La práctica liberadora de Jesús. Mesters

LA PRACTICA LIBERADORA DE JESUS

 

CARLOS MESTERS oc

 

No se puede pedir al Evangelio lo que él no puede dar. En los tiempos de Jesús no había fábricas de coches, ni organización de sindicatos. No había buses, ni tantas otras cosas que existen hoy. El Evangelio no tiene una receta para resolver todos los problemas existentes.

 

Pero en el tiempo de Jesús ciertamente existían:

  • Gente explotada por un sistema injusto.
  • Desempleo creciente.
  • Empobrecimiento y endeudamiento creciente.
  • Acaparamiento de tierras y creciente número de campesinos sin tierras.
  • Ricos poderosos a los que no les importaba la pobreza de sus hermanos.
  • Tensiones y conflictos sociales.
  • Represión sangrienta que mataba sin piedad.
  • Clases altas comprometidas con los romanos en la explotación del pueblo.
  • La religión oficial era ambigua y opresora.
  • Una piedad confusa y resistente de los pobres.

 

  1. Jesús se presenta con su Mensaje al pueblo

 

Después de treinta años (Lc. 3,22) de vida escondida en Nazaret, Jesús se presenta al pueblo con su mensaje (Lc. 4,18). En Nazaret, El ha convivido largos años (Lc. 2,51-52) con los campesinos de Galilea, explotados por el sistema de los impuestos heredados de los persas y de los griegos y por el latifundio creado por los romanos. El era carpintero (Mc. 6,3).

 

Mientras crecía (Lc. 2,40) en sabiduría, edad y estatura delante de Dios y de los hombres, presenciaba las explosiones de violencia tan numerosas entonces en Galilea, la progresiva organización de los guerrilleros zelotes, la transferencia de la capital de su región a Tiberíades, las tentativas infructuosas de los romanos para reducir a la obediencia al pueblo rebelde de Galilea.

 

Veía cómo los escribas y fariseos reunían y organizaban al pueblo en torno a las sinagogas, enseñándoles la tradición de los antiguos (Mc. 7,1-5), dándoles fuerza para resistir, preparándolos para la próxima venida del Mesías, aguardada por todos como inminente.

Veía también cómo ellos, en lugar de enseñar la ley de Dios y mostrar el rostro verdadero del Padre, los escondían tras una cortina espesa de normas y obligaciones que hacían imposible la observancia de la ley para los pobres (Mc. 7,6-13). Estos se veían condenados por sus líderes como ignorantes (Jn 7,49) y pecadores. Se les decía que eran malditos de Dios y que el Reino de Dios no era para ellos.

 

Veía también Jesús la piedad confusa y resistente de los pobres, tan bien expresada en el cántico de María (Lc. 1,46-55) y en la esperanza difusa de un nuevo éxodo. Los pobres esperaban que llegase el tiempo de la liberación prometida desde los tiempos antiguos (Lc, 1,71-73).

 

Creciendo en medio de esta realidad conflictiva de explotación económica, de explosiones sociales, de desintegración creciente de las instituciones, de explosiones mesiánicas, Jesús, unido al Padre, se convierte en alumno de los acontecimientos, descubre dentro de ellos la llegada de la hora de Dios y anuncia al pueblo: “El plazo se ha vencido. El Reino de Dios está cerca. Conviértanse y crean en la Buena Nueva” (Mc. 1,15).

Jesús presenta su programa de predicación del Reino en la sinagoga de Nazaret: “El Espíritu del Señor está sobre mí: el Señor me consagró por su Espíritu. Me envió a traer la Buena Nueva a los pobres, a anunciar a los cautivos su libertad y devolver la luz a los ciegos; a despedir libres a los oprimidos y a proclamar el año de la gracia del Señor” (Lc. 4,18-19).

 

Según el evangelio de Marcos la Buena Nueva del Reino anunciada por Jesús tiene como primer efecto reunir a las personas en torno a Jesús y entre sí, esto es, la formación de comunidades (Mc. 1,16-20).

