa. Pero es a partir de la época conciliar cuando la mujer se convierte en sujeto, no solo en objeto de reflexión teológica.

Hoy, podemos esbozar una catalogación de tres tipos de feminismo:

El sociopolítico y cultural, cuya lucha se refiere sobre todo a la búsqueda de la equidad de género. Estas feministas, que nacieron con la modernidad y sobre todo con los movimientos existenciales y socialistas encontraron muy pronto eco en las iglesias. Hacia 1900 las mujeres habían empezado a frecuentar la Universidad y a reclamar sus derechos políticos y religiosos. Las teólogas apoyaron estas búsquedas desde Estados Unidos y Alemania. Ellas se encargarán, a partir de los estudios bíblicos, de una hermenéutica que encuentra su espacio en las teologías de liberación. Se preguntarán sobre todo: ¿Dónde están en este texto las mujeres? ¿Qué hacen? ¿A qué se debe el silencio sobre ellas? ¿Para quién escriben los autores bíblicos? Una hermenéutica de la sospecha hará que se descubra muy pronto que si bien la actitud de Jesús frente a la mujer fue de contravía con la de sus contemporáneos, y que el antifeminismo de Pablo no es tan suyo, que posiblemente a causa del lugar de la mujer en la gnosis se generó más tarde la desconfianza de los Padres frente a los roles directivos de las mujeres en la comunidades cristianas.

Este primer tipo de feminismo se ha caracterizado por su voz de protesta. Se le ha calificado de corte masculino. La Jerarquía ha reaccionado a estos debates negando a la mujer el sacerdocio y el diaconado con el mismo rigor con que se la ha excluido de un puesto de “iguales” en la docencia teológica o en la pastoral. Estas teólogas, aunque se catalogan dentro de una teología profética han llegado a preguntarse si se podrá seguir siendo fieles a la mujer y fieles a la Iglesia. Mary Dally, teóloga norteamericana ha dicho abiertamente “No” !

Un segundo camino es el antropológico. Se trata de una reflexión feminista en cuanto tiene por objeto la dignificación de la mujer, pero que la busca por las vías de la relacionalidad varón–mujer.

En esta línea se coloca la Carta Apostólica de Juan Pablo II: Mulieris Dignitatemi. A mi parecer, se trata de un camino al feminismo desde la antropología bíblica. Más que de una tarea socio-política, la dignificación de la mujer es una tarea antropológica, a partir del relato del Génesis. Sin negar las discriminaciones que han sido el fruto de una larga historia de la humanidad en el lento proceso de acceder a lo verdaderamente humano, de hacerse hombre-mujer en reciprocidad complementaria.

Teólogos y teólogas se han dado a la tarea de descubrir el aporte profundamente humano de la mujer a la hominización de la especie y a la historia de salvación. Se trata del hombre y de la mujer que en comunión, en cuanto Imagen y semejanza de Dios realizan el proyecto de Dios de ser co-creadores, cuidadores y transformadores del la tierra. Edith Stein con sus escritos de 1926 a 1936, está en los orígenes de esta antropología teológica3.

Por último, un feminismo posmoderno es el de aquellas mujeres que dan un viraje, desde la Historia de las Religiones, hacia la “religión de la Diosa”. Modelos ecologistas que hacen reviviscencia de la antigua gnosis, están dispuestas a redireccionar la humanidad desde los mitos matriarcales.

Una intensa tarea interdisciplinaria tejida de presupuestos socioculturales y políticos, antropológicos y filosóficos está a la base del esfuerzo hermenéutico de las primeras teólogas feministas que desde luego se volcaron sobre la Biblia para descifrar en ella, con la ayuda de los métodos histórico-críticos, los lugares de salvación y de opresión de las mujeres.

Estudios sobre la condición femenina en la Biblia como los de Elizabet Shüssler Fiorenza provocaron una interesante solidaridad entre teólogos y filósofos. Podríamos afirmar que en la bibliografía teológica reciente no hay apenas autor, entre mujeres y hombres, que no esté atento a reivindicar el lugar de la mujer en la Historia de la Salvación, sin hablar de la producción mística y espiritual.

Es sobre todo a la modernidad a la que debemos “el que la mujer exista”. Sin embargo la antigüedad conoció a grandes mujeres como Safo, Penélope y aquella sabía Diotima a quien Platón atribuye en El Banquete la iniciación de Sócrates en los misterios del amor4. Apenas hoy la modernidad hace de estas mujeres objeto de estudio o de reconocimiento.
Rastreando la Historia

La iglesia primitiva vivió un particular aprecio por la mujer a partir de la actitud de Jesús con las mujeres de su tiempo. A pesar de la cultura patriarcal del judeo-cristianismo, algunas huellas quedaron en los Evangelios y en Pablo de cómo Jesús quiso restaurar el proyecto primitivo de Dios, en su relación a la mujer. Así Lucas 13 se convierte en un texto de profundo sentido liberador. En efecto, cuando Jesús hace enderezarse a esta “hija de Abraham” en el centro de la sinagoga, en sábado, y hace referencia al lugar que la Torá tiene para la mujer con el buey y con el asno. Jesús le devuelve, en la persona de esta mujer encorvada desde hace 18 años (por el peso de la historia), a todas las mujeres, su talla de varón5 frente a la ley y frente a la comunidad. Ellas también fueron creadas a imagen y semejanza de Dios: “a imagen y semejanza suya los creó… hombre y mujer los creó” (Gen 1,26). No solamente es pues el varón imagen y semejanza de Dios, sino también la mujer… Pablo es fiel a esta enseñanza del Señor en Gál 3,28.

