Antropología Bíblica y Visión moderna del hombre. Diferencias . Benetti

LA VISIÓN ANTROPOLÓGICA de LA BIBLIA Y ANTROPOLOGÍA MODERNA

Más importante que la nueva ciencia cosmológica, aunque menos espectacular, es la nueva visión del ser humano (antropología, psicología, bio-neurología, genética) la que ha generado un sinfín de serios conflictos con la religión en esta etapa posmoderna de la cultura. Repasemos algunos de estos puntos conflictivos que también repercuten en el ámbito educativo. Como ya lo dijimos, no se trata de atacar a la religión – creer o no creer es una opción personal que siempre se debe respetar- sino de sintonizar los nuevos y sólidos conocimientos adquiridos de las ciencias humanas con ciertos postulados religiosos anclados en viejos conceptos hoy ampliamente superados.

El ser humano actual tiene derecho a sentir la unidad e integración de todo su ser, tanto en la faz biológica y psicológica como en la espiritual. Eso significa maduración adulta, coherencia entre los conocimientos y las creencias, entre la cultura actual y las posibles posturas religiosas. No hay espiritualidad posible si la persona se siente dividida y enfrentada interiormente entre “verdades” o “convicciones” contrapuestas.

1. De un ser humano dependiente a otro autónomo.

En las religiones,  y nos referiremos específicamente al judeo-cristianismo, el ser humano (digamos “el Hombre”) aparece como creatura de Dios y dependiente en todo de la voluntad divina. De Dios recibe el ser y la vida, y en consecuencia debe estar siempre en una posición de receptividad y gratitud, gratitud que se expresa en una estricta obediencia a los dictados morales y cultuales de la divinidad, cuyos voceros y representantes son los dirigentes religiosos.

Tal como sucede en la tradición bíblica, todo remite a la causa primera que desea la existencia del hombre (hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza), lo moldea como un alfarero, le insufla la vida, sostiene su existencia, le provee de alimentos, le envía la lluvia, lo ayuda en sus necesidades e incluso guía sus ejércitos y le otorga la victoria.

Aunque el hombre debe trabajar y desarrollar sus talentos (también dones divinos), todo su pensar, sentir y actuar está orientado a la divinidad, a quien debe dar cuenta y de quien recibirá tanto el premio como el castigo. Dios le ordena un orden moral con minuciosos mandamientos y le exige determinado culto con actos sacrificiales, a menudo tan extremos que aún incluyen el sacrificio de la propia vida o de sus hijos y bienes, pues Él es el único dueño de la vida y de la muerte.

Por lo tanto, en esta mentalidad, el hombre, lejos de ser  alguien autónomo y valioso por el simple hecho de su existencia humana, es un ser pequeño y “heterónomo” (su dignidad, la ley, el orden vienen de afuera, de otro)  en todos sus aspectos: no solo depende de Dios en su vida originaria, sino que su sentido final y su felicidad dependen de su obediencia y fiel acatamiento de la voluntad divina. Antes de que el Hombre se ponga a pensar y decidir su futuro, ya otro u otros lo han hecho por él.

Imagen contradictoria de Dios

Se trata de una imagen de Dios contradictoria que hoy ningún padre mínimamente normal podría imitar, pues se lo presenta como un “padre lleno de bondad e infinito amor” (siempre masculino) que increíblemente “desvaloriza a sus hijos” a quienes mantiene en total dependencia sin la capacidad de decidir por sí mismos.

Al mismo tiempo también es el Juez severo que luego de dictar sus ordenanzas, escudriña hasta lo más recóndito del pensamiento y accionar humano y no duda en aplicar un castigo eterno a quien muera con un solo pecado grave (mortal) de desobediencia en su conciencia, como afirman ciertas teologías.

El Señor es bondadoso y compasivo, lento para enojarse y de gran misericordia;  no acusa de manera inapelable ni guarda rencor eternamente; no nos trata según nuestros pecados ni nos paga conforme a nuestras culpas. Como un padre cariñoso con sus hijos, así es cariñoso el Señor con sus fieles; él conoce de qué estamos hechos, sabe muy bien que no somos más que polvo.  (Salmo 103)

El Señor tiene su trono en el cielo. Sus ojos observan el mundo, sus pupilas examinan a los hombres: el Señor examina al justo y al culpable, y odia al que ama la violencia. Que él haga llover brasas y azufre sobre los impíos, y les toque en suerte un viento abrasador.  Porque el Señor es justo y ama la justicia, y los que son rectos verán su rostro  (Salmo 11)

Hagan votos al Señor, su Dios, y cúmplanlos; los que están a su alrededor, traigan regalos al Temible, al que deja sin aliento a los príncipes y es temible para los reyes de la tierra (Salmo 76)

Es un dios que pasa del amor a la ira, de la promesa de vida al castigo horrendo y a duras amenazas contra quien se atreva a tener una elección propia. Exige que se le sirva y acate eligiendo entre el bien y el mal, pero sin la libertad de decidir por sí mismo lo que se considere más ético y más acorde con una vida humana.

Así el hombre jamás puede adquirir una madurez adulta, pues siempre tiene que comportarse como un niño dependiente, pasivo, en permanente escucha y filial obediencia, siempre “vigilado” por alguien que “todo lo ve” y que contabiliza méritos para el premio celestial o culpas para el castigo infernal.

El rol de los dirigentes religiosos

Obviamente todo esto no lo dice ni lo hace Dios directamente (pues en realidad guarda el más absoluto silencio y pasa inadvertido) ya que “ha entregado todo el poder” a los jefes religiosos que se auto-titulan “la voz de Dios” y se  auto-constituyen como los intérpretes de Dios y de su pensamiento, lo que les permite pensar y hablar en nombre de Dios y entrometerse en las conciencias humanas como los únicos capaces de distinguir entre el bien y el mal. Ante cualquier problema que surja, son los directivos religiosos los que deciden e imponen su criterio, tanto a niños como a personas adultas.

Si bien hoy algún pequeño cambio se está operando, más por presión social que por convicción de los dirigentes religiosos, esa es la situación que lamentablemente vivimos hasta nuestros días. Y quienes han – o hemos- procurado cambiar esta situación son censurados sin más miramientos o excluidos de la comunidad religiosa como herejes (separatistas) o miembros peligrosos. Es triste pero es así. De ello soy testigo en carne propia. Sólo se puede pensar dentro de un marco y dentro de los límites que la autoridad religiosa impone.

Por eso es importante que profundicemos en un tema que es particularmente conflictivo, y mucho más en el terreno educativo: nuestro derecho a pensar, opinar y decidir como personas adultas con plena libertad especialmente en el plano ético.

2. Una imagen  distorsionada de Dios y de la Religión: ley, obediencia,    pecado y castigo.

En la fe bíblica, la Ley (normas morales y civiles, sabiduría) es parte esencial del pacto de la comunidad con Dios y del pacto entre las tribus. La ley es el compromiso de vida que el pueblo asume frente a quien ha elegido como su Dios aliado, Yahvé. Alianza y Ley son dos caras de la misma moneda.

Origen de la Ley

La tradición bíblica atribuye a Dios por medio de Moisés en el desierto (hacia el 1200 a. C.)  toda la legislación israelita, comenzando por el Decálogo y seguido por un extenso conjunto de normas éticas y cultuales. Pero su sola lectura basta para darnos cuenta de que se trata de una situación posterior a Moisés, de un pueblo asentado y agrícola, que vive en ciudades, que tiene un templo o varios y que tiene un conjunto organizado de sacerdotes y escribas juristas.

Pero el hecho de atribuir todo este conjunto de instituciones y legislaciones a Dios en el Sinaí (mito de origen), tiene el sentido de darle un valor fundante y absoluto, como todo mito, a pesar de las muchas contradicciones y reformas que dicha ley tendrá. Desde el punto de vista teológico, la Biblia interpreta que es Dios mismo quien dio todas las normas para la vida humana en general (los diez mandamientos en sus dos versiones: Ex 20,1-17 y Deut 5,6-21), normas para situaciones especiales (otros códigos para la vida cotidiana y social: Ex 20,22 a 23,19; Deut 12 al 27;) y normas para el culto (Lev 17 al 26).

Era la mentalidad común a casi todos los pueblos antiguos de atribuir todas sus tradiciones a Dios; de allí la necesidad de retrotraerlas al primer origen para darles un valor fundamental. Se suponía que todas las demás leyes o instituciones no eran sino el desarrollo y la explicitación de la  ley o “constitución primera”.

Lo mismo sucederá con el cristianismo y la iglesia, que atribuirán a Jesús usos y costumbres propios de una época posterior.

También se pensaba que la legislación bíblica, y en especial los Diez Mandamientos, tuvieron origen en el Sinaí,  pero salta a la vista que aquellos clanes o tribus ya tenían algún sistema de legislación social,  como lo tenían los clanes patriarcales, legislación común a los pueblos semitas, árabes y babilonios, sobre la base, entre otros, del  famoso Código de Hammurabi, del 1750 a.C.

