Masculino y femenino. S Benetti

LO MASCULINO Y LO FEMENINO
Lic. Santos Benetti
1. ¿Opuestos o complementarios?
Conciliar los opuestos
A veces me admiro de la capacidad que tenemos los seres humanos para inventamos problemas artificiales o para resolver otros desde perspectivas absurdas ponién­donos de espalda a la naturaleza y a nuestra experiencia. Esto vale especialmente para el polémico tema de machismo y feminismo, de diferencias entre varón y mu­jer, de significado de lo masculino y lo femenino.
Todavía existen libros y vemos debates televisivos en los que se pretende enfrentar a los sexos -desde una lla­mada postura «machista» o «feminista» – como si la única manera de relacionarnos los seres humanos -varones y mujeres- fuese a través del choque, del enfrentamiento, del aislamiento o de la dominación de un sexo por el otro.
Esta es una característica típica de la mentalidad occi­dental que no logra conciliar los opuestos en su esquema mental: si ve blancos y negros, supone que unos deben dominar y eliminar a los otros; si ve ricos y pobres, hace otro tanto; si ve varones y mujeres … no entiende que puedan complementarse armónicamente formando «el ser humano completo varón-mujer».
En cambio los orientales, más inclinados a los matices y a la integración de los opuestos como parte de su filoso­fía, no hablan de machismo y feminismo sino de dos componentes que están presentes en toda la naturaleza viva y especialmente en el ser humano: el Yan y el Yin (masculino y femenino) como dos componentes necesa­rios para formar una Unidad que los incluye y los integra.
O sea, más que de opuestos tenemos que hablar de “complementarios». Siendo la realidad tan compleja, la mente humana acostumbra a visualizarlos a partir de parejas de elemen­tos, tal como el Estructuralismo lo ha mostrado hasta casi la exageración.
Así en el espacio, amplio y complejo, distingue lo alto y lo bajo, dos conceptos absolutamente relativos, pues si el observador cambiara de posición, lo bajo sería alto y lo alto sería bajo.
Por otra parte, lo bajo no es menos necesario ni importante que lo alto, como lo vemos en una casa donde el techo (lo alto) no puede tener subsistencia sin lo bajo (piso y paredes).
También, siguiendo con esta lista de pares hablamos de lo dulce y lo amargo; lo fuerte y lo débil; la derecha y la izquierda; lo crudo y lo cocido; lo líquido y lo sólido, y así sucesivamente.
Sería insensato quedarnos con uno solo de estos elementos y eliminar al otro, ya que ambos, insistimos, conforman un todo armónico, como es armónica la confi­guración del día y de la noche, del interior y del exterior, de la razón y de los sentimientos … de lo masculino y de lo femenino.
Durante largos siglos, más bien milenios, los varones interpretaron que la forma perfecta del ser humano es «ser varón» y que la mujer era un ser incompleto, postura ésta a la que no fue ajeno el mismo Freud cuando insiste en su teoría de que la mujer tiene envidia del pene; como si el hombre perfecto fuera el que tiene pene, de donde nacería una «envidia fundamental» de la mujer a una supuesta carencia.
Curiosamente -ironía de la biología- hoy todos los biólogos están de acuerdo en que el sexo femenino (lo femenino) es anterior al masculino y más necesario para la vida. Tanto es así que los seres más primitivos (amebas, por ejemplo) se reproducen sin ninguna participación masculina sino por lo que Maturana llama «autopiesis», o sea, por una capacidad de reproducirse a sí mismo; algo que las mitologías de muchos pueblos han registrado cuando hablan de ciertas diosas que produjeron otros seres sin participación masculina .
Los seres unicelulares se reproducen por división o partición de sí mismos, dando origen de uno solo a dos seres iguales.
En los animales superiores, tal el caso del hombre, la reproducción se realiza porque dos seres complementa­rios (macho y hembra) emiten sendas sustancias, que, al juntarse originan un nuevo ser. En el caso humano hablamos del óvulo femenino y del espermatozoide masculino.
Esta conjunción intersexual permite el nacimiento de un nuevo ser más enriquecido y capaz de superar a sus antecesores en perfección y adaptación.
Sintetizando:
«Los seres vivos se caracterizan porque, literalmente, “se producen continuamente a sí mismos», aunque no necesariamente en forma intersexual, fenómeno que sólo se da en las especies más evolucionadas.
Por tanto, como seres humanos, tenemos el privilegio de intercomunicamos sexualmente porque nuestro cere­bro es más perfecto y complejo, y porque «estamos desti­nados», permítaseme la expresión, a una constante evolu­ción y perfeccionamiento.
Lo masculino y lo femenino nos permiten crecer y perfeccionarnos, no solamente sumando cualidades, sino recreando otro ser que es nuevo, diferente y capaz de superarnos. No otra cosa enseña la historia o la evolución humana desde los antiguos primates humanoides hasta el hombre actual.
Por todo eso he afirmado que intentar describir la relación entre los sexos como polos opuestos y enfrentados en la lucha por el poder -cosa que desgraciadamente ha sucedido hasta nuestros días- es ir en contra de nuestra propia naturaleza y en contra de toda la evolución cósmica tendiente siempre a integrar y perfeccionar desde elementos complementarios.
Por esto nuestro cerebro a través de sus células nerviosas está capacitado para una infinidad de relaciones de cada uno consigo mismo, con el otro sexo, con otras personas y con toda la realidad externa, en orden a una mejor adaptación y perfeccionamiento.
Por eso el ser humano evoluciona y progresa, mientras que los demás seres se repiten a sí mismos (por las leyes rígidas del instinto).
Insisto en esta cuestión: nuestra respuesta a lo mascu­lino y lo femenino dependerá de que tengamos una actitud integradora o una actitud dominadora y excluyente.
Y esto vale también para la tan mentada cuestión racial y social: o partimos de una convicción de integrarnos respetando a los que sentimos como diferentes o estamos declarando la guerra antes de que ésta comience, y seguramente comen­zará si ésa es nuestra profecía.
Supongo que al lector ya no le quedan dudas de cuál es mi postura, una postura avalada no sólo por un sentido humanista, sino también por la moderna biología que encuentra en toda la evolución del cosmos esta fundamen­tal constante: todo está en orden a la integración y a la armonía.
2. ¿Diferencias sexuales naturales o culturales?
Clarificada nuestra posición y nuestro punto de parti­da, ahora sí podemos abocarnos a ciertas preguntas que alguna vez nos hicimos y que surgen en nuestra cultura casi espontáneamente:
¿Hay diferencias entre el varón y la mujer? ¿Hay una forma psicológica de ser varón y mujer?
¿A qué llamamos masculino y a qué, femenino?
¿El Género tien una base biológica o solamente es producto de la cultura?
Diferencias orgánicas
Comencemos por lo más fácil y evidente: a nadie le escapa que hay diferencias orgánicas entre el varón y la mujer. Al menos hay una indiscutida: cada uno tiene órganos sexuales diferentes; y frente a la posibilidad de procreación, cada uno aporta un elemento distinto.
Para poner un solo ejemplo biológico, digamos que las células masculinas o espermatozoides en todas las espe­cies son más pequeñas que las femeninas ya que el óvulo es muchísimo mayor que el espermatozoide. Como contrapartida los elementos masculinos son infi­nitamente mayores en cantidad, ya que en cada eyaculación podemos encontrar entre doscientos mi­llones o más espermatozoides. En un muy corto tiempo los órganos masculinos pueden producir más espermatozoides que todos los óvulos que puede producir una mujer durante toda su vida.
Pero las minúsculas células masculinas son mucho más movedizas y con menos capacidad de supervivencia; fren­te a la mayor estaticidad y capacidad de supervivencia del óvulo.
Podríamos discutir si otras características del cuerpo de la mujer son naturales o fruto de la educación, por ejemplo, desarrollo de sus huesos y músculos, fuerza y destreza física, etc.
También hoy los biólogos, especialmente neurólogos, analizan si el cerebro femenino tiene particularidades que lo distinguen del masculino, algo muy probable.
Lo cierto es que, y esto lo aprendimos en el Jardín de Infantes, sólo las mujeres tienen capacidad de quedar embarazadas y de parir un hijo tras nueve meses de gestación.
Características psicológicas
Las cosas se nos complican cuando hablamos de las características psicológicas de uno y otro sexo.
