Formación laical del espíritu humano. S Benetti

ELEMENTOS PARA UNA FORMACIÓN LAICAL  DEL ESPÍRITU

 Santos Benetti

Tradicionalmente la formación ética dependió de la religión, y mucho más la formación espiritual o espiritualidad tan íntimamente ligada a lo religioso.
Si aún cuesta entender que hay una ética puramente humana y laical, como lo vimos en el punto anterior, mucho más cuesta entender que la espiritualidad sea una dimensión humana que no tiene necesariamente connotaciones religiosas, aunque puede tenerla.
El problema educativo es que en la mayoría de las escuelas no se hace educación ética y mucho menos se tiene idea de la necesidad de una educación del “espíritu humano” en su máxima dimensión. Por eso es importante que aclaremos, en primer lugar, los términos que utilizamos.

Concepto de espíritu y de espiritualidad

Tradicionalmente la palabra espíritu o espiritual alude a lo opuesto a lo corporal, a una dimensión fuera o más allá de este mundo, espíritu cuya máxima expresión es Dios o alguna divinidad o ser totalmente espiritual (el “alma”, por ejemplo).
Y por lo mismo, espiritualidad es casi sinónimo de religiosidad, de dedicación a la “vida religiosa” separada de lo mundano, en un clima de actos cultuales, oración y vigilancia sobre instintos y sentimientos o abstención de la sexualidad.

Pero hoy muchos entendemos que en realidad “el espíritu” no está opuesto a lo corporal, sino que representa la esencia más profunda del ser humano, sabiendo además que hablamos de un ser humano integral que armoniza todos sus componentes, siendo el espíritu como la expresión o energía más profunda del ser.

Por lo tanto la espiritualidad es ante que nada una experiencia que consiste en grandes sentimientos que impulsan  una búsqueda en lo más profundo y absoluto de uno mismo, de una manera de vivir en armonía consigo mismo y con los otros, con la naturaleza y con el cosmos.
Experiencia de moldearnos en la unidad interior y en el amor, en el asombro y en la búsqueda.
Y en ese sentimiento profundo de ser y estar, de crecer e integrarse a la energía del Universo, energía que también a nosotros nos dio y nos da vida, en ese Sentimiento descubrimos lo más profundo que hay en nosotros.

Y a eso “profundo”, a ese nivel máximo de sentir la vida, a ese gozo y asombro supremo, lo llamamos “experiencia espiritual”.
Y es una experiencia única de cada ser humano.
La espiritualidad sería la dimensión máxima del vivir humano, su forma más exquisita y total, y reflejaría el sentido total de la vida, de la vida real aquí y en este espacio cósmico.
Por eso hay autores como Corbí que hablan de la “calidad humana” en su máxima expresión, evitando el uso de la palabra espiritualidad que puede resultar confuso y que en realidad en nuestra cultura lo es.

Como bien lo explica Leonardo Boff
“el espíritu no es una sustancia, sino el modo de ser propio del ser humano, cuya esencia es la libertad. Seguramente somos seres de libertad porque plasmamos la vida y el mundo, pero el espíritu no es exclusivo del ser humano ni puede ser desconectado del proceso evolutivo.
Pertenece al cuadro cosmológico. Es la expresión más alta de la vida, sustentada a su vez por el resto del universo. La concepción contemporánea, fruto de la nueva cosmología, dice: el espíritu posee la misma antigüedad que el universo.
Antes de estar en nosotros está en el cosmos. Espíritu es la capacidad de inter-relación que todas las cosas guardan entre sí. Forma urdimbres relacionales cada vez más complejas, generando unidades siempre más altas.
La diferencia entre el espíritu de la montaña y el del ser humano no es de principio sino de grado.
El principio funciona en ambos, pero de forma diferente.
La singularidad del espíritu humano es ser reflexivo y autoconsciente”.
El espíritu, por tanto, es la esencia misma del cosmos y especialmente de la vida donde se manifiesta en toda su riqueza, llegando en el hombre a ser conciencia y libertad.