Ignoramos si Moisés en persona introdujo alguna legislación especial, pero resulta imposible detectar en los varios códigos que nos legó la Biblia, cuáles serían dichas leyes, ya que tanto el decálogo como otras legislaciones fueron redactadas muy posteriormente, al menos después de Josías (640-609), aunque sobre tradiciones anteriores cuyo contenido específico ignoramos. Lo que sí resulta claro es que proviene del desierto el mandato fundamental para las tribus hebreas de adorar solamente a Yahvé (el nombre del Dios al que adoraba en el desierto Jetró, el suegro de Moisés) y de excluir a los otros dioses. Este mandato específicamente yavista es lo que trajeron las tribus del desierto a Palestina, invitando a las tribus ya residentes a aceptarlo.

El resto de la legislación proviene, sea de los cananeos, cuya cultura asimilaron los israelitas (leyes sobre la tierra, sobre los préstamos, sobre la tenencia de esclavos, etc. y casi toda la legislación cultual), sea de otros pueblos vecinos importantes, cuya cultura impregnaba el área de su influencia. No olvidemos que los hebreos eran semitas y cananeos.

Su legislación, que comprende un amplio conjunto jurídico-moral-cultual, fue surgiendo lentamente a lo largo de unos setecientos años hasta su redacción final después del exilio en Babilonia (siglos V-IV a.C) Esto muestra que Israel siempre actualizó la ley y la adaptó a las nuevas circunstancias, pero atribuyéndola siempre a Dios y manteniendo fidelidad a los Diez Mandamientos.

Frente a tantas leyes y prescripciones que pueden hacer perder el sentido de lo esencial, es clave el texto del Deuteronomio 6, 4-9, actualizado y recordado por Jesús en Mt  22,36-40:

Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu. Este es el más grande y el primer mandamiento. El segundo es semejante al primero: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas.

Sentido amplio de “Ley” como Palabra divina o Sabiduría

Si bien la Biblia griega tradujo este conjunto de normas como “Nomos”, o sea Ley, es importante entender el sentido de la “Torá”, como dicen los judíos. “Ley” tiene un concepto más amplio que lo que significa para nosotros, pues en realidad indica toda la revelación de Dios a su pueblo, toda su palabra normativa e indicativa, sea para el culto, como para la convivencia humana. Es la Sabiduría del pueblo.

Como toda legislación, su cumplimiento se refuerza con un listado de beneficios o bendiciones y perjuicios o maldiciones y condenas, según se cumpla o no con esta exigencia de la alianza.  De acuerdo con la concepción religiosa imperante, ignorante del concepto del más allá o de retribución ultraterrena, las bendiciones y maldiciones aluden siempre a esta vida terrena concreta.

Entre las bendiciones de Dios figuran: la paz, las lluvias a tiempo, pan abundante, aniquilación de los enemigos, fecundidad, buena salud, etc. Es decir, lo necesario para vivir bien y en paz:

Porque si escuchas estas leyes, las observas y las practicas, el Señor, tu Dios… te amará, te bendecirá y te multiplicará. Bendecirá el fruto de tu seno, el fruto de tu suelo… y las crías de tus ganados y rebaños…. Serás más bendecido que todos los demás pueblos. Nadie será estéril entre ustedes, ni los hombres, ni las mujeres, ni los animales. El Señor apartará de ti toda enfermedad, y no te infligirá ninguna de esas plagas malignas que envió sobre Egipto, y que tú ya conoces. Las tendrá reservadas, en cambio, para aquellos que te odian (Deut 7,11-15)

Entre las maldiciones o castigos: guerras y destrucción, exilio, esterilidad de campos, animales y mujeres; pestes, hambre, enfermedades, etc. El lector se sorprenderá del estilo bastante terrorífico de estas amenazas y de un Dios intransigente hasta la crueldad. No hay que olvidarse del marco político social de una época de monarquías absolutistas, a cuya imagen se imagina a Dios: Yo pongo hoy delante de ustedes una bendición y una maldición. Bendición, si obedecen los mandamientos del Señor su Dios, que hoy les impongo. Maldición, si desobedecen esos mandamientos y se apartan del camino que yo les señalo (Deut 11,26-28) Porque entonces la ira del Señor arderá contra ustedes: él cerrará el cielo y ya no habrá más lluvia; el suelo dejará de dar sus frutos, y ustedes no tardarán en desaparecer de esta tierra fértil que les da el Señor. Graben estas palabras en lo más íntimo de su corazón. Atenlas a sus manos como un signo, y que sean como una marca sobre su frente. Enséñalas a tus hijos, inculcándoselas cuando estés en tu casa y cuando vayas de viaje, al acostarte y al levantarte… (Deut 11,16-19. Ver también  Lev 26,15 y sig)

Como vemos, no existe una ética interior de convicción y elección personal, sino de hacer el bien o evitar el mal por los premios o castigos y amenazas. Algo que aún hoy no hemos superado, una ética inmadura que no nace del corazón sino de la ley y de la corrección externa. Basta ver cómo se comportan muchas personas cuando falta la policía o los castigos son leves o inexistentes. Toda nuestra generación adulta fue “educada” en esta moral legalista y dependiente de la autoridad: algo es bueno o virtuoso si está mandado o permitido por la autoridad, y es malo o pecado si está prohibido.

Pero ¿qué sucede hoy cuando las instituciones que controlaban la moralidad han perdido autoridad y cuando han caducado tantas normas y leyes y cada uno debe decidir desde su conciencia? ¿Cómo se educa hoy a niños y adolescentes cuando existe una gran permisividad cultural y no les asusta la letanía de castigos divinos e infernales?

Cierto concepto mágico del pecado

Para comprender el sentido de estos castigos que llegan implacablemente incluso a un buey que mata a una persona (Ex 21,28), es importante saber que para los semitas (y otros pueblos antiguos), con cierto sentido mágico o de tabú, cualquier delito, cualquier transgresión o pecado (cualquiera sea la intención) liberaba una cierta energía negativa maligna que tarde o temprano iba a recaer contra el malhechor o la comunidad. Por lo tanto, el castigo era como la sombra del delito, como la irradiación de su malicia, no habiendo separación entre pecado y castigo. Se trata de un concepto común en pueblos antiguos y primitivos, aún en los indígenas de América para quienes una ley o tradición tiene el sentido de sostener el orden y la existencia social. Su violación los destruye.

Sentido corporativo de la sociedad

Todo esto se apoyaba en algo que los occidentales hemos perdido: para los hebreos y semitas en general, como para los pueblos primitivos, el pecado o la violación de una ley, cualquiera sea ella, tenía un sentido o categoría social-corporativo: aunque el delito fuera cometido por un individuo en particular (especialmente si era jefe de la comunidad, padre o rey), su delito-castigo afectaba a toda la comunidad presente y futura.

Este principio será cuestionado desde el exilio en adelante cuando muchos israelitas, inocentes en su conducta, se sintieron castigados con la misma vara por los pecados de sus reyes o de ciertos individuos que habían apostatado de su fe, y reclamaron una retribución individual según los méritos de cada uno. El profeta Ezequiel escucha estos reclamos del pueblo y establece un nuevo criterio de responsabilidad individual: Si un hombre engendra un hijo que ve todos los pecados cometidos por su padre, los ve, pero no los imita… cumple mis leyes y camina según mis preceptos: ese hijo no morirá por las culpas de sus padres, sino que vivirá… (Ezeq 18)

El pecado original

En el caso del cristianismo esta antropología de la dependencia y de la desvalorización humana se complica al considerarse dogmáticamente (como creencia “cierta”) que todo hombre nace con un pecado original, heredado del pecado de desobediencia de los primeros y míticos padres, Adán y Eva, de acuerdo con el conocido mito narrado en Génesis 2 y 3, según dudosas y confusas interpretaciones que se hicieron en los primeros siglos de la era cristiana.

Hoy todos sabemos que en realidad los primeros seres humanos, por una larga evolución cuya última etapa fueron monos, simios y primates, surgieron en un pequeño grupo en África central, desde donde se expansionaron al Asia y Europa.

Entonces es incomprensible “suponer” que un pecado “supuestamente” cometido por la “supuesta” primera pareja en un “supuesto Paraíso Terrenal”, pueda heredarse por toda la humanidad después de miles de años y hasta siempre, a través de la relación sexual de los padres… Esto parece sencillamente absurdo y tiene graves connotaciones antropológicas y religiosas. No se comprende cómo se tomó y se sigue tomando al pie de la letra un relato claramente mítico desvirtuado por el mismo Génesis en el capítulo primero, escrito siglos después del 2° y 3° capítulos, que presenta a la pareja humana como imagen de Dios y nada dice de un pecado original que deba “heredarse”. Lamentablemente será la versión de los capítulos 2 y 3 del Génesis los que se considerarán como criterios definitorios de la condición humana, y no la versión corregida del cap.1.

Interpretaciones del relato del pecado de Adán y Eva

Hoy se considera que el relato de Adán y Eva, tentados por la serpiente, sufrió varias modificaciones hasta su redacción final y, por lo tanto, también varias interpretaciones.

