Guaraníes Mbya, cultura y espiritualidad

GUARANÍES MBYA, CULTURA Y ESPIRITUALIDAD

Vida familiar, economía, educación, alimentación                        

“En la visión Mbya la tierra no es solo un recurso de producción, sino un ámbito de relaciones sociales, además de ser escenario de la vida religiosa. En la cultura Mbya tan importante como las necesidades de subsistencia son las necesidades no materiales, ligadas al plano simbólico que da sentido a la existencia

Los indios Jeguaká Tenondé, generalmente llamados Mbya y a veces, despectivamente, ka’yguá, viven en pequeños grupos que raramente exceden de cuatro o cinco familias, diseminados por el departamento del Guairá. Son sedentarios y tienen gran apego al lugar que habitan: tataypy rupá, asiento de sus fogones. En verano, sin embargo, viajan mucho, visitándose mutuamente y recorriendo el departamento, que ellos consideran el centro de la tierra, cuna de la raza, de confín a confín.

Poco se ha hecho aún por facilitar su adaptación a la vida civilizada y no siempre han sido objeto de la consideración que merecen. El incremento que han tomado en estos últimos años las explotaciones forestales y la consiguiente disminución en el número de animales silvestres, ha afectado adversamente su economía; y, en parte debido al hecho de carecer de tierras propias, ha llegado a menguar su amor a la agricultura, cultivando en la actualidad, apenas lo indispensable para vivir.

El que haya disrninuido la capacidad productiva del Mbya como agricultor, sin embargo, no debe atribuirse al solo hecho de carecer de tierras propias: con el relajamiento de la cohesión y disciplina tribales y la virtual desaparición del cacicazgo, nadie impone la ley que antaño regía sobre el área mínima a cultivarse. Subsiste, empero, la obligación sagrada de dar de comer a todo miembro de la tribu que llegare al “tapyi” (vivienda) ; y esta anomalía trae como consecuencia el que muchos que se alejan de las tolderías en época de la siembra alucinados por el espejismo de una vida fácil en obrajes y yerbales, vuelven en los meses flacos a consumir el fruto de las labores de aquellos que prefirieron dedicarse a las faenas agrícolas. No es por consiguiente de extrañar que el Mbya, originariamente excelente agricultor, apenas produce en la actualidad lo suficiente para no morir de inanición.

La rama del guaraní hablada por los Mbya es interesantísima, tanto desde el punto de vista del guaranista como del filólogo y etnólogo. Contiene numerosas voces de las que carece la llamada “lingua geral” o guaraní clásico de Montoya; y el hecho de desconocer ellos un número elevado de voces de la “lingua geral”, hace presumir que su idioma ocupa un lugar intermedio entre una lengua madre y la rama más desarrollada del guaraní.

Además del vocabulario corriente, existe el religioso, llamado “ñande ary guá ñe’é” —palabras de los situados encima de nosotros, o ne’é porá – palabras hermosas – empleadas exclusivamente en las plegarias, himnos sagrados y mensajes divinos recibidos de los ancianos y ancianas para ser trasmitidos a los miembros de la tribu. Son palabras, frases y locuciones pronunciadas siempre con el mayor respeto, y en ningún caso se divulgan a personas que no gocen de la plena confianza de los indígenas.

Transcribo a continuación la traducción literal de los principales capítulos del código actualmente en vigor, recopilados mediante la colaboración de los mburuvicha —-dirigentes-— más avezados.

