Educar hacia el pleno desarrollo del espíritu humano. Benetti

EDUCAR HACIA EL PLENO DESARROLLO DEL ESPÍRITU HUMANO

Lic. Santos Benetti

A- CONSIDERACIONES PREVIAS: Espiritualidad y Sentido de la vida

Ya sabemos que podemos realizar una educación integral motivando nuestro quehacer educativo desde las emociones y sentimientos, cuyo crecimiento y desarrollo es fundamental para la vida integral.

Ahora podemos preguntarnos por ese sentimiento más hondo y existencial que se refiere al sentido mismo de la vida y al que hoy se lo llama también Espiritualidad o Inteligencia espiritual. Y nos preguntamos si cabe desarrollarlo en la escuela, sea ésta pública o privada, laica o religiosa, y en qué consiste dicha educación.

 

La gran dificultad para incorporar esta temática a la escuela radica en que tradicionalmente la espiritualidad o los valores espirituales fueron confundidos con la religiosidad o considerados como patrimonio exclusivo de las religiones.

Pero hoy con una visión más integral y amplia de la antropología y psicología entendemos que la espiritualidad es un aspecto o componente de todo ser humano que no tiene una relación necesaria con la religión, pues es un sentimiento y una experiencia que se desarrolla a lo largo de toda la vida como si fuera una mirada que abarca toda la existencia humana inmersa en el espacio y en el tiempo buscando un sentido, mirada que impone un estilo y un compromiso de vida determinados.

 

  1. La Espiritualidad en los Documentos Internacionales

 

Es interesante observar que los primeros Documentos de Naciones Unidas pasaron por alto los valores espirituales justamente por cierto miedo a incorporar la temática religiosa en la vida de los pueblos, vida religiosa o religiones que en general provocaron y aún provocan divisiones y fanatismos que no ayudan a la unión de las naciones. También influyó un concepto material y economicista del desarrollo humano.

Sin embargo los últimos Documentos, incluso los relacionados con la educación, incorporan a la espiritualidad dentro de los elementos específicos del ser humano y de su desarrollo, si bien escasean las explicaciones sobre el concepto de lo espiritual.

 

  1. a) El mejor Documento que ha abogado por un amplio desarrollo espiritual es la llamada CARTA DE LA TIERRA del año 2000, una declaración de principios como Carta Magna Planetaria, que entre otros conceptos propone como un ideal a lograr:

 

“Debemos unirnos para crear una sociedad global sostenible fundada en el respeto hacia la naturaleza, los derechos humanos universales, la justicia económica y una cultura de paz…

Debemos darnos cuenta de que, una vez satisfechas las necesidades básicas, el desarrollo humano se refiere primordialmente a ser más, no a tener más….

Para llevar a cabo estas aspiraciones, debemos tomar la decisión de vivir de acuerdo con un sentido de responsabilidad universal, identificándonos con toda la comunidad terrestre, al igual que con nuestras comunidades locales. Somos ciudadanos de diferentes naciones y de un solo mundo al mismo tiempo, en donde los ámbitos local y global, se encuentran estrechamente vinculados.

Todos compartimos una responsabilidad hacia el bienestar presente y futuro de la familia humana y del mundo viviente en su amplitud.

El espíritu de solidaridad humana y de afinidad con toda la vida se fortalece cuando vivimos con reverencia ante el misterio del ser, con gratitud por el regalo de la vida y con humildad con respecto al lugar que ocupa el ser humano en la naturaleza.

Necesitamos urgentemente una visión compartida sobre los valores básicos que brinden un fundamento ético para la comunidad mundial emergente.

 

Por lo tanto, juntos y con una gran esperanza, afirmamos los siguientes principios interdependientes, para una forma de vida sostenible, como un fundamento común mediante el cual se deberá guiar y valorar la conducta de las personas, organizaciones, empresas, gobiernos e instituciones transnacionales:

  1. Respetar la Tierra y la Vida en toda su diversidad… Afirmar la fe en la dignidad inherente a todos los seres humanos y en el potencial intelectual, artístico, ético y espiritual de la humanidad.

 

  1. Cuidar la comunidad de la vida con entendimiento, compasión y amor… Afirmar, que a mayor libertad, conocimiento y poder, se presenta una correspondiente responsabilidad por promover el bien común.

 

  1. Construir sociedades democráticas que sean justas, participativas, sostenibles y pacíficas… Asegurar que las comunidades, a todo nivel, garanticen los derechos humanos y las libertades fundamentales y brinden a todos la oportunidad de desarrollar su pleno potencial… Promover la justicia social y económica, posibilitando que todos alcancen un modo de vida seguro y digno, pero ecológicamente responsable.

 

  1. Defender el derecho de todos, sin discriminación, a un entorno natural y social que apoye la dignidad humana, la salud física y el bienestar espiritual, con especial atención a los derechos de los pueblos indígenas y las minorías… Afirmar el derecho de los pueblos indígenas a su espiritualidad, conocimientos… Proteger y restaurar lugares de importancia que tengan un significado cultural y espiritual.

 

14…Reconocer la importancia de la educación moral y espiritual para una vida sostenible.

 

  1. Promover una cultura de tolerancia, no violencia y paz… Alentar y apoyar la comprensión mutua, la solidaridad y la cooperación entre todos los pueblos tanto dentro como entre las naciones… Reconocer que la paz es la integridad creada por relaciones correctas con uno mismo, otras personas, otras culturas, otras formas de vida, la Tierra y con el todo más grande, del cual somos parte….

 

El camino hacia adelante. Debemos profundizar y ampliar el diálogo global… puesto que tenemos mucho que aprender en la búsqueda colaboradora de la verdad y la sabiduría… Se debe buscar la manera de armonizar la diversidad con la unidad; el ejercicio de la libertad con el bien común; los objetivos de corto plazo con las metas a largo plazo. Todo individuo, familia, organización y comunidad, tiene un papel vital que cumplir. Las artes, las ciencias, las religiones, las instituciones educativas, los medios de comunicación, las empresas, las organizaciones no gubernamentales y los gobiernos, están llamados a ofrecer un liderazgo creativo

Que el nuestro sea un tiempo que se recuerde por el despertar de una nueva reverencia ante la vida; por la firme resolución de alcanzar la sostenibilidad; por el aceleramiento en la lucha por la justicia y la paz y por la alegre celebración de la vida.

Como podemos observar, se trata de un Documento con hondo sentido antropológico que va mucho más allá del simple desarrollo material, tecnológico o económico, de la simple cultura del tener y de progresar para cubrir necesidades primarias, pues apunta a un auténtico crecimiento humano integral, tanto individual como comunitario, y en diversos aspectos que tienen que ver con la educación, no sólo escolar, sino de toda la vida.

