Jesús de Nazaret: Historia, Mito, Mensaje y Espiritualidad. S Benetti

JESÚS DE NAZARET: HISTORIA, MITO, MENSAJE Y ESPIRITUALIDAD

Santos Benetti

 

En este artículo abordamos la problemática de Jesús de Nazaret, el hombre, su accionar y su mensaje original, y las vicisitudes posteriores que finalmente desembocaron en una religión, la cristiana. Nuestro objetivo final es que, a partir de esos datos, podamos encontrarnos con la espiritualidad de Jesús, el hombre, y ver en qué medida esa espiritualidad o algunos de sus elementos puede ayudarnos hoy a vivir más plenamente, seamos de una religión o de otra, o de ninguna, pues la espiritualidad es una forma profunda de vivir que cada uno debe encontrar a lo largo de su vida, espiritualidad que no está sometida a creencias ni dogmas ni mandatos de culto o de conducta.

Por lo tanto sólo abordamos los aspectos humanos, históricos, políticos, sociales y espirituales, quedando a cargo de cada lector la interpretación de fe o religiosa según los posteriores agregados míticos o teológicos y/ según su conciencia y/o creencia.

JESÚS DE NAZARET. SU MENSAJE ORIGINAL

Introducción
Estamos acostumbrados a abordar el tema de Jesús exclusivamente desde el punto de vista religioso, teológico y litúrgico, con todas las interpretaciones que se fueron haciendo a lo largo de los siglos sobre todo por parte de los teólogos. Lo común es ver a Jesússimplemente como el Hijo de Dios, el Salvador del mundo, el Verbo creador desde siempre junto al Padre, el Juez al fin del mundo, etc., todos títulos teológicos posteriores nacidos de un esquema mítico, típico de todas las grandes religiones, todos esquemas que enaltecen la divinidad de Jesús pero que  ensombrecieron y prácticamente anularon el aspecto humano de Jesús.

Esto es lo que pretendo recuperar en estos artículos: al hombre Jesús, igual a cada uno de nosotros, tal como lo vieron y escucharon sus contemporáneos, que ejerció una actividad sobresaliente en Galilea, que transmitió un mensaje, que estuvo imbuído de unaespiritualidad que llega hasta nuestros días y que necesita ser comprendida en su contexto y adaptada al hombre actual, el de la posmodernidad, sin mitos, sin dogmas y sin imposiciones de ninguna especie.

Un hombre actual que ha recuperado su plena capacidad de reflexionar con sus propias percepciones e ideas, con plena libertad y abierto a nuevos y renovados conocimientos y experiencias. No es alguien sometido a poder alguno, ni civil ni religioso, no es súbdito que se arrodilla ante poder alguno; es alguien consciente de sus derechos en igualdad con todos los seres humanos, idéntico a sí mismo y respetuoso de los otros y de todas las culturas e ideologías.

En síntesis: Hoy no podemos perder el punto de vista original: el de la historia de Jesús de Nazaret.
Con el método crítico histórico (aprobado incluso por la Iglesia Católica en 1993) intentaremos acercarnos al Jesús de la historia para descubrir qué pasó en su vida, cuál fue su mensaje y por qué terminó ajusticiado en la cruz.
Por este camino abordaremos el apasionante tema de cuál pudo haber sido su mensaje original y qué implicaciones tuvieron sus actos y sus palabras, al punto de terminar ajusticiado por el “poder”, porque es evidente de que no se puede elaborar una teología sobre Jesucristo de espaldas a la historia de Jesús.
Al contrario, las diversas teologías o interpretaciones religiosas deben ampliar, profundizar y actualizar el mensaje original de Jesús para que tenga novedad y peso en cada momento histórico y en cada lugar y cultura.
Intentaremos, pues, hablando simbólicamente, ubicar una cámara televisiva en Palestina y seguir los pasos del Jesús histórico tal cual fue visto y oído por sus compatriotas, desde su nacimiento hasta su muerte.
A partir de allí, serán las comunidades cristianas las que nos darán distintas interpretaciones desde  la fe en su resurrección y desde su propia realidad. 


  1. HIPÓTESIS DE UN PERFIL HISTÓRICO DE JESÚS DE NAZARET
  2. a) Los escritos sobre Jesús 


La historia profana se refiere a Jesús muy de paso. Tácito, al hablar de la persecución de Nerón contra los cristianos, alude al ajusticiamiento de Jesús por Pilato (An. 15,14). Otras escasas referencias las tenemos en  Flavio Josefo y en Plinio el Joven en una carta al emperador Trajano  en el año 112 (Ep 10,96)
Por absurdo que pueda parecer, es muy difícil responder a la pregunta sobre quién fue Jesús de Nazaret y cuál fue su mensaje original, ya que todos los escritos que tenemos sobre su vida y palabras (Evangelios y Cartas) son interpretaciones que hacen las primeras comunidades cristianas entre 40 y 120 años después de su muerte, sin que se haya conservado ninguna documentación original anterior a esos escritos.

 

Estas interpretaciones son obra de comunidades que ya aceptan a Jesús como el Mesías de Israel y el Salvador de la humanidad, dan a su muerte un valor redentor, creen en su resurrección, y proyectan en la figura histórica de Jesús sus creencias y preocupaciones, condensando en su figura tanto el pensamiento profético de la Biblia como otros valores y esquemas mentales del helenismo en el que estaban inmersas.

Por tanto, no nos dicen directamente quién fue Jesús y qué dijo, sino qué cree y cómo cree cada comunidad acerca de Jesús.

En consecuencia, debemos atenernos a los pocos datos que tenemos sobre el Jesús de estos escritos, el hombre de Nazaret, esos datos que encontramos en los cuatro evangelios, que aunque ya influenciados por elementos mitológicos, nos aportan interesantes cuasi-certezas como para tener un cierto perfil del Jesús hombre y de ciertos aspectos de su época. En especial son los evangelios sinópticos los que aportan más elementos no solo sobre las acciones de Jesús sino también sobre su pensamiento y mensaje. Aunque no son muchos los datos científicamente comprobables, creo que son los suficientes como para que diseñemos cierto perfil de Jesús, a pesar de que los evangelios en cuanto escritos de comunidades con distintas ideologías y características, presentan un mosaico de perfiles de Jesús, a menudo contradictorios entre sí.

Así por ejemplo, Jesús aparece como un Maestro popular con enseñanzas simples, parábolas  y fina crítica al sistema social y religioso, y al mismo tiempo como un enérgico Profeta en la línea de los grandes profetas bíblicos que interpela fuertemente a la comunidad de Israel; de pronto lo vemos como pacifista y muy espiritualizado, y al mismo tiempo con un carácter fuerte e inmerso en disputas ideológicas, religiosas y hasta de tinte social y político; por momentos surge como un verdadero revolucionario contra el sistema dominante tanto judío como romano y en otros textos  pareciera que su única preocupación fuera la conversión individual a Dios .  Mientras que en los sinópticos (Mateo, Lucas y Marcos) convive con el pueblo como un judío más, con la exclusiva oposición de la clase alta y sacerdotal, en el evangelio de Juan lo vemos fuertemente enfrentado a los “judíos”, como si fuesen sus enemigos, a quienes acusa de no aceptar su divinidad, algo que ningún judío ni él mismo podrían jamás aceptar dada la fe en un Dios único, muy distinta a la creencia pagana en dioses con esposas e hijos.

Observamos, entonces, que ya en los primeros años posteriores a la muerte de Jesús, había una gran variedad de perfiles que con el tiempo darían lugar a fuertes enfrentamientos ideológicos dentro de la Iglesia, con unas posturas tenidas como ortodoxas y otras como heréticas o cismáticas. Esto se verá ya desde el comienzo en las comunidades cristianas venidas del judaísmo muy distintas de las llegadas del paganismo helénico.

Unas, las judeo-cristianas (cuyo centro era Jerusalén) aceptan a Jesús solamente como profeta y mesías nacional con fuerte acento político pero nunca como Hijo de Dios en sentido pleno, exigiendo al mismo tiempo la circuncisión y el culto judaico como requisitos para el bautismo.

Otras, las de origen griego y romano,  (Antioquía, Grecia, Roma) que lo ven como el hijo de Dios venido al mundo como salvador universal (especialmente de los pecados del mundo), por lo que abandonan pronto las prácticas judías y son influenciadas por las doctrinas gnósticas y los cultos mistéricos, ampliamente extendidos ya en el imperio romano. Las disputas terminarán con el triunfo de la postura helenista, cuyo principal artífice fue san Pablo y posteriormente fueron los grandes Padres de la Iglesia y los Concilios de los siglos siguientes imbuídos de filosofía griega. Así la figura de Jesús, ahora Jesucristo, será exaltada al rango divino junto al Padre como Señor del Universo y Juez supremo que vendrá al fin del mundo a separar a buenos y malos e inaugurar su reinado eterno. Esto traerá como consecuencia un nuevo estilo de la Iglesia, soporte de la nueva religión y signo del poder divino de JC y llamada a implantar su soberanía en todo el mundo.

Estos escritos, en consecuencia, muy al estilo literario de su época, tanto de judíos como de griegos, nos describen la experiencia y el pensamiento de cada comunidad, que “transporta” o “proyecta” en Jesús, figura fundante del origen, sus propios problemas y soluciones, en la suposición de cómo Jesús habría respondido, o qué hubiera dicho o hecho.

Por tanto, es casi imposible distinguir claramente cuáles son las palabras auténticas del Jesús histórico y cuáles son los hechos objetivos de su vida, teñidos con todas las coloraciones literarias propias de la época (cumplimiento de profecías, abundancia de milagros, hechos más o menos espectaculares, presentación heroica del personaje) y enmarcados en medio de problemas y polémicas propios de las comunidades que elaboraron los evangelios y las cartas, como fueron por ejemplo, la gran controversia entre las comunidades cristianas y la sinagoga, la convivencia dentro de un imperio mayoritariamente pagano o la vida interna de las comunidades.

Por eso, no es de extrañar que en un tiempo relativamente corto se produjera un proceso de mitificación de la figura histórica de Jesús, iniciada tempranamente por Pablo, que la interpreta desde la apoteosis grecorromana con aportes del gnosticismo (ver después su significado), haciendo de Jesús “el Señor” de la comunidad, de todos los hombres y aún del Universo, “Salvador” de toda la humanidad, entronizado junto a Dios como rey del mundo terrestre, celestial y cósmico, hasta llegar al concepto de preexistencia divina, tema que profundizan las cartas posteriores de los discípulos de Pablo (especialmente carta a los Efesios, a los Colosenses y a los Hebreos) y el evangelio de Juan, hacia el 110.
Este último evangelio, influenciado por el gnosticismo, espiritualiza el mensaje de Jesús en sumo grado y lo presenta como el Dios hecho carne (hombre) que viene a revelar la verdad divina con la casi total oposición del pueblo judío.

Es curioso que Pablo, que no fue discípulo directo de Jesús, pero el  primer escritor canónico hacia el 50, prácticamente desconoce y aún desvaloriza en sus escritos la figura histórica de Jesús, no alude a su predicación y sólo se maneja con el concepto paradigmático de Cristo Señor (Jesucristo), resucitado de la muerte y pronto a venir con toda su gloria en su manifestación final o parusía.

 

Hoy, 20 siglos después, estamos en una verdadera encrucijada, pues el hombre posmoderno ha superado los paradigmas o formas de pensar tanto del judaísmo como del helenismo y vive una nueva forma de concebir el mundo,  el ser humano y la historia; por eso tiene serias dificultades para aceptar las categorías míticas de Jesús y al  mismo tiempo desconoce, aún el cristiano común, el significado del mensaje de Jesús tal cual llegó a sus contemporáneos y tal como hoy aún lo podemos vivir con todas las adaptaciones del caso. Por eso hoy nos disponemos a descubrir o redescubrir ese mensaje o esa espiritualidad que cautivó a sus oyentes y que en definitiva lo llevó a enfrentarse a las autoridades a tal punto que fue condenado a muerte acusado de subversivo y enemigo del emperador de Roma.