El segundo efecto es hacer nacer conciencia crítica en el pueblo oprimido frente a sus líderes (Mc. 1,21-22).

El tercer efecto es combatir el poder del mal, expulsarlo, y así liberar al hombre (Mc. 1,23-28).

El cuarto es restaurar y salvar la vida del pueblo para el servicio (Mc. 1,29-34). El quinto efecto es permanecer unido a la raíz que es el Padre, a través de la oración (Mc. 1,35).

El sexto es mantener la conciencia de la misión y no encerrarse en los resultados obtenidos (Mc. 1,36-39). El séptimo resultado es liberar y reintegrar en la sociedad a los marginados ((Mc. 1,40-45).

 

Jesús se presenta como el que viene a realizar las esperanzas del pueblo fomentadas y alimentadas, a lo largo de los siglos, por los profetas.

El se presenta como el Mesías-Siervo anunciado por Isaías (Is 42,1-9; 61,1-2). Propone la realización del Año del Jubileo, es decir, “el año de gracia del Señor”. El Año del Jubileo ya intentó realizarlo Nehemías (ver Neh 5).

Se trata de la tentativa de reorganizar todas las cosas, especialmente la repartición de la tierra, de modo que el pueblo pueda recomenzar de nuevo y realizar la Alianza con Dios, que había sido rota por la infidelidad (ver Lev 25).

 

  1. Jesús se coloca del lado de los excluidos del sistema

 

Jesús convive, la mayor parte de su tiempo, con los que no tenían lugar dentro del sistema social existente en su época. Veámoslo:

  • Prostitutas: son preferidas a los fariseos (Mt. 21,31-32; Lc 7,37-50).
  • Publicanos: tienen preferencia sobre los escribas (Lc. 18,9-14; 19,1-10; Mc. 2,14).
  • Leprosos: son acogidos y sanados (Mt. 8,2-3; 11,5; Lc. 17,12) y los sacerdotes son obligados a darles comprobante de su purificación (Lc. 17,14; Mc 1,44; Mt. 8,2-4).
  • Enfermos: son curados aun en día sábado, en contra de las costumbres de entonces (Mc. 3,1-5; Lc. 14,1-6; 13,10-13).
  • Mujeres: forman parte del grupo que acompaña a Jesús (Lc. 8,1-3; 23,40-55).
  • Niños: son presentados como profesores de adultos (Mt. 18,1-4; 19,13-15; Lc. 9,47-48).
  • El pueblo sencillo: entiende el misterio del Reino mejor que los sabios prudentes (Mt. 11,25-26).
  • Los samaritanos, considerados enemigos políticos y religiosos: son presentados como modelo a los judíos (Lc. 10-33; 17,16).
  • Los hambrientos: son acogidos como rebaño sin pastor (Mc. 6,34; Mt. 9,36; 15,32). Les da de comer (Jn 6,5-11) y anima en ellos la solidaridad de compartir (Jn 6,9).
  • Los ciegos: les devuelve la vista (Mc 8,22-26; 10,46-52; Jn 9,6-7). En cambio, los fariseos son declarados ciegos (Mt. 23,16).
  • Los rengos: su curación es señal de que Jesús puede perdonar pecados sin blasfemar (Mc. 2,1-12).
  • Los poseídos: la expulsión de los demonios es señal de que llegó el Reino de Dios (Lc. 11,14-20).
  • La adúltera: es acogida y defendida en contra de la ley y de la tradición (Jn. 8,2-11).
  • La anciana: es defendida dentro de la sinagoga contra el coordinador de la sinagoga (Lc. 13,10-13).
  • Los extranjeros: son acogidos y atendidos (Lc. 7,2-10). Una cananea hasta  consigue cambiar los planes de Jesús (Mt. 15,22).
  • Los pobres: dice que el Reino de Dios es de ellos (Mt. 5,3; Lc. 6,20) y no de los ricos (Lc. 6,24).
  • Los mendigos: en la parábola, ellos reciben la vida eterna y el rico Epulón va al infierno (Lc. 16,19-31).
  • Los pescadores: los llama para que sean sus discípulos (Mc. 1,16-20), pero no llama a ningún doctor de la ley.
  • Un ladrón: es condenado por el sistema y Jesús lo recibe en su Reino (Lc. 23,40-43).
  • Guerrilleros zelotes: algunos de ellos están en el grupo de Jesús (Mt. 10,4; Mc 3,18).