Algunas mujeres le seguían

El grupo que sigue de lejos a Jesús en su via crucis (Mc.16,40) cobra un importante papel en el Evangelio de Juan: María, la Madre del Señor, María de Magdala, la otra María y el misterioso discípulo amado. Todos ellos están allí, “junto a la cruz”, en un retablo tardío (Jn.19,25- 27) dibujado por el Evangelista, para hablarnos de aquella iglesia, particularmente femenina, que los estudiosos llamarán “la comunidad joánica”. Un grupo que siempre desconcertó a Pedro como se deja ver en el capítulo 21 del Evangelio de Juan: “¿Pedro, me amas más que éstos? (Jn 21,15) ¿Quiénes son estos, en plural?6.

Las mujeres que representan a la Iglesia fiel hasta el Calvario van a dejar una huella imborrable en una iglesia primitiva particularmente sensible a la deferencia y actitud liberadora de Jesús para con ellas. El seguimiento de Jesús en los sinópticos utiliza la expresión? akoloutein??? que significa tanto seguir como acompañar a Jesús (Mc.3,14); de las mujeres nos dicen expresamente que le acompañaban?? akoloutein? (Mc.14,10-41; Mt.27,55; Lc.8,1-3;23,49.55)ii. Aunque a todos se les llame discípulos, en masculino. ¡Resulta tan poco común que en los tiempos de Jesús un maestro tenga discípulas! Tampoco existe la palabra apóstol en femenino, por la misma razón, aunque Pablo se lo conceda a Junia (Rm16,7) y sea un apelativo muy propio para María Magdalena y para la samaritana.

En la Iglesia primitiva hubo mujeres apóstoles, discípulos y diáconos (por lo insólito del caso, no existe ninguna de estas palabras en femenino en el griego bíblico). Así lo constata el NT cuando nos habla de la misión de María Magdalena y de la samaritana, o de Junia y Prisca. O de aquella otra Sra María a quien Ignacio de Antioquía escribe una carta de la que no tenemos suficientes conocimientos para comprender por qué haya quedado entre los apócrifos de Ignacio8. Los Apócrifos gnósticos son particularmente sensibles a la no distinción hombremujer en el Reino, que indicaba ya Pablo en Gál. 3,28. El Evangelio de Tomás termina con este versículo:

Simón Pedro le dijo:”Que se aleje Mariahm de nosotros!, pues las mujeres no son dignas de la vida”. Dijo Jesús: “Mira, yo me encargaré de hacerla varón, de manera que también ella se convierta en un espíritu viviente, idéntico a vosotros los varones. Pues toda mujer que se haga varón, entrará en el reino del cielo”9.

El Tiempo de las “Ammas”

A partir de la época constantiniana aparecen muchas mujeres que merecen un lugar en la Matrología10: las “Madres del Desierto”, como Melaniaiii, Marcelaiv y Proba, a quienes el adusto Jerónimo no tuvo inconveniente en transmitirles sus conocimientos bíblicos, ni en proponerles una vida como la de Pacomio en Egipto. A Marcela la llama específicamente: la estudiosísima. También Basilio y Gregorio de Niza dejaron huellas de su inmensa admiración por su hermana Macrina.

Una de las más interesantes es Amma Anónima, aquella que inspiró a Michael Ende para su personaje: Momo11. Amma Anónima fue una mujer que habitó como ermitaña en una cueva del desierto. Las gentes del vecindario tocaban a su ventanilla para avisarle que le han traído algún alimento. Cuando la abría, descargan en ella sus penas para que Amma orara por ellos. Nunca hablaba. Guardó un eterno silencio, pero era tal la calidad de su atención y de su plegaria, que todos se retiraban reconfortados, al descubrir que habían encontrado de nuevo la alegría de existir.

A finales del siglo V encontramos una mujer, una gran señora, que peregrina durante tres años desde Galicia hasta Jerusalén, y que da cuenta a sus corresponsales, una pequeña comunidad de mujeres, de su costoso viaje por mar y tierra, en navío o en camellos, para visitar los monasterios del norte de Egipto, el Sinaí y Jerusalén. Allí participa en la liturgia cuaresmal y pascual de la que cuenta todos los detalles, y continúa su viaje hasta Constantinopla para conocer a San Juan Crisóstomo. Disfruta con la Liturgia, los ayunos, las peregrinaciones, que vive como experiencia espiritual. Eteria se llama. Subió hasta el lugar donde se veneraba en su tiempo la memoria de la zarza ardiente (Ex 3,2ss).

