Jesús siente a Dios como el Abba Querido

JESÚS SIENTE A DIOS COMO “ABBÁ” QUERIDO

Para entender el mensaje y la práctica de Jesús es necesario partir de una singular vivencia de Dios.

  1. UNA NUEVA EXPERIENCIA DE DIOS

Jesús hereda toda la rica tradición de la fe de Israel. Para el judaísmo antiguo, Dios es ante todo el Señor, el que siempre está por encima de nosotros, el Todopoderoso. Para Israel, Yavé es el único y verdadero Dios. Jesús tiene fe en todo ello. El es un verdadero israelita. Pero su fe se adentra de tal modo en el ser de Dios que toma características totalmente nuevas. Aceptando la fe israelita, Jesús muestra una imagen de Dios mucho más clara y concisa.

El respeto a Dios como Señor absoluto es un elemento esencial en la predicación de Jesús, pero no es su centro. Para él Dios es ante todo Padre.

Ya en el Antiguo Testamento se habla de Dios como Padre, pero con Jesús esta paternidad recibe acentos nuevos. La experiencia de Jesús ante Dios es totalmente original. Cuando Jesús habla de Dios quedan superadas todas las creencias del Antiguo Testamento.

La vida de Jesús, sus actitudes,  sus amistades, sus compromisos, todo en él se halla animado de tal manera por la realidad “Dios”, que adquieren un estilo y originalidad que resultan sorprendentes para los que tratan con él: “¿quién es éste?” (Lc 8,25). Es imposible comprender a Jesús y su mensaje sin conocer al Dios en el que creyó y del que se dejó penetrar hasta las últimas consecuencias.

 Para Jesús lo principal no es la palabra “Dios”, sino los hechos que hacen presente al hombre la realidad “Dios”. El nunca se enreda en “palabrerías” teológicas, ni en oraciones vacías de sentido (Mt 6,5-8). Jesús nunca se sirvió de teorías sobre “Dios” para adoctrinar a sus oyentes, sino que se refería a él en situaciones concretas, buscando siempre descubrir los signos de su presencia en el mundo.

No enseñó ninguna doctrina nueva sobre la paternidad de Dios. Lo original en él es que invoca a Dios como Padre en circunstancias nuevas. Lo que hay de nuevo en el caso de Jesús es que invoca a Dios como Padre metido en medio de una acción liberadora. El designa a Dios como el que rompe toda opresión, incluso la opresión religiosa: actuando él de este modo proféticamente, como destructor de toda opresión, es como se atreve a llamarlo Padre.

Porque siente así a Dios como padre, Jesús deja de cumplir ciertas normas de la ley, contrarias a ese proceso de liberación humana en el que  él ve la presencia bondadosa del Padre.

Por ello su original experiencia de Dios le lleva a un enfrentamiento con los adoradores del Dios oficial. Para los escribas y fariseos Jesús era un blasfemo porque cuestionaba el Dios del culto, del templo y de la ley.

Jesús no ve a Dios encerrado dentro del templo, o sometido al cumplimiento exacto de los ritos del culto, o midiendo el cumplimiento detallado de todas las normas de las complicadas leyes judías. El abre nuevas ventanas, nuevos horizontes por los cuales descubrir la presencia de Dios.

El no anuncia al Dios oficial de los fariseos (parábola del fariseo y del publicano), ni al Dios de los sacerdotes del templo (parábola del buen samaritano), sino a un Dios que es cercano y familiar, al que se puede acudir con la confianza de un niño.

Es el Dios que nos sale al encuentro en todo lo que sea amor verdadero, fraternidad. El Dios que busca al pecador hasta dar con él. El Dios que prefiere estar entre los marginados de este mundo, y rechaza a los que ocupan los primeros puestos en esta vida. Jesús ofrece un Dios sin los intermediarios de la ley, el culto, las normas, los sacerdotes, el templo…

 El Dios de Jesús es un Dios-Loco para los representantes del Dios oficial. Jesús sustituye la fidelidad al Dios de la ley por la fidelidad al Dios del encuentro, la liberación y el  amor.

Siente profundamente a Dios como padre de infinita bondad y amor para con todos los hombres, especialmente para con los ingratos y malos, los desanimados y perdidos. Ya no se trata del Dios de la ley que hace distinción entre buenos y malos: es el Dios siempre bueno que sabe amar y perdonar, que corre detrás de la oveja descarriada, que espera ansioso la venida del hijo difícil y lo acoge en el calor del hogar familiar. El Dios que se alegra más con la conversión de un pecador que con noventa y nueve justos que no tienen necesidad de convertirse.

Toda la vida de Jesús se apoya en esta nueva experiencia de Dios. El se siente tan amado de Dios, que ama como Dios ama, indistintamente a todos, hasta a los enemigos. El se siente de tal manera aceptado por Dios, que acepta y perdona a todos.

Jesús encarna el amor y el perdón del Padre, siendo él mismo bueno y misericordioso para con todos, particularmente para con los desechados religiosamente y desacreditados socialmente. Así concreta él el amor del Padre dentro de su vida.

