Mitos sobre el Zen. Silva

La meditación no tiene como objetivo eliminar, vaciar o ausentarse, sino abrir lo cerrado, equilibrar lo revuelto, desactivar lo que dentro nuestro parece estallar. Una revisión de algunos mitos instalados sobre el Zen.

Alberto Silva

Imaginemos la siguiente situación. Necesitamos urgente que la mente descanse: por eso decidimos practicar meditación sentada (zazen). Vamos a la sala de meditación (o elegimos un rincón propicio en casa). Y cuando nos acomodamos en la postura elegida, en ese preciso instante, nos atacan estímulos exteriores (auditivos, olfativos). Es más: como un mueble se nos viene encima la psiquis: pensamientos, recuerdos, emociones,  proyectos. Buscábamos silencio y ¡justo entonces! aparecen ruidos de todo tipo. El mundo al revés. ¿Qué hacer?

Ante esta situación (inevitable), oigo propuestas que invitan a eliminar pensamientos, vaciar la mente o concentrarse en un punto visual, sonoro, etc. Y veo orientaciones que insinúan que para estar bien mejor sería alejarse del mundanal ruido. El Zen no va por ahí. No se limita a ofrecer descansitos de media hora o tres cuartos. Ni da a entender que el bienestar exige retiros en el campo.

En línea con la neurociencia de avanzada, el zazen sabe que la mente trabaja 24/7: a cada hora, de domingo a domingo. Así, sentarse a meditar no tiene como objetivo eliminar, vaciar, concentrar o ausentarse. Más bien trata de abrir lo cerrado, equilibrar lo revuelto, desactivar lo que dentro nuestro parece estallar. Y lo hace a través y por medio del cuerpo.

Es a través del cuerpo que la mente se equilibra

El cuerpo es el cable a tierra de la mente, el gran educador del raciocinio, cuando este pretende bajar un cambio y cuando, más allá de alivios, aspira a vivir en silencio.
¿Entonces la solución al ruidoso parloteo de la mente no está en la mente? En el Zen, sólo una intervención de la persona desde el cuerpo permite resolver lo que creíamos tema limitado a puro pensamiento. El planteo es claro y de aplicación inmediata: dinamizar el organismo físico y educar la atención.

Movilizar el cuerpo

¿Gimnasia, yoga, pilates, marcha activa, eutonía, tareas domésticas, stretching de gimnasio, calistenia en la plaza? Cada uno verá. El Zen no plantea trabajar cuerpos de atleta. Busca hacernos conscientes de que somos nuestro cuerpo. El cuerpo es lo que de nuestra persona vive (la mente existe porque el cuerpo está vivo). Se trata de escucharlo, sentirlo y disfrutarlo.

Si somos sedentarios, ¿por qué, por ejemplo, no dedicar atención a estar cada vez en una postura cómoda en la oficina, el colectivo, el bar, en casa? La tarea de buscar el confort del cuerpo muestra la necesidad de ejercitarlo. Y es placentero descubrir que en esa movilización la mente está muy implicada: aprende a disfrutar participando del bienestar del cuerpo.

El cuerpo es sabio. Y más rápido que la mente. Si nos acostumbramos a tomar en cuenta sus reclamos, encontraremos la postura correcta para meditar. Por eso no hay postura canónica en el Zen: la postura aconsejable es la sostenible, la que dura (y sirve para cualquier ocasión, todo el día).

Educar la atención

Cuando el cuerpo está acomodado, ponemos la atención en la respiración. Y descubrimos que la respiración es el infalible conector entre mente y cuerpo. ¿Cómo es eso? La atención en la respiración pone en contacto con lo que atesora la persona: pensamientos, emociones, reclamos del cuerpo. Al ir llevando todo eso al ondular del aire que entra y sale, mi paquete interior deja de ser enemigo del descanso, sino punto de partida de un camino de bienestar.

El Zen no persigue iluminaciones soñadas como idílicas y en gaseosa quietud: el Zen encara a la persona tal como es; y desde su concreta situación trabaja para orientarla hacia mayor equilibrio. Se pone toda la atención en la respiración, una y otra vez. Uno no deja de pensar, percibir, recordar, sentir, planear.

Pero de a poco ese run-run se alivia, se decanta, se aclaraUno neutraliza el barullo: está ahí, pero no interfiere. Eso permite reconciliarse con la vitalidad que fluye (aunque me llegue como un lío). La mente pasa a formar parte de las dimensiones vivas de la persona: vital, sin duda, pero no controladora de aeropuertos. La mente aprende a revivir en la persona cuando entra en la intimidad de su respiración. Se enrosca en ella, imita su cadencia, se deja estar, se echa a descansar.

Una mente que descansa delata a una persona capaz de disfrutar.

* Alberto Silva es Doctor en Letras (Sorbona, Francia) y Ciencias Políticas (Universidad Complutense, España). Especialista en Japón, país donde ha vivido y dictado clases,  escritor y traductor de libros sobre el Zen, además de practicante, considera que Zen no es ajeno a nuestra persona, ni lejano al marco cultural que conocemos.

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