 

Estas actitudes concretas de Jesús presentan un peligro muy grande para el sistema de los judíos, pues Jesús acoge a los “inmorales” (prostitutas y pecadores), a los “marginados” (leprosos y enfermos), a “herejes” (samaritanos y paganos), a los “colaboradores” (publicanos y soldados), a los débiles y los pobres, que no tienen poder ni saber. ¡Los que no tienen “lugar”, reciben un “lugar”! ¡Y los que tienen un “lugar” en la convivencia social, no reciben un “lugar” en la convivencia con Jesús!

 

La opción de Jesús es muy clara. También la invitación es clara: no es posible ser amigo de Jesús y continuar apoyando al sistema que margina a tanta gente. Algunos lo entendieron así y respondieron afirmativamente:

  • Nicodemo (Jn 3,1-2), que defendió a Jesús ante el tribunal (Jn. 7,50-52), pero fue injuriado y corrió el riesgo de ser expulsado (Jn. 19,39).
  • José de Arimatea, que tuvo el coraje de pedir el cuerpo de Jesús para enterrarlo (Mt. 25,57-60), pero fue acusado de ir en contra de los romanos y contra los jefes judíos.
  • Zaqueo, que dio la mitad de sus bienes a los pobres y devolvió cuatro veces lo que había robado Lc. 19,1-10).

 

El pueblo de los pobres rápidamente recibió la novedad, acogió a Jesús y dijo: ¡Esta sí que es una nueva enseñanza dicha con firmeza, (Mc. 1,27) del todo diferente a la de los escribas y fariseos! (Mc. 1,22).

Y se fueron detrás de Jesús (Mt. 14,13-14), olvidándolo todo: casa, comida, hijos… Hasta llegaron tras de El a un desierto (Mc. 6,35-36), sin comida, casi desfallecidos (Mc 8,1-3). ¡Para el pueblo hambriento y pobre Jesús era una figura sumamente atrayente y simpática!

 

  1. Jesús niega y combate las divisiones creadas por los hombres

 

Las divisiones y conflictos existentes en aquel tiempo venían de las relaciones de producción, de raza y de la religión. Todo mezclado. Todas ellas contradecían la voluntad del Padre, ya que por su medio mucha gente era marginada, dejada de lado, sin esperanza de poder obtener una vida mejor.

Y muchas veces esta situación era justificada y legitimada en nombre de Dios, a través de una interpretación equivocada de la Biblia.

 

Jesús denuncia todas estas divisiones y las combate a través de actitudes bien concretas:

  • La división entre el prójimo y el no-prójimo, ya no depende sólo de la raza, ni de observaciones exteriores, sino de la disposición que tiene cada uno de aproximarse al otro, sea quien sea (Lc. 10,29-37).
  • La división entre pagano y judío: Jesús entra en casa de un centurión romano (Lc. 7,6) y atiende el pedido de una cananea (Mt. 15,28).
  • La división entre obras santas y profanas es redimensionada (oración: Mt. 6,5-8; ayuno: Mt. 6,16-18; limosna: Mt 6,1-14).
  • La división entre puro e impuro: Jesús cuestiona toda la legislación de la pureza legal (Mt. 23,23; Mc. 7,13,23) y llega hasta a ridiculizarla (Mt. 23,24).
  • La división entre tiempo sagrado y profano: Coloca el sábado al servicio del hombre (Mt. 12,1-12; Mc. 2,27; Jn. 7,23-24).
  • La división entre lugar sagrado y profano: Dice que Dios puede ser adorado  no sólo en el templo, sino en cualquier lugar, mientras sea en espíritu y en verdad (Jn. 4,21-24; Mc. 11,15-17; 13,2; Jn. 2,19).
  • La división entre pobres y explotadores: denuncia a los explotadores que se hacen llamar bienhechores del pueblo (Lc. 20,46-47; Lc. 22,25), y derriba las mesas de los cambistas a quienes llama ladrones (Mc 11,15-17; Mt. 21,12-17).

