Sexualidad e Iglesia. Síntesis. Hoy: cambiar… Mifsud

SEXUALIDAD E IGLESIA. LA DOCTRINA DE LA IGLESIA: SÍNTESIS

En los primeros siglos, el pensamiento de los grandes Padres y teólogos de la Iglesia gestaron las siguientes  ideas sobre  la sexualidad,  ideas que con pocas variables  llegarán hasta nuestros días.

(Sigo en este punto al excelente  libro Una reivindicación ética de  la sexualidad humana, Tony Mifsud, Ed. Paulinas, Chile.)

-La preeminencia de la virginidad sobre el matrimonio.

Como  botón  de  muestra,  leamos  la  célebre  frase  de  san  Jerónimo,  un  empedernido misógino, traductor de la Biblia al latín: «Eva en el paraíso fue virgen. Pero después que hubo de vestirse de pieles, tuvo origen el matrimonio… Debes saber que  la virginidad  fue concedida por  la naturaleza; el matrimonio, en cambio, a raíz de la culpa… Aprecio el matrimonio, pero porque hace nacer vírgenes. Las rosas se recogen de las espinas».

Desde ya que no todos compartían posición tan extrema, pero es indicativa.

-La  sexualidad  debe  ser  sometida  en  todos  los  casos  a  la  continencia,  aun  dentro  del matrimonio, controlando la fuerza sexual.

No faltaron quienes prohibían, desde esta perspectiva, las segundas nupcias a los viudos y restringían de muchas formas la relación íntima entre esposos.

-Se  consideraba  lícito  al  matrimonio,  aunque  al  acto  conyugal  se  lo  consideraba  en cualquier caso como una concesión; y siempre era pecado si no había intención de procreación.

Se recomendaba o prohibía también la abstinencia sexual en las fiestas religiosas, adviento, cuaresma, etc.

-Los  bienes  del matrimonio  eran:  primero,  la  procreación;  segundo,  la  fidelidad  de  los esposos; tercero, la ayuda mutua de los cónyuges; cuarto, impedir la fornicación.

Estas  ideas, con muchos matices y no  sin grandes polémicas,  llevarán al cristianismo a una situación de verdadero conflicto con la sexualidad, llegándose a muchos casos de verdadera neurosis sexual.

Algunos textos ilustrativos

Sólo a  título de ejemplo  ilustrativo,  transcribo algunos  textos del  libro de  san Agustín, «El bien del matrimonio», compuesto en el año 401 para defender la legitimidad del matrimonio contra  las  teorías  extremistas,  pero  insistiendo  en  la  superioridad  de  la  virginidad  y  de  la continencia total, y rubricando el primordial objetivo de la procreación.

«Los hijos vienen inmediatamente a consolidar la eficacia de esta sociedad vincular como el único  fruto honesto,  resultante no  sólo de  la mera unión del hombre y de  la mujer,  sino del comercio  y  trato  conyugal;  ya  que  podría  darse  otro  tipo  de  unión…  sin  ese  comercio matrimonial,  en  el  que  el  hombre  llevará  la  razón  del  mando,  y  la  mujer  la  razón  de  la obediencia…

Hay  hombres  de  tal  modo  dominados  por  la  incontinencia,  que  no  se  abstienen  de acercarse  a  sus  esposas  ni  siquiera  cuando  se  hallan  en  estado.  Pero  hay  que  decir  que  todo cuanto los esposos realicen en contra de la moderación, de la castidad y de la verecundia, es un vicio  y  un  abuso,  que  proviene  no  del matrimonio  sino  de  los  hombres  desenfrenados… Pero, aunque las costumbres depravadas fuercen a los hombres a tales abusos, aun así afirmamos que el matrimonio es un bien, porque preserva a los casados del adulterio y de la fornicación…

Los  esposos  están obligados  a  cumplir  fielmente  sus deberes  conyugales  con  recíproca donación  en  cuanto  a  la  carne,  no  sólo  con  el  fin  primario  de  criar  hijos,  que  en  este mundo visible y perecedero es la razón primera… sino también para evitar el contraer, a espaldas de esta unión sagrada, otros vínculos concubinarios e ilícitos…

Si se hace uso del débito conyugal sólo con el fin de satisfacer la concupiscencia, la culpa no excedería de venial. En cambio, el adulterio y la fornicación constituyen pecado mortal.

Luego, para concluir, el estado de continencia es más excelente, y por lo tanto, preferible al matrimonio mismo, incluso cuando sólo tiene por fin la procreación».

Siglos más tarde, santo Tomás reforzará el argumento de la superioridad de la virginidad afirmando que “incluso la razón llega a descubrir esta verdad, pues el bien divino es superior al humano; el bien del alma, al del cuerpo. Pues bien, la virginidad se ordena al bien del alma que es la vida contemplativa -pensar en las cosas de Dios-, mientras que el matrimonio se ordena al bien  del  cuerpo,  por  la multiplicación  corporal  del  género  humano,  y  tiene  que  dedicarse  a  la vida activa, pues el hombre y  la mujer casados necesitan pensar en  las cosas del mundo, como enseña san Pablo. Por lo tanto, es indiscutible que la virginidad es preferible…”

La aplicación a la moral sexual

Estas  ideas serán aplicadas desde  la predicación, el catecismo y desde  la confesión.
Los “Libros  penitenciales”(desde  el  siglo VI)  en  cuanto manuales  de moral  práctica  señalaban  las penas a los pecados sexuales dentro de una complicada casuística, de la que damos un resumen (Según Marciano Vidal en Moral de la persona, Madrid, 1985):

– El uso del matrimonio sólo es aceptable si está  legitimado por una posibilidad concreta de procreación efectiva.

– Se  prohíben  las  relaciones  sexuales  a  los  casados  incapaces  de  procrear,  tanto  por esterilidad, inmadurez sexual o senectud, como en caso de embarazo, ciclo menstrual, etc.

– Se ven  las faltas sexuales en un contexto y ambiente de magia e  idolatría, sobre  todo el aborto y la anticoncepción.

– Otros  libros  penitenciales,  como  el  famoso  de  Burcardo,  aplica  penas  de  penitencia  y ayuno al esposo que hace el coito por detrás, o durante la menstruación, o durante el embarazo o el postparto; como también si realizan ambos la relación en domingo, durante la cuaresma, antes de Navidad y en otras fiestas religiosas.

En  los  siglos  siguientes  los  manuales  de  moral  llevarán  la  casuística  hasta  límites inimaginables  para  el  hombre  moderno,  casuística  que  será  especialmente  enseñada  en  los colegios religiosos, parroquias, etc., en la formación de la juventud y aplicada en el confesonario.

Con  una  meticulosidad  impresionante  se  distinguen  pecados  veniales  de  mortales,  se analiza  la  intención  de  cada  hecho  en  particular  hasta  límites  verdaderamente  enfermizos,  en extensos y exhaustivos comentarios del sexto y del noveno mandamientos. A  tal punto  llega  la obsesividad sexual que ciertos  textos más directos se escriben en  latín, modalidad constante de los libros sobre moral sexual.

Sólo  como  ejemplo,  cito  textos  de  un  manual  español  moderno,  aparecido  en  1951 (Arregui-Zalba, Compendio de teología moral):

“Respecto a los besos, abrazos y otras manifestaciones semejantes:

– En las partes excitantes es pecado mortal, aun cuando no haya afecto malo.

En  las partes menos  excitantes  (piernas, pecho)  también  es pecado mortal,  al menos  si practicadas con torcido afecto.

En las partes no excitantes (manos, rostro), si por afecto venéreo, es pecado mortal; si por sensual,  al  menos  implica  algo  de  desorden;  si  por  costumbre  admitida  o  urbanidad,  no  es pecado; con todo, fácilmente serán pecado grave esos besos entre adolescentes de diverso sexo, y más  si  no  están  estos  en  relaciones  o  si  los  practican  con  morbosidad,  por  el  peligro  que implican.

– Mirar  las  propias  partes,  a  no  ser  que  se  haga  con  detención  y  sin  causa  o  por  torpe afecto, no es pecado mortal…

Mirar  las partes de otros del mismo sexo, no es pecado mortal, a no ser que se proceda detenidamente o con el afecto sodomístico. Mirar las partes de otros de distinto sexo, es pecado mortal de ordinario, a no ser que se haga rápidamente y como de improviso o desde lejos.

Mirar el apareamiento de animales, sin mal afecto, no es por sí pecado mortal, sobre todo si se trata de animales pequeños, perros, aves, etc., y sin mayor detención.

Mirar  las  figuras  completamente  desnudas  de  uno  y  otro  sexo,  a  no  ser  que  se miren rápidamente  y  por  utilidad,  puede  ser  pecado mortal… Es  censurable  la  costumbre  de muchos estudios de tomar modelos naturales de mujeres casi completamente desnudas…”

– Siguiendo esta larga e inquisitoria lista, sobre los novios se dice:

«Les  son  lícitos,  siempre que  traten en  serio el matrimonio y a plazo no muy  largo:  las visitas mutuas conforme a las costumbres razonables del lugar, pero con las debidas cautelas, por ejemplo  no  permaneciendo mucho  tiempo  juntos  ni  en  sitio  retirado,  etc. Y  estén  persuadidos que de suyo no hay absolutamente nada lícito para ellos que no lo sea para los demás solteros.

También  les  está  permitido  señales  admitidas  de mutuo  amor,  como  el  darse  la mano como  saludo,  las  conversaciones,  y  a  veces  hasta  el  besarse  las  manos  o  el  rostro,  aún  con previsión,  pero  sin  intención  de  algún  deleite  venéreo;  pues  puede  darse  causa  suficiente  para permitir ese afecto.

Ciertas manifestaciones del afecto con actos más o menos excitantes, son más peligrosos para ellos que para los demás; por lo tanto, sean muy cautos y moderados en las conversaciones y en la familiaridad, para hacerse acreedores a las bendiciones del cielo».

¡A cuántos años luz estamos del Cantar de los Cantares!

– Por  supuesto  que  a  la  masturbación  se  le  dedican  varias  páginas  con  meticulosas divisiones  entre  emisión  seminal  voluntaria  e  involuntaria,  consentida  o  no  consentida, espontánea o provocada, etc.

Así se afirma:

«La masturbación o polución -que los médicos llaman onanismo- es un acto vergonzoso – vicio solitario- practicado a solas hasta la satisfacción completa en uno y otro sexo.

Sigue en  latín el  texto sobre  la masturbación femenina, afirmándose que la emisión del humor  vaginal  en  la mujer…  tiene  la misma malicia  de  la  polución,  pues  consiste  en  el  uso separado completo de la actividad sexual».

Se  declara  que  «si  es  voluntaria,  aun  como  un medio  distinto  del  deleite,  siempre  es pecado  grave…»,  condenándosela  incluso  cuando  el  marido  requiera  del  semen  para  algún estudio médico, fertilidad, etc.

– Respecto a la polución nocturna natural se afirma que “si es completamente involuntaria, no es pecado… pero si se inicia espontáneamente y se la promueve con tactos o movimientos, es pecado  grave;  pero  no  hay  que  confundir  con  los  movimientos  deliberados  ciertos  impulsos naturales  incoercibles  (¿),  que  pueden  ocurrir  entonces  y  que  no  son  pecado…  No  impedirla positivamente no es pecado, con tal de que no haya peligro de consentir…”

Dejo al lector los comentarios del caso. Sólo he querido -y esta experiencia la he vivido en mis años de educación en colegios religiosos- mostrar de dónde nos ha llegado todo ese clima de  tortura y esa mentalidad antisexual,  tan  lejana de  la mentalidad bíblica y  tan opuesta a esto simple y hermoso que es vivir y gozar, que ya es bastante…

Los nuevos aires

Hoy  todas  estás  ideas  están  en  revisión,  algunas  ya  superadas,  y  otras  en  estado  de permanente polémica, especialmente desde la celebración del Concilio Vaticano II.

Dentro de  las diversas confesiones cristianas existe  la más variada gama de corrientes y de opiniones, contrastándose muchas veces las versiones oficiales de la Iglesia con el parecer de biblistas, teólogos y laicos, particularmente en los países europeos anglosajones y en los Estados Unidos.

Entre  tanto,  los  decretos morales  de  las  autoridades  eclesiásticas  son  contestados  tanto dentro del catolicismo como de las iglesias protestantes.

Y  son muchos  los que  reclaman,  tanto  teólogos como  laicos, una visión más positiva e integradora de la sexualidad, volviendo a ciertas  ideas fundamentales de la Biblia, y recogiendo importantes formas modernas de pensar.

Reencontrados con la unidad psicosomática espiritual del ser humano, las personas con fe religiosa ya no creen que el matrimonio y la sexualidad son una vivencia sólo del cuerpo y de la materia, en oposición a las cosas espirituales, como enseñaba el Doctor Angélico, santo Tomás.

El ser humano está con  todo su ser, con  todo su cuerpo, con  todo su espíritu en cada acto que realiza.

Concluyendo:

me ha parecido conveniente hacer ver, en forma parcial y  sustancial,  cómo  la  sexualidad  humana,  desde  los  orígenes  bíblicos  (los  patriarcas)  hasta  su cristalización en el cristianismo, sufrió infinidad de cambios en su concepción y en su praxis.

O, dicho de otro modo,  todas  las culturas  fueron creando y  recreando  la vivencia de  la sexualidad con más o menos fortuna, y con la misma buena intención, pero desde circunstancias muy diversas.

También me ha parecido  importante analizar de dónde nos nace  toda esa conflictividad con  lo  sexual y  desde  qué  enfoque  ideológico  surgió  una  normativa  tan  asfixiante.  Estoy convencido de que lo que hay que modificar es la mentalidad de origen, nuestra actitud frente al cuerpo y al sexo.

Todo lo demás vendrá por añadidura.

Espero que haya quedado claro que dentro de la teología y de la moral cristianas, no todo tiene  origen  bíblico  y  que  en  más  de  un  caso  se  introdujeron  conceptos  que  contradicen  el pensamiento de la Escritura.

Y que, cuando se habla de moral evangélica, en muchas oportunidades se  traen normas de  los  estoicos  y  de  los  gnósticos  de  espaldas  a  las  palabras  y  al  proceder  de  Jesús  según  lo atestiguan los evangelistas.

Judíos o cristianos, creyentes, agnósticos o ateos, pertenecemos a una cultura que hunde sus  raíces  en  la Biblia  y  que  se  fue  gestando  en milenios  con  el  aporte  de muchas  formas  de pensamiento, a menudo contradictorias entre sí.

Y  este  trasfondo  cultural  es  parte  de  nuestro  ser  y  empapa  nuestra  cultura,  nuestras instituciones, nuestra forma de vida, y por qué no, nuestro inconsciente…

También me  parece  importante  que  cuando  hablamos  de  la Biblia  y  de  la  sexualidad, seamos honestos en dejar hablar a la Biblia y en no manipular este texto o aquella cita para que confirme  lo  que  nosotros  pensamos  o  decimos,  sin  atender  al  contexto  cultural  e  histórico  de dicho texto o cita.

La Biblia no fue escrita para que Dios confirme nuestras ideas, sino y en todo caso, para que nos abramos a una forma de pensar de una cultura milenaria sobre un Dios que se va revelando en la historia concreta de un pueblo, no en manuales de  teología que se escriben a menudo de espaldas al vivir de un comunidad a la que se considera «pueblo de Dios».

Y  aquí  estamos  nosotros,  finalizando  el  siglo  veinte,  en  la misma  coyuntura  y  con  los mismos derechos que nuestros antecesores de recrear una vivencia sexual que nos resulte sana, positiva y agradable.

En la sexualidad todos somos aprendices: tanto los psicólogos como los teólogos, tanto la Biblia como las modernas formas de pensamiento, tanto los eruditos como la gente en general.

Y esto es lo que me resulta más confortable: que recuperemos nuestro derecho a vivir y a vivir  sexualmente  como  personas  adultas,  o  sea,  encontrando  nuestra  forma  de  vivir  y  de  ser sexuados; conscientes de que no es la mejor forma, ni la definitiva, pero es la nuestra.

El derecho que  tuvieron Abraham, Moisés, David, el Cantar,  Jesús, Pablo y Agustín… es nuestro mismo derecho.

Alejados  de  polémicas  estériles  y  de  miedos  ancestrales  (a  la  idolatría,  al  demonio femenino, al erotismo opuesto al espíritu, etc.) hoy necesitamos volver a la esencia de la espiritualidad humana integral y preguntamos cómo podemos reflejar la imagen de un Dios amor en este amor de pareja que es la obra de sus manos.

En ese amor el creyente puede reecontrarse con el Dios de los profetas, del Cantar y de Jesús. Y,  sobre  todo,  reencontrarse  con  la  coherencia:  si  se  predica  a  un  Dios-Amor  a  cuya imagen  fueron creados el hombre y  la mujer,  si  se afirma que Dios ama a  su pueblo como un esposo ama a su esposa, y que siente placer de estar entre los suyos como siente placer el hombre con  la mujer  a  la  que  ama,  si  se  dice  que  el  amor  es  la  síntesis  de  la  ley  y  de  los  profetas, entonces  no  hay  por  qué  tenerle  miedo  al  sexo  (porque…  o  miente  la  Biblia  o  mentimos nosotros).

 

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