  • Violación: El que se apodera violentamente de una niña, echándose con ella al lado del camino, recibirá numerosos azotes. En su defecto, entregará a la niña lo que ésta le pidiere. Si muriera la niña, morirá también el que la derribó.
  • Heridas: El que hincara a su prójimo con cuchillo o le hiriera con flecha; el que cortara, el que castigara con sable de madera (yvyrá raimbé), pagará lo que pidiera la víctima. En su defecto, será herido con cuchillo o con flecha, cortado o castigado con sable de madera. Debe purgar su delito.
  • Hurto: El que hurtare, recibirá azotes, o devolverá lo hurtado, a fin de que vuelva a reinar la armonía entre los hombres.
  • Adulterio: Si la madre de tus hijos pecare a escondidas con otro, puedes repudiarla inmediatamente, pero sin maltratarla. Puedes reprenderla, sin embargo, dándole buenos consejos; pero si vuelve a pecar a escondidas, debes repudiarla. (En un juicio por infidelidad al que asistí, el seductor fue multado, volviendo la mujer con su marido) –
  • Incendio intencional: Aquel que por desamor incendiara la vivienda de su prójimo, sufrirá el mismo castigo; únicamente así reinará la armonía.
  • Hechicería: Aquel que dirige plegarias a Mba’é Pochy (el demonio) y mediante la mala ciencia así adquirida hiriere furtivamente (embrujar, hechizar) será herido repetidas veces en el brazo, para que se atemorice; si aquel a quien ha herido muriera, debe morir también el que lo ha herido furtivamente, para acabar con los que no aman a sus prójimos.
  • Homicidio: Si a pesar de los buenos consejos recibidos por mí de los de arriba y divulgados por mi a los de mi tribu, surgiera entre nosotros alguien a quien Mba’é Pochy hiciera perder la cabeza para que arrebatara la vida a un semejante, esto lo purgará con su vida (o mbo-eko-viá, dará en retribución). Esta es la única manera de obtener que vuelva a reinar la armonía, curándose el dolor de corazón de los deudos del muerto.

El acto de ejecutar en el homicida la pena de muerte se celebra ruidosamente con música, tambores y cajas, en presencia de toda la tribu. El alma del ajusticiado, dicen, es entregada por los dioses a Mba’é Pochy, quien la devora. Si ha matado a más de uno, la ley exige que su pariente más cercano muera con él; y sé de un caso en que, habiéndose asilado el victimario en el extranjero, fuera del alcance de la ley tribal, pagó la última pena su hermano mayor.

Como todas las tribus guaraní, los Mbya poseen conocimientos no despreciables de botánica, y conocen una gran variedad de yerbas medicinales de cuyas virtudes terapéuticas saben aprovecharse debidamente. Utilizan también en el tratamiento de las enfermedades comunes, hongos, algunos insectos, grasas de animales y de pescados. Muchas enfermedades graves, sin embargo, se deben a hechizos, a las malas artes de los que adquirieron “la mala ciencia”; o a heridas invisibles causadas por los seres invisibles que pueblan las selvas. Estas dolencias no ceden al tratamiento común, requiriendo la intervención del anciano o la anciana de la tribu para conjurar el maleficio, lo cual se consigue extrayendo del cuerpo del enfermo, mediante la succión, yerbas venenosas, guijarros y gusanos

Al llegar a la pubertad, recibe el Mbya consejos de la anciana de la tribu acerca de la manera de portarse. “Ya no eres criatura”, le dice, “y debes imitar la conducta de los hombres; debes ser ágil y trabajador, no quiero que seas como yo. En breve querrás casarte con una niña que tenga madre, que tenga padre. ¿Crees tú que su madre, su padre, la querrán entregar a alguien que la obligará a vivir en una choza destartalada por no saber construir una vivienda? ¿Crees tú que tu mujer permanecerá contenta si la haces pasar hambre por no haber sembrado lo suficiente para alimentarla?

No te olvides nunca de los situados encima de nosotros; únicamente los que se acuerdan de ellos prosperan (literalmente: alcanzan altura, i jyvaté í).