La principal dificultad radica en que «en nuestra cultura» los varones y las mujeres somos educados de forma diferente desde hace siglos.
Esto hace que ahora no podamos, aunque lo intentemos, establecer qué supuestas características llama­das femeninas o masculinas son innatas o naturales en la mujer o en el hombre, y cuáles son simplemente el fruto de siglos de aculturación y educación.
Hay ejemplos por demás ilustrativos en un terreno donde nos encanta manejarnos con generalidades y pre­juicios. Se afirma, por ejemplo, que las mujeres son menos activas y dinámicas que los varones. Esto era fácil afirmar­lo cuando los varones no les permitían a las mujeres más que parir hijos, cocinar y bordar. Pero ahora vemos en la vida política y empresaria a mujeres que superan a muchos hombres en dinamicidad, tenacidad y esfuerzo.
También se suele decir que las mujeres son «natural­mente» más afectivas y menos reflexivas: dato este que se contradice cuando vemos el alto grado de intelectualidad de las mujeres en los colegios y universidades; y cuando observamos a muchos varones sumamente afectivos y a muchas mujeres más especulativas y frías. En todo caso hay quienes son más expresivos de su afectividad que otros.
También se afirmó como un dogma de fe que la mujer ante el sexo es pasiva y el varón es el activo. Pero hoy, en que las mujeres han tomado la iniciativa -que les fue negada durante milenios-, los varones no saben qué hacer ante esa actitud que, en otras épocas, se suponía sólo típica de mujeres «livianas» o prostitutas.
Mi postura es la siguiente: «en nuestra cultura» … las mujeres suelen presentar ciertas características psicológicas y sociales y los varo­nes otras, y no puede ser de otra manera cuando los educamos de esa forma.
A los varones les prohibimos expresar sus sentimientos o llorar; les damos más libertad de movimiento y los educamos para que manejen el dinero y el poder político. A las mujeres las educamos en los valores opuestos… Entonces, qué duda cabe que en nuestra sociedad unos y otras actuarán conforme al modelo que se les ha dado.
Pero cuando en otras culturas, por ejemplo en los Estados Unidos o en Irán, reciben otra forma de educación, los resultados son diferentes y los esquemas psicológicos de tantos libros caen a pedazos porque la realidad se encarga de desmentirlos.
Como psicólogo veo esto comprobado en infinidad de casos: muchas mujeres, aparentemente pasivas y poco creativas, al cabo de cierto tiempo de «terapia» logran superar esa situación de tal forma que no sólo concitan la sorpresa de sus maridos sino que hasta se llegan a crear conflictos de pareja cuando el varón no acepta una mujer que «sale de los esquemas preconcebidos». ¿Preconcebidos por quién?  Naturalmente, por los varones.
Hasta no hace más de cincuenta años los varones afir­maban categóricamente que las mujeres eran totalmente incapaces de entender la política, por lo cual se les negaba el voto sistemáticamente; nada digamos, sobre su posibilidad a ser votadas, ocupar puestos políticos y asumir responsabilidades gerenciales.
En nuestro país, recién en la época de Perón, en el año 1947, se «les concedió» a las mujeres el derecho de votar, pero todavía hoy tienen que luchar para que sus pares varones «les concedan» el derecho de integrar listas de candidatos en una proporción justa.
Y cuando levantamos la vista y vemos a las mujeres en puestos gerenciales o directivos de un país, provincia, ciudad o empresa, caemos en la cuenta de que nuestras teorías sobre lo femenino y lo masculino no son más que cómodos prejuicios al servicio del poder del varón.
Si pasamos al terreno de la pareja sexual observamos el mismo fenómeno: se daba por sentado, con argumentacio­nes bíblicas, teológicas, filosóficas y antropológicas.. que sólo el varón podía ser cabeza de familia, administrar los bienes y tomar decisiones.
Hasta nuestro lenguaje es significativo al respecto: cuando se habla de los deberes en la pareja, se dice
«Matri­monio » (En latín, «munus» tiene un significado doble: oficio o función, por un lado; deber u obligación, por otro. En este sentido, Matrimonio es el deber de la mujer); pero cuando se hablaba de los bienes y ganancias se dice «Patrimonio», expresión universalizada para indicar bie­nes y ganancias y no solamente familiares. (En latín «patrimonio» significa los bienes del padre).
Si alguien todavía tiene dudas, voy a transcribir las definiciones que da el Catecismo Romano, editado después del Concilio de Trento en el siglo XVI y que rigió la praxis matrimonial de Occidente hasta nuestros días. Cito textualmente:
«Llamase Matrimonio porque la mujer debe casarse principalmente para ser madre, o por ser propio de la madre concebir, dar a luz y criar a los hijos. Se llama también Unión Conyugal, del verbo latino conjúngere, porque la mujer legítima se enlaza con su marido como con un yugo. Asimismo se llama Nupcias porque, como dice san Ambrosio, por causa del pudor se cubrían con un velo, con lo que parece significarse también que las mujeres deben obedecer y estar sujetas a sus maridos»
Supongo que el lector no necesita que haga comenta­rios. Lo triste del caso es que esta mentalidad perdura hasta nuestros días.
Como las mujeres fueron educadas desde su nacimien­to en esta mentalidad, a nadie sorprenderá que «natural­mente» sientan el matrimonio como un deber hacia el hombre y sean obedientes como quien está bajo un yugo.
Así, pues, la famosa pasividad de la mujer no nace de su naturaleza sino de los decretos de los varones y de una educación religiosa y civil que perduró por siglos y milenios. Esa fue la sexualidad que nuestros antecesores » crea­ron» para la mujer.
Pero, ¿qué pasa ahora que estamos creando otra sexua­lidad y que la podemos seguir recreando desde perspecti­vas y valores diferentes y aún contrapuestos?
Todo lo dicho para la mujer, vale para el varón desde la perspectiva opuesta: se lo diseñó y educó para ser cabeza de familia, el personaje importante, el que decide, el que maneja el dinero, el que puede trabajar y debe hacerlo afuera para sostener a su familia, el que tiene que dirigir los destinos de un país o de la Iglesia; el que tiene que tener la mente fría, el que debe dejar de lado sus sentimientos, el que debe luchar y hacer la guerra, el que tiene que enarbo­lar ante todos el gran orgullo de haber nacido varón.
Todavía hoy dentro del Judaísmo los judíos ortodoxos recitan la famosa oración: «Gracias, Señor, porque no me hiciste mujer», una oración que seguramente está en el inconsciente de la mayoría de los hombres y que hunde sus raíces en los mismos orígenes bíblico-semitas..
Hoy estamos intentando dar vuelta esta triste página de la historia, y entonces volvemos a hacemos la pregunta: ¿Qué es eso masculino y femenino?
Antes de responder a esta pregunta, vamos a hacer otro planteo: vamos a tomar todas las cualidades y posturas que solemos tener los seres humanos y las vamos a ir agrupando de acuerdo con esos «pares» de los que habla­mos renglones arriba.
A un grupo lo llamaremos Alfa y al otro Beta. (Ejemplo aclaratorio: si a la luz la llamo Alfa, la noche es Beta; si lo delgado es Alfa, lo grueso es Beta, y así sucesivamente).
Alfa: el ser humano razona, se muestra objetivo y frío, hace cálculos, prevé dificultades, vuelve a reflexionar y al fin decide.
Beta: el ser humano siente, se emociona, se deja llevar por sus sentimientos y actúa conforme a estos.
Alfa: el ser humano se vuelca hacia dentro de sí mismo, es pensativo, se deja llevar por su mundo interno, es poco comunicativo y tiende a separarse o aislarse de la realidad externa.
Beta: el ser humano se vuelca hacia afuera de sí mismo, es expresivo y comunicativo con el mundo externo, y tiende a ligarse con la realidad externa.
Alfa: el ser humano se interesa por la acción y la actividad, construyendo cosas, dedicándose a la técnica y a la industria; goza en estar ocupado en mil quehaceres y se siente satisfe­cho por su alto rendimiento en el nivel del hacer.
Beta: el ser humano se interesa por la contemplación de la realidad y por adaptarse a ella, dedicándose a mirar internamente la realidad; goza en dejarse llevar por la armonía de la realidad externa y se siente satisfecho cuan­do tiene una alta conciencia interna de lo que le pasa y de lo que pasa a su alrededor.
Alfa: el ser humano interpreta la realidad externa desde sus dimensiones y desde la utilidad que puede darle a los objetos; se interesa por las matemáticas, la ingeniería y la construcción de una civilización con multitud de objetos útiles para el confort y el rendimiento.

