Los relatos míticos de la Biblia frente a la ciencia cosmológica. Hay lugar para Dios? S Benetti

LOS RELATOS  MÍTICOS   DE LA BIBLIA FRENTE  A  LA  CIENCIA  COSMOLÓGICA. Hay lugar para Dios?

Temas conflictivos

De los muchos cambios surgidos  de la posmodernidad y de los muchos temas conflictivos con la religión (aquí en Occidente, en concreto con la cristiana y para el habla española, especialmente con la católica e iglesias protestantes e independientes) seleccionamos aquellos que tienen mayor incidencia en la religiosidad de los adultos y en la formación de la conciencia, especialmente de los niños, adolescentes y adultos jóvenes, pues son las nuevas generaciones las que reciben con mayor entusiasmo la propuesta posmoderna y sienten el choque con ciertas ideologías y estructuras culturales, religiosas y educativas tradicionalistas.

La nueva ciencia cosmológica es la que provoca un impacto más directo en las creencias religiosas.

Las grandes religiones, surgidas hace unos 5.000 años, tenían una idea mítica un tanto ingenua de un universo sumamente limitado y reducido en el tiempo y en el espacio. Eso no era un problema en aquellos tiempos, pues religión y cultura (con sus conocimientos, tecnologías y costumbres) vivían totalmente sincronizadas y armónicas. Las religiones eran parte esencial de la cultura, eran su fundamento y su más sublime expresión. Pero hoy, mientras vivimos en “otra” cultura, la religión permanece anclada en concepciones de la vieja cultura que la transforma en algo anacrónico y obsoleto tanto en sus contenidos ideológicos como en su lenguaje.

Visión bíblica del mundo

Así por ejemplo, la tradición bíblica judeo-cristiana presentaba el cosmos en tres planos. El inicio del mundo surgido por creación directa de Dios se lo ubicaba a unos 4.000 años antes de Cristo, con una extensión pequeña que ni siquiera abarcaba toda la tierra como hoy la conocemos, con un cielo material (una especie de chapa) relativamente cercano, al que se podía llegar volando o con una larga escalera o en un carro de fuego, con estrellas y planetas muy pequeños dentro de la cúpula celestial cuyas bases estaban sobre una tierra plana e inamovible.

En tanto encima de ese pequeño cielo, no más extenso que el alcance de una mirada en el horizonte, había un depósito de aguas listas para caer en forma de lluvia. Y en la parte superior estaba Dios sentado en su trono, rodeado por un ejército de ángeles (las estrellas), manteniendo el orden cósmico y ordenando con leyes concretas la vida de los seres humanos, a quienes había creado directamente luego de haber  dado origen al mundo en seis días. La tierra con sus mares y ríos, animales, plantas y seres humanos constituía el plano medio. Finalmente, debajo de la tierra en el plano inferior (o infierno) estaba el lugar de los muertos, tanto de los inocentes como de los culpables.

El origen desde el big bang y la evolución

Hoy la ciencia cosmológica nos habla de un inicio del universo (big bang) de un huevo cósmico infinitamente denso, caliente y pequeño hace unos 15 mil millones de años, que  “explosionó”  y se fue expandiendo y enfriando, mientras se creaba simultáneamente el tiempo y el tiempo con todos los elementos atómicos. Así en una larga evolución que aún no ha finalizado se formaron entre 200 y 400 mil millones de galaxias con unos 200 mil millones de estrellas cada una, galaxias que continúan su alocada carrera y se distancian entre sí, cubriendo un espacio prácticamente infinito. Sólo después de 10 mil millones de años del big bang (o sea, hace 5 mil millones de años)  se formó nuestro sistema solar dentro de una de esas galaxias.

La tierra se formó hace unos 4 mil millones de años (aún sigue evolucionando) para que allí surja la vida primitiva en forma de microcélulas y virus hace unos 3.500 millones de años, evolucionando constantemente en nuevas y más organizadas formas de vida vegetales y animales.

De los seres humanos no hay noticias sino desde hace apenas 1 millón de años con los primates, de cuya evolución surge el hombre actual, homo sapiens, hace unos 50 mil años, constituido con los mismos elementos del Universo aunque con una organización especial mucho más compleja.

La historia humana así como hoy la conocemos desde restos arqueológicos apenas supera los 15.000 años.

La historia de los hebreos que reconocen a Dios como Yahvé (el dios de las tribus del Sinaí) tiene apenas unos 3200 años, uno de cuyos vástagos insignes fue Jesús hace 2000 años, de quien se origina el cristianismo.

Así nuestra tierra y nuestra historia aparecen como un punto insignificante del Universo dentro del sistema solar, a un costado de la Via Láctea que tiene una longitud de unos 100 mil años luz, albergando a un ser humano, tan perfecto como endeble y efímero, y como último invitado conocido de esta grandiosa historia de nuestro cosmos, pues los científicos suponen que deben existir otros millones de planetas con vida y/o con seres similares a nosotros.

Varios problemas plantea esta nueva cosmovisión: destacamos  la posible existencia de Dios y su rol dentro de este universo; y el sentido y la veracidad de los relatos y creencias religiosos con su lenguaje mítico, tema que ya hemos  tratado.

1 Dios en esta nueva visión cósmica

Lo primero es preguntarnos si cabe un Dios en esta visión cosmológica, ya que la gran evolución en la cual todavía estamos inmersos con nacimiento y muerte de estrellas, choques de galaxias y un sinfín de otros fenómenos impresionantes (agujeros negros, materia oscura, energía oscura, etc.), parece guiarse por leyes propias e inexorables y también por hechos aparentemente fortuitos y desbordados de toda lógica conocida.

– Unos teólogos y científicos afirman que Dios, persona distinta del cosmos, pudo haber estado presente en la creación del micro huevo que hizo big bang y cuya energía aún está en expansión hasta su declive definitivo dentro de varios miles de millones de años, energía que nos crea y se desarrolla en nuestra vida tanto física como biológica, síquica y espiritual.

– Otros prefieren hablar de una Inteligencia o Conciencia Cósmica o ESO que guía los acontecimientos.