– En una primera redacción e interpretación, el relato habría sido escrito durante la monarquía (desde el 900 a.C) como una especie de parábola simbólica que explicaría cómo las tribus  hebreas del desierto, simbolizadas en Adán, fueron colocadas por Dios en un Edén (oasis), la Tierra Prometida, donde vivirían felices si mantuvieran el culto a su Dios Yahvé. El fruto prohibido era el culto a dioses paganos.

Pero el pueblo desobedeció a Yahvé al entrar a la Tierra Prometida hacia el 1150 a.C. y se volcó a los ídolos cananeos cuyo fruto comió tentado por la serpiente (símbolo de la cultura cananea y de cultos esotéricos) mediante relaciones sexuales con las mujeres paganas (representadas en Eva).

Mientras Israel estaba en Sitím, el pueblo comenzó a prostituirse con las mujeres moabitas, que lo invitaron a participar de los sacrificios en honor de su dios. El pueblo comió de ellos y adoró a ese dios. Así Israel se sometió a Baal, y por eso el Señor se indignó contra él  (Núm 25,1 y sig.)

El texto sigue narrando el terrible castigo divino por ese pecado, algo que sucederá muchísimas veces en lo sucesivo.

– En una segunda interpretación, el mismo Salomón (representado en Adán) hacia el 900, a pesar de haberle edificado a Yahvé el famoso Templo de Jerusalén, lo traicionó casándose con numerosas mujeres paganas (Eva) y adoptando sus cultos idolátricos, poblando Jerusalén y Judea con sus respectivos templos. Todo esto es narrado en  1 Reyes, 1-11:

El rey Salomón amó a muchas mujeres, además de la hija del Faraón: mujeres moabitas, amonitas, edomitas, sidonias e hititas,  es decir, de esas naciones de las que el Señor había dicho a los israelitas: «No se unan a ellas, y que ellas no se unan a ustedes; seguramente les desviarán el corazón hacia otros dioses».

Pero Salomón se enamoró de ellas. Tuvo setecientas mujeres con rango de princesas y trescientas concubinas, y sus mujeres le pervirtieron el corazón. Así, en la vejez de Salomón, sus mujeres les desviaron el corazón hacia otros dioses, y su corazón ya no perteneció íntegramente al Señor… El Señor se indignó contra Salomón, porque su corazón se había apartado de él, el Dios de Israel…

Según la mentalidad corporativa de la época, si el rey pecaba, tanto él como su pueblo y descendientes merecían castigo, castigo que llegaría cuando los asirios primero y los babilonios después expulsarían a los hebreos de su territorio (el Paraíso) y los reducirían a la muerte, a trabajos forzados y esclavitud en Asiria y Babilonia.

Pero en ningún caso el Antiguo Testamento o los judíos hablan de un pecado en los orígenes de la humanidad que todos heredaríamos. Se afirma que como aquellos hebreos y Salomón (Adán) desobedecieron y traicionaron a Dios seducidos por mujeres paganas, así también sus sucesores podrán también abandonarlo y ser en consecuencia castigados. De allí la prohibición que dura hasta el día de hoy de casarse con mujeres que no sean judías.

– En interpretaciones posteriores, y ya en otro contexto histórico bajo dominio persa y griego, la serpiente será la representación del demonio, diablo o satanás, personaje cuya esencia es el mal, y que penetra en las creencias judías por influencia de los persas. Su figura y rol irá adquiriendo cada vez más protagonismo, como el gran seductor hacia el mal, y el soberano del mundo que le arrebató su dominio a Dios en el mismo Paraíso. Como dice el libro de la Sabiduría:

Dios creó al hombre para que fuera incorruptible y lo hizo a imagen de su propia naturaleza, pero por la envidia del demonio entró la muerte en el mundo, y los que pertenecen a él tienen que padecerla (2,23-24)

Y Eva será simplemente “la mujer” que seduce al varón Adán y lo aparta del buen camino, como enseñaba cierto grupo ultraconservador bien representado en el Eclesiástico 25, 24: No te dejes cautivar por los encantos de una mujer ni te apasiones por ella… Por una mujer tuvo comienzo el pecado, y a causa de ella, todos morimos.

Según estas creencias, por influencias de una literatura no canónica (desde el siglo  IV-III a.C.), Satanás habría sido un ángel de la corte celestial que se rebeló contra Dios y fue derrotado por el ejército de ángeles leales comandados por el arcángel Miguel. Gracias al pecado original el demonio tiene esclavizado al hombre bajo su dominio.

Así, desde esta espectacular historia mítica, con ejércitos de ángeles leales o sublevados que luchan entre sí,  la imagen de Dios se empequeñece y empobrece pues aparece como impotente ante un ser maligno, origen del mal, del sufrimiento y de la muerte en el mundo y que mantiene su presencia constante en la vida humana. Esta será la interpretación que asumirán los Padres de la Iglesia en los primeros siglos: una historia  de los orígenes de la humanidad desde una pareja inicial de varón y mujer, colocados por Dios en un lugar paradisíaco, con vida inmortal, pero engañados por el demonio aliado con la mujer, perdieron sus privilegios y fueron castigados ellos y sus descendientes. San Agustín dará forma final a esta creencia que nos llega hasta el día de hoy. Como colofón, el fruto prohibido se va transformando en un pecado sexual, suponiéndose que la pareja humana según el primitivo plan divino concebiría virginalmente nuevos seres humanos sin pasión alguna… ¿Para qué, entonces, Dios los creó macho y hembra?

La expiación del pecado y la reconciliación con Dios

¿Y cómo se puede revertir esta situación de ruptura de relaciones entre Dios y los seres humanos esclavizados por el Demonio? Según explicaron los teólogos cristianos de los primeros siglos, Dios decide enviar a su divino Hijo al mundo en forma humana para que sacrificándose en la cruz expíe el pecado de Adán y los pecados sucesivos y así libere a la humanidad del poder demoníaco, única satisfacción y reparación que Dios acepta por la desobediencia humana.

Pues, según explica el mismo san Pablo:  Si por la desobediencia de un solo hombre, todos fueron constituidos pecadores y como por un solo hombre entró el pecado en el mundo y por el pecado la muerte y así la muerte alcanzó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron… así también la obra de justicia de uno solo (la de Cristo) procura a todos una justificación que da la vida (Rom 5,12-18).

Al morir Jesús, el Nuevo Adán, según reza el Credo siguiendo a un mito gnóstico, “descendió a los infiernos”, o sea a las zonas subterráneas o inferiores de la tierra, allí lucha contra el demonio, lo vence y asciende al cielo con todos los seres humanos muertos y mantenidos en esclavitud por el demonio.

El resto de la humanidad, presente y futura, podrá tener acceso a la salvación de dicha esclavitud haciéndose bautizar e ingresando a la Iglesia, pues “fuera de la Iglesia no hay salvación”. Extra Ecclesiam  nulla salus es la frase acuñada por san Cipriano de Cartago en el siglo III y que asumirá como postura toda la Iglesia, que se considera a sí misma como única puerta de salvación.

Toda esta grandiosa mitología apocalíptica dominante en aquellos siglos (con batallas angélicas que otorgaron al diablo dominio sobre la tierra, hasta la victoria final de Dios al fin del mundo, según aseguraban los escritos apocalípticos de la última época judía y el mismo Apocalipsis de Juan) creída e interpretada al pie de la letra, hoy nos resulta simplemente increíble.

Preguntas y dudas

En efecto, si es incomprensible tanto la existencia de Adán y Eva en un Paraíso terrenal en conversación diaria con Dios, sin mal ni sufrimiento alguno e inmortales; como también su pecado de desobediencia por comer un fruto prohibido, que esclavizó para siempre a la humanidad al poder del demonio y la apartó de Dios (pecado transmitido en el momento de la concepción humana), también nos resulta incomprensible que por tantos miles de años Dios permaneciera impotente ante el poder del demonio, y lo que nos resulta más chocante, que solamente hiciera las paces con la humanidad si su único Hijo hecho hombre expiara el pecado de Adán con el sacrificio cruento de su muerte en la cruz, doctrina que si pretende resaltar el amor de Jesús a la humanidad y su obediencia a Dios, nos da al mismo tiempo una terrible y cruel imagen del Padre.

También es incomprensible que una criatura se libere de la culpa original y se transforme en hija de Dios por el simple hecho de creer en Jesús y por un sencillo rito de unas pocas gotas de agua sobre su cabeza mientras el pastor o sacerdote pronuncia las palabras rituales.

¿Dónde queda la libertad humana en todo este largo proceso de herencia de pecado y de castigos por culpa de una ignota pareja humana?  ¿Y cómo juega nuestra libertad, si la única forma de liberarnos es aceptar la salvación por la muerte de Jesús y por el rito bautismal generalmente recibido antes del uso de la razón y sin ninguna posibilidad de elegir? El ser humano, mujeres y hombres por igual, aparecen simplemente como pasivos receptores de culpas, castigos y salvaciones a las cuales son totalmente ajenos y sujetos inconsultos.

Por lo tanto, más importante que toda esta teología que se fue gestando en varios siglos como desarrollo de un mito que se tomó al pie de la letra, en medio de grandes disputas y discensos y que tuvo tanta aceptación desde San Agustín (siglo IV y V) que la estructuró en forma casi definitiva, es considerar sus consecuencias  sobre la visión del hombre que aparece como pecador por naturaleza y desde antes de nacer, y que debe transcurrir sus años en la tierra con la sombra permanente del pecado en su alma, bajo el dominio de las pasiones y con un intelecto obscurecido por el error.