Para  Amando Robles
“si la espiritualidad es la realización más grande y total a la que podemos aspirar como seres humanos, entonces como seres humanos queremos ser espirituales, queremos para nosotros tal tipo de realización…
La espiritualidad es la experiencia de lo absoluto que es todo, el universo entero, los otros y nosotros, hecha desde el absoluto de nuestro ser. Tan absoluto que nada queda por fuera, que no hay ni fuera ni adentro, interior ni exterior, sujeto ni objeto, necesidad ni deseo …
En fin, es una transformación total de nuestro sentir y pensar la realidad y, por tanto, de la realidad misma. Es un percibirla, sentirla, pensarla y vivirla como en sí misma es…
En el fondo, es una realidad humana, no especial ni especializada, laical, no religiosa.
Nada sobrenatural, sagrada o divina. Porque no son los referentes religiosos los que la hacen última, plena y total, sino la calidad humana” (Espiritualidad: el nuevo desafío)

Para José María Vigil
“«espiritualidad» es esa dimensión profunda del ser humano, que, en medio incluso de la corporalidad y la materialidad, transciende las dimensiones más superficiales y constituye el corazón de una vida humana con sentido, con pasión, con veneración de la realidad y de la Realidad: con Espíritu… No es nada contrapuesto al cuerpo ni a la materia, ni a la vida corporal, sino lo que los inhabita y les da fuerza, vida, sentido, pasión.
La realización plena del ser humano, su apertura a la naturaleza, a la sociedad, a la contemplación del misterio… su realización espiritual, en una palabra, es una realidad plenamente humana y plenamente natural, y absolutamente ligada a todo ser humano.
No hace falta ser «religioso» para atender a la propia realización espiritual, ni hace falta pertenecer a una determinada religión. Basta ser un ser humano íntegro y reivindicar la plenitud de las propias posibilidades humanas.
La espiritualidad es pues una cuestión netamente laica. La espiritualidad está tan identificada con el mismo ser profundo de la persona, que espiritualidad viene a ser la calidad humana.

Y cultivar la espiritualidad será lo mismo que cultivar la calidad humana.
Marià Corbí llega a formular el núcleo de todo método de cultivo de la espiritualidad como IDS: interés, desapego y silenciamiento, una formulación liberada de toda connotación «religiosa»
(En La coyuntura actual de la espiritualidad ).

Que la espiritualidad es una característica del ser humano lo afirma el bioneurólogo AntonioDamasio en “Neurobiología de la emoción y los sentimientos”:

“En primer lugar, yo asimilo la idea de lo espiritual a una intensa experiencia de armonía, al sentido de que el organismo está funcionando con la mayor perfección posible. La experiencia se despliega en asociación con el deseo de actuar hacia los otros con amabilidad y generosidad.
Concebido de esta manera, lo espiritual es un índice del esquema de organización que hay detrás de una vida que está bien equilibrada, bien templada y bien intencionada.
Se podría aventurar que, quizá, lo espiritual sea una revelación parcial del impulso en marcha que hay tras la vida en algún estado de perfección. Si los sentimientos dan testimonio del estado del proceso vital, los sentimientos espirituales excavan bajo dicho testimonio, profundamente en la substancia de la vida. Forman la base de una intuición del proceso de la vida.

En segundo lugar, las experiencias espirituales son humanamente nutricias. Creo que el filósofo Spinoza acertó de pleno en su visión de que la alegría y sus variantes conducen a una mayor perfección funcional…

En tercer lugar, tenemos la capacidad de evocar experiencias espirituales. La oración y los rituales, en el contexto de una narración religiosa, están destinados a producir experiencias espirituales, pero hay otras fuentes.
A veces se dice que la superficialidad y el mercantilismo de nuestra época han hecho que sea muy difícil alcanzar lo espiritual, como si los medios para inducir lo espiritual faltara o se hubieran hecho escasos. Creo que esto no es totalmente cierto. Vivimos rodeados de estímulos capaces de evocar la espiritualidad, aunque su prominencia y efectividad se vean disminuídos por la barahúnda de nuestro ambiente y por la falta de marcos de referencia sistemáticos dentro de los cuales su acción pueda ser efectiva.

La contemplación de la naturaleza, la reflexión sobre los descubrimientos científicos y la experiencia del gran arte, pueden ser, en el contexto apropiado, efectivos estímulos emocionalmente competentes tras lo espiritual…Es claro, sin embargo, que el tipo de experiencias espirituales a las que aludo, no son equivalentes a una religión”.