 

Actuando así, Jesús sacude y relativiza los pilares del sistema judío: observancia del sábado, sacralidad del templo, las obras santas como ayuno, oración y limosna, la ley de la pureza legal (Mt 23,25-28), la práctica de la justicia hecha por los fariseos (Mt 5,20), la propia ley de Moisés (Mt 5,17.21.27.31.33.38).

Jesús denuncia la tentativa de llegar a Dios a través del propio esfuerzo y del propio mérito: “somos siervos inútiles” (Lc. 17,10). De este modo, libera al pueblo de la tiranía de la ley, de la tiranía de los intérpretes de la ley, de la tiranía de los que, en nombre de su mayor saber, imponían pesadas cargar al pueblo ignorante (Mt. 23,4).

 

  1. Jesús combate los males que dañan la vida humana

 

“Yo vine para que todos tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn. 10,10). Actuando contra el sistema de los judíos, el objetivo de Jesús no es sólo invertir la situación. Su objetivo es liberar la vida reprimida y oprimida, vida creada por Dios a su imagen y semejanza.

 

Por eso Jesús lucha contra todos los males que dañan la vida y contra todas las formas de opresión que impiden la abundancia de la vida:

  • Contra el hambre: alimenta a los hambrientos (Mc. 6,30-44; 8,1-10).
  • Contra la enfermedad y la tristeza: cura a los enfermos (Mt. 4,28; 8,16-17) y da poder para sanarlos (Lc. 10,8; Mc. 6,13; 16,18; Mt. 10,1-8).
  • Contra los males de la naturaleza: calma los vientos y las tempestades (Mc. 4,35-40; 8,23-27).
  • Contra los demonios y malos espíritus: los expulsa (Mc. 1,23-27; Lc. 4,13), no les deja hablar (Mc. 1,34) y los enfrenta en la hora de las tinieblas (Lc. 22,53).
  • Contra la ignorancia: enseña al pueblo (Mt. 9,35) y lo hace tomar conciencia crítica frente a la realidad y frente a sus líderes (Mc. 1,22).
  • Contra el abandono y la soledad: acoge a todo tipo de personas y jamás las margina (Mt. 9,36; 11,28-30).
  • Contra el intelectualismo opresor: denuncia a los fariseos y escribas legalistas que destruyen el objetivo de la tradición (Mt. 23,13-15).
  • Contra las leyes que oprimen al hombre e impiden su crecimiento: coloca al hombre como objetivo y fin de todas las leyes (Mt 12,1-5; Mc 2,23-28).
  • Contra la opresión: acoge al pueblo oprimido (Mt. 11,28-30) y denuncia a los opresores que se hacen pasar por benefactores de la nación (c. 22,25).
  • Contra el miedo: se presenta con el mensaje de “no tengan miedo” (Mt. 28,10; Mc. 6,50).

 

Jesús retoma el Proyecto del Creador “Pero no es ésa la ley del comienzo” (Mt. 19,8). Dios creó la vida para ser bendita (Gén. 1,28) y no maldita. Donde la vida no tiene condiciones de ser bendita y abundante, ahí Jesús se compadece y actúa.

Por eso se compadece del pueblo abandonado y marginado, sin dirigentes que lo condujeran y orientaran (Mt. 9,36-38).

Una de las preocupaciones principales debe ser la de pedir a Dios que mande trabajadores a sus trigales (Mt. 9,38), o sea, ¡líderes que puedan dirigir y conducir al pueblo a su verdadero destino!

Por eso, entre los males combatidos por Jesús están también los falsos líderes de su tiempo, que desviaban al pueblo de su camino. Entre ellos se encontraban representantes del poder económico, del poder político y del poder religioso.