ESO está más allá del alcance de la vista, del habla y del pensamiento. Y nosotros no sabemos ni entendemos cómo se lo puede comprender. Eso es otra cosa que lo conocido y está más allá de lo desconocido. Así lo han dicho los sabios. Eso es algo de lo que no se puede hablar pero que hace que hablemos…no se puede pensar pero que hace que pensemos… no se puede ver pero que hace que veamos… no se puede escuchar pero que hace que escuchemos. Eso es el aliento que no se puede retener pero mediante el cual respiramos. Eso es conocido de aquellos que no saben; para los que saben, es desconocido. Eso no es entendido por quienes lo entienden; Eso es entendido por quienes no lo entienden. (Los Upanishads, escritos hindúes entre los años 1000 a 600 a. C.)

– Finalmente otros simplemente se remiten a la Energía cósmica capaz de por sí de explicarlo todo sin necesidad de otro ser fuera del propio universo. Y aparecen otras teorías que se y diversifican y combinan.

Lo cierto es que la ciencia no puede afirmar la existencia de un Dios (o Inteligencia supra-mundo o extra-mundo) ni tampoco puede negarla, pues Dios o lo divino escapa por definición al alcance de observación y estudio de la razón y de la ciencia, y se enmarca dentro de las Creencias a las que es afecto el ser humano por su percepción primaria, imaginación, intuición y sentimientos. Por lo tanto, la ciencia prescinde metodológicamente de Dios y busca la explicación del Universo o de los posibles y varios Universos (el Multiverso) exclusivamente desde sus leyes inherentes e internas. Y cuando hablamos de ciencia, incluimos por cierto a la biología, psicología y pedagogía para la explicación de los fenómenos humanos.  

Posible imagen y función de Dios

Pero más importante aún, suponiendo la existencia de una Inteligencia Superior o Dios o Gran Espíritu o Eso en el origen y evolución de todo, es preguntarnos por la imagen de ese “Dios” y su función en el universo. Ciertamente desde los actuales conocimientos, ese Dios tiene que ver muy poco con la imagen tradicional que nos dan las religiones y los libros sagrados. Porque la idea  de un Ser que está “arriba, en lo alto” (concepto mítico simbólico) y que creó de una vez un mundo que funciona en perfecto orden bajo su guía o “Providencia” ha muerto definitivamente, pues hoy sabemos que el universo aún evoluciona y se está gestando en medio de grandes cataclismos que incluyen a la misma tierra que cambió y cambia constantemente y corre peligro de terminar aniquilada, mientras sufre diversos fenómenos destructivos de los que somos testigos constantemente.

La pregunta es obvia: ¿hay “Alguien” o “Algo” como último fundamento o “detrás” de esta evolución cósmica que nos admira tanto por su orden como por su desorden, por su armonía como por sus cataclismos y desastres? ¿Puede ese Alguien infinitamente sabio, poderoso y bueno controlar las fuerzas cósmicas y el funcionamiento de agujeros negros y galaxias, o de billones de seres biológicos y animales, muchos de ellos dañinos y venenosos de todo tipo, que se destruyen entre sí, y cuidar la seguridad y la vida de los seres humanos, especialmente de los inocentes, víctimas de esclavitudes, opresiones y matanzas o de hechos y desastres fortuitos?

Lo que nos queda en claro es que los nuevos conocimientos plantean cuestiones que de ninguna manera se resuelven con las creencias tradicionales ni con la imagen de ese Dios “pequeño” y “tribal”, que tiene al universo como en la palma de su mano y que cuida personalmente a cada una de sus creaturas y las controla hasta en sus más íntimos pensamientos; porque es esa imagen de Dios la que está en el centro del conflicto científico-religioso. Esa imagen tradicional está bien expresada en el salmo 104,10-22:

Tú haces brotar fuentes en los valles, y corren sus aguas por las quebradas…  Desde lo alto riegas las montañas, y la tierra se sacia con el fruto de tus obras.  Haces brotar la hierba para el ganado y las plantas que el hombre cultiva… Hiciste la luna para medir el tiempo, señalaste al sol el momento de su ocaso; mandas la oscuridad, y cae la noche: entonces rondan las fieras de la selva y los cachorros rugen por la presa, pidiendo a Dios su alimento. Haces brillar el sol y se retiran, van a echarse en sus guaridas…

Muchas preguntas

Estamos, pues llenos de preguntas como aquella hindú de hace 2600 años: Gargi, hija de Vachaknu le preguntó al sabio Yajñavalkya:

–        Dado que la trama del universo está en el agua ¿dónde está la trama del agua?

–        En el viento.

–        ¿Dónde está la trama del viento?

–        En el aire

–        ¿Dónde está la trama del aire?

–        En el cielo

–        ¿Dónde está la trama del cielo?

–        En el sol

–        ¿Dónde está la trama del sol?

–        En los mundos de los dioses

–        ¿Dónde está la trama de los mundos de los dioses?

Entonces el sabio concluyó: No hagas tantas preguntas o se te caerá la cabeza de los hombros. Estás preguntando demasiado sobre los poderes cósmicos acerca de los cuales no deben formularse más preguntas.  (Upanishad 3,6)

Y nos preguntamos ¿Cómo compaginar un Dios todopoderoso y providente con un mundo tan inseguro? Y ¿cómo aceptar su amor y su providencia cuando incluso los que le sirven y adoran, sufren todo tipo de injusticias y de males, sin que El pueda hacer nada por salvarlos?

Varios salmos se hacen eco de este silencio de Dios:

¿Hasta cuándo me tendrás olvidado, Señor? ¿Eternamente? ¿Hasta cuándo me ocultarás tu rostro? ¿Hasta cuándo mi alma estará acongojada y habrá pesar en mi corazón, día tras día? ¿Hasta cuándo mi enemigo prevalecerá sobre mí? ¡Mírame, respóndeme, Señor, Dios mío! (S 13)

Dios mío, ¿por qué me has abandonado? ¿Por qué estás lejos de mi clamor y de mis gemidos? Te invoco de día, y no respondes; de noche, y no encuentro descanso… Soy un gusano, no un hombre; la gente me escarnece y el pueblo me desprecia; los que me ven, se burlan de mí, hacen una mueca y mueven la cabeza, diciendo: «Confió en el Señor, que él lo libre; que lo salve, si lo quiere tanto».  (S 22 que los evangelistas pusieron en boca de Jesús mientras era crucificado…)

¿Cómo encontrar la finalidad y el sentido del universo y del ser humano cuando sabemos que caminan hacia su muerte segura cuando la energía cósmica y biológica llegue a su fin? Y qué respuesta pueden dar los educadores cuando niños y adolescentes llegan desde sus familias y comunidades religiosas con esa imagen de Dios que chocará inevitablemente con los conocimientos científicos que adquieren en sus escuelas? ¿Están preparados padres y educadores al menos para plantear el tema desde un diálogo constructivo aprendiendo educadores y educandos a vivir con dudas y preguntas porque dudas y preguntas serán la constante de toda la vida y de toda ciencia?