Reinas, profetisas, místicas y trovadoras

Por la reina Clotilde, evangelizada por el monje S Bonifacio, Clodoveo rey de los francos, se convirtió al catolicismo con sus súbditos; el reino de los francos fue el primero en hacer parte de la Iglesia entre los bárbaros, luego se convirtieron los anglos por su reina Berta, la esposa de Edelberto de Kent, y por último España cuando la reina (cuyo nombre no conservamos) influyó en la conversión de su esposo Leandro. Podríamos decir que a estas tres reinas se debe la conversión de Europa. En Constantinopla, la reina Irene salvó los iconos griegos de la devastación que promovió el emperador León III influenciado por el Islam.

Hildegarda de Bingen en Renania, Gertrudis de Helfta, Mectilde de Magdeburgo y Mectilde de Hackeborn hicieron historia desde su monasterio de Sajonia. Los escritos de estas mujeres hablan de una sabiduría que anticipa la obra literaria de Teresa de Avila.

La Edad Media conoció mujeres laicas de quienes bien podemos decir que gozaron de un carisma profético, como Brígida de Suecia, y Catalina de Siena, quienes tuvieron una notable influencia en la política de su tiempo ante el cisma de Avignon, por la insistencia con que se dirigieron al papa para que regresara a Roma. Brígida de Suecia fue casada, y casi toda Europa se vio iluminada por ella, a través de sus muchos viajes y escritos. Juan Pablo II acaba de proponerlas como matronas de Europa. Los historiadores de estas grandes mujeres valoran en ellas la conjunción de la experiencia mística con la sabiduría y la ciencia, así como la influencia que ejercieron, tanto entre la nobleza como entre las gentes sencillas, quienes las buscaron por su don de consejo y sobre todo, porque todos sus mensajes y revelaciones hablan del amor infinito y misericordioso de Dios; todas ellas invitaron a la conversión de costumbres y a la reforma de la Iglesia.

Mujer y Modernidad

Es sobre todo a la modernidad a la que debemos el que “la mujer exista”. La mujer nace con las escuelas y con la familia como un producto del siglo XVII francés12. Sin embargo la modernidad, con el “nacimiento del sujeto” desde Montaigne, obsesionado por “je m’étudie plusqu’autre suject”, hizo que la mujer, al empuñar el yo literario y personal se manifestara como melancolía: Virginia Wolf es una de sus representantes, así como Marie Von Herbert, corresponsal de Kant, y Henriette, de Rousseau13. Ellas sintieron más que nadie su in-existencia, su nada social. El existencialismo cristiano lo mostrará de un modo agudo en la noche oscura y la pequeñez que experimenta Teresa de Lisieux.

No puedo no referirme a una mujer entrañable en mi experiencia religiosa: Juana de Lestonnac, sobrina de Montaigne. Jeanne de Lestonnac, quien rompió sus escritos personales antes de morir y fue canonizada apenas tres siglos más tarde, es una de las grandes mujeres que dieron el paso del medioevo a la modernidad, como fundadoras de familias y escuelas para la educación de la mujer con Angela de Mérici, Regine Porthmann, Alice Leclerc, Mary Ward…

Juana de Lestonnac nace en un hogar que vive la división religiosa de un padre católico y una madre hugonote. Una intensa espiritualidad la acompaña desde niña y quiere hacer en Francia lo que Teresa en España. Construye con Gastón de Monferrant una familia de 8 hijos, tres de los cuales mueren al nacer. En su viudez ingresa a Feuillant, donde conoce los efectos de las grandes austeridades de una reforma cisterciense al estilo medieval. Se retira por sus quebrantos de salud y a partir de una gracia fundante recibida la noche14 anterior a su salida, empieza una vida del todo diferente bajo la dirección de los jesuitas. Su Orden será la primera en ocuparse de la educación de la mujer en un proyecto que aúna vida contemplativa y vida activa. Goza de experiencias místicas descritas con inmensa delicadeza por sus biógrafos, experiencias que dan paso a un carisma apostólico. En la edad moderna la mujer aunará vida activa y experiencia contemplativa, en una gran multiplicidad de congregaciones de vocación misionera, educativa, de asistencia social, salud…

Hoy las mujeres leemos con sumo interés las obras en las que se descifra con honestidad el puesto de la mujer en las Iglesias, con el propósito de rendir justicia a su aporte a la Historia de salvación y de corregir actitudes abusivas del poder organizado con una exclusiva masculina, que subyace como “estructura del inconsciente”, una estructura de discriminación a la que la antropología teológica bien pudiera colocar entre las muchas formas como se manifiesta el pecado estructural, u original. Así lo son el narcisismo y egocentrismo ancestral que afectan las estructuras clericales de casi todos los grupos religiosos.
Mística y espiritualidad femeninas

Los primeros cristianos se experimentaron “como el alma del mundo”15. Su encuentro con El Resucitado no sólo cambió su vida sino que la convirtió en una vida que fue “sal” y “luz” del mundo. ¿Y las mujeres? Pablo debió organizar los carismas femeninos que desde el principio se hicieron presentes en Pentecostés. Pedro da de ello una explicación:” (Hech. 2,17ss)