Aunque es evidente que, teniendo en cuenta los cuatro Evangelios y las Cartas, no surge un único perfil histórico de Jesús, sino incluso facetas contradictorias del mismo personaje, trataremos, de descubrir a través de los textos un aproximado perfil coherenteque nos permita acercarnos a su persona y a su mensaje.

Nuestra hipótesis es que el Jesús histórico fue visto como un maestro-profeta-líder que anunció a los judíos un profundo y total cambio en la sociedad y en el hombre como preparación necesaria para la inminente irrupción de Dios en la historia: o esa, la llegada del “Reino de Dios”.
Toda su vida, su mensaje y su muerte se centran en este “nuevo orden” que Dios quería establecer en el mundo: el Reinado soberano del Dios de la liberación y del amor. 


  1. b) El marco histórico-político-ideológico del tiempo de Jesús


Conocemos muy bien el contexto histórico e ideológico de Palestina que, tras siglos de dominación por parte de babilonios, persas y griegos, había caído finalmente en la órbita de Roma, ya que fue conquistada por Pompeyo en el 63 aC.
La aguda crisis socio-económica que viven las clases populares, explotadas por la oligarquía saducea del alto clero y de la nobleza judía, más el alimento del nacionalismo político-religioso contra un poder extranjero que se opone a la soberanía y reinado de Yahvé y que esquilma con sus impuestos aún más al pueblo, conforman el escenario en el cual Jesús vive y desarrolla su actividad, plagado de surgimientos de varios mesías liberadores.

Por tanto Jesús se enmarca en un tiempo caracterizado por un fuerte sentimiento mesiánico-apocalíptico que esperaba la llegada de un Mesías Liberador.
Por entonces ya se inició un accionar subversivo contra Roma, coincidiendo las primeras revueltas mesiánicas de Judas hijo de Ezequías (derrotado por Varo) y la de Teudas y sus cuatrocientos seguidores con el nacimiento de Jesús hacia el año 4 a.C.
Después vino el alzamiento de Judas El Galileo (aludida como la de Teudas en He 5,36-37) y sus zelotes, coincidente con la adolescencia de Jesús.
Resulta evidente, entonces, una influencia revolucionaria en el niño y adolescente Jesús, en contacto con tropas invasoras, revueltas en Galilea y consecuencias desastrosas de un país dominado, entre ellas las crucifixiones de los rebeldes capturados.
Los zelotes, ala radicalizada y armada desprendida de los fariseos, eran también llamados “sicarios”, pues usaban la sica o puñal para deshacerse de sus enemigos; pero “oficialmente” se los llamaba “bandidos”, y así lo hacen el historiador judío pro-romano Flavio Josefo y los evangelistas.

Tras la muerte de Jesús, entre el 46-48 se sublevan contra Roma los mesías Jacob y Simón, también crucificados por los romanos; un tal Menahem, que terminó muerto por el pueblo por sus crueldades contra los moderados.
Otro caudillo mesiánico fue Eleazar y un carismático de sobrenombre El Egipcio que prometió cruzar milagrosamente el Jordán con sus seguidores. Pero todos fueron rápidamente liquidados por los romanos.
Finalmente en el año 66 los zelotes inician la sublevación general (siendo Nerón emperador), se hacen con el poder desde Jerusalén y se defienden en ella heroicamente hasta la destrucción de la ciudad por las legiones romanas en el 70, guiadas por Vespasiano, primero, y por su hijo Tito después.

c)
      Datos históricos básicos sobre Jesús

Jesús nació
 con toda probabilidad en Nazaret de Galilea (se lo denominaba El Nazareno) El nacimiento en Belén, la ciudad de David, es propuesto por Lucas y Mateo por motivos teológicos: mostrar la ascendencia davídica de Jesús que le permitiría ser el auténtico Mesías.

En la humilde Nazaret se crió en una familia pobre, y se ganaba la vida haciendo changas como “carpintero”, al igual que su padre José (Mt 13,55), o sea, arreglando los enseres de labranza de las comarcas aledañas. Era, pues, un hombre de pueblo de clase media baja.
Por la misma cita de Mateo y por Marcos 6,3 conocemos los nombres de sus hermanos y hermanas.

Se calcula su fecha de nacimiento entre el 4/7 antes de Cristo. Esta contradicción se debe a que en el 533 el monje Dionisio cometió un error al fijar la fecha haciéndola coincidir con el 754 de la fundación de Roma; pero como Herodes murió en el 750 y Jesús nació bajo su mandato (Mt 2), tuvo que nacer necesariamente antes.
La data del 25 de diciembre es puramente simbólica, pues fue establecida por la Iglesia hacia el siglo IV para contrarrestar el culto del dios Mitra, el dios Sol, cuyo nacimiento se celebraba ese día, solsticio de invierno en el hemisferio norte.

Es importante tener en cuenta que Jesús fue un judío laico, pues no era levita ni sacerdote, como tampoco fue escriba, sin constar que haya tenido estudio especial alguno, salvo los propios de todo niño judío en la escuela de la sinagoga de Nazaret. Curiosamente no fue “cristiano” ya que no fundó la religión cristiana, tarea que realizarán sus seguidores en los siglos siguientes. El se limitó a un accionar reformista dentro del ámbito judío, por su propia convicción y sin ninguna autoridad institucional, lo que le atrajo la crítica y oposición de todo el estamento de poder del judaísmo (sacerdotes, alto clero, escribas, saduceos), máxime teniéndose en cuenta que no era oriundo de Judea sino de la Galilea despreciada por  el establismen de Jerusalén.

Hacia los treinta años (siendo Tiberio emperador, Pilato procurador de Judea y Herodes Antipas rey de Galilea, según Lc 3,1)  comenzó su predicación, reducida prácticamente a Galilea, tras escuchar al profeta apocalíptico Juan (Bautista) y hacerse bautizar por él; siendo resistido fuertemente por su familia (Jn 7,8) que consideró “que estaba fuera de sí”, según dice Marcos 3,20-21.

Podemos dar como seguro que el núcleo histórico de su predicación fue el anuncio de la inminente llegada del Reino, reinado o soberanía de Dios, (después ampliaremos este tema) una época de renovación total de la sociedad por obra divina; doctrina comúnmente aceptada por todos los judíos de la época salvo los saduceos, especialmente desde la predicación de los profetas mesiánicos y apocalípticos de los siglos V-II antes de Cristo.
Lo novedoso de Jesús es que habla de la inminencia de ese evento que acaecería en esa misma generación (Mc 1,15; 9,1; Mt 3,1-2; 16,28; 24,34; Lc 19,11; Hech 1,6-7).
Este Reino de Dios, eje central y  utopía de toda su predicación, es la obra de Dios que transformaría las estructuras religiosas, sociales y políticas del mundo, terminando con la explotación de los pobres y clases marginadas a manos de los prepotentes, de acuerdo con la tradición de los profetas.

Por tanto, Jesús aparece fundamentalmente como un profeta de los últimos tiempos, autodenominado simplemente como “hijo de hombre” (o sea, Yo, hombre), convencido del inminente fin del mundo y de la culminación de la historia.
Profeta en la línea ideológica del Dios Liberador de los pobres y débiles, opuesto al poder sacerdotal y a las discriminaciones sociales del régimen.
En consecuencia, predicó su doctrina solamente a la comunidad judía (que sería el centro de la nueva restauración) cuya conversión exigía como condición para ser aceptada en el reino de Dios.
Su preocupación fue una profunda reforma de la comunidad, sin pretensión alguna de crear una comunidad religiosa o iglesia aparte. Aunque parezca un contrasentido y como ya lo dijimos, Jesús no fue cristiano sino judío y fiel cumplidor de la ley dentro del espíritu profético y de  la piedad de los fariseos, aunque  opuesto al espíritu legalista.

Su predicación concitó el interés de un cierto número de adherentes, especialmente de los pobres, de las mujeres y de los excluidos sociales (enfermos, prostitutas, profesiones inferiores), como también de cierto grupo de nacionalistas galileos, en general simpatizantes de los “zelotes”, que conformaron el núcleo de sus discípulos, llamados posteriormente Apóstoles, o sea, mensajeros.

Todo lo cual le trajo la oposición de la clase tradicional dirigente de sacerdotes y saduceos, temerosos de que el nuevo movimiento generara una revuelta general contra Roma y contra el orden social, fenómeno frecuente en Galilea y que, finalmente, estallaría 40 años después de la muerte de Jesús, llevando a la nación judía a su ruina. El evangelio de Juan, escrito hacia el 110, recoge esta antigua tradición en 11,47-49:
Entonces los Sumos Sacerdotes decían: ¿Qué hacemos? Porque este hombre realiza muchos signos, y si lo dejamos que siga así, todos creerán en él y vendrán los romanos y destruirán nuestro Lugar Santo y nuestra nación. Entonces Caifás, el Sumo Sacerdote de aquel año, dijo: Es necesario que muera un solo hombre y no que perezca toda la nación”.

Por todo ello, la predicación de Jesús fue realizada prácticamente en la norteña Galilea y durante un tiempo muy breve (unos dos años y medio), a menudo como fugitivo pues sentía sobre sí una verdadera conspiración para matarlo, sobre todo después del incidente en el Templo de Jerusalén cuando expulsa a los mercaderes desenmascarando la corrupción sacerdotal, hecho sucedido al comienzo de su vida pública según el evangelio de Juan 2,13-22,  y  debido a una predicación que sonaba peligrosa para Herodes Antipas, gobernante de Galilea, y para los romanos y las autoridades judías.

 

“La existencia de dicha conspiración es atestiguada por el relato independiente de la misma que podemos ver en los otros tres evangelios (Mc l4, 1-2; Mt 26, 3-5; Lc 22, 2) y por el hecho de que, en un determinado momento, Jesús sé convirtió en fugitivo. Tal vez Jesús llegara a saber que tenían intención de detenerle. Poco después del incidente del Templo se escabulló y fue a ocultarse (Jn 8, 59; 10, 39; 12, 36). Ya no podía moverse abiertamente de un lado para otro (Jn 11, 54) y se vio obligado a abandonar Jerusalén y Judea (Jn 7, 1).Pero tampoco estaba seguro en Galilea. Por aquel entonces, también Herodes albergaba contra él un odio mortal (Lc 13, 31; Mc 6, 14-16, par.). Ya no podía hablar libremente en las aldeas de Galilea (Mc 9, 30). De manera que tuvo que deambular con sus discípulos fuera de Galilea: al otro lado del lago, en las regiones de Tiro y de Sidón, en la Decápolis y en las cercanías de Cesarea de Filipo (Mc 7, 24 y 31: 8, 22 y 27). En un determinado momento regresó al otro lado del río Jordán (Mc 10, 1; Mt 19, 1; Jn 10, 40)” (Nolan , Jesús antes del cristianismo)

Finalmente Jesús decidió viajar a Jerusalén para anunciar el Reino a las autoridades judías (contra el parecer de sus discípulos), pero fue acusado ante el gobernador romano de sedicioso, y en cuanto tal fue juzgado y condenado al suplicio de la cruz, condena establecida exclusivamente para los rebeldes contra Roma y para los esclavos.  Este es un dato importante, pues no siendo Jesús un esclavo, sólo resta la hipótesis de crucifixión por sedición.

Según Marcos y Mateo, murió a las tres de la tarde, después de estar unas cinco o seis horas colgado en la cruz, pronunciando el significativo primer verso del salmo 22, “Eloi, Eloi, ¿lema sebactani?, Dios mío, ¿por qué me has abandonado”.  Después dio un fuerte grito y dejó de existir (Mc 15,37).
Según Lucas, después del fuerte grito expiró diciendo: “Padre, en tus manos entrego mi espíritu” (Lc 23,46). Como señal de escarmiento, Pilato hizo crucificar a otros dos rebeldes (“bandidos”) posiblemente zelotas.