 

  1. Jesús desenmascara la falsedad de los grandes

 

Repasemos algunas actitudes que Jesús tomó con relación a los representantes del poder económico, o sea, con relación a los ricos y a la riqueza:

  • “Es más fácil para un camello pasar por el ojo de una aguja, que para un rico entrar en el Reino de Dios” (Mc. 10,25; Lc. 18,24-27).
  • En la parábola del hombre que construyó grandes almacenes, denuncia duramente la acumulación de bienes (Mt 6,19): “Necio, esta noche vas a morir” (Lc. 12,20).
  • Epulón es condenado porque, teniendo para banquetear, ni se enteró que un pobre deseaba las migajas que caían de su mesa (Lc. 16,19-31).
  • No cree mucho en la transformación de los ricos, pues le dice a Epulón: “Si no creen en Moisés y en los profetas, tampoco van  a creer si alguien resucita de entre los muertos” (Lc. 16,31).
  • Denuncia la hipocresía de los fariseos que se presentan como cumplidores de la ley y al mismo tiempo son amigos del dinero (Lc 16,14) y roban las casas de las viudas (Lc. 20,47).
  • Derriba las mesas de los cambistas en el templo y los llama ladrones (Lc. 19,46).
  • “Ay de los ricos, pues ya recibieron su recompensa” (Lc. 6,24).
  • Prefiere la ofrenda de la viuda a las grandes limosnas de los ricos (Lc 21,1-4).
  • El no tiene nada (Lc. 9,58) y pide lo mismo de sus discípulos (Lc. 12,33): tienen que dejarlo todo para poder seguirle (Mc. 10,21-22; Lc. 14,33).
  • En el grupo de Jesús la posesión de los bienes es comunitaria: el dinero lo tienen en común (Jn. 13,29; 12,6).
  • Dice claramente que no es posible servir a dos señores, a Dios y al dinero (Mt. 6,24).

 

Algunas actitudes que Jesús tomó con relación a los representantes del poder político, es decir, con relación al poder y a los poderosos de aquel tiempo:

  • El no frecuenta las casas de los poderosos, pues gente de ropa fina sólo se encuentra en los palacios (Mt. 11,8).
  • Cuestiona y critica el ejercicio del poder en la sociedad y pide que el poder sea ejercido como un servicio (Jn 13,14-15; Mt. 23,11; 18,14).
  • Trata a Herodes de “Zorra” (Lc. 13,32), y cuando es conducido ante él en la hora del juicio no le dice una sola palabra (Lc. 23,9).
  • Le responde con claridad a Pilato: “Tú no tendrías ningún poder sobre mí, si no lo hubieras recibido de lo alto” (Jn. 19,11).
  • Enfrenta al soldado que lo golpea: “Si he hablado mal, muéstrame en qué; pero si he hablado bien, ¿por qué me golpeas?” (Jn. 18,23).
  • El mismo, siendo Señor y Maestro, se hace siervo de sus discípulos y pide que ellos hagan lo mismo (Jn. 13,13-16).
  • Cuando lo juzgan es considerado mal pagador de impuestos (Lc. 23,2).
  • En el mismo juicio es considerado subversivo, que anduvo alborotando al pueblo de Galilea (Lc. 23,5).
  • Cuando es perseguido por la policía en Jerusalén, huye y se esconde (Jn. 8,59; 11,8.53-54).
  • Previene a sus discípulos: “A ustedes los arrastrarán ante las autoridades, y los azotarán…” (Mt. 10,17-22). “Viene la hora en que cualquiera que los mate creerá estar sirviendo a Dios” (Jn 16,2).

 

Algunas actitudes que Jesús tomó con relación a los representantes del poder religioso, es decir, con relación a los sacerdotes, fariseos y escribas:

  • Los acusa de hipócritas: “Dicen y no hacen” (Mt. 23,3.13).
  • Pero reconoce la autoridad de ellos: “Hagan y cumplan lo que dicen, pero no los imiten…” (Mt 23,2).
  • Se da cuenta del veneno de la ideología dominante de los fariseos y avisa de ello a los apóstoles: “Desconfíen de la levadura, es decir, de la hipocresía de los fariseos” (Lc. 12,1).
  • Relativiza las enseñanzas de los escribas, la tradición de los antiguos y la propia ley de Moisés, al afirmar que “el sábado ha sido hecho para el hombre y no el hombre para el sábado” (Mc. 2,27).
  • Denuncia la falsedad de los fariseos y escribas (Mt. 23,1-36; Lc. 11,37-54).
  • Ante el orgullo de los judíos frente al templo, El les dice: “Destruyan este templo y yo lo reedificaré en tres días” (Jn. 2,19).
  • Denuncia el sistema de comercio existente en torno al templo (Mc. 11,15-18).