Por su parte, el biólogo chileno Humberto Maturana nos dice:

El fenómeno espiritual es un estado de conciencia, un modo de vivir una cierta dinámica de relación más o menos abarcadora de las distintas dimensiones del vivir humano.
Una experiencia de esa clase tiene consecuencias en todas las dimensiones del hacer y del relacionarse, y por esto es transformadora. Esta clase de experiencias nos pasan, y es bueno vivirlas en su legitimidad.
Otra cosa es explicarlas. Las experiencias espirituales son frecuentes y de distinta magnitud, y por sí mismas unen, no separan a los seres humanos. Las explicaciones constituyen la fuente de disensión y disputa en relación a lo espiritual pues es en el explicar donde surgen las ideologías con la apropiación de la verdad explicativa.

Y es en relación con la explicación que yo digo que la biología es fundamental por dos razones: primero, porque permite hacerlo desligándonos de cualquier ideología al llevarnos a mirar los fenómenos que dan origen a tal experiencia sin contenerla ni negarla; y segundo, porque en la medida que nos libera de lo ideológico no nos hace poseedores de la verdad y no nos lleva a contradicción en nuestro vivir en la biología del amor al permitirnos vivirlas sin exigencias hacia los otros.

¿Qué diferencia hay entre el ser religioso y el ser místico o espiritual?

Lo místico o espiritual corresponde a un estado de conciencia, lo religioso a un modo de vivir en comunidad.
La experiencia mística o espiritual es una experiencia de pertenencia en un ámbito más amplio que el personal. Con la experiencia mística se vive la unidad con otros seres, sin preguntas ni exigencias, simplemente como un hecho.
Lo religioso, en cambio, aparece con el establecimiento de un borde de legitimidad y exclusión para un cierto dominio de experiencias que tienen su origen en una experiencia mística.
La religión surge con la apropiación de una explicación particular de una experiencia mística, y con su transformación en un dominio de exigencias y de exclusión.
Todas las religiones surgen así, y una de las grandes fuentes de sufrimiento humano resulta de la confusión de lo místico o lo espiritual con lo religioso.
La experiencia mística es intransferible y no puede ser esgrimida como verdad… cuando eso pasa, surge la religión. El relato de una experiencia mística seduce e invita, una afirmación religiosa exige y ordena” (El sentido de lo humano).

Características de la espiritualidad

La espiritualidad como máxima dimensión de la vida humana tiene varias características, algunas ya expresadas en los conceptos anteriores. Ella aparece como muy ligada a la Ética, según conceptos expresados en el punto anterior, pero sería como la quintaesencia de la vida y de la ética. Señalamos estas características que diversos autores indican:

1. Conciencia y reflexión.

Se trata de vivir no solamente “a conciencia” en el sentido ético sino “con conciencia” de todo lo que implica ser una persona humana: conciencia de lo que somos, de donde venimos, de nuestra relación íntima con el cosmos, de nuestra pertenencia a la familia biológica de plantas y animales, de nuestro ser social, de nuestra responsabilidad en este planeta, de nuestros derechos a desarrollarnos plenamente, de nuestras cualidades y potencialidades.
Sentir que somos “la conciencia del universo”, los que le damos forma, color y sonido.

La reflexión es la gran capacidad humana que nos distingue de otros seres y que constituye una cualidad esencial de nuestro espíritu. Reflexión como tarea propia y creativa de cada uno, reflexión activa y no solamente receptiva de las reflexiones y enunciados de los otros.
Reflexión crítica y constructiva que nos da identidad, que nos lleva a sentir y pensar lo que somos y a sentir y hacer lo que pensamos.
Se comprende, entonces, qué hermosa tarea tiene la escuela en este proceso de generar conciencia a través de la reflexión creativa.

2. Libertad.

– Es la otra gran cualidad del espíritu humano, tema sobre el que ya hemos reflexionado. Una libertad total desde uno mismo con capacidad de sentir libremente lo que sentimos, pensar y expresarnos libremente, y actuar en coherencia eligiendo los medios para alcanzar nuestros fines y objetivos, sin dañar a los otros..
Una libertad orientada a la vida, a la propia salud y bienestar y al bienestar de los otros seres humanos.
Libertad por medio de la cual nos construimos a nosotros mismos y elegimos nuestro destino histórico.
Hasta tanto no nos sintamos plenamente libres para vivir en armonía con nosotros y con nuestros semejantes no podemos decir que vivimos la esencia del espíritu humano.

Es evidente que en nuestra educación hemos descuidado este aspecto fundamental del espíritu humano, y nada digamos en el plano social y político con su tendencia constante a dominar a los otros y cercenar sus libertades, tanto en el pensar como en el expresarse.
Educación, política y religión de “pensamiento único”, de ideologías dominantes y de dogmas preestablecidos.

