Dios y sus símbolos. Mensaje espiritual. Fraternidad universal. S Benetti

DIOS Y SUS SÍMBOLOS. MENSAJE ESPIRITUAL. FRATERNIDAD UNIVERSAL

Lic. Santos Benetti

A-      Símbolos de Dios, ¿esencia divina  o  sentimientos humanos?

Al leer las muchas imágenes de Dios que aparecen en los libros sagrados nos surge esta pregunta: esas palabras, ideas, imágenes ¿nos hablan de cómo es Dios, o cómo son y sienten los seres humanos que lo adoran? ¿Nos muestran la esencia de Dios o la situación y los sentimientos de los seres humanos hacia Dios en determinada cultura?

1 Símbolos de Dios en la Biblia

-Yo soy Dios, el Dios de tu padre… el Dios de mi padre es mi ayuda… el Señor, el Dios de los hebreos… un Dios de las montañas… Son expresiones bíblicas surgidas de pequeñas tribus del desierto o de las montañas, necesitadas de protección y ayuda de un Dios tribal, Dios de los patriarcas, uno de muchos.

-Soy el que soy… Yo soy el primero y seré el último, Dios eterno… Soy el Dios Santo y celoso… Soy Dios y no hay nadie igual a mi… el más grande que todos los dioses…  fuera de mi no hay otro salvador…   El Señor es mi fuerza y mi protección, él me salvó…  

“Soy el que soy”, nombre de Dios dado a Moisés, indica “el que está con ustedes”, el único para ustedes, el exclusivo, celoso de su culto. Es el Dios del éxodo y del Sinaí, el más grande, el poderoso salvador de la esclavitud.

-Con el tiempo, las tribus forman un reino con el sistema absolutista de los reinos vecinos. Ahora se lo ve a Dios como Rey y rey absoluto, “Señor” y dominador. Los símbolos de Dios son muy expresivos:

Rey del Universo… Rey de reyes… que sus servidores cumplan su voluntad… el Altísimo Todopoderoso… Creador del cielo y de la tierra… Dios grande, sabio, poderoso, valiente  y temible… Eres Justo e impones tus prescripciones con justicia y lealtad, sondeas las entrañas y los corazones… Dios te llamará a juicio…retribuye a cada uno según sus acciones… el Señor castiga a los impíos… no hace acepción de personas  ni se deja sobornar… El Señor es Juez… todo lo ve…lo sabe todo…conoce los secretos más profundos…el Señor será Juez y árbitro de las naciones…

Cada vez más se lo siente en las antípodas del ser humano: inmensamente poderoso, todo lo crea, altísimo (en el cielo), superior, sabio conocedor de todo, salvador de situaciones adversas. Es de otra esfera. Rey y Juez, nada se escapa a su mirada y juzga según se cumplan sus mandatos.

Los hombres, como contra parte, aparecen empequeñecidos. Son adoradores, siervos, casi esclavos que deben cumplir su voluntad. La obediencia es total. Dependientes de una  ley externa que le dice qué está bien y qué está mal, que ceden sus derechos y su libertad a cambio de protección.

 

-Un Dios que reina representado en el rey de la nación, quien también es juez y legislador, considerado como  hijo  de Dios y su lugarteniente: Yo seré un padre para él, y él será para mí un hijo. Lo estableceré en mi Casa y en mi reino para siempre, y su trono será estable eternamente (1Cro 17, 13-14)  Yo mismo establecí a mi Rey en mi santa Montaña… Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy” (Salmo 2,6-7 para la coronación del rey)

Es el sistema político que rigió milenios en la historia humana sustentado por una ideología religiosa a su imagen y semejanza. La religión al servicio del poder político y usufructuando privilegios.

-La culminación de esta imagen llega cuando el reino entra en guerra y conquista a otros pueblos: ahora Dios es el Comandante de los ejércitos y en su nombre se podrá oprimir a otros pueblos merecedores de odio y venganza.  Su guerra es “santa”.

Un guerrero, su nombre es Señor… se llama Dios de los ejércitos… que pasa revista al ejército para la batalla… el Fuerte de Israel… El Señor es un Dios celoso, vengador e irascible, guarda rencor de sus enemigos y se venga de sus adversarios…

Y una pregunta: ¿nos sentimos aún identificados con este dios nacionalista, celoso de su poder, aliado de las oligarquías, imperialista y colonialista, que justifica muerte y esclavitud porque el que no lo adora es su enemigo?…

Otras variantes: Padre, Defensor y Liberador de los humildes

Pero las comunidades y organizaciones religiosas no son tan homogéneas y sin renunciar a la dependencia, algo impensable en las antiguas culturas, existe otra imagen de Dios que en la historia bíblica fue la gran tarea de los profetas independientes del poder real y de los gestores de una nueva teología:

Todos tenemos un solo Padre que nos ha creado… somos la arcilla y Tú el alfarero… Padre y dueño de la vida… Padre que conduce a sus hijos a lo largo de todo el camino… Ustedes son hijos de Dios… Dios bueno, fiel, bondadoso… Padre cariñoso… Padre misericordioso, indulgente,  paciente  y compasivo que perdona, rescata, cura  y salva de la angustia… sois hijos del Dios Viviente… El levanta al desvalido y alza al pobre de su miseria… padre de los huérfanos y defensor de las viudas, hace justicia a los humildes y defiende el derecho de los pobres… eleva a los oprimidos y humilla a los malvados… Dios de la vida y del espíritu…

Es el Dios Padre, Defensor y Salvador de los humildes, de los pobres, de los despojados, de los indefensos y perseguidos, de los impotentes que sufren injusticia, de los esclavos,  de las mujeres y niños, de los leprosos, impuros, enfermos y angustiados… en fin, de quienes claman desde sus más profundos y humanos sentimientos. La imagen de Dios cambia, se vuelve cercana, íntima, familiar, paternal… y por momentos maternal. Será retomada por el evangelista Lucas, entre otros, como lo veremos en el próximo capítulo.

-Hay otra imagen interesante que será también asumida por el cristianismo, la imagen que surge de los trashumantes que viven de sus rebaños siempre en busca de pastos y agua: El Señor es mi Pastor desde mi nacimiento hasta hoy… nada me puede faltar… Como pastor pastorea su rebaño: recoge en brazos los corderitos, en el seno los lleva, y trata con cuidado a las paridas. Somos su pueblo y las ovejas de su rebaño…conducidas por su mano… Señor Defensor de su pueblo… Dios está con nosotros… Señor guardián que no duerme, protector…  Se trata de una imagen que subraya la necesidad de protección de un Dios lleno de tiernos cuidados y presencia constante, aunque a cambio de una comunidad empobrecida en su libertad, al menos como hoy la entendemos. Porque hoy ya no podemos ser comparados con un rebaño de ovejitas sumisas… Necesitamos otro modelo de pastor.

Las religiones tradicionales nunca pudieron compaginar la libertad humana con la imagen de protección divina. Hoy ya no podemos aceptar “pastores” que guíen nuestra vida, que nos traten como niños, a quienes tengamos que pedir consejo y autorización en todo, que sean tan paternales que no nos dejen crecer, pensar, decidir con plena libertad…

¿Es posible una religión (un dios) que respete plenamente la libertad humana sin imponer creencias, dogmas, prescripciones morales y reglas de culto? ¿Es posible una comunidad religiosa más horizontal, más democrática, más igualitaria sin necesidad de “conductores y dirigentes” pero sí con hermanos acompañantes…? Es un reclamo cada vez más generalizado.

 

-Todo lo cual nos lleva a otra imagen de Dios tan importante en las religiones monoteístas llamadas “del Libro”, el Dios que habla:

El te hizo oír su voz, escuchen su palabra… El envía su mensaje a la tierra… Yo hablaré a los profetas y por medio de ellos hablaré en parábolas… Su palabra  es pura… es una lámpara  y luz en mi camino… El Señor es mi Luz. 

