Mayas, espiritualidad y mitología

ESPIRITUALIDAD Y MITOLOGÍA DE LOS PUEBLOS  MAYAS

Al contrario que la mayoría de tribus diseminadas por México y Centroamérica, los mayas se han confinado en conjunto a una zona que incluye la península del Yucatán, Guatemala, Honduras británica, parte de los estados mexicanos de Tabasco y Chiapas, junto con las partes occidentales de Honduras y El Salvador; por lo tanto, el ciclo evolutivo del pueblo maya se desenvolvió exclusivamente en las zonas señaladas.

Después de cada incursión, el pueblo maya volvía al territorio del que había partido, como se ve el “Popol Vuh”, la trágica epopeya del pueblo maya-quiché, que es el único documento que conocemos hoy día y es digno de crédito, pese a que reúne la mitología, la cosmogonía y la relación de las migraciones y la crónica de los reyes del pueblo, consistente en una compilación escrita por autores nativos.

Fue encontrado en Chichicastenango, a fines del siglo XVII, por el fraile dominico Francisco Jiménez, quien lo tradujo al español y le agregó notas.

Este admirable libro sagrado es fruto de la imaginación y la sabiduría, donde la historia se confunde con la leyenda y lo real con lo mítico. Los cuatro personajes, Balam-Quizé, Balam-Acak o Balam-Ayrab (el tigre de la noche), Mojucutaj e Iqui-Balam, simbólicamente creados por las divinidades como primeros padres, pasan a ser caudillos y fundadores de pueblos o clanes (respectivamente de Chavec, de Ahuquicé y de Tamut o de Illorath, para después volver a divinizarse.

Practicaban el rito del “nahualismo” que en realidad no es más que el “totemismo” con ligeras diferencias de detalle. Pero en la mitología maya, a pesar de ser tan numerosa como complicada, no puede dejar de observarse el espíritu monoteísta que la anima cumpliéndose la ley de la evolución religiosa.

El hombre animal

Mientras los Formadores trabajaban, pensaron que cuando se hiciera la claridad, tenía que aparecer un ser que los invocara y para ello debía saber hablar, nombrar. Y habría de comer, beber y respirar. Para el futuro ser, crearon un mundo adecuado que tenía tierra, agua, aire, plantas y animales. Y estando terminada la creación dijeron a los animales: “Hablad y alabadnos”.

Pero no se pudo conseguir que hablaran como los hombres; sólo chillaban, cacareaban y graznaban; no se manifestó la forma de su lenguaje y cada uno gritaba de manera diferente. Cuando el Creador y el Formador vieron que no era posible que hablaran, se dijeron entre sí: ”No ha sido posible que ellos digan nuestro nombre, el de nosotros, sus creadores y formadores. Esto no está bien”. Entonces se les dijo:”Seréis cambiados porque no se ha conseguido que habléis. Hemos cambiado de parecer: vuestro alimento, vuestra postura, vuestra habitación y vuestros nidos, los tendréis, serán los barrancos y los bosques, porque no se ha podido lograr que nos adoréis ni nos invoquéis. Vosotros aceptad vuestro destino: vuestras carnes serán trituradas”. Y los animales sirvieron para alimento unos de otros.

El hombre de barro

Entonces, al acercarse la aurora se dijeron que debían apurarse y realizar otro intento. De tierra, de lodo hicieron la carne del hombre. Pero vieron que no estaba bien, porque se deshacía, estaba blando, no tenía movimiento, no tenía fuerza, se caía, estaba aguado, no movía la cabeza, la cara se le iba para un lado, tenía velada la vista, no podía ver hacia atrás. Al principio hablaba, pero no tenía entendimiento. Rápidamente se humedeció dentro del agua y no se pudo sostener. Entonces deshicieron su obra y discutieron en concejo.

El hombre de madera

Decidieron hacer un hombre de madera y procedieron. Al instante fueron hechos los muñecos labrados en madera. Se parecían al hombre, hablaban como el hombre y poblaron la superficie de la tierra. Existieron y se multiplicaron; tuvieron hijos e hijas, pero no tenían alma, ni entendimiento, no se acordaban de su Creador, de su Formador; caminaban sin rumbo y andaban a gatas. Ya no se acordaban del corazón del Cielo y por ello cayeron en desgracia.

