Educación Ética desde los Sentimientos. S Benetti

EDUCACIÓN ÉTICA DESDE LOS SENTIMIENTOS

Sin sentimientos, la ética es una palabra hueca. Sin sentimientos, la Escuela es una institución enferma y deformante. 

Ofrecemos el cap.IV.1 de mi libro “Educación Integral desde los Sentimientos a los Derechos Humanos”

Es evidente que el ser humano, dotado de conciencia, inteligencia y libertad, que puede gozar de su armonía y relación con el cosmos y con la vida, tiene la tremenda urgencia de poder vivir en armonía con sus semejantes.  Este nivel de la integralidad de la vida humana es, sin duda, el más complejo y parece ser el más difícil de lograr.

Cuando hablamos de armonía social estamos hablando simultáneamente de ética, de convivencia y de derechos humanos, todos puntos de vista de interpretar una misma realidad: el carácter social del ser humano, pues estamos hablando de un modo de ser y vivir en el mundo, una forma de ser con nosotros mismos y con todos los otros seres humanos.

La problemática de la armonía y convivencia social (Ética, Derechos Humanos) es, sin dudas, la más conflictiva en esta etapa posmoderna que nos toca vivir a tal punto que podemos afirmar que hoy vivimos una situación casi pre-ética con grandes signos de psicopatía generalizada que ya se extiende incluso al terreno de los adolescentes y de la escuela, con actos antisociales, abusos y desórdenes de todo tipo, incluso con actos brutales y asesinatos alevosos de inusitada crueldad, a  los que parece hay que acostumbrarse.

Mi preocupación, y seguramente la de todos los educadores es la de encontrar una estrategia o metodología educativa que desarrolle el sentido ético, o lo que es lo mismo, sentimientos, actitudes y valores positivos hacia uno mismo y hacia los demás. Para eso, debemos encontrar un fundamento, un porqué de la ética que signifique un punto universal de reflexión y de práctica, prescindiendo de la cultura,  religión, raza, sexo o categoría social de la persona.

Sabemos que en todas las culturas, la ética estuvo relacionada con la religión, de la que era un complemento importante. Se descontaba que místicos, profetas, sacerdotes y gente del clero eran los responsables de fijar ciertas normas de conducta y que toda la sociedad e incluso el Estado estaban obligados a cumplirlas, ya que se las consideraba como emanadas del mismo Dios, tal como aún hoy se vive en los regímenes político-religiosos integristas.

Por lo tanto, esta normativa se regía por el principio de autoridad, un principio heterónomo, o sea, al exterior del propio ser humano que nacía y vivía bajo una ley anterior y fuera de sí mismo.

Pero el hombre de nuestra cultura, posmoderna y secular, y por sobre todo autónoma, necesita elaborar hoy una Ética estrictamente humana (humanista y secular) y de características universales en sus fundamentos que emerja de la misma naturaleza humana  psico-biológica.

Y las dos instancias educativas básicas, familia y escuela… ¿comprenden la novedad y hondura de esta situación? ¿Se han cerciorado de que vivimos una revolución cultural de mayor alcance que la del Renacimiento y la Modernidad? ¿Son concientes de que las tradicionales metodologías de formación ética fracasan porque los antiguos fundamentos del principio de autoridad y de tradición ya no son válidos para esta nueva generación humana?

Y los responsables de la Educación, ¿se han percatado de que el cultivo de la tecnología, de la información y de la pura racionalidad en la escuela no es suficiente para generar una conducta ética?

Y si la escuela-educación no desarrolla conductas éticas, o sea conductas sanas y positivas hacia uno mismo y hacia los demás… ¿para qué sirve? Fracasa en lo más importante de su cometido, porque si no se aprende a vivir armónicamente, ¿de qué aprendizaje estamos hablando?

  1. Sentimientos y comportamiento social.

“Existen pruebas crecientes de que los sentimientos  y las emociones, desempeñan un papel decisivo en el comportamiento social”  (Damasio) Esto es clave en la educación. Por más “inteligente” que sea el sujeto, su sentido ético y social no está primeramente ligado a sus conocimientos y razonamientos, sino a determinados sentimientos (y emociones) relacionados con ciertas situaciones, objetos o personas: qué sentimientos asoció con mujer o varón, sexo, dinero, vecino, anciano, extranjero, trabajo, etc.