 (Todas estas frases son extractadas de citas de “La Biblia temática”, páginas 1 a 20. Santos Benetti. Edic. Paulinas. Omito las referencias para agilizar el texto)

Como ya lo expresamos anteriormente: un Dios que habla supone un ser humano que escucha y obedece. ¿Podremos pensar que hoy más bien “necesitamos un Dios silencioso” que precisamente calle para que el hombre pueda hablar y expresarse? Si Dios habla, es poco o nada lo que nos queda por decir.

¿No será que tenemos que “blanquear” los libros sagrados considerados como “Palabra de Dios” y reconocer que en realidad son palabra humana, quizás nuestra mejor palabra, cuando intentamos interpretar el pensamiento de Dios y que al final se la atribuimos para darle mayor credibilidad e imponerla más fácilmente?

Personalmente pienso que Dios estará de acuerdo con esta propuesta que, por otra parte, lo libera de tantas inexactitudes, textos conflictivos y anacrónicos e incluso expresiones bíblicas que atentan contra los derechos humanos y contra la dignidad y cultura de los otros pueblos (basta leer las indicaciones para el trato a los enemigos en caso de guerra en el cap. 20 del Deuteronomio, y las legislaciones sobre los adúlteros, homosexuales y otros casos penados con la muerte en Levítico 20)

2 Símbolos  de Dios en otras religiones y culturas

Tras este breve recorrido bíblico por sus más comunes imágenes de Dios que, en realidad, reflejan la mentalidad de quienes las elaboraron desde su situación concreta y sus necesidades, veamos cómo también en otras religiones, sea de culturas similares o muy distintas, aparecen las mismas imágenes u otras parecidas porque, en definitiva, el cerebro humano interpreta la realidad y actúa siempre de la misma forma, con símbolos que reflejan el misterio de lo que no se comprende y que, por eso mismo, asombra y angustia.

Esta mirada por otras culturas y religiones nos permitirá, al mismo tiempo, apreciarlas y valorarlas reconociendo que todos los seres humanos, de todos los tiempos y regiones, sin excepción, estamos en el mismo camino de búsqueda y sentido de la vida, con la misma sinceridad de corazón y convicción.

-Yo soy el Señor, el único cuyo mandato no se discute, el primero de todas las cosas… Yo soy el padre de todas las naciones, el que otorga la prosperidad, soy el oído y la mente de todos los países, el que ordena la justicia… Soy  la semilla fecunda… El que abrió los surcos sagrados e hizo crecer el cereal en el campo…   soy la gran tormenta…  El texto habla de Enki, Dios supremo de los Sumerios, al sur de Mesopotamia. La cultura sumeria es muy anterior a la hebrea y muy influyente en sus creencias y estilo de vida.

El texto podría estar perfectamente en cualquier libro hebreo o cristiano.

-Otra cultura de gran influencia en la hebrea fue la Egipcia, una de las primeras civilizaciones desde hace seis mil años y de gran influencia en la cultura bíblica. Sus textos nos resultan familiares:

Yo soy el que dio principio a todas las cosas, el que moraba en las aguas primordiales. Primero surgió el viento y empecé a moverme. Yo fui mi hacedor porque me formé conforme a mi deseo y de acuerdo a mi corazón…Oh Atón vivo, primero entre los vivientes… Eres justo, grande, esplendoroso y te elevas sobre todas las naciones… Todos los ganados se sacian en tus pastos, verdean los árboles y las plantas… todo lo que vuela y se posa vive cuando tú te alzas para ellos… Tú creas el nacimiento en la mujer, y del semen (semilla) haces seres humanos y alimentas al niño en el seno de su madre… cuando nace para respirar  tú abres del todo su boca y satisfaces sus necesidades…Tú solo eres Dios, nadie como tú. Tú creaste la tierra conforme a tu voluntad y todo cuanto camina en la tierra y vuela con sus alas… Tú eres la vida misma, por ti vivimos…

El texto referido a Atón, el dios sol, del Egipto antiguo, es también digno de estar en la Biblia y en nuestros libros teológicos… Un Dios tan poderoso como solícito y tierno con los niños recién nacidos…

 

-La India tiene una cultura antiquísima y muy rica en su espiritualidad. Sus libros sagrados alcanzan una gran altura, combinando su original filosofía con las doctrinas religiosas. En el Himno a Hiranyagarbba, del Rigveda, escrito en sánscrito hacia el 1400  y 1000 a.C. leemos:

Como rey yo domino, mío es el imperio y por ser dueño de toda vida, míos son todos los inmortales… Conozco todos los seres y los mantengo unidos. Yo hice fluir las aguas… El surgió en el principio como señor único de todos los seres creados. El fijó y afirmó la tierra y el cielo… Dador del aliento vital, de la fuerza y del vigor… ordenador único de todo el mundo animado, señor de los hombres y de los ganados… es el dios de los dioses y no tiene igual… Detrás de esta existencia manifestada hay otro Ser inmanifestado y eterno, que no perece cuando perecen otros seres…

 Ese supremo Ser en quien están todos los seres y por quien todo es interpenetrado… Como el gran viento que se mueve en todas partes y está siempre en el espacio, así todos los seres están en Mi

Dios no es imaginado afuera del mundo sino que todo está “inter-penetrado” con el mundo que es manifestación del Supremo Ser; una imagen de Dios fruto de meditación filosófica que merecería de nuestra parte una gran reflexión: Dios está en nosotros y nosotros en Dios… Fue dicho hace unos 3000 años… Algo que san Pablo expresó siglos después a los filósofos de Atenas (Hechos  17,28): En efecto, en Él vivimos, nos movemos y existimos, como muy bien lo dijeron algunos de sus poetas: «Nosotros somos también de su raza».

Los textos del Bhagavad-Guita, poema sánscrito de 500 años a.C., nos ofrecen una hermosa variedad de símbolos y reflexiones:

Yo soy el padre de este mundo, soy la madre, el abuelo, El dispensador, el purificador… Yo soy el ideal, el sostén, el señor, el testigo, la morada, el refugio, el amigo, el origen, la disolución y la semilla eterna.

Yo doy calor, hago llover y detengo la lluvia, soy la inmortalidad y también soy la muerte, soy lo manifestado y lo inmanifestado…Yo soy ecuánime para todos los seres, no tengo preferencias ni desprecio a nadie; pero los que me adoran están en Mi y Yo en ellos… Aún aquellos que han nacido en ambientes inferiores, las mujeres, los comerciantes, los obreros, cuando se refugian en Mi, todos logran la meta suprema…Te llaman el eterno, luminoso ser, la divinidad primordial…

Sólo tú te conoces a ti mismo, ¡oh suprema persona, oh creador y señor de los seres, oh Dios de los dioses, oh amo de los mundos!… Veo que no tienes ni principio ni medio ni fin. Tu proeza es infinita, tus brazos son innumerables. El sol y la luna son tus ojos, veo el fuego ardiente en tu boca y tu resplandor quema el universo entero…Por eso, me postro en adoración y te pido perdón, ¡oh Señor Adorable! Como el padre perdona al hijo, el amigo al amigo, el que ama a su amado, así, ¡oh Señor!, Tú debes perdonarme…

Ojalá sepamos captar la hondura y profundidad pocas veces igualada de estos antiquísimos textos que revelan una espiritualidad y sentido religioso que aún no hemos superado. Textos que revelan hombres sabios munidos también de conocimientos filosóficos y psicológicos que se integran con los religiosos en una gran armonía, algo que recién hoy estamos descubriendo en Occidente miles de años después.