El matrimonio no se celebra con ninguna ceremonia ni rito; el galán se presenta a solicitar la mano de la muchacha, la que generalmente es cedida. En caso de denegarse la solicitud, generalmente se fugan los enamorados, y asunto terminado. El que el novio no posea casa ni plantaciones, carece de importancia, pues en donde haya un taipyi está seguro de hallar alojamiento y comida gratis. —Es usual la poligamia, designándose a la primera mujer con el nombre de “ta’y chy aé“, la verdadera madre de los hijos; y las demás “ta’y chy jevy“, posteriores madres de los hijos. A los recién casados se les recomienda especialmente no burlarse de los defectos de los demás, para asegurarse una descendencia sana y libre de defectos.

Después del alumbramiento la mujer se somete a régimen —o je koakú— durante una luna, absteniéndose de carne, sal y miel; pero siéndole lícito comer de la carne del oso hormiguero, kaguaré cuy carne es “ajá-ey“, no – prohibida, lícita, por haber sido creado especialmente para el efecto por Pa’í Reté Kuaray. El hombre también se abstiene de trabajos pesados- durante unos ocho días, para evitar que el recién nacido se perjudique —o je arúa.

El ombligo del recién nacido lo espolvorean con esporas de un hongo diminuto llamado “arúa poá” —remedio de lo dañino, lo perjudicial, y a veces con tierra lavada por la lluvia o calcinada. Para evitar que el párvulo sea molestado por “aquellos que no vemos”, v. gr., duendes invisibles, encienden de noche una bujía hecha de cera de abejas ei-rakuai ñachi, llamadas kuañeti en el guaraní contemporáneo y en la Argentina, camoatí. Periódicamente entonan himnos acompañados de música sagrada, kumbijáre, rogando a los dioses que conserven la salud de los niños

La primera siembra, que debe efectuarse durante la luna menguante en que florece el tajy (tavevuya ype) por anunciar la floración de este árbol la terminación de las heladas, consiste en maíz, mandioca, frijoles, batata dulce y maní. La segunda, de maní, maíz enano precoz y frijoles, se efectúa hallándose madura la fruta del muembe (philodendron). En las plegarías que elevan a Jakairá, dios de la primavera, para que envíe a sus hijos a proteger sus sembrados contra la langosta y otras plagas, recalcan el hecho de que lo que han sembrado está destinado a alimentar a toda la tribu y que no son ellos los únicos que lo aprovecharan.

Cuando maduren los frutos de tu chacra, darás de comer a los de tu tribu, sin excepción alguna. Para que se harten todos es que llegan los frutos a su madurez, y no para que sean objeto de avaricia. Dando qué comer a tu prójimo, verán los de arriba que amas a los del asiento de tus fogones y ellos añadirán días a tu vida para que repetidas veces puedas volver a sembrar.

Este precepto sagrado, trasmitido textualmente a través de los siglos, de generación en generación, es cumplido religiosamente; pero, como queda dicho, la ley que ordena a todo hombre casadero a cultivar una extensión determinada para asegurar la alimentación de la tribu, ha caído en desuso. El problema resultante de este incumplimiento de la ley tribal es de los que estudian los indigenistas del Paraguay y los poderes públicos del país.”

Artesanía tradicional / materiales utilizados                        

Los Mbya son, de los indígenas que habitan la región oriental, quienes conservan con mayor arraigo la antigua técnica de los cestos típicos de sus antepasados del área amazónica, casi siempre ornamentados.

El arte ornamental en su cestería – ejercitado por los varones – manifiesta una expresión estética mucho más variada y rica que la que hallamos en sus obras en cerámica.

Los cestos difieren por su tamaño y forma, pero la técnica ornamental constituye un elemento Mbya tradicional, sin faltar los objetos extraños a su cultura que reciben el aditamento de un revestimiento trenzado (botellones de vidrio, por ejemplo).

