Creer de otra manera. Queiruga

CREER  DE OTRA MANERA

Andrés Torres Queiruga

Ofrecemos en forma extractada pero literal el necesario aporte del libro de  Queiruga para que la fe y espiritualidad cristiana superen la crisis provocada por la modernidad y posmodernidad.

0. Introducción

 

Tengo la esperanza de que este escrito pueda servir de cierta ayuda para superar ese terrible desencuentro entre la religión y la cultura, que amenaza de manera muy radical la credibilidad y aun la comprensión misma de la fe en nuestros días.

Con la entrada de la Modernidad se ha producido, en efecto, una situación peligrosamente dual. Mientras la cultura secular, espoleada por los descubrimientos de la ciencia, por la renovación de la filosofía y por un inédito sentimiento de la libertad, la igualdad y la autonomía, avanzaba decidida hacia nuevos horizontes, la cultura religiosa, sintiéndose custodiadora de una tradición secular y frenada por el peso de una institución sacralizada, tendió a mantenerse fiel a las formas del pasado. La novedad fue demasiadas veces sentida como amenaza y los intentos de cambio, como ataque a la pervivencia.

El resultado es que el verdadero escándalo se produce, cuando datos que son pan cotidiano en los manuales de teología saltan a los periódicos como peligrosos descubrimientos para la fe: que si no ha habido un Paraíso con Adán, Eva y la serpiente; que los Magos y su estrella, la matanza de los inocentes y la huida a Egipto no pretenden ser narración de hechos reales; que en numerosas e importantes cuestiones los Evangelios no concuerdan entre sí… sirven de blanco para el ataque desde fuera y ponen, dentro, la fe en cuestión para muchos.

O logramos cambiar muy hondamente las palabras y conceptos con que expresamos y vivenciamos nuestra fe, o la hacemos incompresible e increíble para las nuevas generaciones. O creer de otra manera o exponerse a no poder creer.

1. La incapacidad humana de “hablar bien” de Dios

1.1 El problema general

En realidad, “hablar bien” de Dios resulta imposible, pues su transcendencia supera las capacidades de la comprensión y la expresión humana, hasta el punto de que san Juan de la Cruz llega a afirmar que todo cuanto nosotros decimos, pensamos o imaginamos de Dios es ya por eso mismo falso.

Encima, a la hora de ir configurando nuestra imagen de Dios, no siempre utilizamos siquiera los mejores materiales de que disponemos. Demasiadas veces la construimos con lo peor de nosotros mismos: voluntad de poder, afán de dominio, espíritu de castigo y de venganza…

La Biblia misma pinta muchas veces a Dios con rasgos demoníacos; y nuestra historia religiosa está llena de intolerancias, hogueras e inquisiciones

Pero en la misma revelación existe siempre el peligro de la recaída, porque, en cuanto se expresa en palabra humana, tiende también ella a caer de la propia altura. El mismo Oseas hablará aún —demasiado— de amenaza y castigo; y toda la Biblia es en este sentido una lucha contra sí misma, un proceso de autosuperación, sostenido por el amor incansable de Dios, que continuamente nos está llamando hacia sí.

Todo esto es importante, porque permite comprender que la vida de la fe en sus expresiones históricas aparece siempre y por fuerza como una larga serie de equilibrios inestables.

1.2 Intensificación del problema: la crisis de la modernidad

Pues bien, si esta es la ley normal de la historia, se comprende bien que sus efectos se hacen notar sobre todo en los momentos de crisis y cambio cultural, cuando los viejos patrones se rompen y aún no aparece clara la figura de los llamados a sustituirlos. El cambio impone tomar en consideración la diferencia entre la experiencia de la fe y los modos de su expresión cultural.

Piénsese, por ejemplo, en la ascensión del Señor. En una cosmología en la que todo lo que estaba por encima de la luna era divino y en la que la Divinidad habitaba en lo más alto del cielo, era lógico tomarla a la letra: Jesús, efectivamente, tenía que elevarse hacia el cielo para ir al Padre, hasta que lo cubrió una nube (Hch 1,9). Hoy ni a un niño de primaria le es posible pensar que entonces pudo tratarse de una subida física. Se impone, por tanto, distinguir entre las palabras y el significado, entre la experiencia y su expresión, entre la fe y la teología.