 

En todas éstas y otras actitudes de Jesús, el objetivo no es simplemente protestar por protestar, sino cuestionar los falsos liderazgos que usaban su poder para mantener la vida aprisionada y oprimida (Mt. 23,13-14). Jesús quería liberar la vida reprimida y oprimida: “Vengan a mí los que se sienten cargados y agobiados, que yo los aliviaré” (Mt. 11,28).

 

  1. Jesús propone un nuevo orden

 

Todo esto que Jesús hace, sus actitudes, sus gestos y sus palabras, revela una nueva visión de las cosas, un nuevo punto de partida, un nuevo orden. No es que Jesús ofrezca un programa concreto de acción política o social. Lo que El ofrece y propone son los puntos básicos que deben inspirar y renovar desde la raíz toda relación entre los hombres, en cualquier tipo de organización en que vivamos.

 

Algunos de estos puntos básicos:

  • El poder debe ser ejercido como servicio (Mt. 20,24-28). El que quiera ser el primero, deberá comportarse como el último (Mt. 20,26; Mc. 9,35). Debemos lavarnos los pies los unos a los otros (Jn. 13,14).
  • Jesús revela a Dios como Padre bueno de todos (Mt. 23,8-9; Jn. 13,8-11). Y esta es la raíz más profunda de la fraternidad. El pide que se imite a Dios como Padre: “Sean perfectos como su Padre es perfecto…, que hace brillar el sol sobre malos y buenos…” (Mt. 5,43-48).
  • Jesús une el amor a Dios con el amor al prójimo. Dice que estos dos mandamientos son iguales y no pueden separarse (Mt. 22,34-40; 6,145-15); son como los dos lados de la misma moneda. Fe y vida deben estar siempre unidos.
  • Jesús radicaliza la ley, esto es, vuelve a unir a la ley a su raíz, que es el bienestar del hombre (Mt. 12,1-7; Mc. 2,27). El resumen de la ley es: “Todo lo que ustedes desearían de los demás, háganlo con ellos” (Mt. 7,12).
  • Jesús renueva por dentro la relación hombre-mujer y vuelve a exigir el ideal de unidad que estaba en la mente del Creador (Mt. 19,1-9).
  • Jesús propone un nuevo culto y le da un nuevo contenido (Jn. 4,20-24; 2,21). La celebración central de la Pascua tiene ahora otro cuadro de referencia (Jn. 13,1; Lc. 22,14-20).
  • Se coloca a sí mismo en el centro de la relación entre el hombre y Dios: “Nadie va a Padre sino por mí” (Mt. 11,27); “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn 14,6).

 

Cuando los seguidores de Jesús viven estas actitudes básicas, necesariamente toman frente a la sociedad de hoy la misma postura que tuvo Jesús frente a la sociedad de su tiempo. Luchan como El por la liberación de la vida, aprisionada en estructuras envejecidas y opresoras, para que todos puedan tener vida y vida en abundancia.