Beta: el ser humano interpreta la realidad desde su belleza y armonía y desde la estética que busca en todos los aspectos de su vida; es creativo del arte en cualquiera de sus expresiones, más preocupado por un mundo armónico y agradable. Inventa desde su imaginación aunque sus objetos no tengan una utilidad pragmática.

Alfa: el ser humano se preocupa por su fuerza física, por la destreza y la velocidad, por competir con otros y superarlos. Goza luchando y consiguiendo triunfos para demostrar a otros su superioridad, hasta con cierta violen­cia y agresividad.

Beta: el ser humano se preocupa por la gracia de sus movimientos mediante los cuales logra seducir a otros y establecer contactos. Prefiere una buena relación de igual a igual antes que el hecho de dominar. Rehúye de toda situación de violencia y agresividad, prefiriendo el camino de la relación afectuosa y serena.
Alfa: el ser humano se muestra competitivo con los otros intentando superarlos de cualquier forma; antepone siempre sus intereses a los de los demás y goza estable­ciendo diferencias que lo hacen sentirse superior. Beta: el ser humano se muestra solidario con los otros intentando de todas formas integrarse a ellos, compren­derlos y resolver sus problemas; sin descuidar sus intere­ses, igualmente se preocupa por los de los otros, y goza cuando se siente útil a los demás.
Alfa: el ser humano toma conciencia de sus impulsos, sensaciones y pasiones, y busca por todos los medios dominarlos, adquiriendo el mayor control posible. Tiende a ser muy reflexivo y cauto en sus manifestaciones. Entiende que la perfección radica en este fuerte control sobre su vida espontánea.
Beta: el ser humano toma conciencia de sus impulsos, sensaciones y pasiones y busca darles expresión de la forma más espontánea posible. Prefiere ser natural y suelto en sus manifestaciones y entiende que la perfección radica en mos­trarse tal cual es, y espera de los demás otro tanto.
Alfa: el ser humano reflexiona lo necesario ante un problema o conflicto, especialmente en sus relaciones, y luego torna decisiones con firmeza, mostrándose altamen­te resolutivo y seguro de sí mismo.
Beta: el ser humano reflexiona largamente ante un conflicto e intenta resolverlo por la vía de la negociación, buscando puntos intermedios y prefiriendo el consenso con el otro o matizando aristas.
Alfa: al ser humano le encanta seducir y declarar su amor a otra persona, toma la iniciativa sexual y se compor­ta deshinibidamente, buscando ante todo el placer sexual físico.
Beta: al ser humano le encanta ser seducido y sentirse amado, acepta la iniciativa sexual de otro, anteponiendo la ternura y el afecto, las caricias y los mimos a otras manifes­taciones eróticas.
Bien, detengámonos un momento aquí, no porque la lista haya terminado sino porque por ahora es más que suficiente para el tema que nos ocupa.
Lo que hemos hecho fue describir una serie de pares de actitudes o factores, ninguno mejor o peor que el otro, sino que todos ellos comúnmente presentes en nuestra cultura, aunque algunos de ellos son más valorados por ciertas personas o culturas.
Si volvemos a leer esta lista de Alfa y Beta, podremos observar, sin forzar el significado, que cualquiera de estas cualidades o actitudes las podemos tener nosotros, cual­quiera sea nuestro sexo, que las podemos ver en cierta proporción tanto en mujeres como en varones.
Así podemos decir que nuestro amigo Ernesto tiene algunas cualidades Alfa y otras Beta; que nuestra prima Inés descuella más por las cualidades Beta, en tanto nues­tra cuñada se caracteriza por cualidades Alfa … y así suce­sivamente.
Si nos hiciéramos un autoexamen podríamos compro­bar si en general nos inclinamos más por los factores Alfa o por los Beta, o en qué medida los tenemos todos con ciertos matices o según ciertas circunstancias.
En cualquiera de las situaciones Alfa o Beta siempre hablamos «del ser humano», ya que la experiencia -y no los libros- así lo testimonia.
No existe ley natural y genética alguna, como ningún tipo de educación que obliguen a una persona, cualquiera sea su sexo, a identificarse solamente con los factores Alfa o con los Beta.

Bien, si hasta aquí estamos mínimamente de acuerdo, demos un paso adelante.

Ahora a todos los factores Alfa los vamos a llamar Masculinos; y a todos los factores Beta los vamos a llamar Femeninos.

¿Por qué? Porque tenemos que darles algún nombre, así como a unos factores los llamamos altos en contraposición con otros que llamamos bajos, sabiendo que se trata de una denominación puramente relativa. Pero podríamos tomar otra denominación cualquiera, por ejemplo la tan mentada clasificación planetaria por los conocidos pares: cualidades de tipo Sol (lo consciente, el brillo externo) o tipo Luna (lo inconsciente, el brillo inter­no); tipo Marte (fuerza, agresión y violencia) o tipo Venus (amor, pasión, seducción); tipo Saturno (obsesión, introversión) o tipo Júpiter (expansión, extraversión).

Entonces llegamos a la siguiente conclusión: los seres humanos, cualquiera sea nuestro sexo, podemos tener más marcados los factores Alfa o los Beta; o bien podemos tener una mezcla más o menos igualitaria de ambos; o un poco de Alfa y bastante de Beta; o en unos casos, mucho de Beta y en otros mucho de Alfa.

Es probable que descubramos que las personas que en  varios casos tienen más el factor Alfa, también tengan Alfa  en los otros casos; y viceversa con el factor Beta.

También podremos comprobar que en ciertos ambien­tes culturales o en ciertos sistemas educativos, los factores Alfa son más típicos de los varones; mientras que los Beta lo son de las mujeres.

Si somos muy perspicaces, puede ser que descubramos que ciertos varones tienen muy subrayado el factor Beta­-femenino, y esto nos deja sorprendidos. Pero también quedaremos sorprendidos al comprobar que hay mujeres que sobresalen por el factor Alfa-mascu­lino.

El lector ya puede descubrir nuestra hipótesis de trabajo: hago una distinción muy importante: una cosa es ser varón o mujer, y otra cosa diferente es lo masculino y lo femenino. Ser varón o mujer es un concepto definido por la organicidad del cuerpo, particularmente de los órganos genitales.

Ser masculino o femenino es un concepto definido por un conjunto de cualidades o actitudes. Una cosa es la constitución física de los cuerpos y otra su constitución psicológica.

Si bien a nivel físico puede existir el hermafroditismo (tener los genitales femeninos y masculinos), en general existe una tendencia a definirse o como cuerpo de varón o como cuerpo de mujer de una manera clara y definitoria.
En cambio a nivel psicológico, de cualidades y actitudes «llamadas» masculinas o femeninas, la tendencia no es la definición de un concepto por la exclusión del otro, sino más bien la presencia de ambos factores aunque en pro­porciones distintas.

Podemos hablar, en este sentido, de cierto herma­froditismo psicológico subyacente en todos los seres humanos, con diferencias más bien provenientes del ambien­te cultural.

Así conocemos a muchos varones muy espontáneos y sensitivos, emocionales, intuitivos y proclives al arte (to­das ellas cualidades llamadas femeninas).

También conocemos a mujeres racionales, introvertidas, frías, calculadoras y pragmáticas (todas ellas cualidades llamadas masculinas).
En la práctica nos resultará imposible encontrar a un varón que tenga solamente cualidades Alfa-masculinas; y lo mismo nos sucederá con mujeres de cualidades Beta­-femeninas.

Pero el problema se complica cuando nos preguntamos qué tipo de cualidades esperamos encontrar en una mujer o en un varón… en nuestra cultura.

También podemos preguntamos si en nuestra cultura o país apreciamos más los factores Alfa o los Beta. Creo que en Occidente siempre hemos valorado como superiores los factores Alfa: inteligencia, productividad, compe­titividad, agresión, obsesión, rendimiento, etc. No por nada somos herederos de la cultura greco-latina que ensal­zó estos aspectos por sobre todos los demás.

Sin embargo, hay países, especialmente en Oriente, la India por ejemplo, donde los factores Beta-femeninos son muy apreciados, tal como lo hace el Budismo, por ejemplo.

Pero tengamos cuidado con lo siguiente: que una cul­tura ensalce los factores Beta-femeninos no quiere decir que por eso tenga a la mujer como superior al hombre, sino que aún en los varones se valorizan los factores Beta.

Por eso hicimos la primera pregunta: qué factores esperamos encontrar en una mujer o en un varón.

Cuando a un varón cualquiera le preguntamos por su mujer ideal, es probable que nos responda que tiene que ser hermosa, dulce, sensual y cariñosa… ¿Y por qué no inteligente, activa y con dotes de mando? Muchas mujeres nos dirán que su hombre ideal tiene que ser alto, fuerte, decidido, emprendedor y seguro de sí mismo… ¿Y por qué no sereno, cariñoso, sensual y afectivo?
Quienes tenemos experiencia como psicoterapeutas de parejas nos encontramos con mucha frecuencia con pare­jas que tienen los factores Alfa y Beta invertidos con respecto a lo que nuestra cultura espera.

Así la esposa es decidida, emprendedora, resolutiva, firme y pensante; mientras el marido se apoya en la decisión de su mujer, es menos emprendedor, pero más flexible, afectivo y contem­porizador …

Así, pues, responder qué es lo típico del varón y qué es lo típico de la mujer no resulta nada fácil cuando varones y mujeres llevan cientos de miles de años de cultura, costumbres, instituciones y esquemas educativos que fue­ron conformando a unos y a otras desde ciertas expectati­vas e infinidad de factores históricos, climáticos, sociales, etc.
Esto nos lleva a cierta conclusión aproximativa: la forma de ser varón o mujer es algo que se va creando en cada cultura y época, no sin olvidar que cada ser humano nace con cierta estructura de personalidad que puede subrayar más los factores Alfa o los Beta.

También afirmamos que todo varón tiene factores Alfa y Beta, aunque en nuestra cul tura se espera que primen los Alfa.

En toda mujer encontraremos también los dos factores, aunque en nuestra cultura esperamos que primen los Beta.Más aún: sería lamentable que, por ejemplo, los varo­nes no cultivaran los factores Beta-femeninos, la expresividad de sus sentimientos, la ternura, la contem­plación, etc. Tan lamentable como que las mujeres no desarrollaran los factores Alfa-masculinos, el pensamiento, la lógica, la actividad, lo competitivo, etc.

La cultura occidental tradicional ha sido tajante en este aspecto al punto de ver muy mal a un varón cariñoso con sus hijos o expresivo de sus sentimientos; de la misma forma que condenaba a una mujer que le gustaba estudiar o escribir (basta recordar esa excelente película realizada precisamente por una mujer: «Yo, la peor de todas»).

De la misma forma, en nuestra cultura se acepta mejor a una mujer audaz, emprendedora, racional y fría; pero se sospecharía de homosexualidad si se ve a un varón afectivo, pausado, poco emprendedor y cariñoso. Confirmando estas hipótesis podemos observar un fenómeno que se da en muchas parejas tras años de convivencia: al cabo de cierto tiempo el varón «aprende» a sentir y pensar la realidad desde las categorías de su esposa; y viceversa.

Lo mismo sucede en colegios mixtos y otras institucio­nes del estilo: vamos descubriendo lo enriquecedores que son los factores que uno menos tiene, y cómo desde la convivencia armónica con el otro sexo nos podemos enri­quecer mutuamente.

Desde mi rol de psicoterapeuta lo pude comprobar en multitud de casos: así, por ejemplo, el varón aprende a demostrar sus sentimientos o a ser menos racional y especulativo; y la mujer aprende a controlarse en ciertos momentos y ser un poco más pragmática, por poner un simple ejemplo.En definitiva: la sexualidad se va haciendo y creando en cada cultura y en cada sujeto.

Por eso hoy en Occidente vivimos una crisis de identidad sexual: las mujeres no aceptan el factor super Beta que siempre se les asignó, mientras que los varones acostumbrados al factor super Alfa se encuentran desconcertados al comprobar que ha apare­cido una inesperada competencia …

No falta quien afirma que éste es uno de los motivos del auge de la homosexua­lidad especialmente masculina. El varón, «despojado» de ciertos roles o factores tradicionales, no encuentra un modo de ser que sea masculino pero diferente al menos en sus matices de los previamente concebidos.

Algo parecido sucede con muchas mujeres (cierto sec­tor del feminismo a ultranza) que dejan más de una duda acerca de su identidad sexual. ¿Qué nos da, entonces, la naturaleza a los varones y a las mujeres como algo innato y específico? Aparentemente bastante poco o casi nada. Y yo agrega­ría «felizmente».

Esta es nuestra tarea: adoptar aquella modalidad, crear­la y recrearla constantemente, tratando de enriquecemos con los factores Alfa y Beta, sumándolos y no restándolos.

Claro que hay culturas e instituciones que se especiali­zan en «fijar» las características psicológicas de uno u otro sexo, cercenando, castrando y deteniendo el enriqueci­miento de aquellos factores que los orientales llamaron Yan y Yin, Y que nosotros llamamos Alfa y Beta, o mascu­linos y femeninos.

Un ejemplo más para seguir aclarando esta situación que quizá tome desprevenido a algún lector.

Durante el siglo pasado, en Occidente, particularmente en España, Inglaterra y Alemania, y países de influencia, el ideal de mujer, según el modelo victoriano o católico ­protestante, era una persona que no goce sexualmente, muy poco seductora, reprimida, más cercana a la virgini­dad y madre por sobre todo. Simultáneamente y más allá del Mediterráneo, tanto los árabes como los pueblos del lejano Oriente concebían a la mujer como un ser muy sensual, con una gran capacidad de gozo sexual y seducción, e ignorando totalmente el valor de la virginidad.

Curiosamente, ambas culturas coincidían en subesti­mar a la mujer y considerarla subordinada al varón, amo y señor de la casa y de todas las instituciones sociales y religiosas.

Al mismo tiempo en esta misma área geográfica se entendía en Occidente que la religión era cosa de mujeres (y de niños), mientras que en los países árabes y orientales la religión era y es fundamentalmente cosa de varones, concepto éste característico del mundo bíblico judaico.

Es probable que muchos lectores se pregunten: ¿Pero acaso las mujeres no son por naturaleza más intuitivas que el varón, o más preocupadas por los hijos, o más volcadas hacia la interioridad dado que sus órganos genitales son internos y engendran la vida dentro de sí mismas? ¿Acaso las mujeres no le dan más importancia a los sentimientos, y en su tipo de razonamiento no se muestran más analíticas que el varón? ¿Acaso los varones no tienen más tendencia a la psicopatía social y a cometer delitos, al revés de lo que les sucede a las mujeres?

Es muy difícil responder a estos y otros interrogantes cuando por miles y miles de años las mujeres debieron reforzar ciertos aspectos de su personalidad, en gran medida para defenderse de la agresividad del medio ambiente e incluso de los varones.
Mientras los sociólogos se inclinan por la predominancia de los factores culturales, los psicólogos se hallan dividi­dos en su postura.

Pero cuando hacemos los tests de personalidad, nos sorprendemos al encontrar factores Alfa y Beta en uno y otro sexo; estando las patologías psíquicas también distribuidas en proporciones iguales o parecidas. Es curioso que la anorexia (negativa a comer) se da más en las mujeres, también más preocupadas por su dieta y la línea estética de su cuerpo.

Hay algo más importante que las diferencias o semejanzas

Pero más importante que esta respuesta, y es a este punto a donde quiero llegar, lo realmente interesante es que aquí y ahora convivimos estos varones y estas muje­res, y más allá de las cualidades o factores que tengamos, lo que a todos nos resulta positivo y constructivo es aprender a integramos, a respetar la forma de ser de los otros y otras, a comprender que en el ser humano hay muchas formas de ver e interpretar la realidad; y que, gracias a la inter-relación sexual, nos podemos enriquecer mutuamente.

Tarde o temprano la mayoría de los seres humanos vamos a formar una pareja: y si nadie se casa por la suma de cualidades que ve en el varón o en la mujer elegidos, tampoco tiene importancia cómo es en la práctica cada uno de ellos, sino cómo pueden congeniar y «emparejarse» de tal forma que su vida resulte un camino agradable, feliz y propicio para el mutuo crecimiento e intercambio de experiencias y valores .

En la práctica vamos a convivir con «este» hombre o «esta» mujer, y no con la mujer o el hombre ideal o standard; por tanto, no sólo no podemos exigirle a nuestra pareja que sea como nosotros queremos o la imaginamos o lo leímos en un libro de psicología de los sexos, sino que tendremos que aprender… aprender a amar a nuestra pareja en cuanto alguien distinto de nosotros mismos, aprender a enriquecemos con su punto de vista y su forma de encarar la vida, y serán nuestros hijos los que recibirán el fruto de ese mutuo enriquecimiento o serán las víctimas de una lucha por hacer primar un criterio u otro conside­rado como el únicamente válido.

Los varones, no solamente debemos reconocer cuanto hay de femenino en nosotros, en una u otra proporción, sino que desde la compenetración con la mujer enriquece­remos nuestra personalidad hasta límites nunca soñados.

El mismo criterio vale para las mujeres. Cuando cada sexo reconoce lo que tiene del otro, entonces puede com­prender al otro desde el conocimiento de sí mismo. Si vemos lo masculino o lo femenino como un «opuesto», jamás lograremos comprenderlo ni va­lorarlo ni respetarlo.

El arte de la relación en pareja -la gran crisis de nuestra época- estriba en primer lugar, en dar fin a la guerra de los sexos-opuestos, comprendiendo, en segundo lugar, que cada uno de nosotros, varón o mujer, tiene componentes o factores masculinos y femeninos, y que es la integración de estos componentes masculinos y femeninos lo que confor­ma “el ser humano total».

He aquí el gran enriquecimiento que nos da la pareja intersexual: no sólo valoramos ambos componentes sexuales en nosotros mismos, sino que nos enriquecemos con el aporte de nuestra pareja. Este es el destino de la evolución del cosmos y de la humanidad en millones de años: unir y enriquecer. Enton­ces evolucionamos, crecemos y maduramos.

Dominar a nuestra pareja, anulada o desvalorizada, es anulamos a nosotros mismos negándonos a otras formas de concebir la vida y de recreamos desde nuevas perspec­tivas. Eso es la destrucción, la guerra y la muerte.

Entre paréntesis: es la misma experiencia que podemos tener cuando nos enriquecemos con otras culturas, abrién­donos a sus valores y a su forma de interpretar la vida. Lástima que nos cueste tanto emprender este camino por esa manía tan humana que tenemos de destruir lo que nos resulta diferente.

Algo tristemente famoso en la conquista y colonización de América. Si nadie tiene «la suma del ser humano», sumémonos a otros seres humanos mediante el diálogo, la integración, la solidaridad y el amor, y descubriremos que cada día «somos más ser humano».

Y entiendo que esto es lo más enriquecedor y fascinante de la aventura de relacionarnos inter-sexualmente: suma­mos vida a la vida, Yan al Yin, Alfa a Beta, masculino a femenino.

  1. Definirnos sexualmente. Indefinición y Bise­xualidad

Cuanto llevamos dicho en el tema anterior nos introdu­ce espontáneamente en el no menos complejo tema de la definición sexual de cada ser humano como varón o como mujer, y en el problema de la bisexualidad y de la homo­sexualidad. Hagamos, ante todo, un breve recuerdo de la mitología de muchos pueblos que nos hablan de la primitiva androginia o bisexualidad del primitivo ser humano. (Androginia es una palabra griega compuesta por: “aner, andrós” que signi­fica varón, y “guiné, guinaica” que significa mujer)

Tomamos datos del Tratado de Historia de las Religiones del gran investiga­dor rumano Mircea Eliade, Edic. Cristiandad, Madrid.

Así como se concebía al dios supremo como andrógino y, por tanto, capaz de autogeneración, también se entendía en infinidad de tradiciones que el primer antepasado humano, el hombre primordial o mítico, era andrógino. Incluso muchos comentarios rabínicos de la Biblia en­tienden que Adán fue originariamente andrógino hasta que Dios separó la parte femenina y surgió así la mujer Eva.

Los griegos, entre otros Platón, tenían un pensamiento similar, como los australianos, chinos, hindúes, etc.Prueba de esta concepción andrógina  (o bisexualidad) es que se concebía al ser humano original como esférico, ya que la esfera simbolizaba la perfección de la totalidad como lo vemos aún hoy en el famoso signo del Yan–Yin, que es una esfera dividida armónicamente por una curva interna; en otras culturas se trata .de un gran huevo que originaba después a la pareja.

Otro signo de este concepto andrógino son los rituales de muchos pueblos que en ciertas fiestas prescriben que los varones usen vestidos femeninos y viceversa, simbolizando así una vuelta al estado original perfecto.  Por otro lado, la biología nos enseña que en sus prime­ras semanas el feto también es de alguna manera andrógino, y luego poco a poco se va definiendo por un sexo u otro.
Lo cierto es que los seres humanos estamos conforma­dos tanto por elementos masculinos corno por femeninos, en proporciones variadas en una gama casi infinita.
Y que si la naturaleza, por lo general, nos da un cuerpo orgánicamente definido (nace un varón, nace una nena), definirnos como masculinos o como femeninos nos puede llevar un largo tiempo, dándose muchos casos en que la indefinición sexual se prolonga y hasta estabiliza, o bien alguien con cuerpo de varón se identifica más con lo femenino y viceversa.
Continuando con las reflexiones del punto anterior, diríamos que si bien todos tenemos componentes femeni­nos y masculinos, cuando un varón tiene un exceso de componente femenino tenderá a identificarse con ese sexo, y entonces hablamos de homosexualidad (en griego “omoios” significa “semejante, el mismo”), situación que inclina al varón hacia el varón; otro tanto, y a la inversa, sucede con las mujeres llamadas lesbianas
(El nombre proviene de la isla griega de Lesbos, donde hacia el año 600 aC, la poetisa Safo cantó en sus versos el amor entre mujeres, lo que parecía ser una costumbre del lugar).

Pero antes de ahondar un poco más en la homosexua­lidad, un problema que nuestra sociedad no tiene resuelto ni asumido, diferenciemos algunos conceptos que son muy importantes tenerlos en cuenta especialmente en la adolescencia, la edad típica de búsqueda de la propia identidad sexual.

Distinguimos: Indefinición sexual: se da, especialmente en muchos adolescentes, que aún no han encontrado su forma de ser sexual, fluctuando entre lo masculino y lo femenino.

Este fenómeno se da con relativa frecuencia y puede ser acen­tuado cuando los padres no muestran un claro modelo de pareja sexual.
Bisexualidad: el individuo siente tanto la atracción por el otro sexo corno por el sexo semejante. En la práctica terapéutica se ven muchos de estos casos, incluso de personas casadas y con hijos. La personabisexual siente ambas atracciones con las que convive, con todo el drama interior y también familiar que ello implica.

Homosexualidad: el sujeto claramente se identifica en forma inversa a la esperada y siente inclinación natural de contacto con personas de su propio sexo.

4. Hacia una comprensión de la homosexualidad

La homosexualidad es conocida desde la más remota antigüedad y fue valorada en forma muy dispar. Así los griegos le tenían un gran aprecio (una especial amistad o filía entre varones), incluso superior a la relación intersexual, y constituía una práctica muy exten­dida. En muchos pueblos los homosexuales encuanto “dife­rentes” eran elegidos corno brujos, chamanes o videntes del clan o tribu.

En otras, eran sacerdotes del templo o tenían a su cargo el cuidado del harem del rey o de las sacerdotisas.
En muchos casos se trataba directamente de “eunucos” o castrados.
En la cultura bíblica eran considerados como “abomi­nables” y su práctica estaba condenada con la pena de muerte. La destrucción de Sodoma (de donde el nombre de “sodomía”) y Gomorra, ciudades enclavadas en lo que hoy es el Mar Muerto, se debió según el mito bíblico a un castigo divino por medio del fuego, debido a la expansión de la práctica homosexual (cap. 18 y 19 del Génsesis).
Hoy, a pesar de los avances de la biología y de la psicología, no hay acuerdo general ni mucho menos, sobre el origen o la causa de la homosexualidad. Si para unos es una desviación de la naturaleza (“inver­tidos”), para otros es una perversión psicológica (Freud) o moral (Iglesias) o simplemente una enfermedad que po­dría ser curada con cierto tratamiento psicológico.

Unos insisten en su origen educativo desde una familia donde los roles de los padres no están bien diferenciados, suponiéndose que una madre sobreprotectora hacia el hijo varón lo predispone a la homosexualidad.

Otros insisten en que se trata más bien de un factor cultural cuando el varón no encuentra su lugar en una sociedad en crisis de identidad, etc.

Finalmente, cada vez toma más cuerpo la teoría bioló­gica de que en el cerebro del homosexual habría cierto elemento o factor que provoca la tendencia homosexual. Últimamente han aparecido numerosos artículos en revis­tas especializadas y en diarios sobre este asunto.

Personalmente y desde una larga praxis terapéutica con homosexuales, amén de otras investigaciones, entien­do que existe el homosexual nato que llega al mundo con una inclinación hacia el mismo sexo,inclinación que ya tiene manifestaciones en la infancia y se define claramente en la adolescencia y vidaadulta.

He podido comprobar numerosos casos con estas características. Por lo general en nuestra sociedad el homosexual nato sufre su situación pues se siente diferente, por un lado, y discriminado por otro si se manifiesta como homosexual.
A menudo recurren a la terapia durante la adolescencia o juventud para confirmar una tendencia que la sienten natural e interna, y que no pueden modificar; esperan más bien poder asimilar su condición dehomosexuales con todos los miedos que esto implica ante sus padres y la sociedad en general.

Hay casos en que la homosexualidad, o mejor dicho, la práctica homosexual se da por contaminación educativa, como en los internados, seminarios e instituciones donde conviven personas exclusivamente del mismo sexo.
También mi práctica profesional me permitió descubrir hasta qué punto ciertas instituciones exclusivas para varo­nes o mujeres, aun en ambientes religiosos, provocan intercambios sexuales entre los compañeros en grados increíblemente altos.

Tampoco es un misterio que en las cárceles e institucio­nes militares, cuando no hay contacto con mujeres, las rela­ciones homosexuales suelen darse con relativa frecuencia. Cuando se trata de homosexualidad adquirida en estas circunstancias, generalmente el tratamiento es más eficaz, y en muchos casos basta salir de esos ambientes para que el sujeto reencuentre su partenaire sexual al que tenía vedado el acceso.
Al hablar, pues, de homosexualidad me refiero a lo que llamo la “típica homosexualidad”, cuando el sujeto siente corno natural y propia la tendencia al mismo sexo, perma­neciendo indiferente ante el otro sexo.

Hoy la homosexualidad ha saltado al primer plano de estudios especializados, revistas y medios de comunica­ción en general. Aparentemente es un fenómeno más extendido que en otros tiempos, o al menos, más manifes­tado con sus clubes, asociaciones e instituciones de todo tipo. En algunos países ya se legaliza la pareja homosexual.
Pero lo que, por lo general, sigue sin cambio es el prejuicio social hacia los homosexuales. Mientras se les otorgan los epítetos más descalificativos e injuriantes, por un lado, por otro son tratados en plan de chanza y broma constante, tanto en la vida cotidiana como en la televisión.

Desde las religiones tradicionales se continúa con la descalificación moral, como si los homosexuales fueran seres perversos y de bajos instintos, en estado permanente de pecado. Paradójicamente es dentro de las instituciones religio­sas celibatarias donde encontramos una gran cantidad de homosexuales que intentan por esta vía darle cierto cauce sublimado a su tendencia.

Lo cierto es que la población homosexual o bisexual es un impor­tante sector de nuestra sociedad, se calcula entre un 10 y un 15 por ciento, que, salvo en ciertas esferas donde son mejor considerados, como en el artístico, todavía están esperan­do un mínimo gesto de comprensión hacia una situación en la que los puso la naturaleza y frente a la cual no tienen otra opción.
El análisis de tantos importantes homosexuales de la historia -sin excluir grandes artistas y personajes religio­sos- como la práctica profesional me han hecho descubrir que los homosexuales son seres humanos capaces de una gran sensibilidad, calidad de vida y capacidad para la entrega, la reflexión, el arte y la mística.

La nobleza de sus sentimientos es algo profundamente llamativo, como su capacidad de “soportar” la discriminación y la persecu­ción social.
Pretender -como se sigue haciendo- hablar de prostitu­tas, homosexuales y drogadictos en un tono despreciativo y condenatorio, y colocándolos en el mismo estante, es un signo más de la enfermedad de intolerancia y bajeza de una sociedad hipócrita que encuentra chivos emisarios a su propia cuota de sadismo y violencia.

Pareciera que bastara ser heterosexual para ser una persona honesta y valiosa, llena de todas las virtudes, cuando encontramos entre los heterosexuales a los más grandes criminales de la historia y personajes nefastos bajo todo punto de vista.
Si a los homosexuales les cuesta convivir con su tenden­cia, a los heterosexuales nos pasa otro tanto, pues nadie tiene un seguro de madurez y de salud mental.

Si hay homosexuales que por equis circunstancias caen en un cierto tipo de prostitución (y no hace falta que escriba el calificativo que les damos) y hasta exhibicionismo, con­vengamos en que son los menos; por otra parte, entre los y las heterosexuales es muy difícil encontrar a alguien que se anime a tirar la primera piedra y que no tenga algo que reprocharse en su comportamiento sexual, tanto con su pareja como en otras situaciones.
Comprendo, y lo he vivido en mi consultorio, cuánto les cuesta a los padres aceptar un hijo o una hija homo­sexual (“Nunca aceptaré que mi hijo sea un p … “, me decía una madre); pero es bueno recordar que ser homosexual no es ningún crimen ni pecado ni ofensa a nadie.

En todo caso, si hay que hablar de víctimas, son los propios homosexuales los que así pueden sentirse cuando por una circunstancia fortuita de la naturaleza tienen que soportar la discriminación y la burla, cuando no la clandestinidad, durante toda su vida.
Condenar a los homosexuales que practican su homo­sexualidad nos resulta cómodo y fácil; pero sería intere­sante preguntarnos cómo procederíamos si estuviésemos en su situación; o cómo haríamos si alguien nos quiere obligar a cambiar nuestra tendencia heterosexual por la homosexual. Exactamente eso es lo que les pasa a los homosexuales cuando se los condena porque sienten lo que sienten, y cuando no sienten lo que no pueden sentir.

Quizá dentro de algunos años la ciencia logre mejores resultados, al menos para aquellos que quieren modificar su tendencia homosexual para ajustarse a la tendencia considerada normal (la norma de la sociedad).
Entre tanto, si para algo sirven mis palabras: un llama­do a la coherencia con nuestros principios tantas veces declamados de democracia, solidaridad, justicia y amor.

Volvamos a la idea central: necesita­mos aprender a vivir con nuestra sexualidad, a darle forma y a encontrarle un sentido. Y necesitamos aprender a respetar cómo otras perso­nas viven su sexualidad con la misma buena intención y honestidad con que lo hacemos nosotros.

Este es un principio elemental de convivencia y sociabilidad.

Biólogos, ginecólogos, andrólogos, pedagogos y psicó­logos intentan fórmulas para que cada uno encuentre su camino y su forma sana de vivir sexualmente. Entre tanto, toda la sociedad, comenzando por los padres, tiene que poner su cuota de solidaridad, respeto y valora­ción, algo mucho más difícil pero mucho más necesario que talo cual invento médico o teoría psicológica.
Cuando especialmente los jóvenes que viven un pro­blema de indefinición sexual o de definida homosexuali­dad encuentran esta comprensión y este cariñoso respeto, este sentirse amados por lo que son y no por lo que debieran ser y no pueden ser, entonces sienten aquel alivio que les permite asumirse a sí mismo con todas las limita­ciones del caso; y logran, al mismo tiempo, desarrollar todas sus capacidades intelectuales, artísticas y creativas que hacen de ellos seres excepcionales en muchos casos.

Destaquemos, de paso y como elemento positivo, que en muchas películas nos hemos sorprendido por el alto nivel con que se trata el tema de la homosexualidad. Tal el caso de la excelente película “El beso de la mujer araña” que nos muestra, y  no desde esquemas idealizados, hasta qué punto un homosexual puede ser capaz de un altruismo heroico y de los más auténticos sentimientos humanos.
Por todo esto hemos insistido en el punto anterior cómo todos tenemos nuestro componente homosexual (femeni­no o masculino).

Aceptar ese componente nos permite comprender a la homosexualidad como una especie de exageración en el componente complementario. (Exceso de factor Beta en los varones; y viceversa en las mujeres).

Cuando superemos nuestros tabúes sexuales y cuando descubramos –según nuestros principios declamados– que un ser humano vale por lo que es, por sus cualidades internas, por cómo siente la vida, por su solidaridad y capacidad de amor, y no tanto por tal o cual contingencia física o psíquica, estaremos a un paso de alcanzar nuestra estatura de personas honestas y coherentes.

Y desde esa honestidad y coherencia propongamos a los homosexuales alguna propuesta que no pase por la tortura de la soledad y de la castidad obligatoria.
Porque lo sexual más que en el coito está en la forma en que nos relacionamos entre los seres humanos, con amor o con odio o indiferencia … al menos esto es lo que siempre se nos ha enseñado desde las páginas sagradas de los libros religiosos y desde la pluma de los grandes pensadores.

La amorosa aceptación y el respeto de los homosexua­les –como de otras minorías excluidas y anatematizadas, mujeres, negros,  indios, etc.- es la prueba para demostrar nuestra coherencia y honestidad… o nuestra bienamada hipocresía.
Una última observación: todos los autores coinciden en que la homosexualidad femenina es bastante más comple­ja y tiene connotaciones diferentes de las del varón, si se quiere mejor visualizada y evidente.Pareciera que la mujer es más proclive en todo caso a la bisexualidad que a la homosexualidad.

También es importante tener en cuenta que, se trate de varones o de mujeres, hay diversos tipos de homosexua­lidad.

En nuestro medio, por ejemplo, la clásica homose­xualidad masculina es la del afeminado. Por eso nos sorprendemos cuando ciertos hombres tan varoniles son homosexuales. En una pareja homosexual masculina, nor­malmente uno de ellos adopta la posición femenina y el otro, la masculina o de penetración.Algo similar nos pasa con las mujeres lesbianas: tende­mos a suponer que se trata siempre de mujeres “machotas”, feas e intelectualoides y agresivas. Pero la realidad nos muestra mujeres lesbianas con rasgos que todos definimos corno claramente “femeni­nos”.

Todo esto hace de la homosexualidad un fenómeno que está aún muy lejos de ser explicado científicamente, tanto desde la biología, corno desde la psicología y desde la sociología. Por eso insistimos en una alternativa, no tanto de comprensión científica, cuanto de comprensión afectiva y solidaria.
Homosexualidad, arte y religión
Desde el punto de vista social y psicológico, he podido comprobar que los homosexuales tienen dos formas bas­tante frecuentes de asimilación y sublimación de su homo­sexualidad: el arte y la religión.

Tanto en culturas antiguas corno en la nuestra resulta frecuente observar que la homosexualidad (¿o bise­xualidad?) se halla muy emparentada con lo artístico y lo religioso, o místico.

Entre los artistas –poetas, pintores, escultores, músicos- desde siempre se comprobó la gran cantidad de homosexuales, y hoy lo comprobamos en el llamado “mundo artístico” del escenario y del cine, del show y del espectáculo. En mi práctica profesional he comprobado este fenó­meno de una manera verdaderamente llamativa.
Lo mismo sucede en la vida religiosa, tanto de varones como de mujeres; el porcentaje de personas con tenden­cias homosexuales es muy alto. El homosexual religioso, que acepta la castidad y el servicio a Dios y a la comunidad como camino sublimatorio de su homosexualidad, logra -con todas las dificultades del caso- un lugar social desde donde no se siente discriminado y desde donde se siente útil a la sociedad.

Si al homosexual religioso le cuesta su celibato o virgi­nidad, no menos difícil le resulta al religioso heterosexual el cumplimiento de sus votos. El hecho de que tantos jóvenes con dificultades de identificación sexual se acerquen a la vida religiosa o sacerdotal, no solamente es un hecho que tenemos que asumir como real, sino también valorarlo como una posi­ble  elección voluntaria para una integración social.

Desde ya que integrar una comunidad religiosa no es garantía de nada, pero sí puede ser un ámbito donde el homosexual, especialmente con un acompañamiento psi­cológico, puede encontrar una forma de aceptarse a sí mismo y sentirse positivamente integrado a la sociedad.

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