Formación espiritual y ética frente a los nuevos cambios. Religión y espiritualidad. S Benetti

FORMACIÓN ÉTICA Y FORMACIÓN ESPIRITUAL. RELIGIÓN Y ESPIRITUALIDAD FRENTE A LOS NUEVOS CAMBIOS POSMODERNOS

 Lic. Santos Benetti

 La posmodernidad, que es la etapa histórica-cultural que estamos atravesando, está provocando cambios en todos los aspectos de la vida, y muy especialmente en el campo educativo.

Algunos de estos cambios son bien aceptados rápidamente por la sociedad en general, como los adelantos en las comunicaciones, en las ciencias y en los avances tecnológicos, sea por los beneficios que traen aparejados sea porque en realidad se producen sobre objetos externos a nosotros, sin tocar la estructura íntima de cada persona.

Todo lo que sea rapidez e inmediatez en las informaciones, aparatos de diagnóstico clínico, medios de comunicación o nuevas formas de disfrute, libertad y placer son la pantalla de la posmodernidad, su rostro casi milagroso que seduce a millones de usuarios sin distinción de mentalidades, culturas o madurez síquica.

Sin embargo, hay otros cambios, que son los verdaderos y profundos cambios culturales e ideológicos que identifican a la posmodernidad, que pueden generar profunda resistencia en su aceptación o incluso ser “negados” por ciertos sectores de la sociedad.

Estoy pensando cuando gobierno reparte miles de netbooks a los alumnos bajo la suposición de que eso es la modernización de la educación. Pero al mismo tiempo estos directivos educativos nacionales y provinciales se niegan a reconocer el desfasaje existente entre el actual sistema educativo y las exigencias de la nueva cultura posmoderna, porque ese desfasaje exige que los directivos “aprendan” un nuevo modelo pedagógico (en general ni siquiera son pedagogos sino meros gestores de la educación, a menudo ingenieros o arquitectos) adaptado a los nuevos tiempos y a la nueva camada de chicos y chicas que pueblan las escuelas.

Se supone que con nuevas y grandes escuelas que se construyen permanentemente con gran publicidad partidaria y con muchas computadoras en manos de los alumnos, el problema educativo está resuelto. Pero ni se les cruza por la cabeza preguntarse por las características de chicos y adolescentes de ahora para promover un sistema educativo basado en una nueva formación pedagógica de los docentes, en el diálogo, en la plena participación de los educandos y en la democratización de la escuela, que sigue transitando por carriles autocráticos.

Otro claro ejemplo es el que ocurre en las religiones y en las Iglesias en general que se están volcando masivamente al uso de los modernos medios de comunicación social pero sin modificar sus contenidos dogmáticos ni su esquema autoritario jerárquico ni su fuerte presión de poder sobre la sociedad. Cambian los instrumentos de propaganda y control social, pero resistiendo los profundos cambios que hoy se dan a nivel cosmológico, antropológico y socio-psicológico o negándolos sistemáticamente “como si nada pasara” o suponiendo que esta ola posmoderna pronto pasará de moda y las cosas volverán a ser como antes.

Por eso constatamos que hoy tenemos una profundísima fractura entre la actual cultura posmoderna y las religiones e iglesias tradicionales, entre la nueva educación centrada en el ser humano integral y concreto y el viejo sistema educativo centrado en el autoritarismo y en verdades absolutas.

Por estos motivos nos ha parecido importante hacer algunos aportes sobre esta difícil relación que existe entre los postulados de la actual cultura posmoderna y la religión, no para quedarnos en un estudio teórico, sino para encontrar caminos valederos para una educación integral del ser humano, no solo en el plano científico y de conocimientos, sino especialmente en el plano de losvalores éticos y de una nueva espiritualidad humana, distinguiendo con claridad los campos de acción de la ciencia pedagógica con respecto a los postulados de la religión.

 

Hoy el ser humano reclama total autonomía, autonomía que debe reflejarse especialmente en la educación pues es allí precisamente donde niños y niñas, y adolescentes en general, deben aprender a vivir con autonomía y con pleno desarrollo de todas sus instancias existenciales, tanto las físicas y biológicas, como las sociales, culturales, éticas y espirituales, aclarando desde un comienzo que al decir “éticas” y “espirituales” hablamos de una “ética humana” y del “espíritu humano” sin connotaciones religiosas.

Hasta allí llega la pedagogía como “Ciencia” autónoma, lo que no es obstáculo para que muchos también adopten creencias y prácticas religiosas o las reciban en ámbitos específicos, derecho proclamado por Naciones Unidas en el art. 18 de Los Derechos Humanos Universales de 1948.

 

Nos proponemos en este trabajo exponer primero aquellos cambios posmodernos que resultan chocantes o contradictorios con la mentalidad religiosa tradicional especialmente en la esfera cultural y educativa, para proponer después caminos pedagógicos tendientes a una educación ética y espiritual de los educandos, dentro del campo estricto de la pedagogía como ciencia secular y autónoma. Hoy tenemos una nueva concepción del hombre y del cosmos y esto exige un nuevo diseño educativo.

Se trata de un aspecto pedagógico novedoso porque tradicionalmente la educación ética (o moral) y espiritual se la consideraba como un aspecto de la religión y casi como su dominio exclusivo.

  1. A) LOS  TEMAS CONFLICTIVOS entre ciencia y religión

De los muchos cambios surgidos  de la modernidad y especialmente de la posmodernidad y de los muchos temas conflictivos con la religión (aquí en Occidente, en concreto con la cristiana y para el habla española, especialmente con la católica) seleccionamos aquellos que tienen mayor incidencia en el campo educativo, ya que son las nuevas generaciones las que reciben con mayor entusiasmo la propuesta posmoderna y sienten el choque con ciertas ideologías y estructuras educativas tradicionalistas.

 

  1. La ciencia cosmológica

Aunque quizás haya cuestiones más conflictivas, lo cierto es que la nueva ciencia cosmológica es la que provoca un impacto especial en las creencias religiosas.

Las grandes religiones, surgidas hace unos 5.000 años, tenían una idea un tanto ingenua de un universo sumamente limitado y reducido tanto en el tiempo como en el espacio.

Así por ejemplo, la tradición bíblica judeo-cristiana podía hablar del inicio del mundo unos 4.000 años antes de Cristo, con una extensión pequeña que ni siquiera abarcaba toda la tierra como hoy la conocemos, con un cielo material (una especie de chapa) relativamente cercano al que se podía llegar volando o con una larga escalera o en un carro de fuego, con estrellas y planetas muy pequeños dentro de la cúpula celestial cuyas bases estaban sobre una tierra plana e inamovible.

 

En tanto encima de ese pequeño cielo, no más extenso que el alcance de una mirada en el horizonte, había un depósito de aguas listas para caer en forma de lluvia. Y en la parte superior estaba Dios sentado en su trono, rodeado por un ejército de ángeles, manteniendo el orden cósmico y ordenando con leyes concretas la vida de los seres humanos, a quienes había creado directamente luego de haber  creado el mundo en seis días.

Finalmente, debajo de la tierra en el plano inferior (o infierno) estaba el lugar de los muertos, tanto de los inocentes como los culpables que eran atormentados con castigos ejemplares.

 

Hoy la ciencia cosmológica nos habla de un inicio del universo (big bang) de un huevo cósmico infinitamente denso y pequeño hace unos 15 mil millones de años, que evolucionó y se fue expandiendo mientras se formaron más de 100 mil millones de galaxias con cientos de miles de millones de estrellas cada una, galaxias que continúan su alocada carrera expansiva cubriendo un espacio prácticamente infinito.

Sólo después de 10 mil millones de años (o sea, hace 5 mil millones de años)  se formó nuestro sistema solar dentro de una de esas galaxias.

La tierra se forma hace unos 4 mil millones de años para que allí surja la vida primitiva en forma de microcélulas y virus hace unos 3.500 millones de años, evolucionando constantemente en nuevas y más organizadas formas de vida vegetales y animales.

De la historia humana no hay noticias sino desde hace apenas 1 millón de años con los primates, de cuya evolución surge el hombre actual, homo sapiens, hace unos 50 mil años, constituido con los mismos elementos del Universo aunque con una organización especial.

La historia humana así como hoy la vamos conociendo desde restos arqueológicos no supera los 10.000 años.

La historia de los hebreos que reconocen a Dios como Yahvé (el dios de las tribus del Sinaí) tiene apenas unos 3200 años, uno de cuyos vástagos insignes fue Jesús hace 2000 años, de quien se origina el cristianismo.

Así nuestra tierra aparece como un punto insignificante del Universo dentro del sistema solar, a un costado de la Via Láctea que tiene una longitud de unos 100 mil años luz, albergando a un ser humano, tan perfecto como endeble y efímero, y como último invitado de esta grandiosa historia de nuestro cosmos.

 

Varios problemas plantea esta nueva cosmovisión: destacamos

–        El origen del universo y su evolución de acuerdo a ciertas leyes, y la posible existencia de Dios y su rol dentro de este universo.

–        El sentido y la veracidad de los relatos y creencias religiosos.

 

  1. a) Lo primero es preguntarnos si cabe un Dios en esta visión cosmológica, ya que la gran evolución en la cual todavía estamos inmersos con nacimiento y muerte de estrellas, choques de galaxias y un sinfín de otros fenómenos impresionantes, parece guiarse por leyes propias e inexorables y también por hechos aparentemente fortuitos y desbordados de toda lógica.

Mientras unos científicos afirman que Dios pudo haber estado presente en la creación del micro huevo que hizo big bang y cuya energía aún está en expansión hasta su declive definitivo, otros prefieren hablar de una Inteligencia o Conciencia Cósmica que guía los acontecimientos, y otros simplemente se remiten a la energía cósmica capaz de por sí de explicarlo todo sin necesidad de otro ser fuera del propio universo.

Lo cierto es que la ciencia no puede afirmar la existencia de un Dios (o Inteligencia supramundo) ni tampoco puede negarla, pues Dios o lo divino escapa por definición al alcance de observación y estudio de la razón y de la ciencia, y se enmarca dentro de las Creencias a las que es afecto el ser humano por su imaginación, intuición, sentimientos y percepción primaria.

Por lo tanto la ciencia prescinde metodológicamente de Dios y busca la explicación del Universo exclusivamente desde sus leyes inherentes e internas. Y cuando hablamos de ciencia, incluimos por cierto a la psicología y a la pedagogía.

 

Pero más importante aún, suponiendo la existencia de una Inteligencia Superior o Dios en el origen y evolución de todo, es preguntarnos por la imagen de ese Dios y su función en el universo. Ciertamente desde los actuales conocimientos, ese Dios tiene que ver muy poco con la imagen tradicional que nos dan las religiones y los libros sagrados. Porque la idea  de un Ser que creó de una vez el mundo  que funciona en perfecto orden bajo su guía ha muerto definitivamente, pues hoy sabemos que el universo aún evoluciona y se está gestando en medio de grandes cataclismos que incluyen a la misma tierra que cambia constantemente y corre peligro de terminar despedazada.

 

La pregunta es obvia: ¿hay “Alguien” detrás de esta evolución cósmica que nos admira tanto por su orden como por su desorden, por su armonía como por sus cataclismos y desastres? ¿Puede ese Dios infinitamente sabio y bueno controlar las fuerzas cósmicas y el funcionamiento de agujeros negros y galaxias, o de seres biológicos y animales, muchos de ellos dañinos y venenosos, de todo tipo que se destruyen entre sí, y cuidar la seguridad y la vida de los seres humanos, especialmente de los inocentes, víctimas de esclavitudes, opresiones y matanzas o de hechos fortuitos?

 

Lo que nos queda en claro es que los nuevos conocimientos plantean cuestiones que de ninguna manera se resuelven con las creencias tradicionales ni con la imagen de ese Dios “pequeño”, que tiene al universo como en la palma de su mano y que cuida personalmente a cada una de sus creaturas; y es esa imagen de Dios la que está en el centro del conflicto científico-religioso.

 

Cómo compaginar un Dios todopoderoso y providente con un mundo tan inseguro y con destrucciones tan catastróficas de las que somos testigos todos los días, con una energía constructiva y con otra energía destructiva tanto en el orden natural como en el orden biológico.

¿Cómo aceptar su amor y su providencia cuando incluso los que le sirven y adoran sufren todo tipo de injusticias y de males, sin que El pueda hacer nada por salvarlos?

¿Cómo encontrar la finalidad y el sentido del universo y del ser humano cuando sabemos que caminan hacia su muerte segura cuando la energía astral y biológica llegue a su fin?

 

Y qué respuesta pueden dar los educadores cuando niños y adolescentes llegan desde sus familias y comunidades religiosas con esa imagen de Dios que chocará inevitablemente con los conocimientos científicos que adquieren en sus escuelas? ¿Están preparados nuestros docentes al menos para plantear el tema desde un diálogo constructivo aprendiendo educadores y educandos a vivir con dudas y preguntas porque dudas y preguntas serán la constante de toda la vida y de toda ciencia? ¿Podrán educar no desde las certezas y verdades sino desde la búsqueda de significados, desde la incertidumbre y desde una dudosa esperanza?

 

Ni la Religión, ni las Iglesias, ni la Ciencia ni la Educación tienen hoy respuestas definitivas a un sinnúmero de interrogantes que plantean incluso niños pequeños con una mentalidad más abierta y crítica que la que teníamos nosotros a la misma edad.

Ya no sirve “cerrar” el tema o “definirlo” (ponerle fin) desde textos sagrados o argumentos de autoridad: tenemos todos que aprender a vivir con cierta dosis de ansiedad ante preguntas sin respuestas para admirarnos ante el “misterio” siempre nuevo y siempre profundo que nos plantea el universo y nuestra vida inmersa en él.

 

Las religiones que surgieron en otras culturas hace unos pocos miles de años para dar respuesta y sentido total a todos los interrogantes humanos a través de creencias y mitos transmitidos por via tradicional o de autoridad, hoy necesitan revisar sus creencias y cambiar radicalmente desde una humilde autocrítica, despojarse de sus dogmas absolutos y de su afán de poder y control social, para ponerse a caminar junto a los seres humanos y en igualdad de condiciones buscar un sentido a la vida, simplemente “buscar” para disfrutar lo más plenamente posible esta aventura sobre cuyo origen y cuyo final casi nada sabemos.

Y esa es nuestra condición humana.

 

Y si las religiones efectivamente proclaman convencidamente la existencia de Dios -un Dios “transcendente” a todo lo humano, ser de otra categoría y esencia, Dios inefable “a quién nadie ha visto jamás”…- deben entonces de renunciar a la pretensión vana de imaginarlo o definirlo en forma antropomórfica y de hablar en su nombre o de establecer cuál es su voluntad o en qué consiste su sabiduría… Esto se llama coherencia. Humilde coherencia, la coherencia de los que somos “humus”, o sea, de la tierra.

 

En definitiva: por el camino del Universo, su origen y evolución, no llegamos a Dios, y tampoco es eso lo importante. Lo importante es cómo nos situamos y nos relacionemos con el mundo, cómo sepamos sentirnos parte del mismo e integrados a su dinámica, para comprender y experimentar la maravillosa experiencia de vivir en un mundo siempre atractivo y siempre cambiante que nos llama a desenvolvernos como un microcosmos en constante aumento de conciencia, desarrollo y perfeccionamiento. Sobre eso volveremos a hablar de ética cósmica y de espiritualidad.

 

  1. b) Todas las religiones fundamentan sus creencias en antiguos relatos, considerados sagrados, bajo la suposición de que Dios o los dioses o sus intermediarios directos han sido sus autores. De allí se concluye que son testimonios de la verdad divina, y que es obligación de los seres humanos el aceptarla como tal. A posteriori los jefes religiosos o la institución divulgan ese mensaje como el único verdadero y lo transmiten de generación en generación en una constante repetición, con algunos cambios ocasionales, pero manteniéndose firme el sustrato esencial y generalmente desconociendo los cambios culturales que vive cada pueblo.

Pero es evidente que esos primitivos relatos (al principio orales y luego escritos) surgen de personajes, grupos o comunidades que intentan interpretar la totalidad de la vida cósmica y humana con los elementos de su sabiduría, de su intuición, de su imaginación y de ciertas observaciones de la naturaleza y de la historia humana.

