Hinduismo, mitos y mitología. Castañeda

MITO Y MITOLOGIA HINDÚ

Francisco y Jaime Castañeda

Quizá la palabra mito, debido a sus múltiples aplicaciones, constituye un serio inconveniente para la mentalidad moderna cuyo racionalismo pragmático desprecia, por sistema, todo aquello que parece no brindarle utilidad inmediata y tangible. Más aún cuando se concibe el mito a la manera de una simple y burda falsificación de la realidad, tal como sucede en nuestro tiempo según el sentido peyorativo que se le confiere a dicho termino.

El antropólogo Bronislaw Malinowski ha definido el mito como “el resurgimiento de la realidad primordial en forma narrativa, lo cual significa que no sólo no es contrario a la realidad sino que representa su primer intento de explicación e interpretación, sirviéndose para ello de una expresión simbólica. De esta manera, existen sobradas razones para ver en el mito la base fundamental de la literatura en todas sus manifestaciones”.

Así pues, como bien ha señalado el padre Angel M. Garibay: “En todos los pueblos el mito ha precedido a la filosofía. Si es que la filosofía no es otra cosa que la mitología sublimada. Y ésta es una de sus primeras utilidades: conocer la evolución mental, las ideas, las cuestiones que eternamente preocupan al hombre tocante a su destino propio y a la explicación del mundo en que vive…”

Y es que las grandes mitologías de la antigüedad no fueron elaboradas con el propósito de inventar historias, más o menos interesantes, para diversión de la gente; su concepción obedecía a una finalidad totalmente seria, puesto que no hay algo más importante que la búsqueda de respuestas para los enigmas de la vida y la muerte.

El mito debe entenderse, según hemos podido apreciar, como una interpretación explicativa de las realidades fundamentales mediante formas simbólicas. Aparece entonces como evidente que la diferencia esencial entre el mito antiguo y la filosofía o incluso la ciencia, radica no tanto en el fondo como en la forma; mientras que la mitología expresa sus significados con un lenguaje concreto y siempre metafóríco (a base de imágenes), el discurso racionalista recurre a las abstracciones.

Mircea Eliade, quizá la máxima autoridad en la materia, puntualiza este aspecto clave con su habitual precisión: “El mito, cualquiera que sea su naturaleza, es siempre un precedente y un ejemplo, no sólo en relación con las acciones (‘sagradas’ o ‘profanas’) del hombre, sino también con relación a su propia condición; más aún, constituye un precedente para los modos de lo real en general… El mito revela, más profundamente de lo que podría hacerlo la propia experiencia racionalista, la estructura misma de la realidad, que se sitúa por encima de los atributos y reúne todos los contrarios.”

El valor universal que encontramos sin excepción en todas las grandes mitologías deriva de un hecho tan asombroso como irrefutable: a pesar de la abrumadora diversidad de culturas y de la enorme distancia cronológica (temporal) y geográfica (espacial) que las separa, el contenido básico de sus respectivos mitos es idéntico, fenómeno que no puede ser explicado según la muy simplista teoría que propone -a manera de solución- un proceso de intercambio ideológico por vía de influencias recíprocas.

Por otra parte, complica aún más las cosas el hecho de que la semejanza de los mitos se verifique también, muchas veces, en cuanto a los símbolos adoptados para la expresión mítica y no exclusivamente con respecto a su contenido.

El célebre psiquiatra suizo Carl Gustav Jung, estudioso de las religiones y sus correspondientes simbologías, formuló la hipótesis del Inconsciente Colectivo para explicar el misterioso fenómeno antes planteado.

“Nos encontramos aquí con una capa psíquica común a todos los humanos, formada por representaciones similares (que se han concretado a lo largo de las edades en los mitos), capa a la que yo he llamado por eso el Inconsciente Colectivo. No se trata del producto de experiencias individuales puesto que es innato en nosotros, lo mismo que el cerebro diferenciado con el cual venimos al mundo.”

La idea de Jung resulta muy interesante y parece arrojar luz sobre un terreno todavía inexplorado por la ciencia; sin embargo, el notable orientalista René Guénon advierte una grave confusión entre los términos de “inconsciente”, “subconsciente” y “supraconsciente”. Éste último sería aquello por lo cual se establece una comunicación con lo suprahumano, mientras que los otros dos términos se refieren al conjunto de las prolongaciones inferiores de la conciencia. Desde esta perspectiva, la universalidad de los mitos no debe atribuirse a una especie de “memoria colectiva sino a una verdadera Revelación Primordial.

