Galilea año 30. Libro completo. Bravo

GALILEA AÑO 30

 Carlos Bravo sj

 PROLOGO

 Este libro nace como exigencia de otro anterior, Jesús, hombre en conflicto, en el que sugeríamos que el conflicto es una clave de lectura imprescindible para comprender el Evangelio de Marcos y su teología de la cruz como lugar de la revelación de Jesús como Hijo de Dios. Todo eso en un momento en que se habla de Jesús en base a títulos cuyo contenido puede malinterpretarse, si se olvida su historia, su carne.

 

Ese primer libro fue una adaptación de la tesis para el doctorado en teología; había ido gestándose a partir de la enseñanza teológica y de la cálida experiencia de las comunidades de base. Pero el momento eclesial exigía un libro que fundamentara exegética y teológicamente la interpretación que proponía. Por eso, aunque ha sido bastante aceptado por el público y por la crítica, (una edición española, en Sal Terrae y dos ediciones en México, en el CRT), la conciencia de que no es un libro fácil de leer para el público medio y popular, que es para quienes quise profundizar el evangelio me urgía a hacer algo más asequible. A él me remito para la fundamentación de lo que en éste hay de interpretación bíblica.

 

La intuición cuajó hace apenas unos tres meses. La experiencia de reescribir el evangelio me llegó a emocionar en varios momentos; puedo confesar sin rubor que fue hecho en ambiente de oración. Creo ser fiel a la intención de Marcos, a quien intento hacer presente y actual, como si hoy nos escribiera, ampliando su narración y descifrándonos las claves de lectura que nos abren la puerta a su intención y a su mensaje.

 

Si este libro ayuda al pueblo pobre a profundizar en el conocimiento interno del Señor, que por nosotros se hizo hombre, para que más le amemos y le sigamos, habré pagado apenas algo de la deuda que tengo con quienes me han evangelizado.

 

México, D.F. a 23 de noviembre de l989,

fiesta del Beato Miguel A. Pro sj,

a los 62 años de su sacrificio,

y a una semana del asesinato de los seis compañeros jesuitas del Salvador, y de las dos mujeres que trabajaban con ellos:

 

Ignacio Ellacuría,

Ignacio Martín Baró,

Amando López,

Segundo Montes,

Juan Ramón Moreno,

Joaquín López y López,

Elva Ramos,

Celina Ramos.

 

Su sangre ha confirmado que el camino del compromiso con la liberación y la vida plena de su pueblo es el camino verdadero al reino del Padre.

 

Carlos Bravo Gallardo, sj.

 

1

 

JESUS, EL MESIAS, EL HIJO DE DIOS

 

 

Para situarse (1,1)

 

Les voy a dar un notición sobre Jesús, nuestro Liberador, el Hijo de Papá-Dios. Bueno, tal vez les parezca falta de respeto esta manera de hablar de EL. Pero lo hago por fidelidad a Jesús, porque así nos enseñó él a nombrar a Dios. No crean: también a nosotros nos disonaba al principio; nos costó trabajo aceptarlo; mucho le tuvimos que pedir que nos enseñara a rezarle a Papá-Dios como él lo hacía. Sentíamos que había que atreverse a mucho para decirle así a El, el Innombrable, el Señor de los Ejércitos, el Santo de los Santos, el Separado en el espacio sacro del Templo, el Inaccesible y Lejano. Teníamos que cambiar nuestra mentalidad, que convertirnos para dar ese paso.

 

Vivíamos en tiempos de persecución. En vísperas del levantamiento zelota en Judea el imperio estaba preocupado. Nerón, además veía en la ciudad irreductible de los cristianos un adversario a sus pretensiones de divinización. Además de esa amenaza exterior la comunidad sufría las presiones de los judaizantes, que pretendían que para ser cristianos había que asumir todas las prescripciones rituales del Antiguo Testamento. No era fácil el momento. Estábamos rompiendo el cordón umbilical con el pueblo judío, pero eso producía enfrentamientos dentro mismo de la comunidad.

 

Y corríamos otro riesgo aún peor: el de vaciar la realidad humana de Jesús y de la fe en él, en aras de un espiritualismo desencarnado que servía de fuga de las responsabilidades sobre la historia. Muchos se dejaban llevar por una actitud entusiástica que daba más importancia a fenómenos carismáticos de tipo místico que a una vida comprometida con el amor y la justicia. De Jesús se hablaba como alguien del pasado, que había sido exaltado y llevado al cielo, pero ya sin conexión con la historia. Se le confesaba como el Mesías, como el Hijo de Dios, pero esos términos no decían ya nada de lo que él había sido cuando vivió entre nosotros. Los paganos también hablaban de hijos de dioses, los judíos seguían esperando un liberador, y desde esas concepciones ya no se sabía qué quería decir que Jesús fuera Mesías e Hijo de Dios.

 

Por eso me decidí a escribir los recuerdos que había sobre su vida: para que esta explicara lo que confesábamos de Jesús. No eran los títulos los que explicaban la vida de Jesús, sino más bien su práctica la que hacía comprensibles los títulos que le atribuíamos. Porque finalmente no bastaba decir que Jesús era el Mesías y el Hijo de Dios; había que decir qué Mesías y qué Hijo de Dios era y cómo lo era. No bastaba el qué; se necesitaba el cómo.

 

Pero sólo les voy a hablar de cómo comenzó todo este asunto de Jesús. No les diré cómo terminó. Eso tienen que descubrirlo por ustedes mismos. Porque nadie puede sustituirnos en esa experiencia. Es como tocar a Dios mismo. O lo hace uno o no lo hace nadie por uno.

 

Yo, pues, lo que voy a hacer es abrirles el camino a esa experiencia, que sólo la tendrán si regresan a Galilea a seguirlo, como él nos dijo, haciendo lo mismo que él. Para eso les voy a contar lo que hizo durante el tiempo que vivió entre nosotros.

 

Tampoco les voy a decir nada de cuando él era muchacho. Yo no pude averiguar nada sobre ese período porque era uno de tantos, sin nada especial. Además, lo que realmente nos había impactado era lo que hizo en el corto tiempo en que convivimos con él. Yo no anduve con él, sino con los que los conocieron personalmente; pero la manera como hablaban de él era tan honda, que después de haber escrito todo esto siento como si siempre lo hubiera conocido, como si hubiéramos sido amigos de toda la vida. Y mi más profunda convicción es que él sigue vivo. El Padre no podía dejar en la muerte a quien había amado la vida de los demás incluso por encima de la vida propia.

 

Y con las cosas que fui averiguando de uno y de otro, comencé a tejer este relato. No está escrito de acuerdo a un orden cronológico; no es una vida de Jesús, en la que pudieran encontrarse con los datos objetivos de lo que él hizo y dijo. He pensado que, además de imposible, un relato así no serviría para nada. No les ayudaría para seguir a Jesús en la fe. Por eso les comunico al mismo tiempo lo que recordamos de Jesús, pero visto desde lo que él significó para nosotros. Ojalá que con esta experiencia que les comunico, ustedes también lleguen a la convicción de que él vive, que ha sido confirmado por el Padre como norma viva, y que vivir como él prosiguiendo su causa es la única manera de corresponder al regalo que en él nos dio el Padre.

 

Pero ya no les digo más en esta introducción, porque creo que me estoy adelantando. Hagan de cuenta que no les he dicho nada, y empecemos por el comienzo.

 

 

Aquel gran hombre llamado Juan (1, 2-8)

 

Hasta después de que resucitó fuimos entreviendo cada vez con más claridad quién era él y fuimos comprendiendo su causa y su mensaje; durante mucho tiempo su Espíritu fue venciendo nuestra dureza de corazón y nos fue ayudando a desentrañar en sus hechos y en sus dichos lo que realmente era en profundidad. En el Antiguo Testamento encontramos mucha luz para eso. Releyendo a los profetas, creo que Isaías, nos encontramos aquello que dice Dios:

 

‹‹Mira yo envío mi mensajero delante de mí a prepararme el camino››.

 

Y también aquello otro:

 

‹‹Voz de uno que grita en el desierto: preparen el camino del Señor, rectifiquen los senderos de nuestro Dios››.

 

Al leerlo nos parecía que Dios mismo se estuviera refiriendo a Jesús: ‹‹Yo envío mi mensajero delante de ti, a preparar tu camino… él será voz que grita en el desierto: ‘preparen el camino del Liberador, rectifiquen sus senderos’…››.

 

Y eso lo vimos cumplirse en Juan el Bautista, maestro de muchos de nosotros, incluso de Jesús mismo. El anduvo por el desierto invitando a la gente a que se bautizaran, se convirtieran y se les perdonaran sus pecados.

 

¿Que cómo bautizaba en el desierto, si allí no hay agua?. Bueno: no lo tomen al pie de la letra. Todos usamos imágenes, símbolos para hablar de las experiencias más hondas, para las que las palabras ordinarias no bastan. Es lo mismo que decir que en el desierto brotaba la vida. El desierto nos evocaba aquel largo tiempo de prueba y tentaciones, de despojo, durante el cual nuestros padres se fueron haciendo pueblo de Dios. Por eso digo que Juan bautizaba al pueblo en el desierto. Toda la gente de Judea, y los habitantes todos de Jerusalén salían tras él y, una vez que confesaban sus pecados él los bautizaba en el Jordán.

 

También el Jordán era un lugar lleno de recuerdos: por ahí atravesaron nuestros padres cuando entraron a la tierra prometida. Venían del sur, subieron por el lado oriente del Mar Muerto, y atravesaron a pie el Jordán. Detrás de ellos quedó toda una historia de sufrimiento y muerte, y ahora entraban a la vida. De todo eso era símbolo ese rito que hacía Juan. Nos recordaba el pasado al que habíamos muerto y nos simbolizaba una vida nueva que se nos abría por adelante.

 

Juan nos hablaba muy duro; era muy exigente consigo mismo; era como Elías, el Profeta enfrentado con el Sistema. Había renunciado a todo privilegio humano; se cubría con una piel de camello, y comía saltamontes, miel de avispas, lo que hallaba.

 

Por fin, después de cientos de años sin que dejara oír la voz de Dios en palabras humanas, volvíamos a tener un profeta. Era el primero que abría una alternativa de salvación al pueblo, al que despreciaban los fariseos, los esenios, los sacerdotes, los romanos, Herodes, todos. Y para colmo nos hacían creer que también Dios nos despreciaba, que ya no teníamos alternativa, que el Reino era sólo para los selectos. Juan rompió con esas visiones cerradas. En él encontramos por fin alguien que nos decía que la salvación era también para el pueblo, para los pecadores, si nos arrepentíamos de nuestros pecados, si nos convertíamos, si nos atrevíamos a confiar en Dios.

 

Juan se sabía amenazado. Porque se había atrevido a hacer lo que nadie: en un tiempo en que la salvación se reservaba a los selectos, y el perdón se ofrecía en el Templo, mediante sacrificios que realizaba un sacerdote, Juan cambió todo: la salvación al pueblo pecador, en el desierto, en un lugar no sagrado, y no mediante sacrificios sino mediante la conversión y ya no por mediación de los sacerdotes, sino de uno del pueblo, -porque eso era Juan, aunque, según se decía, era hijo de un sacerdote y de una mujer que lo había concebido después de años de esterilidad-.

 

Pero Juan era humilde. Y nunca se le subió a la cabeza la fama tan grande que corría sobre él. Se sabía de paso. Y muchas veces hablaba a la gente diciéndoles: ‹‹Detrás de mí viene uno que es más fuerte que yo››. ‹‹¿Pero para qué queremos alguien más fuerte que tú?›› -le contestaban algunos-. Y él seguía, con una imagen que nos decía mucho a los judíos: ‹‹Es que yo no soy el esposo; el que viene detrás va a rescatar por sí mismo al pueblo para Dios; yo no tengo por qué suplantarle ese derecho de rescate; quitarle la sandalia al que va a cumplir con esa obligación es insultarlo. Vean que yo los bautizo, pero nada más con agua; él los inundará de Espíritu Santo››.

 

 

Tocan a conversión (1, 9-11)

 

Eran tiempos de expectativas. Se esperaba la famosa ‘edad de oro’; los poetas latinos hablaban del Emperador como de aquel con quien cambiaría la suerte de la humanidad. Se había forjado el mito de la famosa Pax romana. César Augusto era venerado como el ‘salvador’, el ‘restaurador del mundo’; el ‘Dios presente’ y como tal se le rendía culto.

 

Si esas ansias se percibían en Roma, con mayor razón en nuestra tierra, sometida bajo la dominación desde el tiempo inmemorial. Apenas habíamos vivido la ilusión de la tierra prometida unos años, bajo David y Salomón; luego vino el desmembramiento del reino y, hacía ya ocho siglos, la destrucción del reino del norte, patria de diez tribus. Sólo habían quedado en el sur las tribus de Judá y de Simeón, cuya autonomía sólo duró poco más de un siglo; luego todo había acabado en el destierro en Babilonia.

 

Recomenzó la esperanza cuando Ciro, el ungido rey persa, permitió el retorno a Jerusalén, y la reconstrucción del Templo. Pero luego caímos bajo el dominio griego, el egipcio, el seléucida sucesivamente. Nuevamente resurgió la esperanza, cuando logramos la independencia con los Macabeos, pero otra vez vino la desilusión cuando esa dinastía judía empezó a usurpar las funciones sagradas del sacerdocio judío, y actuaron de manera aún más dura que las dominaciones paganas. Y, finalmente, desde hacía ya casi 100 años, la dominación romana. ¿Cuándo llegaría el salvador, que hiciera justicia al proyecto idealizado de dominación judía sobre las naciones, de las que por fin tomaría venganza?.

 

‹‹Haz que resurjan nuestros jefes como el pasado y sé tú Rey sobre nosotros, ¡oh Señor único!››, era la oración de muchos judíos. ‹‹Y brotará un retoño del tronco de Jesé… sobre el que reposará el espíritu de Yavé… No juzgará por vista de ojos ni argüirá por oídas de oídos, sino que juzgará en justicia al pobre y en equidad a los humildes de la tierra››. Esas expectativas de un modo nuevo eran expresadas mediante bellas imágenes poéticas: ‹‹Habitará el lobo con el cordero y el leopardo se acostará con el cabrito, y comerán juntos el becerro y el león, y un niño pequeño los pastoreará. La vaca pacerá con la osa, y las crías de ambas se echarán juntas, y el león, como el buey, comerá paja››.

 

Se trataba de un mundo hecho a la medida de los pobres, de los de abajo, no de acuerdo a los intereses de los poderosos. Sólo el lobo que renunciara a comer cordero entraría a ese mundo nuevo. Para muchos eso no podría darse más que mediante la destrucción de los enemigos de Israel, o la destrucción incluso de todo este mundo que era irreformable, y tendría que ser creado de nuevo. Y la mayoría del pueblo esperaba la llegada de un Mesías, cuya tarea sería primero organizar la liberación de Israel de la dominación romana, tras lo cual vendría el Reino de Dios sobre todo el mundo, mediante el predominio de Israel sobre las naciones.

 

Un día llegó al Jordán, junto con otros galileos, un carpintero de Nazaret, que se llamaba Jesús (ya su nombre tenía un gran significado: Yavé salva). Era un hombre del pueblo, formado en la mentalidad farisea, que era la que más influía en el pueblo, a pesar de que los sacerdotes eran de mentalidad saducea. Se sintió atraído por Juan y su mensaje. Quizá le llamó la atención que era el primero que abría una alternativa real de salvación al pueblo, a los que llamaban el am-ha-arez, es decir, el pueblo de la tierra.

 

Realmente no se sabe si venía con la intención de regresar, o si buscaba un alejamiento definitivo. El movimiento de renovación de Juan no pretendía que la gente se quedara con él. Sea como sea, esa decisión de abandonar su pueblo, su trabajo, su madre y demás familiares para ir al desierto cambió su vida y, (sin pretenderlo él entonces) cambió también las nuestras.

 

También fue bautizado por Juan, como todos, en el Jordán. A nadie le había pasado lo que a él le pasó. Salió como transformado, como quien ha visto a Dios. Después supimos que, cuando iba él saliendo del agua, vio -hagan de cuenta- que los cielos, hasta entonces cerrados, se abrían, para dejar paso al Espíritu de Dios, que venía sobre él, así como van bajando las palomas, con ese susurro de alas, con esa suavidad. Y experimentó a un Dios que se comunicaba con él con tonos nuevos, con una ternura y cercanía insospechada, y le decía:

 

‹‹Tú eres mi amado hijo, a quien quiero; estoy satisfecho de ti››.

 

Pero había algo más: Jesús descubrió que ese Padre ofrecía una alternativa de liberación al pueblo marginado y dominado religiosa y políticamente, porque era el Padre del pueblo y era responsable de esa paternidad.

 

Hay cosas que sólo pueden decirse mediante imágenes. ¿De qué manera podemos hablar de Dios?. Sólo usando esas imágenes que he usado: los cielos abiertos, el Espíritu bajando a la manera como lo hacen las palomas, la voz que se oye del cielo… Pero más allá de los símbolos, imagínense la sacudida si tuvieran una experiencia así. Si alguien te dijera ‹‹tú eres mi hijo››, de pronto te sentirías ligado a él por la vida y de por vida; responsable de su nombre, de sus asuntos.

 

A Jesús eso le pasó: que Dios le dijera ‹‹tú eres mi hijo querido›› lo hizo ver todo de manera radicalmente nueva. Y obedeció a un impulso interior de alejarse, de quedarse solo, de irse al desierto; tenía que tomar en serio esa revelación, darle tiempo de que se asentara, y darse tiempo para concretar cuál debía ser su respuesta a eso que le había descubierto el Espíritu de Dios.

 

Jesús fue el primero que comenzó a llamar Papá a Dios, como nadie se había atrevido a hacerlo. Allí empezó un profundo cambio en él. Era un carpintero que vivía en su mundito de maderas y de arreglos caseros; pero ese descubrimiento de un Dios así ¿podía guardárselo sólo para sí, en el gozo de la contemplación?. ¿Por qué los maestros no hablaban de Papá Dios y, en cambio, ponían a los hombres delante de un Dios lejano, inaccesible, al que más bien había que tratar con mucho cuidado, con temor reverencial -y algo más que reverencial-?.

 

Así comenzó para él una etapa prolongada de profundo discernimiento sobre lo que le tocaría hacer. ¿Qué quería Dios de él?. Era un desconocido, no tenía preparación, nadie le haría caso. Mejor regresar a su tierra y guardarse para sí aquella experiencia, vivir de ella. La vida cotidiana se iluminaría siempre con la luz del recuerdo de aquel día en que Papá-Dios le dijo: ‹‹Tú eres mi hijo querido, estoy satisfecho de ti››. Sería como si las piedras se convirtieran de pronto en pan con solo decirlo o pensarlo, y que nunca más pudiera pasar hambre.

 

Pero él no era ni siquiera un hijo de un sacerdote, como Juan, el maestro; no era profeta ni hijo de profetas; era carpintero, de padre carpintero y de madre pobre, una bella y aún joven nazarena pobre, sencilla, pero en cuyos ojos casi podía ver a Dios cuando le hablaba de El siendo chico. ‹‹Y, por cierto, -pensaba Jesús- lo que ella me decía de Papá-Dios se parece más a lo que ahora experimenté, que todas las cosas que decían los escribas, los fariseos, los sacerdotes››. Quizá por eso le quedaba la sensación de ‹‹eso ya lo sabía en parte››, a pesar de su impactante novedad.

 

 

¿Papá-Dios u otro Dios? (1, 12-13)

 

Pero ¿cuál era su misión?. Hablar de Dios así era algo no solo inusual, sino que era lo contrario de como hablaban de El los maestros de la Ley, los sabios y entendidos. En resumidas cuentas, era hablar de otro Dios. Y ¿con qué autoridad? ¿con qué estudios? ¿con qué derecho?. Por eso se le ocurrió también sino sería mejor relacionarse con los que sí sabían de Dios; ser discípulo de los fariseos, o de los esenios… La tentación de buscar tener más poder mediante relaciones con otros, de establecer alianzas, en último término, fue una tentación real para él.

 

Mas con la claridad del Espíritu de Dios que lo animaba descubrió que allí había algo que era del mal espíritu. Pronto comprendió que era imposible. Porque o se ajustaba a lo que ellos pensaban o no podría hacer nada. Por eso descartó también esa tentación: porque tendría que doblar las rodillas, lo cual en realidad, sería tanto como renunciar a la experiencia que había tenido; tendría que hablar de otro Dios, no de Papá-Dios. Definitivamente: no podría jamás rehacer la esperanza del pueblo marginado desde dentro del Centro Judío sino desde fuera, desde los márgenes, desde el pueblo que siempre había pertenecido a Dios, pero al que los jefes habían secuestrado la promesa y la esperanza.

 

Pero ¿qué pruebas dar a quienes las pidieran, de que su mensaje era palabra de Dios?. ¿Cómo convencer a su gente de que Dios le había dicho que era el Papá de todos y que quería la reunificación de Israel no para dominar a las naciones sino para ser centro y factor de hermandad ahora que Papá-Dios viniera a reinar?. Alguna acción espectacular, una señal que viniera del cielo, tal vez predicar desde la punta del Templo, o lanzarse desde allí y que Dios lo protegiera, qué sé yo… Pero ¿por qué pretender sobrepasar lo humano? Dios no está en lo espectacular, en lo extraordinario, sino en la flor que brota, en el niño que nace, en el pueblo que se libera. Esas son las gestas de Dios, que sigue realizando con mano fuerte y brazo poderoso; no tenemos derecho a exigirle pruebas al amor.

 

‹‹Más que cosas espectaculares y fuera de la historia habrá que ayudar a la gente -pensó Jesús- a buscar alternativas a la situación de muerte en que viven, a que se pongan en pie y caminen, a romper las cadenas de los oprimidos, a darles a los pobres la buena nueva de que son los preferidos de Papá-Dios, y que de eso se van a dar cuenta pronto››.

 

Mucho tiempo le llevó a Jesús ese discernimiento. ¿Cuántos días?. No se sabe; decir que fueron cuarenta es lo mismo que decir que fue un tiempo largo de discernimiento, de tentación; como los cuarenta días de Moisés en el Sinaí, o los de Elías en el Horeb; o como los cuarenta años de Israel en el desierto.

 

A lo largo de ese tiempo Jesús poco a poco, trabajosamente, fue deslindando una posibilidad de otra, definiendo tareas, compromisos a asumir. No un plan prefijado de antemano, ni menos un plan que le hubiera dado Papá-Dios con todo detalle. Más bien fue llegando a una madurez interna como nadie, desde la que se clarificó algo fundamental: que por compartir con los demás esa experiencia de Papá-Dios, en la que veía una fuerza liberadora enorme, estaba dispuesto a jugarse incluso la vida; la experiencia de que Papá-Dios tenía que ver con esta tierra, con esta historia, y que estaba a punto de llegar a ella para transformar la situación de los hombres, si colaboraban con él. Para eso trabajaría: para rescatar la armonía del hombre con la naturaleza, con los animales, con el cielo, con los ángeles, con Dios: porque el Reinado de Papá-Dios en eso consistiría: en una nueva creación, en la que existiera la paz de las relaciones justas y nacidas del amor.

 

Fue algo así como una conversión, que llevó a dejar su vida privada para entregarse de por vida a los demás. Por lo que le quedaba de vida…

 

 

La decisión (1, l4a)

 

De ese período de búsqueda lo sacó la noticia de que habían apresado a Juan el bautista. Aún no había comenzado y ya había nubes negras en el horizonte…

 

Basta ya de incertidumbres -se dijo-; Papá-Dios me está hablando en este hecho. Sólo que Jesús no iba a continuar la obra de Juan. Durante su permanencia en el desierto descubrió diferencias importantes con el pensamiento de Juan: la llegada inminente de Papá-Dios no era para realizar un juicio de venganza, ni para poner el hacha a la raíz de los árboles; era tiempo de gracia, de remisión, que ofrecía un Dios al que no le interesa aclarar cuentas pendientes, ni cobrar con intereses, sino salvar, responder por la vida.

 

Decir que Juan fue precursor de Jesús no significa que Jesús fuera continuador de la obra de Juan. Jesús irá más allá que Juan y que nadie. Por eso Jesús ni siguió bautizando ni se quedó en el rumbo del Jordán. Precavidamente tomó distancia del Centro judío, de Jerusalén, y se fue al Norte, a Galilea, que eran sus rumbos. En suma, Jesús pasa de la predicación sobre cómo escapar al juicio de venganza que llega, al anuncio del Dios que ama la vida y la da gratuitamente: de la predicación para la conversión a la acción en favor de la vida, (con los enfrentamientos que fue implicando); del lugar fijo a la itinerancia; de la marginación en el desierto a la vida con los marginados (Galilea); de la concepción nacionalista de Reinado de Israel sobre los paganos a la expectativa del Reinado de Dios sobre Israel y sobre todos; de entender el acceso a Dios en base a normas rituales de pureza, a comprender que sólo el amor concreto por los que sufren es camino seguro hacia él.

 

El Norte, Galilea… Siempre había habido problemas con el Sur, con el Reino de Judá, primero por la intransigencia de Roboam, hijo de Salomón, luego por los intereses y las alianzas de los reyes de Israel. Aquella separación fue la ruptura irreparable del ideal de un pueblo de Dios unido, inquebrantable. Y siempre quedaron sospechas mutuas que hacían difícil la relación. Más con los samaritanos, donde estuvo la capital del reino de Israel, pero también con los galileos, por otros motivos.

 

Siendo frontera con otros países, los reyes del Norte hacían alianzas con otros reyes paganos, se casaban con mujeres extranjeras, incluso muchos levantaron altares a dioses extranjeros, y les dieron un culto por el que se prostituyeron, siendo infieles al amor de Yavé. Por esa historia pasada, y por lo que había dejado de herencia, los galileos eran despreciados por los judíos como impuros, semipaganos, pecadores, contaminados.

 

Pero nadie podía negar que en el Norte se mantuvo siempre viva la inquietud por la libertad. Siendo Jesús muchacho, en el pueblo de Séforis, lugar muy importante que distaba de Nazaret sólo cinco kms., tuvo lugar un levantamiento contra Roma por resistencia al pago del impuesto, en el que veían los galileos una aceptación del dominio del César sobre el pueblo de Dios, a lo cual sólo Dios tenía derecho. No era sólo por motivos económicos la resistencia, sino por fidelidad a la Alianza.

 

Y Jesús decidió irse precisamente allá, lejos del Centro, a plantear a sus compatriotas la alternativa que Dios les ofrecía. A muchos no les parecería la mejor elección: Galilea estaba puesta bajo sospecha, tanto por el poder central religioso como por el poder romano. La realidad fue que el origen de Jesús, (uno del pueblo, y galileo) condicionó sus acciones y marcó su destino.

 

 

Es tiempo de que Papá-Dios responda al pobre (1, 14b-15)

 

Todo su mensaje y su obra podía resumirse en una frase:

 

Ya se venció el plazo que tenía el mal para dominar; y Papá-Dios está a punto de llegar para reinar; abran los ojos, acepten este notición de que Dios ofrece mejores posibilidades para el futuro, y cambien su corazón, sus valores, sus actitudes, sus relaciones, para que puedan aceptar esa oferta de Dios.

 

Ya en esto había un cambio fuerte tanto respecto del Bautista como respecto de los maestros de la Ley, de los Fariseos, de los Sacerdotes. La liberación que Dios venía a hacer ya no era cosa del futuro, sino del presente. Su mensaje era: ‘Hoy’. Iba más allá que los profetas antiguos, que remitían al futuro. Para Jesús, Papá-Dios era alguien del presente.

 

Pero no era una excusa para una pasividad exaltada, que espera que Dios lo haga todo. Exigía un cambio en el hombre, en el pobre: que crea que hay alternativa; que Dios mismo es la alternativa; y que por esa fe rompa la inercia del pesimismo que le lleva a soportar la injusticia y el Anti-reino como algo fatal e inmutable.

 

‹‹El plazo se acabó; el Reino de Dios está por llegar››. Con esa predicación se removió la expectación galilea. No era de extrañar que muchos pensaran que estaba hablando del reino del Hijo de David, entendido como una liberación a través de la lucha armada contra Roma y los enemigos de Israel. Por tanto, con implicaciones revolucionarias.

 

Pero Jesús no hablaba del reinado de ningún mesías como lugar-teniente de Dios, ni del reinado de Israel sobre las naciones, sino de que Dios mismo había decidido llegar para reinar en la historia. Y esto era difícil que lo entendiera la gente… Un reinado en la historia, pero Dios mismo.

 

 

Compañeros para el Reino (1,16-20)

 

Yo les voy narrando sólo lo más importante; les repito que muchas cosas no siguen un orden cronológico, ni tampoco sucedieron tal como yo las narro; todo narrado introduce en su narración su propia manera de valorar las cosas. Lo que sí puedo decirles es que todo lo que digo es verdad: la verdad sobre Jesucristo. Hay muchas otras cosas que él hizo, pero en estas que yo he seleccionado y estructurado a mi manera ustedes pueden tener un conocimiento profundo de quién fue Jesús y por qué causa vivió y murió.

 

Una de las decisiones para mí más importantes de Jesús fue haber invitado compañeros a ir con él en las tareas del Reino. Por eso la pongo al principio, aunque el hecho fue más complejo. No se imaginen que se encontró de pronto con unos desconocidos y les dijo que lo siguieran y estos lo hicieron, como hipnotizados. Jesús llevaba ya algún tiempo anunciando el Reino, pero nunca se sintió un superhombre, capaz de hacerlo todo por sí mismo y él solo. Y se fue un día a la orilla del mar de Galilea, a la hora de pesca. Y vio a Simón y a Andrés su hermano echando la red en el mar. Y Jesús les dijo: ‹‹Vénganse conmigo y los haré ser pescadores de hombres››.

 

¿Qué habrían dicho ustedes ante tal invitación?. ¿Para qué quiere uno ser pescador de hombres?. Además, con eso no se come. Un pescador saca los peces del mar, donde viven, y al sacarlos mueren, pero dan vida a quien los come. ¿Ser pescador de hombres…?. O sea, ¿sacarlos del mar, donde el hombre no puede vivir -el mar era símbolo de la muerte- para que afuera vivan…?. La imagen empezó a cobrar sentido a los ojos de aquellos pescadores. Era una invitación a dejar un trabajo conocido por otro desconocido; un proyecto personal, centrado en sus propias necesidades y las de los suyos, por otro en el que tendrán que hacerse responsables de la vida de los demás hombres…

 

Pues sí, dio resultado: Simón y Andrés dejaron inmediatamente las redes y se fueron con él. Esas dos cosas caracterizaron a los que lo siguieron: dejaron lo que tenían y se fueron con él.

 

Y poco más delante vio a Santiago, hijo de Zebedeo, y a Juan su hermano, en la barca remendando las redes. Inmediatamente los llamó. Y dejando a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros, se fueron tras él.

 

Aquel nazareno tenía algo especial para llamar así la atención. Todavía no sabían a qué iban con él. Lo intuían, pero no les quedaba nada claro, ni menos por qué ellos pescadores, eran los invitados. ¿Por qué no el otro Simeón, hijo de un escriba, de manos cuidadas, de palabra elegante?. ¿O el otro Johannan, joven sacerdote?.

 

Jesús invitó gente del pueblo, trabajadores sin una formación especial, ni pertenecientes a ningún grupo de élites. A nadie se le hubiera ocurrido seleccionar ese personal para una empresa tan importante. Pero esa era la mejor manera de dar con hechos la buena nueva al pueblo: Dios está con ustedes. No tienen que tener credenciales, estudios, lista de obras buenas, para ser objeto de su amor y predilección, para ser invitados a poseer el Reino y a trabajar por él. Dios no es propiedad de selectos, sino Papá-Dios del pueblo.

 

2

 

JESUS, RESPONSABLE POR LA VIDA

 

Contra lo que deshumaniza al hombre (1, 21-28)

 

Yo creo que Jesús no comenzó a predicar en su tierra. Ya ven cómo en donde menos confianza se le tiene a un profeta es en su propia familia. Eso lo habría de experimentar Jesús mismo poco tiempo después. Durante un tiempo Cafarnaum, el pueblo de Pedro y Andrés, Juan y Santiago, al norte del lago de Galilea, fue su base de operaciones.

 

Llegó a Cafarnaum con su pequeño grupo, que apenas comenzaba. Y un sábado se fue luego a la sinagoga. Era un desconocido. Pero pidió la palabra y comenzó a hablar. Y algo comenzó a suceder en la gente. Lo que les decía, nacido de su experiencia de Dios, les calaba hondo y los sacudía. Nada del tono rutinario, legalista, regañón e impositivo de los escribas; la predicación de estos les cerraba la esperanza, los hacía sentir a Dios lejos de ellos, verlo como Juez inflexible, ante el que no había escapatoria. Al oír hablar a Jesús sentían un nuevo ánimo, así como la brisa fresca en el calor del desierto, así como la mano suave y firme sobre el hombro apenado, así como los ojos del amigo, vistos a través de las lágrimas, así como el triunfo de la vida sobre la muerte.

 

Más que lo que decía, impactaba ese poder de sus acciones en favor de la vida y contra el mal que aplasta al hombre. La presencia de Jesús privaba al mal de toda fuerza. Esa era la clave de su autoridad: no tenía estudios, ni credenciales o títulos que lo autorizaran, pero cuando él hablaba, algo comenzaba a cambiar en favor de los que sufren.

 

La gente sencilla tiene un sexto sentido. Y comparaban: ‹‹Ese no es como los escribas; ese sí habla con autoridad››. ¿Qué autoridad, si no tenía estudios, ni formación?. La autoridad que da la convicción de tener una misión y de ser responsable de una causa: la causa del Padre, la causa de la vida.

 

Su enseñanza era como un viento fresco en el verano, como la brisa de la tarde; alentaba la esperanza. Los escribas hablaban y hablaban y no sucedía nada nuevo. Sólo la carga cada vez más pesada de preceptos y prohibiciones. En cambio, Jesús hablaba y empezaban a suceder cosas nuevas que les hacían tener nuevas esperanzas en que el futuro sería diferente.

 

Pero volvamos a lo que les platicaba de aquella primera vez que Jesús habló en la sinagoga de ellos en Cafarnaum. Aquel ambiente de atención, de cosa nueva, fue interrumpido de pronto por unos gritos: ‹‹¿Por qué te metes con nosotros, Jesús Nazareno?. ¿Viniste a acabar con nosotros?. ¿Quién te crees?. ¿El santo de Dios?. Yo te conozco y sé quién eres››.

 

Es que había allí un pobre hombre medio loco, que constantemente estaba gritando e interrumpiendo; a esas gentes que vivían como fuera de sí, como poseídos por una fuerza del mal que les hacía daño y que los empujaba a dañar a otros, se les veía como endemoniados. La gente se quedó como paralizada, a la expectativa. Empezaron a hacer un hueco en torno a él, más que nada por miedo a esa fuerza que se apoderaba de él cuando le daba el ataque.

 

¿Qué le quería decir a Jesús?. ¿De dónde le venían esas palabras?. ¿Sabía lo que estaba diciendo?. ¿O quería burlarse de él?. Porque decirle a alguien ‹‹santo de Dios›› era peligroso para alguien como Jesús, sin títulos ni credenciales. Algunos, molestos por la interrupción, pedían que lo sacaran. Jesús no; no era contra el hombre que sufre, sino contra el mal que lo oprime contra lo que había que luchar. Y se enfrentó al hombre y, en él, a esa fuerza oscura que lo dominaba, y con toda energía le exigió: ‹‹Cállate y sal de él››.

 

Todavía hubo un momento de confusión, porque aquel hombre empezó a estremecerse, a sacudirse, a azotarse contra el suelo, gritando con fuerza, como si ese mal que salía de él lo estuviera estrujando por dentro y luego, poco a poco, se fue serenando, volviendo en sí, y quedó sano.

 

Ante Jesús y su palabra el mal se debilitaba y nada podía contra la vida. Y así quedaba claro que, aunque el mal es más fuerte que el hombre, no puede contra Dios. Y que lo que Jesús anunciaba -que el plazo para el mal se había terminado y que Dios estaba ya comenzando a reinar- era la gran noticia.

 

Todos se quedaron estupefactos ante aquello; nadie podía parar aquel hablar y hablar buscando una explicación. Y sólo había una: que estaban ante una nueva manera de enseñar; con hechos, con poder de Dios. Jesús hablaba y sucedía lo nuevo: el hombre quedaba liberado del mal que lo esclavizaba. Sus hechos mismos eran su enseñanza. Había anunciado que el plazo para el mal ya se había vencido, y que Dios estaba llegando para reinar y aquel hombre liberado del demonio era el testimonio de la verdad de su anuncio.

 

Pero antes de seguir, quiero dejar en claro una cosa. Jesús jamás se cuidó de sí mismo, de su imagen, ni de probar nada acerca de su persona. Lo que lo acaparaba totalmente era el Padre y su causa, la causa de la vida, el que los hombres aceptáramos el reinado de Dios y que creyéramos que con él se abrían nuevas posibilidades para el hombre. Esto lo digo, porque Jesús sufrió ciertamente la tentación de la popularidad. La venció, pero tuvo que enfrentarse con ella. Y también tuvo que aprender a manejar algo más peligroso para él: acaparado por el Reino y por la causa de la vida, dejaba en segundo término cosas que para los judíos eran muy importantes, por ejemplo, la guarda del sábado… en una situación en la que había pena de muerte para quien lo violara.

 

Ya había sucedido en el pasado: un hombre que había recogido leña en sábado había sido apedreado por órdenes de Moisés. Y Jesús había curado a un hombre en sábado, en público y en la sinagoga misma… En ese primer momento la gente, sorprendida por la vida que de él manaba, tal vez no cayó en la cuenta de eso. Seguramente algún fariseo o escriba se haya inquietado. Pero ¿cómo negar la evidencia de que allí había vida?.

 

Las noticias corren; por todas partes de Galilea se empezó a saber de lo que Jesús hacía y decía. Y eso le comenzó a crear problemas. Porque la gente comparaba… y los escribas y fariseos no salían nada bien librados en esa comparación.

 

 

La Tentación (1, 29-39)

 

Era todavía sábado. Salió con dificultades de la sinagoga. Acompañado por Santiago y Juan se fue a casa de Simón y Andrés. Estaba enferma la suegra de Simón, con fuerte fiebre, y le habló de ella. Jesús se le acercó y, tomándola con fuerza de la mano, la levantó. Se acabó la fiebre. Ninguna sensación de quebrantamiento del cuerpo. Había recobrado las fuerzas e inmediatamente se puso a servirles algo para comer. Otra vez era la misma mujer servicial, disponible, que siempre está pensando en los demás más que en sí misma.

 

Pero era todavía sábado… ¿No estaba Jesús exagerando las cosas?. ¿Por qué no esperar a que terminara el sábado?. Bastaba que se pusiera el sol, que era cuando empezaba para los judíos un nuevo día… Además ¿no era una provocación innecesaria el tocar a los enfermos?. Y el riesgo, no de contagio, sino de quedar impuro ritualmente y, por tanto excluido de la presencia de Dios. -La profesión de médico era tenida por impura precisamente por esa razón-.

 

La gente discutía en torno a eso. Tenían muchos enfermos. El podía curarlos. Pero ¿en sábado?. No podían ir contra la Ley. Por eso se esperaron a que pusiera el sol, que era cuando terminaba ya el día, y hasta entonces le llevaron a todos los que estaban malos y a los endemoniados.

 

Para nosotros no eran claros los límites entre pecado, enfermedad y muerte. Los veíamos relacionados como causa y consecuencia. Y por eso las enfermedades, sobre todo aquellas cuyas causas no podíamos explicar y cuyos efectos nos desconcertaban más, los veíamos como posesión del demonio.

 

Pero esto tenía consecuencias en la vida diaria e incluso en la organización de la sociedad judía: si Dios era justo, debía dar bienes a los buenos y males a los malos. Siempre fue un escándalo eso del sufrimiento de los inocentes. Pero con frecuencia se resolvía el escándalo identificando el mal físico con alguna maldad moral. Y, por tanto, marginando a los que sufrían algún mal, por considerar que en ese sufrimiento se expresaba el juicio de Dios y su rechazo. No era algo meramente físico, sino que tenía una dimensión social y religiosa. Y este juicio negativo marginaba a los enfermos, a los pobres, a los huérfanos, a las viudas, a las mujeres, a los pecadores, a los ignorantes, a los que ejercían algún oficio considerado impuro, al pueblo entero.

