Abba, el Dios de Jesús. El Reino

ABBA, EL DIOS DE JESÚS 

1. – El Reino habla de Dios

A medida que avanzaba el conocimiento del misterio del Reino, se percibía con más claridad que Jesús, en definitiva, estaba hablando de Dios. Bajo esta imagen del reino encontramos el actuar mismo de Dios (= el reinar divino), su soberana actividad liberadora, Dios mismo totalmente preocupado por la salvación del hombre. Detrás de la preferencia por los pobres y los pecadores, se iba delineando cada vez con más claridad el rostro de un Dios que se nos hace encontradizo en nuestro presente y se introduce en el entramado de nuestra historia. Jesús respira la gozosa certeza de esta cercanía.

2. – La revelación del Abbá

Jesús no pretendió fundar una nueva religión; no conoce otro Dios que Yahvé. Pero Él vivió la experiencia de Dios con tal profundidad de comunión y tan transparente penetración, que la historia religiosa humana recibió de Él una impronta indeleble.

Esta experiencia la expresa Jesús con la palabra Padre. Este nombre ya se le atribuye a Dios en otras religiones orientales (el judaísmo entre ellas: Dios padre del pueblo).

Jesús se inserta en este lenguaje ya en uso, pero lo hace con una constancia impresionante (tanto para hablar de Dios como para hablar con Dios). La impresión de novedad se acentúa cuando se observa que la palabra usada por Jesús no es un genérico padre, sino el vocablo familiar abbá. Jesús recurre a esta voz familiar para invocar a su Dios (= papá). Jamás la piedad hebraica se habría atrevido a dirigirse a Dios con tanta confianza (hubiera sido un acto de irreverencia); el tono solemne, que indicaba distancia, era de rigor.

Este modo de designar Jesús a Dios debió impresionar a sus discípulos, que, siguiendo el ejemplo de Jesús mismo, se lo apropiaron como distintivo característico de su oración cristiana, y lo conservaron en su forma aramaica, incluso en aquellas comunidades que no hablaban dicha lengua. Con este apelativo, los cristianos pensaron haber heredado de Jesús el núcleo de su fe en Dios; Él mismo los había exhortado a hacerlo: Cuando oréis, decid: Padre (con toda seguridad, Abbá) (Lc 11,2).

3. – El nuevo rostro de Dios

Entre los muchos nombres que le ofrecía la tradición, Jesús se apropia sólo de uno para expresar lo que él pensaba de Dios y lo que Dios era para él. Y lo tomó de la vida cotidiana, de la boca de los niños que llaman a su padre papá.

Abbá describe los sentimientos profundos de la conciencia religiosa de Jesús y al mismo tiempo revela los nuevos rasgos de aquel rostro divino que nos sale al encuentro en la predicación del Reino. El Reino sustituía al Dios de la ley y de los justos por el Dios del amor universal, inclinado hacia toda forma de necesidad humana, extraordinariamente cercano. Este rostro nuevo necesitaba solamente quedar sellado por un nombre nuevo, correspondiente a la novedad del Reino. Abbá es, precisamente, el sello del mensaje del Reino.

Conviene recordar que es a la luz de aquel mensaje como Abbá debe ser interpretado, para no correr el riesgo de vaciarlo de su densidad histórico-salvífica, reduciéndolo a una fórmula intimista y sentimental. El amor del Abbá es tierno y creador al mismo tiempo.

Este rostro de Dios no es común en las religiones humanas, para las que Dios, por su trascendencia, permanece extraño e indiferente a las vicisitudes humanas (griegos) o sólo se interesa por las miserias de su pueblo (Israel).

El hombre tiende por natural inclinación a no dar crédito a un Dios tal y como Jesús lo presenta: un Dios en quien la ternura es el primer calificativo de la justicia y el poder, en quien no existe más justicia y poderío que el amor (el hombre prefiere un Dios que sea, ante todo, alguien que castiga y recompensa).

4. – El Abbá y el mensaje del Reino

Hemos dicho que Abbá debe ser considerado como el sello final de todo el mensaje del Reino. Pero debemos decir todavía más: Abbá no está sólo al final, sino también al origen de aquel mensaje. ¿De dónde sacó Jesús la certeza de que el Reino está cercano a los hombres y ofrece inimaginables posibilidades de salvación para los más necesitados? ¿Acaso no de la excepcional experiencia de Dios que él había vivido como Abbá suyo y de todos?

Es precisamente sobre la base de este descubrimiento personal del amor paterno de Dios como Jesús podrá anunciar en el mundo la palabra de esperanza del reino. La buena noticia de la cercanía de Dios a los pobres él la adquiere por medio de su originalísima experiencia. La revelación que Jesús hace del misterio del Reino a los pequeños está precedida y posibilitada por la revelación que el Abbá le ha hecho a él. Detrás de la predicación de Jesús está la revelación de Dios a aquel que es su Hijo; y se trata, no de un conocimiento intelectual, sino de una experiencia personal, que podríamos llamar de familia.