Consecuencias

El pecado (y la naturaleza humana “caída”) parece ocupar el centro de la antropología y se transforman en la gran tarea y preocupación del hombre: cómo eliminarlo de su existencia y lograr así la salvación.

Salvarse” o liberarse del pecado parece ser el gran objetivo de la vida humana. Se está, pues, ante una salvación que siempre viene desde afuera, ya que de por sí el hombre pecador no puede salvarse solo. Se trata, y sobre todo desde el punto de vista educativo, de una pobre y desvalorizada antropología que sólo subraya la pequeñez e invalidez del ser humano, incapaz por sí mismo de crecer y desarrollarse plenamente, mientras se enaltece el poder de Dios y de sus representantes.

Y qué gran olvido (léase “represión”) de la afirmación de Génesis 1, 26-27 de una pareja humana creada a imagen y semejanza de Dios, sin ninguna alusión a una supuesta corrupción de la naturaleza humana:

Dios dijo: «Hagamos al hombre a nuestra imagen, según nuestra semejanza”…Y Dios creó al hombre a su imagen; lo creó a imagen de Dios, los creó varón y mujer.

Otra explicación del mal humano

No hace falta decir que hoy podemos hablar del hombre sin recurrir al pecado, entendido siempre como una falta contra un mandato divino y que lesiona los derechos de Dios.

Hoy consideramos sobre todo la inmensa riqueza y valoración que el ser humano tiene y que le llega por una larga historia de miles de millones de años. Un ser humano que al evolucionar mantiene las características de su origen cósmico y biológico en su cuerpo; que desarrolla luego su triúnico cerebro primero a nivel orgánico y pasional instintivo, en lo que no se distingue de los animales; después  el cerebro de las emociones y de los sentimientos (sistema límbico) y finalmente desarrolla la corteza cerebral y el lóbulo frontal, típicamente humanos, que le permiten tener conciencia, pensar, decidir y llegar a la máxima capacidad de su psiquis y de su espíritu.

El objetivo de la vida del ser humano es, pues, desarrollar todas esas potencialidades (casi infinitas o ilimitadas) sorteando con su inteligencia y libertad creadora las dificultades que se presentan, tanto desde su propio interior como del exterior, y contando siempre con el acompañamiento y ayuda de su comunidad, la misma que le dio vida y que lo contiene en su camino.

El problema del ser humano consiste en armonizar las diversas etapas de su evolución, todas ellas presentes en su vida: tanto los aspectos biológicos e instintivos, ese componente orgánico y pasional que no conoce más “ética” que los mandatos fijados por la evolución y su constitución biológica; armonizarlo con sentimientos superiores que modulan a los instintos, tales como el amor a sí mismo y el amor a sus semejantes, como la ternura, la compasión, la solidaridad… y finalmente armonizarse integralmente desde la introspección, desde los dictados de su razón y de su conciencia, y desde el consenso y la convivencia con los otros miembros de su comunidad.

O sea, armonizar su aspecto cósmico (o natural) con su ser biológico humano; tanto en el aspecto instintivo y pasional (hoy tan ampulosamente expuesto y desarrollado), como en la expresión de sus emociones y sentimientos y en la dinámica psíquica racional, social y espiritual.

Ya el antiquísimo libro sagrado hindú enseñaba: ¿Qué es lo que impele al hombre a cometer el pecado, contra su voluntad?… Es la concupiscencia, es la ira, nacidas de la cualidad de la naturaleza material; es como un hambre insaciable y muy pecaminosa… es como un voraz incendio… que alucina al hombre obscureciendo su conocimiento…(Bhagavad-Guita)

Una mirada más amplia

El hecho de “no recurrir al pecado” proveniente del demonio (un concepto mítico-religioso) no significa que no tomemos conciencia de las imperfecciones, enfermedades, violencias y males de todo tipo que surgen del interior del ser humano. Porque la evolución no produce un resultado perfecto pues todo, aún el universo cósmico, está en formación con aciertos y errores, al igual que el ser humano, cuya evolución aún continúa hacia un perfeccionamiento futuro que apenas podemos imaginar cuando transcurran algunos cientos o miles o millones de años más.

Por eso la mirada psicológica (prácticamente inexistente en la Biblia, no así en el hinduismo y el budismo) sobre las imperfecciones humanas es mucho más amplia que el simple considerar si nuestros actos están de acuerdo con tal o cual norma. La psicología entiende que hay un origen muy distinto de las insinuaciones del demonio para explicar el mal, pues todos llevamos dentro una psiquis compleja de la que surgen, tanto deseos de progreso humano espiritual como formas auto y hétero-destructivas. Si no fuera así, estaríamos en el mejor y más feliz de los mundos.

La complejidad de la psiquis y de la vida humana nos lleva, por ejemplo, a tener en cuenta, antes que nada, antes que las normas externas, lo que consideramos como “ético” según nuestra conciencia (autonomía) y el consenso de la comunidad. Es lo  ético entendido como lo que es bueno o beneficioso para la vida de cada uno o lo que puede hacer daño al propio individuo o a sus semejantes.

Pero también consideramos lo que es “sano” para nuestra salud integral (bio-síquica) y lo que es enfermo o perjudicial; o lo que es “conveniente” para tal edad, tal circunstancia, tal objetivo y lo que resultaría inconveniente. Detectamos, entonces, que en este camino de sabiduría para vivir mejor, que incluye una ética, pueden existir “normas” morales, sociales o religiosas, que prohíben algo que es sano para el individuo, como cuando se prohíben expresiones afectivas y sexuales claramente sanas; o se prohíbe manifestar en público los propios pensamientos y emociones, algo absolutamente sano y tantas veces reprimido.

Otras situaciones pueden ser vistas como “normales” o virtuosas, como callarse siempre ante las injusticias y agresiones, o aguantar pacientemente lo que venga, o motivarse sólo desde el deber sin permitirse el placer y el disfrute, o ser exageradamente obedientes… sin darse cuenta de que se trata de situaciones enfermizas o patológicas… También observamos que hay conductas sanas pero que pueden no ser convenientes aquí y ahora. Por ejemplo, si bien es sano expresar nuestras opiniones y emociones, puede no ser conveniente hacerlo en cierta ocasión para no deteriorar una relación o porque consideramos que no es el momento “oportuno”. Vemos también que si bien las relaciones sexuales son sanas de por sí, pueden no ser convenientes a tal edad o con tal persona; y muchos alimentos o bebidas sanos, pueden no ser convenientes en tal situación o circunstancia, por ejemplo si tenemos que conducir.

Los conflictos surgen cuando nos sentimos obligados a ciertas conductas que consideramos enfermas, o se nos prohíbe las que entendemos como sanas y convenientes. O cuando personas distintas, que es el caso más común (educadores y educandos, padres e hijos, gobernantes y gobernados, religión y sociedad, etc.) tienen criterios distintos y aún opuestos sobre lo que es ético, sano o conveniente.

O sea, hoy asumimos las diferencias, el error y la imperfección como una variable siempre presente en todo proceso social y formativo, y tomamos conciencia de los riesgos y peligros que corremos en nuestro camino de bien-estar y salud integral; y adoptamos las medidas que correspondan según nuestra libre decisión. La medicina, la psiquiatría, la psicología, la educación y la política colaboran en esta dirección.

No hace falta, pues, ser un experto en teología, antropología o ciencias psicopedagógicas, para darse cuenta de que la concepción religiosa “tradicional” es muy diferente y hasta a veces diametralmente opuesta a lo que hoy pensamos sobre el ser humano.

Y mucho más si consideramos que “la palabra de Dios” – las verdades que hay que creer (creencias, dogma), los mandatos éticos que hay que observar (moral) y el culto con el que hay que servirle – en realidad no llegan en forma directa desde Dios, siempre envuelto en un misterioso silencio, sino a través de otros seres humanos que “interpretan” cual sea la palabra divina, de modo que la dependencia de Dios se traslada a seres humanos concretos considerados “autoridad sagrada” (jer-arquía) a quienes se debe obediencia, virtud obviamente considerada como fundamental en este esquema.

Autonomía vs Heteronomía

Hoy vivimos con una mentalidad que afirma la ética individual, con mayor resistencia a las presiones de los grupos e instituciones, y se proclama la autonomía (la ley desde uno mismo) frente a la heteronomía. O sea, mayor importancia a la conciencia y a la responsabilidad del individuo, sujeto decisor de sus conductas.

Por otra parte, la ética se independiza de los conceptos religiosos y de las autoridades religiosas, pues nace de las opciones culturales consensuadas y de la conciencia individual, con todas las dificultades del caso a la hora de establecer qué es lo bueno o lo malo, pero sin renunciar al derecho inalienable de decidir por nosotros mismos y respetar el mismo derecho en los otros.

