Budismo y Posmodernidad

BUDISMO Y POSMODERNIDAD.

Varios

El doctor Roger Walsh (University of California, College of Medicine, Irvine-CA, USA) para tender a la felicidad propone cambios de estilo de vida terapéuticos o TLC –therapeutic lifestyle changes- . Son 9 mensajes, digamos obvios por su sencillez, que listados y fundamentados conforman una opción de vida que nos aleja de la confusión y marea personal, tan natural al ser humano de hoy y ayer.

 

UN PROPOSITO PARA LA VIDA. SER FELIZ

 

Veamos estas cosas que ya sabíamos y que pueden hacer nuestra vida mejor

 

1.     Hacer ejercicio mejora la sensación de bienestar, la perdida de la memoria en los mayores e incrementa la formación de neuronas en el cerebro.

 

2.     Pasar tiempo en la naturaleza mejora las funciones cognitivas y el bienestar.

 

3.     Comer frutas, verduras y pescado ayuda a mantener las funciones cognitivas en los adultos y reduce síntomas de enfermedades afectivas.

 

4.     Cultivar buenas relaciones interpersonales.

 

5.     Pasarlo bien disminuye las barreras que nos ponemos frente a otras personas.

 

6.     Relajarse y administrar la tensión ayuda a tratar la ansiedad, el pánico y el insomnio.

 

7.     Meditar mejora la empatía y la estabilidad emocional, reduce el estrés y el cansancio.

 

8.     Involucrarse de manera espiritual en el amor y el perdón promueve el bienestar y reduce la ansiedad.

 

9.     Contribuir altruistamente aumenta la generosidad y el gozo puede beneficiar la salud mental y hasta quizás extender la vida.

 

 

Articulo de Roger Walsh

LA FILOSOFIA PERENNE EN UN MUNDO POSTMODERNO

Traducción de Alejandro Córdova Córdova.

Una de las ideas centrales del budismo es que todo cambia. Pero en los últimos siglos la cantidad de cambios en nuestras sociedades ha cambiado en sí misma. De hecho ha explotado.

En 1995, Jeanne Calment la mujer más vieja del mundo celebró sus 120 años. La cantidad de cambios que han ocurrido durante su vida es casi inconcebible. Ella arribó al mundo cuando éste contenía unos dos mil millones de habitantes y ha vivido para ver duplicarse ese número. Ella también ha visto ampliarse el promedio de vida en occidente (aunque ciertamente no en los países del tercer mundo) casi el doble. Ella ha sido testigo de la invención del automóvil, el aeroplano, los viajes al espacio, la televisión, las computadoras y el internet.

Jean Calment también ha presenciado armas de guerra sofisticadas, gases venenosos, armas biológicas, bombas atómicas y misiles guiados y su devastador uso en guerras. De la misma manera ha sido testigo del incremento de diferentes tipos de cáncer en la población general, contaminación, agotamiento de los recursos naturales y desequilibrio ecológico. La catástrofe ecológica humana contemporánea se ha desarrollado ante sus ojos.

Pero también durante este tiempo ha sido testigo de la invención de los antibióticos, las vacunas, el Nacimiento de la Naciones Unidas, el trabajo de la Madre Teresa, el establecimiento de los derechos humanos y los tratados de protección del medio ambiente – el milagro humano contemporáneo-. Todo esto a una velocidad cada vez mas acelerada.

Centrada en el Budismo y en las grandes tradiciones de sabiduría – en la experiencia directa de los sabios – de que existe una esfera o ámbito mas allá del cambio, del nacimiento y la muerte y del sufrimiento de cualquier tipo. Sin embargo existe la creencia de que el reconocimiento y la realización de los cambios son cruciales para el bienestar; que la meta mas elevada de la existencia puede ser el fomentar este reconocimiento y que el budismo y las grandes tradiciones de sabiduría presentan un bosquejo de cómo hacer esto.

Una empresa única de nuestro tiempo – que los practicantes budistas, maestros o pensadores nunca habían enfrentado antes – es como relacionar esta sabiduría perenne con un mundo postmoderno. Esta labor actualmente incluye diferentes y variados retos.

¿Cómo vamos a comunicar la sabiduría perenne a un mundo postmoderno?
¿Cómo haremos para usar hábilmente el conocimiento y la tecnología del mundo postmoderno para examinar, actualizar y refinar o purificar nuestra tradición?
¿Qué haremos para integrar la sabiduría perenne y el conocimiento postmoderno para crear nuevas formas de comprensión y de aplicación?

COMUNICANDO LA FILOSOFIA PERENNE A UN MUNDO POSTMODERNO.

En 1993 junto con miles de personas, asistí al Parliament of Word Religions en Chicago. Fue muy hermoso ver a practicantes dedicados de cientos de tradiciones, reunirse en armonía compartiendo el interés acerca de un asunto vital como el de las discordias religiosas y el destino de la tierra.

Pero también fue doloroso observar la ineficacia de muchos conferencistas ante una audiencia de personas contemporáneas. Muchos hombres – y los conferencistas fueron principalmente hombres – dan pláticas que, aunque sinceras y sentidas, probablemente diferían muy poco de aquellas que les enseñaron a sus maestros sus maestros y a estos sus maestros, ofrecidas en poblaciones de varios siglos atrás. El resultado fue una falla en la comunicación a través de las culturas y los siglos.