 

  1. ACTITUD FILIAL DE JESUS ANTE DIOS

 

La experiencia que Jesús tiene de Dios se concreta en el nuevo sentido que da a su relación con “su” padre. La actitud filial de Jesús ante Dios Padre es fundamental. Es una relación única,  no compartida en su profundidad por ningún otro hombre.

Jesús siente en su vida la presencia amorosa de Dios y la comunica llamándole “Padre”. Siente que a “su” Padre le debe afecto y obediencia. Que lo que es del Padre es también suyo. Que el Padre le va entregando, sobre todo, su enseñanza.

Cumplir la voluntad del Padre se convierte en el núcleo central de la vida de Jesús. Su Padre le ha dado una misión, y él tiene que llevarla a cabo. Jesús se siente hijo de Dios metiéndose en la marcha de la historia, allá donde él ve que está presente la acción de su Padre. Se siente hijo ocupándose de lleno en la construcción del Reinado de su Padre. Ve que la soberanía liberadora de Dios debe realizarse ya en la historia, tal como él mismo lo experimenta en su propia vida.

Jesús tiene una vivencia muy especial de Dios como Padre que se preocupa de dar un futuro a sus hijos; vivencia de un Dios Padre que da esperanza al que humanamente tiene ya todas las puertas cerradas.

Predica la esperanza al mundo a partir de su experiencia de Dios como Padre; un padre que abre un futuro de esperanza a la humanidad; un padre que se opone a todo lo que es malo y doloroso para el hombre; un padre que quiere liberar a la historia del dolor humano. Su experiencia de la paternidad divina es una vivencia de Dios como potencia que libera y ama al hombre.

Jesús durante su vida terrena  invitó incesantemente de palabra y de obra, a creer en este Dios, para el que “todo es posible” (Mc 10,27). Basado en la experiencia de su Padre presenta y ofrece a los hombres una esperanza segura.

Si prescindimos de la vivencia que Jesús tiene del Padre Dios, su imagen histórica quedaría mutilada, su mensaje debilitado y su práctica concreta privada del sentido que él mismo le dio.

 

  1. PARA JESÚS DIOS ES ABBA

 

En tiempo de Jesús se había oscurecido bastante la imagen de Dios. La gente no se atrevía a pronunciar su nombre. Dios era “el Innombrable”. Los contemporáneos de Jesús se dirigían normalmente a Dios en tono solemne, acentuando siempre la distancia entre él y los hombres.

Como acabamos de ver, Jesús supera y clarifica definitivamente la imagen de Dios. Esta superación alcanza su máximo punto en el hecho de que Jesús se dirige a Dios llamándole “Abbá”.

En su oración, Jesús no llama “Dios” a aquel a quien se dirige, a no ser que citara palabras textuales del Antiguo Testamento, como en Mc 15,34. El siempre llama a Dios como Padre. Y, según parece, lo hacía usando la palabra aramea “abbá”.

Algunas veces en el Antiguo Testamento aparece la palabra “Padre” referida a Dios. Pero muy pocas veces. Y cuando los judíos la usaron, fue siempre en un clima de sumo respeto y majestad, añadiéndole títulos divinos ostentosos.

Además, en estos casos, cuando a Dios se le llamaba Padre, se referían siempre a la paternidad divina sobre todo el pueblo de Israel (Jer 31,9; Is 63,16). Pero no tenemos pruebas de la invocación a Dios como Padre de ninguna persona en concreto.

De ahí que la originalidad de la costumbre de Jesús es doble: Es la primera vez que encontramos una invocación al Padre hecha por una persona concreta en el ambiente palestino, y es también la primera vez que un judío al dirigirse a Dios lo invoca con el nombre de “Abbá”. Este es un hecho de suma importancia. Mientras que en las oraciones judías no se nombra ni una sola vez a Dios con el nombre de Abbá, Jesús lo llamó siempre así.

Abbá era la palabra familiar que los niños judíos empleaban para dirigirse a sus padres. Más o menos corresponde al “papito” castellano o al “yaya” quichua.

Invocar a Dios como Abbá constituye una de las características más seguras del Jesús histórico. Abbá pertenece al lenguaje infantil y doméstico, un diminutivo de cariño, utilizado también por los adultos con sus padres o con los ancianos respetables. A nadie se le podía ocurrir usar con Dios esta expresión familiar; sería como una falta de respeto a Yavé. Y sin embargo, Jesús, en las oraciones llegadas hasta nosotros, se dirige siempre a Dios con esta invocación: Papito querido (Abbá). Nada menos que 170 veces ponen los Evangelios esta expresión en labios de Jesús.

La palabra “Abbá”, así, en arameo, sólo aparece en los Evangelios en Marcos 14,36. Pero según los estudiosos creen, siempre que los evangelistas ponen en griego en labios de Jesús la palabra griega “pater”, no están sino traduciendo la palabra aramea “abbá”, pues está demostrado que esa era la costumbre constante de Jesús.