En este sentido aportamos estas reflexiones para ahondar en estas ideas:

 

-El Desarrollo Integral se centra en la persona, pues está totalmente al servicio del ser humano en total igualdad y equidad para hombres y mujeres.

Se trata de un desarrollo especialmente cualitativo, pues “se refiere primordialmente a ser más, no a tener más”. Un ser más fundamentado en lo más elevado del ser humano y en los “valores básicos y universales” como son:

El amor, la compasión,  la armonía y la alegría,  la solidaridad, la cooperación y la participación;

el buen entendimiento, la promoción del bien común, la justicia y la paz en democracia;

la igualdad y equidad de género, la tolerancia, la comprensión y la no violencia.

 

Y propone trabajar unidos por: la salud integral, la educación ética y el bienestar espiritual, buscando la verdad y la sabiduría de la vida.

Todos valores ampliamente reconocidos y difundidos por las religiones, los movimientos filosóficos y las culturas de todo el planeta a lo largo de la historia.

– Como podemos observar, el Documento ronda  la filosofía y lo más profundo de la espiritualidad al afirmar la necesidad de un “diálogo” global en la “búsqueda colaboradora de la verdad y la sabiduría” como un máximo objetivo de esta nueva humanidad que desde el diálogo (no desde la imposición, el poder, la intolerancia o el dogmatismo…) busca la verdad y la sabiduría de la vida. Y la busca con espíritu de tolerancia, mutua comprensión, creatividad y armonía.

– Por eso mismo supera el concepto reducido de la paz como simple carencia de conflictos y violencias, pues la paz es la máxima creación humana a través de relaciones “correctas” tanto con uno mismo como con los demás, con la naturaleza y con el Todo del que somos parte, lo que ha sido una idea-fuerza de todo nuestro libro.

El Documento alcanza la cúspide de su pensamiento espiritual cuando afirma, superando ancestrales prejuicios materialistas que “El espíritu de solidaridad humana y de afinidad con toda la vida se fortalece cuando vivimos con reverencia ante el misterio del Ser, con gratitud por el regalo de la vida y con humildad con respecto al lugar que ocupa el ser humano en la naturaleza”.

Ciertamente habrá muchas maneras de abrirnos y vivir ante el misterio del ser o del Ser, pero es llamativa esta apertura hacia el misterio de la vida y del ser que abarca a todo el cosmos, generando en nosotros ese sentimiento tan típicamente humano de asombro y de gratitud por el regalo de la vida y, al mismo tiempo, esa humildad por ser el fruto de una larga evolución que nos permite convivir con otros millones de seres más, sean vivientes o no vivientes.

 

-El Documento entiende siempre al ser humano como un ser social que construye con otros una comunidad de vida, afirmando en todo momento la responsabilidad de “todos” en esta construcción con espíritu solidario. Se trata de “acelerar la lucha por la justicia y la paz y por la alegre celebración de la vida” sobre los fundamentos del respeto de la naturaleza y los derechos humanos. Todo lo cual implica una democracia realmente participativa y que sepa luchar contra toda forma de corrupción; promoviendo la justicia social y económica, y posibilitando que todos alcancen un modo de vida seguro, digno y ecológicamente responsable.

 

– Esta no es la tarea exclusiva de los poderes políticos sino de toda la comunidad desde “la participación significativa” de los individuos, familia, organizaciones, como las artes y las ciencias, las religiones, las instituciones educativas y los medios de comunicación, las empresas, las organizaciones no gubernamentales: todos llamados a ejercer  un liderazgo creativo.

Quedémonos con este último párrafo: las instituciones educativas también están llamadas a asumir este liderazgo creativo que apunta al “despertar de una nueva reverencia ante la vida; por la firme resolución de alcanzar la sostenibilidad; por el aceleramiento en la lucha por la justicia y la paz y por la alegre celebración de la vida”.

 

Por lo tanto la educación en todas sus formas adquiere una especial y amplísima perspectiva pues se inscribe en la gestación de un liderazgo cuyo objetivo es nada menos que la alegre celebración de la vida y la construcción de una sociedad fundamentada en la justicia y en la paz.

¡Qué lejos estamos de cierta escuela simplemente centrada en impartir conocimientos para entregar un diploma…! Y cuánta valoración del rol del educador y del docente como promotor especializado de un Nueva Humanidad en cuyos comienzos recién estamos… Un educador audaz, libre y creativo, sensible y generoso con espíritu auténticamente revolucionario. Un educador que valora la educación ética y espiritual encaminadas a un desarrollo pleno y sostenible.

 

  1. b) El desarrollo espiritual en los documentos sobre Educación

 

Es importante tener en cuenta que ya la CONVENCIÓN SOBRE LOS DERECHOS DEL NIÑO de 1989 integra el desarrollo espiritual entre los derechos del Niño y entre los objetivos de la educación.

En efecto el Artículo 27 señala claramente que “Los Estados Partes reconocen el derecho de todo niño a un nivel de vida adecuado para su desarrollo físico, mental, espiritual, moral y social.”

Y el Artículo 29 señala entre los objetivos educativos                                                                                 “a) Desarrollar la personalidad, las aptitudes y la capacidad mental y física del niño hasta el máximo de sus posibilidades; d) Preparar al niño para asumir una vida responsable en una sociedad libre, con espíritu de comprensión, paz, tolerancia, igualdad de los sexos y amistad entre todos los pueblos… e) Inculcar al niño el respeto del medio ambiente natural.”

Por su parte el Artículo 32 afirma “el derecho del niño a estar protegido contra la explotación económica y … trabajo que pueda ser peligroso o entorpecer su educación, o que sea nocivo para su salud o para su desarrollo físico, mental, espiritual, moral o social”.

La Convención amplía el concepto de desarrollo y lo abre en cinco dimensiones: desarrollo físico (el básico biológico-orgánico), el mental (generalmente el más desarrollado en la escuela) para agregar seguidamente el espiritual, que lo distingue del moral, agregando finalmente el social. Estos últimos hoy muy descuidados, o ignorados o en plena crisis.

Lamentablemente o felizmente la Convención no explicita más el significado de lo espiritual, dejando a nuestra consideración su comprensión, como lo hará años después la Carta de la Tierra del año 2000.

 

Para Latinoamérica contamos también con el PROGRAMA DE EDUCACIÓN EN VALORES Y PARA LA CIUDADANÍA de la Organización de Estados Iberoamericanos (OEI) fijando metas para el año 2020:

“Es preciso fomentar la participación en el ámbito escolar y propiciar un clima satisfactorio que ayude a los alumnos a vivir juntos y a ser tolerantes y solidarios.