 

Esto hacía de la nuestra una sociedad ‘clasista’, en la que había los selectos y la chusma, los que tenían y los que no tenían, los predilectos de Dios (los de arriba) y los excluidos de su amor y de su Reino (los de abajo).

 

Jesús pensaba como judío, pero la experiencia que había tenido del padre y de la cercanía de su Reinado le hacía ver muchas cosas de manera diferente. Si Dios era un Dios de vida, entonces era particularmente cercano a aquellos cuya vida estaba amenazada, los marginados, los pobres, los sufrientes, incluso los pecadores. No era un Dios lejano, que mirara por sus privilegios y derechos, sino el Padre que sólo piensa en el hijo, en su vida; lo mortal no era acercarse a Dios, como lo decía el Centro, sino vivir lejos de Dios. Y, en último término, el sufrimiento no era ni causado ni querido por Dios.

 

Jesús era particularmente sensible ante la marginación que causaba la enfermedad, y ante la pérdida de esperanza del pueblo, como consecuencia de la predicación oficial de un Dios discriminador del pobre, del enfermo, del pecador. Ante esa gente agolpada a la puerta, se había esperado a que terminara el sábado para llevarle a sus enfermos, por miedo a violar la ley, Jesús no tenía ninguna reclamación que hacerles. Habría querido gritarles que el hombre era más importante que el sábado, pero aún no tenían oídos para oírle. Los hechos hablarían por sí mismos. Por ahora lo que podían aceptar de él era la salud. Y eso les dio. Curó muchos enfermos aquejados por diversas enfermedades y expulsó muchos demonios. Y les prohibía que hablaran de él. En parte por precaución: la popularidad nunca ha sido bien vista por los de arriba, sobre todo cuando se sienten desplazados de su lugar de privilegio, y en parte porque lo que sucedía lo rebasaba.

 

La popularidad le resultaba tentadora. Y el éxito estaba a la mano. ¿Qué tocaba?. Le pedían que se concentrara en esa pequeña región de Cafarnaum; que lo necesitaban mucho…

 

Muy de madrugada Jesús se levantó y salió de la casa de Pedro y se fue a un lugar desierto -recuerden: desierto y tentación están muy unidas en la historia de Israel-; allí, a solas con el Padre, enfrentó la tentación de encerrar el Reino en el pequeño mundito de una región que le ofrecía el triunfo fácil de la popularidad.

 

Pero las presiones mayores vinieron de parte de sus amigos. Simón y los otros ya saboreaban el éxito que se auguraba a su movimiento. Con Jesús como jefe las cosas iban a cambiar para Israel. Incluso llegaron a soñar su futuro como jefes del pueblo junto con él. Pero por la mañana, al buscarlo para comentar lo que harían, no lo encontraron. Inmediatamente salieron todos a buscarlo, así como en una persecución. No podía haber desaparecido, y menos en ese momento en que todo estaba de su parte.

 

Por fin, siguiendo huellas, lo encontraron lejos, a solas, rezando… ‹‹Pero Jesús, ¿qué haces?. Tú acá rezando cuando todo el mundo te busca… Es el momento de organizar a toda esta gente. Y después…››.

 

Pero Jesús ya se había aclarado en diálogo con el Padre lo que tocaba hacer. Contra toda lógica, supera la tentación de reducir el Reino al localismo pequeño de Cafarnaum y sus necesidades. No ha venido a resolver toda necesidad humana, sino a rehacer la esperanza del pueblo marginado y a impulsar a los hombres a colaborar con ese Reino que ha comenzado. Y les dice: ‹‹Vámonos a otra parte, a los pueblos cercanos, para predicar también allí; porque no he salido de mi pueblo para quedarme encerrado en otro pueblo igual, sino para llegar a toda Galilea, para predicar en toda sinagoga, para expulsar todo demonio››.

 

Así comenzó una etapa en la que el torbellino de la actividad por el Reino llevó a Jesús y a sus amigos a no tener tiempo ni siquiera para comer. La tranquilidad de Nazaret había desaparecido, y ya para siempre. Pero lo peor todavía no comenzaba. Las exigencias iban a ser cada vez mayores, el enfrentamiento con el Centro, cada vez más violento, las amenazas, cada vez más directas, la incomprensión, cada vez mayor.

 

 

Palabras mayores (l, 40-45)

 

Una vez que andaban por el rumbo de Cafarnaum se toparon con un leproso. Ante aquel hombre, el último de los últimos, se puso a prueba su opción por los pobres y marginados. Los leprosos, además de su enfermedad, tenían que soportar el rechazo de una sociedad que consideraba su enfermedad como causa de contaminación y maldición para el pueblo, de separación de Dios; y, peor aún, la terrible seguridad: ‹‹Dios mismo me rechaza››. Podía decirse, sin temor a exagerar, que un leproso era un hombre muerto en vida; un hombre sin Dios y sin pueblo.

 

Aquel leproso se atrevió a acercársele y a dirigirle la palabra, expresando en su súplica al mismo tiempo su angustia, su necesidad, su fe y su respeto: ‹‹Si tú quisieras, podrías purificarme››. Se veía no sólo como enfermo sino, tal como le habían enseñado a verse, como impuro y fuente de impureza. Ser impuro significaba estar separado de Dios, incapaz de estar en su presencia, merecedor y causa de maldición y muerte para el pueblo y para quien tratara con él; su mera presencia era fuente de contaminación.

 

Jesús sintió que le crecía por dentro el coraje ante la injusticia que se hacía a aquel pobre hombre a quien se dejaba solo con su dolor y a quien se marginaba injustamente; porque lo que realmente mancha al hombre no es lo de fuera, sino precisamente la injusticia, el desamor. Y además, marginándolo en nombre de Dios eran injustos contra el Padre, a quien achacaban aquel rechazo.

 

Jesús midió las consecuencias. E hizo algo que le nació del fondo de las entrañas: para mostrarle que Dios no lo rechazaba, sino que era el Padre cercano al dolor, capaz de dar vida, se acercó al leproso, lo tocó y le dijo: ‹‹Quiero, queda purificado››.

 

¡Claro que Jesús sabía que lo que estaba haciendo iba contra la Ley! ¡Claro que sabía que lo iban a malinterpretar!. Tocar un leproso era quedar él mismo impuro y convertirse en fuente de contaminación y maldición para el pueblo. Pero ¿de qué otra manera podría mostrarle que Dios no era lo que había dicho? ¿de qué otra manera convencerlo de que el Reino había llegado y era para él precisamente?. Para un hombre condenado a no recibir jamás ninguna caricia ese gesto corporal de salvación era necesario. Y para Jesús el hombre siempre estará por encima de la Ley.

 

Lo que Jesús había hecho eran ya palabras mayores. Aquel hombre sobrevivía aguardando la piadosa muerte que lo liberara de la muerte física, social y religiosa de su enfermedad, y el Nazareno lo había rescatado de toda esa situación de muerte. Era como resucitar a un muerto. Pero la manera como lo hizo… ¿qué costo tendría aquella acción para Jesús?. Sería vista por muchos como provocativa, como desprecio de las leyes de pureza. (Porque, además, Jesús jamás realizó ningún rito de purificación, como estaba mandado por la ley).

 

El vio claro que había que poner medios para protegerse de las consecuencias negativas que se le vendrían si se supiera lo que había hecho. Y muy en serio, profundamente emocionado por lo que había pasado, lo despidió advirtiéndole muy seriamente: ‹‹Cuídate mucho de no decirle a nadie nada de esto que sucedió; pero ve a mostrarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que prescribió Moisés, como testimonio contra ellos››.

 

Según la Ley, los sacerdotes eran los que debían dar testimonio de que alguien había sanado la lepra. Eso lo necesitaba el leproso para poder reincorporarse a la sociedad. Pero Jesús le descubría un nuevo sentido a ese acto: era un testimonio contra los sacerdotes, que lo habían marginado injustamente de la sociedad y de la presencia de Dios y que, impotentes para darle vida, sólo podían atestiguar la acción de Dios en favor de aquel hombre. Aquella acción era una denuncia contra la actitud excluyente e injusta de los hombres del culto.

 

Pero ¿cómo iba a cumplir aquel hombre con ese mandato?. ¿Cómo callar lo que le había sucedido?. En cuanto llegó empezó a proclamarlo una y otra vez, con lujo de detalles, y a divulgar el hecho. Y la consecuencia fue que Jesús ya no podía entrar abiertamente en la ciudad.

 

Se habían cambiado los papeles: el que había sido leproso ahora entraba a la ciudad; Jesús, en cambio, debía quedarse en las afueras, en el lugar de los leprosos. El que daba la vida debía quedarse en el lugar de la muerte; el enviado de Dios era visto como incapaz de estar en su presencia; era el impuro Jesús, identificado con la suerte de los leprosos.

 

Mas la gente sabe entender dónde está la vida y dónde no. El no podía entrar abiertamente en las ciudades, y tenía que quedarse fuera, en lugares desiertos, pero de todas partes venían a él. El desierto se convertía en lugar de vida. La vida no estaba en el centro sino en los márgenes. Donde el marginado Jesús, el que ha decidido mancharse las manos con el dolor del hombre.

 

 

Conflictos con los buenos.

Claves para interpretarlos correctamente (2,1-3,6).

 

Antes de seguir quiero darles una clave para que capten mejor la figura y el mensaje de Jesús. Ya he dicho más arriba que no pretendí hacer una biografía de Jesús siguiendo una secuencia cronológica. Por ejemplo, ahora pongo juntos varios pasajes que tienen relación temática unos con otros; eso no quiere decir que así haya sido en la vida de Jesús. Yo me los encontré así, formando un conjunto muy bien estructurado de cinco relatos de controversias. Si comparan el primero y el último, el segundo y el cuarto, se encontrarán que tienen muchas cosas en común. Por ejemplo, el primero y el último tratan de un paralítico, y hay en ambos pasajes una amenaza de muerte contra Jesús; el segundo y el cuarto mencionan la libertad de Jesús ante las condiciones de pureza que exigían los judíos para comer; y el tercer pasaje, el del centro, es el que da la clave para comprender la actitud de Jesús. Como si él viniera a decir: ‹‹No esperen de mí que ponga remiendos nuevos a vestidos viejos; vengo a traer un vestido nuevo. No midan mi conducta de acuerdo a normas antiguas, que ya no ajustan para esta enorme novedad del Reino››.

 

He querido poner todo este conjunto al principio, luego del pasaje del leproso, para que sea evidente que Jesús tuvo conflictos desde el principio con los jefes religiosos y con otros grupos por la manera como relativizaba la Ley desde su experiencia del Padre y de lo que para este significa la vida del hombre. Así, pues, las cinco controversias tratan de cuál es el criterio para decidir sobre lo que se puede o no se puede hacer. Los fariseos y los jefes religiosos decían: ‹‹La Ley es la que nos dice qué se puede y qué no se puede hacer; y nosotros somos sus intérpretes autorizados››. Y Jesús: ‹‹Lo que me dice qué debo hacer o no es la necesidad del hombre, que está por encima de la Ley; el Reino es más grande que todo, y quien me ayuda a interpretar esto es el Espíritu del Padre en mi propio interior››.

 

 

Días después se supo que estaba en casa…

(2, 1-12).

 

Jesús entraba a Cafarnaum, aunque no abiertamente; hasta después de unos días se supo que estaba en casa. Todavía no se calmaba el revuelo causado por lo del leproso. Pero nada podía coartar su libertad. Y se reunió mucha gente, de forma que no había sitio ni frente a la puerta, y él les hablaba de lo que sabía: del Reino del Padre.

 

Afuera hizo un pequeño alboroto. Habían llegado cuatro que traían cargando en una camilla a un paralítico, pero no podían entrar, por causa del gentío. Entonces a uno de ellos se le ocurrió: ‹‹Por el techo››. Era cuestión de abrir un boquete quitando las tejas encima de donde Jesús estaba, para bajar por ahí al paralítico.

 

Aquellos hombres querían la salud del enfermo, y creían en Jesús. Su fe los hacía superar todos los obstáculos para llegar a él. Jesús se dio cuenta de esa fe que los movía, y se dirigió al paralítico. En el silencio que se hizo se oyeron claras sus palabras: ‹‹Hijo, se te perdonan tus pecados…››. No pudo terminar. Un murmullo se alzó frente a él entre los que estaban sentados en primera fila, unos escribas, que comenzaron a criticarlo: ‹‹¿Qué dice este?. Eso es una blasfemia. El único que puede perdonar pecados es Dios››.

 

Ya se había pronunciado la acusación tremenda: blasfemo. Jesús no se amilanó. Dándose cuenta de sus críticas, retomó la palabra y les dijo: ‹‹¿Por qué critican esto que digo?. ¿Les parecería más fácil que le dijera a este hombre que se levantara, tomara su camilla y se fuera por su propio pie?. Pues para que les conste que el poder de perdonar los pecados ya Dios lo ha compartido con los hombres en la tierra… ¡levántate! -le dijo al paralítico- toma tu camilla y vete a tu casa››

 

Definitivamente Jesús y los del Centro creían en un Dios diferente. Por eso pensaban diferente. Para los jefes judíos el perdón era cuestión de ritos de purificación, hechos en el templo con la mediación del sacerdote; para Jesús la oferta del perdón se realiza por medio del Hijo del hombre, (de los hombres), ya no en el templo sino en cualquier casa, y con ese perdón se ofrece también la liberación total de lo que oprime al hombre.

 

Con eso Jesús no trataba de probar nada sobre sí mismo. Sólo quería dejar bien claro que Dios y su reino tenían que ver con esta tierra y con esta historia. Y lo que estaba en juego en esta controversia era el asunto de la responsabilidad que tiene el hombre ante el sufrimiento del otro. Si es verdad lo que dicen los escribas, que la liberación del pecado y sus consecuencias sólo conciernen a Dios, entonces el hombre está dispensado de los compromisos del amor a la vida; pero si lo que ellos pensaban relegado al ámbito del cielo es asunto confiado al hijo del hombre, entonces no es posible escapar al compromiso. Con su acción Jesús revelaba el criterio según el cual debe medirse lo que se puede o no hacer en favor del hombre: para los escribas, el criterio último era la Ley; para Jesús, el criterio primero y último es la necesidad concreta del que sufre.

 

Toda la gente estaba como fuera de sí al ver a aquel que había estado enfermo tomar su camilla y salir a la vista de todos. Y glorificaban a Dios, diciendo: ‹‹Nunca vimos algo semejante››. Pero la acusación de blasfemo conlleva una condena a muerte. Ya aparece la primera señal de alerta: porque a los blasfemos se les apedreaba (cf Lev 24, 14-16; 1 Re 21, 13; Ex 20, 7; 22, 27). Ahora Jesús tendría que andar con más cuidado.

 

 

¿Por qué come con pecadores? (2, 13-17)

 

Definitivamente las cosas se ven de manera distinta si se tiene una experiencia de Dios, así se supone conocer su voluntad sólo a través de leyes. Los fariseos jamás se permitirían comer -es decir, compartir la vida- con pecadores que no se preocupaban de cumplir las leyes, ni de conocerlas siquiera. Sería como traicionar a Dios mismo. En cambio Jesús frecuentaba su compañía.

 

Una vez que salió a orillas del mar, y que todo el pueblo venía a él para oírlo, pasó junto al puesto de un cobrador de impuestos, un publicano (así se les llamaba porque cobraban el publicum, es decir, el impuesto que cobraba Roma). Ya sabrán cómo los veía el pueblo: eran traidores colaboracionistas con la dominación romana; por tanto, pecadores, porque aceptaban el dominio de los paganos sobre el pueblo que sólo pertenecía a Dios; además, se enriquecían a costa del pueblo, porque cobraban de más o cambiaban la moneda romana por la judía de manera ventajosa para ellos.

 

Todos se quedaron sorprendidos, comenzando por sus discípulos -apenas se estaba formando el grupo inicial de sus seguidores- al oír que se dirigía uno de ellos, a Leví, hijo de Alfeo, para decirle -como lo había hecho con ellos poco tiempo atrás-: ‹‹Sígueme››. Y él se levantó y lo siguió, con la misma incondicionalidad.

 

Y para colmo, estando él a la mesa en su casa, se juntaron también otros muchos recaudadores y pecadores en el banquete comiendo con Jesús y sus discípulos, porque ya eran muchos los que les seguían. Los escribas fariseos se empezaron a meter con los discípulos, porque sabían que aquella conducta de Jesús también les sorprendía, y en plan de crítica y de burla les decían: ‹‹¡Vean nada más qué maestro se han conseguido!. ¡Uno que come con pecadores y con cobradores de impuestos, con los enemigos de Dios y de Israel!››.

 

Jesús los oyó y les dijo: ‹‹No necesitan médico los sanos, sino los que están mal; yo no vine a compartir la vida con los que se creen justos, sino con los que se reconocen como pecadores››. Quería que quedara bien claro que la vida no se protege permaneciendo aislado entre los sanos, sino comprometiéndose con la suerte de los enfermos, haciendo patente a los pecadores la solidaridad de Dios.

 

 

El Reino no es un parche (2, 18-22)

 

Era uno de esos tantos días de ayuno que cumplían los seguidores de Juan y los fariseos. Y se llegaron a Jesús y le preguntaron -no por querer saber, sino por querer criticar-: ‹‹¿Por qué tú no enseñas a tus discípulos a ayunar como nosotros ayunamos y enseñamos a nuestros discípulos a hacerlo?››. Bajita la mano le estaban echando en cara que no era buen maestro del espíritu, porque no enseñaba a sus discípulos a guardar esas tradiciones.

 

Nunca se esperaron la respuesta de Jesús: ‹‹¿A quién se le ocurre ayunar si está en un banquete de bodas?››. La imagen de las bodas se había usado para simbolizar el tiempo nuevo del Reino. Con eso Jesús les estaba diciendo: ‹‹Dense cuenta que ya llegó el Reino y estamos en tiempo de bodas››.

 

Por dos razones no ayunaba Jesús: primero, porque vivía en la permanente alegría del tiempo nuevo que le había tocado vivir y anunciar; segundo, porque desde la experiencia que había tenido de Papá-Dios sabía que los ritos religiosos, los sacrificios tradicionales, no ajustaban para llegar a El, y que incluso impedían acercarse a él; lo que realmente agradaba al Padre era mirar por el hermano; ese era el verdadero ayuno. Y muchos de los piadosos de su tiempo se gloriaban de cumplir todas las normas, pero en cambio descuidaban el mandamiento principal, que era el del amor al hermano.

 

Por eso quiso dejar bien claro su pensamiento: no era un simple reformador que trajera remedios para mantener lo antiguo; traía un vestido nuevo, (lo cual exigiría desechar el viejo). ‹‹No hay quien remiende un vestido viejo con un parche de tela nueva; que si no, lo añadido tira de él, lo nuevo de lo viejo, y se hace un desgarrón peor. No hay quien eche vino nuevo en odres viejos, que si no, el vino romperá los odres y se perderán el vino y los odres; el vino nuevo, en odres nuevos››. Jesús estaba diciendo algo muy serio: aparte de la afirmación de que ya habían llegado los tiempos nuevos, estaba diciendo que no era posible unir lo nuevo y lo viejo; pretenderlo sólo logra un desgarrón peor, tanto para lo nuevo como para lo viejo. Porque el tiempo nuevo exige conductas nuevas.

 

Tiempo después conocí una frase atribuida a Jesús, que puse en este lugar, a propósito de las prácticas del ayuno que volvieron a tenerse dentro de la comunidad: ‹‹Vendrán días en que el esposo les sea arrebatado; ya ayunarán entonces, aquel día››. Muchos cristianos vivían con la nostalgia de esas prácticas; pero desde lo que sabíamos de Jesús, lo menos que había que hacer era cambiar su sentido; porque se corría el riesgo de que se hicieran con un sentido meramente ritual, como antes de que Jesús viniera. Por eso se buscó relacionarlas con el recuerdo de Jesús, y concretamente, de su muerte.

 

 

De comidas y de sábados (2, 23-28)

 

Un sábado atravesaban un campo sembrado él y sus discípulos y, para hacer camino, ellos iban arrancando espigas, y comiéndose los granos. Y unos fariseos que se encontraron comenzaron a reclamarle: ‹‹¡Mira nada más!. ¿Por qué hacen en sábado lo que está prohibido?››. Aquellos eran hombres que tomaban en serio la Ley, pero la tomaban al pie de la letra y como algo absoluto, sin excepciones.

 

Jesús recurre a la historia, para descubrirles que el criterio de interpretación de la Ley no es la Ley misma sino la necesidad del hombre; y les dijo: ‹‹¿Qué no han leído nunca lo que hizo David cuando tuvo necesidad y cuando él y los suyos tuvieron hambre?. Entró en la casa de Dios, en tiempos del sumo sacerdote Abiatar, y comió de los panes de la ofrenda, que nadie puede comer, fuera de los sacerdotes, y los compartió con los que iban con él››.

 

Para Jesús, ninguna Ley es clave absoluta de conducta, ni siquiera la sagrada ley del Sábado; y el fundamento de esa relativización es Dios mismo porque, como les dijo Jesús, ‹‹Dios hizo el sábado para servicio del hombre, y no al hombre para servir al sábado; y por eso el hombre es señor del sábado››.

 

Estas afirmaciones no las podíamos entender ni los que queríamos a Jesús; menos sus enemigos. Necesitábamos una profunda conversión que nos posibilitara creer en Dios a la manera de Jesús, que estaba profundamente convencido de que Dios no buscaba nada para sí, sino todo para sus hijos, como buen Padre que era.

 

Es cierto que ya desde antes había dos interpretaciones del sábado: una, la del Deuteronomio, la más antigua, que decía que el sábado lo había hecho Dios ‹‹para que descansen como tú tu siervo, tu sierva, tu buey, tu asno››, y otra, la del Exodo, muy posterior, que ponía como motivación el culto a Yavé. Jesús se identificaba instintivamente con la primera tradición, que era de tipo profético, y más bien se enfrentaba a la segunda, que era de la escuela sacerdotal. Pero esa elección no la haría impunemente…

 

 

El sábado, la vida o la muerte (3, l-6)

 

Y sucedió lo que tenía que suceder. Consecuentemente con su experiencia de Dios, Jesús quería mostrar que lo que al Padre le importaba era la vida de los hombres, y que el modo de agradarle era mediante el cumplimiento de las exigencias de la justicia y del amor, y no mediante el cumplimiento de leyes o de ritos. Por eso no dejaba pasar ocasión para mostrar que el hombre estaba por encima de la ley.

 

Y llegó él a la sinagoga un sábado. Había un hombre con la mano paralizada de hacía muchos años. Los fariseos estaban acechándolo, para ver si lo curaba en sábado, para poder acusarlo.

 

Realmente no había ninguna urgencia. El hombre aquel podía esperar tranquilamente hasta que se pusiera el sol y terminara el sábado. Hacer otra cosa parecería provocación inútil.

 

Pero para Jesús no había duda: el hombre estaba por encima de la Ley. Y le dijo: ‹‹Ponte ahí en medio››. Y se enfrentó con los fariseos: ‹‹En sábado ¿qué se puede hacer?. ¿El bien o el mal?. ¿Salvar una vida o matar?››. Ellos se quedaron callados. Porque, como judíos, sabían que si alguien no ayudaba a un prójimo, era culpable del mal que le pasara.

 

Jesús sintió mucho coraje contra ellos y, al mismo tiempo, mucha tristeza por la cerrazón de sus corazones. Y sabiendo lo que se estaba jugando, le dijo al hombre: ‹‹Extiende la mano; tú puedes hacerlo››. Y la extendió y pudo moverla otra vez como antes de estar enfermo.

 

Entonces los fariseos, nada más salir, se reunieron con los herodianos, para ponerse de acuerdo a ver cómo matar a Jesús…

 

Los fariseos despreciaban a los herodianos; ellos se sentían muy puros, y los herodianos eran idumeos que estaban al servicio de los paganos y no se cuidaban para nada de prescripciones de pureza. Pero tenían el poder que necesitaban los fariseos para deshacerse de Jesús. Era un capítulo más de la historia de alianzas del poder religioso con el poder político, para eliminar al inocente que estorbe a sus intereses.

 

 

SEGUIMIENTO Y PER-SEGUIMIENTO

 

 

La gente y los Doce: Seguimiento (3, 7-19)

 

Jesús se enteró de aquello y se retiró con sus discípulos a la orilla del mar, donde estaba la gente que lo seguía y entre quienes se sentía protegido. Gente de Galilea y de Judea, de Jerusalén, de Idumea, del otro lado del Jordán, y hasta de los alrededores de Tiro y Sidón; gente del Norte y gente del Sur, del Oriente y del Poniente, que por oír lo que hacía, vinieron tras él.

 

Todos los que tenían alguna enfermedad se le echaban encima, ansiosos por tocarlo; los endemoniados, los locos, los epilépticos gritaban al verlo: ‹‹Tú eres el hijo de Dios››. Jesús les exigía -aunque inútilmente- que no dijeran eso de él. Entonces, para poderles hablar, pidió a los discípulos que le prepararan una barca para hablar desde el lago a la gente acomodada en la orilla.

 

Jesús pensó que ya era el tiempo, y que había ya un núcleo maduro para comenzar la tarea de reunificar al pueblo de Israel. Se puso en oración y escogió a los que él quiso; los llamó y vinieron tras él. Entonces creó el grupo de los Doce, para que fueran con él y para enviarlos a predicar y con poder de expulsar demonios.

 

Creó Los Doce; iban a ser los cimientos del pueblo de Israel reunificado. Doce cabezas de doce tribus. No pretendía hacer ‘otro Israel’, sino ‘el Israel convertido’ al Padre y su Reinado. Era un gesto simbólico de profundo sentido mesiánico, en el que todo el mundo entendía de Jesús comenzaba algo nuevo. Y asumiendo esa función creadora les asignó a algunos un nombre nuevo: ‹‹Tú, Simón, te llamarás Pedro; ustedes, Santiago y Juan, los ‘hijos del trueno’, (boanerges)››; y en ese primer grupo estaban Andrés y Felipe, Bartolomé y Mateo, Tomás y el otro Santiago, el de Alfeo, Tadeo y otro Simón, el Cananeo; y también Judas, el Iscariote, el mismo que lo entregó.

 

Pero imagínense cómo vieron muchos ese gesto simbólico profético: porque Jesús había escogido a l2 galileos, lo cual quería decir gente despreciable para los judíos. Y a esos Doce los ponía como pilares del verdadero Israel…

 

 

La familia y los jefes judíos:

per-seguimiento (3, 20-35)

 

Pronto comenzaron los problemas con su familia. Sin duda que el comportamiento de Jesús no se ajustaba a sus expectativas. Tenía como treinta años, y no se había casado; había dejado su trabajo, su casa en Nazaret para ir con Juan el Bautista, pero ya no había regresado; les llegaban noticias de sus controversias con los fariseos, y aun de las amenazas que les hacían; y, por último, esa pretensión de reunificar a Israel… en torno a Doce galileos; les preocupaba él, pero sobre todo la honra de la familia.

 

Por fin, después de una larga ausencia, llegó a su casa junto con sus nuevos compañeros; y se les juntó tanta gente y había tantas necesidades, que no encontraron tiempo ni para comer su pan. Cuando sus parientes se enteraron salieron a donde estaban con la gente reunida para apoderarse de él y llevárselo consigo, pues decían ‹‹Está loco››. ¡Claro!. Uno que así se entrega a los demás hasta el punto de no tener tiempo ni para sí, debe estar loco.

 

También habían llegado unos escribas, enviados por los jefes de Jerusalén para espiarlo y desprestigiarlo. No podían negar lo que hacía en favor de la gente que sufría, pero empezaron a correr la voz: ‹‹Tiene pacto con el demonio; cura a los enfermos y expulsa a los demonios con el poder de Belcebú, príncipe de los demonios››.

 

Aquella falsedad, unida a lo que su familia decía de él, sí podía afectar al anuncio del Reino. Y Jesús decidió hablar. No por defenderse, sino por defender el mensaje.

 

Y llamó a los escribas de Jerusalén y, para hacerles ver lo absurdo de sus críticas, les dijo: ‹‹Pero ¿cómo va Satanás a expulsar a Satanás?. Pero vamos suponiendo que así fuera: Yo todo lo que he anunciado es que el reino de Satanás ha llegado a su fin; y si un reino se divide contra sí mismo, no puede permanecer en pie; si una familia se divide contra sí misma, no puede permanecer en pie; si Satanás se enfrenta contra sí mismo y está dividido, no puede seguir en pie, y ha llegado su fin. Así que, aunque hiciera lo que hago por el poder de Satanás, lo que digo es cierto: que el plazo se ha cumplido››.

 

Pero siguió Jesús: ‹‹Ustedes no saben ver lo que está sucediendo: nadie puede entrar en casa de un hombre fuerte para saquear sus bienes si primero no lo amarra; entonces saqueará su casa; y eso es lo que ha sucedido: que el ‘poderoso’ de este mundo está siendo amarrado y su casa está siendo saqueada››.

 

Y todavía tenía que hacerles una advertencia: ‹‹En verdad les digo: cualquier cosa se perdonará a los hombres; los pecados y las palabras que hieren, todo lo que dañen con la palabra; pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo ese no tiene capacidad de ser perdonado; por eso será culpable de ese pecado para siempre››.

 

-El pecado contra el Espíritu consistía en que decían que estaba poseído por un espíritu impuro. Y su problema era que, si veían lo de Dios como causado por el demonio, ¿cómo podrían en verdad reconocer a Dios?. ¿Cómo podrían distinguir lo que realmente venía del demonio?. No tenían perdón porque ni siquiera creían necesitarlo-.

 

En eso llegaron su madre y sus otros familiares que habían ido por él para llevárselo y, quedándose fuera, lo mandaron llamar. Había mucha gente sentada a su alrededor, y algunos se acercaron a decirle: ‹‹Mira: tu madre y tus hermanos te buscan afuera››. Jesús sabía cuales eran sus intenciones. Y mirando a sus discípulos y a los que estaban sentados en torno suyo, dijo: ‹‹Esta es mi familia; mi madre y mis hermanos; todo el que haga lo que Dios quiere ese es mi hermano y mi hermana y mi madre››.

 

Por duro que parezca ese compartimento, Jesús definía: ante el Reino todo pasaba a segundo plano; no estaba dispuesto a que nadie malinterpretara eso del Reino; ni los jefes religiosos ni la familia pueden intentar encerrarlo dentro del estrecho círculo de la tradición o de las obligaciones familiares. El futuro -ya- presente es algo inédito y está por construir; no se le puede definir de acuerdo al pasado, cuyos marcos estrechos rompe.

 

 

A PROTEGERSE LLAMAN

 

Primero fue la prisión de Juan, luego la acusación de blasfemia, luego el complot con los herodianos para matarlo, luego la incomprensión de su familia, luego la satanización que de él hicieron los escribas espías de Jerusalén; y el mismo pueblo le representaba una cierta amenaza por la forma como buscaban ansiosamente tocarlo para ser curados. Unos lo siguen, otros lo persiguen. Pocos entienden, otros malinterpretan sus palabras. Jesús debía tomar algunas precauciones.

 

 

Para que no cualquiera entienda (4, l-34)

 

Y de nuevo comenzó a enseñar junto al mar. Y se le juntó tanta gente que, para sentarse, subió a una barca metida en el mar, y toda la gente se quedó en tierra, a la orilla del mar. Y les enseñaba muchas cosas en parábolas.

 

¿Por qué ese tipo de enseñanza?. Yo creo que Jesús buscaba varias cosas: quería dar una clave de comprensión y de análisis de lo que estaba pasando con él y del hecho de que, ante una misma práctica, unos reaccionaran siguiéndolo y otros, en cambio, persiguiéndolo; pero quería hacerlo en un lenguaje cifrado, como en la clave, dado el peligro que empezaba a correr; así los que estaban bien dispuestos, buscarían una explicación posterior; los que no, no entenderían nada.

 

Lo primero que quiso explicar Jesús mediante ese lenguaje nuevo fue que no desde cualquier situación social se le puede aceptar y escuchar igual. Y les decía en su enseñanza:

 

‹‹Escuchen: resulta que salió un sembrador a sembrar y le ocurrió que al sembrar, una parte cayó en el camino y vinieron los pájaros y se la comieron; otra parte cayó en terreno pedregoso, donde no había tierra suficiente e inmediatamente brotó, por no ser profunda la tierra; pero en cuanto brotó, el sol la quemó y se secó por no tener raíces; otra parte cayó entre las espinas, y estas la ahogaron y no dio fruto; otras partes cayeron en la tierra buena y, creciendo y desarrollándose, daban fruto y produjeron hasta el treinta, el sesenta y el ciento por uno››.

 

Y terminó con una frase que repetiría muchas veces a partir de entonces: ‹‹Que oiga quien tenga oídos dispuestos para oír››. Con ese modismo arameo Jesús quería decir, (aunque también en lenguaje cifrado): ‹‹El que quiera preguntar, que pregunte, pero después, en público ya no diré nada más››.

 

Jesús había echado un gancho que, efectivamente, recogieron algunos de sus oyentes. Y cuando se quedó a solas, los que iban con él, junto con los Doce, le preguntaban sobre las parábolas.

 

Entonces Jesús les dijo: ‹‹A ustedes les ha sido concedido como regalo conocer lo secreto del
Reino de Dios; en cambio a los de fuera todo se les presenta en parábolas, de forma que mirando miren y no vean, oyendo oigan y no entiendan, no sea que se conviertan y sean perdonados››.

 

A esta frase que tomó Isaías se le han buscado muchas formas de entenderla. Hay quienes han buscado atenuarla, dándole un sentido casual más que final: porque mirando miran y no ven, oyendo oyen y no entienden, mientras no se conviertan y sean perdonados. Por lo que yo investigué con los que me transmitieron todo esto, creo que hay que entenderlo en sentido fuerte: Jesús hablaba de esta manera para que no cualquiera captara lo que quería decir. Simplemente buscaba provocar una inquietud de búsqueda de sentidos más profundos en los que lo oían; otros se irían diciendo: ‹‹Hoy sólo habló de un sembrador al que no le salieron todas las cosas bien››. Y no podrían acusarlo de nada.

 

Pero también quiso hacer una advertencia a sus discípulos: ‹‹Pónganse más atentos porque si no entienden esta parábola no podrán entender ninguna otra››. Y les explicó por qué la respuesta que se daba a su enseñanza dependía del lugar social en el que se estuviera y de los intereses que se defendieran:

 

‹‹El sembrador siembra la palabra. Hay unos (los sembrados en la tierra apisonada y dura de la vereda) en los que se siembra la palabra y, en cuanto la oyen, viene el Tentador y arrebata la palabra sembrada en ellos. Hay otros que se parecen a estos: son los sembrados en terreno pedregoso; en cuanto oyen la palabra reaccionan con gran alegría; pero no tienen raíz en sí mismos, son inconstantes y oportunistas y en cuanto les llega un conflicto o una persecución por causa de la palabra que escucharon, sucumben. Otros son diferentes: los sembrados entre las espinas; son los que oyen la palabra pero las preocupaciones por el presente, la trampa que son las riquezas, y todos los tipos de codicias que les entran ahogan la palabra y le impiden dar fruto. Y hay también los sembrados en tierra buena, los que oyen la palabra y la acogen y dan un fruto sobreabundante, más de lo esperado: el treinta, el sesenta y el ciento por uno.

 

Tengan en cuenta que todo esto está relacionado con la advertencia que Jesús hacía a los discípulos: ‹‹Por tanto, examinen la manera cómo me escuchan; porque serán medidos con la medida con que me midan y se les acrecentará. Porque a quien ha dado fruto (por haber acogido la palabra) se le dará todavía más; pero a quien no le ha producido fruto (por haber dejado pasar la oportunidad) aún lo que le quede lo perderá››.

 

Mucha gente se preguntaba: ‹‹¿Por qué habla así, en parábolas, para que no le comprendan?. ¿Quién prende una luz y la mete debajo de la cama o la tapa con una caja en lugar de ponerla sobre el candelero?››. Jesús les repondió: ‹‹Todavía no es tiempo de hablar abiertamente; pero nada de lo que ahora queda escondido quedará sin manifestarse, ni nada de lo oculto dejará de ser revelado. Entre tanto, si alguno tiene oídos dispuestos para oír, que oiga››. Se trataba de una especie de clandestinidad provisional, necesaria en el momento, por la situación de amenaza, pero que se romperá en su momento.

 

Y así siguió Jesús hablando en parábolas. Y les decía: ‹‹Así me pasa en este asunto del Reino de Dios: como a un hombre que sembró la semilla en la tierra; él duerme y se levanta, de noche y de día, va y viene y, sin que él sepa cómo la semilla germina y va creciendo, porque la tierra por sí misma produce el fruto: primero los brotes, luego la espiga, luego el grano lleno y maduro en la espiga. Y en cuanto el fruto está a punto, mete la hoz, porque llegó la siega››.

 

Y les decía también: ‹‹¿Con qué compararían ustedes el Reino de Dios?. ¿Con qué ejemplo lo expondremos?. ¿Con el de un ejército poderosísimo, el de un gigante, el de grandes cantidades de oro?. Pues yo creo que se parece más bien a un grano de mostaza que, cuando se siembra en la tierra es la más pequeña de todas las semillas que hay, pero una vez sembrada, crece y se hace la más grande de las hortalizas y echa ramas suficientes como para que bajo su sombra puedan anidar los pájaros››. Un arbusto de mostaza nunca será un árbol grande; lo importante es que, a pesar de su pequeñez, esconde una fuerza de vida incapaz de detenerse. Su eficacia no es la del poder que se impone sino la de la vida y el amor que se ofrecen.

 

Y con muchas parábolas semejantes a éstas les iba transmitiendo el mensaje del Reino, de acuerdo a como podían oírlo; por eso no les decía nada sin parábolas, pero en privado les aclaraba todo a sus discípulos. Desde entonces Jesús comenzó a realizar una nueva práctica de enseñanza, de acuerdo al triple auditorio que tenía: los enemigos, el pueblo y los seguidores. Sobre todo, había querido aclarar las condiciones para oírlo y seguirlo y los obstáculos que lo impedían. Que lo siguieran o que lo persiguieran dependía, en gran parte, de donde y cómo vivían quienes lo escuchaban, de los intereses que defendían y de las opciones que guiaban su vida.

 

 

Negros nubarrones (4, 35-41)

 

¿No usan ustedes frases como ésta para hablar de una situación que se va poniendo difícil?. Y no necesariamente quieren decir que había realmente negros nubarrones. Lean desde esa clave el siguiente pasaje que me llegó de la tradición como un resumen de la situación de Jesús y la de los discípulos. Lo puse aquí con esa intención. Quien se quede en la pregunta sobre si realmente sucedió una tal tormenta y si en verdad se calmó o no el viento, no entenderá lo que he querido decir sobre Jesús y su relación con los discípulos.

 

Ya se había puesto el sol y Jesús les dice a sus discípulos: ‹‹Atravesemos a la otra orilla››. El estaba muy cansado del ajetreo de todo el día; entonces, dejando a la gente, se lo llevaron en la barca así como estaba; y se fueron otras barcas con él. De pronto se vino un fuerte vendaval y las olas se metían una tras otra en la barca y no se daban abasto para sacarla, y había peligro de que se hundieran. Pero Jesús ni cuenta se daba, dormido como estaba en la popa sobre un montón de cuerdas como almohada.

 

Entonces fueron a despertarlo y le dicen, en son de reclamo: ‹‹Maestro, ¿no te importa que nos estemos hundiendo?. Vente a ayudar››. Y Jesús, despertando, ordenó al viento y dijo al mar: ‹‹¡Calla, enmudece!››. Y se acabó el ventarrón y se hizo una calma total.

 

Atención: ahora viene lo importante. Para los judíos el mar era el lugar de los poderes de la muerte, donde la vida frágil del hombre estaba en peligro. Ellos veían a Jesús exponerse a muchos peligros y, sin embargo, salir de ellos indemne. No sabían cómo no tenía miedo. Y Jesús les dijo: ‹‹Por qué están tan asustados?. ¿Cómo es que no tienen fe?››. Es que les había entrado un miedo enorme y se preguntaban: ‹‹¿Quién es éste, que hasta el viento y el mar le obedecen?››.