¿Podrán educar no desde las certezas y verdades sino desde la búsqueda de significados, desde la incertidumbre y desde una dudosa esperanza?

Respuestas inciertas

Ni la Religión, ni las Iglesias, ni la Ciencia ni la Educación tienen hoy respuestas definitivas a un sinnúmero de interrogantes que plantean incluso niños pequeños con una mentalidad más abierta y crítica que la que teníamos nosotros a la misma edad. Ya no sirve “cerrar” el tema o “definirlo” (ponerle fin) desde textos sagrados o argumentos de autoridad: tenemos todos que aprender a vivir con cierta dosis de ansiedad ante preguntas sin respuestas para admirarnos ante el “misterio” siempre nuevo y siempre profundo que nos plantea el universo y nuestra vida inmersa en él.

Las religiones que surgieron en otras culturas hace unos pocos miles de años para dar respuesta y sentido total a todos los interrogantes humanos a través de creencias y mitos transmitidos por vía tradicional o de autoridad, hoy necesitan revisar sus creencias y cambiar radicalmente desde una humilde autocrítica, despojarse de sus dogmas absolutos y de su afán de poder y control social, para ponerse a caminar junto a los seres humanos y en igualdad de condiciones para buscar un sentido a la vida; simplemente “buscar” para disfrutar lo más plenamente posible esta aventura sobre cuyo origen y cuyo final casi nada sabemos. Y esa es nuestra condición humana. Mientras que la Ciencia se dedica a desentrañar los misterios del Universo y sus leyes y funcionamiento, la Religión debe abocarse a lo suyo: buscar un sentido a ese universo y a la vida humana. Buscar… junto a toda la humanidad.

No imaginar a Dios

Y si las religiones efectivamente proclaman convencidamente la existencia de Dios -un Dios “transcendente” a todo lo humano, ser de otra categoría y esencia, Dios inefable “a quién nadie ha visto jamás” (como dice el Evangelio de Juan 1,18) – deben entonces   renunciar a la pretensión vana de imaginarlo o definirlo y de hablar en su nombre o de establecer cuál es su voluntad o en qué consiste su sabiduría… Esto se llama coherencia. Humilde coherencia, la coherencia de los que somos “humus”, humanos, o sea, de la tierra.

En definitiva: por el camino del Universo, su origen y evolución, hoy no llegamos a Dios… y tampoco es eso lo importante.

Lo importante es cómo nos situamos y nos relacionemos con el mundo físico y biológico, del que formamos parte, e integrarnos a su dinámica, para comprender y experimentar la maravillosa experiencia de vivir en un mundo siempre atractivo y siempre cambiante que nos llama a desenvolvernos como un microcosmos en constante aumento de conciencia, desarrollo y perfeccionamiento.

Creer en Dios… o… “en qué Dios” creer

Cuando planteo estos temas, en seguida hay alguien que me pregunta ¿“Pero Usted cree en Dios”?… Desde pequeños nos hemos acostumbrado a pensar que esa era la pregunta clave de la existencia humana y que había que tomar partido por el sí o por el no. Esa fue la tónica del cristianismo y en general de las religiones monoteístas (Judaísmo e Islam): ser creyente y fiel, o incrédulo e infiel. Unos son los buenos que se salvan y los otros los malos que se condenan. En cambio, en las religiones del extremo Oriente (India, China) esa no fue la preocupación fundamental y bien podían hablar de un Dios, o de varios, o de millones, o de ninguno, como es el caso del Budismo. La preocupación del pueblo y de sus dirigentes pasaba por otro lado: una vida armónica y plena de “sabiduría”.

Vidagdha le preguntó al sabio ajñavalkya:   Cuántos dioses ha?                                                                                                                                         – -En el himno a todos los dioses se mencionan 3306                                                                        

– Sí, pero ¿cuántos dioses hay realmente?   … 36  -Sí, pero cuántos hay realmente?  -6 … Sí, pero cuántos son realmente ? -1 …

-Y cuál es el único Dios ? … – El Hálito Vital, el Ser: lo llaman ESO (Upanishad)                                                                                                   

Partamos de lo que enseñan las teologías monoteístas

Dios es un Ser espiritual, sin cuerpo ni sexo, absolutamente distinto del ser humano y del cosmos, que trasciende todas nuestras categorías, que está “más allá” o fuera de este mundo pues existe desde antes del mundo al que creó cuando creyó oportuno y que conoce su final. A este Dios no lo podemos percibir ni conocer pues es espíritu puro e infinito y sólo de verlo moriríamos al instante, e incluso  “ni siquiera podemos pronunciar su santo nombre” (Ex 20,7).

Este Dios, que al principio sólo se reveló muy tardíamente a un pequeño pueblo semita (era “su dios”) no hace más de 3 mil años, y que luchaba contra otros dioses de otros pueblos, fue finalmente impuesto como el único Dios de toda la humanidad y de todo el universo cuando el Occidente greco-romano lo asumió como propio y se erigió como un gran y único imperio con aspiraciones de dominio universal. Este Dios “impone”, primero a su pueblo y luego a toda la humanidad, un código de conducta porque “El es el Señor” o sea, el amo universal.

Vemos, por lo tanto, que en ningún momento este Dios enseña a todos los seres humanos a conocerlo o conocer su forma de ser o sus proyectos o estrategias, pues está más allá de todo conocimiento y los seres humanos lo único que tienen que hacer es obedecerlo y rendirle pleitesía o culto. Este Dios no es fruto de la reflexión, ni de la lógica… sino simplemente una creencia en un rey supremo protector que le dio identidad y poder a un determinado pueblo.