Es necesario promover innovaciones y encontrar estrategias que sean atractivas para ellos y les permitan, a través de la acción, aprender el ejercicio de los valores…

La educación en valores está presente especialmente en el programa de acción compartido orientado a educar en la diversidad. La convivencia en escuelas inclusivas, en las que estudien niños y jóvenes de diferentes culturas, grupos sociales, creencias y condiciones personales, no solo favorece el conocimiento mutuo, la tolerancia y la solidaridad, sino que también contribuye al enriquecimiento personal de cada uno de los alumnos escolarizados en ellas”.

El Programa plantea como objetivos:

Situar la cultura de la paz, el respeto al medio ambiente, la igualdad de género,

el deporte, el arte y la salud entre los temas preferentes de la educación en valores”.

Como vemos, se pone el énfasis en la educación en valores, que ciertamente forman parte de la educación espiritual. Entre esos valores se destacan: tolerancia, solidaridad, conocimiento mutuo, cultura de la paz, respeto al medio ambiente, igualdad de género, salud, arte y deporte.

 

B- HACIA UN CONCEPTO AMPLIO DE ESPIRITUALIDAD HUMANA

 

  1. Concepto de espíritu y de espiritualidad 

Tradicionalmente la palabra espíritu o espiritual aludía a una realidad opuesta a lo corporal y material, a una dimensión fuera o más allá de este mundo, “sobre-natural”; espíritu cuya máxima expresión era Dios o alguna divinidad o ser totalmente espiritual (el “alma”, por ejemplo).

Y por lo mismo, espiritualidad era casi sinónimo de religiosidad, de dedicación a la “vida religiosa” o sobrenatural, separada de lo mundano, en un clima de actos de culto, oración y vigilancia sobre instintos y sentimientos o abstención de la sexualidad.

 

Pero hoy entendemos que en realidad “el espíritu” no está opuesto a lo corporal, sino que representa la esencia más profunda del ser humano, sabiendo además que hablamos de un ser humano integral que armoniza todos sus componentes, siendo el espíritu como la expresión o energía más profunda del ser.

Por lo tanto, la espiritualidad es antes que nada una experiencia que consiste en los más grandes sentimientos que impulsan  a una búsqueda en lo más profundo y absoluto de uno mismo, de una manera de vivir en armonía consigo mismo y con los otros, con la naturaleza y con el cosmos. Experiencia de moldearnos en la unidad interior y en el amor, en el asombro y en la búsqueda.

La espiritualidad no se ocupa de conocimientos ni de contenidos racionales, sino del sentido del todo, del por qué o para qué de la experiencia de vida en este mundo real que vivimos y en el cual también morimos.

Y en ese sentimiento profundo de ser y estar, de crecer e integrarse a la energía del Universo que nos dio y nos da vida…  en ese Sentimiento descubrimos lo más profundo que hay en nosotros.

Y a eso “profundo”, a ese nivel máximo de sentir la vida, a ese gozo y asombro supremo, lo llamamos “experiencia espiritual”.

Y es una experiencia única de cada ser humano.

La espiritualidad sería la dimensión máxima del vivir humano, su forma más exquisita y total, y reflejaría el sentido total de la vida, su máxima realización, de la vida real aquí y en este espacio cósmico.

 

Que la espiritualidad es una característica del ser humano lo afirma el eminente bioneurólogo Antonio Damasio:

“En primer lugar, yo asimilo la idea de lo espiritual a una intensa experiencia de armonía, al sentido de que el organismo está funcionando con la mayor perfección posible.

La experiencia se despliega en asociación con el deseo de actuar hacia los otros con amabilidad y generosidad.

Concebido de esta manera, lo espiritual es un índice del esquema de organización que hay detrás de una vida que está bien equilibrada, bien templada y bien intencionada.

Se podría aventurar que, quizá, lo espiritual sea una revelación parcial del impulso en marcha que hay tras la vida en algún estado de perfección. Si los sentimientos dan testimonio del estado del proceso vital, los sentimientos espirituales excavan bajo dicho testimonio, profundamente en la substancia de la vida. Forman la base de una intuición del proceso de la vida…

Vivimos rodeados de estímulos capaces de evocar la espiritualidad, aunque su prominencia y efectividad se vean disminuidos  por la barahúnda de nuestro ambiente y por la falta de marcos de referencia sistemáticos dentro de los cuales su acción pueda ser efectiva.

La contemplación de la naturaleza, la reflexión sobre los descubrimientos científicos y la experiencia del gran arte, pueden ser, en el contexto apropiado, efectivos estímulos emocionalmente competentes tras lo espiritual… Es claro, sin embargo, que el tipo de experiencias espirituales a las que aludo, no son equivalentes a una religión”

(En busca de Spinoza. Neurobiología de la emoción y los sentimientos. Crítica, Barcelona)

  1. La Inteligencia Espiritual

Siguiendo ideas de Gustavo Daniel Romero (Un nuevo concepto, la Inteligencia Espiritual.  Psyciencia) observamos que en el mundo científico, en especial psicológico, la espiritualidad sería la expresión de la inteligencia espiritual, una de los 7 tipos de inteligencia (Gardner, Inteligencias múltiples, 1983)

Según Gardner se trata de una inteligencia existencial o trascendente, pues es  “la capacidad para situarse a sí mismo con respecto al cosmos, así como la capacidad de situarse a sí mismo con respecto a los rasgos existenciales de la condición humana como el significado de la vida, el significado de la muerte y el destino final del mundo físico y psicológico en profundas experiencias como el amor a otra persona o la inmersión en un trabajo de arte.”

De donde surge una definición de espiritualidad amplia, que responde a ciertas necesidades humanas que posiblemente son universales: ante todo, la necesidad de encontrar sentido, propósito y realización en la vida. Lo que implica:

– La necesidad de esperanza o de voluntad de vivir, y

– La necesidad de creer, tener fe en uno mismo, en los otros o en Dios.

También aplicamos la inteligencia espiritual cuando exploramos el significado de preguntas como “¿Quién soy yo?”, “¿Por qué estoy aquí?” o “¿Que es lo que realmente importa?”

 

Por su parte Abraham Maslow en su famosa Pirámide o jerarquía de las necesidades humanas, (En Una teoría sobre la motivación humana, 1943) ya había aportado el término “autorrealización” que estaría en la cúspide de las necesidades y desarrollo humano.

