Recuperar la espiritualidad de Jesús. Pagola

RECUPERAR LA ESPIRITUALIDAD DE JESÚS

José Antonio PAGOLA, Vitoria-Gasteiz

 

José Antonio Pagola, nacido en 1937 en Añorga, Gipuzkoa, País Vasco. Es un sacerdote Licenciado enTeología por la Universidad Gregoriana de Roma (1962), Licenciado en Sagrada Escritura por .el Instituto Bíblico de Roma (1965), Diplomado en Ciencias Bíblicas por la Escuela Bíblica de Jerusalén (1966). Profesor en el Seminario de San Sebastián y en la Facultad de Teología del Norte de España (sede deVitoria). Ha desempeñado la responsabilidad de ser rector del Seminario diocesano de San Sebastián y, sobre todo, la de ser Vicario General de la diócesis de San Sebastián

 

Este es el tema que me propongo abordar en este Foro que trata de buscar «Nuevos caminos para una nueva espiritualidad». Lo hago desde la convicción de que nada hay más urgente en la Iglesia de hoy que volver a Jesús para centrar con más verdad y más fidelidad nuestra espiritualidad en su persona y en su proyecto del reino de Dios. Lo hago también desde la conciencia de que no es posible hoy hacer una oferta de caminos nuevos de espiritualidad sino desde una actitud de «humildad, desnudez y amor»[1].

 

En el libro de Isaías se dice que en el exilio, los israelitas, viviendo en un pueblo extraño, lejos de su tierra, preguntan al profeta: «Centinela, ¿qué ves en la noche?». Y él replica de manera enigmática: «Se hizo de mañana y también de noche. Si queréis preguntar, preguntad…»[2].

 

¿Qué podemos preguntar en este tiempo de luces y sombras? ¿Hacia qué noche se encamina el nihilismo moderno, olvidado de la interioridad y sin un horizonte capaz de orientar y alentar la existencia? ¿Empieza a clarear alguna luz desde esa constelación de espiritualidades que nacen, crecen y se entrecruzan dentro de ese fenómeno complejo de la «Nueva Era» (New Age)[3]? ¿Es posible atisbar algún amanecer en esa noche cerrada de una Humanidad inhumana que hunde en el hambre y la miseria a millones de hombres y mujeres, mientras sigue destruyendo de modo imparable la casa de todos, y poniendo en peligro la trama misma de la vida? ¿Está amaneciendo realmente un día nuevo con el nacimiento de esa espiritualidad laica dispuesta a reemplazar en un futuro no muy lejano las religiones y creencias del pasado?

 

Mientras tanto, a juicio de no pocos observadores y pastoralistas, es cada vez más patente en la Iglesia Católica la «mediocridad espiritual» que denunciaba hace años Karl Rahner con tanta lucidez. Nuestra Iglesia no posee hoy el vigor espiritual que necesita para enfrentarse a los retos del momento actual. Después de veinte siglos de cristianismo, el corazón de la Iglesia necesita conversión y purificación. En unos tiempos en que se está produciendo un cambio socio-cultural sin precedentes, la Iglesia necesita una conversión sin precedentes. No estoy pensando en un «aggiornamento», siempre necesario; tampoco en algunas reformas religiosas, sino en una conversión al Espíritu que animó la vida entera de Jesús. Si en las próximas décadas no se produce un clima nuevo de conversión humilde, gozosa, radical al Espíritu de Jesús, el cristianismo entre nosotros corre el riesgo de diluirse en formas religiosas cada vez más decadentes y sectarias, y cada vez más alejadas de lo que fue el movimiento inspirado y querido por Jesús.

 

Estoy convencido de que Jesús puede ser, en estos momentos difíciles pero apasionantes, fuente y camino humilde de una espiritualidad sana, creativa, liberadora y generadora de esperanza. Entiendo por «espiritualidad de Jesús» un estilo concreto de vivir que se alimenta de su Espíritu, es reconocible por sus opciones y su práctica, y conduce a quienes lo siguen a vivir al servicio de una vida más digna y más abierta a la esperanza en el Misterio bueno de Dios[4]. No pretendo elaborar una exposición sistemática. Deseo sembrar en este Foro la inquietud por Jesús para despertar nuestras conciencias y para empezar a creer que Jesús puede hoy encender entre nosotros ese fuego que vino a prender en el mundo[5].

 

  1. Espiritualidad enraizada en la pasión profética

 

Lo primero que hemos de captar bien es que la espiritualidad de Jesús se enraíza en la experiencia bien conocida de los profetas de Israel. Jesús no es un sacerdote del templo ocupado en el servicio religioso. Nadie lo confunde tampoco con un maestro de la ley dedicado a defender el marco legal. Los campesinos de Galilea ven en sus gestos y palabras la actuación de un hombre impulsado por el espíritu profético: «Un profeta grande ha surgido entre nosotros»[6].

 

Jesús, como los profetas de Israel, no forma parte de la estructura política ni religiosa. No es nombrado por ninguna autoridad, no es ordenado ni ungido por nadie. Su vida está  marcada por el Espíritu de Dios empeñado en guiar al pueblo por los caminos de la justicia[7]. Tres rasgos caracterizan la espiritualidad profética: presencia alternativa, indignación profética; apertura a la esperanza.

 

  • Presencia alternativa

 

En medio de una sociedad injusta donde los poderosos no tienen conciencia de estar arrebatando el pan a los pobres, donde los privilegiados buscan su propio bienestar silenciando el sufrimiento de los que lloran, el profeta introduce una forma alternativa de entender y de vivir la realidad a la luz de la compasión de Dios y sus deseos de justicia.Por otra parte, cuando la religión se acomoda a un estado de cosas injusto; cuando los intereses religiosos no coinciden ya con los intereses de la justicia de Dios, cuando la crítica no puede ser practicada desde el templo porque ha desaparecido la pasión por el Dios de los pobres, sustituido por el Dios del orden y del culto…,  se hace presente el profeta con su manera de leer y de vivir la realidad desde la verdad de Dios.

 

Así hemos de captar la presencia profética de Jesús en medio de la cultura dominante de indiferencia en la sociedad judía de los años treinta. La vida entera de este hombre que recorre las aldeas de Galilea impulsado por el Espíritu de Dios es un grito: las cosas no son como las quiere el Padre. En Galilea no reina su justicia. Hace tiempo que la política de Roma y de sus vasallos herodianos viene oprimiendo a los más débiles, mientras los dirigentes religiosos del templo se han desentendido de su sufrimiento.