A menudo ellos mismos aseguran que todo es producto de una revelación divina o de sueños reveladores, fundamentos de verdad inapelable. Queda en la comunidad aceptar esos relatos como revelados por la divinidad o rechazarlos como fraude. Al aceptarlos como revelación, se establece un criterio inamovible de lo que es verdadero o falso, de lo que debe creerse  (las Creencias o Dogmas – palabra griega que significa precisamente creencia-)  como de de lo que debe practicarse en las conductas (Moral) y en los rituales (Culto).

 

Dichos relatos originarios, a los que hoy llamamos Mitos, generan también una conciencia de pueblo o comunidad organizados y les dan un sello de identidad frente a los otros pueblos y culturas.

Los mitos no distinguen entre religión y ciencia, tal cual lo hacemos hoy, sino que se presentan como un conjunto orgánico de Creencias que no excluyen por cierto muchas observaciones y conocimientos objetivos y correctos de la realidad, incluso técnicos y medicinales.

 

Las culturas antiguas, por lo tanto, fundamentaban sus creencias desde una cierta revelación, palabra o comunicación de Dios o de los dioses, importando poco quien fuera la persona concreta que relataba las historias o hacía las reflexiones. El actor privilegiado siempre era Dios que utilizaba a ciertos personajes, a menudo insignificantes, como sus interlocutores o mensajeros. Se suponía que entre el cielo divino y la tierra humana existía una comunicación constante, y que tanto llegaban mensajes desde lo alto como podían subir mensajes desde la tierra en forma de conversaciones, oraciones y peticiones.

 

Hoy tenemos criterios muy distintos.

Sabemos que todas las ideas, lenguaje y sentimientos nacen desde el interior del ser humano, tanto desde su conciente como de su zona inconciente, y concretamente desde su cerebro, aún los sueños, las ilusiones y supuestas visiones. Y a nadie se le ocurre, salvo que esté mentalmente enfermo, atribuir sus pensamientos y palabras a alguna divinidad.

Por lo tanto, los relatos “sagrados” nos dicen cómo sentían e interpretaban su realidad los antiguos pueblos, cómo vivían y se relacionaban, cómo resolvían sus problemas, desde qué valores organizaban sus vidas e incluso cómo creían que sería su destino final y el del universo. Nos dicen que ellos efectivamente creían en dioses protectores de su pueblo, a los que rendían obediencia y culto para tenerlos siempre propicios y evitar sus castigos.

Los mitos reflejan su cultura y sus creencias, y eran válidos para esa cultura y ese pueblo, y no tuvieron al principio un alcance universal sino que era el patrimonio identificatorio de “ese pueblo”, aunque posteriormente los dirigentes político-religiosos desde una concepción imperial pretendieron imponer sus creencias como únicas verdades para todo el mundo y para siempre, incluso por medio de la violencia.

 

Así esos relatos míticos, considerados sagrados y revelados, llegan hasta nosotros que vivimos una cultura totalmente diferente y nos preguntamos qué sentido tiene el vivir hoy de acuerdo a sus doctrinas que nos resultan extrañas y hasta ingenuas y sin sentido, no sólo en su contenido sino también en su lenguaje. Y nos preguntamos,

¿Hay que tomarlos literalmente como si fueran crónicas o relatos científicos, o su lenguaje, nacido del inconciente, es simbólico y tiene que ser descifrado de acuerdo a la realidad de “esa “cultura, en gran medida desconocida por nosotros?

¿Y cuál es el mensaje profundo, de sabiduría, de esos relatos y cuál es el ropaje literario exterior?

¿Y cuánto tenemos aún hoy que aprender de la sabiduría reflexiva de aquellos pueblos y en qué medida tenemos derecho a construir nuestra propia sabiduría desde otras categorías y desde otros conocimientos sobre los cuales tenemos mayor certeza?

 

Basta analizar el conocido relato de la creación del mundo de Génesis 1, para darnos cuenta de que todo apunta a consagrar a Yahvé el séptimo día (sábado) pues así como Dios “trabajó seis días y descansó el séptimo”, así harán en adelante los hebreos-judíos (y así lo hacen hasta el día de hoy): trabajarán seis días a la semana para ganarse el pan y consagrarán el séptimo a Dios en gratitud y adoración. Por eso los mitos tienen como protagonistas principales a dioses fundadores de culturas, pues “así como ellos hicieron al principio, así debemos hacer nosotros”.

 

El riesgo de esos relatos, como pasa con los textos bíblicos y evangélicos, es interpretarlos al pie de la letra como si fuesen crónicas o informes científicos, con lo cual se llega  a increíbles contradicciones con la razón y con la ciencia. El otro camino es interpretarlos desde su lenguaje simbólico y género literario para descubrir el mensaje profundo que se quiso dar a esa comunidad, mensaje que aún hoy nos puede ayudar a reflexionar sobre la vida y su sentido, porque las grandes preguntas del hombre, las que surgen de su profundo ser son siempre las mismas… aunque las respuestas pueden ser muy variadas y nadie es dueño de las mismas.

 

Por otra parte, en el caso particular de la Biblia (Ta Biblía en griego: Los Libros) hay que tener en cuenta que es un compilado de unos 70 libros y opúsculos, a veces de pocas carillas, escritos desde el año 1000 antes de Cristo hasta el 150 después de Cristo, la mayoría sin autor conocido, reflejando diversas situaciones históricas (vida en el desierto, monarquía, derrotas, esclavitud, etc.) y aún con ideologías opuestas (algunos más universalistas y otros ultranacionalistas y cerrados a todo contacto con los otros pueblos). Los géneros literarios varían muchísimo desde crónicas históricas, hasta relatos míticos, novelas didácticas, poemas y cánticos, reflexiones teológicas y cartas, libros cultuales y leyendas de todo tipo, todo lo cual supone el esfuerzo de interpretar el sentido de cada texto desde su encuadre histórico-cultural y género literario utilizado por el autor.

 

En una palabra: los antiguos mitos y libros sagrados no nos demuestran la existencia de Dios (o de los dioses) ni siquiera lo intentan, tampoco nos dicen quién es Dios o cuál es su palabra o su voluntad, sino que nos dicen cómo aquella cultura suponía que era Dios, o cuál era su mensaje o su voluntad, interpretando sus propias y convencidas verdades como venidas del mundo divino, y dando a la historia de su pueblo una interpretación religiosa muy particularizada y subjetiva.

 

Y aquí nos encontramos con otro gran obstáculo en el campo educativo: es increíble la ignorancia que existe sobre estos temas y cómo aún hoy, incluso altos dirigentes religiosos, hacen una interpretación literal de los textos y los consideran con validez científica o histórica, pasando por alto la sabiduría de vida de los pueblos y el contexto cultural que originaron esos mitos y relatos. Se come la cáscara de la fruta y se tira la pulpa.

Por lo tanto, los libros y relatos “sagrados” no nos conducen a Dios sino a vivencias o experiencias religiosas de otros pueblos y culturas.

 

La espiritualidad y el sentido más profundo del ser humano no vendrán jamás de afuera, de libros, creencias, mitos, dogmas o ritos, sino que tendrán que surgir del mismo seno del ser humano y de su propia experiencia personal. Y a eso deben abocarse los educadores: “acompañar” a los educandos en este maravilloso descubrimiento con un final siempre sujetivo y siempre abierto.

 

  1. Visión antropológica

 

  1. a) De un ser humano dependiente a otro autónomo.

 

Más importante que la nueva ciencia cosmológica, aunque menos espectacular, es la nueva visión del ser humano (antropología) lo que ha generado un sinfín de serios conflictos con la religión en esta etapa posmoderna de la cultura y especialmente en la educación.

En efecto, en las religiones  el ser humano (digamos “el hombre”) aparece como creatura de Dios y dependiente en todo de la voluntad divina. Su dignidad le viene de Dios, incluso se lo concibe como imagen divina; de Dios recibe el ser y la vida y en consecuencia está siempre en una posición de receptividad y gratitud, gratitud que se expresa en una estricta obediencia a los dictados morales y cultuales de la divinidad.

 

Tal como sucede en la tradición bíblica, todo remite a la causa primera que desea la existencia del hombre (“hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza”), lo moldea, le insufla la vida, sostiene su existencia, le provee de alimentos, le envía la lluvia, lo ayuda en sus necesidades e incluso guía sus ejércitos y le otorga la victoria.

Aunque el hombre debe trabajar y desarrollar sus talentos (también dones divinos), todo su pensar, sentir y actuar está orientado a la divinidad, a quien debe dar cuenta y de quien recibirá tanto el premio como el castigo. Dios le revela sus secretos y su sabiduría, le ordena un orden moral con minuciosos mandamientos y le exige determinado culto con actos sacrificiales, a menudo extremos que aún incluyen el sacrificio de la propia vida o de sus hijos y bienes, pues El es el único dueño de la vida y de la muerte.

 

Por lo tanto, en esta mentalidad, el hombre, lejos de ser autónomo, es un ser pequeño y “heterónomo” (la ley, el orden vienen de afuera, de otro)  en todos sus aspectos: no solo depende de Dios en su vida originaria, sino que su sentido final y su felicidad dependen de su obediencia y fiel acatamiento de la voluntad divina.

Dios es el “alfa y el omega”, el principio y fin, tanto del Universo como del hombre, que viene de El, a El remite y hacia El se dirige como sentido y finalidad de su existencia.

 

Se trata de una imagen de Dios contradictoria: se lo presenta como “padre lleno de bondad e infinito  amor” pero al mismo tiempo como Juez severo que escudriña hasta el más recóndito del pensamiento humano y no duda en aplicar un castigo eterno a quien muera con un solo pecado mortal en su conciencia. Exige que se le sirva y acate libremente, pero sin la libertad de decidir por sí mismo lo que se considera más ético y más acorde con una vida humana.

Así el hombre jamás puede adquirir una madurez adulta, pues siempre tiene que comportarse como un niño dependiente, pasivo, en permanente escucha y filial obediencia, siempre “vigilado” por alguien que “todo lo ve” y que contabiliza méritos para el premio celestial o culpas para el castigo infernal.

 

En el caso del cristianismo esta antropología de la dependencia se complica al considerarse que todo hombre nace con un pecado original, heredado por el pecado de desobediencia de los primeros y míticos padres, según el conocido mito narrado en Génesis 2 y 3.

Si es incomprensible que un pecado pueda heredarse después de miles de años a través de la relación sexual de los padres, también resulta incomprensible que por el bautismo en nombre de Jesús se borre dicho pecado y el castigo correspondiente.

 

Más importante que toda esta teología que tuvo tanta importancia especialmente desde San Agustín (siglo IV y V) es su consecuencia sobre la visión del hombre que aparece como pecador por naturaleza y desde antes de nacer y que debe transcurrir sus años en la tierra con la sombra permanente del pecado en su alma. El pecado parece ocupar el centro de la antropología y se transforma en la gran tarea y preocupación del hombre: cómo eliminarlo de su existencia y lograr así la salvación.

Salvarse” o liberarse del pecado parece ser el gran objetivo de la vida humana. Se trata de una salvación que siempre viene desde afuera, ya que de por sí el hombre pecador no puede salvarse solo.

Se trata, pues y sobre todo desde el punto de vista educativo, de una pobre y desvalorizada antropología que sólo subraya la pequeñez e invalidez del ser humano, incapaz por sí mismo de crecer y desarrollarse plenamente, mientras se enaltece el poder de Dios y de sus representantes.

 

No hace falta decir que hoy podemos hablar del hombre sin recurrir al pecado, considerando sobre todo toda la riqueza y valoración que tiene y que le llega por una larga evolución de miles de millones de años. El objetivo de la vida es desarrollar todas sus potencialidades (casi infinitas) sorteando con su inteligencia y libertad creadora las dificultades que se presentan, tanto desde su propio interior como del exterior, y contando siempre con el acompañamiento y ayuda de su comunidad, la misma que le dio vida y que lo acompaña en su camino.

 

El hecho de “no recurrir al pecado” (un concepto religioso) no significa que no tomemos conciencia de las imperfecciones, enfermedades, violencias y males de todo tipo que acechan la vida humana. La evolución no da un resultado perfecto sino que todo, aún el universo cósmico, está en formación con aciertos y errores, como está en proceso formativo el ser humano.

Desde lo educativo podemos tener en cuenta, por ejemplo, lo que aceptamos como “ético” según nuestra conciencia y el consenso de la comunidad, para distinguir lo que es bueno para la vida de cada uno y lo que puede hacer daño al propio individuo o a sus semejantes.

También detectamos lo que es “sano” para nuestra salud integral (biosíquica) y lo que es enfermo; o lo que es “conveniente” para tal edad, tal circunstancia, tal objetivo y lo que resultaría inconveniente.

O sea, asumimos el error y la imperfección como una variable siempre presente en todo proceso formativo, tomamos conciencia de los riesgos y peligros que corremos y adoptamos las medidas que correspondan según nuestra libre decisión.

 

No hace falta ser un experto en antropología o ciencias psicopedagógicas para darse cuenta de que la concepción religiosa es muy diferente y hasta diametralmente opuesta a lo que hoy pensamos sobre el ser humano. Y mucho más si consideramos que la palabra de Dios -las verdades que hay que creer (creencias, dogma), los mandatos éticos que hay que observar (moral) y el culto con el que hay que servirle- en realidad no llegan en forma directa desde Dios, siempre envuelto en un misterioso silencio, sino a través de otros seres humanos que “interpretan” cual sea la palabra divina, de modo que la dependencia de Dios se traslada a seres humanos concretos considerados “autoridad sagrada” (jer-arquía) a quienes se debe obediencia, virtud obviamente considerada como fundamental en este esquema.

 

Llegamos así a un punto central del conflicto: pues hoy el ser humano, libre, autónomo y creativo no acepta ese modelo de autoridad que impone creencias, dogmas y normas desde una línea absoluta, verticalista, monárquica y machista-célibe en muchos casos.

Y no lo acepta por ateísmo o por rebeldía contra la religiosidad del ser humano o contra la religión sino porque considera que “cierto modo de concebir y  vivir la religión” es una ideología autoritaria que aliena al ser humano y que lo despoja de sus cualidades esenciales: autonomía, libertad, creatividad, participación, cualidades que hacen que cada uno sea responsable de sus opiniones y actos sin excepción, sean políticos, laborales, educativos o religiosos.

 

Como ya dijera Erich Fromm hace más de 50 años:

“La religión autoritaria  es el reconocimiento por parte del hombre de un poder superior e invisible que domina su destino, y al que debe obediencia, reverencia y veneración.” ( Psicoanálisis y Religión)

Este “deber” obediencia, es la esencia  del autoritarismo, ya que su virtud máxima es la obediencia servil y su principal pecado la desobediencia. Así la sociedad queda dividida en dos planos puestos: los que mandan y los que obedecen, los que saben y los que ignoran.

Y entonces cuanto más crece la imagen de Dios (omnisciente, poderoso, juez inexorable, etc.) más crece el poder y el dominio de sus representantes (magisterio infalible, representantes divinos, reyes sagrados), y también más se minimiza y desvaloriza al hombre.

A nivel político esto se expresa en los regímenes monárquicos absolutistas y en ciertas democracias personalistas y autoritarias. Recordemos que hasta el siglo 19, también los reyes y emperadores eran considerados hijos de Dios, personajes sagrados que detentaban todo poder sobre la gente.

Hoy se rechaza el autoritarismo religioso y toda visión “servil” (de siervos y esclavos) de un ser humano siempre infantil y siempre guiado por el miedo a Dios, a la ley, al castigo, a la autoridad, al pecado -considerado como una transgresión de una norma externa- y por una ética de la obediencia.

Todo lo cual implica hoy “valorizar” al ser humano como alguien capaz de pensar críticamente, de buscar lo más sano para sí y de tomar aquellas decisiones que lo conducen a su pleno desarrollo aún con riesgo de equivocarse… pues el error, la imperfección, como la duda y las equivocaciones son también una variable de todo proceso cósmico y humano. Y esta valorización llega al plano político y social y debe llegar al religioso, pues siempre el sujeto es el Hombre.