 

Hablar hoy de las “deformaciones en el lenguaje de la fe” equivale a poner el dedo en una grande llaga histórica: la del largo, accidentado, conflictivo y doloroso proceso de la conciencia cristiana confrontada con el nacimiento del mundo moderno. ..

 

“Dios habla en la Escritura por medio de hombres y en lenguaje humano; por lo tanto, el intérprete de la Escritura, para conocer lo que Dios quiso comunicarnos, debe estudiar con atención lo que los autores querían decir y lo que Dios quería dar a conocer con dichas palabras. Para descubrir la intención del autor, hay que tener en cuenta, entre otras cosas, los géneros literarios.

Pues la verdad se presenta y se enuncia de modo diverso en obras de diversa índole histórica, en libros proféticos o poéticos, o en otros géneros literarios. El intérprete indagará lo que el autor sagrado dice e intenta decir, según su tiempo y cultura, por medio de los géneros literarios propios de su época. Para comprender exactamente lo que el autor propone en sus escritos, hay que, tener muy en cuenta el modo de pensar, de expresarse, de narrar que se usaba en tiempo del escritor, y también las expresiones que entonces más se usaban en la conversación ordinaria”

(Vaticano II, Dei Verbum, sobre la Revelación Divina, n.12)

2. Los problemas derivados de una mala lectura de la Biblia

2.1 La crítica bíblica y el desfase cultural de la teología

La crítica bíblica fue el comienzo de la crítica religiosa. Resulta bien conocido el episodio de Galileo, por lo que suponía de choque frontal con la nueva cultura científica. Pero más grave fue el impacto en sí mismo, cuando, a partir sobre todo de la crítica de Samuel Reimarus, apareció que los Evangelios, y con más razón la Biblia en su conjunto, no podían seguir siendo tomados a la letra. ..

Hoy son datos que no extrañan a ningún especialista. Pero en aquel tiempo el impacto fue tal, que muchos pensaron que el cristianismo estaba acabado, hasta el punto de que hubo muchos seminaristas que buscaron otro oficio. Lo grave es que esa impresión de derrota se hizo tan honda y generalizada, que creó una reacción defensiva en la conciencia eclesial, con el resultado bien conocido de una permanente resistencia a asimilar los nuevos datos y sacar honesta y limpiamente las consecuencias para una nueva lectura de las grandes verdades de la fe…

Si recuerdo esto, tan sabido, es porque constituye una clave decisiva para comprender el desfase cultural de la teología en la actualidad. Por dos motivos principales.

Primero, los avances exegéticos se han producido con una enorme lentitud, de modo que la nueva lectura de la Biblia siguió en gran parte presa de la antigua mentalidad literalista.

Segundo, los logros reales apenas fueron asimilados por la reflexión teológica, no digamos ya por la conciencia general. Eso significaba de manera inevitable que, mientras la cultura occidental avanzaba decidida y, a pesar de sus fallos, sin vuelta posible por los nuevos caminos abiertos a partir del Renacimiento y de la Ilustración, la teología quedaba anclada en los viejos moldes tradicionales.

La consecuencia fue que, mientras el contexto cultural cambiaba radicalmente, la fe continuaba siendo comprendida y anunciada conforme a la letra del viejo texto…

Hacia fuera era fatal que surgiese en muchos la incomprensión, la sensación de ver la fe como algo anticuado o incluso como reliquia inservible de un pasado muerto. El abandono del cristianismo por una parte muy importante de la cultura fue el resultado.

2.2 La pervivencia difusa de una visión “mítica”

En la Biblia el mito era el medio normal para intentar comprender y expresar los grandes misterios del mundo y de la existencia; y, por fortuna, la hermenéutica actual ha superado ya la estrechez racionalista, que lo despreciaba como una fantasía infantil, indigna de la racionalidad adulta.

 

Se entiende bien con el simple recuerdo del conflicto con el evolucionismo de Darwin. Los relatos de la creación en el libro del Génesis son una maravilla, cuando —reconocidos como “mitos”, en el sentido profundo de la palabra— en ellos se sabe leer el intento de expresar simbólicamente la relación única, íntima y amorosa de Dios con el hombre y la mujer, a diferencia de la que mantiene con las demás creaturas.