Un Dios sólo conocido por él mismo,  padre y madre, sin preferencias, con un amor que incluye a todos los seres humanos, y visto con una gran variedad de símbolos de gran sensibilidad humana.

3 En culturas de Oceanía y África

Culturas de Oceanía, África y América también nos asombran con sus conceptos y una espiritualidad que Occidente nunca supo valorar.

-Bunjil  es el “Padre Nuestro”, un Anciano bondadoso… (Aborígenes de Australia)

-¡Sálvame, vela  junto a mí, oh Señor. Protégeme de la muerte repentina, de la mala conducta,  de calumniar o ser calumniado… Que sobre nosotros reine la paz… Que yo y mi espíritu vivamos y descansemos en paz, oh mi Dios.(Oración de los tahitianos)

Cohene, ser supremo que creó a todos los hombres. Vive en el cielo, envía la lluvia y la luz del sol. Demuestra su ira con el trueno. Nunca ha sido visto ni puede ser conocido,  es asexuado y sólo se lo conoce por sus obras. Se lo llama Nuestro Padre… (Africanos Isokos, Nigeria)

Estos habitantes negros que fueron esclavizados por el hombre blanco y a los que se condenaba por no conocer al Dios verdadero, admiraban a su  Dios que  “Nunca ha sido visto ni puede ser conocido,  es asexuado y sólo se lo conoce por sus obras. Se lo llama Padre Nuestro…”

-También creían que Hay un solo Dios, Ngai, creador y dador de todo. No tiene padre ni madre. Vive en el cielo y en moradas de las montañas. Ama u odia a cada uno según sus obras. No puede ser visto… El trueno y el relámpago son sus principales manifestaciones… (Ngai, Dios supremo de una tribu Bantú)

-Leza es compasivo y misericordioso, no se enoja y hace el bien a todos aún a los que se burlan de él… (Leza, Dios de Rodesia)

-Vive en el cielo pero es omnipresente y creador de la vida humana. Es bondadoso y no impone normas morales. No está permitido pronunciar su nombre… (Dios de los Hereros, tribu Bantú)

¡Oh Imana, dígnate ayudarme… Me postro ante ti, grito ante ti: Dame descendencia como se la das a otros… ¿Qué haré? Estoy en desgracia, oh misericordioso, ayúdame otra vez (Oración a Imana, el gran creador de Ruanda Urundi)

-¡Oh Señor portentoso, tú que produces los árboles enramados, tú que has llenado la tierra de hombres, tú que das la lluvia… Te alabamos, escúchanos, muéstranos misericordia cuando te invocamos, tú que moras en lo alto con los espíritus de los grandes, tú el único bondadoso. (Oración a Mwari, Dios de Zimbabue)

(Son todos textos extractados del tomo IV de la “Historia de las creencias y de las ideas religiosas” de Mircea Eliade, Edic. Cristiandad)

Algunos poemas-plegarias africanos:

Yo, el venerado de todas las naciones, yo por siempre el mismo,

Yo, el que guía a los pastores y el regreso a la aldea,

Soy el origen de todo sustento, Soy la madre de todo alimento,

Soy yo que reino, padre de toda bondad,

Yo, el mugido del toro. Vosotros sois alimentados, sois saciados.

Yo, el gran elefante soy vuestra madre. ¡Mirad cuán grandes son mis pechos!

Abrazo espacios infinitos. No soy tan pequeña como vosotros,

Polluelos que danzan alrededor de la olla…Soy vuestra madre adoptiva.

Vosotros y yo somos cabeza y mejilla que no pueden separarse…

Soy el Preceptor Mayor arriba y abajo. ¡La Roca que ha resistido toda prueba!

Conmueve esta oración tan emotiva a un Dios tan masculino como femenino, tan padre como madre, gran elefanta con tanta ternura, “cabeza y mejilla que no pueden separarse” de sus polluelos… Emociona…

Como este bellísimo poema bantú de “un hombre que invoca sin miedo”… Cuánta dignidad revela esta plegaria creada sobre dos símbolos tan poco materiales y antropomorfos como son el espíritu y el fuego:

Fuego que contemplan los hombres en la noche, Fuego que ardes sin calentar, que brilla sin arder,

Fuego que vuelas sin cuerpo, sin corazón, Que no conoces choza ni hogar. Fuego transparente de palmeras,

¡Un hombre te invoca sin miedo!

Fuego de los hechiceros, ¿dónde está tu padre?¿Dónde está tu madre? ¿Quién te ha alimentado?

Eres tu padre, eres tu madre. Pasas y no dejas rastros. Mueres y no mueres.

El alma errante se transforma en ti y nadie lo sabe. Espíritu de las aguas inferiores y de las aguas superiores, Fuego que brillas, luciérnaga que iluminas el pantano. Pájaro sin alas, cosa sin cuerpo;

Espíritu de la fuerza del fuego, escucha mi voz: ¡Un hombre te invoca sin miedo!

4 De los aborígenes de América recogimos estos textos:

Tirawa es el Padre de arriba, está en todas las cosas como un Poder que dispone todo lo necesario para el hombre. Nadie lo ha visto ni sabe a qué se parece… (Tirawa, Dios supremo de los Pawnees de Nebraska, Norteamérica)

-Itzamna era el dios supremo del panteón maya. Se creía que era creador de todo cuanto existe e imagen misma del cosmos… Por sus cualidades de dios creador se le personificó como un anciano. Su residencia era celestial, y desde ahí dictaba los designios del cosmos, sentado sobre una banda astronómica, símbolo de planetas y otros cuerpos celestes que en las representaciones zoomorfas puede formar parte de su cuerpo.

Debido a su omnipresencia también se le representó… como ave que simbolizaba el nivel celeste, y como cocodrilo, el plano terrestre. Su imagen igualmente puede mostrar atributos de venado, serpiente, pez y jaguar, por lo que además se le asociaba con el agua, el fuego, el hálito de vida y la muerte.  (Dioses mayas, Tomás Pérez Suárez)

 

-Nuestro Primer Padre, el absoluto, que surgió en medio de las tinieblas primigenias… El existía iluminado por el reflejo de su propio corazón… ¡Oh verdadero Padre Ñamandú, el Primero! En tu tierra se yergue simultáneamente el reflejo de tu divina sabiduría (el sol). En virtud de haber tú dispuesto que aquellos a quienes tú proveíste de arcos, nos irguiéramos, es que hoy nos volvemos a erguir. En virtud de ello, nosotros, unos  pocos huérfanos del paraíso, volvemos a pronunciar al levantarnos tus palabras indestructibles…. En virtud de ello, séanos permitido levantarnos repetidas veces, ¡oh verdadero Padre Ñamandú, el Primero!  (“Literatura de los guaraníes” o.c.)

-Oh, Gran Espíritu! cuya voz escucho en los vientos, cuyo respiro da vida a todo el mundo, escúchame:

Yo llego a ti, uno entre tus tantos hijos; soy pequeño y débil. Necesito tu fuerza y sabiduría.

Deja que camine en la belleza y que mis ojos guarden el rojo y púrpura del sol que se pone.

Haz que mis manos sepan respetar las cosas que creaste, Hazme sabio, para que pueda comprender las cosas que enseñaste a mi pueblo, la lección escondida en cada hoja y en cada piedra.

Busco la Fuerza, no para ser superior a mis hermanos,sino para ser capaz de luchar contra mi más grande enemigo: yo mismo. Hazme siempre listo a llegar a Ti, con manos limpias y mirada recta, así cuando la vida se desvanezca como un sol que se pone, mi espíritu llegue a Ti sin vergüenza.