Esta muerte en la cruz 
es el dato histórico más importante y seguro de su existencia, ya que consta en todos los Evangelios y Cartas, comprobado por el hecho de que los romanos, tolerantes de todas las religiones, no condenarían a nadie a muerte por ser un hombre piadoso, como era la mayoría de los judíos, en especial los fariseos. Por lo tanto es fundamental, dado que Jesús fue crucificado como subversivo (Lc 23, 1 y sigs), saber si lo fue efectivamente y en qué sentido.

El por qué de esa muerte, específica de los rebeldes, ilumina el sentido de toda su vida.
Pero tengamos en cuenta que en aquella época como en las nuestras, ser un subversivo contra el sistema no significaba necesariamente ni primariamente tomar las armas, sino pretender un cambio total (lo llamamos “revolución”) dentro del sistema político-social vigente para instaurar, en el caso de Jesús, el reinado de Dios. La subversión ideológica, lo saben todos los poderes, es mucho más peligrosa que el simple alzamiento en armas.

d)
      Hipótesis sobre la causa de la muerte de Jesús

Desde un primer momento en la comunidad cristiana surgieron varias hipótesis explicativas del ajusticiamiento de Jesús en la cruz.
Esta explicación era fundamental, pues para los judíos el único criterio de la autenticidad del Mesías era su triunfo sobre los enemigos, y la crucifixión de Jesús indicada que era un falso mesías que había fracasado.

En tanto para los greco-romanos (como lo confirman las cartas de Pablo) significaba un “escándalo” o tropiezo difícil de sortear, pues no se entendía cómo un hijo de Dios y salvador del mundo podía haber sucumbido en forma tan humillante.
Las hipótesis se pueden resumir, básicamente, en dos:

1.       Jesús fue efectivamente un rebelde político social que entendió su misión como la liberación de su pueblo en la línea ideológica de los profetas.Y como tal fue condenado, muriendo como mártir de la causa de Yahvé.

Es la interpretación de la comunidad judeocristiana, tan cercana al Jesús histórico, cuyo centro era Jerusalén bajo el mando de Santiago, el hermano de Jesús (Mc 6,3; Gal 1,19), que morirá asesinado poco antes de la revuelta final judía. Entendían los judeocristianos que Jesús, si bien había sido crucificado, pronto vendría por segunda vez investido de poder divino para la liberación final en la parusía y para juzgar a paganos y pecadores, realizando la restauración universal (Mc 14, 62; He 3,20-21)

 

  1. Jesús “fue considerado” como mesías y liberador político por el pueblo (Mt 21,9-11) y por los discípulos (la casi totalidad de ellos eran galileos nacionalistas) que malinterpretaron sus palabras (Mc 8,27-33; Lc 24, 25-27)   Pero en realidad era un salvador espiritual de los pecados de todos los hombres, y como tal debía morir y resucitar para cumplir la voluntad de Dios, de acuerdo a las profecías (Lc 24, 25-27; Mt 1,21) Fue, por lo tanto, el Siervo de Yahvé que “tomó nuestras flaquezas y cargó con nuestras enfermedades” (Mt 8,14, reinterpretando a Is 53,4).

Esta es la opinión, aunque confusa, de los evangelistas sinópticos (cristianos anónimos identificados mucho después como Marcos, Mateo, Lucas) que de paso mostraban a las autoridades romanas que los cristianos no tenían nada que ver con la revuelta contra Roma y que en realidad Jesús fue condenado por la oposición de las autoridades judías, a pesar de los intentos de Pilato por salvarlo. No hay que olvidar que Marcos escribe el primer evangelio inmediatamente después del final de la guerra judía y cuando en Roma no se hablaba de otra cosa que del triunfo de Tito sobre los rebeldes judíos, con los cuales todavía eran identificados los cristianos, considerados como una secta judía (los “nazarenos”). Las legiones romanas terminaron con todas las utopías mesianistas y establecieron un nuevo “statu quo” que obligaba a una reinterpretación más espiritual de Jesús.

 

Marcos parece conocer el pensamiento de Pablo que veinte años antes había presentado a Jesús como Salvador de toda la humanidad e Hijo de Dios (Rom 4,24-25; 5,6-11); dos títulos que los romanos adjudicaban al emperador como único Señor del mundo.
Por eso, tras afirmar en el primer renglón de su evangelio (1,1) que transmitirá la “buena noticia de Jesús, Mesías e Hijo de Dios” (significativamente un centurión romano proclama por primera vez su divinidad al pie de la cruz, Mc 15,39), teje una historia híbrida con componentes helenistas de Pablo, pero sin abandonar elementos importantes del mesianismo tradicional que era imposible negar, y necesarios para que Jesús no fuera un simple mito sino un personaje de la historia salvadora, y más necesarios para ubicar a Jesús en el contexto de toda la historia bíblica, algo que hará con mejores resultados el evangelista Lucas.
Y para evitar sospechas, los romanos aparecen extrañamente inocentes en toda esa historia de la muerte de Jesús, comenzando por el propio Pilato que sólo accede a hacerlo azotar y crucificar “para contentar a la multitud”  (Mc 15,1-15; Mt 27,11-26) ; un Pilato descrito sin embargo por Josefo y Filón como insensible, obcecado, cruel, avaro y profundamente despreciador de los judíos.

En tanto se pone la culpabilidad de la muerte de Jesús en las intrigas de los sacerdotes que supieron manipular a Pilato y al pueblo para pedir su muerte, mientras se reclamaba la libertad del zelote Barrabás, después de un juicio nocturno con un Sanhedrín dividido, mientras Jesús se proclamaba abiertamente “el Mesías, Hijo del Dios bendito, y verán al Hijo del Hombre sentarse a la derecha del Dios Todopoderoso y venir entre las nubes del cielo” (Mc 14 y 15).
El evangelio de Juan, testigo ya de la excomunión que los dirigentes fariseos de la Sinagoga hicieran contra los cristianos hacia el 90-100, y de la ruptura definitiva entre el Judaísmo (ahora dirigido por los fariseos) y la Iglesia, proyecta estos episodios en la vida misma de Jesús que en todo momento aparece polemizando frente a sus enemigos “judíos”, o sea, los que no lo aceptaban como Enviado de Dios (especialmente Jn cap. 5, 7, 8 y 10).

 

Sobre la base de Marcos (el primero y más breve de los evangelios) que supo integrar historias sobre los actos y dichos de Jesús que circulaban en las comunidades cristianas (la llamada Fuente Q, después lamentablemente perdida para siempre), Mateo y Lucas amplían la exposición entre el 80-90, en un intento de compaginar la praxis de sus respectivas comunidades (judeocristiana de Siria en Mateo, helenista en Lucas) con el mesianismo judío, al que corrigen espiritualizándolo cada vez más, pero sin renunciar (especialmente Lucas) a ciertos aspectos humanos, sociales y políticos del accionar y del mensaje de Jesús, simplemente porque era imposible negarlos.
Por eso, siguiendo a Marcos, los evangelistas atribuyen a los apóstoles la idea del mesianismo político-religioso tradicional, dejando a Jesús la tarea de obligarlos al silencio o de corregir su postura; postura corregida que, obviamente  era la ahora vivida por la iglesia inserta en el imperio (Mt 16,13-23). En otros casos, son los demonios los que proclaman abiertamente a Jesús como Mesías e Hijo de Dios (Mc 3,11; 5,6-7), muy en consonancia con las ideas gnósticas y apocalípticas que concebían a los demonios como seres muy inteligentes, necesitados ahora de reconocer al Hijo de Dios investido de forma humana para poder combatirlo y desembarazarse de él, como afirma Pablo (1 Cor 2,7-8).
La conclusión fue que Jesús desarrolló una predicación profética de hondo contenido religioso, haciendo signos milagrosos (Mt 8,16-17; 11, 4-5; Mc 1,23-45; 2,1-12; 3,1-12; 5,25-34, etc.) para mostrarse como enviado e hijo de Dios, lo  que provocó la hostilidad de los sacerdotes saduceos y de los fariseos, que lo acusaron de blasfemo  por proclamarse Hijo del Hombre con poder (Mc 14,61-64) y por actuar en nombre del Demonio (Mt 9,34; Mt 10,25) y en contra de la ortodoxia judía. Finalmente, temerosos también de una revuelta, acusaron a Jesús ante la autoridad romana para que lo condenara a muerte, pues ellos ya habían perdido ese derecho.

Por su parte, Pablo había ya enseñado que esa muerte fue fruto de un designio divino y de la insensatez de los demonios que la buscaron (1Cor 2,7-8), sin darse cuenta de que ella significaba, por un lado el triunfo de Dios en su Hijo obediente por medio de la resurrección, y por otro, la derrota de los espíritus demoníacos que se consideraban los dueños de este mundo. O sea, Pablo se desliga de la historia y da una interpretación mítica, fácil de entender por su público no judío.

En tanto el evangelio llamado de  Juan (hacia el 100-110) acorde con su concepto de Jesús como Dios encarnado desde el principio (el Verbo, Jn 1), muestra los sufrimientos y la muerte de Jesús como la manifestación de su divino amor, como el amigo que da la vida por aquellos a quienes ama y como Buen Pastor que muere combatiendo por su rebaño (Jn 10-17), pero que muy pronto vuelve y se hace presente como resucitado a fin de reconfortar a sus discípulos y darles su Espíritu de fortaleza.

En definitiva, la segunda hipótesis de una salvación espiritual quedará con el tiempo como la tradicional de la Iglesia, sobre todo cuando la corriente revolucionaria sea liquidada por los romanos, y en la práctica se irá espiritualizando cada vez más. Es la interpretación teológica que desliga a Jesús y sobre todo a la comunidad cristiana de todo sustrato subversivo  de tipo político, interpretación “prudente” frente al Imperio y sobre todo cuando ya la mayoría de los cristianos no eran judíos sino miembros y aún ciudadanos del Imperio.

Recordemos que el mismo Pablo era ciudadano romano según He 16, 36-38, y que en el año 212 el emperador Caracalla declara como ciudadanos a todos los habitantes libres del Imperio.
Pero, lamentablemente, esta interpretación espiritualizada pagará un alto precio al renunciar al componente de cambio profético-social propio del mensaje de Jesús, algo que tergiversaría peligrosamente el cristianismo a lo largo de los siglos y diluiría la figura de Jesús.

3. Entre la postura mesiánica-político-religiosa-nacionalista y la espiritualista-universalista de tipo teológico y mítico, hubo una gran variedad de interpretaciones intermedias, todas ellas aceptadas por la iglesia primitiva.
Teniendo en cuenta los escritos que serán considerados canónicos, tenemos por lo tanto dos grandes líneas interpretativas de la misión de Jesús: la de Pablo, exclusivamente desde el Cristo resucitado, y la de los evangelistas, desde el Jesús profeta histórico reinterpretado por las comunidades cristianas.

Entre los escritos no canónicos, son importantes los evangelios gnósticos (de Felipe, de Tomás, de María Magdalena, de Judas, etc.) especialmente los descubiertos en 1945 en Nag Hammadi, Egipto, que no atienden a la biografía de Jesús, sino que se presentan como discursos secretos de Jesús Resucitado a un grupo privilegiado, dando una visión super espiritualista y esotérica de su mensaje con desprecio de la visión de la Iglesia institucional. Son del siglo II en adelante y en general de difícil interpretación.

2. 
  JESÚS, PROFETA  AL  SERVICIO  DEL  REINO  DE  DIOS 
Tratemos de ahondar en el análisis crítico histórico de un personaje que iba a ser el eje transformador de la cultura de Occidente. Por lo tanto, analizaremos palabras y hechos desde la lectura crítica de los textos, reinterpretados de nuevo muchas veces a lo largo de la historia del cristianismo, tal como lo realizan las distintas Iglesias.

Partimos del evidente supuesto de que Jesús fue un judío inserto en la cultura judía y partícipe de la fe religiosa de su pueblo.

