El lenguaje religioso: Mitos y Símbolos. S Benetti

EL  LENGUAJE  RELIGIOSO:  MITOS  Y  SÍMBOLOS

Lic. Santos Benetti

 

Introducción: Religión y Posmodernidad

La posmodernidad, que es la etapa histórica-cultural que estamos atravesando, está provocando cambios revolucionarios en todos los aspectos de la vida, y muy especialmente en el campo religioso y educativo. Algunos de estos cambios son bien aceptados rápidamente por la sociedad en general, como los adelantos en las comunicaciones, en las ciencias y en la tecnología, sea por los beneficios que traen aparejados, sea porque en realidad se producen sobre objetos externos a nosotros, sin tocar la estructura íntima de cada uno.

Todo lo que sea rapidez e inmediatez en las informaciones, aparatos de diagnóstico clínico, medios de comunicación, redes sociales o nuevas formas de disfrute, libertad y placer, son la pantalla de la posmodernidad, su rostro casi milagroso que seduce a millones de usuarios sin distinción de mentalidades, culturas o madurez síquica. Sin embargo, hay otros aspectos, que son los verdaderos, profundos y revolucionarios cambios culturales e ideológicos que identifican a la posmodernidad, los que pueden generar una gran resistencia en su aceptación o incluso ser “negados” por ciertos sectores de la sociedad.

Un claro ejemplo es el que ocurre en las religiones y en las Iglesias en general, que se están volcando masivamente al uso de los modernos medios de comunicación social, pero sin modificar sus contenidos dogmáticos y éticos ni su esquema autoritario jerárquico, ni su fuerte presión de poder sobre la sociedad.

Cambian los instrumentos de propaganda y control social, pero resistiendo los profundos cambios que hoy se dan a nivel cosmológico, antropológico y socio-psicológico o negándolos sistemáticamente “como si nada pasara”, o suponiendo que esta ola posmoderna pronto pasará de moda y las cosas volverán a ser como antes. Por eso constatamos que hoy tenemos una impresionante fractura entre la actual cultura posmoderna y las religiones e iglesias, entre la nueva educación centrada en el ser humano integral y concreto y el viejo sistema cultural centrado en el autoritarismo y en verdades absolutas.

Por estos motivos me ha parecido importante hacer algunos aportes sobre esta difícil relación que existe entre los postulados de la actual cultura posmoderna y la religión, no para quedarnos en un estudio teórico, sino para encontrar caminos valederos para una formación integral del ser humano, no solo en el plano científico y de conocimientos, sino especialmente en el plano de los valores éticos y de una nueva espiritualidad humana, distinguiendo con claridad los campos de acción de la ciencia con respecto a los postulados de la religión y/o de la espiritualidad.

Hoy el ser humano reclama total autonomía, una autonomía que debe reflejarse ya en su educación y formación, pues es allí precisamente donde niños y niñas, y adolescentes en general, deben aprender a vivir con libertad  y con pleno desarrollo integral de todas sus instancias existenciales, tanto las físicas y biológicas, como las sociales, culturales, religiosas, éticas y espirituales, aclarando desde un comienzo que al decir “éticas” y “espirituales” hablamos de una “ética humana” y del “espíritu humano” sin connotaciones religiosas necesariamente.

Todo lo cual no es obstáculo para que muchos, por convicción o por tradición, también adopten creencias y prácticas religiosas o las reciban en ámbitos específicos, derecho proclamado por Naciones Unidas en el art. 18 de Los Derechos Humanos Universales de 1948:

Toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión; este derecho incluye la libertad de cambiar de religión o de creencia, así como la libertad de manifestar su religión o su creencia, individual y colectivamente, tanto en público como en privado, por la enseñanza, la práctica, el culto y la observancia.

Hoy tenemos una nueva concepción del cosmos y del hombre, como instancias totalmente autónomas y esto exige un nuevo diseño religioso y educativo. Se trata de un aspecto novedoso porque tradicionalmente la educación ética (o moral) y espiritual se la consideraba como un aspecto de la religión y casi como su dominio exclusivo.

Un tema prioritario

En este artículo vamos a entrar en un tema de capital importancia para clarificar las relaciones entre la Religiosidad y las Religiones con la cultura moderna, y por qué se producen tantos conflictos a la hora de entender y aceptar sus conceptos.

Es el tema del Lenguaje, de cómo las distintas culturas expresaron su sentimiento religioso y sus creencias; cómo está expresado y articulado ese lenguaje, y cómo podemos interpretarlo hoy miles de años después y en otra cultura radicalmente distinta. Si no somos capaces de comprender el lenguaje religioso, estaremos siempre hablando en “idiomas distintos”, articulando sonidos y vocablos pero sin saber interpretar sus significados. Como puede verse, se trata de un problema específicamente psicológico y cultural.

Por lo tanto, esta es la primera tarea a la que tenemos que abocarnos para tratar de comprender tantos conflictos y mal entendidos que se produjeron y se producen hoy entre las religiones y nuestra cultura, y seguramente en nuestra vida personal.

Lo fundamental es no quedarnos en la trivialidad externa de los relatos leídos literalmente  o en detalles puramente culturales o costumbrísticos de la época sino descubrir el mensaje que transmitieron a la sociedad de su época y en qué medida ese mensaje de espiritualidad que afecta a la misma vida humana puede aún hoy convocarnos a una vida más integral, más madura y más digna.

Nuestra tarea es vivir hoy lo más plenamente posible, respondiendo a nuestros más profundos interrogantes; interrogantes que son en gran medida los mismos de ayer desde el inicio de la humanidad: qué somos, de dónde venimos, cómo vivir y superar tantos obstáculos, cómo salir de la angustia, cómo comunicarnos con el cosmos y con los otros seres humanos, hacia dónde vamos y qué pasa después de la muerte, etc.

Ya los hindúes hace más de 2500 años se preguntaban:

¿Cuál es la causa de todo? ¿Qué es el Ser? ¿De dónde hemos venido?

¿Por qué poder vivimos? ¿Sobre qué nos fundamos? ¿Qué nos dirige en nuestros diferentes estadios de dolor y de placer?

¿Es el Tiempo la causa, o la Naturaleza, o el Destino o un Accidente o los Elementos o un ser macho y hembra, o una combinación de todos ellos? (Upanishad)

A-TEXTOS SAGRADOS Y MITOS

Todas las religiones responden a esas preguntas y fundamentan sus creencias (sobre Dios, el origen del mundo y la realidad  humana) en antiguos relatos, considerados sagrados, bajo la suposición de que Dios o los dioses o sus intermediarios directos han sido sus autores, por lo que son “palabra de Dios”. De allí se concluye que son testimonio de la verdad divina, y que es obligación de los miembros de la comunidad el aceptarla como tal. A posteriori los líderes religiosos o los ancianos o la institución divulgan ese mensaje como el único verdadero y lo transmiten de generación en generación en una constante repetición, con algunos retoques ocasionales adaptativos, pero manteniéndose firme el sustrato esencial, y generalmente desconociendo o subvalorando los cambios culturales que vive su pueblo, y rechazando toda otra posible “verdad” de otros pueblos o culturas o religiones. Por tanto: dogmatismo e intransigencia.

Pero ¿dónde está la verdad si todos los libros sagrados están inspirados por el mismo y único Dios?

La misma institución religiosa se encarga después – la Iglesia cristiana en los siglos IV y V- de “cerrar la etapa de inspiración divina” y declarar que Dios ya dijo todo lo que tenía que decir en el Libro o los libros sagrados, aprobados y declarados “canónicos” o sea, normativos. No sé si Dios fue consultado en esa decisión que trajo algunas graves consecuencias:

– Primero, se impide que Dios (o su Espíritu Santo) siga expresándose en otras culturas por miles y miles de años. Esto contradice explícitamente, por ejemplo, lo dicho en el capítulo segundo del libro  de los Hechos de Apóstoles, en el relato conocido como Pentecostés, en el que Pedro, después de constatar que el Espíritu divino se está expresando no sólo a los judíos sino también a partos, medos y elamitas, los que habitan en la Mesopotamia o en la misma Judea, en Capadocia, en el Ponto y en Asia Menor, en Frigia y Panfilia, en Egipto, en la Libia Cirenaica, en los peregrinos de Roma, judíos y prosélitos, cretenses y árabes, afirma claramente que se está cumpliendo lo que dijo el profeta Joel (s. VIII a.C.):

“En los últimos días, dice el Señor, derramaré mi Espíritu sobre todos los hombres y profetizarán sus hijos y sus hijas; los jóvenes verán visiones y los ancianos tendrán sueños proféticos. Más aún, derramaré mi Espíritu sobre mis servidores y servidoras, y ellos profetizarán”.

