El Mensaje espiritual del Evangelio de Lucas. S Benetti

EL  MENSAJE  ESPIRITUAL EN  EL  EVANGELIO  DE  LUCAS

A-    INTRODUCCIÓN: QUIEN FUE JESÚS

En este artículo interpretaremos algunos textos del lenguaje simbólico referido  a la persona de Jesús según el evangelio de Lucas, pues desde el significado de los símbolos podemos hacer que la figura de Jesús nos resulte hoy significativa y valiosa, tal como vimos con los símbolos de Dios.

Pero para muchos lectores de práctica cristiana, esta tarea les puede resultar inquietante dado que siempre se interpretaron literalmente los textos referidos a Jesús, como si fuesen biografías o verdades objetivas, especialmente los relacionados con su nacimiento, milagros, última cena y resurrección. Por eso nuevamente quiero dejar en claro que no pretendo hacer proselitismo de ninguna confesión religiosa o Iglesia ni contradecir a otra, pues soy absolutamente respetuoso de todas las creencias o de la no-creencia, que son opciones personales de cada uno.

Solamente intento ayudar a que podamos hacer una lectura de los textos sagrados más acorde con nuestra cultura moderna y forma de  sentir y pensar, y para que nuestra fe religiosa, cualquiera sea ella, no entre en conflicto con nuestra madurez personal, sino que sea siempre fruto de una conciencia libre, racional y autónoma, sin dogmatismos absolutos, sin miedos y sin culpas; y para que nos atrevamos, como nos sucede en otros conocimientos y experiencias, a expresar nuestras dudas y a tolerar nuestra falta de certeza sobre muchos acontecimientos y circunstancias.

La interpretación literal de los textos (como si fueran manuales de historia), tan común en escuelas religiosas y en las predicaciones del culto, exaltan la figura de Jesús (o de María) y repiten dogmas y creencias de forma automática, pero sin hacerse el verdadero trabajo interpretativo y re-interpretativo relacionado con la vida de hoy. Todo consiste en “saber lo que pasó” y en creer las repetidas consignas dogmáticas sin el más mínimo sentido crítico. Así se mata al símbolo que queda reducido a una especie de cuento del pasado carente de toda riqueza espiritual; porque si matamos al símbolo, matamos a la espiritualidad que emerge de él.

¿Es relato simbólico lo que se dice sobre Jesús?

Cuando pronunciamos los nombres y cualidades de Dios, nos damos cuenta que el lenguaje religioso es necesariamente simbólico, pues Dios o las realidades divinas o espirituales son imposibles de percibirse por los sentidos y solo el lenguaje simbólico puede expresarlas.

En el caso de Jesús, teóricamente no existe esta dificultad pues fue un ser humano “de carne y hueso”, fue visto y escuchado por muchísima gente, hubo testigos oculares de su nacimiento, vida y muerte… entonces  ¿cuál es el problema? ¿Acaso no existen escritos que relatan su vida y discursos, y por qué no leerlos como leemos tantas biografías de personajes históricos, incluso de la antigüedad?

Las dificultades arrancan precisamente en que estos escritos, tanto el de Pablo que fue el primero hacia el año 50 en forma de Cartas, como el de los cuatro evangelistas, entre los años 70 y 120, no sólo tienen muchas contradicciones entre sí y carencia de datos históricos, sino que se escriben años después de la muerte de Jesús (calculada hacia el 30) y nos relatan diversas formas de interpretar a Jesús según distintas comunidades, incluyendo en esas interpretaciones conceptos que no son percibidos por los sentidos, como por ejemplo, considerarlo Hijo de Dios y Salvador del mundo, o nacido virginalmente por obra del Espíritu Santo o resucitado al cielo al tercer día de su muerte, sólo para enumerar los ejemplos más llamativos.

Los escritos sobre Jesús

Por absurdo que pueda parecer, es muy difícil responder a la pregunta sobre quién fue Jesús de Nazaret y cuál fue su mensaje original, ya que todos los escritos que tenemos sobre su vida y palabras (Cartas y Evangelios, canónicos o apócrifos) son interpretaciones que hacen las comunidades cristianas entre 30 y 100 años después de su muerte, sin que se haya conservado ninguna documentación original anterior a esos escritos.

Estas interpretaciones son obra de comunidades que ya aceptan a Jesús como el Mesías de Israel y el Salvador de la humanidad, dan a su muerte un valor redentor, creen en su resurrección, y proyectan en la figura histórica de Jesús sus aspiraciones, creencias y preocupaciones, condensando en su figura tanto el pensamiento profético de la Biblia como otros valores y esquemas mentales del helenismo en el que estaban inmersas. Por tanto, no nos dicen quién fue Jesús y qué dijo, sino qué cree y cómo cree cada comunidad acerca de Jesús, cómo lo siente y qué sentimientos le despierta, y qué repercusiones  y cambios produce en su vida diaria.

Varias interpretaciones

Por eso mismo no hay una interpretación homogénea sobre Jesús, sino varias interpretaciones según el origen y vivencia de cada comunidad local; por lo que surge, sobre un fondo común, un conjunto de divergencias, por ejemplo y ya desde los inicios, entre la fe de las comunidades judeo-cristianas (su centro era Jerusalén y su líder Santiago, el hermano de Jesús) y las de origen helénico (con sede en Antioquia bajo el liderazgo de Pablo).

Estos escritos, en consecuencia, muy al estilo literario de su época, tanto de judíos como de griegos, nos describen la experiencia y el pensamiento de cada comunidad, que “transporta” o “proyecta” en Jesús, figura fundante del origen de una nueva forma de vivir, sus propios problemas y soluciones, en la suposición de cómo Jesús habría respondido, o qué hubiera dicho o hecho.

Por lo tanto, es casi imposible distinguir claramente cuáles son las palabras auténticas del Jesús histórico y cuáles las que le atribuye la comunidad; y cuáles son los hechos objetivos de su vida, teñidos con todas las coloraciones literarias propias de la época (presentación heroica del personaje, abundancia de milagros, hechos más o menos espectaculares, cumplimiento de profecías) y enmarcados en medio de problemas y polémicas propios de las comunidades que elaboraron los evangelios y las cartas, como fue por ejemplo, la gran controversia entre las comunidades cristianas y la sinagoga hacia el año 90, o la convivencia dentro de un imperio mayoritariamente pagano.

Sobre todos estos temas, el Jesús histórico, formación del Nuevo Testamento, etc. el lector encontrará abundantes artículos de especialistas en mi página web www.espiritualidadhoy.com.ar

Proceso de mitificación

Por eso, no es de extrañar que en un tiempo relativamente corto se produjera un proceso de mitificación de la figura histórica de Jesús, iniciada muy tempranamente por Pablo, que la interpreta desde la apoteosis grecorromana de los emperadores con aportes de los cultos e ideologías helenistas (cultos mistéricos y gnosticismo) Es curioso que Pablo, que no fue discípulo directo de Jesús, pero el  primer escritor canónico hacia el 50, prácticamente desconoce y aún desvaloriza en sus escritos la figura histórica de Jesús, no alude a su predicación y sólo se maneja con el concepto mítico paradigmático de Cristo Señor, resucitado de la muerte y pronto a venir con toda su gloria en su manifestación final o parusía.

Recordamos que la Gnosis (que significa “el conocimiento” auténtico de la verdad, de la luz, de Dios, del sentido de la vida) fue un amplio movimiento filosófico-espiritual que nació en Persia hacia el siglo III antes de Cristo y se extendió por todo Occidente y Oriente aún hasta China, con fuertes influencias en el judaísmo y en el cristianismo.

Sus principios fundamentales son: la radical oposición entre el Dios verdadero y la materia, obra del demonio o de un dios falso; la existencia de eones o arcontes, espíritus poderosos que son los intermediarios entre Dios y el mundo; la explicación del mal como fruto de un espíritu rebelado contra Dios; la salvación entendida como liberación de la opresión de la materia y del cuerpo, por medio de un Revelador.

La Gnosis se presenta, pues, como religión de salvación, pero desde una visión negativa y pesimista del mundo, de la política y de todas las realidades humanas corpóreas, especialmente de la sexualidad y del matrimonio. Por medio de la gnosis, que el Revelador de Dios hace conocer a sus elegidos (a quienes se llama los “espirituales”), el hombre accede a “la verdad” que consiste en desprenderse de la cárcel del cuerpo y de las realidades carnales (creadas por el demonio demiurgo) para acceder al espíritu y vivir plenamente en él; espíritu que es una luz o chispa de origen divino asentada en el alma, luz que ilumina este mundo de tinieblas. Todos temas muy presentes en el evangelio de Juan y en otros evangelios apócrifos claramente gnósticos, como el evangelio de Tomás y el de Felipe, el de Magdalena o el de Judas, recientemente descubiertos.

Por su parte, el culto de los Misterios, muy antiguo en el Oriente e introducido en Grecia en el siglo VII a.C., consigue un gran auge en el imperio romano, especialmente en Egipto, Grecia y luego en la misma Roma. Su objetivo central era lograr una forma de vida espiritual superior al culto popular de los ídolos, aspirando a la unión con la divinidad y a la  regeneración de la vida. Esa unión era el mys o “misterio” propiamente dicho.

Los aspirantes a dichos cultos que prometían la inmortalidad y la resurrección, eran “iniciados” mediante ritos, “sacramentos o misterios”, sea con lavados, baños o bautismo de inmersión, sea en un banquete sagrado (con pan y vino) o a través de muy variados símbolos y rituales, incluso de tipo sexual, todo orientado a unirse a la divinidad para adquirir sus características divinas, especialmente la vida nueva y la inmortalidad. Los rituales en general representaban simbólicamente la muerte mística y el nuevo nacimiento, ya presentes en la constante regeneración de la naturaleza.

En Grecia estaban de moda los cultos mistéricos de Eleusis (cerca de Atenas y Corinto) y Dyoniso (con un culto abundante en orgías y vino), Cabiros y Orfeo.

En el cercano Oriente, los de Cibeles, la gran diosa madre, y los de Atis y Adonis, dioses de la fertilidad, famosos por los ritos orgiásticos y sexuales.

En Egipto estaban los cultos de Isis (la Venus griega), diosa de la fecundidad, y Osiris, el dios sol que muere y resucita constantemente.

Estos ritos se introducen en Roma hacia el siglo II y III, seguidos después por el culto a Mitra, antigua divinidad solar de Persia. El emperador  Cómodo (180-192) se hará iniciar en él, y Diocleciano (284-305) proclamará a Mitra como protector del imperio. Su fiesta natalicia era el 25 de diciembre. La Iglesia contrarrestará su influencia con la fiesta de Cristo Jesús, Sol invicto, y establece la misma fecha como su nacimiento.

Es evidente que Pablo, oriundo de una ciudad helenista como era Tarso (donde se practicaba un culto a la vegetación) y que pasó por Eleusis en su viaje de Atenas a Corinto, donde residió largo tiempo, conocía la existencia de estos cultos y tomó algunas ideas y símbolos para explicar “el misterio de Cristo”.

El Cristo de Pablo

En este contexto, tan diferente del judaísmo, Pablo (y sus discípulos), en su afán de adaptarse a la mentalidad oriental y helenista, pero con serio peligro de romper con la teología tradicional judía y con la vida y obra del Jesús histórico, predicó un Jesucristo, Hijo de Dios en un sentido mucho más estricto, preexistente con Dios desde antes de la creación del mundo, quien, tras el trance de la muerte fue exaltado junto a Dios y proclamado como  “Salvador y Señor” no solo de los judíos, sino de todos los hombres y pronto a manifestarse ante el mundo en forma gloriosa.

Todo el universo podría acceder a su salvación, no a través del cumplimiento de la Ley judía y de la circuncisión, sino por el cambio interior (conversión) y una fe expresada ritualmente en el Bautismo, como forma de unión mística con Cristo, cabeza de la Iglesia y de toda la Humanidad, su pléroma o plenitud: Carta de Pablo… elegido para anunciar la Buena Noticia de Dios… acerca de su Hijo, Jesucristo, nuestro Señor, nacido de la estirpe de David según la carne, yconstituido Hijo de Dios con poder según el Espíritu santificador por su resurrección de entre los muertos (Rom 1, 1-4)

El, que era de condición divina…se anonadó a sí mismo… Y… se humilló hasta aceptar por obediencia la muerte y muerte de cruz. Por eso, Dios lo exaltó y le dio el Nombre que está sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús, se doble toda rodilla en el cielo, en la tierra y en los abismos, y toda lengua proclame para gloria de Dios Padre: «Jesucristo es el Señor» (Fil 2,6-11)

El es la Imagen del Dios invisible, el Primogénito de toda la creación, porque en él fueron creadas todas las cosas…todo fue creado por medio de él y para él… El es también la Cabeza del Cuerpo, es decir, de la Iglesia. El es el Principio, el Primero que resucitó de entre los muertos, a fin de que él tuviera la primacía en todo, porque Dios quiso que en él residiera toda la Plenitud. Por él quiso reconciliar consigo todo lo que existe en la tierra y en el cielo, restableciendo la paz por la sangre de su cruz. (Col 1,13-20)

Por eso Pablo no habla de Jesús sino de “Cristo”, palabra que para él no indica al hombre judío, Jesús, sino que es el nombre propio del “Hijo de Dios con poder”, “el Señor Jesucristo”, exaltado junto al Padre que al resucitarlo lo ha transformado en Señor y Salvador de toda la humanidad  para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble, en los cielos, en la tierra y en los abismos.

Para Pablo la “buena noticia” o “evangelio” no se refiere al mensaje que da Jesús sobre el Reino de Dios sino a la noticia de que somos salvados por su resurrección y exaltación. Todo se concentra en la muerte y resurrección.

Tal su espectacular interpretación mítica y apoteósica acorde con la mentalidad helenista y romana que daba esos mismos títulos de kyrios, soter -señor y salvador- a sus dioses, reyes y emperadores que al morir eran endiosados, pero muy alejada de la realidad humana de Jesús.