 

Nosotros vivíamos tiempos de persecución. Y tiempo después, acordándonos de ese hecho, comprendimos en la comunidad que lo contrario a la fe no es la incredulidad sino el miedo. Y que el miedo impide comprender a Jesús como el Señor de la vida, que triunfa sobre la muerte.

 

En relación con este tema he querido poner los siguientes pasajes, en los que les quedará claro, como nos quedó a nosotros después de la resurrección, que Jesús es el Señor de la vida.

 

 

JESUS, SEÑOR DE LA VIDA

 

 

Un hombre muerto en vida (5, 1-20)

 

Después de aquella tempestad llegaron a territorio de gerasenos, que eran paganos. Nada más desembarcar se le viene encima un pobre loco que vivía -o más bien moría- entre las tumbas; era muy violento, pero él solo se hacía daño golpeándose con piedras. Para controlarlo lo habían intentado sujetar con cadenas y grillos, pero él rompía las cadenas y destrozaba los grillos y ningún hombre tenía fuerzas para dominarlo.

 

Vio a Jesús desde lejos y echó a correr hacia él; echándose al suelo le gritaba que lo dejara en paz y no lo atormentara. Jesús había tomado la iniciativa exigiendo al ‘espíritu del mal’ que lo maltrataba, que saliera de aquel hombre.

 

En lo que sigue será muy importante que descubran los símbolos que hay, y que les darán la clave para entender lo que quiero decir. No puedo decir las cosas más claras porque hay peligro alrededor.

 

Imagínense pues, a Jesús hablando con aquel hombre. Le dice: ¿Cómo te llamas?. Y oye la siguiente respuesta: ‹‹Me llamo Legión, porque somos muchos››. Legión era el nombre del ejército romano, que tenía sujeto al pueblo y lo mantenía en situación de opresión y muerte.

 

El demonio no estaba acostumbrado a enfrentar a alguien ‘más fuerte’ que él. Y no quería perder aquella batalla, siendo arrojado de aquel territorio. Entonces le pidió a Jesús que, si lo sacaba de aquel hombre, le permitiera entrar en un montón de puercos, unos dos mil, que pacían por el monte, cerca del lago.

 

Para entender esto han de saber que para los judíos el cuerpo es lo que da posibilidades de estar y de actuar un espíritu en el mundo. No entendemos al hombre como hecho de cuerpo y alma, como si fueran dos cosas separadas y luego unidas. Más bien el cuerpo es la manera como el espíritu existe en el mundo. Para ser exactos: no tenemos cuerpo, sino que somos cuerpo. Entonces entenderán lo que significaba para los demonios quedarse sin aquel cuerpo: ya no podían seguir en el mundo ni actuar en él.

 

¿Ustedes se imaginan a Jesús permitiéndoles seguir aquel territorio?. Había llegado el más fuerte, que no se contentaba con perdonar el pecado, sino que lo quitaba del mundo. Y lo que pasó luego fue que los puercos enloquecieron y se despeñaron al mar, donde se ahogaron. Lean el mensaje que hay detrás de esto que les platico: la Legión, que mantenía oprimido a aquel hombre, se metió en los puercos, la cochinada, por así decirlo, que era su lugar propio, pero al despeñarse los puercos, con su muerte se quedaron sin posibilidad de existencia opresora en aquel mundo.

 

Pero no terminó allí la cosa. Los que cuidaban a los puercos salieron huyendo y fueron a contar en los ranchos y pueblos lo sucedido. Se dejó venir toda la gente, los dueños de los puercos entre otros, y vieron a Jesús, y al que había estado loco, sentado, vestido y en su juicio. Y vieron también el costo que aquello había tenido: habían perdido sus posesiones, los cerdos. Y les entró miedo. Y, francamente, no estaban dispuestos a pagar tal precio por la vida de un hombre. Y aunque tenían miedo, ese miedo que se tiene ante lo inexplicable, le pidieron con insistencia a Jesús que se fuera de su país.

 

Jesús nunca se impuso a la fuerza a nadie, más que al mal. El sólo ofrecía a todos lo que sabía de Dios, lo que podía hacer en favor de ellos. Por eso no se resistió a este rechazo. Ni los criticó. Se fue caminando hacia la barca. Y el hombre aquel quería seguirlo a donde fuera. Nunca nadie se había preocupado de él de esa manera. Pero ahora Jesús se le iba… Y se iba porque los suyos lo corrían; no sólo no le habían agradecido lo que había hecho por él, sino que lo corrían…

 

‹‹Déjame irme contigo, -le rogaba insistentemente-; déjame ser de los tuyos; ¿a qué me quedo aquí si tú no estás?. Nada me une con los que te rechazan››.

 

Pero Jesús le dijo: ‹‹Tu gente me ha rechazado; yo no puedo quedarme en contra de su decisión. Pero tú sí puedes quedarte con ellos. Vete con los tuyos y cuéntales todo lo que el Señor ha hecho contigo por su misericordia. Así darás presencia al Reino en esta tierra.

 

El hombre entendió. Había otra manera de seguir a Jesús no yendo con él, sino siendo su presencia (su cuerpo) en aquella tierra que le estaba vedada. Por toda la Decápolis se dedicó a anunciar lo que Jesús había hecho con él y quién era. Y todos se quedaban admirados.

 

 

Unas mujeres muertas en vida (5, 21-43)

 

Jesús desembarcó en la orilla de enfrente, en Cafarnaum. En cuanto alguien lo veía, inmediatamente se corría la voz y se juntaba toda la gente. Ahora era especialmente numeroso el gentío. Y junto al lago se puso a enseñarles.

 

El jefe de la sinagoga de Cafarnaum, un tal Jairo, tenía la pena de que su hijita, apenas llegada a los doce años, el comienzo de la plenitud de la vida, se le estaba muriendo.

 

No le fue fácil vencer su amor propio y, sobre todo, el ‹‹qué dirán››; pero se le acercó, se le echó a los pies y le empezó a suplicar con insistencia, diciéndole:

 

‹‹Mi niña se me está muriendo; ven a imponerle las manos para que se cure y viva››.

 

Era realmente cuestión de vida o muerte. Y allá se fue Jesús con él, apretujado por el gentío que lo rodeaba.

 

Había entre la gente una mujer que, desde hacía doce años sufría de flujos de sangre. Años de sufrimiento de médico en médico, de esperanza en desesperanza. Así se había gastado todo el dinero que tenía, pero en vez de mejorar se ponía cada vez peor.

 

Y le llegó un día la noticia de Jesús y lo que hacía. También ella tuvo que vencer el miedo, porque su enfermedad la hacía impura y fuente de contaminación y maldición para todo aquel que la tocara. Porque eso era la impureza: una mancha ritual que impedía al hombre vivir en presencia de Yavé, so pena de muerte. Más todavía que su enfermedad, ya de doce años, era la terrible pena de saberse rechazada por Dios, incapaz de acercarse a su presencia y, además ser fuente de maldición y muerte para su propia gente.

 

Fueron momentos de vacilación entre la certeza de que tocar a Jesús sería para ella la salud, y el temor de tocarlo haciéndolo impuro; entre la esperanza de la vida y la angustia de que su impureza se hiciera pública.

 

Pero pudo más la esperanza. Y así, a escondidas -cuanto podía esconderse entre la gente- se acercó a Jesús por detrás y alcanzó a rozar su manto con la fe de que aquello bastaría para curarse.

 

Y aquello bastó. Con emoción hasta las lágrimas se dio cuenta de que se había secado la fuente de impureza, de su muerte en vida. Ganas de gritar, temor de que se supiera, temor también de callar; toda ella era una confusión de gratitud, alegría, sorpresa, certeza, susto.

 

De pronto una pregunta que no se esperaba. ‹‹¿Quién me tocó la ropa?››. ‹‹¿Pero cómo se había dado cuenta Jesús? -se preguntaba entre asustada y temblorosa- si yo apenas rocé su manto…››.

 

Algunos de sus discípulos tomaron a broma aquella pregunta: ‹‹Pero si estás viendo que toda la gente te apretuja ¿y sales con la pregunta de que quién te ha tocado la ropa?››.

 

La mujer no sabía que ella no había tocado sólo el borde del manto, sino que había tocado a Jesús en el propio centro de su fe en el Reino. Porque llevaba la fuerza de la fe. Y Jesús seguía mirando alrededor a ver si descubría en algún rostro, en alguna mirada, la señal que le explicara qué había pasado. Porque él también había sido sorprendido internamente; había sentido que había salido de él una fuerza especial.

 

Ella no pudo contenerse más. A gritos cantó su alegría, contenida a duras penas y le explicó todo lo que había sucedido. Jesús, emocionado le dijo:

 

– Hija, fue tu fe la que te curó; vete en paz y queda libre de la pena que te atormentaba.

 

Todavía estaba platicando con ella cuando llegaron algunos de casa de Jairo por darle la noticia:

 

– Tu hija ya murió… ya no hay para qué molestar al maestro…

 

Aunque les dolía lo sucedido, aquello era una buena salida. No les hacía ninguna gracia que Jesús fuera precisamente con el jefe de la sinagoga a curarle a su hija. Se estaría legitimando la práctica de Jesús, y se desautorizaría a los escribas de Jerusalén, que habían dicho que todo lo que hacía era por tener pacto con Belzebú, (el dios de las moscas).

 

Pero Jesús le dijo a Jairo, el jefe: ‹‹No hagas caso ni tengas miedo; sólo ten fe, y basta››. ¿Sería capaz aquel hombre de tener una fe como la de la mujer aquella?. ¿Como la suya propia?. Sin ella no podría haber milagro…

 

La morbosidad de la gente hacía difícil de manejar la situación, Jesús no permitió que fuera con él nadie de todo aquel gentío; sólo Pedro, Santiago y Juan, hermano de este. Y así llegaron a la casa del jefe de la sinagoga.

 

Toda muerte es dolorosa. Pero más cuando se trata de una muerte prematura; una niña que muere cuando apenas comienza la vida casi suena a maldición de Dios. Eso hacía más insoportables los gritos y llantos de las plañideras.

 

Jesús entró directamente hacia donde estaban y les dijo: ‹‹¿A qué tanto grito y llanto?. La niña no está muerta; está dormida››

 

-¿Qué pretende diciendo? -se preguntaban sus tres amigos- Bien sabe que está muerta. ¿Qué irá a hacer?.

 

El resto de la gente, en cambio, se burlaba de él. Entonces, con autoridad, él los echó fuera y con el padre y la madre de la niña, junto con sus amigos, entró al cuarto donde estaba tendida la niña. Y como quien sabe qué hay que hacer la tomó de la mano con fuerza (nuevamente pasa por sobre la ley de la pureza, tocando un cadáver y precisamente en casa del jefe de la sinagoga) y le dice en arameo, su idioma: Talitha, qum. (Eso quiere decir ‹‹Chiquilla, óyeme: ¡ponte en pie!››).

 

Ningún gesto mágico, nada fuera de lo común; sólo la fuerza de su fe y el poder del Espíritu que estaba con él. Y la chiquilla se levantó inmediatamente y comenzó a caminar como si nada; ya era una muchachita madura. Y todos se quedaron como viendo visiones, como fuera de sí: tanto los papás de la niña como sus amigos.

 

Toda la tensión anterior, el rechazo que se había manifestado contra Jesús, no hacía la situación fácil ni para Jesús ni para los papás de la niña. Por eso Jesús, tratando de minimizar el impacto de lo que iba a suceder, había dicho que no estaba muerta sino dormida. Y por eso les dice Jesús ahora que no dijeran nada; y por eso les dijo que simplemente le dieran de comer a la niña.

 

 

Nazaret: el escándalo.

Anuncios de crisis y fracaso (6, 1-6)

 

Ese Jesús desconcertado y que desconcierta a los que lo siguen, decidió un día que tocaba ir a su tierra. A pesar de todo. Ya sabía que las cosas no andaban bien con sus familiares; no hacía mucho habían ido a buscarlo para llevárselo, porque decían que estaba loco. Esa pretensión de predicar un mensaje tan fuera de lo común, sin tener ninguna preparación para ello, esa manera tan escandalosa de violar la ley del sábado y las leyes de pureza, su amistad con publicanos y pecadores, su enfrentamiento cada vez más violento con los jefes del pueblo, los escribas y fariseos… Su cercanía les resultaba peligrosa social y religiosamente. Y, o se arreglaba, o la situación iba a ser más delicada. Por eso, cuando tomó esa decisión, sus discípulos le dijeron: Nosotros vamos contigo.

 

Se fueron con él y, nada más llegado el sábado, comenzó a enseñar en la sinagoga. Todos quedaron sorprendidos por la manera como hablaba. Incluso los más opuestos no salían de su desconcierto. Pero era un desconcierto nacido de la incredulidad. ‹‹¿De dónde le vienen estas cosas? -se decían, criticándolo-‹‹¿Qué sabiduría se le ha dado para que hable de esa manera?. ¿Y tales acciones poderosas que brotan de sus manos?. Si no es más que el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y José y Judas y Simón. Y sus hermanas también viven entre nosotros…››. Y se escandalizaban por su causa.

 

Era su enseñanza y su práctica lo que les escandalizaba; no es el comportamiento propio de uno de los suyos, un carpintero. ¿Qué se había creído?. ¿Quién garantizaba su autoridad?. Con sus pretensiones rebasaba los límites de su situación familiar y local.

 

¿Qué explicación podía darles?. Tenía razón: el Dios de que hablaba era un Dios diferente a aquel del que hablaba el Centro judío. Su manera de enfrentar el Reino era también diferente. Y era cierto: él no tenía preparación ni estudios. Nunca había pertenecido a ningún grupo de selectos, a ninguna élite. Era del pueblo-pueblo. Y la verdad es que su gente no tenía fe en que alguien del pueblo, alguien conocido, igual que ellos, pudiera ofrecerles a ellos la salvación de parte de Dios.

 

Pero aquella falta de fe le ata las manos a Jesús y a Dios. Porque el Reino que él predica no es como un poder que se impone sino que es amor que se ofrece. Jesús, para quien el criterio sobre lo que puede o no hacer ha sido la necesidad de la gente, ahora no puede hacer allí ningún milagro. Sólo por compasión a unos cuantos pobrecitos enfermos, imponiéndoles las manos. Y realmente no comprendía aquella falta de fe…

 

(Para Jesús una curación no es automáticamente un milagro; sólo cuando, gracias a la fe, el hombre descubre en ella la señal de que Dios está de su parte para salvarlo. Por eso son inseparables fe y milagro).

 

¿Y cómo podía explicarse a sí mismo aquel fracaso?. ¿Por qué sus acciones no hacen surgir la fe en el Reino?. Las curaciones han centrado a la gente en una búsqueda desesperada, incluso amenazante para Jesús, de su propio beneficio, pero no se han convertido para ellos en signos del Reino. Entonces ¿se ha equivocado de práctica?. ¿No era eso lo que tocaba?. ¿Deberá dejarla?. ¿O más bien intensificarla y hacer algo más?.

 

Esa fue la última vez que volvió a predicar en una de sus sinagogas. Pero ante el fracaso y la contradicción Jesús no se replegó. En el discernimiento hecho en presencia del Padre decidió lanzarse a recorrer todos los pueblos de alrededor, enseñando.

 

 

3

 

JESUS Y LOS DOCE,

RESPONSABLES POR LA VIDA

 

 

Misión: predicar el Reino en pobreza (6, 7-12)

 

Pero la urgencia del momento le exigía un cambio importante: Hasta ahora actuaba sólo él, aunque acompañado por sus discípulos. De esa manera se inicio una nueva etapa, en la que ampliaría su acción enviando a los doce en misión. Esto representó un avance en el proceso de seguimiento de los amigos de Jesús. A la predicación inicial correspondió el primer momento, la convocación; frente a las amenazas de los fariseos y de su familia, consolidó el grupo de los Doce, a quienes explicó en particular su enseñanza, para irlos formando más profundamente en el secreto del Reino; ahora, frente a la crisis del sentido de su práctica enviará a los Doce.

 

Iban a ser proseguidores de su causa. Debían hacerlo, pues, con su mismo espíritu, sin buscar ningún provecho para sí. Jesús no podía suponer que los discípulos lo entendían todo de la misma manera que él. Sabía que sus ambiciones, de su concepción nacionalista de reino de Israel, de sus esperanzas guerreras respecto del Mesías. Por eso quiso darles unas instrucciones elementales. Y les dijo:

 

‹‹Papá-Dios quiere que cambien las relaciones entre los hombres; que todos se vean como iguales y se traten como hermanos. Por eso tienen que vivir ustedes como una familia, sin competencias, sin ambiciones. No es tarea para gente solitaria; por eso les envío de dos en dos, para que se ayuden, se confronten, se convaliden.

 

El Reinado de Dios que van a anunciar va a vencer al mal y a la muerte. Ustedes se van a enfrentar con los demonios y los van a vencer; van a tener poder para curar, para acabar con las consecuencias del dominio del mal sobre el pueblo, porque lo que el Padre quiere es que tengan vida en abundancia.

 

En el Padre deben poner toda su confianza, más que en los medios humanos. Eso es condición fundamental para quien quiera colaborar con el Reino. Por eso, cuando salgan a algún pueblo no lleven nada de dinero; nada más un vestido, unos huaraches, un bastón. Esa pobreza les dará libertad y será un testimonio más grande que mil palabras, de que el Reino no se impone por la fuerza, sino que se ofrece desprovisto de todo poder, inerme, como el amor. También deben aprender a confiar en la comunidad a la que vayan. Quédense, pues, en la primera casa que entren, hasta que termine su trabajo en ese pueblo. Ustedes miran por ellos, y ellos mirarán por ustedes. Así se irán reconstruyendo las relaciones y la confianza entre ellos, que es lo que Dios quiere.

 

Cuenten con que a todos les va a gustar lo que ustedes digan o hagan. Porque al llegar Dios a reinar va a cambiar muchas cosas que están mal. Y eso va a chocarles a los que viven a costa de los demás. Cuando los rechacen y no los quieran escuchar, sálganse de ese pueblo y sacúdanse hasta la tierra que se les haya pegado a la planta de los pies, como testimonio contra ellos.

 

Lo que deben tener delante de los ojos siempre, como lo fundamental, es que están trabajando por el Reino de Dios, no por su propio reino; ni siquiera por el reino de Israel; el de Dios directamente. Y no el de cualquier Dios, sino el del Padre que ama la vida››.

 

Y allá se fueron todos, de dos en dos, a predicar que hicieran penitencia, a echar fuera a los demonios del mal, a ungir con aceite a muchos enfermos y a curarlos.

 

 

Entre tanto, Herodes… (6, 14-16)

 

Pero ya para entonces se había corrido por toda Galilea la fama de lo que él hacía, y había llegado hasta Herodes. Todos se preguntaban: ‹‹Pero, en definitiva, ¿quién será ese tal Jesús?››.

 

Jesús rompía todos los esquemas. No podían encerrarlo en ninguna imagen conocida. ‹‹Por como predica y por lo que hace, debe ser el mismo Juan Bautista, resucitado de entre los muertos; por eso hace los milagros que no hacía antes: porque en él hay un espíritu nuevo, una fuerza de Dios››. Eso decían unos. Otros decían que era Elías, el profeta que anunciaba el comienzo de los últimos tiempos, después del cual vendría el Mesías y el reino de Israel sobre las naciones. Para otros era simplemente un profeta como los grandes profetas antiguos. Herodes, también desconcertado por todas esas noticias, y lleno de temores supersticiosos, se decía: ‹‹El Juan que yo mandé decapitar, ese mismo ha resucitado…››.

 

¿Recuerdan ustedes cómo influyó en Jesús la noticia de la prisión de Juan Bautista, cuando después del bautismo se fue al desierto a poner sus ideas y sus experiencias en orden, y a decidir qué tocaba hacer como servicio al Dios que le había revelado, y a su Reino?. Pues Herodes era el que lo había metido en la cárcel, por causa de Herodías, la mujer de su hermano Filipo, con quien Herodes se había casado. Tal vez quieran conocer algo de aquella bonita familia de Herodes. Les puede ayudar a saber de qué clase era ese hombre, y con quién tenía que vérselas Jesús.

 

Cuatro miembros de la dinastía tuvieron el nombre de Herodes. El primero fue Herodes el Grande, hijo de un príncipe idumeo y una princesa árabe. Tuvo diez esposas, entre otras la mismísima Cleopatra. Era un hombre que juntaba la astucia árabe con la crueldad idumea. Y así logró del mismísimo Antonio, el amante de Cleopatra, que lo nombrara tetrarca de Galilea y Samaria, en el año 4l A.C.

 

Eso significaba un desconocimiento de los derechos del último de los reyes asmoneos, Antígono. Los intentos de este por recuperar derechos de trono sobre toda Judea parecieron triunfar por tres años, del 40 al 37, y Herodes tuvo que huir. Pero con la ayuda del ejército romano tomó Jerusalén después de sitiarla por cinco meses, hacia fines del verano del 37. Y para conseguir legitimidad ante el pueblo judío, que lo rechazaba por su ascendencia ilegítima, se casó con Mariamne, la nieta de Hircano, que había sido sumo sacerdote.

 

De entrada Herodes mandó matar a 45 miembros del Sanedrín, que ya nunca se repuso del golpe. Herodes se reservó el derecho de nombrar y destituir sumos sacerdotes y miembros del Consejo. Roma tenía ya el instrumento perfecto de su imperialismo en Oriente.

 

La alianza con los asmoneos era simple apariencia. Herodes fue liquidando sistemáticamente a todos: en el 35 mata a su cuñado Aristóbulo, sumo sacerdote; en el 30 a Hircano, abuelo de su esposa; en el 29 mata a Mariamne, su esposa, acusándola de adulterio; en el 28 a Alejandra, madre de Mariamne y suegra suya.

 

Herodes jugó con todos y con todo. Aliado de Antonio, se convirtió en amante de Cleopatra, que era amante de aquel. Con ella tuvo un hijo, Filipo, que lo sucedería como tetrarca de Iturea y de Traconítide. Cuando Octavio derrotó a Antonio y a Cleopatra, y llamó a Herodes a dar cuentas, este parecía tener perdido todo. Pero su ambición de poder le permitía doblarse ante el vencedor para adularlo. El romano vio que en Herodes tendría el aliado incondicional y lo restituyó en su trono y prerrogativas.

 

Sin obstáculos ya por delante, Herodes tomó a Galilea como ‹‹tierra del rey››, y además se dedicó a la construcción, para defenderse (el palacio-fortaleza de Masada, el Herodium en Belén y, en Jerusalén, su palacio, la fortaleza Antonia) y para legitimarse (el templo que, para tiempos de Jesús, seguía todavía en construcción). Así pretendió aparecer como un nuevo David, preocupado por el pueblo y por el Templo. ¿El dinero para estas costosas construcciones?. De los fuertes impuestos exigidos al pueblo sin piedad: mil talentos cada año. Y cada talento equivalía a diez mil denarios, (un denario era el salario mínimo por día).

 

Herodes había sembrado vientos en su familia y recogería tempestades. Obsesionado por la idea de una conspiración de algunos de sus hijos, tres años antes de morir mandó matar a Alejandro y Aristóbulo, (del matrimonio con Mariamne, la asmonea asesinada anteriormente), y a Herodes Antípatro (hijo del primer matrimonio, con Doris), apenas cinco días antes de su propia muerte. Les sobrevivían Arquelao y Antipas, hijos de una samaritana; Herodes Filipo, primer esposo de Herodías, y cuya hija Salomé era la primera esposa de Filipo, el hijo de Cleopatra.

 

Cuando Herodes el Grande murió había dividido su reino entre Arquelao, Antipas y Filipo. El primero reinaría sobre Judea, Samaria e Idumea; Galilea y Perea tocaban a Antipas; para agradar al Emperador construyó la ciudad de Tiberíades; pero al descombrar el terreno para la construcción aparecieron monumentos funerarios; era, pues, terreno impuro. Por eso tuvo que poblar la ciudad por la fuerza con extranjeros mendigos, aventureros, haciendo de ella un mosaico de razas. Filipo dominaría sobre territorios habitados por no judíos: Iturea, Traconítide, Abilinia, Panias; gran amigo de los romanos fue el primero que acuñó monedas con la imagen de Augusto y de Tiberio.

 

La voluntad de Herodes el Grande era que Arquelao conservara el título de rey de Judea. Pero Roma, alarmada por las revueltas de protesta que hubo desde el comienzo mismo de su gobierno, a causa de su crueldad, lo destituyó unos cuantos años después. Su territorio se confió a un prefecto, dependiente del gobernador de Siria.

 

Entonces Antipas, su hermano, asumió como nombre dinástico el de Herodes, y tomó como esposa a Herodías, primera mujer de Herodes Filipo, el hermano mayor a quien su mismo padre había hecho a un lado.

 

 

Baile y juramento (6, 17-29)

 

Este es el tal Herodes, rey de Galilea, del que Jesús sería súbdito. Había ordenado que prendieran a Juan y lo tenía encadenado en la prisión por causa de Herodías, la mujer de su hermano Herodes Filipo, con que se había casado. Y Juan, un hombre libre con la libertad que da creer sólo en Dios, constantemente le echaba en cara aquello: ‹‹No te está permitido tener a la mujer de tu hermano››.

 

Herodías lo odiaba, porque era lo único que se interponía entre ella y sus ambiciones. Había dejado a un segundón siempre hecho a un lado, para ser una reina de primera; pero conocía bien a Herodes y temía que la crítica de Juan le hiciera mella; veía como le impactaba lo que Juan decía y cómo regresaba perplejo.

 

Es probable que Herodes, además de un miedo supersticioso a Juan, estuviera preocupado por la influencia que tenía en la gente, que se exaltaba mucho al oírlo; podría levantarse una rebelión contra él o contra los romanos; eso tal vez influyó en su encarcelamiento.

 

El caso es que Herodías se la tenía jurada a Juan y quería asesinarlo, pero no veía cómo hacerlo, hasta que llegó la oportunidad un día en que Herodes organizó un gran banquete con motivo de su cumpleaños, e invitó a todos los de la corte, a los tribunos romanos y a los principales de Galilea. La hija de Herodías salió a bailar, toda provocación de la cabeza a los pies, y se dio cuenta de que Herodes no le quitaba la vista. No era la mirada del padrastro orgulloso de la belleza de la hija de su esposa; era algo más. Y eso mismo había en las miradas de los otros. Les agradó. Les gustó. Y le gustó.

 

Herodes entonces, queriendo complacerla y complacerse, le dijo a la muchacha: ‹‹Pídeme lo que quieras y te lo daré… incluso si me pides la mitad de mi reino te juro que te lo doy››. Ya estaba dicho: la mitad del reino. La insinuación era clara: le estaba ofreciendo hacerla reina… No era, obviamente, el partir el reino en dos, sino el compartirlo, lo que le ofrecía. A ella, que era esposa del otro hermano de Herodes, el otro Filipo. Y eso a vista de todos; estando presente su misma madre… la reina.

 

Herodías vio una doble oportunidad: de reafirmarse como la única reina, y de quitarse de una vez para siempre la amenaza de Juan. Y cuando su hija le preguntó qué le convenía pedir a Herodes, le dijo sin vacilar: ‹‹La cabeza de Juan el Bautista››.

 

Herodes, lleno de deseo, la vio venir apresurada. Y no esperaba esa petición: ‹‹Quiero que ahora mismo me des, en una bandeja, la cabeza de Juan el Bautista››. Pero había hecho un juramento en público, del que eran testigos todos sus invitados, y no podía desairarla. Envío a la cárcel a uno de su guardia con la orden de traerle la cabeza de Juan. Se fue, lo decapitó en la prisión y trajo la cabeza en una bandeja y se la dio a la muchacha, y esta se la dio a su madre. Los discípulos de Juan cuando se enteraron, fueron a recoger el cuerpo para darle sepultura.

 

 

Discípulos, pueblo, Jesús, panes, salud,

vida (6, 30-46)

 

Pero volvamos a los discípulos. El recuerdo de la suerte de Juan me vino a la mente ahora, al narrarles el inicio de la misión de los discípulos, porque es la suerte que espera al que se compromete de esa manera con la verdad y con el reino.

 

Después de varias jornadas de trabajo evangelizador regresaron los apóstoles con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y lo que habían enseñado. Se necesitaba un tiempo largo para platicar todo lo que tenían que decirle. Se quitaban la palabra unos a otros, entusiasmados por la experiencia de Reino que habían vivido. Entonces Jesús les dijo: ‹‹Vámonos solos a un lugar apartado, para que platiquemos y que descansemos un poco››. Es que ya iba haciéndose costumbre que, por tanta gente que iba y venía a donde él estaba, no tuvieran tiempo ni para comer.

 

Y se embarcaron para irse a un lugar apartado en donde estar solos. Ya les era necesario ese reposo, el primero que tenían en el caminar sin descanso de Jesús ante la urgencia del Reino.

 

Pero algunos los vieron embarcarse y vieron a dónde iban, y a pie, por la orilla del lago se fueron corriendo y llegaron antes que ellos al lugar donde iban a desembarcar. De todos los pueblos vecinos se les adelantaron, de manera que, cuando desembarcaron, Jesús vio al montón de gente que estaban esperándolo.

 

‹‹¿Dónde están sus pastores?›› -se preguntaba Jesús- ‹‹¿por qué nadie se cuida de ellos?. Parecen ovejas que no tienen pastor››, porque estos sean ausentes, y no se preocupaban de la vida – vida de su propio pueblo. Metidos en el mundo de leyes y ritos, sólo les importaba el cumplimiento exacto de las 613 prescripciones que habían elaborado y en las que pretendían encerrar la voluntad de Dios. Se preocupaban por las condiciones rituales de pureza que debían observarse para comer, pero no se preocupaban de la miseria del pueblo; no tenían misericordia ni asumían su responsabilidad por la calidad de la vida del pueblo.

 

Para Jesús la necesidad del pueblo había sido siempre criterio para determinar lo que ‘puede’ o ‘no puede’ hacer. Ahora también cambiará sus planes de descanso ante la urgencia de ese pueblo abandonado por sus pastores. Y se puso a enseñarles con toda calma.

 

¿Y los Doce?. ¿Y los planes de descanso?. De verdad que no era justo. Primera ocasión que tienen de descansar, y no es posible por la gente. Ni siquiera han podido comer lo que llevan para los Doce y Jesús. Y él no parece tener prisa ni intenciones de acabar. Y se está haciendo ya muy tarde. Y tenemos hambre. Y nos vamos a retrasar en el regreso, y el lago se pone peligroso por la noche… Además, era ya imprudente retener tanto tiempo a la gente, que también tenía hambre.

 

‹‹Jesús -le dijeron los discípulos- ya es muy tarde y esto está muy solo, y la gente tiene hambre; ya déjalos para que se vayan a algún rancho cercano a comprarse que comer››.

 

‹‹La solución al problema del hambre, -dice el mundo, dicen los discípulos- está en que cada quien se compre algo para comer››. Jesús, en cambio, les dice: ‹‹Denles ustedes de comer››.

 

¿Cómo se le ocurre eso?. Como si fuera cosa de magia dar de comer a cientos y cientos de gentes. ¿Donde -y con qué- iban a comprar doscientos denarios de pan para darles de comer?. Si los había enviado a la misión si un centavo; y apenas estaban regresando. Y aunque tuvieran esa cantidad, apenas ajustaría para darles un bocado a cada uno. (El denario era el salario de un campesino por el trabajo de un día).

 

Nuevamente no estaban entendiendo. Ellos ven claro que el hambre se resuelve comparando; y Jesús insiste: ‹‹Yo nunca he hablado de comprar. ¿Cuántos panes tienen?. Vayan a ver››.

 

-‹‹Pero Jesús, es inútil; no traemos más que cinco panes y dos peces; no alcanza para nada››…

 

Quiero hacer una paréntesis para que entiendan el mensaje que les quiero dar. No se imaginen a Jesús como un mago al que se le multiplican los panes en las manos; yo no hablo de multiplicar sino de dividir. El Imperio Romano hablaba de multiplicar (fiestas, impuestos, ejércitos, riquezas, todo); lo que nos enseñó Jesús fue lo otro: a dividir.

 

Y para entender el mensaje fíjense en los símbolos. Los discípulos tardaron mucho en entender lo de los panes; no se extrañen de que ustedes no lo logren a la primera. Porque todos tenemos muy metido el que la solución de los problemas del pueblo (por ejemplo, el hambre) está en que cada quien se compre qué comer. Para Jesús, en cambio, la solución estaba en que los que tuvieran algo lo compartieran. Porque cuando el hombre comparte, Dios interviene, y ajusta para todos e incluso sobra. Jesús no entendía el Reino como una situación de pobreza o carencia, sino como abundancia, pero no para unos cuantos, sino para todos igualmente. Y había que ir organizando este mundo y la historia de acuerdo a eso que esperaba para el final; y el único camino era el compartir con el pueblo organizado.

 

Eso es lo que está muy claro en la narración. Yo no estuve presente en aquella ocasión. Si me preguntaban qué fue lo que sucedió, no les sabría decir; ni es eso lo que pretendo. Sólo sé, -y es lo que hay detrás de la tradición que me llegó, y que les he transmitido a ustedes- que en aquella ocasión en que todos compartieron lo que traían ajustó y sobró. Y en eso descubrieron que el Reino era algo cercano para ellos.

 

A alguno se le ocurrirá: ‹‹Pero ¿de veras sólo llevaban cinco panes, si iban en plan de día de campo?››. No les vaya a ocurrir esa pregunta. Sepan leer los símbolos. Y siete significa plenitud para los judíos. Y 5+2 son siete. Como también es simbólico el número 12 (el pueblo de Israel), de los canastos que sobraron: la plenitud que allí se dio es suficiente para todo un pueblo.

 

Pero sí es importante que descubran que allí sucedió un milagro. Sólo que lo deben entender como lo entendemos los judíos: un milagro es un hecho -ordinario o extraordinario, comprensible o incomprensible para nosotros- en el que los hombres descubrimos que Dios está con nosotros y que nos salva. Sucedió allí un signo de que el reino ya comenzaba a hacerse un pueblo, el pueblo de hijos de Papá-Dios.

 

Lo que Jesús hizo, pues, fue mandarles a los discípulos que organizaran a la gente en grupos de cien y de cincuenta, y que se sentaran en la hierba verde (era tiempo en que comenzaba a revivir el campo, con las lluvias tempranas). Y tomando los cinco panes y los dos peces, mirando al cielo bendijo a Dios y partió los panes y los daba a los discípulos para que los repartieran a la gente, y dividió también los dos peces para todos. Y todos comieron y se saciaron. Y recogieron las sobras de aquellos panes partidos, y las sobras de los peces divididos, y se juntaron doce grandes cestos. Los que comieron eran como cinco mil.

 

Allí había sucedido un milagro: cuando el hombre comparte lo que tiene. Dios interviene y ajusta para todos y aún sobra; se había alimentado todo un pueblo.

 

Y se armó un revuelo. Aquel grupo de gentes que inicialmente eran como ovejas sin pastor, sin cohesión, ahora eran un pueblo con columna vertebral, con un pastor que se preocupaba por su vida. No es difícil suponer que quisieran hacerlo rey. Y que a los discípulos aquello les pareciera muy bien. Y que estuvieran dispuestos a alentarlo.

 

– ‹‹Ustedes se me van a Betsaida, a la otra orilla, y yo los alcanzo allá››, les dijo Jesús:

 

– ‹‹Pero si ahora es cuando tenemos a la gente con nosotros -le dijeron- ¿y quieres que nos vayamos?. ¿Vas a organizar todo tú solo?››.

 

– ‹‹No es lo que ustedes se están pensando; tengo que explicarle a la gente que no les ofrezco lo que ellos se esperan; les ofrezco el Reino de Dios, no el Reino de Israel sobre las naciones. Entiendan que no soy ningún rey ni ningún mesías guerrero. Por más que muchos eso quisieran de mí; ustedes, entre otros››.

 

Jesús tuvo que obligarlos. El desencuentro entre las dos maneras de entender el Reino (Jesús y los discípulos) era cada vez más evidente. Parecería que mientras más tiempo pasaban con él menos lo entendían, menos sabían quién era.

 

Finalmente Jesús se quedó solo. Tampoco le fue fácil despedir a la gente, convencerla de que su camino no era el que se imaginaban. Pero todo aquello iba cuestionando a Jesús más y más sobre su práctica. Porque los problemas que le causaba eran cada vez mayores. Y sin embargo, sentía un compromiso con el pueblo, con su vida, porque allí estaba en juego el nombre del Padre…

 

Todo eso era lo que tenía que platicar con su Dios. Otra larga noche en vela con El, para conferir nuevamente, en el monte, en la soledad del diálogo íntimo con el Padre, el rumbo de su acción.

 

 

Tempestades, miedos, falta de fe (6, 47-56)

 

Allá a lo lejos se alcanzaba a ver, en la penumbra de la noche iluminada por la luna, la barca a mitad del lago. Y viendo cómo se fatigaban remando, pues tenían el viento en contra, a eso de la madrugada viene hacia ellos, caminando sobre el mar, y tenía la intención de rebasarlos… Viéndolo ellos caminar sobre el mar les pareció que era un fantasma y se pusieron a gritar; porque todos lo habían visto y se espantaron. Entonces él les habló y les dijo: ‹‹Tengan ánimo; soy yo, no tengan miedo››.

 

Ese era el problema de los discípulos: el miedo, o sea, la falta de fe, que son sinónimos. Por esa falta de fe no comprendían a Jesús y lo que hacía. Lo veían como un fantasma; su sola presencia les hacía sentir el temor ante lo que nos rebasa y no podemos manejar a nuestro antojo, lo que no podemos designar con un nombre conocido. ¿Quién es ese Jesús que así vence tantos peligros de muerte que lo rodean -simbolizados en el mar embravecido-?. Si él está ausente, las olas parecen acabar con el grupo; pero basta que él llegue para que se calmen todos los huracanes. Realmente no entendían nada. Y particularmente estaban fuera de sí, porque no habían comprendido todavía lo de los panes; es que tenían la mente embotada.

 

No habían comprendido la solución que Jesús ofrecía al mundo, el Reinado del Padre, que cambia todas las reglas del juego de la sociedad: solidaridad contra egoísmo, colaboración contra competencia, verdad contra hipocresía, justicia contra injusticia, libertad contra opresión. No comprendían por qué Jesús no aprovechaba las circunstancias populares para dominar ni por qué no se dejaba arrastrar por la popularidad, respondiendo a las expectativas de la gente.

 

Tanto había sido el desconcierto que ni cuenta se dieron de que habían perdido el rumbo y finalmente llegaron a Genesaret, no a Betsaida, que estaba en la orilla superior del lago, al norte. Y allí nuevamente la misma historia mil veces repetida: el gentío que se agolpaba en cuanto reconocían que allí iba Jesús, y el montón de enfermos que le llevaban en camillas, a rastras, cargando, a donde quiera que llegaba. Las plazas de todo el pueblo, pequeño o grande, se llenaba de enfermos para que, al pasar, al menos pudieran tocar el borde de su manto. Y todos los que lo tocaban, por su fe quedaban curados.

 

Ya a nadie le podía caber la menor duda: el asunto de Jesús, el Reinado del Padre, tenía como núcleo central la preocupación por la vida del pueblo y, concretamente, tres necesidades básicas: el hambre, la enfermedad, y la falta de sentido de la vida. A ello Jesús respondía compartiendo su propia experiencia del Reino, dando la salud y compartiendo su propio pan con la gente. Así iba, poco a poco, reconstruyendo la esperanza del pueblo.

 

 

El centro de la tormenta:

la Ley de la Pureza (7, l-23)

 

Los del centro estaban cada vez más alarmados con Jesús. Y volvieron a enviar unos escribas de Jerusalén para concertar un plan contra él, buscando cualquier resquicio para atacarlo.

 

No fue difícil encontrar un pretexto: sus discípulos estaban comiendo su pan con manos impuras. No se habían lavado para comer. No era asunto de higiene, sino asunto de santidad. En las cuestiones de pureza o impureza se jugaba el pueblo, según la interpretación oficial, la bendición o la maldición, la vida o la muerte. Quien era impuro no podía acercarse al templo; estaba excluido de la presencia de Yavé.