Para la confección de los cestos emplean tiras de takuarembo, con anchos de 4 a 5 mm, y corteza negra de guembepi, que se unen utilizando la técnica de entretejido. Su forma es circular o ligeramente rectangular, con leve ensanche en los bordes. Los cestillos circulares para guardar plumas suelen tener la tapa trenzada. Los cestos grandes, utilizados para transportar frutos, llevan un refuerzo exterior constituido por dos listones de 3 cm de ancho que se cruzan en el fondo. Estos suben hasta el borde y luego son doblados hacia el exterior. Finalmente colocan una faja trenzada de guembepi que sirve para facilitar el transporte del cesto. Los diseños ornamentales cubren toda la pared del cesto, o se aplican por bandas, formando motivos geométricos, casi siempre de manera asimétrica; en el interior la decoración consiste en cuadritos negros y blancos al modo de un damero.

Los Mbya, buenos cultivadores de mandioca y maíz, hacen unos cedazos para cernir sus harinas, semejantes a los confeccionados por los Ava Guarani, aunque más ornamentados, utilizando fibras de guembepi. Se confeccionan con las tiras de takuarembo, entramándose dos por dos, más o menos distanciadas, sirviendo de borde un listón de madera liviana de unos 3 a 5 cm. de alto, cuidadosamente ornamentado.

Religión y Mitos importantes                        

Ñande Ru creó cuatro grandes seres:

Karai, dueño del ruido del crepitar de llamas, dios del fuego, con su esposa, Kerechú;

Jakairá, dueño de la humareda vivificante, dios de la primavera, con su esposa Ysapy;

Ñamandú, dios del sol, y su esposa Jachuká;

Tupã Ru Etê, dios de las lluvias, el trueno y el rayo y su esposa Pará.

A estos cuatro dioses y sus esposas se les aplica el nombre de “i puru’ ã ey va’é” – los que carecen de ombligo – subrayándose con está designación el que fueron creados y no engendrados. Tienen numerosa descendencia, pero estos hijos, por haber sido engendrados y no creados, ya tienen ombligo.

Karai, Jakairá, Ñamandu y Tupã son los encargados de enviar almas a la tierra para que se encarnen en los cuerpos de las criaturas por nacer. Ellos envían los espíritus masculinos, y sus consortes, los femeninos; por esto se les conoce también con el nombre de Ñe’é Ru Eté, verdadero padre de la palabra – alma; y Ñe’é Chy Eté, verdadera madre de la palabra – alma, respectivamente. De acuerdo con la región del paraíso de donde es oriunda la palabra – alma que se encarna, cuyo origen es determinado en solemne ceremonia por el mburuvíchá —dirigente de la tribu—, recibe el hombre el patronímico sagrado que ha de acompañarlo hasta la tumba como parte integrante de su ser.

Los ambá, moradas de los dioses Mbya, están situados en el centro del firmamento, a ambos lados de la trayectoria del sol; las regiones celestes, situadas al norte y sur de la órbita del astro, pertenecen a los dioses de otras razas.

Creen los Mbya en la dualidad del alma, siendo sinónimos para ellos “parte divina del alma”, y “habla”, por ejemplo, ñe’é. La palabra – alma la envían los dioses para que se encarne y, muerto el hombre, vuelve a la morada del que la enviara. A-ngüé, el ex – ser, el ser – que – fue (á, ser o estar enhiesto, erguirse), producto de las pasiones y apetitos, tekó achy, permanece en la tierra, y si no se le obliga a alejarse del tapyi con fumigaciones de humo de tabaco, plegarias y cánticos, puede causar la muerte de sus allegados.

La primera tierra, Yvy Tenondé, fue destruida por las aguas del diluvio, Yvy Ru’ü, tierra blanda. Todos los hombres virtuosos que la habitaban, libradas de tekó achy, las pasiones humanas, ascendieron a los cielos; los que habían incurrido en pecado fueron metamorfoseados en insectos, aves, reptiles y animales, en cuya forma ascendieron también a los paraísos. Reconstruida la tierra por un hijo de Jakairá, dios de la primavera, volvió a poblarse con imágenes — ta’angá — de los habitantes de las regiones celestes, siendo los Mbya descendientes directos de una mujer que vivía en Yvy Yvyté, el centro de la tierra (el Guairá) y del dios Ysaupí quien rehizo la tierra.