Siguiendo paso a paso los textos evangélicos, preocupados por la espiritualización del mensaje de Jesús, aún así se nos aparece un claro y coherente perfil de un hombre consagrado a Dios y a su causa, liderando al mismo tiempo un movimiento de profunda reforma de la sociedad y del hombretanto en su aspecto religioso, como en el social y político, en concordancia con la historia bíblica que nunca separa estos aspectos cuando habla de Dios Salvador.

En las culturas antiguas, y en especial en el Judaísmo, no existe el concepto moderno de separación de lo religioso y lo político, ya que la concepción religiosa integra todos los aspectos de la vida y organiza a través de sus mitos y creencias tanto la vida personal como la social y política, pues leyes, costumbres y gobiernos tienen un origen en mandatos divinos, incluída la guerra considerada “santa” como acto de defensa de la divinidad y sus derechos. Por tanto, para un judío oponerse al poder extranjero o negarse a pagarle impuestos es un acto religioso pues su verdadero gobernante es Dios. Es un sistema teocrático fundado en la voluntad y la palabra de Dios (o dioses) encarnada en distintos mitos. Esta forma de pensamiento que hoy llamamos “integrismo” y que aún perdura en ciertos países o culturas, fue lo característico de las culturas antiguas.


2.1 Contexto ideológico-religioso del Judaísmo en tiempos de Jesús

2.1.1 Jesús espera y anuncia el Reino de Dios

Es un dato más que claro en los evangelios que Jesús esperaba la llegada del Reino de Dios que se produciría en su vida  o inmediatamente después de su muerte, pues “les aseguro que algunos que están aquí presentes no morirán antes de haber visto que el Reino de Dios ha llegado con todo poder” (Mc 9,1; ver Mc 14,25; Lc 22,15-18).
El Reino, por otra parte, es fruto de la exclusiva voluntad de Dios, pues crece con su propia fuerza (parábola de la semilla, Mc 4,26-9), se desarrolla como un gran árbol desde una pequeña semilla (parábola del grano de mostaza, Mc 4,30-32) y llegaría en forma inminente y súbita (Lc 17,20-21 y 19,11) cuando lo determine Dios, único que sabe el momento y la hora (Mc 13,28-32; Mt 24,42-44).
Ya sabemos que después los primeros discípulos y los evangelistas, ante el hecho consumado de la muerte de Jesús sin eclosión del Reino, prolongaron el tiempo del advenimiento del Reino y de su salvación total hasta la llegada de la Parusía o Manifestación de la Segunda Venida gloriosa de Cristo, en un clima de ansiedad que bien revelan las cartas de Pablo a los Tesalonicenses (1Tes 4,13 a 5,11; 2 Tes 2) y las últimas epístolas del Nuevo Testamento (Segunda de Pedro y la de Judas), ya que pasaba el tiempo y el gran suceso escatológico no se producía.
En esta línea se inscriben los discursos apocalípticos de los sinópticos (que en general no se consideran de Jesús), que dan por conocida la destrucción de Jerusalén y suponen que ese trágico suceso era un signo precursor de una conflagración universal y de la Parusía (Mc 13, Mt 24 y Lc 21), “pues entonces verán al Hijo del Hombre que viene entre nubes con gran poder y gloria… Y les aseguro que no pasará esta generación hasta que todo esto suceda. El cielo y la tierra pasarán, pero no mi palabra. Pero sobre aquel día y la hora, nadie sabe nada, ni los ángeles del cielo, ni el Hijo, sino sólo el Padre” (Mc 13, 26,30-32, reinterpretando a Daniel 7,13-14).

 

Todo ello es debido a que Jesús se insertó en la ideología judía y la asumió (era su cultura), tanto en lo que respecta al mesianismo predicado por los  profetas, como también en la creencia del Reino, como liberación total y como purificación religiosa por medio de la conversión a Dios, como lo predican los profetas desde el Exilio, y se hace eco Juan el Bautista (Mc 1,1-11; Mt 3,1-12).
Más discutible es si compartía las ideas apocalípticas o éstas eran propias de los discípulos que las retrotrayeron a Jesús.

El concepto del Reino de Dios es una idea netamente teocrática-democrática: integrar la liberación interior con un culto digno a Yahvécon la liberación política que instauraría a Yahvé como “Señor” o Rey absoluto. Esta teocracia “pura” (sin intermediarios, sean sacerdotes o reyes) no admite fisuras ni dualismos: todo el hombre y toda la sociedad humana necesitan un cambio radical. Nada puede quedar afuera de la soberanía de Dios. Por supuesto que existían muchas formas de entenderlo, desde una concepción muy nacionalista (un reino dominado por los judíos) hasta una concepción más universalista que incluye a judíos y no judíos.


2.1.2  La historia bíblica: historia del Dios Señor y Salvador del pueblo

La creencia en un Reino de Dios es una constante de los últimos siglos del judaísmo que había caído en manos extranjeras (asirios, babilonios, persas, griegos) pero ya se inicia desde la liberación de la esclavitud egipcia.

Hagamos una breve síntesis:

  1. a) Del Exodo al Exilio

Toda la historia bíblica está saturada de esta ideología de una teocracia pura (“Malkuta”: Reino-soberanía de Dios) que se ejerce sobre la comunidad, sin la intermediación de sacerdotes o dirigentes políticos, o sea en forma muy democratizada. Al cabo de los siglos se espera un Reino que se instauraría mediante el Ungido-Rey (Mashiá  en hebreo, Jristós, en griego, Mesías en castellano) de Yahvé, para restaurar al Pueblo de Dios, Israel, que se libraría de sus enemigos y pondría a todas las naciones bajo su dominio.  Esta recreación mítica ocurriría en un tiempo final (ésjaton) restaurándose plenamente la alianza del pueblo con Yahvé, y tendría lugar dentro de la historia como su etapa final. Repasemos, muy brevemente, el proceso de esta idea de la soberanía o Reino de Dios.

 

La absoluta soberanía de Yahvé, religiosa y política al mismo tiempo, es la que funda al pueblo de Israel desde su liberación por Yahvé de la esclavitud de Egipto por mediación de Moisés hacia el 1200 a.C. Por esa liberación, Dios y el pueblo pactan una alianza: Dios toma como propio al pueblo y le promete ayuda a cambio de su fidelidad: “Si escuchan mi palabra y observan mi alianza, serán mi propiedad exclusiva entre todos los pueblos y una nación que me está consagrada” (Ex 19, 3 y sig.; Deut 7,6-8) Dios es el único “Señor” o Soberano-rey de esa comunidad, gobernando mediante los Jueces elegidos por algún profeta y aprobados democráticamente por la comunidad.

 

Pero con el rey David (1010-970 a.C.) se da un cambio fundamental que tergiversa el sentido democrático de la primera alianza: ahora la alianza es realizada sólo con la casa real, permaneciendo el pueblo como simple súbdito. Mientras el profeta Natán promete un reino eterno, el rey, al estilo egipcio y babilonio, es consagrado como “hijo de Dios”.

Encontré a David y lo ungí con óleo para que mi poder esté siempre con él… Yo lo constituí mi hijo primogénito, le aseguré amor eterno y una alianza estable…” (Sal 89,20-38)

Así la soberanía absoluta de Dios fue traicionada por los reyes hebreos de estilo absolutista (tanto del norte como del sur) que apostataron del culto a Yahvé y se entregaron a otros dioses, hundiendo al mismo tiempo al pueblo en la pobreza y opresión con pesados impuestos para sostener al ejército y a la corte real.
Fue entonces cuando surgieron los clásicos profetas (Isaías, Miqueas, Amós, Oseas, Jeremías) cuyo mensaje siempre tuvo un tinte religioso-político-social, ya que clamaban por la vuelta al reinado de Yahvé  y a la justicia con los pobres, cuyo Salvador era Dios.

Los libros bíblicos, en esta línea, presentan la caída de ambos reinos como fruto de su apostasía. Cuando los Asirios destruyen el Reino norteño de Israel (721 a.C.) y los babilonios el de Judá (587) y especialmente cuando profanan y destruyen el Templo o Casa de Dios, entonces toda la fe en el poder de Yahvé, el rey poderoso, fue puesta a prueba. Y la duda sobre la soberanía de Dios continuó cuando nuevos reinos se fueron apoderando de Israel.

  1. b) Mesianismo y Apocaliptismo

b.1 Fue la experiencia del exilio en Babilonia y del  pos-exilio bajo persas y griegos la que lentamente fue gestando una ideología mesiánica, dado el constante dominio de los imperios sobre Israel y su incapacidad para conseguir la independencia. Se comienza a esperar un Mesías-Rey, ideal sublime de justicia, especialmente para el pueblo pobre y sufriente, enfermos, esclavos, niños y mujeres, o sea, toda la clase oprimida (Is 61). Si ya el pueblo de la alianza y después los antiguos reyes hebreos eran concebidos como hijos adoptivos de Dios desde el momento de su coronación, mucho más lo sería el Mesías (Ungido) de Dios (Is 61,1), un hijo obediente que cumpliría a la perfección el ideal de la realeza de Yahvé (Reino de Dios).

El Mesías sería un rey de paz, la paz mesiánica de Dios, desde la conversión del corazón (Is 57,14-21; 64,4-11; Is 53) a la voluntad divina que se ejercería en todos los planos, tanto religioso como político y social.

 

Muy pronto ese Ungido del final de los tiempos sería concebido como surgido de la línea dinástica de David, y por tanto, su descendiente (el Emmanuel, “Dios con nosotros” en Is. 7,14-15 retomado por Mt. 1,23), cumpliendo las promesas anunciadas al trono de David de reino eterno y universal con toda la abundancia de bienes, paz y felicidad.

De allí que Mateo 1,1-16 y Lucas 3,23-28 introducen una genealogía para probar el origen davídico de Jesús, al que hacen nacer en Belén, la ciudad natal de David (Mt 2,1-6; Lc 2).

Después surgen los “apocalípticos” que, sin esperanza en un poder político liberador, concebirían un tiempo pos-histórico, con el Mesías llegando desde el cielo en medio de una hecatombe cósmica y haciendo su obra de salvación y juicio con escasa participación del pueblo histórico, de todo lo cual también se hacen eco los autores cristianos (Mc 13,24-27; 14, 62; Apocalipsis 19).

 

b.2 A medida que los dirigentes políticos y sacerdotales del Judaísmo (los “Pastores” de Israel) se alejaban del ideal bíblico y pactaban con los dominadores de turno o se transformaban ellos mismos en opresores de sus hermanos pobres (situación reflejada en Is 56,9-12 y Ezeq 34) el movimiento mesiánico fue adquiriendo una connotación más clasista, como única esperanza de las clases pobres y oprimidas, especialmente en el ambiente rural y en pequeñas poblaciones. Frente a la clase dominante del alto clero y de la nobleza, las capas oprimidas levantan la ideología revolucionaria y de resistencia, no solo contra las potencias extranjeras, sino muy especialmente contra los dirigentes sacerdotales que han traicionado a Dios (Mal 2,1-9), dejando de ser los pastores del pueblo siempre necesitado de conocer y cumplir la Palabra divina que en vano buscan en sus dirigentes espirituales.

 

b.3 Por lo tanto, la salvación mesiánica siempre consiste en una liberación y restauración completa, tanto religiosa como política y social, de acuerdo con el ideal integral de la teocracia. Si el pueblo es fiel, Dios lo recompensará con una felicidad plena, tan bien descrita por el Déutero y Tripto Isaías y otros profetas, con paz, libertad, abundancia de bienes e hijos, longevidad de vida, y aún con una restauración cósmica que evitaría desgracias naturales, y con el árbol y el río de la vida, sin noche y en eterna luz y felicidad (Ver Is 60, 61, 62 y 66, reflejados en Apocalipsis de Juan, cap. 21-22)

 

Este es el gran mito y la gran utopía del mesianismo, que nunca se espiritualizaría tanto como para negar los aspectos materiales y políticos, pero que siempre pondría como condición fundamental la fidelidad a Yahvé y a sus mandamientos, especialmente el de un estricto monoteísmo.