Y hoy estamos todos en esos “últimos días”, últimos siglos y milenios, en que el Espíritu divino se sigue derramando sobre “todos los hombres”, varones y mujeres, niños y adultos, libres y esclavos.

– Segundo, se nos niega a las generaciones futuras el legítimo derecho de pensar con “nuestra cabeza” (es la única forma de pensar) y expresar nuestra espiritualidad y sentido de la vida de acuerdo a nuestra experiencia, sentimientos, conocimientos y lenguaje. Que nuestro cerebro deba permanecer esclavo del cerebro de los antepasados es algo inadmisible, y sobre todo en cuestiones tan importantes como las espirituales y religiosas. Una de dos: o Dios efectivamente se revela a todos los seres humanos sin exclusiones… o no se revela a nadie.

– Tercero, los dirigentes religiosos se instituyen como los únicos intérpretes de textos sagrados que requieren largos estudios, conocimiento de culturas y lenguas antiguas, afirmando así su poder sobre las conciencias, lo que incluye supervisión, censura y aún castigos para evitar desviaciones… o sea, sentimientos y pensamientos diferentes.

Todo esto explica la gran dificultad que aún persiste en las religiones, para aceptar los nuevos criterios culturales que aparecen como distintos y aún opuestos a los libros sagrados, y en el caso judeo-cristiano, a la Biblia, llegándose incluso a condenar los adelantos de la ciencia cosmológica y las nuevas concepciones antropológicas, políticas y sociales (democracia, sindicalismo, libertad de expresión, igualdad sexual…) desde el Renacimiento y casi hasta el día de hoy.

El argumento era –y es- simple: si Dios reveló la verdad sobre el mundo y el hombre, esa es la única verdad; si Dios habló, el hombre debe callarse y obedecer.

Todos fuimos educados –yo también- con esos criterios que nos llevaron a un callejón sin salida.

Son interpretaciones

Pero es evidente que esos primitivos relatos de hace miles de años (al principio orales y luego en algunas culturas, escritos) surgen de personajes, grupos o comunidades que intentaron interpretar la totalidad o aspectos de la vida cósmica y humana con los elementos de su sabiduría, de su intuición, de su imaginación y de ciertas observaciones y conocimientos de la naturaleza y de la historia humana.

A menudo, pero no siempre, ellos mismos aseguran que todo es producto de una revelación o voz divina o de sueños reveladores, o de irrupciones del “Espíritu” en estados especiales o trances que hoy llamamos para-psíquicos, fundamentos de verdad inapelable.

La misma Biblia lo explica así:

Cuando aparece entre ustedes un profeta, Yo me revelo a él en una visión, le hablo en un sueño… (Núm 12,6)  En realidad, Dios habla una vez, y luego otra, sin que se le preste atención. En un sueño, en una visión nocturna, cuando un profundo sopor invade a los hombres y ellos están dormidos en su lecho, entonces, él se revela a los mortales y los atemoriza con apariciones, para apartar al hombre de sus malas obras y extirpar el orgullo del mortal… (Job 33,14-18)

Queda en la comunidad presente y futura la decisión de aceptar esos relatos como revelados por la divinidad o rechazarlos como fraude.

Al aceptarlos como revelación divina, se establece un criterio inamovible de lo que es verdadero o falso, de lo que debe creerse  (son los Dogmas, palabra griega que significa precisamente Creencia)  como de lo que debe practicarse en las conductas (Moral, Ética) y en los rituales (Culto).

Son relatos especiales

Dichos relatos originarios, a los que hoy llamamos Mitos, generan también una conciencia de pueblo o comunidad organizada a la que dan un sello de identidad frente a los otros pueblos y culturas, regidos por otros dioses y otras revelaciones.

Los mitos obviamente no distinguen entre religión y ciencia, como sí lo hacemos hoy, sino que se presentan como un conjunto orgánico de Vida y de Creencias que no excluyen por cierto muchas observaciones y conocimientos objetivos y correctos de la realidad, especialmente astronómicos y medicinales e incluso prácticos (cómo fabricar una canoa, cómo proveerse de tinturas, cómo pescar, etc.)

Los mitos son el lenguaje que utilizaron todos los pueblos antiguos para expresar su visión del mundo.

Algunos ejemplos de mitos

Antes de teorizar sobre ellos, veamos algunos ejemplos de  mitos de los aborígenes americanos, según textos antiguos o relatos que los actuales aborígenes hicieran a antropólogos que estudiaban su cultura. Todos conocemos el mito bíblico de la creación del mundo.

Un mito similar para la cultura Mayaes el famosísimo mito de la creación llamado Popol Vuh cuyos primeros renglones dicen: Esta es la relación de cómo todo estaba en suspenso, todo en calma, en silencio; todo inmóvil, callado, y vacía la extensión del cielo… No había todavía un hombre, ni un animal, pájaros, peces, cangrejos, árboles, piedras, cuevas, barrancas, hierbas ni bosques: sólo el cielo existía…. Sólo estaban el mar en calma y el cielo en toda su extensión… Solamente había inmovilidad y silencio en la obscuridad, en la noche. Sólo el Creador, el Formador, Tepeu, Gucumatz (Serpiente emplumada), los Progenitores, estaban en el agua rodeados de claridad. Estaban ocultos bajo plumas verdes y azules, por eso se les llama Gucumatz. De grandes sabios, de grandes pensadores es su naturaleza…

Llegó aquí entonces la palabra, vinieron juntos Tepeu y Gucumatz, en la obscuridad, en la noche, y hablaron entre sí…; se pusieron de acuerdo, juntaron sus palabras y su pensamiento. Entonces se manifestó con claridad, mientras meditaban, que cuando amaneciera debía aparecer el hombre. Entonces dispusieron la creación y el crecimiento de los árboles y los bejucos, y el nacimiento de la vida y la creación del hombre…

Luego la tierra fue creada por ellos. Así fue en verdad como se hizo la creación de la tierra: – ¡Tierra! – dijeron, y al instante fue hecha. Como la neblina, como la nube y como una polvareda fue la creación, cuando surgieron del agua las montañas… Solamente por un prodigio, sólo por arte mágica se realizó la formación de las montañas y los valles; y al instante brotaron juntos los cipresales y pinares en la superficie. Primero se formaron la tierra, las montañas y los valles; se dividieron las corrientes de agua, los arroyos se fueron corriendo libremente entre los cerros, y las aguas quedaron separadas cuando aparecieron las altas montañas…Luego hicieron a los animales pequeños del monte, los guardianes de todos los bosques, los genios de la montaña, los venados, los pájaros, leones, tigres, serpientes, culebras, víboras, guardianes de los bejucos…

 

Veamos el Mito de los Guaraníes(Paraguay, Brasil, NE de Argentina):

El verdadero Padre Ñamandú, el Primero, habiendo concebido su futura morada terrenal… hizo que en la extremidad de su vara fuera engendrándose la tierra. Creó una palmera eterna en el futuro centro de la tierra; creó otra en la morada de Karaí (dios del fuego, Oriente), otra en la morada de Tupá (dios de las aguas, Poniente); una en el origen de los vientos buenos (N y NE), otra en los orígenes del tiempo espacio primigenio (S); cinco palmeras creó, a las que está asegurada la morada terrenal… El firmamento descansa sobre cuatro columnas que son las varas insignias… El primer ser que ensució la morada terrenal fue la serpiente originaria, siendo solamente su imagen la que existe ahora… El primer ser que cantó… fue la pequeña cigarra colorada… Cuando nuestro Padre hizo la tierra, era todo bosques… El primero en remover la tierra fue el armadillo (tatú), y la dueña de las tinieblas fue la lechuza. Nuestro  Padre el Sol es dueño del amanecer. (León Cadogan, La literatura de los guaraníes, Ed. Mortiz, México)

Es evidente que el mito se vale de los elementos conocidos del hábitat de cada pueblo y cultura y los va registrando y “dando origen”, pues al principio nada existía. Así surgen tierra, mares y montañas de los mayas, con sus árboles, animales y pájaros; en los guaraníes: bosques, palmeras o pindóes, animales típicos de la zona, vientos, etc. Todo se origina por una creación divina cuyo reflejo es el mundo actual. Hay, pues, una clara diferenciación entre el origen mítico (tiempo y espacio primordial) y el actual.