 

  • Indignación profética

 

La indignación es la primera reacción de quien vive desde el Espíritu de Dios, ante los abusos e injusticias que afligen a los inocentes. Esta indignación expresa la rabia y la impotencia de las víctimas, saca a la luz las causas que se ocultan bajo tanto sufrimiento, sacude de la indiferencia, el conformismo y el autoengaño generalizado. Esta indignación es necesaria para que no se apague la confianza en la vida ni la esperanza en Dios. Abre las heridas de la sociedad, no para destruir a los culpables sino para iniciar la curación. Cuando otros permanecen callados por inconsciencia, ceguera o cobardía, Jesús grita su indignación: el sufrimiento de los inocentes ha de ser tomado en serio; no puede ser aceptado como algo normal pues es inaceptable ante Dios.

 

Movido por su espíritu profético, Jesús alza su voz: «Los jefes de las naciones las dominan como señores absolutos, y los grandes las oprimen con su poder. No ha de ser así entre vosotros»[8]. Dios está contra el poder opresor. Grita también: «En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos… Atan cargas pesadas y las echan a la espalda de la gente, pero ellos ni con el dedo quieren moverlas»[9]. No ha de ser así. Dios está contra la religión opresora. La indignación de Jesús es su reacción profética ante una sociedad no suficientemente indignada.

 

  • Apertura a la esperanza

 

Cuando la sociedad no permite apenas expectativas de cambio para los pobres, cuando la religión cierra el paso a toda novedad considerándola como una amenaza para lo establecido, cuando nadie sabe cómo y dónde podría brotar una esperanza nueva para los últimos y para esa sociedad cínica e indiferente que les da la espalda…, aparece el profeta luchando contra el escepticismo, criticando la ilusión de eternidad y absoluto que paraliza a la religión, y recordando a todos que sólo Dios es dueño del futuro. Entonces la indignación profética se convierte en imaginación y aliento para pensar el futuro desde la libertad de Dios, amigo de la vida.

 

Así hemos de leer la trayectoria profética de Jesús. El imperio romano pretende que la «pax romana» es la paz plena y definitiva; la religión del templo defiende que la «Torá de Moisés» es inmutable y eterna. Mientras tanto, los excluidos del imperio y los olvidados por la religión, están condenados a vivir sin esperanza. Puede haber alguna mejora en la «pax romana», se puede cumplir de manera más escrupulosa la «Torá de Moisés», pero nada decisivo cambia para los pobres: el mundo no se hace más humano. No es posible imaginar un nuevo comienzo.

 

Jesús rompe ese mundo cerrado anunciando la irrupción del reino de Dios. Esa situación sin alternativa ni esperanza es falsa. Esa política que no admite una crítica de fondo, esa religión segura de sí misma que ni siquiera sospecha la interpelación de Dios desde los pobres, no responden a la verdad del Padre. Es posible luchar por el reino de Dios y su justicia. El mundo querido por el Padre va más allá de los derechos del César y más allá de lo establecido por la Ley. Impulsado por ese espíritu, Jesús contagia su esperanza con sus gritos subversivos: «los últimos serán los primeros y los primeros últimos»[10]; «quienes se ensalcen serán humillados y quienes se humillen serán ensalzados»[11]. Los publicanos y las prostitutas entran en el reino de Dios antes que los dirigentes religiosos[12]. Será grande quien se ponga a servir a los últimos[13].

 

Esta espiritualidad profética, marcada por la presencia alternativa, la indignación y la apertura a la esperanza es el marco de la espiritualidad de Jesús y de todo aquel que sigue sus pasos inspirado por su espíritu.

 

  1. Espiritualidad centrada en el reino de Dios

 

Con una audacia desconocida, Jesús sorprende a todos afirmando algo que ningún profeta de Israel se había atrevido a declarar: «Ya está aquí Dios, con su fuerza creadora de justicia, tratando de reinar entre nosotros». Marcos resume así su mensaje: «El tiempo se ha cumplido. El reino de Dios está cerca. Cambiad de manera de pensar y de actuar, y creed en esta Buena Noticia»[14]. Empieza un tiempo nuevo. Dios no quiere dejarnos solos ante nuestros problemas, desafíos y sufrimientos. Quiere construir, junto a nosotros, una vida más humana. Hemos de aprender a vivir de esta Buena Noticia. En este gran símbolo del «reino de Dios» Jesús recoge las aspiraciones y expectativas más hondas de Israel: el anhelo que encontró en el corazón de su pueblo, que está vivo en todos los pueblos, y que Jesús supo recrear desde su propia experiencia de Dios, dándole un horizonte nuevo y sorprendente. Este proyecto del reino de Dios constituye el principio estructurante de su espiritualidad.

 

  • Buscar el reino de Dios y su justicia

 

El centro de la experiencia mística de Jesús y de su actividad profética no lo ocupa propiamente Dios, sino «el reino de Dios», pues Jesús no separa nunca a Dios de su proyecto de transformar el mundo. No lo contempla encerrado en su misterio insondable, ajeno al sufrimiento humano. Lo experimenta como la presencia buena de un Padre que está buscando abrirse camino en el mundo para humanizar la vida. Este es el horizonte de la espiritualidad de Jesús. Por eso, no invita a sus seguidores a buscar a Dios por caminos de perfección y santidad, sino a «buscar el reino de Dios y su justicia»[15]. No llama a la «conversión» a Dios volviendo a la observancia a la Ley, sino que invita a «entrar» en el reino de Dios[16].

 

 

  • Los caminos del reino de Dios

 

Este «reino de Dios» no es una religión. Es mucho más. Acoger el reino de Dios va más allá de la aceptación de las creencias, preceptos y ritos de una religión. Es una experiencia nueva de Dios que lo resitúa todo de manera nueva. Hay que aprender a captar y buscar la presencia humanizadora de Dios no en el marco de la religión sino en la experiencia de una vida cada vez más sana, más justa, más liberada, más acorde con lo que quiere el Padre para sus hijos e hijas. Se suelen citar unas palabras de Jesús que pueden distorsionar gravemente su pensamiento[17] pues la expresión original de Lucas «entos hymin» admite dos lecturas posibles. Siguiendo una primera posibilidad, se ha traducido tradicionalmente así: «El reino de Dios está dentro de vosotros» con el riesgo de reducir el reino de Dios a una realidad íntima y espiritual, que se produce en el interior de la persona cuando se abre a la acción de Dios. Hoy, sin embargo, siguiendo otra posibilidad más probable, se tiende a traducir: «El reino de Dios está entre vosotros» con el riesgo de hacer del reino de Dios un proyecto ideológico o político, ajeno a la transformación de las conciencias. En realidad Jesús está pensando en una transformación que abarca la totalidad de la vida y humaniza todas las dimensiones del ser humano. De ordinario, la acogida del reino comienza en el interior de la persona que se convierte al Dios revelado en Jesús, y se va haciendo realidad social allí donde la vida se va haciendo más humana[18].

 

  • La oración del buscador del reino de Dios

 

Jesús dejó en herencia a sus seguidores una oración, la única que les enseñó para alimentar su actitud espiritual. Esta oración constituye el núcleo de su identidad de hombres y mujeres comprometidos en la tarea del reino. Es una oración confiada al Padre de todos, que nos enraíza en la fraternidad universal recogiendo tres grandes anhelos centrados en el reino de Dios y tres gritos salidos desde las necesidades más básicas del ser humano[19].