La mujer judía, encargada de mantener el fuego en el hogar, y de encender las luces del shabat, experimentó desde muy pronto lo que significó su llamado al Reino. Ella encarnaba en Israel la Sofía de Dios y por lo tanto debe enseñarla, iniciar a sus hijos en su camino. En el hebreo bíblico espíritu (ruah) y sabiduría, (hokma), son términos femeninos. Sofía, como una niña que danza ante Dios, (Prov 8,22ss), es el rostro humano del pensamiento divino y por lo tanto es a la madre a quien corresponde la iniciación de sus hijos en la prudencia. Israel valoró a la mujer como a una perla, desde su escondimiento e invisibilidad, pero también la apreció como profetisa, guerrera y reina. A pesar del patriarcalismo de la Biblia, sus autores no callaron totalmente nombres como el de Myriam, Débora, Judith, Ester, Ana… Ellas y muchas otras mujeres encarnaron el ideal de Israel, quien llegó a identificarse como nación con la “Amada” del Cantar. La amada de Yahvé a quien profetas y sabios dieron nombres y destinos femeninos, al reprender en sus desvíos la respuesta del pueblo a un amor de Alianza. Israel fue la elegida, la virgen, la esposa, la ramera… Oseas, Jeremías y Ezequiel vituperaron las infidelidades de Israel con nombres femeninos hasta que los Evangelios, en especial los de Lucas y Juan subrayen los gestos de amor y compasión de un Jesús entrañimaternal y liberador para con nosotras. Así, María de Magdala es el símbolo, el mito, la mujer4, que no sólo representa a Israel frente a su Mesías, sino que nos representa a todas las mujeres y nuestro lugar en el Reino del Padre.

La espiritualidad femenina está marcada indudablemente por su relación con Dios.

Fue Agar la primera que en su derelicción fue encontrada por la Palabra de un Dios que es providencia. Agar son todas las mujeres pobres de nuestros pueblos porque “es muy extenso el discurso místico acera de la noche oscura del alma pero la noche oscura del cuerpo es aún más dolorosa. “Cuando el cuerpo y el espíritu se sienten aplastados, ahí tenemos la verdadera noche oscura del abandono, del dolor y de la confusión. Justo en esos momentos cuando todas las soluciones han fallado, las fuentes de la fortaleza son la compasión y un corazón sin límites”16. Allí es donde Dios se nos revela como el que ve, como el que provee, como el que es providencia absoluta.

En las raíces de la espiritualidad de la Iglesia encontraremos siempre historias de mujeres que son “texto sagrado”17. Mujeres signo y brazo de salvación para otras mujeres y para la Iglesia toda. Cuando E. Schüssler Fiorenza subraya en la Cananea la misión de hacer descubrir a Jesús su vocación universal18; muchas cananeas (varones y mujeres) nos hacen salir hoy de los límites en que la cultura, el temperamento y las propias falencias, nos hacen permanecer en una condición femenina limitada. Es verdad que cada ser humano es un universo completo en sí, pero lo que llamamos “complementariedad-recíproca”, es del orden de la relación que nos hace ser: “nacemos de la mirada del otro” dice la hermosa antropología de Marcel. Aún más, sólo desde la trinitariedad, nos hacemos personas. Es imposible encontrarse verdaderamente entre dos, sin ese Tercero que mediatiza nuestras diferencias y nos hace uno: Dios mismo. Sólo desde el Espíritu de la Verdad podemos encarar las dominaciones, manipulaciones, abusos y miserias que pueden existir en la relación varón- mujer. No llegamos a ser plenamente humanos sino en relación. Toda prepotencia, todo clericalismo, toda posición victimal o individualista son de alto riesgo para el futuro de la Iglesia y de la espiritualidad. Edith Stein las entiende desde el estado de caída, no desde el estado de gracia. Ella piensa que muchos textos bíblicos, aún los de Pablo son escritos desde el “hombre caído” que exige sujeciones…3

Abordando el concepto de espiritualidad

Desde los textos fundadores del cristianismo, en la antropología paulina (1Cor 2,14-3,3), Pablo opone el hombre carnal al espiritual. Se trata de un texto fundador19. Hay pues dos maneras de vivir la vida: desde su temporalidad y vulnerabilidad, desde el estar centrado “en sí mismo”, en un egocentrismo que ignora a los otros y al destino final del cosmos y de la vida… o desde su espiritualidad, cuando aun el morir tiene sentido, desde Dios y por los otros y otras.

Pero también entendemos por espirituales a las dimensiones del ser que ama, que comprende, que sueña, que hace proyectos, que le busca un sentido a su existencia, que ordena su mundo desde una dimensión ética19.

También llamamos Espiritualidad, desde los años 60, a esa parte de la Teología que se ocupa del estudio de la acción del Espíritu de Dios, a través de diferentes carismas, especialmente los carismas fundadores. El estudio de la espiritualidad se ocupa también de las experiencias religiosas personales, como los fenómenos de conversión, de vocación, de la dimensión mística de los pueblos y de las personas. Se trata de la subjetivización que opera el espíritu humano de los símbolos, ritos y relatos en una determinada época o grupo religioso. Así hablaremos de la espiritualidad de los pobres de Yahvé, de la espiritualidad mariana, de la mística carmelitana o ignaciana.

En el momento en el que las teólogas toman la bandera del feminismo, proponen desantropologizar el rostro de Dios hasta en su expresión verbal. Su misterio de amor debe revelarse también en rostros femeninos. ¿Quién puede negar que en el rostro de una M. Laura Montoya o de una M. Teresa de Calcuta se haya cumplido a cabalidad el propósito genesíaco de que la mujer sea imagen y semejanza de Dios?