En la palabra Abbá y en la fórmula Reino de Dios tenemos seguramente el mejor y más expresivo resumen de la vida de Jesús y su sentido. El primer mensaje de estas dos palabras es su vinculación e inseparabilidad. El Abbá es una manera de designar a Dios. El Reino es una manera de ver la vida humana.

El Reino da razón del ser de Dios como Abbá. La paternidad de Dios da fundamento y razón de ser al Reino. Jesús cree que no hay acceso a Dios fuera de la búsqueda dolorosa del Reino y con eso desenmascara muchas veces como ídolo de barro al dios que las iglesias han querido utilizar como razón de su autoridad moral y de su prestigio e importancia histórica.

Pero Jesús cree y anuncia también que no hay Reino posible sino en la Paternidad de Dios, porque el reino, en última instancia, no es Reino mío o nuestro sino del otro; y sólo siendo del Otro más definitivo, se libera al Reino de aquella gran falsificación que parece constituir la trágica unidad de la historia, y que el hombre no ha conseguido evitar pese a los profundos cambios de épocas o culturas: la de ser paraíso totalitario. Esta noción contradictoria de paraíso totalitario representa el resumen de todo aquello que el hombre ha querido evitar y todo aquello en lo que el hombre fatalmente ha caído cuando se ha puesto a construir por su cuenta aproximaciones al Reino.

La experiencia de esa vinculación Abbá-Reino constituye toda la clave de lo que parece que Jesús personalmente vivía, constituye todo el horizonte de lo que Jesús quiso predicar, y constituye todo el sentido del discipulado que, para Jesús, parece no ser más que una introducción a esa experiencia.

Hemos dicho que esa experiencia resumía la predicación de Jesús. Y por eso hemos de tener muy en cuenta que, para Jesús, la cuestión a que su enseñanza y su predicación dan respuesta no es: ¿qué hay que hacer? Por ejemplo: si hay que guardar la ley o no, si hay que hacer la revolución o no… Jesús no parece tener respuesta universal a esas cuestiones, más aún parece negar la existencia de esa respuesta. Cada vez habrá que responder de una forma y cada época y situación habrá de construir su respuesta al responder).

En eso se quedan cortas muchas lecturas del evangelio, y aquí empieza Jesús por desconcertarnos ya a nosotros mismos, a quienes la primera cuestión que nos brota en cuanto nos queremos convertir o nos creemos convertidos es esa: ¿qué hay que hacer? Pero para Jesús la cuestión es esta otra: ¿dónde hay que poner el corazón? Y la respuesta es: en esa dualidad inseparable del Abbá-Reino (es decir: no en el establishment, o en la revolución o en el compromiso o en la huida…).

5. – No la ley, sino el Padre

La polémica de Jesús con los maestros de la ley está motivada por la urgencia que tiene de hacer revivir en el alma religiosa de su pueblo el verdadero sentido de Dios. La absolutización de la ley como fuente de salvación termina eliminando de la vida religiosa la referencia a Dios que quedaba relegado al rango secundario de vigilante de la observancia de la ley y contabilizador de los méritos y deméritos humanos. Y no hace falta añadir que la ley, observada o no, terminaba dividiendo y clasificando sectariamente a los hombres.

El anuncio del amor universal del Padre, que abarca a buenos y malos, judíos y paganos, reunía a todos en la única condición de hijos que esperan ser salvados. Para Jesús no se trataba de eliminar la ley ni de exigir una observancia más profunda de ella, sino de reivindicar el puesto que corresponde sólo a Dios (como se manifiesta en la parábola del hijo pródigo).

La verdadera opresión, en la sociedad que vive Jesús, procedía de la interpretación legalista de la religión. La revelación de Dios, experimentado como Padre, forma parte de la liberación que Jesús ha venido a anunciar a los oprimidos. La superación del Dios de la ley por el Dios del amor constituyó una auténtica revolución. Y el motivo de la condena a muerte de Jesús debe buscarse aquí.

6. – Los hombres, hijos del Padre

La revelación de Dios como Abbá está destinada a los hombres, lo mismo que a ellos estaba destinado el mensaje del Reino. La conversión a la esperanza del Reino se hacía posible solamente a partir de la certeza de que los hombres, sobre todo los pobres, son amados y buscados por Dios como por un padre. Un Reino sin Padre es un Reino no creíble e incapaz de suscitar esperanza.

Jesús recurrió al lenguaje doméstico del padre para describir la particularísima bondad de Dios que reina; pero también para crear en los hombres la certeza de ser los hijos de aquel Dios, de tal forma que en ellos se engendre la convicción de ser sus hijos y el deseo de imitarlo en el amor y el perdón.