 

«Santificado sea tu Nombre» de Padre. Que nadie lo desprecie violando la dignidad de tus hijos e hijas. Que sean desterrados los nombres de los ídolos que matan a tus pobres. Que todos bendigan tu nombre de Padre bueno. «Que venga tu reino». Que abramos caminos a tu justicia, tu verdad y tu paz. Que no reinen los ricos sobre los pobres, que los poderosos no abusen de los débiles, que los varones no dominen a las mujeres. «Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo». Que no encuentre tanta resistencia en nosotros. Que en la creación entera se haga lo que tú quieres, y no lo que buscan los poderosos de la Tierra. Que se vaya haciendo realidad entre nosotros lo que deseas en tu corazón de Padre.

 

«Danos el pan de cada día». Que a nadie le falte pan. No te pedimos bienestar abundante para nosotros, sino pan para todos. Que los hambrientos de la Tierra puedan comer, que tus pobres dejen de llorar y empiecen a reír, que los podamos ver viviendo con dignidad. «Perdónanos nuestras deudas». Necesitamos tu perdón y tu misericordia. Estamos en deuda contigo por nuestro vacío inmenso de respuesta a tu amor liberador. Que tu perdón transforme nuestro corazón y nos haga vivir perdonándonos unos a otros. «No nos dejes caer en la tentación» de alejarnos definitivamente de tu reino. Somos débiles y estamos expuestos a riesgos y crisis que pueden arruinar la vida humana. No nos dejes caer derrotados. «Líbranos del mal». Arráncanos de la frustración.

 

Esta oración repetida diariamente, a solas y en comunidad, fortalece nuestro espíritu, nos configura como seguidores de Jesús y nos compromete en la búsqueda del reino de Dios y su justicia. Recuperar la espiritualidad de Jesús es centrar la religión cristiana en la búsqueda del reino de Dios, poner a la Iglesia al servicio de un mundo más justo, más digno y más dichoso para todos, empezando por los últimos, entender y vivir el seguimiento a Jesús colaborando con todos los hombres y mujeres que caminan y trabajan en esa dirección.

 

  1. Espiritualidad al servicio de una vida más humana

 

Para entender y vivir esta espiritualidad del reino de Dios, hemos de captar bien la intención de fondo del proyecto de Dios, que no es otra sino hacer la vida más humana, digna y dichosa. Esto es lo decisivo.

 

  • La pasión por el Dios, amigo de la vida

 

Jesús no discute sobre Dios con ningún grupo judío: todos creen en el mismo Dios, el Creador de los cielos y la tierra, el Liberador de su pueblo querido. La diferencia está en que, mientras los letrados de la ley y los dirigentes del templo asocian a Dios con su sistema religioso, Jesús lo vincula con la vida[20]. Los sectores más religiosos de Israel se sienten llamados por Dios a asegurar los sacrificios rituales, la observancia de la ley o el cumplimiento del sábado. Jesús, por el contrario, se siente impulsado por Dios a promover la vida: «yo he venido para que las gentes tengan vida y vida en abundancia»[21]. Para Jesús, lo primero es la vida de las personas, no el culto; la curación de los enfermos, no el sábado; la reconciliación social, no las ofrendas que lleva cada uno hacia el altar; la acogida amistosa al pecador y el perdón sanador, no los ritos de expiación.

 

Al parecer, Jesús tenía la costumbre de despedir a los enfermos curados y a los pecadores perdonados con este saludo: «Vete en paz»[22] y disfruta de la vida. Jesús les desea lo mejor: salud integral, bienestar completo, una convivencia dichosa en el hogar y en la aldea, llena de las bendiciones de Dios. El término hebreo shalom indica lo más opuesto a una vida indigna, desdichada, maltratada por las desgracias o la pobreza. El Dios de Jesús es «amigo de la vida»[23].

 

  • En dirección a los pobres

 

El espíritu de Dios empuja a Jesús hacia los últimos. Los primeros en experimentar esa vida más digna y liberada han de ser aquellos para los que la vida no es vida. En esa dirección se vive la espiritualidad de Jesús. Lucas lo ha captado muy bien cuando lo presenta en la sinagoga de Nazaret aplicándose a sí mismo unas palabras del profeta Isaías 62, 1-2: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido. Me ha enviado a anunciar a los pobres la Buena Noticia, a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor»[24].

 

Se habla aquí de cuatro grupos de personas: los «pobres», los «cautivos», los «ciegos» y los «oprimidos». Ellos simbolizan y resumen la primera preocupación espiritual de Jesús: los que lleva más dentro de su corazón profético. Nosotros hablamos de «democracia», «derechos humanos», «progreso», «bienestar»… Aquí se sugiere una vida nueva y liberada que puede emerger precisamente entre los últimos. Allí donde se cultiva una espiritualidad marcada por Jesús, tarde o temprano, de una manera o de otra, el Espíritu se comunica y difunde como «Buena Noticia» para los pobres, como «liberación» para los que viven cautivos de tantas esclavitudes, como «luz» para quienes caminan en tinieblas, como «libertad» para los oprimidos y «gracia» para los desgraciados. Aunque lo hayamos eliminado prácticamente de nuestra conciencia cristiana, al hombre o la mujer «espiritual» se le conoce por su cercanía a los pobres, su defensa de los últimos y su práctica liberadora.

 

  • Luchando contra los ídolos que dan muerte

 

El Dios de Jesús, Amigo de la vida, está siempre junto a sus hijos e hijas, en contra del mal, el sufrimiento y la muerte. Jesús le vive a Dios como una Fuerza contra el mal, una Presencia buena que bendice la vida y atrae a todos a luchar contra lo que hace daño al ser humano y al mundo entero: el «Antimal» en expresión feliz de E. Schillebeeckx[25]. Así lo experimenta Jesús y así lo comunica a través de toda su vida. Por eso lucha contra ídolos como el Poder o el Dinero, que deshumanizan a quienes les rinden culto y exigen siempre más víctimas para subsistir. «Devolved al César lo que es del Cesar, pero a Dios lo que es de Dios»[26]. Si queréis dar culto a Tiberio, retirado ya en la isla de Capri, devolvedle su dinero injusto que es lo único suyo, pero no deis a ningún César lo que sólo pertenece a Dios: sus pobres, los excluidos de la ciudadanía romana, los olvidados por todos. «No podéis servir a Dios y al Dinero»[27]. No es posible vivir acumulando dinero y bienestar, y estar al mismo tiempo al servicio del Dios de la vida que no puede reinar en el mundo si no es haciendo justicia a los que nadie hace. Quien vive desde el Espíritu de Jesús lucha contra ídolos, poderes, sistemas, costumbres o movimientos que hacen daño al ser humano, deshumanizan el mundo e introducen muerte.