Fue solamente un ensayo, un intento de hacer hombres. Hablaban al principio, pero su cara estaba enjuta; sus pies y sus manos no tenían consistencia; no tenían sangre, ni sustancia, ni humedad, ni gordura; sus mejillas estaban secas, secos sus pies y sus manos.

Enseguida fueron aniquilados, destruidos y deshechos los muñecos de palo y recibieron la muerte. Una inundación fue producida por el corazón del Cielo; un gran diluvio se formó, que cayó sobre las cabezas de los muñecos de palo. Llegaron entonces los animales pequeños, los animales grandes y los palos y las piedras les golpearon las caras. Se pusieron todos a hablar: sus ollas, sus platos, sus perros, sus piedras de moler, todos se levantaron y les golpearon las caras. Desesperados, corrían de un lado para el otro; querían subirse sobre las casas y las casas se caían y los arrojaban al suelo; querían subirse sobre los árboles y los árboles los lanzaban a lo lejos; querían entrar en las cavernas y las cavernas se cerraban ante ellos. Así fue la ruina de los hombres que habían sido creados y formados, de los hombres hechos para ser destruidos y aniquilados. A todos les fueron destrozadas las bocas y las caras. Y dicen que la descendencia de ellos son los monos que existen ahora en los bosques. Y por esta razón el mono se parece al hombre, es la muestra de una generación de hombres creados, de hombres formados que eran solamente muñecos y hechos solamente de madera.

El hombre de maíz

Los Formadores conversaron y decidieron poner alimento y bebida saludable en el interior del ser humano; por ello de maíz blanco y amarillo formaron su carne y prepararon líquidos con los que hicieron su sangre, produciendo su gordura y vigor. Y como tenían apariencia de hombres, hombres fueron; hablaron, conversaron, vieron y oyeron, anduvieron, agarraban las cosas; eran hombres buenos y hermosos.

Fueron dotados de inteligencia; vieron y al punto se extendió su vista, alcanzaron a ver todo lo que hay en el mundo. Las cosas ocultas por la distancia las veían todas sin tener primero que moverse. Acabaron de ver cuanto había en el mundo. Luego dieron gracias al Creador y al Formador: “En verdad os damos las gracias dos y tres veces. Hemos sido creados, se nos ha dado una boca y una cara, hablamos, oímos, pensamos y andamos; sentimos perfectamente y conocemos lo que está lejos y lo que está cerca. Vemos también lo grande y lo pequeño en el cielo y en la tierra…”.

Acabaron de conocerlo todo y examinaron los cuatro rincones y los cuatro puntos de la bóveda del cielo y de la faz de la tierra. Pero el Creador y el Formador no oyeron esto con gusto: “No está bien lo que dicen nuestras criaturas, nuestras obras; todo lo saben, lo grande y lo pequeño”, dijeron. Y así celebraron concejo nuevamente los progenitores: “¿Qué haremos ahora con ellos? ¡Que su vista alcance a lo que está cerca, que sólo vean un poco de la faz de la tierra! No está bien lo que dicen, ¿acaso no son por su naturaleza simples criaturas y hechuras nuestras? ¿Han de ser ellos también dioses?”. Así dijeron, así hablaron e inmediatamente cambiaron la naturaleza de sus obras, de sus criaturas.

Entonces el corazón del Cielo les echó un vaho sobre los ojos, los cuales se empañaron como cuando se sopla sobre la luna de un espejo. Sus ojos se velaron y sólo pudieron ver lo que estaba cerca, sólo esto era claro para ellos. Así fue destruida su sabiduría y todos los conocimientos de los hombres, origen y principio de la raza Quiché… Allí estaban sus mujeres, cuando despertaron y al instante se llenaron de alegría sus corazones a causa de sus esposas.

La religión de los mayas

Según algunos expertos, éstos poseían cuatro dioses principales o “Bacabs”, correspondientes a los cuatro puntos cardinales. Probablemente creían en un gran dios creador, conservador y bienhechor, que quizá corresponda al Nohochacyunt o Nohochyumchac. Nacido de dos flores, la chacnicte y la zacnite, se encontraba por encima de los demás dioses y en lucha continua con Hapikern, un dios malvado, encarnado en forma de serpiente, que al fin del mundo será vencido.

El buen dios mencionado tiene tres hermanos: Jautho, Usukun y Uyitzin y junto a ellos se venera a la diosa madre Akna, correspondiente a la antigua Izchel y esposa de Chichacchob o Akanchob.