 

-Tras esta oración de los aborígenes norteamericanos siux, tan pura y honesta, tan comprometida y madura, concluimos con esta sentida plegaria maya que expresa la angustia más íntima de una madre afligida:

Pronuncio tu nombre para hablarte, Señor, De tu hijo que se encuentra sumamente grave de dolores.

Ya tengo arregladas, ya tengo preparadas las nueve clases de sagradas flores, de sagradas hojas para levantarle su espíritu, que ya tiene días, que ya tiene tiempo de estar enfermo, de tener dolores, Señor.

Está muy acabada su carne, está muy acabado su cuerpo.

Dejo al lector la hermosa tarea de valorar todos estos textos, a cual mejor,  cada uno expresando la cultura y vivencia de su pueblo, los sentimientos de las personas que ciertamente no difieren en cada cultura, pues siempre nos encontramos con el mismo ser humano que reacciona de la misma manera ante circunstancias similares.

¿Quién no se ha sentido identificado con algunas de estas expresiones de personas y pueblos tan distantes de cada uno en el tiempo, en el espacio y en el estilo de vida? ¿Quién no ha tomado conciencia de que “nuestro dios” es uno de los miles de símbolos que en miles de años la humanidad encontró para expresar lo inexpresable y para dar sentido al mismo cosmos y a la misma vida que nos identifica como seres humanos?

 

El amor, el gran símbolo

Finalizamos con un texto considerado hoy universalmente como la máxima expresión de la divinidad, texto escrito hacia el año 120 de nuestra Era por una mente mística:

Amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios.

Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es Amor (1 Jn 4,7-8)

En pocas palabras el autor, a quien la tradición consideró como Juan, el discípulo amigo íntimo de Jesús y su mejor intérprete, sintetizó no sólo la esencia de Dios sino también la esencia de toda religiosidad y espiritualidad.

Se trata de un texto que si buen fue escrito en ambiente cristiano, hoy puede ser aceptado universalmente como la forma más pura y acabada de acercarnos a lo divino, y como el camino de todos los seres humanos, cualquiera sea su religión o cultura, para unirse a la divinidad, máxima aspiración de todas las religiones.

Y sea Dios un Ser personal o solamente un Símbolo de aquello a lo que aspiramos todos los seres humanos, también resulta un concepto válido aún para los agnósticos y los no creyentes.

La espiritualidad sería precisamente introducirnos en el camino del Amor, un Amor sin límites, tan total como plenamente libre, porque sin libertad no hay amor…  y sin amor no hay libertad… Un texto “ecuménico”, o sea válido para todos, cualquiera sea su condición, origen, cultura o religión, pues es la base y fundamento de lo que llamaremos “Espiritualidad Humana”, que a su vez debería ser el fundamento de toda religión… Si el amor es lo más profundo de todo ser humano, es por eso mismo la esencia misma del espíritu humano y del espíritu divino. Luego ampliaremos y profundizaremos este símbolo divino tan importante que estará en el centro de nuestras reflexiones.

B- Algunas reflexiones sobre los símbolos

Este rastrillaje por numerosos símbolos de Dios en distintas culturas, nos permitirá ahora hacer algunas reflexiones y observaciones necesarias sobre el lenguaje simbólico que es la característica principal de las expresiones religiosas y causa, por ello mismo, de multitud de mal entendidos.

– Todo Símbolo, ante todo, es una expresión (verbal, pictórica, sonora, ritual, etc.) de la percepción humana y sujeta, por lo tanto, a las leyes psicológicas de la percepción e interpretación de la realidad.

Todo lenguaje, y por tanto todo símbolo, no expresa jamás lo que “es la realidad” sino “cómo percibe la realidad” el cerebro del ser humano. Aún las formas de los objetos, sus colores o sus sonidos son recibidos primero por los sentidos como “sensaciones” y luego transformados como formas, colores o sonidos en el cerebro. Así las ondas luminosas o sonoras se “traducen” como tonos de colores o de sonidos. Hablando con propiedad los objetos no tienen color ni sonido…

Si esto sucede con elementos captados por los sentidos y por los aparatos tecnológicos, con mucha mayor razón los entes más abstractos o más sutiles, o más desconocidos o más psíquicos (emociones, sentimientos, conceptos, intuiciones, decisiones…) sufren un proceso más complejo de interpretación. Este proceso, común a todos los seres humanos por tener la misma configuración cerebral, tiene ciertas características  muy importantes que hay que tener en cuenta para no caer en engaños. Ciñéndonos a los símbolos leídos vemos que:

Los Símbolos son necesariamente subjetivos, es decir, son la forma social y personal que cada uno tiene de interpretar y expresar la realidad. Percepción que depende de la cultura de la persona, de sus características personales (sexo, edad, aprendizaje, madurez, carácter…), de su punto de vista y del contexto vital de esa comunidad que así simboliza su realidad. O sea, toda interpretación depende del esquema referencial de cada uno. Esto hace, por ejemplo, que los símbolos de Dios sean necesariamente “antropomorfos”, pues el cerebro siempre piensa y siente como cerebro de un ser humano y no puede interpretar lo que no percibe por los sentidos; por lo tanto, como “dios” (y el espíritu) es im-perceptible, se imagina a Dios como un ser humano con  cualidades humanas de mayor calidad; así se lo ve sumamente poderoso, fuerte, sabio, inteligente, creativo, amoroso, padre, etc. E incluso con los mismos defectos humanos (celoso, airado, vengativo, etc.) En otros casos, como hemos registrado, incluso se lo ve como un poderoso animal inteligente (águila, toro, elefante, serpiente…)

En las culturas androcéntricas o “machistas” en las que el varón está en una posición de supremacía y poder casi absoluto sobre la mujer, como eran todas las antiguas (y todavía son… aún la nuestra) también Dios aparece nítidamente como varón y con cualidades masculinas, especialmente en las religiones monoteístas, pues si hay un solo Dios “obviamente tiene que ser masculino”… masculino, adulto e importante…

Por lo tanto, al leer los textos religiosos en clave antropomorfa y androcéntrica, textos escritos ¡oh casualidad! exclusivamente por varones, tendremos que purificar los textos e intentar hacer un proceso de “des-antropomorfación” y “des-machización”, sin caer en una “feminización”, ya que Dios, como lo vieron pueblos a los que llamamos salvajes, no es ni macho ni hembra ni tiene sexo alguno.

Y sólo el esfuerzo coordinado de hombres y mujeres podrá lograr una mejor imagen de un Dios que sea símbolo e ideal tanto de varones como de mujeres y que exprese el espíritu de la condición humana.

No me pregunten cómo se hará eso si hasta el mismo nombre “dios” (de origen indoeuropeo: el que brilla) es masculino… ¿cómo habrá que llamarlo, entonces”? ¿Y habrá que seguir “imaginándolo” o no será mejor ocuparnos de nuestra vida y de mejorar nuestra condición humana a la que mucha falta le hace un poco más de atención y de práctica de las más elementales normas de civilización?

Los Símbolos son necesariamente culturales y dependientes de la situación histórica y social de los sujetos. Ya hemos registrado que los pueblos pastoriles y ganaderos simbolizaron a Dios como Pastor; las monarquías como Rey; los guerreros como Señor de los Ejércitos; los oprimidos y esclavos, como Salvador.

El mismo Jesús será simbolizado como Liberador o Redentor de los pobres por las comunidades desclasadas y oprimidas de Palestina, como Cordero de Pascua cuando se interprete su crucifixión; pero Señor, Amo y Rey del mundo cuando el cristianismo se identifique con el imperio y con sus símbolos.

Esto explica que tantos símbolos y creencias de otros contextos históricos hoy nos parezcan sin sentido alguno y hasta contraproducentes, como celebrar la fiesta de Cristo Rey, o comparar la evangelización (teóricamente “anuncio de una buena noticia”) con la “pesca de hombres” (típico símbolo comprensible para los apóstoles galileos que eran pescadores y necesitados de incluir a la mayor cantidad de miembros al Reino de Dios, comparado con una red)

Por este motivo no es extraño que hoy se prefiera simbolizar a Dios con la Energía Fundamental o una Mente-Inteligencia Poderosa, pues sabemos que todo el universo es energía y también nosotros, partículas inteligentes del cosmos. Y a Jesús se prefiere verlo como Ideal de Hombre, amigo, hermano o compañero. Poco importa si estos símbolos son bíblicos, pues son sencillamente los “nuestros” y tenemos el mismo derecho que los antiguos de ser fieles a nuestro cerebro y a nuestra cultura.

En tanto, los continentes más pobres y oprimidos como América Latina y África Negra prefieren un Dios liberador y una “teología de la liberación” (algo que a los europeos parece no gustarles tanto seguramente por su pasado colonialista) e interpretan a Jesús en clave revolucionaria y política en la misma línea de los profetas que se opusieron al poder absoluto de los reyes.

En este sentido las ideologías de derecha o de izquierda se inclinan por los símbolos acordes con su pensamiento político y social, un dios más autoritario y de poder, o un dios servicial y liberador.

En consecuencia, los símbolos varían y adquieren más o menos valor social según cambien las circunstancias sociales o individuales. Así hay ciertas simbolizaciones de Dios que hoy están definitivamente desechadas por incomprensibles y carentes de significación, a pesar de que se las repite con cierto automatismo y sentido mágico en el culto y en las predicaciones. Pareciera que poco importa redescubrir el sentido actual de esas palabras y su relación con nuestra vida; bastaría repetirlas con fidelidad a la letra pero sin asumir el espíritu de la letra. Se repite tranquilamente que “Dios nos juzgará… Jesús nos salvó del pecado… el cielo nos espera… etc.” como si fuesen las verdades más obvias e indiscutibles del mundo.

Importante tarea de las religiones e iglesias de re-significar sus símbolos e intentar un lenguaje que sea expresivo de esta cultura y de estas circunstancias históricas que estamos viviendo varios miles de años después del tiempo de origen de los relatos sagrados. Los símbolos deben interpretar esta vida actual para enriquecer nuestra espiritualidad. En tanto, algunos viejos símbolos podrán ser desechados u otros habrá que re-interpretarlos actualizando sus significaciones con preguntas como ¿qué significa hoy salvarnos… de qué… qué significa escuchar la palabra de Dios…? etc.

Los símbolos tienen una carga especial de emociones y sentimientos que no tienen otros lenguajes, como el científico y el filosófico. No es lo mismo decir que “mi hijo alcanzó un gran nivel de psicomotricidad” que decir “mi hijo es un tigre”. Por eso los símbolos son el lenguaje preferido y casi exclusivo para expresar las emociones y los sentimientos, tal como sucede en los poemas y canciones de amor y en el lenguaje cotidiano familiar. Las madres dicen que su bebé es “divino, un dulce, un angelito” y los amantes dicen de la amada que “eres mi tesoro, mi cielo, mi bombón”.

También aquí el símbolo revela lo que la persona siente “en ese momento” y no lo que es la realidad. El símbolo, expresa lo que se siente en una situación concreta; es un aspecto, un filón, un enfoque parcial de cómo se vive la realidad en cierto momento y circunstancia. Porque suele suceder que el bebé angelito también es “insoportable”; y la amada bomboncito es “caprichosa y testaruda”…

Lo mismo sucede con los símbolos religiosos, hablan de un sentimiento parcial que no excluye otros, según cambie la emoción del momento. Así el mismo Dios bueno y cariñoso a quien se da las gracias por salvar al hijo en un accidente, es el Dios ausente a quien se maldice y con quien la misma persona se enfada porque no salvó a su hermana del cáncer. Como me decía una mujer que soportó la destrucción de su casa por un ciclón: “Ahora despacito me estoy amigando con Dios. Me enojé mucho con él porque no hizo nada por mi”.

Los salmos expresan muy bien toda esta ambigüedad de sentimientos:

Yo clamo a Dios y él me escuchará. En el día de mi angustia voy buscando al Señor, por la noche tiendo mi mano sin descanso… De Dios me acuerdo y gimo, medito, y mi espíritu desmaya…Pienso en los días de antaño… medito y mi espíritu pregunta: ¿Acaso por siempre nos rechazará  el Señor, no volverá a ser propicio? ¿Se ha agotado para siempre su amor? ¿Se habrá olvidado Dios de ser clemente, o habrá cerrado de ira sus entrañas? Y digo: «Este es mi penar: que se ha cambiado la diestra del Altísimo.» Me acuerdo de las gestas del Señor, sí, recuerdo tus antiguas maravillas, medito en toda tu obra, en tus hazañas reflexiono… (S 77) Yo amo al Señor porque escucha mi voz suplicante; porque hacia mí su oído inclina el día en que clamo. Los lazos de la muerte me aferraban; en angustia y tristeza me encontraba, y el nombre del Señor invoqué: ¡Ah, El salva mi alma! Tierno es, justo y compasivo nuestro Dios; cuida a los pequeños, estaba yo postrado y me salvó (S 116)

En estas expresiones tan emotivas podemos observar todas las características que vamos viendo de los símbolos: antropomorfismos, subjetividad, dependencia de las situaciones críticas del orante, ambigüedad y, sobre todo, cómo los símbolos expresan mucho más la situación del orante y no la identidad de Dios que si bien parece cambiar al ritmo del cambio de los sentimientos humanos, permanece siempre “más allá” e inaccesible a la mente humana. Bien dice el poeta Leopoldo Panero:

Para inventar a Dios,

nuestra palabra busca dentro del pecho su propia semejanza y no la encuentra.

Como olas de la mar tranquila, una tras otra, iguales,

quieren la exactitud de lo infinito medir, al par que cantan…

Tus hijos somos, aunque jamás sepamos decirte la palabra exacta y Tuya,

que repite en el alma el dulce y fijo girar de las estrellas.

Volvamos a la pregunta inicial: ¿qué expresan los símbolos? ¿Y qué expresan los símbolos de Dios?

C- Buscando la madurez religiosa y la espiritualidad

Los símbolos no nos pueden decir nada sobre “la realidad en sí”, sino sobre cómo nosotros sentimos, vivimos y experimentamos cierta realidad interior o exterior a nosotros.

En el caso de los símbolos de Dios, en primera instancia, parecen reflejar universalmente una gran necesidad de los seres humanos de protección frente a un mundo que se lo siente peligroso y ante el cual se vive en estado de gran impotencia. Cuánto más vamos hacia atrás en el tiempo, más crece esa necesidad en un hombre desprotegido frente a la naturaleza cuyas leyes desconoce e indefenso frente a los riesgos que surgen de la convivencia humana ante otros seres humanos considerados más poderosos. A mayor pobreza y subdesarrollo, mayor necesidad de protección.

Las motivaciones de hoy

Hoy mismo, en pleno siglo XXI, ésta parece ser todavía la motivación que origina y mueve a las religiones, su nota característica: que Dios satisfaga las necesidades humanas, particularmente la salud y la seguridad ante situaciones de vulnerabilidad por fenómenos atmosféricos, viajes, conflictos familiares, laborales y sociales, etc. que se traducen en un sinfín de “peticiones” a las que Dios (o los santos, canonizados o populares) debe responder positivamente. Todo lo cual genera una situación de dependencia, una religión llamada de “tapa-agujeros” o de servicios asistenciales que revela aún un alto grado de inmadurez, pues si bien entendemos que todos tarde o temprano sufrimos necesidades que nos angustian, el solucionar esas necesidades está en nosotros, en la comunidad organizada, en el Estado; a tal punto que hoy los Derechos Humanos Universales, que cubren todos los aspectos individuales, políticos y sociales de la gran comunidad humana, deben, prioritariamente, ser satisfechos por el Estado organizado, por la creatividad y los proyectos asumidos democráticamente y en cuya solución todos están implicados.