Recuperar la espiritualidad de Jesús es entender y vivir su Iglesia como un espacio desde el que se defiende y se difunde vida, desde donde se lucha por hacerla mejor. Hacer de las comunidades cristianas un lugar donde los seguidores de Jesús aprenden a vivir de manera más humana y humanizadora. Ni la práctica religiosa ni los códigos morales nos han de hacer olvidar que seguir a Jesús es vivir haciendo la vida más humana. Pocas tareas pueden ser más apasionantes.

 

  1. Espiritualidad alentada por la compasión

 

Esta espiritualidad al servicio de una vida más humana está alentada por una compasión activa y solidaria. No lo hemos de olvidar. En la raíz de la trayectoria de Jesúsal servicio del reino de Dios, como principio dinamizador encontramos la compasión por las víctimas.

 

  • La compasión como principio de actuación

 

Jesús capta y vive la realidad insondable de Dios como bondad y compasión. Lo que define a Dios no es el poder ni la sabiduría, sino sus entrañas maternales de Padre. La compasión es el modo de ser de Dios, su manera de mirar el mundo y de reaccionar ante sus criaturas. El Padre lo vive todo desde la compasión. Esta es la experiencia de Dios que comunica Jesús en sus parábolas más conmovedoras[28]. Movido por esta experiencia, va a proclamar Jesús un nuevo principio de actuación. La espiritualidad más estimada en la sociedad judía, contemporánea de Jesús, arrancaba de una exigencia básica, aceptada por todos los sectores y formulada así en el Levítico: «Sed santos porque, yo, el Señor vuestro Dios, soy santo»[29]. El pueblo de Dios ha de imitar la santidad del Dios del templo: un Dios que ama a su pueblo y rechaza a los paganos, bendice a los justos y maldice a los pecadores, acoge a los puros y separa a los impuros. La santidad es la cualidad esencial de Dios. El ideal es ser santos como Dios es santo.

 

Paradójicamente, esta imitación de la santidad de Dios, entendida como separación de lo «no-santo», lo impuro, lo contaminante, fue generando de hecho una sociedad discriminatoria y excluyente. El pueblo judío busca su propia identidad santa y pura excluyendo a las naciones paganas e impuras. Pero, además, dentro del pueblo elegido, los sacerdotes gozan de un rango de pureza superior al resto del pueblo pues están al servicio del templo donde habita el Santo de Israel. Los varones pertenecen a un nivel superior de pureza sobre las mujeres, sospechosas siempre de impureza por su menstruación y por los partos. Los que gozan de salud están más cerca de Dios que los leprosos, ciegos y tullidos, excluidos del acceso al templo. Esta búsqueda de santidad generaba barreras y discriminaciones; no promovía la mutua acogida, la fraternidad y la comunión.

 

Jesús lo captó enseguida. Esta visión religiosa no responde a su experiencia de un Dios compasivo y acogedor. Entonces, con una audacia y lucidez sorprendentes introduce un nuevo principio que lo transforma todo: «Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo»[30]. Es la compasión y no la santidad el principio que ha de inspirar la conducta de los hijos e hijas de Dios. Jesús no niega la «santidad» de Dios, pero lo que cualifica esa santidad no es la separación de lo impuro o el rechazo de lo no santo. Dios es grande y santo, no porque rechaza paganos, pecadores e impuros, sino porque ama a todos sin excluir a nadie de su compasión. Esta compasión activa no es una virtud más, sino la única manera de mirar la vida, de sentir a las personas y de reaccionar ante su sufrimiento, que nos aproxima al Padre de las misericordias.

 

En esta compasión podemos diferenciar tres elementos. En un primer momento, por decirlo así, Jesús interioriza el sufrimiento ajeno, deja que penetre en sus entrañas, en su corazón, en su ser: lo hace suyo, le duele a él. En un segundo momento, ese sufrimiento interiorizado, provoca en él una reacción, se convierte en punto de partida de un comportamiento activo y comprometido; viene a ser un principio de acción, un estilo de vivir. Por último, este principio de acción se va concretando en acciones y compromisos, orientados a erradicar el sufrimiento o, al menos, a aliviarlo.

 

  • La mirada compasiva

 

Las tradiciones sobre Jesús han conservado el recuerdo de su mirada compasiva a los enfermos, leprosos y desquiciados y, sobre todo, su mirada conmovida a las gentes. «Al desembarcar, vio mucha gente, sintió compasión de ellos y curó a sus enfermos»[31]; «Al ver a la gente, sintió compasión de ellos porque estaban cansados y abatidos, como ovejas sin pastor»[32]. Al entrar en Naín, se encuentra con que llevan a enterrar al hijo único de una viuda: «el Señor, la vio, se conmovió y le dijo: No llores»[33]. Johan Baptist Metz ha recordado que, frente a la «mística de ojos cerrados» más propia de la espiritualidad de Oriente, volcada sobre todo en la atención a lo interior, quien se inspira en Jesús está llamado a cultivar una «mística de ojos abiertos» y una espiritualidad de responsabilidad absoluta hacia los que sufren.

 

La espiritualidad de Jesús hace vivir a sus seguidoresatentos al sufrimiento de las personas, o como diría el filósofo francés Emmanuel Levinas, atentos a la aparición del rostro del otro, que expresa, incluso sin palabras, el carácter vulnerable y frágil del ser humano. La compasión no brota de la atención a la ley o del respeto a los derechos humanos, se despierta desde la mirada atenta al que sufre. Esta mirada al que sufre nos libera de ideologías que bloquean nuestra compasión o de marcos normativos que nos hacen vivir con la conciencia tranquila. Esa mirada nos arranca de la indiferencia, nos recuerda nuestra propia condición vulnerable, despierta en nosotros la solidaridad fraterna[34]. En casi todos los caminos espirituales se privilegia la importancia de la «consciencia», la «atención al aquí y al ahora», la «experiencia de unidad», el «silencio interior»… y con razón[35]. Sin embargo, me atrevería a decir que el camino más eficaz para sintonizar con la espiritualidad de Jesús es aprender a mirar detenidamente el rostro del otro con compasión.

 

  • Gestos de bondad

 

El buen samaritano de la parábola es, para Jesús, el modelo de hombre compasivo que vive imitando la compasión del Padre del cielo: ve al herido del camino, siente compasión y se acerca a él: venda sus heridas, echa en ellas aceite y vino, le monta sobre su propia cabalgadura, lo lleva a la posada, cuida de él, se compromete a pagar los gastos…[36] Este hombre no se siente obligado a cumplir un determinado código moral, responde al sufrimiento del herido inventando toda clase de gestos orientados a aliviar el sufrimiento y restaurar la vida del herido. La respuesta a los que sufren siempre es insuficiente, inadecuada e imperfecta, pero lo decisivo es vivir sembrando gestos de bondad e inventando respuestas al sufrimiento.