Después de estas divinidades surge el nombre de Itzamna, cuyo culto tenía su centro en Itzamal, donde había dos templos principales erigidos en las dos pirámides mayores de la población, en los que se ofrecían presentes y sacrificios. Este dios se hallaba estrechamente relacionado con el dios Sol y estaba asociado a otros dioses menores, entre los cuales se contaba el dios del maíz. Incluso se le adoraba como hijo del sol.

Itzamna pasaba por dios o héroe civilizador, inventor, entre otras cosas, del arte de dibujar y de la escultura jeroglífica.

Con el nombre de Cuculcán (o Kukulcán), los mayas adoraban en Guatemala a una divinidad simbolizada por una serpiente con plumas. Sus ondulaciones representaban las ondas del agua, del aire y, en general, de las misteriosas fuerzas del Universo. La historia mítica dice que en cierta ocasión, Cuculcán llegó del Oeste con diecinueve compañeros, de los cuales dos eran dioses de los peces, otros dos lo eran de la agricultura y uno más dios del trueno. Permanecieron diez años en Yucatán, donde Cuculcán estableció unas leyes sabias y prudentes. Luego, se embarcó y desapareció hacia donde el sol se levanta.

Los mayas, lo mismo que los aztecas, creían en las cuatro eras sucesivas terminadas por cataclismos. La anterior a la actual habría acabado con un diluvio.

Otro templo estaba dedicado a Kinich-Kakmo (ara del fuego solar).

Durante la celebración de la principal de estas ceremonias se reunían todos los personajes de importancia y los sacerdotes de Mani con una muchedumbre preparada con ayunos y abstinencias. Por la tarde salían en procesión con gran número de comediantes de la mansión del príncipe y avanzaban lentamente hasta el templo de Cuculcán, donde oraban, veneraban a sus ídolos, hacían renovación del fuego sagrado y realizaban abundantes obluciones de carne, mientras los que habían ayunado pasaban cinco días con sus noches en fervorosa oración y ejecutando danzas sagradas.

Los antiguos mayas se extraían sangre de diversos puntos del cuerpo, especialmente del miembro viril, de las orejas y la lengua.

***

En un momento impreciso de la historia del pueblo maya apareció en su mitología un personaje, que aún no está claro si fue un jefe religioso, un reformador o un caudillo, que tuvo acceso al panteón maya hasta el punto de figurar en todas las sucesivas génesis junto a Itzamná, el señor de los cielos. Se llamaba Kukulkán o Quetzalcoatl, que en maya y tolteco significa “serpiente emplumada”.

La leyenda recogida por primera vez por Diego de Landa, narra que ese personaje llegó a la península del Yucatán desde México, desembarcando en la comarca situada entre Champotón y Punta Aguada. Con los itzás (“los de habla retorcida”), que poblaron Chichén Itzá (“la boca del pozo de los itzá”), reinó un gran señor llamado Kukulkán, que era, al parecer, un hombre hermoso, el cual no se casó ni tuvo hijos.

Tras su regreso, lo adoraron en México y el Yucatán. Este misterioso personaje tenía la piel blanca, era seguido por unos veinte mandatarios religiosos en funciones de sacerdotes, e importó nuevos conceptos de religión.

Chichén Itzá

La tradición local asegura que los mayas que vivieron en localidades cercanas en los siglos precedentes a la Conquista tenían mucho miedo de acercarse a las abandonadas ruinas de Chichén Itzá por lo noche, cuando, según creían las almas de sus antepasados merodeaban por allí; sus efigies en las esculturas, paneles, columnas y frisos se abalanzaban cuando la luz de la luna se filtraba por entre las nubes en movimiento.

Esta ciudadela está llena de imágenes de serpientes emplumadas, al igual que la del jaguar. Existe una íntima relación entre serpiente y jaguar en todo el complejo, casos, inclusive, en que las patas delanteras del último sostienen el cuerpo de la primera.

La hibridación de estos dos animales tuvo su origen en el mundo olmeca y alcanzó pleno apogeo en el Templo de los Jaguares de Chichén Itzá, cuya parte posterior da al juego de pelota.

