Repensar la resurrección. Queiruga

REPENSAR LA RESURRECCIÓN

Andrés Torres Queiruga

Este texto es el epílogo del libro de Andrés TORRES QUEIRUGA, «Repensar la resurrección» (Trotta, Madrid 2003), que trata de hacer un resumen del propio libro.

1. La tarea actual

1.1 Lo común de la fe

Preocupación básica ha sido en todo momento insistir en la comunidad e identidad fundamental del referente común que las distintas teologías tratan de comprender y explicar, pues eso hace más evidente el carácter secundario y relativo de las diferencias teóricas[1]. Algo que puede aportar serenidad a la discusión de los resultados, reconociendo la legitimidad del pluralismo y limando posibles tentaciones de dogmatismo.

Fue ya una necesidad en las primeras comunidades cristianas. Porque, aunque, como bien reflejan los escritos paulinos, también en ellas había fuertes discusiones, no por eso deja de percibirse un amplio fondo común, presente tanto en las distintas formulaciones como en las expresiones litúrgicas y en las consecuencias prácticas.

Esa necesidad se acentúa en la circunstancia actual, tan marcada por el cambio y el pluralismo , pues también hoy la comunidad cristiana vive, y necesita vivir, en la convicción de estar compartiendo la misma fe . Tal vez hoy por hoy, más que a una visión teológica unitaria, sólo sea posible aspirar a la comunidad de un “aire de familia”; pero, mantenido en el respeto dialogante, eso será suficiente para que las “muchas mansiones” teóricas no oculten la pertenencia a la casa común (cf. Jn 14, 2).

Hace tiempo lo había expresado insistiendo en la necesidad de “recuperar la experiencia de la resurrección”[2], ese humus común, rico y vivencial, previo a las distintas teorías en que desde sus comienzos la comunidad cristiana ha ido expresando su fe . Tal experiencia se manifestó fundamentalmente como una doble convicciónde carácter vital, transformador y comprometido.

Respecto de Jesús, significa que la muerte en la cruz no fue lo último, sino que a pesar de todo sigue vivo, él en persona; y que, aunque de un modo distinto, continúa presente y actuante en la comunidad cristiana y en la historia humana.

Respecto de nosotros, significa que en su destino se ilumina el nuestro, de suerte que en su resurrección Dios se revela de manera plena y definitiva como “el Dios de vivos ”, que, igual que a Jesús, resucita a todos los muertos ; en consecuencia, la resurrección pide y posibilita un estilo específico de vida que, marcada por el seguimiento de Jesús, es ya “vida eterna”.

1.2 La inevitable diversidad de la teología

Afirmado esto, todo lo demás es secundario, pues lo dicho marca lo común de la fe . La teología viene luego, con sus diferencias inevitables y, en principio, legítimas, mientras se esfuercen por permanecer dentro de ese ámbito, versando sobre “lo mismo”, de manera que las diferencias teóricas no rompan la comunión de lo creído y vivido.

Eso sitúa y delimita la importancia del trabajo teológico, pero no lo anula en modo alguno ni, por tanto, lo exime de su responsabilidad. Porque toda experiencia es siempre experiencia interpretada en un contexto determinado, y sólo dentro de él resulta significativa y actualizable. La apuesta consiste en lograr una interpretación correcta, que recupere para hoy la experiencia válida para siempre. Pero el cambio puede hacerse mal , anulando la verdad o la integridad de la experiencia; o puede hacerse de modo insuficiente, dificultándola e incluso impidiéndola: no entrando ni dejando entrar — según la advertencia evangélica— en su comprensión y vivencia actual.

Y lo cierto es que la ruptura moderna ha supuesto un cambio radical de paradigma , de suerte que obliga a una reinterpretación muy profunda. Esta situación aumenta lo delicado y aun arriesgado de la tarea; pero por lo mismo la hace también inesquivable, so pena de hacer absurdo e increíble el misterio de la resurrección.

El trabajo de reinterpretación precisa ir en tres direcciones distintas, aunque íntimamente solidarias:

. una apunta hacia la dilucidación histórico-crítica del origen, explicitación y consolidación de la experiencia ;

.otra, hacia el intento de lograr alguna comprensión de su contenido, es decir, del ser de la resurrección y del modo como se realiza;

. finalmente, otra intenta dilucidar las consecuencias, tanto para la vida en la historia como para el destino más allá de la muerte .

De suyo, la última dirección es las más importante, pero, dado que la conmoción del cambio se produjo sobre todo en las dos primeras, ellas son las que han ocupado mayor espacio en la discusión teológica. Tampoco en este estudio ha sido posible escapar a ese “desequilibrio”, aunque se ha intentado compensarlo en lo posible.

2. La génesis de la fe en la resurrección

El cambio cultural se manifestó en dos fenómenos principales. El primero fue el fin de la lectura literal de los textos, que, haciendo imposible tomarlos como un protocolo notarial de lo acontecido, ha obligado a buscar su sentido detrás del tenor inmediato de la letra.

El segundo consistió en el surgimiento de una nueva cosmovisión, que ha obligado a leer la resurrección en coordenadas radicalmente distintas a las presupuestas en su versión original.

En la nueva comprensión de la génesis influyó e influye sobre todo el primero. Porque el fin del fundamentalismo forzó un cambio profundo en la lectura y al mismo tiempo ha proporcionado los medios para llevarlo a cabo. Los ha proporcionado no sólo porque, al romper la esclavitud de la letra, abría la posibilidad de nuevos significados, sino también porque, al introducirla en la dinámica viva de la historia de la revelación, la cargaba de un realismo concreto y vitalmente significativo. Lo cual vale tanto para el Antiguo como para el Nuevo Testamento.

2.1 La resurrección en el Antiguo Testamento

Ha sido, en efecto, importante recordar el Antiguo Testamento y remontarse de algún modo al duro aprendizaje que supuso. Con sus dos caminos principales.

El primero (que tal vez debiera haber recibido una atención aun mayor) remite a la vivencia de la profunda comunión con Dios. Comunión que, sin negar la aspereza de la vida terrena y sin tener todavía claridad acerca del más allá de la misma, permitió intuir que su amor es “fuerte como la muerte ” (Cant 8, 6).

Por eso la  conciencia de la fidelidad divina fue capaz de dar sentido a la terrible ambigüedad de la existencia, tal como aparece, por ejemplo, en el salmo 73: “Mi cuerpo y mi corazón se consumirán, pero Dios es para siempre mi roca y mi suerte” (v. 26).

El segundo camino pasa por la aguda experiencia de contraste entre el sufrimiento del justo y la intolerable injusticia de su fracaso terreno. Como se anuncia con claridad ya en los Cantos del Siervo y se formula de manera impresionante con los mártires de la lucha macabea (cf. 2 Mac 7), sólo la idea de resurrección podía conciliar el amor fiel de Yavé con el incomprensible sufrimiento del justo.

Un fruto importante de este recuerdo es que los largos siglos sin creencia clara en el otro mundo enseñan, en vivo, que la auténtica fe en la resurrección no se consigue con una rápida evasión al más allá, sino que se forja en la fidelidad de la vida real y en la autenticidad de la relación con Dios.

Además es muy probable que en esos textos encontrase Jesús un importante alimento para su propia experiencia ; y, con seguridad, ahí lo encontraron los primeros cristianos para su comprensión del destino del Crucificado.

2.2 La resurrección de Jesús en el Nuevo Testamento

Esa herencia preciosa pasó al Nuevo Testamento como presupuesto fundamental, que no debe olvidarse, porque constituía el marco de vivencia y comprensión tanto para Jesús como para la comunidad. La fe en la resurrección de los muertos estaba ya presente en la vida y en la predicación del Nazareno: la novedad que introduce la confesión de la suya, se realiza ya dentro de esta continuidad radical.

En este sentido, no es casual, y desde luego resulta esencial, la atención renovada a su vida para comprender la génesis y el sentido de la profunda reconfiguración que el Nuevo Testamento realiza en el concepto de resurrección heredado del Antiguo. La vida de Jesús y lo creído y vivido en su compañía constituyeron sin lugar a dudas una componente fundamental del suelo nutricio donde echó raíces lo novedoso y específico de la experiencia pascual.

Dos aspectos sobre todo tuvieron una enorme fuerza de revelación y convicción.

En primer lugar, la conciencia del carácter “escatológico” de la misión de Jesús, que adelantaba y sintetizaba en su persona la presencia definitiva de la salvación de Dios en la historia : su destino tenía el carácter de lo único y definitivo.

En estrecha dialéctica con él, está, en segundo lugar, el hecho terrible de la crucifixión , que parecía anular esa presencia. La durísima “experiencia de contraste ” entre, por un lado, la propuesta de Jesús, garantizada por su bondad, su predicación y su conducta, y, por otro, su incomprensible final en la mors turpissima crucis, constituía una “disonancia cognoscitiva ” de tal magnitud, que  sólo con la fe en la resurrección podía ser superada (un proceso que, a su manera, había adelantado ya el caso de los Macabeos ).

El hecho de la huída y ocultamiento de los discípulos fue, con toda probabilidad, históricamente cierto; pero su interpretación como traición o pérdida de la fe constituye una “dramatización” literaria, de carácter intuitivo y apologético, para demostrar la eficacia de la resurrección. En realidad, a parte de lo injusta que resulta esa visión con unos hombres que lo habían dejado todo en su entusiasmo por seguir a Jesús, resulta totalmente inverosímil.

Algo que se confirma en la historia de los grandes líderes asesinados, que apunta justamente en la dirección contraria, pues el asesinato del líder auténtico confirma la fidelidad de los seguidores: la fe en la resurrección, que los discípulos ya tenían por tradición, encontró en el destino trágico de Jesús su máxima confirmación, así como su último y pleno significado. Lo expresó muy bien, por boca de Pedro, el kerygma primitivo: Jesús no podía ser presa definitiva de la muerte, porque Dios no podía consentir que su justo “viera la corrupción” (cf. Hch 2, 24-27).

2.3 Lo nuevo en la resurrección de Jesús

La conjunción de ambos factores —carácter definitivo y experiencia de contraste — hizo posible la revelación de lo nuevo en la resurrección de Jesús : él está ya vivo, sin tener que esperar al final de los tiempos (que en todo caso empezarían con él); y lo está en la plenitud de su persona, ya sin el menor asomo de una existencia disminuida o de sombra en el sheol .

Lo que se esperaba para todos (al menos para los justos) al final de los tiempos, se ha realizado en él, que por eso está ya exaltado y plenificado en Dios. Y desde esa plenitud —única como único es su ser— sigue presente en la comunidad, reafirmando la fe y relanzando la historia.

Tal novedad no carecía, con todo, de ciertos antecedentes en el Antiguo Testamento y en el judaísmo intertestamentario (piénsese en las alusiones a los Patriarcas, a Elías o al mismo Bautista ); y, aunque menos, tampoco era totalmente ajena al entorno religioso medio-oriental y helenístico, con Dioses que mueren y resucitan o con personajes que se hacen presentes después de muertos .

De todos modos, el carácter único de la persona y la misión de Jesús, hizo que, por la seguridad de su vivencia, por su concreción histórica y por su carácter plena e individualizadamente personal, la fe en su resurrección supusiese un avance definitivo en la historia de la revelación. De nadie se había hablado así: nunca, de ninguna persona se había proclamado con tal claridad e intensidad su estar ya vivo, plenamente “glorificado” en Dios y presente a la historia.

Los textos, leídos críticamente, no permiten una reconstrucción exacta del proceso concreto por el que se llegó a esta visión específica. Lo claro es el resultado. Y de los textos resulta que esa convicción firme, esa fe en la resurrección actual de Jesús y en la permanencia de su misión se gestó y se manifestó en vivencias extraordinarias de su nuevo modo de presencia real, que, en aquel ambiente cargado de una fortísima emotividad religiosa, los protagonistas interpretaron como “apariciones ”.

En todo caso, como tales fueron narradas a posteriori en el Nuevo Testamento, en cuanto explicitación catequética y teológica del misterio que se intentaba transmitir. En ese mismo marco se forjaron también las narraciones acerca de la “tumba vacía ”.

El carácter teológico de las narraciones es lo decisivo: ahí se expresa su intención y radica su enseñanza; a través de ellas se nos entrega el objeto de la fe. Dada su composición por escritores que, fuera del caso de Pablo (tan peculiar en muchos aspectos), no habían sido testigos directos, sino que escriben basados en recuerdos y relatos ajenos, entre cuatro y siete décadas más tarde, no pueden considerarse sin más como descripciones de acontecimientos fácticos, tal como los narrarían, por ejemplo, un cronista o un historiador actuales. De suerte que la interpretación más concreta de lo sucedido fácticamente constituye una delicada y compleja tarea hermenéutica, que ha de tener en cuenta el distinto marco cultural y los nuevos instrumentos de lectura crítica. Circunstancia que resulta decisiva a la hora de interpretar el modo de la resurrección y del ser mismo del Resucitado.

3. El modo y el ser de la resurrección

3.1 Consideraciones previas

De entrada, conviene insistir una vez más en que el problema se mueve ahora en un nivel distinto del anterior: allí se describía lo fundamental de la experiencia, aquí se intenta una mayor clarificación conceptual. Como queda dicho y repetido a lo largo de toda la obra, lo intentado en este nivel no pretende nunca cuestionar la verdad del anterior, y las discrepancias en él no tienen por qué significar una ruptura de la unidad de fe expresada en el primero. Pertenecen más bien al inevitable y legítimo pluralismo teológico.

Si antes influía sobre todo la caída del fundamentalismo, ahora es el cambio cultural el que se deja sentir como prioritario. Cambio en la visión del mundo, que, desdivinizado, desmitificado y reconocido en el funcionamiento autónomo de sus leyes, obliga a una re-lectura de los datos.

Piénsese de nuevo en el ejemplo de la Ascensión: tomada a la letra, hoy resulta simplemente absurda. Cambio también en la misma teología que, justamente por efecto de esos dos factores, se halla en una situación nueva, sobre todo —tal como queda indicado al principio (1.6)— por lo que respecta a la concepción de la creación , la revelación y la cristología .

La acción de Dios no se concibe bajo un patrón intervencionista y “milagroso”, que no responde a la experiencia ni religiosa ni histórica y que amenazaría la trascendencia divina.

La revelación no es un “dictado” milagroso y autoritario que deba tomarse a la letra.

Y la cristología no busca lo peculiar de Jesús en su apartamiento sobre-naturalista, sino en su plena realización de lo humano: la cristología como realización plena de la antropología , la divinidad en la humanidad.

En este sentido, resulta hoy de suma importancia tomar en serio el carácter trascendente de la resurrección, que es incompatible, al revés de lo que hasta hace poco se pensaba con toda naturalidad, con datos o escenas sólo propios de una experiencia de tipo empírico: tocar con el dedo al Resucitado, verle venir sobre las nubes del cielo o imaginarle comiendo, son pinturas de innegable corte mitológico, que nos resultan sencillamente impensables.

Como resultado, no es la exégesis de detalle la que acaba decidiendo la interpretación final, sino la coherencia del conjunto. Esa exégesis es necesaria, y gracias a ella estamos donde estamos. Pero sus resultados llevan sólo al modo peculiar como los hagiógrafos interpretaban la resurrección con los medios de su cultura.

Ahora toca justamente hacer lo mismo con los medios de la nuestra. Por eso no se trata únicamente de que las discusiones exegéticas de los puntos concretos acaben muchas veces en tablas: “no se puede refutar esto, pero tampoco se puede probar lo contrario”; sino que es la entera visión de conjunto la que se mueve en busca de una nueva “figura” de la comprensión. Esta figura es la que, en definitiva, convence o no convence, según resulte significativa y “realizable” en la cultura actual o aparezca como incomprensible desde sus legítimas preguntas o incompatible con sus justas exigencias.

Finalmente, también ahora conviene ir por pasos, de lo más claro a lo más discutible. Lo cual además tiene dos ventajas importantes: permite ver el avance ya realizado, que en realidad es enorme; y puede ayudar a descubrir la verdadera dirección del cambio que se está produciendo. El sentido histórico bien administrado no sólo aporta serenidad a la discusión, sino que de ordinario aumenta la lucidez para percibir el futuro.

3.2 El “sepulcro vacío

No es exageración optimista hablar de lo enorme del cambio ya acontecido. Entre un manual preconciliar y un tratamiento actual, incluso de los más conservadores, la distancia es astronómica, tanto en lo cuantitativo del espacio dedicado, como en lo cualitativo del modo de ver la resurrección.

Desde luego, ya nadie confunde la resurrección con la revivificación o vuelta a la vida de un cadáver. Ni por tanto se la pone en paralelo ni, menos, se la confunde con las “resurrecciones” narradas no sólo en la Biblia, atribuidas a Eliseo, a Jesús o a Pablo (que, por otra parte, casi nadie toma a la letra), sino también en la cultura del tiempo, como en el caso de Apolonio de Tiana.

La resurrección de Jesús , la verdadera resurrección, significa un cambio radical en la existencia, en el modo mismo de ser: un modo trascendente, que supone la comunión plena con Dios y escapa por definición a las leyes que rigen las relaciones y las experiencias en el mundo empírico.

Por eso ya no se la comprende bajo la categoría de milagro, pues en sí misma no es perceptible ni verificable empíricamente. Hasta el punto de que, por esa misma razón, incluso se reconoce de manera casi unánime que no puede calificarse de hecho histórico.  Lo cual no implica, claro está, negar su realidad, sino insistir en que es otra realidad: no mundana, no empírica, no apresable o verificable por los medios de los sentidos, de la ciencia o de la historia ordinaria.