 

Así es Jesús que, «ungido por Dios con el Espíritu Santo y con poder, pasó la vida haciendo el bien»[37]. No tiene poder político, no posee ninguna potestad religiosa, no puede resolver las inmensas injusticias que se cometen en aquel rincón del imperio, pero camina por Galilea y Judea, movido por el Espíritu de Dios sembrando gestos de bondad. Abraza a los niños y niñas de la calle porque no quiere que los seres más frágiles de aquella sociedad vivan como huérfanos; bendice a los enfermos y enfermas para que no se sientan «malditos de Dios» al no poder recibir la bendición en el templo; toca a los leprosos y acaricia su piel para que nadie los excluya de la convivencia; cura rompiendo el sábado para que todos sepan que ni la ley más sagrada está por encima de la atención a los que sufren[38]. Acoge a los indeseables y come con pecadores despreciados por todos porque, a la hora de practicar la compasión, el malo y el indigno tienen tanto derecho como el bueno y el piadoso para ser acogidos con misericordia.

 

Estos gestos no son convencionales. Le nacen a Jesús de su voluntad de hacer un mundo más amable y solidario en el que las personas se ayuden y se cuiden mutuamente. No importa que, con frecuencia, sean gestos pequeños. Dios tiene en cuenta hasta el «vaso de agua» que damos a quien tiene sed. Son gestos orientados a afirmar la vida y la dignidad de los seres humanos. Recuerdan que siempre es posible intervenir para sacar bien del mal que existe en el mundo. Son gestos que van más allá de la respuesta técnica y administrativa de los problemas. Acompañan la indignación profética abriendo caminos directos e inmediatos frente a la pasividad y la indiferencia social, para no dejar abandonado en  su desgracia a ningún doliente.

 

  1. Espiritualidad sanadora

 

La espiritualidad de Jesús, alentada por la compasión activa, tiene una dimensión claramente terapéutica, orientada a curar la vida tanto a nivel individual como social. Los evangelios subrayan que Jesús es un Profeta curador: «Ungido por Dios con el Espíritu Santo y con poder, pasó la vida haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo porque Dios estaba con él»[39].

 

  • Curar la vida

 

La clave más importante desde la que Jesús trabaja por abrir caminos a su reino de paz y de justicia, no es el pecado, la moral o el culto, sino el sufrimiento, la enfermedad, el deterioro de la vida, las condiciones insanas de la sociedad, la falta de justicia y compasión solidaria. La gente tuvo que captar el contraste enorme que había entre el Bautista y Jesús. La trayectoria profética del Bautista está inspirada y orientada por la lucha contra el pecado. Es su preocupación suprema: denunciar los pecados del pueblo, llamar a la conversión y purificar con el rito del bautismo a quienes acuden al Jordán. El Bautista no cura a ningún enfermo, no toca a los leprosos, no libera a los poseídos por espíritus malignos, no alivia el sufrimiento. No hace gestos de bondad. No cura la vida.

 

Los evangelios, por el contrario, presentan a Jesús caminando por Galilea, no en busca de pecadores para convertirlos de sus pecados, sino acercándose a los enfermos de los caminos y las aldeas para curarlos de sus sufrimientos. Su trayectoria profética está encaminada primordialmente a aliviar a quienes viven agobiados por el mal y excluidos de una vida sana. Cuando los enviados del Bautista le preguntan si viene en nombre de Dios, Jesús responde con su actuación curadora: «Los ciegos ven y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia la Buena Noticia. Y dichoso el que no se siente escandalizado por mí»[40]. Jesús proclama la cercanía del reino de Dios curando; anuncia la salvación de Dios introduciendo en el mundo salud. Esto es lo nuevo. Y es necesario recordarlo pues, con frecuencia, la teología cristiana ha acentuado hasta el extremo su atención al pecado atenuando la tragedia del sufrimiento. J. B. Metz ha denunciado repetidamente este grave desplazamiento: «La doctrina cristiana de la salvación ha dramatizado demasiado el problema del pecado mientras ha relativizado el problema del sufrimiento»[41]

 

  • Ofrecimiento de salud integral

 

Los enfermos que encuentra Jesús en su camino son, sin duda, el sector más desvalido y marginado de aquella sociedad. Muchos de ellos son incurables. Abandonados a su suerte, incapacitados para ganarse su sustento, bastantes viven arrastrando una vida de mendicidad que roza la miseria y el hambre. No experimentan su desgracia como un problema médico, sino como exclusión injusta de la vida: no pueden vivir como los demás. Son ciegos que no pueden captar la vida de su entorno; sordos y mudos que no pueden comunicarse, ni cantar ni bendecir a Dios; paralíticos que no pueden moverse, trabajar ni peregrinar a Jerusalén; enfermos de piel repugnante que son alejados del hogar y la aldea; desquiciados que han perdido el señorío de sus vidas. La mayor tragedia de estos enfermos es sentirse olvidados por Dios: su Espíritu creador de vida los ha abandonado probablemente a causa de algún pecado grave. Por eso, precisamente, son marginados y excluidos en mayor o menor grado de la convivencia social y religiosa. La exclusión del templo les confirma lo que viven en el fondo de su enfermedad: Dios no los quiere, no pueden confiar en él.

 

Para entender en toda su hondura la actuación curadora de Jesús, hemos de notar que se acerca a estos enfermos y enfermas esforzándose por sanarlos desde sus raíces.No busca sólo resolver un problema orgánico de carácter físico o psíquico, sino reconstruir su vida entera. La salud física o síquica va incluida dentro de una acción sanadora más integral. Los diferentes relatos sugieren con diversos rasgos que el proceso de curación generado por Jesús es una experiencia de recuperación de la vida, afirmación de la propia dignidad, crecimiento de libertad, reconciliación con Dios, integración en la convivencia social.

 

Jesús pone al enfermo en contacto con esa parte de su ser que está todavía sana para suscitar el deseo de vida que se esconde en todo ser humano: «Tú, ¿quieres curarte?»[42]. Despierta en su interior la confianza en Dios como fuerza curadora: «Levántate y vete, tu fe te ha salvado»[43]. Libera de la culpa y del miedo a Dios, ofreciendo su paz y su perdón reconciliador: «Tus pecados te son perdonados»[44]. Desata las ataduras y esclavitudes para vivir en libertad: «Mujer, quedas libre de tu enfermedad»[45]. Devuelve de nuevo a la convivencia: «Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa»[46]. Los orienta hacia una existencia nueva vivida desde la alabanza y el agradecimiento a Dios: «Vete a tu casa con los tuyos y cuéntales lo que el Señor ha hecho contigo»[47].

 

  • Impulsar un proceso de curación social

 

Jesús nunca pensó en sus curaciones como una forma fácil de suprimir el sufrimiento en el mundo, sino sólo como un signo para indicar en qué dirección hemos de trabajar para acoger e introducir entre nosotros el reino de Dios. Por eso Jesús pone en marcha un proceso de sanación tanto individual como social, con una intención de fondo: curar la vida enferma. Toda su actuación trata de encaminar a la sociedad hacia una vida más saludable.

 

Pensemos en su preocupación por curar la religión rebelándose contra tantos comportamientos patológicos de raíz religiosa (legalismo, hipocresía, rigorismo, culto vacío de justicia y amor)[48]. Jesús es un gran curador de la religión: libera de miedos religiosos, no los introduce; hace crecer la libertad no las servidumbres; atrae hacia el amor de Dios, no hacia la Ley; despierta la compasión, no el resentimiento.

 

Pensemos en sus esfuerzos por lograr una convivencia más sana, creando unas relaciones más humanas entre personas que se respeten más, se comprendan mejor, y se perdonen sin condiciones[49], defendiendo a la mujer del dominio posesivo del varón[50], invitando a una vida liberada de la esclavitud del dinero y la obsesión por las cosas[51]ofreciendo el perdón a personas hundidas en el fracaso moral y la ruptura interior[52].

 

Es significativo, que al confiar su misión a sus discípulos, Jesús hable invariablemente de una doble tarea: «Id y anunciad el reino de Dios», «Id y curad»[53]. El anuncio misionero y la tarea sanadora son parte de la misma dinámica que ha de abrir camino al reinado de Dios. Jesús les invita a promover la sanación como horizonte, cauce y contenido de la acción evangelizadora[54].

 

  1. Espiritualidad creativa de responsabilidad ecológica

 

Ya no es posible ignorar por más tiempo los dramáticos retos a los que nos vemos enfrentados los seres humanos a comienzos del siglo XXI. El crecimiento imparable de la muerte prematura e injusta de millones de hombres y mujeres a causa del hambre y la desnutrición, la incapacidad para acabar con tantas guerras y genocidios, la resistencia a avanzar hacia una política global más solidaria y responsable ante el futuro de la especie humana, la progresiva destrucción ambiental del planeta, la constatación de la fuerza irresponsable, depredadora y destructora de los abusos del poder tecnológico «nos muestran que el proyecto creador de Dios de una Tierra llena de justicia y de paz está siendo aniquilado por los hombres»[55].

 

Como dice la teóloga valenciana, Lucía Ramón, «los cristianos todavía no hemos reaccionado con responsabilidad y creatividad ante el nuevo escenario en que vivimos: un presente amenazado por la descreación». ¿Es posible encontrar en aquel profeta galileo que vivió por los años treinta en un rincón del imperio romano alguna aportación para cultivar una espiritualidad más abierta a la responsabilidad ecológica?

 

  • Una mirada nueva sobre la Tierra

 

Jesús no vive encerrado en su propia interioridad. Los evangelios lo presentan moviéndose por las aldeas, con los ojos muy abiertos a la vida que lo rodea, en comunicación espontánea con el entorno natural de Galilea. Su mirada está iluminada por la fe transmitida por los relatos bíblicos de la creación: el mundo ha brotado de la bondad de Dios como un regalo al ser humano. Así lo vive Jesús. Los pájaros del cielo y los lirios del campo, el sol y la lluvia, los rebaños y las viñas, las siembras y las cosechas, la primavera o el verano le sirven para descubrir en el fondo de esa vida palpitante la presencia buena de un Padre que cuida con ternura especial incluso los pájaros más pequeños y las flores más frágiles de los alrededores del lago de Galilea[56].

 

Pero Jesús que vive entregado a anunciar el reino de Dios ve la Tierra, sobre todo, como el lugar donde hay que abrir caminos al reino de justicia y de paz que Dios quiere para todos. El mundo se convierte para él en parábola del reino de Dios. Mientras Jesús y los discípulos marchan por aquellos caminos sin ver nada especial, algo está ocurriendo bajo esas tierras que transformará la semilla sembrada en cosecha abundante. Así sucede con el reino de Dios. Su fuerza está ya actuando en la vida: si sabemos sembrar semillas de paz, justicia y compasión, el mundo se irá transformando. El reino de Dios es como la primavera cuando comienza a despuntar la vida. No hay frutos todavía; no se puede salir a cosechar, pero las ramas de las higueras se ponen tiernas y brotan las hojas. La vida que parecía muerta empieza a despertar. Para Jesús, la primavera es símbolo del gran misterio de la vida, y signo de la llegada de Dios como bendición y vida para el ser humano[57].

 

Desde esta tierra Jesús levanta sus ojos al cielo para invocar al Padre de todos. Dios no está atado a un lugar sagrado. No pertenece a una raza, a un pueblo. Dios es para todos: «hace salir su sol sobre buenos y malos. Manda la lluvia sobre justos e injustos»[58]. El sol y la lluvia son de todos. Nadie puede apropiarse de ellos. No tienen dueño. Dios ofrece la vida como un regalo, rompiendo la tendencia religiosa y moralista a discriminar a los indignos. Dios no es propiedad de los buenos y piadosos. Es de todos.

 

Ya esta manera de situarse ante el mundo invita a mirar nuestro planeta con una mirada que supera la posesión insolidaria de la tierra y la depredación irresponsable del mundo natural. Por otra parte, rompe cualquier pretensión de poseer a Dios de manera exclusivista. Para quien vive del espíritu de Jesús, no sólo es importante su pueblo, nación o religión, sino la suerte de todos los pueblos y todas las religiones, el futuro de la humanidad total.

 

  • Una nueva cultura de la solidaridad

 

La mirada nueva no basta. Es necesario reforzar el vínculo de solidaridad entre todos los seres que habitan esa casa que es la Tierra. No basta buscar soluciones técnicas que vayan resolviendo los efectos destructores del desarrollo tecnológico moderno. Es necesaria una revolución de las conciencias. Como decía M. Gandhi, «el planeta ofrece cuanto el hombre necesita, pero no cuanto el hombre codicia». Es necesario impulsar una dinámica espiritual que haga posible una comunicación más justa y solidaria entre todos los pueblos de la Tierra. Los cristianos hemos de estrenar de nuevo la oración gastada de Jesús invocando al Padre de todos con una pasión nueva, en una actitud más comprometida y un horizonte más universal: «Venga tu reino de justicia, paz y vida a todos los pueblos de la Tierra. Danos tu pan para que lo compartamos con los hambrientos. Danos tu perdón que nos libere de nuestra ceguera y egoísmo cruel. Libera al mundo del mal».