 

Como decía Erich Fromm:

“La religión humanista tiene como centro al hombre y su fuerza. El hombre tiene que desarrollar sus poderes de razón con el fin de comprenderse y comprender su relación con los demás hombres y su posición en el Universo…La experiencia religiosa en este tipo de religión es la experiencia de la unidad con el Todo, basada en la relación del uno con el mundo, captada a través del pensamiento y del amor… La finalidad de la religión no es la obediencia sino la autorrealización… La base de la experiencia mística no es el miedo ni la sumisión sino el amor y la afirmación de las potencias propias. Dios no es un símbolo de poder sobre el hombre sino de las mismas potencias del hombre.”

(o.c.)

 

El hombre actual ha recuperado su Autonomía y no está dispuesto a abandonarla nunca más, pues esa autonomía plena es la que le otorga dignidad y estima. No solo rechaza todo sistema político o social de dominación heterónoma, sino también toda religión o revelación de dominio y heteronomía.  Si Dios existe y quiso un hombre “a su imagen y semejanza”, según dice la Biblia, es porque quiere un hombre libre, creativo, pensante y sintiente por sí mismo, y por eso mismo responsable de su vida.

La religión de la dependencia es una contradicción y da una pésima imagen de Dios que termina siendo un déspota a imagen y semejanza de los déspotas humanos.

 

Esto no significa anular a la autoridad, pero sí darle un sentido distinto: la autoridad (civil o religiosa) no está sobre los hombres sino como un servicio para los hombres, idea que fue claramente expresada por el mismo Jesús. No es un padre autoritario sino un hermano que acompaña a quienes pusieron su confianza en él para poder todos juntos enfrentar las dificultades y lograr una vida social armónica.

Todo lo cual implica democratizar las instituciones religiosas y volver a los “orígenes” cuando era la propia comunidad (la gente) quien elegía a sus líderes y les otorgaba ciertos mandatos específicos, algo que incluso sucedió en los primeros siglos de la iglesia cristiana y antes de que se configurara a imagen del imperio romano.

 

  1. b) Una antropología sin dualismos opuestos.

 

La antropología actual no solo ha superado una visión heterónoma del hombre, sino que ha superado todo dualismo que enfrenta aspectos humanos, considerados unos como superiores de los otros. Podemos señalar varias situaciones:

 

– Sagrado-Profano: las religiones antiguas oponían claramente el aspecto Natural o Profano de la vida humana al aspecto Sagrado, Sobre-natural o Epifano de las divinidades y objetos o personas a ellas consagradas, de tal manera que lo sagrado significaba lo verdaderamente real y valioso frente a lo aparente y efímero de lo profano. De esta manera lo religioso era considerado como una categoría superior y sagrada por sobre la simple vida natural del hombre.

 

Hoy entendemos que nada hay más sagrado que el mismo ser humano, o si se prefiere, sagrado es lo más profundo del ser humano, su dimensión más acabada y total, no como algo opuesto sino como el desarrollo pleno de la vida humana. Ese sentido profundo y último no está afuera del hombre, sino en su propio interior como si lo divino o sagrado estuviese en germen dentro de cada uno.

 

Precisamente la educación ayudará a despertar ese germen, hacerlo crecer y desarrollarse hasta su máxima dimensión, aunque preferimos hablar no de algo sagrado sino de algoespiritual, o sea, algo que significa el espíritu profundo del ser humano, su misma esencia; también podemos llamar a ese aspecto lo “trascendente”, lo que va superando lentamente la rutina de la cotidianidad, subiendo (eso es tra-scender) desde lo exterior hacia lo interior, profundo e inconciente. Ese caminar o trascender va dando al hombre el sentido o significado total de su vida, que no está afuera ni arriba, sino en sí mismo en un proceso constante. Es su camino, un camino que él mismo va trazando, como ser autónomo, pero no solo sino en compañía de otros caminantes que forman su comunidad o grupo social.

 

Por lo tanto, no hay seres humanos superiores a otros, pues todos son iguales por su simple y misma dignidad humana. Las autoridades civiles y religiosas no expresan superioridad ni sacralidad sino un rol que la propia comunidad ha elegido y al que ha concedido ciertas atribuciones para el bien de la misma comunidad. El poder que detectan no es propio sino que es el poder de la comunidad que delega ciertas funciones. Las autoridades, elegidas por la comunidad, no son dueñas de las mismas sino sus funcionarios (cumplen funciones) y servidores.

Lamentablemente las instituciones religiosas (y muchas civiles) se resisten  a esta concepción igualitaria y democrática y ahondan el abismo existente entre ellas y la comunidad humana.

 

– Varón-mujer: prácticamente todas las grandes religiones de una forma explícita o velada tienen una antropología que señala la superioridad del varón sobre la mujer. El mismo Dios es siempre representado e imaginado como un varón y con cualidades varoniles, como rey, señor, padre, inteligente, fuerte, creativo, guerrero, etc. Estas religiones surgidas desde una visión monárquica o imperial de la sociedad crearon una antropología como réplica exacta de su teología, pero ambas, teología y antropología no eran más que justificaciones de un sistema social monárquico y machista.

 

Aún en la Biblia la mujer ocupa un lugar sometido al varón, tradición que por desgracia se prolongó y aún agudizó en la iglesia cristiana hasta el día de hoy. El cielo regenteado por un dios-varón acompañado por mensajeros-ángeles que también son guerreros, se refleja en una sociedad y en una religión en las que las mujeres, más allá de las declamaciones de igualdad, ocupan un lugar inferior a las que se les niega la función sacerdotal y de autoridad dentro de sus comunidades, con diversos argumentos de los libros sagrados (creación desde un costado del varón; “impureza” de la mujer por la menstruación y el parto), libros redactados casualmente todos ellos por varones.

También se les niega una función magisterial (el Magisterio es exclusivo de varones) a pesar de que en la actual sociedad la mayoría de quienes ejercen la docencia, la educación y el magisterio son mujeres, quienes además de “madres” han demostrado su capacidad para el gobierno de las naciones.

Pero la visión antropológica y la teología de las religiones sigue sin presencia femenina, y esto no es una cuestión menor, pues siempre se da una visión machista parcial de la realidad.

 

Varón y mujer no son opuestos, no refieren la superioridad de uno sobre la otra, sino que son dos dimensiones complementarias que aluden al “ser humano” completo en su variable masculina y femenina, siendo la femenina en realidad anterior a la masculina. Más aún, tanto el varón como la mujer mantienen siempre en sí mismos cualidades típicas de lo masculino y lo femenino, aspecto al que ya se refirió Carl Jung con los términos de ánima (aspecto femenino de todo varón) yánimus (aspecto masculino de toda mujer). Se trata de dos dimensiones complementarias e integradas del ser humano que incluso se enraízan en el hemisferio derecho del cerebro (sede de las actividades simbólicamente “femeninas”, afecto y sentimientos) y en el hemisferio izquierdo (sede de las “masculinas”, razón y técnica)

 

– Espíritu-Cuerpo: con diversos matices las grandes religiones tienen también otra clásica dualidad: la oposición entre un elemento superior, considerado de origen divino, el espíritu o alma, y otro inferior, el cuerpo con sus instintos (la “carne”), proveniente de algún demonio que quiso desarreglar los planes divinos según enseñaba el Gnosticismo. Creencia que se robustece además por la influencia griega (Neoplatonismo, Estoicismo) en la teología cristiana con la oposición de la mente, del intelecto (el logos, el espíritu) al cuerpo, y su superioridad y dominio necesario sobre las emociones, los sentimientos y los impulsos instintivos.

En el plano moral y educativo este dualismo radical transformado en postura ideológica ha tenido consecuencias desastrosas, sobre todo en lo relativo a la esfera de la sexualidad  y del matrimonio, y fue causa de innumerables conflictos de los que muchos aún perduran.

 

Por ejemplo, la oposición a un educación de ambos sexos conjuntos, el rechazo de la educación sexual desde la edad temprana, la insistencia en la supremacía de la castidad por sobre el ejercicio gozoso de la sexualidad, y en muchos casos la relación de un supuesto demonio con el origen y el ejercicio de las fuerzas instintivas, especialmente en la mujer. Añádase a esto un pudor excesivo, normas exageradas sobre el vestido y la desnudez y, en definitiva, una tremenda resistencia por parte de las religiones a aceptar la sexualidad y la vivencia del cuerpo como un elemento de por sí absolutamente natural y  sano.

 

Al mismo tiempo, este exagerado dualismo y la visión pesimista del cuerpo ha llevado, especialmente a la iglesia cristiana, a identificar sin más el pecado con conductas sexuales que no se ajustaban a su severa normativa (pecado que era considerado siempre grave), por ejemplo sobre el autoerotismo, lo que inducía a los adolescentes a vivir en una situación de permanente oposición a Dios, suponiéndose que Dios, aunque había creado el cuerpo humano, no tenía nada que ver con las células nerviosas que provocaban placer, teoría ésta llamada “maniquea” y que incluso fue condenada por la misma Iglesia en el siglo V.

 

En fin, un dualismo que provocó un sistema pedagógico centrado en la extrema vigilancia del cuerpo de los educandos y de control de sus conciencias para que no accedan al pecado (sexual) ni siquiera de pensamiento o en forma involuntaria o cuando estén dormidos.

Ejemplos de esta mentalidad fue el Sistema educativo de Lasalle y el Sistema Preventivo de Don Bosco. Todo en función de prevenir el pecado desde la mirada del educador, más rígida o más paternal, pero siempre mirada vigilante.

Así la educación, lejos de ser un desarrollo integral de las capacidades humanas, se transformó en un sistema de estricta disciplina antinatural solo apta para crear sujetos neuróticos, culpógenos e inmaduros.

 

Hoy la ciencia tiene una visión integrada del ser humano,

visto como una totalidad (holismo) que entrelaza como en una trama (“complejidad”) diversos aspectos íntimamente relacionados, entre los que señalamos:

 

  1. a) Ser humano que es al mismo tiempo ser cósmico, ser biológico y ser específicamente humano.

En su evolución el hombre no elimina ni subordina los aspectos anteriores sino que los entreteje con los siguientes: su corporalidad natural o cósmica (materia y energía, con los mismos componentes del primitivo universo, oxígeno, hidrógeno, etc.) adquiere una nueva dimensión en su aspecto organizativo biológico que lo emparienta con los vegetales y más aún con los animales, tanto en el funcionamiento del “ánima”, o sea de la vida, como de los instintos básicos: la supervivencia (órganos anatómicos, respiración, circulación de la sangre, alimentación, excreción, sistema inmunológico), la reacción frente al peligro (ataque o fuga) y la reproducción de la especie (sexualidad biforme, femenina y masculina). Se trata de elementos animales que perduran en el cerebro humano conocido como “reptiliano” que es nuestro primer cerebro (cerebelo, bulbo raquídeo, ramificaciones nerviosas).

 

Esta animalidad al menos en los animales superiores es regida por un cerebro más evolucionado, que aún es apto para ciertas emociones primarias, especialmente en los mamíferos (miedo, agresión, afecto, alegría). Este cerebro mamífero constituye el segundo cerebro humano llamadoSistema Límbico, sede de las emociones y base original de los sentimientos y estados de ánimo.

 

Continuando su evolución, el ser humano desarrolla sobre los dos cerebros anteriores  un terceromás desarrollado (corteza cerebral y lóbulo frontal), lo que le permite gozar de especiales cualidades como pensar, tener conciencia de sí y de sus emociones, tomar decisiones, tener una conciencia ética, actuar con libertad, cambiar y controlar el impulso instintivo, etc.

 

Así el ser humano culmina un proceso evolutivo que integra los elementos cósmicos y biológicos (especialmente de los animales) con los específicamente humanos (cerebro, conciencia, libertad).

Lo importante es darnos cuenta de la integración armónica de los tres aspectos, sobre todo del “animal”, asociado al impulso sexual, que siempre fue tan denostado por la tradición filosófica y teológica occidental.

 

Desde esta visión proponemos una educación triplemente integral, necesaria para coordinar las tres instancias que de por sí buscan sus objetivos a menudo sin suficiente armonía y sana relación, porque el ser humano tiene el privilegio de disponer de las potencialidades de los 3 cerebros, pero al mismo tiempo tiene la dificultad de coordinarlos en función de un objetivo sano de toda la persona, ya que el cerebro específicamente humano no funciona automáticamente en la solución de las propuestas instintivas enraizadas desde hace millones de años sino que debe aprenderlas a menudo con esfuerzo y dudas.

Tarea de la educación y de la madurez humana, durante toda la vida, es armonizar las tres instancias, sin anular ninguna ni subordinarlas, sino armonizarlas en una sola fuerza energética, pues al fin y al cabo todas ellas son expresiones de la misma energía cósmica-biológica.

Lamentablemente nuestro sistema educativo y pedagógico está aún muy lejos de lograr esa educación armónica, centrada casi exclusivamente en que los educandos adquieran conocimientos y tecnologías.

 

  1. b) Otras dimensiones complementarias surgen como corolario del punto anterior, y señalamos:

 

– Racionalidad, sentimientos-emociones y pulsiones.

Ya hemos dicho que el ser humano integra las vivencias heredadas desde millones de años, pulsiones instintivas, y emociones primarias con otras vivencias más evolucionadas como son los sentimientos y toda la vida racional. Así como es impensable un ser humano sin razón, también lo es si careciera de sentimientos, emociones y pulsiones instintivas. Así las emociones y los deseos instintivos se prolongan y perfecciones en sentimientos  estables, como el amor y la solidaridad, que solo en un último paso se traducen racionalmente en valores y actitudes éticas. Aquí podemos decir: “al principio fue el impulso y la emoción” que logran su momento cumbre en los sentimientos y la conciencia.

 

Por lo tanto, no sólo la educación general debe atender a estas instancias de todo ser humano, sino que la misma religiosidad, demasiado volcada en Occidente hacia la racionalidad, las creencias y los dogmas, debe iniciarse y desarrollarse como lo que debe ser: desde un sentimiento profundo de uno mismo y de la vida, que asume en un solo movimiento un sinfín de emociones primarias (admiración, asombro, temor, carencia…) e impulsos biológicos (deseo sexual que se hace amor, agresión que se hace energía constructiva).

Como ya lo observaron otros investigadores, la religión cristiana ha “olvidado” las emociones y los sentimientos, demasiados cercanos a los deseos e impulsos instintivos. El fruto es una religiosidad fundamentada en estudios, en argumentos racionales y en dogmas desencarnados, olvidándose que el evangelio de Juan dice que el “Logos se hizo carne”. Se confunde así la religiosidad con las creencias de determinada religión y se pretende llegar a Dios mediante clases de religión y estudios teológicos.

A una religión tan descarnada, sobre todo en sus dirigentes, se le hace muy difícil comprender la mentalidad moderna que necesita experimentar vivencial y emocionalmente sus procesos mentales. Esto explica en gran parte la apatía de las nuevas generaciones hacia la religión tradicional y todo lo relacionado con ella.

 

– Otras tres instancias típicamente humanas son la individualidad que se complementa con la inserción social en una comunidad y en la humanidad toda.

El individuo nace de una comunidad de personas, en ella crece y se desarrolla, y a ella vuelve para continuarla y perfeccionarla.

Pero esa comunidad familiar y pequeña se ensancha hacia comunidades cada vez mayores y hacia toda la humanidad que sin perder la unidad humana esencial, se desarrolla en multitud de culturas regionales y autónomas.

Hoy descubrimos, gracias a la globalización, no solamente que no estamos aislados, sino que tampoco tenemos una cultura universal o una cultura superior a las otras, como pretendió la cultura occidental europea, blanca y cristiana.

 

Generalmente casi todas las grandes religiones tuvieron esa pretensión de universalidad y a menudo intentaron o intentan  lograrla por la fuerza y el fanatismo, descalificando a otras culturas y a otras religiones consideradas como paganas, infieles o bárbaras.

Pero ha llegado el momento de recordar con el poeta León Felipe que “nadie va a Dios por el mismo camino que voy yo”, y que nadie tiene el monopolio de la verdad sobre el hombre, lo que implica además de una buena dosis de humildad, el reconocimiento y la valoración de otras culturas y de otras religiones.

 

Se trata, pues, de un nuevo aspecto de la educación que debe romper prejuicios de todo tipo y barreras históricas insalvables para mirar con ojos fraternos a otros pueblos y culturas considerados inferiores o indignos de estima, y mucho menos de amor. Lamentablemente toda nuestra historia localista aún no ha aprendido esta simple lección de igualdad y fraternidad.