Puede afirmarse que estas ideas constituyen hoy un bien común de la teología. Pero sucede que el estado de “transición entre paradigmas” que caracteriza la situación actual no siempre permite ver con claridad las consecuencias: afirmado el principio nuevo, se sigue operando muchas veces con los conceptos y presupuestos viejos. Algo claro y hasta sorprendente cuando un mismo autor, después de reconocer de manera expresa que la resurrección no es un milagro, se aplica a matizarlo diciendo que no es un milagro “espectacular” (como si de alguien se dijese que está muerto, pero sólo “un poco” muerto). Pasa sobre todo con los problemas del sepulcro vacío y las apariciones. Con desigual intensidad, sin embargo.

En el caso del sepulcro vacío se han dado más pasos. Exegéticamente no es posible decidir la cuestión, pues, en puro análisis histórico, hay razones serias tanto para la afirmación como para la negación. Pero se ha producido un cambio importante, en el sentido de que son ya muchos los autores que no hacen depender la feen la resurrección de la postura que se adopte al respecto: se reconoce que pueden creer en ella tanto los que piensan que el sepulcro ha quedado vacío como los que opinan lo contrario.

La opción por tanto depende, en definitiva, del marco teológico en que se encuadra. Y la verdad es que, superadas las adherencias imaginativas que representan al Resucitado como vuelto a una figura (más o menos) terrena, y tomado en toda su seriedad el carácter trascendente de la resurrección, la permanencia o no del cadáver pierde su relevancia. El resultado vivencial y religioso es el mismo en ambos casos.

Una realidad personal tan identificada con Dios, cuya presencia se puede vivir simultáneamente en una aldea de África o en una metrópoli europea, que no es visible ni tangible: en una palabra, una realidad que está totalmente por encima de las leyes del espacio y del tiempo, no puede guardar ninguna relación material con un cuerpo espacio-temporal. Más aún, tal relación no parece resultar pensable, pues la desaparición del cadáver debería obedecer o a una aniquilación (lo cual anularía sin más la relación) o a una transformación tan cualitativamente diversa que parece anular igualmente toda posibilidad de relación (ninguna ley mundana vale para la persona resucitada). Tan invisible e intangible es el Resucitado para quien afirma que el sepulcro quedó vacío, como para quien afirma lo contrario.

Esto es importante, porque lo que, en el fondo y con toda legitimidad, pretende salvaguardar la afirmación de la tumba vacía es la identidad del Resucitado; que es también lo que se busca expresar con el simbolismo de la “resurrección de la carne”.

Pero, aparte de que ni siquiera en la vida mundana puede considerarse sin más el cuerpo como el verdadero soporte de la identidad, puesto que sus componentes se renuevan continuamente, parece claro que la preservación de la identidad ha de buscarse en el ámbito de categorías estrictamente personales. Aunque estamos en una de las más arduas cuestiones de la antropología, lo fundamental es que la identidad se construye en el cuerpo, pero no se identifica con él. Lo que el cuerpo vivo ha significado en esa construcción se conserva en la personalidad que en él y desde él se ha ido realizando; no se ve qué podría aportar ahí la transformación (?) del cuerpo muerto, del cadáver.

El cómo sucede esto constituye, sin duda —y para cualquier concepción—, un oscurísimo misterio, puesto que, por definición, está más allá de las leyes mundanas. Sólo cabe barruntarla mediante una “lógica de la simiente ”: ¿quién podría, de no comprobarlo a posteriori, ver como posible la continuidad entre la bellota y el roble? Ya lo dijera san Pablo: “se siembra corrupción, resucita incorrupción; se siembra vileza, resucita gloria; se siembra debilidad, resucita fortaleza; se siembra un cuerpo natural, resucita un cuerpo espiritual ” (1 Cor 15, 42-44).

Por otra parte, rota la linealidad literal de las narraciones, resulta muy difícil, si no imposible, interpretar con un mínimo de coherencia el supuesto contrario. ¿Qué sentido podría tener el tiempo cronológico en que el cadáver permanecería en la tumba, para ser “revivificado” en un momento ulterior? ¿Qué tipo de identidad personal sería la del Resucitado mientras espera la “revivificación ” del cadáver ? ¿Qué significaría esa mezcla de vida trascendente y espera cronológico-mundana?

En cambio, dentro de la irreductible oscuridad del misterio, todo cobra coherencia cuando se piensa la muerte como un tránsito, como un “nuevo nacimiento ”, en el que la persona “muere hacia el interior de Dios”; algo así como si del “útero” mundano la persona se alumbrase hacia su vida definitiva: “llegado allí, seré verdaderamente persona”, dijo san Ignacio de Antioquía. Y el Cuarto Evangelio ve en la cruz la “hora” definitiva, en la que la “elevación” (hýpsosis ) es simultáneamente muerte física en lo alto de la cruz y “glorificación” en el seno del Padre. Morir es ya resucitar: resurrección-en-la-muerte.

3.4 Las apariciones

En realidad, al menos en la medida en que las apariciones se toman como percepción sensible (sea cual sea su tipo, su claridad o su intensidad) del cuerpo del Resucitado, el problema es estrictamente paralelo al anterior. Porque de ese modo no sólo se vuelve a interpretar necesariamente la resurrección como “milagro ”, sino que se presupone algo contradictorio: la experiencia empírica de una realidad trascendente.

Pero aquí la percepción del problema no ha cambiado tanto como en el caso anterior; de suerte que muchos que no hacen depender la fe en la resurrección de la admisión del sepulcro vacío , sí lo hacen respecto de las apariciones. La razón es también distinta: si antes preocupaba la preservación de la identidad del Resucitado, ahora se cree ver en las apariciones el único medio de garantizar la objetividad y la realidad misma de la resurrección.

Pero esa impresión sólo es válida, si permanece prisionera de la antigua visión, sobre todo en dos puntos fundamentales. El primero, seguir tomando la actuación de las realidades trascendentes bajo la pauta de las actuaciones mundanas, que interferirían en el funcionamiento de la realidad empírica y que, por tanto, se podrían percibir mediante experiencias de tipo sensible.

El segundo, conservar un concepto extrinsecista y autoritario de revelación, como verdades que se le “dictarían” al revelador y que los demás deben aceptar sólo porque “él dice que Dios se lo dijo”. Dado lo complejo y delicado de la cuestión, una aclaración fundamentada debe remitir al detalle de lo explicado en el texto. Aquí es preciso limitarse a unas indicaciones someras.

La primera, recordar que la experiencia puede ser real sin ser empírica; o, mejor, sin que su objeto propio tenga sobre ella un efecto empírico directo. Se trata de experiencias cuyo objeto propio (no empírico) se experimenta en realidades empíricas.

El caso mismo de Dios resulta paradigmático. Ya la Escritura dice que “nadie puede ver a Dios” (cf. Éx 33, 20), y, sin embargo, la humanidad lo ha descubierto desde siempre. Ese es el verdadero significado de las “pruebas” de su existencia: responden a un tipo de experiencias con realidades empíricas —sentimiento de contingencia, belleza del mundo, injusticia irreparable de las víctimas …— en las que se descubre la existencia de Dios, pues sólo contando con ella pueden ser comprendidas en toda su verdad .

Esto hace que tales experiencias resulten tan peculiares y difíciles. Pero ese es su modo de ser, y no cabe otra alternativa. Por eso son tan chocantes posturas como las de Hanson, pretendiendo que, para que él creyese en su existencia, Dios tendría que aparecérsele empíricamente, visible y hablando como un Júpiter tonante, registrable en vídeo y en magnetófono. Bien mirado, eso no sólo sería justamente la negación de su trascendencia , sino incluso, como ha argüido Kolakowski, constituiría una contradicción lógica.

Y por lo mismo, pretender para Dios un tipo de experiencia empírica, como en el caso de la famosa “parábola del jardinero” de Anthony Flew, es el modo de hacer imposible la (de)mostración su existencia.

Muchos teólogos que se empeñan en exigir las apariciones sensibles para tener pruebas empíricas de la resurrección, no acaban de comprender que eso es justamente ceder a la mentalidad empirista, que no admite ningún otro tipo de experiencia significativa y verdadera.

Paradójicamente, con su aparente defensa están haciendo imposible su aceptación para una conciencia actual y justamente crítica . Por lo demás el mismo sentido común, si supera la larga herencia imaginativa, puede comprender que “ver” u “oír” algo o a alguien que no es corpóreo sería sencillamente falso, igual que lo sería tocar con la mano un pensamiento.

Y una piedad que tome en serio la fe en el Resucitado como presente en toda la historia y la geografía humana —“donde están dos o tres, reunidos en mi nombre allí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18, 20)—, no puede pensar para él un cuerpo circunscribible y perceptible sensorialmente.

(Y nótese que cuando se intenta afinar, hablando, por ejemplo, de “visiones intelectuales” o “influjos especiales” en el espíritu de los testigos, ya se ha reconocido que no hay apariciones sensibles. Y, una vez reconocido eso, seguir empeñados en mantener que por lo menos vieron “fenómenos luminosos” o “percepciones sonoras”, es entrar en un terreno ambiguo y teológicamente no fructífero, cuando no insano.

Esto no niega la veracidad de los testigos —si fueron ellos quienes contaron eso, y no se trata de constructos simbólicos posteriores—, ni tampoco que el exegeta pueda discutir si histórico-críticamente se llega o no a ese dato. Lo que está en cuestión es si lo visto u oído empíricamente por ellos es el Resucitado o son sólo mediaciones psicológicas —semejantes, por ejemplo, a las producidas muchas veces en la experiencia mística o en el duelo por seres queridos— que en esas ocasiones y para ellos sirvieron para vivenciar su presencia trascendente, y tal vez incluso ayudaron a descubrir la verdad de la resurrección. Pero repito eso no es ver u oír al Resucitado; si se dieron, fueron experiencia sensibles en las que descubrieron o vivenciaron su realidad y su presencia).

Con esto enlaza la segunda indicación: la revelación puede descubrir la verdad sin ser un dictado milagroso. Basta pensar que tal fue el caso para la misma resurrección en el Antiguo Testamento : lejos de ser un dictado, obedeció a una durísima conquista, apoyada en la interpretación de experiencias concretas, como la desgracia del justo o el martirio de los fieles; experiencias que sólo contando con la resurrección podían ser comprendidas.

Así se descubrió —se reveló— la resurrección que alimentó la fe de los (inmediatos) antepasados y de los contemporáneos de Jesús. Resurrección real, porque responde a una experiencia reveladora, que no por no ser empírica dejó de llevar a un descubrimiento objetivo.

Lo que sucede es que la novedad de la resurrección de Jesús, en lugar de ser vista como una profundización y revelación definitiva dentro de la fe bíblica, tiende a concebirse como algo aislado y sin conexión alguna con ella. Por eso se precisa lo “milagroso”, creyendo que sólo así se garantiza la novedad.

Pero, repitámoslo, eso obedece a un reflejo inconsciente de corte empirista. No acaba de percibirse que, aunque no haya irrupciones milagrosas, existe realmente una experiencia nueva causada por una situación inédita, en la que los discípulos y discípulas lograron descubrir la realidad y la presencia del Resucitado.

La revelación consistió justamente en que comprendieron y aceptaron que esa situación sólo era comprensible porque estaba realmente determinada por el hecho de que Dios había resucitado a Jesús, el cual estaba vivo y presente de una manera nueva y trascendente. Manera no empírica, pero no por menos sino por más real: presencia del Glorificado y Exaltado.

Si la resurrección no fuese real, todo perdería para ellos su sentido. Sin la resurrección, Cristo dejaría de ser él y su mensaje quedaría refutado. Dios permanecería en su lejanía y en su silencio frente a la terrible injusticia de su muerte. Y ellos se sentirían abandonados a sí mismos, perdidos entre su angustia real y una esperanza tal vez para siempre decepcionada. Todo cobró, en cambio, su sentido cuando descubrieron que Jesús había sido constituido en “Hijo de Dios con poder” (Rm 1, 4) y que Dios se revelaba definitivamente como “el que da vida a los muertos ” (1 Cor 15, 17-19).

Esto no pretende, claro está, ser un “retrato” exacto del proceso, sino únicamente desvelar su estructura radical. Estructura universalizable, que sigue siendo fundamentalmente la misma para nosotros y que por eso, cuando se nos desvela gracias a la ayuda “mayéutica ” de la interpretación apostólica, puede resultarnos significativa y —en su modo específico— “verificable”.

Creemos porque “hemos oído” (fides ex auditu: Rm 10, 17); pero también porque, gracias a lo oído, nosotros mismos podemos “ver” (cf. Jn 4, 42, episodio de la Samaritana y sus paisanos). Tal es el realismo de la fe, cuando se toma en serio y no, según diría Kant, como algo puramente “estatutario”. No, por tanto, un mero aceptar “de memoria”, afirmando a, lo mismo que se podría afirmar b o c; sino afirmar porque la propia y entera vida se siente interpretada, interpelada, comprometida y salvada por eso que se cree.

3.5 “Primogénito de los muertos

Esto último, contextualizado por lo dicho en los puntos anteriores, permite un paso ulterior, creo que de suyo natural, pero que de entrada puede resultar sorprendente, puesto que se aparta de lo que espontáneamente se viene dando por supuesto. Como siempre sucede en la revelación, lo que se descubre estaba ya ahí. Se descubre gracias a que una circunstancia especial, por su “estrañeza” (oddness, en la terminología de I. T. Ramsey), despierta la atención del “profeta” o revelador, haciéndolo “caer en la cuenta”: “¡El Señor estaba en este lugar, y yo no lo sabía!” (Gén 18, 16).

Mostrémoslo con algún ejemplo, que no precisa ser literal en todos sus detalles. Dios ha estado siempre al lado de las víctimas contra la opresión injusta; pero fue la peculiar circunstancia de Egipto la que permitió a la genialidad y fidelidad religiosa de Moisés “caer en la cuenta” de esa presencia.

Pero eso no significa que Dios haya empezado a ser liberador cuando lo descubrió Moisés. A pesar de eso, hubo un comienzo real, no un simple “como si” teórico, pues la nueva conciencia abrió nuevas posibilidades reales para la acogida humana y por tanto para la penetración de la acción liberadora del Señor en la historia).

Lo mismo —para acercarnos más a nuestro caso—sucede con la paternidad divina. Cuando Jesús en su peculiar experiencia (con todo lo que ella implicaba) logró verla, vivirla y proclamarla con definitiva e insuperable claridad, no es que esa paternidad “empezase” entonces: Dios era y es desde siempre “padre/madre” para todo hombre y mujer. Sucede únicamente que a partir de Jesús se revela con claridad, tansformando realmente la vida humana, puesto que desde entonces la filiación puede vivirse de manera más profunda y consecuente.

Con la resurrección sucede lo mismo. En Jesús se reveló en plenitud definitiva lo que Dios estaba siendo desde siempre: el “Dios de vivos ”, como dijo el mismo Jesús; “el que resucita a los muertos ”, como gracias a su destino re-formularon los discípulos la fe que ya tenían en la resurrección, confirmándola y profundizándola con fuerza definitiva.

Esta comprensión supone ciertamente un cambio en la visión teológica; pero resulta perfectamente coherente con el experimentado por la cristología en general, que, como queda dicho, ha aprendido a ver la singularidad de Jesús no en el apartamiento de lo humano, sino en su plena revelación y realización.

Por eso con esta visión no se anula, sino que se confirma la confesión de la fe: Cristo sigue siendo “el primogénito de los muertos ” (Ap 1, 15), sólo que no en el sentido cronológico de primero en el tiempo, sino como el primero en gloria, plenitud y excelencia, como el revelador definitivo, el modelo fundante y el “pionero de la vida” (Hch 3, 15). De ahí esa reciprocidad íntima, auténtica perichoresis, que Pablo proclama entre su resurrección y la nuestra: si él no ha resucitado, tampoco nosotros; si nosotros no, tampoco él (1 Cor 15, 12-14).

Realmente, cuando se superan los innumerables clichés imaginativos con que una lectura literalista ha ido poblando la conciencia teológica, se comprende que esta visión es la más natural y, sobre todo, la más coherente con un Dios que, habiendo creado por amor, no ha dejado nunca a sus hijos e hijas entregados al poder de la muerte. Por eso la humanidad, aunque no haya podido descubrir esta plenitud de revelación hasta la llegada de Jesús, lo ha presentido y a su modo lo ha sabido siempre, expresándolo de mil maneras. Pero de esto hablaremos después.

4. Las consecuencias

Una de las maneras más eficaces de verificar la verdad de una teoría consiste en examinar sus consecuencias. En ellas se despliegan su verdadero significado y su fuerza de convicción. Respecto de la resurrección vale la pena mostrarlo brevemente en tres frentes principales.

4.1 Resurrección e inmortalidad

El aislamiento que el estudio de la resurrección ha sufrido respecto del proceso de la revelación bíblica fue todavía mayor respecto de la tradición religiosa en general. En gran medida se ha querido asegurar su especificidad, acentuando la diferencia. Pero realmente la resurrección pertenece por su propia naturaleza a un plexo religioso fundamental y en cierto modo común a todas las religiones: la idea de inmortalidad. Respecto de esta no es algo aparte, sino un modo específico de tematizarla y de vivirla.

