Jesús y la política. Fray Betto

JESÚS Y LA POLÍTICA

Fray Betto

El arzobispo sudafricano Desmond Tutu, premio Nobel de la Paz, dice que “no hay nada más político que afirmar que la religión no tiene que ver con la política“. Querer separar la religión y la política es lo mismo que pretender separar el cuerpo y el alma. La expansión musulmana en el mundo, el boicot chino a la presencia del Dalai Lama en el Tibet, la política israelí frente a las naciones árabe, la intransigencia de la corona británica en no admitir la independencia de Irlanda del Norte… son cuestiones políticas con fuertes resonancias religiosas. Como observa Clodovis Boff, “todo es político, pero lo político no lo es todo”.

Al abrir el evangelio constatamos que la vida de Jesús tuvo implicaciones políticas antes incluso de que él naciera. Herodes, temiendo al Mesías, ordenó la matanza de los niños. Para María, el hijo esperado era una bendición del señor que “derriba del trono a los poderosos y eleva a los humildes, que llena de bienes a los hambrientos y despide a los ricos con las manos vacías” (Lc 1, 52-53). Si la religión no tuviese nada que ver con la política, Juan Bautista, primo de Jesús, no habría sido preso y asesinado por orden de Herodes, que por el fue denunciado como corrupto (Mc 6, 17-29).

Toda la misión de Jesús es un conflicto permanente con las autoridades de su tiempo: escribas, fariseos, saduceos, miembros del Sanedrín y de la corte romana. El hecho de que Jesús denunciara la hipocresía de la ley, defendiera los derechos de los marginados, proclamara un Reino que no era el del César… provocó la ira de Herodes, a quien él trató de “zorro” (Lc 13, 32).

Cuando los apóstoles sugirieron que Jesús despidiese a la gente hambrienta, él reaccionó, obligándolos a repartir los alimentos (Mc 6, 30-44). En la oración que Jesús enseña, el paralelismo “Padre nuestro / pan nuestro” deja claro que no se puede testimoniar que Dios es nuestro Padre si no nos llevamos como hermanos compartiendo los bienes de la tierra y los frutos del trabajo humano.

Todo cristiano es discípulo de un prisionero político. Jesús no murió de accidente de camello en una calle de Jerusalén, ni de hepatitis en la cama. Fue asesinado bajo dos procesos sumarísimos, el del Sanedrín y el de los romanos. Era preciso callar a aquel que enseñaba que la persona humana es más sagrada que el Templo de Jerusalén, el sábado o el palacio de Herodes en Tiberíades.

El ciego, el cojo, el pobre Lázaro, así como Zaqueo, son templos vivos de Dios. Ningún orden político puede considerar el derecho de la propiedad por encima de los derechos de la vida de las personas. Para la fe cristiana, la salud de un pobre enfermo vale mucho más que la manada de cerdos que Jesús precipita en el lago (Lc 8, 26-33), así como el derecho de los sin-tierra está por encima de la propiedad de la tierra ociosa, o el salario del trabajador por encima del lucro del patrón, la educación de los niños de la calle por encima de los intereses de los bancos.

 

La Iglesia Católica no es un partido político ni puede confundirse con ellos. Es por razones éticas y pastorales por las que ella se expresa sobre la política, no por razones electorales. Siendo Iglesia de hombres y mujeres -y no de ángeles- tiene el deber de velar para que, ya en este mundo, “todos tengan vida y vida en abundancia” (Jn 10, 10). Para esto vino Jesús a restaurar el paraíso creado por el Padre y subvertido por el egoísmo humano. Si hay un solo Dios, de quien todos somos hijos, ¿por qué tanta desigualdades entre los hermanos

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