El que los movimientos feministas se ocupen sobre todo del qué hacer de las mujeres en la historia, de sus textos y luchas, de sus dramas y tareas, ha creado un verdadero interés por lo que ellas han realizado en el campo de la espiritualidad. Los movimientos contemporáneos se vuelcan sobre los textos antiguos para rastrear el aporte de las mujeres a la vida espiritual y religiosa de los pueblos. Sienten que en ello se juega el futuro de la madre tierra. También nosotros en Colombia estamos en deuda con mujeres como la M del Castillo y la beata Laura Montoya, y con muchas otras que como ellas encarnan una espiritualidad mestiza con toda la riqueza de unos ideales cristianos vividos en femenino. Urs Von Baltasar, habla de la espiritualidad como “la concepción que un hombre se hace de su existencia religiosa y de su compromiso ético: una determinación activa y habitual de su vida a partir de sus intuiciones objetivas y de sus decisiones últimas”… la espiritualidad a veces es eros (amor y deseo), otras camino hacia el interior, otras memoria (anamensis) y otras esperanza (elpis). Es la búsqueda de realización, de cumplimiento del sí mismo, desde el deseo de transformación del mundo y por ello también encierra la dimensión de las opciones19. Desde esta perspectiva, las diferentes corrientes feministas, comprometidas con una tarea profética de hacer justicia a la mujer, son desde luego corrientes de espiritualidad. Es el ejercicio de la profecía desde la condición de la mujer hoy. Ellas afirman:

Hemos de mantenernos en contacto con el poder y la autoridad de una nueva simbólica. Hemos de hacernos creadoras de mitos, narradoras de leyendas de un nuevo orden simbólico. Ya hemos sufrido bastante por culpa de la simbología de Eva la pecadora, de los ángeles caídos o de la simbología inversa que hace de nosotras los ángeles del hogar. ¡No somos ángeles ni monstruos, sino criaturas de carne y sangre, fuertes y tiernas a la vez (…). Contaremos esas leyendas siempre con una actitud generosa, haciendo que en esta nueva creación que estamos alumbrando haya espacio para nuestros compañeros los hombres, tan maltratados y heridos como se encuentran, lo mismo que nosotras, a causa de las relaciones desordenadas que ha impuesto el patriarcalismo20.

Y es que no dejamos de asombrarnos del silenciamiento que impusieron los clérigos a Hildegarda de Bingen y a Juana Inés de la Cruz, de que hayan condenado a la hoguera a Juana de Arco y a Margarita Porete, injuriado a la Bienaventurada Laura y a sus monjas con el mote de “monjas cabras”. La historia ha sido injusta con el conocimiento místico y con la actividad profética de la mujer.

La mística, una especialización de lo femenino espiritual

Tal vez lo más granado de la espiritualidad es la mística. ¿Quién es un místico? ¿Una mística? Existe un conocimiento de Dios que recibe en Teología el nombre de apofático, ya que no cabe en el orden de las palabras, de la razón lógica. Es silencioso, experimental, vital. Oscuro de lo puro luminoso. Atraviesa la Historia de las Espiritualidades de todos los tiempos y religiones. Las mujeres son especialmente testigos de esta dimensión que se convierte en lenguaje simbólico para decir el misterio que por su profundidad pertenece a lo inefable. Margarita Porete en su libro Espejo decía sencillamente: “Mirar a Dios simple, hace al alma simple” 21. Es una simplicidad abandonada, amorosa, rendida, en que el ser se hace todo con el todo, sintiendo a Dios habitarlo todo. Conocimiento que ocurre desde el centro del alma. El ser humano es capaz de Dios, puede experimentar a Dios. “En esto consiste la vida eterna”.

Abraham Maslow en su “Psicología de la ciencia” describe esta forma de conocimiento experimental como un “perderse completamente en el presente”… Se refiere a un tipo de conocimiento superior, en el que se atraviesa el estado de conciencia en que la mente trabaja sólo con la razón.

Todo él (el experimentador) está ahí hundido, concentrado, fascinado(…). Puede perderse la autoconciencia. Lo que se experimenta es intemporal, no tiene lugar, está fuera de la sociedad y de la historia. En su expresión máxima ocurre una especie de fusión de la persona que experimenta con lo que se experimenta. El experimentador se vuelve más inocente, más receptivo, sin indagar, como los niños. En el extremo más puro, la persona está desnuda en la situación, sin ningún dolo, sin esperanza o preocupaciones de ninguna especie (…). Desaparece la noción de importancia-no importancia (…). El temor desaparece (…) La persona no es directiva (…) La experiencia le entra a raudales sin ningún obstáculo. Desaparece el esforzarse, el buscar, el anhelar, la experiencia corre sin que se haga nada para que suceda (…). Lo anterior pone a un lado las características de nuestra más altiva racionalidad, nuestras palabras, nuestro análisis, nuestra habilidad para disertar, clasificar, definir o ser lógicos. Todos estos procesos se subordinan. En la medida en que se entrometan, la experiencia es menos plena22.