En las tradiciones religiosas guaraní – Mbya ocupa lugar destacadísimo Pa’í Reté Kuarahy, el señor del cuerpo como el sol, hijo de dios y de mujer guaraní; y Jachy-ra, futura luna, creada ésta por Pa’í para secundarle en sus tareas, consistentes en la creación de abejas melíferas, liberar la tierra nueva de seres malignos, encarnaciones del espíritu del mal, y provisión a los Mbya de un código que regiría su vida.’ Es un hecho notable que el origen de numerosas locuciones de empleo cotidiano en el guaraní contemporáneo, lenguaje íntimo del pueblo paraguayo, como también la etimología de algunas voces de oscuro origen, hay que buscarlo en las tradiciones referentes a este dios autóctono, a pesar de varios siglos de Cristianismo y de tenaces esfuerzos por desterrar del alma del pueblo todo vestigio de la religión aborigen.

Las plegarias e himnos sagrados y los capítulos de la religión referentes a la aparición del Creador, la creación del lenguaje humano, la alocución dirigida por Ñande Ru a los padres del alma referente al envío de palabras – almas a la tierra, de indiscutible valor poético todos ellos, y algunos, de profundo contenido filosófico, llámanse  ñe’e porã tenondé —primeras palabras hermosas— considéranse sagrados y se divulgan únicamente a los miembros de la tribu.”

Transcribiremos a continuación algunas de esas ñe’e porã tenondé recopiladas por León Cadogan entre los Mbya a mediados del siglo XX:

La Primera Tierra

El verdadero Padre Ñamandú, el primero, habiendo concebido su futura morada terrenal, de la sabiduría contenida en su propia divinidad, y en virtud de su sabiduría creadora, hizo que en la extremidad de su vara fuera engendrándose la tierra.

Creó una palmera eterna en el futuro centro de la tierra; creó otra en la morada de Karaí;creó una palmera eterna en la morada de Tupã, en el origen de los vientos buenoscreó una palmera eterna; en los orígenes del tiempo – espacio primigenios creó una palmera eterna; cinco palmeras eternas creó: a las palmeras eternas está aseguradala morada terrenal.

Existen siete paraísos; el firmamento descansa sobre cuatro columnas: sus columnas son varas – insignias. El firmamento que se extiende con vientos lo empujó Nuestro Padre, enviándolo a su lugar.

Habiéndole colocado primeramente tres columnas al paraíso, éste se movía aún; por este motivo,  le colocó cuatro columnas de varas – insignias; sólo después de esto estuvo en su debido lugar,  y ya no se movía más.

El primer ser que ensució la morada terrenal fue la víbora originaria; no es más que su imagen la que existe ahora en nuestra tierra: la serpiente originaria genuina está en las afueras del paraíso de Nuestro Padre.

El primer ser que cantó en la morada terrenal de Nuestro Primer Padre,  el que por primera vez entonó su lamentación en ella,  fue la yrypa, la pequeña cigarra colorada.

La cigarra colorada originaria está en las afueras del paraíso de Nuestro Padre: es solamente una imagen de ella la que queda  en la morada terrenal.

Pues bien, el yamai es el dueño de las aguas, el hacedor de las aguas. El que existe en nuestra tierra  ya no es el verdadero; el verdadero está en las afueras del paraíso de Nuestro Padre; ya no es más que su imagen el que actualmente existe en nuestra tierra.

Cuando Nuestro Padre hizo la tierra, he aquí que era todo bosques: campos no había, dicen. Por este motivo, y para que trabajase en la formación de praderas,  envió al saltamontes verde.

En donde el saltamontes clavó originariamente su extremidad inferior se engendraron matas de pasto: solamente entonces aparecieron las praderas. El saltamontes celebró con sus chirridos la aparición de los campos.   El saltamontes originario está en las afueras del paraíso de Nuestro Padre:  el que queda ahora no es más que una imagen suya.

En cuanto aparecieron los campos, el primero en entonar en ellos su canto, el primero en celebrar su aparición, fue la perdiz colorada. La perdiz colorada que por primera vez entonó sus cantos en las praderas,  está ahora en las afueras del Paraíso de Nuestro Padre: la que existe en la morada terrenal  no es más que su imagen.

El primero en remover la tierra en la morada terrenal de Nuestro Padre fue el armadillo. Ya no es el verdadero armadillo el que existe hasta el presente en nuestra tierra:  éste ya no es más que su simple imagen. La dueña de las tinieblas es la Lechuza. Nuestro Padre el Sol es dueño del amanecer.

Los héroes divinizados de la mitología Mbya-guaraní – Kapita Chiku

“En el cap. VI hice referencia a la creencia según la cual el hombre virtuoso, que ajusta su conducta estrictamente a los preceptos contenidos en el código moral de la raza, se dedica con perseverancia a los ejercicios espirituales, se limita a un régimen estrictamente vegetariano, puede hacerse merecedor a la gracia e ingresar al paraíso sin sufrir la prueba de la muerte. Mediante los ejercicios señalados, libra paulatinamente el cuerpo del lastre que representa tekoachy, las imperfecciones humanas, el cuerpo va perdiendo paulatinamente su peso hasta volverse imponderable y el postulante, sin sufrir la prueba de la muerte, ingresa en el Yva o Yvy Marã’ey, para cuyo objeto cruza el mar que separa la tierra, del paraíso. Esto lo hace en la maroma a cargo de Parakáo Ñe’êngatu (cap. VIII, notas), debiendo previamente hacer una larguísima peregrinación a través del mundo, la que termina en Para Guachu Rapyta, el origen del mar grande, última etapa terrestre del viaje.

Contienen los anales de los Mbya casos de varios seres privilegiados que obtuvieron la perfección: aguyje, en la tierra, después de haberse dedicado a su misión de médicos agoreros de los grupos a su cargo. Se les venera como Tupã Miri, ocupando una posición comparable a los santos de la hagiografía católica. Recuerdo Kuarachy Jú, Kuarachy Eté, Takuá Verá Chy Eté, Karaí Katu, Karaí Chapá y Karai Ru Eté Mirî.

De Takuá Verá Chy Eté, quien tiene su morada en el cielo en dirección sudeste de Caaguazú, se dice que obtuvo la perfección o aguyje, danzando y entonando himnos en honor de los huesos: yvyra’i kãnga (cap. V), de un hijo que se le había muerto:

Depositó Takuá Verá Chy Eté los huesos del que portara la vara en un recipiente de cañas trenzadas. Cantó, oró, danzó en honor de ellos. Obtuvo con ellos la gracia divina; con ellos se hizo acreedor a la resurrección; hizo que circulara por los huesos el decir. Los Seres Buenos iluminaron el cadáver; llamaron a Takuá Verá.

(Vera es patronímico correspondiente a las almas enviadas por Tupã (cap. IV); Takua Vera, el nombre sagrado del hijo que volvió a encarnarse y ascendió al Paraíso acompañado de su madre, significa: Bambú Iluminado, pues el recipiente de bambú, takuapemby, en el que habían sido depositados sus huesos, también ascendió al cielo. El nombre de la madre del niño, bajo el que se le rinde culto, es Takua Vera Chy Ete, la verdadera madre de Takua Vera; y según una versión de este mito que escuché de boca de Tomás, de Yvytuko, lleva en cada hombro una plantita de bambú, que le brotó en el momento de adquirir la gracia.)