– La libertad del espíritu es también liberación de todas aquellas condiciones que oprimen al ser humano y que bien detalla Juan José Tamayo en “Espiritualidad y respeto a la diversidad”:

. la liberación de nuestra riqueza y bienestar sobreabundantes y la opción por una cultura del compartir;
. la liberación de nuestro consumo, en el que terminamos por consumirnos a nosotros mismos, y la opción por la austeridad;
. la liberación de nuestra prepotencia, que nos hace fuertes ante los demás, pero impotentes ante nosotros mismos, y la opción por la virtud que se afirma en la debilidad;
. la liberación de nuestro dominio sobre los otros, a quienes tratamos como objetivos de uso y disfrute, y sobre la naturaleza, de quienes nos apropiamos como si se tratara de un bien sin dueño, y la opción por unas relaciones simétricas y no opresivas;
. la liberación de nuestra apatía ante el dolor humano, y la opción por la misericordia con las personas que sufren;
. la liberación de nuestra supuesta inocencia ética, de nuestra falsa neutralidad política y de nuestra tendencia a lavarnos las manos ante los problemas del mundo, y la opción por el compromiso en la vida política, en los movimientos sociales y en las organizaciones no gubernamentales;
. la liberación de nuestra mentalidad patriarcal y machista, y la opción por la igualdad, no clónica, de hombres y mujeres.
. la liberación de todo poder opresor y
. la liberación de nuestra tendencia excluyente, y la opción por un mundo donde quepamos todos y todas.
. la liberación de espiritualismos evasivos y la opción por la “santidad política”, como reclamara Dietrich Bonhoeffer en sus cartas desde la prisión.
. la opción por las virtudes que no tienen que ver con el dominio, como son: la amistad, el diálogo, la convivencia, el goce de la vida, el disfrute, la gratuidad, la solidaridad, la compasión, la proximidad, el d desasimiento, la contemplación, en una palabra, la fraternidad”

Mucho se ha hablado en otras décadas de la “educación liberadora”. Es hora de volver a ese concepto y de ponerlo en práctica. Lo mismo dígase de la “teología de la liberación” que fue una primavera de espiritualidad especialmente en América Latina.

3. Aceptación de la condición humana y vivencia plena de todos sus componentes

El espíritu humano, conciente y libre, no solo renuncia a toda dependencia que lo infantiliza sino que acepta maduramente esta condición humana, que es la única condición humana que tenemos en este universo, en esta tierra y en esta vida.
El espíritu no se evade ni se escapa de esta condición, que si tiene elementos satisfactorios, también supone luchar ante tantas contrariedades, fracasar muchas veces, enfermarse física o psíquicamente, sufrir persecuciones, guerras opresivas o catástrofes naturales, en fin enfrentar un día a la muerte.
El espíritu humano frente a las contrariedades no lo busca a Dios como culpable, como se hace generalmente, ni reniega de su condición humana sino que asume esta vida tal cual es y con todos sus riesgos.
Grandes personajes “espirituales” de la historia han dado testimonio de esta característica del espíritu humano que no se doblega ante las contrariedades ni pierde la esperanza y la dignidad aún en situaciones extremas de sufrimiento.

Por eso, desde el nivel positivo, vivir la profundidad del espíritu humano es vivir plenamentetodas las dimensiones del ser humano integral.
Es vivir y disfrutar el presente sin exigencias de tiempos, de cosas, de proyectos. Simplemente vivirlas no dando valor absoluto a nada de lo que nos rodea. Dejarse vivir con serenidad, con confianza, con desapego…

Lejos de huir de esta real condición humana, se trata de vivir y disfrutar la realidad del cuerpo y de la sexualidad, de los sentimientos y de las relaciones sociales, del quehacer político y profesional o laboral.
No es una espiritualidad evasiva y escapista del mundo, sino de un espíritu dinámico y creativo que no rehúye ninguna de sus responsabilidades humanas sino que las lleva a su más elevada realización.