El conocimiento de Dios pertenece a la experiencia del amor. Muchas mujeres, a través de la historia de la Espiritualidad han vivido este tipo de experiencia, hasta el punto de que Lacan considera que la mística es femenina23. También lo es el inconsciente. El inconsciente es femenino, la pulsión es masculina. Ambos se dan en cada uno de los sexos en distinta proporción, pertenece a la historia de cada individuo… El psicoanálisis considera que el conocimiento místico es un tipo de saber desde el inconsciente, un saber que no pertenece a un sexo determinado sino que es una dimensión que pertenece a todos, a unos más que a otros. La pulsión es masculina, conduce a la acción, al trabajo. Ambos se dan, inconsciente y pulsión de modos diferentes en cada ser, moldeados por la educación y la cultura. En ambas dimensiones el ser humano sublima su libido, Eros y tanatos, es decir, la fuerza vital. Las experiencias religiosas canalizan admirablemente esta fuerza.

Las místicas han tratado de comunicar su experiencia religiosa y han expresado el no saber convertirla en palabras. En los comienzos de la modernidad una intensa onda se levanta en España, en sus representantes más finos, como fueron San Juan de la Cruz y Santa Teresa, recorre a Francia entrando por Burdeos donde los jesuitas se beneficiaron de ella en la persona del P Surin hasta llegar a Paris y aún a Alemania, con Angelus Silesius…24

El conocimiento místico femenino pasa por su cuerpo. Se diría que todo él es un “modo de conocimiento”. Madurando psicológica y fisiológicamente antes que el varón, los procesos de abstracción son también para ella más tardíos. Su modo de aprehender lo espiritual la abarca toda. Las feministas le han dedicado especial atención a la corporalidad femenina y no es gratuito que los psicoanalistas pongan el foco de su atención en los fenómenos místicos femeninos. Lacan hace derivar estos fenómenos de la relación del sujeto con la madre tanto para el hombre como para la mujer25. No sólo la relación a la madre fabrica en nosotros el registro del conocimiento. También hace que la mujer conozca, se relacione, se vincule corporalmente a sus objetos de conocimiento y de deseo.

De la mística cortesana de la Edad Media se va pasando a las “pasionarias” a medida que el humanismo amanece en occidente como un volverse al hombre y de alguna manera hacia “la razón”. Las místicas, por un camino diferente al de la racionalidad, se centran en el amor, y en la comprensión del mundo desde esta otra esfera del conocimiento. Dan una importancia especial a la humanidad de Jesús. Una atención a su sufrimiento en la cruz les revelará el infinito amor misericordioso de Dios, al coste de vivir también ellas, en su propio cuerpo, los sufrimientos de Cristo y de sus hermanos. No solo fueron médicas como Hildegarda sino que se identificaron con la pasión de Jesús, como Juliana de Norwich y Catalina Emmeric.

Ellas son las madres de una espiritualidad que incorpora el dolor para comprenderlo, que es capaz de acompañarlo y cuidar a sus víctimas como se cuida un niño. Indudablemente Teresa de Calcuta es su heredera, pero también nuestras médicas, psicólogas, trabajadoras sociales, religiosas y laicas de la última modernidad. Etty Hillesum, dedicada en su juventud a las letras, fue una judía que padeció el Holocausto lo mismo que Edith Stein. “La ciencia de la cruz” les fue revelada por caminos diferentes y su aporte a la mística, desde ambas, es vida para nosotros hoy.

Aunque la experiencia mística sea todavía objeto de los discursos de la razón, es el espacio del amor, y es una fuente de inmensa riqueza espiritual. ¿Podremos sobrevivir como cristianos y aún como humanos sin ella, en este nuestro mundo azotado por todas las violencias, por todas las deshumanizaciones?

Grandes mujeres han sido luz25 para la humanidad. Ellas han hecho más humano nuestro mundo. Comentaré algunos textos de estas grandes madres de la Espiritualidad, que no saben si no hablar de amor y de belleza:

Hildegarda de Bingen fue una abadesa que conoció prácticamente toda la ciencia de su tiempo. Sus escritos, inspirados en los estoicos, sobre el microcosmos y el macrocosmos, en el que el hombre (microcosmos) está influenciado por las fuerzas que lo rodean, influyeron en la teoría de la evolución de Darwin26.

Sucedió que, en el año 1141 de la Encarnación de Jesucristo hijo de Dios, cuando cumplía los cuarenta y dos años y siete meses de edad del cielo abierto vino a mí una luz de fuego deslumbrante, inundó mi cerebro todo y cual llama que aviva pero no abrasa, inflamó todo mi corazón y mi pecho, así como el sol calienta las cosas al extender sus rayos sobre ellas. Y, de pronto, gocé del entendimiento de cuanto dicen las Escrituras: los Salmos, los Evangelios y todos los demás libros católicos del Antiguo y Nuevo Testamento, aun sin poseer la interpretación de las palabras, de sus textos, ni sus divisiones silábicas, casos o tiempos27.