En la mentalidad bíblica, todos los mandamientos suponen la alianza entre Yahvé y su pueblo, como un hecho consumado del que se desprende la ley. Esta ley no aparece como una ley natural previa a la comunidad de fe o como resultado de un consenso de la comunidad, sino como un derecho de Dios por ser el Señor y protector de su pueblo que ha pactado con él. Por lo tanto, los mandamientos de la Biblia no son una ley moral absoluta y universal, sino la revelación de fe y el compromiso que asume quien decide ingresar en esa fe o alianza. El drama se nos plantea porque el cristianismo en general, perdió el sentido de la ley como fruto de un compromiso personal con Dios, y planteó la moral, no como un corolario de la fe-alianza, sino como un a priori que se debe cumplir. Esto, que llamamos “legalismo heteronómico”, será una nota del judaísmo posterior al exilio, que perdió el sentido de la alianza y puso a la Ley como norma absoluta, transformando la religión en el fiel cumplimiento de normas con vistas a un mérito ante Dios. Es una concepción que representa un estadio inmaduro de la conciencia ética.

Jesús pondrá la norma como fruto del compromiso con el reinado de Dios, por lo que atacará el moralismo legalista típico del fariseísmo. Pero desde mediados del siglo segundo, la Iglesia cristiana se volverá tan legalista como el judaísmo.

La heteronomía supone que la ley (la moral, la ética) existe como algo previo a la decisión y aceptación libre de las personas; en todo caso y siempre, una ley previa promulgada por grupos especiales que se sienten autorizados para imponerla al pueblo, al que consideran no-preparado para asumir la responsabilidad de sus vidas y de sus actos. Demás está decir que es un concepto no democrático, pues la democracia, basada en el respeto a todo ser humano y a sus derechos, en su dignidad e igualdad, entiende que es cada sociedad la que se auto-regula sin presiones ni autoritarismos moralistas. Una democracia sin esta capacidad, es una simple quimera o ficción simbólica.

Por este motivo insistimos  en el contexto político y social de la historia bíblica: una sociedad fundamentalmente sacra (no secularizada), con una “constitución religiosa” aún para cuestiones que nosotros hoy consideramos laicas, civiles o seculares. Hoy, por primera vez en la historia, ambos aspectos, lo sacro y lo secular, se hallan perfectamente separados y delimitados en casi todas las naciones.

Religión y Estado laico, comunidad religiosa y sociedad civil, son dos entidades que tienen que aprender a convivir, manteniendo su propia identidad, respetándose mutuamente y, a ser posible, colaborando para el bien común de la humanidad.

Un arduo aprendizaje

Lo que debemos aprender de la milenaria historia bíblica es a no copiar sus normas (ni la de otros) para darles el valor absoluto que no tienen, sino tener la capacidad de construir cada día la historia personal y colectiva, atendiendo a las circunstancias culturales y políticas que la comunidad vive, con todos los aciertos y errores del caso. La Biblia no es un libro mágico de recetas y normas intocables y universales, sino la experiencia de una propuesta de vida de un pueblo concreto.

La historia bíblica atendió a la situación particular de un pueblo concreto, buscando en él signos de la presencia liberadora de Dios y normas humanas de convivencia, pero no pudo prever todo ni lo quiso hacer. La fe no es perezosa sino creativa. No es una fe separada del mundo sino comprometida con él. Esta es la gran lección de un pueblo, varias veces milenario, y de quien nos sentimos herederos, de una u otra forma.

La heteronomía se acentúa cuando la religión se integra en forma compacta con el Estado monárquico absolutista.

Concepto monárquico-teocrático autoritario de la religión

En efecto, a partir de David y Salomón se instaura en Israel un sistema monárquico teocrático según el estilo de la época, tanto en cananeos como en egipcios y babilonios. Por lo tanto, el rey (el poder) se considera como manifestación e hijo de Dios que gobierna en su nombre dictando leyes, juzgando y ejerciendo el poder ejecutivo, legislativo y judicial al mismo tiempo. Así se gesta la imagen de un Dios autoritario, super exigente hasta el castigo y la crueldad, que reclama obediencia incondicional bajo pena de muerte u otros castigos. Quien se somete, merece premio. Es decir, se proyecta en Dios el esquema monárquico autoritario absolutista.

Para llevar adelante su proyecto, la monarquía teocrática absolutista necesitó (y necesita) varios aliados. Destacamos dos: el sacerdocio y el ejército. Con David va tomando cuerpo la estrecha alianza entre poder político y sacerdocio, siendo los sacerdotes los guardianes del orden nacional. El rey, por su parte, es el defensor del culto nacional y el protector del sacerdocio. David también conquista a otros pueblos, anexando sus tierras a la corona y esclavizando a sus habitantes. Para eso y para mantener el orden interno, organizó el ejército profesional, sin descuidar su batallón de mercenarios extranjeros.

Teología de la guerra y de la conquista

Esto necesitó una justificación teológica que después fue retro-proyectada a la historia anterior, desde el éxodo en adelante. Dios aparece como un sangriento guerrero que liquida a sus enemigos sin contemplación alguna. Es “el Señor de los Ejércitos“, nombre no solo antiguo sino muy del gusto de la última dictadura que asoló nuestro país.

La teología de la conquista, mal llamada “guerra santa”, surge después de los acontecimientos ya consumados, cuando los escritores judíos tuvieron que dar sentido a toda su historia. Enemigos de toda conquista y dominación extranjera, tuvieron que justificar su propia conducta cuando fueron conquistadores y dominadores de los cananeos y de otros pueblos. Se argumenta teológicamente que quien lucha y conquista es Dios:

Cuando el Señor tu Dios, te introduzca en la tierra que vas a tomar posesión, él expulsará a siete naciones más poderosas que tú… El Señor tu Dios los pondrá en tus manos y tú los derrotarás. Entonces los consagrarás al exterminio total; no hagas con ellos ningún pacto ni les tengas compasión… Por eso, trátenlos de este modo: derriben sus altares, destruyan sus piedras conmemorativas, talen sus postes sagrados y prendan fuego a sus ídolos (Deut. 7,1-5).

Cuando el Señor, tu Dios, ponga a la ciudad en tus manos, tú pasarás al filo de la espada a todos sus varones. En cuanto a las mujeres, los niños, el ganado y cualquier otra cosa que haya en la ciudad, podrás retenerlos como botín, y disfrutar de los despojos de los enemigos que el Señor, tu Dios, te entrega.

Pero en las ciudades de esos pueblos que el Señor, tu Dios, te dará como herencia, no deberás dejar ningún sobreviviente. Consagrarás al exterminio total a los hititas, a los amorreos, a los cananeos, a los perizitas, a los jivitas y a los jebuseos, como te lo ordena el Señor, tu Dios (Deut 20,13-17)

La destrucción total de esta “guerra santa” abarca, tanto a las personas, como a su cultura, descalificada como inferior o demoníaca. Para subrayar esta acción divina directa, justificación fundamental de la conquista y de sus abusos correlativos, los textos aluden a ciertos milagros que refuerzan esta idea. Queda claro que la argumentación bíblica para justificar la conquista y este tipo de guerras, sólo es válida para los propios interesados y desde la victoria lograda.

Manipulación religiosa

Estos textos bíblicos y su ideología fueron utilizados, entre otros, por los blancos europeos sin excepción, sea para esclavizar a los negros africanos, sea para justificar el “apartheid”, sea para conquistar y oprimir a los pueblos aborígenes de América y Asia. La opresión de los otros siempre comienza por una descalificación, y si está motivada en principios religiosos, mejor. Pero la convicción subjetiva de tener la verdadera religión y de adorar al verdadero Dios, no da derecho alguno sobre otros pueblos que tienen la misma convicción respecto a sus creencias.

Es evidente, pues, que estamos frente a unamanipulación de Dios y de lo sagrado, una manipulación de lo religioso al servicio de otros intereses, desde la tierra hasta el oro.  Por desgracia, la teología de la guerra santa y de la conquista nos llega hasta el día de hoy, sea por losgrupos fundamentalistas islámicos y judíos, sea por los cristianos de ultraderecha e incluso por otras sectas que, invariablemente, se autojustifican y justifican crímenes contra la humanidad, con argumentos religiosos. Entiendo que ni el judaísmo ni el cristianismo ni el Islam han hecho una seria autocrítica de aquellos elementos teológicos que, aunque “de alguna manera comprensibles” en su época por el contexto cultural, jamás fueron cuestionados con suficiente energía ni honestidad.

A lo largo de la historia los personajes cambiaron de nombre y las circunstancias pudieron ser diferentes, pero la estrecha relación entre conquista y religión, guerra y religión, dominación y religión, impregnará nuestra historia hasta el día de hoy planteando los mismos interrogantes.  Motivo más que sobrado para que sepamos leer la historia bíblica, esa historia que fundamenta nuestras virtudes pero también nuestros defectos, y que sepamos hacerlo con sentido crítico, como, tarde o temprano, lo supieron hacer los protagonistas bíblicos, con mejor o peor fortuna.

Si interpretar la historia es la esencia de la fe yavista y cristiana, ya descubrimos por qué es una tarea difícil. En esa interpretación, los intérpretes no son personajes ajenos a los acontecimientos o neutrales, sino que están implicados en los mismos, tanto con sus necesidades como con sus intereses, legítimos unos y falsos otros.

Y cuando los actores de los sucesos son también los vencedores que escriben la historia y elaboran su ideología subyacente justificatoria, las dificultades aumentan hasta el punto de impedir, aún a los mejor bienintencionados, la visión serena de los derechos de quienes, ocasionalmente en la vereda de enfrente, se hacen preguntas que no tienen respuestas. Surge así una teología unilateral que imposibilita el diálogo y la relación ecuménica, o sea, universal. Y surge una imagen de “Dios” que está en las antípodas no sólo de la espiritualidad sino de la misma humanidad, un dios tan terrible como falso, un simple ídolo al servicio de los más bajos intereses y horrendos crímenes. De todo ello aún hoy somos, por desgracia, mudos testigos.

La herencia del pueblo: obediencia

La nueva mentalidad monárquica-sacerdotal de la religión y de la política, que también se instaló en la Iglesia cristiana a partir de Constantino y alcanzó su culminación en la Edad Media, trajo innumerables consecuencias para el pueblo. A modo de conclusión, señalamos su total dependencia del orden impuesto, el despojo de su libertad política y de su libertad interior. Ahora son solamente súbditos del sistema y les corresponde una sola cosa: obedecer. Si no lo hacen, son culpables y merecen castigo.

Esto supuso un nuevo concepto de Dios, quien ya no es el Padre que libera a los que sufren, sino el rey tiránico que impone una ley que debe cumplirse a rajatablas. Un Dios hecho a imagen y semejanza de los reyes despóticos que se proclamaban sus hijos y defensores. Por eso, toda la historia de Israel, con honrosas excepciones, será escrita desde esta mentalidad en la que, en definitiva, el pueblo siempre tiene la culpa de todo: si gana una batalla, es mérito de Dios y del rey; si se la pierde, es por culpa de los pecados de quienes no fueron fieles a la ley. La derrota final a manos de asirios y babilonios se explica así: Todo esto sucedió porque los israelitas pecaron contra Yahvé, el que los había sacado de Egipto, y habían adorado a otros dioses. Ellos imitaron las costumbres de las naciones que el Señor había desposeído… El Señor se enojó tanto contra Israel, que lo arrojó lejos de su presencia. Sólo quedó la tribu de Judá. Pero tampoco Judá observó los mandamientos del Señor… (2Re. 17, 7s.).

En definitiva, la tesis es la siguiente:

Primero: Dios no tuvo la culpa. El único culpable es el pueblo de Israel, por su pecado de infidelidad. Si pecó, merece castigo. Por lo tanto, la sentencia y el castigo de Dios fueron justos.

Segundo: Hay una ley y se la debe cumplir, y por ser ley de Dios se ha de cumplir inexorablemente, aunque eso contradiga otras palabras, también inexorables, de Dios. En consecuencia, toda la historia y su interpretación son esquematizadas desde un principio simplista y reduccionista. Es el punto de vista de la palabra-ley de Dios que debe cumplirse o castigarse. El hombre, su libertad, su responsabilidad y sus circunstancias no juegan rol alguno, salvo en relación a cumplir o no cumplir una ley externa a sí mismo.

Si tal planteo no hubiera tenido más consecuencias que las ya dichas y hubiera muerto allí, podríamos no darle más importancia que la de un condicionamiento cultural que no se pudo superar. Pero esta tesis, con toda la ideología subyacente y con la imagen correlativa de un Dios-rey absolutista, llegó casi incólume hasta el día de hoy.

Ley de Dios – obediencia o pecado – premio o castigo.

Se trata de un esquema que impregnará toda nuestra cultura, sin excluirse la educación familiar y escolar. Si se es fiel a Dios, habrá bendiciones y éxitos. Si se es infiel, castigos y muerte. Aplicado a lo político-social, el esquema hace agua por muchos costados, pues no siempre el éxito militar o económico es premio por una fe auténtica; ni el fracaso, un castigo merecido. Muy a menudo el éxito es fruto de la injusticia, y el fracaso, el resultado de una opresión. O bien, uno depende de la inteligencia política bien aplicada, y el otro es el fruto de la ineptitud o de la pereza.

Por tanto la fe, en cuanto interpretación de un hecho político, ha de tener en cuenta las responsabilidades de cada parte, sin atribuirle a Dios aquello que es el simple resultado del ejercicio de la libertad y de una inteligencia creadora. El hombre, en cuanto hombre político y hombre de fe, es mucho más que un súbdito obediente del poder humano o de Dios. Es el sujeto-creador de la historia y de la sociedad, pues eso es hacer política y a eso apunta la fe. Pero también el hombre puede ser destructor de su propia historia o la de otros.

El hombre, en cuanto ser-político, ha de buscar el camino correcto, sin esperar que Dios se lo indique con revelaciones especiales, que tampoco las tiene el hombre más religioso. No las tuvieron David ni Salomón, por eso cometieron los errores y crímenes que todos conocemos. Tampoco las tuvieron los profetas y apóstoles, aunque así los idealicemos, pues tuvieron las mismas dificultades que hoy tenemos para “buscar y descubrir” cuál podría ser la voluntad divina; o sea, el mejor camino para el bien de la comunidad que quiere vivir en la justicia y en la paz.

Consecuencias

Es importante profundizar en esta imagen de Dios que nos llega desde una concepción autoritaria y dogmática del poder. La teocracia impone su ley, su modo de pensar, el control de las conciencias y no le deja al pueblo espacio alguno para su crecimiento o para responsabilidad alguna en la gestión pública.

Los mismos que juzgan y castigan son los que hacen las leyes y ordenan las instituciones para su mejor beneficio. Los mismos que mandan, son los que escriben la historia a su gusto, tergiversan los hechos y generan el sistema educativo para perpetuar su ideología.

Porque lo realmente dramático es que el pueblo es educado por sus propios dominadores, y termina internalizando (comiendo) la ideología de su opresor. El sistema educativo y cultural ordenado e impuesto por el sistema o modelo, domestica al pueblo, lo vacía de su conciencia política y lo induce a un servilismo obsecuente. Aceptar el esquema ley (orden) – pecado – castigo es aceptar el sistema de opresión que contradice la relación libre del pueblo con Dios y que impide toda libertad y madurez democrática y religiosa.

La alianza de Dios (de la religión) con el poder político y sus aliados (sacerdocio y ejército) instaura un orden totalmente perverso: si el pueblo se rebela contra la opresión política, entonces ese acto es declarado también un pecado contra Dios y contra la religión. Y si se rebela contra esa religión opresora, entonces el Estado también lo declara culpable y traidor. Es la clásica situación de los sistemas integristas, presentes no solo en ciertos países islámicos, sino muy internalizados todavía en nuestra conciencia.

Es inútil pretender la libertad política, si no adquirimos la libertad de conciencia, y si no nos liberamos de esa imagen perversa de un Dios castigador del pueblo, y de una religión que, explícita o veladamente, siempre está allí para sostener el orden establecido por los dueños del poder.

Preguntémonos, pues, cómo ha incidido en nuestra educación  religiosa y cívica esta moral heterónoma autoritaria y cómo liberar a nuestra conciencia de sus ataduras para adquirir madurez personal y responsabilidad.

El rechazo del ser humano actual al viejo esquema

Llegamos así a un punto central del conflicto: pues hoy el ser humano, libre, autónomo y creativo no acepta ese modelo de autoridad que impone creencias, dogmas y normas desde una línea absoluta, verticalista, monárquica e incluso machista-célibe en muchos casos.

Y no lo acepta por ateísmo o por rebeldía contra la religiosidad del ser humano o contra la religión o la espiritualidad, sino porque considera que “este modo de concebir y  vivir la religión” es una ideología autoritaria que aliena al ser humano y que lo despoja de sus cualidades y derechos esenciales: autonomía, libertad, creatividad, participación, justicia, cualidades que hacen que cada uno sea responsable de sus opiniones y actos sin excepción, sean políticos, laborales, educativos o religiosos. Así lo afirmamos desde los primeros párrafos de los

Derechos Humanos Universales:

Considerando que la libertad, la justicia y la paz en el mundo tienen por base el reconocimiento de la dignidad intrínseca y de los derechos iguales e inalienables de todos los miembros de la familia humana

Art. 1: Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad  y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros…

Art.2: Toda persona tiene los derechos y libertades proclamados en esta Declaración, sin distinción alguna de raza, color, sexo, idioma, religión, opinión política o de cualquier otra índole, origen nacional o social, posición económica, nacimiento o cualquier otra condición.

Está en los dirigentes religiosos y en toda la comunidad creyente la ardua tarea de poner en práctica esta igualdad absoluta de todos los seres humanos, “sin distinción alguna”… Como ya dijera Erich Fromm hace más de 50 años: “La religión autoritaria  es el reconocimiento por parte del hombre de un poder superior e invisible que domina su destino, y al que debe obediencia, reverencia y veneración.” ( Psicoanálisis y Religión, Psique, Bs As)

Este “deber” obediencia, es la esencia  del autoritarismo, ya que su virtud máxima es la obediencia servil y su principal pecado la desobediencia. Así la sociedad queda dividida en dos planos opuestos: los que mandan y los que obedecen, los que saben y los que ignoran. Y entonces cuanto más crece la imagen de ese Dios (omnisciente, poderoso, juez inexorable, etc.) más crece el poder y el dominio de sus representantes (pastores sábelo-todo, con palabra definitiva, verdad absoluta, dirigentes y reyes sagrados e inviolables…), y también más se minimiza y desvaloriza al hombre.

A nivel político esto se expresa en los regímenes monárquicos absolutistas y en ciertas democracias personalistas y autoritarias tan difundidas en nuestra América Latina.

Valorizar al ser humano

Hoy rechazamos el autoritarismo religioso y toda visión “servil” (de siervos y esclavos) de un ser humano siempre infantil y siempre guiado por el miedo a Dios, a la ley, al castigo, a la autoridad, al pecado y por una ética de la obediencia. Todo lo cual implica hoy “valorizar” al ser humano como alguien capaz de pensar críticamente, de buscar lo más sano para sí y de tomar aquellas decisiones que lo conducen a su pleno desarrollo aún con riesgo de equivocarse… pues el error, la imperfección, como la duda y las equivocaciones, son también una variable de todo proceso cósmico y humano. Y esta valorización llega al plano político y social y debe llegar al religioso, pues siempre el sujeto es el Hombre.

El hombre actual ha recuperado su Autonomía y no está dispuesto a abandonarla nunca más, pues esa autonomía plena es la que le otorga dignidad y estima, y es su misma esencia. No solo rechaza todo sistema político o social de dominación heterónoma, sino también toda religión o revelación de dominio y heteronomía.

Si Dios existe y quiso un hombre “a su imagen y semejanza”, según dice la Biblia, es porque quiere un hombre libre, creativo, pensante y sintiente por sí mismo, y por eso mismo responsable de su vida. La religión de la dependencia es una contradicción y da una pésima imagen de Dios que termina siendo un déspota a imagen y semejanza de los déspotas humanos.

Nuevo sentido de autoridad

Esto no significa anular a la autoridad, pero sí darle un sentido distinto: la autoridad (civil o religiosa) no está sobre los hombres sino como un servicio para los hombres, idea que fue claramente expresada por el mismo Jesús. No es la de un padre autoritario sino la de un hermano que acompaña a quienes pusieron su confianza en él para poder todos juntos enfrentar las dificultades y lograr una vida social armónica.

Todo lo cual implica la necesidad de democratizar las instituciones religiosas y volver a los “orígenes” cuando era la propia comunidad (la gente) quien elegía a sus líderes y les otorgaba ciertos mandatos específicos, algo que sucedió en los primeros siglos de la iglesia cristiana y antes de que se configurara a imagen del imperio romano. Cómo lo harán hoy las religiones… es la tarea más urgente de sus autoridades que deben recuperar mucho tiempo perdido.

3. Una visión del Hombre sin dualismos opuestos.

La antropología actual no solo ha superado una visión heterónoma y dependiente del Hombre, sino que ha superado todo dualismo que enfrenta aspectos humanos, considerados unos como superiores de los otros. Podemos señalar varias situaciones:

–        Sagrado-Profano

Las religiones antiguas oponían claramente el aspecto Natural o Profano de la vida humana al aspecto Sagrado, Sobre-natural o Epi-fano de las divinidades y objetos o personas a ellas consagradas, de tal manera que lo sagrado, lo que estaba “separado” de la vida cotidiana, significaba lo verdaderamente real y valioso frente a lo aparente y efímero de lo profano. De esta manera lo religioso era considerado como una categoría superior y sagrada que brillaba por sobre (en griego, epí-fainein, epifanía)la simple vida natural del hombre.

Hoy entendemos que nada hay más sagrado que el mismo ser humano, o si se prefiere, sagrado es lo más profundo del ser humano, su espíritu, su dimensión más acabada y total, no como algo opuesto sino como el desarrollo pleno de la vida humana. Ese sentido profundo y último no está afuera del hombre, sino en su propio interior como si lo divino o sagrado estuviese en germen dentro de cada uno.

Precisamente la educación debería ayudar a despertar ese germen, hacerlo crecer y desarrollarse hasta su máxima dimensión, aunque preferimos hablar no de algo sagrado sino de algo espiritual, o sea, algo que significa el aspecto profundo del ser humano, su misma esencia; también podemos llamar a ese aspecto lo “trascendente”, lo que va superando lentamente la rutina de la cotidianidad, subiendo (eso es trascender) desde lo exterior hacia lo interior, profundo e inconsciente. Ese caminar o trascender va dando al hombre el sentido o significado total de su vida, que no está afuera ni arriba, sino en sí mismo que se despliega en un proyecto, en un proceso constante. Es su camino, un camino que él mismo va trazando, como ser autónomo, pero no aislado sino en compañía de otros caminantes que forman su comunidad o grupo social.

Por lo tanto, no hay seres humanos superiores a otros, pues todos son iguales por su simple y misma dignidad humana. Las autoridades civiles y religiosas no expresan superioridad ni sacralidad sino un rol que la propia comunidad ha otorgado y al que ha concedido ciertas atribuciones para el bien de la misma comunidad. El poder que detentan no es propio sino que es el poder de la comunidad que delega ciertas funciones. Las autoridades, elegidas por la comunidad, no son dueñas de la misma sino sus funcionarios (cumplen funciones) y servidores.

Lamentablemente las instituciones religiosas (y muchas civiles) se resisten  a esta concepción igualitaria y democrática, y ahondan el abismo existente entre ellas y la comunidad humana.

–        Varón-mujer

Prácticamente todas las grandes religiones de una forma explícita o velada tienen una antropología que señala la superioridad del varón sobre la mujer. El mismo Dios es siempre representado e imaginado como un varón y con cualidades varoniles, como rey, señor, padre, inteligente, fuerte, creativo, guerrero, etc.

Estas religiones surgidas desde una visión masculina monárquica o imperial de la sociedad crearon una teología como réplica exacta de su visión política y antropológica, pero ambas, teología y antropología no eran más que justificaciones de un sistema social monárquico y machista. También en la Biblia la mujer ocupa un lugar sometido al varón, tradición que por desgracia se prolongó y aún agudizó en la iglesia cristiana hasta el día de hoy.

El cielo regenteado por un dios-varón acompañado por mensajeros-ángeles que también son guerreros, se refleja en una sociedad y en una religión en las que las mujeres, más allá de las declamaciones de igualdad, ocupan un lugar inferior, a las que se les niega la función sacerdotal y de autoridad dentro de sus comunidades, con diversos argumentos de los libros sagrados (creación desde un costado del varón; “impureza” de la mujer por la menstruación y el parto), libros redactados casualmente todos ellos por varones.

Eva, la culpable

Fue y es precisamente el lamentable mito de Adán y Eva, castigados después de comer la fruta prohibida, el principal argumento para desvalorizar a la mujer. En efecto, según el texto que refleja la situación social de su época, Adán no solo fue creado directamente por Dios y antes de la mujer, sino que ésta fue sacada de su costado, algo que contradice la más simple experiencia, pues somos los varones quienes nacemos de una mujer… Pablo sintetiza así esta visión negativa de la mujer:

La  cabeza de la mujer es el hombre… El hombre… es la imagen y reflejo de Dios, mientras que la mujer es el reflejo del hombre. En efecto, no es el hombre el que procede de la mujer, sino la mujer del hombre. Por esta razón la mujer debe tener sobre su cabeza un signo de sujeción (el velo). Las mujeres deben respetar a su marido como al Señor, porque el varón es la cabeza de la mujer. (1 Cor 11,3.7-10)

Por su parte en la Carta a los Efesios (5,22-24) se lee: Las mujeres deben respetar a su marido como al Señor, porque el varón es la cabeza de la mujer…. Así como la Iglesia está sometida a Cristo, de la misma manera las mujeres deben respetar en todo a su marido.

Como ya lo expresamos, cuando las interpretaciones del relato bíblico se fueron transformando, Eva pasó a ser simplemente “la mujer” (y no ya la mujer cananea que incitaba a los hebreos a cultos idolátricos) y entonces recibirá varias humillantes condenas, como depender de su marido y estarle sometido, sentir atracción hacia él y dar a luz con dolores:

A la mujer le dijo el Señor: «Tantas haré tus fatigas cuantos sean tus embarazos: con dolor parirás los hijos. Hacia tu marido irá tu apetencia, y él te dominará. (Gen3, 16) Adán aparecerá como el pobre inocente varón seducido por la mujer que es la responsable de su pecado (omitir risas).

Los libros sapienciales desde el 300 a.C. fortalecen esta desvalorización hasta límites inconcebibles. Así el Eclesiastés (7, 26) expresa:   Yo encuentro más amarga que la muerte a la mujer, cuando ella misma es una trampa, su corazón, una red, y sus brazos, ataduras. Con el favor de Dios, uno puede librarse, pero el pecador se deja atrapar. ..