Si los “mapas” del cerebro son de emociones negativas (maltrato, violencia, desprecio…) ante una nueva situación similar a las vividas, se “dispara automáticamente” el sentimiento negativo.

Si el sujeto “no conoció”, no experimentó un ambiente de afecto, respeto, amor, cooperación… ante una nueva situación su cerebro no tiene “mapas positivos” con qué relacionarla, y la sola explicación “racional-verbal” (esto es bueno, es malo) no le significa absolutamente nada, porque no hay experiencia de sentimientos de base para esas elaboraciones racionales. Sin sentimientos experimentados, las palabras son vocablos ininteligibles, como otro idioma incomprensible. Nuestro mundo educativo, social y político está lleno de estas palabras vacías.

Es obvio, entonces, que la educación ética (social, de convivencia) no consiste en clases teóricas sobre lo que es bueno o malo, sobre valores y dignidad de la persona, sobre derechos y deberes humanos…

La ética sólo se construye y aprende en una comunidad que vive y goza emociones y sentimientos positivos asociados a eso bueno, a ese valor o a esa dignidad, a la vivencia de ese derecho o deber. Si no hay sentimientos, sólo quedan palabras huecas y vacías.

Pero si hay sentimientos, si hay experiencias emocionales positivas, entonces la razón que ya tiene ese mapa positivo “completa” el trabajo, perfecciona, desarrolla y aplica a la realidad el sentido ético.  Si un sujeto fue amado y valorado por sus padres, “sabe” lo que es el afecto y la valoración de la persona. “Sabe”, siente, vive, experimenta. Y la emoción sentida es el mejor signo de que “sabe”. Si el educando vive en su casa y escuela la emoción agradable de vivir sin gritos ni agresiones, sin castigos ni amenazas sino en un clima sereno y agradable, en el que se siente querido y respetado, ese niño o adolescente “sabe” lo que es un vínculo social positivo.

Pero si niños y adolescentes experimentan, por ejemplo, la sexualidad como algo burdo, desconectado de sentimientos y vínculos; o si la mujer es vivenciada como un simple objeto desvalorizado de placer egoísta… ¿qué mapas cerebrales están elaborando para el resto de su vida? ¿Y qué lógica se puede esperar de la razón que trabaja sobre ese material?

Qué importantes son estos conceptos en la educación, precisamente en una etapa en que se prepara a chicos y adolescentes “para el futuro”. Esa”pre-paración” debe estructurarse sobre experiencias emocionalmente positivas (compañerismo, solidaridad, afectos, trabajo en equipo, libertad, diálogo) para que en el futuro ante situaciones similares el cerebro se conecte con ese mapa positivo que impulse hacia una buena elección.

Lo mismo dígase para experiencias emocionales que “parecían agradables” pero que causaron dolor o insatisfacción: preparan para evitar en el futuro experiencias iguales o similares. En el futuro se rechazarán acciones o circunstancias que una vez provocaron emociones erróneamente positivas, sea por comer una fruta verde o por tomar un riesgo excesivo al conducir en una carretera.
O sea, las inconductas no provienen de falta de conocimiento de las normas, o por carencia de lógica o de memoria.  Aún los delincuentes pueden conocer perfectamente el código y todo el conjunto de leyes… y hasta enseñarlas! Lo que los caracteriza es un déficit de las emociones sociales. En algunos casos de psicopatía este déficit puede provenir de lesiones cerebrales en el lóbulo frontal. Entonces emociones tales como vergüenza, simpatía y culpabilidad parecieran disminuidas o ausentes.

Ahora bien: ¿por qué hay tantos casos de psicopatía y conductas antisociales en personas que no tienen lesiones cerebrales, aunque los síntomas psicopáticos son los mismos que en aquellas personas con lesiones? ¿A qué se debe la carencia de criterios éticos en tantas personas de nuestra sociedad y por qué fracasan los intentos de educación ética en la familia y en la escuela?

Como bien señala Damasio, este cuadro antisocial se debe a factores sociales y educativos. Es decir: una educación y un ambiente cultural no apropiados desde el punto de vista ético, carente de emociones positivas conectadas a situaciones vinculares y sociales (falta de afectos, de alegría, de buen trato, de arrepentimiento y reparación…), o cargada de emociones negativas (fruto de castigos, escándalos, violencias, desavenencias, agresiones físicas y síquicas, desprecios, burlas, malas influencias…), producirá efectos de inconducta ética y antisocial similares a los de sujetos con lesión cerebral.