Sin embargo este fracaso no fue sorpresivo. A través de la historia humana la enseñanza de la sabiduría perenne significa simplemente realizar esta sabiduría por uno mismo y después compartir esa comprensión en el lenguaje, conceptos, historias y metáforas aprendidas con el maestro. Quizá antiguamente, en un siglo, una generación podría trasmitir su sabiduría a un nuevo tapiz, utilizando ese leguaje rural, cultura, creencias y una visión del mundo. Pero nunca antes habíamos sido desafiados con la transmisión de la sabiduría perenne, no sola de una cultura a otra, sino de una época a otra – del oriente al occidente – y de una cultura agraria un mundo postmoderno.

Entonces la cuestión es ¿cómo comunicar la sabiduría perenne del budismo en tal forma que tenga un fuerte sentido en una cultura llena de distracciones, desacralizada, científica, tecnológica y materialista, una cultura que ha llegado a dominar magistralmente el arte de lo que Kierkegard llamaba “tranquilización por lo trivial”?.

Una idea que he encontrado muy útil es el concepto de Carl Jung de “intermediario gnóstico”. Los intermediarios gnósticos son personas que están tan profundamente impregnadas de una sabiduría que son capaces de comunicarla directamente desde su propia experiencia en el lenguaje y conceptos de otra cultura.

Llegar a ser un intermediario gnóstico efectivo incluye diferentes retos. El primero es desarrollar sabiduría. Esto como cualquiera que lo ha intentado sabe que esta no es una tarea pequeña. Mientras que el conocimiento es algo que podemos tener, la sabiduría es algo por lo que somos transformados y llegamos a ser. Nosotros enseñamos lo que somos. Para cultivar la sabiduría se requiere que nos comprometamos con una disciplina efectiva tales como meditación, contemplación, yoga, devoción o servicio.

Los intermediarios gnósticos también necesitan estar familiarizados con la cultura o subcultura en la que enseñan y ser capaces de traducir su comprensión al lenguaje, metáforas e historias significativas para esa cultura.

La demanda esencial que se hace al intermediario gnóstico contemporáneo es la de un compromiso creativo con el mundo. No podemos por mas tiempo continuar confiando en los medios, mitos y metáforas tradicionales – no importa que tan venerables o venerados puedan ser- sino que debemos comprometernos creativamente con la cultura para crear nuevos medios.

Es importante señalar que esto es un asunto delicado. ¿Cómo cambiar la forma y el medio sin distorsionar la esencia del mensaje? Habrá algunos tradicionalistas que argumentarán que nada debería ser cambiado, que las formas antiguas son sagradas, que han servido muy bien y por lo tanto deberían ser preservadas sin alterarlas. Pero el utilizar los símbolos y los métodos de nuestro tiempo puede ser crucial si el mensaje esencial ha de atravesar el abismo del tiempo y la cultura.

Esta claro que no todos los practicantes quieren enseñar de una manera formal. Afortunadamente, la enseñanza tiene muchas formas tanto formal como informal y practicar es enseñar. Aunque es verdad que el Tío Sam te necesita. Sé un intermediario gnóstico.

ACERCANDO EL BUDISMO A LA LUZ DE LA POSTMODERNIDAD

La primera tarea de intercalar la sabiduría perenne y el mundo postmoderno es aprender a comunicar la sabiduría intemporal del budismo al mundo contemporáneo; la segunda es casi su imagen en espejo: usar el conocimiento contemporáneo y la tecnología para probar y refinar la tradición budista. Una de las grandes tareas es comenzar a desenredar la sabiduría de sus perspectivas culturales obsoletas, sus distorsiones, mitos y puntos de vista. Mientras nuestra cultura ciertamente tiene sus propias limitaciones y distorsiones, ella también ofrece muchos, nuevos y poderosos recursos intelectuales y experimentales de valor inestimable para refinar la visión budista y sus prácticas.

Un hallazgo muy valioso proviene de la psicología del desarrollo. Aunque existen numerosos y sofisticados detalles, hay un amplio acuerdo de que los procesos de desarrollo acontecen a través de tres niveles principales, que pueden describirse como prepersonal, personal y transpersonal o prerracional, racional y transrracional. La idea general es que llegamos a este mundo no socializados y somos aculturados gradualmente a través de la interacción social y la educación formal. Gradualmente la adoptamos, nos identificamos con ella e incluso llegamos a perdernos dentro de la perspectiva de nuestra cultura, sus valores y visión del mundo. Significativamente el crecimiento transpersonal es trágicamente poco común en una sociedad tan secular como la nuestra que empuja a los individuos hacia el nivel personal, pero retarda el crecimiento más allá de él. Generalmente la maduración transpersonal requiere de una disciplina sostenida y una comunidad o sangha que la apoye.

Lo que hemos heredado de la tradición budista, por un lado, es un popurrí de brillante sabiduría transrracional, mezclado por otro lado con aspectos primitivos, prerracionales, pensamiento mágico y mítico y otras cosas más. Estos dos aspectos no han sido claramente diferenciados. Considérese por ejemplo el caso de los budistas birmanos a los que sus monjes aseguraron que la recitación de mantras los protegería de las balas inglesas durante la guerra de independencia, ellos fueron masacrados sin que esto causara sorpresa para nuestras mentes postmodernas.

Yo considero que es esencial someter, tanto como sea posible, a pruebas conceptuales y experimentales toda creencia budista, practicas y afirmaciones, no importa que tan venerables… Yo creo que esto conducirá – no necesariamente sin dolor – a un buen número de dramáticos cambios por el bien del budismo y que estos cambios incluirán: “desmitologización”, reorganización social y la creación de nuevas áreas de investigación, aplicación y comprensión.