Esta paternidad es tan real, que ante ella deben eclipsarse todas las paternidades y autoridades terrenas y debe crear la convicción de la fraternidad universal (Mt 23,8 ss).

El judaísmo del AT había sido muy reservado a la hora de considerar las relaciones de filiación de Israel para con Dios, en orden a eliminar de antemano el peligro de confusión con los mitos politeístas paganos. Y se había preocupado de clarificar que tal filiación se basaba en la libre elección divina, no en la generación natural.

En Jesús esta preocupación está ausente, pues lo que él persigue es crear en la conciencia humana la convicción liberadora de la paternidad de Dios. Ésta no es un elemento marginal en su evangelio, sino el corazón mismo del anuncio del Reino.

7. – Jesús, el Hijo del Padre

Nos encontramos ante el aspecto más arduo e impresionante de la personalidad del hombre Jesús. Según los evangelios, especialmente el de Juan, Él no se considera uno de tantos hijos de Dios sobre la tierra, ni siquiera el más cercano al Padre en razón de su misión, sino simplemente el Hijo, en sentido absoluto y exclusivo.

La expresión usual en él, Padre mío, con ese adjetivo de pertenencia, expresa mejor que cualquier declaración teórica la relación personal de Jesús con el Padre. Nunca aparece la expresión colectiva Padre nuestro. Esto llama la atención en este hombre de solidaridad, que invitó a todos los hombres a considerar a Dios como su Padre común. Su personal relación con Dios, en cambio, se configura de otra manera.

Del conjunto de su comportamiento (no de afirmaciones explícitas que nos instruyan acerca de su autocomprensión: Jesús no se predica a sí mismo) se deduce inmediatamente la singular conciencia que tenía de su misterio personal.

 Vive en un clima de extraordinaria comunión y familiaridad con el Padre, brinda el perdón divino con su autoridad, dispone con libertad de la ley mosaica, exige una adhesión incondicionada a su persona como sólo Dios podría pretender, se considera a sí mismo como la llegada del Reino de Dios al mundo identificándose con la salvación misma que viene de Dios, vive una santidad excepcional, exige las rupturas más totales para seguirle a él, realiza acciones milagrosas con soberano poder; y en el centro de esta su praxis habitual está la experiencia de Dios como Abbá, vivida en el candor infantil de una incondicional confianza y en amor fiel hasta el martirio. Con el lenguaje realista de sus comportamientos nos descubre la comprensión más profunda que tenía de sí como Hijo del Padre: comportamientos constantes y espontáneos, paradójicamente por la humildad.

La consideración de Dios como su Padre le permite autodefinirse como Hijo único. Esta su relación singular con Dios le hace sentirse alguien, le da un rostro personal, expresa a sus propios ojos su identidad: la del que tiene por nombre Jesús de Nazaret. Este encontrarse en posición única ante Dios es lo que le hace sentirse su Hijo. Y ésta es la matriz de su conciencia personal.

¿Cómo vive Jesús esta conciencia de Hijo? Contra toda lógica racional, él la vive en el espíritu de una total dependencia, sin hacer valer su prerrogativa de Hijo, sin reivindicar derechos de familia ni ocupar el puesto del Padre. Jesús vive con la pasión de buscar la voluntad del que le ha enviado.

Su espiritualidad filial se alimenta de oración, y la oración de Jesús pide escucha como la de cualquier otro hombre. Para él la obediencia no es jamás asunto de correspondencia con un código moral externo a él, sino asunto de fidelidad y amor al Padre. De aquí recibió él la fuerza que le sostuvo en su misión y la valentía en la soledad a que fue reducido por el ambiente cada vez más hostil: Yo no estoy solo, pues el Padre está conmigo (Jn 16,32).

¿Usó Jesús el título de Hijo de Dios? Es un problema todavía abierto. Este título nunca está en boca de Jesús en los sinópticos, son otros quien lo afirman de él. Parece que deba afirmarse que Jesús no hizo uso de este título al hablar de sí mismo.

Mayor seguridad ofrece, en cambio, la fórmula abreviada el Hijo, usada en sentido absoluto (Mt 11,27), que con toda verosimilitud debe remontarse a un preciso recuerdo histórico. Es de hecho difícil pensar que Jesús haya podido llamar a Dios con el apelativo nuevo de Abbá-Padre, además en referencia a la propia persona, sin recurrir espontáneamente al correlativo Hijo.

Pero la importancia de este problema es relativa, ya que Jesús expresó su conciencia filial también de otros modos, como ya hemos señalado. No es un único párrafo o un título cristológico-mesiánico aislado quien nos garantiza quién era Jesús y qué pensaba de sí; justamente al contrario: es la manifestación de conjunto de Jesús la que puede dar a ese párrafo o título su contenido.