El sujeto anti-social en diversos grados, carente de emociones y de sentimientos de empatía y dolor por el prójimo necesitado, de culpa y responsabilidad ante el mal realizado, de ausencia de experiencias de solidaridad y amor hacia el prójimo, es fruto de una educación y un ambiente socialmente enfermos, y especialmente carente de emociones y sentimientos positivos, o con exceso de autoritarismo, violencia física o síquica o frialdad, sin descartarse influencias del alcohol o de psicotrópicos que dañan al cerebro. Es un tema sobre el cual hay aún mucho que investigar.

Sólo nos queda una inquietante pregunta: ¿Nos estamos acercando a una sociedad sin emociones y sentimientos positivos? ¿Y qué podemos hacer en la familia, en la educación, en el campo político, social y religioso para revertir esta peligrosa situación?

  1. Comportamientos éticos  “humanos”

 Es evidente que emociones y sentimientos juegan un papel “fundamental” (de fundamento) en el desarrollo ético. Las emociones aparecieron antes de la existencia de los seres humanos, formando reacciones emocionales sociales automáticas y estrategias de cooperación entre las especies animales, tal como lo han comprobado diversos especialistas, y como lo observamos cotidianamente en hormigas, abejas, pájaros, lobos, murciélagos, monos y múltiples especies más.

 “Pero el comportamiento ético humano posee un grado de complejidad y complicación que lo hace específicamente humano. En efecto, las normas éticas-sociales crean obligaciones únicamente para los individuos que están al corriente de dichas normas” (Damasio).

La codificación es, pues, cultural. Aunque hay un fundamento biológico de lo social anterior a lo humano, cada sociedad o cultura interpreta y codifica de una determinada manera el impulso social.

Al mismo tiempo observamos que en el comportamiento social existen tanto el rasgo de dominación como su complemento de sumisión, pues también existen muchas emociones sociales negativas que hacen que el mandato humano sea difícil de implementar y mejorar.

La dominación, si bien  posee cierto rasgo positivo en el sentido de que los individuos dominantes tienden a liderar a la comunidad y proporcionar soluciones, también tiene un rasgo negativo, pues pueden convertirse en tiranos y déspotas, o pueden conducir a la comunidad para su provecho personal o llevarla a una guerra desastrosa. Estos sujetos entienden que las emociones agradables están reservadas a un número muy reducido constituido por ellos mismos y por los que los apoyan más directamente. Es el esquema de la mafia, las dictaduras, de los autoritarismos de todo tipo y de las democracias populistas.

De igual modo, los rasgos de no-agresión, necesarios para conseguir acuerdos  y consensos acerca de un conflicto, pueden hacer que los individuos se vuelvan sumisos y se dobleguen ante los opresores y violentos, sometiéndose con un exceso de  obediencia, miedo y resignación. ¿Necesitamos dar ejemplos, o nos basta analizar nuestra historia reciente y actual?

El yo, los otros y la socialización

La vida humana, mucho más compleja por la variedad de conflictos que surgen, necesita ser regulada por dispositivos que dependen de la relación con los otros y de la creación de instrumentos consensuados de normas éticas y de justicia. No estamos solos, y la convivencia social con el descubrimiento de “los otros” abre un nuevo frente en el proceso ético. Nuestro bienestar está asociado al bienestar de los otros. Y buscar este bienestar individual y social constituye la esencia del bien-actuar.

Nuestra vida debe regularse no solo por nuestros propios deseos y sentimientos, sino también por nuestra preocupación por los deseos y sentimientos de los demás, expresados como convenciones y normas sociales de comportamiento ético.

Las instituciones que las hacen cumplir tienen como finalidad promover la vida y evitar la muerte, y aumentar el bienestar y reducir el sufrimiento”.

Esta es la gran tarea de toda la sociedad y de la educación ética en particular: elaborar un sistema armónico de convivencia desde la razón autónoma en diálogo con los otros para asumir decisiones con plena libertad, respetándose las razones y las libertades de todos los miembros sociales. Y nadie ha dicho que ésta sea una tarea fácil.

Otro punto importante tiene que ver con los fines en relación con los medios y las maneras o estrategias. Los fines y los medios de los dispositivos automáticos (regulación del sistema respiratorio, cardíaco, etc.) están bien establecidos y son de por sí eficaces.