Es, por tanto, un mesianismo netamente intrahistórico y a través de la historia (salvo en los apocalípticos), sin excluir instancias políticas y aún guerreras, como en el caso de los macabeos y después de los zelotes, “celosos” de Yahvé tanto en la fe, la ética y el culto, como en la entrega de la vida por su causa (guerra santa).

 

b.4 Profetas más universalistas como el Segundo Isaías (Is. 40-55) y Tercer Isaías (Is. 56-66) conciben a Israel como la primera etapa del Reino y como un puente para que todos los pueblos del mundo reconozcan la soberanía de Yahvé y vengan a su santo templo de Jerusalén a rendirle culto.

El cristianismo helenista tendrá muy en cuenta estas ideas frente a la corriente nacionalista de aquellos judíos o judeo cristianos que sólo veían en los paganos el reino del Demonio que debía ser destruido.

Desde la época persa invade al judaísmo la idea de demonios y ángeles buenos que pueblan el  espacio cósmico y que luchan en contra o a favor de Dios, haciendo de los hombres sus aliados. Piénsese sin más en las famosas tentaciones de Jesús (Lc 4,1-13) en que el Demonio o Satanás (el “Tentador”) en persona le dice a Jesús: “Te daré todo este poder y esplendor de todos los reinos, porque me han sido entregados, y los doy a quien quiero. Si me adoras, todo esto te pertenecerá”.  Es un tema también típico de Pablo, como en 1Cor 15,24-25 y del evangelio de Juan que habla del Demonio como “El Príncipe de este mundo” (Jn 12,31 y 14,30) en lucha abierta contra Dios y Jesús.

 

b.5 Esta ideología que se fue enriqueciendo con componentes extra-bíblicos, permitió muchas variantes de mesianismo, como el de la comunidad de los Esenios junto al Mar Muerto, de posible influencia sobre Juan Bautista, y enemigos declarados del alto clero y de los romanos (que destruirán su sede) que hablaban de un mesías rey y de otro mesías sacerdote.
Sin renunciarse jamás al monoteísmo, el Mesías era presentado en todos los casos como un hijo adoptivo o enviado de Dios. Para los judíos era absolutamente inconcebible y horriblemente blasfemo (Jn 10,31-33) que un hombre, así sea el Mesías, fuera proclamado como Hijo de Dios en el sentido estricto del término, como el enseñado por Pablo, Juan y la teología del siglo IV-V en forma dogmática.

 

Es una ideología religiosa puesta al servicio de un cambio esencial o revolución, de una transformación radical no sólo de toda la sociedad sino de cada hombre creyente en particular y de todo el hombre, frente a la ideología conservadora del alto clero judío y de la nobleza (que preferían una alianza con los romanos), quienes serán los enemigos declarados no sólo del movimiento popular mesiánico sino de Jesús en particular.
De allí que los zelotes en la gran sublevación del 66, como primera medida tras la conquista de Jerusalén, pasen a degüello al alto clero y al Sumo Sacerdote y nombren a alguien del pueblo en su lugar.

Esta restauración total del ideal teocrático implicaba, por tanto, la “purificación” del templo y su consagración como Casa de Dios, “porque mi Casa será llamada Casa de Oración para todo los pueblos”  (Is 56,1-6; 2Mac 10,1-8); un signo mesiánico que, puesto en práctica por Jesús (Jn 2,13-27 y Mc 11,15), determinará su muerte por parte del alto clero.


2.1.3 Jesús inserto en la historia de su época 

Para el tiempo de Jesús, las posiciones estaban bien claras y no había lugar para posturas intermedias: o se estaba con el alto clero apoyado por la nobleza rica, aliados del dominio extranjero para no perder sus privilegios y evitar una catástrofe nacional, o se estaba con Yahvé, único Señor y Salvador, dispuesto a liberar a su pueblo oprimido, de amos internos y externos.
Mientras el partido de los saduceos lideraban al primer grupo, ante la apatía y el odio popular, los fariseos eran los líderes indiscutidos de ese pueblo cuya única esperanza era Dios que obraría la salvación de quienes eran fieles cumplidores de La Ley, o sea, de la palabra bíblica.

Sólo cuando los fariseos se nieguen a una revuelta contra los procuradores romanos (que habían profanado el templo instalando estandartes y una estatua del emperador), su liderazgo fue cuestionado y en su lugar surgió el de los “celosos de Dios”, o sea, zelotes, dispuestos  a enfrentar al enemigo y morir para purificar la ciudad santa.
Tras la destrucción de Jerusalén en el 70, liquidados los saduceos por los zelotes y éstos por los romanos, la Sinagoga quedó bajo la exclusiva dirección de los fariseos.
La influencia de los esenios fue mucho más reducida y quedó circunscripta a la comunidad laica y monástica de Qumram, junto a la confluencia del Jordán y del Mar Muerto, también destruida por Roma en la gran sublevación.

 

Remitiéndonos, pues, al caso de Jesús, un galileo que vivió plenamente el ideal religioso del judaísmo, pareciera evidente que jamás pudo entender su misión como una simple tarea religiosa espiritual, desentendiéndose de las implicaciones políticas y sociales que formaban parte de la esencia tradicional de la historia bíblica y de los profetas. 
Y menos podemos suponer un Jesús que podía aprobar el impuesto al César, pues su respuesta de “Dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” (Mc 12,13-17), indicaba irónicamente que nada de Dios hay que darle al César; pues como todo es de Dios, aún el poder político, nada corresponde darle al César extranjero. Una interpretación opuesta se dará tras el 70, haciéndose de Jesús un súbdito obediente al imperio (como en Mt 17,24-27) cuando muchos cristianos eran ciudadanos romanos. Pero si Jesús hubiera aprobado el impuesto (signo claro de sometimiento a un Señor distinto de Yahvé) no hubiera terminado crucificado por los romanos, sino acuchillado por los zelotes como colaboracionista romano y traidor del pueblo.
Y si Jesús fue condenado a muerte por los romanos como “rey de los judíos” y sedicioso, es más que evidente que no fue por motivos puramente teológicos sino por las implicaciones que su accionar tenían respecto al status socio político del momento.
El mismo Lucas nos dice que “comenzaron a acusarlo ante Pilato, diciendo: Hemos encontrado a este hombre incitando a nuestro pueblo a la rebelión, impidiéndole pagar los impuestos al emperador y pretendiendo ser el Rey Mesías” (23,1-2). ¿Qué necesidad tenía el evangelista de aportar un dato falso, lo que podría ser peligroso para la relación entre el emperador y los cristianos?

 

Hasta se puede suponer que Jesús, desde un punto de vista estratégico, no estaba preparando un alzamiento nacional contra Roma, pues más bien esperaba que la caída del Imperio fuera por obra del Reino de Dios, pero no se puede discutir, a tenor de tantos datos de los evangelios que pronto analizaremos (a pesar de estar preocupados por matizar su trayectoria política tras el desastre del año 70) su lucha directa contra el “establishment” y el “orden” social y político de su época.
Y fue el establishment sacerdotal, que jamás lo miró con buenos ojos, el que, finalmente, aprovechó el momento de desembarazarse de él entregándolo a sus aliados romanos como supuesto rey  mesiánico, perturbador del orden social y enemigo del César (Mc 11, 27-33; 14,1.10; 15,1-3 y sig,)


2.2 Hechos que sugieren una liberación integral, religioso-político-social, de Jesús

a) Discípulos y zelotas
– No se puede discutir que la mayoría de sus discípulos íntimos o apóstoles estaban relacionados con los zelotes, al punto de que un apóstol, Simón, es nombrado por Lucas como “el Zelote” (Lc 6,15); no sin olvidar al seguramente zelote Judas (que habría intentado forzar a Jesús a un pronto alzamiento con la esperanza de una ayuda divina)  y a los dos hermanos Juan y Santiago, “hijos de trueno” (Mc 3,17) o sea, partidarios de la violencia mesiánica, pues quieren castigar con fuego del cielo a un pueblo samaritano hostil a Jesús (Lc 9,51-55).

– Tampoco es discutible un dato de todos los evangelistas, que los apóstoles llevaban espadas en la última cena y en el huerto de Getsemaní, espadas que el mismo Jesús había solicitado comprar a cambio del manto (Lc 22,36 y 49; Mc 14,47), indicando el evangelio de Juan que quien ciertamente llevaba espada era Pedro (Jn 18,10), el mismo que afirmó “estar dispuesto a dar la vida por Jesús” (Mc 14, 26 y sig.). Nada de todo eso se explica desde una simple lectura espiritualista.
– Como también consta que en el huerto de los olivos (donde se refugiaba por las noches para estar más seguro, según Mc 11,19 y Lc 21,37) Jesús vivió un momento de gran crisis, pues “comenzó a sentir pavor y angustia” mientras decía: “mi alma está triste hasta el punto de morir” (Mc 14,33) ¿Por qué tanta angustia? ¿Había que elegir el camino de la lucha armada? ¿Cómo conocer la voluntad de Dios? ¿Qué sucedería si caía preso de los romanos? Por eso les pidió a los apóstoles que permanecieran despiertos vigilando (Mc 14, 32 y sig.).
Poco después allí se libró una refriega contra un grupo fuertemente armado compuesto por una cohorte romana (ordenada por Pilato) y policías del templo (Jn 18,3) que vino a prender a Jesús, pues bien sabía Judas que también los apóstoles tenían armas. Fue Pedro quien en la refriega cortó la oreja de un policía (Mc 14, 43 y sig.) mientras Jesús dice que bien puede pedirle a Dios doce legiones de ángeles para que lo defiendan (Mt 26,53) . Nada de todo esto tiene sentido si no suponemos un fermento revolucionario, intenso en los apóstoles y que Jesús al menos no prohibía, de la misma manera que nunca se pronunció directamente contra los zelotes, aunque tuvo duras palabras contra los sacerdotes, los saduceos, los fariseos conservadores y los herodianos (Mt 23).
Aunque los zelotes fueron descritos por el judío pro-romano Flavio Josefo como simples “bandidos” (así también se los llamaba), es evidente que ellos representaban el ideal puro del hombre obediente a Yahvé, dispuestos no sólo a cumplir su Ley sino a dar la vida como mártires de su causa, “ayudando” a Dios en la lucha contra los poderes del mal y apresurando los tiempos que se hacían cada vez más insoportables.
No olvidemos que los mismos apóstoles cuando fueron rechazados en un pueblo de Samaría pidieron permiso a Jesús para acabar con esa gente en forma violenta (Lc 9,51-55). El zelotismo era el mesianismo en estado puro y con un tono fanático, tras la defección de la mayoría de los fariseos que se instalaron en una posición conservadora, creyendo que el solo cumplimiento de la Ley provocaría la intervención de Dios.
Por tanto, para los primeros años de la era cristiana, mesianismo y zelotismo configuraban la ideología teocrática instauradora de la liberación de la patria dominada por extranjeros. No eran “violentos” por la violencia misma sino patriotas que luchaban por su libertad, confiados en una pronta y definitiva ayuda de Dios. Si esa era la estrategia adecuada, lo dirá la historia.

Jesús, si bien participa del ideal liberador de los zelotes, no consideraba oportuna la revuelta general que terminaría en un desastre y que no estaba precedida por una nueva visión del Reino de Dios y del sentido del poder. No era cuestión de suplir un poder por otro, sino de crear una mentalidad de un nuevo concepto de poder o reino divino de amor universal, de servicio, de compasión y de justicia especialmente para las clases desposeídas.


  1. b) Jesús agitador del pueblo
    , proclamado Mesías-rey  

 

Pero hay otros datos que configuran el perfil del Jesús que estamos describiendo:
– Consta en los Evangelios que Herodes Antipas, rey de Galilea, quería matar a Jesús, quien fue alertado por los propios fariseos  para que escapara (Lc. 13, 31)
En tanto Marcos 3,6 habla de una confabulación de los herodianos para eliminar a Jesús, tal como se había hecho con Juan el Bautista a quien Herodes creía reencarnado en Jesús (Mc 6, 14-29).
– En Cesarea de Filipo en un momento clave de su vida, Jesús les preguntó a los discípulos:
Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo? A lo que Pedro contestó: Tú eres el Mesías. Y él les mandó con energía que no hablaran acerca de él” (Mc 8,27-30)
Entonces Jesús anuncia su posible muerte, ante la protesta de Pedro. No resulta extraño que Jesús previera una muerte violenta a manos de sus enemigos.

-Aún en el evangelio de Juan, Jesús es reconocido como Mesías, pues Andrés le dice a Pedro: “Hemos encontrado al Mesías” (Jn 1,41), mientras Jesús mismo se reconoce Mesías ante la samaritana (Jn 4,26). Por su parte Natanael confiesa a Jesús como “Rey de Israel” (Jn  1,49).

 

– Tras la multiplicación de los panes a una multitud de unos 4 mil hombres, el cuarto evangelio nos dice que la gente quiso proclamar rey a Jesús (Jn 6,15) quien ordena a los discípulos cruzar el lago mientras él se entrega a la oración en un monte cercano. “Al ver el signo que había realizado, la gente decía: Este es verdaderamente el Profeta que debía venir…Jesús, dándose cuenta que querían apoderarse de él para hacerlo rey, se retiró otra vez solo a la montaña”

– Cuando Jesús decide su viaje a Jerusalén, seguramente con intención de predicar el Reino en la ciudad santa y urgir a la conversión a sus autoridades, los discípulos llenos de miedo no quieren seguirlo, pues imaginaban claramente un final trágico. Jesús, sin embargo,  siguió solo adelante (Mc 10,32)
– Al llegar a Jerusalén fue recibido como rey mesiánico por el pueblo, tal como atestiguan todos los evangelistas, mientras la gente gritaba: “Bendito el que viene en nombre del Señor. Bendito el Reino que viene de nuestro padre David” (Mc 11,9-10) Y esto lo dice Marcos, el mismo evangelista que intentaba desligar a Jesús de todo sustrato subversivo contra Roma.
También el espiritualista evangelio de Juan afirma este hecho y pone en boca de Jesús estas palabras: “No temas, hija de Sión, mira que llega tu rey montado en un asno” (Jn 12,15)
– Al llegar Jesús al Templo, lo purifica violentamente, poniendo en evidencia la corrupción de los Sumos Sacerdotes que, inmediatamente, deciden darle muerte, “aunque le tenían miedo, pues toda la gente estaba asombrada de su doctrina” (Mc 11,15-18) por lo que prefieren posponer su ejecución “no sea que haya alboroto del pueblo“ (Mc 14,2). Aquel gesto de un laico que realiza un acto claramente mesiánico (el Mesías purificaría el Templo según Is 56,1-6) fue una clara declaración de guerra al establishment y una bofetada que los sumos sacerdotes no podían pasar por alto. (Recordemos que cuando los zelotes en la gran revuelta entraron en Jerusalén, su primer gesto fue acuchillar a todo el alto clero, y que aún hoy los judíos creen que cuando llegue el Mesías, lo primero que hará será purificar el templo).

Ya dijimos que según Juan 2,13-17, el mismo episodio similar ocurrió en el primer año de su predicación.
– Tras ser arrestado, Jesús proclama ante el Sanhedrín que él era el Mesías anunciado (“Sí, lo soy” en Mc 14,65), y ante Pilato afirma ser el rey de los judíos (“Sí, tú lo has dicho” en Mc 15,2); por eso fue escarnecido con un manto de púrpura y una corona de espinas (Mc 15, 16-20) y Pilato tuvo que condenarlo, pues “si lo sueltas, no eres amigo del César, ya que todo el que se proclama rey se enfrenta al César”(Jn 19,12).
– Pilato intenta salvarlo comparándolo con el revolucionario zelota Barrabás “encarcelado con aquellos sediciosos que en un motín había cometido un asesinato” (Mc 15, 7) Esta historia puede ser una leyenda, pues no consta que existiese la tradición de soltar a un sedicioso por la Pascua, como dicen los evangelistas; pero aún así resulta clara la postura zelota de Barrabás con quien es comparado Jesús.
– En la cruz Jesús lleva un cartel con el motivo de su muerte: “El rey de los judíos” (Mc 15,26), mientras son crucificados con él otros dos revolucionarios zelotas (Mc 15,27). Fue crucificado a eso de las 10 de la mañana, muriendo a las 3 de la tarde (Mc 15, 25 y 33), por lo tanto tras un juicio sumario y sin apelación alguna.

 

-Es evidente, entonces, que los evangelistas, a pesar de su intento de espiritualizar el mensaje de Jesús, nos traen numerosos datos que reflejan el sentimiento de protesta socio-política que inspiraba Jesús y el fermento revolucionario en el que estaba inmerso.

 

2.3 Cuál fue el mensaje revolucionario y subversivo de Jesús
Aún más importante que los hechos anteriormente descritos, es comprobar que el mensaje de Jesús fue altamente subversivo, pues preconizaba un cambio radical y total en la sociedad, mientras él mismo se ponía al frente para liderar una comunidad dispuesta a dar todo por el Reino de Dios.

2.3.1 El Reino que anuncia Jesús

a) Discursos y signos
Jesús anuncia el Reino o soberanía de Dios (“malkuta”) cuyo significado ya hemos analizado, pues para eso debía recorrer todas las poblaciones (Mc 1,38-39).
Lo hace, sea por medio de parábolas (Mt 13,44-45; 13,3-9; Mc 4,26-29; Mt 13,24-50; parábolas específicas de la misericordia y compasión en Lc 15,3-32, etc.) todas ellas relacionadas con el Reino, sea en discursos directos, anunciando la llegada de un nuevo orden religioso, social y político, interior y exterior, de conversión a Dios, un Dios de justicia y liberación, especialmente orientado hacia los pobres, los hambrientos, los pecadores públicos e impuros sociales, las mujeres, los esclavos, enfermos y niños, los endemoniados (enfermos mentales), o sea, hacia las clases sociales más humildes y oprimidas.

Las famosas parábolas de la compasión divina (oveja perdida, el hijo pródigo) muestran un nuevo rostro o imagen de Dios, un Dios que ya no juzga según el cumplimiento de leyes y rituales, sino que acerca su amor compasivo y perdón en forma gratuita a todos los considerados pecadores y malditos según el viejo sistema socio-religioso.

Al mismo tiempo, introduce el nuevo concepto de autoridad o poder como un servicio de amor y compasión que Dios ofrece y que debe ser el distintivo del nuevo Reino.

Su “buena noticia
” o evangelio se resume en el texto de Marcos 1,14:
Cambien de vida y crean en la Buena Noticia porque el tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca...”.

Ahora la exigencia básica es que todos “busquen primero el Reino de Dios y su justicia, y lo demás vendrá por añadidura” (Mt 6,33)
Por eso lo esencial de su oración es decir: “Padre nuestro, que venga tu Reino…” (Mt 6,10) Prácticamente todo el mensaje de Jesús consistió en el anuncio de la llegada inminente del Reinado de Dios.

 

Este cumplimiento del designio salvador de Dios que libera al hombre en forma integral es traducido en hechos concretos que son los llamados “milagros” o “signos” que realiza Jesús para mostrar que Dios ya está actuando, tanto por medio de las curaciones como por la entrega de alimentos a los hambrientos “hasta saciarse” (Mc 6,42).
En todos los casos se trata de hechos a favor de los pobres, los enfermos, mujeres y niños, leprosos (la casta más baja de la sociedad); es decir, a favor de los más excluidos y empobrecidos social y materialmente. La integralidad de la salvación se ve con gran claridad cuando perdona a un paralítico sus pecados y al mismo tiempo lo cura (Mc 2,1-12) También libera a los endemoniados, pues “si por el dedo de Dios expulso a los demonios, es que ha llegado el Reino de Dios” (Lc 11,20).

Algunas curaciones: Mc 1,29-31; 1, 40-45; 2,1-12; 5,25-34; 7,24-30; 9,14-32; 8,22-26.

Entrega de panes: Mc 6,33-34 y 8,1-10.
Esos signos atestiguan la llegada del Reino y la autenticidad de su misión, como él mismo le dice a los enviados de Juan el Bautista:
Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son curados, los sordos oyen, los muertos resucitan y se anuncia la Buena Noticia a los pobres (Lc 7,22-23)
Y todo ello es el cumplimiento de Isaías 61,1-2 cuando afirma (escena de Jesús en la sinagoga de Nazaret):“El Espíritu de Dios está sobre mi, y El me ha enviado para  llevar la buena noticia a los pobres, anunciar la libertad a los esclavos y la vista a los ciegos, liberar a los oprimidos y proclamar un año de perdón. Y esta palabra que acaban de oír, hoy se cumple en ustedes” (Lc. 4,16-19, similar a la respuesta al Bautista en 7,22-23).

El año de perdón
 también es concretizado en los numerosos casos en que Jesús en nombre de Dios perdona los pecados y vuelve el corazón de la gente a Dios pues “no necesitan médico los sanos sino los enfermos” (Mc 2,17; Mc 2,5-11; Lc 7,36-50)

Por eso comparte la mesa con los pecadores ante el escándalo de los piadosos (Lc 19,1-10) al punto de ser acusado de “comilón y borracho, amigo de pecadores” como él mismo lo recuerda con ironía (Mt 11,19).
No olvidemos que en la Biblia el pecado siempre tiene un sentido social, pues atenta contra la comunidad; habiendo algunos pecados que merecen la excomunión de la sociedad y del culto. Y ser pecador no indica tanto haber cometido una falta cuanto pertenecer a una clase social despreciada e indigna de presentarse ente Dios.

b) Los privilegiados del Reino
Lo escandaloso de esta soberanía de Dios es que los privilegiados y los llamados al Reino no son los sacerdotes, ni los nobles, sabios o piadosos sino la chusma sencilla, pecadora e inculta, considerada por la sociedad como los “malditos”,  y los niños, sin derecho en el mundo hebreo (Mc 2,15-17 y 3,7-12; Mt 11,25-26; Mt 18, 1-4; Mt 19, 14; Mt 21, 31-32; Lc 12, 32), o sea, los considerados “poca cosa” por la sociedad : “Te alabo, Padre, pues has ocultado todo esto a sabios e inteligentes, y se las has revelado a los pequeños” (Mt 11,25)
Un lugar especial ocupan las mujeres (desvalorizadas en la antigüedad semita y griega) que no sólo fueron fieles discípulas de Jesús, sino objeto de su perdón y curación, especialmente en Lucas.
En varios casos Jesús devuelve el ejercicio de su femineidad como a la hemorroísa (Mc 5,25-34) que por su continua menstruación era impura y no podía mantener relaciones sexuales.

Los evangelios resaltan la influencia de Jesús sobre las mujeres, de quienes incluso recibe un bello piropo (Lc 11,29)
Mujeres curadas: Lc 4,38-9; 8,41-48; 13,10-17; 7,11-15;

Mujeres perdonadas: 7,36-50; Jn 8,1-11;
Mujeres alabadas por su fe y discipulado: Lc 8,1-3; 10,38-43; 11,27-28; 21,1-4; Mc 14,3-9; Mc 15,40-47 y 16,1-9.
Entre las mujeres se destaca María Magdalena, enamorada seguidora fiel de Jesús, que estuvo presente en la cruz y fue la primera en proclamar su resurrección (Mc 15,40 y 16, 9) y que será gran protagonista en la expansión del mensaje de Jesús en los primeros tiempos.
Y las más humilladas de esas mujeres, las prostitutas, ocupan un lugar especial, porque “los publicanos y prostitutas entrarán al Reino de Dios antes que ustedes (Mt 21,31-2), dice Jesús a fariseos y saduceos en un escandaloso texto referido a los llamados pecadores públicos (los publicanos recaudaban impuestos al servicio de Roma, por lo que eran especialmente despreciados).

c) La síntesis de las bienaventuranzas.

Los Incluidos y su recompensa. Los excluidos y su castigo

La síntesis del mensaje sobre el Reino se expresa en las bienaventuranzas (Lc 6,20-26) resumidas en la primera: “Felices los que ahora son pobres, porque de ustedes es el Reino de Dios”.