 

Este nuevo orden está presente en germen en la propia práctica de Jesús y en el nuevo modo de enseñar que El tenía:

  • Lenguaje simple en forma de parábolas, que no hace saber, sino que hace descubrir (Mc. 4,33).
  • Ayuda a los apóstoles y al pueblo a reflexionar a partir de los hechos (Lc. 13,1-5; 21,1-4) y de las cosas de la vida (Mt. 6,26; Jn. 16,21-22).
  • Enfrenta a los apóstoles con los problemas del pueblo: “Dénle ustedes de comer” (Mc. 6,37).
  • Jesús enseña con autoridad sin citar autoridades, de modo diferente al de los escribas que vivían citando a los doctores de la tradición (Mc. 1,22).
  • Da gran atención a las personas, sin distinción entre ellas (Mt. 22,16).
  • Enseña en cualquier lugar y acoge a todos en su auditorio, incluso a las mujeres, que en aquel tiempo no podían participar de las instrucciones en las sinagogas (Lc. 8,1-3).
  • Presenta a los niños como profesores de adultos: “Les aseguro que si no cambian y vuelven a ser como niños, no podrán entrar en el Reino de los Cielos” (Mt 18,3).
  • El mismo vive y hace lo que enseña y dice, y nadie consigue acusarlo de ningún pecado (Jn. 8,46).
  • Es libre y comunica libertad a los que le rodean (Jn 8,32-36), dándole valentía para no cumplir las tradiciones caducas de los escribas (Mt 12,1-8).
  • Pasa noches en oración, y así fomenta en los otros el deseo de orar (Lc. 11,1; 5,16; 6,12; 9,18.28; 22,41).

 

  1. Obediente hasta la muerte, Jesús revela el rostro del Padre

 

Jesús es el Hijo de Dios. Esto tiene que ver con su relación con Dios y con la constitución de su persona. Esta verdad, que no se prueba, sino que se acepta por la fe, fue objeto de un lento descubrimiento por parte de los primeros cristianos.

 

Jesús es el Mesías. Esto tiene que ver con su relación con los hombres y con su misión dentro del Proyecto de Dios. Es totalmente gratuito por parte del Padre el no haber enviado a cualquiera para realizar la misión de Mesías, sino a su propio Hijo.

 

Siendo rico, se hizo pobre” (2 Cor. 8,9). Aquí está presente una opción radical que no puede ser deshecha por ningún raciocinio. Jesús no era ciudadano romano, ni tenía ningún título; no hizo cursos con Gamaliel; no estudió en Jerusalén, ni obtuvo ningún diploma.

Cuando lo presentaron en el templo, sus padres hicieron la ofrenda de los pobres -dos palomas- (Lc. 2,24).

No era sacerdote, ni de familia sacerdotal; no era levita, ni fariseo; no era escriba, ni zelote, ni publicano, ni esenio, ni saduceo.

 

Jesús era un laico, obrero-campesino, venido de Galilea, donde la inestabilidad social era muy grande. En la comunidad local no era sacerdote, ni coordinador siquiera. No tenía protección de ninguna clase.

Era conocido como el carpintero (Mc. 6,3) o hijo del carpintero (Mt. 13,55), vivió treinta años en Nazaret (Lc. 3,23), no se casó; nació fuera de su casa, en un establo y, así, desde el seno materno sufrió las consecuencias del sistema opresor de los romanos.

Si se quieren conocer los treinta años de la vida del Hijo de Dios en Nazaret, no hay más que estudiar la vida de cualquier nazareno de aquel tiempo. Realmente, ¡siendo rico, se hizo pobre!

 

Lo que para algunos es considerado como condenación del destino y del sistema, para Jesús se transforma en manifestación de la voluntad del Padre. Dios revela con ello sus preferencias. ¡Jesús se mantiene fiel al Padre, viviendo al lado de los pobres hasta la muerte! Estar del lado de los pobres, del pueblo sufrido, era lo mismo que estar del lado del Padre Dios: “Aquí me tienes dispuesto a hacer tu voluntad” (Heb. 10,7-9).

 

No fue fácil estar junto al Padre y junto al pueblo pobre. Sufrió y fue tentado para tomar por otros caminos (Mt. 4,1-11; Mc. 8,33).

Tuvo que aprender lo que es obediencia (Heb. 5,8), pero venció a través de la oración (Heb. 5,7; Lc. 22,41-46). Duro es sentir en carne propia la debilidad a la que es condenado el hombre empobrecido. Jesús nunca buscó una salida individual; ni privilegios personales.