La imponente pirámide de Kukulkán (también llamada Pirámide del Sol o Pirámide El Castillo) tiene noventa y un escalones hasta lo alto de cada una de sus cuatro caras; trescientos sesenta y cuatro escalones en total, con la terraza superior (a treinta metros del suelo) completando la cuenta de trescientos sesenta y cinco. Cada uno de los cincuenta y dos paneles de la pirámide representa un año en el calendario maya.

El Caracol, un edificio así bautizado por el explorador estadounidense John Lloyd Stephens en 1841, contiene dos pasadizos circulares y dentro de ellos hay una escalera de caracol que asciende veinticinco metros hasta un observatorio redondo orientado a los cuatro puntos cardinales.

Ofrenda a los dioses

El sacrificio humano, debe considerarse, aparte de una antiquísima tradición del pueblo maya, como un excelente medio para conservar el poder. No cabe la menor duda de que en su origen el sacrificio humano tuvo solamente un carácter propiciatorio, como una ofenda a los dioses para aplacar su ira y obtener sus favores. Con el paso de los años, los ofrecimientos de sangre y vida se transformaron lentamente en ofrendas de alimentos y bebidas. Pero en el imperio maya la sangre humana continuó siendo el medio supremo para impetrar el perdón o la gracia de los dioses, incluso del misterioso dios creador.

El ritual del sacrificio humano no siempre era el mismo, ni siquiera dentro de una misma región. Se sacrificaba, por ejemplo, a un prisionero de guerra como acción de gracias por una victoria obtenida. Y a veces a un guerrero propio en señal de expiación por una súbita derrota; se vertía la sangre de una mujer virgen para acelerar la llegada de las lluvias; del hijo de un noble para conseguir la curación de una enfermedad del maíz; de un número impreciso de esclavos para inducir a un determinado dios a revelar un secreto.

En definitiva, los motivos del sacrificio humano podían ser sugeridos por el deseo de agradecer, expiar o impetrar. También eran diferentes los modos de efectuarlo: para algunas ceremonias era necesario que el sacrificio se entregara voluntariamente al suplicio, danzando y cantando. Durante un mes entero era considerado sagrado e inviolable, podía ataviarse con telas reales o sacerdotales, comer los manjares más apetitosos y hacerse acompañar por las más hermosas jóvenes, incluso las hijas del rey. Después, desnudo y pintado de azul encima de la cabeza la corona de plumas del sagrado Quetzal, debía afrontar valerosamente la muerte espantosa y acercarse al altar del sacrificio cantando y bailando y desafiando al mundo entero. Así era su despedida a los montes y los valles.

El sacrificado, otras veces, totalmente consciente, era arrastrado a la fuerza hasta el ara del sacrificio y cuanto más lloraba tanto más satisfechos se mostraban los sacerdotes, que deseaban que sus gritos llegaran al décimo tercer cielo, morada de los dioses.

La víctima era atada al ara, donde el sumo sacerdote le rasgaba el pecho bajo la última costilla izquierda, introduciendo rápidamente la mano para arrancarle el corazón palpitante que, generalmente, era arrojado a la llama sagrada, que resplandecía ante la divinidad.

La víctima podía ser atada a un muro con brazos y piernas separados y su suplicio duraba varias horas; el desventurado se iba desangrando prácticamente por medio de las heridas abiertas con cuchillos o atravesado por flechas lanzadas mediante arcos. Unas ánforas pequeñas recogían la sangre que luego esparcían alrededor “porque los dioses están en todas partes”; antes, no obstante, el sumo sacerdote esparcía una pequeña cantidad en dirección de los cuatro puntos cardinales.

Aquí cabe recordar que la oferta de sangre era también una costumbre individual. Muchos fieles practicaban incisiones en los lóbulos de las orejas, labios y nariz y recogían la sangre para ofrecerla a los dioses. Tal ofrenda se consideraba el máximo honor que se le podía rendir.

Susto y espanto

La ocasión más favorable para introducirse en un cuerpo humano la tienen los espíritus malignos cuando el sujeto se ve lleno de “susto o espanto”.

En general, puede decirse que “susto” indica un miedo o espanto de tono menor, mientras que “espanto” es aquello que suscita un enorme terror.

Según los cánones de su medicina, toda enfermedad se inicia con un susto o un espanto, porque la sangre se enfría o hiela en las venas, lo que significa que se ha sufrido una fuerte impresión.