Las otras bienaventuranzas: “Felices los que ahora tienen hambre porque serán saciados, Felices los que ahora lloran porque reirán” y las que agrega Mateo 5, 3-12 (los que buscan la paz, los que resisten o mansos, los misericordiosos, los limpios de corazón, los perseguidos por practicar la justicia) amplían la idea fundamental.

El concepto es claro: el poder de Dios ahora pertenecerá a los pobres, declasados y oprimidos, gente sin tierra y sufriente por la injusticia. Dios subvierte el orden actual y crea un nuevo modelo de sociedad.
Y a toda esta humanidad de excluidos que aceptan esta Buena Noticia se los transforma en los incluidos del Reino, prometiéndoseles la tenencia de tierras, ser consolados, saciar su hambre, ser hijos de Dios y ver su rostro.
Mateo, aunque amplía el número de las situaciones de felicidad, tiende a espiritualizar su contenido (Mt 5,1-12).
El Reino, lejos de ser una realidad puramente espiritual, es algo a realizarse aquí en la tierra.
En la última cena Jesús afirma: “Beban mi copa. No la volveré a beber hasta el Reino de mi Padre” (Mc 14,25)

Y cuando los discípulos le preguntaron a Jesús por los beneficios que recibirían en el Reino, pues “nosotros dejamos todo para seguirte y ¿qué nos espera?”, él les dijo: “Ustedes el día de la renovación total se sentarán en doce tronos para gobernar a las doce tribus de Israel” (Mt 19,27-28)

“Todo el que deje casa, padre, hermanos por mí, recibirá el ciento por uno” (Mc 10,28-30)

“Ustedes comerán en mi Reino y juzgarán a Israel” porque “Yo dispongo del Reino para que ustedes coman y beban en ese Reino” (Lc 22,28-30), y “Feliz el que pueda comer en mi Reino” (Lc 14,15 y 12,32)
Como contrapartida, el Reino también tiene sus excluidos: son los hoy incluidos en un poder económico y político que domina a los pobres.
En efecto, el que busca el Reino de Dios debe desprenderse y cuidarse de la codicia (Lc 12,15), pues hay gente “que atesora para sí y no se enriquece en orden a Dios” (Lc 12,21).
Por el contrario, hay que poner toda la confianza en la Providencia (Mt 6,24-34; 19,16-26; Lc 16, 1s; 12, 13-21) que proveerá día a día a cada uno, tal como se pide en el Padrenuestro.
Jesús se opone abiertamente al “modelo” de los ricos que amasaron sus fortunas sobre el hambre y el sufrimiento de los pobres. Por eso de  ninguna manera podrán pertenecer al Reino:

“Ay de ustedes los ricos, porque ahora ya tienen su consuelo! Ay de ustedes los que ahora están hartos y se ríen, porque tendrán hambre y llorarán!  (Lc 6,24-25). Aprisionado por su codicia y desprecio por los demás, “es muy difícil que un rico entre al Reino de Dios. Es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja (Mc 10,17-27) dice Jesús cuando el joven rico “se marcha entristecido” por ser incapaz de renunciar a sus riquezas por el Reino.
Entre ricos opresores y pobres oprimidos hay un “abismo insalvable”, como lo expresa la parábola del rico y del pobre Lázaro (Lc 16, 26)
En definitiva, “no se puede servir a Dios y al dinero” (Lc 16,13)

 

Todos estos puntos claves del mensaje de Jesús provocaron el rechazo y la oposición de los gobernantes judíos y romanos al mismo tiempo, quienes detectaron el fermento y el cambio revolucionario que implicaba. Evidentemente no estaban dispuestos a perder sus privilegios y realizar un cambio.

Lamentablemente tampoco el cristianismo posterior aceptó ese mensaje y Jesús fue una y mil veces traicionado por los mismos que se decían sus discípulos.


2.3.2
  La comunidad escatológica del Reino

a)      Discipulado  y ética combativa 
Que ha llegado el tiempo decisivo y revolucionario de hacer la gran opción sin medias tintas, se revela claramente en la ética combativa que Jesús se impone a sí mismo y a sus seguidores. Ahora se les exige abandonar todo (trabajo, casa y bienes materiales) por el Reino de Dios, aún a los padres y familiares; pues hay que mirar para adelante sin echar la vista atrás; y estar dispuestos a perder la mano, un ojo o todo el cuerpo por la causa del Reino, y aceptar por él aún el sacrificio de la cruz propio de los subversivos. Es evidente que esto sólo se exige en tiempos de lucha, cuando nada puede hacer distraer del objetivo final a lograr.
Más aún, se les exige que compartan los bienes de los que hay que saber desprenderse para conseguir el Reino; listos para entrar incluso con violencia y para incendiar el mundo y traer la guerra, y no la paz.
Es la ética del combate final del bien contra el mal (Mt 7,13-14; Mt 8,18-22; Lc 9,62; Mt 10, 34-39 y 11,12; Mt 18,8-9 y 19,16-26, etc.) Es la ética propia de tiempos lucha y de grandes definiciones.
Las frases de Jesús, que tienen todo el sabor de autenticidad, no dejan lugar a dudas.
Veamos algunos textos:


– El que no renuncia a todo, no puede ser mi discípulo 
(Lc 14,33)

. Si quieres ser perfecto, vende todo y dáselo a los pobres. Después ven y sígueme (Mc 10,21)

– Todo el que pone su mano en el arado y mira atrás, no es apto para el Reino de Dios (Lc 9,61-62)

– El que no está conmigo, está contra mi (Lc 11,23)

– Sígueme y que los muertos entierren a sus muertos. Tú vete a anunciar el Reino  (Lc 9,60)

– El que quiera seguirme que renuncie a sí mismo y que tome su cruz (Mc 8,34; Mt 10,38))
No es la cruz del conformismo y del masoquismo (como tantas veces se ha predicado) sino la cruz del suplicio romano que espera al subversivo que quiere cambiar el orden de los poderosos.
La cruz también era símbolo de los zelotes.


– El Reino de Dios se consigue con violencia y sólo los violentos entran 
(Mt 11,12)

– Entren por la puerta estrecha porque estrecho es el camino del Reino (Mt 7,13-14)

– El que quiera salvar su vida, la perderá (Mc 8,35)

– Más vale entrar al Reino manco, cojo o perder un ojo, que no perderse con ambos miembros (Mc 10.43-47)

– No tengan miedo. Lo que yo digo en la oscuridad, díganlo a la luz, y lo que ahora oyen, proclámenlo desde las terrazas (Mt 10,26-7)

Todas frases que revelan una actitud de lucha contraria a toda sumisión  o resignación.

 

– Yo he venido a traer fuego sobre la tierra y ¡cómo desearía que ya estuviese ardiendo! ¿Piensan ustedes que he venido a traer la paz a la tierra? No, les digo que he venido a traer la división. De ahora en adelante cinco miembros de una familia estarán divididos, tres contra dos y dos contra tres; el padre contra el hijo, la madre contra la hija y la nuera contra la suegra” (Lc 12,49-53), tal como sucederá en los últimos días de Jerusalén y del mundo (Mc 13,12-13) .

– El que ama a su padre y a su madre más que a mí, no es digno de mí (Mt 10,37), pues Estos son mi madre y mis hermanos, los que cumplen la voluntad de Dios (Mc 3, 31-35).

Jesús amplía el concepto de familia que se hace extensiva a todos los que buscan el nuevo cambio. Es la familia humana que desea vivir los nuevos valores del Reino de Dios generando una nueva hermandad, mucho más amplia que la de lazos religiosos o carnales.


– Cuando los persigan en una ciudad, huyan a la otra. No acabarán de recorrer las ciudades de Israel antes que venga el Hijo del Hombre 
(Mt 10,23)

– En definitiva: Ustedes son la sal de la tierra. Pero si la sal pierde su sabor, solo sirve para ser pisoteada y arrojada (Mc 9,50)

 

Estas frases que aún hoy escandalizan a mucha gente y dichas en un tono paradojal (de aparente contradicción, muy propias de los orientales), sólo tienen sentido si las ubicamos en un tiempo de lucha, de guerra y de definiciones fundamentales. El nuevo Reino de Dios tiene exigencias tales que crearán división y ruptura aún dentro de la comunidad judía y de la misma familia carnal. Jesús llega incluso a suponer que la llegada del Reino puede incluir una lucha violenta porque sabe que los opresores del pueblo no se dejarán arrebatar el poder tranquilamente. Que no nos extrañe si los discípulos estaban armados en la última cena y en Getsemaní.
-Por otra parte, la única forma de acercarse al Reino para entrar en él es practicar los dos máximos mandamientos, el amor a Dios y el amor al prójimo (Mc 12, 28-34). Jesús modifica el rostro de Dios: el temible Yavé es ahora el Padre de infinito amor que vive en quienes practican el amor y la compasión hacia sí mismos y hacia todos los prójimos, aún los considerados enemigos. Todo aquel que ama es amigo e hijo de Dios, y el que odia se transforma en enemigo de Dios por ser enemigo de otro u otros seres humanos.

a)
      Nueva comunidad y nuevo estilo de gobierno

1 Por todo ello, Jesús, que comenzó absolutamente solo su misión, al “ver tanta gente que estaban como ovejas sin pastor, sintió compasión” (Mc 6,34) se preocupó por agruparlos en una comunidad de discípulos, familia del Reino de Dios, sus verdaderos “hermanos” (Mc 3,31-35) con la misión exclusiva de anunciar y preparar la inminente llegada del Reino, predicando en todos los pueblos de Palestina y con poder de curar y expulsar demonios (Mc 6,7-13)

Es decir: una comunidad escatológica (del final de los tiempos) que debe convivir en el servicio fraterno del amor (Mt 5,38-43) en pro de la paz y de la justicia, con comunión de bienes y espíritu de alegría y oración (Hechos 2,42-47 y  4,32-36). La alegría, una típica característica de Jesús, es el nuevo sentimiento de todos los excluidos, enfermos, pecadores que ahora disfrutan de una nueva vida y de un nuevo “status”

 

Los doce apóstoles o mensajeros son símbolo de las doce tribus del nuevo pueblo de Dios (Mc 3, 13-19; Mt 19,27-30)
Por eso Jesús no funda iglesia o religión nueva alguna, sino que urge a su pueblo a que se convierta y se prepare para el Reino de Dios.
Tampoco se preocupa por crear una gran organización o un nuevo sistema económico, ya que todo va a ser radicalmente cambiado.

 

2 El cambio llega también al poder, al orden político y a las instancias del poder sacerdotal, pues queda suprimida toda autoridad y poder ejercido “como los jefes y reyes de las naciones que gobiernan con poder absoluto y las oprimen con poder (Mc 10.41; Lc 22,25),
Pero no ha de ser así entre ustedes sino que el que quiera llegar a ser grande que sea el servidor de todos, y el que quiera ser el primero entre ustedes que se haga esclavo de todos, que también el Hijo del Hombre no ha venido a ser servido sino a servir y dar su vida por la liberación de muchos” (Mc 10, 35-45, dice Jesús después que Santiago y Juan piden los primeros puestos del Reino y los demás apóstoles se indignan contra ellos.
Como Jesús, el presidente de la comunidad está “para servir y no para ser servido” (Lc. 22,24-27; Jn 13,1-17). Se descarta todo tipo de poder de dominio político-teocrático-sacerdotal, como todo título honorífico de “señor”,

“maestro” o “padre”. (Mt 23,8-10). Y “si alguno quiere ser el primero, que sea el servidor y el último” (Mc 9,35)
El poder de dominio sobre los hombres y no al servicio de los hombres es un poder demoníaco que constituye la principal tentación de la comunidad del Reino y fue también la tentación de Jesús (Mt 4, 1sig.) y de sus apóstoles que se pelearon varias veces, aún en la última cena, por acaparar puestos de importancia (Mc 10,35-45; Lc 22,24-27). Ese poder de dominio sobre los hombres es la voz de Satanás que intenta apartar a Jesús y a su comunidad del camino trazado por Dios, único Señor de su pueblo y Dios Salvador al servicio de los pobres y oprimidos.
En cambio, cuando llegue el Juicio de Dios, cada uno será juzgado de acuerdo a la ley del amor, del servicio y de la solidaridad social, pues: “tuve hambre y me dieron de comer, tuve sed y me dieron de beber, estuve desnudo y me vistieron… por eso, reciban la herencia del Reino preparado para ustedes” (Mt. 25, 31 y s.)