 8. – Evolución de la conciencia de Jesús

La conciencia de la filiación divina y de su misión debe haber seguido el ritmo de desarrollo que es propio de toda psicología humana, aun cuando fuese acompañada de una riqueza de gracia particular. Tuvo un primer despertar y creció ulteriormente con el crecer de su personalidad.

Todo niño toma conciencia de su yo personal bajo el influjo de los contactos interpersonales, particularmente de sus padres, a medida que descubre el mundo y el ambiente cultural de que forma parte. La conciencia de sí se profundiza con el crecer de la experiencia.

Esta historia de autocomprensión se dio también para Jesús. La exégesis piensa entrever, aun en una narración biográficamente precaria como es la de los evangelios, las trazas de un despliegue gradual de la interpretación de sí mismo y de su misión, con el avance su predicación y a la luz de su reflexión sobre la Biblia y de su comunión con el Abbá.

Aunque no sea históricamente documentable, hay que admitir que fue precisamente la íntima experiencia del Abbá la que guió el despertar de su conciencia de hijo, haciendo que Jesús se situase frente a Dios como “hijo suyo” y no de otro padre humano.

9. – Quien conozca a Dios encontrará el Reino

Dice un logion (= dicho de Jesús) que se conserva en unos papiros descubiertos en 1904 (Pap. Oxyr. 654) y que no conserva la totalidad del texto, aunque ha podido ser reconstruido (texto que pertenece a un apócrifo): “Quien conozca a Dios encontrará el Reino porque conociéndole a Él os conoceréis a vosotros mismos y entenderéis que sois hijos del Padre y, a la vez, sabréis que sois ciudadanos del cielo. Vosotros sois la ciudad de Dios”.

Quien conozca a Dios encontrará el Reino. Aquí está la acusación contra toda forma de religiosidad que cree haber conocido a Dios sin Reino. Quien no ha descubierto el Reino no ha conocido a Dios, sino un ídolo.

Y la razón de esto es bien profunda: conocer a Dios es conocerse a sí mismo como hijo. La auténtica experiencia de Dios no es una mera experiencia de creaturidad o de contingencia que lleva a conocerle como creador, sino algo más: una experiencia de filiación que lleva a conocerle como Padre.

Esa fue la experiencia típica y única de Jesús a la que él dio expresión con la invocación Abbá. Y ahí es donde llega el hombre al conocimiento de sí mismo: conocer a Dios como Padre es conocerse como ciudadano del Reino. Ciudad de Dios, ciudadanía del cielo… son formas de designar el Reino de Dios como Reino de los hombres.

Desde esta síntesis podríamos recorrer ahora tanto las actitudes de Jesús como los episodios que conocemos de su vida. Quizás entonces nos equivocaremos en algún punto concreto, pero eso ya no deformará demasiado la imagen que nos hacemos de él.

El Bautismo fue probablemente el momento en que Jesús asumió esa doble experiencia -ya largamente vivida- como la misión de su vida (y por eso los evangelistas nos lo han narrado con aquella teofanía).

Esa misión encontró un primer eco de asombro y de esperanza, y la jalonó Jesús con determinados signos práxicoscomo las curaciones de endemoniados, comidas con los desclasados, curaciones, etc.), lo que desató hostilidades crecientes. Jesús los potenció con la elección y envío de discípulos, hasta que  llegó a un momento de crisis (por desencanto del pueblo) que obligó a Jesús a determinados cambios de táctica

 En todo este proceso Jesús nunca tuvo programados todos los pasos, ni claramente previstas todas las reacciones que se producían. Por así decir, Dios le mostró su voluntad más íntima, pero no le mostró sus cartas. Jesús trató de escuchar a los hechos para encontrar en ellos esa voluntad de Dios que conocía desde su experiencia del Abbá y del Reino. Ese encuentro no fue siempre fácil ni claro.

Pero en ese difícil proceso es donde se fue realizando la filiación divina de Jesús (como confianza total en el Abbá) y el “mesianismo” de Jesús (como entrega total al Reino de Dios). Algo así fue su vida. Vida extraña, provocadora cuando se plasmó en conductas concretas, suscitadora de preguntas: ¿de dónde le vienen esas palabras y esa autoridad? (Mc 1,27), ¿blasfema ese hombre? (Mc 2,7), ¿está fuera de sí? (Mc 3,21). Vida que constituye toda ella una inmensa cuestión no respondida.

 

Porque, lo curioso es que, como hemos de ver, esta vida va a encontrarse con una conflictividad, no sé si inesperada pero, en cualquier caso, muy intensa. La lucha por el Reino va a dar lugar a la conflictividad de la vida de Jesús. En esa conflictividad se va a encontrar Jesús con el silencio de Dios. Y desde ese silencio va a ser capaz de reencontrar la invocación de Dios como Abbá, rescatando así al Reino de todas las hostilidades que lo contradicen. 

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