La autorrealización, para este autor, es un “estado espiritual en el que el individuo emana creatividad, es feliz, tolerante, tiene un propósito y una misión de ayudar a los demás a alcanzar ese estado de sabiduría y beatitud. Es a través de su satisfacción que se encuentra una justificación o un sentido válido a la vida mediante el desarrollo potencial de una actividad”.

La autorrealización tiene que ver con el ser de la persona, con sus valores y educación, y con la trascendencia. Es la plenitud de las etapas anteriores de Autoestima, Pertenencia, Seguridad y Necesidades fisiológicas que están en la base de la pirámide.

 

Para Danah Zohar e Ian Marshall la Inteligencia Espiritual es aquella “con la que afrontamos y resolvemos problemas de significados y valores, la inteligencia con que podemos poner nuestros actos y nuestras vidas en un contexto más amplio, más rico y significativo, la inteligencia con que podemos determinar que un curso de acción o un camino vital es más valioso que otro. La Inteligencia Espiritual es la base necesaria para el eficaz funcionamiento tanto del Cociente Intelectual como de la Inteligencia Emocional. Es nuestra inteligencia primordial”.

 

También sería la capacidad de dar una respuesta a la pregunta: “¿Quién soy?”, de encontrar un sentido profundo a la vida y permanecer alineado con los principios trascendentales. Porque el ser humano es un sujeto simbólico, una criatura de significados. Por ello es parte de la condición humana el hacerse preguntas del tipo: “¿qué hacemos aquí?” “¿para qué estamos?” “¿qué podemos esperar?”; lo que no significa que tengamos una respuesta para todo ello o que sólo haya una.

Como vemos en estas aproximaciones al concepto de espiritualidad, la inteligencia espiritual es la que nos permite entender el mundo, a los demás y a nosotros mismos desde una perspectiva más profunda y más llena de sentido; y por eso nos ayuda a trascender el sufrimiento. Por este motivo, muchos autores la consideran el tipo de inteligencia más elevada de todas.

Hoy preferimos hablar de “experiencias espirituales”, de “sabiduría”, de “sentido de la vida”, expresiones que indican una búsqueda en lo profundo de uno mismo, en su esencia última y en la máxima aspiración posible. Es la mirada sobre la totalidad del ser, del cosmos y de la humanidad, su último sentido.

Es el desarrollo pleno del “espíritu humano”, de una manera de vivir en armonía consigo mismo y con los otros, con la naturaleza y con el cosmos. Experiencias espirituales que dan gozo, alegría, felicidad, armonía, equilibrio, pero en las que Dios permanece en silencio y oculto.

Espiritualidad es moldearnos en la unidad interior y en el amor, en la libertad y en la creatividad, en el asombro y en la búsqueda. Y en ese sentimiento profundo de ser y estar, de crecer e integrarse a la energía del Universo, energía que también a cada uno dio y nos da vida… en ese Sentimiento se descubre lo más profundo que hay en cada uno.

Y a eso “profundo” (es una palabra simbólica), a ese nivel máximo de sentir la vida, a ese gozo y asombro supremo, lo llamamos “experiencia espiritual” o simplemente, espiritualidad. Y es una experiencia única de cada ser humano. La espiritualidad como un sentido de totalidad de uno mismo, de la humanidad, del cosmos. Somos un todo vivo y orgánico en constante crecimiento.

El tiempo dirá por qué caminos transitará la espiritualidad en este nuevo milenio.

 

  1. Características de la espiritualidad humana

La espiritualidad como máxima dimensión de la vida humana tiene varias características, algunas ya expresadas en los conceptos anteriores. Aunque ella aparece como muy ligada a la Ética, sería como la quintaesencia de la vida y de la ética, su sentido último. Señalamos las características que diversos autores indican y las comentamos brevemente:

a-Conciencia y reflexión

Se trata de vivir no solamente “a conciencia” en el sentido ético sino “con conciencia” de todo lo que implica ser una persona humana: conciencia de lo que somos, de dónde venimos, de nuestra relación íntima con el cosmos, de nuestra pertenencia a la familia biológica de plantas y animales, de nuestro ser social, de nuestra responsabilidad en este planeta, de nuestros derechos a desarrollarnos plenamente, de nuestras cualidades y potencialidades.

Sentir que somos “la conciencia del universo”, los que le damos forma, color y sonido.

La reflexión y la meditación son la gran capacidad humana que nos distingue de otros seres y que constituye una cualidad esencial de nuestro espíritu. Reflexión como tarea propia y creativa de cada uno, reflexión activa y no solamente receptiva de las reflexiones y enunciados de los otros. Reflexión crítica y constructiva que nos da identidad, que nos lleva a sentir y pensar lo que somos y a sentir y hacer lo que pensamos.

Se comprende, entonces, qué hermosa tarea tiene la educación nuestra y de los otros en este proceso de generar conciencia a través de la reflexión creativa.

Es increíble, pero en nuestras escuelas no se medita ni se sabe hacerlo. El espíritu humano necesita este equilibrio entre la exterioridad y la interioridad, entre el ruido y el silencio, entre el afuera y el adentro, entre la tensión y la relajación. Algunas experiencias demuestran que los niños aún pequeños son capaces de meditar  y que los efectos son sorprendentes.

b-Libertad y Liberación

La libertad es la otra gran cualidad del espíritu humano. Una libertad total desde uno mismo con capacidad de “sentir y expresar lo que sentimos”; de pensar y expresarnos sin censuras, y de actuar en coherencia eligiendo los medios para alcanzar nuestros fines y objetivos, sin dañar a los otros.

Libertad por medio de la cual nos construimos a nosotros mismos y elegimos nuestro destino histórico.

Una libertad orientada a la vida, a la propia salud y bienestar, y abierta al bienestar de los otros seres humanos. Hasta tanto no nos sintamos plenamente libres para vivir en armonía con nosotros y con nuestros semejantes no podemos decir que vivimos la esencia del espíritu humano.

Es evidente que en nuestra educación hemos descuidado este aspecto fundamental del espíritu humano, y nada digamos en el plano social y político con su tendencia constante a dominar a los otros y cercenar sus libertades, tanto en el pensar como en el expresarse. Educación, política y religión de “pensamiento único”, de ideologías dominantes y de dogmas preestablecidos.