Hildegarda pide autorización a Bernardo de Claraval para comunicar sus visiones. Compone música para el coro y cuando es silenciada por un interdicto del capítulo catedralicio, por haber dado sepultura en su monasterio a un falso excomulgado, escribe uno de los más bellos textos sobre la Teología de la música. Concibe el arte musical como una vía de acceso al mundo divino. Experimenta que la música es la más alta vibración del universo en el alma humana y que por ella participa desde ya en el cielo:

Del mismo modo como el cuerpo de Jesucristo nació por el Espíritu santo (…) así también el cántico de la alabanza a Dios según la armonía celeste tiene sus raíces en la Iglesia por el Espíritu Santo. El cuerpo es el vestido del alma que tiene la voz viva. Es justo que el cuerpo cante con el alma a través de la voz las alabanzas a Dios. (…) Antes de la trasgresión (Adán) tenía la voz en la compañía no pequeña de las voces de los ángeles, que las poseen debido a su naturaleza espiritual. (…) Adán perdió la semejanza de la voz angélica que tenía en el paraíso y se durmió en el conocimiento del que estaba dotado antes del pecado.(…) Los santos profetas, instruidos por el mismo espíritu que habían recibido, compusieron no sólo salmos y canciones que eran cantados para encender la devoción de los que los oían sino diversos instrumentos de música con los que tocar múltiples sonidos, a fin de que, tanto por las formas o cualidades de aquellos instrumentos, como por el sentido de las palabras recitadas, los oyentes, estimulados y adiestrados por lo exterior, fueran perfeccionados en lo interior28.

Juliana de Norwich es un personaje fascinante. No parece haber sido religiosa, aunque vivió en una pequeña ermita al lado de un monasterio benedictino, en Inglaterra. Es la más grande exponente de la mística en su tiempo. Fue una mujer de extraordinaria erudición y conocimiento de las Escrituras, a quien sus coetáneos consultaban aún durante su tiempo de anacoresis. En su libro Revelaciones del amor divino, no teniendo otra manera de hablar de la misericordia de Dios, habló de un Dios madre:

Tan verdaderamente como Dios es nuestro Padre, Dios es verdaderamente nuestra Madre, y lo ha revelado en todo, especialmente en estas dulces palabras, en las que dice: “Yo soy…” es decir: “Yo soy el poder y la bondad de la paternidad. Yo soy la sabiduría y el cariño de la maternidad. Soy yo la luz y la gracia de todo amor bienaventurado. Yo soy la Trinidad. Yo soy la Unidad. Yo soy la gran suprema bondad de todo tipo de cosas. Yo soy quien te hace amar. Yo soy quien te hace desear ardientemente. Yo soy el cumplimiento final de todos los deseos verdaderos29.

“Comprendí que hay tres formas de contemplar la maternidad en Dios. La primera es que él es el fundamento de nuestra naturaleza en la creación; la segunda es su asunción de nuestra naturaleza, en la que comienza la maternidad de la gracia. La tercera es la maternidad en acción. Y en ésta, por la misma gracia, todo es penetrado en anchura y largura, en altura y profundidad, y todo es un único amor30.

Como otras místicas de su época “corporalizó” el amor infinito de Jesús, llevando en su cuerpo el dolor de su pasión. Las gentes de su época estaban deshechas por guerras interminables y pestes atroces. El espíritu de las cruzadas había deformado el rostro del Abbá de Jesús. A ellas, a las mujeres del siglo XIV, les tocó devolverle al cristianismo la sensibilidad por un Jesús que seguía padeciendo en su cuerpo místico, un Jesús infinitamente amado en cada uno de los seres humanos. “¿Debo pensar que por ser mujer no debería hablaros de la bondad de Dios, cuando se me ha revelado al mismo tiempo que era su voluntad que fuera conocida?”31 Profeta de esperanza, asegura a sus contemporáneos que “todo acabará bien”: Si Dios ha creado por amor el universo, sigue amándolo hasta su consumación final:

[Dios] me mostró una cosa pequeña, no mayor que una avellana, en la palma de mi mano, según me pareció; y era redondo como una bolita. Lo miré y pensé: “¿Qué puede ser esto? Y la respuesta vino a mí: es todo lo que ha sido creado”. Me quedé asombrada de que pudiera durar, pues una cosa tan insignificante, pensaba yo, podría desvanecerse en un instante. Y se le respondió a mi entendimiento:” Permanece y permanecerá siempre porque Dios lo ama; de este modo, todo tiene su ser a través del amor de Dios”32.

No es posible terminar este resumen de la aportación de las mujeres a la Espiritualidad sin referirse a la Beata M Laura Montoya, casi apenas conocida fuera de nuestro medio pero cuya pluma se eleva desde una vida heroica para atravesar el espacio de las letras castellanas, mestizas y contemporáneas. Escuchemos esta hermosa página con la que ella introduce su autobiografía:

Pero Dios mío, ¿cómo hablar de mi ser? ¿De cuál ser? ¿Si Tú sólo eres? ¡Si mi ser no es! ¿Cómo expresar esta idea? ¿Si no tengo existencia fuera de Ti? ¿Si esto que llamo YO no es un punto, puesto que ese punto es un instante que se va? ¿Cómo puede decir el aire iluminado que es luz, si la que tiene está en el foco? ¿Si mi vida está en Ti? ¿Cómo puedo hablar de mi vida, si no tengo vida? ¿Si tú sólo eres vida? ¿Si lo que tengo en mí es una muerte continuada en un mundo que se va? Ser único, ¿cómo puedo decir mi vida si ni es vida ni es mía como diré YO si no soy? ¡Si tú sólo eres!