Y las religiones, aunque todas pregonan un Dios único y Padre de todos los pueblos, se contradicen a renglón seguido presentándose como la única religión verdadera, descalificando y aún odiando a quienes también dicen ser hijos del mismo Padre…

 

Nos preguntamos, pues:

 

¿Tendremos la capacidad de superar esta terrible antinomia?

¿Sabrán los seres humanos vivir su identidad y dejar vivir a otros con su propia identidad? ¿Estamos capacitados para tomar conciencia de nuestros prejuicios raciales, sociales, históricos y religiosos que se traducen en constantes discriminaciones siempre justificadas con una maquinaria de excusas racionalizadas?

Que la individualidad  no se transforme en individualismo (postura tan extendida hoy) y que el aprecio de la propia cultura no signifique exclusivismo, autosuficiencia y desprecio de las otras.

Que mostremos el valor de nuestra cultura y de nuestra religión valorando con madurez a las otras culturas y religiones que tienen mucho que enseñarnos desde sus particulares puntos de vista.

 

  1. A) ELEMENTOS PARA UNA EDUCACIÓN ÉTICA LAICAL

 

Introducción
La problemática de la Ética es sin dudas la más conflictiva de esta etapa posmoderna que nos toca vivir a tal punto que podemos afirmar que hoy vivimos una situación casi pre-ética con grandes signos de psicopatía generalizada que ya se extiende incluso al terreno de los adolescentes y de la escuela, con actos antisociales, abusos y desórdenes de todo tipo e incluso actos brutales y asesinatos alevosos de inusitada crueldad, a  los que parece hay que acostumbrarse.

 

Mi preocupación, y seguramente la de todos los educadores, y en esta palabra incluyo a padres, maestros, docentes, psicopedagogos, psicólogos, comunicadores sociales, es la de encontrar una estrategia o metodología educativa que desarrolle el sentido ético, o lo que es lo mismo, sentimientos, actitudes y valores positivos hacia uno mismo y hacia los demás.

Para eso, debemos encontrar un fundamento, un porqué de la ética que signifique un punto universal de reflexión y de práctica, prescindiendo del sexo, edad, cultura o religión de la persona.

 

Sabemos que, en general en todas las culturas, la ética estuvo relacionada con la religión, de la que era un complemento importante. Se descontaba que místicos, profetas, sacerdotes y gente del clero eran los responsables de fijar ciertas normas de conducta y que toda la sociedad e incluso el Estado estaban obligados a cumplirlas, ya que se las consideraba como emanadas del mismo Dios o de los Dioses.

Por lo tanto, esta normativa se regía por el principio de autoridad, un principio heterónomo, o sea, al exterior del propio ser humano que nacía y vivía bajo una ley anterior y fuera de sí mismo.

 

Pero el hombre de nuestra cultura, posmoderna y secular, y por sobre todo autónoma, elabora hoy una Ética estrictamente humana (humanista y laica) y de características universales en sus fundamentos porque emerge de la misma naturaleza humana y biológica.

Lo cierto es que hoy son muchas las disciplinas e instituciones que se ocupan del tema ético, entre ellas, la educación, la psicología, la antropología, la filosofía y por qué no, la neurobiología, una ciencia que está revolucionando muchos de nuestros conceptos y paradigmas junto a la física cuántica y a la moderna cosmología evolucionista.

 

Al mismo tiempo las Naciones Unidas (ONU) intentan diseñar un modelo mínimo de convivencia universal entre todos los pueblos con cierto efecto muy moderado hasta el momento, y dejando inmensos vacíos tanto en la conducta de los propios dirigentes como en las motivaciones de sus normativas, expertos mediante.

 

Y las dos instancias educativas básicas, familia y escuela

¿Comprenden la novedad y hondura de esta situación?

¿Se han cerciorado de que vivimos una revolución cultural de mayor alcance que la del Renacimiento y la Modernidad?

¿Son concientes de que las tradicionales metodologías de formación ética fracasan porque los antiguos fundamentos del principio de autoridad y de tradición ya no son tenidos en cuenta por las nuevas generaciones?

Y los responsables de la Educación, ¿se han percatado de que el cultivo de la tecnología, de la información y de la pura racionalidad en la escuela no es suficiente para generar una conducta ética?

Y si la escuela-educación no desarrolla conductas éticas, conductas sanas y positivas hacia uno mismo y hacia los demás… ¿para qué sirve? Fracasa en lo más importante de su cometido, porque si no se aprende a vivir armónicamente, ¿de qué aprendizaje estamos hablando?

 

Así, pues, con el fin de aportar algunos elementos reflexivos y prácticos a tan importante cuestión, intentaré presentar algunas ideas partiendo, en este caso, de los aportes de la Neurobiología, para tratar de entender cómo se forman los sentimientos y la praxis ética en cualquier ser humano y cómo la familia y la escuela tienen una fundamental tarea en esa construcción.
Para ello, en la explicación neurobiológica, seguiré el excelente libro
En busca de Spinoza.  Neurobiología de la emoción y los sentimientos” ( Crítica, Barcelona, 2005
) de Antonio Damasio, uno de los más importantes neurobiólogos de la actualidad que ha dedicado su vida con su esposa Hanna al estudio de las bases neurobiológicas de la vida huma. Transcribiremos parcialmente textos del capítulo 2, 3 y especialmente 4, abocados al tema de las emociones, los sentimientos y su relación con la ética.

1. Emociones y Sentimientos
Antes que nada vamos a dar conceptos básicos y describir cómo se originan desde el punto neurológico y psicológico las emociones y los sentimientos que son base de la ética, para preguntarnos luego cómo proceder desde el punto de vista pedagógico.

 

“Las emociones están constituidas a base de reacciones simples que promueven sin dificultad la supervivencia de un organismo y de este modo pudieron persistir fácilmente en la evolución…

Todos los organismos vivos, desde la ameba hasta el ser humano, nacen con dispositivos diseñados para resolver automáticamente los problemas básicos de la vida, sin que se requiera el razonamiento adecuado.
Dichos problemas son:

– encontrar fuentes de energía,

– mantener el equilibrio químico del interior compatible con el proceso vital;

– conservar la estructura del organismo mediante la reparación del desgaste natural; y

– detener los agentes externos de enfermedad y daño físico”

 

En esta regulación homeostática (de estabilidad y equilibrio), para resolver los problemas anteriormente dichos (conseguir alimentos, funcionamiento equilibrado de los órganos vitales, descanso, autoconservación, respuesta a elementos patógenos y dañinos…) hay según Damasio, varios niveles, de menor a mayor, de lo más primitivo y automático a lo más evolucionado y necesitado de aprendizaje:

 

En el nivel básico están:

  1. La Regulación metabólica (de los sentidos, del ritmo cardíaco, respiración, digestión, equilibrio, etc.)
  2. Reflejos básicos ante un peligro, elemento extraño, calor o frío extremos, exceso de luz, golpes…
  3. Sistema inmune que detecta y combate virus y substancias tóxicas…

 

En el nivel medio:

  1. Comportamientos de placer y dolor (recompensa y castigo) ante determinados objetos o situaciones… que significan beneficios, peligro o enfermedad.
  2. Instintos básicos: hambre, sed, sexo, fuga, ataque, curiosidad, exploración…

 

En el nivel superior:

  1. Emociones propiamente dichas: alegría, placer, pena, miedo, orgullo, vergüenza, simpatía…
  2. Sentimientos: expresión mental de todos los niveles anteriores de regulación automática. Es la cumbre del equilibrio homeostático y de la armonía vital. Los sentimientos son específicos del ser humano; los elementos anteriores de regulación automática son comunes a todos los seres vivientes (vegetales y animales) en grados diversos.

 

En la evolución, cada nivel superior no elimina al anterior, sino que lo asume y mejora para una mejor adaptación. Por eso vemos, por ejemplo, que instintos, emociones y sentimientos (fase 5, 6 y 7) están íntimamente unidos y tienden a confundirse en sus manifestaciones psicosomáticas.

La paradoja del ser humano es que, habiendo logrado la culminación evolutiva con el desarrollo de la mente, de la razón, de los sentimientos y de la conciencia, no deja de estar dependiente de los procesos de las etapas anteriores, no sólo de los mecanismos de organización biológica (totalmente automatizados y necesarios para vivir) sino en particular de los instintos y emociones propias de ciertas especies animales, como la sexualidad y la agresividad.

Este aspecto de “animalidad” e “instintividad” fue lo que sorprendió a la religión y a la filosofía que no encontraron el modo de conjugar armónicamente los instintos con la mente racional. Y aún hoy padecemos este “dualismo” cuerpo-espíritu, del que Descartes fue un típico representante racionalista, en la línea de gnósticos, estoicos y del dualismo greco-cristiano.

 

En síntesis:

las emociones, como las de felicidad-alegría-placer, tristeza-dolor, miedo, etc. son un conjunto complejo de respuestas químicas y neurales producidas por el organismo (cerebro) cuando éste detecta un estímulo emocionalmente competente (EEC), o sea, un objeto o acontecimiento cuya presencia real o de rememoración mental, desencadena la emoción.

Las respuestas son automáticas y tienen múltiples manifestaciones somáticas (tensión muscular, palidez, alteración del ritmo respiratorio, digestivo y cardíaco, etc.) y síquicas (euforia, miedo, culpa, rabia, vergüenza…)

En los seres humanos (y aún en muchos animales), basta un recuerdo para que se genere la emoción similar a la primera vez en que se tuvo la experiencia del estímulo.

 

Es un dato muy importante a tenerlo en cuenta en la educación: el valor de las primeras emociones positivas (infancia con padres afectivos, emociones ante el hermano, el vecino, etc.) cuyo recuerdo perdurará en el tiempo y cuyo “mapa cerebral” se disparará ante una situación nueva similar.

Pero ¿qué sucederá si las primeras emociones ligadas a las experiencias de la vida (familia, vecinos, sexualidad, trabajo, dinero, etc.) son negativas?


Los sentimientos
, por su parte, se registran en la mente cuando las emociones persisten y el sujeto toma conciencia de que “siente lo que siente”. Son imágenes mentales, invisibles a todos los que no sean su legítimo dueño, pues son la propiedad más privada del organismo en cuyo cerebro tiene lugar.

 

Finalidad de las emociones

“Las emociones proporcionan un medio natural para que el cerebro y la mente evalúen el ambiente interior y el que rodea al organismo, y para que el organismo responda en consecuencia y de manera adaptativa.”

 

Hay que tener en cuenta que las emociones evalúan de forma natural y automática (así un estampido provoca inmediatamente sobresalto o miedo porque se evalúa “peligro”; un rostro sonriente y amable se evalúa como benigno y acogedor).

 

En cambio, la mente humana también evalúa, pero en forma conciente y racional, a menudo trabajosamente y buscando ayuda en otros sujetos, y debiendo elegir entre variables ya que debe evaluar situaciones más complejas y complicadas que incluso demandan tiempo y suponen probabilidad de errores, algunos fatales.

 

Precisamente hoy estamos ante situaciones que exigen respuestas éticas (saludables para el individuo y la sociedad) sobre cuyos alcances beneficiosos o perjudiciales existe amplia discusión, o cuyas consecuencias a corto o largo plazo desconocemos.

Basta citar el problema de inseminación artificial en humanos, clonación humana, alquiler de vientre, matrimonios de homosexuales con hijos adoptivos, leyes que posibilitan ampliamente el aborto en menores, actitud y legislación sobre la pena de muerte, prostitución, venta de órganos, trata de personas, tenencia de drogas, pornografía y un extenso etcétera que parece agobiarnos especialmente cuando tenemos que tomar decisiones ante nuestros hijos o educandos (relaciones sexuales precoces, métodos anticonceptivos, acceso a las drogas, violencias y discriminaciones…)

 

Pero siempre disponemos de un instrumento regulador:

 

“Incluso podemos modular nuestra respuesta emocional.

En efecto, uno de los objetivos clave de nuestro desarrollo educativo es interponer un paso evolutivo no automático entre los objetos causativos y las respuestas emocionales. Intentamos, al hacerlo, modelar nuestras respuestas emocionales y adecuarlas a los requerimientos de una cultura determinada…”

 

O sea, los seres humanos no somos esclavos de las emociones y a través del “desarrollo educativo” (lo dice un bioneurólogo…) podemos modularlas, socializarlas y controlarlas adecuándolas a nuestros objetivos, salud, conveniencia y valores.

Entre la emoción y los instintos (por ejemplo, sexuales) y la acción a la que tienden hay una distancia.

Una cosa es sentir un impulso (sexual, agresivo, por ejemplo) y otra cosa es llevarlo a cabo inevitablemente. En esto lo humanos nos distinguimos de los animales.

El ser humano no es responsable de sus emociones e impulsos instintivos y de sentirlos, porque surgen automáticamente de su inconciente, pero sí de lo que decide y hace con ellos. Esta es la cuestión clave para educadores y psicólogos, para la formación familiar y escolar y para la psicoterapia.

 

Tradicionalmente ciertas emociones e instintos fueron considerados en muchas culturas como “tentaciones del demonio” y, por tanto, venidos de afuera del sujeto y malos de por sí. Hoy entendemos que nacen de nuestro interior-inconciente (del cerebro) y que de por sí tienen una finalidad necesaria para la vida (mantenerla, continuarla, defenderla)

Pero el ser humano tiene la  insólita capacidad (libertad) de emplearlos “adecuadamente” para la vida y el bien social, o para la destrucción de sí mismo o de los otros.

Cómo lograr en la adolescencia esta regulación, cuando las emociones ligadas a los instintos surgen con fuerza espontánea y arrolladora, es sin dudas la gran preocupación de padres y educadores.

Pero es una tarea que no termina al final de la adolescencia: es la tarea de toda la vida.


Sede de las emociones y de los instintos

Como ya es sabido por muchas investigaciones realizadas por los neurobiólogos, emociones e instintos tienen su sede en el sistema límbico y muy especialmente en la amígdala que está relacionada con el miedo, la cólera y el sexo, las emociones más primarias y más necesarias para la conservación de la vida.

Miedo: fuga ante el peligro;  cólera: ataque al agresor, sexo: perpetuación de la vida.

De por sí son tres emociones positivas, aunque no suficientemente controladas pueden transformarse en individual y socialmente negativas: miedo excesivo, fobias, baja estima; cólera desmedida, ataque indiscriminado a todo lo extraño o distinto, paranoia; sexualidad egocéntrica, dominante, abusiva, sin respeto.

 

El lóbulo prefrontal, en cambio, detecta y procesa estímulos más complejos relacionados con lasemociones sociales, base de los sentimientos respectivos: empatía, compasión, afecto, tristeza, admiración, asombro, gratitud, felicidad, culpabilidad, vergüenza, indignación, desprecio.

Son fundamentales para la formación del sentido y conciencia éticos.

Sobre este tema profundizaremos más adelante.

 

Sintetizando:

 

“La evolución parece haber ensamblado la maquinaria cerebral de la emoción y el sentimiento enentregas parciales.

El primer dispositivo, la emoción, permitió responder de forma efectiva pero no creativa a una serie de circunstancias agradables o amenazadoras para la vida.

El segundo dispositivo, los sentimientos, introdujo una alerta mental para las circunstancias buenas o malas, y prolongó el impacto de las emociones al afectar de manera permanente la atención y la memoria.

Finalmente, en una fructífera combinación con los recuerdos pasados, con la imaginación y con el razonamiento, los sentimientos a su vez condujeron a la aparición de la previsión (del futuro) y a la posibilidad de crear respuestas nuevas, no estereotipadas.

La naturaleza utilizó la maquinaria de la emoción como punto de partida y añadió chapuceramente unos cuantos componentes más.