 

La libertad del espíritu es también liberación de todas aquellas condiciones que oprimen al ser humano y que bien detalla Juan José Tamayo en Espiritualidad y respeto a la diversidad: “Es necesario llevar a cabo la gran revolución de los valores, que empiece por el propio ser humano y se extienda hasta las estructuras. Una revolución que implica:

. la liberación de nuestra riqueza y bienestar sobreabundantes y la opción por una cultura del compartir; la liberación de nuestro consumo, en el que terminamos por consumirnos a nosotros mismos, y la opción por la austeridad;

. la liberación de nuestra prepotencia, que nos hace fuertes ante los demás, pero impotentes ante nosotros mismos, y la opción por la virtud que se afirma en la debilidad;  la liberación de nuestro dominio sobre los otros, a quienes tratamos como objetivos de uso y disfrute, y sobre la naturaleza, de quienes nos apropiamos como si se tratara de un bien sin dueño, y la opción por unas relaciones simétricas y no opresivas;

. la liberación de nuestra apatía ante el dolor humano, y la opción por la misericordia con las personas que sufren;

. la liberación de nuestra supuesta inocencia ética, de nuestra falsa neutralidad política y de nuestra tendencia a lavarnos las manos ante los problemas del mundo, y la opción por el compromiso en la vida política, en los movimientos sociales y en las organizaciones no gubernamentales;

. la liberación de nuestra mentalidad patriarcal y machista, y la opción por la igualdad, no clónica, de hombres y mujeres.

. la liberación de todo poder opresor y la liberación de nuestra tendencia excluyente, y la opción por un mundo donde quepamos todos y todas.

. la opción por las virtudes que no tienen que ver con el dominio, como son: la amistad, el diálogo, la convivencia, el goce de la vida, el disfrute, la gratuidad, la solidaridad, la compasión, la proximidad, el desasimiento, la contemplación, en una palabra, la fraternidad”

 

Se trata, pues, de una liberación integral, no solo de condiciones políticas y sociales opresivas, sino de las ataduras internas y de las capacidades dormidas que aún hay que desarrollar.

Mucho se ha hablado en otras décadas de la “educación liberadora”, promovida por el gran educador Pablo Freire, en la que es el propio sujeto el actor y creador de su propia formación, en constante diálogo con sus educadores, acompañantes o guías. Es hora de insistir en ese concepto y de ponerlo en práctica.

 

c-Aceptación de la condición humana y vivencia plena de todos sus componentes

El espíritu humano, conciente y libre, no solo rompe con toda dependencia que lo infantiliza sino que acepta maduramente esta condición humana, que es la única condición humana que tenemos en este universo, en esta tierra y en esta vida.

El espíritu no se evade ni se escapa de esta condición, que si tiene elementos satisfactorios, también supone luchar ante tantas contrariedades, fracasar muchas veces, enfermarse física o psíquicamente, sufrir persecuciones, guerras opresivas o catástrofes naturales, en fin enfrentar un día a la muerte.

El espíritu humano frente a las contrariedades no lo busca a Dios o al Destino como culpable o responsable, como se hace generalmente, ni reniega de su condición humana sino que asume esta vida tal cual es y con todos sus riesgos.

Grandes personajes “espirituales” de la historia han dado testimonio de esta característica del espíritu humano que no se doblega ante las contrariedades ni pierde la esperanza y la dignidad aún en situaciones extremas de sufrimiento.

Por eso, desde el nivel positivo, vivir la profundidad del espíritu humano es vivir plenamente todas las dimensiones del ser humano integral. Es vivir y disfrutar el presente sin exigencias de tiempos, de cosas, de actividades. Simplemente vivirlas no dando valor absoluto a nada de lo que nos rodea. Dejarse vivir con serenidad, con confianza, con desapego…

Lejos de huir de esta real condición humana, se trata de vivir y disfrutar la realidad del cuerpo y de la sexualidad, de los sentimientos y de las relaciones sociales, del quehacer político y profesional, artístico o laboral.

No es una espiritualidad evasiva y escapista del mundo, sino de un espíritu dinámico y creativo que no rehúye ninguna de sus responsabilidades humanas sino que las lleva a su más elevada realización.

d-Diálogo con los otros y con todas las culturas y espiritualidades 

El espíritu humano no es autosuficiente ni excluyente. Mientras que las religiones dogmáticas separan y dividen a los hombres entre creyentes y no-creyentes y llevan a guerras y enfrentamientos, la espiritualidad humana es la misma en todas partes, aunque adopte  algunas variaciones culturales.

El yo espiritual se abre a los otros “yoes” y se integra y aprende con ellos, conservando siempre su identidad y respetando la identidad de los demás.

Esta apertura no conoce fronteras, pues el espíritu humano se expresa de mil formas en todas las culturas, religiones, filosofías y estilos de vida. Por eso la formación del espíritu tiene una dimensión “ecuménica”, o sea, abierta a toda la casa (oikos) humana, a toda nuestra gran familia. Y mientras se rechaza la pretensión de imponer la propia espiritualidad sobre las otras, se aprende de tantas formas de vivir profundamente el espíritu humano.

Hoy la globalización y los medios de comunicación social (Internet) nos permiten conocer a las otras culturas y religiones (budista, hindú, islámica, judía, cristianas, aborígenes) y aprender de su milenaria sabiduría, en muchos casos, muy superiores a la nuestra o con facetas nuevas para nosotros.

Basta pensar en la capacidad de meditación de las culturas orientales, una meditación tan necesaria hoy en un estilo de vida volcado hacia el exterior, y tan necesaria para el encuentro y la armonía con uno mismo.

e-En definitiva, buscar el sentido integral de la vida en una constante apertura

Como ya lo reflexionamos abundantemente, el espíritu humano, fruto de una larga evolución de casi quince mil millones de años, está siempre abierto en una constante búsqueda del sentido del universo y de la propia existencia.

Cada ser humano tiene el derecho y el deber de buscar ese sentido, ese significado profundo e integral de lo que significa estar en el mundo y vivir en él.

Nadie puede imponer su sentido a otro; cada uno lo busca desde sus propias circunstancias (sexo, edad, profesión, cultura…) y ese sentido lo identifica como “esa persona”, como “Yo soy Eso”.

Por esto mismo comenzamos hablando del vivir con conciencia, no como piedras ni como cucarachas sino con toda la riqueza que implica el ser un hombre-mujer en toda plenitud. Estamos integrados al Universo y somos hijos de una madre cósmica que tardó 15 mil millones de años en parirnos. Seamos dignos de esa madre que nos tiene como su obra más perfecta y como la conciencia de sí misma.

Nadie abarcará jamás el sentido del universo y de la vida e historia humanas, que siempre aparecen con su halo de misterio provocando tanto asombro y esperanzas como dudas y confusión.