Porque es natural que cada religión interprete la verdad común en el marco específico de su propia religiosidad. La bíblica, desde el Antiguo Testamento, la ve sobre todo dentro de su fundamental acento personalista: por un lado, desde la relación con un Dios cuyo amor fiel rescata del poder de la muerte, llamando a la comunión consigo y, por otro, desde una antropología unitaria, que no piensa en la salvación de sólo una parte de la persona. El Nuevo Testamento hereda esta tradición, llevándola a su culminación gracias al enorme impacto de la experiencia crística.

Ahí radica su originalidad, y es comprensible el énfasis que se ha puesto en ella. Sin embargo, el mejor camino para asegurarla y ofrecerla como aportación a los demás no es el de acentuar la diferencia hasta romper la continuidad fundamental.

Tal ha sucedido sobre todo al insistir en su diferencia con la idea griega de inmortalidad . Diferencia real, puesto que los griegos configuraban el fondo común dentro de su propio marco religioso y filosófico. Pero no contraposición radical y totalmente incompatible, ni mucho menos. Ya históricamente sería falso, pues es bien sabido que en la etapa decisiva de la configuración de esta verdad la Biblia recibió un fuerte impulso del mundo helenístico (que por su mayor dualismo antropológico hacía más fácil vencer la apariencia de que todo acaba con la muerte). Además, como hemos visto, en la misma Biblia no siempre era tan neta y abrupta la distinción, y hay en ella textos que hablan como los griegos o simplemente mezclan ambas concepciones.

Cuando se comprende la resurrección de Jesús como la revelación definitiva de lo que “el Dios de vivos” hace con todas las personas de todos los tiempos, resulta más fácil ver la comunidad radical. La resurrección de Jesús de Nazaret representa algo específico y constituye una aportación irreductible; pero es así, sobre todo, gracias a que en él se nos ha revelado en plenitud lo ya se había revelado a su modo en las demás religiones : que Dios resucita ya, sin esperar a un fin del mundo, y resucita plenamente, es decir, en íntegra identidad personal (que ni es sólo el “alma ” ni está a la espera de ser completada con el “cuerpo ” rescatado de su estado de cadáver ).

Eso no vacía sin más de significado la expectación de una “resurrección al final de los tiempos”. Significado verdadero e importante, pero no en el sentido mitológico de una reunión final de la humanidad en el “valle de Josafat”, sino en el de una esperanza de comunión plena. La comunidad de los resucitados, en efecto, no está completa y clausurada en sí misma, desinteresada de la historia . Mientras esta no se cierre, mientras quede alguien en camino, hay una expectación e incompletud real, una comunión de presencia dinámica hasta que culmine el proceso por el que, con toda la humanidad reunida, “Dios será todo en todos” (1 Cor 15, 28).

Lo decisivo es que esta visión cristiana no tiene por qué ser presentada como algo aislado y excluyente, sino como una concreción de la verdad común. Esto es muy importante para un tiempo en el que el diálogo de las religiones ha cobrado una relevancia trascendental. La resurrección bíblica no renuncia a la propia riqueza, sino que la ofrece como aportación a la búsqueda común. Y, al mismo tiempo, comprende que hay aspectos en los que también ella puede enriquecerse con la aportación específica de las demás religiones. Se ha intentado muchas veces con la transmigración y existen intentos interesantes desde las religiones africanas y amerindias. En todo caso, lo decisivo es el reconocimiento de la fraternidad a través de la fe en este misterio y del diálogo en la búsqueda de su mejor comprensión.

4.2 Resucitados con Cristo

Hasta aquí hemos insistido sobre todo en la primera de las preguntas kantianas: qué podemos saber de la resurrección. Ahora cumple decir algo de la segunda: qué debemos hacer desde la fe en ella. Se trata de su dimensión más inmediatamente práctica, con dos aspectos  fundamentales.

1. El primero es el problema del mal. La cruz lo hace visible en todo su horror; la resurrección muestra la respuesta que desde Dios podemos vislumbrar.

La cruz , en efecto, permite ver de modo casi intuitivo que el mal resulta inevitable en un mundo finito, pues Dios sólo podría eliminarlo a costa de destruir su propia creación , interfiriendo continuamente en ella y anulándola en su funcionamiento: para librar a Jesús del patíbulo, tendría que suprimir la libertad de los que lo condenaron o suspender las leyes naturales para que los instrumentos no lo dañasen o las heridas no le causasen la muerte

… Además, si lo hacía con él, ¿por qué no con las demás víctimas de la tortura, de la guerra, de las catástrofes, de las enfermedades…? Pero entonces ¿qué sería del mundo? Equivaldría simple y llanamente a su anulación. Comprender esta inevitabilidad fue tal vez la “última lección”  que Jesús tuvo que aprender en la cruz (cf. Hbr 5, 7), pues su tradición religiosa lo inclinaba seguramente a pensar que Dios intervendría en el último momento para librarlo.

La vivencia del Abbá y la fidelidad a la misión le permitieron comprender que Dios no nos abandona jamás y que —como había descubierto el libro de Job— la desgracia no es un signo de su ausencia, sino una forzosidad causada por la finitud del mundo o por la malicia de la libertad finita.

Pero también —más allá de Job— que por eso mismo Dios está siempre a nuestro lado, acompañándonos cuando nos hiere el mal y apoyándonos en la lucha contra él; sobre todo, asegurando nuestra confianza en que el mal no tiene la última palabra, aunque no siempre resulte fácil verlo, principalmente cuando la muerte parece darle el triunfo definitivo.

Los evangelistas intuyen esta dialéctica, cuando se atreven a poner en los labios de Jesús, por un lado, el grito de la interrogación angustiada: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mc 15, 34; Mt 27, 46); y, por otro, las palabras de la entrega confiada: “en tus manos pongo mi vida” (Lc 23, 46).

Por parte de Dios, la resurrección fue la respuesta: es la respuesta. Gracias a la fidelidad de Jesús, paradójicamente para nosotros resulta más fácil de comprender: lo que para él fue una dura conquista, nosotros podemos acogerlo ya en la claridad de la fe.

Y también, sacar las consecuencias teológicas. Por un lado, el carácter trascendente de la resurrección no permite esperar “milagros ” divinos, sino que convoca a la praxis histórica, colaborando con Dios en su lucha contra el mal : es el único encargo —el “mandamiento nuevo”— que nos deja Cristo.

Pero, por otro, su carácter real y definitivo es lo único que nos permite responder a la terrible pregunta por las víctimas , que, muertas, nada pueden esperar de soluciones desde la historia : sólo la resurrección puede ofrecer una salida a “la nostalgia de que el verdugo no triunfe definitivamente sobre su víctima”.

Basta con pensar en la importancia de este tema en la teología de la liberación y en su repercusión en el diálogo con la teoría crítica , de Horkheimer a Habermas, para percatarse de la importancia de esta consecuencia.

2. El segundo aspecto —la vida eterna— enlaza con este. Quien resucita es el Crucificado: su vida, la vida últimamente real y auténtica, no es rota por el terrible trauma de la muerte, sino que es acogida y potenciada —glorificada— por el Dios que resucita a los muertos. No se trata de una vida distinta y superpuesta, sino de su única vida, ahora revelada en la hondura de sus latencias y realizada en la plenitud de sus potencias (para usar la terminología de Ernst Bloch). La resurrección ni es una “segunda” vida ni una simple “prolongación” de la presente (lo cual, como muchos han visto, sería un verdadero horror, un auténtico infierno), sino el florecimiento pleno de esta vida, gracias al amor poderoso de Dios.

Es importante insistir en esto, pues incluso algunos teólogos caen aquí en una interpretación reductora, arguyendo que la resurrección implicaría una devaluación de la vida terrena. Todo lo contrario, bien entendida, supone su máxima potenciación. La Escritura misma lo ve, sobre todo en el Cuarto Evangelio, hablando de vida eterna. Una vida que ya ahora, reconociéndose radicada de manera irrompible en el mismo ser divino, confiere un valor literalmente infinito a todo su ser y a todos sus logros: “ni siquiera un vaso de agua quedará sin recompensa” (cf. Mc 9,41; Mt 10, 42).

Por eso la esperanza de la resurrección no significa una escapada al más allá, sino una radical remisión al más acá, al cultivo auténtico de la vida y al compromiso del trabajo en la historia. Fue lo que, frente al abuso de los “entusiastas” —que creyéndose ya resucitados despreciaban esta vida, sea en la renuncia ascética, sea en el abuso libertino—, comprendió la primera comunidad cristiana.

Tal fue con seguridad el motivo principal por el que se escribieron los evangelios : recordar el que el Resucitado es el Crucificado, que su resurrección se gestó en su vida de amor, fidelidad y entrega. La vida eterna, la que se encontrará a sí misma plenamente realizada en la resurrección, es la misma que, igual que Cristo, se vive aquí y ahora en toda radicalidad, la que se gesta en el seguimiento. Por eso se retomó, como modelo y llamada, la concreción de su vida histórica: viviendo como él, resucitaremos como él.

4.3 Jesús, “el primogénito de los difuntos ”

Y queda la tercera pregunta: qué nos es dado esperar desde la fe en la resurrección. En realidad, ya queda dicho lo fundamental. Pero hay dos puntos que importa subrayar, pues la problemática tradicional suele dejarlos demasiado en la sombra. También en esta tercera pregunta sigue siendo Jesús el modelo para adentrarse en la respuesta.

En primer punto se refiere a él mismo. Hablar de Jesús como primogénito de los difuntos, en lugar de primogénito de los “muertos”, puede sonar de entrada un tanto extraño, incluso fuerte. A pesar de que las palabras son sinónimas, el hábito apaga la radicalidad del significado en la primera, mientras que la variación puede avivarla en la segunda. Porque se trata de percibir que, efectivamente, Jesús, el Cristo, cumple la perfecta definición cristiana de un difunto: alguien que ha muerto biológicamente, pero que en la identidad radical de su ser vive plenamente en Dios. Lo cual nos lleva a la cuestión descuidada, no tanto en la práctica cuanto en la teoría teológica, de nuestra relación actual con él.

Su desaparición de la visibilidad mundana pone esa relación en una situación peculiar. No es como la que mantenían los discípulos, que podían verle, oírle y tocarle. Pero tampoco puede reducirse al mero recuerdo de un personaje histórico, ni a verlo como una figura imaginaria.

La resurrección dice que Cristo está vivo hoy y que por tanto la suya es una presencia real, con la que sólo tiene sentido una relación actual. No le vemos, pero él nos ve; no le tocamos, pero le sabemos presente, afectando nuestras vidas y afectado por ellas. Por eso podemos hablar con él en la oración y colaborar con él en el amor y el servicio: “a mí me lo hacéis”.

En este sentido, el recuerdo, cuidando de que no quede reducido a mero recuerdo, puede ayudar como mediación imaginativa para la presencia. Según el tópico kantiano: la presencia “llena” el recuerdo, que sin él pudiera parecer “ciega”.

No es una relación fácil, porque rompe los esquemas ordinarios de las relaciones humanas; pero es viva y eficaz, como muestra toda la historia de la vida cristiana. Problema importante, que preocupó de manera intensa a nuestros místicos clásicos[3], pero que sin duda debiera recibir una atención más expresa por parte de la teología actual.

Esto nos lleva al segundo punto: la relación con los difuntos. La visión que hemos tratado de elaborar muestra con toda claridad que lo decisivo para su comprensión es que encuentra su modelo fundante en la relación que tenemos con Jesús, el Cristo. Y eso significa que también con ellos existe una relación de presencia real y actual, de comunión e intercambio.

A eso apunta el misterio, precioso, de la comunión de los santos —de todos, no sólo los que están en los altares. Un misterio que también precisa ser pensado teológicamente, para evitar deformaciones —por ejemplo, la de utilizarlos como “intercesores”, como si ellos nos fuesen más cercanos o favorables que Dios o Dios necesitase ser “convencido” por ellos— y, sobre todo, para situarlo en su verdadera fecundidad: como ánimo y compañía, como la presencia de múltiples espejos donde se refleja la infinita riqueza de los atributos divinos, como solidaridad con ellos en la historia.

Un caso de especial importancia es el repensamiento de la liturgia funeraria, muchas veces tan terriblemente deformada, y aun comercializada a causa de su instrumentalización como “sufragio”, cual si Dios necesitase que lo aplacásemos para que sea “piadoso” con los difuntos .

Por fortuna, en Jesús, sobre todo en la celebración de la Eucarístía, tenemos el modelo luminoso. Igual que en su caso, salvada claro está el carácter específico y único de su ser, también respecto de ellos lo que ante todo hacemos es “celebrar su muerte y resurrección”: como acción de gracias al Dios de la vida, como ejercicio comunitario y especialmente intenso de la comunión viva y actual, como solidaridad con el dolor de los allegados, como ánimo para la vida y, de manera muy especial, como alimento de nuestra fe —siempre precaria, siempre amenazada— en la resurrección.

Hay incluso un aspecto que permite recuperar, ahora sin deformaciones, nuestra solidaridad efectiva con ellos. Toda muerte es una interrupción y por eso todo difunto deja inacabamientos en la tierra: sean positivos, de obras emprendidas y no terminadas, de iniciativas que esperan continuidad; sean negativos, de daños hechos y no reparados, de deudas no saldadas. Pues bien, aquí sí que puede existir un verdadero “ayudar” a los difuntos: prolongando con amor su obra auténtica o reparando en lo posible aquello que de defectuoso y negativo hayan dejado tras de sí.

Como se ve, hay aquí una riqueza enorme, que podría hacer de la celebración cristiana de la muerte una honda celebración de la Vida y una fuente extraordinaria de esperanza.

7. Consideración final

Ha llegado el momento, y en ese sentido quisiera hacer algunas advertencias importantes. Pienso sobre todo en aquellos lectores o lectoras que, tal vez poco habituados a los resultados de la exégesis crítica y de la hermenéutica teológica, hayan podido quedar inquietos o desconcertados ante ciertos resultados de los aquí propuestos.

La primera es recordar una vez más que se trata de un trabajo teológico, que, por lo tanto, se ofrece siempre con un confesado exponente de propuesta hipotética. El cantus firmus de la fe se difracta en variaciones que intentan expresarlo lo mejor posible, pero que no pueden pretender identificarse con él; conscientes incluso de que algunas veces pudieran deformarlo. Con distintos grados, claro está: por eso más de una vez he distinguido de manera expresa lo que me parecía común, o prácticamente común, y lo que era propuesta más minoritaria o novedosa.

En todo caso, la presentación se ha hecho siempre exponiendo las razones en las que se apoyaba, ofreciéndose así al diálogo , abierta a la crítica e incluso a la posible refutación —siempre, naturalmente, que se haga también con razones— y desde luego, dispuesta a la colaboración en la búsqueda conjunta de la verdad .

Lo que así ha resultado es una visión global. El propósito, por tanto, no se ha reducido a la exposición aislada de puntos concretos, sino, como insinúa el título, a un repensamiento del conjunto. Como tal ha de considerarse, tratando de interpretar cada parte a la luz de la totalidad y dentro de la perspectiva global adoptada.

Una perspectiva que, como reiteradamente se ha puesto de manifiesto, quiere tomar muy en serio el cambio de paradigma cultural introducido por la Modernidad —lo que en modo alguno significa someterse acríticamente a él— y que se ha esforzado por mantener con claridad y rigor la consecuencia de los supuestos adoptados. Todo resulta así discutible; pero, por lo mismo, todo tiene también derecho a ser entendido en su marco propio y en su intencionalidad específica.

Soy muy consciente, y lo he avisado desde el principio, de que, si esto no se tiene en cuenta, el libro puede dar la impresión de una teología demasiado “iDiosincrásica”, como dirían los anglosajones, o incluso de un apartarse del camino común en algunos puntos importantes.

Pero también es cierto que, cuando se capta bien la perspectiva adoptada y el marco intelectual dentro del que se coloca, todo, o casi todo, adquiere una clara coherencia y una fuerza espontánea de convicción. Esa, aparte de mi propia experiencia, es al menos la impresión de muchas personas que han acompañado esta reflexión y de aquellas que, honrándome con su amistad, han leído el manuscrito. Al lector corresponde decidir, libre y críticamente, cuál de los dos campos le parece el más justo y acertado.

A esto ha de unirse una observación de hondo calado hermenéutico y que cada vez juzgo más importante. Pudiera parecer —y alguna vez se me ha achacado— que este tipo de tratamiento sigue demasiado el cliché de la crítica racionalista. Nada más lejos no sólo de mi intención, sino también de la realidad.

La crítica racionalista, situándose fuera del trabajo propiamente teológico, tiende a identificar fe y teología ; de suerte que, al detectar los fallos o la inadecuación cultural de ésta, cree estar descalificando aquella. En cambio, lo que aquí se ha pretendido es una consideración desde dentro, que, distinguiendo con cuidado entre fe y teología, busca ciertamente el máximo rigor posible en la crítica de los conceptos teológicos, pero con el preciso propósito de lograr una mejor, más significativa y más actualizada comprensión y vivencia de la fe.

Se comprenderá mejor lo que intento decir, aludiendo a un problema más general, e incluso tal vez más hondo, de la relación entre la teología y la filosofía. Hace ya bastante tiempo lo he señalado hablando de la contraposición entre el “síndrome Morel ” y el “síndrome Galot ” (tomando, naturalmente, las expresiones en sentido objetivo, sin pretender en modo alguno entrar en juicios personales)[4]. Ambos señalan dos posibilidades en cierta manera extremas, que hacen imposible una verdadera interfecundación.