En el principio fue la emoción, pero en el principio de la emoción fue la acción”

 

Así, pues, cuando las emociones son sentidas concientemente, cuando “se siente que se siente”, hablamos de sentimientos, ya que “el sentimiento es la percepción de un determinado estado del cuerpo junto con la percepción de un determinado modo de pensar y de pensamientos con determinados temas…

El sentimiento, en el sentido puro y estricto de la palabra, es la idea (o percepción) de que el organismo se encuentra de una determinada manera… traduce el estado de vida en curso en el lenguaje de la mente…”

 

Por eso, mientras que los animales poseen emociones o respuestas automáticas (incluso y probablemente las plantas) sólo los seres humanos poseen sentimientos porque están dotados de un sistema nervioso “capaz de cartografiar estructuras y estados corporales y transformar los patrones neurales de tales mapas en patrones e imágenes mentales

Para que se produzca un sentimiento se requiere que su contenido sea conocido por el organismo, es decir, la conciencia es un requisito…”

 

El cerebro humano es el instrumento que realiza todas estas complejas tareas: es quien produce emociones desde sus elementos más primitivos (sistema límbico, de millones de años de antigüedad, presente ya en los primeros mamíferos), y quien toma conciencia de las mismas y las regula mediante sus elementos más evolucionados (lóbulo frontal, corteza cerebral del homo sapiens).

 

Desde el punto de vista educativo esto es fundamental:

los seres humanos que reaccionamos automáticamente frente a ciertos estímulos (sexuales, de miedo, de ira), podemos regular y modular esas reacciones y la consiguiente respuesta.

Para esto, antes que nada el ser humano debe tomar conciencia de sus emociones y sentimientos.

Una tarea que no es, de por sí, automática, sino fruto de aprendizaje y educación. Ser concientes de las propias emociones y de su causa u origen. Asumir esas emociones como propias y decidir qué trámite darles.

Y estamos de lleno en la tarea de educar emociones y sentimientos.

 

Si los instintos y deseos básicos tienen sede en el cerebro, también la conciencia la tiene, en el lóbulo frontal y en la corteza cerebral, y en la interrelación de estos circuitos neurales, mediante billones de conexiones, se produce un equilibrio individual y social.

El desarrollo de este complejo equilibrio es la tarea de padres y educadores

 

Repasemos lo visto hasta ahora:

 

– Determinados estímulos producen la reacción de las emociones, las cuales conducen a la

– construcción de un conjunto concreto de mapas neurales del organismo con señales procedentes del cuerpo propiamente dicho.

– Los mapas son la base del estado mental que denominamos sentimientos de alegría y sus variantes, o de la pena y dolor que abarca estados negativos tales como angustia, miedo, culpabilidad y desesperación.

 

Los mapas asociados a la alegría (felicidad) significan estados de equilibrio para el organismo y se definen asimismo por una mayor facilidad en la capacidad de actuar.

Los mapas relacionados con la tristeza… están asociados a un cuadro de desequilibrio funcional. Se reduce la facilidad de acción y hay un tipo de dolor, síntomas de enfermedad o señales de conflicto.

 

Aquí tenemos una indicación muy importante para la educación, el estudio, la salud y el desarrollo de la personalidad:

Cuando se actúa con sentimientos de alegría, entusiasmo, placer y bienestar se logra el punto óptimo para mantener la salud y para cualquier actividad vital, desde las más primarias (comer con apetito, hacer deporte, dormir) hasta las más secundarias: estudiar, trabajar, cooperar, etc.

Como bien dice Damasio: estos estados “son propicios para la supervivencia… para la supervivencia con bienestar… y una mayor facilidad en la capacidad de actuar”

 

Esta es una experiencia universal: cuando estos sentimientos positivos están en su punto alto, toda empresa parece accesible y el organismo no conoce el cansancio…

La mejor motivación es sentir placer en lo que se hace… ¿Será por eso que la naturaleza agregó tan gran placer, el sexual, a la gran responsabilidad de engendrar y educar la prole?

Cuando los sentimientos son negativos (desestima, aburrimiento, apatía, agresividad, etc.) estamos en una situación de depresión, abulia y enfermedad. La vida pierde interés…

Si no hay asombro por nuevos conocimientos, entusiasmo por aprender, vínculos agradables, ganas de triunfar, amor por lo que estudia o hace… la inteligencia no se moviliza (no se motiva) y cuánto más se le exige o castiga, menos responde. Es lo que se llama la “contrainteligencia”. Los sentimientos negativos bloquean el flujo de la mente que se vuelve contra el individuo y le provoca abulia, cansancio, stress, neurosis y otros síntomas de enfermedad síquica.

 

Entonces, ¿qué se puede hacer cuando los adolescentes y niños viven sentimientos negativos en la escuela o cuando “la clase de ética “es aburrida? Es inútil exigirles que “estudien más y se porten bien”.

El problema no es de falta de inteligencia o de voluntad. Es la falta de sentimientos positivos lo que provoca esos síntomas. Sin sentimientos positivos ni la inteligencia ni la voluntad (toma de decisiones) se estimulan.

Sólo hay, entonces, un camino para lograr mejorar el nivel de aprendizaje: modificar y educar los sentimientos. Educar en una escuela interesante, alegre, dinámica, con respuestas a los problemas de los chicos…


Otra tarea interesante de educadores en general: corregir ciertos mapas cerebrales distorsionados por una educación en el miedo (tan común en muchas familias y religiones) o por situaciones sociales, históricas y políticas que alimentaron odios “justificados”, descalificaciones, prejuicios y conflictos hipotéticos que generan un estado general de intranquilidad, miedo, depresión o rabia y violencia generalizadas.

 

Basta ver lo que sucede en nuestro país, donde el estilo político consiste en una constante confrontación entre unos, que se consideran los buenos patriotas, y otros que son denostados como agentes de desestabilización por tener ideas distintas. Todo el mundo político justifica sus agresiones e incluso sus actos corruptos, y acusa a los adversarios como únicos culpables. En este clima de “fanatismo” a ultranza, es imposible pedir racionalidad y coherencia. Los mapas están falsificados y cada uno actúa según su mapa, sin preguntarse si puede o no tener datos erróneos.

 

Lo mismo sucede con los mecanismos de los prejuicios de género, étnicos, religiosos o culturales.

Mapas cerebrales (percepciones y juicios de valor) que llevan intactos siglos o milenios, son muy difíciles de modificar, y exigen nuevas percepciones, apertura mental, mucho diálogo y decisión para cambiar. Y sobre todo, tiempo y paciencia…

 

Y por último, en un terreno más cotidiano, todo maestro de los primeros ciclos y profesores de adolescentes sabe con cuántos mapas distorsionados llegan los alumnos sobre la misma función de la escuela, sobre sexualidad, sobre la convivencia, etc. que hacen tan difícil la tarea educativa que primero tiene que modificar esos mapas cerebrales y percepciones ya incorporadas como parte de una experiencia.

Y por eso es tan difícil la reeducación de niños y adolescentes que transitan por el camino de la delincuencia y de la droga desde temprana edad.

 

Sentimientos y comportamiento social.
“Existen pruebas crecientes de que los sentimientos, junto con los apetitos y las emociones, desempeñan un papel decisivo en el comportamiento social

 

Esto es clave en la educación. Por más inteligente que sea el sujeto, su sentido ético y social no está primeramente ligado a sus conocimientos y razonamientos, sino a determinados sentimientos (y emociones) relacionados con ciertas situaciones, objetos o personas: qué sentimientos asoció con mujer, sexo, dinero, vecino, anciano, trabajo, etc. y ahora puede recordar.
Si los “mapas” del cerebro son de emociones negativas (maltrato, violencia, desprecio…) ante una nueva situación similar a las vividas, se dispara “automáticamente” el sentimiento negativo.

Si el sujeto “no conoció” un ambiente de afecto, respeto, amor, cooperación… ante una nueva situación su cerebro no tiene “mapas positivos” con qué relacionarla, y la sola explicación “racional-verbal” (esto es bueno, es malo) no le significa absolutamente nada, porque no hay sentimientos de base para esas elaboraciones racionales. Sin sentimientos experimentados, las palabras son vocablos ininteligibles, como otro idioma incomprensible. Nuestro mundo social y político está lleno de estas palabras vacías.

 

Es obvio, entonces, que la educación ética no consiste en clases teóricas (generalmente “aburridas”) sobre lo que es bueno o malo, sobre valores y dignidad de la persona, sobre derechos y deberes humanos.

La ética sólo se construye en una comunidad que vive y goza emociones y sentimientos positivos asociados a eso bueno, a ese valor o a esa dignidad, a la vivencia de ese derecho o deber.

Si no hay sentimientos, sólo quedan palabras huecas y vacías.

Pero si hay sentimientos, si hay experiencias emocionales positivas, entonces la razón que ya tiene ese mapa positivo, “completa” el trabajo, perfecciona, desarrolla y aplica a la realidad el sentido ético.

 

Si un sujeto fue amado y valorado por sus padres, “sabe” lo que es el afecto y la valoración de la persona. “Sabe”, siente, vive, experimenta. Y la emoción sentida es el mejor signo de que “sabe”.

Pero si niños y adolescentes experimentan la sexualidad como algo burdo, desconectado de sentimientos y vínculos, o si la mujer es vivenciada como un simple objeto de placer egoísta… ¿qué mapas cerebrales están elaborando para el resto de su vida? ¿Y qué lógica se puede esperar de la razón que trabaja sobre ese material?

 

Qué importantes que son estos conceptos en la educación, precisamente en una etapa en que se prepara a chicos y adolescentes “para el futuro”. Esa ”pre-paración” debe estructurarse sobre experiencias emocionalmente positivas (trabajar en equipo, compañerismo, solidaridad) para que en el futuro ante situaciones similares el cerebro contemple un mapa positivo que impulse hacia una buena elección.

Lo mismo dígase para experiencias emocionales que causaron dolor o insatisfacción: preparan para evitar en el futuro experiencias iguales o similares. De allí la importancia de las emociones y los sentimientos.

 

Inconductas y falta de conciencia ética por lesiones cerebrales o ambiente cultural

 

“Cuando individuos previamente normales sufren lesiones en regiones cerebrales necesarias para el despliegue de determinadas clases de emociones y sentimientos, su capacidad de gobernar su vida en sociedad se ve gravemente perturbada…”

 

En concreto: investigaciones y estudios neurológicos coinciden en que son las lesiones en el lóbulo prefrontal,  especialmente la parte ventromediana (área 10 de Brodmann), y frontal, las que provocan conductas que llamamos comúnmente psicopáticas o sociopáticas, anulando el sentido ético del sujeto, pero no otras funciones relacionadas con la inteligencia.   Se trata de trastornos de personalidad antisocial y con diversos grados, pero siempre con carencia de afectividad y empatía, sentido ético, responsabilidad y remordimiento.                    .

O sea, las inconductas no provienen de falta de conocimiento de las normas, o por carencia de lógica o de memoria.  Los delincuentes pueden conocer perfectamente el código y todo el conjunto de leyes… y hasta enseñarlas…

“Dichos pacientes son emocionalmente insulsos a nivel de las emociones sociales. Emociones tales como vergüenza, simpatía y culpabilidad parecieran disminuidas o ausentes”

 

Ahora bien: ¿por qué hay tantos casos de psicopatía y conductas antisociales en personas que no tienen lesiones cerebrales, aunque los síntomas psicopáticos son los mismos que en aquellas personas con lesiones?

¿A qué se debe la carencia de criterios éticos en tantas personas de nuestra sociedad y por qué fracasan los intentos de educación ética en la familia y en la escuela?

 

Como bien señala Damasio, este cuadro antisocial puede deberse a factores sociales y educativos.

Es decir: una educación y un ambiente cultural no apropiados desde el punto de vista ético, carente de emociones positivas conectadas a situaciones vinculares y sociales (falta de afectos, de alegría, de buen trato, de arrepentimiento y reparación…), o cargada de emociones negativas (fruto de castigos, escándalos, violencias, desavenencias, agresiones físicas y síquicas, desprecios, burlas, malas influencias…), producirá efectos de inconducta ética y antisocial similares a los de sujetos con lesión.

 

El sujeto anti-social en diversos grados, carente de emociones y de sentimientos de empatía y dolor por el prójimo necesitado, de culpa y responsabilidad ante el mal realizado, de ausencia de experiencias de solidaridad y amor hacia el prójimo, es fruto de una educación y un ambiente socialmente enfermos, y especialmente carentes de emociones y sentimientos positivos, o con exceso de autoritarismo y frialdad racional, sin descartarse posibles inclinaciones innatas o alguna deficiencia neural.

Es un tema sobre el cual hay aún mucho que investigar.


Sólo nos queda una inquietante pregunta:

¿No estamos acercándonos a una sociedad sin emociones y sentimientos positivos?

¿Y qué podemos hacer en la familia, en la educación, en el campo político, social y religioso para revertir esta peligrosa situación?

 

 

Comportamientos éticos

 

Es evidente que emociones y sentimientos juegan un papel “fundamental” (de fundamento) en el desarrollo ético.

Las emociones y los sentimientos aparecieron antes de la existencia de los seres humanos, formando emociones sociales automáticas y estrategias de cooperación aún entre especies animales, tal como lo han comprobado diversos especialistas, y como lo observamos cotidianamente en hormigas, abejas, pájaros, lobos, murciélagos, monos y múltiples especies más.
“Pero el comportamiento ético humano posee un grado de complejidad y complicación que lo hace distintamente humano.

Las normas éticas crean obligaciones únicamente humanas para el individuo normal que está al corriente de dichas normas. La codificación es, pues, humana…

En fin, podemos darnos cuenta de que una parte de nuestra constitución biológica/psicológica tiene inicios no humanos, pero nuestra comprensión profunda de la condición humana nos confiere una dignidad única…

La historia de nuestra civilización es, hasta cierto punto, la historia de un esfuerzo persuasivo por extender los “mejores sentimientos morales” a círculos cada vez más amplios de humanidad… Que estamos lejos de acabar la tarea es fácil de comprender sólo con que se lean los titulares de los periódicos.

 

Y hay varios puntos tenebrosos naturales con los que luchar.

El rasgo de dominación con su complemento de sumisión, es un componente importante de las emociones sociales.

La dominación posee cierto rasgo positivo en el sentido de que los individuos dominantes tienden a proporcionar soluciones a la comunidad, llevan las negociaciones y la guerra. Encuentran el camino de la salvación a lo largo de las rutas que llevan al agua, a los frutos y al refugio, o a través de los senderos de la sabiduría y la profecía.

Pero estos sujetos dominantes pueden convertirse asimismo en matones pendencieros, tiranos y déspotas, especialmente cuando la dominación va de la mano de su gemelo: el carisma. Pueden llevar mal las negociaciones y conducir a los demás a una guerra equivocada.

En estos sujetos, la exhibición de emociones agradables está reservada a un número muy reducido constituido por ellos mismos y por los que los apoyan más directamente.

De igual modo, los rasgos de sumisión, necesarios para conseguir acuerdos  y consensos acerca de un conflicto, pueden hacer asimismo que estos individuos sumisos se encojan ante la tiranía y aceleren la caída de todo un grupo por el mero uso excesivo de la obediencia”.

 

¿Necesitamos dar ejemplos, o nos basta analizar nuestra historia reciente y actual?

 

Vida social. El yo, los otros y la socialización
Si bien la vida humana es regulada en primer lugar por los dispositivos naturales y automáticos de la homeostasis: equilibrio metabólico, apetitos, emociones, etc… la vida humana es mucho más compleja por la variedad de conflictos que surgen, de modo que nuestra supervivencia y bienestar son regulados por otros dispositivos que dependen de la relación con los otros y de la creación de instrumentos consensuados de normas éticas y de justicia.

No estamos solos, y la convivencia social con el descubrimiento de “los otros” abre un nuevo frente en el proceso ético. Nuestro bienestar está asociado al bienestar de los otros. Y buscar este bienestar individual y social constituye la esencia del bien-actuar.

 

“Nuestra vida debe regularse no solo por nuestros propios deseos y sentimientos, sino también por nuestra preocupación por los deseos y sentimientos de los demás, expresados como convenciones y normas sociales de comportamiento ético.

Dichas convenciones y normas y las instituciones que las hacen cumplir -religión, justicia  y organizaciones sociopolíticas- se convierten en mecanismos para ejercer la homeostasis al nivel del grupo social. A su vez, actividades tales como la ciencia y la tecnología ayudan a los mecanismos de homeostasis social…
Con solo algunas variaciones de acento sobre lo individual o lo colectivo, directa o indirectamente,el fin último de estas instituciones gira alrededor de

– promover la vida y evitar la muerte, y

– aumentar el bienestar y reducir el sufrimiento.
Es evidente que, a medida que las sociedades humanas se hicieron más complejas, sobre todo durante los diez mil o más años pasados desde que se desarrolló la agricultura, su supervivencia y bienestar dependieron de un tipo adicional de gestión  no automática en un espacio social y cultural.