2.4  Jesús, líder de un nuevo pueblo 


En síntesis
: a pesar de cierto esfuerzo por “espiritualizar” a Jesús y su mensaje, de los evangelios surge un claro perfil de un Jesús líder revolucionario, que busca un cambio total en la sociedad, tanto en lo social y político como en lo religioso, asumiéndose como “pastor” de su pueblo (Mc 6,34). Es la conversión del corazón a Dios Salvador lo que permite acceder a ese Reino o Soberanía que Dios mismo quiere instaurar en forma absolutamente integral, como lo fue a lo largo de la historia bíblica.

Jesús un laico, hombre sencillo del pueblo, sedujo por la libertad con que actuó aún contra las autoridades y las rígidas costumbres de la época, escandalizando tanto a su propia familia como a los hombres religiosos; por su valentía casi temeraria, por la fuerza de sus convicciones y por su entrega incondicional a la causa de los “pobres” y oprimidos sociales-religiosos-políticos (endemoniados, leprosos, enfermos, mujeres, niños)

 

Jesús, que en plena adolescencia fue testigo del alzamiento galileo de Simón, el fundador de los  zelotes, supo aglutinar con su personalidad ciertamente magnética a todo ese pueblo (Mc 3,7 sig; 6, 56; 11, 7-10) que no tenía nada que perder y que estaba dispuesto a dar su vida por él y por el reinado de Yahvé. Pedro lo dijo claramente en la última cena: “Aunque tenga que morir contigo, no te negaré. Y lo mismo decían todos” (Mc 14,27-31), aunque después le flaquearon las fuerzas cuando llegó el momento de la verdad y negó haber conocido a Jesús, temeroso de terminar en la cruz, ya que había comandado la lucha de Getsemaní (Mc 14, 66-72). Pero, tras su llanto de arrepentimiento, proclamará el mensaje evangélico y morirá crucificado en Roma.
Que la personalidad de Jesús ejerció un fuerte magnetismo, especialmente con las mujeres, lo demuestra el hecho de que aún cuando fuera crucificado y humillado por Roma (como los otros mesías), sus discípulos, tras el primer momento de cobardía y decepción bien descrita por Lucas 24, 21 cuando hace decir a los discípulos de Emaús: “nosotros creíamos que él iba a ser el liberador de Israel, pero…”, sin embargo supieron aglutinarse, lo siguieron reconociéndolo como Mesías como lo habían hecho antes (Mc 8,27-30, “Tú eres el Mesías”) y comenzaron la predicación de su mensaje en Israel y luego por todo el imperio, dando varios de ellos la vida por su causa (ver los discursos de Pedro en Hechos 2 y 3).

 

Tras la muerte de Jesús y de su aparente fracaso, surge en sus discípulos la idea de que Jesús ahora está exaltado junto a Dios como mártir supremo de su causa y, por lo tanto, resucitado para la gloria. La creencia en la resurrección de los mártires había penetrado ya en el judaísmo desde la época de la lucha de los macabeos, martirizados por Antíoco y los helenistas. Salvo los saduceos, los fariseos y el pueblo en general tenían esa creencia.

Esta resurrección (los judíos y primeros cristianos aún no tenían la idea griega del alma inmortal) graficada en varios relatos didácticos, significaba que Jesús estaba vivo y presente en la comunidad de un modo ciertamente misterioso.

A esta creencia se agrega muy pronto el convencimiento de un pronto retorno del Jesús resucitado para completar su tarea e instaurar el Reinado de Dios.

Esta segunda venida pronto se colorearía con todos los elementos del apocaliptismo (ver Mc 13 y Mt 24), ya presentes en el judaísmo y ahora incorporados a ese judaísmo cristiano, que sólo se diferenciaba del tradicional en cuanto aceptaba a Jesús como Mesías.

Los apocalipsis (palabra que significa “revelación”) divulgados por escritores con mucha imaginación que decían haber tenido revelaciones especiales (de Adán, Moisés, Henoc y otros personajes de la antigüedad) pronosticaban un inminente fin de la historia y del mundo con intervención especial de Dios y sus ejércitos angélicos luchando contra las fuerzas del Mal comandadas por Satanás.

Por eso la primera comunidad cristiana de Jerusalén no se desvió del judaísmo ni se apartó del culto en el templo (Hechos 2,46), y guiada por Santiago, el hermano de Jesús (Gal 1,19; Hech 15,13), esperaba la pronta venida de Jesús para instaurar el Reino en la misma Jerusalén, sin necesidad imperiosa de luchar contra Roma, tarea que el propio Mesías glorioso haría con total poder, como lo expresaría el libro del Apocalipsis de Juan.

 

Pero la revolución zelota del año 66 forzó los acontecimientos, y tanto el judaísmo como el judeocristianismo revolucionarios fueron liquidados sin piedad, sin que el Reino eclosionara en el mundo ni Jesús apareciera en el cielo volviendo como Señor y Juez.
Aquel fue un durísimo golpe para la utopía del cristianismo revolucionario, y los cristianos se vieron forzados a aceptar un nuevo estado de las cosas, abandonando las posturas radicalizadas de Jesús hasta terminar espiritualizando su mensaje a tal punto que el cristianismo terminó en el siglo IV siendo la ideología conservadora del Imperio de Constantino y sucesores.
La temática de la segunda venida se fue también diluyendo y la iglesia se acostumbró a transitar por la historia, actuando generalmente de espaldas al Jesús que lideró a pobres y oprimidos.

 

2.5 Últimos restos de un mesianismo político-social

a)      El evangelio de la infancia de Lucas

En algún momento dado, al evangelio de Lucas se incorporaron los dos capítulos iniciales sobre el nacimiento de Juan y de Jesús. Estos textos de una comunidad judeo-cristiana  se encuadran en un mesianismo davídico claramente politizado.
Así el ángel le anuncia a María, refiriéndose a su futuro hijo Jesús, que “El Señor Dios le dará el trono de David, su padre, y reinará sobre la casa de Jacob por los siglos de los siglos y su reino no tendrá fin “ (Lc 1,32).

Y se pone en boca de María el famoso cántico (Magnificat) que dice sin ambages que ahora Dios desplegó la fuerza de su brazo para dispersar a los soberbios y derribar de sus tronos  a los poderosos, exaltando a los humildes. Acogió a su siervo Israel, acordándose de su misericordia, tal como lo había prometido a nuestros padres” (Lc 1,51-55).
El mismo tono de liberación política tiene el cántico de Zacarías cuando nace su hijo Juan:
Bendito sea el Dios de Israel porque ha visitado y liberado a su pueblo, y nos ha suscitado una gran fuerza salvadora en la casa de David, su siervo… que nos salvará de nuestros enemigos y de quienes nos odian…” (Lc 1,67 y sig.)

Y al nacer Jesús, los ángeles les comunican a los pastores la buena nueva:
Les ha nacido en la ciudad de David un liberador, que es el Mesías Señor” (Lc 2,10-11).

Por su parte, Mateo también presenta al niño nacido como el nuevo rey buscado por los magos para adorarlo, y alude a que su lugar de nacimiento tiene que ser Belén, pues “de ti saldrá un caudillo que apacentará a mi pueblo Israel”  (Mt 2, 1 ss.)

¿Qué sentido tienen esos textos si no tuvieran un soporte de verdad histórica?
¿Y por qué Lucas y Mateo se preocupan tanto por mostrar la ascendencia davídica de Jesús (Lc 3, 23-38 y Mt 1, 1-16) si solamente fue un salvador espiritual de los pecados de la gente?

Es evidente que estos textos incorporados a los evangelios al menos revelan el sentimiento y las convicciones de las primeras comunidades judeo-cristianas, pero siempre nos quedará en la nebulosa conocer la exacta postura de Jesús.

b) La Carta de Santiago

En segundo lugar, la llamada Carta de Santiago escrita hacia los años 80-90, de fuerte acento judeocristiano (se la atribuyó al hermano de Jesús) retoma la prédica social de Jesús  (tan clara en Lc 6,24-26; 18,18-26; 16,13-15) y señala la incompatibilidad de los ricos (opresores de los pobres y de los esclavos) con el Reino de Dios (especialmente cap. 2 y 5), tema ya presente en la conocida parábola que habla del abismo existente entre el rico Epulón y el pobre Lázaro (Lc 16,19-31).
En el capítulo segundo, se reclama que “no haya acepción de personas… entre un hombre con un anillo de oro y vestido lujoso, y un pobre con vestido sucio”, porque “¿acaso no ha elegido Dios a los pobres como herederos del Reino? Pero ustedes menosprecian a los pobres ¿No son acaso los ricos los que los oprimen y arrastran a los tribunales… Por eso, tendrá un juicio sin misericordia el que no tenga misericordia”
Por eso Santiago exhorta a los cristianos a que “tengan paciencia y anímense, porque la Venida del Señor está próxima” (5,8) En tanto, “ustedes los ricos, lloren y giman por las desgracias que les van a sobrevenir… Ustedes que han amontonado riquezas, sepan que el salario que han retenido a los que trabajaron en sus campos está clamando, y el clamor de los cosecheros ha llegado a los oídos del Señor del Universo. Ustedes que han matado al hombre justo sin que él les opusiera resistencia” (5,1-6).


  1. b)
    El Apocalipsis

Finalmente, nos encontramos con el increíble libro del Apocalipsis (atribuido a Juan, quien en realidad fue muerto por los judíos en el 44) escrito  durante la persecución de los últimos años de Domiciano (emperador del 81 al 96), poco después de los sinópticos.
El Apocalipsis predica sin duda alguna una lucha contra Roma, esa ramera babilónica (Ap 17-18), que por el momento triunfa pero que será aplastada sin misericordia por el Cordero e Hijo del Hombre que viene desde el trono de Dios para liberar al pueblo fiel y conducirlo a su Reino, la nueva Jerusalén celestial (Ap 19-22).
Se proclama abiertamente que “ya llegó la salvación, el poder y el Reino de nuestro Dios y la soberanía de su Mesías, porque ha sido precipitado el Acusador de nuestros hermanos (el Demonio)… Ellos mismos lo han vencido gracias a la sangre del Cordero y al testimonio que dieron de él…” (Ap 12,10-11).
Por eso ahora alaban a Dios porque “la gran ciudad, resplandeciente de oro y piedras preciosas, en una hora fue arrasada con sus riquezas” (Ap 18,16-19) y “la salvación, la gloria y el poder pertenecen a nuestro Dios que ha condenado a la famosa Prostituta que corrompía a la tierra y ha vengado en ella la sangre de sus servidores… y ha establecido su Reino” (Ap 19,1-8).
Termina el libro anunciando la pronta victoria final de Cristo y la definitiva instauración del nuevo orden divino en el mundo, que incluye el descenso de la nueva Jerusalén desde el cielo a la tierra y la creación de un nuevo paraíso terrenal (Ap 21 y 22). Pero nada de estas profecías se cumplió.


En conclusión:
Es histórico que en los apóstoles y en los primeros cristianos existió una interpretación de Jesús acorde con los mensajes proféticos que presentaban al Mesías como un salvador integral en la línea del Dios Salvador de toda la historia bíblica.
Si bien exegetas y teólogos antiguos y actuales interpretan muchos de los textos y hechos citados desde una línea espiritual y simbólica, no es posible negar el sustrato salvífico-integral de las obras y palabras de Jesús.
Pero al cristianismo profético le espera un largo recorrido y encarnizadas polémicas ideológicas que llegan hasta el día de hoy.

 

 

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