Pero empeñarse en seguir tomándolos a la letra, en un contexto que estaba preocupado científicamente por explicar la aparición del phylum humano sobre el planeta tierra, supuso un disparate de tal calibre, que hoy produce auténtico rubor. Y lo grave fue que esa lectura no constituyó una ceguera momentánea, sino que se ha convertido en tesis sostenida a lo largo de décadas y sancionada oficialmente…

 

Porque hay que añadir que esa lectura deformada de la Biblia nos llega reforzada por una tradición que ha impreso en ella sus propios conceptos culturales, pero que, de modo inconsciente, tiende a identificarse con la fe. La aparente evidencia de lo dado oculta el hecho fundamental de que no existe ni puede existir una “lectura pura” de la Biblia. Toda lectura —lo mismo la tradicional que las nuevas— es forzosamente interpretación; y por eso no existen lecturas privilegiadas a priori. La validez ha de justificarse en cada caso por la fidelidad a la experiencia originaria.

Esa es su fuerza, pero también su peligro, porque, sin pretenderlo, pueden hacer pasar por fe lo que es unainterpretación, condicionada por el tiempo en que surgió.

 

En concreto, hoy se nos ha hecho evidente que el objetivismo griego, el juridicismo romano, el feudalismo medieval y el absolutismo (pre)moderno, dando por supuesta la lectura literalista, han configurado profundamente la visión tradicional…

El panorama resulta así confuso: no siempre es posible separar los avances reales de las pervivencias inconscientes, y en muchas ocasiones elementos viejos aparecen incrustados en esquemas ya renovados; o, al revés, elementos nuevos intentan remozar una estructura decididamente caducada…

2.3 Lectura deformada del ciclo de la creación

Por fortuna, para la teología auténtica esa lectura forma parte de un pasado superado. No sucede lo mismo con la pervivencia de las fundamentales concepciones teológicas asociadas con ella.

Empezando ya por el pecado original: reconocida como mítica la narración concreta del árbol, la fruta y la serpiente, continúa, sin embargo, la idea terrible de que los pavorosos males del mundo son un “castigo divino” por la falta histórica cometida por los nuestros antepasados.

Con lo cual en el inconsciente colectivo se están martillando dos concepciones monstruosas: a) que Dios es capaz de castigar de una manera tan horrible, y b) que lo hace con miles de millones de descendientes que no tienen la mínima culpa en aquella supuesta falta.

Encima, se refuerza la idea —tan extendida y tan dañina— de que, en última instancia, si hay mal en el mundo es porque Dios lo quiso y lo quiere, puesto que el paraíso es posible en la tierra. De ese modo sigue viva la creencia general de que el sufrimiento, la enfermedad y la muerte vienen de una decisión divina, aunque sea en la forma de castigo.

 

Solidaria con esta idea está la de la creación del hombre y de la mujer para la “gloria” de Dios y para su “servicio“… Buena prueba son los Ejercicios ignacianos, que alimentaron y alimentan la espiritualidad de tantos cristianos: “el hombre es criado para alabar, hacer reverencia y servir la Dios nuestro señor, y mediante esto salvar su ánima”.

Aparte de la pobre imagen que esas palabras sugieren —tan opuesta a la realidad de un Dios que “consiste en ser agape” (1 Jn 4, 8.16), es decir, en amor que no piensa en sí mismo, sino solo en el bien del amado—, la visión de la vida que inducen es la de un dualismo heterónomo y alienante.

Dualismo, porque el servicio, sancionado con premio o castigo, implica que hay dos esferas de interés: la del “señor” y la del “siervo”, de modo que estructuralmente lo que es bueno para uno no lo es para el otro…

Dualismo heterónomo porque esa idea va ligada al gran malentendido de la moral como carga impuesta por Dios. La moral se convierte de ese modo en una serie de “mandamientos” que Él ordena cumplir…

Encima, la moral se ha presentado como sancionada, en caso de fallo, con el terrible castigo del infierno. Porque esa es otra: el Dios que crea por amor y que sólo piensa en el bien y en la felicidad de sus creaturas, acabó siendo descrito como capaz de castigar por toda la eternidad y con tormentos inauditos faltas en definitiva siempre pequeñas, fruto de una libertad débil y limitada. Piénsese en que el avance de la sensibilidad lleva en nuestro tiempo a una oposición generalizada a la pena de muerte y aun a la prisión de por vida: ¿seremos los humanos mejores que Dios? ..