 

Hemos de leer las bienaventuranzas en el escenario del mundo actual. Jesús se encuentra por las aldeas de Galilea con familias que no pueden defender sus tierras ante la presión de los grandes terratenientes y les grita: «Dichosos los que os quedáis sin nada porque es vuestro el reino de Dios». Observa el hambre de mujeres y niños desnutridos, y no puede reprimir su protesta: «Dichosos los que ahora tenéis hambre porque Dios os quiere ver saciados». Ve llorar de rabia e impotencia a los campesinos cuando los recaudadores se llevan lo mejor de sus cosechas y los alienta: «Dichosos los que lloráis porque Dios os quiere ver riendo»[59]. Jesús quiere dejar claro que los que no interesan a nadie, interesan a Dios; los que sobran en los imperios construidos por los hombres tienen un lugar privilegiado en su corazón; los que no tienen una religión que los defienda, tienen a Dios como Padre. Todos han de saber que los que son víctimas de la injusticia mundial son hijos e hijas predilectos de Dios. Su vida es sagrada. Nunca ni en Galilea ni en parte alguna, se construirá la vida tal como la quiere Dios si no es liberándolos del hambre, la miseria y la humillación. A Dios sólo se puede acoger, no arruinando la casa de todos sino construyendo un mundo que tenga como primera meta la dignidad de los últimos.

 

Por eso desde los países satisfechos del bienestar hemos de escuchar la llamada de Jesús a no vivir «acumulando para nosotros mismos» (riqueza, bienestar, poder, tecnología…). Este es el mensaje de la parábola del «rico imbécil»[60] que para guardar sus abundantes cosechas construye «más graneros y más grandes» hasta que la muerte interrumpe su vida insensata. Así son aquellos ricos terratenientes de Galilea: unos «imbéciles» que arruinan la vida de los pobres y no pueden asegurar la suya propia. Y así somos también los países del bienestar: nos creemos sociedades inteligentes, democráticas y progresistas y sólo somos unos insensatos crueles y ciegos, que vivimos de la miseria de millones de seres humanos, de la que, en buena parte, somos responsables por nuestra injusticia y nuestra insolidaridad. Es más urgente y necesaria que nunca en el mundo una fuerte corriente espiritual que despierte cada vez en más conciencias la indignación: «¡Basta de tanta insensatez y crueldad!».

 

  • Una nueva ética de renuncia

 

No es posible dar pasos reales hacia una nueva cultura de solidaridad mundial sin impulsar decididamente en nuestros países del bienestar una nueva ética de renunciar en línea con esa llamada de Jesús a no vivir acumulando para nosotros. La escena del encuentro de Jesús con Zaqueo, el rico y poderoso recaudador de Galilea, está narrada por Lucas con una intención de fondo de gran importancia: la salvación entra en casa del rico cuando, al contacto con Jesús, el rico Zaqueo devuelve lo robado, renuncia a seguir acaparando obsesivamente y se compromete a compartir sus bienes con los pobres: «Hoy ha entrado la salvación en esta casa»[61]. Esta es precisamente la dinámica de renuncia que el Espíritu de Jesús puede introducir en las sociedades de la abundancia. Sólo así entrará la salvación en el mundo, la casa de todos.

 

Cuando Mateo, en su presentación de las bienaventuranzas, recoge las principales actitudes de quienes viven inspirados por Jesús, comienza con ésta: «Dichosos los pobres de espíritu porque de ellos es el reino de los cielos»[62]. Esta pobreza evangélica no consiste en un mero desapego interior de los bienes. Son dichosos los «pobres por el Espíritu», es decir, los que, movidos por el Espíritu de Dios, viven en dirección a los pobres: aman a los pobres, optan por los pobres y se identifican con ellos[63]. Esta pobreza consiste en poner la justicia, la igualdad y la solidaridad de todos los seres humanos por delante de nuestra propia riqueza. Desde esta actitud de renuncia se pueden dar pasos hacia la «civilización de la sobriedad compartida» de la que habla José Ignacio González Faus o según la formulación provocativa de Ignacio Ellacuría «la civilización de la pobreza», es decir, una civilización construida desde la óptica y las necesidades de los últimos de la Tierra[64].

 

  1. A modo de conclusión

 

La existencia profética de Jesús alcanza su culminación al ser crucificado en las afueras de la ciudad santa de Jerusalén. En la cruz se revela de manera definitiva su pasión por el reino de Dios y su compasión por todas las víctimas cuya aflicción asume hasta el final. Al entregar su espíritu al Padre, se revela la espiritualidad que ha animado su vida entera.

 

Su petición de perdón al Padre para los verdugos que lo crucifican es, al mismo tiempo, un gesto sublime de compasión y una crítica suprema a la insensatez del poder político y religioso que crucifica a los inocentes: «Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen»[65]. Por otra parte, su grito a Dios, identificado con todas las víctimas, pidiendo alguna explicación a tanta injusticia y abandono, y su entrega confiada al Padre quedan en labios del Crucificado reclamando una respuesta de Dios más allá de la muerte: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?». ¿Por qué nos has abandonado? «Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu», Padre, en tus manos quedan nuestras vidas[66].

 

La resurrección del Crucificado, desautorizado al representante del imperio romano y a las autoridades del templo, constituye la intervención definitiva de Dios que abre un futuro nuevo a la historia humana. La esperanza nueva que introduce Jesús en el mundo sólo es posible acogerla y proclamarla desde la fe en un Dios que no abandona a las víctimas. Un Dios libre y liberador, cuyo amor salvador no tiene por qué acomodarse a las pretensiones de los poderosos, ni seguir los caminos que le marcan los dueños del mundo.

 

La actuación curadora de Jesús introduciendo salud en los enfermos de Galilea está ya anunciando la salvación eterna que nos ofrece Dios. Su acogida a quienes viven excluidos es ya promesa de la acogida definitiva y del perdón reconciliador de Dios. Sus comidas con pecadores, prostitutas e indeseables anticipan ya el banquete del reino en torno al Padre. La última palabra sobre la historia humana la tiene Dios. Cuando su proyecto del reino es impedido por el mal, fracasa por nuestro pecado, o queda a medias interrumpido por la muerte, Dios lo lleva a su plenitud más allá de la muerte. Un día las bienaventuranzas de Jesús se cumplirán. Dios será todo en todos. Él «secará las lágrimas de nuestros ojos, y no habrá ya muerte ni llanto, ni gritos ni fatigas porque el mundo viejo habrá pasado»[67]. Entonces escucharemos del Resucitado las palabras más consoladoras que podemos leer en las Escrituras cristianas: «Al que tenga sed, yo le daré a beber gratis del manantial del agua de la vida»[68].

 

[1] Marià Corbí, Hacia una espiritualidad laica. Sin creencias, sin religiones, sin dioses. Herder, Barcelona, 2007, p.191-294.

[2] Isaías 21, 12.

[3] Jean Vernette, Jésus dans la Nouvelle Religiosité, Desclée, 1987.

[4] No voy a hablar de la mística cristiana que hunde sus raíces en la cristología yoanea; tampoco de la «cristología interior» que es posible desarrollar desde la experiencia paulina del «vivir en Cristo», ni de los diversos caminos que se ensayan hoy para acceder a la espiritualidad oriental desde la persona de Jesús. Se puede leer a Javier Melloni. El Cristo interior. Herder, Barcelona, 2010.