Este vivir espiritualmente implica, por ejemplo:

– Disfrutar del ambiente familiar o educativo, aprovechando al máximo esa experiencia llena de afectos y sentimientos, como también de aprendizajes.
– Aprender con entusiasmo, con asombro, con ganas de crecer, con alegría, con vínculos positivos.
– Disfrutar del cuerpo y de la sexualidad integral, del encuentro con el otro en el amor, en la ternura y en la plena comunicación.
Disfrutar y hacer disfrutar al otro, dejarse amar y expresar el amor, recibir y dar, integrarse con las cualidades del otro, fundirse en una plena unidad.
Al mismo tiempo, controlar y canalizar positivamente los actos de egoísmos, celos y rivalidades que nos destruyen y destruyen al otro y al vínculo.
– Integrar nuestros aspectos masculinos y femeninos, armonizar con varones y mujeres, eliminar factores distorsionantes del vínculo y elementos de dominación.
Reconocer el valor de lo femenino y de lo masculino como aspectos de un mismo ser humano integrado y no como opuestos.
– Integrarse socialmente en la comunidad, relacionarse armónicamente con todos sin discriminaciones, comprometerse con el bien común y ejercer la solidaridad según nuestra propia situación.
Es en esta integración social donde las virtudes y los valores (amor, justicia, paz, solidaridad, etc.) adquieren verdadero sentido. Vivir la gratitud hacia una comunidad que nos dio la vida y nos sostiene; gratitud que se traduce en un compromiso por devolver solidaridad, justicia y crecimiento en paz.
– Desarrollarse lo más plenamente posible en todos los planos: mental y corpóreo, racional y de sentimientos, cultura, economía, arte, técnica, valores.

– En definitiva, vivir espiritualmente es armonizarse interiormente con todos los elementos humanos, armonizar socialmente con toda la humanidad y armonizar con el cosmos y con el medio ambiente, origen de nuestra vida y alimento de la misma.
O sea, armonía de la Unidad Total, armonía del Todo.

4.Diálogo con los otros y con todas las culturas y espiritualidades

El espíritu humano no es autosuficiente ni excluyente.
Muy al contrario, se abre a los otros “yoes” y se integra y aprende con ellos, conservando siempre su identidad y respetando la identidad de los demás.
Esta apertura no conoce fronteras, pues el espíritu humano se expresa de mil formas en todas las culturas, religiones, filosofías y estilos de vida.
Por eso la formación del espíritu tiene una dimensión “ecuménica”, o sea, abierta a toda la casa (oikos) humana, a toda nuestra gran familia.

Mientras se rechaza la pretensión de imponer la propia espiritualidad sobre las otras, se aprende de tantas formas de vivir profundamente el espíritu humano.
Hoy la globalización y los medios de comunicación social (Internet) nos permiten conocer a las otras culturas y religiones (budista, hindú, islámica, judía, cristianas, aborígenes) y aprender de su milenaria sabiduría, en muchos casos, muy superiores a la nuestra o con facetas nuevas para nosotros.

Basta pensar en la capacidad de meditación de las culturas orientales, una meditación tan necesaria hoy en un estilo de vida volcado hacia el exterior, y tan necesaria para el encuentro y la armonía con uno mismo.
Es increíble, pero en nuestras escuelas y en nuestros lugares de culto no se medita ni se sabe hacerlo. El espíritu humano necesita este equilibrio entre la exterioridad y la interioridad, entre el ruido y el silencio, entre el afuera y el adentro, entre la tensión y la relajación.

5. En definitiva, buscar el sentido integral de la vida en una constante apertura.

El espíritu humano, fruto de una larga evolución de casi quince mil millones de años, está siempre abierto en una constante búsqueda del sentido del universo y de la propia existencia.
Cada ser humano tiene el derecho y el deber de buscar ese sentido, ese significado profundo e integral de lo que significa estar en el mundo y vivir en él.
Nadie puede imponer su sentido a otro; cada uno lo busca desde sus propias circunstancias (sexo, edad, profesión, cultura…) y ese sentido lo identifica como “esa persona”.

Por eso comenzamos hablando de la conciencia y del vivir con conciencia, no como piedras ni como cucarachas sino con toda la riqueza que implica el ser un hombre-mujer en toda plenitud.
Estamos integrados al Universo y somos hijos de una madre cósmica que tardó 15 mil millones de años en parirnos.
Seamos dignos de esa madre que nos tiene como su obra más perfecta y como la conciencia de sí misma.
Nadie abarcará jamás el sentido del universo y de la vida e historia humanas, que siempre aparecen con su halo de misterio provocando tanto asombro y esperanzas como dudas y confusión.
Ese sentido jamás se cierra pues cada ser humano lo abre y lo vuelve a abrir según muchas circunstancias de su vida, sea cuando vive felizmente como cuando le sucede una desgracia, sea cuando nace o cuando se acerca a la muerte.
Y esta incertidumbre sobre todo de nuestro final (especialmente después de la muerte) es lo que le da a la existencia humana es sensación de angustia pero también de esperanza.