Georges Morel, desde el costado filosófico, ha confrontado una filosofía exquisitamente cultivada con una teología tradicional simplemente recibida y prácticamente aceptada como tal. El resultado fue la percepción de una incompatibilidad cultural que acabó llevándole al abandono del cristianismo: tal como interpretaba teológicamente algunos puntos fundamentales de la fe , le resultaron incomprensibles e inaceptables[5].

Jean Galot, por su parte, desde el costado teológico, ha orientado su dedicación a la teología sin una verdadera preocupación de actualización cultural y filosófica. El resultado fue una desconfianza exacerbada ante toda renovación, viendo herejías en (casi) cualquier intento de verdadera actualización[6].

Aunque resulta siempre osado emitir un juicio sobre problemas de este calibre, me atrevo a pensar que en ambos casos ha habido el mismo fallo de enfoque[7]. Han partido de una especie de “sacralización” de los conceptos teológicos recibidos, como si fuesen inamovibles y de ellos dependiese absolutamente la fe . No tuvieron en cuenta, al menos en medida suficiente, ni la maior dissimilitudo del Lateranense IV (cuando hablamos de Dios la desemejanza entre nuestros conceptos y su realidad es mayor que la desemejanza) ni el principio tomasiano de que “el término del acto de fe no es el concepto, sino la cosa misma”

Los conceptos teológicos son constructos que, sin dejar de ser verdaderos, no lo son nunca de manera adecuada, y por eso precisan estar en continua revisión, sobre todo cuando los cambios culturales dejan al descubierto su inadecuación especialmente fuerte en un nuevo contexto.

Pero, si se los sacraliza, en lugar de poner los recursos filosóficos al servicio de su renovación y transformación, se propende o bien a abandonarlos (caso de Morel) o bien a fosilizarlos, sin posibilidad de actualización (caso de Galot). La realidad es que personalmente tengo la impresión de que en ambos casos se pierde toda oportunidad de renovación teológica.

No estoy seguro, desde luego, de lo acertado del diagnóstico. Pero al menos, aun en caso de que esté equivocado, sirve para expresar la intención de esta obra: en su modesta medida trata de poner sus modestísimos conocimientos filosóficos al servicio de la fe en la resurrección mediante el “repensamiento” de los conceptos teológicos en que se expresa.

Ese servicio representa, en definitiva, la finalidad última de la teología y constituye por lo mismo un criterio decisivo de su acierto o desacierto. Ha sido una preocupación de la obra, y a la hora de emitir un juicio conviene que el lector lo tenga en cuenta, examinando si la visión así adquirida ayuda a hacer que la fe en la resurrección resulte hoy algo más culturalmente significativa  y más religiosamente vivenciable.

NOTAS

[1] A esta preocupación alude también W. Pannenberg, cuando afirma: “Después de que se ha descrito así de manera provisional la realidad (Sachverhalt) fundamental que tiene por contenido el anuncio cristiano de la resurrección, pueden ser tratados los problemas vinculados con ella y que precisan de mayor clarificación” (Systematische Theologie 2, Göttingen 1991, 387).

[2] Me refiero al cap. V de mi libro Repensar la Cristología, 157-178, que había sido adelantado en Recuperar la experiencia de la resurrección: Sal Terrae 70 (1982) 196-208. Naturalmente, el tiempo transcurrido desde la primera redacción no ha pasado en vano: ahora he introducido algunas modificaciones significativas. Pero, en definitiva, puedo afirmar que esta obra cumple lo allí anunciado.

[3] Cf. S. Castro, La experiencia de Jesucristo, foco central de la mística, en F. Ruiz (ed.), Experiencia y pensamiento en san Juan de la Cruz, Madrid 1990, 169-193; J. Martín Velasco, El fenómeno místico. Estudio comparado, Madrid 1999, 220-231, con la bibl. fundamental.

[4] Cf. A. Torres Queiruga, Problemática actual en torno a la encarnación: Communio 1 (1979), 45-65; también en Repensar la Cristología, 229-235; cf 70-72. 132.

[5] En La revelación de Dios en la realización del hombre, cit., 316-317 (orig. gall., 273-275), trato de mostarlo en un ejemplo concreto.

[6] En su artículo La filiation divine du Christ. Foi et interprétation: Greg 58 (1977) 239-275, en p. 257, descalifica como negando la divinidad de Cristo no sólo a la teología holandesa (de entonces), sino también a autores como J. I. González Faus, J. Sobrino y X. Pikaza; llega incluso a aplicar la sospecha a O. González de Cardedal.

[7] Merecería también la pena estudiar el caso, muy distinto, de Hans Urs von Balthasar. Su preocupación y su estudio fueron fundamentalmente teológicos, sólo que en su caso, acompañados de una enorme y reconocida competencia filosófica. Pero, a pesar del respeto que impone su obra, no puedo evitar la sospecha de que, de manera creciente, fue dando cada vez más por supuesta e indiscutible la validez de la teología tal como estabaformulada; de suerte que, en lugar de aplicar su genio a renovarla, propendió a poner su enorme saber filosófico a apuntalarla e inmunizarla frente a los desafíos de la historia. Eso explicaría su progresivo talante apologético  y su oposición, por veces claramente injusta, a importantes y muy responsables intentos de renovación teológica.

 

 

 

81 comments to Repensar la resurrección

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·        Santiago

06-Mayo-2012 – 23:08 pm

Yo tambien, amigo Javier, deseo dejar este post…y espero que pueda hacerlo..por eso no quiero volverme muy polémico en mi respuesta…En cuanto a lo de personal yo no me refería a JJT sino a nuestro específico diálogo que es, en el fondo ideológico, con 2 posturas diferentes, 2 caminos diferentes y por ende tambien 2 diferentes ideologías..por Tamayo siento el mismo respeto que por todo ser humano…pues vea a Cristo en cada uno de ellos..En lo que discrepo, no es en cuanto a la persona, sino en cuando al pensamiento o a la creencia ideológica o en cuanto al camino, a pesar de que comprendo que cada cual es LIBRE de elegir el camino que le parece mejor o que es el mas conveniente en aquel momento..Por eso es que yo expongo las razones de mi elección basada en el derecho que me da mi libertad..Asi la discrepancia es mas saludable y menos apasionada..pues se convierte en un diálogo constructivo y de aprendizaje
No existe ninguna inquisición como tu imaginas…La eleccion de un camino religioso o ideológico es voluntarios en los países libres de fanaticismo…exceptuando las dictaduras totalitarias, tanto de derechas o de izquierda, que OBLIGAN a profesar una ideología…Sin embargo, en lo que se refiere a la iglesia, yo jamás me he sentido coaccionado a creer..Mi FE es libre…puedo creer o no…Para mi la FE es coherencia…la FE católica lo es aun mas…por su riqueza teológic0-moral, por las grandes figuras que la han representado a traves de los siglos y por su fuerte estructura histórica sellada con la sangre de los mártires…Eso me da estabilidad a mis creencias…pues no solo quiere ponerme al tanto del pasado sino que estoy consciente del presente…pues por eso continúo por aqui…Esto me sirve como de estudio profundo de mi fe
Me alegro que imitándome no EXCLUYAS a NADIE e INCLUYAS tambien en el mundo de “lo coherente” a la jerarquía católica, a saber, papas y obispos..Hasta hace poco me daba la impresion que considerabas a estos jerarcas como seres despreciables…sin posibilidad de redención humana alguna..Ahora veo que dices que incluyes a TODOS…pero me alegraría que lo aclararas, por supuesto, en otra ocasión
Puesto que fue la iglesia principalmente la que proclamó la identidad de Jesus mas claramente  pues fueron los testigos de su vida lo que no la dieron a conocer, o sea, que el origen de este conocimiento en nosotros es APOSTOLICO, esta LUZ de Cristo nos viene, en su raíz, desde entonces…pero, por supuesto, yo no he dicho que tenemos la exclusividad -solo un grupo- de llevar esta ILUMINACION al mundo..Hay muchas personas que no practican su religion catolica y CREEN en Cristo..y lo proclaman..Y aun otros, que ni siquieran CREEN en EL…y tambien lo proclaman..Pero pertenece mucho mas directamente a esa iglesia primitiva llevar el mensaje salvífico de la BUENA NUEVA al todo el mundo..Y asi lo ha hecho desde los primeros siglos hasta llegar al siglo XXI..Pero a menos que yo sienta una simpatía por el mensaje de Jesus es claro que no tengo porque difundir su mensaje..No existe el objeto..Y todos nosotros los humanos obrasmo por y para un FIN
Estoy de acuerdo contigo en que debemos sujetarnos a lo que quiera Dios, ya sea en vida o despues de la muerte..Pero no te olvides que Dios nos creó con inteligencia y voluntad, y nos va a salvar con nuestra cooperacion..No te “anestesies” la conciencia pensando que todos vamos a estar ”igualitos” a la hora de presentarnos ante Dios…Si en Dios hay misericordia infinita tambien existe justicia infinita…Y como la justicia humana no es perfecta, y como no es justo que el MAL impere sobre el BIEN, no será justo que DIOS salve al que se empeñe en continuar haciendo MAL…particularmente, por esas graves injusticias SOCIALES, que constituyen un PECADO de los que claman al cielo, particularmente la defraudación del salario del pobre, la muerte del inocente, los escándalos cometidos contra los niños, los genocidios perpretados con pura malicia etc. etc.  ¿Te crees tu, amigo Javier, que Dios va a permitir que esos horribles MALES queden IMPUNES cuando las personas RECHAZAN una y otra vez el AMOR de Dios con plena conciencia y con verdadera malicia, aun en el momento de la muerte?   Bueno, Javier, cuando leo los periodicos y veo TV sobre casos terribles de crimenes de violencia y contra inocentes etc.etc. pienso que en verdad Dios tiene MUCHA misericordia..y perdona facilmente…PERO hay un límite y es mi opinion -y la de muchos- que Dios no es capaz de salvar a nadie contra su voluntad, particularmente los que se empeñan en seguir practicando el MAL…Sin embargo, CREO que hay en Dios mas misericordia que justicia…y todos, si queremos, vamos a llegar hasta el amor del Padre
No te distraigas, Javier, piensa mejor que SI existe la otra vida…y que no solo hay que cooperar con Cristo y proclamarlo en esta vida..sino que tambien que vamos a tener  que vivir “en la otra vida”..y que aunque nuestra salvacion eterna es un regalo…sin embargo, hemos de aceptarlo y cooperar de lleno con el que nos lo ofrece gratuitamente..al menos, EN  lo que percibimos como Su voluntad…un abrazo…saludos   de Santiago Hernández
·        Javier Renobales Scheifler

05-Mayo-2012 – 10:17 am

¿No es nada personal contra Tamayo, Santiago, cuando lo declaras a él fuera de la comunidad, excluido de la comunidad, porque los obispos de tu papa lo han dicho así?  ¡Qué falso es eso, Santiago!

Lo sentencias a la exclusión y no es nada personal. ¿No es un hermano, Tamayo? ¿Tampoco que sea hermano es nada personal? Lo que sí es, es inhumano, Santiago, lo que hacéis con Tamayo.

Cuando la Inquisición del papa quemaba ‘herejes’ en la hoguera, también habrías dicho que no era nada personal, si hubieras estado en esa época, ¿te das cuenta, Santiago? La Inquisición sigue vigente, con otro nombre.

Tú no puedes hoy afirmar que consideras a Tamayo en la ICR: porque tus obispos han dicho que no lo consideran en la ICR. Por lo tanto lo excluís de la comunidad ICR, a Tamayo.

Yo, que no me preparo en esta vida para la otra vida, si la hubiera, sí puedo afirmarlo, y no me equivoco: Tamayo sigue en la ICR, porque son muchos dentro de la ICR que lo consideran dentro, tan dentro como ellos mismos.

Y además tienen razón: vosotros no tenéis el poder de echar fuera de la ICR a quien os parezca, por mucho que los obispos de tu papa se lo arroguen, ese poder: no son los obispos del papa los amos de la ICR, por mucho que se arroguen serlo.

La diferencia entre tú y yo está en que tú lo excluyes de la ICR, a Tamayo, y yo no. Nosotros no os excluimos a vosotros de la ICR, y vosotros sí a Tamayo: tenéis que marcar el territorio, como hacen muchos animales desde hace centenares de millones de años. Una mera cuestión de poder mundano
¿Así es como te preparas en esta vida para la otra vida en el más allá, Santiago?

Debes estar muy poco convencido de lo que dices, cuando tienes que recurrir al ‘y tú más’. Ahora resulta que yo excluyo a todos de todo. Es muy infantil lo que dices, Santiago, de pataleta.

De qué te excluyo yo, Santiago, dime ¿de la ICR acaso? No.  ¿de la comunidad de Jesús, acaso?  No.  ¿de la salvación eterna, acaso? No. ¿de ser mi hermano y amigo en todo, acaso? De nada, Santiago, aunque pensemos muy diferentemente.

La luz de Jesús es el mensaje del amor, traer el Reino del amor. Para eso no hace ninguna falta la ICR, por mucho que los obispos traten de arrogarse el monopolio: pero cada uno es libre de permanecer en la Iglesia o en las Iglesias que le parezca mejor: yo no excluyo a nadie de la Iglesia en la que se quiera colocar, y tú sí: a Tamayo de la ICR.

La luz de Jesús hay que hacerla brillar en el mundo. ¿Tú quieres hacerla brillar en tu ICR (o al menos eso has dicho)? Corta visión la tuya, amigo. Tal y como lo dices, parece un obstáculo limitante esa ICR, más que un instrumento de ayuda.

No es eso lo que quiso Jesús, a mi modesto modo de ver, Santiago, sino hacer funcionar el mensaje del amor en el mundo, en todo el mundo, que es infinitamente más amplio que la ICR. Hacer brillar la luz de Jesús en todo el mundo.

Bueno, después de muertos, todos iguales, dice la sabiduría popular. Ya veremos, si es que vemos algo.

Si hay Dios, lo cual tú yo creemos que sí, después de muertos, si Dios nos resucita, lo que haga Dios será lo mejor para todos, para los que quiera Dios salvar, si fuere el caso, y también para los que no quiera salvar Dios, si a algunos o a muchos (a mí incluido, si fuere el caso) no salvara Dios.

Así que sea lo que sea, no tenemos nada que temer, ni de qué preocuparnos, Santiago, con esto de la resurrección y la salvación. Podemos pues dedicarnos de pleno a la difícil realización del mensaje de amor de Jesús, sin distraernos con resurrecciones y salvaciones.

Saludos cordiales (dejo este post, amigo, ya nos hemos pasado demasiados pueblos)

·        Santiago

04-Mayo-2012 – 3:40 am

PERO no existe aquí, Javier, nada personal. Es una controversia ideológica. Yo no odio, ni excluyo a “la persona” ,sino que defiendo lo que creo, exactamente de la misma manera que tu lo haces. Si quise entrar y permanecer en ATRIO es porque respeto a la persona y a las opiniones ajenas, y ademas para demostrar que mi pensamiento sobre la Iglesia -a la que tanto amo- no está basado en un fideísmo absurdo sino que tiene una riquísima base histórica que es coherentemente humana, y que, si se entiende y se estudia correctamente, es el mejor camino hacia Cristo, ya que EL constituye el centro de TODO lo que ES, y puede SER y SERÁ. Por lo tanto la iglesia es solamente vía  que nos conduce a la META….Y es el mejor regalo de Dios para nosotros…un regalo en la libertad que Dios nos dio, con objeto de que le pudiéramos escoger a EL, libremente..y no como un robot… Y asi nos creó con inteligencia…con una razón..y con una voluntad…que es, o debe ser, nuestro obsequio hacia Su infinito amor a nosotros, los seres humanos..escogiéndole a EL sobre todo lo demás
MUCHO mas dogmático eres tu mismo, pues TU si EXCLUYES absolutamente  TODO lo que esta fuera de tu pensamiento y de tu simpatía, como continuamente haces con “la jerarquía”…a la que no le concedes ni siquiera una sola excepción, ni tampoco una esperanza de superación, ni de redención posible, segun tu estan irremediablemente “dañada”…De acuerdo contigo TODO es malo en ella..pues toda esta “iglesia”, segun tu, es un caso perdido..¿No es esto algo claramente EXCLUYENTE en una persona como tu que se las da de ser tan tolerante con todo y con todos?
Sin embargo, la única iglesia de Cristo visible -que se remonta al siglo I- está por encima de todas las miserias de nosotros sus miembros ya que el verdadero carisma de Cristo SUPERA el poder del pecado y por consiguiente siempre vencerá al MAL…y por ende el ministerio de la iglesia continúa a pesar de todas las crisis y de todos los ataques sufridos a traves de todos los siglos de su larga historia…y subsistirá hasta el final de los tiempos…porque, no es por ella, sino ES QUE Cristo vive y esta presente en la asamblea de los FIELES…que incluyen obispos, diáconos, sacerdotes, acólitos, lectores y fieles en general..¿Por qué Javier te atreves a EXCLUIR a unos, y no a los otros?  Ya que “no son todos los que están, ni están todos los que son”..y por supuesto el viejo refrán castellano puede aquí aplicarse válidamente  y  que dice que “en todas partes (se) cuecen habas”..Seamos un poco menos infantiles, y mas adultos capaces de distinguir lo verdadero en todas las cosas, aun en las mas ideales
Por supuesto que estoy con el “aggiornamiento” desde que lo proclamó Juan XXIII, alla en los años 60s…Es necesario hacer brillar la luz de Cristo en la Iglesia..resaltando cada vez mas la verdadera identidad de Cristo y quitando todo lo que ha quedado oscurecido a traves de los siglos, por la ignorancia y la malicia de nosotros los humanos…Volver a los valores del primitivo cristianismo..no es entenderlo con nuestros esquemas supermodernos…sino entenderlo con el verdadero sentido de cada época…y por supuesto expresarlo de la mejor manera posible, para que el mundo actual pueda entender el mensaje salvífico de Cristo en estos tiempos…Pero con pretexto de super-modernidad no podemos destruir la esencia de Cristo, no podemos deformar su fisonomía, construyendo “otro” Cristo…Hemos de reconocer su mansedumbre y su celo, su humildad y su entera personalidad, su divinidad y su humanidad, su bondad y su justicia, su autoridad y su hermandad…puesto Cristo, siendo el hombre perfecto, está lleno de constrastes, lo mismo que nosotros, excepto en que no podía hacer MAL…por tanto, es el perfecto modelo a seguir…para nuestra perfección en el amor…el objeto final de nuestra verdadera felicidad en este mundo y en el otro….un abrazo   de Santiago Hernández

·        Javier Renobales Scheifler

03-Mayo-2012 – 13:42 pm

En la última líneas en lugar de Santiago quise escribir Tamayo, como es obvio.

·        Javier Renobales Scheifler

03-Mayo-2012 – 12:54 pm

Santiago,

Tu concepción dictatorial (en la que te regocijas) de la ICR, te lleva a decir/pretender que no existe una iglesia católica distinta.

Pero en el cristianismo, casi nada es lo que parece, amigo.

Es como cuando los católicos fascistas del dictador Franco, muy católicos ellos, eso sí, bendecidos por tu jerarquía que se pretende de Jesús, pero que no lo es, inventaron levantando el brazo a lo fascista aquello de ¡¡ESPAÑA, UNA!!

Sin embargo sabes bien que al españolito que guarda Dios, una de los dos Españas ha de helarle el corazón. Resultó que unos fueron los congelados (asesinados) y otros los verdugos asesinos, los de la españa vencedora en la santacruzada, que hicieron para reinstaurar la dictadura católica.

España es plural y la ICR también, y tú ni tus jerarcas tenéis ningún derecho a excluir a nadie de la ICR. Y menos a ir por ahí diciendo que se han autoexcluido ellos, porque así se os antoja en vuestro mezquino trato tan inhumano. Así que Tamayo sigue siendo  miembro de la ICR, amigo Santiago, mal que os pene. no tenéis. ni tú ni tus jerarcas, autoridad ni legitimidad para excluir de la ICR a nadie.

Tú niegas la verdad si quieres negar que hoy en la ICR hay dos iglesias, lo mismo que hay dos Españas (sobre todo en épocas de excluir de la vida, de asesinar, como e la dictadura católica del católico Franco y la jerarquía católica:

–      la vuestra (en la que te sitúas tú), de la pretendida ortodoxia fiel, la que está junto a los poderosos como ha estado con los dictadores Franco, Videla, Pinochet … o sea la del Papado romano Jefe del Estado Vaticano.

–      y la otra, la de la heterodoxia, en la que está Tamayo y tantísimas otras personas, que no os excluyen a vosotros sino que os critica, y que por ello son excluidas por vosotros.

Es una cuestión de democracia/dictadura, una cuestión de organización del poder en la ICR, amigo Santiago, y no de no aceptar a Jesús ni de situarse fuera de su Iglesia.

Si amarais mínimamente a Santiago, no diríais que está excluido de la ICR.

·        Javier Renobales Scheifler

03-Mayo-2012 – 10:55 am

Amigo Santiago,

El centurión romano creía que el emperador romano era divino, o sea Dios, y Jesús no lo excluyó. Ni el centurión romano ni Jesús creían que Jesús fuera Dios. Y Jesús no excluyó al centurión romano. Ni a las prostitutas. Ni a nadie, incluso mientras era torturado y asesinado.

Pero vosotros venís y excluís a Tamayo porque ha criticado la ICR. E incluso tú le ‘autoexcluyes’, fiel súbdito de tus jerarcas.

Es obvio que en lo que no cree Tamayo es en la ICR tal y como la dirigen y donde la han llevado tus jerarcas con vuestro sumiso apoyo.

Pero la ICR es mucho más que eso, Santiago. Se puede y se debe dirigir de otra manera, democratizándola, como proponen muchísimos desde dentro de la ICR, como Tamayo. Y desde fuera, porque las dictaduras emponzoñan toda la sociedad civil, no sólo la religiosa.

Creo que Tamayo tiene razón en sus críticas. Por eso lo echáis fuera, abusando, o al menos lo intentáis.

Porque no podéis admitir que vuestra jerarquía –tal y como es- no fue instituida por Jesús y, lo peor de todo, no podéis admitir que esa jerarquía ha llevado a la ICR, al menos desde el siglo IV, donde con acierto denuncia Tamayo: al bando contrario al en que se colocó Jesús.

Esa ICR necesita unas reformas copernicana, muy a fondo, a las que vosotros os oponéis con uñas y dientes por una cuestión de poder: pero Tamayo no parece excluir la posibilidad de que, alguna vez poco a poco, se produzcan esas esenciales reformas, para que prevalezca la Iglesia de Jesús.

Al excluir a Tamayo, lo que hacéis es defender vuestra posición de poder dentro de vuestra ICR. Como ya te dije, es una mera cuestión de poder: por eso lo excluís, porque necesitáis excluirle, para mantener el poder (creo que lo has llamado autoridad) de tus jerarcas.

Perfectamente podríais no haberlo excluido, y no habría pasado nada. Pero necesitáis mostrar vuestro poder de excomulgar, de echar fuera de la comunidad al que os convenga echar fuera.

Al menos podíais haberle hecho un juicio público en el que pudiera defenderse Tamayo. Te metes a juzgar y condenar nada menos que el espíritu (la affectio) de Tamayo; y ello sin permitir a Tamayo que se defienda, antes de sentenciarlo tú.

Eso no tiene nada de comportamiento cristiano, amigo Santiago: incluso la sociedad civil tiene establecida la presunción de inocencia y el previo juicio con garantías para el que se defiende, antes de condenarle.

No llegáis ni a la altura de la ética de la sociedad civil (y mira que esa ética es baja), la cual así ha hecho por ejemplo que la ICR de tus jerarcas pague miles de millones de euros por el comportamiento de los pederastas eclesiales católicos encubiertos en sus crímenes por tus jerarcas, con los Wojtyla y Ratzinger a la cabeza.

Mi pobre Santiago: como juzgas serás juzgado, dice la biblia por alguna parte; la biblia no es palabra de Dios, pero tú tienes que creer que sí lo es.

Pero lo hecho, hecho está, no vais a echar marcha atrás: habéis excluido a Tamayo, y tú además, más papista que el papa, para exculpar a tus jerarcas sentencias –es falacia- que es Tamayo el que se ha autoexcluido. ¿Crees que así te libras de ser tú también quien lo excluye? Eres tú quien no acoge a Tamayo, amigo.

No tratáis a Tamayo como Jesús dijo, poniendo la otra mejilla y perdonando 7 x 70. Lo que es una prueba más de que Tamayo tiene razón. Jesús nunca no hubiera excluido a Tamayo.

En cuanto a lo que yo pienso, yo pienso como yo, amigo Santiago, y aunque coincido en muchas cosas con Tamayo, discrepo en otras, como es natural entre humanos; y discrepo en cosas importantes. Por ejemplo, yo estoy convencido de que esa ICR, vuestra ICR tal y como la dirige y hace vuestra jerarquía, no tiene remedio. No he visto que Tamayo opine en esto como yo.

¿Puedes tú decir lo mismo –que discrepas en algo importante- respecto del magisterio de tus jerarcas? No lo creo, pues hasta ahora nunca has concretado en el foro – no podrías- ninguna discrepancia.

En cualquier caso a ti no te excluimos nadie, Santiago: ninguna persona está de más, según el mensaje de Jesús.

·        Santiago

03-Mayo-2012 – 3:57 am

Javier,   yo no sentencio, ni determino a nadie… y ahora comprendo tu predilección por JJT y es que piensa como tu…..Porque una persona que dice que “la iglesia es una institución errática” fuera del pensamiento de Jesús…”que es lo mas contrario a lo que el espíritu originario del cristianismo es en la vida y en la predicación de Jesus” y siguiendo a Alfred Loisy piensa que “la iglesia es el gran fracaso del proyecto liberador de Jesús”…es que NO CREE en ella..Por lo tanto, aunque lo desee vehementemente, no tiene “su espíritu”, “ni siente como ella” ..Por lo tanto, tampoco cree en su autoridad ni mucho menos en su código moral cuando tambien JJT puede defender la eutanasia como lícita..Yo no tengo la culpa que este señor piense de esta manera…ES EL MISMO el que ha hecho estas declaraciones públicas.. DE DONDE se deduce que es el mismo el que se sitúa en “otro camino” del que nos es el que la iglesia propone
Ahora bien, esta iglesia de la que JJT habla es la misma que nos ha llegado al siglo XXI, la misma de la que Lutero y todos los pseudoreformadores en la Edad Media se separó..NO ES una iglesia distinta..es la misma..la que preservo la Biblia, la que preservo los Mandamiento de la Ley mosaica, la que preservó los sacramentos, la que preservo la ley natural moral etc. etc…No existe una iglesia católica distinta..TODOS los movimientos que se separaron de la iglesia se han diluído en jurisdiccion y doctrina…por lo que tampoco se pueden considerar como que constituyen el pensamiento original de Cristo…transmitido por los 12
Sin embargo, no se puede separar a Cristo de su iglesia…Ya se que JJT, tu y muchos otros NO CREEN en ella..pero esa es NO la razón para que la iglesia católica no posea la verdad “recibida” y PUEDA predicarla..pues esencialmente esta contenida en la predicacion oral y escrita que nos viene por testigos oculares de los que estaban mas cerca de Cristo…y son los únicos que pudieron aproximarse a la verdadera identidad de Jesus…LO DEMAS son especulaciones sin una base sólida con el objeto de destruir ”esa iglesia”, pues su mensaje es el de Cristo..seguirle a EL en la cruz diaria, renunciar al yo, ser humilde, amar a los enemigos, obedecer a la legitima autoridad…obedecer a Dios etc….cosas que no predica “el mundo” sino solamente Cristo..reflejo del Padre..esta es mi modesta opinión….un saludo   de Santiago Hernández

·        Javier Renobales Scheifler

01-Mayo-2012 – 19:33 pm

Santiago,

Los jerarcas, en el Código que llaman de Derecho Canónico, imponen excomuniones automáticas (latae sententiae), por ejemplo a quien colabore en un aborto; y algunos hipócritas pretenden que son las personas que ayudan a abortar quienes se autoexcomulgan a sí mismas, y que no los jerarcas que han impuesto el Código quienes las excomulgan.

Es parecido, en cuanto a razonamiento/moral falaz e hipócrita, a pretender que se autolesiona o se suicida el civil que pisa el detonador de una bomba antipersona: pues es evidente que le asesina o mutila quien ordenó colocar la bomba y la dejó allí, permitiendo que una persona, aunque no sea un militar del ejército enemigo, pise el detonador de la bomba y sea asesinado o mutilado.

(si es un militar enemigo también le asesina o mutila, pero en el caso de un civil no combatiente el ejemplo es más claro, pretendiendo evitar discutir el eufemismo de la guerra pretendidamente defensiva).

Podrías responder a estas preguntas:

¿Por qué sentencias (o dices, que es lo mismo) tú que Tamayo ya no es miembro de la ICR, que se ha autoexcluido de la comunidad?

¿En qué se basa tu excluyente juicio a Tamayo?

¿En qué Código o precepto impuesto por quien te basas para sentenciar que Tamayo se ha autoexcluido de la comunidad eclesial?

¿Haciendo o diciendo qué se habría auotexcluido Tamayo?

Tamayo se ha limitado a criticar. Si un obispo se inventa que quien critica a la jerarquía como Tamayo queda excluido de la comunidad, está poniendo una bomba antipersona que pretende que detona cuando alguien produce esas críticas.

Si tú crees que esa bomba explota eficazmente cuando alguien hace esas críticas, tú le das valor explosivo eficaz a esa bomba, y te conviertes en colocador de la bomba, pues para tí la bomba está bien puesta y regulada, y explota cuando debe explotar.

En el caso de tu sentencia contra Tamayo, la cual lo deja excluido (autoexcluido, dices tú) de la ICR, parece que determinadas palabras críticas o hechos de Tamayo automáticamente incurren (pisan el detonador, booouuumm) en exclusión de la comunidad eclesial.

¿Cuáles son las palabras o hechos de Tamayo que determinas tú, Santiago, que detonan su autoexclusión de la ICR?

·        Santiago

01-Mayo-2012 – 3:59 am

Javier,    no puedo repetir mas que yo no excluyo a nadie…Nadie es capaz de excluir a otro, así por las buenas…En realidad somos nosotros, los humanos, los que nos excluímos y nos apartamos del camino propuesto…El camino propuesto por Cristo es seguirle, en primer lugar, obedeciendo, como EL lo hizo con sus padres durante su vida, y despues caminar con la cruz a cuestas como EL lo aceptó por amor y por ultimo, resucitando con El a la vida verdadera y eterna…El vino primero…y nos TRAZÓ la vía diciendo:”el que quiera seguir en pos de mi, niéguese a si mismo, tome su cruz y sígame”…Cuenta la leyenda que Pedro se encontró casualmente con Cristo en la via Appia cuando se escapaba de la cruz…QUO VADIS?  “Vuelvo para ser de nuevo crucificado” fue la respuesta de Jesús..Y Pedro comprendió el mensaje y volvió a Roma y fue martirizado por su fe en el Señor”
Yo soy libre de fabricarme un Cristo “a mi manera”, a mis gustos e ideología, o seguir al verdadero Jesus en el amor a la cruz y en la gloria de la resurrección…Es una decisión personal e intransferible…Y solo yo puedo realizarla..Nadie mas….un abrazo…de Santiago Hernández

·        Javier Renobales Scheifler

30-Abril-2012 – 10:48 am

Si Jesús no dijo nada de reglas para excluir a nadie de la comunidad, y si tampoco dijo nada parecido a que fuera de la comunidad no hay salvación, te puedes imaginar, querido Santiago, que lo que digan en su catecismo o en su doctrina ‘magisterial’ pretendida infalible –qué ridículo, cielo vivo- unas personas puestas a dedo por un cargo Jefe de un Estado temporal (en cuya inmunidad diplomática se en refugia cobardemente dicho Jefe para no ser perseguido por la justicia civil como encubridor de pederastas eclesiales), me resulta irrisorio.

Yo no tengo la fuerza de Tamayo, y de tantos de este foro, como para permanecer dentro del mismo cerco artificial que es la ICR, con esos cargos dictatoriales jerarcas del imperial jefe del vaticano.

Prefiero marcar una nítida línea, y seguir en la Iglesia de Jesús, para lo cual no hace ninguna falta ser católico. Prefiero ser cristiano fuera de la ICR, pero en la Iglesia de Jesús (figúrate tú si puede haber salvación en esta Iglesia de Jesús, Santiago, fuera de la ICR).

Tu mezquina postura excluyente no me inspira nada de seguimiento a Jesús, Santiago, y menos la de los obispos del papa.

Para llegar a excluir antes hay que juzgar, Santiago, para lo cual hay que seguir primero un procedimiento racional que permita defenderse al acusado, y hay que permitirle proponer y practicar pruebas en orden a su defensa, antes de condenarle a la exclusión, como tú injustamente haces, Santiago) Tu juicio me recuerda al de Pilato con Jesús.

No me parece cristiano, y sí muy inhumano, propio de la Inquisición católica, lo que hacéis con Tamayo. Si fuera por vuestro ejemplo, Santiago, yo no sería cristiano. Por eso me salí de la ICR.

Como ves, la pluralidad en el seguimiento de Jesús es propia de la naturaleza humana.

Pero una de las diferencias de nosotros con vosotros es que nosotros no os excluimos, Santiago, no excluimos a nadie. Criticamos, sí, pero no excluimos.

La unidad de los cristianos es en el amor, amigo Santiago, las creencias/doctrinas/fes son variadas, plurales, y son secundarias.

Lo que une en la Iglesia de Jesús es el amor: por eso puede ser una iglesia para todos, incluso para los ateos, una iglesia universal.

La ICR no es universal: se ha acartonado/congelado/inmovilizado en el pasado y no puede evolucionar, atenaza y subyugada por esa jerarquía que ponen a dedo endogámicamente los papas.

No tenéis el monopolio de nada, Santiago, ni siquiera de la ICR (muchísimo menos aún de Jesús), a pesar de que os habéis arrogado todo el poder temporal/mundano/dictatorial en la ICR.

Saludos cordiales, amigo.

·        Javier Renobales Scheifler

30-Abril-2012 – 9:38 am

Lo que se ve a las claras aquí es tu pensamiento excluyente, Santiago, siempre alineado con el poder temporal/mundano de los que lo ostentan en la ICR. Pensamiento que no soporta la crítica de Tamayo, y por eso lo excluye de la comunidad

Todavía vas a poner tú las condiciones para declarar a una persona autoexcluida de la ICR. Eso es una gran falacia, amigo excluyente. Muy parecida a la falacia de excluir a las mujeres del sacramento del orden. ¿También se autoexcluyen ellas por el hecho de ser mujeres?

Tamayo es muy beneficioso para la ICR, pues la ICR avanza porque los críticos van abriendo camino (aunque en épocas de papas involucionista, retrocede como con Wojtyla y Ratzinger).

La mayoría de este foro es católica y se beneficia de la teología de Tamayo (un don de Dios) y lo consideran un querido miembro de la comunidad. Y son tan iglesia como tú; Tamayo también, por mucho que unos obispos del papa digan lo que les manda el papa, que para eso lo ha puesto a dedo.

Lo que dicen los dictadores eclesiales católicos, como el papa y sus obispos (y tú que tienes que secundar lo que dicen sin poder discrepar lo más mínimo), no es lo que dice la comunidad, amigo mío, pues ésta es plural.

Jesús no era dictador, sino que consideraba a todas las personas iguales, en pie de igualdad. Así los que están con los pies fuera son los dictadores y sus acólitos. Sin embargo nadie les excluye, aunque hayan sacado los pies del tiesto.

Tamayo no excluye a nadie: es excluido por vosotros (sin mucho éxito, claro, ‘gracias a Dios’). Muestra más y mejor amor Tamayo que vosotros los excluyentes.

La ICR tiene que resucitar de la dictadura jerarcas que la asola, amigo Santiago

·        Santiago

28-Abril-2012 – 22:52 pm

Claro está Javier que JJT no quiere el salir de la comunión de la iglesia católica…tendrá sus razones el personalmente…PERO DE LA MANERA QUE el se refiere a esa iglesia,a la que el quiere y desea seguir perteneciendo (segun tu)   lo excluye de ella…  Tu mismo trascribiste sus palabras donde se veía a las claras su pensamiento ..PERO  para poder ser parte de  cualquier asociación lo mínimo que se requiere es respeto a lo que la asociación propone como esencia para su pertenencia,y ademas una colaboración para que la asociación crezca y se desarrolle de la mejor manera…En este caso la crítica puede ser constructiva y positiva…SIN EMBARGO, estas características no se presentan en el y en muchos como el…¿Para que -entonces- estas personas quieren seguir perteneciendo a un movimiento u organización en la que no CREEN?   Por eso, y solo por eso, yo dije que estas personas se excluyen ellas mismas..NADIE las excluye…ELLAS mismas se excluyen…PUEDEN decir lo que deseen, pero sus escritos y su comportamiento, denuncian a las claras que se encuentran en la iglesia solo “nominalmente”…en realidad, ya no pertenecen a ella porque “no sienten” con la iglesia, no la representan, ni tampoco creo que quieran hacerlo, y están muy lejos de su espíritu….COMO yo te decía, y tu despues repetiste, TU fuiste mas honesto y sincero, y saliste de una oraganización (si quieres movimiento) en la que tu dejaste de CREER etc. o quizas nunca CREÍSTE…Eso es mucho mejor que estar con un “pie dentro y otro pie afuera”..ESO NO ES COHERENCIA..y no es correcto…debemos ser sinceros con nosotros mismos y por supuesto tambien con los demás
LA FE, estimado amigo, no se impone…Nadie puede imponer a nadie tener FE…No hay nadie que pueda forzar la conciencia…El pertenecer a la iglesia es un acto voluntario..como el salir de ella tambien…Y yo puedo creer o no creer..porque esto no solamente esta presente en el intelecto sino que tambien es un acto de la voluntad…Esas imposiciones y torturas de los jerarcas de que tu hablas está presente en la deformación que se ha forjado en tu mente…y pertenece a tu imaginación…No hay coacción en la fe, ni puede haberla..El que la entienda asi a la larga la perderá..La fe produce un gozo espiritual…pues se relaciona con la verdad a la que todos aspiramos alcanzar algun dia..y se relaciona con el amor…porque proviene del amor…que nos muestra como decia S. Pablo el “mejor camino”…Por eso, los que tenemos fe queremos compartirla con los que queremos, incluyendo nuestros familiares, amigos y hasta con los enemigos…Es un don del espíritu…
Puesto que somos seres racionales la UNIDAD no ha de ser solo en el amor de Cristo, sino tambien en la FE en el…ESTA va unida tambien a la esperanza escatológica…LO demas, el no saber nada…ni de lo que hacemos, ni de lo que amamos..ni querer entender NADA…NO ES HUMANO…es INHUMANO….Por lo tanto, los mas coherente es creer para entender…y entendiendo amamos…De otra manera, seremos irracionales..puesto que tambien los animales aman…pero no entienden, ni saben lo que aman…ni pueden desarrollarse, ni crecer en el amor..como nosotros..QUE SOMOS la obra cumbre de la creación..y muy por encima del reino de los seres IRRACIONALES..un saludo  de SAntiago Hernandez

·        Javier Renobales Scheifler

28-Abril-2012 – 6:46 am

Dijiste que Tamayo se había autoexcluido de la comunidad ICR, lo cual no es cierto, es mentira: él no se ha excluido de la ICR. El golpe bajo se lo das tú a nuestro querido hermano Tamayo.

Eso implica que tú lo consideras excluido de la comunidad (por lo tanto lo excluyes tú también) lo cual, aparte de inhumano e injusto, sólo es cierto en las palabras de los jerarcas que lo excluyen y en el hecho de los que lo excluís: pero muchos de esa comunidad  ICR –pregunta en este foro, Santiago- no lo consideran excluido de la ICR, ni Tamayo tampoco.

Lo que nos lleva al monopolio que pretendéis arrogaros (de arrogancia, Santiago, por tanto algo injusto) de la ICR los de la ortodoxia pura, como si sólo vosotros fuerais la ICR o tuvierais algún poder de excluir, y vuestra doctrina fuera la única doctrina de la ICR: cuando la realidad es que muchísimos hermanos son tan ICR o más que vosotros, y no comulgan con vuestra pretendida ortodoxia (y hacen muy bien).

En lugar de respetarlos y amarlos como miembros de la ICR que son tanto como vosotros, los excluís, los queréis echar de la ICR: cuando uno sólo de ellos es más importante que la ICR, la cual no es más que una organización, un instrumento para un fin, y no un fin en sí mismo.

Comulgar con vuestra ortodoxia ‘pura’ no es requisito sine qua non para ser católico, amigo Santiago: un poco de amor, de humildad y de razonamiento deberían bastar para que admitierais que Tamayo es tan católico como vosotros los de la ortodoxia ‘pura’.

Esa es la cuestión y el problema: que sois excluyentes: o tragan con lo vuestro, o los excluís. Queréis tener el monopolio (una mera cuestión de porder).

¿Porqué estamos hablando de esto? Pues porque tus jerarcas han excluido de la ICR a Tamayo (fuera de la cual dice tu catecismo que no hay salvación) y tú, como no podía ser de otra forma, secundas amén amén a tus jerarcas y, más papista que el papa,’auto’excluyes a Tamayo para disculpar a tus jerarcas, echando a Tamayo la culpa de dicha exclusión. Es falaz, amigo, lo que haces.

Para ti lo mejor es lo que yo he hecho: salirme de vuestro feudo (no me borran de su libro de bautismo, sigo figurando como católico, no han puesto en el libro que ya no soy católico). Pero decías que hay que respetar los caminos de cada uno, que son libres:

Bien, pues resulta que Tamayo, y otros muchísimos, tienen fuerzas sobradas para no salirse de la ICR, aunque discrepen, con toda razón, de las gruesas desviaciones de tus jerarcas (desviaciones que tú tienes que apoyar y no puedes percibir como desviaciones, pues te debes a la obediencia y sumisión que te han impuesto –aunque no lo puedas reconocer, pero nunca has sido capaz de mostrar en el foro la más mínima discrepancia con tus jerarcas).

Es una cuestión de poder, que se resolvería si pudierais admitir que la unidad de los cristianos es en el amor, no en las creencias.

Amor que, al faltar de forma tan estentórea, te lleva verdugo a excluir a Tamayo: y a tratar de convertir en verdugo a la víctima Tamayo, diciendo que él se autoexcluye.

Falacia que no puedes eludir, y así terminas afirmando que el excomulgado se autoexcomulga él solito. Es falso y ridículo, amigo.

¿Quién ha inventado la inhumana sanción de excomunión? Como no podía ser de otra forma, han sido tus jerarcas. Y tú les tienes que apoyar y justificar y disculpar sumiso, y para ello cargas las culpas de tus jerarcas verdugos en las espaldas de sus víctimas (Tamayo).

Un poco de amor, amigo mío, es imprescindible en la ICR, dónde unos excluís a otros, los cuales no os excluyen a vosotros: Tamayo os critica, pero no os excluye.

Mira lo que habéis hecho con la ICR, empeñados en obligar a creer lo que queréis creer vosotros: es más universal el término cristiano en la práctica de los hechos, que el término católico, pues casi la mitad de los 2.000 millones de cristianos que hay en el mundo no son católicos, por culpa de vuestra desviada doctrina de vuestra ortodoxia católica.

Una sola Iglesia cristiana exige lo que te digo: la unidad de esa Iglesia en el amor, no en la doctrina, no en las creencias: si tú quieres creer por ejemplo que tu papa es infalible, créelo, nadie pretende impedírtelo: pero eso no es necesario creerlo para ser cristiano.

Lo imprescindible para ser cristiano es el amor (míralos cómo se aman –no cómo se excluyen-, por sus obras de amor los conoceréis), no la doctrina, no idénticas creencias para todos: el pluralismo es sano e imprescindible para ser humanos, amigo Santiago.

Todos uno en el amor, única forma de ser uno con/en el Padre.

Tú lo que pretendes que es sean todos uno en tus creencias impuestas por tus jerarcas: eso no es cristiano –y es muy dañino-; eso no hizo nunca Jesús.

Es una pura cuestión de poder temporal, mundano, lo que os ciega, querido Santiago. (me voy de marcha montañera, con buenas personas que es lo que vale)

·        Santiago

28-Abril-2012 – 4:02 am

Como es tu costumbre, amigo y hermano Javier, cuando no puedes seguir el argumento usando mis mismas palabras, las tergiversas y le cambias el sentido.  Esos son golpes bien bajos…Eso quizas vale en una corte y ante un juez donde muchas veces gana el jurista  que impresiona mas, aunque tenga que usar la mentira..Pero aquí no, pues todo lo que he escrito es público, y tambien del dominio público, y por lo que escribí no se puede inferir lo que indicas pues yo jamas excluí a nadie de la comunión de la iglesia..En primer lugar, porque ¿quien soy yo para hacerlo? y segundo que lo que te molestó en realidad fue que escribí que la persona en cuestión de que hablábamos en esa ocasión, “se había excluído POR SI MISMA” de esa comunion al escribir lo que tu transcribiste sobre su idea de la iglesia católica…En realidad, la ex-comunión se la hace la misma persona…Cuando dejamos de creer en una organización o movimiento nos situamos, PER SE, ya fuera de esa comunidad, aunque nominalmente pertenezcamos a ella…No es cuestión de que QUERAMOS estar dentro…es que estamos ya fuera….porque a lo que estamos adheridos es a otro “movimiento” que es DISTINTO en su esencia de la pertenencia que alegamos..Cristo dijo claramente que el que ”no está conmigo, esta contra MI”..”y el que no recoge CONMIGO, desparrama”..Mas claro, ni el agua…O sea que EL sabía perfectamente que la adherencia a la FE ha de ser unitiva, no destructiva y separatista…y clamó porque ”TODOS SEAN UNO” como su Padre era en EL…y EL en su Padre…Por eso, la unidad es parte de la esencia de la iglesia…ES UNA…desde el siglo I hasta ahora..Por eso, la parte que a través de los siglos se ha separado de la comunión, y que constituyen nuestros hermanos separados, no pudieron mantener una UNIDAD de doctrina…pues se esta se ha diluído en muchas otras…que por supuesto no pueden coincidir…a pesar de los ejemplos de virtud personal que existen en muchas de esas comunidades…
Lo mejor es como tu has hecho…Como no crees en esa iglesia y estás practicamente en desacuerdo con todo lo que venga de ella, es mejor declararse y proclamarse fuera de ella..Eso habla mas bien de la firmeza de tus convicciones..en vez de estar dividido al QUERER pertenecer a algo que no va con el verdadero pensamiento y al mismo tiempo DESEAR estar dentro..¿No es eso una contradicción?
Como nuestro diálogo es simplemente y esencialmente ideológico, pienso que no te vas a incomodar por mis palabras…Creo que me expreso con la misma sinceridad con que tu lo haces con respecto a mi….por eso se que nuestra amistad continúa a pesar de nuestras diferencias….un saludo muy cordial…de Santiago Hernández

·        Javier Renobales Scheifler

27-Abril-2012 – 7:49 am

La primera arrogancia es arrogarse sentenciar que fuera de la ICR no hay salvación: es Dios quien salva a quien le parezca bien salvar, no los tan cacareados ‘padres’ de la ICR, ni los jerarcas del papa ni el papa imponiendo catecismos, ni tú diciendo que Tamayo se ha excluido de la ICR, fuera de la cual no hay salvación según el catecismo ´de 1992.

Si no ves que eso es arrogancia … no lo puedo remediar, querido Santiago. Una cierta dosis de humildad y de rebeldía es imprescindible para verlo.

Tú excluiste a Tamayo de la comunidad ICR porque fue crítico con ésta (y con ello le excluiste de la salvación, al aceptar que estaba bien colocado fuera de la ICR por los jerarcas, aunque imputando tú a la víctima Tamayo la pretendida exclusión, diciendo tú que se Tamayo se autoexcluía a sabiendas de la comunidad ICR)

Hace falta una buena dosis de arrogancia para excluir a un hermano, Santiago, y más si éste se dedica a facilitarnos a algunas personas el mensaje de Jesús.

¿Te gustaría que te excluyeran a ti? Pues no quieras para los demás lo que no quieres para ti, amigo, es pura regla de oro, anterior incluso a Jesús (Isócrates “No hagas a otros lo que te enoja si otros te lo hacen a ti”).

La bestial ley del Talión (tú me criticas – yo te excluyo) fue superada por el mensaje de Jesús; y además Jesús no excluyó a nadie.

Son los jerarcas (y tú, que sumiso les sigues) quienes excluyen, excomulgan, inquisitorialmente como asesinaban no hace mucho con su ‘Santa’ Inquisición a quienes les placía torturar y asesinar.

¿Tamayo ha dicho que quiere estar fuera de la ICR? No, no lo ha dicho, es mentira que quiera estar fuera de la ICR, te ciega la arrogancia: sois vosotros los que lo queréis fuera y por eso lo habéis excluido.

Dices que Tamayo es libre de escoger su camino: pues ha escogido estar dentro de la ICR, Santiago, y ni tus jerarcas ni sus súbditos sumisos sois quiénes para intentar desviarlo del camino que libremente ha elegido, que es ser un miembro activo y rebelde dentro de la ICR.

Tamayo respeta la opinión ajena, aunque la crítica: pero no excluye a nadie, ni tampoco se deja excluir. Excluir a alguien no es una mera opinión (como pretendes, Santiago), es sobre todo una acción agresiva, una agresión estricta, injusta e infundada contra Tamayo que hacéis tú y tus jerarcas.

Es mentira que tu exclusión (que es –como no podía ser de otra forma- la de tus jerarcas) provenga del carisma de Jesús: pues Jesús no excluyó a nadie, ni al centurión romano, ni a las prostitutas, ni a pecador alguno: menos hubiera escluido a un rebelde como Tamayo, pues Jesús fue él mismo rebelde contra los jerarcas de su época.

La tradición de excluir no es cristiana, Santiago, no es propia de seguidores de Jesús, sino del Imperio que anida en la dictadura jerarca que asola la ICR, con la cual dictadura tú comulgas.

Bonita manera de poner la otra mejilla, excluir a Tamayo y condenar eternamente a los que estamos, bien a sabiendas, fuera de la ICR.

Por suerte para mí, Tamayo me transmite a Jesús muchísimo mejor que los jerarcas de la ICR, Santiago.

Respeta los caminos de cada uno, y no excluyas a nadie, Santiago; enfréntate a tus jerarcas que excluyen a Tamayo, como se enfrentó Jesús a sacerdotes, escribas y fariseos.

·        Santiago

27-Abril-2012 – 4:06 am

¿Donde reside mi arrogancia estimado Javier?..Decir que alguien se sitúa fuera de la comunion eclesial ¿se puede llamar arrogancia o prepotencia?? Es eso acaso una condenación? Todo lo contrario la frase ha sido siempre positivo..la iglesia ha incluido mas personas que las que ha declarado fuera de la comunion…  Porque es obvio que ciertas personas que estuvieron “dentro” de la comunión querrán estar fuera de ella…No es necesario que la persona lo declare ella misma tan oficialmente, ni tan abiertamente..basta que esa persona no crea en la organización o movimiento a la que  pertenece y que de alguna manera lo muestre para que “de facto” este fuera de esa señal indicativa de la unidad en la creencia…No te alarmes por ello…Cada cual es libre, totalmente libre, de escoger su camino…y tambien cada cual es libre de expresar la opinion que desee, aun los obispos, sacerdotes y diaconos…Mi modesta opinión es que siempre he creído que uno escoge el camino que mejor le conviene y que mejor le va a su forma de ser y de vivir..Puedo no estar de acuerdo, pero debo respetar la opinion ajena
No te obsesiones mas con las declaraciones del magisterio..No son tan estrictas como tu las imaginas, …tienen su base una antiquísima tradición y aunque tu ni lo creas y lo niegues, provienen del carisma de Jesus…porque de otra manera el “mito” de Cristo ya hubiera desaparecido del mapa…Todo esto nos ha llegado por una  “transmisión” viva y ”coleante” y no por una revelacion mística, ni personal, ni gnóstica, ni pneumática…sino por medios netamente humanos…un saludo   de   Santiago Hernández

·        Javier Renobales Scheifler

24-Abril-2012 – 8:27 am

O sea que Tamayo no está excluido, ni se ha autoexcluido, ni le ha excluido el obispo, de la comunidad eclesial o ICR … ya, ya.

Pero tú dijiste que se ha autoexcluido (¿o ya no lo recuerdas? Sí bien que lo recuerdas, no hace falta que lo busque), y el obispo dijo que está excluido, Tamayo … No se debe mentir, Santiago.

Por otro lado, lo que es la ICR ya lo vemos Te faltó añadir que es la esposa de Jesús, al decir que la ICR es el cuerpo de Jesús: o sea, Jesús casado con su propio cuerpo … Son la ridiculez supina, las doctrinas de ese magisterio. Cuando no gustan, tienen otras.

Como el hermano Marx, que tenía sus principios, pero cuando no gustaban, tenía otros, dependiendo de la ocasión.

Qué petulante arrogancia patética la vuestra, pretender saber a quién puede o deja de poder salvar Dios, Santiago.

No tenéis ni idea de lo que habláis, pero eso sí, infalibilidad … Ya os vale, tanto cuento, tanta arrogancia. Nunca cambiaréis.

·        Santiago

24-Abril-2012 – 4:00 am

Amigo Javier,    por tu reacción a mi comentario comprendo que te tomas muy en serio esa “dichosa” frase que tan incómodo y preocupado te mantiene…Sin embargo, en ningun momento fue mi intención de disturbarte, todo lo contrario…Creo que posees una muy estrecha visión de lo que constituye la iglesia, mi concepto es mucho mas amplio. Has deformado esa imagen de lo que es la iglesias y  por eso te armas toda esa confusión..Pero no hay para tanto y la iglesia no necesita de mentiras, ni de sutilezas para mantener firme su doctrina, ni mucho menos de malas interpretaciones..Y asi se ha opuesto al aborto desde el siglo I, como al infanticidio de la Roma imperial, ha condenado desde el principio el adulterio, las relaciones pre-matrimoniales..etc. etc. etc…Si LA INTENCION de la iglesia hubiera sido EXCLUYENTE esa frase hubiera sido interpretada de esa manera desde siempre…pero como ya te dije NO ha sido asi…La Iglesia NUNCA no ha condenado a nadie al infierno…Ha dicho que ella ES el camino hacia Cristo..el mejor camino..el camino mas directo..ya que la ultima y única  felicidad del ser humano es el mismo Dios que se hizo hombre por amor a nosotros…y porque todo coincide y converge en Dios ES por lo que NO se oriente hacia EL por el correcto camino…no podrá llegar HASTA EL..ya que solo el rechazo consciente y a  sabiendas del BIEN SUPREMO es lo que hace de la SALVACION un imposible…DIOS no podrá salvar a NADIE en contra de su voluntad..Y ESE es el sentido correcto de como esto se ha interpretado en la iglesia desde siempre..
TODO texto ADMITE una interpretación…esta  interpretación no se sale del sentido de como fue formulada..y asi han existido y existen comisiones para la “interpretación” correcta de los concilios etc. Jamas la iglesia ha formulado una interpretacion estricta y cerrada de esa frase..Siempre ha sido interpretada positivamente y en Lumen Gentium (16) se afirma esta apertura hacia la FE y la EVANGELIZACION, pero no la exclusión de la salvacion
Sobre lo que me preguntas, claro que somos amigos, pero estimado Javier esa decisión no es mía, no me pertenece a mí, solamente está y estará siempre entre tu y Dios…Los misterios de la gracia no pueden abarcarse ni comprenderse facilmente…tampoco podemos decir que lo que pensamos ahora será exactamente igual que a la hora de presentarnos ante el Señor..Nadie puede ensayar a morir…Esa hora -con su duende y misterio- permanece siempre desconocida para todos…Es un momento supremo…Pidamos para que entonces tambien seamos coherentes con nuestra humanidad ante la próxima entrada “en la vida”…Te deseo, ahora y entonces, lo mejor…Ya se lo que piensas…no te preocupes…un abrazo…de Santiago Hernández

·        Javier Renobales Scheifler

23-Abril-2012 – 22:07 pm

Así que es mentira, Santiago, que fuera de la ICR no hay salvación.

La frase no tiene vuelta de hoja Santiago, salvo que se quiera mentir sobre ella: fuera de la ICR no hay salvación. Es así que yo estoy fuera de la ICR, luego no tengo salvación, según esa mentirosa frase vuestra, de tu catecismo y de tu ICR, que obsesivamente la repiten siglo tras siglo, hace unos 17 siglos más o menos, desde Tertuliano, creo recordar.

Ahora dices que la frasecita mentirosa no significa lo que tan claramente dice: pero esto que dices ahora es mentira, Santiago, pues la frase es clara, no necesita interpretación,  in claris non fit interpretatio (lo que es claro no necesita interpretación, para encontrar el sentido de lo que dice, pues el sentido es claro y evidente; si se quiso decir otra cosa, entonces hay que decir otra cosa, hay que sustituir esa frase por la que exprese lo que se quiso decir).

Dices que la frase significa que fuera de Cristo no hay salvación: pero eso también es mentira, amigo Santiago. La inmensa mayor parte de la Humanidad no se salva dentro de Cristo: musulmanes, budistas, hindúes …etc., etc. no tienen nada que ver con Jesús, ni lo conocen ni les interesa, ni se salvan en Cristo, ni se sienten con la Iglesia (como tú pretendes –y hacen muy bien-) y se pueden salvar exactamente igual que tú, y que yo que no me siento con la ICR ni por nada del mundo.

A ver si te vas a creer que musulmanes, budistas, hindúes y yo vamos a querer ese ‘bautismo de deseo’ que dices. Razona, por favor, Santiago. Me río yo de ese bautismo de deseo: no tengo ningún deseo de estar en la ICR, por eso me salí en buena hora.

Dices que el cuerpo de Jesús es la ICR: otra mentira podrida, insana. Cuando yo era monaguillo, el cura les daba las hostias a los comulgantes y les decía a cada hostia: ‘el cuerpo de Cristo’. No se estaban comiendo la ICR: lo que evidencia que es mentira que la ICR sea el cuerpo de Jesús. La ICR es un tinglado, un negocio, una organización multinacional, no el cuerpo de Jesús (ya está bien de intentar monopolizar a Jesús, esos ladrones: Jesús es de todos y la ICR es de esos jerarcas que se han adueñado de ella ignominiosamente)

Estás que no das una, Santiago, mentira tras mentira, intentando arreglar esa gorda mentira de vuestro catecismo que no tiene arreglo.

Y sigues mintiendo: la ICR es el lugar donde toda la humanidad debe volver a encontrar su unidad y su salvación.

¿A qué mente fanática fundamentalista se le ha podido semejante inhumano disparate?: sólo a un jerarca católico, sin duda alguna, no a ti, Santiago, que te limitas a repetir lo que os mandan vuestros jerarcas. Sin duda debe ser otra desviación de vuestro famoso Magisterio ‘infalible’, que cuanto más infalible se arroga ser, más las mete hasta el zancarrón, las patas, pues su sueño de poder/ infalibilidad les ha hecho fundamentalistas y fanáticos hasta decir esas necias locuras/mentiras.

Cada persona, cada pueblo, cada cultura, tiene sus ideas religiosas o ateas, y por eso hay muchas religiones e iglesias, todas igualmente válidas y a respetar, para ese asunto de la salvación con el que hace marketing tu ICR, metiendo miedo a quien se deje engañar.

Y dices todas esas mentiras, Santiago, para terminar condenándome tu también: “la frase no se aplica a los que, sin culpa de ellos, no conocen el Evangelio y, sin embargo, persisten en el bien…” dice vuestro catecismo, al que tienes que obedecer.

Pues yo conozco el evangelio y persisto en estar fuera de tu ICR, y por nada del mundo estaré nunca más dentro de semejante negocio de ultraconservadores (‘gracias a Dios’ no estaré nunca más en la ICR).

Y dices más mentiras, Santiago, no paras: “Estos ya pertenecen a ese deseo de hacer y cumplir la voluntad del Creador y por tanto están dentro de la iglesia…”
 
O sea que si Tamayo quiere hacer la voluntad de Dios (lo cual yo no dudo que sí quiere), por lo tanto está dentro de la ICR ¿no, Santiago? Yo no dudo de que Tamayo quiere hacer la voluntad de Dios (pero no la confundas con la de tus jerarcas, Santiago)

Pero si Tamayo está según tú dentro de la ICR ¿a qué viene ese mitrado tuyo obispo de pacotilla de tu papa, a declarar a Tamayo excluido de la comunidad eclesial?

Tú mismo dijiste en este foro Santiago, para exculpar al necio obispo del papa, que Tamayo se había excluido a sí mismo: lo cual es una falacia, otra mentira más, amigo mío, pues lo excluyeron esos jerarcas, nunca se ha autoexcluido Tamayo.

Total, que me sigues condenando, amigo, pues yo estoy fuera de la ICR bien a sabiendas, habiendo conocido a Jesús y su mensaje (buena nueva evangelio) por lo menos tan bien como tú.

Si fueran verdad las mentiras que has dicho, Santiago, que no lo son, en lugar de ‘fuera de la ICR no hay salvación’ el catecismo  en su lugar diría: ‘los que no quieren hacer la voluntad de Dios no tienen salvación’. Así lo diría si quieren decir la verdad que dices, sin mencionar a la ICR para nada: pero lo que buscan los jerarcas con esas mentiras es la propaganda engañosa de su negocio ICR.

Y tú les apoyas y me condenas, Santiago. Eso no es de amigos, ni mentir ni condenarme. Yo te acepto como eres, amigo, y no ten condeno, ni digo que dentro de tu ICR no tienes salvación, pero … bueno, al menos no me dejo engañar con todas esas mentiras que dices.

http://es.wikipedia.org/wiki/Extra_Ecclesiam_Nulla_Salus

no podrían salvarse los que sabiendo que Dios fundó, por medio de Jesucristo, la Iglesia católica como necesaria para la salvación, sin embargo, no hubiesen querido entrar o perseverar en ella

Yo persevero en estar fuera de la ICR, Santiago, y siempre estaré fuera; qué me dices: tengo salvación fuera de vuestra ICR?

Porque si dices que sí la tengo fuera a sabiendas de vuestra ICR, entonces la tan comentada frase del catecismo es una mentira podrida, que muestra lo falso de ese catecismo de Wojtyla.

Y si dices que no la tengo, entonces tú también me condenas, amigo mío.

¿Qué decides? No te olvides de que somos amigos: me puedes querer más que a ese dogma estúpido de ese catecismo que os han impuesto a los católicos.

·        Santiago

23-Abril-2012 – 0:53 am

Aunque me extraña, Javier, tu preocupación por tu destino eterno y por la salvación en general…pues creo que te expresaste anteriormente como que lo importante solamente era nuestro destino terrestre..porque aquello de la otra vida era de menor importancia, ya que entonces -si aquello existía- aceptaríamos con gusto nuestra posición en la eternidad y por eso no teníamos que preocuparnos ni lo mas mínimo durante nuestra vida de aquí abajo, por la otra…Yo creo que te citaba la frase de Agustín: “el que te creó sin ti, tampoco te va a salvar sin ti”..Porque en realidad no solamente importa  esta vida de aquí, que es limitada…sino nuestra meta final que es la vida eterna, la que es permanente…y a la cual nos aproximamos cada día un poquito mas
Por eso es que me extraña que sigas  con tu obsesión sobre el enunciado ”fuera de la iglesia no hay salvación”y de la correcta manera como se ha entendido en la iglesia apostólica de Jesus hasta el día de hoy
Como tu sabes en la teología cristiana Cristo es el centro de la historia…en EL converge todo el Universo ya que el Padre quiso que todo viniera a EL a través de su Hijo que fue engendrado en el amor…Como Cristo es la cabeza del su Cuerpo Místico que es la iglesia, como Pueblo de Dios, TODA salvación posible viene de Cristo a traves de su CUERPO que es la iglesia…O sea, contrariamente como tu pensaste, la frase esa no ha tenido nunca, a traves de la historia, un sentido EXCLUYENTE sino, por el contrario,  INCLUYE  a TODA la humanidad porque “la Iglesia es el lugar donde la humanidad debe volver a encontrar su unidad y su salvación”. Como dice Agustín de Hipona “ELLA (la Iglesia) es el mundo reconciliado” (S. Agustin Serm 96,7-9)..No es una equivocación, ni hay condena alguna por parte del Catecismo …POSITIVAMENTE la iglesia proclama que en ella hay salvación…Se puede “sentir con la iglesia” y pertenecer a su espíritu sin alistarse en sus filas ”oficialmente”..Desde tiempo inmemorial la iglesia reconocía el “bautismo de deseo” de los catecúmenos como válido que los unía a ese Cuerpo místicamente pero realmente..igualmente con el “bautismo de sangre” de los mártires, máximo deseo de estar haciendo la voluntad de Dios que es lo importante y que la iglesia siempre reconoció como la maxima expresion de esa union con Cristo…Por lo tanto, la frase no se aplica a los que, sin culpa de ellos, no conocen el Evangelio y, sin embargo, persisten en el bien…Estos ya pertenecen a ese deseo de hacer y cumplir la voluntad del Creador y por tanto están dentro de la iglesia…Te sugiero que profundices mas en la doctrina católica que tanto te interesa…y leas no solamente ”una frase”, sino todo su CONTEXTO…para que no te alarmes…y asi te quedes en paz….un saludo cordial    de Santiago Hernández
·        Santiago

22-Abril-2012 – 3:59 am

gracias Iñaki por tus palabras y por tu comentario..Estoy de acuerdo contigo que el perfecto modelo del amor es el de Jesus el Nazareno…. Es el hombre completo con el equilibrio existencial necesario para mostrarse a nosotros como la esperanza trascendente…la que nos salva del mal y de la muerte….Si queremos ”reformar” la iglesia ha de ser desde dentro…Primero, hay que entender que errores humanos siempre van a existir…no es la iglesia una sociedad de santos…sino de pecadores…Segundo, que el carisma de Cristo antecede y está por encima de toda deficiencia humana…Cristo escogió a 12 pecadores del pueblo que despues -solo mucho despues- fueron transformados por la gracia para dar testimonio de lo que vieron y oyeron, y tercero, que la fe en la iglesia no puede ir separada de la del Cristo evangélico ya que Jesus fue el que inicio el movimiento para preservar su enseñanza y lo ha hecho a traves de ella..y lo importante es que la iglesia -como el Pueblo de Dios- conservó el ”mandatum”..y nos lo legó a través de los siglos…y lo realmente milagroso ha sido que lo pudiera hacer, a pesar de las enormes crisis y ataques, de dentro y de fuera, que ha sufrido ese PUEBLO a traves de todos los siglos..Por lo tanto, como dices, lo que nos rescata es el verdadero amor divino que brota de Cristo y que se desborda en nosotros y nos perfecciona…Lo importante  consistira fundamentalmente en la FE en el verdadero Mesías histórico, como el mismo se presentó en el siglo I ante nosotros los humanos, y lo demás será seguir sus pasos hasta llegar a la verdad auténtica…que es la verdad que salva…la verdadera felicidad…nuestra meta final a la que todos estamos llamados en esta vida y la que sin duda todos llegaremos si escogemos y recorremos el verdadero y correcto camino….un saludo cordial    de Santiago Hernández

·        Javier Renobales Scheifler

21-Abril-2012 – 23:15 pm

¿Impaciente yo, Iñaki S.S.? Dentro de cincuenta años llevaré ya muerto unos cuantos, y es evidente que en cincuenta años la ICR no va a cambiar nada de nada.

¿Qué cómo lo sé? Es fácil; hace cincuenta años Roncalli quiso (tímidamente, sí, pero menos da una piedra) cambiar algo en la ICR, y como era el papa, hizo un concilio, y hubo entusiasmo porque al fin, tras siglos y siglos de despropósitos que evidencia que la ICR no tiene nada que ver con Jesús, parecía que podía aparecer una Iglesia pobre y … en seguida Montini mostró con la Humanae Vitae el carcamal que era, asesinaron  Luciani en sus aposentos de su Estado Vaticano, pusieron al anticomunista Wojtyla y éste puso a asustado Ratzinger, y está la ICR en Trento aproximadamente, y no ha parado de involucionar.

Roncalli, como la revolución de Castro en Cuba, se les coló una vez: pero no más.

Luciani por si las moscas (algún visionario vería aquí revoloteando al comodín Espíritu Santo y sus ‘signos de los tiempos’ –pensamiento mágico-) fue asesinado, sin ningún problema e impunemente, nada más mostrar su intención de cambiar algo.

Hoy no se les puede colar ya un papa que, como Roncalli, haga un concilio para cambiar algo: todos los obispos y cardenales son clones ultraconservadores de ultraderecha como Wojtyla y Ratzinger, que los han puesto a dedo (alguna excepción, si la hubiera, Casaldáliga … confirmaría rotundamente esta regla).

Movimientos ultraconservadores como kikos de Arguello, opus de Escrivá, legionario de Maciel y otros similares defienden, afablemente oh sí (afabilidad santona, aparente tapa del ‘que te den …’), ciegamente lo que digan esos papas, el catecismo de esos papas es su credo y su ley, y con él le han sacudido en la cocorota a Torres Queiruga hace unos días, a cuenta de la resurrección de Jesús que el catecismo de los dictadores ordena creer que es histórica, un hecho histórico (tema del post).

Lo que hicieron con Galileo no les ha servido para aprender nada, porque han retrocedido a Trento. La ICR no tiene remedio, no tiene arreglo, y empeñarse en arreglarla es perder miserablemente el tiempo, como demuestran los hechos un día sí y otro también.

Si estar convencido de que no van a cambiar nada es ser impaciente, Iñaki S.S., lo mejor es ser impaciente. Ser paciente hace demasiado tiempo ya que se convirtió en seguir esperando a Godot.

·        Iñaki S:S,

21-Abril-2012 – 18:55 pm

Honorio, nire emastea otxandiokoa izan eta nik Durangoko engunkari digitala ezetu gabe. Uler ezina da baina egia.
En primer lugar quiero agradecerte por haberme dado a conocer el Diario digital de Durango. Nunca es tarde si la dicha es buena, pero no tengo perdón. He leido con interés tu artículo sobre Jon Mirande y me parece una magnífica idea el acercar personajes de esta categoria a la demasiadas veces manipulada cultura popular. De todos modos, tal como veo yo las cosas, no puedo evitar una observación. No se si estoy equivocado, pero yo diría que, en tiempos de Jon Mirande, no se distinguía al Jesús histórico, hijo de José, del Santo Cristo de la fe, creación teológica posterior al relato de la resurrección. En ese sentido, yo no crucificaría a Jesús hijo de José, puesto que el ejemplo de su vida  sigue siendo un valor universal. De eso se encargarían los sepulcros blanqueados que dominan la ICR.  Lo que hago es aparcar al Santo Cristo y dejarle tranquilito, porque no puedo entender su condición divina y no me sirve de ejemplo como hombre virtual.
·        h.cadarso

21-Abril-2012 – 12:07 pm

Me propongo entrar a leer vuestras reflexiones en este hilo, que me parecen interesantes. De momento, invito a Iñaki S.S. a leer en http://www.durangon.com el artículo que publiqué en Opinión el Jueves Santo sobre Jom Mirande, el único poeta blasfemo en toda la literatura euskaldun. En ese artículo hago una reflexión sobre la Semana Santa tal como la vivimos en Euskadi, amigo Iñaki… Jon Mirande, si Jesús volviese a la tierra, lo crucificaría…Muy fuerte, ¿no? Pero él explica sus motivos, muy relacionados con la Inquisición y con el abuso de poder de la ICR sobre este pueblo…Saludos, y gracias por vuestras reflexiones…

·        Iñaki S:S,

21-Abril-2012 – 10:50 am

Realmente apasionante,  ameno y pedagógico el diálogo que mantienen Javier y Santiago. Personalmente estoy con las ideas de Javier, un auténtico humano impaciente, pero al mismo tiempo me rindo ante la afabilidad con la que Santiago defiende las suyas. Creo que estan condenados a entenderse. Al fin y al cabo, creo coinciden en que la ICR actual es un rebaño perdido al que solo se le rescatara con amor. Un amor como el de aquel nazareno capaz de dar correazos y poner en evidencia a los “sepulcros blanqueados, pero también capaz de perdonar a los que no saben lo que hacen y poner la otra mejilla cuando le abofeteaban. Quisiera que sin asperezas y paternalismos no hablaran un poco mas de la felicidad. Ese algo que no se alcanza solo a base de dinero, poder y bienestar material.

·        Javier Renobales Scheifler

21-Abril-2012 – 7:04 am

Santiago: cuando nací aún no estaba bautizado. Lo que se dice nacer, nací antes de que me bautizaran, de modo que no nací católico.

Eso sí, los depredadores católicos me bautizaron abusivamente, cuando no podía defenderme, y me adoctrinaron a tope, como hace la ICR por puro interés de su negocio católico. De ese veneno ya me he liberado un poco.

Yo quiero para mis hijos lo mejor, lo mismo que para todos. Por eso ninguno de mis hijos, ya mayores de edad, está bautizado, y me lo agradecen mucho (bueno, seguro que alguna abuela los habrá  bautizado a escondidas, siguiendo esas estupideces que se les han ocurrido a los dirigentes católicos, pero todo eso pura porquería, puro desamor, puro fanatismo, puro pensamiento mágico, pura falta de respeto a las personas por interés egoísta del fanatismo católico).

¿Estás en desacuerdo con muchas cosas que pasan dentro del clero incluyendo al Papa y demás jerarcas …!? ¡Santiago, que te pierdes! ¡Achtung!

¿Cómo es que nunca, oh mi fiel defensor de la ortodoxia pura, en todos estos años en Atrio no has dicho ni mostrado de ninguna forma nunca jamás ninguna de esas muchas cosas con las que estás en desacuerdo?

Eres un campeón de la disciplina. Pero no me atrevo a felicitarte por ello: pues Jesús no era así, y mostraba sus desacuerdos a gritos, insultos y correazos, para lo que hay que sacar la mala leche y enfrentarla al que te indigna. Y por eso lo mataron.

Estás en desacuerdo con muchas cosas que pasan respecto de los jerarcas, dices, pero no con ningún dogma, ni con nada del catecismo vigente impuesto a los católicos en 1992, ni siquiera con lo que te he pedido como amigo, contra esa chufa fanática y maloliente del ‘fuera de la ICR no hay salvación’.

Amigo, mis personas queridas ateas y yo somos antes que esa condena estúpida jerarca ¿No podrías tú siquiera rechazar enérgicamente esa condena a todas luces injusta e inhumana y decir públicamente: se equivocan esos jerarcas condenadores, al condenar injustamente a tantas personas a no tener salvación?

¿Podrías decirles/exigirles a tus jefes católicos que hay que rechazar públicamente esa brutal e inhumana condena, por amor a tantas personas que están/estamos fuera de la ICR?

Misericordia pido (no fe), Santiago, a ti, no a Dios, que bien sé que Dios nada absolutamente puede hacer al respecto con esos jerarcas tan egoistas que pintan la salvación sólo para los de dentro de la ICR.

Pero tú sí puedes, amigo. Al menos puedes protestar públicamente a favor de la inmensa mayoría que estamos fuera de la ICR, proclamando a gritos, en nuestro favor, que se equivoca el catecismo vigente de los papas católicos.

·        Santiago

21-Abril-2012 – 4:02 am

Javier,   aun respetando tu vida privada, creo que tu mismo has dicho que tu creciste en un ambiente católico y estudiaste en un colegio de jesuítas y ademas que algunos miembros de tu familia son o fueron jesuítas..Por eso, pensé que fuiste bautizado..cosa que entre cristianos no me parece ningun abuso pues siempre tu quieres para tus hijos lo mejor….y ¿que cosa mejor para una persona recibir la fe como un don gratuito que te ayude para el resto de tus días? Ya se que no crees en eso, pero hay otros que si, sobre todo si se tiene fe..Tambien se que te “borraste” o intentaste hacerlo del libro de bautismos…cosa nominal puesto que los católicos -como tu sabes- creemos que el sacramento del bautismo es indeleble, como la confirmación y el orden que no se pueden repetir, ni “borrar” aunque uno quiera..Es un regalo permanente
Por supuesto -no me creas tan torpe Javier- que yo estoy en desacuerdo con muchas cosas que pasan dentro del clero incluyendo al Papa, obispos, diáconos, lectores..etc. y laicos…pero en realidad no deseo echar mas leña al fuego…basta con la que tu provees en tus diarias diatribas contra todos ellos…Pero si eres feliz sabiéndolo te diré que tengo las mismas preocupaciones que todos los que están en busca de la verdad y de la justicia…Pero TODOS seremos juzgados muy pronto sobre el amor…Entonces resplandecerá con deslumbre la verdad oculta de todos los humanos…y a cada cual recibirá de acuerdo a su verdadera realidad..y de acuerdo al grado de amor a Dios y al prójimo…Nadie se puede escapar entonces de ese momento que llegará
Dios es en realidad misericordioso…Toda la creación está llena de la misericordia de Dios…En primer lugar, pudimos NO SER…y solo por misericordia SOMOS…y aunque la vida puede ser horrenda para muchos, nadie generalmente quiere morirse…ni aun -y menos- los mas viejos…aunque el mal parece oponerse a la bondad de Dios…..en realidad  nosotros estamos viendo “lo aparente”…no sabemos el interior de cada ser humano..solo conocemos lo que oímos y lo que vemos..Dios obra desde dentro…del interior del alma..y sabemos que hay mucha mas bondad que maldad en el mundo…y que EL dirige todo hacia el bien..y hace brotar grandes bienes de grandes males…y la promesa de la inmortalidad y bondad eterna…supera con mucho todas las grandes desgracias y calamidad….TU en cambio en vez de lamentarte tanto por todos los horrores de las muertes diarias de nuestros hermanos debías de dedicar el resto de tu vida a aliviar -en cuanto puedas- las desgracias que ves a tu alrededor…y a vivir una vida mas sobria..como han hecho muchos santos que han vendido todo y han repartido sus riquezas entre los necesitados..Asi estarás mas tranquilo
No me creo mejor que mis hermanos los humanos porque haya sentido la misericordia de Dios..ni creo que soy un privilegiado…soy indigno porque no merezco esa misericordia…pero conservo la dignidad porque me considero criatura de Dios…y porque estoy aquí por su bondad…..te deseo lo mejor…un abrazo   de Santiago Hernández

·        Javier Renobales Scheifler

20-Abril-2012 – 15:51 pm

Santiago,

El atributo de misericordioso, que aplicas con tu imaginación a Dios, no salvó a Jesús de ser asesinado por sus enemigos como un perro. Así que menos misericordioso, por favor.

Ni tampoco Dios ha ‘dado el ser’ (como tanto te gusta decir) a todos los que no existen, por ejemplo a todos los que hubieran nacido si a los curas no les hubieran obligado sus jefes a ser célibes obligatorios, por obligación de sus mandos.

¿Te crees acaso elegido por Dios, para pensar que contigo es misericordioso cuando no lo es con los que dejamos morir de hambre y miseria (una persona cada cuatro o cinco segundos, unas 60.000 personas cada día)?

Así que menos globos con la imaginaria misericordia de Dios. Mejor reconozcamos que saber de Dios, lo que se dice saber, no sabemos nada. Los islamistas atribuyen a Dios ser grande (Alá es Grande, creo que dicen), pero en lo que a los Palestinos se refiere, parece Dios mucho más pequeño que los dirigentes y el ejército judíos que masacran a los Palestino (Holocausto Palestino, a manos judíos/USA).

De tu superior indignidad como persona (que tú dices, Santiago) es mejor que hables tú, no yo, si tanto poder atribuyes a Dios. Con el cristiano Anders Breivik (el asesino en masa noruego -isla de Utoya-) Dios no tuvo de ninguna manera tanto poder (aunque Breivik, cristiano, quizá piense que sí, y se crea el más digno de los mortales, tan orgulloso como está de sus fechorías tan asesinas).

Sin que Dios tenga nada que ver en ello, mi persona no es indigna, Santiago (así que en esto te llevo ventaja, si no te he entendido mal)

A que tú vivas en paz contribuye muchísimo tu nivel material de vida en un país del primer mundo, y las personas que viven tan bien como tú cerca de ti. No es Dios quien te da esa paz, sino tu entorno, tu nivel material de primer mundo, y tú mismo.

En cuanto a la imposibilidad de tu apostasía, cuanto apostates me la cuentas esa posibilidad, Santiago: entonces reconoceré que puedes apostatar, cuando lo demuestres, o sea, nunca. Mientras pensaré que te daría un soponcio, si te permitieras apostatar.

Tendrías que empezar por dejar de creer algún dogma católico (alguno de los más estrambóticos, de los más fácil de darse cuenta de que son increíbles), y por el momento, cuantas veces te he pedido que me digas algo que no creas de lo que el Magisterio manda creer, nunca me has dicho nada de nada.

No sé, Santiago, algo con lo que no estés conforme … por ejemplo del Catecismo de Wojtyla, el de 1992, que es bien gordo, tiene muchísimo donde discrepar.

Me harías muy feliz, amigo, si dijeras, creyéndotelo que se equivocó y se equivoca el papa cuando pone y mantiene en su catecismo de 1992 que ‘fuera de la ICR no hay salvación’ porque es mentira podrida semejante afirmación, tan falsa y tan inhumana.

No es nada malo apostatar, amigo, como tampoco es malo darse de baja de la ICR –yo me dí de baja (sin apostatar de mi fe en Jesús y su mensaje), así que sé de lo que hablo-: pero hay que ser libre para poder hacerlo.

Y no nací en la ICR, te equivocas una vez más, amigo Santiago. Todavía vais a llegar a bautizar los fetos en el vientre de la madre –antes de que nazcan-, algo más abusivo aún que bautizar a los recién nacidos. Ya os vale, Santiago.

·        Santiago

18-Abril-2012 – 3:43 am

Javier,   en realidad se debe a la pura misericordia de Dios por  la que estoy en este momento vivo física y espiritualmente…Mi indignidad como persona   supera  a la de otros muchos…y sin embargo Dios me recogió y me salvó del abismo..y por esa gracia (imaginaria segun tu) ES por la que no creo encontrarme en el camino equivocado…sino que busco la coherencia, la armonía y la paz que me es dada y recibida de manera gratuita y que yo solamente acepto…en ese pregrinaje -no soy diferente a mis hermanos- incluyéndote a ti..en una búsqueda incesante por la verdad…en una búsqueda constante del amor…y en el deseo y en la preferencia por el bien..Desde ese momento en que Dios me tendió la mano “místicamente” (y para mi inexplicablemente) mi camino se volvió mejor y mas iluminado, acordándome siempre de Agustin de Hipona cuando hablaba de que solamente nuestro corazón puede descansar y reposar en Dios..ya que ”solo Dios basta”..Por lo tanto, no es imposible, (como tu aseguras), mi apostasía, debido a mi fragilidad humana y a mis muchos y graves defectos…pero espero perseverar en la FE hasta el final..y pido que Dios permita que, en su misercordia infinita, yo muera en ella…asi como mucha gente ha querido morir dentro de la fe que profesaron durante su vida y que han muerto en la paz del Señor y hasta han dado la vida por ella
Y si existe esa posibilidad con respecto a mi, mucho mas es que tu puedas entrar de nuevo en la deslumbradora luz de Jesus en la plena asamblea de los fieles…dentro de esa fe apostólica que no tiene nada que ver con las miseria humanas, ni con los errores de sus miembros…sino que esta muy por encima del mal…y que ese carisma especial es  lo que destruye el mal..Es ese veneno que a ti  te dieron a probar los abusadores el que provoca tu descontento..Pero no debes generalizar, Javier, sino ir mucho mas a lo profundo, a lo concreto, para poder librarte de algo tóxico que duele y da rabia…Sin embargo, existen actualmente medios para poder “deal” con todo eso…Hay que trabajar hondo para poder salir de la prisión y de la trampa que el enemigo nos tiende…Nos podemos liberar, por supuesto, pero no solos…necesitamos la ayuda de nuestros hermanos y de nosotros mismos…para liquidar todo resentimiento…y perdonar a los que nos hicieron daño en el alma…pues el perdón es liberador y curativo…no se trata de olvidar…sino de saldar la deuda en favor de ellos…que, como consecuencia, redundará como un boomerang a favor nuestro
Estoy muy lejos de querer cambiar tu camino, ni de enmendarte la plana…si me he vuelto “personal”, contra mi costumbre, es solamente por el aprecio que te tengo y por la larga amistad que tenemos como participantes de Atrio y porque a veces creo vislumbrar algo del motivo de tus acerbas críticas a la iglesia en la que – muy a pesar tuyo- naciste…y a la que todavía pertenece -como tu has afirmado- tu querida madre y otros miembros ilustres de tu familia…un abrazo    de Santiago Hernández

·        Remedios

17-Abril-2012 – 13:33 pm

Santiago y Javier, no sólo os leo, sini que también os pienso, apropiándome de una expresión que me gustó (creo que fue de Oscar Varela) y pensándoos he llegado a la conclusión (perdonar mi atrevimiento) de que lo que necesitaís ambos es de la experiencia mística. En la mística de Oriente y Occidente resurrección significa la experiencia de unidad con el Principio originario Dios. Ser uno con Dios significa tener la edad de Dios, es decir ser vida atemporal con Dios. Nuestra naturaleza más honda no tiene edad. El deseo de Jesús era , sin duda, ayudarnos a despertar a la experiencia de Dios. Desde dicha experiencia posiblemente sobren dogmas, teologias y mediadores. De gran ayuda pueden ser los libros de Ken Wilber.

·        Remedios

17-Abril-2012 – 13:02 pm

Santiago y Javier, no sólo os leo, sino que también os pienso, apropiándome de una expresión que me gustó (creo  que fue de Oscar Varela) y pensándoos he llegado a la conclusión (perdonar mi atrevimiento) de que lo que necesitais ambos es de la experiencia mística. En la mística de Oriente y Occidente resurrección significa la experiencia de la unidad con el Principio originario Dios. Ser uno con Dios significa tener la edad de Dios, es decir ser vida atemporal con Dios. Nuestra naturaleza más honda no tiene edad. El deseo de Jesús era, sin duda, ayudarnos a despertar a la experiencia de Dios. Desde la experiencia posiblemente sobren dogmas, teologias y mediadores. De gran ayuda pueden se los libros de Ken Wilber.

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