Ciertamente, como sucede sobre todo en los países menos desarrollados, quedan muchas necesidades aún primarias, sin solucionarse, pero no podemos responsabilizar a “Dios” de nuestra falta de previsión, de organización, de creatividad, o simplemente de nuestra inmadurez en aceptar que “esta” es nuestra condición humana. Condición humana real y dual, con salud y con enfermedades, con nacimiento y con muerte, con primaveras y con temporales destructivos, con éxitos y con fracasos.

De nosotros es la responsabilidad de solucionar nuestros problemas, con inteligencia, con creatividad, con aciertos y errores. Y si algo hoy no se soluciona, esperamos resolverlo mañana con más creatividad, ciencia y tecnología, sin esperar “de arriba” o del cielo lo que es tarea terrestre, humana, nuestra.

Si creemos en Dios, ya su energía y su poder están en nosotros, en nuestro cuerpo viviente, en nuestra inteligencia, en nuestra capacidad de decidir y elaborar un proyecto… desde ahí opera y ayuda Dios. Nos dio las herramientas… y los “talentos” necesarios y suficientes… ¿por qué pedir más?

Bien dice el poeta Manuel Pacheco:

El hombre es lo que importa.

Vamos a poner vertical esta palabra:

La H es una torre,

La O es como un ojo mirando eternamente a la esperanza;

La M es como el mundo que lleva entre los hombros;

La B como una bala disparada hacia el odio y el amor,

La R como un rayo buscando en las tinieblas la aurora del mañana;

La E como una espiga hacia el trigo del hijo.

Hombre, así, vertical, aunque lo metan en una jaula y le sequen la voz y los ojos y le arranquen la entraña.

Hombre, así, vertical, aunque lo llenen de pústulas y lágrimas.

Hombre, con el estómago hundido por el hambre.

Con la cara abrasada por el sol de los campos o el brillo de las máquinas.

Hombre de la oficina, cegado por los números, Hombre de los andamios, las minas y las fábricas.

Hombre como una nube de tormenta sobre la yerba dulce de la mujer tendida.

Lo que importa es el Hombre, porque  si el hombre muere

se apagarán para siempre las antorchas del Alba.

Religión interesada

Lo que surgió y surge de esta inmadurez es una religión “interesada” en la que los fieles creyentes buscan soluciones, no desde la libertad creativa y responsable de ellos mismos, sino desde los “beneficios” y “premios” que vienen desde las divinidades de “arriba” a quienes se “paga” los favores con adhesión, confianza, oraciones, actos de culto y cumplimiento de obligaciones y deberes que conforman un código de conducta.

Es la religión del “contrato” o “pacto” en la que Dios “se obliga” (o sea, se obliga a Dios) a asistir y defender a sus fieles creyentes que a su vez “se obligan o son obligados” a cumplir con ciertos requisitos religiosos. A tal punto llega este contrato interesado que, por ejemplo, se ama al prójimo como una obligación y exigencia para ser premiados por Dios en la tierra o en el “cielo”; se va al culto para no pecar, se cumplen los mandamientos para no ir al infierno, se participa en una religión para “salvarse”, etc. etc.

Y también se “cambia de religión” o de culto (o de devociones a tal Virgen o santo) si se supone que el cambio incrementará los beneficios, los  favores y seguridades, especialmente la gran seguridad: “nosotros nos salvaremos”, “Dios está con nosotros”, “lo único que debes hacer es tener fe en Dios, en Jesús y ellos harán el resto”…

La misma Biblia no es ajena a este estilo de religión, característica también del cristianismo y del islam. No enjuiciamos a quienes vivieron en otras épocas en las que la religión o la fe eran el único “refugio” y “baluarte” y “defensa” frente a tantas situaciones de vulnerabilidad y de opresión de las mismas autoridades (reyes…) que abusaban de la comunidad a la que debían proteger. Bien lo dice el profeta Samuel (1Sam 8, 11-18) a los hebreos que exigían un rey como los otros pueblos:

Este será el derecho del rey que reinará sobre ustedes: los destinará a sus carros de guerra y a su caballería. Los empleará como jefes de mil y de cincuenta hombres, y les hará cultivar sus campos, recoger sus cosechas, y fabricar sus armas de guerra y los arneses de sus carros. Tomará a sus hijas como perfumistas, cocineras y panaderas. Les quitará los mejores campos, viñedos y olivares, para dárselos a sus servidores. Exigirá el diezmo de los sembrados y las viñas, para entregarlo a sus eunucos y a sus servidores. Les quitará sus mejores esclavos, sus bueyes y sus asnos, para emplearlos en sus propios trabajos. Exigirá el diezmo de los rebaños, y ustedes mismos serán sus esclavos. Entonces, ustedes clamarán a causa del rey que se han elegido, pero aquel día el Señor no les responderá

 

Dramático testimonio de hace tres mil años de una situación política y social que tiene vigencia hasta el día de hoy. “Dios no responde” cuando se cometen errores y los seres humanos no se responsabilizan de lo que les corresponde: vivir y luchar por sus derechos, por su desarrollo y por su calidad de vida. Este “dios de bolsillo” no existe, es solo una fantasía, es una creación de nuestro inconsciente que busca así superar la angustia de la existencia.

Todavía hoy, al menos aquí en Latinoamérica, esta es la religión que, obviamente, nos mantuvo y nos mantiene en el subdesarrollo, con esa necesidad incesante de “milagros”, de “apariciones” que congregan multitudes, de estados alterados de conciencia considerados expresiones del Espíritu Santo; de exorcismos para expulsar a los demonios causantes de nuestros males, de predicadores sanadores que apelan a la extrema emotividad y sugestión de la gente sencilla para mantenerla cautiva a cambio de curaciones fruto del histerismo. Todos los años surgen nuevas devociones y cultos que compiten entre sí para demostrar su mayor poder ante una comunidad sumisa, infantilizada y dependiente.

Como psicólogo “comprendo” toda esta situación alimentada por tantas violaciones de los más elementales derechos humanos como son, derecho a una vida digna, a la salud integral, a un salario justo, a la protección social, a vivir en paz, a una democracia participativa, a una justicia independiente, a una jubilación que permita vivir dignamente.

Y con tantas situaciones de violencia de género, de delitos impunes contra niños y ancianos, de corrupción generalizada en el poder político… todo lo cual “empuja” a tanta gente a buscar “refugio”, consuelo, alimento y salud en un dios o un santito que “nunca falla”, sin excluirse frases bíblicas adaptadas a esa situación, amuletos y demás objetos religiosos que protegen y ayudan.

Pero también entiendo que esa religión crea una total dependencia hacia los pastores, predicadores y demás promotores religiosos, dependencia que es el mayor obstáculo para la madurez humana cuya esencia es la libertad, la responsabilidad, la creatividad, la participación en igualdad de condiciones…

¿Es esta dependencia y permanente infantilismo lo que “Dios quiere” de sus hijos…? ¿Es éste el ideal de una vida digna? ¿Hasta cuándo tendremos que seguir “pagando” por  nuestros derechos?