Tanto para la cultura maya como para la guaraní, el mito es verdadero porque allí en la realidad está todo según lo narrado, su tierra y sus elementos; todo es verdad tal como lo describen los mitos.

Así los mitos se encargan de transmitir el origen de todas las realidades naturales y humanas.

El origen de la mujer, por ejemplo, a posteriori del varón, revela una cultura donde la mujer ocupa el segundo lugar. No sólo en la Biblia sino en muchos mitos aborígenes (citamos relatos guaraníes) que siempre aluden a un primer tiempo en que los varones estaban incompletos:

En otros tiempos las mujeres no existían y los hombres practicaban la homosexualidad. Uno de ellos se encontró embarazado, y como no estaba en condiciones de parir, murió. Después unos hombres vislumbran en el agua la imagen de una mujer, todos la desean, la matan y de los pedazos surgen mujeres… Así cada hombre obtiene una mujer, y de allí en adelante, cuando salían de caza llevaban a sus mujeres.

En otro mito de la misma región  las mujeres bajaron del cielo deslizándose por una cuerda…

El origen de la muerte y por qué los seres humanos no son inmortales se traduce en un mito muy semejante en todas las culturas, y, naturalmente, siempre el héroe fracasa en su intento, al no poder superar las pruebas a las que es sometido:

Un célebre chamán decidió visitar al Creador para averiguar el modo de rejuvenecer a los viejos. Al fin llega y presenta su solicitud. Su espíritu guardián le había indicado que bajo ningún pretexto debería fumar la pipa del Creador ni aceptar el cigarro que le ofrecería pero que debería arrebatárselo; tampoco debería mirar a su hija. El chamán triunfa de las tres pruebas y obtiene un peine para resucitar a los muertos. Mientras retornaba, la hija del Creador le dio alcance para devolverle un pedazo de tabaco que había olvidado. A sus llamadas, el chamán se volvió y vio un dedo de la joven, lo que bastó para que ella quedara embarazada. Por eso el Creador lo hizo regresar para que cuidara al niño que iba a nacer y a la madre, y decretó su muerte. Desde entonces los hombres no pueden evitar la muerte.

En este mito observamos la presencia del chamán y un  elemento típico del “espíritu”, el humo del tabaco, producto original de América. Dios somete a prueba al chamán (como el Adán bíblico) y de su éxito depende la inmortalidad humana.

– Los hombres primitivos eran conscientes de que había una gran diferencia entre ellos y los animales, que por muchos otros motivos les eran semejantes. Por eso la risa y el lenguaje, características exclusivas de la especie humana, necesitan su mito de origen:

Después de haber extraído a los hombres de las entrañas de la tierra, el Demiurgo quiso hacerles hablar. Les mandó ponerse en fila, uno detrás del otro, y llamó al lobito para que les hiciera reír. El lobo hizo toda clase de monerías, se mordió la cola, pero fue en vano. Entonces el Demiurgo llamó al sapito rojo que divirtió a todos con su cómico andar A la tercera vez que pasó a lo largo de la fila, los hombres comenzaron a reírse a carcajadas y comenzaron a hablar.

Obsérvese una nueva forma del origen de los humanos, bastante común en varias culturas: su surgimiento de cuevas de la tierra, como la existencia de animalitos considerados cómicos.

– También la cultura en sus varias formas necesita su origen, sea la agricultura, la caza, la vida familiar o el arte. Así describe un mito aborigen el inicio de la cerámica pintada:

Había una joven que no sabía hacer nada con las manos, salvo una cerámica deforme, siendo objeto de burlas de sus cuñadas. Un día apareció una anciana que era un hada compasiva, se apiadó de ella y le enseñó a hacer ollas magníficas. Se le va apareciendo en forma de serpiente y le enseña a pintar las piezas de cerámica. Lo hizo con arcilla blanca, con tierra amarilla y parda, y fue trazando hermosos dibujos muy variados… También el hada echó mano del barniz negro y con él hizo brillar numerosas calabazas y fue trazando variados dibujos de tortugas, ríos, lluvia, etc.(Mitos extraídos en forma abreviada del tomo I de “Mitológicas” de Claude Levi-Strauss, Fondo de Cultura Económica, México)

Tras estos ejemplos menos contaminados de creencias religiosas occidentales, veamos qué tienen en común todos los mitos y cuáles son sus características.

¿Qué es un mito?

Esta palabra tuvo a lo largo del tiempo sentidos diversos: en su origen significó “la historia real”, después fue visto especialmente por los filósofos griegos como historia fantaseada de hechos maravillosos protagonizado por personajes sobrenaturales (dioses, semidioses, monstruos) o extraordinarios (héroes). Pero hoy la moderna ciencia, especialmente psicológica, antropológica y filosófica, revaloriza el mito como un lenguaje especial, que surge del inconsciente humano y de su estructura cerebral, diferente del actual lenguaje científico o histórico, y cargado con una interpretación específica; un lenguaje ya presente en los sueños.

Los mitos conforman la trama fundamental de una cultura (son su misma esencia), la que los suele considerar como historias verdaderas. Su función es otorgar un respaldo a las creencias centrales de la comunidad. Los mitos legitiman y explican los principios esenciales que conforman los sistemas de creencias sobre los que se construye una sociedad.

Las culturas que desconocen los discursos abstractos (típicos de los filósofos griegos) sólo conocen los relatos como forma de transmitir mensajes. Se trata de una característica muy peculiar también de los semitas hebreos y del cristianismo más primitivo hasta la llegada de la influencia filosófica de los griegos. Y sigue siendo una característica de los niños en su etapa pre-lógica.

Varios tipos de mitos.

Como vimos en los ejemplos citados todo puede ser objeto de relatos míticos, porque el ser humano necesita conocer el origen de todo. Así tenemos, por ejemplo:

Mitos cosmogónicos: intentan explicar la creación del mundo, generalmente por parte de un Ser supremo o algún intermediario. Son los más universalmente extendidos y de los que existe mayor cantidad. También se habla del origen de los dioses.

Mitos antropogónicos narran la aparición del ser humano, hombre y mujer, quien puede ser creado a partir de cualquier materia viva (un árbol, un animal) o inerte (polvo, lodo, arcilla, etc.). Los dioses le enseñan a vivir sobre la tierra.

Los mitos etiológicos explican el origen de todos los seres, naturales, vegetales y animales; también los ritos y fiestas, las técnicas, las ciudades y las instituciones.

Los mitos morales explican la existencia del bien y del mal y las normas de conducta. Más adelante trataremos en extenso este tópico.

Muchas personas aceptan la existencia de Mitos, siempre que se trate de otras religiones, pues consideran que en la suya no hay mitos sino auténticas revelaciones de Dios. También se dice: “Nuestros milagros son verdaderos, los otros son falsedades”. Comprendo que se piense así, dada la formación dogmática que hemos tenido.

Pero ahora, al considerar las características comunes de este particular lenguaje vemos dos asuntos importantes: Uno, que también las historias sagradas de la Biblia y de los Evangelios, por ejemplo, entran en la categoría de relatos míticos, aún teniendo muchos de ellos cierta base histórica.