Fueron las necesidades de la gente (básicamente de protección) las que condujeron a buscar “fuera de su mundo” lo que éste no podía darles. Y fuera o arriba de su mundillo encontraron respuestas y explicaciones a un sinnúmero de interrogantes: de dónde venimos, qué pasa después de la muerte, cómo se originan los fenómenos naturales, cómo defendernos de enemigos y catástrofes, etc. Así surgirán los relatos míticos como ordenadores de la sociedad. Queda claro, entonces, que aún desde esta religión tradicional y claramente monárquica, paternalista y autoritaria, la preocupación de ese Dios (rey absoluto y dueño de todo) se centra en organizar la vida de sus adoradores, en reglas de conducta personal y social y en lo que se llamó Ley.

Aún en la Biblia no hay argumentos sobre la existencia de Dios, y se admite siempre la existencia de otros dioses en otros pueblos, y muy tardíamente, tres siglos antes de Cristo, se insiste en su unicidad y en la falsedad de otros dioses.

Un fuego avanza ante él y abrasa a los enemigos a su paso; sus relámpagos iluminan el mundo; al verlo, la tierra se estremece. Las montañas se derriten como cera delante del Señor, que es el dueño de toda la tierra… y todos los pueblos contemplan su gloria. Se avergüenzan los que sirven a los ídolos, los que se glorían en dioses falsos; todos los dioses se postran ante él (Salmo 7,3 -7)

“Dios”, un símbolo

La existencia de este Dios (o dioses o espíritus protectores) se da como un supuesto básico de una cultura, como una experiencia que se vive desde el nacimiento, como una obvia explicación de todo cuanto existe y como garantía de la sobrevivencia de un pueblo. Ese Dios es en realidad el mismo Pueblo endiosado, que expresa su identidad y sus valores, sus necesidades y también sus pretensiones de dominio en un símbolo que se llamará “dios”, palabra que etimológicamente (div) significa lo que brilla, que ilumina (como el sol o el día) En aquellas culturas lo que más brillaba estaba en lo alto en un lugar inaccesible, de allí el nombre de “Altísimo” o “Luz” o “Sol” para referirse al “Señor o Dominador” del universo. En el capítulo IV volveremos sobre este símbolo.

Los mismos cristianos se referirán a Jesús como el Señor, el nuevo sol, la luz del mundo: Yo soy la luz del mundo. El que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la Vida (Jn 8,12) y en el siglo IV se fechará su nacimiento el 25 de diciembre, el día en que nace el sol en el hemisferio norte, solsticio de invierno, fiesta de Mitra, otro dios sol de origen persa. A lo largo de la historia todos los imperios adorarán al sol como dios supremo (también en América, los imperios de mayas, aztecas e incas)

Pero de ninguna manera ese “dios” es lo que hoy podemos concebir como DIOS – ENERGÍA – GRAN ESPÍRITU- FUNDAMENTO DEL SER- PRINCIPIO DE VIDA.

Y lo que es más importante aún, lo único que parece interesarle a ese dios o dioses es guiar a su pueblo en su vida diaria, como un pastor guía a sus dóciles ovejas, salvarlo de posibles enemigos (otros pueblos con otros dioses), liberarlo de sus males físicos y sociales, todo ello a cambio de obediencia, lealtad y sacrificios en su honor, incluso el sacrificio de la propia vida.

Al menos ese fue el origen de las grandes religiones, un fenómeno relativamente reciente en la historia humana, de no más de 5 mil años. Y cuando esa “religión” (esta palabra es tardía, de origen romano, indica religación o atadura del ser humano con la divinidad) se organizó con sus jerarquías, dogmas y preceptos, entonces la “creencia” en Dios y la total aceptación de la estructura religiosa, pasó a ser la esencia de una sociedad centrada en la obediencia. Claro… la obediencia a las autoridades, autoerigidas como representantes divinos.

 En qué Dios creemos

Así, pues, ante la pregunta de si creo en Dios, hay dos respuestas que puedo dar: primero, que lo fundamental para mi es que quiero vivir y vivir plenamente.

Y lo segundo, que “mi Dios”, un Dios de amor y libertad, me pide precisamente eso, que yo viva, que realice con plena libertad mi proyecto, que sea feliz… porque lo importante no es creer en Dios sino “en qué Dios creemos”… Podemos creer en un dios opresor, absolutista, vengativo y hasta cruel, que no respeta los profundos deseos ni la libertad de los seres humanos, que impone su palabra como un mandato a obedecer… o creer en un “Dios” de amor que me deja ser yo mismo y desarrollarme según mi conciencia, que me deja pensar, equivocarme y decidir; un Dios silencioso y comprensivo, como un acompañante en este imprevisible camino de existir… un Dios que libera y salva desde mi propia iniciativa y creatividad.

No preguntemos si creemos en Dios sino en qué Dios creemos, cuál o qué o quién es el fundamento de nuestra vida, nuestra razón de ser, nuestro ideal supremo. Si Dios existe o no, hoy ya no me preocupa, como tampoco qué me pasará después de mi muerte, pues si ese dios de las religiones no existe no tengo por qué preocuparme más que por mí mismo y mis semejantes, y si existe “un VERDADERO DIOS”, puedo quedarme tranquilo de que respetará plenamente mi libertad y las decisiones de mi conciencia.

Por algo el mismo Jesús dijo que “verán a Dios los puros de corazón” (Mt 5,8), o sea, los de conciencia honesta y sincera. (Para  los judíos el corazón era la sede de la conciencia; en cambio las entrañas eran la sede del amor y de otras pasiones)

La  tarea de Dios

Pero hay algo más. Como ya lo hemos comentado, en el mundo pequeño de la antigüedad, ignorante de la universalidad del cosmos y desconocedor de otros continentes, pueblos y culturas, la tarea de Dios, después de haber creado ese pequeño mundo, se reducía a controlar ese universo y sus fuerzas, en el que intervenía directamente o por medio de sus mensajeros (ángeles) hasta en los mínimos detalles y observar al mismo tiempo la conducta de sus seguidores y de sus enemigos. Bien lo revelan varios Salmos:

Tú extendiste el cielo como un toldo  y construiste tu mansión sobre las aguas.  Las nubes te sirven de carruaje y avanzas en alas del viento… Afirmaste la tierra sobre sus cimientos… las aguas tapaban las montañas, pero tú las amenazaste y huyeron… Subieron a las montañas, bajaron por los valles, hasta el lugar que les habías señalado: les fijaste un límite que no pasarán, ya no volverán a cubrir la tierra (104,3-9) El encierra en un cántaro las aguas del mar y pone en un depósito las olas del océano. Que toda la tierra tema al Señor, y tiemblen ante él los habitantes del mundo; porque él lo dijo, y el mundo existió, él dio una orden, y todo subsiste. El Señor frustra el designio de las naciones y deshace los planes de los pueblos, pero el designio del Señor permanece para siempre, y sus planes, a lo largo de las generaciones (33, 6-11)

Como podemos observar en estas simples expresiones de fe, se trata de un Dios omnipotente, absolutamente poderoso, muy rey y muy masculino, que guía en forma directa hasta en los mínimos detalles el funcionar de la naturaleza, de plantas y animales y la vida de las personas. Un Dios que interviene a placer en todos los detalles para que todo marche según su voluntad.

El cometido de Dios hoy

Es evidente que hoy no podemos sostener esta imagen de Dios en un universo infinitamente más complejo, regido por sus propias leyes (que a duras penas vamos conociendo, como la relatividad espacial, gravitación universal, inflación cósmica, leyes cuánticas, etc.) y sometido a constantes cambios, muchos de ellos desastrosos.

Entonces la pregunta: si existe un Dios distinto del universo que contiene no menos de 200 mil millones de galaxias, con una infinidad de seres en su interior, etc. ¿cuál es su cometido? ¿Es tan poderoso que puede controlarlo todo? ¿Es un Dios que lanzó al mundo a la existencia y ahora no puede controlarlo o está identificado con el universo y su infinita energía y crece y se desarrolla con él?

Estas y muchas otras más son las preguntas que hoy nos hacemos, sin tener ninguna respuesta cierta o mínimamente probable ante un mundo que parece caminar regido solo por sus fuerzas hacia un final también imprevisible. ¿Y Dios?

El Ser Supremo es divino y sin forma, está adentro y afuera, no es mente ni hálito, es más puro y más alto que lo imperecedero. De él proceden el hálito vital, la mente y los sentidos, el espacio y el viento, la luz y las aguas, y la tierra que todo lo sustenta. Su cabeza es el fuego, sus ojos el sol y la luna, su oído, las regiones del espacio, su voz las escrituras reveladas, el viento su respiración, su corazón el universo entero… En verdad es el Alma Interior de todos los seres  (Bagavad Guita, libro sagrado hindú del s. VI a.C.)

Madurar la fe religiosa

Todo este cuestionamiento que hoy nos hacemos no está encaminado a negar la existencia de Dios o la necesidad de las religiones. Tampoco podemos decir, como se nos enseñaba en otras épocas: “es un misterio insondable… tengamos fe en Dios y en su palabra…” O como decía el teólogo cartaginés Tertuliano en el siglo III: “Creo porque es absurdo” (Credo quia absurdum)

Hoy tenemos derecho a revisar todas estas creencias y a pensar las posibles respuestas con mucha imaginación e intuición, pero afirmados en los continuos avances de la ciencia. Necesitamos madurar en nuestra percepción del mundo y de la religión, armonizando nuestras creencias e ideologías con los postulados de un conocimiento actual que nos golpea constantemente para no quedarnos dormidos o anquilosados en una vieja tradición que ya no tiene las respuestas que hoy necesitamos.

Comprendo que muchas personas se asustan ante este cuestionamiento, o temen “perder la fe” o imaginan que es una campaña de ateísmo o cosas por el estilo. En mi larga experiencia he visto esas reacciones de la gente en un primer momento, pero después se va comprendiendo que todo este planteo es para madurar la fe (de los creyentes) y afirmar las convicciones de todos en total coherencia.

Creer o no  creer en Dios es problema y opción de cada uno, y cada uno descubrirá si sus convicciones lo ayudan a vivir sana y armoniosamente. A eso apuntamos. Cada uno va eligiendo su camino y puede cambiar cuando lo cree necesario. Esto es vivir, no necesitamos un curso rígido de “adoctrinamiento” sino entrar en diálogo con nosotros mismos, escuchar también a nuestros semejantes y animarnos a expresar nuestras dudas para finalmente decidir, elegir y optar con total libertad por el sinuoso camino que se hace con  nuestro andar. Bien dicen los poetas:

Caminante, son tus huellas el camino, y nada más;

Caminante, no hay camino: se hace camino al andar.

Al andar se hace camino, y al volver la vista atrás

Se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar.

Caminante, no hay camino, sino estelas en la mar. (Antonio Machado)

He aquí que me sorprendo hablándote, Dios mío,

Yo, que no sé todavía si existes,

Ni comprendo la lengua de tus iglesias susurrantes…

Bajo los ojos sin poder arrodillarme durante la misa

Como si dejara pasar una tormenta sobre mi cabeza

y no puedo evitar pensar siempre en otra cosa.

Me pasaré la vida pensando en otra cosa,

Y esa otra cosa soy yo, tal vez mi yo verdadero:

Es allí donde me refugio, y tal vez sea allí donde tú estás…

No creo en ti, Dios mío, pero quisiera hablarte a pesar de todo;

he hablado con las estrellas aunque las sepa sin vida…

Y me he hablado a mi mismo aunque no estoy seguro del todo que existo.

No sé si oyes nuestras plegarias, las plegarias de los hombres,

No sé si tienes ganas de escucharlas,

No sé si tienes como nosotros un corazón en alerta continua

Y oídos siempre abiertos a las noticias más diversas.

No sé si te gusta mirar por aquí.

Pero querría recordarte a tu planeta la Tierra,

Con sus flores, sus guijarros, sus jardines y sus casas.

Con todos sus seres; con nosotros que sufrimos y lo sabemos.

Querría dirigirte cuanto antes estas humildes palabras humanas

Porque cada cual debe tentar ahora lo imposible

aún si no eres más que un soplo de hace millares de años…

No puedes ofenderte porque te digo lo que pienso,

Porque reflexiono como puedo sobre el hombre y su existencia

Con la franqueza de la tierra y de las diversas estaciones

Y tal vez con tu franqueza cuyas lecciones ignoro.(Plegaria al desconocido, fragmentos, Jules Supervielle)

2 Lo importante no es “conocer” sino vivir plenamente  y disfrutar la vida (sabiduría)

Llegados a este punto, alguien preguntará: si lo importante no es creer en Dios ni conocer sus relaciones con el cosmos y las profundas leyes que lo rigen ¿qué es entonces lo importante? Mi humilde respuesta podría coincidir con lo que hace 2500 años dijera Buda:

«Pensar acerca del origen del mundo es un impensable que no debería ser pensado; pensando en esto, uno experimentaría aflicción y locura… ¿Y por qué no hablo sobre esto? Porque no tiene relación con el objetivo, no es algo fundamental para la vida sabia. No conduce… a  la calma, al conocimiento directo, el despertar, a la libertad. Es por eso que no hablo de ello».

Si fueran tan necesarios, importantes y fundamentales esos conocimientos que por ahora fueron y son inaccesibles a la mayoría de la humanidad pasada y presente, entonces la vida humana no tiene ningún sentido, y si Dios existe y nos exige un conocimiento casi imposible, entonces sería el más cruel de los dioses.

El mismo Buda trae una comparación muy interesante: si alguien es herido con una flecha envenenada no pierde tiempo en averiguar quién se la lanzó, o de dónde vino y por qué fue herido, sino que lo urgente y prioritario es que el médico se la extraiga e impida su muerte… O sea, estamos en el mundo sin saber de dónde venimos, quién nos arrojó a la existencia, por qué nos suceden tantos hechos extraños.

Entonces, lo primero es salvar nuestra vida, encontrar una salida digna a la condición en que estamos y disfrutar lo mejor posible esta experiencia… Disfrutar, saborear, verbo de origen latino sapere, de donde proviene la palabra tan rica en significado: sabiduría.

Encontrarle el gusto y sabor a la vida… esa es la sabiduría humana, la esencia misma de lo que hoy llamamos espiritualidad, o sea, lo más sabroso y profundo del espíritu humano.

Así, pues, tenemos infinidad de preguntas sin respuestas, pero nuestra urgencia es simplemente vivir y disfrutar sabiamente de esta vida, que es la única oportunidad “cierta” que tenemos. El niño que chapotea y disfruta del agua no se hace preguntas sobre su composición y origen, ni tampoco nosotros cuando estamos en la playa. Simplemente se disfruta, como hoy disfrutamos de internet y desconocemos sus más elementales conceptos…

Lamentablemente todavía hoy mucha gente religiosa, y especialmente sus dirigentes (pastores, educadores) centran la educación religiosa en un saber racional y memorístico sobre dogmas complicados, en la erudición de textos sagrados tan antiguos como incomprensibles  para nuestra cultura y un sin número de cuestiones que nada o muy poco tienen que ver con la vida.

No hace mucho un joven universitario se me quejaba porque no había aprobado la asignatura de Teología. Cuando le pregunté qué le habían preguntado me asombró con esta respuesta: “Me preguntaron cómo se llama el birrete que usan los obispos”…

Una chica que estudia Magisterio fue desaprobada también en Teología porque no supo responder sobre “las procesiones de la Trinidad”.  Es la religión como ciencia, como conjunto de conocimientos, generalmente antiguos, como una asignatura más sometida a examen y calificación… De vivencia de la vida, de goce del espíritu, cero…

Dos enfoques de las religiones  frente al Universo

Veamos ahora un enfoque más vivencial respecto al Universo y su posible relación con lo divino. Existe una gran diferencia entre las religiones originales politeístas y las religiones monoteístas respecto a su relación con el cosmos y con la naturaleza en general. Las monoteístas, preocupadas por la unicidad de Dios y por resaltar su diferencia con el mundo y su poderío sobre el mismo, combatieron denodadamente toda divinización de la naturaleza y redujeron al cosmos a una simple creatura, muy por debajo de Dios, como su opuesto, y totalmente al servicio de los hombres que son sus dominadores absolutos. El mismo Génesis (1, 26-30) pone a la tierra y a todos los seres vivos al servicio del hombre, aunque aclarando que los vegetales son para su alimento: Dios dijo: «Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza; y que le estén sometidos los peces del mar y las aves del cielo, el ganado, las fieras de la tierra, y todos los animales que se arrastran por el suelo». Y Dios creó al hombre a su imagen, los creó varón y mujer. Y los bendijo, diciéndoles: «Sean fecundos, multiplíquense, llenen la tierra y sométanla; dominen a los peces del mar, a las aves del cielo y a todos los vivientes que se mueven sobre la tierra».

Y continuó diciendo: «Yo les doy todas las plantas que producen semilla sobre la tierra, y todos los árboles que dan frutos con semilla: ellos les servirán de alimento”.

Posteriormente, especialmente en Occidente, este sometimiento indiscriminado y este desprecio por la tierra nos llevará a los excesos que hoy conocemos, poniendo justamente en peligro la alimentación de las futuras generaciones. El texto bíblico dará pie a la más terrible explotación de los recursos naturales al puro servicio de la avaricia y la rapiña, sin excluirse la explotación y esclavitud, hasta el día de hoy, de los pueblos dueños originarios de la tierra, especialmente en África y América.

El cosmos, manifestación de lo divino

En estos Continentes, sus religiones originarias veían y ven  al cosmos celeste, a la tierra y a los elementos naturales como variadas manifestaciones divinas y como el gran cuerpo de Dios o de los dioses en cuyo seno viven hombres y mujeres recibiendo su hálito o soplo de vida y su protección permanente por medio de las aguas, los bosques, el aire, la luz, etc. Por eso veneran o adoran al sol, generalmente como dios supremo de la vida (y tienen razón en ello), a su compañera la luna (generalmente el complemento nocturno femenino o el hermano), a los diversos planetas, y muy especialmente a la “madre tierra”, a los ríos, cuevas, montañas, lluvias y neblina, al viento, etc. Al mismo tiempo se venera a los animales típicos de la zona, como el elefante, el mono, la vaca, el león, el tigre (el yaguareté), la serpiente, el sapo y diversos pájaros… Porque cada uno de estos seres refleja alguna cualidad divina, tanto las masculinas como las femeninas.