 

La visión del pecado marcha en paralelo. El mismo Tomás de Aquino había dicho que el pecado no es malo porque le haga mal a Dios, sino porque nos lo hace a nosotros: “porque no ofendemos a Dios más que en la medida en que actuamos contra nuestro bien”.

Sin embargo, todo el peso del discurso acerca del pecado sigue ignorando que lo fundamental es el interés de Dios en que no nos hagamos daño a nosotros mismos, en que no estropeemos nuestra vida y arruinemos nuestra realización. De ese modo el poso que va quedando en el inconsciente es que no debemos pecar porque eso lesiona los “intereses” de Dios, porque le “hace daño a Él”: de ahí la amenaza del castigo por su parte y, en el mejor de los casos, el afán de reparación por nuestra.

2.4 Lectura deformada del ciclo de la redención

La maravilla, que nunca podríamos imaginar por nuestra cuenta, de un Dios que se hace presente en la historia para, de mil maneras y con infinita paciencia, irnos ayudando a vencer el mal y el pecado, queda para muchos convertida en un terrible “ajuste de cuentas“.

Se empieza ya por un particularismo inconcebible. Un Dios que viene presentado como preocupado únicamente por un solo pueblo: el “elegido”. Los demás quedan fuera de su revelación y de su salvación plena.

Por fortuna, a nivel teórico, desde el Vaticano II, esta visión horrible está siendo superada. Pero los efectos perduran con intensa viveza: continúa habiendo mucho dogmatismo y mucho exclusivismo: demasiada resistencia a una revisión del concepto de revelación y a un generoso diálogo de las religiones.

Más grave fue aún la visión sacrificial de todo el proceso. El esfuerzo de Dios por intensificar al máximo su presencia y abrir caminos a su gracia, su lograr a través de Jesús la revelación de su amor sin medida y de su comprensión sin límite por nuestra debilidad y nuestro pecado, su no dar marcha atrás aunque tal amor le costase nada menos que el asesinato del su “Hijo bien amado”, acabó siendo interpretado como un “precio” que el exigía, como un castigo necesario para “aplacar su ira”.

2.5 Las consecuencias en la espiritualidad

Como era de esperar, esa doble visión acaba articulando la vivencia de la fe en la vida concreta.

La visión dualista está en el primer plano, porque ella es la que de algún modo organiza el espacio religioso. Dios allá arriba y nosotros acá abajo, lo sagrado y lo profano, lo que pertenece a Dios y lo que nos pertenece a nosotros, la iglesia y el mundo… marcan a fuego la vida espiritual. ..

Entonces resulta normal que la religión consista en “servirlo” y “aplacarlo”, en “pedirle” ayuda y favores, en esforzarse por conseguir su “premio” y evitar su “castigo”.

De esa concepción deriva espontáneamente una visión negativa de la vida y de la realidad. La redención se separa de la creación y se contrapone a ella, de modo que todo lo creado acaba apareciendo en el fondo como malo y corrompido. Negarlo resulta entonces la consecuencia lógica, con consecuencias tanto teóricas como prácticas.

Textos de la Escritura, en sí hondos y venerables, se toman en el sentido contrario a lo que, en definitiva, quieren decir. Así, por ejemplo, la llamada a “negarse a sí mismo” o a “perder la propia vida” no puede significar la anulación de nuestro ser, sino exactamente lo opuesto: a negar nuestra negación, es decir, aquello que daña nuestro ser auténtico, que nos impide realizarnos y llegar a la plenitud. Dios no quiere anular nuestro ser, sino llevarlo a su afirmación literalmente infinita. ..

Esas ideas teóricas tuvieron gravísimas consecuencias prácticas. En ellas se ha apoyado una espiritualidad enemiga del cuerpo y desconfiada de todo gozo, que optaba por la huida del mundo y por el agere contra como estilo global.