Por desmitologización yo no quiero decir hacer a un lado todo mito, sino reconocer el conocimiento tradicional y los mitos por lo que ellos son. Los mitos son grandes historias que muestran de una manera simbólica la estructura básica mental, la comprensión y la visión del mundo creada por una cultura que a su vez crea y mantiene esa cultura. En este sentido los mitos parecen ser esenciales para la coherencia cultural y el bienestar. Mucha de nuestra confusión contemporánea puede ser el reflejo de que nuestra cultura se encuentra “entre mitos”. Idealmente los mitos se complementan y armonizan con otros modos de conocimiento y explicación, tales como el conocimiento racional y la sabiduría transrracional. Los problemas surgen cuando los mitos simbólicos no son reconocidos como tales y son erróneamente considerados hechos empíricos o lógicamente demostrables.

La tradición budista contiene una serie de mitos culturales disfrazados como hechos. Por ejemplo tómese la creencia tradicional acerca de la meta central de la iluminación. Como muchos de nosotros que fuimos alimentados con los mitos acerca de la omnisciencia de los maestros, inicialmente e ingenuamente asumimos que el término iluminación se refiere a una condición única que confiere, sino la perfección humana, sí algo muy cercano a ella.

Sin embargo la realidad parece bastante diferente. Cada vez es más claro que el término iluminación se utiliza en diferentes formas por diferentes escuelas de budismo, que existen diferentes formas y grados de la experiencia de iluminación y que diferentes practicantes son transformados en diferentes formas por ellas.

Lo que hoy queda claro es que cualquier cosa que sea lo que llamamos iluminación, tiene sus límites y tambien cada vez es más claro que lo que se llama experiencia espiritual profunda produce notables beneficios. Muchos (aunque no todos) de aquellos que tienen esta experiencia parecen mostrar sabiduría, sensibilidad, amabilidad, compasión y otras capacidades, algunas de las cuales han sido validadas por la investigación.

Lo que esto sugiere es que necesitamos cambiar de la creencia dogmática y mítica en la naturaleza y las consecuencias de la práctica espiritual a una actitud investigadora más humilde y experimental – a lo que el maestro de Zen Coreano Soen Sa Nim llama “mente de no sé”. Tal actitud reconoce tanto la sabiduría como las limitaciones de nuestra tradición y de todas las tradiciones. Este cambio nos ayuda a sacarnos de aceptar explicaciones extrañas y movernos a hacia la investigación y la experimentación. Por ejemplo ¿Que aspectos de la personalidad y del ser son transformados por una experiencia profunda y cuales son dejados sin modificar? Si la practica espiritual no necesariamente incluye automáticamente el dominio de otros aspectos sociales e intelectuales ni libera de todos los limites y distorsiones culturales, entonces ¿qué otras disciplinas y entrenamiento necesitamos?

REORGANIZACIÓN SOCIAL

La reorganización social e institucional del budismo parece inevitable y cuatro movimientos que lo pueden afectar – igualitarismo, democratización, feminismo y budismo multicultural – ya son evidentes. En algunos lugares, la estructura jerárquica tradicional esta siendo reemplazada por una más igualitaria; el sistema del gurú esta siendo cuestionado o por lo menos reconsiderado; y las practicantes mujeres, por largo tiempo consideradas como ciudadanos de segunda clase en muchas escuelas, están siendo maestras y lideres.

Al mismo tiempo linajes budistas separados por siglos se estan reuniendo por primera vez y mezclando en la aldea global en formas que jamás fueron pensadas. Adherentes de una tradición que nunca habían conocido a otros miembros de otra y que por lo tanto podían pronunciar en una bendita ignorancia, como me ha tocado escuchar, que el “Hinayana es como el agua estancada” o “El Mahayana es una perversión” ahora se estan encontrando cara a cara.

El resultado de esto puede ser sano y todo un reto. Podemos esperar que estereotipos largamente sostenidos de otras tradiciones se desvanezcan a la sana luz de la experiencia directa. Los practicantes individuales tendrán acceso a una enorme gama de filosofías y practicas. Tanto los maestros como los alumnos serán enfrentados con una sobreabundancia de opciones y se necesitará una gran sensibilidad y habilidad para elegir una practica adecuada. Algunos venerables linajes budistas se extinguirán y morirán en este crisol espiritual global a medida que maestros y estudiantes experimenten con nuevas síntesis y el budismo multicultural llegue a ser un hecho de la vida actual. Y más allá del encuentro y matrimonio de los linajes budistas será el encuentro del budismo con otras tradiciones religiosas tales como el cristianismo, un encuentro que el historiador Arnold Toynbee predijo sería uno de los eventos más significativos del Siglo XX y que aún hoy está teniendo un impacto sobre ambas tradiciones.

Quizá los tradicionalistas sentirán que algunos de estos cambios representan degeneraciones o perversiones de la doctrina original. Por ejemplo, algunos pueden sentir que si el Buda dijo que las monjas deberían servir a los monjes esto debe ser para siempre. Claro está, que es posible que algunos de estos cambios puedan ser perjudiciales en formas que no podemos prever. Nuestra mejor esperanza puede ser una mente abierta, experimental, una actitud pragmática que nos ayude a probar por nosotros mismos si éstos y otros cambios son verdaderamente conducentes al bienestar de todos. Ciertamente nosotros tenemos el permiso del Buda quien alentó a hacer esto como puede verse en el Kalama Sutta:

“No pongan su fe en las tradiciones, aunque ellas hayan sido aceptadas por numerosas generaciones y en muchos países. No crean en una cosa porque muchos la repiten. No acepten una cosa por la autoridad de uno de los sabios o ancianos, ni por que estén apoyadas en los libros. Nunca crean en cualquier cosa por que la probabilidad está en su favor. No crean en aquello que ustedes han imaginado o pensado que un dios se los ha inspirado. No crean en nada meramente basados en la autoridad de los maestros y sacerdotes. Después de someter a la investigación creed en aquello que ha sido experimentado por Ustedes mismos y lo han encontrado razonable y que está en conformidad con su propio bienestar y el de los otros.