El Jesús de los Evangelios

Veinte años después de las primeras Cartas de Pablo e inmediatamente antes o después de la destrucción de Jerusalén por los romanos en el 70, aparecen otros escritos que, felizmente, rescatan el sentido y valor de la figura histórica, hechos y palabras de Jesús, el hombre, judío de nacimiento y galileo, que será interpretado desde diversos ángulos, no excluidos los míticos, pero con un mensaje espiritual y social al que llaman “evangelio” o sea, buena noticia, cuyo ecos e incidencia nos llegan hasta el día de hoy, porque están encarnados en la realidad humana.

El primer “evangelio” es de un anónimo cristiano a quien la tradición identificará con el discípulo Marcos, quien en su primer renglón marca su postura interpretativa: Comienzo de la Buena Noticia de Jesús, Mesías, hijo de DiosJesús se dirigió a Galilea y allí proclamaba la Buena Noticia de Dios, diciendo: «El tiempo se ha cumplido: el Reino de Dios está cerca. Conviértanse y crean en la Buena Noticia» (Mc 1,1 y 14)

Jesús es presentado, pues, como el mensajero  de la Noticia o Novedad del Reino de Dios que se expresará en hechos y milagros, con breves y vivaces discursos.

Años después, el llamado Mateo, identificado con el apóstol homónimo, retoma datos de Marcos y presenta a Jesús como el nuevo Moisés, gran maestro y profeta del nuevo pueblo de Dios, pero en continuidad con el antiguo pueblo hebreo. Las enseñanzas de Jesús se agrupan en cinco grandes discursos, salpicados con numerosos milagros.

Por la misma época el llamado Lucas retoma también a Marcos y presenta a Jesús sobre todo como manifestación de la misericordia divina hacia los excluidos y pecadores, y como anuncio y presencia del Reino de Dios que libera a los pobres, oprimidos, enfermos,  mujeres y desclasados.

Recién después del año 100 aparece el escrito del llamado Juan quien, influido por el mito gnóstico, presenta a Jesús como un ser preexistente en el cielo que desciende y se hace hombre como Revelador de la Palabra del Padre, palabra que es luz y camino de vida nueva, y para enjuiciar al “mundo de las tinieblas”, dominio del demonio.

Perfil de Jesús

Es evidente, entonces, que teniendo en cuenta los cuatro Evangelios y las Cartas, no surge un único perfil de Jesús, sino incluso facetas contradictorias del mismo personaje aún en cada escrito. Por ejemplo, aparece:

– Como Maestro itinerante, rodeado de discípulos y pueblo, que habla en lenguaje sencillo desde la vida cotidiana y con parábolas.

– Como hombre de Dios o hijo de Dios (en sentido genérico) que ejecuta obras milagrosas en favor del pueblo, especialmente de enfermos y pobres.

– Como descendiente de David y Mesías que busca la liberación política de su pueblo, oprimido por los romanos, en una actitud subversiva que lo conduce a la crucifixión.

– Como Profeta de los últimos tiempos, que anuncia el inminente Reino de Dios e incluso el fin de este mundo.

– Como el Revelador de toda la Palabra del Padre, personaje divinizado que habla con largos discursos espiritualistas acompañados de signos milagrosos.

– Como un ser divino, el Hijo de Dios, Salvador de la humanidad pecadora por su muerte y resurrección,  y Señor de cielos y tierra.

Entre los títulos y nombres que estos escritos aplican a Jesús aparece una gran variedad como:

Hijo del Hombre, Hijo de David, Profeta, Mesías, Cristo, Maestro, Rey, Palabra y Verbo de Dios, Revelador, Luz, Verdad, Camino, Vida, Resurrección, Agua y Pan de Vida, Santo de Dios, Hijo de Dios, Enviado del Padre, Señor, Pastor, Salvador o Liberador, Siervo de Yahvé, Cordero de Dios, Esposo de la humanidad y Juez.

Observamos, entonces, que ya en los primeros años posteriores a la muerte de Jesús, había una gran variedad de perfiles que con el tiempo darían lugar a fuertes enfrentamientos ideológicos dentro de la Iglesia, con unas posturas tenidas como ortodoxas y otras como heréticas o cismáticas. Esto se verá ya desde el comienzo con las comunidades cristianas venidas del judaísmo muy distintas de las llegadas del paganismo helénico.

Unas, las judeo-cristianas aceptan a Jesús solamente como profeta y mesías nacional con fuerte acento político, pero nunca como Hijo de Dios en sentido pleno sino en forma genérica, exigiendo al mismo tiempo la circuncisión y el culto judaico como requisitos para el bautismo.

Otras, las de origen griego y romano  que lo ven como el Hijo de Dios venido al mundo como salvador universal (especialmente de los pecados del mundo), por lo que abandonan pronto las prácticas judías y son influenciadas por las doctrinas gnósticas y los cultos mistéricos.

Y, por supuesto, muchas otras posturas intermedias.

Las disputas terminarán cuando la primera corriente desaparezca con la destrucción de Jerusalén en el 70, y entonces la postura helenista quede como la exclusiva.

Posteriormente fueron los grandes Padres de la Iglesia y los Concilios de los siglos  IV y V imbuidos de filosofía griega e ideología romana los que darán forma dogmática definitiva al credo cristiano.

Así la figura de Jesús, ahora Jesucristo, será exaltada al rango divino junto al Padre como Señor del Universo y Juez supremo que vendría al fin del mundo a separar a buenos y malos e inaugurar su reinado eterno. Esto traerá como consecuencia el nuevo estilo de la Iglesia, ahora asumida como propia por el Imperio Romano, que se constituye en soporte institucional de la nueva religión y signo del poder divino de Jesucristo que debe implantar su soberanía en todo el mundo.

Por todo eso hoy los especialistas están de acuerdo en que es prácticamente imposible saber a ciencia cierta quién fue este personaje histórico que nos llega a través de tantos símbolos que hablan más de la fe y sentimientos de las distintas comunidades cristianas, que no del personaje real de la historia.

En estos símbolos y títulos cada vez más grandiosos y divinos la comunidad depositó sus propias aspiraciones encarnadas en un Hombre Nuevo, origen de una nueva forma de vivir, al que simplemente se terminó por llamar Nuestro Señor Jesucristo.

Jesús Hoy

Hoy, 21 siglos después, estamosen una verdadera encrucijada, pues el hombre actual ha superado definitivamente los paradigmas o formas de pensar tanto del judaísmo como del helenismo-romano-cristiano y vive, no sólo nuevas circunstancias históricas, sino  una nueva forma de concebir el mundo y  el ser humano. Por eso tiene serias dificultades para aceptar las categorías míticas de Jesús y al  mismo tiempo desconoce, aún el cristiano común, el significado del mensaje de Jesús tal cual llegó a sus contemporáneos y tal como hoy aún lo podemos vivir con todas las adaptaciones del caso. Por eso es interesante y necesario que nos dispongamos a descubrir o redescubrir algunos aspectos de ese mensaje o de esa espiritualidad que cautivó a sus contemporáneos que iniciaron en su nombre un gran movimiento religioso y espiritual,  y que en definitiva lo llevó a enfrentarse a las autoridades judías e imperiales aún a costo de su vida.

Concluyo esta introducción afirmando lo que dijéramos sobre los nombres y atributos de Dios: desde la lectura literal e historicista no llegamos a la espiritualidad que surge de Jesús, sino a diversos anécdotas y discursos que nos hacen mirar hacia atrás como espectadores de una historia que no es nuestra ni le dice casi nada a los hombres y mujeres de esta cultura. Podremos incluso “saber” mucho  sobre Jesús y los escritos tradicionales, pero mientras llenamos nuestra mente de conocimientos, no alimentamos nuestro espíritu para vivir hoy con el máximo desarrollo de nuestra personalidad. No somos ni hebreos ni griegos ni romanos; por eso necesitamos re-interpretar los simbolismos para que nos sugieran una “hermosa y buena noticia” que debemos encontrar y desarrollar hoy. Buena “noticia”… no constantes repeticiones que terminan por aburrir y dejarnos indiferentes. Hoy tenemos el mismo derecho de los primeros cristianos: interpretar a Jesús desde nuestras categorías mentales y desde nuestros valores, necesidades y experiencia moderna de vida.

Ahora rastrearemos algunos símbolos evangélicos exclusivamente desde el evangelio de Lucas, para que cada lector se anime a vivir hoy como ser humano de este siglo, alimentado con insinuaciones y sugerencias de viejos símbolos de otras culturas y comunidades cristianas.

Está en los cristianos de hoy redescubrir el rostro y el espíritu de Jesús. Por mi parte, sólo señalo un posible itinerario…

B- LA  ESPIRITUALIDAD  DEL  EVANGELIO  DE  LUCAS

 1 ESPIRITUALIDAD  DEL  NACIMIENTO DE  JESÚS

Aunque  el primitivo evangelio de Lucas se inicia originalmente en el capítulo 3, posteriormente una comunidad palestinense  elabora una reflexión desde su situación de pobreza y sometimiento, introduciendo las grandes líneas de la fe cristiana, vista como el inicio de una nueva etapa de total liberación, en continuidad con el gran simbolismo de Dios Salvador de los humildes. Son los dos primeros capítulos llamados generalmente “Evangelio de la Infancia” que serán adosados al texto evangélico original.

No hay en este relato ruptura con el judaísmo, pues se trata de gentes y pueblos unidos por el mismo credo y una situación de desprotección, pobreza, esclavitud y sometimiento.

Contexto histórico

Conocemos muy bien el contexto histórico e ideológico de Palestina que, tras siglos de dominación sucesiva por babilonios, persas y griegos, había caído finalmente en la órbita de Roma, ya que fue conquistada por Pompeyo en el  63 a.C. La aguda crisis socio-económica que viven las clases populares, explotadas por la oligarquía saducea del alto clero y de la nobleza judía;  más el alimento del nacionalismo político-religioso contra un poder extranjero que se oponía a la soberanía y reinado de Yahvé  y que esquilmaba con sus impuestos aún más al pueblo, conforman el escenario en el cual Jesús vivirá  y desarrollará su actividad, plagado desde hacía varias décadas de decenas de rebeliones y surgimientos  de varios mesías liberadores.

Su vida se enmarca en un tiempo caracterizado por un fuerte sentimiento mesiánico que esperaba la llegada de un Mesías Liberador.

Sabemos que, coincidiendo con el nacimiento de Jesús, se inició el accionar subversivo de  las revueltas mesiánicas contra Roma de un tal Judas hijo de Ezequías, derrotado por el legado de Siria  Publio Varo, y la de Teudas  con sus cuatrocientos seguidores. Después vino el alzamiento de Judas El Galileo y sus zelotes, coincidente con la adolescencia de Jesús. Fue provocada por el censo que el legado de Siria, Quirino, ordenó hacer en Judea en el 6 d. C. para aumentar los impuestos, y que Lucas lo sitúa años antes, lo que habría obligado a José y María a viajar a Belén.

Los zelotes, el ala  radicalizada y armada desprendida de los fariseos, eran también llamados “sicarios”, pues usaban la sica o puñal para deshacerse de sus enemigos; pero oficialmente  se los llamaba “bandidos”, y así lo hacen el historiador judío pro-romano Flavio Josefo. A alguna de sus actividades rebeldes alude Lc 13,1: En ese momento se presentaron unas personas que comentaron a Jesús el caso de aquellos galileos, cuya sangre Pilato mezcló con la de las víctimas de sus sacrificios.

Tras la muerte de Jesús, entre el 46-48 se sublevan contra Roma Jacob y Simón, también crucificados por los romanos; y un tal Menahem, que terminó muerto por el pueblo por sus crueldades contra los compatriotas moderados. Otro caudillo mesiánico fue Eleazar y un carismático de sobrenombre  El Egipcio que prometió cruzar milagrosamente el Jordán con sus seguidores. Pero todos fueron rápidamente liquidados por los romanos. Finalmente en el año 66 los zelotes inician la sublevación general (siendo Nerón emperador); se apoderan de Jerusalén y se defienden en ella heroicamente hasta la destrucción de la ciudad por las legiones romanas en el 70, guiadas por Vespasiano, primero, y por su hijo Tito después.

Sobre el trasfondo de esta situación política revolucionaria y desde sus profundos reclamos sociales, surge uno de los relatos más conocidos sobre Jesús,  con unos símbolos que siempre entrañaron  grandes dificultades de interpretación y mucho más en nuestra cultura actual, que si bien celebra universal y ruidosamente la festividad de Navidad, está muy lejos de su auténtica espiritualidad, casi diríamos en los polos opuestos.

Asombrémonos, pues, ante este singular  relato que siempre nos cautiva por la simple ingenuidad y ternura de sus personajes a quienes, increíblemente, se los ha elegido para iniciar una nueva y difícil etapa de la humanidad.

En el sexto mes, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una muchacha virgen que estaba comprometida con un hombre perteneciente a la familia de David, llamado José. El nombre de la virgen era María. El ángel entró en su casa y la saludó, diciendo: «¡Alégrate!, llena de gracia, el Señor está contigo». Al oír estas palabras, ella quedó desconcertada y se preguntaba qué podía significar ese saludo. Pero el ángel le dijo: «No temas, María, porque Dios te ha favorecido. Concebirás y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús; él será grande y será llamado Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin». María dijo al ángel: «¿Cómo puede ser eso, si yo no tengo relaciones con ningún hombre?». El ángel le respondió: «El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso el niño será Santo y será llamado hijo de Dios.

También tu parienta Isabel concibió un hijo a pesar de su vejez, y la que era considerada estéril, ya se encuentra en su sexto mes, porque no hay nada imposible para Dios». María dijo entonces: «Yo soy la servidora del Señor, que se cumpla en mí lo que has dicho». Y el ángel se alejó (Lc 1,26-38)

La madre virgen

Una mujer ocupa el centro de la escena; su nombre de origen egipcio y hebreo significa “la amada de Dios”. El mensajero divino de nombre Gabriel, que sugestivamente significa “el poder de Dios”, le anuncia un hijo, a pesar de que aún no ha consumado su matrimonio, pues es el poder y la energía de Dios (su espíritu o soplo) los que empujan a la humanidad hacia un nuevo renacer y nuevas fronteras.