De allí el profundo respeto y veneración a la madre tierra (Pachamama en América andina) con sencillos cultos que aún hoy subsisten; como también la lucha de estos pueblos contra la voracidad impiadosa de los “blancos” que no solo los despojan de sus tierras sino que las desertifican, deterioran y envenenan con todo tipo de productos químicos y tecnológicos.

Dios  y el cosmos, opuestos

La misma Biblia registra la denodada lucha de los profetas por apartar a los hebreos de los cultos politeístas cananeos (su dios supremo era EL representado por el toro) que, además de celebrarse en los “lugares altos” y bosques, estaban básicamente destinados a pedir la lluvia (era una región desértica y Baal era el dios de la lluvia y los relámpagos) y la fertilidad de plantas, animales y seres humanos por medio de relaciones sexuales con prostitutas sagradas que encarnaban a la divinidad femenina (Astarté) Así se irá formando toda esta mentalidad de oposición del espíritu y de Dios a las realidades corpóreas o materiales; oposición que se incrementará con la posterior influencia gnóstica y neoplatónica sobre el cristianismo, cuyo resultado será una mayor “espiritualización sobrenatural” y racionalización de la religión y un desprecio correlativo por “el mundo”  y “la carne” asociados al “demonio”. El cristianismo pondrá el acento en una racionalización de sus creencias (obra de los teólogos griegos y Concilios) y en un culto cada vez más alejado de las realidades cósmicas para encerrar a Dios en su “casa” (los templos) construida por los hombres. Ya no se venerará a Dios en las casas de familia ni en lugares naturales sino en los grandes centros del poder político como ya sucediera  cuando el rey David quiso construir un templo, lo que suscitó la protesta del mismo Dios según el profeta Natán (2 Sam 7, 5-6):

Ve a decirle a mi servidor David: Así habla el Señor: ¿Eres tú el que me va a edificar una casa para que yo la habite? Desde el día en que hice subir de Egipto a los israelitas hasta el día de hoy, nunca habité en una casa, sino que iba de un lado a otro, en una carpa que me servía de morada

Después Salomón construyó el Templo nacional al lado del palacio real como único lugar de culto. A ese templo se lo llamará la Casa del Señor. Todo un signo de un nuevo estilo de religión: Dios ya no habita en el cosmos y entre la gente sino que será encerrado en una casa hecha por el poder político que controla a la religión y manipula a Dios.

Dios lejano o cercano

Algo totalmente diferente sucede en las religiones de África Negra y América aborigen donde casi no existen templos (salvo en las ciudades imperiales) pues a Dios se lo reconoce en lo que es su manifestación natural, valles, montañas, ríos, cuevas. Es un Dios mucho más cercano a la gente, al que se lo venera desde la espontaneidad, la sencillez y desde los sentimientos de admiración y gratitud, y no desde la obediencia al poder, desde la razón y la erudición (en manos del clero especializado) y desde ritos estereotipados. Por eso en el mismo cristianismo, el pueblo simple ajeno a tantas especulaciones racionales y teóricas, lo acerca a Dios en la llamada “religiosidad popular” por medio de sus intermediarios: Jesús amigo, el Sagrado Corazón, Jesús Misericordioso, la Virgen María Madre de todos, los mártires y santos, o bien en el libro de la Biblia que le significa la mismísima palabra y voz de Dios.

Así también vemos hoy un renacer de cultos cristianos en los que las emociones y la espontaneidad informal suplen a los conceptos racionales y la gente entiende que “siente” a Dios, al Espíritu o a Jesús.  Se trata de una intuición ya presente en aquellas palabras de Jesús: El Reino de Dios está dentro de ustedes (Lc 17, 20)

 3 Espiritualidad cósmica

Y en esta búsqueda de una religiosidad más íntima e integral (con emociones, sentimientos y razón), más serena y madura, creo que hoy debemos recuperar la “espiritualidad” que nace de nuestro contacto con ese gran libro sagrado que es el cosmos, la naturaleza, el universo todo. Gracias a la nueva ciencia hoy sabemos incluso que también nosotros los seres humanos somos parte viva del cosmos y con sus elementos fuimos formados en un largo embarazo de unos 15 mil millones de años. El Universo es  nuestra gran madre y somos hermanos de todos los elementos que ella ha engendrado, astros, piedras, aguas, plantas, vegetales y animales. Todos estamos constituidos por los mismos y minúsculos elementos cuánticos, y todos nacemos y crecemos con los mismos elementos químicos (unos 60 elementos, entre ellos oxígeno, hidrógeno, carbono, nitrógeno, calcio, fósforo, potasio, azufre, cloro, sodio…) que la madre natura nos brinda silenciosamente. Y  nosotros, últimos seres conocidos de tan largo parto, tenemos el privilegio de ser la “conciencia más conciente” de nosotros mismos y del universo todo. Somos el cerebro del mundo, y ese cerebro de apenas un kilogramo y medio de materia cósmica nos permite dar color a la naturaleza en nuestros ojos, darle sonido en nuestros oídos, sabor en nuestra boca… Gracias a nuestra conciencia e inteligencia entendemos al cosmos, interpretamos sus leyes e incluso lo perfeccionamos con la tecnología transformando su energía en luz y sus lugares áridos en fértiles llanuras.

Acercamiento emocional

Y lo que es más importante, todos, niños y adultos, hombres y mujeres, podemos acercarnos al cosmos desde la viva experiencia, desde la elemental percepción de los sentidos, desde la admiración y el asombro y desde ese sentimiento inefable de infinitud, de grandiosidad, de serenidad y de un cúmulo de emociones estéticas, síquicas y espirituales que nos dejan extasiados. Éx-tasis (salir de uno mismo) es lo que nos provoca la contemplación del mundo, de una bella flor, de un colorido pececillo, de una noche estrellada, de una montaña nevada…  Y éxtasis es la íntima experiencia de lo divino, sentir en nosotros mismos que estamos más allá, fuera de nosotros (ex) y que pertenecemos a una realidad simplemente infinita. Y quienes creen o creemos en “DIOS” (Eso, Soplo Vital, Gran Espíritu, Energía Total…) qué cerca lo sentimos, ya no afuera sino dentro de nosotros mismos, porque somos una chispa de su fuego, un soplo de su espíritu, una semejanza de su grandeza.