Pero cuando observamos los dispositivos sociales (no automáticos) vemos que mientras existe un cierto consenso generalizado en torno a algunos fines (por ejemplo, vivir armónicamente en paz, ser solidarios, aprender, etc.) no existe consenso sobre los medios y maneras para alcanzar esos fines, pues varían notablemente dependiendo del grupo humano, sus necesidades e intereses y del período histórico que se vive, pues son de todo menos fijos.

O sea, los sentimientos tan relacionados con los valores, pueden ayudar a encontrar objetivos y fines, pero no los medios y  estrategias tan dependientes de muchos intereses y circunstancias personales o grupales. Una cosa son los objetivos y fines, y otra las estrategias, metodologías y caminos para lograrlo.

Los seres humanos tendemos a preservar la vida y mejorar individual y socialmente, pero ¿cómo hacerlo? ¿Cómo conseguir los éxitos necesarios, cómo conservar el medio ambiente, hacer respetar nuestros derechos, o combatir una enfermedad o hacer frente a un enemigo que intenta destruirnos, o eliminar la pobreza o la delincuencia?

Y en el campo escolar: cómo lograr un desarrollo integral de los educandos, cómo promover un mejor aprendizaje, cómo mejorar la convivencia…

Entonces, las emociones y los sentimientos que nos orientan hacia los fines, necesitan del trabajo de la razón en diálogo con toda la comunidad para encontrar las formas concretas de llegar a esos fines. Y esto es la ética.

La conciencia, a pesar de sus limitaciones,  mediante el conocimiento y la razón permite a los individuos descubrir qué es bueno y qué es malo, aquí y ahora. El bien y el mal, lo sano y lo conveniente, no son frutos de una revelación sino descubiertos y aprendidos, individualmente o por acuerdos. 

La conciencia valora como objetos buenos a los que promueven, de manera fiable y sostenida, los estados de felicidad (que a su vez aumentan el poder y la libertad de acción) tanto en el individuo como en el grupo social. Y como objetos malos a los que producen el resultado opuesto, conduciendo a la infelicidad y la muerte.

En consecuencia, “las buenas acciones son las que, al tiempo que producen un bien al individuo, no causan daño a otros individuos”. Este es el antiquísimo mandato ético básico o Regla de Oro: “No hagas a los demás lo que no quieres que te hagan a ti”. O en su formulación positiva: “Todo lo que deseen que los demás hagan por ustedes, háganlo por ellos” en un dicho de Jesús (Mt 7,12)

Siempre hay un “egoísmo” biológico y psicológico en los seres humanos, o  sea, siempre cada uno busca conservar su vida y acrecentarla con felicidad, pero también aprende que su felicidad depende de su buena relación con los otros. Necesitamos de los otros para vivir y vivir con bienestar.

Por eso hasta el viejo mandato de la sabiduría humana que a través de la Biblia nos llegó, lo dice claramente: “Ama a tu prójimo como ya te amas a ti mismo” (Lev 19,18 y Mt 22,39) Lo primero es amarse a uno mismo, buscar nuestra vida y bienestar. Lo segundo, el mandato, es amar al otro. Lo dado y natural, lo obvio es que uno se ame a sí mismo. Pero si no podemos amarnos (vivir, crecer y desarrollarnos sana y felizmente) sin el amor del otro, también el otro  necesita nuestro amor. Podríamos modificar el dicho bíblico de esta forma: “Porque te amas a ti mismo, ama también a tu prójimo”… Y el prójimo dirá lo mismo…

En esto también radica el fundamento de la autoestima, tan importante para construir nuestra identidad. El que ama al otro más que a sí mismo, el que se pospone, pierde su identidad y va camino a la eterna dependencia, la sumisión y el masoquismo.

El que se ama a sí mismo (el que lucha por vivir sanamente y crecer con autonomía, libertad, armonía y felicidad) es el que está en mejores condiciones para amar al otro y darle felicidad. Cuando “estamos bien”, cuando estamos plenos de felices sentimientos, qué profundo y auténtico es nuestro amor al otro, y cómo ese amor nos enriquece y nos sostiene. Esto es lo que los antiguos llamaban “sabiduría”, o sea, el arte de “saborear” y disfrutar la vida.