El Nuevo Testamento conserva la palabra aramea (abbá) para subrayar el hecho insólito del atrevimiento de Jesús (Rm 8,15; Gál 4,6-7). La familiaridad de Jesús con su Padre quedó tan grabada en el corazón de los discípulos, que la invocación “Abbá” se extendió rápidamente en el cristianismo primitivo. Los primeros cristianos adoptaron ellos mismos esta forma de orar de Jesús.

Abbá encierra el secreto de la relación íntima de Jesús con su Dios y de su misión en nombre de Dios. Jesús se dirigía a Dios como una criaturita a su padre, con la misma sencillez íntima, con el mismo abandono confiado.

Evidentemente Jesús conoce también los otros nombres dados a Dios por la tradición de su pueblo. No le asusta la seriedad, como muy bien puede verse en muchas de sus parábolas, donde Dios aparece como rey, señor, juez, vengador…; pero manteniéndose siempre  bajo el gran arco iris de la inconmensurable bondad y ternura de Dios como Padre querido. Todos los demás nombres se le aplican a Dios. Abbá es su nombre propio.

A los contemporáneos de Jesús les resultaría inconcebible dirigirse a Dios con esta palabra tan popular, tan familiar. Era para ellos algo irrespetuoso. El que Jesús se atreviera a dar este paso, hiriendo la sensibilidad de su ambiente, significa algo nuevo e inaudito. El habló a Dios como un niño con su padre, con la misma sencillez, el mismo cariño, la misma seguridad, lleno de confianza, y al mismo tiempo de respeto y obediencia. Cuando Jesús llama a Dios Abbá nos revela el corazón de su relación con él; sus anhelos más íntimos. Esta invocación expresa el meollo mismo de la relación de Jesús con Dios. El uso de esta palabra es la mejor prueba de la total familiaridad de Jesús con Dios.

La invocación “Abbá” tiene, pues, un valor primordial, que ilumina toda la vida de Jesús. Todo en él es consecuencia de esta actitud de fe. Esta palabra resume también todo lo que Jesús quería decir.

Veamos algunos casos concretos en los que se manifiesta el gozo y la confianza que Jesús deposita en su Padre.

Digna es de destacar la escena en  la que Jesús “con la alegría del Espíritu Santo”, bendice al Padre porque se ha “revelado a la gente  sencilla. Sí, Padre, Bendito seas, por haberte parecido eso bien” (Lc 10,21).

Otra escena que mueve a Jesús a decir “Abbá” es la acción de gracias por la resurrección de Lázaro, milagro debido a su súplica: “Gracias, Padre, por haberme escuchado. Yo sé que siempre me escuchas” (Jn 11,42).

Llenos de confianza están los ruegos de la oración sacerdotal, la noche de su prisión: “Padre, ha llegado la hora… Ahora, Padre, glorifícame tú a tu lado… Yo voy a reunirme contigo. Padre santo, protege tú mismo a los que me has confiado… Que sean todos uno, como Tú, Padre, estás conmigo y yo contigo… Padre, tú me los confiaste; quiero que… contemplen esa gloria mía que tú me has dado… Padre justo…, yo te conocí, y también éstos conocieron que tú me enviaste… Que el amor que tú me has tenido esté con ellos” (Jn 17,1.5.11.21.24-26).

Especial mención merece la oración del huerto; la cuentan todos los evangelistas (Mt 26,39.42; Lc 22,42; Jn 12,27-29). Marcos se siente obligado a mantener en su escrito la misma palabra aramea usada por Jesús: “¡Abbá! ¡Padre!: todo es posible para ti, aparta de mí este trago, pero no se haga lo que yo quiero, sino lo que quieres tú” (14,36). En este momento la confianza de Jesús en su Padre llega a su cumbre. Aquí no hay nada de un optimismo ideologizado. En esta hora dramática, el Padre es el supremo y definitivo refugio de Jesús: llamarle “Abbá” en medio de la amargura de su angustia es algo verdaderamente inaudito y audaz. Jesús se atreve a pedirle verse libre del trance de la pasión, a pesar de haber visto antes que estos sufrimientos eran parte integrante del plan divino (Mt 16,21; Mc 8,31; Lc 9,22; 17,25).

Afirma su sumisión a la voluntad del Padre, pero dando muestras de que él desearía verse libre del dolor. Esta audacia, que consiste en pedir que el Padre cambie su plan, se basa en su inmensa confianza en él. Jesús tiene tanta familiaridad con Dios que aun en la angustia y en el peligro permanece al mismo nivel. Le pide que cambie sus planes; pero acepta la negación de su petición, sin perder por ello su actitud de confianza.

Ya en el suplicio sabe pedir con sinceridad el perdón de sus verdugos: “Padre, perdónalos, que no saben lo que hacen”(Lc 23,34). Y encomienda su espíritu en manos de su Abbá (Lc 23,46), pero no por ello sin dejar de preguntarle las causas de su aparente abandono (Mc 15,34).

En los capítulos siguientes seguiremos profundizando en la visión que tuvo Jesús sobre su Padre Dios.

 

 

Bibliografía

 

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