Es el comienzo de algo nuevo, y todo comienzo surge de algo virginal, de lo femenino que está en la tierra que produce frutos, y en todo ser humano que nace y renace constantemente. Quien hace germinar es el mismo hálito, soplo o espíritu  de Dios, energía de vida que estuvo soplando en los orígenes del cosmos: La tierra era algo informe y vacío, las tinieblas cubrían el abismo, y el soplo de Dios se cernía sobre las aguas (Gen 1,2), texto al que alude Lucas.

¿Símbolo difícil?

Me  parece increíble que aún hoy no se haya comprendido uno de los símbolos más universales  y más ricos de casi todas las culturas y religiones, y se intente leer este típico “relato mítico del origen”  al pie de la letra como un crudo hecho biológico, lo que provoca, no sólo tremendas contradicciones y serias objeciones de todo tipo, sino la carencia total de una espiritualidad válida para nuestra cultura. Así se ha matado y vaciado uno de los más profundos símbolos de la vida cósmica, humana y espiritual.

En efecto, lo que hoy nos sugiere este relato mítico es que la Vida no es fruto del poder del hombre o de la mujer; es un misterio que aún hoy nos asombra, de cómo hace 3500 millones de años pudo surgir a impulso de una misteriosa energía, cuyos secretos aún la ciencia moderna no ha descubierto. Es la energía que llega a nosotros provocando una grandiosa historia de nacimientos y re-nacimientos.

Los padres no creamos la vida ni somos sus dueños, sólo la transmitimos y cuidamos, pues  somos los intermediarios de un poder que nos sobrepasa, y al que unos llaman dios y otros, hálito de vida, espíritu del universo o espíritu santo, o energía suprema.

Las antiguas culturas siempre se asombraron ante este misterio de una tierra virgen que genera seres vivientes de todas las especies, tierra que siempre fue considerada como la Gran Madre y de cuyo seno participaban las mujeres. Por eso, este “milagroso” simbolismo se reproduce en tantos mitos de los orígenes de dioses, héroes y grandes personajes de la historia, entre ellos Osiris, Mitra, Zoroastro, Krishna y Buda, todos ellos nacidos de una diosa o mujer virgen y todos un 25 de diciembre, nacimiento del sol en el solsticio de invierno.

En consecuencia, los padres biológicos no somos dueños de nuestros hijos ni de sus proyectos, como María y José no lo fueron del proyecto de Jesús, proyecto que nace de esa energía cósmica o divina que se siembra y desarrolla en cada ser humano, quien le da forma e identidad desde su libertad y creatividad.

Algo que Lucas y los otros evangelistas se encargan de subrayar: Jesús no realiza el proyecto de sus padres sino que actúa con total autonomía y libertad obedeciendo la voz interior que llega de “su Padre”, como ya a los doce años les recuerda a sus angustiados progenitores: “¿No saben que yo debo ocuparme de los asuntos de mi Padre?».Pero ellos no entendieron lo que les decía. El regresó con sus padres a Nazaret… e iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia, delante de Dios y de los hombres (Lc 2,49-52)

Recordemos que entre los semitas y demás pueblos antiguos se suponía que la vida surgía exclusivamente del semen del varón, lo que lo hacía dueño del destino de su hijo. La mujer jugaba un rol pasivo con su seno vacío donde crecería el bebé.

Nace algo nuevo

Lucas, pues, está hablando del nacimiento de una nueva etapa de la humanidad, de una nueva creación que da origen a un profundo cambio promovido por Dios salvador. Un Dios que no salva desde afuera ni desde arriba sino que “es el Señor que está contigo”, en el mismo seno interior de cada comunidad y de toda la humanidad simbolizada en María.

Este es el insólito y revolucionario mensaje que aquella sufrida comunidad marginada nos transmite: aunque seamos débiles como esa temerosa noviecita de 13 años, tenemos en nuestro interior una energía que nos llega desde los orígenes del universo, energía que ha creado esta raza de seres humanos con el polvo de la materia inanimada y desde la evolución animal que nos ha precedido.

Es la misma energía que los antiguos representan como la fuerza del viento, soplo o espíritu divino, la que engendró a los seres humanos desde la primitiva edad de piedra hasta la siempre maravillosa creación de hombres “nuevos”, con el desarrollo del pensamiento y de la razón, de los sentimientos, del arte, la religión, la escritura, la sociedad organizada, la tecnología y, más aún, el constante despertar o nacer del espíritu humano que parece no tener límites.

Ante esta irrupción del espíritu in-novador de la vida sólo nos queda asumir una actitud positiva, bien reflejada en la respuesta de María: Yo soy la servidora del Señor, que se cumpla en mí lo que has dicho; estoy disponible y confío… Estamos para servir a un proyecto humano que nos quiere partícipes libres y responsables. Pero lo nuevo nos asusta, nos genera miedo y angustia porque es lo desconocido, lo que aún no controlamos, lo peligroso; es el cambio al que se considera necesario pero al que se resiste por miedo a las dificultades, sufrimientos y posible fracaso.

 

En aquella comunidad (María) la liberación significaba enfrentar al poder del imperio, la muerte por crucifixión,  los soldados de Herodes, la resistencia de los propios dirigentes que habían pactado con el enemigo, la carencia de medios económicos, la avaricia de los terratenientes que esquilmaban a los pobres, la burla de los doctos, el privilegio de los maridos y el sometimiento de las mujeres, los abusos de los sacerdotes, el maltrato a los esclavos… y una estructura social que parecía imposible de cambiar. Y aquella comunidad dijo Sí al nuevo y desconocido proyecto de alcanzar la liberación y desarrollo humano que aún hoy no hemos logrado.

De allí la importancia y necesidad de una madre virgen, porque es un símbolo que tiene vigencia, que lo podemos re-crear cuantas veces sea necesario y según nuestra propia situación. No es un concepto que comienza y termina en una persona determinada (la mujer María) y que se agota en esa particularidad.

Es un proceso que aunque tiene una variable biológica es mucho más que eso: es engendrarnos a nosotros mismos como seres únicos en nuestra individualidad y únicos en un proyecto de vida. A eso podemos llamar “nacimiento espiritual”.

Símbolos de nacimiento espiritual

Símbolos de nacimiento espiritual los encontramos en todas las culturas, como los varios ritos de iniciación sexual masculina y femenina que transforman al púber en un hombre o una mujer adultos; ritos que suponen determinadas pruebas, la transmisión de los secretos religiosos,  espirituales y rituales de la comunidad y de sus normas morales, la separación de la madre, la imposición de un nombre significativo y, en muchos casos, la circuncisión o un bautismo que simbolice la muerte a la etapa anterior y el renacimiento a una nueva vida.

También hay rituales simbólicos que indican el nacimiento a una vocación especial, como la de chamanes, hechiceros, profetas o sacerdotes, o a determinadas sociedades secretas religiosas, militares, etc.

En todos estos casos los candidatos son separados y abandonan su existencia anterior para iniciar una nueva forma de vida religiosa, social o cultural. Por algo en Occidente desde los siglos XIV y XV se inició un pasaje a  una nueva (moderna) etapa llamada precisamente “Renacimiento”.

El símbolo cósmico del primer nacimiento explosiona como el big bang y su fuerza llega hasta el día de hoy… a la madre humanidad que sufre aún milenarias ataduras, y también a una madre iglesia, comunidad cristiana, anquilosada en el tiempo y que aún no se anima a decir: soy la servidora del Señor, la servidora de la comunidad humana, que se cumpla en mí el proyecto del origen… Porque para el cosmos, para los seres biológicos y para toda la humanidad, el proyecto original es uno solo: vivir en plenitud con la mayor dignidad y calidad posible. Y a ese proyecto han de servir las instituciones políticas, sociales y religiosas… Que nadie se apodere de ese proyecto para beneficio propio. El padre del proyecto nos trasciende a todos…

El Niño

Concebirás y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús; él será grande y será llamado hijo del Altísimo.

El nuevo proyecto se inicia con un niño que ha de nacer. El nombre “Jesús”, muy corriente entre los hebreos, similar a Josué, en su raíz etimológica significa “Dios salva”.

El niño será llamado “hijo de Dios”, símbolo que como lo vimos en el capítulo anterior, es el complementario de Dios Padre, sin connotaciones filosóficas ni dogmáticas: es el sentimiento de una comunidad que venera a Dios-Amor-Protector  como su padre y ahora lo siente reflejado y concretizado en Jesús, el hijo-niño que nos representa a todos.

Que un niño recién nacido, tierno y endeble, sea considerado hijo de Dios (en cualquiera de sus sentidos, más simbólico o más real) y la imagen o manifestación de Dios es, quizás, uno de los momentos más importantes del espíritu religioso de todos los tiempos que ya no lo ve a Dios allá arriba y lejos con gran poder absoluto sobre la humanidad, sino tan cercano al ser humano, tan transparente y tan íntimo como un niño adherido al vientre materno.

El niño, increíblemente, simboliza tanto al Dios que se abaja hasta el hombre, como al hombre que quiere acceder a lo divino. El mismo Jesús, según Lucas, aludirá en una de las frases de espiritualidad  mejor  logradas y más  universales,  a la necesidad de nacer al espíritu de los niños para acceder al Reino de Dios:

Dejen que los niños se acerquen a mí…  porque el Reino de Dios pertenece a los que son como ellos. Les aseguro que el que no recibe el Reino de Dios como un niño, no entrará en él (Lc 18, 16-17)

¿Por qué hacerse como niños? Porque el niño es el inicio de una nueva vida, es el despertar a la esperanza, es el estado embrionario que debe desarrollarse y porque siempre trasunta esas cualidades que parecen tan divinas como extrañas en el mundo adulto: frescura, simplicidad, entrega, confianza, ternura, transparencia y pureza sin doblez ni mentira, juego y alegría…

El Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin.Esta comunidad, de claro origen judío, deposita en Jesús las ansias de liberación política que incluye la restauración del reino cuyo primer gestor fuera David.

El cántico de la liberación

El relato lucano relaciona y compara a Jesús con Juan el Bautista, un niño prometido por el mismo ángel Gabriel al sacerdote Zacarías y cuya esposa era estéril (Lc 1, 1-25) Según los evangelistas, Juan sería el precursor de Jesús. Ahora ambas madres se encuentran (la anciana y la joven, la estéril y la virgen…) simbolizando una a la antigua comunidad judía  que no dio el fruto completo, y la otra a la cristiana que recién está por nacer, lo que da pie al relator para poner en labios de María el famoso cántico que, con muchas reminiscencias del Antiguo Testamento, ensalza la obra salvadora de Dios a lo largo de la historia del pueblo hebreo y que se espera que lo seguirá haciendo:

Mi alma canta la grandeza del Señor, y mi espíritu se estremece de gozo en Dios, mi salvador, porque el miró con bondad la pequeñez de tu servidora. En adelante todas las generaciones me llamarán feliz, porque el Todopoderoso he hecho en mí grandes cosas: ¡su Nombre es santo!

Alegría y felicidad

Lo primero que nos llama la atención es la sensación de alegría y felicidad que trasunta aquella humilde comunidad simbolizada en María, también ella humilde mujer. La sola esperanza de liberarse de sus ataduras provoca una alegría indescriptible pero serena, íntima, profunda.

La alegría  y la felicidad son dos características de la espiritualidad; no la alegría por los resultados y beneficios obtenidos, sino esa alegría gratuita por sentirnos seres humanos, partícipes de un gran proyecto de vivir, de gozar simplemente  por acompañar a otros que sufren, de experimentar tantas floraciones de amor, de ternura, de bellos sentimientos que llenan el corazón vacío de egoísmos e intereses.

Es la alegría de los empobrecidos de riquezas mal avenidas y de ambiciones opresivas, alegría simplemente de “ser” y de sentirse unidos al cosmos, a millones de seres desconocidos y a toda una humanidad que camina hacia las mismas metas de amor, de paz y de libertad. Es la alegría que surge por sentir ya en nosotros la presencia íntima de un Dios que nos empuja a liberarnos, o esa energía infinita que gratuitamente opera en nosotros.

Es cierto que somos un pequeñísimo granito cósmico de alguna estrella, uno de tantos miles de millones de seres humanos que fueron, que son y que serán… pero de cuánta felicidad podemos disfrutar con sólo amar a alguien o sentirnos útiles en un proyecto familiar o comunitario.

¿Por qué será que al cristianismo occidental le ha faltado esta característica, por qué no pudo transmitir la alegría de la fe y de sus creencias y rituales religiosos? ¿Por qué fue el miedo y el aburrimiento lo que mamamos en nuestra educación religiosa desde niños? Al menos fue esa mi experiencia: cuanto más “estudiábamos” la religión y sus mandamientos, cuanto más nos obligaban a los actos de culto, más nos alejábamos de Dios y de la espiritualidad.

Dignidad de la mujer

La segunda reflexión que nos sugiere el cántico es una constante de Lucas en todo su evangelio: el reconocimiento a la dignidad de la mujer, a quien Jesús la hace primera destinataria de la liberación con numerosas curaciones y le concede el acceso al discipulado, algo que significó una novedad absoluta; una mujer que, como bien es sabido, ocupaba un sitial de inferioridad en la sociedad semita, junto a los niños y los esclavos. María se sorprende de cómo el Señor miró con bondad la pequeñez de su servidora. El símbolo es más que elocuente: por más dios que sea, por más todopoderoso, no puede prescindir de la mujer a la hora de generar vida y lanzar al mundo un nuevo proyecto de liberación. Nunca se pudo ni se puede ni se podrá realizar un proyecto humano sin la activa presencia de la mujer, sujeto participante y sujeto de derecho en igualdad de condiciones con el varón. Lamentablemente si “al principio, en el origen” fue así tanto en la humanidad como en las religiones, su rol quedará relegado al origen biológico y al ámbito doméstico como ser humano de segunda categoría, con horizontes de desarrollo muy limitados. Bien lo escribe la gran poetisa española Ángela Figueroa Aymerich (1902-84) quien nos acompañará en estas reflexiones, porque sólo una mujer puede comprender el gran misterio femenino:

Canto a la madre de familia tan mujer de su casa la pobre,
tan gris por todos lados, tan oveja por dentro aunque suele gritar con los chiquillos.