Finalizando:
Mediante la educación y la socialización, tomamos conciencia de nuestros sentimientos, los fortalecemos y reflexionamos para llevarlos a una óptima condición que nos posibilite una vida feliz y nos evite experiencias negativas y destructivas.

Tal el sentido de la ETICA, con mayúsculas, o sea, el ARTE DE VIVIR con plena felicidad individual y socialmente.

Nos queda ahora la tarea de sacar algunas conclusiones pedagógicas que surgen espontáneamente de este análisis psico-neurobiológico. Se trata de ser coherentes. Si nuestro organismo biológico mediante el cerebro funciona de esta manera, busquemos una educación acorde con ese funcionamiento.

Si las emociones y los sentimientos son el fundamento de las conductas sociales y éticas, será la educación de las emociones y sentimientos el primer y fundamental paso para construir una conciencia ética.

Algo que algunos educadores y psicólogos intuyeron hace mucho tiempo, pero que nuestra escuela nunca tuvo en cuenta a la hora de diseñar su estilo educativo, tradicionalmente de espaldas a emociones y sentimientos, afectos y alegrías.

  1. Consideraciones pedagógicas sobre la educación ética-social

a- Lo primero que tenemos que revisar es precisamente el concepto de “ética” a la que comúnmente se la considera como un conjunto de normas emanadas por otros y se la identifica sin más con la moral, la que en realidad refleja las costumbres (mores) propias de cada cultura. De acuerdo a lo que vamos viendo entendemos a la ética como la postura del ser humano frente al cosmos, a la vida, a sí mismo y a sus semejantes.

La ética, surgida desde los más profundos sentimientos humanos, está íntimamente relacionada con el sentido de la vida, con la forma como queremos vivir, con la armonía en nuestro interior, la armonía con la naturaleza, con los seres vivientes y con toda la sociedad. Armonía… homeostasis… Cada persona, cada grupo humano, cada cultura buscará la mejor forma de vivir de acuerdo a sus circunstancias particulares.

Por lo tanto, la formación ética no consiste en un teórico aprendizaje en alguna hora de clase, considerada por docentes y alumnos como “materia aburrida”. Qué increíble que el tratamiento de la “mejor forma de vivir” sea considerado como aburrido, y más increíble aún si consideramos que la base de la ética y su esencia misma, no son conceptos y racionalizaciones, sino los más profundos y bellos sentimientos humanos hacia uno mismo y hacia los otros.

Este es nuestro punto de partida: la ética (del griego ethos que significa comportamiento humano, actitud humana) define nuestra forma de vivir, de vivir con bienestar, de vivir disfrutando y gozando la vida, de convivir placenteramente con los otros, de vivir en constante crecimiento. Por eso pienso que la otra palabra que la define es “Sabiduría”: el arte de vivir.

b- Por lo tanto, y como primera consecuencia, la educación ética es el aprendizaje de vivir, aprendizaje que se inicia con el nacimiento y finaliza con la muerte. La educación ética es una experiencia de vida, una experiencia de emociones y sentimientos que dan sabor a la vida y a todas las relaciones del ser humano consigo mismo, con el cosmos y con la sociedad.

La educación ética no es la reflexión de los filósofos ni la obediencia a las normas de una religión u otra institución. Es simplemente la experiencia gozosa, sana, agradable, profunda, total de vivir, y de vivir con el mayor bienestar integral (físico, síquico, social, espiritual) para cada uno y para los otros.

¿Y dónde se aprende a vivir así? Sabemos la respuesta: primero en la familia, que junto a la escuela, nos abre a la sociedad preparándonos para una vida adulta. La familia es la matriz ética, no por medio de conceptos, retos y castigos (algo que sucede con mucha frecuencia) sino por medio de un trato afectuoso, por la experiencia del amor, de las relaciones cálidas, de vínculos positivos, de un diálogo confiado. Una familia de mamíferos donde se vive desde el contacto nutritivo y afectuoso simbolizado para siempre en la mama, esa primera experiencia que nos da la matriz o estructura de una vida sana y feliz.

Ese “ambiente familiar” (cuando decimos “familiar” ya decimos algo hermoso) en el que se viven las primeras y más profundas emociones es la condición básica para una conducta ética. Allí se forman los primeros y definitorios mapas cerebrales sobre las experiencias vitales. Mapas afectivos que se harán presentes en circunstancias similares del futuro.