Segundo: al decir “Mito”, de ninguna manera desvalorizamos el relato; todo lo contrario: es ése el lenguaje religioso que nos permite valorizar el mensaje o la sabiduría de determinada religión. Mito es un  género literario que entraña y revela en su simbolismo un mensaje de vida.

Esta será una de las tesis de este libro que el lector comparte conmigo.

Cinco características del Mito

De la lectura de los mitos, como los narrados anteriormente, constatamos que todo Mito tiene cinco característicasque lo identifican en cualquier cultura del mundo:

1 Tiene forma de relato histórico

2 Trata siempre de los orígenes

3 Sus personajes son dioses o héroes fundadores (personas o animales)

4 Su finalidad es dar sentido a las realidades actuales de esa cultura e incluso al futuro del más allá.

5 Su lenguaje es simbólico

Desde este concepto de mito, se entiende que hoy descubramos también en la Biblia hebrea y en el Nuevo Testamento numerosos relatos míticos, no por legendarios y falsos, sino porque son relatos simbólicos de “corte histórico” que dan el sentido más profundo de la existencia humana, porque siempre el mito remite al ser humano, a su sentir más hondo, eso que llamamos su “espíritu”. El relato mítico, propio de las culturas antiguas, lejos de desvalorizar el sentido, lo fortalece y lo lleva a su plenitud. Poco importa la cáscara literaria; lo importante es el significado para la vida de cada individuo y de la comunidad, y no quedarse en el sentido literal, sino descubrir su valor simbólico-espiritual. Algo no tan fácil…

1. El mito es un Relato que tiene la “forma” de  Narración o Historia.

Todos los mitos tienen la forma literaria de una historia o relato, de allí tantas confusiones cuando se los toma como una verdadera historia cronológica y científica. Parecen suceder en un tiempo y espacio original, pero en realidad están más allá del tiempo cronológico y en un espacio “mítico” trans-espacio-temporal y simbólico. Al desconocer aquella cultura el lenguaje discursivo, utiliza un relato concreto que entraña el mensaje, como también sucede en los sueños que siempre tienen forma de historias. Ambos, mitos y sueños, se expresan con el lenguaje simbólico del inconciente humano radicado en la estructura cerebral.

Como ya lo hemos dicho, el gran riesgo de los mitos es que se los interprete como un relato histórico documentado al estilo moderno, ya que es evidente que los pueblos míticos creyeron en sus mitos al pie de la letra y aún lo siguen haciendo en las religiones, provocando un conflicto profundo.

2. El Mito es un relato que trata de los Orígenes.

El hombre antiguo considera que conociendo los orígenes divinos de su cultura, del mundo, del hombre, de sus actividades y herramientas, etc. sabe cómo son las cosas, pues el origen divino determina la esencia misma de la cosa. “Si al principio fue así, así debe ser siempre”: si al principio el mundo vino de Dios, así debemos adorar a Dios como sus criaturas ante su creador; si al principio la mujer estuvo sometida al varón, así será ahora; si al principio así se fabricó una canoa, o se cultivó la tierra, así se hará ahora… y así sucesivamente.

Por lo tanto, el hombre  antiguo, primero se pregunta por ciertas cuestiones de su actualidad (trabajo, sexo, guerra, lluvia, sol, etc.) y luego busca su sentido e interpretación en “el origen” que funda la realidad actual conforme a un modelo originario que está más allá de esta realidad. Por eso los mitos generalmente inician su relato con la expresión “en aquel tiempo, in illo tempore, al comienzo de todo, cuando no había nada en el mundo”, etc. Ese tiempo y ese espacio del mito son sagrados, de otra dimensión.

Por todo ello, los mitos son fijistas y conservadores, con el riesgo de perpetuarse estáticamente si no se hacen las debidas re-interpretaciones, algo que sucede en todas las grandes religiones, como pasa en el cristianismo. Pero si ahora cambió la cultura, los mitos deben ser reactualizados y reinterpretados desde “esta” cultura; de lo contrario, el mito se anquilosa y petrifica, entrando en colisión con la cultura y la ciencia, o sólo se lo recita por costumbre o mero ritual.

Hay que tener presente que para el hombre moderno, los orígenes tienen un sentido muy distinto, como de algo inferior y antiguo que tiene que superarse; lo importante es “lo moderno”, o sea, lo nuevo y lo que se proyecta para el futuro. La ciencia y la técnica se esfuerzan por superar el pasado visto como algo caduco, viejo e inservible.

Tengamos presente que en algunas culturas, como la judeocristiana, también hay mitos del final del mundo o escatológicos (“ésjaton”, último, final), como los mitos mesiánicos y apocalípticos, y los mitos de la vida del más allá (juicio final, cielo, infierno) Mitos, digamos de paso, que siempre despiertan la imaginación y fantasía de la gente y de los que quieren ver profecías catastróficas en cada uno de sus elementos, tomando sus relatos como predicciones verdaderas.

3. Los mitos son relatos donde actúan Dioses y Héroes Fundadores.

Desde el momento en que los hombres no logran por sí mismos dar sentido a su realidad, quienes lo hacen, revelan y enseñan son seres especiales como los dioses, espíritus, ángeles, semidioses intermediarios, hadas y héroes fundadores de la cultura. Ellos son, naturalmente, los protagonistas de las historias míticas. En algunos mitos, aún ciertos animales aparecen como actores fundadores (serpientes, elefantes, tigres, pájaros…)

Lo importante es lo que los dioses y fundadores “hacen”, cómo actúan y cómo se manifiestan y hablan, ya que sus conductas y enseñanzas son fundantes y normativas de toda conducta humana. Así las obras y palabras de Yahvé, de Moisés, de Jesús, son “modelos fundantes” de toda conducta judeo-cristiana. Si Jesús hizo así la última cena, así lo harán los cristianos; si así dijo, así se cumplirá. Por lo tanto prima el criterio de autoridad y de tradición: los héroes fundadores son la máxima autoridad y criterio para las acciones humanas, y la razón humana no debe hacer preguntas ni cuestionar su validez.

4. El objetivo de los mitos es dar Sentido a la Realidad Presente.

Esto es lo fundamental del mito y lo que generalmente olvidamos. En esto se diferencia de las leyendas, cuentos y de la historia cronológica. Esta tarea mitificadora tiene el solo objetivo y  finalidad de dar sentido a las “realidades presentes” de “esa” cultura. Eso es lo que interesa al hombre de siempre: qué sentido tiene “hoy y aquí” el universo, la vida humana, la sexualidad, el trabajo, etc.

No olvidemos que los hombres antiguos se encontraron con una infinidad de elementos “nuevos”, a los que tenían que darles alguna “explicación” para no caer en pánico, confusión o sentimientos destructivos, y en ese sentido los mitos en los que la imaginación juega un rol tan importante, cumplieron el objetivo psicológico de dar tranquilidad y esperanza.

Algo que hoy mismo nos sucede frente a un fenómeno que no podemos explicar (una enfermedad rara, un objeto volador no identificado, un ruido extraño en la noche…): cualquier explicación que nos tranquilice es válida; algo que los padres hacemos permanentemente con  nuestros hijos pequeños.

En este sentido, gracias a los mitos, hoy sabemos cómo vivían, sentían y pensaban los pueblos que nos transmitieron sus mitos. Por eso el mito es “verdadero” “para esa cultura”, no como historia o ciencia, sino como sentido de la vida; como conjunto de valores o paradigmas que intentan dar una “explicación” a los porqués de la vida.

Y aún hoy esos mitos podrían decirnos algo si somos capaces de preguntarnos por nuestros problemas y leerlos también desde la sabiduría de esos relatos antiguos. Desechar la sabiduría antigua no parece una buena elección, como tampoco  incorporarla sin sentido crítico.

El lenguaje externo de relato mítico, que era el común en otras épocas pero extraño en nuestro mundo actual, es un simple ropaje. Por eso, cuando leemos los hechos bíblicos o la “vida de Jesús” como algo pasado o hermosas historias, pero sin actualizar los significados vitales, entonces esos hechos pierden valor y sentido.