INTEGRANDO EL BUDISMO Y LA POSTMODERNIDAD

Nuestro reto es también forjar una integración creativa de la sabiduría perenne y el conocimiento postmoderno – lo cual incluye nuevas áreas de investigación, campos de aplicación y respuestas a nuestra situación global -.

En la actualidad ya estan floreciendo nuevas investigaciones. La totalidad del movimiento transpersonal esta dedicado a la síntesis de la sabiduría perenne y disciplinas contemporáneas tales como la psicología, la filosofía y la ecología. La investigación en meditación ha explotado desde 1960. Cientos de estudios han identificado una amplia y fascinante gama de efectos fisiológicos, en la percepción y en la personalidad. Algunos de estos estudios ofrecen hallazgos de laboratorio que apoyan las declaraciones clásicas sobre los efectos benéficos de la meditación.

También han emergido nuevas áreas de aplicación. En área del medio ambiente podemos observar la ecología profunda y la ecología transpersonal; en el área clínica el estudio sistemático de emergencias espirituales- crisis psicoespirituales que se inician o son el resultado del desarrollo espiritual-. Si tales emergencias espirituales son correctamente diagnosticadas y tratadas en lugar de por ejemplo ser diagnosticadas como esquizofrenia y suprimida con drogas ellas pueden ser difíciles pero poderosas catálisis de transformación.

La investigación clínica tambien muestra que la meditación puede ser una ayuda benéfica en desordenes psicológicos y psicosomáticos. Problemas como el insomnio, la ansiedad, la hipertensión arterial y dolores crónicos pueden ser mejorados y muchos otros beneficios se estan descubriendo en la actualidad.

¿Y que pasa con las fallas de la meditación? Probablemente un porcentaje muy pequeño de aquellos que comienzan practicando meditación lo hacen por largo tiempo. Esta deserción es un asunto trágico. Por ejemplo, que pensaríamos de una universidad de la que solo se graduaran un pequeño porcentaje de sus estudiantes? Necesitamos hacer algunos experimentos para incrementar el éxito. En los Ángeles CA, Shinzen Young ha diseñado un sistema de compañeros en que los meditadores se apoyan mutuamente en parejas y se turnan en la meditación y se describen sus experiencias. Él informa que la deserción se reduce dramáticamente. Se necesitan otros enfoques innovadores.

Un área final que clama por una aplicación nueva del Buda-Dharma incluye nuestra trágica crisis global. Tradicionalmente la primera respuesta del budismo al sufrimiento en todas sus formas, ha sido practicar y enseñar el Dharma. Pero actualmente estamos viendo el desarrollo a gran escala de movimientos de acción social tales como el Buddhist Peace Felowship y el movimiento Sri Lanka Sarvodaya.

Lo que hoy resulta novedoso es que actualmente todas las amenazas a la supervivencia humana e integridad ecológica tienen como causa al ser humano. Lo que nosotros llamamos crisis global son en realidad síntomas globales: síntomas de avidez, de odio y de ignorancia individual y colectiva. El estado del mundo refleja el estado de nuestras mentes, y lo que observamos es nuestra propia disfunción actuando sobre el planeta.

Si nosotros queremos asegurar la preservación de nuestras especies y de nuestro planeta, debemos tratar tanto los síntomas como sus causas. En primer lugar será necesario no solamente reducir los arsenales de armas atómicas y alimentar a los hambrientos sino tambien identificar y transformar las distorsiones psicológicas y espirituales dentro de nosotros y entre nosotros, que nos estan conduciendo a crear esta crisis global. El budismo tiene una capacidad única para contribuir a lograr esto. Pero para hacer esta contribución puede requerir que nosotros y el budismo, nos transformemos antes que podamos transformar el mundo.

En la actualidad existe una excitante y desesperada necesidad de hacer este trabajo. Somos privilegiados de tener la oportunidad y la capacidad para hacerlo.

Roger Walsh ha sido un estudioso del budismo durante 20 años, es profesor de psiquiatría en la Universidad de California en Irving, y ha publicado los siguientes libros: Patee beyond Ego, The Spirit Of Shamanism, y Gifts from a Course in Miracles.
Traducción de Alejandro Córdova C.

 

 

¿Existen prácticas espirituales que excedan los dogmas de las diversas religiones  por su sabiduría intrínseca y su eficacia para forjar una buena vida? Roger Walsh, ilustre profesor de Psiquiatría, Filosofía y Antropología australiano, está convencido de que sí, y escribió un libro para compartirlas.

Walsh se ha dedicado durante décadas a investigar los efectos de la meditación sobre la salud física y mental y el desarrollo espiritual, y también a explorar la vinculación de los estados alterados (creados por diversas prácticas) con la naturaleza de las experiencias místicas.

 

En su libro “Espiritualidad esencial”, con prólogo del Dalai Lama, Walsh da cuenta de siete prácticas centrales en todas las tradiciones de sabiduría que promueven el despertar y la apertura del corazón, y procuran, lisa y llanamente, una buena vida. Recomiendo la lectura del libro, que es un tesoro de sabiduría en sí mismo. Aquí, lo esencial de esas siete prácticas esenciales.

1. Transformar la propia motivación. Reducir las ansias y hallar el verdadero deseo del alma. 

“Para vivir un mito mayor, uno debe abandonar la historia más pequeña”, dice Walsh. ¿Qué significa esto? Que, al principio del camino, el crecimiento espiritual se presenta como un sacrificio. Sólo después, con el tiempo y la progreso en las prácticas, se hace evidente que el único sacrificio era continuar con la vida anterior, pequeña y constreñida.