La Bienaventurada Laura fue la pionera entre nosotros de la Evangelización de los indios. Tomó fuerzas de su inconmensurable unión a Dios para vivir como los indios, comer lo que ellos comían, hacerse una con ellos en plena selva para llevarlos a Dios. Maestra de radicalidad de vida y de opción, su experiencia mística fue su fuerza en combates contra los hombres que ni la apoyaron ni la entendieron. Mucho se ha demorado la Iglesia para reconocer sus méritos. Mística y contemplativa, fue ante todo una mujer de fe cuyo proyecto ético traspasa las fronteras de nuestras montañas antioqueñas.

No es posible alargarse en otros ejemplos. Bastan los propuestos. Una gran tarea tienen las feministas para beber en las fuentes de la Espiritualidad que sus antepasadas cavaron. Todas sus luchas, realizadas desde el amor y desde el proyecto de Dios son también una gran fuente de espiritualidad.

Desde esta situación de pobreza e ignorancia.

También estas son palabras de la Bienaventurada Laura, parecen escritas hoy:

“¡Es necesario preferir a los pobres! Y ¿cómo no si en ellos ha querido presentarse Jesús? ¿Cómo no, si ellos son los miembros sufrientes de Cristo? ¿Cómo no si están lejos del espíritu del mundo? ¿Cómo no si los pobres son los corazones postrados delante de Dios? ¿Los que le dan campo bellísimo a su misericordia? ¿Cómo no si son ellos espejos vivos de lo que hace la pobreza en el corazón humano: lo dulcifica, lo hace blando con los demás… Los santos han preferido a los pobres precisamente por ese sentido divino que tienen que los inclina a lo menos, a lo bajo33.

Nuestros campos están asolados. En las ciudades, se arremolinan mujeres cuyos hombres les han sido arrebatados por la violencia y la guerra. Conocen el amor y la muerte. Deben “sacar adelante a sus hijos” y responder por una pequeña economía de supervivencia. Ya es propio de la mujer ocuparse de la economía, pues oikos es ante todo casa, y este es su espacio propio: hacer que las cosas alcancen para todos. Ellas no tienen sino un rancho que mañana deben abandonar, cuando el estado les diga que son invasoras. Pero ellas se ayudan, se agrupan, hacen esfuerzos para formar una pequeña comunidad. Su mística se convierte en proyectos solidarios. Rezan, aman, aprenden, realizan sus pequeñas industrias. Contagian mística a quienes los visitan y acompañan. Una presencia de amor y de proyectos se convierte en un pequeño asidero a la vida, para ellas y para sus hijos. Mística y profecía anidan en estos grupos de mujeres que apoyadas en la fe, luchan y esperan.

También nosotros podemos beber de sus fuentes. Cuando nos acercamos a ellas, las encontramos gozosas a pesar de que han vivido grandes penas. Las encontramos acogedoras, aunque han sido rechazadas. Las encontramos llenas de dulzura, aunque han sido atropelladas. Las encontramos fuertes, aunque viven en la debilidad. Tenemos que reconocer que uno de los mejores pozos de espiritualidad, colmados de agua de vida, se halla entre estas mujeres que nos devuelven el aliento y la esperanza.

Pie de página

iDebo advertir que para muchas feministas sin duda esta posición no es feminista2.
iiSe trata de Juana y Susana7 a quienes el Evangelio de Lucas nombra como mujeres que acompañaron a Jesús en sus viajes y lo apoyaron con sus bienes (Lc 8,3); Martha aparece en el Evangelio de Juan como Señora de la casa de Betania, en donde acoge a Jesús con sus hermanos María y Lázaro (Jn 12,1); María Salomé, la madre de Juan y Santiago, quien será testigo de la Resurrección con otras mujeres (Mc 16,1).
iiiMelania, llamada la mayor, de la noble familia Antonia, joven viuda romana a los veintidós años. Dejando a sus hijos pequeños en Roma, tomó un barco en dirección a Alejandría con otras damas para abrazar la vida monástica. Fue fundadora de una comunidad en el monte de los Olivos. Paladio la llama “mujer-varón de Dios”. Por su maternidad espiritual con razón se la llama Amma, (Madre del Desierto).
ivMarcela, noble viuda romana, por quien empezó la vida monástica en occidente, bajo la dirección de San Jerónimo, en el Aventino. Puso su fortuna al servicio de los pobres y se dedicó, por inspiración de los monjes de la Tebaida, a seguir la regla y el hábito de San Pacomio, con una comunidad de mujeres dedicadas a la caridad, a la oración y al estudio de la Sagrada Escritura. San Jerónimo le escribió 16 cartas y la llamó cariñosamente la filoponotate, la estudiosísima.

Referencias

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  28. Ibid., p. 131-133.        [ Links]
  29. TWINNCH, C. Juliana de Norwich:“Todo acabará bien”. Citado en: BENEITO, Op.cit., p. 166.        [ Links]
  30. Ibid, p. 167.        [ Links]
  31. Ibid, p 160.        [ Links]
  32. Ibid, p 161.        [ Links]
  33. MADRE LAURA DE SANTA CATALINA. Autobiografía. Medellín: Bedout,

 

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