Precisamente el mito leído simbólicamente valoriza o da sentido a esos hechos y los realza como algo valioso incluso para el hombre de hoy. Por ejemplo: poco importa si Jesús dio de comer a los pobres en tal milagro si hoy quedamos indiferentes ante ellos… El mito nos interpela para que hoy demos sentido a las mismas realidades de siempre (la vida, la muerte, el sexo, el sufrimiento, la pobreza, etc.)

En definitiva, es la comunidad que vive los valores y mensajes del mito, la que ha creado los mitos, la que determina la validez, verdad y vigencia del mito. Su valor no es universal sino particular y para una determinada cultura. Así los mitos bíblicos valen para quienes viven la cultura bíblica; los mitos guaraníes, para los guaraníes, etc.

A menudo los pueblos conquistadores intentaron “imponer su mitología” y valores correspondientes a los pueblos conquistados, con las desastrosas consecuencias por todos conocidas.

Sabiduría y Sentido de la realidad

Así, pues, el mito genera una sabiduría, una forma de vida y de conducta humana, una ética o norma de vida. Lo que el hombre descubre a través del lenguaje mítico es una manera digna de vivir, cómo vivir, cómo resolver sus dificultades y conflictos, cómo actuar, cómo relacionarse con otros, cómo actuar sexualmente: en suma, un conjunto de indicaciones y “valores” desde donde vivir y actuar. Incluso el mito puede originar una “técnica” de hacer las cosas, como fabricar una casa o un templo, cómo pescar, trabajar la tierra o cosechar, etc.

Relato que da Sentido a la vida: desde siempre a eso se llamó “sabiduría”, darle gusto y sal a la vida. Los mitos son como el “catecismo” de los pueblos primitivos: allí encuentran sus normas de vida, el porqué de sus rituales y fiestas, cómo actuar en cada circunstancia, cómo organizar el tiempo. Cuando el mito pierde esa dimensión esencial, entonces se vuelve algo vacío, hueco, sin sentido alguno. Pensemos en el sentido de la navidad (inicio de la liberación del hombre nuevo, según el relato mítico que después interpretaremos) y en la forma cómo hoy se la vive con rituales y símbolos disparatados (papá Noel, comilonas, fuegos de artificio, etc.)

Por tanto, la religión cumplió en su momento esta necesidad y este objetivo: DAR SENTIDO A TODA LA REALIDAD y “organizar” la vida de la comunidad, darle un orden, unos valores, unas normas y una jerarquía de conducción. Y es el resultado de un proceso interpretativo que puede ser correcto o padecer todas las deficiencias de la interpretación humana que incluye las tareas de percibir con los sentidos, procesar en el cerebro, imaginar, idear, juzgar, decidir.

5. El mito utiliza un Lenguaje que hoy consideramos Simbólico

Hoy las ciencias antropológicas entienden que el mito nace del inconciente humano (al igual que los sueños), alude a significados profundos de la realidad y sólo puede referirse a ellos a través de los símbolos.

Estos símbolos sólo pueden ser interpretados “desde esa cultura determinada”, desde la vivencia e historia de ese pueblo, desde su lengua, costumbres y forma de pensar. En este capítulo profundizamos en este lenguaje que, a menudo, nos genera tantas dificultades.

El problema de las religiones míticas o con componentes míticos (hinduismo, judaísmo, cristianismo, islam) es que siempre interpretaron sus mitos en sentido literal y hoy no encuentran la forma de darles un sentido simbólico sin perder la esencia de sus creencias. Se trata de un verdadero drama: aceptarlos literalmente con todas las contradicciones del caso; o aprender a pasar del sentido literal al simbólico; o bien, prescindir directamente de esos relatos míticos y “recrear” sus mensajes en otro lenguaje más comprensible. Por ejemplo: cómo interpretar el relato de Dios que entrega las tablas de piedra con los diez mandamientos a Moisés; o la creación del mundo en seis días; o el nacimiento virginal de Jesús o su resurrección…

Revelación profética

Las culturas antiguas, por lo tanto, fundamentaban sus creencias desde una cierta  revelación, palabra o comunicación de Dios o de los dioses o de sus Héroes fundadores, importando poco quien fuera la persona concreta que relataba las historias o hacía las reflexiones, generalmente anónimos o con nombre ficticio.

El actor privilegiado siempre era la divinidad que utilizaba a ciertos personajes, a menudo insignificantes, como sus interlocutores o mensajeros. A estos personajes la Biblia traducida al griego los llama pro-fetas, o sea, personas que hablan “en nombre de”… (“portavoces” decimos hoy)

Se suponía que entre el cielo divino y la tierra humana existía una comunicación directa y constante, y que tanto llegaban mensajes desde lo alto como podían subir mensajes desde la tierra en forma de conversaciones, oraciones y peticiones.

Hoy tenemos criterios muy distintos.

Sabemos que todas las percepciones, las ideas, lenguaje y sentimientos del ser humano nacen de su interior, tanto desde su consciente como de su zona inconsciente, y concretamente son gestados en su cerebro, aún los sueños, las ilusiones y supuestas visiones o revelaciones. Son todas creaciones del cerebro… y a nadie se le ocurre hoy, salvo que esté mentalmente enfermo, atribuir sus pensamientos y palabras a alguna divinidad. No existe “un atajo secreto” a través del cual Dios o los dioses hablen al ser humano.

Todo surge del cerebro… pero no todo lo que surge del cerebro corresponde a la realidad, algo que sí les pasa a los delirantes. El ser humano sueña, imagina, intuye, desea, espera… es su mundo interno. Queda un largo proceso por delante para comprobar si la realidad externa es según lo soñado, imaginado, intuido o esperado.

Por lo tanto, los relatos “sagrados” nos dicen cómo sentían e interpretaban su realidad los antiguos pueblos, cómo vivían y se relacionaban, cómo resolvían sus problemas, desde qué valores organizaban sus vidas e incluso cómo creían que sería su destino final y el del universo. Nos dicen que ellos efectivamente creían en un Dios único o en dioses protectores de su pueblo, a los que rendían obediencia y culto para tenerlos siempre propicios y evitar sus castigos.

Estos relatos (orales u escritos) expresan su cultura y sus creencias, y eran aceptados como válidos “por esa cultura y para ese pueblo”, por lo que no tuvieron al principio un alcance universal sino que eran el patrimonio que identificaba a “ese pueblo” frente a los “otros” pueblos, como bien lo expresa el Deuteronomio 4,1-8:

Y ahora, Israel, escucha los preceptos y las leyes que les enseño para que las pongan en práctica… porque así serán sabios y prudentes a los ojos de los pueblos, que al oír todas estas leyes, dirán: «¡Realmente es un pueblo sabio y prudente esta gran nación!».¿Existe acaso una nación tan grande que tenga sus dioses tan cerca, como nuestro Dios está cerca de nosotros siempre que lo invocamos? ¿Y qué gran nación tiene preceptos y costumbres tan justas como esta Ley que hoy promulgo en presencia de ustedes?

Posteriormente los dirigentes político-religiosos desde una concepción imperial pretendieron imponer sus creencias como únicas verdades al resto de los pueblos, y aún a todo el mundo y para siempre, incluso por medio de la violencia, especialmente las religiones monoteístas que al considerar a su dios como el Único y Verdadero,  se sentían con derecho de esclavizar o someter a los pueblos infieles  “enemigos de dios”.

Preguntas

Así esos relatos míticos, considerados sagrados y revelados, llegan hasta nosotros que vivimos una cultura totalmente diferente y  nos preguntamos  ¿Qué sentido tiene el vivir hoy de acuerdo a sus interpretaciones y doctrinas que nos resultan extrañas y hasta ingenuas y sin sentido, no sólo en su contenido sino también en su lenguaje? ¿Cuál es el mensaje profundo, de experiencia de vida, de espiritualidad y de sabiduría, de esos relatos que aún hoy nos mueven a la reflexión y a una re-interpretación; y cuál, en cambio, es el ropaje literario exterior?