Me estoy refiriendo a lo que generalmente asociamos con el razonamiento y la libertad de decisión

 

Esta es la gran tarea de toda la sociedad y de la educación ética en particular: elaborar un sistema armónico de convivencia desde la razón autónoma en diálogo con los otros para asumir decisiones con plena libertad, respetándose las razones y las libertades de todos los miembros sociales.

Y nadie ha dicho que ésta sea una tarea fácil.

 

Otro punto importante tiene que ver con los fines en relación con los medios y las maneras.
. Los fines, los medios y las maneras de los dispositivos automáticos (regulación del sistema respiratorio, cardíaco, etc.) están bien establecidos y son eficaces.

.  Pero cuando observamos los dispositivos no automáticos, vemos que

–        mientras existe un cierto consenso generalizado en torno a algunos fines (por ejemplo, vivir armónicamente, ser solidarios, etc.)

–        no existe por ejemplo consenso sobre cuáles son los fines prioritarios (por ejemplo en educación o en un plan político)

–        ni tampoco en los medios y maneras para alcanzar esos fines, pues varían notablemente dependiendo del grupo humano y del período histórico, y son de todo menos fijos.

 

O sea, los sentimientos tan relacionados con los valores, pueden ayudar a encontrar objetivos y fines, pero no los medios y  maneras tan dependientes de muchas circunstancias personales y culturales.

Una cosa son los objetivos y fines, y otra las estrategias, metodologías y caminos para lograrlo.

 

Parece estar comprobado que el cerebro tiene mecanismos automáticos que mueven a la cooperación social en todos los organismos vivientes para mantener la vida y adaptarla a nuevas circunstancias. Pero no determinan los medios específicos para alcanzar ese fin, lo que supone un largo aprendizaje.

Los seres humanos tendemos a preservar la vida y mejorar individual y socialmente, pero ¿cómo hacerlo? ¿Cómo conseguir los éxitos necesarios, cómo conservar el medio ambiente, hacer respetar nuestros derechos, o combatir una enfermedad o hacer frente a un enemigo que intenta destruirnos, o eliminar la pobreza o la delincuencia?

Muchísimos problemas actuales no están referidos a los fines sino a los medios: cómo combatir el Sida, cómo controlar los impulsos sexuales, cómo defender la dignidad de una chica violada, cómo respetar los derechos de los homosexuales…

Y en el campo escolar: cómo lograr un desarrollo integral de los educandos, cómo promover un mejor aprendizaje, cómo mejorar la convivencia…

 

Entonces, emociones y sentimientos que nos orientan hacia los fines, necesitan al trabajo de la razón en diálogo con toda la comunidad para encontrar las formas concretas de llegar a esos fines. Y esto es la ética.

 

El fundamento de la virtud ética

Un organismo vivo,conocido por su dueño porque la mente de éste ha construido un yo (el ser humano), posee una tendencia natural a preservar su propia vida; y el estado de funcionamiento óptimo de este mismo organismo, subsumido por el concepto de alegría, resulta del esfuerzo exitoso por resistir y construir…

La realidad biológica de la autopreservación conduce a la virtud porque

– en nuestra necesidad inalienable de mantenernos a nosotros,

– hemos de preservar, por necesidad, a los demás yoes.

Si no conseguimos hacerlo, perecemos y de este modo violamos el principio fundacional y renunciamos a la virtud que reside en la autopreservación.

 

Así, pues, el fundamento secundario de la virtud es la realidad de una estructura social  y la presencia de otros seres vivos en un complejo sistema de interdependencia con nuestro propio organismo…

 

Los seres humanos son como son: vivos y equipados con apetitos, emociones y otros dispositivos de autopreservación que incluyen la capacidad de saber y razonar.

La conciencia, a pesar de sus limitaciones,  abre el camino para el conocimiento y la razón,  y a su vez, permite a los individuos descubrir qué es bueno y qué es malo.

El bien y el mal no son revelados sino descubiertos, individualmente o por acuerdos entre seres sociales.

 

La definición de bien y de mal es sencilla y sensata.

Los objetos buenos son los que promueven, de manera fiable y sostenida los estados de alegría (felicidad) que… aumentan el poder y la libertad de acción. Los objetos malos son los que evocan el resultado opuesto…

Las acciones buenas o malas no son simplemente acciones que concuerdan o no con los apetitos y emociones del propio individuo.


Las buenas acciones son las que, al tiempo que producen un bien al individuo a través de los apetitos y emociones naturales, no causan daño a otros individuos.

El precepto es inequívoco. Una acción que fuese beneficiosa individualmente pero que hiciese daño a otros no sería buena porque causar daño a otros siempre inquieta y finalmente daña al individuo causante del daño.

En consecuencia dichas acciones son malas: “nuestro bien reside especialmente en la amistad que nos liga a otros seres humanos y a ventajas para la sociedad” (Spinoza, Ética, V, 10)

 

Más allá de cada yo existen otros, como individuos o entidades sociales, y su propia autopreservación, es decir, sus apetitos y emociones, han de tenerse en cuenta…

La empresa de vivir en acuerdo pacífico y compartido con otros es una extensión de la empresa de autopreservarse a sí mismo. Los contratos sociales y públicos son extensiones del mandato biológico personal…

 

Más allá de la biología básica, existe un mandato humano que también tiene raíces biológicas pero que sólo surge en el entorno social y cultural, un producto intelectual del saber y la razón…

Hemos de trabajar duro a la hora de formular y perfeccionar el mandato humano, pero en cierta medida nuestro cerebro está constituido para cooperar con otros en el proceso de hacer que el mandato sea posible. Éstas son las buenas noticias.

Las malas, desde luego, son que muchas emociones sociales negativas, junto con su explotación en las culturas modernas, hacen que el mandato humano sea difícil de implementar y mejorar…”
Es probable que se piense que el fundamento social-humano de la ética y del amor al otro sea un tanto egoísta: “porque te necesito, te amo y coopero contigo”

Pero los organismos vivientes son esencial y necesariamente “sociales” y mutuamente dependientes, desde antes de nacer, dependiendo de unos padres para existir… y manteniendo esta dependencia de los otros hasta el fin de sus días.

Pero es una dependencia mutua: necesitamos al otro y otros nos necesitan.

 

Siempre hay un “egoísmo” biológico y psicológico en los seres humanos, o  sea, siempre cada uno busca conservar su vida y acrecentarla con felicidad, y aprende que su felicidad depende de su buena relación con los otros. Necesitamos de los otros para vivir y vivir con bienestar.

Algo muy distinto es el egoísmo moral o ético: una actitud individualista, que ignora lo social, que nunca contempla la relación con el otro ni el bien del otro.

Ego-ismo es una palabra latina “ego-idem”, que significa “yo mismo”.

Por eso hasta el viejo mandato de la sabiduría humana que a través de la Biblia nos llegó, lo dice claramente: “Ama a tu prójimo como ya te amas a ti mismo”. Lo primero es amarse a uno mismo, amar su vida y su bienestar.

Lo segundo, el mandato, es amar al otro; lo dado y natural, lo obvio es que uno se ama a sí mismo. Pero no podemos amarnos (vivir, crecer y desarrollarnos sana y felizmente) sin el amor al otro que, por cierto, nos devuelve su amor.

Podríamos modificar el dicho bíblico de esta forma:

Porque te amas a ti mismo, ama también a tu prójimo”… Y el prójimo dirá lo mismo…

 

En esto también radica el fundamento de la autoestima, tan importante para construir nuestra identidad.

El que ama al otro más que a sí mismo, el que se pospone, pierde su identidad y va camino de la depresión y del masoquismo.

El que se ama a sí mismo (el que lucha por vivir sanamente y crecer con armonía y felicidad) es el que está en mejores condiciones para amar al otro y darle felicidad.

Cuando “estamos bien”, cuando estamos plenos de felices sentimientos, qué profundo y auténtico es nuestro amor al otro, y cómo ese amor nos enriquece y nos sostiene.

Esto es lo que los antiguos llamaban “sabiduría”, o sea, el arte de “saborear” y disfrutar la vida.

 

Finalizando:
Mediante la educación y la socialización, tomamos conciencia de nuestros sentimientos, los fortalecemos y reflexionamos para llevarlos a una óptima condición que nos posibilite una vida feliz y nos evite experiencias negativas y destructivas.

Tal el sentido de la ETICA, con mayúsculas, o sea, el arte de vivir con plena felicidad individual y socialmente.

 

Nos queda ahora la tarea de sacar algunas conclusiones pedagógicas que surgen espontáneamente de este análisis neurobiológico.

Se trata de ser coherentes. Si nuestro organismo biológico mediante el cerebro funciona de esta manera, busquemos una educación acorde con ese funcionamiento.

Si las emociones y los sentimientos son el fundamento de las conductas sociales y éticas, será la educación de las emociones y sentimientos el primer y fundamental paso para construir una conciencia ética. Algo que algunos educadores y psicólogos intuyeron hace mucho tiempo, pero que nuestra escuela nunca tuvo en cuenta a la hora de diseñar su estilo educativo, tradicionalmente de espaldas a emociones y sentimientos, afectos y alegrías.
Consideraciones sobre la educación ética

  1. El primer concepto que tenemos que revisar es precisamente el concepto de “ética” a la que comúnmente se la considera como un conjunto de normas emanadas por otros y se la identifica sin más con la moral, que en realidad refleja las costumbres propias de cada cultura.

De acuerdo a lo que vamos viendo y a lo que hemos escrito al hablar de los derechos humanos, entendemos a la ética como la postura del ser humano frente al cosmos, a la vida, a sí mismo y a sus semejantes.

La ética, fundamentada en los más profundos sentimientos humanos, está íntimamente relacionada con el sentido de la vida, con la forma como queremos vivir, con la armonía en nuestro interior, la armonía con la naturaleza, con los seres vivientes y con toda la sociedad.
Armonía… homeostasis…

Cada persona, cada grupo humano, cada cultura buscará la forma concreta de vivir de acuerdo a sus circunstancias particulares.

 

Por lo tanto, la formación ética no consiste en un teórico aprendizaje en alguna hora de clase, considerada por docentes y alumnos, como “materia aburrida”.

Qué increíble que el tratamiento de la “mejor forma de vivir” sea considerado como aburrido, y más increíble aún si consideramos que la base de la ética y su esencia misma, no son conceptos y racionalizaciones, sino los más profundos y sentidos sentimientos humanos hacia uno mismo y hacia los otros.

 

Este es nuestro punto de partida: la ética (del griego ethos que significa comportamiento humano, actitud humana) define nuestra forma de vivir, de vivir con bienestar, de vivir disfrutando y gozando la vida, de convivir placenteramente con los otros, de vivir en constante crecimiento.

Por eso pienso que la otra palabra que la define es “Sabiduría”: el arte de vivir.

  1. Por lo tanto, y como primera consecuencia, la educación ética es el aprendizaje de vivir, aprendizaje que se inicia con el nacimiento y finaliza con la muerte.

La educación ética es una experiencia de vida, una experiencia de emociones y sentimientosque dan sabor a la vida y a todas las relaciones del ser humano consigo mismo, con el cosmos, con la sociedad.

La educación ética no es la reflexión de los filósofos ni la obediencia a las normas de una religión u otra institución. Es simplemente la experiencia gozosa, sana, agradable, profunda, total de vivir, y de vivir con el mayor bienestar integral (físico, síquico, social, espiritual) para cada uno y para los otros.

 

¿Y dónde se aprende a vivir así?
Sabemos la respuesta: primero en la familia, que junto a la escuela, nos abre a la sociedad preparándonos para una vida adulta.

La familia es la matriz ética, no por medio de conceptos, retos y castigos (algo que sucede con mucha frecuencia) sino por medio de un trato afectuoso, por la experiencia del amor, de las relaciones cálidas, de vínculos positivos, de un diálogo confiado.

Ese ambiente familiar (cuando decimos “familiar” ya decimos algo hermoso) en el que se viven las primeras y más profundas emociones es, como lo hemos visto a lo largo de este artículo, la condición básica para una conducta ética. Allí se forman los primeros y definitorios mapas cerebrales sobre las experiencias vitales. Mapas afectivos que se harán presentes en circunstancias similares del futuro.

Qué importante que los niños, desde muy pequeños, sientan cómo sus padres les expresan sus sentimientos con gestos y con palabras en un clima de respeto, diálogo, sinceridad y alegría.
Eso es un lenguaje… y el niño aprende ese lenguaje.

 

Los docentes saben que los alumnos no vienen a la escuela como una “tábula rasa”, como una página en blanco. Vienen con sus mapas, a menudo distorsionados y falseados.

Por tanto, la primera tarea es conectarse con la familia, y trabajar juntos sobre los mismos sentimientos que fundamentan una conducta ética, sentimientos que se transforman en “valores” permanentes. Los valores son el concepto mental de los sentimientos.

Sentimiento y valores no se enseñan con conceptos y palabras. Se viven y se aprenden desde esa vivencia.

En una segunda instancia, los mismos padres, al igual que la escuela y la religión, profundizan esas experiencias y les dan formas concretas y puntuales según las muchas situaciones e instancias de la vida y dentro del estilo propio de cada comunidad.

¿Acaso no es ésa nuestra propia experiencia?

 

  1. Y llegamos a la escuela y nos preguntamos: ¿Cómo hacer educación ética?

Y damos la misma respuesta que para la familia, sólo que su aplicación resulta más complicada.

La escuela es la primera experiencia grande de socialización de los niños: allí se encuentra con muchos “otros”, tanto de su misma edad como más grandes o pequeños, y se encuentran con otros adultos que no son sus padres…
Como educador he visto cómo lloraban tantos niños al encontrarse por primera vez con ese ambiente tan grande y extraño… ¿Dónde está mamá? ¿Y mi abuela? ¿Y mis juguetes?

 

Y este nuevo lugar ¿es algo completamente distinto a la familia, o tiene elementos comunes?

Por lo tanto: ¿la escuela se define por la vivencia de sentimientos positivos en primer lugar, o por un conjunto de instrumentos institucionales y formales construidos de espalda a los sentimientos?

Qué prioriza la escuela: ¿el aprendizaje pasivo de conceptos y teorías, de conocimientos y técnicas, o las buenas relaciones entre compañeros, de los docentes entre sí y con los alumnos, de los directivos con alumnos y docentes?

¿Qué papel juegan las emociones y sentimientos en la escuela? Nada digamos en la escuela secundaria donde falta la presencia “maternal” y permanente de la maestra.

 

Por lo tanto: educar en la ética es educar en las emociones y sentimientos. Eso es lo primero. Después se reflexiona y se hacen las aplicaciones concretas a situaciones puntuales de la vida, tanto sobre ejes transversales como en momentos especiales, por ejemplo, debates sobre derechos y deberes humanos, análisis de la Constitución, encuentros sobre valores o actitudes religiosas, etc.

 

Este es el gran cambio educativo que se necesita:
crear una escuela que en su misma estructura y en todos sus vínculos

– viva los buenos sentimientos, viva los derechos humanos, viva los valores proclamados.


Es importante que la escuela tenga una estructura afectiva y afectuosa, serena, alegre, creativa, espontánea, dialogante.

Que docentes y alumnos se expresen, que expresen especialmente sus emociones y sentimientos (algo considerado propio de niñas), que lo hagan con gestos, con palabras y por un medio muy descuidado: el arte.

A través de un arte creativo, danzas, canto, música, dibujos y pinturas, artes audiovisuales, los chicos aprenden a expresarse, a sacar afuera lo que sienten.


Pero el instrumento principal de educación ética que tiene la escuela es la convivencia de docentes y alumnos durante largos años. En esa convivencia social se aprende a vivir con los otros, a respetarlos, escucharlos, amarlos, ayudarlos.

No solamente la convivencia rutinaria de estar juntos (o amontonados) sino convivencias especialmente aptas para desarrollar los sentimientos sociales: juegos, deportes, educación física, salidas, campamentos, excursiones, etc.