Nació así una forma de ser sacrificialista, que inconscientemente metía en el ambiente la creencia de que Dios estaba contento cuando nos veía sufrir o que concedía favores a cambio de nuestro sufrimiento gratuito o de nuestros sacrificios ascéticos. No puede extrañar que por parte de los fieles se llegase muchas veces a excesos que hoy nos horripilan

Finalmente, señalemos la inversión radical de la experiencia cristiana de la gracia. En efecto, se trata de algo que va contra el dinamismo fundamental de la creación por amor. Ésta nos dice que Dios toma la iniciativa absoluta, tanto para traernos al ser (momento creacional) como para ayudarnos a realizarlo en plenitud en la comunión con Él (momento salvífico).

Pero, insensiblemente, hemos ido dándole la vuelta a todo. Parece que nosotros tenemos toda la iniciativa: actuamos como si fuésemos nosotros los primeros —cuando no los únicos— interesados en la salvación tanto nuestra como del mundo, y que Dios lo que hace es, cuando más, colaborar con nosotros, echándonos una mano de vez en cuando.

Incluso nos atrevemos, en no pocas ocasiones, a “recordarle” o  “hacerle presente” las necesidades de los enfermos o de las víctimas del tercer mundo; podemos incluso ofrecerle “dones” y “sacrificios” para que se anime a ayudar; y, finalmente, podemos continuar repitiéndole a coro que “escuche y tenga piedad”.

Tal vez esto aclare algo más la referida insistencia en que es preciso superar la oración de petición, una vez que caemos en la cuenta del daño que puede estar haciendo, en la medida en que alimenta la imagen de un Dios pasivo y tacaño, a quién tenemos que suplicar y convencer, y que, encima, por mucho que se lo pedimos, no acaba de escuchar ni tener piedad.

3. Las anomalías debidas a una mala asimilación de la cultura

3.1 Intervencionismo divino

La nueva conciencia de la autonomía lleva consigo la necesidad de pensar de nuevo la relación de Dios con el mundo natural y con la subjetividad humana: el primero aparece ahora regido por leyes propias, que hacen inconcebible un intervencionismo divino; la segunda rechaza como alienante toda imposición autoritaria, que de algún modo no dé razón de sí misma.. .

 

En una mentalidad más o menos mitológica la trascendencia divina, aunque imaginada como alta y lejos en el cielo, se compensaba con la total permeabilidad del mundo a los continuos influjos “sobrenaturales”: los astros eran movidos por ángeles y las enfermedades estaban —o podían estar— causadas por demonios.

En la nueva mentalidad, con un mundo regido por leyes propias, esa permeabilidad resulta impensable: ni las personas más piadosas piensan —como lo hacía aún el mismo Tomás de Aquino— que la luna está movida por una inteligencia angélica o que la epilepsia equivale —como en los mismos Evangelios— a una posesión diabólica…

Poco a poco, se fue instalando en la conciencia general una solución de compromiso, consistente en una especie de “deísmo intervencionista”. Es decir, se vive por ósmosis cultural la evidencia innegable de la consistencia y regularidad de las leyes físicas; pero, de manera más bien confusa y sin suficiente clarificación conceptual, se mantiene la creencia en intervenciones concretas. A eso responde la imagen antes descrita de un “Dios” que está en el cielo, a donde nos dirigimos para invocarlo y desde donde Él interviene de vez en cuando.

La verdadera salida sólo puede venir de una inversión radical del problema, apoyada en la idea de la creación por amor. El creador no tiene que venir al mundo, porque está ya siempre en su raíz más honda y originaria, ni tiene que recurrir a intervenciones puntuales, porque su acción es la que lo está sustentando, dinamizando y promoviendo todo.

 

Tampoco precisamos invocarlo para que de vez en cuando acuda e intervenga, porque, creando desde la infinita gratuidad del amor, está ya “desde siempre trabajando” (Jn 5,17) en nuestro favor; más bien, es Él quién de continuo está convocando y solicitando nuestra colaboración. ..

Lo dicho guarda íntima relación con el tema de los milagros y de cierto lenguaje que recurre demasiado fácilmente a presuntas intervenciones divinas cuando las cosas van bien o a “culparlo” subrepticiamente cuando ocurre una desgracia.