¿Y cuánto tenemos aún hoy que aprender de la sabiduría reflexiva de aquellos pueblos y en qué medida tenemos derecho a construir nuestra propia sabiduría y espiritualidad desde nuestras categorías y desde nuestros sentimientos, valores, conocimientos y experiencia de vida?

Mitos bíblicos de la creación

Basta analizar el conocido relato de la creación del mundo en seis días (Génesis 1) para darnos cuenta de que no se trata de un relato con pretensiones científicas, sino de un paralelismo simbólico y didáctico que apunta a consagrar a Yahvé el séptimo día (sábado), pues así como Dios “trabajó seis días y descansó el séptimo”, así harán en adelante los hebreos-judíos (y así lo hacen hasta el día de hoy): dividir la semana en seis días para ganarse el pan y un séptimo para el descanso dedicado a la gratitud y adoración de Dios. Como dice el Éxodo 20,8-11:

Durante seis días trabajarás y harás todas tus tareas; pero el séptimo es día de descanso en honor del Señor, tu Dios… Porque en seis días el Señor hizo el cielo, la tierra, el mar y todo lo que hay en ellos, pero el séptimo día descansó. Por eso el Señor bendijo el día sábado y lo declaró santo.

Al estar los judíos inmersos y esclavizados en el mundo pagano de Babilonia fue fundamental mantener y reforzar el Sabat como forma de supervivencia y fidelidad a Dios.

Al mismo tiempo observamos que el relator dividió los seis días conforme a cierto orden que le pareció didáctico: en los tres primeros días, Dios creó los tres grandes espacios inmóviles del mundo: el celestial (dia 1), el acuático (dia 2) y el terrestre (dia 3).

En los tres días siguientes creó todo lo que se mueve en cada espacio: astros y pájaros en el celestial (dia 4); peces y monstruos marinos en el acuático (dia 5) y animales y seres humanos (día 6) para el espacio terrestre.

Por eso los vegetales y las plantas están en el día tercero porque “no se mueven”. Al mismo tiempo aparece la luz como elemento inmóvil del primer día antes de la creación del sol, que al moverse, fue creado en el cuarto. Este relato se creó en el Exilio de Babilonia como una réplica al famoso mito cosmogónico babilónico, el Enuma Elish (del 1200 a.C.) y para afirmar frente al politeísmo la unicidad de Dios, único creador por la fuerza de su palabra.

Pero es importante recordar que ya los hebreos habían traído del desierto otro  mito cosmogónico muy diferente que reflejaba su hábitat primitivo: Cuando el Señor Dios hizo la tierra y el cielo, aún no había ningún arbusto del campo sobre la tierra ni había brotado ninguna hierba, porque el Señor Dios no había hecho llover sobre la tierra. Tampoco había ningún hombre para cultivar el suelo… (Gén 2,5) Evidentemente el mito refleja la dura y árida vida de las tribus del desierto, sin lluvias ni agricultura (eran pastores nómadas), pero a quienes Yahvé crea y otorga un oasis, edén, paraíso o Tierra Prometida reservada como nuevo hábitat de su pueblo (representado en Adán y Eva) siempre que sea fiel al único culto a Yahvé… De lo contrario, perdería su tierra y sería castigado, como explicaremos en el cap. III.

Dos mitos de creación en la misma cultura que responden a realidades históricas completamente distintas.

La Biblia

En el caso particular de la Biblia (Ta Biblía en griego: Los Libros) hay que tener en cuenta que es un compilado de unos 70 libros y opúsculos, a veces de pocas carillas, escritos aproximadamente desde los siglos VIII-IV a.C. hasta el 150 después de Cristo si incluimos los escritos de los Evangelios y de las Cartas de origen cristiano (27 libros). La mayoría de estos libros son de autor desconocido, reflejando diversas situaciones históricas (vida nómade en el desierto, vida sedentaria en ciudades y tierra propia, confederación de tribus, monarquía, guerras, esclavitud, etc.) y aún con ideologías opuestas (algunos más universalistas y otros ultranacionalistas y cerrados a todo contacto con los otros pueblos).

Los géneros literarios varían muchísimo desde crónicas históricas hasta relatos míticos, novelas didácticas, leyendas, poemas y cánticos, reflexiones teológicas y cartas, libros cultuales  o litúrgicos, legislaciones y obras sapienciales de todo tipo, todo lo cual nos supone el esfuerzo de interpretar el sentido de cada texto desde su encuadre histórico-cultural, lengua (hebreo, griego)  y género literario utilizado por el autor.

El cristianismo heredó un compilado casi definitivo, obra de los escribas hacia el siglo IV a.C., agregó los libros escritos en griego (no aceptados por el Judaísmo) e incorporó sus propios escritos considerados inspirados.

La Biblia, pues, no es un libro compacto y armónico, sino un conglomerado de escritos gestados en un milenio y con una redacción final en sus principales libros bastante reciente, tres o cuatro siglos antes de Cristo.

Qué expresan los antiguos relatos

En una palabra: los antiguos libros sagrados no nos demuestran la existencia de Dios (o de los dioses) y ni siquiera lo intentan, tampoco nos dicen quién es Dios o cuál es su palabra o su voluntad, sino que nos dicen “cómo aquella cultura suponía”, entendía o interpretaba cómo era Dios, o cuál era su mensaje o su voluntad, experimentando sus propias y convencidas verdades y formas de vida como venidas del mundo divino, y dando a la historia de su pueblo una interpretación religiosa muy particularizada y subjetiva.  Son, pues, relatos y escritos que expresan la vivencia de un pueblo, y en ello radica su gran valor para todos los tiempos.

Y aquí nos encontramos con otro gran obstáculo para captar el significado de esos antiguos escritos: es increíble la ignorancia que existe sobre estos temas y cómo aún hoy, incluso altos dirigentes religiosos, pastores, predicadores y educadores, hacen una interpretación literal e infantil de los textos y los consideran con validez científica o histórica, pasando por alto la sabiduría de vida de los pueblos y el contexto cultural que originaron esos mitos y relatos. Se come la cáscara de la fruta y se tira la pulpa.

Por lo tanto, los libros y relatos “sagrados” no nos conducen directamente a Dios sino a vivencias o experiencias religiosas de ciertos pueblos y culturas que interpretan a esas escrituras como palabra de su dios y, por eso mismo, como orientación para su vida.

Religiosidad acorde con cada cultura

Por eso mismo, la espiritualidad, la religiosidad y el sentido más profundo del ser humano en cada “nueva” cultura no pueden venir jamás de afuera, de libros, creencias, mitos, dogmas, tradiciones o ritos de pueblos tan lejanos no sólo en el tiempo y el espacio sino en su cultura e interpretación de la vida, sino que tendrán que surgir del mismo seno de cada comunidad y ser humano, y de su propia experiencia personal y social.

La vida del espíritu no es perezosa como si bastara aceptar lo que otros piensan y creen y con ello se tiene todo resuelto. Cada ser humano y cada comunidad tiene el derecho y el deber de investigar por sí mismo y llegar a sus propias convicciones o creencias y forma de vida. Nadie nos puede dar el sentido de la vida: esa es tarea exclusiva de cada uno. Pero las religiones impusieron un sentido de la vida a todos sus fieles y aún lo siguen haciendo por medio de predicadores que le indican a su feligresía cómo pensar, qué hacer y qué no hacer; para ellos, solo hay una dirección o sentido.

También hoy descubrimos, gracias a la globalización, no solamente que no estamos aislados, sino que tampoco tenemos una cultura universal o una cultura superior a las otras, como pretendió la cultura occidental europea, blanca y cristiana.

Generalmente casi todas las grandes religiones, especialmente las monoteístas, tuvieron esa pretensión de universalidad y a menudo intentaron o intentan  lograrla por la fuerza y el fanatismo, descalificando a otras culturas y a otras religiones consideradas como paganas, infieles o inferiores y bárbaras.

Pero ha llegado el momento de recordar con el poeta León Felipe que

Nadie fue ayer ni va hoy ni irá mañana hacia Dios

por este mismo camino que voy yo.

Para cada hombre guarda un rayo nuevo de luz el sol…y un camino virgen, Dios.