Qué importante que los niños, desde muy pequeños, sientan cómo sus padres les expresan sus sentimientos con gestos y con palabras en un clima de ternura, respeto, diálogo, sinceridad y alegría. Eso es un lenguaje… y el niño aprende ese lenguaje.

Los docentes saben que los alumnos no vienen a la escuela como una “tábula rasa”, como una página en blanco. Vienen con sus mapas, a menudo distorsionados y falseados por su experiencia familiar. Por tanto, la primera tarea es conectarse con la familia, y trabajar juntos sobre los mismos sentimientos que fundamentan una conducta ética, sentimientos que se transforman en “valores” permanentes. Desde esa conexión trabajar juntos para revisar los mapas de los educandos-hijos a fin de que no haya contradicción entre la escuela y la familia.

Los valores son el concepto mental de los sentimientos. Sentimientos y valores no se enseñan con conceptos y palabras. Se viven y así se los aprende, aprehende, asimila o incorpora.

En una segunda instancia, los mismos padres, y especialmente la escuela, profundizan esas experiencias mediante la reflexión y les dan formas concretas y puntuales según las muchas situaciones e instancias de la vida y dentro del estilo propio de cada comunidad. ¿Acaso no es ésa nuestra propia experiencia?

c- Y así llegamos a la escuela y nos preguntamos: ¿Cómo hacer educación ética?
Y damos la misma respuesta que para la familia, sólo que su aplicación resulta más compleja. La escuela es la primera experiencia grande de socialización de los niños: allí se encuentra con muchos “otros”, tanto de su misma edad como otros mayores o menores, y se encuentran con otros adultos que no son sus padres…

Como educador he visto cómo lloraban tantos niños al encontrarse por primera vez con ese ambiente tan grande y extraño… ¿Dónde está mamá? ¿Y mi abuela? ¿Y mis juguetes? Y este nuevo lugar-hogar ¿es algo completamente distinto a mi familia, o es algo parecido?

Por lo tanto, preguntamos: ¿la escuela se define por la vivencia de sentimientos positivos en primer lugar, o por un conjunto de instrumentos institucionales y formales construidos de espalda a los sentimientos?

Qué debe priorizar la escuela: ¿el estudio de conceptos y teorías, de conocimientos y técnicas, o la experiencia de buenas relaciones entre compañeros, de los docentes entre sí y con los alumnos, de los directivos con alumnos y docentes?

¿Qué papel juegan las emociones y sentimientos en la escuela? Nada digamos en la escuela secundaria donde falta la presencia “maternal” y permanente de la maestra, y los profesores deambulan al son de sus asignaturas…

Por lo tanto: educar en la ética es educar en las emociones y sentimientos. Formar personas con buenos sentimientos. Eso es lo primero.

Después se reflexiona y se hacen las aplicaciones concretas a situaciones puntuales de la vida, tanto sobre ejes transversales como en momentos especiales; por ejemplo, debates sobre normas de convivencia, derechos y deberes humanos, análisis de la Constitución, encuentros sobre valores o actitudes políticas o religiosas, etc.

Este es el gran cambio educativo que se necesita:

– crear una escuela que en su misma estructura y en todos sus vínculos

– viva los buenos sentimientos, viva los derechos humanos, viva los valores éticos proclamados.
Es importante que la escuela tenga una estructura afectiva y afectuosa, serena, alegre, creativa, espontánea, dialogante.

Que docentes y alumnos se expresen; que expresen sus emociones y sentimientos, también los varones; que lo hagan con gestos, con palabras y por un medio muy descuidado: el arte. A través de un arte creativo (danzas, canto, música, dibujos y pinturas, artes audiovisuales, radio) los chicos aprenden a expresarse, a sacar afuera lo que sienten y a tomar conciencia de lo que sienten, a ponerle nombre a sus emociones (“esto es miedo, ira, celos, amor, compasión, vergüenza…”)

El otro camino: los juegos espontáneos u organizados en los que todos nos expresamos con mayor espontaneidad y sacamos afuera nuestras emociones más primarias, alegría, fracaso, envidias, sometimiento, cooperación, etc.  

Por lo tanto, el instrumento clave de educación ética que tiene la escuela es la convivencia de docentes y alumnos durante largos años. En esa convivencia social se aprende a vivir con los otros, a respetarlos, escucharlos, amarlos y ayudarlos.