El brujo deberá inducir al paciente a confesar sus penas más íntimas y una vez logrado esto obrará casi un milagro, puesto que el solo hecho de haberse desahogado con el brujo llevará un gran alivio al corazón de la persona enferma.

Los curanderos adoptaron ya en tiempos remotos el principio de que sin causa no hay efecto, atribuyendo las causas a las actividades de los espíritus malignos y deja el resultado de la curación en las manos divinas.

La consecuencia más grave de un susto es la pérdida del alma, hecho del que el enfermo nunca se da cuenta. El curandero es el encargado de descubrirlo, tras haber hallado al alma, obligándola a volver al cuerpo, si se marchó por su propia voluntad o logrando que el ladrón la devuelva, pues de lo contrario el verdadero dueño de ella moriría.

Costumbres

“Costumbre” entre los mayas significa “uso”. Si se dice “es la costumbre” se entiende que “es el uso”, o sea que “siempre se ha hecho así”.

Para los mayas también es una costumbre la misa celebrada por el párroco, así como las invocaciones de los brujos y hechiceros para pedir la lluvia; es costumbre el sortilegio para que el hijo sea varón, como lo es el rito del chamán para restituir el alma robada.

Estos ritos están presididos por distintas categorías de brujos y para entender la confianza que los mayas hoy día aún tienen en ellos es necesario saber que una mujer o un hombre no se convierten en brujos por herencia o estudio, sino por revelación. Con raras excepciones, esa revelación se produce cuando ya el ser humano cuenta con más de 30 años y sucede durante el sueño.

Se le aparece al durmiente un santo o un espíritu benigno y le transmitía su misión, dándole las primeras instrucciones. El espíritu suele ser un ente sin relación alguna con el cristianismo, convirtiéndose en el dios tutelar del nuevo brujo, quien está obligado a anunciar a la comunidad todo lo referente a la revelación, estando solamente permitido el secreto cuando en el sueño aparece un “tiewu”, es decir un diablo.

A partir de ese momento, el brujo continuará manteniendo conversaciones con su dios tutelar, quien le aconsejará en los diferentes casos que se presenten. Por lo común, el período que puede llamarse aprendizaje, dura un mínimo de cinco años a un máximo de diez, durante los cuales el brujo puede ingresar en una fraternidad de hechiceros, que le otorgarán una posición de acuerdo con sus méritos.

En general, los brujos se temen unos a otros y las brujas muy raras si no son parteras, gozan fama de tener más poder que los brujos respecto a las enfermedades femeninas, puesto que los dioses pertenecen a los dos sexos y normalmente las mujeres son atacadas por las deidades de su mismo sexo.

Las “costumbres” pueden celebrarse de día o de noche, según el resultado que se desee obtener. Para los mayas, también la noche es el reino de los espíritus, muchos de los cuales temen al Sol, viéndose obligados a ocultarse desde el amanecer hasta el ocaso, siendo natural que para invocarlos sea preferible hacerlo de noche.

Las costumbres se dividen en ritos colectivos o individuales, según lo que se pretenda conseguir: protección contra uno o varios enemigos; ayuda contra un daño; solicitud de dones.

Las costumbres individuales tienen lugar por lo general en el lugar donde se ha originado o producido el daño: si se trata de una forma de susto o espanto; en lo alto de un monte o en un templo, si se desea obtener una gracia especial.

Referente a la costumbre del incesto, podemos decir que con respecto a los mayas el incesto era bastante común, aunque algunos autores aseguran que el incesto fue la consecuencia del derrumbamiento del imperio maya y de las terribles guerras civiles posteriores.

Los clanes y las familias, que antaño habían residido en las ciudades sagradas para las prácticas religiosas y comerciales, buscaron sitio en localidades cada vez más aisladas, renunciando a todo contacto con los extranjeros, más por miedo a verse esclavizados que por otra cosa. De esta manera, las relaciones sexuales fueron reduciéndose al interior de cada clan o familia, derivándose de esto la práctica ineludible del incesto.

Bibliografía:

Ø “Diccionario de mitología y religiosidad mesoamericana”, Yolota Gongález, Larousse, 1999, México D.F.

Ø “Popol Vuh”, Anónimo

Ø “Mitos y leyendas mayas”, R.R. Ayala, Edicomunicación, 1998, Barcelona, España

Ø “Leyendas de la serpiente emplumada”, Neil Baldwin, Plaza & Janés, 1999, Barcelona, España

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