Y que nadie tiene el monopolio de la verdad sobre el hombre, lo que implica además de una buena dosis de humildad, el reconocimiento y la valoración de otras culturas y de otras religiones.

Se trata, pues, de un nuevo aspecto de la religiosidad y de la educación que debe romper prejuicios de todo tipo y barreras históricas insalvables para mirar con ojos fraternos a otros pueblos y culturas considerados inferiores o indignos de estima, y mucho menos de amor. Lamentablemente toda nuestra historia localista aún no ha aprendido esta simple lección de igualdad y fraternidad.

Y las religiones, aunque todas pregonan un Dios único y Padre de todos los pueblos, se contradicen a renglón seguido presentándose como la única religión verdadera, descalificando y aún odiando a quienes también dicen ser hijos del mismo Padre…

Nos preguntamos, pues:

¿Tendremos la capacidad de superar esta antinomia? ¿Sabrán los seres humanos vivir su identidad y dejar vivir a otros con su propia identidad? ¿Estamos capacitados para tomar conciencia de nuestros prejuicios raciales, sociales, históricos y religiosos que se traducen en constantes discriminaciones siempre justificadas con una maquinaria de excusas racionalizadas?

Que la individualidad  no se transforme en individualismo (postura tan extendida hoy) y que el aprecio de la propia cultura no signifique exclusivismo, autosuficiencia y desprecio de las otras. Que mostremos el valor de nuestra cultura y de nuestra religión valorando con madurez a las otras culturas y religiones que tienen mucho que enseñarnos desde sus particulares puntos de vista. 

Ojalá los occidentales sepamos poner en práctica el famoso Edicto del emperador budista de la India, Asoka,  del siglo III a.C.:

Las creencias de los demás merecen siempre ser respetadas por un motivo o por otro. Al rendirles honor, se exalta la propia creencia y se rinde al mismo tiempo un servicio a las creencias de los otros. Actuando de otro modo, se hace injuria a la propia creencia y se causa menoscabo a la de los demás.

Porque si un hombre ensalza la propia creencia y desacredita las demás por devoción a la suya y porque quiere glorificarla, causa serio daño a la propia creencia. En consecuencia, sólo la concordia es recomendable… Por eso ordeno  que los hombres de todas las creencias conozcan la doctrina de los demás y adquieran así doctrinas coherentes.

El mayor escándalo y la mayor incoherencia de las religiones monoteístas es haber predicado un Dios Único de amor infinito, cuyos adoradores implantaron regímenes de odio, muerte, intolerancia y esclavitud…

 

B. EL LENGUAJE SIMBÓLICO

 

Analicemos ante todo algunos conceptos elementales sobre el lenguaje simbólico en general, para tratar de aplicarlos al lenguaje simbólico de los libros sagrados.

Ante todo, digamos que el lenguaje religioso es “necesariamente simbólico”, ya que el hombre no puede percibir directamente lo divino, sagrado o sobre-natural que por propia definición está “más allá” de toda percepción sensible y comprensión humana. El hombre puede “intuir” o imaginar o suponer que “más allá” de la realidad física hay “Otra” realidad cuyas manifestaciones y efectos parece percibir, intuir o interpretar. Pero nunca podrá demostrarlo. Por eso, tal como lo hace el arte, también la expresión religiosa es necesariamente simbólica. La racionalización que hace la filosofía y la teología es una etapa muy posterior y generalmente ignorada por la mayoría de los creyentes, pero siempre sobre la base de una experiencia religiosa expresada en los mitos.

La racionalización está sobredimensionada en Occidente ya desde los siglos III y IV desde claves de filosofía griega, lo que transformó al cristianismo en una religión de creencias dogmáticas y, a menudo, ininteligibles, con grave riesgo de ahogar la espiritualidad y creatividad de la comunidad.

Concepto de  Símbolo

El símbolo es, precisamente, una realidad (objeto, persona, palabra, imagen) que, además de su sentido propio (1), “remite” a otra realidad que la trasciende (2), con la cual tiene alguna relación de semejanza (3) Así el agua como elemento natural necesario para la vida y la limpieza (1) nos remite a la nueva vida del espíritu y a la purificación interior (2), dada la relación de semejanza que tiene el agua con la vida y la limpieza (3) Lo mismo sucede con el fuego, con la luz, con el viento, con el vuelo de los pájaros, con la altura del firmamento o de las montañas, etc. que son símbolos comúnmente utilizados en las religiones para expresar lo sublime, divino o espiritual.

En realidad, cualquier realidad cósmica y humana puede ser símbolo de algo. Aún en el lenguaje corriente utilizamos gran variedad de símbolos, como cuando decimos que “mi bebé es divino”, que “alguien se arrastra por el vicio”, que “llegamos a la cima del éxito”, que “el odio nos enceguece”, que “debemos mirar en nuestra profundidad”, que “Fulano se nos quedó atragantado”, que “no digerimos tal situación”, que “te haré morder el polvo”, que “un chacal asedia a nuestros hijos”, etc. Es casi imposible en la vida cotidiana pronunciar dos frases seguidas sin apelar a algún símbolo.

Incluso cada parte del cuerpo humano tiene un valor simbólico (cabeza, manos, ojos, corazón, piernas, etc.) o cada color o grado de temperatura. Hablamos de “personas frías”, de “familia cálida”, de “político tibio”, de “vida gris”, de “alumno traga”, de “dirigente sin corazón”, de que “no me torcerán el brazo”,  de que a este país “le falta una cabeza”, etc.      

Dependen de cada cultura

Por su puesto, que estas relaciones no son necesariamente universales ni dogmáticas, sino que dependen de cada cultura o grupo humano. Así la grandeza y fuerza de Dios puede simbolizarse en el toro (cananeos), en el elefante (africanos), en el sol (egipcios, incas, mayas), en el tigre (guaraníes) ya que resulta imposible que los aborígenes americanos, por ejemplo, representen a Dios como un elefante, animal totalmente desconocido por ellos.

Esto explica la dificultad de los mismos aborígenes para entender el lenguaje de los misioneros cristianos que aludían como lo más natural y universal del mundo el Decálogo proclamado en el Sinaí o a la comida del cordero  pascual o a Jesús crucificado por los romanos en Jerusalén y a la necesidad de rezar la misa en latín y obedecer al Papa o al rey de España bajo pena de muerte. ¡Todo un monumento al absurdo!

Características del símbolo

– El símbolo es universal en cuanto lenguaje humano (presente en los sueños, mitos, arte y vida cotidiana) pues se origina en el cerebro humano, el mismo con la misma estructura neurológica para todos, pero su expresión y su sentido es particular a cada cultura. El símbolo es una metáfora condensada y lo utilizamos siempre que el leguaje verbal corriente o racional nos parece imperfecto o inadecuado, como sucede con la experiencia del amor o de la belleza.

– Los símbolos son “polisémicos” (“poli”, muchos: “semeion”, significado), pues pueden tener varios significados y aún sentidos opuestos, como el agua, signo de vida, pero también de muerte (ahogarse, inundaciones), de purificación, de energía o de frescura. Todo depende de la mirada de quien interpreta, de su situación, circunstancias y experiencias; así en países desérticos como Palestina la lluvia era vista por los cananeos como el dios supremo benefactor (Baal); en las culturas americanas las divinidades están relacionadas con los bosques, el tabaco, el maíz, etc.

-Por tanto, el símbolo de por sí es “abierto” a muchas interpretaciones, algunas de ellas muy subjetivas, pero cada cultura “cierra el sentido” de los símbolos empleados para adaptarlos a su caso particular, como sucede en los mitos y en las religiones. Es interesante el ejemplo de la cruz, antiquísimo símbolo de la totalidad de la tierra con los cuatro puntos cardinales o cuatro vientos, y símbolo para los cristianos de la redención por el sacrificio de Jesús.

En las religiones, el riesgo del empleo del lenguaje simbólico es que se haga una interpretación literal “realista” del símbolo (como hace el “fundamentalismo”) y así se pierda su verdadero sentido y se llegue a grandes contradicciones con la ciencia y a una interpretación cerrada y dogmática. Baste pensar en la interpretación literal de los mitos de la creación del mundo y del ser humano del Génesis que llevó a las Iglesias a una posición anticientífica y absurda.