En esas circunstancias el cuerpo que expresa las emociones juega un papel importante y más espontáneo que cuando se está sentado en clase.

Las emociones corporales nos dicen cómo nos relacionamos con los otros, con simpatía o indiferencia, cómo nos alegramos con los compañeros, cómo sufrimos por ellos, cómo vivenciamos ganar o perder en un deporte, cómo reaccionamos con ira o paciencia, con orgullo o sumisión…

En fin, que las emociones y sentimientos se hacen vida en esas experiencias.
Y esas experiencias son la mejor “materia” para aprender y evaluar.

 

Señalemos algunas metas a conseguir en la educación ética:

  1. a)      Que niños y adolescentes (también los educadores) tomen conciencia de sus emociones y sentimientos, que los reconozcan como propios, que descubran su valor positivo, que los sientan como aliados para conocerse, para detectar conflictos internos y externos, y como guía para posibles soluciones.
  2. b)      Que aprendan a modular las reacciones emocionales instintivas, a distanciar la emoción de los actos a los que tienden, a enfriar impulsos mediante la reflexión y el análisis de los efectos de un impulso no controlado. Tarea difícil, pero no imposible y muy necesaria. Ser responsables de emociones y sentimientos. Aprender a expresarlos, pero adecuadamente y sin herir a otros.
  3. c)      Que aprendan a llegar a los objetivos y fines a los que tienden emociones y sentimientos positivos mediante el análisis racional de los medios más adecuados: “cómo expresar mi sexualidad, cómo expresar el amor a la pareja y construir una pareja estable y feliz, cómo saber defenderme cuando me siento herido o atacado, cómo resolver conflictos con los otros, cómo vincularme con los padres que me tratan como un niño, cómo hacer respetar mis derechos…” Esta es la tarea de toda la vida: aprender desde la escuela a escuchar otras opiniones, a buscar opiniones, a debatirlas, a salir de lo que siempre se ha hecho, a evaluar consecuencias para uno mismo y para los otros…
  4. d)   Que aprendan a vincularse sanamente con los otros: padres, hermanos, compañeros, pareja. Es aquí donde nuestra sociedad se halla más en falta. Desarrollar, por tanto, los sentimientos específicamente sociales y vinculares: empatía, dolor por el que sufre, alegría por los éxitos, responsabilidad reparatoria… La mayoría de los problemas éticos de la sociedad pasan por la variable comunicacional.

 

La educación ética en la familia, en la escuela y en la sociedad en general, es la gran asignatura pendiente de nuestra cultura.

Nadie puede decir que tiene la solución integral del problema.

Sólo nos queda seguir reflexionando con audacia y aplicar metodologías que estén acordes con el funcionamiento del cerebro y con nuestros valores.

Nuestro objetivo: formar personas con “buenos sentimientos”…

 

A modo de síntesis final y conclusión:

 

LA FORMACIÓN DE LA CONCIENCIA

 

La formación de la conciencia, ética, crítica y autónoma, es una de las tareas ineludibles de educadores y psicopedagogos, transformando la conciencia heterónoma (la ley viene de afuera) en una conciencia autónoma (la ley surge de dentro de uno mismo)

Para lograr esta conciencia crítica y autónoma, se sugieren estos elementos:

 

– Lo primero es que los educandos vivan la experiencia (en la familia y en la escuela) de emociones y sentimientos positivos surgidos de un clima de afectos, de solidaridad, de vínculos sanos, de alegría y serenidad. Esa experiencia, fundamental en los primeros años de vida, deja sus mapas o sus huellas indelebles en el cerebro de modo que el sujeto reaccionará en lo sucesivo en forma positiva ante situaciones similares.

La razón, la lógica y las normas no son lo primero, aunque muchas veces así sucede en la realidad concreta, porque es más fácil hacer discursos morales y dar normativas que vivir una experiencia de expresión de afectos, de convivencia armónica y serena, de un clima de alegría y confianza, sin miedos, sin amenazas, sin gritos, sin retos y sin castigos.

Las conductas éticas se “aprenden” compartiendo conductas éticas, conductas ancladas en emociones y sentimientos positivos.

Sin esta estructura positiva, cualquier futura norma ética suena a palabra vacía.

 

Pero los sentimientos no son suficientes para resolver tantas situaciones concretas de la vida que exigen elaborar un modo práctico para lograr la finalidad de una vida sana y armoniosa.

O sea, los sentimientos tienen que traducirse en valores y en conductas concretas que deben surgir del propio interior del sujeto en una comunidad democrática.

Para eso se necesita:

 

– Desarrollo de la libertad del sujeto y de su autonomía, de tal modo que sea el sujeto a lo largo de su maduración quien decida en diálogo con los otros aquellas normas que son sanas y convenientes en cada caso. No es una libertad individualista y egocéntrica sino una libertad condicionada por la misma sociedad, donde todos tienen derechos y deberes mutuos; de allí la necesidad de un consenso y de un diálogo constructivo. Niños y adolescentes tienen el derecho de opinar sobre cada situación, de expresar sus dudas y preguntas y de aportar sus puntos de vista.

 

– Para ello, desarrollar la Racionalidad inherente a toda norma, ver sus porqués y para qué. No hay normas válidas “porque sí, porque están mandadas”, sino que surgen como una necesidad para el vínculo sano y la convivencia armónica. Esto implica crear un grupo o comunidad sanos, donde cada sujeto conozca sus derechos y los derechos ajenos; luego sepa defender los propios sin violar los ajenos desde el principio de igualdad y tolerancia.

Importancia en esto de los Derechos y Deberes Humanos.

Por tanto, no basta enunciar principios morales (esto es bueno o malo) sino que hay que mostrar su racionalidad, apelando fundamentalmente al criterio de lo que es sano y conveniente para el sujeto y para la comunidad.

 

– Desde esta racionalidad se van elaborando los llamados “valores”, o sea, elementos éticos (sentimientos profundos y actitudes de vida) considerados fundamentales para una vida sana y feliz, tanto para el sujeto como para sus prójimos. El valor es una abstracción racional, fruto de la reflexión de necesidades y sentimientos orientados a dar satisfacción plena al ser humano. Cada familia o comunidad educativa elabora este conjunto de actitudes-valores conforme a los cuales desea vivir.

 

– Si estas bases existen, entonces sí se puede apelar a la Responsabilidad del sujeto, ya que aceptando como propios los sentimientos, valores y las normas es capaz de ser responsable de su cumplimiento.

Una responsabilidad que supone la Reparación si el sujeto ocasiona daño a otros o a sí mismo.

 

– En función de estos principios (sentimientos, libertad, diálogo, racionalidad, valores, responsabilidad)todo el sistema educativo familiar y extrafamiliar (incluido el religioso) debe reestructurarse, ya que en general se trata de instituciones poco democratizadas y que siguen guiándose por el principio autoritario y heteronómico. La cuestión no es enseñar ética o Derechos Humanos sino crear una estructura educativa que viva los derechos y los deberes, en armonía con el cosmos, con la vida y con los otros seres humanos.

 

– Al mismo tiempo, a nivel práctico es fundamental distinguir entre

corregir y retar, corregir y castigar, castigar y reparar.

 

La corrección (siempre necesaria en la sociedad) no debe ser humillante ni vengativa, sino un medio para que el sujeto comprenda su inconducta y repare el mal realizado, ya que otros han sido heridos en sus derechos. Recordar que “co-rregir” es acompañar a otro para que sepa regirse (rey, recto) o autogobernarse, como hacía el adulto que acompañaba al niño rey hasta su adultez.

Los castigos y humillaciones o descalificaciones siempre logran el resultado contrario al deseado: fortalecen las inconductas y vuelven rebeldes a los sujetos que buscarán la forma de vengarse con nuevas inconductas o bien tratarán de evitar el castigo adoptando conductas simuladas e hipócritas. En lugar del castigo, cuando hubo una falta, corresponde la reparación del mal hecho o la corrección de la conducta incorrecta.

Y en lugar de los premios para lograr resultados, lo que genera una conciencia deformada y una moral de la conveniencia, los padres y educadores pueden recurrir a ciertas “gratificaciones”, o sea, detalles, atenciones, palabras y gestos, que expresan “gratis” el afecto o subrayan el esfuerzo realizado.

 

La madurez de la personalidad exige ineludiblemente esta formación de un “sujeto” crítico, libre y dialogante con los otros. Y solo una comunidad crítica y dialogante puede lograr estos resultados. Una comunidad que no busca la perfección (imposible en el ser humano) sino la salud armónica, lo que supone la posibilidad de “enfermarse” y de “curarse”. No hay modelos de perfección ni leyes absolutas, sino un continuo encontrar formas de mejor convivencia y respeto al otro, teniendo en cuenta diversas circunstancias.

Tampoco existen valores e ideales apriorísticos: también aquí está el esfuerzo de la comunidad por consensuar aquellos valores e ideales que considera los mejores para crecer. La historia de la cultura y de las religiones nos hablar de este constante proceso. Lo que ayer fue un valor (la limosna al pobre, por ejemplo) hoy puede ser un antivalor. Lo que ayer fue un ideal (el niño obediente y sumiso) hoy es una conducta inaceptable y alienante.

 

  1. B) ELEMENTOS PARA UNA FORMACIÓN LAICAL  DEL ESPÍRITU

 

Tradicionalmente la formación ética dependió de la religión, y mucho más la formación espiritual o espiritualidad tan íntimamente ligada a lo religioso.

Si aún cuesta entender que hay una ética puramente humana y laical, como lo vimos en el punto anterior, mucho más cuesta entender que la espiritualidad sea una dimensión humana que no tiene necesariamente connotaciones religiosas, aunque puede tenerla.

El problema educativo es que en la mayoría de las escuelas no se hace educación ética y mucho menos se tiene idea de la necesidad de una educación del “espíritu humano” en su máxima dimensión.

Por eso es importante que aclaremos, en primer lugar, los términos que utilizamos.

 

Concepto de espíritu y de espiritualidad

 

Tradicionalmente la palabra espíritu o espiritual alude a lo opuesto a lo corporal, a una dimensión fuera o más allá de este mundo, espíritu cuya máxima expresión es Dios o alguna divinidad o ser totalmente espiritual (el “alma”, por ejemplo).

Y por lo mismo, espiritualidad es casi sinónimo de religiosidad, de dedicación a la “vida religiosa” separada de lo mundano, en un clima de actos cultuales, oración y vigilancia sobre instintos y sentimientos o abstención de la sexualidad.

 

Pero hoy muchos entendemos que en realidad “el espíritu” no está opuesto a lo corporal, sino que representa la esencia más profunda del ser humano, sabiendo además que hablamos de un ser humano integral que armoniza todos sus componentes, siendo el espíritu como la expresión o energía más profunda del ser.

Por lo tanto la espiritualidad es ante que nada una experiencia que consisteen grandes sentimientos que impulsan  una búsqueda en lo más profundo y absoluto de uno mismo, de una manera de vivir en armonía consigo mismo y con los otros, con la naturaleza y con el cosmos.

Experiencia de moldearnos en la unidad interior y en el amor, en el asombro y en la búsqueda. Y en ese sentimiento profundo de ser y estar, de crecer e integrarse a la energía del Universo, energía que también a nosotros nos dio y nos da vida, en ese Sentimiento descubrimos lo más profundo que hay en nosotros.

Y a eso “profundo”, a ese nivel máximo de sentir la vida, a ese gozo y asombro supremo, lo llamamos “experiencia espiritual”. Y es una experiencia única de cada ser humano.

 

La espiritualidad sería la dimensión máxima del vivir humano, su forma más exquisita y total, y reflejaría el sentido total de la vida, de la vida real aquí y en este espacio cósmico.

Por eso hay autores como Corbí que hablan de la “calidad humana” en su máxima expresión, evitando el uso de la palabra espiritualidad que puede resultar confuso y que en realidad en nuestra cultura lo es.

 

Como bien lo explica Leonardo Boff  “el espíritu no es una sustancia, sino el modo de ser propio del ser humano, cuya esencia es la libertad. Seguramente somos seres de libertad porque plasmamos la vida y el mundo, pero el espíritu no es exclusivo del ser humano ni puede ser desconectado del proceso evolutivo. Pertenece al cuadro cosmológico. Es la expresión más alta de la vida, sustentada a su vez por el resto del universo. La concepción contemporánea, fruto de la nueva cosmología, dice: el espíritu posee la misma antigüedad que el universo.
Antes de estar en nosotros está en el cosmos. Espíritu es la capacidad de inter-relación que todas las cosas guardan entre sí. Forma urdimbres relacionales cada vez más complejas, generando unidades siempre más altas.
La diferencia entre el espíritu de la montaña y el del ser humano no es de principio sino de grado.
El principio funciona en ambos, pero de forma diferente. La singularidad del espíritu humano es ser reflexivo y autoconsciente”.

El espíritu, por tanto, es la esencia misma del cosmos y especialmente de la vida donde se manifiesta en toda su riqueza, llegando en el hombre a ser conciencia y libertad.
Para  Amando Robles “si la espiritualidad es la realización más grande y total a la que podemos aspirar como seres humanos, entonces como seres humanos queremos ser espirituales, queremos para nosotros tal tipo de realización…

La espiritualidad es la experiencia de lo absoluto que es todo, el universo entero, los otros y nosotros, hecha desde el absoluto de nuestro ser. Tan absoluto que nada queda por fuera, que no hay ni fuera ni adentro, interior ni exterior, sujeto ni objeto, necesidad ni deseo …

En fin, es una transformación total de nuestro sentir y pensar la realidad y, por tanto, de la realidad misma. Es un percibirla, sentirla, pensarla y vivirla como en sí misma es…
En el fondo, es una realidad humana, no especial ni especializada, laical, no religiosa. Nada sobrenatural, sagrada o divina. Porque no son los referentes religiosos los que la hacen última, plena y total, sino la calidad humana” (Espiritualidad: el nuevo desafío)

Para José María Vigil “«espiritualidad» es esa dimensión profunda del ser humano, que, en medio incluso de la corporalidad y la materialidad, transciende las dimensiones más superficiales y constituye el corazón de una vida humana con sentido, con pasión, con veneración de la realidad y de la Realidad: con Espíritu…

No es nada contrapuesto al cuerpo ni a la materia, ni a la vida corporal, sino lo que los inhabita y les da fuerza, vida, sentido, pasión. La realización plena del ser humano, su apertura a la naturaleza, a la sociedad, a la contemplación del misterio… su realización espiritual, en una palabra, es una realidad plenamente humana y plenamente natural, y absolutamente ligada a todo ser humano.

No hace falta ser «religioso» para atender a la propia realización espiritual, ni hace falta pertenecer a una determinada religión. Basta ser un ser humano íntegro y reivindicar la plenitud de las propias posibilidades humanas. La espiritualidad es pues una cuestión netamente laica.

La espiritualidad está tan identificada con el mismo ser profundo de la persona, que espiritualidad viene a ser la calidad humana.
Y cultivar la espiritualidad será lo mismo que cultivar la calidad humana.
Marià Corbí llega a formular el núcleo de todo método de cultivo de la espiritualidad como IDS: interés, desapego y silenciamiento, una formulación liberada de toda connotación «religiosa» (En “La coyuntura actual de la espiritualidad”.

Que la espiritualidad es una característica del ser humano lo afirma el bioneurólogo AntonioDamasio en “Neurobiología de la emoción y los sentimientos”:

 

“En primer lugar, yo asimilo la idea de lo espiritual a una intensa experiencia de armonía, al sentido de que el organismo está funcionando con la mayor perfección posible. La experiencia se despliega en asociación con el deseo de actuar hacia los otros con amabilidad y generosidad.

Concebido de esta manera, lo espiritual es un índice del esquema de organización que hay detrás de una vida que está bien equilibrada, bien templada y bien intencionada. Se podría aventurar que, quizá, lo espiritual sea una revelación parcial del impulso en marcha que hay tras la vida en algún estado de perfección.

Si los sentimientos dan testimonio del estado del proceso vital, los sentimientos espirituales excavan bajo dicho testimonio, profundamente en la substancia de la vida. Forman la base de una intuición del proceso de la vida.

 

En segundo lugar, las experiencias espirituales son humanamente nutricias. Creo que el filósofo Spinoza acertó de pleno en su visión de que la alegría y sus variantes conducen a una mayor perfección funcional…

 

En tercer lugar, tenemos la capacidad de evocar experiencias espirituales.