 

Dado que la comida era señal de bendición de Dios, era tradición de los piadosos purificarse para ser dignos de comerla delante de Dios. Quizá ustedes no sepan hasta dónde llegaba la meticulosidad de los fariseos en estos asuntos de pureza. Y como la impureza ritual se contagia por contacto material con un impuro o con algo que aquél hubiera tocado, el salir a la calle, y sobre todo al mercado, era una ocasión casi segura de contaminación con la impureza de los pecadores y de los paganos; por eso los que se consideran cumplidores de la ley no comen sin antes lavarse meticulosamente, restregando fuerte para quitarse toda posible impureza; y lo que compran en el mercado si no lo lavan igualmente no lo comen. Y tienen muchas otras normas, a las que dan fuerza de ley, como lavar las copas, los jarros y las bandejas. Para agradar a Dios y ser dignos de comer en su presencia.

 

Todo eso parecía santo y bueno. El problema era que tanto cuidado en lavar el exterior no les dejaba tiempo para atender al interior; sentirse puros y justificados ante Dios por sus méritos los hacía duros hacia los demás y los llevaba a actuar como jueces de quienes no eran como ellos.

 

Los discípulos estaban comiendo su pan sin haberse lavado las manos después de aquel haber compartido su pan con el pueblo impuro; tenían, pues, las manos impuras según la ley. Y los fariseos y los escribas se fueron contra Jesús a pedirle cuentas por aquello: ‹‹¿Por qué razón tus discípulos no caminan de acuerdo a la tradición de los ancianos, sino que comen el pan con manos impuras?››.

 

Atacaban al maestro, no a los discípulos, cuya conducta era consecuencia directa de la manera como Jesús relativizaba las leyes; y el centro había decidido poner un alto a ese falso maestro cuyas ideas atacaban las santas tradiciones de Israel.

 

El silencio se hizo pesado. Y ahora los fariseos y los escribas se desenmascaraban: no les importaba si el pueblo tenía qué comer, sólo les importaba que se hubieran lavado las manos para hacerlo santamente.

 

Estaban frente a frente dos maneras de entender la vida y la muerte, la bendición y la maldición. Las leyes determinan qué conductas favorecen a la vida, y cuáles la amenazan. Ellos partían del supuesto de que las leyes de la pureza eran lo que garantizaba la vida y nada excusaba de su cumplimiento. Para Jesús, en cambio, mirar por el hombre en necesidad era motivo suficiente para pasar por alto la ley. Porque cuando una ley deja de mirar por la vida pierde su sentido y deja de tener vigencia, dado que el núcleo de la ley es la defensa de la vida.

 

Pero había algo más que agravaba la situación del momento: la hipocresía de los fariseos. Los discípulos habían compartido su pan con el pueblo impuro; apenas ahora tenían tiempo para comer su pan. Y ahora precisamente los fariseos, desde su situación de aislamiento en el que se defendían de las exigencias del amor y de la responsabilidad por la vida, se atrevían a juzgarlos…

 

Jesús no pudo más. Ya había guardado la prudencia mucho tiempo. Buscando defender la misión había comenzado a hablar con mucha prudencia, hablando a la gente de acuerdo a lo que podían entender, y, ya en privado, explicando todo a los discípulos. Pero ahora la misión misma estaba en juego, y lo oculto debía darse a conocer, fueran las que fueran las consecuencias. Había que desenmascarar ante el pueblo la hipocresía que se encerraba tras la apariencia de bondad y respetabilidad de la ortodoxia, porque eso sí engañaba a la gente y la desviaba de lo esencial.

 

Y entonces les dijo:

 

‹‹¡Qué bien profetizó Isaías acerca de ustedes, los hipócritas, según aquello que dijo: ‘Ese pueblo me honra de labios afuera, pero su corazón anda bien lejos de mí’!. ¡Mentirosamente me dan culto enseñando como mías doctrinas que son meros mandatos de hombres!. ¡Y abandonan la Ley de Dios para dar fuerza de ley a sus tradiciones!››.

 

Y siguió diciéndoles:

 

‹‹Con qué facilidad dejan sin valor la ley de Dios para proteger sus tradiciones!. Porque Moisés dijo: ‘Honra a tu padre y a tu madre’, y ‘el que maldiga a su padre o a su madre, que sea condenado a muerte’; ustedes, en cambio, para defender sus propios intereses dicen que si alguien declara consagrado a Yavé- o sea, korbán- algún bien, ya no tiene obligación de preocuparse por sustentar a su padre o a su madre. Lo dispensan de esa obligación, quitando autoridad a la palabra de Dios en favor de esa tradición que han impuesto. Y como estas hacen muchas cosas semejantes››.

 

Siempre los hombres hemos sido expertos en pervertir lo más sagrado; en hacer de lo simbólico algo diabólico; de lo que une a los hombres y garantiza la vida hemos hecho algo que dispersa y enfrenta a unos contra otros, y hace olvidar que la obligación mayor, la no-dispensable, es el amor. Los fariseos y los escribas se habían especializado en esa dia-bólica tarea, que había terminado por construir una sociedad de desiguales, de gente predilecta de Dios y de gente rechazada por él; y eso terminaba por ser un falso testimonio contra Papá-Dios.

 

Jesús tenía que desenmascarar la maldad que había en la defensa de las tradiciones, que llegaba incluso a negar fuerza de ley a la ley de Dios misma. Y para prevenir al pueblo, lo llamó de nuevo y les dijo:

 

‹‹¡Oiganme todos y entiendan!. Nada de lo que hay fuera del hombre puede hacerlo impuro, entrando en él. Lo que de verdad lo hace impuro y es para él cuestión de maldición y de muerte es lo que sale de él››.

 

De esa manera Jesús ha entrado en un camino definitivamente peligroso y ya sin retorno. Si sólo mantuviera sus ideas en privado, ya estaría mal, según los escribas y fariseos. Pero ahora está deslegitimando las tradiciones rituales en torno a la pureza y al culto públicamente; con eso es un enemigo del orden público, porque influye fuertemente en la gente. Por eso su suerte está echada…

 

Y tuvo que irse a casa, en busca de protección. Se quedó por fin a solas con sus discípulos. Y para su sorpresa, resultó que tampoco ellos habían entendido. Ellos que habían comido sus panes con manos impuras, no sabían por qué lo habían hecho. Y le preguntaban por el sentido de aquella especie de parábola.

 

Aquellos a quienes había sido dado el don de conocer los secretos del Reino, cada vez entendían menos; y se iban pareciendo cada vez más a los de fuera, a pesar de la decisión de Jesús de aclararles todo en particular. Tenía que prevenirles de que corrían el peligro de quedarse afuera. Por eso les dijo:

 

‹‹¿Así que también ustedes son incapaces de entender?. ¿No se dan cuenta de que lo que el hombre come no lo puede hacer impuro, porque no entra en su corazón sino en su estómago y va a dar al excusado?. En cambio, lo que sale de su interior, de su corazón, eso es lo que mancha al hombre. De su corazón, que es la sede de sus decisiones, salen todos los proyectos malvados: fornicaciones, robos, asesinatos, adulterios, deseos de tener más, maldades, engaño, libertinaje, malas intenciones, el herir con la palabra, la soberbia, la pérdida de valores; todas esas maldades salen de dentro y hacen al hombre reo de maldición y de muerte››.

 

(Fíjense de paso que en lo que Jesús denunció como causa de maldición y muerte para el hombre no aparece nada que se refiera directamente a Dios; son doce situaciones de relación injusta, alterada respecto de los hombres. Allí es donde se juegan las cuestiones de vida o muerte para el pueblo. A Dios no se le ofende directamente; en lo que se hiere al Padre que ama la vida es en el incumplimiento de su proyecto de vida; lo que va contra la vida de sus hijos es lo que de verdad ofende al Padre).

 

Después de aquello Jesús se dirigió a la región de Tiro, que era territorio pagano; no se fue en plan de misión, sino de refugio. Por eso no quería que nadie se enterara. El conflicto con el centro religioso judío había sido muy fuerte y las consecuencias previsibles, amenazantes. Buscaba aclararse, sin la presión de la amenaza. Por eso salió de Galilea, donde todos seguían discutiendo sobre el conflicto que había tenido con los escribas y fariseos.

 

 

Perros y demonios (7, 24-30)

 

Por más que quiso, no pudo permanecer oculto. Una mujer, una madre cuya hijita estaba enferma, oyó de él. Era una griega, de raza sirofenicia, pagana por tanto. Llegó a la casa donde Jesús estaba oculto, y se echó a sus pies rogándole y rogándole que le ayudará, porque su hijita estaba a merced de un espíritu maligno, que la tenía en situación de muerte.

 

Nuevamente se enfrentaba Jesús con una situación de vida o muerte. Pero no eran sus planes ir a los paganos; su misión era convocar al pueblo de Israel, a las ovejas perdidas por falta de pastores. Para eso había creado el grupo de Los Doce: porque el pueblo reunificado necesitaba Doce como nuevo fundamento. Pero ellos no entendían; los jefes judíos lo tenían amenazado de muerte; el pueblo lo buscaba por los beneficios que les representaba, pero no porque vieran en su práctica signos del Reino nuevo. Y ahora esa mujer pagana lo ponía frente al dilema: ¿para quiénes era el pan: para los hijos (los judíos, que lo rechazaban) o para los perrillos (los paganos, que lo acogían)?.

 

‹‹Primero se tienen que saciar los hijos; no está bien tomar el pan de los hijos y echarlo a los perrillos››, le dijo a la mujer. Pero el ser madre le daba a ésta una lucidez y una tenacidad que la hacía superar cualquier dificultad. ‹‹Cierto, Señor; pero tú eres pan despreciado por los hijos; eres migaja caída de la mesa de Israel, y eres la parte que toca a los perrillos››. La mujer supo leer en el interior de Jesús el dolor del despreciado, del incomprendido, del amenazado y perseguido. Y le reveló a Jesús que, aunque rechazado por los suyos, seguía siendo vida y dando vida.

 

Aquello era para Jesús como un aire fresco que no se había esperado. El buscaba refugio y soledad, y encontró comprensión y aliento en una pagana, una mujer a quien sus compatriotas, los hijos, designaban como perra. En ella había encontrado la fe que no encontró en su propia tierra. Y le dijo: ‹‹Eso que has dicho ha realizado ya el milagro; vete a tu casa, que ya salió de tu hija el demonio que la atormentaba››. Y, efectivamente, al llegar a su casa encontró a la niñita acostada en cama, ya tranquila, sin aquella fiebre que la estaba acabando, sin aquella respiración angustiada; el demonio se había ido.

 

 

Poder oír y poder hablar (7, 31-37)

 

Aquella conversación había aclarado las cosas. También la vida de los paganos era asunto del Reino, era asunto de Jesús. Podía -y debía- salir de nuevo, ‘mientras fuera de día’. Y saliendo de nuevo de la región de Tiro se dirigió por Sidón hacia el mar de Galilea, por en medio de los límites de la Decápolis, todo en territorio pagano. Y le traen un sordomudo y le piden que le imponga las manos.

 

Jesús lo apartó del gentío y, a solas con él, le tocó los oídos con los dedos, y con saliva le tocó la lengua. Y levantando los ojos al cielo, profundamente emocionado, le dijo: ‹‹Effathá››. No era una palabra mágica. En su lengua aquello significaba ‹‹¡Abrete!››. Aquel hombre un pagano, no entendía el arameo. Pero el Reino era también para ellos. Y se abrieron sus oídos e inmediatamente se le soltó la atadura de su lengua y hablaba perfectamente.

 

Ya no quería que se volviera a desatar la ola de popularidad que se había vuelto tan incontrolable y amenazante; pero, como antes en su tierra, también aquí la petición de silencio fue en vano. Mientras más les ordenaba que no lo dijeran a nadie más ellos lo pregonaban y, sorprendidos por eso tan nuevo que estaba pasando entre ellos, decían: ‹‹Todo lo ha hecho muy bien; hasta hace oír a los sordos y hablar a los mudos››.

 

 

El hambre del pueblo pagano (8, 1-9)

 

La gente en masa lo seguía, hambrientos de su palabra. Nunca nadie les había hablado como aquel hombre. Si los judíos eran como ovejas sin pastor, mucho más la gente que vivía en territorio pagano.

 

Pero después de tres días tras Jesús, él se dio cuenta de que muchos de los que lo seguían no habían llevado nada para comer. Y llamando a us discípulos les dice: ‹‹Me da lástima por la gente, porque hace ya tres días que permanecen conmigo y no tienen qué comer; y si los despido en ayunas a sus casas, se desmayarán en el camino; y algunos de ellos son de lejos…››.

 

Los discípulos todavía no entendían a Jesús. Aquel era problema de gente. ‹‹Además, -le dijeron- ¿de dónde vamos a sacar panes aquí, en el desierto, para saciar a tanta gente?››. La dificultad era real. Pero eso en nada cambiaba la decisión de Jesús. ‹‹¿Cuántos panes tienen?›› -les preguntó-. ‹‹Siete››, le dijeron. (Pongan atención a los números simbólicos y, para entender lo que sigue, recuerden lo que hizo Jesús antes para los judíos). Y mandó a la gente acomodarse en el suelo y, tomando los siete panes los partió, pronunciando la acción de gracias, y los daba a sus discípulos para que los repartieran, y los distribuyeron a la gente. Y tenían unos cuantos pescadillos y, bendiciéndolos, les dijo que también los repartieran. Y comieron y se saciaron. Y recogieron las sobras de los pedazos, siete canastos; eran como cuatro mil. Y los despidió. La abundancia de vida era también patrimonio del Padre para los paganos, no sólo para los judíos.

 

 

¿Señales del cielo o de la tierra? (8, l0-21).

 

Para quien supiera comprender, lo que estaba pasando era suficientemente claro. Pero los fariseos se habían cerrado a toda posibilidad de comprensión.

 

Jesús se embarcó con sus discípulos hacia la orilla de enfrente, a territorio judío, (la región de Dalmanuta). Nada más llegar le salieron unos fariseos y empezaron a discutir, pidiéndole una señal del cielo que justificara su conducta. Buscaban tenderle una trampa. Una señal extraordinaria les daría pie para acusarlo de magia. Jesús se indignó profundamente y les dijo: ‹‹¿Para qué me piden señales del cielo, si saben que no las tengo?. Sólo tengo señales de la tierra: compartir el pan con los hambrientos, comer con pecadores, dar vista a los ciegos, hacer andar a los cojos, liberar a los oprimidos, anunciar a los pobres que el Reino es para ellos. No tengo otro tipo de señales. Si esas no las entienden, les digo en verdad que con nada podrán entender››.

 

Nuevamente la situación amenazante. Nuevamente tuvo Jesús que dejar el territorio pagano. Nuevamente se embarcó Jesús y se fue a la otra orilla, la de los paganos que le habían brindado comprensión y refugio.

 

Ya en la barca, los discípulos de Jesús cayeron en la cuenta de que, con las prisas de esa nueva huída, se les había olvidado llevar panes; sólo tenían un pan con ellos en la barca. (Era el verdadero pan, pero no lo comprendían). Y él les advirtió: ‹‹Miren: tengan mucho cuidado de no contaminarse con la levadura de los fariseos y la levadura de Herodes››.

 

– Pero ¿a qué viene esa advertencia, si no traemos panes? -se decían entre sí, dicutiendo-. Tampoco ellos entendían. La incomprensión ahora iba cerrando la pinza en torno a Jesús, enrareciendo el ambiente.

 

– ¿Cómo discuten que no tienen panes?. ¿Todavía no entienden ni comprenden?. ¿Tienen tan cerrado el corazón?. ¿Teniendo ojos no ven y teniendo oídos no oyen? les dijo Jesús.

 

El peligro era que, por no comprender al que llevaban en la barca, y por no identificarse con sus valores, se iban identificando con los valores de los fariseos y los herodianos, los enemigos jurados de Jesús, los que ya hacía tiempo habían determinado darle muerte. De eso era símbolo la levadura a que se refería él.

 

– ‹‹¿No se acuerdan de aquella ocasión en que partí cinco panes para cinco mil y de cuántos canastos recogieron?›› siguió diciéndoles Jesús. ‹‹Sí, -le dijeron-, recogimos doce canastos››.

 

– ‹‹Y cuando partí siete panes para cuatro mil gentes ¿cuántas canastas llenas de sobras recogieron?›› ‹‹Siete››, -le respondieron-.

 

– ‹‹¿Y aún no entienden?››.

 

No. ni así entendieron. Parecía como si Jesús les estuviera hablando en clave. Se parecían cada vez más a la gente de fuera del secreto del Reino que aquellos primeros discípulos que lo habían seguido con tanta decisión, dejándolo todo. Su problema estaba en aquello de la levadura: lo que ellos buscabn en el fondo era su propio reino, más que el Reinado de Dios. Seguían esperando lo que esperaban para Israel los fariseos y el pueblo: el reino de Israel sobre las naciones, en el que ellos tendrían el poder. No se diferenciaban tampoco nada de los herodianos en esa ambición de estar por encima de los demás. Por eso no entendían a ese Jesús que sólo vivía para los demás, en función de las necesidades fundamentales de la gente, sin tiempo ni para comer. Así de ciegos estaban: que oyéndolo no entendían, viéndolo, no veían nada, conviviendo con él estaban muy lejos de él.

 

 

Como un ciego (8, 22-26)

 

Exactamente igual que un ciego que le trajeron cuando llegó a Betsaida pidiéndole el favor de que lo tocara para curarlo. Jesús lo tomó de la mano y lo fue llevando a las afueras del pueblo; en los márgenes, lejos de la multitud, era donde se sentía menos amenazado. Mojó los dedos con saliva y le tocó los ojos, imponiéndole las manos. ‹‹¿Ves algo?›› -le preguntó-. Nunca había hecho Jesús una pregunta parecida. Jamás dudó de la fuerza de Dios que actuaba a través de él. Pero no era indiferente a las reacciones de la gente, sino que lo afectaban. Primero, la oposición frontal de los fariseos y herodianos; luego la persecución de los escribas enviados de Jerusalén a satanizarlo; junto con ellos, la persecución de su propia familia; después, la incomprensión creciente de los discípulos, la incomprensión de su propio pueblo… La falta de fe por todos lados, excepto donde no la esperaba: entre paganos. Y ese ciego que tenía delante, ¿tendría suficiente fe como para ver que Dios estaba con él?.

 

Era una fe muy a medias. Por eso fue un milagro muy a medias. Le dijo, alzando la vista como esforzándose por aclararse la vista: ‹‹Sí, creo que ya veo los hombres; porque veo como árboles que caminan…››.

 

Era lo que les pasaba a sus discípulos y a la gente: que no lo veían como lo que era. Pero ¿cómo lo veían?. La pregunta le escocía a Jesús. Y era algo que tendría que aclarar sobre todo con sus discípulos. Porque la situación era cada vez más difícil, y él veía que lo que en un primer momento vio como una mera amenaza lejana de muerte, se iba convirtiendo en algo verdaderamente probable. Y sus discípulos aún no veían ni tenían claridad para asumir la continuación de su obra…

Jesús volvió a imponer las manos al ciego aquel sobre los ojos, y comenzó a ver perfectamente y veía todo desde lejos y con claridad. Y le envió a su casa diciéndole : ‹‹Ni siquiera pases por el pueblo››. Jesús ya no quería arriesgarse para nada a una popularidad indiscreta, sobre todo cuando nadie lo entendía.

Galilea año 30. Segunda parte: crisis y confirmación

4

CRISIS Y CONFIRMACION

Ya para este momento, ustedes se habrán dado cuenta de que Jesús había llegado a un momento crucial. Se iba fraguando una decisión de cambio, ante el rumbo que estaban tomando los acontecimientos. Pero antes quería cerciorarse si, como sospechaba, sus discípulos estaban tan ciegos como el pueblo mismo. Decidió salir nuevamente a territorio pagano; allí se sentía con más libertad. Se fue hacia el norte, por donde nacía el río Jordán, cerca de Cesarea de Filipo.

 

 

La crisis de Jesús y del grupo (8, 27- 9, 1)

 

Y en el camino les planteó a sus discípulos la pregunta que le preocupaba ya desde hacía algún tiempo: ‹‹¿Qué han oído a la gente decir de mí?. ¿Cómo me ven?. ¿Qué esperan de mí?››.

 

La respuesta lo preocupó: ‹‹Unos dicen que eres Juan el Bautista; otros, que eres Elías; otros te ven como un profeta más››. O sea, que nadie había entendido que era el mensajero último del Reino de Dios.

 

Y ahora venía la pregunta que tenía miedo de plantear, pero que tenía que hacerlo; porque es más dolorosa la duda que el desengaño; en ella se jugaba el todo por el todo: ‹‹Y ustedes… ¿quién creen que soy?. ¿Cómo me ven?. ¿Qué esperan de mí?››. Pedro, el impulsivo, le dijo lo que no quería oír: ¡Qué pregunta!. ¡Si es claro que tú eres el Mesías!.

 

Tampoco ellos lo entendían. Tampoco Pedro. Esperaban que él encabezaría la lucha de Israel para dominar sobre las naciones. No habían comprendido que por lo que Jesús vivía, y por lo que estaba dispuesto a morir, era por el Reinado del Padre mismo en la historia, no por ningún otro reinado de un Mesías durante mil años ni por el dominio de Israel sobre las naciones. Lo que quería era que reinara la justicia, la verdad, la vida. No habían entendido que no buscaba el poder; dejándose llevar de sus propias ambiciones no habían percibido la fuerza mortal de la amenaza que se cernía sobre él; tal vez se imaginaban que Dios lo protegía de manera mágica, y de seguro pensarían que no había nada que fuera más fuerte que él. Pero no habían entendido que el Reinado del Padre no se impone por la fuerza sino que se ofrece como amor indefenso a quien quiera abrirse a él. Y que Jesús había asumido esa manera de ser de Dios en la historia.

 

Pero, además, para Jesús era sumamente riesgoso que dijeran eso de él. Roma era sumamente sensible a cualquier posibilidad de revuelta que cuestionara su imperio; los Sacerdotes, servidores vendidos a Roma por sus propios intereses, también estaban decididos a desalentar cualquier apariencia de organización contra Roma, pues sólo así podían conservar sus privilegios; los herodianos tampoco estaban dispuestos a dejar que cualquier posible levantamiento del pueblo les pusiera en peligro de perder el favor de Roma. Y señalarlo como Mesías era ponerlo en la punta de las lanzas romanas.

 

Por eso les impuso una estricta orden de silencio: No anden diciendo eso de mí. Quería evitar que se malinterpretara su misión. Pero también quería evitar riesgos innecesarios. Estaba convencido de que, tarde o temprano, lo iban a matar, y sus discípulos aún no estaban preparados. Lo que esperaban de él era el poder, el triunfo, la fama. Y decidió jugarles con las cartas sobre la mesa.

 

Era una lucha contra el tiempo. Los había invitado a que fueran con él, y les había compartido su misión y sus poderes para anunciar el Reino, para curar, para expulsar demonios. Eso era lo que él había hecho. Pero ahora las cosas habían cambiado. Algo le decía que llegaba el momento en que ni las palabras ni las acciones ajustarían para dar testimonio del Reino; sería necesaria la entrega de toda su persona.

 

Tenía que hacerles la revelación que ellos jamás querrían oír y que no estaban dispuestos a ver; en la que Jesús se jugaba la posibilidad de quedarse solo. Pero la verdad siempre había sido la norma de su relación con ellos. Por eso comenzó a explicarles que iba a padecer mucho, que lo iban a rechazar los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, y que lo iban a ejecutar; pero que estaba seguro de que Dios miraría por él y lo rescataría de la muerte.

 

Les dijo eso con toda claridad, para que no quedara duda ni de la certeza que tenía ni de su decisión de llegar hasta el final. Y con eso el grupo entero entró en crisis. Y Jesús también, porque le afectaba la incomprensión de los discípulos, el desprestigio ante la gente y, sobre todo, la posibilidad de una muerte ante de tiempo, injusta, infame, no deseada ni buscada.

 

Pedro no podía soportar aquello. Hablando de esa manera sólo iba a provocar una desbandada entre sus seguidores. Nadie que no estuviera loco lo iba a seguir en esas condiciones. Quiso por un momento ser prudente; se lo llevó aparte, para que no se hiciera notorio el desacuerdo y comenzó a regañar a Jesús. ‹‹¿Cómo te pones a pensar en eso?. Si toda la gente está con nosotros. Dios está contigo; ¿cómo puedes pensar que te va a abandonar?. Es cierto que muchos están en contra tuya, es cierto que andan buscando la forma de acabar contigo y con nosotros. Es cierto también que tú tienes mucha culpa, por la manera como te has enfrentado a ellos y a la Ley. Pero ahora tenemos más fuerza que nunca. No puedes ya dar marcha atrás ni desilusionar al pueblo, si es verdad que amas a la gente y que crees en el Padre del que hablas››.

 

Para ambos fue un momento difícil. Jesús comprendía que aquello que les había dicho tiraba por tierra todos los planes que se habían forjado. Comprendía que aquello los desilusionaba y que era para desanimar a cualquiera. Comprendía la frustración de Pedro. Pero no podía dejar que esa crisis desdibujara la claridad con la que había hablado. Por eso decidió aclarar todo de una vez para siempre. Y llamando a todos los discípulos le dijo al pobre Pedro lo que jamás dijo a nadie: ‹‹Quítateme de enfrente, Satanás, Tentador. ¿Qué más que las cosas no llegaran a ese extremo?. ¿No crees que esos planes de triunfo que me presentas no son tentación para mí?. Pero tu problema es que no entiendes el modo de ser de Dios, no entiendes su Reinado; sólo piensas en el poder a la manera humana››.

 

Y no bastaba todavía. Había que sacar las consecuencias. Y Jesús las sacó. Y llamando a todos -también a ustedes, los lectores- junto con los discípulos, les dijo: ‹‹Ya no tengo más palabras que decirles. Si después de esto todavía alguien quiere seguirme, quiero que sepa a dónde voy. Ya no se trata más de milagros y curaciones, sino que tendrán que renunciar a sus propios intereses y cargar con la posibilidad de una condena a una muerte infame e injusta, como yo››.

 

Sonaba imposible que alguien quisiera así seguir con él. Era como caminar al fracaso. Por eso les dijo que lo que estaba en juego en la decisión que enfrentaban era la vida misma. ‹‹Si alguien quiere asegurar la vida, guardándola como en conserva, la perderá; pero quien la arriesgue por la causa del Reino, mi causa, la causa del evangelio, la salvará. Y piensen: ¿de qué les servirá conquistar el mundo entero, a costa de su vida?. ¿Qué pago podrían dar a cambio de ella?. Pues sepan que aquel que se avergüence de mí y de las exigencias del Reino ante los demás, también el hijo del hombre se avergonzará de él cuando venga en la gloria de su Padre entre los ángeles santos››. La paradoja que Jesús vivió y cuya verdad experimentó a fondo: que la existencia humana sólo se asegura definitivamente a través de la muerte.

 

Y para compartirles su esperanza, concluyó: ‹‹Sepan que algunos de ustedes no morirán antes de haber visto que el Reinado de Dios ha llegado en poder››.

 

 

La confirmación del Padre (9, 2-10)

 

Pasados seis días se llevó consigo a Pedro, Santiago y Juan a un monte elevado. Los tres a los que había puesto un nombre especial: Piedra y los hijos del trueno. Se preguntarán qué importancia tiene ese dato cronológico ‹‹seis días››. Es una llamada de atención a quienes me lean, sobre los símbolos de que está cargando este relato. Cuando alguien tiene una experiencia profunda, sólo puede comunicarla, y muy a medias, a base de símbolos. Cualquier lenguaje que pretenda ser objetivo se rompe ante la incapacidad de encerrar la hondura de lo que se refiere a la relación del hombre con Dios. Hasta cuando queremos expresar una experiencia humana muy honda, las palabras se nos quedan cortas: ‹‹No sé cómo decirlo; no encuentro las palabras…››. Y entonces recurrimos a imágenes para expresar la profunda verdad de lo que hemos experimentado. Les hablo, pues, de lo que sucedió a Jesús a los seis días: el día séptimo, o día de plenitud. Pero lo digo mediante símbolos: no pregunten si así exactamente fue como sucedió; busquen el mensaje detrás de los símbolos: el Padre confirmó todo el caminar de Jesús, y el nuevo rumbo que ahora tomaba, al enfrentamiento más definitivo con las autoridades judías, con todas sus consecuencias.

 

-Un ejemplo muy sencillo les ayudará a entender el símbolo fundamental de este pasaje de transfiguración. Si una mujer sufre una angustia por la enfermedad de un ser querido, se le nota el dolor en todo su ser: en las arrugas de la frente, en la sombra de los ojos. El día en que finalmente le dicen que no hay peligro, todo se ilumina nuevamente para ella; como si se hubiera transfigurado. Los ojos le brillarán cuando platique con sus amigas, el cielo mismo le parecerá más luminoso, y todo vuelve a estar abierto a la vida y a la esperanza.-

 

La crisis que habían experimentado Jesús y sus amigos había sido muy honda. Una crisis de identidad que afectó la confianza entre ellos y Jesús. Y en medio de aquel conflicto, la experiencia que tuvo del Padre cambió todo el panorama. Desde estas claves lean lo que escribí en mi primera redacción de este relato: ‹‹Estaba Jesús en oración y se transfiguró delante de ellos; sus vestiduras se volvieron resplandecientes, tan blancas como ningún lavandero en la tierra podría blanquearlas. Y se les aparecieron Elías y Moisés y conversaban con Jesús››.

 

¿Qué experimentó Jesús?. Que el Padre confirmaba su caminar. Después de aquella ‘primavera galilea’ en la que parecía florecer una nueva esperanza en el pueblo, había constatado el fracaso: lo que hacía para despertar la fe en el Reino no había dado el resultado esperado; y se le había quedado clavada una pregunta: ‹‹¿Qué es lo que ha fallado?. Yo sólo hablo del Reinado de mi Padre, y la gente y los discípulos no entienden, sino que se centran en mí y buscan sólo acciones prodigiosas, solución a todas sus necesidades. ¿O soy yo quien ha fallado en algo?. ¿Toca seguir haciendo milagros?. ¿Ya no es tiempo de ellos, sino tiempo de cruz?››.

 

Y también a los discípulos llegaba clara la revelación del Padre sobre quién era Jesús: ‹‹Este es mi Hijo, el amado; escúchenlo››. El incomprendido, el tachado de blasfemo, de endemoniado, de loco, de impuro, es el único que de verdad cumple lo que el Padre quiere, el se hace responsable por la causa de la vida. Moisés y Elías, la Ley y los Profetas, no tienen ni comparación con Jesús: es superior a ellos, y sólo él es propuesto como norma de seguimiento.

 

-‹‹Maestro, qué bueno que vinimos; deberíamos quedarnos para siempre aquí, en la seguridad de esta revelación , en la seguridad de la oración, cobijados por la certeza, protegidos por el Padre. Que nunca más vuelva la incertidumbre ni la duda a nuestros corazones…››. Del asombro que tenían, Pedro no sabía ni lo que estaba diciendo.

 

Permanecer en la contemplación era una tentación. Pero de pronto la nube que los había cubierto, (la presencia de Dios), se disipó; y ya no tuvieron que ver ni a Moisés ni a Elías; sólo Jesús estaba con ellos. Ya no necesitaban ni la Ley ni los Profetas, si tenían a Jesús. Esa era la certeza que les había quedado. Jesús era la norma viva.

 

Y ahora tenían que volver al camino,… que a partir de este momento los encaminaría hacia Jerusalén, hacia la muerte amenazadora, tal vez más cercana de lo que querrían. Tenían que bajar del monte. La revelación no era excusa para la evasión. Y mientras bajaban, Jesús les ordenó que no contaran a nadie lo que vieron hasta que el hijo del hombre resucitara. Así lo hicieron, pero entre ellos discutían algo que no acababan de comprender: qué era eso de resucitar de entre los muertos.

 

 

5

 

FORMACION A LOS DISCIPULOS

 

 

 

 

 

 

Ahora Jesús tenía claras dos cosas: había intentado rescatar el nombre y la causa de Papá-Dios en Galilea, pero aquello no había bastado. Tenía que ir a Jerusalén, para desenmascar a las autoridades judías y su interpretación falseada de Dios en el Centro mismo. Ese enfrentamiento seguramente lo llevaría a la muerte; y sus discípulos no estaban aún preparados para hacerse cargo de la causa del reino. Si quería que pudieran hacerlo, debía intensificar su formación, rectificando sus criterios y fortaleciendo su decisión. Ya no era, pues, tiempo de señales, de milagros, de triunfo popular sino de entrega. Por eso también tendría que dejar en segundo plano al pueblo, porque el tiempo se le echaba encima.

 

Eran muchas las ideas y los valores que tenía que rectificar en ellos, tan contaminados por ideas fariseas, por la ambición de poder típica de los herodianos, por las expectativas triunfalistas del pueblo, incluso por actitudes cercanas a los grupos de resistencia armada. Y fueron doce las instrucciones que les dio. En ellas Jesús les estará insistiendo en el cambio de valores y actitudes que exige el Reino, y en la importancia que para Dios tienen los marginados, los hechos a un lado, los últimos de la sociedad.

 

Cuatro son respuestas a preguntas de los discípulos (r), otras cuatro son aclaraciones no pedidas (a); las cuatro restantes son corrección a conductas inadecuadas de los discípulos (c). Yo las organicé en dos bloques de seis cada uno.

 

 

  1. a)      ‹‹Sepan descubrir en qué tiempos están viviendo›› (r) (9, 11-13)

 

‹‹Jesús está exagerando -pensaban los tres-. Habla como si el Reino estuviera ya por llegar. Y es claro lo que dicen los escribas: Que antes de que llegue el Reino vendrá Elías, el profeta de los últimos tiempos. Hay quienes piensen que Jesús es Elías, pero nos queda claro que no, después de lo que vimos. ¿O es que Elías estará por llegar?››.

 

De todo eso discutían, bajando del monte. Y no salían de su duda. Por eso decidieron preguntarle a él abiertamente. ‹‹Oye: ¿por qué los escribas dicen que Elías debe venir primero, y eso tú no lo tomas en cuenta?››.

 

‹‹¡Claro! -les dijo Jesús- La venida de Elías tiene como finalidad restablecer todo. Pero la realidad es que ya vino. Acuérdense de Juan el Bautista: traía el vestido de Elías, una piel de camello amarrada a la cintura, comía lo que se encontraba en el desierto, saltamontes y miel de abejas silvestres. Venía a preparar el camino del Señor; exhortó a los hombres a que fueran iguales, que no tuvieran intenciones ni proyectos torcidos. Era la voz que gritaba en el desierto que enderezaran las veredas para que el Señor llegara; que los montes y las colinas se abajaran y los valles se levantaran; entonces todos verían la salvación de Dios. ¿Y qué le pasó?. Lo encarcelaron, lo mataron, lo trataron como les vino en gana››.

 

Y siguió: ‹‹Sepan descubrir que estamos viviendo en los tiempos últimos, los del Reino. Pero no es tiempo de triunfalismos, sino que está marcado por la muerte. Yo decidí irme a Galilea a predicar cuando apresaron a Juan; cuando los envié a ustedes, ¿recuerdan la suerte de Juan?. Lo mandó matar Herodes, para agradar a su hijastra. Y esa será mi suerte también; he de sufrir mucho y seré despreciado. Así tiene que ser. Aunque les cueste aceptarlo››.

 

No le cabía duda a Jesús del destino trágico de los profetas, rechazados e incomprendidos siempre; lo que había sucedido a Elías, el rechazado, a Juan, el asesinado, le sucedería también a él.

 

 

  1. b)      ‹‹Si no hacen oración no podrán contra el mal›› (r) (9, 14-29)

 

Cuando se acercaban a donde se habían quedado los otros nueve compañeros, vieron que los rodeaba una gran cantidad de gente y que unos escribas les estaban discutiendo. Cuando la gente vio llegar a Jesús se quedaron sorprendidos y corrieron a saludarle. Había un ambiente de expectativa ante su llegada. Se hizo un silencio, y él preguntó a sus discípulos sobre qué estaban discutiendo con ellos.

 

Uno de entre la gente tomó la palabra: ‹‹Maestro: yo te traía a mi hijo, que está en manos de un espíritu mudo; y cuando lo ataca lo tira al suelo, y echa espuma por la boca y rechina los dientes; y se me está secando… Tú no estabas, y yo les dije a tus discípulos que lo echaran fuera de él, pero no pudieron››.

 

Jesús les había compartido su propia autoridad y su misión para echar fuera demonios. Y lo habían podido hacer. Pero después de la crisis que sufrió el grupo, y de la que apenas se estaban rehaciendo, y a medias, los tres que fueron testigos de la confirmación del Padre a su caminar, la fe de ellos estaba más vacilante. Y sin fe ninguna señal del Reino era posible. Por eso se dirigió a ellos, con un tono de impaciencia en su voz: ‹‹¡Esta raza que no tiene fe…! ¿Hasta cuándo estaré entre ustedes sin que me entiendan?. ¿Hasta cuándo los voy a soportar?››.

 

Y les dijo que le trajeran al muchacho. En cuanto se lo trajeron, empezó a sufrir el ataque del mal; se azotó contra el suelo y allí se retorcía echando espuma por la boca. Jesús le preguntó al papá cuánto tiempo hacía que le daban esos ataques. ‹‹Desde chiquito, -le dijo-, y muchas veces lo ha arrojado al fuego y al agua, para acabar con él. Si algo puedes, ayúdanos, compadeciéndote de nosotros…››.

 

-‹‹¿Cómo que si puedes…?. El que tiene fe lo puede todo. ¿Crees tú?››. El padre le gritó, desesperado: ‹‹Yo creo, pero no sé si sea suficiente mi fe… Ha sido tanto tiempo, tanta lucha para curarlo, tantas idas y venidas con curanderos… Y ahora, tus discípulos, que no pudieron nada… ¡Ayúdame en esta mi fe a medias!››.

 

Jesús vio que, con toda aquella conversación que se alargaba, el gentío iba creciendo y amontonándose; y rápidamente se acercó al muchacho y ordenó a aquella fuerza maligna que lo atormentaba: ‹‹Espíritu que causas la sordera y la mudez: yo te lo ordeno: ¡sal de él y jamás vuelvas a hacerle daño!››.

 

El muchacho se retorció de nuevo fuertemente a aquella orden, azotándose a un lado y a otro, y de pronto se quedó totalmente inmóvil, como muerto; muchos pensaban que aquel ataque lo había matado. Pero Jesús lo tomó de la mano con fuerza, lo levantó, y el muchacho se puso de pie.

 

Se retiraron a casa él y sus discípulos. Ellos, en silencio, le daban vueltas a lo que había sucedido. ‹‹¿Por qué no habían podido? -se preguntaban-; en otras ocasiones había sido tan fácil; y ahora… Y el ridículo ante toda la gente, y las burlas de los escribas, y la reprensión de Jesús…››. Y en cuanto entraron a casa le preguntaron. ‹‹¿Por qué no pudimos nosostros echarlo fuera?››. Y empezó Jesús a instruirlos: ‹‹No se puede luchar contra el mal si se tiene miedo. Hay demonios que no pueden ser echados fuera si no se tiene fe. Y ¿cómo van a tener una fe fuerte si no oran?. Por eso no les extrañe que no hayan podido echarlo fuera››.

 

-En efecto: Los discípulos poca oración hacían; les extrañaba que Jesús se pasara las horas enteras, las noches enteras en oración. Ellos no aguantaban sin dormirse-.

 

 

  1. c)       ‹‹Es tiempo de cruz›› (a) (9, 30-32)

 

Pero ya no era tiempo de señales milagrosas. No era tiempo de pueblo. El tiempo que quedaba era todo para rehacer la fe de sus discípulos. Y yéndose de allí atravesó Galilea. Y no quería que nadie supiera a dónde iban, porque iban instruyendo a sus discípulos. -Se trataba de un cambio definitivo en su práctica: el pueblo pasaba a segundo plano ante la urgencia del momento-.

 

Y les decía, presagiando lo que iba a sucederle: ‹‹A este Hijo de hombre lo entregan en manos de los hombres y lo matarán; pero después de muerto, resucitará al tercer día››.

 

No estaba Jesús ‘adivinando’ el futuro o ‘anunciando’ algo; les compartía lo que él mismo había ido descubriendo en el diálogo con Papá-Dios en la oración, en la que hablaba con él sobre la oposición creciente que había a su proyecto y a lo que decía de El; y poco a poco iba madurando la decisión de llegar hasta las últimas consecuencias en el anuncio del Reino de ese Dios-Padre que se le había revelado; lo que en un primer momento fuera un mero presagio de conflicto cuando la prisión de Juan, se iba convirtiendo en certeza de muerte.