Y por ahí van asimismo ciertas resistencias retóricas que se refugian apresuradamente en el “misterio” para no repensar a fondo el problema del mal, como algo inherente a la finitud de la creatura, que, por tanto, es imposible evitar, de modo que Dios ni lo “manda” ni lo “permite”, sino que es el primero en tener que tolerarlo como impedimento de su acción salvadora por culpa de la finitud creatural o de la malicia de la libertad humana.

 

3.2 Revelación milagrosa y autoritaria

Fruto de la lectura literal de la Biblia y de su sistematización en la patrística, en la escolástica y en la reacción antimoderna, el concepto de revelación que ha llegado a nosotros y domina la inmensa mayor parte del imaginario colectivo es el siguiente: la revelación consiste en una lista de verdades literalmente “caídas del cielo” a través del milagro de la “inspiración”, operado en la mente de algún profeta o hagiógrafo. Son por tanto verdades inaccesibles a la razón, que nosotros tenemos que creer “porque el inspirado nos dice que Dios le dijo”, pero sin que dispongamos de la posibilidad de verificar su verdad…

 

A primera vista esa disposición a aceptar todo puede parecer sumisión “humilde y religiosa”. En el fondo, acaba convirtiéndose en indiferencia. Kant lo había hecho notar nada menos que respecto de la Trinidad: cuando la verdad no resulta comprobable ni afecta intrínsecamente, se hace indiferente, e igual da aceptar tres que diez personas divinas…

A nivel personal explican el abandono abrupto, y tantas veces masivo, de la fe cuando se muestra incapaz de mantener el paso de la propia maduración psicológica y cultural, disponiendo solo de “razones de primera comunión” para responder a las dificultades de adulto.

En cambio, una concepción que, fiel a los datos hoy irrefutables de la crítica bíblica, comprende que del mismo modo que Dios actúa en el mundo a través de las leyes físicas, también lo hace en la revelación a través del psiquismo humano, cambia la perspectiva.

El profeta, con su “genialidad” religiosa, cae en la cuenta de lo que Dios mediante su presencia perenne, viva y amorosa, está tratando de manifestarnos a todos (no sólo a él, pues a todos nos habita con idéntico amor). Por eso la inspirada es una palabra “mayéutica”, es decir, una palabra que nos ayuda a “dar a la luz” lo que desde Dios somos verdaderamente nosotros mismos. De modo que no precisamos aceptarla “porque sí”, sólo porque el profeta nos lo dice, sino porque nosotros tenemos la posibilidad de reconocernos en ella (o de rechazarla…).

De esa suerte la fe se hace asunto estrictamente personal, con toda la gloria y la carga de la libertad.

Y respecto de la cultura, la fe no aparece como un añadido extrínseco, sino como un modo de situarse en su proceso y de participar en su historia (que es la de todos)…. En una palabra, por su misma esencia, se presenta como abierta a un diálogo en el que simultáneamente da y recibe, enseña y aprende.

3.3 Autoritarismo institucional

Respecto de la visión de la sociedad, la lectura fundamentalista de la Escritura y de la tradición se ha visto reforzada por su sistematización en un contexto histórico que mantuvo e incluso reforzó la sacralidad de la autoridad y del orden social.

Resultó así difícil comprender los nuevos avances socio-políticos como ganancia verdaderamente humana y por tanto como un progreso en la acción creadora, en el que, por el mismo, se podía encarnar también —y mejor— la experiencia de la revelación.

Se ha formado una mentalidad eclesiástica, que en lo político tendía la identificarse con el Antiguo Régimen frente a los progresos de la democracia, y que en lo social propendió a aliarse con el orden estamental y clasista frente a la nueva conciencia de igualdad, libertad, fraternidad, tolerancia y justicia…

Hoy resulta cristianamente claro que la fidelidad al gran encargo evangélico del amor al prójimo, sin abandonar la “onda corta” de la dimensión inmediata y asistencial, tienen que realizarse también en la “onda larga” de la dimensión socio-política y en el contexto mundial.

Por desgracia, se ha avanzado menos en el delicado tema de la autoridad. La modernidad ha introducido un cambio decisivo. Pero éste se ha producido sobre todo respecto de la sociedad civil, quedando detenido a la puerta de la comunidad eclesial…

 

Que “toda autoridad viene de Dios” (Rm 13,1) era un principio que valía tanto para la autoridad eclesiástica como para la civil.