Religiosidad  gratuita en libertad y amor

Por eso, hoy necesitamos rescatar la principal cualidad de la madurez religiosa (para los que creen) y de la espiritualidad (para todos): la gratuidad en nuestra vida y en nuestros actos y compromisos: simplemente ser nosotros mismos… sin más recompensa que el desarrollo de nuestra identidad, el crecer sacando de nuestro interior lo mejor de nosotros mismos, el amar sin esperar recompensa, amar porque todos los seres humanos somos dignos de amor… Surge así una religiosidad y espiritualidad más puras que crecen y crecen en cada uno hasta el último día de la vida con dos poderosos motores: libertad y amor.

Para los creyentes: ¿no será éste el nuevo símbolo de Dios? Lo divino, presente en nosotros desde siempre, como amor y libertad plenos… plenamente gratuitos… libertad y amor, la gran energía que nos impulsa hacia metas prácticamente infinitas… La libertad y la autonomía humana (ser dueños de nosotros mismos) son la gran asignatura pendiente de las religiones y de sus instituciones aún hoy muy alejadas de un espíritu democrático: pocos que enseñan y mandan, y muchos que aprenden y obedecen… Por algo ninguna religión simboliza a Dios como Libertad…

Y fue la libertad el gran símbolo de la Revolución Francesa junto a la igualdad y la fraternidad. Y ese símbolo no fue aceptado ni entendido por el cristianismo…

Pero ¿será también el amor una asignatura pendiente, ese amor universal sin costos ni beneficios? ¿O es un amor sectario, con discriminaciones, exclusiones y condenas?

La Espiritualidad de los hijos de Dios

Si prácticamente en todas las religiones se simboliza a Dios como “padre”, es lógico pensar que consecuentemente los seres humanos se identifican como hijos de Dios o con aspiración de ser dioses como su padre. Ya el Génesis muestra a la pareja humana “a imagen y semejanza de Dios” y el salmista se pregunta: ¿qué es el hombre para que pienses en él, el ser humano para que lo cuides? Lo hiciste un poco inferior a los ángeles, lo coronaste de gloria y esplendor… (S 8,5-6)

Y la gran respuesta llega cuando desde la reflexión se afirma sin ambages que: Ustedes son hijos del Señor, su Dios. Porque tú eres un pueblo consagrado al Señor, tu Dios y él te eligió para que fueras su propio pueblo, prefiriéndote a todos los demás pueblos de la tierra (Deut 14,1-2)

Por su parte el profeta Oseas que simboliza a Dios como “esposo” de la comunidad israelita, nos muestra un rostro maternal de un Dios que recuerda a su pueblo, ahora infiel:

Cuando Israel era niño, yo lo amé, y de Egipto llamé a mi hijo. ¡Y yo le había enseñado a caminar, lo tomaba por los brazos! Pero ellos no reconocieron que yo los cuidaba. Yo los atraía con lazos humanos, con ataduras de amor; era para ellos como los que alzan a una criatura contra sus mejillas, me inclinaba hacia él y le daba de comer. (Os 11,1-4)

Amor exclusivista

En todos los textos se enfatiza que son hijos de Dios exclusivamente los hebreos (israelitas, judíos) quienes  se consideraban a sí mismos como los “preferidos” de Dios. El mismo mandamiento de amor al prójimo (proximus: cercano) lo supone:   No serás vengativo con tus compatriotas ni les guardarás rencor. Amarás a tu prójimo como a ti mismo.(Lev 19,18), por lo que generalmente fue interpretado aún hoy como amor al prójimo o cercano por raza y religión, o sea, a otro hebreo, una ley que no rige para los extranjeros y otros pueblos de quienes se afirma:

Los esclavos y esclavas que ustedes tengan, provendrán de las naciones vecinas: solamente de ellas podrán adquirirlos. También podrán adquirirlos entre los hijos y familiares de los extranjeros que residan entre ustedes, ellos serán su propiedad… a estos podrán tenerlos como esclavos; pero nadie podrá ejercer un poder despótico sobre sus hermanos israelitas (Lev 25, 44-46) Todo lo cual fue también matizado con cierta corriente más humanitaria cuando se legisla que No maltratarás al extranjero ni lo oprimirás, porque ustedes fueron extranjeros en Egipto (Ex 22,20), inculcándose el amor al extranjero residente.

Observamos, entonces, que la paternidad de Dios, su amor y la filiación divina se hallan parcializadas según el pacto que se establezca para ser “el pueblo de Dios”. Es un Dios discriminatorio y excluyente, Dios étnico y nacionalista, sin ninguna actitud universalista. El amor a Dios y al prójimo ni es gratuito ni es universal. Aún estamos en una etapa inmadura de la humanidad, algo que se constata en todas las grandes religiones que afirman su identidad desde la superioridad sobre los otros pueblos y desde los privilegios que les otorga su adoración al “único” Dios.

Y he allí la gran paradoja: mientras se afirma que nuestro Dios es el Único, y único Padre, la mayoría de los seres humanos quedan excluidos del amor paterno y de la filiación divina. Que esto haya sucedido hace miles de años cuando la religión era elemento esencial de la identidad de las naciones, es comprensible; pero que hoy sigamos con la misma mentalidad es sencillamente un absurdo y una incoherencia insostenible.

El cristianismo sigue en la misma dirección, pero amplía el horizonte al incluir entre los hijos de Dios a “los otros pueblos” (los paganos); sin embargo también tiene una cláusula exclusivista al reconocer como hijos de Dios a quienes creen en Jesucristo y se hacen bautizar para ingresar a la gran “asamblea convocada” (la Iglesia) de los salvados. San Pablo, primer evangelizador, escritor y teólogo cristiano, afirma categóricamente: Porque todos ustedes son hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús, ya que fueron bautizados en Cristo… Por lo tanto, ya no hay judío ni pagano, esclavo ni hombre libre, varón ni mujer, porque todos ustedes no son más que uno en Cristo Jesús (Gal 3,26-28. Ver también Ef 1,5)

Aunque más universal y menos excluyente, hay una sola puerta para tener los derechos de filiación: la adhesión a Jesucristo, según la ideología que así lo interpreta hasta el día de hoy. ¿Y los otros? Les queda la opción de convertirse, abandonar su religión y adherirse a este único proyecto.

Algo similar hará siglos después el Islam: o convertirse o condenarse… Y Dios, el “Verdadero”… siempre paciente, guarda silencio ante una interpretación tan pobre y cerril de su paternidad, esperando que la humanidad que tanto ha crecido en ciencia y tecnología, crezca también en lo que es la esencia más pura de lo divino y de lo humano: un amor total y gratuito. Y esta es nuestra hora y tarea…

Consecuencias de una religión excluyente

No hace falta que enumere las terribles consecuencias de estas religiones tan seguras de su verdad como de la falsedad de las otras, tan absurdas y contradictorias de adorar y servir a un Dios único y universal, Dios de amor, Padre de misericordia y clemencia, en cuyo nombre se iniciaron crueles guerras que asolaron Europa y esclavizaron al África y América y Asia para extender su Señorío sobre todos los pueblos; sin olvidar toda una secuela de descalificaciones, venganzas, resentimientos y odios que todavía hoy nos salpican incluso con sangre…

¿Dónde ha quedado la espiritualidad de estas religiones, dónde quedó la esencia de la religiosidad si el amor es solamente un egoísmo hacia adentro, hacia el propio grupo, comunidad o secta? ¿Y cómo rescatar hoy lo más profundo del símbolo universal de Dios “Padre” y de los seres humanos “hijos del mismo Dios” y por eso mismo “hermanos” entre sí; ese símbolo que nace de lo más hondo de nosotros mismos y de nuestro inconsciente más puro y menos contaminado?

Una vez más, conectémonos con el sentir de ese gran místico, cuya espiritualidad nos llega con extraña resonancia: ¡Miren cómo nos amó el Padre! Quiso que nos llamáramos hijos de Dios, y nosotros lo somos realmente. Desde ahora somos hijos de Dios, y lo que seremos no se ha manifestado todavía. Sabemos que cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es (1Jn 3,1-2) Amémonos los unos a los otros, porque el amor procede de Dios, y el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios.