De Karai Chapa cuentan que, terminada su peregrinación, cruzó solo el mar que separa la tierra del paraíso, dejando a su esposa en la tierra por sospechar de ella que le era infiel, y diciéndole que volvería para llevarla consigo después de haberse establecido en su amba: morada. Cuando en cumplimiento de su promesa volvió, halló a su mujer con una criatura de pecho en brazos, hijo de él, según la mujer. Al alcanzar la maroma que da acceso al paraíso, tomó Chapá la criatura de brazos de su madre; se disolvió, ykupa, el niño, prueba de que era adulterino; por cuyo motivo Chapá abandonó definitivamente a su mujer y ascendió solo al paraíso.

Karai Katu, en su peregrinación, fundó el pueblo de Tava’i con la intención de permanecer en él algún tiempo y fortalecer su espíritu y los de sus discípulos y, a la vez, sembrar y recoger provisiones para el largo viaje hacia el mar. La llegada de los españoles -yvypo amboae i-, sin embargo, le obligó a abandonar la población que acababa de fundar y seguir su camino. En el cerro de Mbatovi, situado en el departamento de Tava’i, existen aún plantas milagrosas de tabaco, petÿ ju, sembradas por Karaí Katú, las que podrán ser halladas y utilizadas por quienes se dedican con fervor a los ejercicios espirituales y adquieren la buena ciencia; es decir, los médicos agoreros.

De Kuarachy Ju, Kuarachy Ete, Takua Vera Chy Ete, Karai Katu y Kapitã Chiku, los héroes divinizados de la mitología jeguakáva, puede afirmarse, basándose en detalles contenidos en sus respectivos mitos, que obtuvieron aguyje y ascendieron al paraíso después de la Conquista. Este hecho lo confirma la aseveración de los dirigentes de que el origen del Mar Grande, Para Guachu Rapyta, está situada allende Kurutue Retá, el país de los portugueses (cap. VIII, notas). Siendo notoria la tenacidad con que los Jeguakáva se aferraban a su religión, lengua y tradiciones, y los desesperados esfuerzos que realizaron por sustraerse a la dominación española y la asimilación (Bertoni: La Civilización guaraní, 1922), es casi seguro que Chikú, Chapá y demás héroes eran médicos agoreros que conducían a sus respectivas tribus en un éxodo hacia el mar a fin de salvarlas de dicha dominación. Y una investigación prolija de las tradiciones referentes a estos caudillos religiosos indudablemente arrojaría luz sobre las grandes migraciones guaraníes en busca de la Tierra sin males: Yvy Mar㒠eÿ , de tan funestas consecuencias sobre el cuerpo político social de la raza y cuyas causas, a estar a lo que dice Nimuendajú (l.c., cap. VII), aún no han sido explicadas satisfactoriamente por los hombres de ciencia.

Las causas de estas migraciones, sin embargo, existían ya antes de la Conquista, según lo comprueba el mito de Karai Ru Ete Mirï, y los datos que da Montoya en la Conquista Espiritual (1989:132) sobre la veneración de los esqueletos y la reencarnación del espíritu en los mismos. Esto confirma las deducciones de Schaden (Mitología Heroica, São Paulo, 1946), aunque él aún ignoraba las tradiciones religiosas de los Mbya cuando escribió su tesis. Los datos contenidos en el mito de Karai Ru Ete Mirï que he escuchado, inducen a creer que su divinización antecede en mucho al de los demás héroes divinizados. El es el creador del kochi, cerdo montés grande; envía espíritus a la tierra para encarnarse, y tiene su morada en una isla situada en medio del mar, según se colige de la leyenda transcripta en el cap. XVIII, titulada “El que se prendó de una marrana”. Fue en Yvy Mbyte, “el centro de la tierra”, que se dedicó a los ejercicios espirituales:

Karaí Ru Eté Miri, el dueño de los cerdos, comenzó primeramente a dedicarse a la obtención de fervor en el Centro de la Tierra. Luego fue a Yvy Katú.