La oración y los rituales, en el contexto de una narración religiosa, están destinados a producir experiencias espirituales, pero hay otras fuentes.

A veces se dice que la superficialidad y el mercantilismo de nuestra época han hecho que sea muy difícil alcanzar lo espiritual, como si los medios para inducir lo espiritual faltara o se hubieran hecho escasos. Creo que esto no es totalmente cierto. Vivimos rodeados de estímulos capaces de evocar la espiritualidad, aunque su prominencia y efectividad se vean disminuídos por la barahúnda de nuestro ambiente y por la falta de marcos de referencia sistemáticos dentro de los cuales su acción pueda ser efectiva.

 

La contemplación de la naturaleza, la reflexión sobre los descubrimientos científicos y la experiencia del gran arte, pueden ser, en el contexto apropiado, efectivos estímulos emocionalmente competentes tras lo espiritual…

Es claro, sin embargo, que el tipo de experiencias espirituales a las que aludo, no son equivalentes a una religión”.

 

Características de la espiritualidad

 

La espiritualidad como máxima dimensión de la vida humana tiene varias características, algunas ya expresadas en los conceptos anteriores. Ella aparece como muy ligada a la Ética, según conceptos expresados en el punto anterior, pero sería como la quintaesencia de la vida y de la ética.

Señalamos estas características que diversos autores indican:

 

  1. Conciencia y reflexión.

 

Se trata de vivir no solamente “a conciencia” en el sentido ético sino “con conciencia” de todo lo que implica ser una persona humana: conciencia de lo que somos, de donde venimos, de nuestra relación íntima con el cosmos, de nuestra pertenencia a la familia biológica de plantas y animales, de nuestro ser social, de nuestra responsabilidad en este planeta, de nuestros derechos a desarrollarnos plenamente, de nuestras cualidades y potencialidades.

Sentir que somos “la conciencia del universo”, los que le damos forma, color y sonido.

 

La reflexión es la gran capacidad humana que nos distingue de otros seres y que constituye una cualidad esencial de nuestro espíritu. Reflexión como tarea propia y creativa de cada uno, reflexión activa y no solamente receptiva de las reflexiones y enunciados de los otros. Reflexión crítica y constructiva que nos da identidad, que nos lleva a sentir y pensar lo que somos y a sentir y hacer lo que pensamos.

 

Se comprende, entonces, qué hermosa tarea tiene la escuela en este proceso de generar conciencia a través de la reflexión creativa.

 

  1. Libertad.

 

– Es la otra gran cualidad del espíritu humano, tema sobre el que ya hemos reflexionado. Una libertad total desde uno mismo con capacidad de sentir libremente lo que sentimos, pensar y expresarnos libremente, y actuar en coherencia eligiendo los medios para alcanzar nuestros fines y objetivos, sin dañar a los otros.. Una libertad orientada a la vida, a la propia salud y bienestar y al bienestar de los otros seres humanos. Libertad por medio de la cual nos construimos a nosotros mismos y elegimos nuestro destino histórico.

Hasta tanto no nos sintamos plenamente libres para vivir en armonía con nosotros y con nuestros semejantes no podemos decir que vivimos la esencia del espíritu humano.

 

Es evidente que en nuestra educación hemos descuidado este aspecto fundamental del espíritu humano, y nada digamos en el plano social y político con su tendencia constante a dominar a los otros y cercenar sus libertades, tanto en el pensar como en el expresarse. Educación, política y religión de “pensamiento único”, de ideologías dominantes y de dogmas preestablecidos.

 

– La libertad del espíritu es también liberación de todas aquellas condiciones que oprimen al ser humano y que bien detalla Juan José Tamayo en “Espiritualidad y respeto a la diversidad”:

 

. la liberación de nuestra riqueza y bienestar sobreabundantes y la opción por una cultura del compartir;
. la liberación de nuestro consumo, en el que terminamos por consumirnos a nosotros mismos, y la opción por la austeridad;
. la liberación de nuestra prepotencia, que nos hace fuertes ante los demás, pero impotentes ante nosotros mismos, y la opción por la virtud que se afirma en la debilidad;
. la liberación de nuestro dominio sobre los otros, a quienes tratamos como objetivos de uso y disfrute, y sobre la naturaleza, de quienes nos apropiamos como si se tratara de un bien sin dueño, y la opción por unas relaciones simétricas y no opresivas;
. la liberación de nuestra apatía ante el dolor humano, y la opción por la misericordia con las personas que sufren;
. la liberación de nuestra supuesta inocencia ética, de nuestra falsa neutralidad política y de nuestra tendencia a lavarnos las manos ante los problemas del mundo, y la opción por el compromiso en la vida política, en los movimientos sociales y en las organizaciones no gubernamentales;
. la liberación de nuestra mentalidad patriarcal y machista, y la opción por la igualdad, no clónica, de hombres y mujeres.
. la liberación de todo poder opresor y
. la liberación de nuestra tendencia excluyente, y la opción por un mundo donde quepamos todos y todas.
. la liberación de espiritualismos evasivos y la opción por la “santidad política”, como reclamara Dietrich Bonhoeffer en sus cartas desde la prisión.
. la opción por las virtudes que no tienen que ver con el dominio, como son: la amistad, el diálogo, la convivencia, el goce de la vida, el disfrute, la gratuidad, la solidaridad, la compasión, la proximidad, el d desasimiento, la contemplación, en una palabra, la fraternidad”

 

Mucho se ha hablado en otras décadas de la “educación liberadora”. Es hora de volver a ese concepto y de ponerlo en práctica. Lo mismo dígase de la “teología de la liberación” que fue una primavera de espiritualidad especialmente en América Latina.

 

  1. Aceptación de la condición humana y vivencia plena de todos sus componentes

 

El espíritu humano, conciente y libre, no solo renuncia a toda dependencia que lo infantiliza sino que acepta maduramente esta condición humana, que es la única condición humana que tenemos en este universo, en esta tierra y en esta vida.

El espíritu no se evade ni se escapa de esta condición, que si tiene elementos satisfactorios, también supone luchar ante tantas contrariedades, fracasar muchas veces, enfermarse física o psíquicamente, sufrir persecuciones, guerras opresivas o catástrofes naturales, en fin enfrentar un día a la muerte.

El espíritu humano frente a las contrariedades no lo busca a Dios como culpable, como se hace generalmente, ni reniega de su condición humana sino que asume esta vida tal cual es y con todos sus riesgos. Grandes personajes “espirituales” de la historia han dado testimonio de esta característica del espíritu humano que no se doblega ante las contrariedades ni pierde la esperanza y la dignidad aún en situaciones extremas de sufrimiento.

 

Por eso, desde el nivel positivo, vivir la profundidad del espíritu humano es vivir plenamente todas las dimensiones del ser humano integral. Lejos de huir de esta real condición humana, se trata de vivir y disfrutar la realidad del cuerpo y de la sexualidad, de los sentimientos y de las relaciones sociales, del quehacer político y profesional o laboral. No es una espiritualidad evasiva y escapista del mundo, sino de un espíritu dinámico y creativo que no rehúye ninguna de sus responsabilidades humanas sino que las lleva a su más elevada realización.

 

Este vivir espiritualmente implica, por ejemplo:

 

– Disfrutar del ambiente familiar o educativo, aprovechando al máximo esa experiencia llena de afectos y sentimientos, como también de aprendizajes.

– Aprender con entusiasmo, con asombro, con ganas de crecer, con alegría, con vínculos positivos.

– Disfrutar del cuerpo y de la sexualidad integral, del encuentro con el otro en el amor, en la ternura y en la plena comunicación. Disfrutar y hacer disfrutar al otro, dejarse amar y expresar el amor, recibir y dar, integrarse con las cualidades del otro, fundirse en una plena unidad. Al mismo tiempo, controlar los egoísmos, celos y rivalidades que nos destruyen y destruyen al otro y al vínculo.

– Integrar nuestros aspectos masculinos y femeninos, armonizar con varones y mujeres, eliminar factores distorsionantes del vínculo y elementos de dominación. Reconocer el valor de lo femenino y de lo masculino como aspectos de un mismo ser humano integrado y no como opuestos.

– Integrarse socialmente en la comunidad, relacionarse armónicamente con todos sin discriminaciones, comprometerse con el bien común y ejercer la solidaridad según nuestra propia situación. Es en esta integración social donde las virtudes y los valores (amor, justicia, paz, solidaridad, etc.) adquieren verdadero sentido. Vivir la gratitud hacia una comunidad que nos dio la vida y nos sostiene; gratitud que se traduce en un compromiso por devolver solidaridad, justicia y crecimiento en paz.

– Desarrollarse lo más plenamente posible en todos los planos: mental y corpóreo, racional y de sentimientos, cultura, economía, arte, técnica, valores.

– En definitiva, vivir espiritualmente es armonizarse interiormente con todos los elementos humanos, armonizar socialmente con toda la humanidad y armonizar con el cosmos y con el medio ambiente, origen de nuestra vida y alimento de la misma. O sea, armonía de la Unidad Total, armonía del Todo.

 

4.Diálogo con los otros y con todas las culturas y espiritualidades

 

El espíritu humano no es autosuficiente ni excluyente. Muy al contrario, se abre a los otros “yoes” y se integra y aprende con ellos, conservando siempre su identidad y respetando la identidad de los demás.

Esta apertura no conoce fronteras, pues el espíritu humano se expresa de mil formas en todas las culturas, religiones, filosofías y estilos de vida.

Por eso la formación del espíritu tiene una dimensión “ecuménica”, o sea, abierta a toda la casa (oikos) humana, a toda nuestra gran familia.

 

Mientras se rechaza la pretensión de imponer la propia espiritualidad sobre las otras, se aprendede tantas formas de vivir profundamente el espíritu humano. Hoy la globalización y los medios de comunicación social (Internet) nos permiten conocer a las otras culturas y religiones (budista, hindú, islámica, judía, cristianas, aborígenes) y aprender de su milenaria sabiduría, en muchos casos, muy superiores a la nuestra o con facetas nuevas para nosotros.

 

Basta pensar en la capacidad de meditación de las culturas orientales, una meditación tan necesaria hoy en un estilo de vida volcado hacia el exterior, y tan necesaria para el encuentro y la armonía con uno mismo. Es increíble, pero en nuestras escuelas y en nuestros lugares de culto no se medita ni se sabe hacerlo. El espíritu humano necesita este equilibrio entre la exterioridad y la interioridad, entre el ruido y el silencio, entre el afuera y el adentro, entre la tensión y la relajación.

 

  1. En definitiva, buscar el sentido integral de la vida en una constante apertura.

 

El espíritu humano, fruto de una larga evolución de casi quince mil millones de años, está siempre abierto en una constante búsqueda del sentido del universo y de la propia existencia. Cada ser humano tiene el derecho y el deber de buscar ese sentido, ese significado profundo e integral de lo que significa estar en el mundo y vivir en él. Nadie puede imponer su sentido a otro; cada uno lo busca desde sus propias circunstancias (sexo, edad, profesión, cultura…) y ese sentido lo identifica como “esa persona”.

Por eso comenzamos hablando de la conciencia y del vivir con conciencia, no como piedras ni como cucarachas sino con toda la riqueza que implica el ser un hombre-mujer en toda plenitud.

Estamos integrados al Universo y somos hijos de una madre cósmica que tardó 15 mil millones de años en parirnos. Seamos dignos de esa madre que nos tiene como su obra más perfecta y como la conciencia de sí misma.

Nadie abarcará jamás el sentido del universo y de la vida e historia humanas, que siempre aparecen con su halo de misterio provocando tanto asombro y esperanzas como dudas y confusión. Ese sentido jamás se cierra pues cada ser humano lo abre y lo vuelve a abrir según muchas circunstancias de su vida, sea cuando vive felizmente como cuando le sucede una desgracia, sea cuando nace o cuando se acerca a la muerte. Y esta incertidumbre sobre todo de nuestro final (especialmente después de la muerte) es lo que le da a la existencia humana es sensación de angustia pero también de esperanza.

 

Qué gran tarea tiene la educación cuando hoy la sociedad de consumo está ahogando al espíritu humano y le ofrece metas y sentidos efímeros y de muy baja calidad.

“Sentido” indica significado, pero también “dirección”… buscar la salida, el éxodo, la apertura del túnel en el que nos encontramos.

¡Cuántos adolescentes y jóvenes terminan sus estudios sin haberse preguntado jamás por el sentido de sus vidas y transcurren los días llenándose de ruidos y actividades que no tienen proyecto ni dirección!

 

Espiritualidad, religiosidad y religión

 

Estas tres palabras tradicionalmente al menos en Occidente tienen un significado casi similar e inclusivo. Se suponía que “la religiosidad de la Religión organizada institucionalmente” (o Iglesia) era la única forma de tener y vivir la espiritualidad. Lo primero era la religión en la cual uno nacía y se formaba; esa religión nos daba una sola forma de ser religiosos y espirituales. Por lo tanto, la espiritualidad era un subproducto de la religión, como lo era la religiosidad.

Hoy sabemos que incluso las grandes religiones no tienen más de cinco mil años, existiendo antes muchas formas de religiosidad y de sentimientos religiosos tal como hoy mismo sucede en muchos pueblos aborígenes.

 

Queda claro que la espiritualidad o la vivencia del espíritu humano (la calidad máxima del ser humano) es lo primero pues se trata de una necesidad de todo ser humano, pertenezca a cualquier cultura o religión o a ninguna. La religiosidad (una religación a algo “superior” o sagrado) y la religión institucionalmente organizada aparecen como formas determinadas de espiritualidad en cada cultura en íntima relación con el plano social y político de cada pueblo.

 

Por eso entendemos que en las escuelas del Estado no confesional (como sucede en Occidente) es necesaria la formación de la espiritualidad laical (simplemente humana), totalmente posible y necesaria, y sin connotaciones religiosas.

Lamentablemente hasta ahora es muy poco o casi nada lo que se está haciendo, y esta falta de formación del espíritu es la gran deuda pendiente de nuestra educación, junto a la formación ética.

 

Al mismo tiempo hay que reconocer y aceptar que la gran mayoría de los seres humanos desde tiempos remotos vivió y vive su espiritualidad entrelazada con sentimientos religiosos o con vivencias en alguna religión concreta. Se trata de un derecho reconocido por Naciones Unidas en los Derechos Universales, derecho que puede ser ejercido por las comunidades religiosas o por cada ser humano individualmente.

Por tanto, entendemos que las escuelas confesionales tienen derecho a desarrollar una espiritualidad conforme a su orientación religiosa, siempre y cuando esa espiritualidad respete las características del ser humano como ser autónomo, libre, reflexivo, creativo, participativo, etc.

 

Mientras que la pedagogía como ciencia autónoma “prescinde metodológicamente” de Dios y deja esa preocupación para el campo personal de cada uno, las diversas religiones tratan de integrar la relación del hombre con Dios como un elemento esencial de su espiritualidad.

Es evidente que esa tarea hoy está en pleno cuestionamiento como lo hemos expresado en la primera parte de este artículo, no tanto por el problema de la existencia de Dios sino por la imagen distorsionada que se da de Dios (pues “lo importante no es creer en Dios sino en qué Dios se cree”) y por una cierta antropología religiosa hoy inaceptable.

 

Y mientras que las religiones tradicionales centradas en la exterioridad y heteronomía de las creencias, de sus normas de moral y de culto en realidad casi carecen de espiritualidad (en el sentido que le damos en este artículo) o terminan ahogándola, lo que incluso provoca la apatía y el éxodo de sus miembros que se aíslan en una religiosidad sujetiva (“creo en Dios pero no en la Religión ni en la Iglesia”) o buscan otras formas de espiritualidad laical o renuncian a todas,

la sociedad occidental en general prescinde en sus manifestaciones y especialmente en su educación de la formación espiritual, sin siquiera plantearse el problema, abocada a dar simplemente conocimientos y técnicas.

 

 

El objetivo de estas reflexiones es despertar esta inquietud y promover una reflexión creativa entre todos los que están abocados a una educación integral. Pues, ¿cómo puede ser “integral” si prescinde de la formación ética y de la formación del espíritu humano?

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