La meta, a la larga, es entender que ninguna sensación ni posesión externa puede proveernos de satisfacción duradera. De hecho, todo elemento externo que nos tranquiliza y calma nuestros deseos pasajeros nos distrae de aquello que importa. Ante esto, hay dos actitudes posibles: a. satisfacer esas ansias (comiendo, consumiendo, comprando), pasarnos la vida buscando nuevas formas de anestesiarnos, generándonos nuevas ansiedades y codicias, o, b. cambiar nuestra mente. Esto significa: soltar las ansias cuando aparecen, y apuntar le mente hacia una satisfacción genuina y perdurable. La infelicidad, dice Walsh, rescatando un precepto clave del budismo, es la diferencia entre lo que ansiamos y lo que tenemos. Si soltamos el ansia, ese abismo desaparece. Así lo decía Gandhi: “Renuncia y alégrate”.

Pero no se trata del sacrificio por el sacrificio mismo, y aquí viene lo interesante: cuando la mente ya no se siente tironeada por las ansias en perpetua fluctuación, siente nacer de sus profundidades un deseo más maduro: por ejemplo, la añoranza por la belleza y el altruismo, por la verdad y la justicia. Las tradiciones se han referido a esta clase de deseo como “el anhelo de lo bueno, lo bello y lo verdadero”.

Estas cualidades nos revelan nuestra verdadera naturaleza y nos llaman a la trascendencia. Frente a ellas, los deseos mundanos como la fama y el reconocimiento se muestran pequeños e ilusorios. Lo que buscamos, en última instancia, no es la satisfacción de un deseo puntual sino acceder a la fuente que los colma a todos: la iluminación.

Sin embargo, cada uno deberá llegar a su manera. Y ahí los senderos se bifurcan: algunos se acercarán de la mano del arte, la música, la poesía; para otros, el canal será la naturaleza. Lo cierto es que, a medida que avancemos en el camino, el esfuerzo se irá haciendo más liviano, hasta casi desaparecer. Y entonces, en lugar de perseguir nuestra dicha, nos dedicaremos, cada vez más, a expresarla. El buscador se habrá convertido en sabio.

 

2. Cultivar la sabiduría emocional. Sanar el corazón y aprender a amar.

Lo que sea que sintamos es lo que vemos a nuestro alrededor. Cuando lo que sentimos es amor, vemos un mundo que añora dar y recibir amor.

Las emociones van y vienen, pero un único sentimiento ha sido elogiado y valorado por los siglos de los siglos, por todas las religiones por igual: el amor. De hecho, la idea del amor ha dejado una impronta más indeleble en nuestra cultura que ningún otro concepto o noción. Es la fuerza más potente del universo, aquella que mantiene, dirige e informa a cada ser viviente.

Pero, ¿cómo y dónde se encuentra el amor? No se encuentra fuera de uno, ni tampoco en personas especiales, dice Walsh. No se encuentra cuando se lo busca motivado por el temor y una sensación de inadecuación, como buscando algo que a uno lo complete. Buscarlo con estos motivos trae una serie de problemas y distorsiones. El amor maduro, por el contrario, se basa en la auto-suficiencia y la integridad.

Virtualmente todas las religiones ponen al amor en primer lugar: el Islam y el cristianismo lo destacan como valor primigenio, el judaísmo exhorta: “Ama a Dios con todo tu corazón, tu alma y tu luz, y ama a tu prójimo como a ti mismo.” Jesús lo lleva aun más lejos y dice “Ama incluso a tus enemigos”. Y el hinduismo enfatiza: “Ama a todas las criaturas”. (El budismo habla del amor indirectamente; ya que hace foco en la iluminación)

¿Cómo es ese amor magnánimo del que hablan los grandes profetas? Es incondicional, es infinito, no busca recibir tanto como dar, y está siempre con nosotros, oculto, incluso, detrás de emociones como el enojo, los celos y el egoísmo.

Pero esas emociones existen y deben ser manejadas. Según Walsh, la forma nunca es negarlas, reprimirlas ni entrar en conflicto con ellas. Más bien, la sabiduría está en reconocerlas como una parte natural de la vida. Ni alimentarlas ni incentivarlas, sino explorarlas con compasión, equilibrándolas con ecuanimidad y aprendiendo de ellas.

Las prácticas espirituales ayudan significativamente a expandir y profundizar el amor, ampliando su espectro. En sus niveles más altos, el amor se revela, más que como una simple emoción, como la naturaleza última de la realidad. De este amor extático y existencial casi no dan cuenta las palabras. Pero, según los sabios de todos los tiempos, una vez que ocurre, es inconfundible.

“Enloquece de amor”, instruyó a sus discípulos el maestro hindú Ramanakrishna. Y no  hablaba de un flechazo romántico.

3. Vivir éticamente. Sentirse bien al hacer el bien.

Mahatma Gandhi comenzó su carrera como un abogado tímido y circunspecto, pero su carácter dio un vuelco al vivir y trabajar en Sudáfrica y entrar en contacto con la realidad del racismo. Volvió a su país decidido a trabajar por la justicia social. Podría haberse convertido en un hombre iracundo y resentido; en cambio, se transformó en un apóstol de la paz. Inició una revolución que unió valores espirituales con reclamos sociales. En lugar de ver a sus oponentes como enemigos inhumanos, los vio como potenciales amigos; en vez de insultarlos, su protesta era ayunar por la paz; en lugar de atacarlos físicamente, buscaba inspirarlos moralmente. Con la fuerza de su convicción moral atrajo a miles de sus compatriotas a un movimiento sin precedentes que derrotó al Imperio Británico, consiguió la independencia de la India e inspiró movimientos similares en otras partes del mundo.