Está bien que sigamos investigando el origen del cosmos, su posible final y sus misteriosas leyes, pero no como un fin de nuestra vida sino como un medio para vivir en plenitud. Los conocimientos científicos y religiosos como asimismo los de textos sagrados de cada cultura no son lo importante porque no constituyen la finalidad de la vida; son sólo el medio que nos dio la naturaleza humana para disfrutar más conociendo más, desde el conocimiento vivencial que nos dan los sentidos (ya desde el nacimiento), desde las emociones y sentimientos que se van desarrollando lentamente en todo nuestro cuerpo con la energía del cerebro y, por cierto, desde el conocimiento y la experiencia racional.

Es interesante ver cómo los niños se emocionan al contactarse con la belleza de la naturaleza o con la experiencia del agua  o la magnificencia de una montaña de la misma manera que varios salmos expresan esas emociones:

¡El Señor reina! Alégrese la tierra, regocíjense las islas incontables. Nubes y Tinieblas lo rodean, la Justicia y el Derecho son la base de su trono. Un fuego avanza ante él y sus relámpagos iluminan el mundo; al verlo, la tierra se estremece… (S 97) Bendice al Señor, alma mía: ¡Señor, Dios mío, qué grande eres!… (S 104)

¡Aleluya! ¡Den gracias al Señor, porque es bueno, porque es eterno su amor!  ¡Den gracias al Dios de los Dioses, porque es eterno su amor! … Al único que hace maravillas, ¡porque es eterno su amor!  (S 106)

Vivencia del cosmos y contemplación

Podemos ver, entonces, que los modernísimos conocimientos de la nueva ciencia, tanto del cosmos, como de la biología y del cerebro humano, lejos de hacernos perder la fe, como temen muchos, nos pueden dar una nueva dimensión de la religiosidad y de esa espiritualidad humana que debe ser el fundamento de la fe religiosa. Porque si perdemos esa profunda vivencia del espíritu humano, pequeño cuerpo astral del cosmos, espíritu del Gran Espíritu, energía de la Gran Energía, entonces la religión carece de todo sentido y se va transformando en un museo del pasado…

Mientras que los conocimientos y los estudios de textos sagrados son medios que nos pueden ayudar a entrar al camino de la espiritualidad, hay un paso seguro y primero para llegar al fondo de nosotros mismos y al fondo de Eso, el Espíritu, la Fuente de la Vida, la Vida misma, Dios… y es la contemplación de la naturaleza y de nuestro propio cuerpo-psíquico, imagen viviente de la divinidad según afirma el mismo Génesis (1,26)

Si hasta el mismo libro bíblico del Cantar de los Cantares dice del amor humano que el Amor es fuerte como la Muerte… Sus flechas son flechas de fuego, sus llamas, llamas de Dios. (8,6)

Lamentablemente la vida moderna y posmoderna está casi exclusivamente volcada hacia el exterior de nosotros mismos, hacia un vistazo ligero de la realidad (zapping) y hace todo lo posible para evadirnos de nuestro profundo interior para ser presas fáciles del consumismo y de una vida chata y mediocre.

La misma escuela es incapaz de motivar a niños y adolescentes hacia el fondo de sí mismo y hacia el fascinante mundo de la interioridad, allí donde reposa el ser y se encuentra la paz. Una escuela sin asombros, sin serenidad, sin meditación, sin contemplación.

La contemplación es esa mirada curiosa, capaz de “asombrarse” ante esa naturaleza llena de secretos, es una mirada que se emociona, que sencillamente se deja invadir por la realidad, realidad que la siente propia porque está tan afuera como adentro… Somos naturaleza y cosmos llenos de misterios desde que nacemos hasta que morimos… y nos pasamos la vida “descubriendo” esa maravilla que somos, que somos “en el universo”, que somos totalmente con profundas emociones (asombro, alegría, temor, dudas, placer, dolor…) mientras va surgiendo en nosotros ese gran sentimiento que dicen es la esencia de Dios: el amor. Amor a la madre naturaleza, amor a los hermanos astros, árboles y animales, amor a los caminantes que nos acompañan… Amor que es reconocer que no estamos solos, que formamos parte de una infinita familia…

Concluyendo

El camino del conocimiento y de la ciencia no nos aparta ni nos introduce al espíritu; los libros sagrados de por sí no nos acercan a Dios ni nos enriquecen el espíritu… Es la sublime experiencia y goce de este mundo astral del que somos parte, es la contemplación asombrosa de nuestra realidad humana la que nos hace preguntarnos sobre su hondo misterio…y cuando llegamos al fondo de nosotros mismos, allí mismo nos conectamos con el Ser, con el fuego vital, con el Espíritu tan sutil como corpóreo que no está afuera sino en la trama de nuestro ser… pues somos partícipes de su Energía Divina, somos la imagen de su Ser…

Esta es la mirada de los hombres espirituales y místicos de todos los tiempos y espacios:

Todo este Universo es ser. Debemos reverenciarlo en paz, puesto que por él vivimos, nos movemos y nos disolvemos…Y esta alma mía que está dentro de mi corazón es ese Ser. Cuando me vaya de aquí, en él me fundiré. (Chandogya Upanishad)

En realidad, Él no está lejos de cada uno de nosotros. En efecto, en él vivimos, nos movemos y existimoscomo muy bien lo dijeron algunos de sus poetas: «Nosotros somos también de su raza» (Discurso de Pablo en Atenas, Hechos 17, 26-28)

De ninguna manera debemos suponer a Dios fuera de nosotros mismos, sino que por el contrario debemos considerarlo como nuestro propio bien, como una Realidad que nos pertenece.

No debemos servir ni actuar por una recompensa cualquiera, ni por Dios ni por nuestro honor, ni por ningún bien exterior a nosotros, sino únicamente por amor a lo que es nuestra propia esencia y  nuestra propia vida y que reside en nosotros (…)Alguna gente simple se imagina que debería ver a Dios como si estuviera allí y ellos aquí. Pero esto no es así. Dios y yo somos uno(Maestro Eckhart, teólogo místico siglo XIII-XIV)

 

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