Qué gran tarea tiene la educación cuando hoy la sociedad de consumo está ahogando al espíritu humano y le ofrece metas y sentidos efímeros y de muy baja calidad.

“Sentido” indica significado, pero también “dirección”… buscar la salida, el éxodo, la apertura del túnel en el que nos encontramos.
¡Cuántos adolescentes y jóvenes terminan sus estudios sin haberse preguntado jamás por el sentido de sus vidas y transcurren los días llenándose de ruidos y actividades que no tienen proyecto ni dirección!

Espiritualidad, religiosidad y religión

Estas tres palabras tradicionalmente al menos en Occidente tienen un significado casi similar e inclusivo.
Se suponía que “la religiosidad de la Religión organizada institucionalmente” (o Iglesia) era la única forma de tener y vivir la espiritualidad.
Lo primero era la religión en la cual uno nacía y se formaba; esa religión nos daba una sola forma de ser religiosos y espirituales.
Por lo tanto, la espiritualidad era un subproducto de la religión, como lo era la religiosidad.
Hoy sabemos que incluso las grandes religiones no tienen más de cinco mil años, existiendo antes muchas formas de religiosidad y de sentimientos religiosos tal como hoy mismo sucede en muchos pueblos aborígenes.

Queda claro que la espiritualidad o la vivencia del espíritu humano (la calidad máxima del ser humano) es lo primero pues se trata de una necesidad de todo ser humano, pertenezca a cualquier cultura o religión o a ninguna.
La religiosidad (una religación a algo “superior” o sagrado) y la religión institucionalmente organizada aparecen como formas determinadas de espiritualidad en cada cultura en íntima relación con el plano social y político de cada pueblo. Las religiones son formas culturales locales de cierta espiritualidad que incluye la religiosidad.

Por eso entendemos que en las escuelas del Estado no confesional (como sucede en Occidente) es necesaria la formación de la espiritualidad laical (simplemente humana), totalmente posible y necesaria, y sin connotaciones religiosas.
Lamentablemente hasta ahora es muy poco o casi nada lo que se está haciendo, y esta falta de formación del espíritu es la gran deuda pendiente de nuestra educación, junto a la formación ética.

Al mismo tiempo hay que reconocer y aceptar que la gran mayoría de los seres humanos desde tiempos remotos vivió y vive su espiritualidad entrelazada con sentimientos religiosos o con vivencias en alguna religión concreta.
Se trata de un derecho reconocido por Naciones Unidas en los Derechos Universales, derecho que puede ser ejercido por las comunidades religiosas o por cada ser humano individualmente.
Por tanto, entendemos que las escuelas confesionales tienen derecho a desarrollar una espiritualidad conforme a su orientación religiosa, siempre y cuando esa espiritualidad respete las características del ser humano como ser autónomo, libre, reflexivo, creativo, participativo, etc.

Mientras que la pedagogía como ciencia autónoma “prescinde metodológicamente” de Dios y deja esa preocupación para el campo personal de cada uno, las diversas religiones tratan de integrar la relación del hombre con Dios como un elemento esencial de su espiritualidad.
Es evidente que esa tarea hoy está en pleno cuestionamiento como lo hemos expresado en la primera parte de este artículo, no tanto por el problema de la existencia de Dios sino por la imagen distorsionada que se da de Dios (pues “lo importante no es creer en Dios sino en qué Dios se cree”) y por una cierta antropología religiosa hoy inaceptable.

Y mientras que las religiones tradicionales centradas en la exterioridad y heteronomía de las creencias, de sus normas de moral y de culto en realidad casi carecen de espiritualidad (en el sentido que le damos en este artículo) o terminan ahogándola, lo que incluso provoca la apatía y el éxodo de sus miembros que se aíslan en una religiosidad sujetiva (“creo en Dios pero no en la Religión ni en la Iglesia”) o buscan otras formas de espiritualidad laical o renuncian a todas,
la sociedad occidental en general prescinde en sus manifestaciones y especialmente en su educación de la formación espiritual, sin siquiera plantearse el problema, abocada a dar simplemente conocimientos y técnicas.

El objetivo de estas reflexiones es despertar esta inquietud y promover una reflexión creativa entre todos los que están abocados a una educación integral.
Pues, ¿cómo puede ser “integral” si prescinde de la formación ética y de la formación del espíritu humano?

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