Nació pobre, lo cual era expresión de la voluntad del Padre. Escogió quedarse del lado de los pobres, lo cual era decisión del Hijo, que quiso ser obediente al Padre hasta la muerte y “muerte de cruz” (Flp. 2,8).

 

Viviendo y anunciando la Buena Noticia del Reino, Jesús provoca conflictos (Mc. 1,2 – 3,6).

Casi todos querían arrastrarlo hacia su lado, pero El no cede, ni se desvía.

Al final, se quedó solo, abandonado por todos (Mc. 14,50). Al pie de la cruz sólo quedaron algunas mujeres y el joven Juan (Jn. 19,25).

Aquí se revela el misterio profundo que envuelve a la persona de Jesús: ¡El Padre!

 

Jesús no cabe en nuestras ideas; no puede ser reducido al tamaño de nuestros pensamientos e ideas.  Ningún egoísta podía ni puede decir: “¡Este es  como nosotros! ¡Podemos aprovecharnos de él para alcanzar nuestros objetivos!”. Todos se sentían interpretados por la práctica y el mensaje de Jesús; se sentían llamados a convertirse, a cambiar de mentalidad y de comportamiento ante la vida.

En cambio los pobres sí podían y pueden decir: “¡Este es de los nuestros! ¡El nos quiere a nosotros tal como somos! ¡No viene con intereses egoístas, ni a manipularnos!

 

Combatido y aguijoneado por todos lados, Jesús resiste fiel a algo que está dentro de El, sólo en El y en lo más profundo del pueblo pobre y sufrido. Es aquella semilla de resistencia de la que hablaba el profeta Isaías: Golpeado, no golpea; tratado injustamente, no responde con injusticias; quebrado, no quiebra (Is. 42,1-4; Mt 12,18-21). Así Jesús procuró imitar al Padre y ser perfecto como El (Mt. 5,48).

 

Por su comportamiento y por su mensaje, Jesús hace brillar sobre la vida, tanto individual como comunitaria, el rostro del Padre. Haciendo ver al mismo tiempo lo podrido del sistema, anuncia la posibilidad de un nuevo cielo y una nueva tierra. El Padre es el eje oculto de la vida de Jesús y a El quedaba unido a través de su vida de oración.

 

La oración es la marca de la vida de Jesús. Aparece orando en todos los momentos importantes de su vida:

en el bautismo (Lc. 3,21), en el desierto (Lc. 4,1-13), antes de un gran milagro, como el de Lázaro (Jn. 11,41-42); en una gran alegría, “Padre yo te agradezco” (Mt 11,25); en la escuela de los apóstoles (Lc. 6,12-13). Ora por Pedro (Lc 22,32).

Pasa noches enteras en oración (Lc. 5,16; 6,12). Bendice el pan (Mc. 6,41), participa de las peregrinaciones populares (Lc. 2,41-42), ora en la transfiguración (Lc. 9,28); suscita el deseo de orar: “enséñanos a orar” (Lc, 11,1).

Se dirige al Padre Dios en la última cena (Jn. 17,1-26), en el sufrimiento de la cruz (Lc. 23,34), en la agonía (Mc. 14,32-39), a la hora de morir (Lc. 23,46; Mc. 15,34).

 

Intimamente unido al Padre, Jesús rechaza la tentación del mesianismo nacionalista, populista o racista. Rechaza todo lo que está contra la voluntad del Padre bueno de todos los hombres, que lo ha hecho todo para todos sus hijos. Por eso no quiere que nadie desprecie a un hijo de ese Padre; ni que nadie acapare bienes que pertenecen a los hijos empobrecidos de ese Padre. Y por su fidelidad al Padre, quedó solo, despreciado y abandonado, exactamente como el pueblo de su país.

Muere entre insultos, dando un grito (Mc. 15,37). Es el grito de los pobres. ¡Muere abandonado, creyendo que Dios oye siempre el grito de los pobres! Muere creyendo que la vida pisoteada es más fuerte que el poder que pisa. Muere creyendo que Dios libera a su pueblo con poder creador que vence a la muerte.

 

“¡Y al tercer día el Padre lo resucitó!”

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