Hemos de reconocer que allí donde la razón y la imaginación parecen disentir y adoptar posturas irreconciliables, la mitología viene a descubrir horizontes insospechados con su profunda sabiduría que sólo siglos de experiencia pueden vislumbrar. Del Oriente al Occidente, dioses, sabios y héroes aparecen con distintos nombres y en diferentes épocas, mas en todos y cada uno de ellos se manifiesta el mismo espíritu, cuya voz no ha podido ser acallada por el vertiginoso curso de la historia, pues ya ha vencido al tiempo y al olvido para incorporarse a lo Eterno.

Por último, conviene tener muy en cuenta que – como afirma René Guénon – “si el Verbo es Pensamiento en lo interior y Palabra en lo exterior, y si el mundo es el efecto de la Palabra divina proferida en el origen de los tiempos, la naturaleza entera puede tomarse como un símbolo de la realidad sobrenatural… Y, por lo demás, si se considera particularmente al hombre, ¿no es legítimo decir que él también es un símbolo, por el hecho mismo de que ha sido creado a imagen de Dios?”

 

LA HISTORIA DEL NACIMIENTO DEL PROFETA HINDÚ KRISHNA

Es uno de los mitos más celebrados dentro de la cultura de India. Su origen maravilloso y su infancia alejada del seno de su familia real para escapar de una matanza, acerca su historia a la de muchos profetas y héroes de de la cultura occidental, como Edipo, Abraham, Moisés y Jesús.

Cuando el rey Kamsa, luego de la boda entre su hermana Devaki y Vásudeva, oyó una voz divina que le anunció que moriría a manos del octavo hijo varón, decidió matar uno a uno a sus sobrinos.

No pasó mucho tiempo antes de que Devaki estuviera a punto de concebir por séptima vez. Visnú, creador, preservador y destructor del universo, trasladó milagrosamente al aún no nacido del vientre de su madre al vientre de Rohini, esposa de Nand, una mujer de Mathura (India) que no tenían hijo. Balarama, como fue llamado posteriormente el niño, fue dado por muerto por su familia real.

Al poco tiempo, Visnú se apareció frente a Devaki y Vásuveda para anunciarles que serían los padres de su encarnación como Krishna. Según cuentan, el niño fue transferido milagrosamente desde el corazón de Vásuveda hacia el vientre de Devaki, pero al nacer su padre pudo escapar de la prisión en la que los tenía el malvado Kamsa sin que nadie lo advirtiera. Caminó hasta llegar al poblado de Gokula, en donde encontró a Nand con su otra esposa, Yasoda, que acababa de tener una niña: Maya.

Vásuveda intercambió ambos niños mientras los pastores dormían. Al regresar con su esposa, sin que nadie advirtiera su ausencia, apareció Kamsa para matar a la niña. Pero apenas Vásuveda le advirtió que la profecía hablaba de varones, Maya se escapó de los brazos del cruel rey, se convirtió en la diosa de ocho brazos y antes de desaparecer le dijo: “Tu muerte ya ha nacido”.

De esta manera, el pequeño Krishna creció a salvo junto a sus padres adoptivos (Nand y Yasoda) y a su hermano Balarama, comenzando con la famosa profecía hindú.

 

LA PARTIDA DEL BUDA
La vida no se puede evitar

La historia del buda es tan relevante en occidente como lo es en oriente.Creamos o no en la vida del Buda como un hecho histórico, su figura es también mítica, y el segmento de historia siguiente —un relato de su nacimiento, niñez y la llamada de su vocación— es una narración profunda y conmovedora que tiene significado para toda persona que busca comprender esa llamada interna que le lleva a asomarse al ancho mundo.

El nacimiento de Buda fue milagroso. En el momento de su concepción todo el universo mostró su regocijo por medio de milagros: los instrumentos musicales sonaban sin que nadie los tocase, los ríos dejaron de fluir para contemplarlo, y los árboles y las plantas se cubrieron de flores.

El niño nació en el seno de una familia real, sin que su madre sufriera ningún dolor; de inmediato comenzó a caminar, y en los lugares en que su pie tocaba la tierra surgía un loto. Recibió el nombre de Siddharta. Su madre murió de dicha al séptimo día de haberle dado a luz, pero la hermana de su madre se convirtió en una devota madre adoptiva. Por eso, el joven príncipe pasó la niñez en medio de amor, dicha y riqueza.

Cuando el príncipe Siddhartha tenía doce años, el rey convocó un concilio de brahmanes. Estos profetizaron que si el príncipe contemplaba el espectáculo de la ancianidad, la enfermedad y la muerte, se dedicaría al ascetismo. El rey prefería que su hijo heredara el trono y fuese un soberano gobernante, en lugar de ser ermitaño. Los suntuosos palacios con sus vastos y bellos jardines fueron rodeados con murallas triples bien guardadas. La mención de las palabras «muerte» y «dolor» estaba prohibida.

Cuando Siddhartha llegó a la edad adulta, el rey decidió que el modo más seguro de obligar a su hijo era por medio del matrimonio y la vida familiar. En consecuencia casaron a Siddhartha con la hija de uno de los ministros del rey. Al poco tiempo la recién casada quedó encinta. Pero con la misma prontitud, y a pesar de los esfuerzos de su padre, la vocación divina de Siddhartha despertó en él. La música, la danza y las mujeres bellas dejaron de afectar sus sentidos, y por el contrario, parecía que le señalaban la vanidad y transitoriedad de la vida humana.

Cierto día, el príncipe llamó a su jefe de caballerizas; deseaba visitar la ciudad. El rey ordenó que toda la ciudad debía ser barrida y engalanada, y que apartaran de la mirada de su hijo toda visión deprimente o desagradable. Pero todas las precauciones fueron inútiles. Mientras cabalgaba por las calles, Siddhartha contempló un anciano tembloroso y arrugado que, debido a la edad, apenas podía respirar y que no podía caminar sin la ayuda de un bastón.

Con sorpresa, Siddhartha aprendió que la decrepitud es el destino inevitable de quienes se hallan al final de su vida. Cuando regresó a palacio, preguntó si no había modo de evitar la vejez. Pero nadie le pudo responder. Al poco tiempo hizo otra visita a la ciudad y tropezó con una mujer afligida por un mal incurable.

Después contempló una procesión funeraria, que le hizo tomar contacto con el sufrimiento y la muerte.Finalmente, Siddhartha encontró un mendigo asceta que le dijo que había abandonado el mundo para ir más allá del gozo y el sufrimiento y alcanzar la paz del corazón.

Estas experiencias, junto con sus propias meditaciones, convencieron a Siddhartha de que debía abandonarsu vida confortable y autoindulgente para convertirse en asceta. Rogó a su padre que lo dejase libre. Pero el rey estaba abrumado por el dolor al pensar en perder a su querido hijo en quien tenía puestas todas sus esperanzas. Hizo redoblar la guardia que rodeaba el palacio, y mandó que continuamente se presentaran nuevas diversiones, dirigidas a evitar que el joven príncipe pensara en irse. La esposa de Siddhartha dio a luz un hijo, pero incluso esto no apartó al príncipe de su misión.

Una noche, su decisión se hizo impostergable. Echó una última mirada a su esposa y a su hijo, que dormían, y se adentró en la noche. Montó su caballo y llamó a su jefe de caballerizas. Los dioses, en complicidad, se aseguraron de que los guardianes se quedaran dormidos y de que los cascos de los caballos no hicieran ruido. A las puertas de la ciudad, Siddhartha entregó el caballo al jefe de su caballeriza y se despidió de ambos. De ahí en adelante dejó de existir el Príncipe Siddhartha, pues el Buda había comenzado el verdadero viaje de su alma.

COMENTARIO.

El viaje que realizamos desde el hogar de nuestra niñez al camino de nuestro futuro destino no requiere normalmente que renunciemos a los goces de la vida ni que los cambiemos por ascetismo, aunque los que sienten vocación religiosa es posible que sigan ese camino. Pero en esta historia se ocultan muchos temasrelevantes para todos nosotros.

El Príncipe Siddhartha, como tantos otros niños, es el depositario de todas las esperanzas y sueños de su padre, que espera que su hijo heredará el trono después de él. De esa misma forma, un padre puede soñar en un hijo que herede sus negocios o tenga la misma profesión.

A nivel más profundo, el padre de Siddhartha no quiere que su hijo experimente la vida, pues la vida más allá de la órbita de los límites paternos nos cambia y despierta necesidades y cualidades internas que son únicas para la persona, y no necesariamente en concordancia con las aspiraciones paternas.