Ese sentido jamás se cierra pues cada ser humano lo abre y lo vuelve a abrir según muchas circunstancias de su vida, sea cuando vive felizmente como cuando le sucede una desgracia, sea cuando nace o cuando se acerca a la muerte. Y esta incertidumbre, sobre todo de nuestro final (y de lo que puede suceder después de la muerte) es lo que le da a la existencia humana esa sensación de angustia pero también de esperanza.

Qué gran tarea tiene la educación cuando hoy la sociedad de consumo está ahogando al espíritu humano y le ofrece metas y sentidos efímeros y de muy baja calidad.

“Sentido” indica significado, pero también “dirección”… buscar la salida, el éxodo, la apertura del túnel en el que nos encontramos.

¡Cuántos adolescentes y jóvenes terminan sus estudios sin haberse preguntado jamás por el sentido de sus vidas y transcurren los días llenándose de ruidos y actividades que no tienen proyecto ni dirección!

Por eso entendemos que en todas las escuelas del Estado es necesaria la formación de la espiritualidad  simplemente humana o laica, totalmente posible y necesaria, y sin connotaciones religiosas. Lamentablemente hasta ahora es muy poco o casi nada lo que se está haciendo, y esta falta de formación del espíritu es la gran deuda pendiente de nuestra educación, junto a una sana formación ética.

Un objetivo de estas consideraciones fue despertar esta inquietud y promover una reflexión creativa entre todos los que están abocados a vivir en plenitud y a una educación integral.

Pues, ¿cómo puede ser “integral” si prescinde de la formación ética y de la formación del espíritu humano?

 

  1. Este vivir espiritualmente implica, por ejemplo:

– Disfrutar del ambiente familiar o educativo, aprovechando al máximo esa experiencia llena de afectos y sentimientos, como también de aprendizajes. Convivir y aprender con entusiasmo, con asombro, con ganas de crecer, con alegría y confianza, con vínculos positivos.

 

– Disfrutar del cuerpo y de la sexualidad integral, del encuentro con el otro en el amor, en la ternura y en la plena comunicación. Disfrutar y hacer disfrutar al otro, dejarse amar y expresar el amor, recibir y dar, integrarse con las cualidades del otro, fundirse en una plena unidad.

 

– Al mismo tiempo, canalizar positivamente los impulsos de egoísmos, celos y rivalidades que nos destruyen y destruyen al otro y al vínculo.

Integrar nuestros aspectos masculinos y femeninos, armonizar varones y mujeres, eliminar factores distorsionantes del vínculo y elementos de dominación.

Reconocer el valor de lo femenino y de lo masculino como aspectos de un mismo ser humano integrado y no como opuestos.

 

– Integrarse socialmente en la comunidad, relacionarse armónicamente con todos sin discriminaciones, comprometerse con el bien común y ejercer la solidaridad según nuestra propia situación. Es en esta integración social donde las virtudes y los valores (amor, justicia, paz, solidaridad, etc.) adquieren verdadero sentido.

Vivir la gratitud hacia una comunidad que nos dio la vida y nos sostiene; gratitud que se traduce en un compromiso por devolver solidaridad, justicia y crecimiento en paz.

 

– Desarrollarse lo más plenamente posible en todos los planos: corpóreo, mental-racional, afectivo, artístico, ético y social.

Cultura, economía, trabajo, política, arte, deporte, técnica… son otras tantas instancias en las que siempre expresamos y vivimos nuestra espiritualidad, porque es allí donde somos y nos expresamos como “nosotros mismos” y con lo mejor de nosotros.

 

– La espiritualidad implica necesariamente:

Desarrollo Integral de cada ser humano y de toda la humanidad;

. Conducta Ética autónoma, originada en sentimientos positivos, y expresada con amor sin discriminaciones ni exclusivismos de ningún tipo;

. y finalmente, el pleno ejercicio y práctica de los Derechos Humanos, considerados hoy universalmente como el punto de partida de una humanidad que desea vivir en justicia, libertad, paz, igualdad y felicidad.

 

– En definitiva, vivir espiritualmente es armonizarse interiormente con todos los elementos humanos (externos e internos), armonizar socialmente con toda la humanidad y armonizar con el cosmos y con el medio ambiente, origen de nuestra vida y alimento de la misma.

O sea, armonía de la Unidad Total, armonía del Todo.

 

C- SUGERENCIAS PEDAGÓGICAS

 

El lector habrá observado que mi propuesta está orientada a una formación integral del ser humano, formación que no es la suma de conocimientos sino la integración de sentimientos, vínculos y experiencias (que incluyen conocimientos) que van conformando al YO del educando, ubicándolo en la vida y relacionándolo armoniosamente consigo mismo, con sus semejantes y con el Universo todo. A esa armonía nos referimos más específicamente ahora y le damos el nombre de espiritualidad o desarrollo del espíritu humano, sabiduría o sentido de la vida.

 

La integralidad se mueve, pues, en dos direcciones:

Sincrónicamente, hacia todos los componentes del ser humano, el biológico-orgánico (lo instintivo), el emocional y el racional (lo psíquico), el social-cultural (comunidad, trabajo, política, arte, deporte), el ético y el espiritual (valores, compromiso, sentido global, trascendencia)

Diacrónicamente, hacia todas las direcciones en las cuales establece relaciones: con el cosmos (la naturaleza), el mundo biológico, los otros y la humanidad toda.

 

Cada uno de todos estos elementos supone determinadas necesidades (primarias o secundarias) que se van satisfaciendo a lo largo de la vida provocando placer, bienestar y felicidad.

Así se descubre que existe un sentido o significado del ser humano integrado en un YO armónico que se integra en un TODO del que proviene y del que forma parte.

 

  1. a) Nada específicamente nuevo tenemos ahora que agregar desde el punto de vista pedagógico, pero a modo de síntesis final elaboramos algunas propuestas y sugerencias.

 

– La espiritualidad, sabiduría o sentido de la vida es una tarea de toda la vida, que de ninguna   manera se agota en los años de educación escolar, aunque sí debe comenzar desde las etapas más tempranas, viviendo armónica y gozosamente el educando tanto la infancia como la adolescencia, orientadas ambas etapas a la armonía en la etapa de la madurez.

Si bien es en los años de la madurez en que se plantean ciertos interrogantes sobre el sentido total de la vida humana, del universo, de la muerte, del sufrimiento, etc. con una mayor comprensión de la complejidad de la existencia, también es cierto que ya en la temprana infancia se orienta la búsqueda de la armonía, y se ponen los fundamentos sobre los cuales se construirá el Yo hacia su plenitud, desde los más elementales y necesarios sentimientos y deseos que configuran un estilo de vida específico de cada persona.