 

Desde ella se revelaba a sus amigos lo que preveía que sucedería, para prevenirles contra el desaliento y la duda. Pero no lo tomaba como un destino fatal, marcado de antemano, sino como lo normal en la historia de los profetas. Y también la Sabiduría hablaba del justo perseguido que pone en Dios su seguridad de ser salvado. Desde la certeza irrenunciable en la fidelidad de Papá-Dios les expresaba también su profunda confianza en que lo rescataría de la muerte. La fe de Jesús se enraizaba en la creencia, común entre los fariseos, de que Dios era el garante de la vida, resucitando a los justos después de la muerte, el Día Final.

 

 

  1. d)      ‹‹Busquen ponerse al servicio de los otros›› (c) (9, 33-35)

 

Y así caminando llegan a Cafarnaum. Jesús había notado que iban discutiendo, a ratos acaloradamene, a ratos alejándose de él para que no lo notara. Llegaron a casa y Jesús les preguntó: ‹‹¿De qué discutían por el camino?››. Ellos nada más se miraban unos a otros, pero nadie se atrevía a responderle; porque habían venido discutiendo sobre quién de ellos era el más grande en el grupo, el que más influía, a quien Jesús más estimaba, en quien más confiaba.

 

¿Nunca se acabaría la lucha contra la ambición?. ¿Finalmente llegarían a entender de qué se trataba en este asunto del Reino?. Ya se acercaba el final y aún seguían creyendo que era cuestión de poder de grandeza. Entonces Jesús se sentó, como un maestro, y llamó a los Doce y les dice terminantemente: ‹‹Quien quiera ser el primero, deberá ser el último de todos y el servidor de todos››.

 

Jesús hablaba provocativamente con paradojas como estas, para que no nos confundiéramos: el Reino rompía la lógica y los valores de este mundo, y no era ‹‹el mismo mundo pero mejorado››. Pero eso decía cosas como éstas: ‹‹La vida llega a la plenitud sólo a través de la muerte, el grano da fruto si muere, el primero es el que sirve, hay que felicitar a los pobres y llorar por los ricos…››. Esto no lo decía Jesús como una lección sacada de otro maestro; eran las ideas a las que daba vueltas constantemente en la oración, era la lección que él mismo iba viviendo en ese momento de opciones decisivas.

 

 

  1. e)       ‹‹Estén al servicio de los últimos, de los pequeños›› (a) (9, 36s)

 

A Jesús le gustaba hacer las cosas ‘de bulto’, como decimos. Se levantó y se dirigió a donde estaba jugando un niñito, todo lleno de tierra, con la cara sucia, el pelo revuelto. Lo llamó y lo abrazó, y así abrazado con ternura se lo trajo y lo puso de pie allí en medio de ellos, como se les propusiera un modelo.

 

Los niños pequeños eran considerados apenas un proyecto de hombre y, como tales, no eran tenidos en cuenta por los judíos. Pronto adquirían la mayoría de edad, a los doce años, pero mientras tanto no contaban. Por eso les extrañó más todavía a los discípulos lo que luego les dijo: no sólo se trataba de servir, sino de ponerse al servicio de los últimos de la sociedad. ‹‹El que reciba a uno de estos niñitos en mi nombre, a mí me recibe; y el que me recibe a mí no es a mí a quien recibe, sino al que me envió. Quien mira por los marginados por la sociedad, mira por el Padre››.

 

Eso que Jesús revelaba, nuevamente con una paradoja, era muy serio: Jesús identificaba su propia suerte y la de Dios con la suerte de los niños, los que no tienen derechos ni quien mire por ellos, los últimos, los despreciados, los no tenidos en cuenta. Porque en realidad todo él se identificaba con ellos: se había puesto de su lado, había asumido su causa como propia. Por eso decía que todo servicio hecho a ellos se le hacía a él mismo y, en definitiva, al Padre. Nuevamente ponía la jerarquía de valores de la sociedad al revés o, mejor, al derecho. Una sociedad que mira sólo por los de arriba no garantiza ni el Reino ni la vida; ésta sólo puede sobrevivir en un mundo que desde abajo mire por los de abajo, los que no tienen derechos.

 

 

  1. f)       ‹‹Uds. no tienen el monopolio en la lucha contra el mal›› (c) (9, 38-50)

 

Suma y sigue: seguía la incomprensión de los discípulos, y era necesaria otra corrección. Un día andaban fuera de casa y, al regresar, Juan llegó muy agitado. ‹‹Maestro: acabamos de ver a uno que andaba expulsando demonios en tu nombre, pero no nos sigue a nosotros; entonces nosotros le reclamamos y le exigimos que dejara de hacerlo, porque no nos sigue a nosotros››.

 

Ese era el carácter de Juan, que le valió aquel apodo de ‘hijo del Trueno’. La razón de su reclamo era que ‘no nos sigue a nosotros’. Contrastaba aquel juicio con la conducta de Jesús, que jamás buscó ser tenido en cuenta, autoafirmarse, sino que sólo le importaba el Reino. Jesús, con calma pero con mucha claridad, les dijo: ‹‹¿Creen ustedes tener el monopolio de la lucha contra el mal?. Lo que ustedes querían es estar metidos en todo y aparecer en todo, y que nada se les salga de control. ¿No entienden que lo que importa es que el mal sea vencido?. No sean tan intransigente ni tan creídos. ¿Qué importa que no nos siga?. Nadie que luche contra el mal y haga milagros, ayudando a los hombres a descubrir que Dios está de parte de la vida, y lo haga en nombre mío, va a hablar después mal de mí. Quien no está contra nosostros, está con nosotros. Sepan distinguir quiénes son los amigos y quiénes los enemigos; sepan discernir con quiénes hacer alianza y de quienes cuidarse››.

 

(Cuando recopilaba el material para esta ‹‹Memoria de Jesús››, me llegaron algunas frases sueltas de Jesús, que creo que tienen que ver con esto de la ambición de los discípulos. Por eso las pongo a continuación, aunque no todas tengan que ver directamente con el asunto. Pero me parece importante que no se pierdan, porque contienen instrucciones muy valiosas de Jesús. Siguiendo la costumbre popular voy a ir encadenando estas frases fijándome en el tema que me parece más importante; vean cómo hay una relación entre los pequeños seguidores, el escándalo de los pequeños, lo que nos hace tropezar, lo que evita el escándalo que corrompe la comunidad -el fuego y la sal-, la paz).

 

Así como Jesús se había identificado con los despreciados, los últimos, los sin derecho, también se identificaba con sus discípulos y su suerte. Muchas veces había asumido su defensa frente a los fariseos que los atacaban; y esa defensa le había causado ya varios problemas. Por eso Jesús les dijo: ‹‹Quien les dé a beber un vaso de agua por el hecho de que son de Cristo, no se quedará sin recompensa››.

 

También volvió Jesús varias veces sobre el tema de los pequeños. Uno de los pecados que a Jesús le parecían más serios era el escandalizar a los pequeños, el ser para ellos como piedra en la que uno se tropieza y cae. El escándalo que más estaba afectando a la comunidad de seguidores era la ambición. Por eso siguió: ‹‹Pienso que le sería menos malo a uno que le amarraran una piedra en el cuello y lo echaran al mar antes que escandalizar a un pequeño que cree››.

 

Y no eran exageraciones de Jesús. Las discusiones que habían tenido sobre quién era el mayor, su oposición a que otros colaboraran en la lucha contra el mal, sus planes de sobresalir estaban deteriorando el ambiente entre ellos. Por eso siguió Jesús:

 

‹‹Si tu mano te hace tropezar, córtatela; más te vale entrar manco en la vida que, conservando ambas manos, ir a dar a la gehenna, al fuego que no se apaga.

Si tu pie te hace tropezar córtalo; más te vale entrar cojo en la vida que, conservando ambos pies, ir a dar a la gehenna.

Si tu ojo te hace tropezar, sácatelo; más vale entrar tuerto al Reino de Dios que, conservando ambos ojos, ir a dar a la gehenna, donde el gusano de ellos no muere y el fuego no se apaga››.

 

Jesús estaba usando símbolos muy conocidos para los judíos. Cuando hablaban de una parte se referían al todo. Hablar de la mano era hablar de las acciones del hombre, hablar del pie era hablar de los pasos para realizarlas, o sea, de los proyectos, hablar del ojo era hablar de los deseos y las intenciones de donde nacen los proyectos. Es obvio que Jesús no se refería a los miembros del cuerpo, como si ellos nos hicieran pecar. Ya había dejado muy claro que lo que mancha al hombre son los proyectos que nacen del corazón y que no sólo los alimentos, sino ninguna parte del cuerpo es impura. Lo que Jesús quería decir era que hemos de saber cortar a tiempo con las intenciones torcidas, de donde nacen proyectos desviados y acciones perversas. Todo esto tenía que ver con la ambición, que tanto daño le estaba haciendo al grupo de los Doce. Nada daña tanto a una comunidad de discípulos como la ambición entre los que han sido elegidos para servirla, pero se aprovechan de la autoridad como motivo de privilegio y distinción. Jesús decía que contra ella debemos ser implacables.

 

Tal vez les ayude a saber qué era la tal gehenna. Se acuerdan de que Jerusalén estaba construida sobre un monte. Enfrente, al lado oriente, quedaba el Monte de los Olivos y entre ambos había un cauce seco, que sólo llevaba agua en tiempo de aguas; era el Cedrón. Y por la parte sur la muralla daba a otro cauce seco que se juntaba con el primero, al que se daba el nombre de Gehenna. Pues bien: allí estaba el tiradero de basura de Jerusalén. Y ya ven lo que pasa en los basureros: el olor es insoportable por la corrupción; nada más le escarban un poco y brota el gusanero en tal cantidad que parece que nunca se acabarán; y con el calor y la corrupción de pronto empieza a arder y aquel fuego no se acaba mientras siga habiendo basura. Imagínense lo tremendo que sería ser arrojado a la Gehenna… Con aquellas imágenes le quedaba muy claro a la gente lo que Jesús quería decir.

 

La corrupción de la que había que defenderse, pues, era de la ambición. Jesús usó también la imagen del fuego y de la sal, que son dos cosas que preservan de la corrupción. Y dijo también. ‹‹Todo será preservado de la corrupción mediante el fuego››. También decía, refiriéndose al grupo de seguidores: ‹‹La sal es buena; sirve para condimentar y para preservar de la corrupción. Pero ¿qué pasa si la sal pierde su capacidad de dar sabor o de preservar de la corrupción?. ¿Con qué le van a volver el sabor?. Ni modo que echándole más sal, porque la echarían a perder››. Esta imagen de la sal también la entendía cualquiera. En sitios donde el ambiente era húmedo y caluroso, la sal del mar luego luego absorbía la humedad del ambiente y se convertía en agua salada. Ya no servía para nada; había que tirarla y limpiar el plato para poner sal nueva. Y entendieron los discípulos, -pero no entonces, sino mucho tiempo después- que su misión era preservar de la corrupción y dar sabor; pero que si ni siquiera eso podían lograr en su comunidad, por la ambición que había entre ellos, serían como sal que había perdido su capacidad, que con nada se le podría volver. La solución estaba en que superaran la ambición; entonces serían sal ellos mismos, y en la comunidad podrían vivir en paz unos con otros.

 

 

Rumbo a Judea; instrucciones para comprender el Reino (10, 1-45)

 

Había sido larga la instrucción. Y había que seguir caminando. Hacia el sur, rumbo a Judea; rumbo a Jerusalén. Se levantó e inició el camino; entró a territorio de Judea, pero torció hacia el oriente y se fue al otro lado del Jordán.

 

 

  1. a)      ‹‹La mujer no es inferior al hombre››

(r) (l0, 2-12)

 

Había querido que la gente no se enterara, pero era imposible y se le juntó mucha gente y se puso a enseñarles, haciendo un paréntesis en su plan de instruir a los discípulos. En eso estaba cuando llegaron unos fariseos, abiertamente en plan de ponerle trampas. Querían enredarlo en las discusiones de casuística que tenían. Era conocida de todos la manera como Jesús defendía a la mujer, incluso a las prostitutas; yendo contra las costumbres judías había aceptado mujeres entre el grupo de sus discípulos y seguidores (cualquier otro maestro pensaría que se rebajaba).

 

Se acercaron los fariseos a Jesús y le preguntaron a rajatabla: ‹‹¿Qué piensas acerca del divorcio?. ¿Puede un hombre repudiar a su mujer?››. Jesús estaba en terreno difícil. Les regresó la pregunta: ‹‹¿Qué dejó escrito Moisés?››. (De hecho Moisés mismo había repudiado a su mujer Séfora). Ellos, conocedores de la Ley, le citaron lo que estaba escrito en ella: ‹‹Si una se casa con una mujer y luego no le gusta, porque descubre en ella algo vergonzoso, le escribe el acta de divorcio, se la entrega y la echa de la casa, y ella sale de la casa y se casa con otro, y el segundo también la aborrece, le escribe el acta de divorcio, se la entrega y la echa de la casa, o bien muere el segundo marido, el primer marido, que la despidió no podrá casarse otra vez con ella, pues está contaminada; sería una abominación ante el Señor››.

 

En tiempos de Jesús había dos maestros, Hillel y Shammay, que habían jugado un papel muy importante precisamente en este asunto del divorcio. Ambos pensaban que el divorcio era un privilegio concedido por Dios a los varones judíos. Y discutían la interpretación de aquella frase ‹‹algo vergonzoso››. Shammay lo interpretaba como una falta seria, por ejemplo, si la mujer cometía adulterio; Hillel, en cambio, pensaba que podía ser incluso algo tan banal como si la esposa hubiera dejado que se quemara la comida. Y esta escuela era la que se había impuesto; favorecía absurdamente al hombre, y dejaba en franca desprotección a la mujer.

 

Y Jesús les dijo: ‹‹Pero ¿por qué escribió Moisés aquello?. Porque por la cerrazón de sus corazones no eran capaces de cumplir el proyecto de Dios. Pero al principio de la creación no fue así; Dios los creó varón y hembra; a ambos los creó el mismo Dios. Más aún: la mujer es razón suficiente por la que se justifica que el hombre deje a su padre y a su madre, sus raíces, su protección para unirse a ella de tal manera que ya no son dos seres sino uno solo. Por eso, lo que Dios ha unido, que el hombre no se atreva a separarlo››.

 

La novedad de esta afirmación de Jesús saltaba a la vista; en su interpretación desautorizada no sólo las opiniones de aquellos respetados maestros, sino incluso la misma motivación de la ley de Moisés. Y daba por tierra con las pretensiones de superioridad farisea, que despreciaba a la mujer, como despreciaba a los niños, a los pobres, a los enfermos, al pueblo. Nuevamente se ponía Jesús de parte de los rechazados, los marginados, los ‘sin derechos’, al defender a la mujer.

 

Pero los discípulos compartían las mismas ideas de los fariseos en esto; por eso no entendieron y, ya en casa, le preguntaron sobre lo que acababa de afirmar. Jesús no explicó mucho más; simplemente les amplió las consecuencias de aquello: ‹‹Quien repudie a su mujer y se case con otra, comete adulterio contra la primera; y lo mismo la mujer: si repudia a su marido y se casa con otro comete adulterio››.

 

-Esta última frase no creo que la haya dicho Jesús, porque no era costumbre judía que una mujer repudiara al marido; pero esto sí se daba entre los romanos, que reconocían más derechos a la mujer. La comunidad de la que me llegó la tradición de estas palabras de Jesús ya había reinterpretado su pensamiento y lo había aplicado a su situación, de manera muy válida, creo yo, porque correspondía a su pensamiento de igualdad entre hombre y mujer y a la manera como entendía el proyecto originario del Padre sobre el amor humano-.

 

 

  1. b)      ‹‹A Dios le importan los que el mundo desprecia: son los destinatarios de su Reino›› (c) (10, 13-16)

 

Llegaron varias mujeres, que le traían a Jesús a sus niños para que los tocara y bendijera. Era mucho de alboroto que se había armado, de gritos, de llantos, de risas. Y los discípulos se molestaron y las detuvieron y les prohibieron que se los acercaran. No les parecía que, en ese momento en que iban a Jerusalén al triunfo -así pensaban- se entretuviera en algo tan poco importante.

 

Decididamente algo no estaba funcionando en ellos. No acababan de asimilar las actitudes de Jesús ni los criterios del Reino. Y Jesús se enojó mucho con ellos; su paciencia también tenía límites; si algo no toleraba era el desprecio hacia los marginados. Y les dijo con mucha energía: ‹‹Dejen que los niños se me acerquen. ¿Con qué derecho se lo impiden, cuando el Padre ha decidido que su Reinado sea precisamente en favor de ellos?. ¿No entienden todavía que en el Reino de Dios las cosas se entienden totalmente al contrario que en el mundo?››

 

‹‹Anden, acérquenme a sus niños, no tengan miedo››. Algunos niños todavía miraban con recelo a Pedro, a Santiago, a Juan; y atrayéndolos a sí, Jesús los abrazaba y los bendecía y les imponía las manos, para que sobre ellos viniera la benevolencia del Padre.

 

Cuando ya la gente se iba yendo, Jesús dijo a sus discípulos: ‹‹Miren, les digo esto muy en serio: aprendan de los niños, porque el que no se acerque al Reino con la confianza incondicional que tienen ellos, no va a entrar en él. Como nadie los toma en cuenta, cuando alguien se fija en ellos y los acepta responden con un agradecimiento y apertura totales; todo lo reciben de buena gana, sin poner peros; y así hay que recibir el Reino: sin ponerle condiciones, sin exigir nada, con la conciencia de que se recibe algo que no se merece, pero que al Padre le ha parecido bien regalárnoslo. Ante el Reino no hay merecimiento que valga››.

 

 

  1. c) ‹‹La riqueza es un serio peligro, porque impide la relación correcta con el Padre y con los hermanos›› (a) (10, 17-27)

 

Jesús decidió proseguir su camino; y apenas habían comenzado a andar, un hombre corrió a su encuentro y, dando muestras de mucha estimación y reverencia, le preguntó. ‹‹Maestro bueno, tú debes saber: ¿qué tendría que hacer yo para tener derecho a la vida eterna, así como si fuera una herencia ya asegurada?››. A Jesús, en su sencillez y en su modo tan directo que tenía para tratar las cosas no acabó de gustarle mucho aquella manera de dirigirse a él. Y comenzó aclarándole algunos puntos: ‹‹¿Qué pretendes llamándome ‘bueno’?. El único verdaderamente Bueno es Papá-Dios. Y a nadie hay que atribuirle lo que es de El. En cuanto a tu pregunta, francamente me parece que sobra. Ya conoces cómo quiere Dios que tratemos a los demás: No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, no despojarás a nadie, honra a tu padre y a tu madre. Eso es lo que El quiere y nos manda››.

 

Jesús daba por supuesto que los mandamientos que se refieren a Dios eran fundamentales; pero ya había tenido la experiencia de la capacidad de perversión que tenemos los hombres; el gran conflicto que tuvo con los fariseos lo llevaba a poner el énfasis en el amor a los demás, para que comprendiéramos, en primer lugar, que Dios no quiere de nosotros nada para sí mismo ni que cuidemos de El o de sus intereses. -¡El se cuida solo!-, sino que quiere que, si lo amamos, amemos a quienes ha dado la vida; y, en segundo lugar, que lo que a él como Padre lo hiere y ofende son las relaciones injustas con sus hijos, el desprecio a la vida y a los derechos de los pobres, los pequeños, los desprotegidos; porque en la vida de los pobres es donde está en juego la verdad de su nombre de Padre en la historia. La gloria de Dios es que el hombre viva y, sobre todo el pobre, que es quien tiene la vida amenazada. Por eso no perdía ocasión para dar relevancia a las obligaciones para con los demás.

 

Pero volvamos al hombre aquel. Era un hombre bueno. Y no por vanagloriarse, sino porque era verdad, le dijo: ‹‹Desde muchacho he vivido cumpliendo todo eso››. En la respuesta se veía que quería algo más, porque si no ahí hubiera terminado agradeciéndole a Jesús su respuesta. Y Jesús descubrió ese fondo bueno, descubrió que tenía capacidad de más y, mirándolo con simpatía le gustó para que se les uniera en la tarea del Reino. Era arriesgado que entrara alguien más en ese momento en que iban a Jerusalén; no había tenido toda la experiencia anterior de la misión, de la preparación que ya llevaban los otros, pero le veía posibilidades. Y le dijo: ‹‹Mira: ya no tienes que hacer nada; lo que te falta es una sola cosa: que te deshagas de lo que tienes, compartiéndolo con los pobres; no te preocupes por de qué vivirás, que tendrás un tesoro en Dios y en su pueblo y en la libertad que da el servir sin condiciones; y cuando hayas vendido y compartido todo lo que tienes, ven y sígueme››.

 

El hombre aquel no daba crédito a lo que oía. Nunca se hubiera esperado algo así. Y horrorizado ante esas palabras se dio media vuelta y se retiró entristecido. Es que tenía muchas riquezas…

 

Se comprobaba lo que había dicho Jesús: que hay terrenos en donde la Palabra de Dios no puede dar fruto; uno de ellos es el corazón que se deja enredar en la trampa de las riquezas. Porque el dinero exige que se deje todo para conseguir más riquezas: la salud, el bienestar de la familia, el amor de la esposa, de los hijos, incluso la misma conciencia… es como si fuera un Dios celoso que exige la totalidad del ser. Y Jesús, mirando a los que estaban a su alrededor, dijo a sus discípulos: “”¡Cuánto les va a doler a los ricos entrar en el Reino de Dios››. (La palabra que usó Jesús era muy descriptiva: era algo así como ‘qué mal hígado les hace a los ricos entrar al Reino…’).

 

Ahora los sorprendidos fueron los discípulos. Todo mundo pensaba que las riquezas no sólo eran una bendición, sino que eran una señal de predilección de Dios, que a los buenos daba bienes aquí en la tierra, y a los malos, en cambio, males. Por eso los pobres, los enfermos, las estériles, los huérfanos, las viudas eran menospreciados. Y ahora Jesús volvía a poner las cosas de cabeza, diciendo que si a alguien le iba a costar entrar al Reino de Dios era precisamente a los ricos…

 

Jesús notó la sorpresa, y volvió a remarcar su afirmación: ‹‹De verdad, hijos, -así trataban los maestros a sus discípulos; y Jesús estaba hablándoles como maestro-, para todos es penoso el camino al Reino; pero para los ricos… Es más fácil pasar por el ojo de una aguja una soga de esas que se usan para amarrar las barcas, que el que un rico, siendo rico, entre en el Reino de Dios››.

 

Los discípulos no salían de su asombro; la pregunta obvia era: ‹‹Si ellos no, entonces ¿quien se podrá salvar?››. Tenían razón. Entrar al Reino de los cielos y salvarse, aunque no eran exactamente lo mismo, eran cosas que rebasaban la capacidad humana. Pero Jesús contestó sólo al asunto de la entrada de los ricos al Reino, y dijo: ‹‹Para los hombres definitivamente es algo imposible, pero no para quien está de parte de Dios: porque para Dios todo es posible››.

 

Con esto Jesús llegaba al fondo del asunto. Dios no es un gran mago que anda haciendo cosas sorprendentes, como pasar camellos -así se llamaba a unas sogas gruesas, que servían para amarrar las barcas- por los ojos de las agujas, o como meter ricos al Reino; pero hay algo que si puede hacer, y que para los hombres es imposible: hacer que un rico se haga pobre y así pueda entrar al Reino de Dios como a su propia casa, sin sentirse mal en ella, como herencia dada por el Padre.

 

 

  1. d)      ‹‹El patrimonio de los pobres es la abundancia del Reino›› (r) (10, 28-31)

 

Todavía no les quedaba nada claro. Todavía le daban vueltas a la respuesta que había dado Jesús cuando preguntaron quién podría salvarse, a la que respondió diciendo que humanamente es imposible.

 

-‹‹Entonces ¿a qué le tiramos?. ¿Dejamos todo para nada?››. Pedro abordó a Jesús para aclarar la cuestión. Todavía había quienes flaqueaban, y aquello no ayudaba al ánimo del grupo. Y le preguntó directamente: ‹‹A ver, Jesús, acláranos esto: tú ves que nosotros hemos dejado todo y te hemos seguido; ¿cuál es el futuro?, ¿qué podemos esperar?. Está bien eso del Reino futuro, está bien eso de que no seamos ambiciosos, pero… ¿y para ahora?››.

 

Tenían derecho a una respuesta clara. Y lo que Jesús les dijo no fue para darles una tranquilidad falsa; no podía dejar de hablar del conflicto que les esperaba. Pero también era cierto que él no idealizaba la pobreza, el hambre, la enfermedad, como si fueran un bien; estaba claro que eran un mal y que había que luchar contra ellas; estaba al lado de los pobres, siendo uno de ellos, contra la pobreza. El ideal del Reino era la abundancia, pero para todos , no para unos cuantos; la abundancia nacida del compartir, no la originada en la injusticia, la opresión, el despojo de otros. La abundancia de la vida era lo único que hacía justicia a Dios, a su nombre de Padre. Y por esa causa se jugaba Jesús la vida.

 

Entonces Jesús les respondió: ‹‹Les hablo con toda la verdad de que soy capaz: no hay nadie que haya dejado casa o hermanos o hermanas, o padre o madre, o hijos o campos por causa mía y de la Buena Noticia del Reino, que no reciba cien veces más ahora en el presente; en casas y hermanos y hermanas, y madre e hijos, con persecuciones y, en el tiempo venidero, la vida definitiva. Y será realidad que los primeros ahora serán entonces los últimos, y los últimos ahora serán los primeros entonces››.

 

Noten cómo Jesús no menciona cien padres, porque Uno sólo es el Padre de todos. En la comunidad cristiana nadie puede jugar el papel de Padre, ni asumir su nombre; nadie es su ‘vicario’, porque no ha renunciado a ser el dador de toda vida. También deja claro que ese destino de plenitud no elimina la persecución ni la conflictividad en la historia, que marca, a todo el que quiera seguirle, con la señal de la cruz. Y, por último, una nueva advertencia contra la ambición: los primeros serán últimos y los últimos, primeros, en ese Reino que tergiversa y pone al revés los criterios de valoración del mundo.

 

 

  1. e)       ‹‹Los hombres me van a matar, pero yo tengo puesta mi confianza en que el Padre me rescatará›› (a) (10, 32-34)

 

Ahora sí la cercanía de Jerusalén era inminente. Y con ella, la incertidumbre amenazante. Por más que les hablara claramente de lo que preveía que sucedería en Jerusalén, no sabían nada sobre cuándo o cómo, o si podían hacer algo para evitarlo. Cuántas veces trataron de disuadirlo algunos de los discípulos, temerosos de lo que pudiera sucederles; otros, viendo que la gente aún los seguía, y todavía recordando el éxito que los había embriagado al inicio, soñaban con el triunfo de Jesús al que estarían asociados ellos como jefes del pueblo judío, cuando llegara el reino.

 

Por eso los desconcertaba Jesús caminando tan resueltamente hacia la ciudad santa. El no dudaba para nada. Pero eso mismo a ellos los ponía a la defensiva, y otros que iban con ellos tenían francamente miedo; -es que no tenían fe-.

 

Jesús se apartó con los Doce y comenzó a hablarles de lo que ya estaba a punto de sucederle. Y les dijo: ‹‹Dense cuenta de los serio del momento: ya estamos subiendo a Jerusalén, y a este hombre lo van a entregar a los sumos sacerdotes y a los escribas, que lo condenarán a muerte y lo entregarán a los romanos; lo van a ultrajar, a escupir, lo azotarán y lo matarán; pero el Padre lo resucitará después de tres días››.

 

 

  1. f)       ‹‹Distínganse en el servicio a los demás››
  2. c) (10, 35-45)

 

¿No les ha pasado, ante una tragedia que se avecina, que se bloquean, y les parece imposible, absurdo lo que temen?. Y mucha gente simplemente lo niega, lo pone entre paréntesis, como mera pesadilla, que nunca será realidad, por temible que haya sido.

 

Así les pasaba probablemente a los discípulos. ‹‹No puede ser. Jesús exagera. Tenemos al pueblo de nuestra parte. Está bien que no la vea tan fácil. Pero nadie es más poderoso que él; nadie le ha llegado al pueblo jamás como él lo ha hecho. Nunca han sido más propicias las condiciones para la liberación que ahora. ¡Y nosotros hemos sido escogidos por él como los pilares del pueblo reconstruido!››.

 

Y por ese bloqueo que les llevaba a negar lo que para Jesús era palpable y patente, Santiago y Juan, que hacían grandes planes para su futuro y el de su familia en el Reino de Israel que estaba por llegar, aprovechando la cercanía con Jesús -se sentían hombres de su confianza, sólo después de Pedro- le dijeron, adelantándose a todos los demás: ‹‹Maestro, vamos a pedirte algo que no nos vas a negar, y que además te conviene para tus planes››.

 

– ‹‹¿Qué quieren que les conceda?››, les dijo Jesús, confiadamente, pues de verdad los estimaba.

 

– ‹‹Ahora que vas a manifestar tu goria en Jerusalén concédenos en tu gloria como rey que estemos los dos a tu lado, uno a tu derecha y otro a tu izquierda. Tú nos conoces y sabes que somos incondicionales tuyos y que puedes confiar en nosotros››.

 

Ahora Jesús era el sorprendido. ‹‹¿Qué se estaban pensando estos todavía?…››. ‹‹No, miren, -les dijo- de veras que no saben ni lo que están pidiendo. ¿Creen que podrían beber la copa que voy a beber o meterse en las aguas en que me voy a meter?››. Ya para este momento Jesús estaba hablando con un doble sentido, a ver si alguno de ellos captaba. Ellos por supuesto, pensaron en la copa de un banquete real o en una unción también real. Y le dijeron, sin haber entendido el fondo de lo que Jesús decía: ‹‹¡Claro que podemos!››.

 

Y Jesús volviendo a darle a sus palabras la densidad de ese doble sentido simbólico, les dijo: ‹‹Pues sí, les aseguro: siendo fieles a las tareas del Reino beberán de la copa que yo beberé, serán sumergidos en las aguas en que yo seré sumergido, pero sobre eso que me han pedido de sentarse a mi derecha o a mi izquierda, no me toca a mí determinarlo; el Padre mismo es quien lo determinará a su momento. Es para quienes El lo ha preparado››.

 

Para eso, ya los otros diez se habían dado cuenta de las ambiciones de Santiago y Juan y de cómo habían querido adelantárseles en las pretensiones que todos compartían. Muchas veces habían discutido sobre quién sería el segundo después de Jesús en el Reino de David que llegaba con él. Y todos se enojaron contra Santiago y Juan y comenzaron a reclamarles. Jesús cortó en seco la discusión y les dijo:

 

-‹‹Ustedes saben perfectamente que los que se supone que gobiernan a los pueblos lo que hacen es utilizarlos en favor de sus intereses y caprichos, y someterlos bajo su tiranía; vean también cómo los poderosos abusan de su poder y oprimen a los débiles. ¡Y son ustedes iguales que ellos!. Si realmente quieren cambiar las cosas, y preparar el camino al Reinado del Padre, todo tendrá que ser totalmente diferente entre ustedes. ¿Cuándo van a entender que el Reino del Padre no se impone por el poder, sino que se ofrece gratuitamente, y que busca cambiar esta historia construyendo la igualdad, el amor, la preocupación por los otros, el servicio a los despreciados, a los pobres?. El que quiera llegar a ser grande entre ustedes, que se distinga en servir; quien de entre ustedes quiera ser el primero, que se haga esclavo de todos y se ponga a sus pies; lo que han visto en mí que no fui enviado para que me sirvieran, sino para servir a todos dando la vida para liberarlos a todos, rescatándolos para la vida››.

 

Esa era la solución que Jesús ofrecía para superar lo diabólico de la ambición de poder, y para construir un mundo nuevo, en el que se supere la injusticia, causa de muerte para los pobres: ponerse al servicio de los últimos, de los despreciados, de los que sufren.

 

 

Un ciego proclama Mesías a Jesús,

ya cerca de Jerusalén (10, 46-52)

 

El camino que viene del norte hacia Jerusalén pasa por Jericó, la ciudad más antigua de Palestina. Había estado habitada ya desde 7.000 años atrás, y era de gran importancia para Jerusalén, porque allí vivían los sacerdotes y los levitas que servían en el Templo.

 

Jerusalén estaba a una jornada de camino (unos 30 Kms.). Y cuando salía hacia allá, acompañado por sus discípulos y mucha gente que lo seguía, y que iban también a celebrar la Pascua; saliendo de la ciudad se encontraron con un mendigo ciego, llamado Bartimeo (hijo de Timeo), sentado al lado del camino que iba a Jerusalén.

 

Le extrañó al ciego aquel percibir que pasaba tal cantidad de gente y preguntó qué era aquello. Le dijeron que era Jesús, el de Nazaret. Y entonces empezó a gritar con todas sus fuerzas: ‹‹Hijo de David, Jesús, apiádate de mí››. Por lo que había oído de él, era sin duda el Mesías esperado. Y tal vez él pudiera devolverle la vista.

 

La gente lo regañaba para que se callara; pero él gritaba todavía más fuerte: ‹‹Hijo de David, apiádate de mí››. Jesús lo oyó y se detuvo; y mandó que lo trajeran. Entonces la gente cambió de tono con él. ‹‹Animo, te está llamando, levántate››. El ciego arrojó su manto a un lado, y se le acercó casi corriendo. Jesús lo recibió y le preguntó qué quería que le hiciera. Claro que ya lo sabía, pero quería darle la oportunidad de enfrentar su fe, a ver si realmente creía que él pudiera darle la vista.

 

Esa era su petición: ‹‹Maestro: que vuelva a ver››. Aún recordaba con nostalgia sus primeros años, cuando tenía ese regalo maravilloso de Dios. Y luego, aquella enfermedad que nadie puedo detener: poco a poco se le fue nublando la mirada, ante la tristeza de sus padres, ante su propia desesperación. Y después, los años que habían transcurrido en soledad y en amargura, cuando todos lo fueron abandonando, como si fuera un maldito de Dios. Y ahora, la esperanza de nuevo anidaba en su corazón; más que la esperanza, la certeza. Y Jesús le dijo: ‹‹Anda, esa fe que tienes es lo que te da la vista››. Y volvió a ver. Y desde aquel momento su vida tuvo rumbo: decidió seguir a Jesús por el camino.

 

Si quieres entender lo que quiero decir, no se queden sólo en la curación, porque allí no está el mensaje que quiero darles. Me he servido de ese hecho como un pre-texto para que descubran lo que estaba pasando con los discípulos de Jesús: son como ciegos, que lo proclaman Mesías de acuerdo a sus expectativas. Acuérdense del primer ciego, el que curó en Betsaida: veía a medias, como ellos. A pesar de las instrucciones que les ha dado y de los criterios que les ha corregido, todavía no lo ven como lo que es en verdad. Pero también como este ciego, cuando vean quién es Jesús, se levantarán y lo seguirán por el camino. Y yo espero que pase lo mismo con todos los que lean lo que estoy escribiendo.

 

 

6

 

EL JUICIO DE JESUS CONTRA JERUSALEN.

ULTIMOS DIAS DE SU VIDA.

 

 

 

 

 

 

Ya en otras ocasiones Jesús había ido a Jerusalén. Yo les voy a narrar lo que sucedió en la última ida suya a la ciudad santa. Estando las cosas como estaban, los discípulos se habían dividido. Unos querían ir allá, porque, todavía sin entender la seriedad del momento, suponían que ya era el momento del triunfo; otros, en cambio, tenían miedo porque no preveían nada bueno de un posible enfrentamiento con los jefes judíos. Pero lo que sucedió no podía ni imaginárselo ninguno de ellos…

 

¿A qué iba Jesús a Jerusalén?. Quizá para entender esto necesiten ustedes algunos datos para situarse.

 

Era la semana de preparación de la Pascua, la fiesta de la liberación de Israel. Pero éramos un pueblo dominado en nuestra propia tierra, que nunca nos resignaríamos a tener otro Señor fuera de Dios. Todo el pueblo mantenía la esperanza del rescate de Dios, y muchos vivían a la búsqueda de señales del momento, para saber qué tocaría hacer y a quién seguir. Se esperaba que el Mesías se manifestara en Jerusalén, en el Templo, y reuniera a todo el pueblo para esa lucha definitiva que regresara a Israel su liberdad perdida.

 

Jerusalén tendría para entonces unos treinta mil habitantes; y lo peregrinos que iban cada año serían unas tres veces más, como unos cien mil. Era el momento más importante para la ciudad, desde el punto de vista religioso, pero también desde el punto de vista político (la confirmaba como centro del país) y económico (por la cantidad de dinero que entraba, por diezmos, por limosnas, por impuestos y por la compra de corderos para sacrificios y para la cena pascual). -Un cálculo muy conservador: por el impuesto de la didracma para el templo, que obligaba incluso a los judíos de diáspora, entraban a Jerusalén unos quince millones de denarios al año-.

 

Ya pueden ustedes ver la importancia que tenía el Templo para los habitantes de Jerusalén: era su motivo de orgullo, la clave de su identidad judía y la fuente de su economía: muchos vivían del comercio de animales para los sacrificios; otros (l8.000, decían algunos) trabajaban en la construcción, que aún seguía en tiempos de Jesús, otros trabajaban en el servicio del Templo (unos 7.000 sacerdotes, y unos 9.000 levitas, tal vez). Las cuatro principales familias sacerdotales (la de Anás, la de Boetos, la de Phiabi y la de Kamith), que se iban turnando en el ejercicio del sacerdocio, habían amasado sus grandes fortunas gracias al comercio del Templo. Y aunque habían perdido prestigio ante el pueblo, por la manera lujosa como vivían, por la colaboración que prestaban a Roma y por la manera como abusaban de la gente, sin embargo el papel que jugaban en el Templo era tan importante que mantenían sin dificultad su posición privilegiada.

 

El Templo era la síntesis de la historia de la elección del pueblo judío y clave para nuestra identidad como pueblo elegido. El primer Templo lo había construido Salomón hacía novecientos años. Cuando se separó el reino del norte, y Jeroboam edificó dos lugares de culto, para que los israelitas no añoraran el Templo, pareció resquebrajarse su importancia, pero la destrucción de Israel bajo los asirios fortaleció su primacía. Pero luego vino la catástrofe jamás pensada: la cautividad de Babilonia y la destrucción del Templo fue la prueba más fuerte que sufrió nuestra fe en Dios. Sin embargo apenas sesenta años después se inició la reconstrucción del Templo y, con él, también del pueblo.

 

Su época de mayor esplendor se inició cuando Herodes comenzó a reconstruirlo, unos quince años antes de que naciera Jesús. Era un proyecto que superaba en grandeza al Templo de Salomón y, por supuesto, al que se había reconstruido cuando el regreso de Babilonia, y que varias veces había sido destruido y reconstruido.

 

En el centro del Templo estaba el Santo de los Santos, el lugar interior donde estaba el Arca de la Alianza, las Tablas de la Ley y la presencia de Dios mismo; una enorme cortina pesada, hecha con pelo de camello, lo separaba de la recámara anterior, que era el Santo. La presencia de Yavé era la gloria de Israel y su distintivo entre las naciones.

 

Pero la santidad no toleraba la impureza; por eso ningún profano podía estar en presencia de Dios sin morir. Por eso ningún impuro podía entrar en ese lugar. Sólo el sumo sacerdote entraba, una vez al año, y revestido de todos sus ornamentos, para que Dios no lo matara. Ese privilegio era fuente de discriminación y separación del sacerdote y su familia respecto del pueblo, que no podía ser invitado a comer lo que tocaba al sacerdote como ofrenda sacrificial. Una de las contradicciones del momento era que los ornamentos los guardaba Roma, y se los prestaba al sumo sacerdote una vez al año para ese servicio sacro. Así que el acceso al Dios de Israel estaba también bajo dominio romano.

 

Ningún judío y menos si vivía en Jerusalén, se quedaría indiferente ante cualquier crítica o ataque al Templo. Vivían un conservadurismo nacido al mismo tiempo de su fe religiosa y de sus intereses económicos y políticos. Ya Pilato había tenido serias dificultades una vez que, por la noche, introdujo en él estandartes del Emperador con el águila romana. Igualmente cuando acuñó monedas con la imagen de un augur y de un vaso ritual romano.