El que no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor… Nadie ha visto nunca a Dios: si nos amamos los unos a los otros, Dios permanece en nosotros y el amor de Dios ha llegado a su plenitud en nosotros. (1 Jn 4,7-12)

El único camino válido para la religiosidad y la Espiritualidad es el amor: un texto tan repetido y conocido, y tan poco aplicado con coherencia en la vida práctica, cotidiana, social y religiosa.

Siglos antes otro gran místico expresó en la India conceptos más universales aún que hoy nos sorprenden gratamente por su madurez y espíritu solidario:

Aquel que estando unido con todos, me adora a Mí que resido en todos los seres, cualquiera que sea su ocupación, ese vive en Mí. El mejor yogui es aquel que considera el placer y el dolor de todos los seres como si fueran propios…Sobresale aquel que tiene igual consideración para el amigo, el bienhechor, el enemigo, el neutral, el árbitro, el pariente, el bueno y el malo. (B. Guita VI, 31-32.9)

Estos textos escritos por seres humanos como nosotros, tan profundos como humildes, tan serenos como espirituales, nos introducen a una religiosidad que nos armoniza con toda la humanidad con esa sensación de paz y tranquilidad de espíritu que destilan cada una de sus palabras. Es la espiritualidad que brota de una misma fuente tan divina como humana, el amor sin exclusivismos ni excepciones, incluso a los enemigos, algo que también dijera Jesús  en Mt 5,43-45: Amen a sus enemigos, rueguen por sus perseguidores; así serán hijos del Padre que está en el cielo, porque él hace salir el sol sobre malos y buenos y hace caer la lluvia sobre justos e injustos. Texto que nunca hemos terminado de comprender ni aceptar…

Porque en el esquema exclusivista, enemigo es todo aquel que no piensa ni siente como uno, es el “otro”, el extraño y extranjero, el condenado y desvalorizado por el simple hecho de ser distinto. En el esquema integrador que comparten Dios y todos sus hijos, todos son uno en el amor… a pesar de tantas pequeñas diferencias que existen entre los “hermanos”.

Todos hijos de una misma madre

Curiosamente todo este esquema es refrendado por la ciencia que nos dice que todos los seres humanos, al igual que todos los otros seres vivientes y no vivientes, somos hijos de una misma madre cósmica que inició su parto (big bang)  hace unos 15 mil millones de años, de modo que todos (creyentes y no creyentes, blancos, amarillos, rojos o negros, ricos y pobres) tenemos el mismo origen, la misma composición de elementos cósmicos, la misma organización biológica y el mismo sistema nervioso que nos permite reconocernos, percibirnos, sentirnos, pensarnos y amarnos.

Más aún, hoy la antropología reconoce que los actuales seres humanos, homo sapiens, provenimos del mismo tronco originario del África Negra… de esos pueblos a quienes por siglos se los trató como inferiores y se los maltrató como esclavos… ¡Y eran nuestros padres!

Por lo tanto, según expresa el   Art. 1° de la Declaración sobre la raza y los prejuicios raciales, (1978):  Todos los seres humanos pertenecen a la misma especie y tienen el mismo origen. Nacen iguales en dignidad y derechos y todos forman parte integrante de la humanidad.

Somos, pues, seres vivientes, de la familia biológica, hermanos de vegetales y animales. Y como todos los seres vivientes somos necesariamente sociales, interrelacionados, altruistas y solidarios; porque no hay seres vivientes aislados, no existen individuos aislados. Sin armonía en una organización social los seres vivientes se destruyen y mueren. La esencia de la vida es la intercomunicación en un conjunto armónico.

Así, desde la misma ciencia biológica, como lo reflexiona el biólogo Humberto Maturana, el amor al prójimo comienza a aflorar entonces, en una expansión de los  impulsos naturales de altruismo comunitario, precisamente como la condición necesaria de lo social, y no como un mandato de una supuesta naturaleza diferente de la nuestra o un mandato institucional.

“El amor, o si no queremos usar esta palabra fuerte, la aceptación del otro junto a uno en la convivencia, es el fundamento biológico del fenómeno social. Sin amor no hay socialización ni hay humanidad”  (Ideas y texto de Maturana y Varela en El árbol del conocimiento)

Y como bien considera la Declaración Universal de los Derechos Humanos:

La libertad, la justicia y la paz en el mundo tienen por base el reconocimiento de la dignidad intrínseca y de los derechos iguales e inalienables de todos los miembros de la familia humana.

Este amor biológico y gratuito debe abarcar, incluso, a las generaciones futuras, para quienes debemos preservar los recursos naturales, fundamento de su subsistencia, como bien dice la

Conferencia del Medio Ambiente de Estocolmo (1972):

El hombre es, a la vez, obra y artífice del medio que lo rodea, el cual le da el sustento material y le brinda la oportunidad de desarrollarse intelectual, moral, social y espiritualmente.

Los recursos naturales de la Tierra, incluidos el agua, la tierra, la flora y la fauna, y especialmente muestras representativas de los ecosistemas naturales, deben preservarse en beneficio de las generaciones presentes y futuras, mediante una cuidadosa planificación.

Los recursos no renovables de la Tierra deben emplearse de forma que se evite el peligro de su futuro agotamiento y se asegure que toda la humanidad comparta los beneficios de tal empleo.

Esta comprensión universalista que hoy nos da la ciencia sobre el ser humano y este concepto de amor que se origina en un sentimiento biológico de solidaridad y necesidad mutua, nos permite entender por qué la experiencia y la reflexión humana debe fundamentar la vida religiosa y/o espiritual en el amor.

Un amor que de ser básicamente la aceptación del otro junto a uno en la convivencia (aceptación en pie de igualdad, con las mismas necesidades y, por lo tanto, con los mismos derechos) va creciendo en intensidad a lo largo de la vida, desde el amamantamiento y los primeros afectos hasta transformarse en un poderoso sentimiento que halla su máxima intensidad en las relaciones de pareja, consideradas en algunas religiones de Oriente como signo de unión con la divinidad. El amor llega así al éxtasis y a la experiencia de máxima felicidad.

Pero, mientras que las especies animales viven esta solidaridad por via instintiva, los seres humanos tienen que construirla cada día. Pues se trata de un ser humano bipolar, que no se rige solamente por el instinto de vida y conservación, ya que tiene la capacidad de construir pero también de destruirse y destruir a los otros, de organizarse socialmente en forma armónica o de entrar en una espiral de incomprensiones, odios, guerras y destrucción. Ser humano racional e instintivo, síquico y corpóreo, pensante, sintiente e impulsivo, cuerdo y loco… Lograr esa armonía bio-social-cósmica es la construcción que ya lleva miles de años, pero ¿ha aprendido el ser humano a vivir con los otros seres vivientes en armonía? ¿Cuál es la realidad que nos muestra el mundo actual? ¿No debiera ser ésta la tarea de toda la sociedad, de los sistemas educativos, de las religiones y de la espiritualidad?

Concluimos, entonces, estas reflexiones sintiendo y diciendo que el único camino seguro para llegar a Dios e identificarnos con Él (personaje real, simbólico o arquetípico) es el mismo camino para llegar a nosotros mismos y a la armonía con nuestros semejantes: el amor gratuito y universal, reconociendo a todos los otros seres humanos como compañeros de viaje, si bien cada uno carga una mochila diferente…

Y podremos rezar, si así nos place, con hondo sentido simbólico, la plegaria que aprendimos en nuestra inocente infancia: Padre Nuestro…

 

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