 

– Toda espiritualidad, sabiduría o sentido de la vida supone, naturalmente, una determinada visión o concepto del ser humano, más o menos integral, más o menos parcial. Lamentablemente nuestra educación raramente se plantea la pregunta sobre qué tipo de persona se quiere educar, pues todo parece orientado simplemente al desarrollo mental de los conocimientos, según una programación que se desentiende de aspectos tan fundamentales como el desarrollo de la afectividad y de los sentimientos, de los valores y de la ética, y desde ya, de la espiritualidad humana.

Se trata de un ser humano amputado, reducido a un cuerpo material destinado al trabajo, a la manipulación de objetos (tecnología) y a la ampliación de los conocimientos desde una perspectiva individualista y economicista.

Por lo tanto, sea como fuere, siempre se supone un sentido de la vida, un para qué vivir, sin preguntarse si ese sentido abarca todos los aspectos de la vida humana; o es un sentido ilusorio que no responde precisamente a los grandes interrogantes del ser humano en su misma esencia: quién soy, para qué estoy en el mundo, cómo lograr una auténtica felicidad, cómo relacionarme con el resto de los seres humanos y con la misma naturaleza cósmica.

En este sentido, los mismos Documentos de Naciones Unidas nos orientan hacia una visión mucho más integral que la tenida en los siglos anteriores.

Y esta es la primera tarea de los educadores: ponernos de acuerdo sobre la visión que tenemos del ser humano y de cuáles son los elementos esenciales que conforman su integralidad.

 

  1. b) Si bien, a lo largo de todo mi libro, hemos desarrollado nuestra propuesta integradora, podemos ahora hacer algunas sugerencias finales:

 

1  La educación de la espiritualidad supone, siempre y en todos los casos y ámbitos, un ambiente de serenidad, confianza y alegría.

Desde ya que la familia es ese primer y fundamental ambiente donde se gestan los “mapas”, esquemas o códigos de una vida sabia y espiritual, desde vínculos positivos y ampliamente afectivos, en un clima de serenidad, alegría, escucha, libertad y creatividad.

La espiritualidad (sabiduría) no se enseña; se la aprende desde la convivencia y desde los vínculos. Y mucho menos se la aprende cuando los discursos de los educadores contradicen su conducta; cuando se quiere enseñar el amor desde los gritos y amenazas; o la alegría y confianza desde las reprimendas y castigos.

Demás está decir que la escuela debe tener una total coherencia, como lo hemos repetido ya abundantemente, entre los principios y valores declamados y la experiencia real de la comunidad institucional.

 

El espíritu humano crece en un ambiente de escucha, de respeto, de confianza, de afectos sanos y positivos, de expresión libre de sentimientos e ideas, de reparación de errores, de participación y solidaridad.

Es un ambiente que puede prescindir perfectamente de libros, de computadoras, de celulares, de edificios, de leyes… porque está conformado desde los sentimientos específicamente humanos en un clima de apertura y respeto al otro, de escucha y de creatividad que hace sentir a cada sujeto como alguien valioso y digno.

El clima que se genera entre el bebé recién nacido y el pecho nutricio de la madre, es el modelo de todo proceso educativo. Se aprende (se come, se incorpora) desde un vínculo afectivo, sereno y silencioso; con ese silencio interior que permite disfrutar de la experiencia que se vive. El educador que sabe esto, sabe. Es sabio.

 

2 El espíritu humano crece, pues, desde un silencio interior que le permite al educando reconocerse a si mismo, conocerse en su interior, reconocer sus emociones y sentimientos, y tomar conciencia de lo que vive hoy y aquí.

Desde ese silencio interior puede asombrarse ante su realidad y la realidad externa, llenarse de la belleza del mundo y abrirse a los sentimientos y experiencias que le llegan desde los otros. Aprende de lo que le llega desde su interior, y aprende  desde las propuestas de los otros.

 

El silencio interior permite incorporar lenta y críticamente todo mensaje interno o externo, tomándose el tiempo (concentración) para el proceso de una sana asimilación. La vida no conoce el zapping, esa fuga constante en la búsqueda ansiosa de nuevos estímulos; la vida se afirma en un solo objetivo: crecer aprehendiendo y disfrutando.

Ya nuestro nacimiento nos marca ese ritmo: nacemos después de nueve meses en los que nos preparamos para separarnos de la madre, y luego necesitamos largos años para ser plenamente autónomos. Si disfrutamos de esas etapas, significa que estamos aprendiendo a vivir. A eso lo llamamos “bienestar” o felicidad…

 

La ansiedad cada día más creciente del mundo moderno o posmoderno, conspira no solamente contra la capacidad general de aprender, sino específicamente contra el crecimiento de la espiritualidad. La ansiedad reinante que ya nos alarma por nuestra incapacidad de centrarnos en el aquí y ahora (con-centrarse) es una constante fuga hacia adelante, un tragar alimentos que impide digerirlos críticamente y más impide crecer al ritmo armónico de la biología.

 

Por eso, es importante que los niños ya desde pequeños aprendan a estar en silencio, escuchando, meditando y reflexionando sobre tantas voces que les llegan de su mundo interno, principalmente, y del mundo exterior.

Desde ese silencio creativo, para el que aún los niños pequeños están muy capacitados, no sólo aprenden los educandos a reconocer sus emociones, sentimientos y actitudes, sino también a valorarlos críticamente, detectando lo que es sano y lo que les puede hacer daño, analizando las motivaciones de sus conductas, los porqué y para qué de sus actividades y gestos.

La alegría, la espontaneidad y la serenidad son signos de que se anda por buen camino.

La auténtica espiritualidad siempre se traduce en un estado de ánimo que supera las crisis y genera bienestar y alegría.

 

Demás está decir que esa experiencia y capacidad de silencio interior, de reflexión, de meditación, de conciencia crítica es una tarea esencial durante la adolescencia (escuela secundaria), esa etapa novedosa en la que los adolescentes sienten y descubren nuevas emociones y sentimientos, y sienten el despertar biológico de las energías más profundas de la vida. Y es también la etapa del crecimiento de la actividad mental y de la conciencia crítica.

Sin esa actividad crítica (la misma que hace nuestro aparato digestivo absorbiendo lo sano y expulsando lo perjudicial) es imposible crecer como seres humanos y mucho menos lograr la sabia armonía de la espiritualidad.

Tarea crítica que la conciencia debe ejercer a lo largo de toda la vida, tarea crítica tan descuidada en los ambientes de una superficial posmodernidad que nos invade.