No es sólo la convivencia rutinaria de estar juntos (o amontonados) sino convivencias especialmente aptas para desarrollar los sentimientos sociales: trabajo en equipo, juegos, deportes, fiestas, salidas, campamentos, excursiones, etc. En esas circunstancias el cuerpo que expresa las emociones juega un papel importante y más espontáneo que cuando se está sentado en clase.

Las emociones corporales nos dicen cómo nos relacionamos con los otros, con simpatía o indiferencia, cómo nos alegramos con los compañeros, cómo sufrimos por ellos, cómo vivenciamos ganar o perder en un deporte, cómo reaccionamos con ira o paciencia, con orgullo o sumisión… En fin, que las emociones y sentimientos se hacen vida en esas experiencias. Y esas experiencias son la mejor “materia” para aprender y evaluar.

  1. Señalemos algunas metas a conseguir en la educación ética:

a)  Que niños y adolescentes (también los educadores) tomen conciencia de sus emociones y sentimientos, que los expresen, los reconozcan como propios, que descubran su valor positivo, que los sientan como aliados para conocerse, para detectar conflictos internos y externos, y como guía para posibles soluciones.

b)  Que aprendan a modular las reacciones emocionales instintivas, a distanciar la emoción de los actos a los que tienden, a enfriar impulsos mediante la reflexión y el análisis de los efectos de un impulso no controlado. Tarea difícil, pero no imposible y muy necesaria. Ser responsables de emociones y sentimientos, aprendiendo a expresarlos, pero adecuadamente y sin herir a otros.

c)  Que aprendan a llegar a los objetivos y fines a los que tienden emociones y sentimientos positivos mediante el análisis racional de los medios más adecuados: cómo expresar mi sexualidad, cómo saber defenderme cuando me siento herido o atacado, cómo resolver conflictos con los otros, cómo vincularme con los padres que me tratan como un niño, cómo hacer respetar mis derechos… Tomar siempre decisiones “a favor de uno”, de la propia salud y vida; no contra otros.

En este análisis racional: aprender a buscar y escuchar opiniones, a debatirlas, a salir de lo que siempre se ha hecho, a evaluar consecuencias para uno mismo y para los otros…

d)  Que aprendan a vincularse sanamente con los otros: padres, hermanos, compañeros, pareja. Es aquí donde nuestra sociedad se halla más en falta. Desarrollar, por tanto, los sentimientos específicamente sociales y vinculares: empatía, dolor por el que sufre, alegría por los éxitos, responsabilidad reparatoria… La mayoría de los problemas éticos de la sociedad (¿o todos?) pasan por la variable comunicacional.

La educación ética en la familia, en la escuela y en la sociedad en general, es la gran asignatura pendiente de nuestra cultura. Nadie puede decir que tiene la solución integral del problema. Nuestro objetivo:

formar personas con “buenos sentimientos”… 

e) La formación de la conciencia, ética, crítica y autónoma, es una de los objetivos ineludibles de educadores y psicopedagogos, transformando la conciencia heterónoma (la ley viene de afuera) en una conciencia autónoma (la ley surge de dentro de uno mismo) Ello implica:
Desarrollo de la libertad del sujeto y de su autonomía, de tal modo que sea el sujeto a lo largo de su maduración quien decida en diálogo con los otros aquellas conductas y normas que son sanas y convenientes en cada caso. No es una libertad individualista y egocéntrica sino una libertad condicionada por la misma sociedad, donde todos tienen derechos y deberes mutuos; de allí la necesidad de un consenso y de un diálogo constructivo.

Niños y adolescentes tienen el derecho de opinar con libertad sobre cualquier situación que les atañe, de expresar sus dudas y preguntas y de aportar sus puntos de vista.
– Para ello, desarrollar la racionalidad inherente a toda norma, ver sus porqués y para qué. No hay normas válidas “porque sí, porque están mandadas”, sino que surgen como una necesidad para el vínculo sano y la convivencia armónica. Esto implica crear un grupo o comunidad sanos, donde cada sujeto conozca sus derechos y los derechos ajenos; luego sepa defender los propios sin violar los ajenos desde el principio de igualdad y tolerancia. Importancia en esto de los Derechos y Deberes Humanos, que luego analizaremos.