Para las grandes religiones la ética no consiste solo en no dañar, sino en hacer todo lo posible por ayudar. ¿Ayudar a quién? A todos los seres vivientes. Pero, dice Walsh, para poder aspirar a estas cumbres, hay que comenzar por sanar las heridas causadas por las faltas éticas del pasado.

Notaremos que, cuando nos sentamos a meditar, los pensamientos más perturbadores son siempre aquellos que se vinculan con acciones poco éticas, tanto de nuestra parte hacia otros como de otros hacia nosotros. Estos recuerdos mantienen a nuestra mente prisionera con sus residuos psicológicos y espirituales. A veces, uno siente que es su propio carcelero por no poder librarse de estas cargas del pasado. Todas las tradiciones coinciden en que es necesario liberarnos de estas culpas. Pero, ¿cómo hacerlo?

Cada caso requerirá acciones diferentes, por supuesto. Pero las grandes religiones ofrecen algunos lineamientos generales: primero, reparar el daño en la medida de lo posible. Si uno causó dolor, pedir perdón. Si uno robó, devolver o pagar aquello que tomó. Segundo, buscar soluciones en las que todos aprendan de la experiencia. Tercero, si uno ha sido el victimario, evitar ceder a la tentación del contra-ataque. A veces, dice Walsh, es tentador devolver una afrenta, pero lo único que esto logra es generar un espiral creciente de violencia. Cuarto, relatar lo ocurrido a alguien. Esta simple práctica es tan útil que tiene encarnaciones antiguas como la confesión, y modernas como la psicoterapia y los grupos de auto-ayuda. Quinto, aprender todo lo que se pueda de la experiencia.

A veces puede resulta útil una “visualización correctiva”. Primero se recuerda el hecho tal como ocurrió, experimentando nuevamente las sensaciones que la mala acción trajo a la conciencia en el momento. Luego se revive la secuencia, pero eligiendo esta vez un desenlace más alineado con nuestros valores. A veces, esta experiencia puede ayudar a soltar lo hecho, a la vez que se cincela otro curso de acción para ocasiones futuras.

 

4. Concentrar y calmar la mente.

Como ya dijimos, nuestra mente es infinitamente inquieta. Los budistas la asemejan a un mono que salta locamente de rama en rama. En todo momento estamos fugándonos hacia el futuro, elucubrando planes o fantasías, sumergiéndonos en el pasado con recuerdos gratos o ingratos, reviviendo la pelea de anoche o el logro de la semana anterior. No es de sorprender que lleguemos a la noche mentalmente exhaustos.

La psicología occidental reconoce este problema desde hace años. El gran psicólogo William James sostuvo que “una educación que entrenara la atención sería una educación por excelencia”. Freud se refirió a lo mismo más negativamente: “El hombre ni siquiera es dueño de su propia mente”. La psicología occidental, de algún modo, se resignó a entender a la atención como algo ingobernable. Pero las grandes religiones plantean desde hace siglos algo muy diferente: la mente se puede y se debe entrenar, ya que en ello se asienta toda posibilidad de paz.

Un discípulo preguntó al gran sabio hindú Ramana Maharshi: “¿Qué se interpone en mi camino hacia Dios?”. “Tu mente fluctuante”, respondió el maestro. El Dalai Lama lo llevó aún más lejos y proclamó: “En su mejor aspecto, la religión es una herramienta para ayudar a entrenar la mente”. En palabras de Buda: “Una mente no entrenada te hace mayor mal que aquellos que te odian. Una mente entrenada te hace mayor bien que aquellos que te aman.”

¿Por qué es tan crucial entrenar la mente? Por un lado, si podemos controlar la atención, podemos concentrarnos en evocar cualidades deseables como el amor y la alegría. Y por otro, lo que ponemos en nuestras mentes es tan importante como lo que ponemos en nuestras bocas. O sea, nuestra dieta mental afecta nuestra salud mental. Ya lo dijo San Pablo: “lo que es verdadero, lo que es honorable, lo que es justo, lo que es elogiable; piensa sobre estas cosas.” Aquello en lo que nos concentramos en aquello en lo que nos convertimos.

Muchas personas piensan que la meditación y la contemplación son prácticas propias de las religiones orientales. E incluso algunos sectores conservadores del cristianismo y el judaísmo han rechazado estas prácticas con frases como “Una mente ociosa es el taller del diablo”. Pero hay una enorme diferencia entre la vagancia y la paz. La realidad es que la meditación ha sido una práctica crucial de las tradiciones cristiana y judía, y de la mayoría de los linajes.
La meditación y otras prácticas de concentración comparten dos elementos esenciales: 1. Se elige un objeto para ser el foco de la atención (una imagen, una palabra, un rezo). 2. Cuando la atención se distrae de este objeto, se la trae suavemente de vuelta, una y otra vez. Este es el corazón del método. Con la práctica, la mente se aquieta y es capaz de permanecer enfocada por más tiempo. Lo más importante es disponer de un tiempo todos los días para meditar, y establecerlo como parte de la rutina diaria.

Los estratos más altos de la concentración y la calma

A medida que esta capacidad se entrena, se llega progresivamente a lo que los cristianos han llamado “la paz que supera el entendimiento”, que es un umbral a lo sagrado; una mente en paz y no perturbada se abre naturalmente hacia su fuente. Este es uno de los descubrimientos más antiguos e importantes de la humanidad: una mente tranquila está en estado perfecto para la iluminación. Dice el Rig Veda, un texto sagrado hindú de más de 3.000 años de antigüedad: “Traigamos a la mente a descansar en la gloria de la verdad divina”. Este es también el propósito del yoga, disciplina que busca controlar el cuerpo, la mente y la respiración con el fin de llevar a la mente hacia el silencio.