Otro lenguaje

El lenguaje simbólico no es contrario al científico, sino que es “otro lenguaje”, así como la poesía no se opone a la prosa, sino que es otra dimensión y otra mirada de la realidad, más acorde con los sentimientos que poco tienen que ver con los raciocinios y el lenguaje científico. Lo mismo sucede con las películas hoy tan de moda, como las de ciencia-ficción o las de dibujos animados.

Y pasa en la vida cotidiana. Así, a toda mujer le agrada y llega al éxtasis si un hombre le dice “eres mi vida y mi luz y te amo con todo el corazón” y permanecerá contrariada e indiferente si se le dice “te percibo según lo que me estimula mi sistema límbico en conexión con el lóbulo frontal”.

En síntesis: la experiencia religiosa, “necesariamente utiliza el lenguaje simbólico”. Nuestra tarea, es interpretar correctamente ese lenguaje.

En esta interpretación es importante encontrar el significado que la cultura le da a los signos, la cultura de la época del origen o redacción del símbolo. En eso se diferencia de la interpretación de los sueños, en los que se busca el significado desde la subjetividad y el inconsciente de cada soñante.

Un ejemplo interesante es el símbolo de la serpiente que en nuestra cultura y en casi todas las personas es símbolo muy negativo de traición y maldad; en cambio tanto entre los semitas como en otras culturas (como la incaica) es símbolo de la sabiduría y de las ciencias ocultas. Así en el conocido relato del Génesis, capítulo 3, la serpiente tentadora representa a la cultura cananea que se opone al culto a Yahvé.

El símbolo en “otra” cultura

El problema que tenemos hoy con las antiguas religiones es que algunas de sus simbolizaciones nos resultan totalmente extrañas y demandan estudios de historia, arqueología, lingüística, sociología, antropología, etc. para darles el verdadero sentido de esa cultura.

Pensemos sin más en el concepto judeo-cristiano de “resurrección de la carne o de los muertos” para expresar simbólicamente el concepto actual de trascendencia. Un tema tan importante en el cristianismo resultó incomprensible y hasta absurdo desde la cultura griega, y aún hoy nos resulta in-creíble si se lo interpreta literalmente. Pero para el judaísmo del siglo segundo antes de Cristo que aún desconocía el concepto de alma espiritual e inmortal, propio de los griegos, fue la única manera de sentir que todo el ser humano (cuerpo viviente) transciende a la muerte.

Tras estos conceptos teóricos que son suficientemente aceptados y conocidos por todos, podemos preguntarnos qué interpretación y qué sentido dar a ciertos textos que tradicionalmente fueron asumidos en forma literal y a los que hoy les encontramos un sentido más simbólico.

En efecto, todo el mundo estaría de acuerdo, por ejemplo, en que cuando se presenta a Dios como una “Roca” o a Jesús como un “Cordero” estamos hablando de un símbolo. Pero ¿es también simbólico hablar de Dios como “Padre” o “Juez”, o de Jesús como “resucitado y ascendido al cielo”? ¿Es simbólico su nacimiento virginal, la estrella de Belén o la liberación del poder del demonio? ¿Es simbólico el cruce milagroso del mar Rojo por los hebreos fugados de Egipto, la multiplicación de los panes realizada por Jesús o la resurrección de Lázaro?

Dos dificultades para interpretar simbólicamente:

-Primero, porque siempre hemos interpretado esos relatos como hechos históricos desde su sentido más literal, y desde lo más profundo de nosotros nos cuesta verlos de otra manera, como si traicionáramos a nuestra religión y a sus más puras creencias. Pues ¿quién no se emocionó con los espectaculares filmes de Los Diez Mandamientos La historia más grande jamás contada  con una interpretación tan literal de los textos bíblicos? La interpretación literal aparece como lo evidente, lo simple, lo más natural del mundo con un Dios tan activo y sus milagros tan grandiosos.

-Segundo, se supone que el sentido simbólico es algo más bien poético que poco tiene que ver con las verdades religiosas y con los problemas humanos y el sentido de la vida. Es común decir que “esto es algo puramente simbólico”, una veleidad artística con poco valor substancial.

Pues bien, precisamente afirmamos todo lo contrario: sólo la interpretación simbólica nos da el sentido profundo de los textos… y de la vida, y una validez incluso para las generaciones futuras. El símbolo es el lenguaje de lo más profundo del ser humano, de aquello que no se puede expresar con las simples palabras porque es “inefable” e indescriptible. Mientras que el lenguaje literal cierra el sentido, lo de-fine y nos muestra un hecho tan concreto y singular que sólo es aplicable a un sujeto y momento particular y determinado, los símbolos abren el sentido y por acceder a lo más profundo y esencial del ser humano, siempre podrá ser nuevamente leído y reinterpretado con nuevas significaciones.

En síntesis: sólo desde el lenguaje simbólico accedemos al sentido profundo de los textos.

Símbolos en los sueños

Es lo que sucede en la interpretación de los sueños, tal como hace más de un siglo lo puso de relieve Sigmund Freud. Por ejemplo, una preadolescente de 12 años me dice que tuvo un sueño increíble, pues “mientras antes soñaba que viajaba en un automóvil conducido por mi padre, la última vez soñé que yo misma conducía aunque con bastante miedo e inseguridad. Estaba sola sin mi papá. Es curioso, porque yo nunca conduje un automóvil ni tengo la más mínima idea de cómo hacerlo, pero en el sueño me las arreglé bastante bien”. Luego de conversar sobre el sueño y ciertas circunstancias de su vida, quedó claro que el automóvil era ella misma que necesitó “ser conducida” por su padre durante la infancia, pero que ahora se sentía capaz de “conducirse por sí misma” aún asumiendo ciertos riesgos y peligros, lo que efectivamente estaba sucediendo.

Una señora me relató en la primera entrevista el siguiente sueño: “Estaba en la calle frente a mi casa con una hija de 3 años cuando de pronto apareció un pistolero armado que comenzó a tirotearnos. Rápidamente entramos a la casa y cerré puertas y ventanas. Lo extraño es que no tengo ninguna hija pues me casé hace pocos meses y además vivo en un barrio muy tranquilo y nunca tuve incidente alguno”. El sueño parecía sin sentido hasta que le pregunté si por si acaso no estaba embarazada. “Sí, estoy en el tercer mes de embarazo”. Cuando le pregunté si tenía algún miedo o problema con su marido, el sueño quedó esclarecido: “Mi marido insiste en seguir teniendo relaciones sexuales pero yo me niego porque tengo miedo de que me haga daño a mí o a mi bebé”. Creo que no hace falta que dé más explicaciones sobre el simbolismo de este sueño…

Observamos, entonces, que si nos quedamos con el sentido literal de los sueños, estos aparecen incongruentes y sin sentido; pero desde su lenguaje simbólico, que es el lenguaje del inconsciente, un lenguaje “cifrado” y oculto que hay que re-velar (quitar el velo), el sueño adquiere todo su valor y riqueza para la vida del soñante y para resolver su angustia o determinada problemática.

Pues bien, si los sueños son la expresión del inconsciente personal, los mitos lo son del inconsciente cultural o colectivo. Una religión atada literalmente a los textos navega en la “superficie” de la vida y de la espiritualidad que sólo logran su mayor “profundidad” desde la comprensión de los símbolos.

Animarse a interpretar simbólicamente

En los capítulos IV y V, a título de ejemplos, analizaremos ciertos pasajes bíblicos que adquieren su profundo y universal sentido para la vida humana desde la interpretación simbólica pero que aún están atados a su sentido literal. Son, pues, casos bastante complejos y, desde ya, muy polémicos. Pero es hora de que como adultos maduremos en su comprensión y nos liberemos de cierto infantilismo mágico que sólo ve hechos milagrosos y héroes extra mundanos en tantos relatos sagrados, como si eso fuese la esencia de la religión.

 

 

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