Similares conceptos los encontramos en el Eclesiástico (25,13-24; 26,5-12)  hacia el 200 a.C., que da una visión muy negativa de la mujer y origen de todos los males al igual que Pandora, primera mujer de la mitología griega, y con el trasfondo del relato del Génesis afirma: De una mujer vino el primer pecado y por ella todos tenemos que morir.

También se les negará hasta el día de hoy una función religiosa magisterial (el Magisterio es exclusivo de varones) a pesar de que en la actual sociedad la mayoría de quienes ejercen la docencia, la educación y el magisterio son mujeres, quienes además de “madres y maestras” han demostrado su capacidad para el gobierno de las naciones. Pero la visión antropológica y la teología de las religiones sigue sin presencia femenina, y esto no es una cuestión menor, pues siempre se da una visión machista parcial de la realidad.

Al mismo tiempo se violan sistemáticamente los Derechos de la Mujer y se incurre en discriminación condenada por el artículo 1° de la

Convención sobre la Eliminación de todas las formas de Discriminación de la Mujer (1979) :

A los efectos de la presente Convención, la expresión “discriminación contra la mujer” denotará toda distinción, exclusión o restricción basada en el sexo que tenga por objeto o resultado menoscabar o anular el reconocimiento, goce o ejercicio por la mujer, independientemente de su estado civil, sobre la base de la igualdad del hombre y la mujer, de los derechos humanos y libertades fundamentales en las esferas política, económica, social, cultural y civil o en cualquier otra esfera.

Varón y mujer no son opuestos, no suponen la superioridad del uno sobre la otra, sino que son dos dimensiones complementarias que aluden al “ser humano” completo en su variable masculina y femenina, siendo la femenina en realidad biológicamente anterior a la masculina. Más aún, tanto el varón como la mujer mantienen siempre en sí mismos cualidades típicas de lo masculino y lo femenino, aspecto al que ya se refirió Carl Jung con los términos de ánima (aspecto femenino de todo varón) y ánimus (aspecto masculino de toda mujer). Se trata de dos dimensiones complementarias e integradas del ser humano que incluso se enraízan en el hemisferio derecho del cerebro (sede de las actividades simbólicamente “femeninas”, afecto y sentimientos) y en el hemisferio izquierdo (sede de las “masculinas”, razón y técnica)

–        Espíritu-Cuerpo

Con diversos matices las grandes religiones tienen también otra clásica dualidad: la oposición entre un elemento superior, considerado de origen divino, el espíritu o alma, y otro inferior, el cuerpo con sus instintos (la “carne”), proveniente de algún demonio que quiso desarreglar los planes divinos según enseñaba el Gnosticismo. Creencia que se robustece además por la influencia de la filosofía griega (Neoplatonismo, Estoicismo) en los libros sapienciales y en la posterior teología cristiana con la oposición del cuerpo al alma.

Así ya el libro de Sabiduría señala este dualismo: Los pensamientos de los mortales son indecisos y sus reflexiones, precarias, porque un cuerpo corruptible pesa sobre el alma y esta morada de arcilla oprime a la mente con muchas preocupaciones (Sab 9,14-15)

Por lo cual la mente y el intelecto (el logos, el espíritu, el alma) deben controlar y ejercer su superioridad y dominio sobre las emociones y los impulsos instintivos para su liberación que se realizará en forma definitiva con la muerte.

Consecuencias de este dualismo

En el plano moral y educativo este dualismo radical transformado en postura ideológica ha tenido consecuencias desastrosas, sobre todo en lo relativo a la esfera de la sexualidad  y del matrimonio, y fue causa de innumerables conflictos de los que muchos aún perduran.  Por ejemplo, en muchos casos la relación de un supuesto demonio con el origen y el ejercicio de las fuerzas instintivas y sexuales, especialmente en la mujer. Añádase a esto una gran represión del deseo sexual y del placer, un pudor excesivo, normas severas de moral sexual, la oposición a una educación conjunta  de ambos sexos conjuntos, el rechazo de la educación sexual desde la edad temprana, la insistencia en la supremacía de la virginidad por sobre el ejercicio gozoso de la sexualidad y, en definitiva, una tremenda resistencia por parte de las religiones a aceptar la sexualidad y la vivencia del cuerpo como un elemento de por sí absolutamente natural y  sano. Es curioso, pero en el cristianismo todavía no tenemos una teología del placer sexual, ese hermoso regalo que Dios habría regalado a los seres humanos. ¿Se equivocó Dios al hacernos macho y hembra?

Al mismo tiempo, este exagerado dualismo y la visión pesimista del cuerpo ha llevado, especialmente a la iglesia cristiana, a identificar sin más el pecado con conductas sexuales que no se ajustaban a su severa normativa (pecado considerado siempre grave), por ejemplo sobre el autoerotismo, lo que inducía a los adolescentes a vivir en una situación de permanente oposición a Dios, suponiéndose que Dios, aunque había creado el cuerpo humano, no tenía nada que ver con las células nerviosas que provocaban placer, teoría ésta llamada “maniquea” y que incluso fue condenada por la misma Iglesia en el siglo V.

En fin, un dualismo que provocó un sistema pedagógico centrado en la extrema vigilancia  del cuerpo de los educandos y de control de sus conciencias para que no accedan al pecado (sexual) ni siquiera de pensamiento o en forma involuntaria o cuando estén dormidos. Ejemplos de esta mentalidad fueron los diversos sistemas educativos religiosos encaminados a prevenir el pecado sexual desde la mirada del educador, más rígida o más paternal, pero siempre mirada vigilante. Así la educación, lejos de ser un desarrollo integral de las capacidades humanas, se transformó muchas veces en un sistema de estricta disciplina antinatural solo apta para crear sujetos neuróticos, culpógenos  e inmaduros.

Visión integral del ser humano

Hoy la ciencia tiene una visión integrada del ser humano, considerado no como un compuesto de dos partes sino como una unidad: cuerpo-psíquico; visto como una totalidad (holismo) que entrelaza como en una trama (“complejidad”) diversos aspectos íntimamente relacionados y expresados en un “Yo”.

Por lo tanto, no sólo la educación general debe atender a estas instancias de todo ser humano, sino que la misma religiosidad, demasiado volcada en Occidente hacia lo sobrenatural, la racionalidad, las creencias, los dogmas y el culto, debe iniciarse y desarrollarse como lo que debe ser: desde un sentimiento profundo de uno mismo y de la vida, que asume en un solo movimiento un sinfín de emociones primarias y sublimes sentimientos (admiración, asombro, temor, carencia…) e impulsos biológicos y deseo sexual que se hace amor y nueva vida, compañía y amistad…

Como ya lo observaron otros investigadores, la religión cristiana ha “olvidado” las emociones y los sentimientos, demasiados cercanos a los deseos e impulsos instintivos. El fruto es una religiosidad fundamentada en estudios, en argumentos racionales, en creencias y dogmas desencarnados y en textos bíblicos, olvidándose que el evangelio de Juan (1,14) dice que el “Logos se hizo carne”, hombre… sintiente y pensante. Se confunde así la religiosidad con las creencias de determinada religión y se pretende llegar a Dios mediante clases de religión y estudios teológicos. A una religión tan descarnada, sobre todo en sus dirigentes, se le hace muy difícil comprender la mentalidad moderna que necesita experimentar vivencial y emocionalmente sus procesos mentales. Esto explica en gran parte la apatía de las nuevas generaciones hacia la religión tradicional y todo lo relacionado con ella.

Conclusión: Tras este recorrido que hicimos en estos dos capítulos por las más comunes dificultades que tiene la cultura moderna para aceptar la religión, podemos concluir con un texto del teólogo José Maria Vigil  en “La coyuntura actual de la espiritualidad”:

“Los estudiosos de la religión desde sus diversos aspectos (antropólogos, sociólogos, teólogos, etc.) parecen ir acercándose en los últimos tiempos a un juicio más comúnmente aceptado, que podríamos sintetizar en los siguientes puntos:

-La crisis no se da genéricamente con lo religioso en el sentido amplio de dimensión religiosa del ser humano, sino específicamente con las religiones. El papel de las religiones en la sociedad moderna y su aceptación en la sociedad avanzada es lo que realmente está en crisis.

-No se trata, en absoluto, de la desaparición de la religiosidad profunda, como precipitadamente vaticinaron algunos hace tiempo; la espiritualidad del ser humano, de una forma u otra, va a permanecer.

-Se trata de una crisis muy fuerte para las religiones tradicionales históricas que hace tiempo se encuentran desorientadas, han perdido en buena parte el contacto con la realidad, no aciertan a comunicarse adecuadamente con la conciencia moderna de sus adherentes, y están en situación de permanente quiebra y deterioro, sin que se pueda prever cuál va a ser el resultado de su crisis.

-Se registra una formidable emergencia de nuevas formas religiosas que evidencian que la potencia espiritual de la humanidad sigue vigente y en buena forma; potencia que, ante la incapacidad de las formas tradicionales religiosas tal vez superadas, puja por expresarse con creatividad en respuesta todavía desreglamentada al hambre espiritual de esa humanidad que incluso puede decirse simultáneamente atea o increyente.
-En definitiva: las religiones están en crisis, pero la espiritualidad parece gozar de buena salud, al menos de una gran vitalidad”.

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