Al perfeccionar esta habilidad, crece también la bondad y se abre el corazón. El fin último es la práctica continua, en la que todas las actividades son una oportunidad para el despertar. La mente se transforma en un perfecto espejo para el mundo, y nace así la visión de lo sagrado.

 

5. Despertar la visión espiritual. Ver claramente y reconocer lo sagrado en todo.

“No vemos las cosas como son, sino como somos”, dice el Talmud. “Vivimos en semi-inconsciencia, nuestra visión espiritual está dormida”, dice Buda. En otras palabras, vamos por la vida en un un estado de semi-sonambulismo.

Sabemos que lo que nos da cada momento depende de la atención que le brindemos. Si la concentración nos permite dirigir la atención al momento, la presencia –o “mindfulness”- nos permite explorar ese momento en profundidad. Estar presentes a nuestras vivencias tiene un sinfín de beneficios: mejora nuestras relaciones, el mundo en el que vivimos, nuestras propias mentes. ¿Cómo mejora nuestras relaciones? Al estar más presentes a los demás advertimos su tono de voz, sus gestos, sus señales, logramos desarrollar con ellos una genuina empatía.

La presencia también nos permite registrar al mundo sensorialmente. A diferencia de lo que suele pensarse, la espiritualidad no se opone al disfrute de lo sensorial, sino apenas al apego a los placeres sensoriales, ya que toda forma apego causa sufrimiento. En cambio, las tradiciones llaman por igual a vivir cada momento con la percepción y los sentidos vivos y despiertos. Así, el cristianismo elogia “el sacramento del momento presente” y lo sufíes sostienen que “el mejor acto de reverencia es observar el momento”.

Ese habitar el momento nos permite responder con conciencia a las cosas que ocurren, en lugar de reaccionar impulsivamente. El mindfulness también favorece nuestra salud: reduce la presión arterial, el asma, el dolor crónico y las afecciones psicosomáticas. Y numerosos estudios confirman también que mejora el funcionamiento psicológico.

En sus estratos más altos, la facultad de la presencia nos permite apreciar lo sagrado en nosotros mismos y en todo lo que nos rodea. Cuando esto ocurre, aprendemos a ver “con el ojo del alma”. Al principio esto se produce sólo por instantes, como vislumbres de gran belleza que no permanecen. Pero con el tiempo esa capacidad se refina y nuestra mirada se asienta en ese lugar más alto, transformando todo lo mundano en una oportunidad para el disfrute espiritual.

 

6. Cultivar la inteligencia espiritual. Desarrollar la sabiduría y comprender la vida.

En la vida moderna estamos saturados de información, pero la sabiduría escasea. Todas las religiones han postulado a la sabiduría como uno de los más altos valores. ¿Qué es, exactamente, la sabiduría?

Al hablar de sabiduría nos referimos a una comprensión profunda de los temas centrales de la vida, especialmente los existenciales (el sentido de vivir, el desafío de armar relaciones, de aceptar por momentos la soledad, de reconocer nuestra pequeñez ante la vastedad del universo, de convivir con la incertidumbre y a la vez con la certeza de la muerte, la enfermedad y el sufrimiento). Una persona que logra un profundo conocimiento sobre estos temas, y además demuestra una facilidad para vincularse con ellos en forma práctica, es verdaderamente sabio.

Desde los antiguos griegos, se ha considerado que la sabiduría contiene estos dos aspectos: el visionario o de comprensión, y el aspecto práctico.

Pero, ¿a dónde acude uno en busca de sabiduría? No a la universidad, donde prima la información, ni, ciertamente, a los líderes políticos. Se acude, más bien, a las grandes tradiciones, las que han acumulado el conocimiento de los sabios por los siglos de los siglos. A la larga, sin embargo, hallamos sabiduría en cada persona o situación que somos capaces de experimentar con una mente abierta e inquisitiva.

Aun pudiendo aprender sabiduría de todas las cosas, no obstante, las tradiciones recomiendan cinco fuentes privilegiadas: la naturaleza, el silencio y la soledad, las personas sabias, nosotros mismos, y el reflexionar sobre la naturaleza de la vida y la muerte.

¿Y quiénes vendrían a ser los sabios? Obviamente los fundadores de las grandes religiones como Buda, Lao Tsé, Confucio, Jesús, Mahoma. También los profetas y discípulos que se dedicaron a transmitir sus enseñanzas. Pero no debemos quedarnos anclados en el pasado; la sabiduría no se ha extinguido con el paso de los siglos. De hecho, el siglo XX produjo muchas personas compasivas y sabias; la mayoría de ellas desconocidas, y otras, como Gandhi, la Madre Teresa y el Dalai Lama, figuras mundialmente reconocidas.

Pero no sólo se aprender de los iluminados: una persona que está apenas unos pasos más adelante en nuestra búsqueda puede, también, servirnos de inspiración. Estas amistades, nacidas de un amor común por lo sagrado, pueden ser únicas en su profundidad, y servirnos para avanzar en el camino. Dijo Buda: “Halla amigos que amen la verdad”.