Canto a sus manos suaves de lejía los lunes y los martes, los miércoles y jueves picadas por la aguja,
quemadas cada viernes por la plancha, ungidas por el ajo y la cebolla.
(El sábado es un día extraordinario: limpieza de cocina, compra doble,
y hacia las seis, barniz sobre las uña para salir a un cine baratito del brazo del esposo.)

Canto a la madre de familia a las ocho de la mañana distribuyendo cautamente
la leche azul del desayuno, en los tazones de asa rota.

(Para Juanín  que tanto crece hay que poner la mejor parte)

Canto a la madre de familia  que era tan linda hace quince años,
que ahora se ríe (un poco triste) con los consejos de belleza.
(Dedique usted todos los días un cuarto de hora a su cabello)

Canto a la madre de familia que suma y suma equivocándose, cincuenta y siete y llevo cinco…
porque se han ido veinte duros y sin pagar al carbonero.

Canto a la madre de familia que al acostarse por la noche nunca termina un rosario.
(Lolita sigue tan flacucha, Juanito tuvo malas notas, el nene va lo que se dice con el culito al aire)

Canto a la madre de familia cuando se duerme tan cansada
que un ángel blanco y bondadoso baja en secreto y la conforta.

El nuevo proyecto supone, antes que nada, “hacer en la mujer grandes cosas”… tan grandes que sin ella ni los hombres que las oprimen y maltratan podrían existir. Tan grande que sin ella no habría próceres ni emperadores, deportistas ni científicos, sacerdotes ni Papas…

Qué pena que el cristianismo que se inició con tan bello auspicio para las mujeres, pronto se olvidó y aún se olvida que por ella vino Jesús al mundo y en ella Dios hizo grandes cosas. En ella, mujer, esposa, madre, discípula comprometida.  No basta ensalzar a la Virgen María si no se integra a la mujer en el gran proyecto humano y espiritual que, desde los orígenes, fue el proyecto de la pareja humana “a imagen y semejanza de Dios”… No basta dedicarle el día de la madre, no basta valorarla desde el exclusivo rol materno y familiar…. Ella está llamada  a realizar “grandes cosas”… que nadie le ponga límites….

 

Nada mejor que leer y reflexionar en algunos de los considerandos y artículos de la

Convención sobre la Eliminación de todas las formas de Discriminación contra la mujer que fue necesaria redactar hace pocos años, en1979 y que aún está muy lejos de ser tenida en cuenta aún en los países que se dicen modernos:

Recordando que la discriminación contra la mujer viola los principios de la igualdad de derechos y del respeto de la dignidad humana, que dificulta la participación de la mujer, en las mismas condiciones que el hombre, en la vida política, social, económica y cultural de su país, que constituye un obstáculo para el aumento del bienestar de la sociedad y de la familia y que entorpece el pleno desarrollo de las posibilidades de la mujer para prestar servicio a su país y a la humanidad…

Preocupados por el hecho de que en situaciones de pobreza la mujer tiene un acceso mínimo a la alimentación, a la salud, la enseñanza y las oportunidades de empleo, así como a la satisfacción de otras necesidades…Convencidos de que la máxima participación de la mujer en todas las esferas, en igualdad de condiciones con el hombre, esindispensable para el desarrollo pleno y completo de un país, el bienestar del mundo y la causa de la paz…

Teniendo presentes el gran aporte de la mujer al bienestar de la familia y al desarrollo de la sociedad, hasta ahora no plenamente reconocido, la importancia social de la maternidad y la función tanto del padre como de la madre de familia en la educación de los hijos… Reconociendo que para lograr la plena igualdad entre el hombre y la mujer es necesario modificar el papel tradicional tanto del hombre como de la mujer…

Art. 2: Los Estados Partes condenan la discriminación contra la mujer en todas sus formas, y convienen en seguir, por todos los medios apropiados y sin dilaciones, una política encaminada a eliminar la discriminación contra la mujer…

Art. 5: Modificar los patrones socioculturales de conducta de hombres y mujeres, con miras a alcanzar la eliminación de los prejuicios y las prácticas consuetudinarias y de cualquier otra índole que estén basados en la idea de la inferioridad o superioridad de cualquiera de los sexos o en funciones estereotipadas de hombres y mujeres…

Y llegamos a 1993 en que la ONU tuvo que rubricar los derechos de la mujer con la

Declaración sobre la Eliminación de la Violencia contra la mujer, violencia que hoy constituye en pleno siglo XXI un verdadero cáncer y escándalo que “todos los días” golpea nuestra conciencia… escándalo que contradice abiertamente el “proyecto del origen”:

La Asamblea General… Reconociendo que la violencia contra la mujer constituye una manifestación de relaciones de poder históricamente desiguales entre el hombre y la mujer, que han conducido a la dominación de la mujer y a la discriminación en su contra por parte del hombre e impedido el adelanto pleno de la mujer, y que la violencia contra la mujer es uno de los mecanismos sociales fundamentales por los que se fuerza a la mujer a una situación de subordinación respecto del hombre…

Preocupada por el hecho de que algunos grupos de mujeres, como por ejemplo las mujeres pertenecientes a minorías, las mujeres indígenas, las refugiadas, las mujeres migrantes, las mujeres que habitan en comunidades rurales o remotas, las mujeres indigentes, las mujeres recluidas en instituciones o detenidas, las niñas, las mujeres con discapacidades, las ancianas y las mujeres en situaciones de conflicto armado son particularmente vulnerables a la violencia… Proclama solemnemente la siguiente Declaración sobre la eliminación de la violencia contra la mujer e insta a que se hagan todos los esfuerzos posibles para que sea universalmente conocida y respetada…

Art 2° Se entenderá que la violencia contra la mujer abarca los siguientes actos, aunque sin limitarse a ellos:

a) La violencia física, sexual y sicológica que se produzca en la familia, incluidos los malos tratos, el abuso sexual de las niñas en el hogar, la violencia relacionada con la dote, la violación por el marido, la mutilación genital femenina y otras prácticas tradicionales nocivas para la mujer, los actos de violencia perpetrados por otros miembros de la familia y la violencia relacionada con la explotación;

b) La violencia física, sexual y sicológica perpetrada dentro de la comunidad en general, inclusive la violación, el abuso sexual, el acoso y la intimidación sexuales en el trabajo, en instituciones educacionales y en otros lugares, la trata de mujeres y la prostitución forzada;

c) La violencia física, sexual y sicológica perpetrada o tolerada por el Estado, dondequiera que ocurra.

Sólo a título indicativo señalo estadísticas del año 2013 (OMS, OIT) que nos dicen que esta violencia es una pandemia:

– A nivel mundial, una de cada tres mujeres (35%) ha sido golpeada, obligada a tener relaciones sexuales o fue víctima de algún tipo de abuso durante su vida. En la mayoría de los casos, la persona que comete el abuso es un miembro de la familia de la víctima.

Sin embargo, algunos estudios nacionales de violencia muestran que hasta un 70 por ciento de mujeres sufre violencia física y/o sexual a lo largo de su vida, a manos de una pareja.

– Entre las mujeres de 15 a 44 años de edad, la violencia doméstica es responsable de más muertes e incapacidades que la suma total atribuida al cáncer, los accidentes de tránsito, la guerra y violaciones combinadas. Cada día que pasa la situación empeora; las estadísticas demuestran que con el paso del tiempo la violencia doméstica se vuelve más frecuente y peligrosa.

-La trata sexual y laboral se convierte en una trampa para millones de mujeres y niñas, que pasan a ser esclavas en plena era moderna. Las mujeres y niñas representan el 55 por ciento del total de víctimas del trabajo forzoso, estimado en 20,9 millones de personas en todo el mundo, y el 98 por ciento de las personas que son explotadas sexualmente contra su voluntad (4,5 millones de personas)

Bien proclama el Cántico de María, con un lenguaje casi actual, lo que hoy llamamosla defensa de los derechos humanos universales, para varones y especialmente mujeres, y en cuya gestión la mujer  de sujeto humillado y oprimido pasa a ser protagonista, actora y beneficiaria:

El Señor desplegó la fuerza de su brazo, dispersó a los soberbios de corazón. Derribó a los poderosos de su trono y elevó a los humildes. Colmó de bienes a los hambrientos y despidió a los ricos opresores con las manos vacías. Socorrió a Israel, su servidor, acordándose de su misericordia, como lo había prometido a nuestros padres, en favor de Abraham y de su descendencia para siempre». (Lc 1,39-56).

 

Una sola pregunta: ¿Puede alguien llamarse cristiano sin una sincera aceptación de la mujer en igualdad de condiciones como partícipe del gran proyecto humano de liberación y vida plena? ¿Podemos hablar de auténtica religiosidad y verdadera espiritualidad si no estamos comprometidos con sincero sentimiento y decidida acción en esta justa defensa de los derechos humanos, especialmente de las mujeres?

Liberación humana integral

La tercera reflexión que me sugiere el cántico es que la salvación o liberación de Dios abarca todas las situaciones opresivas de tipo político y social, y en ningún momento se habla de temas que se consideran “religiosos” o “espirituales, del alma”. Es una salvación terrena, sea de esclavitud y opresión política, sea de liberación del hambre, sea de diversas marginaciones y situaciones de humillación. Es un Dios que “tiene clara conciencia”  de que las injusticias de las que somos víctimas tienen como sujetos victimarios a una estructura dominada por “soberbios,  poderosos  y ricos”, según reza el cántico. Nuevamente  es la poeta española  Aymerich (en un fragmento) la que nos obliga a poner los pies sobre la tierra:

No quiero que haya frío en las casas, que haya miedo en las calles,
que haya rabia en los ojos.
No quiero que en los labios se encierren mentiras,
que en las arcas se encierren millones, que en la cárcel se encierre a los buenos.

No quiero que el labriego trabaje sin agua, que el marino navegue sin brújula,
que en la fábrica no haya azucenas, que en la mina no vean la aurora,

que en la escuela no ría el maestro…

No quiero que la tierra se parta en porciones, que en el mar se establezcan dominios,
que en el aire se agiten banderas, que en los trajes se pongan señales.

No quiero que mi hijo desfile, que los hijos de madre desfilen con fusil y con muere en el hombro.
Que jamás se disparen fusiles, que jamás se fabriquen fusiles.

No quiero que me manden Fulano y Mengano, que me fisgue el vecino de enfrente,
que me pongan carteles y sellos, que dicten lo que es poesía.

No quiero amar en secreto, llorar en secreto, cantar en secreto.

No quiero que me tapen la boca cuando digo “no quiero”.

La liberación terrena, especialmente política y social, fue la primera visión del cristianismo de los orígenes, una visión que se irá apagando hasta terminar prácticamente olvidada y más aún, reprimida, a pesar de que casi todos los días se cantaba el “Magnificat”, en latín, naturalmente.  Dejo para las páginas siguientes más reflexiones sobre este tema que hoy ha adquirido inusitada importancia desde los Derechos Humanos y desde el concepto más amplio de Desarrollo Integral. Queda flotando en el aire una pregunta: ¿De qué debe ocuparse la religión? ¿Es la religiosidad  y la espiritualidad un cercenamiento de la vida humana o una forma de integrar todos sus aspectos?

Memoria…

Una cuarta reflexión: el cántico recuerda la historia de Israel con sus logros liberadores que se habían iniciado ya con promesas a los Patriarcas hacía mil cuatrocientos años y tuvieron un momento culminante en la gesta del éxodo de Egipto hacía mil doscientos años, lo que llevó a las tribus a una tierra propia que se convertiría incluso en un reino independiente hacía mil años, al que ahora aspiraba restablecer  la comunidad representada en María.

Pero esa mirada hacia el pasado no se detiene allí, no es un simple recordar con la mente, es la “memoria” que permite tener presente los orígenes y aquellos fundamentos que nunca se deben abandonar so pena de perder la identidad. Y esa es la tarea elocuente del lenguaje simbólico que debiera ser el gran aprendizaje de la educación. Actualizar hoy el pasado en continuidad con el origen…

Es la ley fundamental del mito: crecer con fidelidad a los orígenes; lo que no debe significar, como sucede generalmente, inmovilidad y esclerosis.

Educarnos en la religiosidad o en la espiritualidad  no es “saber” lo que pasó una vez, no es una ciencia histórica que hay que memorizar; tampoco es “repetir” el pasado porque de por sí es irrepetible. Ni repetir textos,  doctrinas y ritos…

Se trata de que hoy aprendamos a vivir siendo primeramente fieles a nosotros mismos, pero alimentados con el espíritu y los valores que forman la esencia de nuestra identidad cultural. Hoy no podemos ser cristianos  “como los primeros cristianos” o los de la Edad Media o los de la Reforma; lo seremos como “nosotros mismos”, continuando un proyecto original que arranca en Jesús y que debe adaptarse y recrearse según las circunstancias que hoy vivimos.

Hoy no nos basta decir como los mitos sugieren: “si fue así desde el principio, así será siempre”, por eso nuestra cultura desde hace siglos se llama “moderna”, o sea, nueva.

Pero tampoco nada es totalmente nuevo, no estamos inventando la vida humana ni todas sus preguntas; no comienza hoy la historia, pero sí la recreamos y regeneramos a “nuestra imagen y semejanza”, en continuidad pero no en la uniformidad.

Es el difícil equilibrio entre el origen (el pasado, los padres, la educación, las tradiciones, la cultura que nos amamantó) y el presente volcado hacia el futuro. Podríamos decir, siguiendo el relato de Lucas, que Dios es el mismo, pero nosotros somos distintos y nuestra manera de experimentar a Dios también lo es. La Energía cósmica-biológica es la misma de hace 15 mil millones de años… pero nosotros recién estamos naciendo… y cada ser humano, con el mismo proyecto original, es único, distinto, irrepetible  y sólo idéntico a sí mismo.