Entre los afluentes del Paraná obtuvo aguyje y se trasladó allende el Mar Grande, donde juntó tierra milagrosa, indestructible. El volverá a hacer cantar a sus hermanos menores en Yvy Mbyté, contará sus aventuras a los que permanecieron en Yvy Mbyté. No fueron todos sus compueblanos; no toda la carne se regeneró.

El caso de aguyje que transcribo es el de Kapitã Chiku, oriundo, según datos que considero fidedignos suministrados por el cacique Pablo Vera y otros, de Arroyo Kurukuchi’y o Urukuchi’y, actual departamento de San Joaquín.

Kuarachy Eté dio asiento a Chikú en la casa de las plegarias. Chikú se dedicó a la obtención de la gracia. Cantó, danzó, oró, pidió inmortalidad. Se alimentó de harina de maíz. Al cabo de tres meses dijo Kuarachy Eté: “Saca, Chikú, tu mano, para verla yo”. Sacó Chikú su mano y he aquí que, al hacerlo, se hallaba cubierta de rocío. Por consiguiente, dijo Kuarachy Eté: “Estás por adquirir fortaleza; conocerás la fortaleza si es que no te desvías”.

Volvió a sentarse Chikú en la casa de las oraciones, juntamente con su esposa, la hija de Kuarachy Eté. Después: “Saca tu mano para verla yo”, volvió a decir Kuarachy Eté. Sacándola fuera nuevamente, estaba seca, como si no hubiera estado antes cubierta de rocío. En vista de ello, lo sacó fuera de la casa e hizo que tomara su camino.

Luego Kuarachy Eté tentó a Chikú, arrojándolo a la cima de un lapacho, entre cuyas ramas hizo que quedara prendido de la cabeza. En consecuencia, la hija de Kuarachy Eté: “No te asustes; es mi padre que así nos tiene”, dijo. “Luminoso mi pecho de sabiduría, me ha arrojado Kuarachy Eté a la cima del lapacho, ay de mí!” Entonando esta plegaria (por él) hizo que nuevamente pisase Chikú la tierra. Entonces, a su propia hija arrojó a la cima del lapacho, haciendo que quedase prendida de la cabeza. Chikú, a su vez, oró por ella e hizo que su esposa volviese a pisar tierra. Se fueron juntos de aquel lugar; construyeron una vivienda; volvieron a dedicarse a la obtención de fervor.

Después de haber nacido el hijo de Chikú y haber adquirido entendimiento, Kuarachy Eté hizo que se encarnase en el cuerpo de su nieto el alma de un jaguar. Debido a esto el hijo de Chikú se fugó a la selva. Su madre corrió detrás de él; asió de nuevo a su hijos; se inspiró (invocando a su hijo), entonando himnos referentes a él a Tupã. “No te asustes, mi esposo”, dijo; “no mates al niño; es mi padre quien así nos tiene”, dijo.

Vino Tupã, con gracia vino; y por ella, dio a la madre un granizo. “Arrójalo contra la frente de tu hijo”, dijeron los Tupã. Tirándolo con el granizo, mató a su hijo: se escurrió el alma del jaguar. Hecho esto, los Tupã redimieron su decir, hicieron que nuevamente se encarnara el alma buena.

Pasó Chikú por Asunción, mezclándose con los que no son nuestros paisanos. Aunque anduvo entre ellos, él seguía cantando entre los extranjeros. Viéndole, así hablaron los extranjeros: “¿Por qué será que se comporta así? Matémosle a éste”. Lo prendieron, con intención de matarlo; engrillado anduvo en una casa de altos. Sólo después de estas cosas lo llevaron los Tupã a la selva en la que lo introdujeron nuevamente; solamente después de lo acontecido, obtuvo aguyje, Capitán Chikú.

Obtuvo Chikú la perfección; de las palmas de sus manos y las plantas de sus pies brotaron llamas; su corazón se iluminó con el reflejo de la sabiduría; su cuerpo divino se convirtió en rocío incorruptible, su adorno de plumas se cubrió de rocío; las flores de su coronilla eran llamas y rocío.”

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