Algunos ejercicios que ayudan a procurarnos sabiduría:

1. Pasar tiempo en silencio y soledad. Si hay una pregunta que te inquieta o preocupa, puedes enfocar la mente en ella en esos momentos. También puedes leer o rezar. Pero lo mejor es pasar ese tiempo en contemplación serena y sosegada.
2. Lectura de textos sagrados. El padre Thomas Keating recomendaba leerlos “deteniéndote a saborear cada palabra, buscando inspiración más que información”. Luego, detente a ver qué ideas y pensamientos estos textos evocan en ti.
3. Reconoce a tus maestros. Haz una lista de todas las personas que te han enseñado. Escribe sus nombres, las cualidades que los hacen especiales y qué te han enseñado; menciona también qué cualidades en ti te hicieron receptivo a sus enseñanzas. La lista puede incluir a niños, amigos, familiares, incluso a tus adversarios. Siente la gratitud de haber recibido sus dones de sabiduría.
4. Disfruta de la compañía de los sabios. ¿Qué personas que conoces personalmente consideras sabias, o se muestran siempre deseosas de aprender? Piensa de qué manera podrías ofrecerles tus servicios o pasar más tiempo con ellos, quizás en un grupo de estudio.

5. Descubre tu filosofía de vida. Gandhi describió su filosofía de vida en tres palabras (“Renuncia, y alégrate”). ¿Con qué tres palabras podrías describir la tuya? Medita y espera a que las palabras vengan.

6. Pide ayuda a tu sabio interior. Con los ojos cerrados y en estado meditativo, invoca un ser que emane compasión y sabiduría. Puede ser una figura histórica, actual o imaginaria. Imagina que se sienta a tu lado, con amor infinito, dispuesto a escucharte. Hazle las preguntas que necesites hacer, y espera su respuesta, sin apurar el proceso. Esta podrá venir en el momento, o más tarde. Agradece su ayuda antes de concluir la meditación.

6. Pasa revista a tu vida. Cada tanto, o cada día si es posible, detente un momento y piensa en la forma en que estás llevando tu vida. El momento ideal para esta práctica es por la noche, antes de irse a dormir. Revisa las acciones día sin juicio ni culpa, apreciando qué acciones procuraron el bien y cuáles podrían no haber sido las más conducentes. Aprecia los aciertos tanto a la vez que revisas los errores.

 

 

7. Expresar al espíritu en acción. Abrazar la generosidad y la alegría del servicio.

Ya lo dijeron Jesús y Mahoma: es más sagrado dar que recibir. Pero no siempre damos con alegría. ¿Por qué es así esto? ¿Por qué a veces vivimos el dar como un sacrificio? Ocurre que, así como llevar una vida ética es un aprendizaje, también se cultiva la virtud de dar con el corazón abierto. Se cultiva, principalmente, ejerciendo estas siete prácticas, que fortalecen la gratitud, el amor y la generosidad.

Las grandes religiones sugieren que la capacidad de dar se desarrolla en tres etapas 1. el dar tentativo, con ambivalencia y temor de extrañar más tarde lo que se entrega. 2. El dar fraterno, en el que uno comparte alegremente sus pertenencias con otros, motivados por la gracia de hacerlos felices. 3. Dar como un rey. En este estadío nos nace dar lo mejor que tenemos, porque la felicidad de los otros nos da tanto o más placer que la propia. En este nivel del dar el servicio se ha convertido en un privilegio y un placer, una práctica espiritual en sí misma.

La psicología ha comprobado que las personas generosas son más felices y saludables que las más avaras. Los primeros experimentan la así llamada “elevación del que ayuda”, el placer provocado por dar placer a otros. A este fenómeno, que también han bautizado  ”la paradoja del placer”, se explica porque, al dar de nosotros, aflojamos nuestro apego a emociones negativas como la avaricia, el egoísmo y los celos, fortaleciendo otras más positivas.

Hay un “secreto” bien guardado en el servicio, y es este: está bien disfrutarlo. Cuando uno disfruta del acto de dar, entrega más que lo que entrega; entrega, también, su propia felicidad. Nadie quiere ser asistido por alguien enojado o resentido. Para lograr esta alegría y esa apertura, lo primero es descubrir cuál es la forma en que a uno le gustaría servir. A menudo, esto coincide con los talentos que uno tiene para contribuir. Hay que darse tiempo para experimentar con distintas formas de servicio, hasta encontrar la propia. Dice la sabiduría judía: “Es importante empezar con uno, pero no terminar con uno.”

 

Los estratos más altos de la generosidad

Años atrás, cuenta Walsh, un joven se hallaba tan deprimido, que hasta pensó en tomarse la vida. ¿Qué podría hacer que la vida valiera la pena? En su peor momento, le vino la respuesta le vino como un relámpago: viviría para descubrir cuánto bien era capaz de hacer un hombre en su vida. Este hombre se llamaba Buckminster Fuller y vivió sesenta años más, durante los cuales patentó 2.000 inventos, escribió 25.000 libros y pasó a ser conocido como uno de los pensadores más grandes de su época. La respuesta a la pregunta que se hizo esa noche oscura resultó ser: mucho.

Los sabios han jugado a este juego por años: contribuir al mundo, y despertar. Despertar, y contribuir al mundo. Es el juego más grande que puede jugar el ser humano, el que más sentido y valor aporta a nuestras vidas. Los místicos modernos avalan esta verdad milenaria, y aconsejan: juega ese juego con intensidad, como si tu vida y tu cordura dependieran de ello, porque, de hecho, lo hacen.

Lleva adelante estas siete prácticas, no para tu propio beneficio solamente, sino para el beneficio de todos. Ama y sirve a la vida en sus infinitas formas, cuida de nuestro mundo atribulado. Nuestro mundo necesita desesperadamente que lo sanen, pero está en buenas manos: en las tuyas. En las de todos nosotros.

 

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