El desarrollo de una ética autónoma, de la libertad creativa y de todo ese aprendizaje de ser uno mismo con lo mejor de uno mismo, ser una personalidad autónoma, depende de esta capacidad de hacer silencio interior y encontrarse con uno mismo.

 

3 Si bien la tarea de la sabiduría, espiritualidad y sentido de la vida se realiza en la totalidad de las actividades educativas y compete a todos los educadores y docentes, nada impide que algunos educadores, previamente designados y capacitados, realicen ciertas actividades específicas y se “encarguen” de la marcha de todo el proceso.

Siempre habrá momentos especiales para profundizar en esta búsqueda del Yo en camino hacia su felicidad y plenitud.

Pueden ser algunas horas ya diagramadas previamente; o con ocasión de ciertas fiestas o conmemoraciones, o acontecimientos que llaman la atención, noticias periodísticas, descubrimientos científicos o debates por temas que soliciten los educandos, etc.

Muchos de los temas aptos para la reflexión también se tratan en Ética, especialmente los referidos a los Valores y a los sentimientos que implican conductas éticas.

También las horas dedicadas a Cultura Cívica, Derechos Humanos y Convivencia tienen que ver muy directamente con la espiritualidad y se prestan para debates de mucha participación y reflexión.

A lo largo de todo el libro hemos mostrado como la formación del espíritu humano se da constantemente en toda la educación y en todas sus actividades.

 

4 Entre esos temas específicos de reflexión y análisis y objetivos a ir logrando, podemos recordar sólo a título de ejemplos:

 

La educación de los sentimientos, del amor, de los vínculos positivos, de las expresiones de la afectividad en orden a conformar una comunidad sana, sobre esos valores que todos reconocemos como prioritarios: la paz, la solidaridad, la tolerancia, la amistad, etc., valores también proclamados por los Documentos de la ONU.

Aprender a modular las emociones, de tal manera que sus expresiones no sean dañinas para el propio sujeto o para los otros; poner distancia entre el sentir las emociones  y orientarlas hacia tal o cual actividad correspondiente. Aprender a ponerse los límites necesarios en función del propio bienestar y el de los otros.

En este orden de cosas, encarar desde temprana edad la educación sexual integral, profundizando especialmente en las emociones y sentimientos que dignifican a las relaciones sexuales.

 

La educación en y para la libertad, aprendiendo educandos y educadores a expresar sus sentimientos, ideas, experiencias, conocimientos y propuestas sin censuras, sin autoritarismos, pero desde lo que se siente, piensa y vive.

Desde ya que no podemos Ser Nosotros Mismos, si no lo somos desde la experiencia real de la libertad. La espiritualidad que es la expresión de lo más auténtico de uno mismo, nace siempre desde la vivencia de la libertad.

Trabajar para luchar contra todas las formas de censura u autocensura, de sectarismos, miedos e inhibiciones que lleven a los educandos a una conducta falsa o hipócrita.

 

Aprender a vivir en la sencillez y gratitud, disfrutando lo que se tiene aquí y ahora; valorar lo que se recibe de padres y educadores y todo lo que brinda la sociedad para satisfacción de nuestras necesidades. Saber distinguir entre “necesidades” y “carencias”, a pesar de que el mundo publicitario nos quiere convencer que toda carencia es una necesidad…

Correr detrás de las carencias es el camino de la ansiedad y de la desvalorización de nuestro yo, alimentando la baja estima en la suposición de que el ser humano vale por lo que tiene… y no por lo que es.

En este sentido la cultura de Oriente, muchos de cuyos elementos hoy se valoran en nuestra cultura (respiración, silencio, yoga, equilibrio, sencillez…) los podemos incorporar a nuestra educación, especialmente el saber vivir y disfrutar el hoy y el aquí.

 

La espiritualidad supone, pues, un Proyecto de vida. Seguramente que este es uno de los problemas más importantes que debe afrontar el sistema educativo. Al final de todo hay un Para Qué, una finalidad, un hacia dónde vamos. Para qué vamos a la escuela, para qué este largo sistema de experiencias e imposiciones, para qué vivir… Una pregunta que necesita una respuesta, pero que a menudo no se la tiene en cuenta ni siquiera en los Ministerios de Educación.

Ese Para Qué supone un proyecto de vida y supone buscar una satisfacción, placer, bienestar o felicidad hacia donde se quiere caminar superando un sinfín de dificultades y obstáculos. Que el Proyecto no es inmediato en su terminación ni produce siempre placer instantáneo es, quizás una de las mayores dificultades que la infancia y adolescencia posmoderna debe aprender a sortear.

 

El Proyecto que se va gestando lentamente, a menudo entre sombras y dudas, supone siempre un compromiso coherente con lo que uno se propone, con lo que se piensa y aspira más allá de las dificultades y fracasos.

Compromiso con uno mismo y con los otros que forman parte de un proyecto común de pareja, de comunidad, de nación.

Compromiso que a menudo o siempre supone esfuerzos, constancia y eso que siempre se llamó espíritu de “sacrificio”, de comprometerse con una causa que se considera “sagrada”.

Aprender a superarse y no desanimarse ante las dificultades es un componente espiritual que choca de lleno con cierto facilismo hoy tan difundido por cierta mediocridad reinante, promovida por la publicidad e incluso por los mensajes televisivos.

 

Aprender, pues, a superar las dificultades, carencias, sufrimientos, incomprensiones, etc. que son parte de la experiencia de la vida humana. No siempre el bienestar, placer o felicidad es un fruto inmediato, ya que precisamente los frutos se mediatizan a lo largo de un proceso que a todos nos cuesta aceptar, tal como sucede en los duelos, fracasos e incluso desastres naturales.

Este tema es importante en un sistema educativo que dura varios años, y que no siempre y necesariamente provoca una satisfacción inmediata. El sabio se fortalece en la lucha por conseguir un objetivo a medio o largo plazo.

 

-La búsqueda de la espiritualidad no tiene, pues, nada que se parezca a la ingenuidad, neutralidad o indiferencia. Menos aún es una tarea rutinaria, de simple asimilación o de propuestas fáciles.

Desarrollar, por lo tanto, la libertad creativa que permite a cada uno ser artífice de su propio destino, superándose constantemente.

Se trata de buscar, siempre buscar ese algo que consideramos como la verdad o lo verdadero frente a lo ilusorio o aparente.

Buscar una forma sabia de vivir, sabia, sana y placentera, verdadera utopía de todo ser humano; una sabiduría que siempre está más allá de lo que hoy vivimos y disfrutamos.

Sabiduría, pues, asentada en la esperanza y en la trascendencia de uno mismo.

 

 

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