Respecto de la sociedad civil se aceptó la nueva visión: la autoridad viene de Dios, efectivamente; pero a través del pueblo. En cambio, respecto de la eclesiástica se mantuvo una visión directa y literal, sin posible mediación de la comunidad. La iglesia se ha convertido así en una institución anacrónicamente vertical y enormemente autoritaria.

Aquí reside uno de los problemas más graves para la actualización de la Iglesia, es decir, para su fidelidad a la palabra viva e histórica de Dios.

En el contexto de la actual mentalidad democrática, una postura autoritaria no resulta comprensible, mermando gravemente la credibilidad y la legitimidad de la misión evangélica.

Y en un mundo en constante aceleración, un gobierno eclesial no elegido por el pueblo y, en definitiva, de carácter vitalicio, no está en condiciones de lograr, ni siquiera de permitir, una verdadera actualización; antes bien, ofrece una resistencia instintiva a todo cambio profundo, pues la sociología muestra que los cargos no electos y vitalicios tienden a reproducirse a sí mismos y a excluir todo posible mecanismo de sustitución externa a ellos.

De todos modos, hay lugar para la esperanza.La “revolución copernicana” que en la eclesiología realizó al Vaticano II con la Lumen Gentium, poniendo a la comunidad como base primaria y fundamental, en la que se inserta como servicio la autoridad, ha abierto la brecha decisiva.

Y, una vez abierta esa brecha, únicamente inercias seculares o meros reflejos institucionales pueden impedir reconocer que a eso invitan, sin ambigüedad posible, las palabras y la praxis del Fundador histórico: “ya sabéis que los jefes de los pueblos los tiranizan, y los poderosos los avasallan. Pero entre vosotros no puede ser así. Ni mucho menos: quien quiera ser importante, que sirva a los demás; y quien quiera ser el primero, que sea el más servicial; porque el Hijo del Hombre no vino a que le sirvan, sino a servir y a entregar su vida en rescate por todos” (Mt 20,25-28; cf. Mc 10, 41-45; Lc 22, 25-27)…

3.4 Espiritualismo y moralismo

Queda el capítulo de la revolución psicológica, sobre todo a partir de la invención del psicoanálisis. La resistencia inicial ha sido muy fuerte: también aquí el dualismo impedía ver que la gracia no actúa aparte de la realidad humana, a base de intervenciones sobrenaturales, que saltasen milagrosamente las leyes psicológicas, sino en éstas y a través de éstas…

Respecto de la moral ya hemos hablado de los progresos, a propósito principalmente del reconocimiento cada vez más generalizado de su autonomía.

Por lo que se refiere a la espiritualidad son también notables: no sólo por la legitimación de una acogida crítica de los instrumentos del psicoanálisis, sino igualmente por el hondo y creciente influjo de las psicologías de corte humanista, unido a  veces al contacto con las tradiciones orientales.

4. Perspectiva positiva

Es obvio que bastantes rasgos negativos de los hasta aquí descritos han sido ya superados por muchos creyentes y que lo están siendo también en el ambiente general acaso mucho más de lo que aparece la simple vista…

En cualquier caso, el “no” de la crítica tan sólo me interesa como ayuda al “sí” de la construcción positiva. A lo largo de la exposición ya he ido dejando traslucir los caminos por donde me parece que deben orientarse hoy la comprensión y la vivencia de una fe que quiera ser actual.

En definitiva, partiendo de la convicción entrañable y gloriosa de que Dios nos ha creado y crea por amor y sólo por amor, de lo que se trata es de vivir desde Él. Saber que Él es el primer interesado en que nosotros y nuestro mundo nos realicemos en la máxima plenitud y felicidad posibles. Vivirnos como expresión de su ser y dejarnos guiar y realizar por su Espíritu, acogiendo su presencia y colaborando con su gracia.

Ser conscientes de que el mismo deseo del bien y todos los esfuerzos por realizarlo son ya siempre respuesta a la iniciativa del su amor. Un amor que “no duerme ni descansa” (Sal 121,4), buscando lo mejor para nosotros y para la entera creación.

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