[5] «He venido a prender fuego en el mundo: ¡y ojalá estuviera ya ardiendo!» (Lucas 12, 49); «El que está cerca de mí, está cerca del fuego. El que está lejos de mí, está lejos del reino» (Evangelio apócrifo de Tomás).

[6] Lucas 7, 16; ver Marcos 6, 15; 8, 27-28.

[7] El profeta es «nabi», es decir alguien que ha sido «llamado» por Dios para escuchar un mensaje que ha de comunicar en su nombre. Se le llama también «ro’eh» y «hozeh», es decir, «un vidente» que, desde Dios, ve lo que otros no ven.

[8] Mateo 20, 25-26a

[9] Mateo 23, 2-4

[10] Este dicho aparece con pequeñas modificaciones en Marcos 10,31; Mateo 19,30; 20,16; Lucas 13,30.

[11] Lucas 14, 11; 18,14;Mateo 23,12

[12]Mateo 21,31.

[13] Marcos 10, 43-44.

[14] Marcos 1, 15.

[15] Mateo 6, 33.

[16] Los profetas de Israel llaman a la «conversión» (teshubá), que consiste en abandonar los caminos desviados para volver (shub) al Dios de la Alianza. Jesús llama a entrar en el reino de Dios saliendo de otros reinados (Dinero, César,…).

[17] Lucas 17, 21

[18] El evangelio apócrifo de Tomás atribuye precisamente a Jesús estas palabras: «El reino de Dios está dentro y fuera de vosotros» (3).

[19] Lucas 11, 2-4 // Mateo 6, 9-13. Probablemente Jesús la entendía como una oración para ser pronunciada cada día.

[20] Christian Duquoc, Dios es diferente. Sígueme, Salamanca, 1978, 39-55.

[21] Juan, 10,10. el cuarto evangelista resume bien el recuerdo que quedó de Jesús.

[22] Marcos 5, 34; Lucas 7, 50; 8, 48.

[23] Sabiduría 11, 26.

[24] Lucas 4, 16-22. La escena es probablemente una composición del evangelista, pero recoge bien la experiencia profética de Jesús y su programa de impulsar el reino de Dios entre los últimos.

[25] «Jesús, fenómeno personal inédito en Israel, experimenta a Dios como una potencia que abre futuro, que es contraria al mal, que sólo quiere el bien, que se opone a todo lo que es malo y doloroso para el hombre… y, por tanto quiere redimir la historia del dolor humano» (Jesús, la historia de un viviente, Cristiandad, Madrid, 1981, 209-232).

[26] Lucas 16,13 // Mateo 6,24

[27] Lucas 20,25 // Mateo 22,21

[28] Parábola del padre bueno (Lucas 15, 11-32); parábola del dueño bueno de la viña (Mateo 20, 1-15); parábola del fariseo y el recaudador que subieron al templo a orar (Lucas 18, 9-14).

[29] Levítico 19, 2.

[30] Lucas 6, 36. La versión paralela de Mateo 5, 48 se ha traducido tradicionalmente así: «Sed perfectos (teleioi) como vuestro Padre del cielo es perfecto» justificando y promoviendo una espiritualidad de perfeccionamiento progresivo en santidad. Es mejor traducir: «Sed buenos del todo como es bueno del todo vuestro Padre del cielo» o «No pongáis límites a vuestra bondad como tampoco pone límites a su bondad el Padre del cielo» (David Flusser).

[31] Mateo 14, 14

[32] Mateo 9, 36

[33] Lucas 7, 13. Los evangelistas emplean el término «splanchnizomai» que expresa una reacción visceral, una conmoción entrañable.

[34] Joan-Carles Mélich Ética de la compasión, Herder, Barcelona, 2010; José María Castillo, La sensibilidad de Jesús, en Varios, El grito de los excluidos. Seguimiento de Jesús y teología, Estella, Verbo Divino, 2006, 153-172.

[35] Ver la hermosa síntesis de Willigis Jäger, Sabiduría eterna. El misterio que se esconde detrás de todos los caminos espirituales, Verbo Divino, Estella, 2010.

[36] Lucas 10, 30-37. Sorprende el carácter detallado y minucioso con que Lucas describe la reacción «maternal» del samaritano

[37] Hechos de los apóstoles 10,38.

[38] Marcos 2, 27. «Dios creó el sábado por amor al ser humano y no al ser humano por amor al sábado».

[39] Hechos de los apóstoles 10,38.

[40] Mateo 11, 4-6. No nos ha de escandalizar pues para Jesús el pecado que ofrece mayor resistencia al reino de Dios es precisamente causar injustamente sufrimiento o tolerarlo con indiferencia desentendiéndonos de él.

[41] Ver «Memoria passionis. Una evocación provocadora en una sociedad pluralista», Sal Terrae, Santander, 2007, 160-183

[42] Juan 5, 6.

[43] Lucas 17, 19.

[44] Marcos 2, 5.

[45] Lucas 13, 12.

[46] Marcos 2, 11.

[47] Marcos 5, 19; Lucas 13, 13; 17, 15; 18, 43.

[48] Lucas 40-42; Mateo 23, 23-24.

[49] Mateo 5, 21-26; 7,15; 18, 21-22.

[50] Marcos 10, 1-9; Juan 8, 1-11.

[51] Mateo 6, 21; 6, 24.

[52] Marcos 2, 1-12; Lucas 7, 36-50; Juan 8, 1-11.

[53] Lucas 9, 2; 10, 8-9; Mateo 10, 7-8.

[54] Sobre la actuación sanadora de Jesús me permito citar mi estudio: «Id y curad. Evangelizar el mundo de la salud y la enfermedad». PPC, Madrid 2004, sobre todo 9-50.

[55] Lucía Ramón, Queremos el pan y las rosas. Ediciones HOAC, Madrid, 2011, 212. Ver su interesante capítulo sobre «Espiritualidad cristiana ecofeminista para otro mundo posible».

[56] Mateo 6, 26.28-30 // Lucas 12, 24.27-28.

[57] Marcos 13, 28.

[58] Lucas 6, 35 // Mateo 5, 45.

[59] Nadie duda de que estas tres bienaventuranzas recogidas por Lucas 6, 20-21 provienen de Jesús.

[60] Lucas 12,16-20.

[61] Lucas 19, 1-10.

[62] Mateo 5, 3. Mientras que Lucas en sus bienaventuranzas habla de las situaciones creadas por los ricos, Mateo habla de las actitudes que siguen a Jesús.

[63] La Nueva Biblia Española traduce «dichosos los que eligen ser pobres».

[64] Ver el importante estudio de José Ignacio González Faus, Otro mundo es posible… desde Jesús. Sal Terrae, Santander 2010.

[65] Lucas 23, 34.

[66] Marcos 15, 34; Lucas 23, 46.

[67] Apocalipsis 21, 4.

[68] Apocalipsis 21, 6.

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