Especialmente, el rey no quiere que Siddhartha se encuentre con el sufrimiento humano porque esto, a nivel más profundo, significa sufrir y crecer. Si puede mantener al príncipe como niño, este podrá ser moldeado y formado por su padre y permanecerá en el hogar. Estos sueños paternos no son negativos ni perjudiciales en sí mismos. Pero, al fin y al cabo, son fútiles. Todo joven es un individuo con su propia identidad singular, que tiene que ser realizada si ese joven ha de estar alguna vez interiormente en paz.

Incluso los lazos del matrimonio y de la paternidad
son incapaces de desviar a Siddhartha de su viaje. Esta es una lección dura que muchas personas deben aprender. Si fundamos una familia propia cuando somos demasiado jóvenes como para reconocer lo que somos y a donde vamos —especialmente si nuestra elección de cónyuge obedece más bien a la preferencia de nuestros padres, o la hacemos para agradar a los demás o para afianzar nuestra seguridad—, entonces la vida puede, antes o después, llamarnos en otra dirección. El dolor y la tristeza de la separación puede acompañar el compromiso interno de convertirnos en uno mismo.

Como padres, podemos ayudar a contrarrestar
esta experiencia tan común, no persuadiendo a nuestros hijos a «sentar cabeza» antes de que averigüen quiénes son y qué quieren. Cuanto más tratemos de hacer que nuestros hijos se queden, más sufrimiento les causaremos cuando, finalmente, intenten dejarnos. Y, como niños, puede que tengamos que soportar la ira y el enfado paternos, porque intuimos y sabemos que si somos desleales con nuestra propia alma no podremos evitar más tarde un conflicto y un daño mayor.

Si el padre de Siddhartha no hubiese estado tan determinado a retener a su hijo por medio del matrimonio, al menos le hubieran evitado a Siddhartha la triste separación de su amada esposa y de su hijo. Pero ambos son parte del mundo de su padre, no del mundo al que él se siente destinado a entrar. Lamentablemente, no existe otra forma en la que Siddhartha pueda proseguir con su llamada interna y continuar siendo el hijo de su padre, el esposo de su esposa y el padre de su hijo.

A menudo actuamos con desprecio o ira ante la decisión de una persona de seguir una vocación determinada si esta no es de nuestro agrado, especialmente si implica la amenaza de llevarse a la persona lejos de nosotros, o de exponerla a un mundo del que no conocemos nada. Es cierto que muchos jóvenes cambian de dirección a lo largo de su vida, y no podemos esperar que alguien que se halla alrededor de los veinte años sepa con alguna exactitud lo que desea hacer el resto de su vida.

No obstante, al igual que Siddhartha, algunos sí lo saben. Tanto si la vocación es duradera como si se limita a un periodo de tiempo corto, si esta surge del corazón, entonces no corresponde a ningún miembro de la familia, maestro, amigo o consejero desviar a dicha persona sea cual sea el motivo.

La vocación de Siddhartha es de carácter espiritual y requiere que renuncie a todos los lazos y placeres humanos. Del mismo modo, la vocación podría ser tocar música, pintar o escribir, establecer un negocio, viajar alrededor del mundo o ser médico, contable o agricultor. O, por supuesto, también podría ser casarse con el ser querido y formar una familia. Lo que importa es la llamada del corazón. Puede que esta no surja en todas las personas, pero es más probable que la escuchemos si el ruido de la desaprobación ajena no ahoga su voz. Unos padres que pueden comunicarse bien con sus hijos y que son capaces de reconocer su individualidad, no habrían decidido por adelantado lo que el hijo debe hacer, como ocurrió con el padre de Siddhartha; no dispondrían de una guardia metafórica, ni amenazarían al hijo, abierta o solapadamente, con rechazo o castigo, si este desconociera los deseos paternos.

La partida del Buda está rodeada de una profunda tristeza porque su padre, su esposa y su hijo están condenados a no volverlo a ver. No obstante, una gran parte de la población del mundo cree que su salvación final depende de la decisión que el Buda tomó, una, decisión que sacrificó la felicidad personal por la redención de millones de personas.

Esperamos que alentar a nuestros hijos a oír y seguir la voz de sus corazones producirá finalmente un enriquecimiento futuro de la vida de padres e hijos, con un mundo más ancho para compartir.

La historia de Siddhartha nos enseña que cada persona tiene un destino, grande o pequeño. Si estamos preparados para escuchar y reconocer la tolerancia y la vocación, y nos dejamos llevar cuando debamos hacerlo, entonces se enriquecerá no solo nuestra vida, sino la de muchos otros seres.

 

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