 

En esta situación Jesús decidió ir a Jerusalén. Y seguirán preguntándose: ¿A qué iba?. ¿A celebrar la Pascua, y lo sorprendió la muerte?. ¿O fue una acción desesperada, casi suicida?. Hay quienes así lo han pensado. Pero nada de eso le hace justicia. Síganlo paso a paso y lo verán.

 

Era una decisión madurada largamente. Consciente de las expectativas mesiánicas falseadas que han surgido en torno a su práctica, ha intentado corregirlas, al menos entre sus discípulos, pero eso sólo creó una fuerte crisis en el grupo; las instrucciones que les dio no lograron quitarles su ceguera, y aún esperan un golpe de fuerza mesiánica que les reporte poder y gloria.

 

Las autoridades religiosas judías, responsables de la ortodoxia del culto y de la ley de la pureza, se daban cuenta perfecta de la amenaza que representaba la libertad de Jesús y la manera como antepone al hombre a la Ley. buscaron desautorizarlo, aunque inútilmente, satanizándolo allá arriba, en el norte, en territorio galileo. Mientras siguiera allá su influencia dañina sería muy limitada, y representaría un problema menor; al fin y al cabo los galileos siempre habían sido gente poco ortodoxa.

 

Jesús, por su parte, ve que la crítica que ha hecho del poder no ha bastado para cambiar la mentalidad de la gente; tampoco ha sido suficiente la denuncia que ha hecho en Galilea sobre la manera como las autoridades judías, con apariencias de respetabilidad, habían pervertido la idea de Dios, habían secuestrado al pueblo la esperanza, y negaban a los pobres, sus destinatarios por decisión de Papá-Dios mismo, la pertenencia al Reino. Por eso tendría que enfrentarse con ellos en el Centro mismo. Aquella fiesta de Pascua había sido escogida por él como marco solemne de lo que iba a hacer.

 

Muchos se habían decepcionado de Jesús, porque se enfrentaba directamente con Roma, el Imperio opresor que usurpaba el lugar de Dios, único rey del pueblo judío. Juan mismo, cuando aún vivía, se preguntaba desconcertado si sería el que había de venir o aún había que esperar a otro; porque no había en sus acciones nada que pareciera cambiar a fondo las cosas; sólo curaciones, comer con pecadores, predicar por allá, por Galilea, lejos del Centro, el lugar donde se tomaban las grandes decisiones.

 

Jesús tenía muy claras sus ideas. El dominio del Imperio romano era absolutamente inaceptable. Ante sus discípulos había expresado claramente su juicio respecto de los gobernantes: ‹‹Ustedes se dan cuenta de que los que pretenden gobernar a los pueblos se portan como tiranos y de que los poderosos los oprimen…››. Pero el problema fundamental estaba en el terreno religioso. La tarea más urgente era la de rehacer al pueblo, renovar a Israel, reunificarlo en torno al Padre.

 

La dominación romana caería por su propio peso cuando el Reino de Dios llegara; pero la manera como los jefes judíos habían metido en la gente del pueblo la idea de que no tenían nada que esperar de Dios, porque eran unos malditos, hacía que el pueblo fuera incapaz de aceptar la buena nueva de que el reinado de Dios llegaba precisamente para ellos.

 

El obstáculo principal eran, pues, las autoridades religiosas judías y el sistema que habían montado en torno al Templo. Habían hecho del pueblo de Dios un pueblo excluido sin identidad, sin esperanza, incapaz de pensar en un futuro mejor, incapaz de renovación.

 

Y decidió comenzar con tres acciones simbólicas, como las que en otro tiempo hicieron los profetas. Ese lenguaje sí lo entendería la gente.

 

-Para comprender lo que Jesús hizo, recuerden aquello de Jeremías, por ejemplo, cuando Yavé le mandó comprar una faja de lino y ceñirsela, y luego dejarla en una hendidura de las piedras junto al río; después de un tiempo la mandó recogerla, pero estaba podrida, no servía para nada. Y Dios le dijo: ‹‹así haré yo que se pudra la soberbia de Judá y el orgullo de Jerusalén›› (Jer 13, 1ss). O también cuando rompió aquel jarrón de barro y dijo al pueblo: Así dice Yavé: ‹‹Porque me han dejado a mí y han ofrecido incienso a dioses ajenos, llenando este lugar de sangre de inocentes, así romperé yo a este pueblo y a esta ciudad, como se rompe un cacharro de alfarero, sin que pueda volver a componerse›› (Jer 19)-.

 

 

Un Mesías que viene en un burro (11, 1-11)

 

¿Se imaginan ustedes que alguien con pretensiones de organizar una guera contra alguien tan poderoso como los romanos entrara en su ciudad?. Pues cuando se acercaban ya a Jerusalén, cerca de Betfagé y Betania, a unos 3 km de Jerusalén, junto al monte de los Olivos, llamó a dos de sus discípulos y les dice: ‹‹En el pueblo de enfrente se van a encontrar un burrito amarrado, que todavía nadie ha montado. Desátenlo y tráiganlo. Y si les preguntan que por qué hacen eso, sólo díganle que yo lo necesito y luego se lo regreso››.

 

Quizá era algo que Jesús había acordado previamente con el dueño de aquel animal, pero que no quería hacerlo muy público por lo arriesgado de lo que estaba preparando. El caso es que cuando ellos estaban desamarrando al burrito, se les acercaron unos a preguntarles qué estaban haciendo. Les explicaron lo que Jesús les había dicho, y entonces los dejaron. Y empezó a correrse la voz de que Jesús había llegado a Jerusalén.

 

En ese burrito iba a entrar a Jerusalén. Era la manera más clara de decirles: ‹‹No esperen de mí un mesías guerrero, al estilo de David; yo soy otra cosa››.

 

La gente seguía juntándose. Los que habían venido con él de Galilea echaron sus mantos sobre el burro y él se montó y echó a andar hacia la ciudad. El entusiasmo empezó a cundir. ‹‹¿No será el Mesías, que viene a manisfestarse en Jerusalén?››, se preguntaban. Y tendían sus mantos a su paso, y cortaron ramos de plantas y pronto aquello fue un solo grito que fue contagiando un deseo, casi una certeza: ‹‹¡Sálvanos, Rey bendito!. ¡Bendito el reino de nuestro Padre David, que nos viene en nombre del Señor!. ¡Sálvanos desde el cielo!››. La esperanza de liberación se hizo clamor popular, agitar de palmas, luz en los ojos, esperanza en el corazón.

 

Jesús sabía a qué iba. No tras la aclamación popular ni tras el poder político sino tras la verdad sobre el Templo. Y allá se fue directamente. La gente seguía gritando, tal vez ansiando la esperada manifestación mesiánica. El sólo miraba con atención todo alrededor: aquel mercado en que se había convertido el atrio de los gentiles, aquel subir y bajar animales para los sacrificios, las mesas de los que cambiaban dinero romano por dinero judío para pagar el tributo, -aunque en realidad no era dinero judío, sino una moneda idólatra, el denario de Tiro, que tenía la imagen del dios Melkart…- los sacerdotes que paseaban sus vistosos mantos por el atrio de los judíos… Todo igual que en otras ocasiones. Y sintió que le hervía la sangre por el celo de Dios, al ver cómo se había pervertido aquella casa de oración, que debía estar abierta a todos, pero se había convertido en lugar de privilegiados, que excluían al pueblo de la bendición y de la promesa.

 

Pero no era ya prudente hacer nada. Ya oscurecía, y Jesús decidió refugiarse en Betania, junto con los Doce, en casa de unos amigos. Tenía que medir bien sus acciones y las consecuencias de ellas, y no precipitarse. Estaba dispuesto a todo, pero no se iba a arriesgar imprudentemente.

 

 

El Templo, esa bella higuera estéril (11, 12-24)

 

Jesús no había podido dormir; se le había atravesado en el corazón lo que vio en el Templo. Recordaba aquellas palabras de Jeremías: ‹‹Ponte a la puerta del templo y pronuncia estas palabras y di: Oigan la palabra de Yavé todos los de Judá que entran por estas puertas para adorarlo. Así dice Yavé de los ejércitos, Dios de Israel. No se hagan ilusiones con razones falsas, repitiendo: ¡El Templo de Yavé, el Templo de Yavé, este es el Templo de Yavé!… Ustedes roban, matan, cometen aduterio, juran en falso, queman incienso a Baal, siguen a dioses extranjeros y desconocidos, ¡y después vienen a presentarse ante mí en este templo que lleva mi nombre y dicen: ‘Estamos salvados’, para seguir tranquilamente cometiendo sus abominaciones. ¿Creen que es una cueva de bandidos este templo que lleva mi nombre…?››.

 

Cueva de bandidos… Eso habían hecho de la casa del Padre. Pero seguía el oráculo de Jeremías: ‹‹Anden, vayan a mi templo de Siló, al que di mi nombre en otro tiempo, y miren lo que hice con él, por la maldad de Israel, mi pueblo. Pues por haber cometido tales acciones… porque les hablé sin cesar y no me escucharon, porque los llamé y no me respondieron, por eso trataré al templo que lleva mi nombre y en el que han puesto su confianza… igual que traté a Siló; y a ustedes los arrojaré de mi presencia…››.

 

De madrugada salieron de Betania; era el lunes. Rumbo a Jerusalén Jesús iba inquieto. Iba desazonado, con una sensación que no sabía definir; y, sobre todo, iba dándole vueltas a lo que pensaba hacer, y que no había comentado con ninguno de sus discípulos. ¿No sería demasiado riesgo?. ¿Cómo reaccionaría la gente de Jerusalén?. ¿Y los sacerdotes, los comerciantes, los escribas?.

 

No había comido y tenía hambre. Era la ocasión de hacer otra acción simbólica de tipo profético. Vio una higuera, (el árbol en que tantas veces simbolizaron los profetas al pueblo de Israel) llena de hojas y, aunque no era tiempo de higos, fue a buscar alguno para comer. Claro, lo único que encontró fueron hojas. Y Jesús, frente a sus discípulos que lo estaban viendo y oyendo, maldijo la higuera: ‹‹¡Nunca jamás volverá nadie a comer frutos de ti!››.

 

No era un capricho; era un símbolo de lo que ahora iba a hacer, también al estilo de los profetas. Llegaron a Jerusalén y, en cuanto entró al Templo, comenzó a echar fuera a todos los que vendían animales, junto con los que compraban; y volcó las mesas de los que cambiaban dinero judío por romano, y tiró los puestos de los que vendían palomas para los sacrificios de purificación de los pobres, y no permitió que nadie más atravesara el Templo cargando leña, animales, pieles, nada. Era como una toma del Templo.

 

Jesús paralizó todas las actividades del que era el corazón del sistema religioso, convertido en el gran negocio: interrumpe el culto, los trabajos de la reconstrucción, que aún seguía, y toda la actividad económica que allí tenía su sede. Era tal su decisión y la fuerza de su mirada que nadie se atrevía ni siquiera a reclamarle. Y una vez pasado el primer momento de sorpresa, cuando se fue calmando el griterío que suscitó su acción, comenzó a explicarles: ‹‹Mi Padre tenía una casa para que cualquiera de sus hijos, de cualquier nación que fuera, viniera a hablar con El; pero ustedes han aislado a Dios en una celda y prohiben a sus hijos que se acerquen al El, bajo pena de muerte; han inventado tantas ocasiones de pecado y tantas leyes de purificación y tantas necesidades de sacrificios que se han hecho indispensables para tratar con él. Se han apoderado de ella y cobran la entrada. La han convertido en cuerva de salteadores en la que ustedes tienden sus emboscadas para asaltar a los pobres que vienen a hablar con su Dios››. (No les dijo simplemente ‘ladrones’, sino ‘salteadores’, ‘bandoleros’, gente que ejerce la violencia para robar. Hubo una época en que las palomas para los sacrificios de los pobres llegaron a venderse en cincuenta denarios de plata, o sea, lo equivalente al salario de cincuenta días…).

 

También los esenios estaban en contra de la administración del Templo, que debía ser purificado. Jesús estaba desenmascarando directamente a los sacerdotes y a los comerciantes. Jesús iba más allá : no buscaba su purificación, después de la cuál pudiera servir nuevamente al culto de Dios de manera recta; lo estaba declarando inútil, estéril. Esa cueva de salteadores era un bello edificio, pero había perdido su sentido y ya ‹‹nadie más debía buscar en él frutos de vida››.

 

Los discípulos lo miraban asombrados. Nadie podía imaginarse que el Mesías viniera a anunciar la muerte del Templo, orgullo y centro de la vida judía. ¿No se daba cuenta de que ahora sí estaba pisando el terreno más peligroso que jamás había pisado?. Todos los otros choques que había tenido con los escribas y fariseos de Galilea no eran nada comparado con lo de este momento. Estaba minando los cimientos mismos de la identidad judía.

 

Los sumos sacerdotes y los escribas lo estaban oyendo, ocultos entre la gente, y andaban buscando cómo acabar con él. Pero le tenían miedo, porque toda la gente se había quedado muy impactada por lo que acababa de hacer; nadie se había atrevido a desenmascarar la explotación que se ocultaba bajo el velo de religión; nadie había salido de esa manera al rescate de Dios y de su gloria; nadie había hablado así de los derechos del pueblo a la cercanía del Padre.

 

Y cuando ya estaba oscureciendo, Jesús salió de la ciudad y se fue nuevamente a Betania. Todos iban callados; tampoco ellos se atrevían a preguntarle nada. Pero sentían que se estaban metiendo en la boca del lobo.

 

Llegó el martes. Y muy de mañana -porque quería llegar pronto al Templo- pasaron otra vez cerca de la higuera del día anterior. Se había secado desde la raíz. ‹‹¡Oye, Jesús, -le dijo Pedro-, la higuera que maldijiste ayer está totalmente seca!››.

 

Y le dijo Jesús: ‹‹No es la higuera; es el Templo lo que está seco. Ustedes tienen miedo ante lo que he venido a hacer. Les parece una pretensión absurda la que me ha traído acá. Porque no tienen fe. Si la tuvieran, le dirían al Monte ese de Sión ‘¡arráncate y arrójate al mar!’, y le dirían al Sistema religioso ese, que ha pervertido el nombre de Dios, ‘¡estás acabado!’, y así sucederá, con tal de que no duden en su corazón. Lo que está en juego en esta acción que realicé contra el Templo es el nombre del Padre, traicionado por los que se han pretendido apoderar de él. Todo ese sistema que está fundado en él ya no da vida sino muerte, y tiene que ser destruido. El Padre no está encerrado en el Templo, ni es el acercarse a El lo que da muerte al hombre; es más bien la lejanía de El que hace al hombre morir. No son sacrificios de animales lo que El quiere, sino que el pobre viva. Tal como lo dijo Jeremías: ‘Cuando saqué a sus padres de Egipto no les ordené ni hablé de holocaustos y sacrificios; esa fue la orden que les di’: ‘Obedézcanme y yo seré su Dios y ustedes serán mi pueblo; caminen por el camino que les señalo y les irá bien’. Y también decía de parte de Dios: ‘Si enmiendan su conducta y sus acciones, si juzgan rectamente los pleitos, si no explotan al emigrante, al huérfano y a la viuda, si no derraman sangre inocente en este lugar, si no siguen a dioses extranjeros, para su mal’, entonces habitaré con ustedes en este lugar, en la tierra que di a sus padres desde antiguo y para siempre››.

 

Era su fe lo que lo llevaba a enfrentarse con el Centro judío, a desenmascararlo, para alertar al pueblo del peligroso engaño que encerraba: daba un culto que no era el que Dios quería, y a un Dios que no existía; creaba una sociedad de desiguales (de excluyentes y excluidos); daba a los sacerdotes un lugar que no les tocaba e impedía a los pobres la entrada al Reino que les pertenecía. Desde aquella primera experiencia del Padre, su fe, aquilatada en la oración, era la luz que iluminaba todas sus acciones. Y desde ella había juzgado al Templo como camino que ya no llevaba hacia Dios, y que sería destruido. (Esto sería una de las acusaciones que sacarían contra él para condenarlo a muerte).

 

(Y a propósito de la oración, me acuerdo de una frase de Jesús, que no quiero que se olvide. Decía: ‹‹Y cuando estén de pie orando, si tienen algo contra alguno, perdónenlo, para que también su Padre de los cielos les perdone sus pecados››).

 

 

Reclamaciones y amenazas.

Un Sanhedrín sin autoridad (11, 27-12, 12)

 

Y así llegaron a Jerusalén nuevamente. Como el día anterior, Jesús anduvo yendo y viniendo por todo el Templo. En cuanto de él dependiera el Templo estaba acabado.

 

Pero los sumos sacerdotes y los escribas y los ancianos se habían pasado la noche planeando lo que harían , para no dejar así las cosas. Estaba en juego su autoridad, puesta en entredicho por la acción de Jesús. Y estaban en juego sus intereses económicos. Y, por supuesto, también el asunto del culto a Dios y de la Ley. Y comenzó una situación de controversia que iría cerrando cada vez más la pinza en torno a Jesús.

 

La primera reclamación es sobre el asunto de la autoridad. ¿Recuerdan que así habían comenzado las dificultades para Jesús, cuando la gente de Cafarnaum decía que su enseñanza era nueva, con autoridad, no como la de los escribas?. Ahora de eso le piden cuentas: ‹‹¿Con qué autoridad haces esas cosas?. ¿Quién te dio autoridad para actuar así?››. Dos preguntas, que sólo quien piensa tener el monopolio de la autoridad puede hacer: qué autoridad tienes, y quién te la dio (dado que no te la hemos dado nosotros).

 

Tienen razón. Ellos son los responsables de la ortodoxia, y lo que Jesús hace se sale de los cauces ordinarios. Aunque muchos piensan que es un profeta, los profetas siempre han sido un problema; y toda enseñanza pública debe ser regulada por aquellos a quienes Dios constituyó como maestros. Si no hubiera quien normara la enseñanza de la fe, todo sería en breve una pura anarquía perjudicial para el pueblo sencillo. Todo debe ajustarse a lo que siempre se ha enseñado. Tienen, pues, no sólo el derecho, sino la obligación de pedirle cuentas a Jesús por ese ‘magisterio ilegal’, que ejerce sin autorización oficial.

 

Pero Jesús había determinado desenmascarar sin miramientos la hipocresía de los maestros de la Ley, y que se atribuían el monopolio y el dominio sobre el acceso a Dios y sobre Dios mismo. Y les contestó con otra pregunta: ‹‹Les voy a preguntar una cosa nada más y, si me contestan, les diré con qué autoridad hago lo que hago. Es sobre el bautismo de Juan. ¿Era cosa del cielo o cosa puramente humana?. Respóndanme››.

 

Se quedaron callados, pensando qué le dirían. Decir que era ‘del cielo’, es decir, que venía de Dios, era reconocer que era posible que alguien actuara en nombre de Dios sin necesidad de un reconocimiento oficial de ellos, incluso aun cuando ellos se opusieran; sería reconocer una instancia superior de autoridad que escapaba a su control. Y Jesús seguramente les reclamaría, en ese caso, por qué no le creyeron. Más aún: sería reconocer que el Templo y los sacrificios ya no eran necesarios para el perdón de los pecados y para acercarse a Dios, puesto que Juan ofrecía eso mediante el bautismo; y ellos mismos tampoco eran necesarios como puente entre los hombres y Dios. Y por tanto, Jesús tendría razón en esa acción profética contra el Templo. Pero decir que era un mero invento humano… La verdad era que le tenían miedo al pueblo, porque todos pensaban que Juan había sido realmente un profeta que actuaba movido por Dios.

 

Entonces le dijeron: ‹‹No; realmente no sabríamos qué contestarte››. Y Jesús les dijo: ‹‹Si ustedes se cierran de esa manera a las evidencias de la acción de Dios, es inútil que yo quiera explicarles nada; no podrán reconocer las señales de Dios en mis acciones; y si no pueden discernir lo que es de Dios, no tienen capacidad ni derecho de juzgarme o pedirme cuentas. No los reconozco como maestros de Israel. Por eso no les diré en nombre de quién hago esto. Porque no lo conocen››.

 

Y todavía fue más allá. Dejó en claro que la ortodoxia más piadosa, si se cierra a la posibilidad de que Dios hable por otros canales que los suyos, corre el riesgo (y cae en él con frecuencia) de convertirse en homicida, matando en nombre de Dios; matando incluso al enviado de Dios, a su hijo amado. Si de algo estaba seguro Jesús era de que Dios lo amaba. Y les dijo una parábola:

 

‹‹Un hombre plantó una viña, la rodeó con una cerca, excavó un lagar, para hacer el vino, y edificó una torre de vigilancia; la rentó a unos labriegos y se regresó a su ciudad, que quedaba lejos de ahí.

 

Llegado el tiempo de la vendimia envió a uno de sus trabajadores para que los labriegos le dieran la parte de cosecha que le tocaba; pero estos lo maltrataron y lo regresaron con las manos vacías. Se extrañó el dueño, pero todavía les envió a otro; a ese no sólo lo maltrataron, sino que le dieron de golpes en la cabeza y lo ultrajaron. Y les envió a otro, y a ese lo mataron. Y les envió a muchos otros, de los cuáles a unos se los hieren y a otros se los matan.

 

Ya no sabía qué hacer aquel hombre. Tenía todavía una posibilidad: enviarles a su hijo amado; y lo mandó ya como el último enviado, diciéndose: ‘A él lo van a respetar’. Pero nada. Los labriegos se dijeron: ‘Este es el heredero; vamos a matarlo y la viña será nuestra herencia’. Y lo apresaron, lo mataron y echaron su cuerpo fuera de la viña.

 

¿Qué harían ustedes si fueran ese hombre, dueño de la viña?. Seguro que irían allá y darían muerte a los labriegos, y la viña la entregarían otros.

 

¡Si ustedes se abrieran al menos para entender aquello que está escrito: ‘La piedra que los constructores despreciaron se ha convertido en piedra fundamental de la construcción; eso ha sido la obra admirable que el Señor ha hecho delante de nosotros!››.

 

¡Claro que se dieron cuenta de que la parábola aquella había dicho por ellos!. No eran tontos como para no ver que los estaba retratando en aquel ejemplo. Pero no hay peor ciego que el que no quiere ver. Algunos de ellos querían ya allí mismo detenerlo por la fuerza pero se lo impidió el miedo que le tenían a la gente. Y optaron por retirarse, dejándolo solo en el Templo… hasta que llegara una oportunidad mejor.

 

Fíjense cómo el entender lo que Jesús dice o quiere no basta para seguirlo; a ellos los llevó a perseguirlo.

 

 

Dios o el César.

La hipocrecía de fariseos y herodianos (12, 13-17)

 

El Centro judío había decidido no darle cuartel a Jesús. Y enviaron a unos de los fariseos y a unos de los herodianos a ponerle una trampa. Se trataba de pescarlo en alguna afirmación que lo comprometiera y de restarle popularidad. Y ¿qué mejor que el asunto del pago del impuesto a Roma?. No tendría escapatoria. O se echaba encima al pueblo que le volvería la espalda y les dejaría el camino libre para eliminarlo, o se echaba encima a Roma, con lo cual ni siquiera tendrían que preocuparse ellos por eliminarlo.

 

Y buscando comprometerlo desde el principio le dijeron: ‹‹Maestro, tienes fama bien ganada de ser muy libre en tus opiniones, porque buscas sólo la verdad y no el quedar bien con nadie; porque se dice que tú enseñas el camino de Dios. Roma nos exige el pago de un tributo, y queremos preguntarte dos cosas: ¿Es lícito pagar el tributo al César?. ¿Pagamos o no pagamos?››.

 

Le estaban planteando un problema candente, ante el que nosotros, los judíos, éramos sumamente sensibles; y le hicieron una doble pregunta; una era ética, sobre la licitud de ese pago, y la otra era política: ¿pagamos o nos declaramos en resistencia y no pagamos?.

 

Jesús se acordaba del levantamiento de Judas el Galileo en Séforis, ciudad que estaba a escasos cinco Kms. de Nazaret. El tendría entonces unos doce años. La revuelta había tenido como motivo este mismo asunto del impuesto romano, por el que el Imperio recibía una cantidad anual de 600 talentos, (o seis millones de denarios, moneda equivalente al salario de un día). Judea tenía que pagar además distintos impuestos: el tributo por el uso de la tierra y el tributo por cabeza, además de los derechos de aduana y los impuestos sobre ventas. Y para el cobro de impuestos contaba el Imperio con la colaboración de judíos que se encargaban de eso, y se enriquecían cobrando de más: los odiosos publicanos (o encargados del públicum, que era el impuesto).

 

Los argumentos de Judas seguían siendo válidos para un judío: la tierra pertenecía sólo a Dios, y Roma no tenía ningún derecho a cobrar impuestos por su uso; pagar el tributo suponía aceptar como legítimo el dominio romano.

 

La respuesta de Roma fue tremenda: el alzamiento fue ahogado en sangre y los habitantes de Séforis fueron vendidos como esclavos. Después de aquello Séforis se convirtió en un enclave romano en Galilea, totalmente dócil al Imperio.

 

Y ahora Jesús era requerido mañosamente a pronunciarse sobre el mismo asunto. Eran unos hipócritas, tanto los herodianos como los fariseos. Los primeros vivían de los impuestos que Herodes cobraba del pueblo; los sacerdotes habían aceptado la situación de dominación, y gozaban de amplios privilegios de parte de los romanos; incluso los fariseos la toleraban sin problema.

 

Jesús los encaró: ‹‹Hipócritas, lo que buscan no es la verdad, sino comprometerme públicamente. Pero está bien: traigan un denario para verlo. Yo no traigo ninguno››. Se lo trajeron, y les preguntó: ‹‹¿De quién es esta imagen y esta inscripción?››.

 

Pilato había acuñado moneda romana con la imagen del César y una inscripción que decía Tiberius Caesar, Divi Augusti filius, (Tiberio César, hijo del divino Augusto) y formaba parte del culto dado al Emperador como dios.

 

Con esa pregunta Jesús estaba situando el problema en su verdadera dimensión; no era cuestión sólo ética, ni menos política, sino religiosa. Cualquiera de nosotros, judíos, inmediatamente recordaba el segundo mandamiento de la Ley de Dios: ‹‹No te harás ídolos: figura alguna de lo que hay arriba en el cielo, abajo en la tierra o en el agua debajo de la tierra. No te postrarás ante ellos, ni les darás culto, porque yo, el Señor, tu Dios, soy un Dios celoso…››. Pagar o no pagar dependía, pues, de en qué Dios se creía y a quién se quería servir, no de quién era el tirano en turno. Y por eso contestó, pero en un lenguaje cifrado, para protegerse: ‹‹Al César lo del César y a Dios lo de Dios››. O sea: ‹‹Que el César se lleve esta moneda, este ídolo que mancha nuestra tierra santa, y que le dé a Dios lo que le pertenece, el dominio sobre el pueblo, que él injustamente retiene bajo su poder››. Devolver al César el dinero que era símbolo de la dominación colonial, era una ruptura de relaciones; implicaba no aceptar su dominio.

 

He sabido que algunos han querido interpretar estas palabras de Jesús como si él estuviera aprobando el pago del impuesto al César. El nunca dijo: ‹‹Paguen el tributo››. Y no por no caer en impopularidad; para él sólo el Padre era rey y vivía en función de que reinara sobre el Israel reunificado. Por eso convertir a Jesús en guardián de los intereses del César es la traición más grande que se le podría hacer. Prueba de que así pensaba fue la reacción de la gente del pueblo, que entendió perfectamente, y se quedó maravillada al ver cómo respondía escapando de la trampa que le habían puesto. Y los romanos, en cambio, que no comprendían el trasfondo judío, no encontraron nada malo en su respuesta. Sin embargo, esa sería una de las acusaciones que más tarde sacarían los jefes judíos en su contra: que prohibía el pago del impuesto. Señal de que su mensaje había sido muy claro para quien tenía oídos dispuestos para oír.

 

 

¿Resurrección como retorno?.

Los saduceos sin camino (12, 18-27)

 

Los saduceos eran lo más conservadores entre los judíos. Pero sólo en sus ideas, no en su conducta. Tenían como revelados por Dios sólo los primeros cinco libros de la Biblia, los atribuidos a Moisés. Los profetas, los escritos apocalípticos, todo lo referente por tanto al Reino de Dios, a las exigencias de cambio en la historia, a la otra vida, lo consideraban ideas ‘liberacionistas’ de resentidos sociales. No había otra vida que esperar que la actual, y en esta ellos eran los privilegiados.

 

A esa manera de pensar pertenecían las familias sacerdotales principales, los ancianos, o sea, los jefes de las familias ‘bonitas’, y tenían sus propios escribas que, aunque no eran los más prestigiados, les ayudaban a ‘fundamentar’ teológicamente sus aspiraciones a una buena vida. Las riquezas y el poder que tenían eran muestra de que eran los preferidos de Dios. No necesitaban esperar otra vida. Gracias a eso mantenían una posición cómoda: por un lado, la apariencia de piedad; por otro, un tren de vida de acuerdo a las costumbres paganizantes de los romanos, sus amigos, de quienes recibían privilegios y concesiones que agrandaban sus fortunas.

 

Los fariseos eran lo opuesto a ellos, tanto en sus esperanzas como en su estilo de vida austero y apegado a la ley de la pureza. Una de las convicciones que tenían más firmemente arraigada era la fe en la resurrección, que los saduceos rechazaban abiertamente, por lo que les expuse arriba. Pero muchos concebían la resurrección como la mera continuación de la vida terrena, sólo que para siempre.

 

Y se acercaron a Jesús unos saduceos y, pretendiendo enredarlo, le pusieron un caso que no era real, como muchísimas de sus discusiones de teología, que eran sobre casos ficticios. Y le dijeron: ‹‹Maestro: Moisés nos mandó que, si un hombre moría sin haber tenido hijos, su hermano mayor tomara a la viuda como mujer, y pondrá al hijo que tengan el nombre del hermano muerto, para que no desaparezca el nombre de su hermano, y lo libre así de la ignominia de no haber tenido descendencia. Suponte este caso: ‹‹Había siete hermanos. El primero se casó, y se murió sin haber tenido hijos con su mujer. Entonces el segundo en cumplimiento de la ley de Moisés tomó a la viuda como mujer, pero también murió sin tener descendencia; y lo mismo el tercero, y luego los demás, y ninguno de los siete tuvo familia con ella. Por último se murió también la mujer. ¿Te imaginas lo que pasará cuando resuciten?. ¿De quién va a ser mujer?. Porque los siete la tuvieron como mujer››.

 

Jesús ya no estaba para contemplaciones. El último servicio que estaba haciendo a la causa del Reino, y en lo que se jugaba la vida, era desenmascarar las intenciones torcidas de los del Centro judío. Había declarado a los de Sanhedrín incompetentes para decidir si tenía o no autoridad para hacer lo que hacía; a los fariseos y a los herodianos los había tachado de hipócritas, al mismo tiempo que declaraba que el Imperio romano debía dejar a Dios el lugar de rey; ahora se enfrentó con los saduceos y dejó en claro ante todos la incompetencia que tenían incluso en aquello que consideraban su especialidad: la ley de Moisés.

 

Y les dijo: ‹‹Es el colmo que anden tan fuera del camino de Dios y ni siquiera se den cuenta de que es precisamente porque no conocen ni comprenden las Escrituras ni la fuerza de Dios. Se imaginan que el Reino es este mismo mundo, nada más que para siempre. Pero será totalmente diferente. Allí no habrá, por ejemplo, matrimonio, relaciones entre hombre y mujer, otros hijos, sino que será una vida dominada por el espíritu, no por la carne. Pero lo que a ustedes les hace problema es eso de la resurrección de los muertos, porque, según ustedes, son doctrinas de hombres. ¿Es que no han leído siquiera el pasaje central del libro de Moisés, el de la Zarza, donde Dios le habla y le dice: ‘Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob’?. ¿Qué significa eso si no que es Dios de vivos, no de muertos?. De veras que andan totalmente fuera del camino››.

 

Dios es un Dios de vivos, que ha confirmado en la vida a Abraham, Isaac y Jacob; pero ellos no creen en su poder de resucitar de la muerte. Y por eso, porque no tienen ni idea de quién es el verdadero Dios, ni aceptan su Reinado, no tienen derecho ni autoridad para juzgar la práctica de Jesús; sus intereses prejuician su interpretación de la Escritura y eso los ha extraviado y les ha hecho perder el camino.

 

 

Jesús, el hombre que cree en Dios (12, 28-34)

 

Había allí un escriba que había oído la manera como discutía con ellos, ya apreció lo bien que les había respondido; era un escriba fariseo, que creía en la resurrección. Y, además, era un hombre abierto, que se acercó a Jesús no en plan de ponerle trampas, sino de buena fe. Y le planteó algo que le inquietaba, no una mera discusión teórica. ‹‹Maestro -le dijo- ¿cuál es para ti el primero y más importante de los mandamientos?››. La pregunta no era fácil, pues los fariseos, en su deseo de cumplir totalmente la voluntad de Dios, la habían concretado en seiscientos trece mandamientos, de los cuales hay 248 preceptos y 365 prohibiciones. Pensaban que no todos tenían la misma importancia, pero no se ponían de acuerdo a la hora de determinar cuál era el más importante para Dios. Para unos era el guardar el sábado, para otros, el ayuno, para otros, el pago del diezmo.

 

Jesús le respondió con la confesión de fe judía más ortodoxa y tradicional, la que está en el libro del Deuteronomio: ‹‹Escucha, Israel: el Señor, nuestro Dios, es el único Señor, y amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas››. Pero luego Jesús citó otra fórmula muy antigua, del libro del Levítico, que para él tenía la misma importancia que la anterior: ‹‹y el segundo es este: ‘Amarás a tu prójimo como a ti mismo’. No existe otro mandamiento mayor que estos››. Había tomado posición pública en este punto tan importante para la fe judía.

 

Y aquel maestro le dijo: ‹‹Tienes razón, Maestro, al decir que El es el único y que no hay otro fuera de El, y amarle con todo el corazón, con toda la inteligencia y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a sí mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios››. Había entendido la razón más honda de todo lo que Jesús hacía: el amor a Dios y el amor al hombre, como una unidad inseparable y como camino a Dios más seguro que todas las prácticas rituales y todos los sacrificios que se hacían en el Templo. Había entendido el núcleo del conflicto que tenía con las autoridades judías, que daban más importancia a las prácticas religiosas que al compromiso con la vida, al culto que a la misericordia y la justicia. Había comprendido que el Dios del que Jesús hablaba era otro Dios, el Padre, al que le importa más la vida de sus hijos que los sacrificios o los ayunos o las oraciones rituales. Y al manifestar su acuerdo estaba confirmando la ortodoxia de Jesús, el excomulgado, el satanizado, el perseguido, el excluido, y diciendo que su fe en Dios era la fe verdadera. Eso mismo habrían podido ver los escribas y fariseos, si no estuvieran ciegos.

 

Y Jesús, viendo la calidad de aquel hombre y el buen sentido que mostraba con aquella respuesta le dijo: ‹‹Y tú también estás muy cerca del Reino de Dios››. Estaba cerca porque había aceptado el reto que planteaba la respuesta de Jesús: el reto de lo ilimitado del amor. Las leyes nos marcan los límites mínimos y, por eso, dan seguridad. Un niño necesita que le digan claro qué puede y qué no puede hacer. Pero cuando se es adulto, uno mismo es quien decide, desde lo profundo de su conciencia y de su libertad y amor, qué puede o no hacer. Los fariseos preferían la ley a la responsabilidad de la conciencia. Por eso sus 613 mandamientos, en cuyo cumplimiento se sentían seguros. Pero no sabían qué hacer cuando se encontraban con que las exigencias del amor nunca terminaban.

 

Tal vez por eso, porque intuyeron en aquella respuesta de Jesús un camino de compromiso, a partir de aquello la gente ya no se atrevió a hacerle más preguntas.

 

 

Los escribas están equivocados en su modo de pensar y actuar (12, 35-40)

 

Pero Jesús sabía que aún había muchas preguntas; una de ellas era seguramente sobre si iba por el poder o no; un poder que entendían al estilo del rey David. Los escribas fariseos enseñaban que el Mesías futuro vendría triunfante, a instaurar el reinado nacionalista de Israel sobre las naciones.

 

Y no era eso lo que podían esperar de Jesús; eso era lo que había querido corregir desde su entrada misma a Jerusalén en un burrito. Por eso, contestando a las preguntas que quedaban, le dijo a la gente: ‹‹¿Por qué andan diciendo los escribas que el Mesías es sucesor de David y, como él, un rey que dominará con el poder?. El Mesías no es sucesor de David, sino su Señor. Es algo que David mismo reconoció, movido por el Espíritu de Dios en aquel salmo en que decía: ‘Dijo el Señor a mi Señor: siéntate a mi derecha hasta que ponga a tus enemigos como estrado de tus pies’. Fíjense que el mismo David le está llamando Señor al Mesías; no es, pues, su hijo, ni un continuador de su obra de dominación, sino que trae otra tarea, porque el Reino del Padre es bien diferente al Reino de Israel.

 

A la gente le gustaba cómo hablaba y le oían con gusto. Ya desde el comienzo la gente había podido apreciar la diferencia que había entre su forma de hablar, con autoridad, y la de los escribas, rutinaria, sin novedad, que no le ofrecía nada bueno al pueblo.

 

Y Jesús, decidido a prevenir al pueblo contra el daño que podían hacerles los escribas, no sólo con su teología sino con su práctica, y les advirtió: ‹‹Cuídense mucho de los escribas, esos que les gusta pasearse luciendo grandes mantos y ropajes ampulosos, como si eso los hiciera más importantes, esos que ansían que la gente los reconozca y salude en las plazas, esos que en cuanto llegan a la sinagoga se van tras los primeros lugares y que buscan a toda costa que les den los puestos de privilegio en los banquetes. Y ¡ojalá sólo eso hicieran!; lo peor es que abusan del dolor de las viudas y de su situación de desprotección; las convencen de que Dios no las quiere y que lo que les ha venido es un castigo por sus pecados, y con pretexto de largas oraciones de intercesión por ellas, devoran los bienes de las viudas y de sus hijos. Esos tales tendrán un castigo terrible por su soberbia, por su injusticia, por la opresión que hacen amparados en falsos motivos religiosos, y por el falso testimonio que dan del Padre, presentándolo como un Dios duro que rechaza a los que sufren››.

 

 

Dios, la viuda pobre y los ricos (12, 41-44)

 

Luego de aquello Jesús fue y se sentó enfrente del lugar del Tesoro, donde la gente depositaba sus limosnas, y se dedicó a observar cómo iban echando el dinero en la caja. ¿No lo han hecho ustedes nunca?. Es bien interesante, porque se retrata el modo de ser de las personas. Muchos ricos echaban mucho, y se veía su cara de satisfacción al hacerlo. Y entre la gente se acercó, tímida, una viuda pobre y echó unas moneditas insignificantes, de muy poco valor; unos centavos.

 

Jesús llamó a sus discípulos y les dijo: ‹‹Se fijaron?. ¿Quién de todos esos creen que echó más?. Les aseguro que esa viuda pobre es la que echó más que nadie. Y es que todos los ricos que vieron echar en abundancia han dado las sobras, lo que ya no necesitan; en cambio ella ha echado de lo que le hace falta para el diario; ha echado todo lo que tenía para vivir››.

 

Alguno dirá: ‹‹Es un mundo al revés este de Jesús››. Yo más bien diría ‹‹al derecho››. Es el mundo tal como Dios lo ve; donde no cuenta la cantidad sino la calidad; donde la gente vale por lo que es, no por lo que tiene o por lo que pretende valer; un mundo que no se compra con sobornos, en el que nadie domina sobre nadie, ni hay quien explote a otro. Es el Reino, que empezó con él.

 

 

Este Templo ya no tiene sentido; será destruido (13, 1-2)

 

Salió Jesús del Templo, ya para siempre. Jamás volvería a él. Después entenderíamos que con aquello empezaba lo que habían anunciado los profetas: Dios retiraba su presencia de aquel que era tenido por el lugar sagrado. ‹‹Vayan a ver cómo está Siló, mi lugar en otro tiempo, donde estuvo mi nombre aposentado en la antigüedad, y vean lo que hice con él ante la maldad de mi pueblo de Israel. Y ahora, porque no me han oído a pesar de haberles hablado con frecuencia, y porque no me respondieron cuando los llamé, yo haré con la Casa que lleva mi nombre lo mismo que hice con Siló… y a ustedes los echaré de mi presencia, como eché fuera a sus hermanos, los descendientes de Efraím, las tribus del reino del norte››; así había hablado Jeremías.

 

Pero por entonces aún no comprendían los discípulos. Y cuando iban saliendo, le dice uno, que aún venía contemplando el impresionante edificio que aún estaba en construcción: ‹‹Maestro: ¡Ve las piedras y qué construcción tan bella para nuestro Dios!››. En efecto: eran impresionantes los enormes bloques de piedra que lo componían. Jesús le dijo algo que no se esperaban: ‹‹¿Verdad que son impresionantes por su enormidad y belleza?. Pues así como las ven, no quedará piedra sobre piedra, porque va a ser destruido de raíz…››. Jesús había emplazado al Templo a juicio, y ahora lo concluía. No quedará piedra sobre piedra. La higuera llena de follaje pero sin frutos era el símbolo de aquel Templo, en otro tiempo con vida; ahora se había secado y ya no daba vida. Por eso sería destruido. Jesús no había buscado purificar el Templo, sino denunciar sus esterilidad e iniciar el éxodo que nos llevaría a sus seguidores después a abandonarlo también en busca de la verdadera vida, del verdadero culto, del verdadero Dios.

 

 

Ante el final: advertencias a los discípulos

(13, 3-37)

 

Ya estaba cerca el final. Jesús había abandonado el Templo a su suerte. Bajaron el torrente Cedrón, saliendo por la Puerta Dorada y subieron al montecillo de los Olivos, que estaba enfrente, a escasos veinte minutos, y que tiene casi la misma altura que el Monte Sión, el del Templo. Se sentó, pues, enfrente, de cara al Templo, solo, a un lado de sus discípulos, a contemplarlo. Dentro de su corazón bullían mil sentimientos. ¿Qué es propiamente lo que irá a pasar?. ¿Es realmente momento de cruz?. ¿O toca seguir todavía manteniendo precauciones?. ¿Hasta cuándo?. El Reino va a llegar en poder, pero ¿cómo?. Y pensaba en sus discípulos, y en las reacciones que habían tenido al entrar en Jerusalén, y la fascinación que sentían aún ante el Templo: ¿Cómo irán a reaccionar en el momento en que afronte finalmente la muerte?.

 

En eso se le acercan los tres, Pedro, Juan y Santiago, y a solas con él le preguntaron: ‹‹Acláranos algo. Tú hablaste de que el Templo va a ser destruído. Eso significa que el final de todo se acerca ya. ¿Cuándo va a ser esa destrucción?. ¿Y qué señales van a preceden el fin del mundo?››.

 

Pensaban que, acabándose el Templo se acabaría Israel y con él, se acabaría todo el sistema edificado en torno a él. No habían entendido aún que lo que buscaba Jesús era reunificar y congregar al Israel renovado en torno al Padre, al margen del Sistema, y que al llegar su Reino se transformarían las relaciones entre los hombres haciendo una historia humana de amor, de libertad, de justicia, y que ellos jugarían un papel fundamental en esa reconstrucción de la humanidad nueva. Pero eso no se iba a dar sin la persecución, el sufrimiento, la muerte. Y para ayudarles a comprender lo que iba a suceder en la historia, comenzó:

 

‹‹No se confundan, y pongan cada cosa en su lugar. Una cosa es lo que va a pasar con Israel y con ustedes en relación con los jefes judíos, y otra muy distinta es el final de la historia. Ante esto ustedes tendrán que ver la manera como actuar en el presente.

 

Respecto de Israel y ustedes, abran bien los ojos para que nadie los engañe. Van a venir muchos usurpando mi nombre y diciendo: ‘Yo soy el Mesías esperado’; y muchos van a ser engañados.

 

Y va a haber mucha muerte y rumores de guerras; ustedes no se asusten ni pierdan la fe. Eso es algo que tiene que pasar, pero aún no es el fin. Van a pelearse una nación contra otra, un reino contra otro; habrá terremotos en muchos sitios, habrá hambres, y eso apenas será el comienzo de los dolores del parto de la nueva humanidad.

 

En esas situaciones vean por ustedes mismos; porque van a sufrir muchas persecuciones. Los entregarán a los tribunales, los van a azotar en las sinagogas, van a ser citados a juicio ante jefes y reyes y la manera como los traten será tomado al final como testimonio contra ellos; porque ese es el precio del anuncio de la Buena Nueva a todos los pueblos.

 

Cuando se los lleven y los entreguen en sus manos no se preocupen ni piensen mucho qué van a decir en defensa del Reino; en ese momento el Espíritu Santo les inspirará lo que tengan que decir; en realidad será El mismo, no ustedes, quien hable por su boca.

 

Será muy doloroso que, en ese momento, un hermano entregue a su hermano a la muerte, un padre a su hijo; y se rebelarán los hijos contra los padres y los matarán; y todos ustedes serán odiados por todos por causa mía; pero el que resista hasta el fin, ese será salvado.

 

Pero después de todo llegará la destrucción de Jerusalén. Cuando vean que ‘el profanador’ entra al lugar santo, a destruirlo y devastarlo -tú que estás leyendo, entiende a qué me refiero-, quienes aún estén en Judea huyan a la montaña, (a Galilea); quien esté en la azotea de su casa, que huya también y ni siquiera entre a tomar nada para llevarse, y quienes estén en el campo, que no regresen ni a recoger su manto. ¡Ay de las mujeres que estén embarazadas entonces, o de las que tienen hijitos recién nacidos o que estén amamantando!. Rueguen a Dios para que esa destrucción no suceda en tiempo de invierno, porque eso haría mucho más difícil una tribulación que será la peor que haya venido sobre Judea desde el comienzo de la creación del mundo, ni habrá otra igual. El Señor se encargará de acortar aquellos días, porque si no, no se salvaría nadie; pero por amor a sus elegidos él ha determinado que no sea demasiado largo aquello.

 

Entonces, fíjense: cuando alguien les diga: ‘Mira, aquí está el Mesías’, ‘mira allá está’, no les crean. Porque, como les advierto, se levantarán falsos mesías y falsos profetas y harán milagros y prodigios para engañar incluso a los elegidos de Dios, si fuera posible. Fíjense, pues y tengan los ojos abiertos; les estoy advirtiendo todo esto antes de que suceda››.

 

El fin del Templo no coincidía con el fin de la historia. No es más que el comienzo. Pero también existía la otra realidad futura: la historia humana, la individual y la colectiva, se encaminaba a un final, cuya cercanía o lejanía ningún humano podía determinar, pero a la que había que prepararse. Jesús usó imágenes muy conocidas para los judíos: las de la apocalíptica. Era una manera de hablar que, mediante símbolos, comunicaba una serie de verdades importantes sobre la victoria de Dios sobre el mal. La palabra apocalipsis significa revelación. Los discípulos querían fechas; Jesús no dirá nada sobre cómo sería el final, que es una pregunta estéril; les revelará cómo había que vivir la historia a fin de prepararse para ese final. Y les dijo:

 

‹‹En aquel día, después de aquel gran sufrimiento, el sol se oscurecerá y la luna no dará su resplandor y las estrellas irán cayendo del cielo, y los poderes celestiales serán sacudidos en sus cimientos››. (Con esos símbolos les hablaba de algo desconocido también para él; por eso yo siempre insistí en que no se tomaran estas frases al pie de la letra, sino tratando de leer detrás de los símbolos, porque si no, se perdería el mensaje principal, que creo que viene en lo que siguió diciendo Jesús):

 

‹‹Entonces verán al Hijo del hombre venir entre las nubes, con todo el poder y la gloria de quien ha triunfado sobre el mal. Y entonces enviará a los ángeles a que congreguen y recojan a quienes ha elegido del norte y del sur, del oriente y occidente, es decir, de todas las naciones, lenguas y razas, desde el último extremo de la tierra hasta el final del cielo››.

 

Al decir esto Jesús ponía el acento en tres cosas muy importantes: primero, que lo definitivo en la historia no es el triunfo del mal, sino el del bien, no el del pecado sino el de Dios, por negro que se vea el panorama; segundo, que cuando El venga no lo hará como Juez castigador, sino que viene para salvar; y tercero, que la salvación no es sólo para unos cuantos, como pensaban los fariseos, ni sólo para los judíos -y tendríamos que decir que tampoco para sólo los cristianos-, sino que juntará gente de todas las razas, lenguas y naciones, a todos los hombres de buena voluntad.

 

Y siguió Jesús con una comparación: ‹‹Ustedes se dan cuenta de que el verano está llegando cuando ven que las ramas de las higueras se ponen tiernas y empiezan a brotar de ellas las hojas. Aprendan de ese ejemplo: cuando vean suceder esto que les digo, sepan que el Reino de Dios está cerca, ya casi tocando a su puerta. de veras les aseguro que es a ustedes a quienes les tocará, no a otra generación. Podrían deshacerse los cielos, o desaparecer la tierra pero lo que les digo no quedará sin cumplirse››.

 

Pero Jesús no era un adivino y, para corregir las falsas expectativas que tenían los discípulos, les dijo: ‹‹Pero ustedes me preguntaron por cuándo será todo esto y cuáles las señales de que la historia humana está por acabarse. Yo no les he respondido porque no lo sé; no lo saben tampoco los ángeles del cielo, sino sólo el Padre. es lo mismo que la muerte: sólo sabemos que sucederá, pero no sabemos ni el cuándo ni el cómo. Por eso esa pregunta no deben volver a hacerla jamás. Lo que sí les puedo decir es cómo deben actuar ante esta certeza: Vivan en actitud siempre vigilante, precisamente porque no saben cuándo será el momento. Hagan de cuenta que un hombre, dueño de una casa, se fuera lejos y le dejara a cada uno de sus trabajadores una tarea, y al portero le encarga que vigile. Ustedes deben estar al día, porque no saben cuándo vendrá el señor: si vendrá por la tarde, o a media noche, o al canto del gallo o a la madrugada. ¿Qué pasaría si, regresando de repente, los encontrara dormidos?. Así que ustedes vigilen; y eso es lo que les digo a todos: ¡Vigilen!››.

 

De esa manera Jesús les dejó a sus discípulos -y a todos nosotros, que lo hemos seguido para proseguir su causa- tres lecciones: ante la conflictividad político-religiosa de la historia hay que vivir en actitud de discernimiento de las señales que en ella encontramos para actuar; frente al desconocimiento del momento y la certeza de su venida para llevar la historia a plenitud, vivir en expectativa esperanzada; y frente a las tareas del presente, actitud de vigilancia permanente.

 

 

EL JUICIO DE JERUSALEN CONTRA JESUS

 

 

Faltaban dos días… (14, 1-2)

 

Faltaban dos días para la celebración fundamental de nuestro pueblo: la Pascua, en la que se compartían los panes sin levadura (sin la levadura de los judíos, contra la que Jesús había advertido a sus discípulos). Los sumos sacerdotes y los escribas no dormían, buscando cómo matar a Jesús, pero sin encontrar la manera de hacerlo. Sólo mediante una trampa podrían hacerlo, pero ninguna de las que le habían tendido había dado resultado.

 

Y ahora la fiesta se interponía en sus planes: si intentaran apresarlo entonces, el pueblo podía tener una reacción violenta. Era un contratiempo para sus planes tener que aplazar su prendimiento pero no tenían otro remedio.

 

 

Ungido ¿para el poder o para la muerte? (14, 3-8)

 

Mientras, Jesús seguía moviéndose con libertad pero con astucia, con la conciencia cada vez más clara de que se acercaba el momento de la opción definitiva. Betania, lugar de amigos, era su refugio cada vez más necesario. Y un tal Simón, que había curado él de lepra, lo invitó a comer. Estaban recostados a la mesa, a la usanza judía, cuando se acercó una mujer con un frasco carísimo de perfume de nardo; un frasco de alabastro sellado; y quebró el frasco y lo derramó sobre su cabeza , en un gesto de unción con el que tal vez ella quería significar que era el Mesías (el Ungido, que eso significa la palabra en hebreo).

 

Era un gesto de exceso, de algo sobreabundante, algo que no se mide. No se usan así ese tipo de perfumes, sino que se emplean en cantidades pequeñas. Nunca habían faltado los que espiaban a Jesús, para criticar lo que hacía o dejaba de hacer. Ahora, en tiempo de contradicción, hubo muchos, incluso algunos de sus discípulos, que empezaron a criticar a la mujer indignados por aquello que consideraban despilfarro. No habían comprendido su sentido simbólico. Y empezaron a racionalizar: ‹‹¿A qué viene ese despilfarro de perfume?. Bien se ven las intenciones de esa mujer… Además, si Jesús dice preocuparse por los pobres, tendría que haberlo impedido; bien podía haberse vendido por más de trescientos denarios, -casi un año de salario-, para repartir ese dinero entre los pobres ahora, en tiempo de Pascua››.

 

Jesús salió a su defensa. ‹‹¡Déjenla en paz!. ¿Por qué la critican y molestan?. Ha hecho algo bueno conmigo, cuyo sentido ustedes ni siquiera entienden. Dense cuenta de que a mí no me tendrán siempre con ustedes, porque me van a matar. Ante eso ella ha hecho lo que ha podido: anticiparse a embalsamar mi cuerpo para la sepultura…››.

 

Jesús estaba dándole un vuelco al sentido de aquella unción: no era unción de triunfo sino anticipación de su destino. Interpretándola así la transformaba en una acción profético-simbólica, en su intento de quitar ambigüedades a aquel momento y de disipar las ambiciones de los discípulos.

 

Y siguió: ‹‹Y no pongan de pretexto a los pobres; siempre los tendrán con ustedes, y pueden ayudarles con sus propios bienes cuando quieran. No piensen en lo que otros han de hacer para socorrerlos; háganlo por ustedes mismos, como es su obligación. En cuanto a ella, les aseguro que dondequiera que se proclame la Buena Nueva que he venido a anunciar se hablará de ella y de lo que ha hecho conmigo, y no se perderá el recuerdo de su acción››.

 

 

Los preparativos de la traición (14, 9-11)

 

Judas ya no podía tolerar aquello. Desde hacía tiempo su corazón se había ido apartando de Jesús, de sus ideales; ni él ni su grupo le ofrecían garantías para sus ambiciones. Nunca nos quedó claro qué era lo que de verdad pretendía Judas: si actuaba movido por ambiciones económicas, o más bien por ambición de poder, o si era el único realista del grupo que veía inminente la muerte de Jesús y buscaba protegerse, o incluso si pretendía presionar a Jesús para que, ante una amenaza contra su vida, actuara en poder y se definiera como el Mesías que el pueblo esperaba. El caso es que se salió de la fiesta, pretextando cualquier motivo, y se fue a buscar a los sumos sacerdotes, a casa de Anás, a hacer tratos con ellos para entregárselo.

 

Ellos nunca se hubieran esperado aquello. Habían renunciado por lo pronto, muy a su pesar, a dar muerte a Jesús durante la Pascua, por miedo a la gente. Y ahora aquél Judas, ¡uno de los Doce!, les ofrecía entregárselo… Para asegurar aquel pacto le prometieron dar una buena suma de dinero. El Sistema recompensa a los que lo sirven. Y él prometió buscar el momento oportuno para entregarlo.

 

 

Preparativos de la Cena (14, 12-16)

 

Llegó la víspera de la Pascua, el primer día que se hacían los panes sin levadura, el día que se llevaban a sacrificar los corderos. Había que hacer los preparativos, y le preguntaron: ‹‹¿Dónde quieres que vayamos a preparar la cena de Pascua para que celebremos?››. Jesús había hablado ya con una persona, y mandó a dos de sus discípulos para que fueran de Betania a Jerusalén a arreglar todo, diciéndoles: ‹‹Entran a la ciudad por la puerta del Valle; en cuanto entren, nada más subiendo, va a salir a encontrarlos un hombre con un cántaro de agua al hombro. Lo siguen, y en la casa en que entre busquen al dueño y le preguntan dónde está la sala en la que el Maestro va a comer la Pascua con sus discípulos. El los va a llevar al piso de arriba, a una sala grande, ya arreglada; allí preparen lo necesario para nosotros››.

 

Regresar a Jerusalén era regresar al peligro; llegaban rumores del complot del Centro contra Jesús, y de las medidas que estaban tomando desde aquel episodio del Templo, y no quería arriesgarse tontamente. El mismo había arreglado las cosas, y les dio una contraseña en clave: sólo los enviados y él sabrían dónde sería. Y ellos llegaron y todo sucedió como les había dicho; en esa casa prepararon lo necesario para la Pascua, dentro de la tensión enorme que implicaba esa cierta clandestinidad.

 

 

La Cena: presagios de la traición (14, 17-21)

 

Ya atardecía. Desde mediodía se había iniciado el sacrificio de los corderos y ahora toda la ciudad se iba aquietando. Comenzaba la Fiesta judía por excelencia: el recuerdo de la salida de Egipto era el fundamento de la conciencia judía de ser pueblo de Dios, pueblo liberado. Millares de peregrinos de todo el mundo llegaban a Jerusalén. Después de la purificación ritual venía el sacrificio del cordero, que sólo podía ser sacrificado en el Templo y comido dentro de las murallas.

 

Jesús llegó junto con los Doce a la casa que le habían prestado y subió a la sala preparada, en la que comerían juntos, como signo de amistad y de fe común en la liberación de Israel. En otros cuartos había otras familias de peregrinos preparándose también para iniciar la celebración. Se formaban grupos de diez al menos, dado que no podía quedar nada del cordero sacrificado para otro día. La cena se debía alargar hasta la medianoche. Antes nadie podía salir de Jerusalén.

 

Ya se oían los cánticos y alabanzas a Dios: ‹‹Alabado seas tú, Yavé, nuestro Dios, Rey del mundo, que creaste el fruto de la vid… Alabado seas tú, Yavé, nuestro Dios, rey del mundo, que diste a tu pueblo Israel días festivos para el júbilo y para el recuerdo. Alabado seas tú, Yavé, que santificas a Israel y a los tiempos…››

 

Y mientras estaban recostados comiendo, Jesús de pronto rompe la solemnidad de aquel ambiente religioso y les dice: ‹‹Tengo que decirles algo que me angustia: que uno de ustedes, uno que está a la mesa comiendo conmigo, que moja su pan en la misma fuente que yo, me va a traicionar y entregar en manos de los hombres››… El silencio podía cortarse, de tan denso que se hizo. Desconcertados se miraban, interrogándose en silencio, queriendo adivinar a la luz de las velas en algún gesto a quién estaría refiriéndose. Cada uno se sentía seguro de sus sentimientos, -incluso Judas-, pero sin embargo querían quedar libres de sospecha. Y le comenzaron a decir cada uno, Pedro, Andrés, Juan, Simón, Santiago, arrebatándose la palabra: ‹‹No creerás que soy yo…››, ‹‹dinos quién es››, ‹‹¿cómo piensas eso?››. Pero aquello había enturbiado la alegría de la fiesta. Contrastaba con el ambiente de exaltación que reinaba en otras casas.

 

¿Cómo podía ser eso?. ¿Un traidor entre ellos?. Jesús no lo iba a denunciar; pero iba encontrando sentidos a todo aquello a la luz de las Escrituras. Aquella amarga queja del salmo 41: ‹‹Incluso mi amigo, de quien yo me fiaba y que compartía mi pan, es el primero en traicionarme››. Y les dijo: ‹‹Sí, uno que moja el pan conmigo en el plato, uno de ustedes, los Doce. Y esto me duele, que tenga que ser uno de mis amigos el que me traicione. Yo me voy; así tenía que ser; pero ¿traicionado?. ¡Pobre de aquel que me entrega!. ¡Más le valiera no haber nacido!››.

 

 

Jesús: pan partido y compartido (14, 22-25)

 

Seguían comiendo en silencio. Nada se había aclarado. Todos sospechaban de todos. En torno a Jesús se había tejido toda una maraña de malas interpretaciones. El había hablado de Dios como Papá y lo acusaban de blasfemo; miraba por la vida de los pobres y le decían endemoniado; compartía su pan y lo querían hacer rey; curaba, y lo miraban como impuro y lo tachaban de loco; anunciaba el Reino y lo aclamaban como el mesías que encabezaría la revuelta contra Roma.

 

Para acabar con todos esos malentendidos iba Jesús a realizar una doble acción profética de tipo simbólico. Jesús quería que lo vieran como uno que se parte y se comparte para dar vida, como aquel por cuya sangre derramada violentamente se hace la Alianza y se rehace el pueblo. En ese símbolo se hará presente en toda su densidad lo que él ha sido.

 

‹‹Alabado seas tú, Señor, nuestro Dios, rey del mundo, que haces salir el pan de la tierra…››, decía la oración ritual. Jesús, en cambio, tomó un pan de la mesa, bendijo a su Padre y comenzó a partirlo y a repartirlo mientras les decía: ‹‹Tomen esto, mi cuerpo››. Y se lo fue pasando para que comieran.

 

La sorpresa de la predicción de la traición se cortaba con la sorpresa de esta revelación. Era como si les dijera: ‹‹Esto que pasa con el pan es lo que pasa conmigo: seré partido y repartido para dar vida››. Como si para aclarar el sentido de su vida les dijera: ‹‹Como este pan, jamás he buscado nada para mí; sólo he buscado dar vida. No soy el Rey que esperan, no soy blasfemo, no estoy loco, no soy el mesías guerrero; soy esto: pan que se parte y se reparte. Este pan soy yo››.

 

Y antes de cantar el gran Hallel, pidió una copa llena de vino y, consciente del giro trágico que iba a tomar su vida, les dijo: ‹‹Esto es mi sangre; la sangre en la que se sella para siempre la Alianza de Dios con su pueblo; la sangre que se derrama por todos los hombres. Tómenla ustedes, que yo ya no volveré a beber vino hasta el día aquel en que beba el vino nuevo en el reino de Dios››. Expresaba Jesús su firme esperanza en la llegada del Padre y en su intervención en la historia. Y al mismo tiempo les descubría el sentido de su vida: era sangre que se derramaba para que aquella multitud dispersa y desorganizada, aquellas ovejas sin pastor, fueran pueblo, en primer lugar, y pueblo de Dios. Y, al invitarlos a participar en su sangre, los invitaba a asociarse a su misma causa y a asumir su mismo destino.

 

En este día de recuerdos de liberación descubría y revelaba el sentido de su entrega: para rescatar al pueblo y reunirlo en libertad frente al Padre; porque sólo con un pueblo libre hace Dios su Alianza. todo estaba aclarado. Ya podía Jesús terminar con la segunda parte del gran Hallel (Sal 115-118).

 

‹‹Amo al Señor porque escucha mi voz suplicante… Me envolvían redes de muerte, me alcanzaban las redes del abismo, caí en tristeza y en angustia… Alma mía, recobra tu calma, que el Señor fue bueno contigo: arrancó mi vida de la muerte, mis ojos de las lágrimas, mis pies de la caída…

 

¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?. Alzaré mi copa por el triunfo invocando al Señor; cumpliré al Señor mis votos, en presencia de todo el pueblo. Mucho le cuesta al Señor la muerte de sus fieles. Señor: yo soy tu siervo, siervo tuyo, hijo de tu esclava; rompiste mi yugo, y yo te ofreceré un sacrificio de gracias, invocando tu nombre… ¡aleluya!.

 

Alaben al Señor todas las naciones, aclámenlo todos los pueblos: firme es su lealtad con nosotros, su fidelidad dura por siempre, ¡aleluya!.

 

Den gracias al Señor, porque es bueno, porque es eterno su amor… En el asedio clamé al Señor, y me respondió dándome espacio. El Señor está conmigo; no temo, ¿qué podrá hacerme el hombre?. El Señor está conmigo y me auxilia, veré la derrota de mis adversarios. Mejor es fiarse del Señor que fiarse de los hombres… No he de morir; viviré para contar las hazañas del Señor… Te doy gracias porque me escuchaste y fuiste mi salvación. La piedra que desecharon los constructores es ahora la piedra angular: es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente. Este es el día en que actuó el Señor: ¡a festejarlo y celebrarlo!››.

 

 

Rumbo a la soledad y el abandono (14, 26-31)

 

Una vez que terminaron de cantar los himnos, pasada la media noche, atravesaron la ciudad y salieron por la Puerta Dorada, la que da al oriente, hacia el monte de los Olivos. Entre la bajada del torrente Cedrón y la subida no era más de media hora. Para ese momento ya la luna llena iluminaba en plenitud toda la montaña.

 

Y Jesús les dice: ‹‹todos ustedes se van a escandalizar de mí y de lo que me va a pasar. Y va a suceder aquello de ‘heriré al pastor y se dispersarán las ovejas’. Así ustedes: van a perder el rumbo, van a venirse abajo, van a arrepentirse de haberme seguido. Pero voy a ser resucitado por el Padre y, después de eso iré delante de ustedes a Galilea››.

 

Pedro no estaba acostumbrado a que les hablara así. Ni ninguno de los demás. Lo decía con tal convicción que parecía irrefutable. Pero ¿cómo podía decirlo?. ¿No los conocía?. ¿No sabía que estaban dispuestos -al menos él- a seguirlo hasta la muerte?. ‹‹Maestro, perdóname, pero no puedes pensar de mí eso. Más todavía: aunque todos estos se escandalizaran, yo jamás lo haría. Y bien me conoces››.

 

-‹‹Por eso lo digo, Pedro: porque te conozco. Yo te aseguro que hoy, esta misma noche, antes de que empiece a amanecer y el gallo haya cantado dos veces, tú ya me habrás negado tres veces››.

 

‹‹¡Por favor, Jesús! -dijo Pedro con insistencia- ni se te ocurra volver a decir esto. ¡Aunque tenga que morir contigo, jamás te negaría!››. Y lo mismo le juraban los demás.

 

 

Silencio del Padre y abandono de los amigos

(14, 32-42)

 

Jesús no respondió nada ni añadió nada más. Iban llegando ya a un huerto de olivos, que llamaban Getsemaní, (que quiere decir Lagar de aceite). Y les dice a sus discípulos: ‹‹Siéntense aquí y espérenme, que voy a hacer oración››.

 

Les parecía extraño que, después de la celebración de la Pascua, toda ella celebrada en ambiente comunitario de oración, Jesús todavía se retirara a solas. No sólo respetaban esa seriedad suya en la oración sino que la envidiaban. Pero no lo imitaban.

 

Se iba yendo un poco más adentro del huerto, cuando se vuelve y llama a Pedro, Santiago y Juan, y se los lleva con él. Tal vez ese fue el momento que Judas aprovechó para desaparecerse, aprovechando la oscuridad y la situación de confusión de algunos, que aún no comprendían la gravedad de la situación.

 

Apenas se habían alejado un poco, Jesús les compartió sus sentimientos: ‹‹No se imaginan la angustia y el pavor que me da lo que puede pasar. Me da miedo que todo nuestro trabajo por el Reino se venga abajo. Por eso mi corazón está sumergido en la tristeza, tanto que siento morir. Yo voy a hablar con el Padre; ustedes quédense aquí y velen en oración››.

 

No es la angustia ante la muerte, sino ante tal muerte. Con aquella confidencia les estaba pidiendo a gritos que estuvieran con él, que no lo dejaran solo. Comenzaba el momento de la última tentación. su pregunta primera no es todavía ‹‹¿por qué?››, sino ‹‹¿qué toca?››. Pero es una pregunta teñida del presentimiento de que este es ya el momento de la opción final, después de la cual no hay ya retorno: en otras ocasiones ha sido momento de huida; ¿ahora toca huir todavía o incluso resistir con la fuerza del pueblo?. ¿O es ya el momento de someterse ante la decisión de violencia de los hombres?.

 

Lo que en ese momento él querría era que las mediaciones del Reino fueran otras, no el silencio ante la injusticia, no el ceder siempre, no la muerte; y menos la muerte violenta, a manos de los que pregonan otro dios. ‹‹Nadie va a creer si Tú, Padre, no intervienes en poder. Si yo muero, ¿quién creerá en tu causa?. ¿Quién creerá que derribas del trono a los poderosos y exaltas a los empobrecidos?. ¿Quién creerá que los pobres son bienaventurados, y que los últimos serán primeros?. Yo no importo; eres tú quien importa. Por eso te pido que este cáliz amargo no llegue a tu Reino››.

 

‹‹Padre, tú lo puedes todo…››, dice manifestando su esperanza en una intervención de Dios que cambie el rumbo de la historia que Jesús mismo ha ido haciendo con sus decisiones. Pero va descubriendo que el Padre no puede nada contra la decisión del hombre y su violencia. No es el todopoderoso Dios en el que creen los romanos y los griegos, cuya voluntad se impone por encima de la de hombres y dioses, sino el Papá-Dios que sólo sabe ofrecerse como amor desvalido, expuesto a ser rechazado en su amor mismo. Así es su modo de estar en la historia: ha decidido respetar la libertad de los hombres incluso si deciden matarle a su hijo; ha decidido no ahorrarle (ni ahorrarse) nada de las consecuencias de su decisión de ser fiel hasta el final.

 

Y Jesús asume en ese momento que no puede ni huir siempre, ni huir para siempre; sería desautorizar todo lo que ha creído y predicado acerca de Dios y del Reino; sería decir que no vale tanto como para jugarse la vida por él. Ve que resistir con la fuerza confirmaría el círculo diabólico de la violencia del más fuerte. Y comprende que la voluntad de Papá-Dios no es que lo maten, sino que no responda con violencia ni con huida. Por eso debe morir: por la decisión homicida de los piadosos de su tiempo.

 

Y decide fiarse de su Padre; acepta no saber ni el cuándo ni el cómo del Reino. El ‹‹Tú lo puedes todo›› implica para Jesús en ese momento una confesión implícita: ‹‹Yo no puedo ya nada››; es la experiencia humana de los límites. Y por eso concluye: ‹‹Que las cosas sean a tu modo, no como yo quiero››.

 

Y el Padre decide fiarse de Jesús su Hijo: no se refugia en la futura resurrección para adormecer el dolor del sin sentido de la muerte; no vacía su sufrimiento en un ‹‹al fin y al cabo resucitará››; agota el cáliz de no poder gritarle al Hijo su cercanía, de no poder decirle que oye su clamor, de no poder frenar la violencia que los hombres decidieron ejercer sobre su Hijo; se arriesga a que no entienda su silencio, pero se fía de su hijo y se calla, para ser fiel a su modo de ser en la historia: en respeto a la libertad, en amor que se ofrece, no en fuerza que se impone.

 

Ha llegado al final; ya no hay retorno. Y en esa soledad humana profunda que experimenta, busca el apoyo en sus amigos. Y viene… y los encuentra dormidos. ‹‹Simón, -le dice-, ¿estás dormido? ¿ni una hora has podido velar?. Vigilen y hagan oración pidiendo no ceder ni tropezar en este momento de tentación; ustedes creen que basta con haber tomado una decisión; tal vez en lo interior de su espíritu crean estar muy dispuestos, pero la debilidad humana es mucha››.

 

Volvió a irse a la soledad, a orar repitiendo por segunda vez al Padre su deseo de no morir, a compartirle su tristeza, su miedo, su soledad, y también su decisión de llegar hasta el final, a pesar de todo. Y se encontró nuevamente con el silencio de un Dios que se le iba presentando como mayor que lo que él mismo pensaba; que rebasaba sus propias expectativas. Los caminos de Reino eran otros que los suyos. Y era él quien tenía que cambiar, no el Padre.

 

Regresó otra vez, a buscar el apoyo de la comunidad humana. El silencio del Padre ante su oración le hacía necesitar la compañía de sus amigos. La advertencia que había hecho a sus discípulos había caído en el vacío, en unos corazones que, por el miedo que sentían, por su falta de fe, eran presa fácil de la tentación más fácil de evasión, la del sueño y la inconsciencia. Y nuevamente los encontró dormidos, porque sus ojos y su corazón estaban cargados del peso de algo que no lograban ni comprender ni podían manejar: aquella pesadez que sentían les impedía contestarle. ¿Qué había sido de aquellas protestas, de aquellos juramentos de ir incluso a la muerte con él?. ¿Qué podía esperar de aquel grupo?.

 

Toda la obra parecía desmoronársele entre las manos. Se fue nuevamente a la oración por tercera vez. La voz de la tentación le decía que aún era tiempo; todavía era necesaria su vida para la causa del Reino; todavía podía huir. Pero si él moría, todo se acabaría, porque sus discípulos no estaban aún preparados, y tal vez nunca lo estuvieran…

 

Estaban ante un callejón sin salida. Porque llegaría finalmente un momento que sería el último, en donde tendría que enfrentar nuevamente el dilema: o huir, ya para siempre, y con eso negar todo lo que había predicado, o enfrentarse con la violencia a la violencia, o dejarse en manos de los pobres de este mundo y de la violencia de los hombres, para desenmascarar las fuerzas de muerte que había tras la apariencia de respetabilidad del Centro judío, de su culto, de su Templo, de su Dios.

 

Se habían comenzado a oír voces y pasos de gente que se acercaba; entre los olivos brillaban, todavía algo lejos, las luces de algunas antorchas. Ni eso siquiera había despertado a los discípulos. Podría haber huido y ni cuenta se habrían dado. Se acercó a Pedro y, en tono de reproche le dijo manifestando su decepción y su tristeza: ‹‹Ahora sí, Pedro, ya pueden dormir y descansar; ya llegó el que me va a entregar… ¡Basta ya!. Es la hora en que este Hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. ¡Vamos, levántense!››.

 

 

Judas, uno de los Doce (14, 43-52)

 

Todavía les estaba hablando para que se despertaran cuando vio a Judas, uno de los Doce, de los que había escogido como fundamento del nuevo pueblo de Israel, que venía guiando a la gente de los sacerdotes, los ancianos y los escribas, armados con garrotes y con espadas. Judas temía que hubiera resistencia de parte de él o de sus compañeros, o que escapara con astucia, como lo había hecho ya otras veces, y los había prevenido. Para que no se fueran a equivocar en la oscuridad de la noche, como contraseña se acercaría a él a saludarlo como amigo: ‹‹Aquel al que yo dé un beso, ese es; aprésenlo y llévenselo con mucha cautela, porque es peligroso››.

 

Lo besó diciéndole: ‹‹Rabbí›› -es decir, Maestro-. Jesús no sabría decir qué le dolió más: si la forma como se le echaron encima para apresarlo o la traición e hipocresía de Judas, que fingía aún amistad y respeto.

 

Uno de los discípulos intentó iniciar la resistencia: sacó una espada y, en la confusión, hirió a un siervo del sumo sacerdote y le cortó la oreja. En la oscuridad no se supo quién fue. Jesús frenó en seco aquella resistencia y se dirigió a los que lo habían apresado: ‹‹Han venido a detenerme como si fuera un asaltante, con espadas y garrotes y aprovechando la oscuridad. Pudieron hacerlo a plena luz cualquier día, cuando estaba enseñando en el Templo, pero no se atrevieron. Y ahora que lo hacen creen que me han engañado y vencido. Pero lo han podido hacer porque mi Papá-Dios no quiere que responda ni con violencia ni con huída; así estaba escrito en sus planes››.

 

Los discípulos esperaban que Jesús manifestara su poder contra los que lo habían ido a apresar. Pero al ver que no hacía nada, y que estaban en inferioridad del número, lo dejaron solo y huyeron… Un muchacho, que vivía en la casa de los dueños del olivar aquel y conocía a Jesús, al oír el alboroto y los gritos se había levantado de la cama y, envuelto en la sábana, los iba siguiendo a ver en qué paraba aquello. Lo vio uno de los guardias y corrió tras él para detenerlo; lo agarró de la sábana per él, dejándola, se escapó desnudo.

 

 

Condena del Sanedrín, condena de Pedro

(14, 53-72)

 

A Jesús lo llevaron ante el sumo sacerdote. Era de noche y ningún juicio realizado a esas horas podía ser válido. Pero ya no se necesitaba ningún juicio, dada como estaba -ya desde hacía tiempo- la sentencia. Sólo era cuestión de guardar las apariencias. Para eso se reunieron todos los sumos sacerdotes, los ancianos y los escribas, unos, saduceos, otros, fariseos: todos los que habían sido juzgados y desautorizados por Jesús.

 

Pedro, que había salido huyendo de aquel huerto de olivos donde lo habían aprehendido, se fue siguiéndolos entre las sombras. Y así llegó al palacio del sumo sacerdote; entró tratando de disimular, y se fue a sentar entre los criados que estaban calentándose junto al fuego.

 

Mientras, allá arriba, en la sala principal estaba reunido el Sanedrín en pleno; habían convocado también a los miembros de las otras familias sascerdotales más influyentes, entre ellas la de Anás, suegro de Caifás, el sumo sacerdote aquel año. Se trataba de encontrar algún testimonio contra Jesús, que fuera suficiente para darle muerte, pero a pesar de lo amañado del supuesto juicio no lo encontraban. Muchos que se presentaron daban falso testimonio contra él, pero el problema era que los testimonios no coincidían, incluso se contradecían.

 

Estaba el episodio del Templo. Pero preferían no resucitar aquella controversia que los había dejado en ridículo: habían tenido que alejarse, dejándolo a él como dueño y señor del Templo. Si no hubiera sido por Judas, todavía estarían rompiéndose la cabeza para ver cómo apresarlo. Y ahora que lo tenían, no encontraban causas claras para condenarlo a muerte… Ni sabían cómo reaccionaría la gente cuando, ya de día, se enteraran de la aprehensión de Jesús. Por eso se tenía que acelerar todo; durante la mañana debía quedar todo resuelto, porque a partir del atardecer ya no podrían hacer nada por la solemnidad del Sábado de Pascua. Y tener a Jesús preso unos días más no les daba garantías.

 

Algunos de los que estaban allí dijeron: ‹‹Nosotros le oímos decir: ‘Yo destruiré este Templo hecho por mano de hombres y en tres días levantaré otro no hecho por hombres’››. Jesús había predicho la destrucción del Templo; jamás dijo que él lo destruiría. Allí estaba la falsedad. Pero era cierto el juicio y condena de Jesús contra el Templo y el sistema montado en torno a él. Había interrumpido por unos días el culto, y aquí estaban las consecuencias. Sin embargo, a la hora de buscar coincidencias entre los diversos testimonios, se encontraban contradicciones que hacían ver que aquellas eran acusaciones falsas y amañadas.

 

El tiempo iba pasando y, con ello, aumentaba la impaciencia de los miembros del Sanedrín. Entonces se levantó el sumo sacerdote y se puso en medio. Y se dirigió a Jesús: ‹‹¿Qué dices a todo esto que atestiguan contra ti?. ¿No dices nada?››. Jesús había decidido dejar su defensa en manos del Padre, y callar. Ya estaba dicho todo (o casi todo) lo que tenía que decir.

 

El sumo sacerdote le urgió una última pregunta: ‹‹¿eres tú el Mesías, el hijo del Bendito?››. De cara a la muerte Jesús iba a aclarar todo lo que había buscado que quedara en secreto, para defenderse, para defender la misión, para que no se le malinterpretara su identidad. Ahora ya no había nada que ocultar, nada qué defender. La muerte misma era la que revelaría en plenitud quién era y cómo era hijo de Dios, y de qué Dios era hijo. Eso fue lo que reveló con toda claridad: ‹‹Yo soy. Y les digo más: a este hijo de hombre que ahora pretenden juzgar lo verán venir entre las nubes del cielo, sentado a la derecha del poder de Dios››.

 

Jesús no cedió al miedo. Abiertamente dio su último testimonio de la verdad. Y ante aquella revelación el sumo sacerdote, con un gesto que pretendía impresionar definitivamente a todos contra Jesús, se rasgó las vestiduras, (el gesto que se hacía ante alguna ofensa que iba directamente contra Dios), y gritó: ‹‹¿Para qué andamos buscando otros testigos?. Ustedes mismos son testigos, pues han oído la blasfemia. ¿Qué condena merece?››. Y todos gritaron: ‹‹¡La muerte!. ¡Merece la muete!››. Y empezaron a escupirle, a jalarle de la barba, a golpearlo…; algunos le cubrían la cara y le daban de bofetadas y le decían: ‹‹¡Adivina quién te pegó!››; y los criados lo sacaron a empellones y lo siguieron golpeando…

 

Abajo estaba Pedro. Y llegó junto a él una de las criadas del sumo sacerdote y se le quedó mirando fijamente. Al darse cuenta Pedro buscaba ocultarse en la oscuridad; pero la mujer le dijo: ‹‹Yo te he visto antes… ¡Tú andabas con Jesús de Nazatet!››. Pedro trató de disimular su miedo, y lo negó, diciendo: ‹‹¿De qué estás hablando?. Yo ni conozco a este tal Jesús, ni sé siquiera de qué estás hablando››.

 

Ya no se sentía seguro allí dentro, y se fue saliendo disimuladamente hacia el portal. Pero la criada estaba segura. Nunca se le olvidaba un rostro. Y todo el revuelo que se había levantado en aquellos días la había llevado por curiosidad a ver quién era aquél de quien tanto se hablaba. El palacio de Caifás quedaba cerca de donde Jesús había celebrado la cena de Pascua, hacía apenas unas horas. Entonces lo había visto. Y también a los que iban con él. Y por eso comenzó a decirles a los que estaban allí: ‹‹¿Ven a ese hombre sentado allá?. Ese es uno de los que andaban con Jesús››. Pedro volvió a negar, cada vez más nervioso y violento. Pero entonces los que estaban allí le dijeron: ‹‹Ni lo niegues; es claro que tú eres uno de ellos; en el modo de hablar se te nota que eres galileo››. Pedro entonces empezó a echar maldiciones y a jurar: ‹‹¡Yo les juro que no conozco a ese hombre de quien hablan!››. Y en ese momento, cuando Pedro acababa de juzgar y condenar a Jesús, oyó que un gallo cantaba, anunciando por segunda vez la cercanía del amanecer…

 

Pedro se quedó helado. Entonces midió la dimensión de lo que acababa de hacer. Toda su seguridad se había venido por tierra. Y se acordó de lo que le había dicho Jesús: ‹‹Antes de que el gallo cante dos veces ya tú me habrás negado tres››. Y salió llorando, a buscar entre las sombras de los callejones de la ciudad, el refugio para la vergüenza de aquella amistad traicionada.

 

Mientras, allá había quedado Jesús, al que le quedaba todavía un largo rato de burlas, de golpes, de humillación, de soledad.

 

 

La jugada maestra: pase a Pilato (15, 1-5)

 

La noche había sido fecunda para los jefes del Sanedrín. Habían apresado a Jesús, habían logrado su condena para cubrir las apariencias, y ahora tenían la jugada maestra para quitar a Jesús de en medio sin tener que enfrentarse al pueblo y, además echar sobre su memoria la ignominia que extirparía definitivamente del pueblo el peligro que representó el movimiento de Jesús. Sólo tenían que lograr que Pilato lo condenara y lo ejecutara: ellos no cargarían con la odiosidad de aquella muerte, y además moriría como maldito de Dios, fuera de la ciudad, en la muerte más ignominiosa, colgado de un madero. Para eso bastaba que lo convencieran de la peligrosidad que Jesús representaba para el Imperio y para su propio cargo.

 

Muy de madrugada prepararon una reunión los sumos sacerdotes, junto con los ancianos, los escribas y todo el Sanedrín, sólo para cuidar las apariencias. Legalmente no valía lo que habían hecho durante la noche. De día ya era válido el juicio. Acabaron con aquello rápidamente y, después de amarrar a Jesús se lo llevaron para entregarlo a Pilato.

 

Era un político duro: más militar que gobernante. Nunca se había distinguido por su sensibilidad hacia el pueblo judío. Había sido nombrado Procurador por influencias de Sejano, cuya política antijudía era evidente.

 

Ya había dado muestras de su desprecio a la fe judía cuando introdujo de noche a Jerusalén los estandartes romanos con la imagen del emperador y no dudó en mandar al ejército contra el pueblo que había ido a Cesarea a protestar por aquella violación a la ley; ese mismo desprecio mostró cuando acuñó la moneda romana vigente, con la imagen e inscripción de Tiberio César; también provocó un disturbio cuando empleo el dinero del Templo, -lo que se entregaba como korbán, ¿recuerdan?- para la construcción de un acueducto; entonces él envió a los soldados, vestidos de judíos, a que se mezclaran entre la gente y, a una señal convenida, comenzaron a golpear con garrotes; en esa confusión murieron muchos, bien por los golpes, bien pisoteados por la gente que huía; y también mató a unos galileos, cuya sangre se mezcló con la de los sacrificios.

 

Por eso habían quedado en una consigna: no tenían que presentarle a Pilato motivos religiosos para su condena, porque le importaban muy poco. Debían presentarle acusaciones de tipo político. Y le dijeron:

 

– ‹‹Este hombre ha andado levantando al pueblo con el anuncio de un supuesto reinado de Dios que estaría por llegar; pero lo que busca es juntar a la gente para expulsar a los romanos››.

 

– ‹‹Delante de todos nosotros confesó sus pretensiones de ser el mesías, eso es lo que el pueblo espera para organizarse contra Roma››.

 

– ‹‹Pretende ser rey de los judíos››.

 

No habían sido los suyos años de paz, sino de violencia, torturas, ejecuciones sin previo juicio, arbitrariedad. Tampoco se había distinguido como escrupuloso cumplidor de la justicia, sobre todo si se trataba de la muerte de un judío. Y, a pesar de tenerlos como aliados, no desperdiciaba oportunidad para hacer sentir su fuerza a los mismos jefes judíos, para vengarse de los problemas que le habían originado ante el Emperador con sus protestas. Y sabía lo que había sucedido en el Templo y la manera como Jesús había desenmascarado a las autoridades judías. Sólo por eso decidió investigar más el asunto. Mandó que le llevaran a Jesús y le preguntó directamente: ‹‹¿Eres tú el rey de los judíos?››. Jesús le respondió con una frase, que equivalía a una negativa: ‹‹Eso lo dices tú, no yo››. Y así lo entendió Pilato; porque si lo hubiera visto como una afirmación, exigiría una sentencia de muerte.

 

Los sumos sacerdotes seguían gritando sus acusaciones. Pilato volvió a preguntarle a Jesús: ‹‹¿No contestas nada a todas esas acusaciones que te hacen?. ¿No te vas a defender?››.

 

Jesús había decidido que era tiempo de silencio, de dejar en manos del Padre su causa: ‹‹Líbrame de mis enemigos, protégeme de mis agresores… Mira, hombres crueles me acechan emboscados, sin que yo haya pecado ni faltado… Despierta, ven a mi encuentro, mira… mira cómo sueltan la lengua, sus labios son puñales… Pero yo cantaré tu fuerza… porqué tú eres mi refugio, mi Dios leal›› (Sal 59).

 

Y no le respondió nada.

 

La oración de los salmos iba y venía a su mente. ‹‹Dios mío, sálvame, que me llega el agua hasta el cuello: me estoy hundiendo en un cieno profundo y no puedo hacer pie; me he adentrado en aguas hondas, me arrastra la corriente. Estoy agotado de gritar, tengo ronca la garganta; se me nublan los ojos de tanto aguardar a mi Dios…›› (Sal 69).

 

 

¿Una alternativa en favor de Jesús? (15, 6-15)

 

A pesar de su dureza, Pilato intuyó que ese preso era diferente a otros. No mostraba ningún temor, no se dejaba impresionar; sus respuestas nacían de una profunda libertad, aunque no eran insolentes, como las de otros revoltosos que había juzgado. Y se quedó extrañado.

 

Parecía claro que el Imperio no tenía nada que temer de aquel hombre. Y pronto encontró la que parecía la solución más fácil para salir de aquel problema y, al mismo tiempo, frustrar los planes de los sacerdotes y escribas. Había la costumbre de que, con motivo de la Fiesta de Pascua, dejara en libertad un preso, el que pidiera el pueblo. Ahora Pilato iba a jugar con la gente, dándoles a elegir entre un tal Jesús Barrabás, (que significa hijo del maestro, según unos, hijo del padre, según otros) y Jesús de Nazaret. El primero estaba encarcelado, junto con los sediciosos que habían levantado contra Roma, porque había matado a alguien durante la revuelta que había habido en Jerusalén poco tiempo antes. Aunque no había un movimiento organizado de zelotas, sin embargo surgían revueltas aisladas de sicarios, que iban armados con una daga, y también había asaltos de bandoleros, que mantenían un cierto ambiente de inquietud social.

 

Y Jesús seguía su doloroso diálogo con Dios: ‹‹Por ti he aguantado afrentas, la vergüenza cubrió mi rostro. Soy un extraño para mis hermanos, un extranjero para los hijos de mi madre; porque me devora el celo de tu templo, y las afrentas con que te afrentan caen sobre mí. Respóndeme por tu gran lealtad, por tu fidelidad que salva; arráncame del cieno, que no me hunda; líbrame de los que me aborrecen y de las aguas sin fondo… no escondas tu rostro a tu siervo: estoy en peligro, respóndeme en seguida››. (Sal 69).

 

Pilato tal vez pensaba que el pueblo se inclinaría por el Nazareno. Había muchos peregrinos en Jerusalén, entre los cuales había galileos que seguramente abogarían por Jesús. El prefería soltar a Jesús que a Barrabás. Y preguntó a la gente: ‹‹¿A cuál Jesús quieren que les suelte?. ¿Al que me han traído como pretendiente del trono de Israel?››. Pero los jefes judíos estaban decididos a ganarle la partida y presionarlo para que condenara y ejecutara él a Jesús. Y comenzaron a sugerir a la gente de Jerusalén para que pidieran la libertad de Barrabás. En eso fueron apoyados también por los grupos de rebeldes, que necesitaban más de un hombre definido, como Barrabás, que alguien que no acababa de responder a las expectativas del pueblo y que a ratos les parecía un soñador místico.

 

‹‹Que retroceden mis enemigos cuando te invoco, y así sabré que tú eres mi Dios. Me glorío de la promesa del Señor, en Dios confío y no temo, ¿qué podrá hacerme un mortal?. Te debo, Dios mío los votos que hice, los cumpliré con acción de gracias, porque libraste mi vida de la muerte, mis pies de la caída, para que camine en presencia de Dios en la luz de los que viven››. (Sal 56).

 

Al Procurador romano no le importaba propiamente la libertad de Jesús, sino el oponerse a las presiones de los jefes judíos; entonces dijo: ‹‹Pero ¿qué haría entonces con el que ustedes llaman ‘el Rey de los judíos’?››. Los jefes judíos estaban a punto de lograr lo que buscaban. Y empezaron a gritar: ‹‹Crucifícalo››. Y la gente se les fue uniendo en un único griterío que dominó la débil protesta de los galileos: ‹‹¡Crucifícalo!››. A un crimen político, un castigo político. ‹‹¡Crucifícalo!››. Todavía intentó Pilato oponerse: ‹‹Pero ¿qué ha hecho de malo?››. Ya no cabían razonamientos. No era ya posible oponerse con argumentos al griterío del pueblo. Los que apenas unos días antes lo habían aclamado como el Rey que viene de nuestro padre David, ahora lo condenaban a muerte romana como pretendiente al reino judío. Los que habían concebido una esperanza de liberación, ahora abdicaban de todo sueño de libertad.

 

Y Jesús: ‹‹Me acorrala una jauría de perros, me cerca una banda de malhechores, me taladran las manos y los pies y puedo contar mis huesos››. (Sal 22).

 

 

Rey de burlas (15, 15-20)

 

En ese juego de fuerzas habían ganado los jefes judíos. Habían ganado a Pilato, desbaratando su inconsistente oposición; habían impedido que los galileos defendieran a Jesús; habían logrado cambiar el apoyo del pueblo en oposición; y habían asegurado la destrucción no sólo de Jesús sino de su movimiento, dándole una muerte política, y arrebatándole de paso la muerte que tal vez él esperaba, como profeta. En adelante nadie se gloriaría de haber seguido a uno que moriría en esa ignominia, con la muerte de un maldito de Dios.

 

‹‹Fuiste tú quien me sacó del vientre, me tenías confiado en los pechos de mi madre, desde el seno pasé a tus manos, desde el vientre materno tú eres mi Dios. No te quedes lejos, que el peligro está cerca y nadie me socorre››.

 

Pilato cedió; no se iba a echar encima a la gente ni por mantener su oposición a los jefes judíos ni menos por salvar a un galileo despreciable. Entonces les soltó a Barrabás, y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó a los soldados para que lo crucificaran.

 

La guarnición romana estaba aburrida. Los habían traído de Cesarea para la Fiesta, pero no había pasado nada. Ahora tenían la oportunidad de divertirse a costa de un Jesús que les entregaron hecho guiñapo después del espantoso castigo de la flagelación. Algunos habían muerto allí mismo, bajo los azotes.

 

Se lo llevaron al patio interior de la Torre Antonia, fortaleza adosada a la muralla norte de Jerusalén, prácticamente fuera de la ciudad santa. Llamaron a toda la guardia al pretorio, el patio que daba fuera, por donde entraba la caballería. Le pusieron como vestido una vieja y sucia túnica de color púrpura, trenzaron unas varas de un arbusto espinoso con las que hicieron una corona y se la encajaron en la cabeza, y empezaron a fingir un saludo real: ‹‹¡Viva para siempre al rey de los judíos!››. Y con una caña, que le ponían y quitaban de entre las manos, a manera de cetro de burlas, le golpeaban en la cabeza; le hacían reverencias entre carcajadas, y luego lo escupían en la cara. Una vez que se cansaron de tanta burla, cuando aquello dejó de divertirles, le quitaron la púrpura, abriéndole de nuevo la llaga que había en la espalda por los azotes, le pusieron de nuevo sus ropas y lo sacaron para crucificarle. Era todavía temprano.

 

Jesús repetía interiormente: ‹‹Soy como el agua que se derrama, tengo los huesos descoyuntados, mi corazón, como cera, se derrite en mis entrañas; mi garganta está seca como una teja, la lengua se me pega al paladar; me aprietas contra el polvo de la muerte››. (Sal 69).

 

 

Camino de cruz (15, 21-24)

 

Salieron de la Torre Antonia, por el camino que bordeaba la muralla. El monte Gólgota, (que quiere decir lugar de la Calavera), un promontorio de apenas unos diez metros de altura, no quedaba a más de un kilómetro de distancia. Allí lo iban a crucificar. Pero siempre hacían con los condenados a muerte un recorrido por algunas de las calles principales, para escarmiento de la gente y, en este caso, para desalentar cualquier intención de alzamiento. Le cargaron el pesado tronco que serviría de travesaño, pero los azotes y la pérdida de sangre lo habían debilitado mucho; después de varios tropiezos y caídas, los soldados temieron que se les muriera antes de llegar a la cruz, lo cual frustraría los planes. Iba pasando un hombre, un tal Simón, originario de Cirene, que regresaba del campo para prepararse a la festividad de aquella tarde, y lo obligaron a cargar el tronco de la cruz hasta el Calvario. Aquel hombre era padre de Alejandro y de Rufo, que destacaron mucho entre los primeros cristianos por su servicio a la comunidad.

 

Por fin entre las apreturas de la gente curiosa que llenaba las estrechas calles de la ciudad llegaron al Gólgota. Hasta el último momento Jesús sufría el asedio de la multitud. Y sufría todo aquello en la más total soledad.

 

‹‹En ti confiaban nuestros padres; confiaban y los ponías a salvo. A ti gritaban y quedaban libres, confiaban y los ponías a salvo. Pero yo… yo soy un gusano, no un hombre, vergüenza de la gente, desprecio del pueblo››, repetía Jesús, diciendo al Padre su desconcierto.

 

Sólo mucho después fuimos comprendiendo que aquello tenía un sentido, a la luz de lo que vivieron otros hombres de fe: los profetas, los salmistas. Pero de pronto aquello resultaba simplemente incomprensible, escandaloso. Incluso los mismos textos que después nos iluminaron, entonces parecían condenarlo.

 

Le dieron un vino amargo, mezclado con mirra, pero él no lo tomó.

 

‹‹Espero compasión y no la hay; consoladores, y no los encuentro. En mi comida echaron veneno amargo, para mi sed me dieron vinagre››, rezaba el salmo 69.

 

Y lo crucificaron y se repartieron sus vestidos, echando a ver qué se llevaba cada uno.

 

‹‹Ellos me miran triunfantes, se reparten mi ropa, se sortean mi túnica››, se había escrito en el salmo 22.

 

 

Amenaza para la Seguridad Nacional (15, 25-32)

 

Cuando lo crucificaron eran como las nueve de la mañana. Arriba de la cruz habían puesto un letrero en el que decía la causa de su condena: ‹‹El rey de los judíos››. Y para dar más fuerza a la condena, adelantaron la muerte de dos bandoleros, y lo crucificaron en medio para resaltar la peligrosidad de Jesús, como jefe de subversivos.

 

Los jefes judíos miraban aquello triunfantes. Habían logrado todo lo que pretendieron: condenar a Jesús como un enemigo de Roma y desautorizar toda su causa al llevarlo a morir como un maldito de Dios, como decía la Ley: ‹‹Maldito el que muere colgado en un leño››. (Dt 21, 23).

 

Y siguieron las burlas. Los que pasaban por allí se quedaban mirando y lo insultaban, meneando la cabeza y diciendo: ‹‹¡Anda, tú que destruyes el Templo y lo reedificas en tres días…!. ¡A ver si puedes bajarte de la cruz aunque sea, para salvarte a ti mismo!››. Los sumos sacerdotes, junto con los escribas, se burlaban también: ‹‹¡A tantos que salvó y ahora no puede salvarse a sí mismo!. ¡Y se decía Mesías y Rey de Israel!. ¡Qué baje de la cruz ahora mismo, para que veamos señales y creamos!››. Los que habían sido crucificados con él también lo insultaban, achacándole la culpa de ese tormento mortal en que estaban.

 

Y allá, en el fondo de la conciencia, le resonaban a Jesús las palabras del salmo: ‹‹Me ven y se burlan de mí, hacen gestos, menean la cabeza: ‘Acudió al Señor, que lo ponga a salvo, que lo libre, si tanto lo quiere’››.

 

 

Como si toda la luz del mundo se hubiera acabado (l5, 22-36)

 

Llegó el mediodía y con él cayó la oscuridad por toda la tierra hasta las tres de la tarde. Pareciera el fin del mundo. Jesús sacó de sabe Dios dónde fuerzas para dar un grito desgarrador. En su lengua materna, el arameo, gritó: ‹‹Eloí, Eloí, ¿lamá sabactaní?›› Dios mío, Dios mío, ¿por qué me abandonaste?. Y seguía el salmo 22: ‹‹No te alcanzan mis clamores ni el rugido de mis palabras…››.

 

No reclamaba; en aquella pregunta sólo manifestaba que no comprendía por qué no había podido ser de otra manera, por qué no se había hecho presente como su salvador. No le llamó Abbá, como era su costumbre. Jesús estaba apurando hasta las últimas gotas el cáliz de lo que significa ser hombre y, desde la experiencia de su limitación se dirigía a él asumiendo la distancia que había entre la creatura y el creador; y aceptando que no le competía conocer la razón de todo aquello, en medio de aquel tormento le llamó ‹‹Mi Dios››. Se mantenía en oración a pesar de que la pregunta no tuviera más respuesta que el silencio del Padre.

 

Verlo en aquel tormento era insoportable. Uno de los presentes, al oír aquellas palabras, corrió a ofrecerle algo de vinagre en una esponja clavada en una lanza, para aliviarle la sed. Había confundido las palabras de Jesús pensando que estaba invocando al profeta Elías, y decía: ‹‹¡Vamos a ver si aguanta un poco, y veamos si viene Elías a descolgarle!››.

 

 

Nada más un último grito… (15, 37-39)

 

Pero Jesús había llegado al límite extremo, de donde no hay ya retorno y, lanzando un fuerte grito sin palabras, murió.

 

Aquel grito quedó resonando en el corazón de todos los que lo siguieron. Y en ese preciso momento en el que parecían haber triunfado los jefes judíos, desgarrando la vida de Jesús, destrozando las esperanzas de sus seguidores, arrancando de raíz toda posibilidad de proseguir su causa, con el Templo sucedió algo parecido: el enorme Velo de pelo de camello, que aislaba a Dios en el interior del santuario, (el Santo de los santos), se rasgó de arriba abajo. Dios abandonaba el Santuario; no podía seguir en el centro de aquel sistema que excluía a sus hijos y mataba a su Hijo. Allí ya no había vida.

 

Así, la muerte de Jesús fue su triunfo, porque quedaba al descubierto la maldad de los piadosos que dan más importancia a las leyes que al hombre y que, para defender supuestamente los derechos de Dios violan los derechos del hombre. No era la cercanía de Dios lo que amenazaba al hombre; era, al contrario, la cercanía al hombre lo que amenazaba la vida del hijo de Dios. Pero además, muriendo Jesús fuera de la ciudad, había consagrado los márgenes como el lugar de Dios. Y el Centro había quedado desenmascarado como el lugar donde Dios mismo (en su Hijo) era amenazado de muerte.

 

Nunca más tendría ya sentido hablar de distancia entre lo sagrado y lo profano; se acababa la barrera que la ley de la pureza ponía entre Dios y los hombres; nunca más volvería a estar Dios allí, encerrado y separado de su pueblo; y el sacerdocio concebido a la manera judía dejaba de tener validez. El Templo mismo, construido como lugar de selectos, como receptáculo de la santidad de Dios, ahora perdía definitivamente su razón de existir.

 

Y el capitán romano, al ver aquello, y cómo había muerto dando aquel grito, dijo: ‹‹En verdad que este hombre era hijo de Dios. Haber sufrido lo que sufrió, experimentar su abandono, y todavía mantenerse en diálogo con su Dios… sólo puede hacerlo quien de verdad sea su Hijo››.

 

 

Sólo las mujeres (15, 40-41)

 

Así murió Jesús: en el abandono más desgarrador. En ausencia de sus discípulos, en el silencio del Padre. Sólo estaban allí, mirando desde lejos, porque los soldados romanos no permitían la cercanía de nadie junto a los ajusticiados, unas mujeres, que lo habían acompañado en Galilea, ayudándole con sus bienes y su trabajo, y que habían subido con él hasta Jerusalén; entre ellas estaban María de Magdala, otra María, madre de Santiago el menor y de Joset, y Salomé.

 

Los discípulos todos, los varones, habían desaparecido; estaban escondidos por miedo, por frustración. Se sentían señalados por todos los dedos y, sobre todo, el dolor de haberse dejado llevar tras una ilusión. El silencio de Dios, que desautorizaba todo lo que Jesús había dicho y hecho, los escandalizaba; todas las esperanzas que se habían forjado habían sido puro engaño. Había parecido muy bello, pero no era cierto nada: ni que Dios es Abbá, ni que su Reino estaba a la puerta, ni que los pobres son felices, ni que el Centro judío era estéril, condenado a la destrucción; ni siquiera aquello de que sólo si muere da vida el grano de trigo. La dura verdad seguía siendo que los privilegiados son los de siempre, que la riqueza es señal de bendición, que el pueblo pobre y pecador está excluido del reino y de las promesas, que apartarse de la ley de la pureza y de todas las prescripciones es motivo de maldición y de muerte. ‹‹Nosotros esperábamos… pero ¿cómo pudimos engañarnos?››.

 

 

Sepultado también en vergüenza (15, 42-47)

 

Con el atardecer se echaba encima la víspera del sábado de Pascua, el más solemne del año. La muerte de un crucificado podía prolongarse días, hasta que moría por asfixia, sin fuerzas ya para soportar el dolor que suponía incorporarse para respirar.

 

Los crucificados no podían quedar en la cruz durante la fiesta. Después de acelerar su muerte, serían echados en la fosa común, que quedaba en el lado poniente, donde comenzaba la vertiente de la Gehenna, según datos que me dieron mis antepasados. Pero Jesús ya había muerto.

 

Había un hombre muy respetado, miembro del Sanedrín, llamado José de Arimatea. Un hombre que simpatizaba con Jesús y cuya esperanza en el Reino se había fortalecido al escucharlo. Aunque no era de sus discípulos, fue el único que se atrevió a ponerse en público de parte de Jesús y, armándose de valor, fue donde Pilato a pedirle el cuerpo de Jesús para enterrarlo.

 

Eran apenas alrededor de las cuatro de la tarde. Y a Pilato le extrañó que hubiera muerto tan pronto; para cerciorarse llamó al capitán romano y le preguntó si era cierto que hubiera ya muerto. (¡Como si no lo hubieran destrozado con los azotes!. ¡Como si no lo hubieran deshecho interiormente la traición, el abandono, las burlas!). Informado por el capitán de que ya había muerto, le concedió el cadáver a José. Este fue a comprar una sábana mortuoria, y se dirigió hacia la cruz con algunos de sus sirvientes, descolgó el cuerpo, lo envolvió en la sábana y lo puso en un sepulcro excavado en la roca, en donde nadie había sido enterrado. Luego empujaron la piedra de la entrada, para cerrar bien la tumba, y se fueron. A María Magdalena y María de Joset se les quedaron grabados todos los detalles del lugar donde lo pusieron.

 

Eso era todo lo que se podía hacer por él: rescatarlo de la infamia de ser enterrado en la fosa común. Pero las costumbres judías eran tan inflexibles que tuvo que ser enterrado en un sepulcro en donde no hubiera sido sepultado nadie antes, porque quien había muerto así, fuera de la ciudad, como maldito, no podía mezclar sus restos con los de los santos de Israel. Al final mismo la infamia sellaba, con la piedra, su destino.

 

 

SIN NADA QUE ESPERAR

 

Llegó la noche con que comenzaba el Shabbat de Pascua. ¿Qué podían celebrar?. Muerto Jesús se habían muerto las ilusiones por la liberación. Otro más en la ya larga serie de pretendientes a Mesías; otro más también eliminado por razones de Seguridad Nacional y por la defensa de los derechos de Dios. No tenían nada que celebrar ni con qué hacerlo, porque ni se les había ocurrido preparar nada. Algunos incluso sentían que algo muy íntimo de su fe judía se había roto.

 

Y afuera se oían los cantos de alegría, los salmos de victoria:

 

‹‹Se levanta Dios y se dispersan sus enemigos, huyen de su presencia los que lo odian; como la bruma se disipa, se disipan ellos; como se derrite la cera ante el fuego, así perecen los malvados ante Dios. En cambio, los justos se alegran, gozan en la presencia de Dios, rebosando de alegría. Canten a Dios, toquen en su honor, allanen el camino del que cabalga por el desierto; se llama El Señor… padre de huérfanos, defensor de viudas… Dios prepara casa a los desvalidos, saca con bien a los cautivos; sólo los rebeldes se quedan en la tierra abrasada›› (Sal 68).

 

Todo les sonaba como vacío. O, al menos, no era para ellos, ni para Jesús. ¿Sobre ellos también había caído la maldición…?.

 

Llegó la mañana. Con el mal sueño, lleno de pesadillas, de recuerdos, ni Pedro ni ninguno de los que estaban en la ciudad, escondidos por miedo, había logrado aclararse nada. Era la Pascua más absurda que habían vivido. era, más bien, una anti-Pascua, una Pascua de opresión y de muerte. En Egipto Yavé había pasado por las casas de los Israelitas, marcadas con la sangre del cordero, rescatando sus vidas; ahora, el Abbá, ante la cruz de Jesús, había pasado de largo…

 

Se puso el sol, y comenzó el primer día de la semana. La decisión estaba tomada. Había que desandar el camino y volver nuevamente a la fe de los padres, que creyeron superada por Jesús. Tenían que dejar Jerusalén, muerte de todo lo que habían esperado. Terminado el descanso había que emprender el viaje de regreso a Galilea. Y mientras más pronto, mejor, para dejar enterrada en Jerusalén la pesadilla, y para rehacer pronto la vida.

 

7

 

INCONCLUSION

 

 

 

 

 

 

Una última mirada al sepulcro (16, 1-8)

 

Los hombres eran más pragmáticos. Aceptaban que ya no había nada que hacer. Por mucho que les doliera. Pero las mujeres no se resignaban. No habían podido terminar los ritos funerarios con Jesús, porque se les echó encima el Shabbat. No podían dejarlo así nada más, olvidado en el sepulcro para siempre. Tenían que ir a ungir el cuerpo rindiéndole así su último homenaje de amor.

 

Apenas se había puesto el sol, dando por terminado el descanso del Shabbat, fueron a comprar perfumes para embalsamar el cuerpo. Y en cuanto despuntó el alba, se fueron a toda prisa al sepulcro. Ni siquiera habían pensado en algo fundamental: ¿Quién les iba a mover la piedra del sepulcro para poder entrar?. Varios hombres se habían necesitado para rodarla. Y ellas ni siquiera habían querido pedir ayuda a los discípulos, que no querían saber ya nada del sepulcro, y lo único que querían era regresarse a Galilea.

 

Entraron en el huerto donde estaba excavado el sepulcro y de pronto se quedaron dudando, y miraban alrededor, a las otras tumbas que había allí. ‹‹Estás segura de que esta es la tumba?››. ‹‹Segurísima, decía María Magdalena; ¿cómo crees que se me olvidará algún día un solo detalle de todo lo que tiene que ver con él?››. Porque la piedra estaba rodada a un lado, y eso que era muy grande, y la tumba estaba abierta.

 

Con un temor creciente decidieron asomarse dentro de la sepultura; la luz de día apenas comenzaba y no les permitía ver adentro. Y al entrar vieron que el cuerpo de Jesús no estaba allí. Había un joven, vestido de blanco, resplandeciente, sentado al lado derecho, y al verlo se asustaron. ¿Quién era?. ¿Qué hacía allí?. ¿Dónde estaba Jesús?. ¿Qué habían hecho con él?.

 

Supongo que ahora ya pueden ustedes leer detrás de los símbolos: era un ángel. O sea, que cuando entraron las mujeres al sepulcro tuvieron una experiencia de Dios, que les hacía comprender lo que había pasado con Jesús. El ángel les dijo:

 

‹‹No se asusten. Yo sé que buscan a Jesús el de Nazaret, el Crucificado. Resucitó, por eso no está aquí. Vean la losa en la que lo dejaron hace tres días. Pero no se queden aquí, porque en este lugar no hay nada suyo. Y vayan a decir a sus discípulos y a Pedro que irá delante de ustedes a Galilea, como les dijo antes de morir; quien lo siga, quien prosiga su causa, ése lo verá resucitado››.

 

Oyeron aquello las mujeres y temblando salieron despavoridas del sepulcro; tal era el espanto que se había apoderado de ellas; y regresando a casa no le dijeron nada a nadie, porque tenían miedo…

 

 

NOTA EXPLICATORIA FINAL

 

A muchos ha parecido extraña la manera como he querido terminar mi relato. Algunos han pensado que perdí algunas notas sobre las apariciones de Jesús; otros, que no conocí tales relatos. ¿Cómo pueden creer eso, si la noticia se corrió como fuego en los matorrales por todas partes?. A otros les parece mi relato incompleto. Es que a una práctica truncada violentamente, y que debe ser proseguida, este es el tipo de relato que le corresponde.

 

Claro que no bastaron ni las apariciones ni el relato de la tumba vacía, para que creyeran que Jesús había resucitado. Varios de los discípulos tardaron mucho tiempo en dejarse convencer de que la fuerza de Dios había rescatado a Jesús de la muerte. Y tuvo que pasar mucho tiempo para que los mismos discípulos lo aceptaran. La verdad es que ya no esperaban nada, después de ver cómo Dios aparentemente lo había desautorizado. Si alguien no habría podido inventar la resurrección eran ellos, los desengañados, los frustrados, los escépticos discípulos, cuyas ambiciones se habían derrumbado con aquella muerte ignominiosa para Jesús… y para ellos.

 

Por eso he querido terminar aquí mi relato: primero, porque hay muchos cristianos que creen que en la exaltación de los cantos, de la oración, del éxtasis, se tiene la garantía de la fe en Jesús como resucitado, y que por eso hay que desentenderse de la situación del mundo y de las responsabilidades de la historia; y segundo, porque creo que lo que sucedió a los discípulos les puede suceder también a ustedes: que crean que Dios actúa en la historia a base de golpes de fuerza.

 

Sólo puede experimentarlo como resucitado quien regrese a Galilea a seguirlo, caminando tras él, prosiguiendo su causa. El seguimiento es la única expresión válida de la fe en él. Y para eso escribí mi evangelio: para que sepan dónde queda Galilea y qué hizo Jesús allí, y así puedan seguirlo.

 

Galilea para ustedes hoy es su propia historia humana. Es en ella donde Jesús sigue caminando. Allí prosigue su causa, la causa del Reino de su Padre, la causa de la vida de los pobres. Sigue compartiendo con ellos la mesa y el pan, sigue dando vista a los ciegos, haciendo hablar a los sin voz, poniendo en pie al pueblo para que camine. Sigue conviviendo con los pecadores, regresando al pueblo la esperanza que el centro le había secuestrado. Sigue desenmascarando los intereses que se ocultan detrás de las apariencias de piedad, sigue enfrentándose con el Centro, sigue dando su gran mensaje de libertad: que el hombre está por encima de la Ley, que un culto olvidado del hombre es una perversión de la fe, que todo Templo que se convierta en cueva de ladrones será destruido. Sigue allí manteniendo en alto la antorcha del amor y la causa de la vida.

 

Sepan leer en esto mi mensaje: sólo el seguimiento de Jesús en el pro-seguimiento de su causa puede dar razón adecuada de lo que luego pasó. Y es a ustedes, los lectores, a quienes les toca concluirlo. Sólo quien lo siga experimentará la fuerza de su resurrección y sabrá que el Padre confirmó su causa y su persona y los convirtió en norma para todo aquel que quiera llegar al Reino. Sabrá que no se nos ha dado otro nombre sobre la tierra por quien nos pueda llegar la liberación total más que Jesús. Por eso, y para que no se presten a engaño, no les narré ningún relato de apariciones. El que regrese a Galilea lo verá y será tal su experiencia, que todo lo que yo pudiera contarle sería apenas un pálido bosquejo de lo que él mismo verá. Y a quien no regrese a Galilea, de nada le serviría ningún relato de las apariciones, ni siquiera un retrato del Resucitado.

 

Así que no se pregunten qué sucedió después. A ustedes les toca escribir las páginas siguientes, reiniciando el camino a Galilea, para seguirlo.

 

Saben el camino. Allí lo verán.

 

Los quiero como hermanos. Marcos León.

 

 

 

Nota del primer editor

 

(Yo creo que Marcos León tuvo sus razones para terminar aquí su relato. No quiero desvirtuar su intención, que nos enfrenta con toda la seriedad de las exigencias del seguimiento de Jesús en el proseguimiento de su causa, sin lo cual ninguna confesión de fe tiene sentido. Creo que puso el dedo en la llaga de muchas de nuestras comunidades, que creen que basta confesar a Jesús como el Mesías y como el Hijo de Dios, que creen que basta con orar, con celebrar, pero se les pierde de vista de que Dios no reina cuando se habla, sino cuando se actúa, como decía Pablo.

 

No quiero corregirle la plana, ni atenuar su mensaje: ningún relato puede suplir la experiencia del seguimiento, único lugar donde se conoce a Jesús; pero quiero poner un resumen de las tradiciones que se conocieron desde el principio sobre las apariciones de Jesús a los discípulos; con eso quiero expresar una advertencia y una esperanza, en continuidad con el mensaje de Marcos. Me parece fundamental para consolidar una esperanza activa y responsable: para que caigamos en la cuenta de qué barro estamos hechos, de dónde ha nacido nuestra comunidad cristiana, cuál es nuestra tarea y dónde hemos de poner nuestra seguridad).

 

Jesús resucitó el primer día de la semana; o, más bien, con él resucitó la vida y la esperanza, en ese primer día del mundo nuevo que con él comenzaba. A la primera persona a quien se apareció fue a María Magdalena, aquella de la que había echado siete demonios -creo que con lo que Marcos León ha explicado de los símbolos ustedes pueden ya entender esto: era una mujer que vívía como sometida por todas las fuerzas del mal; tratar con ella hacía daño-. Y su vida comenzó a ser vida desde que lo conoció; esa conversión tan honda que tuvo la hacía tener una finura especial para comprender en profundidad todo lo que tuviera que ver con él.

 

Por eso fue la primera en tener la experiencia de que Jesús había sido confirmado en la vida por su Papá-Dios; que este le había hecho justicia. Podía decir que lo había visto; no era una ilusión; era una certeza. Lo veía con otros ojos, pero lo había visto.

 

Sacudida toda ella por aquella certeza corrió a decírselo a sus compañeros, que estaban de duelo, pero ellos, al oírle decir que estaba vivo y que lo había visto, se negaron a creer. Al fin y al cabo ¿quién podía aceptar la palabra de una mujer como testigo?.

 

Otro tanto sucedió con dos de ellos que habían ya renunciado a toda esperanza y decidieron olvidar aquella ilusión que había sido Jesús, y regresaron al rancho de donde habían salido para seguirlo. Y Ellos también, contra todo lo que podían imaginar o esperar, tuvieron la certeza incuestionable que estaba con ellos y caminaba con ellos. Era El, no podían ya dudar más, pero ahora lo veían de manera diferente; poco a poco lo fueron reconociendo, en gestos semejantes a los suyos, en una forma de hablar parecida a la de Jesús y, sobre todo, en el compartir el pan con ellos. Esa misma noche regresaron a Jerusalén para anunciarlo a los demás, pero también se estrellaron contra la dura pared de incredulidad de los discípulos, que se negaron a creerles.

 

Todo parecía perdido; la causa de Jesús, el Reino de Papá-Dios, parecía sin futuro. Ya no eran Los Doce, el fundamento del Israel reunificado, sino sólo Once, el pueblo incompleto, fragmentado, incapaz de reunificar en torno suyo al pueblo de Dios. Pero el Señor no se dio jamás por vencido. Y como lo último que podía hacer, hizo a Los Once capaces de experimentarlo como resucitado; sucedió un día, cuando estaban a la mesa, el lugar del compartir el pan y la vida.

 

¿Qué hubieran hecho ustedes?. Yo lo he pensado muchas veces: les habría dicho que, dada su incredulidad y su cerrazón a la evidencia que Papá-Dios les estaba dando, ya no había nada que hacer con ellos, y que buscaría a otros que fueran menos duros de corazón. Jesús les echó en cara su incredulidad y su terquedad en no creer a los que lo habían visto resucitado. Pero luego añadió lo que sólo nuestro incorregible Señor podía añadir. Les dijo:

 

‹‹Vayan, pues, al mundo entero gritando a los cuatro vientos la Buena Noticia de que Papá-Dios ya decidió reinar en el mundo y la historia. No esperen a que les pregunten; anúncienlo a todo hombre. El que acepte esa buena noticia con todo su corazón y toda su persona y se integre en la comunidad de salvación a través del bautismo, se salvará; si alguien se cierra y no acepta esta realidad nueva, no tiene remedio y se perderá a sí mismo.

 

Y todo el que crea y viva unido a mí hará cosas que serán señal para los demás de que el Reino ya ha comenzado: vencerán al malo invocando mi nombre; hablarán un lenguaje nuevo, capaz de ser entendido por cualquier hombre: el lenguaje del amor; su cercanía cariñosa a los enfermos devolverá a estos la salud; y por ese mismo amor pasarán por encima de peligros sin sufrir daño: ni serpientes, ni venenos tendrán fuerza para matar su amor››.

 

Todo eso les dijo Jesús y, después de hablarles, dejó de estar presente en nuestra historia para siempre, hasta el momento final en que regrese a llevarla a plenitud, en el último día. dejó de estar en la tierra, para vivir para siempre junto a Papá Dios, en el lugar que le corresponde, a su derecha.

 

Y los discípulos, confirmados por la fuerza de su Espíritu, vencieron todo miedo y se fueron a gritar a todo el mundo su esperanza, su fe renacida; y con ellos siguió caminando el Señor, confirmando su mensaje con las señales que acompañaban su predicación.

 

Y eso me hace pensar que somos una comunidad nacida de la incredulidad y de la imposibilidad de ser pueblo; nacidos de la fragmentación y la desesperanza. Somos de la misma carne que aquellos primeros seguidores de Jesús. Y en nosotros ha puesto Jesús su confianza. No podemos nosotros ni escandalizarnos de la incredulidad que, aún ahora, sigue siendo nuestra tentación, ni renunciar a purificar nuestra fe y nuestra práctica creyente, ni frustrar la ilusión y la esperanza de Dios.

 

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