Pero ¿cuál es ese proyecto original?…  ¿Y acaso necesitamos pertenecer a una iglesia cristiana para vivir ese proyecto actualizado? Son las preguntas que cada uno debe animarse a responder.

Ese es el camino de la espiritualidad: el riesgo de ser uno mismo respetando la opción de los otros, pero vinculándonos unos con otros con la aceptación de ciertos valores que consideramos los fundamentales… los “de los orígenes”, decían los antiguos; los “esenciales” decimos hoy nosotros.

El nacimiento del niño

Sucedió que por aquellos días salió un edicto de César Augusto ordenando que se empadronase todo el mundo. Este primer empadronamiento tuvo lugar siendo gobernador de Siria Cirino. Iban todos a empadronarse, cada uno a su ciudad. Subió también José desde Galilea, de la ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David, que se llama Belén, por ser él de la casa y familia de David, para empadronarse con María, su esposa, que estaba encinta.

La comunidad lucana que siente a Jesús como el rey heredero de David, nos da algunos datos históricos para justificar el viaje a Belén, donde nacería el niño. Hoy sabemos que esos datos no son correctos, lo que no es obstáculo para recuperar el valor simbólico de aquel nacimiento.

El símbolo no nos habla de la realidad objetiva de los hechos, sino de la realidad subjetiva de los narradores, de lo que siente y vive la comunidad y de la convicción y testimonio de vida que desea transmitir.

Algo que a los occidentales siempre nos cuesta entender… Por eso preguntamos: “¿Pero qué pasó realmente? ¿Es una historia inventada? ¿Es una falsificación histórica?…” Nadie hace esas preguntas cuando lee un poema e incluso cuando escucha al relator de una final de fútbol… o la letra de algún himno nacional…

Y sucedió que, mientras ellos estaban allí, se le cumplieron los días del alumbramiento, y dio a luz a su hijo primogénito, le envolvió en pañales y le acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en el alojamiento. Había en la misma comarca unos pastores, que dormían al raso y vigilaban por turno durante la noche su rebaño. Se les presentó el ángel del Señor, y la gloria del Señor los envolvió en su luz; y se llenaron de temor. El ángel les dijo: «No teman, pues les anuncio una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: les ha nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador, que es el Cristo Señor;  y esto les servirá de señal: encontrarán un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre.»

Seguramente este es el texto que más veces hemos escuchado ya desde nuestra temprana infancia, pues “lo sabemos de memoria” y “no sé qué más podemos decir de un relato tan sencillo e infantil”…  Pero lo cierto es que cuánto más conocido y trillado es un discurso simbólico, más difícil es interpretar su sentido, pues de tanto repetirlo quedamos “en el cuentito” y no hacemos el esfuerzo de buscarle otro significado diferente del simple “recuerdo del nacimiento del niñito Jesús”.

Nos sucede lo mismo que con los sueños: los más sencillos y aparentemente intrascendentes, resultan ser los que, una vez interpretados, tienen un significado más novedoso y trascendente. Esta es la experiencia que tenemos los psicólogos. Y esto vale para el “ingenuo” relato del niño Jesús, la cuevita, los pastorcitos, el burrito y los ángeles cantores… sin olvidarnos del arbolito.

El símbolo central es “el niño que ha nacido”, tal como el mensajero divino, transmisor de la fe de la comunidad, le dice a los pastores, “iluminando” sus mentes: “un niño envuelto en pañales que es el salvador”… ¿Es éste un símbolo intrascendente y rutinario, la ocasión para comer y beber lo más abundantemente posible el 24 de diciembre, dar regalos a los niños y hacer sonar petardos, exactamente a las 12 de la noche?

Nacimiento

Si la madre fue virgen, simbólicamente virgen, es evidente que el nacimiento es mucho más que un hecho biológico: es el comienzo de algo nuevo en la historia humana, y debiera ser el comienzo y reinicio permanente en cada uno de nuevas etapas de vivir cada vez más maduras y sabias. Porque toda la vida humana se va gestando en constantes re-naceres desde la lactancia hasta la madurez total y la ancianidad. No sólo a nivel biológico (cambiamos de células constantemente  y desarrollamos el cuerpo, sus órganos y sentidos) y psicológico (en etapas bien diferenciadas) sino también a nivel espiritual cuando, por ejemplo, nos descubrirnos a nosotros mismos y comenzamos un nuevo estilo de vida, de ver el mundo de otra manera, de reconocer errores y asumir nuevos valores. Son los grandes cambios que tuercen el rumbo de la vida o la introducen en nuevas y más profundas instancias. Es muy significativo que cuando las personas hacen psicoterapia y comienzan un cambio significativo, suelan soñar con un nacimiento, un embarazo o el cuidado de un bebé. He allí el símbolo que el propio inconsciente se encarga de elaborar.

Así, la celebración del Nacimiento (Nativitas, Navidad) es, en primer lugar, un llamado a permanecer despiertos en este renacer que tiene tantas formas distintas. De allí la necesidad de cierto silencio e intimidad de una celebración que no por eso debe perder la alegría de todo nacimiento. Navidad es una fiesta hacia adentro, como lo es el día en que una mujer da a luz un bebé. Sin ruidos molestos, sin mirar hacia afuera; todos concentrados en el niño que duerme tranquilo y en la madre que lo contempla extasiada.

Pero hay más aún: si con el nacimiento de Jesús nació una nueva etapa histórica que incluso marcó la data del calendario, el símbolo hoy reclama por un renacer de la sociedad, de la cultura, de las Iglesias, de los proyectos que tienen que ver con el desarrollo social, político, cultural y espiritual de cada sociedad y de la humanidad entera.

En estos siglos que ya son dos milenios, seguramente que mucho se ha progresado en ciertos niveles, pero cuánto nos queda por hacer por un nacimiento igualitario, más justo y más universal. Entonces, nada más contradictorio que celebrar navidad sin nacimiento a nada, con un espíritu ultraconservador, anclados en el pasado, enceguecidos en dogmas, creencias y ritos que son pura tradición pero sin novedad… sin “evangelio”, sin buena noticia de un nuevo nacimiento.

Múltiples símbolos en el nacimiento de Jesús

En el nacimiento de Jesús, según el relato de Lucas más los agregados de Mateo, de los apócrifos y de la tradición posterior, se conjugaron tres grandes grupos de símbolos:

Los símbolos cósmicos del origen, común a casi todas las culturas y de ninguna manera exclusivas  del cristianismo: el niño nace de noche (símbolo del gran útero que explosiona sus virtualidades), en una cueva (símbolo del útero de la madre tierra), una nueva estrella señala su destino, aparecen ángeles (símbolos de la unión de la divino con el cosmos y la humanidad), una gran luz ilumina la noche de los hombres, es el sol naciente…

Los símbolos humanos y sociales: la mujer primeriza en su parto, el esposo que cuida; el ambiente de pobreza y humanidad reflejado en “el niño envuelto en pañales” en un pesebre de animales, y en los rudos pastores que duermen a la intemperie; las acechanzas del malvado que quiere eliminar al niño (Herodes); los hombres sinceros que caminan desde lejanas tierras buscando la verdad de sus vidas (los sabios magos); el exilio a un país extranjero, la espada de dolor que atravesará el corazón de la madre (en el cántico de Simeón de Lc 1,35); los ancianos judíos que se alegran por la llegada de la liberación y se reconcilian con las promesas divinas (Simeón y Ana, Lc 1,25-38)

Los símbolos específicamente espirituales que suponen una nueva humanidad y un ser humano con un nuevo corazón y un nuevo estilo de vivir. Los mensajeros celestiales expresan con sus anuncios el rico simbolismo espiritual: el nuevo nacimiento que llega de lo alto, desde el corazón del mismo Dios; el final del miedo que da paso a la alegría; la nueva comunidad de fe simbolizada en los humildes pastores; la luz que despeja las tinieblas del miedo y de la mentira;  la paz a los hombres sinceros, de buena voluntad, y la salvación de todos los oprimidos, porque el Niño es el salvador; la alabanza de gratitud en el “gloria en las alturas”.

Y de pronto se juntó con el ángel una multitud del ejército celestial, que alababa a Dios, diciendo: «Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad» Y sucedió que cuando los ángeles, dejándoles, se fueron al cielo, los pastores se decían unos a otros: «Vayamos, pues, hasta Belén y veamos lo que ha sucedido y el Señor nos ha manifestado.»  Y fueron a toda prisa, y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre.  Al verlo, dieron a conocer lo que les habían dicho acerca de aquel niño; y todos los que lo oyeron se maravillaban de lo que los pastores les decían.

María, guardaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón. (Lc 2,1-18)

Delicado e íntimo final de Lucas: María, la mujer madre y la comunidad nueva, medita en su corazón las maravillas vividas. Hay silencio, hay reflexión, hay mirada hacia el interior. No es la espectadora de un hecho externo; la comunidad (nosotros) hace suya toda la riqueza de un simbolismo que nunca se agotará, como nunca se agotará el espíritu humano que, como el ave fénix, ese antiquísimo símbolo de la regeneración, siempre renace de sus cenizas…

Lo que aún hoy me sorprende, no es este conjunto de símbolos en un ambiente humano-divino, tan común y universal en todas las antiguas culturas, sino la cerrazón de quienes se empecinan en una lectura literal, “esencialista” y dogmática de los textos, sin ser capaces de descubrir la maravillosa riqueza de sus símbolos.

¿Será porque es más cómodo quedarse contemplando como simple espectadores un hecho milagroso del pasado que solo nos llega una vez al año en el recuerdo, y no asumir el impresionante compromiso de cambio interior y social, religioso y político que exigen sus símbolos?

¿Cómo no se puede entender el lenguaje de los sentimientos que aparece en el relato evangélico, como si la única manera de hablar de un nacimiento fuera registrar el día, mes y año, el lugar y el nombre del nacido y de los padres, tal como se hace en el registro civil en un trámite rutinario? ¿Cómo no expresar tantas emociones, recuerdos, fantasías, sentimientos y proyectos que nos evoca el nacimiento de un hijo?

Una vez más, nadie mejor que una mujer poeta, Ángela Aymerich, para que nos abra los ojos y nos deje volar con nuestra imaginación  y sentimientos, mientras ella evoca el nacimiento de un nuevo ser humano:

Cuando nace un hombre siempre es amanecer

aunque en la alcoba la noche pinte negros cristales.

Cuando nace un hombre hay un olor a pan recién cocido por los pasillos de la casa;
en las paredes, los paisajes huelen a mar y a hierba fresca
y los abuelos del retrato vuelven la cara y se sonríen.

Cuando nace un hombre florecen rosas imprevistas en el jarrón de la consola
y aquellos pájaros bordados en los cojines de la sala silban y cantan como locos.

Cuando nace un hombre todos los muertos de su sangre llegan a verle

y se comprueban en el contorno de su boca.

Cuando nace un hombre hay una estrella detenida al mismo borde del tejado
y en un lejano monte o risco brota un hilillo de agua nueva.

Cuando nace un hombre todas las madres de este mundo sienten calor en su regazo
y hasta los labios de las vírgenes llega un sabor a miel y a beso.

Cuando nace un hombre de los varones brotan chispas,
los viejos ponen ojos graves y los muchachos atestiguan el fuego alegre de sus venas.

Cuando nace un hombre todos tenemos un hermano.

 

2. VIDA ADULTA DE JESÚS

TRANSFORMACIONES DE LOS SÍMBOLOS

En las religiones los símbolos evolucionan, se abren, se desarrollan y se mantienen vivos siempre y cuando la comunidad los reinterprete de acuerdo a nuevas situaciones. En el caso de Jesús, mientras los símbolos del nacimiento aparecen como una primera presentación de su persona, luego se van desarrollando  y enriqueciendo con nuevos símbolos que se reactivan mutuamente. En tanto que otras comunidades y relatores (Marcos, Mateo, Juan y Pablo), interpretan a Jesús según su propia situación cultural e ideología, Lucas continúa profundizando sus símbolos básicos de origen y lo presenta ante todo como un ser profundamente humano.

a-     El símbolo de la humanidad sensible y compasiva de Jesús

Mientras que Pablo pasa por alto y desvaloriza la humanidad de Jesús, Lucas lo presenta como un ser auténticamente humano y profundamente sensible, en consonancia con el relato de la infancia.

Esa personalidad sensible y compasiva es el símbolo del nuevo ser humano que ha nacido, el Hombre Nuevo, el Hombre ideal; imagen, a su vez, del nuevo rostro de Dios Abba, padre de amor.

Repasemos brevemente estos símbolos, mientras indico solamente el capítulo de referencia:

– Se compadece inmediatamente de los enfermos, se inclina sobre ellos, les impone la mano y los cura en forma sencilla (4 y 6); cura a un niño epiléptico y lo devuelve a su padre (9); toca a un leproso y lo cura (5); admira la actitud del centurión romano y cura a su sirviente; se conmueve ante el llanto de la viuda de Naím, toca al féretro, resucita al niño y lo entrega a la madre (7). Ofrece una salud integral del cuerpo y del espíritu, sanando y perdonando los pecados (5 y 11)

– Muy particular es su afectuosa relación con las mujeres a quienes acepta como discípulas (8) y que lo acompañarán valientemente hasta la cruz ( 23); cura a la hemorroísa sin que se lo pida (8); llama a la mujer encorvada desde hacía 18 años y la cura (13) Da vida a la hija adolescente de Jairo, pide que le den de comer y se la entrega al padre (8) En varios de estos casos Jesús devuelve el ejercicio de la femineidad como a la hemorroísa que por su continua menstruación era impura y no podía mantener relaciones sexuales, o dándole la vida a una adolescente que no podía llegar a la madurez femenina.

Por algo, de una mujer recibe el famoso piropo: ¡Feliz el seno que te llevó y los pechos que te amamantaron! (11,27)

– Pecadores y publicanos se acercan para escucharlo (15) Comparte la mesa y el alojamiento o se reúne con las personas de mala reputación y marginadas socialmente, como el publicano Zaqueo y varias prostitutas, ante el escándalo de los piadosos fariseos (7, 8, 19) al punto de ser acusado de comilón y borracho, amigo de publicanos y pecadores, como él mismo recuerda con ironía (7,34)

– Llama a sus discípulos mis amigos (12,4) Se estremece de alegría ante los humildes que comprenden y entran al Reino (10); llora por la ciudad de Jerusalén cuyo desastre final vislumbra (19); siente profunda angustia hasta sudar sangre momentos antes de su captura (22); cura la oreja del sirviente que venía a prenderlo (22); consuela a las  mujeres que se lamentaban en el camino al calvario (23); perdona a quienes lo crucificaban y alienta al zelota que era crucificado con él, antes de expirar dando un fuerte grito de dolor (23)

– La gente lo reconoce como un líder carismático y se reúne en multitudes para seguirlo y escucharlo, aún desde poblaciones limítrofes y en la madrugada, olvidándose de la hora o de la comida (4, 6, 9, 21). Y no ahorra elogios al evaluarlo: es un profeta que trae la visita de Dios, hace cosas increíbles  y habla sabiamente (7)

– Su humanidad aparece con varias características varoniles propias de los grandes profetas: reprende a sus apóstoles (9), denuncia la rapacidad de los ricos opresores (6 y 16 ); discute y ataca duramente a los adversarios que lo hostigan con malicia e hipocresía (11 y 13), trata de zorro al rey Herodes (13) Finalmente enfrenta con gran dignidad y valentía el juicio condenatorio ante el Sanhedrín, Pilato y Herodes.

Y expira  dando un fuerte grito y diciendo: «Padre, en tus manos entrego mi espíritu» (22 y 23)

– Pero también Lucas destaca la interioridad de Jesús, quien se retira a lugares solitarios para meditar y orar aún toda la noche  en contacto íntimo con Dios (5,16 y 6,12)  En todo su evangelio Lucas subraya su filial relación con Dios, cuyo rostro es el de un Padre tierno y feliz que desea la alegría y felicidad de sus hijos a los que cuida solícito, como lo expresa en aquel increíble texto (“increíble” si no se lo lee simbólicamente):

No se inquieten por la vida, pensando qué van a comer, ni por el cuerpo, pensando con qué se van a vestir.  Porque la vida vale más que la comida, y el cuerpo más que el vestido. Fíjense en los pájaros: no siembran ni cosecha, no tienen despensa ni granero, y Dios los alimenta. ¡Cuánto más valen ustedes que los pájaros! ¿Y quién de ustedes, por mucho que se inquiete, puede añadir un instante al tiempo de su vida …

Fíjense en los lirios: no hilan ni tejen; sin embargo, les aseguro que ni Salomón, en el esplendor de su gloria, se vistió como uno de ellos. Si Dios viste así a la hierba, que hoy está en el campo y mañana es echada al fuego, ¡cuánto más hará por ustedes, hombres de poca fe! Tampoco tienen que preocuparse por lo que van a comer o beber; no se inquieten, porque son los paganos de este mundo los que van detrás de esas cosas. El Padre sabe que ustedes las necesitan.

Busquen más bien su Reino, y lo demás se les dará por añadidura. No temas, pequeño Rebaño, porque vuestro Padre ha querido darles el Reino. (12, 24-33)

Para Lucas, Jesús es un profeta laico galileo que jamás pudo entender su misión como una simple tarea religiosa espiritual, desentendiéndose de las implicaciones humanas, políticas y sociales que formaban parte de la esencia tradicional de la historia bíblica y de los profetas. Todo su accionar y predicar se concentra en un gran símbolo generador: el Reino de Dios que ha llegado y está en medio de la humanidad.

b-     El símbolo del Reino de Dios

Jesús anuncia el Reino o soberanía de Dios (“malkuta”) que no es un lugar ni un reino propiamente dicho, sino un símbolo que expresa que el Dios cercano se ha hecho presente en medio de su pueblo para desarrollar una nueva era de justicia, paz, liberación y amor.

Esta es la esencia de su mensaje y de toda su trayectoria, conforme a los símbolos de los orígenes: Jesús recorría las ciudades y los pueblos, predicando y anunciando la Buena Noticia del Reino de Dios (Lc 8,1)

Lo hace por medio de parábolas, destacándose las específicas de la misericordia y compasión (la oveja perdida, la moneda perdida y el padre del hijo dilapidador en Lc 15) que muestran un nuevo rostro o imagen de Dios que ya no juzga según el cumplimiento de leyes o rituales, sino que ofrece su amor compasivo y perdón en forma gratuita a todos los considerados pecadores y malditos según el viejo sistema socio-religioso. Es el Dios Abba, papá, papito, nombre familiar con el que los niños llamaban a su padre.

Otras parábolas utilizan variados símbolos para referirse al Reino, como semilla pequeña que crece, o levadura que lentamente expansiona toda la masa humana; vendimiadores invitados a trabajar en la viña; personas invitadas a las bodas o al banquete del Reino; vigilancia nocturna para no quedar afuera (Lc 8,4-8; 13,18-21; 20,9-19; 14,15-24; 12,35-40) más otras muchas  referidas a actitudes del discípulo.

También lo hace con discursos directos, anunciando la llegada de un nuevo orden religioso, social y político, interior y exterior; de conversión a Dios, un Dios de justicia y liberación, especialmente orientado hacia los pobres, los hambrientos, los pecadores públicos e impuros sociales, las mujeres, los esclavos, enfermos y niños, los endemoniados (enfermos mentales), o sea, hacia las clases sociales más humildes y oprimidas.

Curen a sus enfermos y digan a la gente: «El Reino de Dios está cerca de ustedes» (Lc 10,9)  No temas, pequeño Rebaño, porque el Padre ha querido darles el Reino (Lc 12, 31-32) Reino que hay que pedirlo en la oración (Lc 11,2): Cuando oren, digan: Padre… que venga tu Reino.

Este cumplimiento del designio salvador de Dios que libera al hombre en forma integral es traducido en hechos concretos que son los llamados “milagros” o “signos que realiza Jesús para mostrar que Dios ya está actuando, tanto por medio de las curaciones como por la entrega de alimentos a los hambrientos o el perdón de pecados que implica la inclusión a la comunidad.

Debemos tener en cuenta que las curaciones siempre estuvieron ligadas a lo religioso en el judaísmo, como bendición divina. En la época de Jesús existía un gran movimiento carismático galileo que incluía todo tipo de curaciones y exorcismos. Lo mismo sucedía en el mundo greco-romano, siendo célebre  un contemporáneo de Jesús, de nombre Apolonio de Tiana, famoso por su vida íntegra y espiritualidad, y por sus sanaciones.

Los “signos” del Reino, como los llama Jesús, no son “milagros” en el sentido de hechos fuera de las leyes naturales, sino expresiones de amor y misericordia que preludian la novedad de la presencia de Dios. Los relatores abundan en estos hechos y los magnifican, aún con resurrecciones de muertos, simplemente para expresar simbólicamente la maravilla de la nueva etapa. Y que nadie me pregunte “¿pero qué sucedió realmente?…”

En todos los casos se trata de hechos a favor de los pobres, los enfermos, mujeres y niños, leprosos (la casta más baja de la sociedad); es decir, a favor de los más excluidos y empobrecidos  social y materialmente.

La integralidad de la salvación se ve con gran claridad cuando perdona a un paralítico sus pecados y al mismo tiempo lo cura (Lc 5,17-26) También libera a los endemoniados (epilépticos, enfermos mentales), pues “si por el dedo de Dios expulso a los demonios, es que ha llegado el Reino de Dios” (Lc 11,20).

 

Estos signos-tipo atestiguan la llegada del Reino y la autenticidad de su misión como él mismo les dice a los enviados de Juan el Bautista: Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son curados, los sordos oyen, los muertos resucitan y se anuncia la Buena Noticia a los pobres (Lc 7, 22-23)

Y todo ello en cumplimiento de lo anunciado por Isaías 61, 1-2 y leído por Jesús en la sinagoga de Nazaret:

El Espíritu de Dios está sobre mi, y El me ha enviado para llevar la buena noticia a los pobres, anunciar la libertad a los esclavos y la vista a los ciegos y proclamar un año de perdón… Y esta palabra que acaban de oír, hoy se cumple en ustedes. (Lc 4,16-19).

En todos los casos, el anuncio de la buena noticia de la liberación a los pobres es el símbolo fundamental, describiéndose otras situaciones arquetípicas (esclavos liberados, enfermos curados, perdón de culpas y deudas)

Lo escandaloso de esta soberanía de Dios es que los privilegiados y los llamados al Reino no son los sacerdotes ni los nobles, sabios o piadosos, sino el pueblo sencillo, pecador e inculto, los marginados, considerados por la sociedad como los “malditos”, y los niños (Lc 12,32), o sea, los considerados “poca cosa”. Ya hablamos del lugar especial que ocupan en el proyecto de Jesús las mujeres, aún las más despreciadas, las prostitutas.

En consecuencia: la buena noticia consiste en hechos concretos a favor de la gente necesitada de esa época… no en discursos… Esa es la noticia de que algo nuevo está sucediendo… especialmente a favor de los pobres.  Así fue al principio… ¿y después?… Evangelizar no es repetir frases de Jesús… es construir una sociedad más digna, justa e igualitaria. ¡Esa sí que es una buena noticia!

La síntesis de las bienaventuranzas: el símbolo de la felicidad

El mensaje de la buena noticia del Reino se sintetiza en las bienaventuranzas (Lc 6,20-26) resumidas en la primera: Felices los que ahora son pobres, porque de ustedes es el Reino de Dios.

Las otras: Felices los hambrientos porque serán saciados; los que lloran porque reirán, son ampliadas por Mateo 5,3-12: los que buscan la paz, los que resisten, los misericordiosos, los sinceros de corazón, los perseguidos por practicar la justicia.

 

El concepto es claro: el poder de Dios ahora reivindica y dignifica a los pobres, desclasados y oprimidos por cualquier motivo, gente sin bienes y sufrientes. Dios subvierte el orden actual y crea un nuevo modelo de sociedad. Y a toda esta humanidad de excluidos se los transforma en los incluidos del Reino.

Pero hay algo más (y muy olvidado): un Padre que desea la felicidad de sus hijos… es un padre feliz.

Ese es el rostro del Dios de Jesús, rostro que se manifiesta en todo el evangelio de Lucas: un Dios alegre que proyecta y genera alegría en el origen: en María y los pastores; en los pecadores perdonados, en los enfermos curados y en toda la propuesta del Reino: una nueva humanidad encaminada a ser felices… para reír y disfrutar la vida. Ojalá podamos enterrar al dios del miedo, de la seriedad y del castigo, y comencemos a vivir este símbolo del Dios del gozo, de la alegría y de la felicidad, de la libertad y del amor. ¿Es pedir demasiado? El Reino, lejos de ser una realidad puramente sobrenatural, de otra vida, es algo a realizarse aquí en la tierra, pues ustedes comerán en mi reino… y dispongo del Reino para que ustedes coman y beban en ese Reino (Lc 22,28-30)

Como contrapartida, el Reino también tiene sus excluidos: son los incluidos en un poder político y económico que excluye a los pobres. Jesús se opone abiertamente al modelo de los ricos que amasaron sus fortunas sobre el hambre y el sufrimiento de los pobres: Ay de ustedes los ricos, porque ahora ya tienen su consuelo… los que ahora están hartos y se ríen porque tendrán hambre y llorarán… (Lc  6, 24-25)

Entre ricos opresores y pobres oprimidos hay un “abismo insalvable” como lo expresa la parábola del rico y del pobre Lázaro (Lc 16) pues en definitiva no se puede servir a Dios y al dinero (Lc  16,13)

Fue un mensaje altamente revolucionario que llevó a Jesús a enfrentar la muerte, acusado de sedicioso ante el poder romano. Lamentablemente el cristianismo de los siglos posteriores no fue capaz de mantener esa propuesta, y Jesús fue una y mil veces traicionado por los mismos que decían ser sus discípulos.

 

Del símbolo de la liberación y del Reino al símbolo del Desarrollo Humano Integral y

los Derechos Humanos

Como es bien sabido, en la década de 1960 el simbolismo transformador de Lucas resucita en la llamada Teología de la Liberación que le dio un nuevo perfil al cristianismo de América Latina y África, inspirada en la famosa Encíclica “El Desarrollo de los Pueblos” (Populorum  progressio) del Papa Pablo VI, del año 1967 y seguida de los llamados Documentos de Medellín del Episcopado Latinoamericano en 1968.

La carta papal habla así de las aspiraciones de los hombres:

Verse libres de la miseria, hallar con más seguridad la propia subsistencia, la salud, una ocupación estable;

participar todavía más en las responsabilidades, fuera de toda opresión y al abrigo de situaciones que ofenden su dignidad de hombres; ser más instruidos; en una palabra, hacer, conocer y tener más para ser más: tal es la aspiración de los hombres de hoy, mientras que un gran número de ellos se ven condenados a vivir en condiciones, que hacen ilusorio este legítimo deseo. Por otra parte, los pueblos llegados recientemente a la independencia nacional sienten la necesidad de añadir a esta libertad política un crecimiento autónomo y digno, social no menos que económico, a fin de asegurar a sus ciudadanos su pleno desarrollo humano y ocupar el puesto que les corresponde en el concierto de las naciones…

También enfatiza que El desarrollo no se reduce al simple crecimiento económico. Para ser auténtico debe ser integral, es decir, promover a todos los hombres y a todo el hombre… Lo que cuenta para nosotros es el hombre, cada hombre, cada agrupación de hombres, hasta la humanidad entera.

Nunca antes la Iglesia Católica se había expresado en esos términos que traducen para el siglo 20 y 21 el simbolismo lucano de los orígenes…  y cuyo centro es simplemente el hombre en todo el esplendor de su dignidad.

La inclusión al Desarrollo Integral es total: basta ser hombre o mujer de cualquier región, edad, religión o cultura. Se incluye a cada hombre, cada agrupación humana, toda la humanidad.

El nuevo simbolismo amplía el concepto de liberación e incluye una propuesta para todos los seres humanos y en todas sus dimensiones. Fue un importante salto.

Veinte años después, en 1986, las Naciones Unidas definen al desarrollo en la Declaración sobre el Derecho al Desarrollo: como

Un proceso global económico, social, cultural y político, que tiende al mejoramiento constante del bienestar de toda la población y de todos los individuos sobre la base de su participación activa, libre y significativa en el desarrollo y en la distribución justa de los beneficios que de él se derivan y también enfatiza que

la persona humana es el sujeto central del proceso de desarrollo y que toda política de desarrollo debe por ello considerar al ser humano como participante y beneficiario principal del desarrollo.

Y en el artículo primero declara:   El derecho al desarrollo humano es inalienable, en virtud del cual todo ser humano y todos los pueblos están facultados para participar en un desarrollo económico, social, cultural y político en el que puedan realizarse plenamente todos los derechos humanos y libertades fundamentales, a contribuir a ese desarrollo y a disfrutar de él.

Observamos que el moderno simbolismo del Desarrollo Integral tiene ciertas características fundamentales que lo hacen específicamente “humano e integral”:

–        Es un proceso siempre dinámico y siempre renovado.

–        Su integralidad abarca todos los aspectos y niveles de la vida humana, y no sólo el económico.

–        Todas las personas deben participar activamente  en su elaboración. Esto es algo fundamental, se habla de un ser humano activo, pensante y que toma decisiones.

–        Y, finalmente, participar en sus beneficios sin exclusión alguna.

No hace falta decir que aún estamos muy lejos de haber logrado, y en muchos casos ni iniciado, este proceso integrador que, al menos entre nosotros, se reduce a cierto mejoramiento económico con una espantosa exclusión de la mayoría de la población que de ninguna manera participa activamente ni en la ejecución ni en los beneficios del proyecto.

Baste recordar que según datos de 2013 de Naciones Unidas:

  • 2.800 millones de personas, casi la mitad de la población mundial (6.800 millones), viven en pobreza.
  • El 20% de la población mundial, los más ricos, acapara el 90% de las riquezas.
  • Casi la mitad de la riqueza mundial está en manos de sólo el 1% de la población, y la mitad más pobre de la población mundial posee la misma riqueza que las 85 personas más ricas del mundo.

Porque ni la salvación de Dios, ni la liberación de Jesús ni el desarrollo integral enunciado por Naciones Unidas  (todos procesos en la misma línea simbólica)  se realizarán mágicamente y desde la pasividad obligada de la población. Lo que sí parece suceder en tantos países acostumbrados a ser gobernados por caudillos mesiánicos, dictadores o políticos tan populistas como “neoliberales” que se apoderan y utilizan un pseudo lenguaje liberador para cautivar a los pobres a fin de canjear sus votos con dádivas, es que se “olvida” que el desarrollo es un “derecho inalienable” de los pueblos, y que los gobernantes son elegidos exclusivamente para que el derecho al desarrollo, como el resto de los derechos, sea satisfecho tanto en la participación como en los beneficios. Y los derechos se exigen, no se piden de limosna ni menos se los agradece…

Entre esos derechos, además de la Declaración universal de los derechos humanos (1948) y  del Derecho al Desarrollo (1986), de la Eliminación de la discriminación de la mujer (1979) y Eliminación de la violencia contra la mujer (1993) sobre los que ya hemos hecho comentarios, debemos recordar, entre otros, los

Derechos del Niño (1989)

Derechos de los pueblos indígenas originarios (2007)

Derechos de las personas con discapacidad (2007)

Eliminación  de todas las formas de discriminación racial (1961)

Principios sobre la tolerancia (1995)

Contra la tortura y otros tratos crueles, inhumanos o degradantes (1984)

Al menos desde los documentos, elaborados por personas  de buena voluntad de tantos países, y desde los millones de seres humanos que intentan poner en práctica un ideario imposible en otras épocas, con amor, dedicación, alegría y desinterés… podríamos decir que el Reino de Dios está cerca… dentro de nosotros.

Finalicemos este capítulo aludiendo brevemente a otros símbolos del Reino que desarrollan y transforman los símbolos del origen hasta llevarlos a un final presente en el inconsciente de todas las culturas y religiones.

c-      El pan compartido

Algunas parábolas ya  expresan el simbolismo del Reino como un banquete al que están todos invitados, como cuando Jesús dice que vendrán muchos de Oriente y de Occidente, del Norte y del Sur, a ocupar su lugar en el banquete del Reino de Dios (Lc 13, 29) Ya dijimos que Jesús solía sentarse a la mesa y comer con los considerados pecadores y malditos de la sociedad (publicanos y prostitutas) para expresar hasta el escándalo cuál era su compromiso y el sentido inclusivo del Reino.

También Lucas nos narra un episodio en el que el simbolismo es aún más explícito: Al caer la tarde, se acercaron los Doce y le dijeron: «Despide a la multitud, para que vayan a los pueblos y caseríos de los alrededores en busca de albergue y alimento, porque estamos en un lugar desierto». El les respondió: «Denles de comer ustedes mismos».

Pero ellos dijeron: «No tenemos más que cinco panes y dos pescados, a no ser que vayamos nosotros a comprar alimentos para toda esta gente». Porque eran alrededor de cinco mil hombres. Entonces Jesús les dijo a sus discípulos: «Háganlos sentar en grupos de cincuenta».

Y ellos hicieron sentar a todos. Jesús tomó los cinco panes y los dos pescados y, levantando los ojos al cielo, pronunció sobre ellos la bendición, los partió y los fue entregando a sus discípulos para que los sirvieran a la multitud. Todos comieron hasta saciarse y con lo que sobró se llenaron doce canastas (Lc 9, 10-17)

Se trata de un rico símbolo del nuevo proyecto: la gente está “en un lugar desértico” donde faltan alimentos y recursos. Mientras los discípulos prefieren que cada uno resuelva el problema individualmente, Jesús asume la responsabilidad compartiendo los panes y peces con toda la multitud, cinco mil hombres sin contar mujeres y niños. Y todos comieron hasta saciarse. Cualquiera sea el hecho que haya sucedido en la realidad, el sentido del símbolo es muy significativo para todos los tiempos: Dios se hace presente  con su Reinado allí donde se comparten los bienes con amor y generosidad.

El símbolo de la Cena

Pero el momento culminante de este símbolo del pan compartido tuvo lugar en la última cena de Jesús (Lc 22), comida ritual que conmemoraba la Pascua en que se sacrificaba a Dios un cordero para comerlo después con la familia como signo de comunión.  Jesús se sentó a la mesa con los Apóstoles y les dijo: «He deseado ardientemente comer esta Pascua con ustedes antes de mi Pasión, porque les aseguro que ya no la comeré más hasta que llegue a su pleno cumplimiento en el Reino de Dios». Y tomando una copa, dio gracias y dijo: «Tomen y compártanla entre ustedes. Porque les aseguro que desde ahora no beberé más del fruto de la vid hasta que llegue el Reino de Dios». Luego tomó el pan, dio gracias, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: «Esto es mi Cuerpo, que se entrega por ustedes. Hagan esto en  memoria mía». Después de la cena hizo lo mismo con la copa, diciendo: «Esta copa es la Nueva Alianza sellada con mi Sangre, que se derrama por ustedes.

Varios elementos conforman el símbolo ritual más rico del cristianismo y que constituye su principal acto de culto:

– Hay un deseo ardiente de Jesús de comer esa cena que él mismo relaciona con su próxima pasión y con el banquete del Reino.

– Toma el pan, lo parte y lo comparte con sus discípulos como un signo de su entrega incondicional. Ahora el pan compartido simboliza a su propia persona, su cuerpo (Yo soy como el pan) que se entrega en un acto supremo de amor.

– Lo mismo hace con la copa de vino que comparte, como un símbolo extremo de su sangre que da vida al  nuevo pueblo que nace y por el que está dispuesto a dar la vida.

– Finalmente, les pide a los suyos que mantengan viva esta comida en su nombre y como compromiso con la comunidad a la que se deben en servicio.

– En la misma cena Jesús les entrega, luego que ellos discutieran por un puesto de honor, un nuevo símbolo que comentaremos en el próximo capítulo, servir a la comunidad como quien sirve la mesa.

Desde entonces los cristianos continuaron celebrando su unidad y compromiso de vida mediante estas comidas que, lentamente, fueron configurando el ritual de la llamada “eucaristía” (significa “acción de gracias”) o simplemente “santa cena” o “misa”. A esas comidas alude Pablo, muchos años antes que Lucas, y se queja porque ya había divisiones entre los comensales, pues mientras unos comían opíparamente, otros pasaban hambre: La copa de bendición que bendecimos, ¿no es acaso comunión con la Sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es comunión con el Cuerpo de Cristo? Ya que hay un solo pan, todos nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo Cuerpo, porque participamos de ese único pan (1Cor 10, 16-17). Es la “comunión” de sentimientos y actitudes, de pertenencia al mismo cuerpo social y de solidaridad generosa. Ese es el simbolismo.

Sabemos que estas comidas simbólicas con pan y vino eran comunes en varios cultos del imperio romano y en otras religiones. Aún hoy todos agasajamos a nuestros amigos mediante la participación en una comida, generalmente en nuestra propia casa. Visitando Nepal tuve oportunidad de asistir a un culto a la diosa Cali en el que, al aire libre junto a un arroyo, los devotos de la diosa, representada en un templete por una serpiente, le ofrecían diversos dones, entre ellos un cabrito que luego compartían con sus familiares y amigos. ¿No es acaso el mismo símbolo de la eucaristía?

d-     Morir por una causa

Hoy es imposible, desde el punto de vista histórico, saber a ciencia cierta qué sucedió realmente y cuál fue la secuencia de los hechos que desembocaron finalmente en la muerte de Jesús a manos de los romanos. Nos consta por los relatos posteriores de los cristianos, que esa muerte humillante causó gran decepción y consternación, bien expresada por el mismo Lucas en el capítulo final de su evangelio: Dos discípulos que iban hacia la aldea de Emaús se encuentran con un desconocido al que dicen: Nosotros esperábamos que fuera él quien librara a Israel. Pero a todo esto ya van tres días que sucedieron estas cosas…

Cuando llegaron cerca del pueblo, el desconocido hizo ademán de seguir adelante. Pero ellos le insistieron: «Quédate con nosotros, porque ya es tarde y el día se acaba». El entró y se quedó con ellos. Y estando a la mesa, tomó el pan y pronunció la bendición; luego lo partió y se lo dio. Entonces los ojos de los discípulos se abrieron y lo reconocieron, pero él había desaparecido de su vista.

(Lc 24, 21-31) Curiosamente en este vivaz relato aparece nuevamente el símbolo de la “comida compartida” que les permite a los dos discípulos reconocer a Jesús… Su decepción era grande, pues en consonancia con el evangelio de la Infancia y del accionar de Jesús como adulto, ellos esperaban un libertador político que los liberara del yugo romano.

Esto explica que, en primera instancia, la muerte de Jesús fuera interpretada como el martirio del profeta que muere por su causa, tal como Jesús dijera en un episodio que parece ser verídico, cuando se acercaron algunos fariseos que le dijeron: «Aléjate de aquí, porque Herodes quiere matarte». El les respondió: «Vayan a decir a ese zorro: hoy y mañana expulso a los demonios y realizo curaciones, y al tercer día habré terminado. Pero debo seguir mi camino hoy, mañana y pasado, porque no puede ser que un profeta muera fuera de Jerusalén (Lc 13, 31-33).

Aquella audaz decisión fue la que lo llevó a enfrentar no sólo las amenazas de muerte de Herodes Antipas, rey de Galilea al servicio de Roma, sino todo un camino plagado de peligros y amenazas, tal como lo resume el teólogo Alberto Nolan:

“La existencia de una conspiración es atestiguada por el relato independiente de la misma que podemos ver en los evangelios (Mc l4, 1-2; Mt 26, 3-5; Lc 22, 2) y por el hecho de que, en un determinado momento, Jesús sé convirtió en fugitivo. Tal vez Jesús llegara a saber que tenían intención de detenerle. Poco después del incidente del Templo se escabulló y fue a ocultarse (Jn 8, 59; 10, 39; 12, 36). Ya no podía moverse abiertamente de un lado para otro (Jn 11, 54) y se vio obligado a abandonar Jerusalén y Judea (Jn 7, 1) Pero tampoco estaba seguro en Galilea. Por aquel entonces, también Herodes albergaba contra él un odio mortal (Lc 13, 31). Ya no podía hablar libremente en las aldeas de Galilea (Mc 9, 30). De manera que tuvo que deambular con sus discípulos fuera de Galilea: al otro lado del lago, en las regiones de Tiro y de Sidón, en la Decápolis y en las cercanías de Cesarea de Filipo (Mc 7, 24 y 31: 8, 22 y 27). En un determinado momento regresó al otro lado del río Jordán (Mc 10, 1; Mt 19, 1; Jn 10, 40)”

(Jesús antes del cristianismo ¿Quién es este hombre? Sal Terrae, Santander)

El mismo Lucas nos dice que en aquel juicio condenatorio comenzaron a acusarlo ante Pilato, diciendo: Hemos encontrado a este hombre incitando a nuestro pueblo a la rebelión, impidiéndole pagar los impuestos y pretendiendo ser el rey mesías (23,1-2)

Para la ley romana había dos motivos para la crucifixión: reincidencia de un esclavo en escaparse o subversión contra Roma. Seguramente cuando Jesús enfiló hacia Jerusalén contra el parecer de sus discípulos, sabía o presentía que tendría un solo final coherente con toda su vida: morir por la causa justa que estaba defendiendo y para la que había nacido. Como bien dice el evangelista Juan (13.1) con el sentir de todas las comunidades cristianas: sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que quedaban en el mundo, los amó hasta el fin.

Lo importante no es el sufrimiento por el sufrimiento, como a menudo mal entiende cierta piedad cristiana, sino la entrega total a una causa justa en un compromiso que no duda en dar la vida por aquellos valores que son irrenunciables, sin claudicar en la dignidad aún ante las peores circunstancias. Fue el símbolo de los inicios que se clavó como una espada en el corazón de la madre.

Aquella muerte fue el símbolo final que consagra a los hombres como hitos y luminarias en la historia humana. Es el caso de Sócrates, Espartaco, Giordano Bruno, Gandhi, Luther King, Mandela y tantos otros que jalonan el cielo de la espiritualidad humana en su máxima expresión: enfrentar cárcel, torturas y muerte cruel antes de ser infieles a sí mismos; y morir para que otros tengan vida…

Un símbolo que también se hizo realidad en millones de esclavos y pueblos sometidos, en el holocausto judío y en los centenares de miles de víctimas de las dictaduras que asolaron el suelo sudamericano…

Más sencilla… más sencilla.
Sin barroquismo, sin añadidos ni ornamentos.
Que se vean desnudos los maderos,
desnudos y decididamente rectos.

Los brazos en abrazo hacia la tierra, el mástil disparándose a los cielos.

Que no haya un solo adorno que distraiga este gesto…
este equilibrio humano de los dos mandamientos.
Más sencilla… más sencilla… haz una cruz sencilla, carpintero.
(León Felipe)

 

e-      Renacer a la trascendencia

 

Finalicemos este recorrido con el símbolo que suscita más resistencias en la mentalidad moderna: la resurrección de Jesús. El texto literal es bien conocido: Jesús muerto es depositado en una tumba aquel viernes de tarde, y al amanecer del tercer día (nuestro domingo, primer día de la semana) sus mujeres discípulas encuentran la tumba vacía. Tras momentos de turbación, Jesús se les aparece y lo hace posteriormente a los incrédulos apóstoles. Los cinco relatos que la tradición nos ha legado (Pablo y los cuatro evangelistas) muestran contradicciones irreconciliables que hablan a las claras de diferentes interpretaciones de un suceso misterioso e inexplicable. Una vez más debemos volver a preguntarnos si el relato debe ser entendido al pie de la letra, con todas las contradicciones del caso, o es un antiguo símbolo de una cultura que así expresó el sentido trascendente de la vida.

El sentido de la muerte

Desde los orígenes de la humanidad y de la religiosidad el significado de la muerte fue lo que despertó en los seres humanos el mayor de los interrogantes. Así fue surgiendo la creencia en la existencia de las almas o espíritus de los difuntos y en la necesidad de rendirles cierto culto para mantenerlos propicios, ya que se suponía que seguían viviendo, aunque de otra forma, en medio de la comunidad. De todo ello dan fe numerosos estudios e investigaciones de los antropólogos e historiadores de las religiones.

Misterio de la muerte que suscita temor y esperanza ayer y hoy:

Tengo miedo, Señor, que la tierra hostilice mi carne                                                        

 cuando tierra y más tierra derramen, cubriéndome, toda.                                                       

¡Sentiré tanto frío, tan hondo y feroz desamparo!                                                                                

Haz que al menos la tierra se apiade y me sea propicia;                                                          

 que no ensucie mi cuerpo vencido… ¡Mis manos, mis manos!

Yo no quiero pensar en mis manos cubiertas de tierra.                                                                

Y mis ojos… ¡No quiero, no quiero! ¡qué tristes serían                                                            

estos ojos, que van a las nubes, cubiertos de tierra!

Y la tierra, sin fin, perforando, cayéndome dentro…                                                             

Corazón, no te angusties; espera, vendrán a salvarte.                                                              

Bajarán esos pájaros tuyos que adoras y asistes,                                                                  

 rasgarán con sus alas azules tu negro sudario,                                                                              

y en sus alas azules                                                                                                                         

has de ir sin temor, rescatado, ya libre de tierra;                                                                                             

has de ir como un vuelo infinito.                                                                      

 ¡Aleluya!¡Aleluya!¡Aleluya!  (Ana Inés Bonnin)

Es curioso que los hebreos ignoraron el destino del más allá para sus muertos, a los que suponían vagando en el interior de la tierra en medio de tinieblas (el sheol) y sin esperanzas de una nueva vida. Pero a partir de la influencia de los persas y de la persecución a la que fueran sometidos los judíos por los helenistas (Antíoco) y de la muerte de los mártires, fue surgiendo la idea hacia el siglo II a.C., rechazada por los saduceos, de una resurrección de la muerte; y al ignorar aún la existencia de un alma inmortal de la filosofía griega, entendieron que toda la persona, o sea su “cuerpo”, adquiría nueva vida por la fuerza del espíritu de Dios: Tú, malvado, nos privas de la vida presente, pero el Rey del universo nos resucitará a una vida eterna, ya que nosotros morimos por sus leyes (2 Mac 7,9) Y muchos de los que duermen en el suelo polvoriento se despertarán, unos para la vida eterna, y otros para el horror eterno (Daniel 12,2)

Por otra parte, la creencia en dioses o héroes míticos que mueren y resucitan (a imagen del sol en su transcurso cósmico) es relativamente común en los pueblos antiguos, entre ellos Osiris, en Egipto, o Mitra, el dios que competía con Jesús en el imperio romano.

Simbolismo de la Resurrección

El primer día de la semana, al amanecer, las mujeres fueron al sepulcro con los perfumes que habían preparado. Ellas encontraron removida la piedra del sepulcro y entraron, pero no hallaron el cuerpo del Señor Jesús. Mientras estaban desconcertadas, se les aparecieron dos hombres con vestiduras deslumbrantes. Como las mujeres, llenas de temor, no se atrevían a levantar la vista del suelo, ellos les preguntaron: «¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado…  Cuando regresaron del sepulcro, refirieron esto a los Once y a todos los demás. Eran María Magdalena, Juana y María, la madre de Santiago, y las demás mujeres que las acompañaban. Ellas contaron todo a los Apóstoles, pero a ellos les pareció que deliraban y no les creyeron… Jesús se apareció en medio de ellos y les dijo: «La paz esté con ustedes». Atónitos y llenos de temor, creían ver un espíritu, pero Jesús les preguntó: «¿Por qué están turbados y se les presentan esas dudas? Miren mis manos y mis pies, soy yo mismo. Tóquenme y vean. Un espíritu no tiene carne ni huesos, como ven que yo tengo». Y diciendo esto, les mostró sus manos y sus pies. Era tal la alegría y la admiración de los discípulos, que se resistían a creer.

Pero Jesús les preguntó: «¿Tienen aquí algo para comer?». Ellos le presentaron un trozo de pescado asado; él lo tomó y lo comió delante de todos.  Ustedes son testigos de todo esto. Y yo les enviaré lo que mi Padre les ha prometido. Permanezcan en la ciudad, hasta que sean revestidos con la fuerza que viene de lo alto».

 

Siguiendo exclusivamente el relato de Lucas en el capítulo 24 y final de su evangelio observamos lo siguiente:

– El relato se inicia con la frase el primer día de la semana, clara alusión a una semana de la nueva creación que se ha inaugurado con la misma fuerza del espíritu que aleteaba sobre las aguas primigenias y sobre María. Se sugiere, pues, una resurrección que llega a toda la humanidad como vida nueva.

– El sepulcro vacío, que aparece en todos los relatos, es el más típico símbolo de que allí no está Jesús, quien ya no vive como antes, pues ahora es una presencia diferente, ha renacido.

El sepulcro vacío es el nuevo útero de la madre tierra del que se levanta (re-surge) y eleva el hombre nuevo, aspiración máxima del espíritu humano, de las religiones y de toda espiritualidad.  De esta manera el símbolo original del útero de María y de la cueva de Belén se enlaza con la cueva del sepulcro.

También el hombre nuevo es una aspiración secular desde el Renacimiento hasta los mitos del hombre nuevo del socialismo y de la posmodernidad omnipotente.

– Como en el evangelio de los orígenes aparecen los mensajeros divinos que explican el sentido de lo que está sucediendo: ¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado.

Hay gente que vive entre los muertos y que aún no ha descubierto el mensaje de resucitar a una nueva forma de vivir; hay estructuras de muerte del espíritu que domestican y adormecen a millones de seres humanos en un mundo de sombras. Y cuánta muerte vemos hoy en nuestro mundo, muerte de los cuerpos y muerte de los espíritus, de los sentimientos y de los valores…

– Mientras que las mujeres que amaban a Jesús pueden  creer en el nuevo mensaje, los apóstoles desde su razón y celos no aceptan el testimonio femenino. El sentido es claro: sólo desde el amor se puede renacer a una vida nueva. El amor engendra hombres nuevos como también engendra la primera vida.

– El resucitado, el hombre regenerado, se expresa en un don: La paz esté con ustedes. Es el mismo símbolo anunciado por los ángeles a los pastores de Belén. Donde la gente busca y lucha por la paz, allí está Dios y se manifiesta en Jesús. La paz es la nueva vida que la humanidad no pudo conquistar hasta el día de hoy. La paz es el signo más evidente de que la liberación total ya es un hecho.

– Los apóstoles, como los pastores de Belén,  se quedaron  atónitos y llenos de temor, pero Jesús les dijo: Miren mis manos y mis pies, soy yo mismo. Tóquenme y vean. El símbolo de “tocarlo” indica que él está tan vivo en medio de ellos desde el amoroso recuerdo, el testimonio de vida nueva  y la vivencia de su propuesta, como si tuviera un cuerpo real. Todas las culturas viven la presencia de sus fundadores y héroes, vida que se prolonga en el compromiso de las comunidades.

– Esta presencia se la siente en una emoción similar a la de Belén: Era tal la alegría y la admiración de los discípulos, que se resistían a creer. La presencia invisible de las personas amadas y de lo nuevo nos produce una alegría serena, otro gran símbolo de los nuevos tiempos. Ya Jesús en las Bienaventuranzas del Reino introduce cada una de ellas con la palabra “felices”… los que antes estaban tristes y angustiados, hambrientos y oprimidos ahora son felices al gozar la experiencia de un mundo nuevo…

– Jesús  nuevamente come con los suyos: la comida fraterna donde se comparte la vida, es el mejor signo de la presencia de Jesús y de su espíritu en la comunidad. Se reitera un símbolo que siempre cuesta vivirlo en la práctica: compartir los bienes para que no haya excluidos.

– Por último, la no presencia física de Jesús significa que ahora son sus discípulos los testigos y anunciadores del nuevo mensaje con la fuerza del Espíritu. Ha comenzado una nueva etapa con la Iglesia o comunidad de Jesús: el mismo Lucas en su segundo libro “Hechos de los Apóstoles” reseña los primeros pasos, de la mano de Pedro y Pablo.

Observamos  cómo Lucas inicia y finaliza su evangelio con dos relatos profundamente míticos y simbólicos, y muy conectados entre sí. En uno, nos da cuenta del nacimiento de Jesús, el hombre nuevo; en el otro, de su final en un nuevo nacimiento, la trascendencia. En ambos casos los personajes humanos no entienden lo que está sucediendo y se sienten llenos de turbación y temor; entonces aparecen los mensajeros divinos que les dan el sentido espiritual de esto nuevo que tanto asombro causa, y les devuelven la alegría.

Este conjunto de símbolos, recreación y transformación de otros ya conocidos pero siempre con nuevos significados, nos interroga hoy a nosotros sobre lo que llamamos “el sentido de la vida”, esencia misma de toda espiritualidad humana o religiosa.

En nosotros está encontrar la respuesta a una pregunta clave: ¿Es trascendente nuestra vida, incluso más allá de la muerte? ¿Hay otras formas de trascendencia, aún en esta vida terrestre?

 

Somos como un caballo sin memoria.

Somos como un caballo que, no se acuerda ya de la última valla que ha saltado.

Venimos corriendo y corriendo por una larga pista de siglos y obstáculos.

De vez en vez, la muerte.…¡el salto!

Y nadie sabe cuántas veces hemos saltado para llegar aquí, ni cuántas saltaremos todavía

para llegar a Dios que está sentado al final de la carrera…esperándonos.

Lloramos y corremos, caemos y giramos,

vamos de tumbo en tumba dando brincos y vueltas entre pañales y sudarios.

(León Felipe)

 

Concluyendo

Finalizamos así este capítulo cuyo objetivo fue tratar de entender que es posible  re-interpretar desde nuestra cultura, necesidades  y categorías mentales el lenguaje religioso que nos llega por antiguos símbolos. Por eso, el mito de origen que fue interpretado desde otra cultura y forma de pensar,  no es un dogma o verdad absoluta para todos los tiempos y seres humanos, sino que es la bella oportunidad para que ahondemos en su rico simbolismo y descubramos nuevos y actuales mensajes.

Solamente hemos registrado algunos símbolos que podemos llamar “ejemplares” siguiendo exclusivamente un relato que nos presentó su punto de vista sobre Jesús. Pero hay tantos rostros de Jesús como comunidades que lo sienten, viven y experimentan, pues su rostro es el espejo en el que millones de seres humanos intentan reflejarse.

Y como ya lo dijéramos varias veces, esos múltiples símbolos más que hablar del personaje histórico llamado Jesús, hablan de nosotros mismos que hacemos en la vida un recorrido similar. Por eso en el centro de nuestra preocupación está siempre el Hombre, varón y mujer, quien tiene por delante la larga y hermosa tarea de descubrirse a sí mismo y encontrar un sentido a su vida en comunión con otros seres humanos y con todo el universo.

Por lo tanto, todos nuestros puntos de vista, nuestras percepciones e interpretaciones de la realidad son y serán siempre “subjetivos” porque nacen de nuestra mirada interior. Porque siempre que los cristianos hablan de los símbolos de Jesús, están hablando de ellos mismos. Jesús es el arquetipo que condensa todas sus aspiraciones. Los símbolos son el mejor lenguaje de esa mirada tan racional como emotiva, tan cierta para nosotros como respetuosa de otras miradas que también son subjetivas, racionales y emotivas. Los símbolos abren nuestro espíritu.

Como bien dice el poeta A. Machado:

 

Si vino la primavera,

volad a las flores;

no chupéis cera.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *