Por una Escuela que armoniza con la vida y con el cuerpo integral de los educandos. S Benetti

POR UNA ESCUELA QUE ARMONIZA CON LA VIDA

 Y CON EL CUERPO INTEGRAL DE LOS EDUCANDOS

Ofrezco el cap. III de mi libro “Educación integral desde los Sentimientos a los Derechos Humanos”

A- CONSIDERACIONES PREVIAS 

La segunda etapa en nuestra evolución: la vida

Los humanos somos seres vivientes, de la gran familia biológica, hermanos de vegetales y animales. Seres con vida, que no es la simple suma de elementos cósmicos, sino una especial organización o sociedad de componentes que tiene capacidad de reproducirse y mantenerse por si misma (autopoiesis). La vida, surgida en la tierra hace 3.500 millones de años (cuando ya el cosmos llevaba unos 10 mil millones de años), es un maravilloso misterio que aún la ciencia no ha develado, aunque conocemos sus expresiones. Y los seres humanos formamos parte de ese misterio…

Y como no hay seres vivientes aislados, ya que necesitan de otros para nacer, crecer, alimentarse, defenderse y desarrollarse, lo distintivo de los seres vivos en cuanto tales es que son necesariamente sociales, interrelacionados, altruistas y solidarios entre sí. Hay, pues, una ética biológica que tiene este principio fundamental: cuidar y defender la propia vida y la de los “otros” con quienes existe una mutua dependencia.

Sin armonía en esa organización social los seres vivientes se destruyen y mueren. La esencia de la vida es, pues, la intercomunicación en un conjunto armónico.

De esta manera  la comprensión del mundo biológico nos muestra que también la vida humana está sostenida por la misma concepción ética, pues nuestra condición humana sólo se realiza en el encuentro del ser individual con otros con quienes se conforma un ser social. Somos individuos  interrelacionados; somos persona humana en la medida en que nuestra sociabilidad aparece y se desarrolla.

Por lo tanto, si el nacimiento y el desarrollo individual dependen de la interacción social, también la formación y la educación de las etapas sucesivas sólo puede existir en la interconexión social cuya primera expresión humana es la familia, cualquiera sea su forma cultural, ese lugar donde debiera aprenderse a relacionarse desde vínculos afectivos y sentimientos positivos. Allí se aprende que nuestra vida sólo es posible si se vive armónicamente con los demás y para los demás.

Y este es un mandato biológico anterior a cualquier otra instancia cultural, espiritual o religiosa. Como seres dotados de vida, somos necesariamente sociales, y la sociabilidad marca nuestro ser como personas humanas.

La cultura y la educación desarrollan esa sociabilidad, profundizando en el amor biológico y dotándolo de aquellas características propias de cada  comunidad. Bien lo expresa el biólogo y educador Humberto Maturana, cuyas ideas retomamos en estas reflexiones: “El amor, o si no queremos usar esta palabra fuerte, la aceptación del otro junto a uno en la convivencia es el fundamento biológico del fenómeno social. Sin amor no hay socialización ni hay humanidad.”

El amor al otro “aceptándolo en la convivencia”, comienza a aflorar entonces como  una expansión de los impulsos naturales de altruismo comunitario, precisamente como la condición necesaria de lo social. Los seres vivos son necesariamente solidarios como condición absoluta para existir y desarrollarse.

Los estudios científicos confirman que ni la comunicación, ni los símbolos, ni los rituales, como tampoco las emociones,  son exclusivamente humanos sino que tienen raíces que se remontan a etapas lejanas de la evolución de las especies. Basta observar el comportamiento de numerosas especies de animales, especialmente mamíferos, para darnos cuenta de que existe un “amor biológico” que en muchos casos supera ampliamente ciertos comportamientos humanos.

Por cierto, la sociabilidad humana tiene una mayor complejidad, no sólo porque el ser humano es consciente de sus procesos, sino también porque al no regirse exclusivamente por el solo dictado de los instintos, tiene la opción libre de alterarlos, sea perfeccionándolos sea, lamentablemente, deteriorándolos mucho más allá del mandato instintivo. Todo lo cual se traduce en nuestro cerebro triúnico que conserva las grandes etapas evolutivas:

-la instintiva y la emocional, comunes a los animales, – en el cerebro más primitivo o reptiliano y en el sistema límbico- y finalmente

-en el cerebro racional –lóbulo frontal y corteza cerebral- sede de sentimientos, razonamientos y decisiones.

Armonizar esas instancias (instintos, emociones, sentimientos, razón) es la difícil tarea que nos ocupa durante toda la vida. Y es el gran aprendizaje humano.

Por eso, hoy, la sociabilidad y el altruismo, de por sí frutos del amor y del respeto al otro, se han transformado en uno de los problemas más complejos de la educación y de la vida misma de la humanidad.

Tal como lo observamos en la evolución cósmica, también la evolución biológica, social y humana está lejos de ser perfecta y siempre positiva, pues la bipolaridad es una constante que nos acompaña y nos complica la vida.

Por eso el ser humano no se rige solamente por el instinto de vida y conservación, pues tiene la capacidad de construir pero también de destruirse y destruir a los otros; de amar y odiar; de comunicarse sexualmente desde el amor y la ternura u oprimir, prostituirse o ser esclavizado; de buscar la verdad o esconderse en la mentira; de organizarse socialmente en forma armónica o de entrar en una espiral de incomprensiones, odios, guerras y destrucción. Por todo lo cual, la sociabilidad humana tiene la característica de algo que se debe aprender.

Es la tarea que ya lleva invertidos varios miles de años, pero ¿ha aprendido el ser humano a vivir con los otros en armonía, a pesar de las diferencias étnicas, culturales, de sexo, religión o lengua? ¿Cuál es la realidad que nos muestra el mundo actual?…

¿Y han comprendido los educadores que éste es el principal aprendizaje de toda educación, escolar o no escolar? 

Toda nuestra educación tradicional que aún está presente con sus mandatos en la mayoría de las instituciones de educación primaria, secundaria y terciaria, confunden, a pesar de sus declamaciones teóricas, la instrucción y la simple transmisión de conocimientos con la “educación”. El resultado está a la vista: aumentan los conocimientos y las tecnologías pero la educación para vivir armoniosamente, o sea para VIVIR, sigue ausente.

Se enseñan ciencias, pero los educandos no aprenden a vivir desde los buenos sentimientos; y en todo caso la única preocupación está en evitarse y reprimirse las constantes expresiones negativas de agresividad social, cada día más frecuentes y más graves, incluso entre niños y adolescentes, aún dentro de la misma escuela.

Lo increíble de esta paradoja (aparente contradicción) que se plantean muchos educadores que imaginan a la escuela como una “empresa” de repartir conocimientos y recelan de todo lo que suene a emocionalidad, alegría y afectos, es que la educación para la vida armónicamente sociable y desarrollada afectivamente, lejos de oponerse a los conocimientos racionales y a las ciencias, es la mejor motivación para adquirirlos. Porque el educando que goza al vivir en la escuela y se mueve con sanos sentimientos altruistas tiene la mejor motivación para cuidar su vida y para sentirse útil socialmente desarrollando todas sus capacidades.

De esta forma los conocimientos y las tecnologías (obsesión de tantas escuelas y gobiernos) se transforman en Medios o Instrumentos para vivir mejor, y no en fines de la educación. No estamos en el mundo para estudiar… y llenarnos la cabeza de nociones y conceptos, tecnologías y aparatos; en todo caso, estamos para aprender a vivir y ser felices, y a ese fin contribuyen también los  conocimientos, los estudios, las técnicas, etc.

De allí mi propuesta de educar para la “vida” y en armonía con la vida, comenzando por la misma vida “biológica natural” que es la base y el sustento de la vida social, psíquica, racional y espiritual. Los seres humanos no somos racionalidades abstractas; somos antes que nada seres de la familia biológica, con un cuerpo orgánico que tiene sus leyes y necesidades, leyes y necesidades que hoy la vida “moderna” viola sistemáticamente, lo que se traduce en un sinfín de enfermedades psico-somáticas y conflictos.

Y dentro de la gran familia biológica animal, pertenecemos a la especie de los mamíferos, cuya reproducción desarrollada en la placenta permitió una más larga e íntima asociación entre la cría y la madre. Relación íntima que se prolonga en el amamantamiento por el cual no solo maman y se alimentan cuando pequeños, sino que aprenden e incorporan al mamar de su madre ese vínculo que se sostiene en el afecto y en el alimento.

El dar la mama a los bebés, es mucho más que dar la leche; es establecer las bases de un vínculo afectivo que perdurará para siempre y que será el modelo o matriz de todos los vínculos futuros. Los mamíferos nos alimentamos vinculados por el contacto físico afectivo y sintiendo la emoción del placer en ese vínculo.

Y este es el esquema básico de la educación: alimentar el cuerpo físico-psíquico-espiritual desde un vínculo afectivo que provoca placer. Curiosamente el término alumno proviene de la palabra latina alere (alumnus) que significa alimentar, nutrir.

Por eso siempre necesitaremos ese vínculo y esa relación social mientras crecemos,  nos educamos y durante toda la vida: recibir alimentos, protección, educación,  conocimientos,  y relacionarnos con los otros siempre desde un vínculo afectivo, desde un contacto físico, con acercamientos, con miradas, con lenguaje, con símbolos. Al aprender a recibir desde el vínculo afectivo, aprendemos también a dar desde ese mismo vínculo.

De allí la importancia que tiene la familia y la escuela como lugares de experiencias mamíferas, donde el afecto sano y bien expresado se aprende no desde una teoría sino en la misma relación vincular. Educadores (padres o docentes) con buenos sentimientos y sanamente afectuosos, generan educandos con buenos sentimientos. Así de simple. Esta es la ley fundamental de la pedagogía, ley que no está escrita en los libros sino inserta en nuestra misma naturaleza humana de seres biológico-sociales-mamíferos.

Precisamente nuestros hermanos (olvidados), los vegetales y animales, nos muestran ese camino sano de la vida: bien vinculados con los otros se vive mejor. Un vivir cuyas leyes fundamentales ellos saben cumplirlas: sin apuros, sin ansiedades, sin tensiones, respetando los ritmos vitales y los tiempos diurnos y nocturnos; alimentándose sanamente y dejando alimentos para los otros, sin acumular de más; durmiendo las horas necesarias, resguardándose de las inclemencias del tiempo, protegiéndose mutuamente, etc.

Siempre me complace observar a las plantas de mi jardín, tan silenciosas y serenas, mostrando la belleza de sus flores sin agredir a las otras ni rivalizar con ellas, respetando las etapas de su maduración, agradecidas cuando las riego y las abono, y dejándose visitar por los pajarillos que buscan su néctar o juguetean en sus ramas. Y con cuánta ternura la parejita de pajarillos expresa su amor y hace su nidito, empolla los huevos y deposita el alimento adecuado en el piquito abierto de los polluelos. Una experiencia que todos los años contemplo en mi jardín arbolado. Razón tenía Jesús cuando puso a las flores silvestres y a los pajarillos como ejemplos a imitar para no caer en esa ansiedad que nos consume y que hoy es la causa de la mayoría de nuestras enfermedades y accidentes. (Mt 6,26-29)

Lamentablemente hoy estamos perdiendo lo más elemental de la vida biológica: la mayoría de la gente no sabe dormir salvo con pastillas, no descansa lo suficiente porque se tienen “tantas ocupaciones”; se come mal y a las apuradas con graves problemas gastrointestinales, e incluso hasta la vida sexual merma o se sostiene por la simple ansiedad;  y aún la más elemental convivencia se vuelve “insoportable”. Por su parte, las relaciones humanas de encuentro se transforman en simples “contactos virtuales” tan intrascendentes como anodinas.

Enfermedades del corazón, del estómago, del hígado, de la columna, etc. nos indican a gritos que estamos descuidando gravemente nuestra vida “biológica”, lo más elemental y básico del ser “humano”, vida biológica que, a su vez, nos permite desarrollar nuestra vida sentimental, intelectual, artística, etc. y, por supuesto, también la espiritual en su máxima expresión.

No olvidemos que el cerebro es parte esencial de nuestra biología, y cómo influye en nuestra vida su buen funcionamiento, que a su vez depende de una buena respiración, irrigación sanguínea, alimentación sana, descanso, etc. Cuando el cuidado corporal se descuida, automáticamente se descuida el crecimiento psíquico y espiritual.

Bien recordamos un lema de la sabiduría romana: Mens sana in corpore sano… En realidad el poeta  romano Juvenal en el siglo I  escribió: “Se debe orar para que se nos conceda una mente sana en un cuerpo sano. Pedid un alma fuerte que carezca de miedo a la muerte, Que considere el espacio de vida restante entre los regalos de la naturaleza, Que pueda soportar cualquier clase de esfuerzos, Que no sepa de ira, y esté libre de deseos…” Todo un ideario de vida de la antigüedad clásica… ¿podrá ser el nuestro?

Desde mi rol de psicólogo cada día constato más que el vértigo y la ansiedad de la sociedad moderna y los siempre continuos conflictos sociales y económicos atentan gravemente contra el sistema biológico humano provocando el mal de nuestra época: ansiedad, stress, pánico, mal humor, desgano, falta de sentido de la vida. Nuestra biología ya no soporta tantas exigencias y presiones, pues la misma sociedad que debiera protegernos es la que nos agrede y enferma con sus continuas demandas para el exclusivo servicio del “estado” (los pocos dueños del poder) con sus exigencias, urgencias, horarios, fiscalizaciones y reclamos de nunca acabar.

Porque lo dramático es que la misma sociedad, el mismo Estado que proclama los derechos humanos y los derechos del niño es el que viola sistemáticamente esos derechos de tantos niños y adolescentes que nacen y crecen sin alimentación sana, sin protección social, en barrios y casas altamente contaminados y antihigiénicos, en medio del ruido y de la vorágine ininterrumpida, cuando no viviendo en la calle y víctimas de la violencia y de los vicios que asolan nuestra sociedad.

Cómo pedirles que concurran a la escuela “para educarse” si han sido agredidos por la sociedad desde su nacimiento; cómo pedirles que crean en los adultos, si son los adultos los que maltratan su inocencia y generan una sociedad donde solo vale la competencia, la rivalidad y las agresiones, sin el menor aprecio por los sentimientos y las actitudes de solidaridad y justicia. Y no estoy hablando del respeto a los altos valores culturales o religiosos, estoy pidiendo simplemente que nuestros niños y adolescentes sean tratados según su naturaleza biológica, al menos como las flores silvestres y los pajarillos del bosque.

El mismo sistema pedagógico suele atentar a menudo contra el orden biológico de múltiples formas. Por ejemplo:

  • Atendiendo casi exclusivamente al desarrollo mental y racional, desvalorizando las instancias biológicas-animales-instintivas.
  • Exigiendo horarios incompatibles con los niños para levantarse, acceder a la escuela, o permanecer un tiempo excesivo en la misma.
  • No contemplar las inclemencias del tiempo (frío, calor, tormentas, etc.), pues todo se subordina a la disciplina institucional. ¿Tiene sentido ir a la escuela con temperaturas que rondan los cero grado o se acercan a los 40 como sucede en nuestros países?
  • Descuidar las necesidades emocionales y lúdicas de los educandos, consideradas más bien como estorbos para el aprendizaje escolar.
  • O exigiendo a los niños y adolescentes pasar largas horas sentados e inmóviles en sus pupitres.
  • Desconectarse de la familia y considerar a los padres como simples colaboradores del sistema institucional.

El sistema educativo no necesita grandes revoluciones tecnológicas, aulas super-especializadas ni sofisticadas computadoras en manos de los educandos. El gran cambio que se necesita es que los educandos sean reconocidos como lo que son: cuerpos vivientes cuyo alimento fundamental es el afecto en un ambiente sano y placentero.

  1. UNA EDUCACIÓN Y UNA ESCUELA EN ARMONÍA CON LA VIDA Y CON TODOS LOS  VIVIENTES 

a) Educación de los Sentimientos y actitudes ante la vida

Como en todos los demás aspectos y contenidos de la educación, también en una educación armoniosa con la Vida, lo primero es despertar y desarrollar los sentimientos que nos inspira la vida en sus muchas variables, y en especial ante el propio cuerpo viviente. Los sentimientos nos mueven a actitudes positivas y al deseo de conocer más todo eso que nos asombra y a lo que amamos. Y los sentimientos se despiertan y desarrollan,  no desde discursos y teorías, sino desde una experiencia que se vive.

Por lo tanto:

– La Escuela (y la Familia) se debe presentar ante el educando como un ambiente que ama la vida, respetuosa de vegetales, animales y de toda forma de vida.

Que disfruta de los árboles, del bosque, de las flores; que los protege y cuida. Que tiene su jardín o huerta a cargo de los educandos. Que cuida y protege a los animales domésticos y a toda expresión de vida.

En esa escuela los niños y adolescentes aprenden a vivir con la serena compañía de plantas y flores de cuyo cuidado se ocupan, admirando desde la pequeñez de las semillas hasta el milagro de su nacimiento y toda la evolución que culmina en algo bello y agradable, colorido y perfumado, flores y frutos.

Y cómo se desarrollan sus sentidos al percibirlos, cuántas emociones sienten y cuántas preguntas se hacen para comprender sus procesos físico-químicos. No es ningún misterio que especialmente los niños son particularmente sensibles ante la naturaleza viva, particularmente ante los animales y el follaje florido.

Ahora que las ciencias y las tecnologías informáticas (incluidos muchos programas televisivos) nos permiten observar la infinita variedad de especies vegetales y animales de todas las geografías, qué maravilloso y asombroso aparece su mundo, cuánta variedad de formas, colores y sonidos; y qué increíbles los aprendizajes que los animales tuvieron que hacer en millones de años para desarrollarse, para aprender a caminar o volar, para ver o detectar alimentos y peligros, para percibir colores o sonidos que ni el mismo ser humano registra; para adaptarse al frío, a la humedad, al calor, a las aguas profundas de los océanos o al desierto, etc.

Es un mundo maravilloso ante el cual sólo nos queda sentirlo desde el asombro… sorpresa, admiración… esa emoción que nos moviliza para apreciarlo, amarlo,  cuidarlo, descubrirlo  y conocerlo. Sin asombro no hay preguntas ni deseo de conocer, no hay una visión personal e íntima del mundo. Sin asombro no hay ciencia ni filosofía, no hay verdadero conocimiento. Hay repetición y aburrimiento.

Lo realmente asombroso e increíble es que vegetales y animales son nuestros antecesores en el arte de vivir y de ellos heredamos los elementos fundamentales de nuestra vida. Y qué rica vida social tienen, cómo colaboran entre sí, cómo cuidan a sus hijos y qué fantásticos galanteos con sus parejas ocasionales o permanentes.

Reitero: lo importante no es el conocer racional y abstracto, el conocimiento por el conocimiento, el conocer para el examen, sino el asombro, la empatía, la emoción en la cercanía y en el mismo proceso de una evolución cuyo éxito depende de todos, vegetales, animales y humanos.

Las plantas y los eventuales animales que nos rodean (gatitos, perritos, pececillos, pájaros, tortugas, conejos, etc.) son el espejo de nuestra propia existencia como seres biológicos, al margen de que se los tenga como “mascotas” de compañía. No sólo los vemos comer y respirar como nosotros (en realidad respiran mejor que nosotros… diafragmáticamente), sino que nos sorprendemos al detectar su rica sensibilidad, sus emociones de alegría o tristeza, el deseo de acompañarnos y el sufrir en las despedidas, cómo aprenden a cuidarnos e incluso defendernos.

Sólo amándolos es como aprendemos a conocerlos y cuidarlos. Amándolos y conociéndolos, aprendemos desde esa experiencia a amarnos y conocernos, porque el objetivo de las llamadas ciencias biológicas no es “conocer la biología” de vegetales, animales y humanos, sino amarlos y respetarlos, porque somos hermanos de la misma familia. Podemos interconectarnos para un beneficio común, e incluso alimentarnos de los vegetales y de ciertos animales, mientras que los cuidamos y procuramos su sustento.

Y toda la gran familia biológica tiene su futuro ligado a esta sana armonía; descuidándola y destruyéndola, nos destruimos inexorablemente, como ya está sucediendo por la interconexión entre los vegetales y la atmósfera, por ejemplo. Lamentablemente los humanos hemos sido y aún somos los grandes depredadores y destructores de la vida vegetal y animal, y ya sufrimos sus graves consecuencias.

– La Escuela (en sus varios niveles, y la familia) para poder educar tiene que ser la comunidad que ama, respeta y valora al educando “como un cuerpo vivo y viviente”, que hoy llega después de una larga evolución de millones de años. Llega después de 14 mil millones de años, no como uno más, sino como un actor único que tiene algo que decir y hacer.

Y llega para completar la evolución de los educandos y desarrollar todas las virtualidades de su cuerpo orgánico, material, psíquico, social y espiritual.

Admiración y asombro ante esta maravilla que demandó varios miles de millones de años para llegar a ser, de un simple polvo cósmico, un organismo que supera a todos los otros seres vivientes, cuyas virtualidades posee, alcanzando el desarrollo biológico en su máxima expresión con un cerebro cuya organización recién estamos descubriendo; cerebro con sus más de diez mil millones de neuronas necesarias e imprescindibles para un sin número de funciones, disponiendo cada neurona de mil a diez mil sinapsis o conexiones con las neuronas adyacentes. Un cerebro que nos permite desde sentir un perfume hasta lograr los más profundos pensamientos filosóficos y religiosos o descubrimientos científicos; desde percibir el calor ambiental hasta formular  emociones y sentimientos con un lenguaje múltiple y variado en sus formas.

Este maravilloso cuerpo viviente tiene determinadas necesidades específicamente corporales-materiales y otras necesidades psíquicas-sociales (que analizaremos detenidamente). Entre ellas, de alimentación sana, de vestimenta y vivienda adecuadas, etc. pero siempre y en todo caso de un ambiente “social” sano de vida adulta, a cuya imagen se irá desarrollando.

En ese ambiente los niños (nenes, pequeños…) y adolescentes (“los que están creciendo”) aprenderán a vivir según el modelo o estilo de vida que experimenten diariamente.

Pero  no recibirán pasivamente ese modelo de vida, sino que tienen la capacidad de descubrir por sí mismos las ventajas y desventajas de la impronta adulta, haciendo sus propias correcciones y adaptaciones. El cuerpo viviente de los educandos no es un receptáculo vacío dispuesto a recibir pasivamente los ingredientes de los educadores, porque ellos en cuanto niños o adolescentes serán y “deben ser” los sujetos de su propio desarrollo, con el mismo derecho que tuvieron los seres humanos desde su más remota antigüedad. El cuerpo vivo de los educandos procesa todo lo que recibe del exterior, y los niños y adolescentes actuales lo hacen en un grado muy relevante, con un gran sentido de autonomía e incluso de rechazo que nos sorprende.

Como también procesan lo que les llega de su interior, sensaciones corporales, estados de salud o enfermedad, emociones agradables y desagradables, sentimientos variados y más profundos y permanentes, y deseos instintivos que los confunden y confunden a los mismos educadores, cuya primera tarea será ayudarlos, desde su propia experiencia, a reconocerlos, interpretarlos y armonizarlos.

Los educandos son cuerpos vivientes en constante evolución y ebullición, con leves mesetas de tranquilidad que se rompen con picos de crisis que generan esa típica ansiedad de existir como seres humanos crecientes, a los que la psicología evolutiva intenta describir acertadamente, aunque nunca definitivamente; porque la misma cultura al evolucionar genera cambios en las etapas madurativas de los educandos, sea acelerando esos cambios, sea retardándolos, sea modificándolos significativamente.

Baste observar la influencia determinante de los medios masivos de comunicación, las redes sociales y los aparatos electrónicos en el habla de los niños y adolescentes, en sus juegos y diversiones, en sus fantasías, en sus relaciones intersexuales o en la valoración y cuidado de sus cuerpos, como también en su mayor espontaneidad, autonomía y desparpajo.

Así la escuela, lejos de ser una institución definitiva y conservadora es más bien un tren con un andar permanente que se mueve a muy variadas velocidades y que recorre las diversas estaciones hacia un lejano final que parece nunca alcanzarse. Paradójicamente, lo único “conservador” es el cambio y el movimiento constante.

–  El educando es un cuerpo vivo que habla y se expresa a través de todo su cuerpo. La escuela debe escucharlo en todos esos lenguajes y aprender a interpretarlos correctamente. Reconocer al educando como un cuerpo viviente significa aprender a escuchar a ese cuerpo en todos sus lenguajes específicamente biológicos. Antes que el niño aprenda el lenguaje cultural y sus reglas de dicción o escritura, ya desde su nacimiento tiene un rico abanico de expresiones para comunicarse. Entre ellas:

. El cuerpo en su expresión externa es el primer lenguaje cuyos significados aprendemos: si está relajado o tenso, si cálido o frío, si se mueve o está inmóvil. Los educandos expresan el tedio o aburrimiento con un esquema corporal; como también el no querer comunicarse, el aislarse, el estar ansiosos, cansados, exultantes, tristes o alegres.

Los educadores deben entender ese lenguaje y no reprimirlo, exigiendo posturas que no corresponden a la realidad interna que el sujeto vive. No exigir, por ejemplo, el “demostrar interés” cuando el cuerpo señala aburrimiento o cansancio. Si se lee ese mensaje, es el educador quien debe cambiar su forma de relacionarse para provocar el cambio correspondiente.

En este sentido el “silencio” del cuerpo puede tener muchos significados: atención o reflexión, pero también miedo o desinterés. Los grupos y sociedades que “no expresan lo que sienten”, en realidad pueden estar expresando resignación, rabia contenida o profundo desinterés, miedo a las amenazas y reprimendas, etc.

. El cuerpo se expresa mediante el lenguaje de las emociones, siendo el llanto y la sonrisa las primeras manifestaciones que revelan el estado de ánimo del sujeto. También en este caso, el lenguaje debe ser interpretado, pues el llanto, por ejemplo, puede expresar dolor físico, hambre o sed, sueño, cansancio, pero también emoción profunda, pérdidas, crisis nerviosas, etc. También registramos llantos de rabia, de impotencia, de odio, pero también de soledad y carencia afectiva.

Las emociones siempre se expresan externamente a través del cuerpo de muchas maneras: tensiones físicas (en el rostro, en las manos, en hombros y espaldas, en el estómago o intestinos, etc.), ademanes, tonos de voz, gritos, saltos, inhibiciones, rubor de la piel o palidez, etc. etc. Una escuela o familia que no sabe leer todos estos signos nunca entenderá a los educandos que se sentirán abandonados e incomprendidos a pesar de las muchas palabras que se les digan.

. Al mismo tiempo los educadores deben aprender a expresarse ellos mismos con todo su cuerpo para que su “mensaje” verbal, si existe, sea coherente con el mensaje corporal. Y también expresarse verbalmente en silencio, pero con un mensaje corporal afectivo mucho más eficiente, como puede ser una mirada comprensiva, tierna y atenta, un abrazo, etc.

Insisto en la mirada y en la postura corporal del educador: todo reflejando interés, respeto, empatía. Conocemos de sobra posturas, ademanes y tonos de voz específicos de los cuarteles y de las cárceles que todavía se emplean en ciertas escuelas.

También la imagen corporal del grupo transmite un mensaje: no es lo mismo hablar de pie a los educandos sentados en filas, que estar todos sentados en un círculo expresando así mayor igualdad, cercanía y participación. La disposición de las “aulas” y su imagen física no es un dato menor en educación, como asimismo su forma y colorido, o su falta de color, etc. El aula física, cuerpo integral, puede expresar alegría, serenidad, acogida o indiferencia, anonimato, familia o cuartel.

. Tradicionalmente la escuela, ya desde los primeros años escolares, se concentró casi exclusivamente en el lenguaje mental-conceptual-verbal, descuidando el riquísimo y significativo lenguaje del cuerpo viviente. Esto significó, como es evidente, ignorar o desvalorizar al cuerpo y organizar una educación absolutamente racional divorciada de la vida misma.

Hoy, si queremos hacer una educación integral, debemos incorporar a la educación todos los lenguajes del cuerpo viviente que, a su vez, encontrarán una traducción en las lenguas culturales, orales y escritas, que conforman la base convencional-unificada para el intercambio y la vida social.

Pero si queremos que el lenguaje verbal o escrito sea expresivo del ser humano, debemos primero aprender el lenguaje del cuerpo con sus expresiones, emociones y sentimientos, que en los seres humanos (no así en los animales) encuentra después una determinada re-formulación específica en cada cultura o subcultura particular por medio del “habla”. Mientras que el lenguaje corporal es universalmente comprendido en sus expresiones y significados sin un aprendizaje previo, el habla o lenguaje cultural es convencional y comprendido por cada grupo que aprendió su estructura específica.

. El cuerpo viviente expresa tanto el bienestar como el malestar, la salud como la enfermedad mediante las sensaciones corporales y el funcionamiento de los órganos. Todos conocemos las sensaciones de bienestar, ese termómetro que señala el buen estado de nuestro cuerpo. Pero tenemos más dificultades en comprender que la mayoría de los dolores, sensaciones displacenteras y enfermedades expresan un mensaje de alerta que generalmente no tiene un origen exclusivamente físico sino que son “psicosomáticas”, o sea, expresiones de un malestar psíquico mediante los síntomas corporales.

Los psicólogos estamos acostumbrados a atender niños y adolescentes (también adultos) que sufren problemas físicos, aparentemente sin una causa justificada desde el punto de vista médico, pero cuyo origen está en algún conflicto emocional, en agresiones de las que no sabe defenderse, etc.

Algunos ejemplos aclaran mejor este lenguaje corporal: Una niña de 9 años al acercarse a la escuela mientras era conducida por su padre en el automóvil, automáticamente comenzaba a descomponerse y sentir náuseas.  No fue difícil comprobar que las náuseas provenían del rechazo que sentía de parte de su maestra por la que era a menudo descalificada.

Hoy es sobre todo el cuerpo el que se está haciendo cargo y enviando repetidos mensajes sobre el malestar social, problemas conyugales y familiares, conflictos sentimentales de todo tipo, tensiones laborales y muchos problemas más que, al no resolverse adecuadamente, se expresan y localizan en el cuerpo.

. Muchas conductas de niños y adolescentes consideradas inapropiadas o antisociales, expresan conflictos afectivos o vinculares no resueltos. Cuando un educando “se porta mal”, es desobediente o agresivo, no estudia ni hace sus deberes escolares, no retiene o no entiende determinada asignatura, abandona la escuela, etc. etc., es muy tentador tratar dichos comportamientos desde el punto de vista disciplinar, con lo cual se agrava más el problema, porque no se trata de un problema disciplinar sino “biológico”. Como en el caso de las somatizaciones,  nuevamente debemos escuchar esas conductas antisociales como lenguajes psico-corporales que quieren expresar algo que no se sabe expresar verbalmente o se lo expresa pero no se es escuchado.

Desde mi larga experiencia como educador y psicólogo he comprobado que la mayoría de esas conductas expresan un conflicto en los vínculos de los niños o adolescentes. Cuando un niño o adolescente no se siente suficientemente amado, o sufre por sentirse aislado o por celos, o no se siente “aprobado” en la estima de padres, educadores o sus pares, al no poder enfrentarlos verbalmente para solucionar el conflicto, toda la agresión reprimida se expresa justamente hiriendo a padres y educadores en lo que más les duele, no estudiando, abandonando la escuela, siendo socialmente agresivos, etc.

Hoy se habla mucho de la agresividad de niños y adolescentes entre ellos mismos, pero no se acierta en comprender y descifrar ese lenguaje. Si no se mejoran los vínculos, si en la familia y en la escuela no se priorizan los sentimientos positivos, no solamente los adolescentes y niños no los pueden incorporar, sino que como forma de protesta actúan agresivamente.

No hace falta ser un genio para comprobar que el desinterés de los adolescentes por la escuela y todo lo que signifique deberes escolares tiene su origen en que la escuela con sus educadores no establece un vínculo positivo con ellos y sus necesidades. Si se rechaza el vínculo propuesto, si no hay un ambiente sereno, alegre y placentero, no pretendamos una respuesta positiva. La inteligencia y la memoria sólo funcionan bien cuando reciben los contenidos desde un mensaje emocional positivo. ¿Y esto por qué? Porque somos mamíferos… La biología es anterior a toda norma cultural y rechaza toda estructura social que viola sus milenarios principios. Disciplinas, reglamentos, premios y castigos pueden servir para que los educandos “estudien para aprobar”, pero nunca para “aprender” a vivir. La protesta del organismo se registrará, cuando no hay cambios en la estructura social, en enfermedades e inconductas.

. El cuerpo de los educandos-mamíferos tiene un lenguaje privilegiado en los juegos, que son mucho más que pasatiempos, como sucede en los adultos. Los niños, desde la más primitiva infancia, juegan todo el tiempo experimentando ese mundo nuevo en el que se encuentran y abriéndose a los sentidos y al placer que les provocan.

Al jugar, los niños exploran el mundo externo y el propio desde el contacto físico y descubriendo sus muchas virtualidades como elementos para ser disfrutados desde la vista, el olfato, el gusto, el contacto, el sonido, etc. Es el primer aprendizaje y prototipo de todos los aprendizajes: experiencia y placer. El aprendizaje racional se abrirá paso lentamente sobre esta experiencia primaria.

Esta matriz primitiva de conocer la realidad desde el contacto corporal y desde el placer que les provoca, permanecerá para siempre como el conocimiento de la realidad por excelencia. Al jugar de esta manera, el niño simboliza la realidad que va adquiriendo determinado significado y valor. Así en sus dibujos, objetos grandes representan personas importantes; objetos coloridos significan personas o situaciones afectivas y así sucesivamente. También por medio del juego el niño establece relaciones con los otros niños, como también con su núcleo familiar.

Durante la adolescencia el juego de reconocimiento que otorga placer se ejerce en el contacto con el propio cuerpo y con el cuerpo de los otros, hasta llegar a su máxima dimensión en las relaciones sexuales que nunca pierden su esencia lúdica. Ese es el camino de la biología, camino espontáneo y sano de por sí que se irá aprendiendo a transitarlo sin riesgos para uno mismo y para los otros, respetando la intimidad de los demás y defendiendo la propia intimidad. También los animales no humanos lo saben hacer así…

Por eso propiciamos una escuela que enseñe desde el juego, lo que no significa que los educandos tengan muchos “recreos” para jugar, sino que todo el aprendizaje se realice con la dinámica del juego: experiencia lo más directa posible con la realidad desde todos los sentidos y lenguajes, lo que se traduce en un aprendizaje gozoso y placentero.

Lamentablemente la escuela tradicional está en las antípodas del gozo y del placer que son reprimidos en aras del estudio disciplinado, de la seriedad y del temor; basta pensar en las sensaciones y emociones que provocan los “exámenes” y todo lo relacionado a las calificaciones.

La experiencia nos demuestra que lo aprendido con entusiasmo, alegría y placer es un aprendizaje incorporado que dura toda la vida; en cambio “lo que se estudia” sin alegría se lo olvida después de dar los exámenes…

La didáctica con sus recursos debiera ser el aprendizaje de los educadores para acompañar a los educandos en todos sus procesos educativos desde una postura vital, alegre y gozosa. Es la condición óptima para que la inteligencia, la memoria y la voluntad actúen con los mejores resultados.

También los juegos espontáneos u organizados desde ciertas reglas son la mejor oportunidad para el desarrollo de los sentimientos en las relaciones humanas. Observando los juegos vemos cómo el educando organiza su cuerpo, vive sus destrezas y aprende otras, acepta las reglas sociales, enfrenta sus fracasos o disfruta sus éxitos, se relaciona con sus pares; cómo incluye a los nuevos o a los menos aptos, cómo vence su timidez, cómo controla sus emociones negativas, etc. etc.

La educación de las emociones y de los sentimientos no se aprende sentados cómodamente en un pupitre escuchando buenos consejos, sino simplemente relacionándose con los otros y aprendiendo a modular las emociones, a gritar o callar, a establecer contactos positivos, a defenderse de situaciones adversas, a lograr objetivos en común, a ejercer ciertos liderazgos, a ayudar al necesitado, a poner límites al invasor, a expresar  emociones sin herir a los demás, etc. Y por supuesto que esto vale tanto para los niños, como para los adolescentes y adultos… Basta observar el comportamiento de jugadores y espectadores en un estadio de fútbol…

En el sistema educativo tradicional los juegos y los recreos no forman parte de la educación sino que son simplemente un descanso para continuar luego “resistiendo” a las otras horas de estudio, y siempre estará prohibido “jugar en clase”. Pero, entonces, ¿cómo puede aprender un niño a relacionarse con el mundo y con los otros si no juega? Ese es el dilema. Gracias al juego, en el sentido amplio que le damos a este término, el niño aprende a crecer y madurar con su cuerpo, no negando su cuerpo o reprimiéndolo. Quien disfruta con sus manos y pies, y con todos sus sentidos, con sus emociones y sentimientos al descubrir la realidad cósmica y biológica, también disfrutará cuando su propia evolución lo mueva a conocer más sutilmente gracias al lóbulo frontal que elabora nociones, conceptos y juicios de valor sobre una realidad que ya aprendió a sentir, gracias al mismo cerebro que tienen los animales más desarrollados y que hemos heredado.

En los niños mayores y en los adolescentes el juego incorpora otras modalidades que también generan placer y disfrute: son los trabajos en equipo, las discusiones y debates sobre un problema, las diversas tareas investigativas, las dramatizaciones, las múltiples expresiones artísticas, el teatro o video, las salidas y excursiones y muchas actividades más que tienen lugar en el ámbito escolar. Lentamente las actividades superiores del cerebro pasan a ser juegos interesantes, como la lectura (hoy tan devaluada), la reflexión, los debates, actividades sociales y culturales y otras más destinadas a crecimiento personal y a una mejor comprensión de la realidad.

En la adolescencia, el cuerpo se desarrolla cada vez más y surgen nuevas necesidades especialmente relacionadas con los instintos y sentimientos, incentivados por las hormonas; es la etapa siempre complicada del ingreso a la madurez y adultez, tanto biológica como psíquica. La sexualidad con su nuevo lenguaje se ubica en el centro de la escena, como también el atractivo físico, el desarrollo estético del cuerpo, las competiciones deportivas o la inserción social, instancias todas que ponen nuevamente al cuerpo en el centro del escenario educativo… ¿Se lo seguirá ignorando?

Si bien es cierto que las computadoras, televisores  y teléfonos móviles son hoy una fuente importante de juego y pueden ser correctamente empleados en la educación sea para la comunicación, como para investigar, etc., jamás se debe olvidar que  siempre habrá un juego prioritario cuando hablamos de educación: el encuentro personal con los otros, sea con amigos, con novios o compañeros de aprendizaje. Nada puede reemplazar a este juego que, por cierto, implica también a los educadores, docentes o padres; un juego que nos libra de la soledad y del autismo y nos abre necesariamente a los otros con lo más íntimo y personal de cada uno. Como mamíferos, nuestro primer juego fue disfrutar del pecho materno. Así aprendimos qué es una madre, qué es un alimento sano  y qué es un vínculo  gozoso.

-Si hemos seguido estas reflexiones con cierto interés, habremos observado que una educación que armoniza con la vida se vuelve necesariamente integral porque la vida es sólo una y articula muchas dimensiones, a las que el mismo cuerpo y el desarrollo del cerebro se encargan de expresar. Desde el aspecto más primitivo o “animal” con sus instintos aprendidos en millones de años, con la armonía de los diversos órganos y sentidos que exigen desarrollo y crecimiento, y el despertarse de tantas emociones heredadas de nuestros hermanos mamíferos hasta los más elevados sentimientos y pensamientos, decisiones y proyectos, todo forma parte de la vida humana y todo exige ser aprendido y desarrollado.

Nada es malo en el cuerpo ni despreciable; nada es superior a lo otro, pues el Todo existe en la armonía de todos sus componentes; y los tres grandes niveles del desarrollo humano (cerebro instintivo, cerebro emocional y cerebro racional) existen para armonizarse en lo que les da unidad y sentido: el ser humano, la persona, el Yo unificador.

Y aún las instancias llamadas “superiores” como la razón, el conocimiento, la lógica, la espiritualidad… no existirían sin la materia orgánica del cerebro. Las podemos llamar perfectamente “energías” del cuerpo viviente que llega a su final atravesando necesariamente las etapas anteriores, y hasta podemos suponer que esa evolución continuará en los próximos millones de años.

Lamentablemente en Occidente por influencia de la filosofía griega y la mística cristiana que la incorpora, hemos sufrido en estos dos mil años un dualismo maniqueo que dividió al ser humano en dos elementos opuestos y contrarios: el cuerpo y el espíritu, considerándose malo al primero debido a sus instintos vitales-animales, y bueno al segundo, considerado como una emanación o hálito divino. Desde este presupuesto, la educación consistiría en que el espíritu (razón, religión) domine al cuerpo y lo someta a una no-existencia.

Así una educación amputada intentará formar a un ser humano amputado; y si bien hoy en general se declama contra ese esquema dualista, en la práctica nuestro sistema educativo sigue estando amputado y si ya no reprime tanto al cuerpo, igualmente lo ignora por no saber cómo educarlo teniendo en cuenta “todos” sus componentes y niveles. Al ignorarlo y al no saber armonizarlo, lo reprime, y entonces el cuerpo se rebela con sus instintos de una forma descontrolada, muy bien reflejada en la célebre frase de Blas Pascal: “Qui veut faire l’ange fait la bête”, el que quiere transformarse en un ángel, se transforma en una bestia.

Sintetizando:

Pensemos una Escuela que ama y se armoniza con la vida en todas sus expresiones; que ama a los educandos y que sabe expresar ese amor vital; que cuida la vida integral de los educandos y que la desarrolla en forma integral, en lo biológico, en lo emocional, en lo psíquico, en lo social, en lo cultural y en lo espiritual.  Que no hace ningún tipo de discriminación, ni de personas ni de aspectos de la persona.

En la que los educandos aprenden a respetar la vida e integridad de los otros, a evitar toda forma de discriminación o menosprecio, a valorar a todos por su dignidad de seres humanos vivientes.

Que festeja la vida, que juega y se expresa de mil maneras. Escuela que desarrolla los sentidos y sus capacidades, las destrezas corporales y habilidades de todo tipo.

Que vive  y profundiza la socialización, los sentimientos, los vínculos, el amor, la ternura, el diálogo y la creatividad, el altruismo, la generosidad, la participación. Una escuela donde se aprende a construir entre todos una sociedad armónica  aquí y ahora.

b) La escuela produce conocimientos que profundizan la experiencia de la vida

Si la educación parte en primer lugar de las emociones, sentimientos y actitudes que nos provoca el encuentro con la vida, entonces los diversos conocimientos desde las ciencias biológicas (zoología, botánica, anatomía, fisiología, etc.) retoman esa experiencia vital, la profundizan, “le ponen nombre”, analizan sus leyes y evolución, su conservación y sus riesgos de enfermedad o destrucción, pero siempre con el objetivo de vivir mejor la vida, de tratar mejor a la naturaleza viviente, de comprender el propio cuerpo integral para disfrutarlo sanamente y crecer en armonía.

Reiteramos lo ya dicho: el conocimiento no es un fin sino un medio para vivir mejor; desarrollamos nuestra comprensión de la naturaleza para crecer en una vida integral.

La motivación para el estudio de las ciencias biológicas (en general muy poco agradables y simpáticas, con sus largos y tediosos enumerados de clases de animales, especies botánicas, nombres de huesos, músculos y nervios…) es el asombro y el amor a la vida, el cuidado hacia nosotros mismos, el desarrollo de nuestras capacidades orgánicas, mentales y culturales de todo tipo. Conocer más para vivir y gozar mejor. Estudiar, cuando hace falta como método, para aprender a vivir.

Pero el método de estudio tradicional (sentados, quietos, en silencio, escuchando, tomando apuntes, etc.) no es precisamente el método apropiado para niños y adolescentes. Su método es el juego y el contacto sensual y emocional con la realidad, tal como lo hemos enunciado anteriormente. Su método o camino es el disfrute gozoso de la experiencia que se vive.

En las culturas antiguas los niños aprendían sin estudiar, sin escuelas y sin libros. Simplemente aprendían por el contacto con la vida natural y social y el acompañamiento de su familia. Nosotros hemos confundido los dos términos: estudiar y aprender. Pero basta preguntarnos cómo hemos aprendido a andar en bici o en patines, para darnos cuenta de que se puede aprender sin estudiar. El “estudio” es un simple método y tiene a su vez muchas posibles estrategias.

El aprendizaje de vivir sana e integralmente como seres biológicos es nuestro objetivo.

Algunas actividades

-Descubrir qué derechos humanos y qué deberes tenemos en relación con el respeto de todas las formas vivientes y con la integración vital-social.

Ver cómo nos cuidamos y cuidamos a los otros: en los deportes, en la calle, en el respeto a las normas de tránsito, en la convivencia cotidiana…

Analizar las formas de violencia entre niños y adolescentes dentro y fuera de la escuela, formas agresivas de relación a menudo fomentadas desde los medios de comunicación e internet.

-Descubrir y analizar con qué facilidad hoy se viola en la sociedad el derecho a la vida y a la integridad física: guerras, asesinatos, peleas sangrientas, abortos, esclavitud sexual, agresiones de todo tipo, desprecios, humillaciones…

– Descubrir entre todos los Valores sobre los cuales queremos construir nuestra ética biológica y la armonía social. Y qué antivalores y formas de ser atentan contra la vida. Cómo la destruimos y nos destruimos.

– Todas estas actividades realizarlas en trabajo en equipo de educadores y educandos que van configurando la estructura social y las normativas según las cuales quieren vivir y relacionarse.

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