Por tanto, no basta enunciar principios morales (esto es bueno o malo) sino que hay que mostrar su racionalidad, apelando fundamentalmente al criterio de lo que es sano y conveniente para el sujeto y para la comunidad. A veces lo que de por sí es sano, por ejemplo una relación afectiva o sexual, puede no ser conveniente por la diferencia de edad. De la misma manera, existen normas sociales o costumbres comúnmente aceptadas que no son sanas, como callar ante la injusticia.

– Desde esta racionalidad se van elaborando naturalmente los llamados “valores”, o sea, elementos éticos (sentimientos profundos y actitudes de vida) considerados fundamentales para una vida sana y feliz, tanto para el sujeto como para sus prójimos. El valor es una abstracción racional, fruto de la reflexión de necesidades y sentimientos orientados a dar satisfacción plena al ser humano. Cada familia o comunidad educativa elabora este conjunto de actitudes-valores conforme a los cuales desea vivir.

– Si estas bases existen, entonces sí se puede apelar a la responsabilidad del sujeto, ya que aceptando como propios los sentimientos, valores y las normas es capaz de ser responsable de su cumplimiento. Una responsabilidad que supone la reparación si el sujeto ocasiona daño a otros o a sí mismo.

– En función de estos principios (sentimientos, libertad, diálogo, racionalidad, valores, responsabilidad) todo el sistema educativo familiar y extra-familiar (incluido el religioso) debe reestructurarse, ya que en general se trata de instituciones poco democratizadas y que siguen guiándose por el principio autoritario y heteronómico.

La cuestión no es enseñar ética o Derechos Humanos sino crear una estructura educativa que viva los derechos y los deberes, en armonía con el cosmos, con la vida y con los otros seres humanos.

– Al mismo tiempo, a nivel práctico es fundamental distinguir entre corregir y retar, corregir y castigar, castigar y reparar. 

La corrección (siempre necesaria en la sociedad) no debe ser humillante ni vengativa, sino un medio para que el sujeto comprenda su inconducta, evite riesgos y peligros y repare el mal realizado, ya que otros han sido heridos en sus derechos. Recordar que “co-rregir” es acompañar a otro para que sepa regirse (como rey, hombre recto) o auto-gobernarse, como hacía el adulto que acompañaba al niño rey hasta su adultez.

Corregir no debe confundirse con “retar” que siempre es una humillación y descalificación, y a menudo, una descarga de bronca …

Los castigos, humillaciones y descalificaciones siempre logran el resultado contrario al deseado: fortalecen las inconductas y vuelven rebeldes a los sujetos que buscarán la forma de vengarse con nuevas inconductas o bien tratarán de evitar el castigo adoptando conductas simuladas e hipócritas.

En lugar del castigo, cuando hubo una falta, corresponde la reparación del mal hecho o la corrección de la conducta incorrecta. Sin corrección y sin reparación se propicia la impunidad. Lamentablemente vivimos en una sociedad donde no se conoce la palabra “reparación” ni menos se la aplica. El castigo o la cárcel no son formas de reparación y a menudo fomentan el rencor y la venganza.

Y en lugar de los premios para lograr resultados, lo que genera una conciencia deformada y una moral de la conveniencia, los padres y educadores pueden recurrir a ciertas “gratificaciones”, o sea, detalles, atenciones, palabras y gestos, que expresan “gratis” el afecto o subrayan el esfuerzo realizado.

– La madurez de la personalidad exige ineludiblemente esta formación de un “sujeto” crítico, libre y dialogante con los otros.

Y solo una comunidad crítica y dialogante puede lograr estos resultados. Una comunidad que no busca la perfección (imposible en el ser humano) sino la salud armónica, lo que supone la posibilidad de “enfermarse” y de “curarse”.

No hay modelos de perfección ni leyes absolutas, sino un continuo encontrar formas de mejor convivencia y respeto al otro, teniendo en cuenta diversas circunstancias.

Tampoco existen valores e ideales apriorísticos: también aquí está el esfuerzo de la comunidad por consensuar aquellos valores e ideales que considera los mejores para crecer. La historia de la cultura y de las religiones nos habla de este constante proceso. Lo que ayer fue un valor (la limosna al pobre, por ejemplo) hoy puede ser un antivalor. Lo que ayer fue un ideal (el niño obediente y sumiso) hoy es una conducta inaceptable y alienante.

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *