Sexualidad y Sociedad en las Culturas Primitivas. Africa. Oceanía. M Mead y otros

SEXO Y TEMPERAMENTO EN TRES SOCIEDADES PRIMITIVAS.

Margaret Mead.

A lo largo de este estudio hemos analizado detalladamente la personalidad que se asigna a cada sexo en tres pueblos primitivos.
Hemos descubierto que los arapesh, sean hombres o mujeres, desarrollan una personalidad que nosotros, desde nuestro punto de vista históricamente limitado, llamaríamos “maternal” en lo relativo al cuidado de los niños y “femenina” en los aspectos sexuales. Allí los individuos son educados para que sean pacíficos, cooperativos y atentos con las necesidades de los otros, independientemente de su sexo; además, ni los hombres ni las mujeres arapesh consideran la sexualidad como una fuerza demasiado motivadora.

En marcado contraste con estas actitudes, los mundugumor de ambos sexos son mucho más agresivos, afirman su sexualidad con más fuerza y en su personalidad encontramos poca ternura maternal; son lo que en nuestra cultura consideraríamos personas violentas e ingobernables.

Sin embargo, ni los arapesh ni los mundugumor han desarrollado un contraste de personalidad entre uno y otro sexo. El ideal de varón arapesh es el de un hombre pacífico y comprensivo que está casado con una mujer como él; el de los mundugurnor el de un hombre violento y agresivo, con una mujer de carácter similar.

Pero en la tercera tribu que hemos estudiado, la de los tchambuli, encontramos unas actitudes en relación al sexo que son precisamente el reverso de las que predominan en nuestra cultura: allí la mujer es la que domina, ordena y es fría emocionalmente, mientras que el hombre se muestra sometido y dependiente.

Con estos datos, la conclusión es evidente: si esas actitudes que consideramos aquí típicamente femeninas (la pasividad sexual, la sensibilidad y la disposición para cuidar cariñosamente a los niños) son asignadas al sexo masculino en una tribu y tanto a los hombres como a las mujeres en otra, no existe ninguna base para relacionar tales actitudes con el sexo. (…)

Los datos que hemos reunido nos indican que la mayoría de los rasgos de personalidad que en occidente consideramos masculinos o femeninos, están unidos al sexo biológico de modo tal laxo como lo pueden estar la vestimenta, los modales o el peinado asignado a cada sexo, según la sociedad y la época. (…) No tiene sentido acudir a otros factores (la dieta, la raza o la selección natural) para explicar estas diferencias, de modo que nos vemos obligados a concluir que la naturaleza humana es increíblemente moldeable y se conforma de modos muy diferentes dependiendo de las condiciones culturales vigentes.(…)

Pero si estamos de acuerdo en esta maleabilidad de la naturaleza humana, ¿cual es el origen de las diferencias de personalidad que dictan las diversas culturas, o bien para todos sus miembros, o bien para los de un sexo en contraste con los del otro sexo? Si es cierto que tales contrastes son de origen cultural, como indican nuestros datos, de forma que cualquier bebé puede convertirse potencialmente en un pacífico arapesh o en el agresivo mundugumor ¿por qué existen estas diferencias tan sorprendentes? Si no podemos atribuir a la constitución biológica de uno u otro sexo el hecho de que entre los tchambuli (y entre nosotros, los occidentales) se asignen diferentes rasgos de personalidad a los hombres y a las mujeres ¿dónde se originan estos modelos con los cuales los arapesh, los mundugumor y los tchambuli forjan el temperamento de sus miembros?(…)

Aceptemos que existen ciertas diferencias de temperamento entre los humanos que son hereditarias, o que tienen una base hereditaria y se establecen poco después del nacimiento. La cultura trabaja sobre estas cualidades innatas, propiciando ciertos rasgos considerados como deseables e incorporándolos al tejido social a través de sus manifestaciones: la crianza, los juegos infantiles, las canciones, la organización política, las ceremonias religiosas, las creaciones artísticas, la filosofía, etc. (…)

¿Qué conclusiones sacamos al comprobar que una cultura puede elegir unos pocos rasgos, de entre la amplia gama de cualidades humanas, con objeto de implantarlos como deseables para cada uno de los sexos o para la comunidad entera? Antes de ofrecer una respuesta, es necesario que discutamos la posición del inadaptado, esto es, de la persona cuyas disposiciones innatas son tan ajenas a los rasgos considerados por la sociedad en la que se desarrolla como deseables para su edad, su sexo o su posición social, que ha sido incapaz de amoldarse a ellos.

Entiendo por “inadaptado” todo individuo que por su disposición innata, por la educación que ha recibido o por los efectos que ejercen sobre él las contradicciones de su cultura, ha sido despojado de sus privilegios de índole socio-cultural: el individuo que considera las bases de su sociedad irreales, absurdas o equivocadas. Las personas comunes y corrientes se sienten pertenecientes al mundo que los rodea, ya que el proceso educativo los ha transformado en adultos que se sienten espiritualmente ligados a su sociedad. Sin embargo, esto no ocurre con los individuos cuyas inclinaciones temperamentales no son aprovechables por su sociedad y que, en ocasiones, ni siquiera son tolerados por ella.

Si echamos un vistazo a nuestra historia, en seguida nos damos cuenta de que hay cualidades que fueron muy valoradas en un siglo, y sin embargo rechazadas en el siguiente: hombres que hubieran sido considerados como santos en la Edad Media se hubieran sentido sin vocación en la cultura anglosajona actual. (…) Cuando una cultura tiene un alto grado de integración, se orienta hacia unos fines muy específicos y es inflexible en sus principios morales y espirituales, condena a algunos de los que han nacido en su seno a vivir enajenados de ella, llenos de perplejidad, a convertirse en rebeldes o, en el peor de los casos, a caer en la locura.

En nuestro contexto suele considerarse a los que no aceptan las normas culturales vigentes como neuróticos: individuos que se han alejado de la realidad (esto es, de las soluciones que les ofrece su propia cultura) para refugiarse en la fantasía, en alguna filosofía trascendental, en tendencias políticas extremistas, en la inversión sexual o en alguna corriente excéntrica como el vegetarianismo o el nudismo. Además, al neurótico se le considera una persona inmadura que no ha crecido lo suficiente para comprender los loables propósitos de la sociedad en que le ha tocado nacer.

Entre los inadaptados hay algunos que lo son por sus peculiaridades fisiológicas. Pueden que tengan un intelecto limitado, o que sus glándulas sean defectuosas; estas debilidades orgánicas pueden hacer que fracasen en todas las tareas sociales, excepto en las más sencillas. En realidad, estas personas no sufren por sus discrepancias de temperamento con su sociedad. Para ellos, toda sociedad debe crear ambientes especiales y menos exigentes que para el resto. Pero hay otro tipo de personalidad considerada como neurótica, y que se confunde demasiado frecuentemente con los individuos con deficiencias fisiológicas; se trata del inadaptado cultural, el que se muestra en desacuerdo con los valores de su sociedad.

Los psiquiatras suelen encontrar el origen de este otro tipo de inadecuaciones en la primera infancia, y denigrarlas clasificándolas como una especie de mutilaciones psíquicas. Sin embargo, los datos que tenemos por el estudio de otras sociedades más primitivas desmiente esta explicación tan simple. En ella no se tiene en cuenta que en cada cultura son individuos con ciertas peculiaridades los que no logran integrarse; los inadaptados entre los mundugumor son muy diferentes a los inadaptados entre los arapesh.
Tampoco explica por qué hay vagabundos tanto en Estados Unidos como en cierta tribu que hay en las Islas del Almirantazgo, culturas ambas materialistas y llenas de actividad; o por qué son precisamente los individuos dotados con una fuerte sensibilidad los inadaptados en Samoa o en Zuñi. (…).
Todo esto indica que hay un tipo de persona inadaptada que no lo es por tener alguna debilidad física o mental, sino porque sus disposiciones innatas chocan con las normas de su sociedad.

SEXUALIDAD EN LA CULTURA AFRICANA

Veronique de Miguel

La sexualidad en las diferentes culturas tiene un elemento subyacente común, la pulsión sexual humana. A partir de ahí, las significaciones culturales han marcado una diversidad espectacular, tanto así que lo que son tabúes en algunos puntos del planeta, en otros son conductas naturales y cotidianas y viceversa.La sexualidad en las culturas del África Negra es difícil de generalizar debido a la proliferación de tribus, culturas, etnias y religiones. Aún así, existen puntos a analizar que difieren de las generalidades de la sexualidad en el resto del planeta.

Iniciación sexual

La iniciación sexual en las tribus africanas es bastante temprana. No todos los pueblos tienen exactamente los mismos rituales de iniciación, ni se comportan de la misma manera, pero sí es cierto que a los ojos de Occidente, la sexualidad explícita, la realización de la cópula per se, en estos pueblos se viene realizando en la niñez.

En Kenia, dentro de los usos de la tribu Nandi, todas las niñas con 8 años cumplidos son consideradas maduras para la relación sexual, y como tal, posesión común del pueblo para tales efectos.
Namibia acoge a los Dschagas, donde hasta que no es circuncidado, un varón no puede tocar la piel de una niña, ningún comentario respecto a después de ser circuncidado.
Los Chewa (Malawi, Zambia y Mozambique), consideran que el éxito de la fecundidad en la edad adulta está directamente relacionado con una intensa actividad sexual durante la niñez. Sus ritos de iniciación y costumbres sexuales han hecho que una gran cantidad de púberes y niños pertenecientes a esta tribu estén en gran riesgo de contagiarse SIDA, por lo cual los jefes de estas tribus Chewa están reviendo sus usos y costumbres.

El pueblo Basuto (Sudáfrica), permite las relaciones sexuales entre sus jóvenes, solamente es punible si el juego llega a un embarazo no deseado, la multa: unas cabezas de ganado que paga la familia del varón.José Domingo Álvarez González, afirma en sus “Ritos de Iniciación”, que entre los Ila, los varones jóvenes deben mostrar que han asimilado las lecciones de educación sexual recibidas de sus mayores fingiendo una cópula entre sí o masturbándose en su presencia.

En la tribu Kikuyu se practicaba lo denominado “violación ceremonial”.En palabras de Álvarez González: “Los muchachos circuncisos se veían obligados a buscar una mujer casada que les fuera totalmente desconocida y copular con ella. En realidad la violación era meramente simbólica pues los muchachos se limitaban a masturbarse en su presencia, aunque algunos llegaban a eyacular sobre su cuerpo. Tan pronto como el ritual había sido cumplido, cada uno de ellos efectuaba una ceremonia, consistente en arrojar lejos de sí un haz de estacas y los anillos que de madera lucía en los lóbulos de sus orejas, cuyo significado era evidente: se había convertido en un hombre; hasta que no se hubiese llevado a cabo todo esto, ningún muchacho podía copular o contraer matrimonio legítimo con mujer kikuyu alguna.”

Ablación y circuncisión

Aún hoy existe la práctica de la ablación del clítoris en las niñas, entre 4 y 10 años, de muchas tribus africanas. Se lleva a cabo, generalmente en pésimas condiciones higiénicas y médicas, realizado el procedimiento de forma precaria por una partera y una anciana de la tribu. Las infecciones y ocasionales muertes no son extrañas.
Es una tradición pre-islámica que considera que la mujer sin capacidad de gozar será más fiel, convirtiéndose este aspecto, con el tiempo, en una característica deseada para la mujer casadera.

La mutilación femenina encuentra dos variantes:

  • Clitoridectomía: consiste en la extirpación total o parcial del clítoris.
  • Infibulación: cosido y cerramiento total o parcial de los labios mayor y menor de la vulva. Los elementos para la infibulación son fibras vegetales, alambres, hilos, sedales o cualquier otro que sirva al propósito.

La circuncisión masculina es tomada en la mayoría de las culturas africanas como un rito de iniciación de los muchachos a la edad adulta. Los mecanismos para esta circuncisión, dada la edad púber o prepúber de los niños, son igualmente riesgosas y dolorosísimas, por ello es considerado un rito de iniciación.

Masturbación

La práctica de la masturbación, a pesar de la libertad sexual en estas sociedades, es una práctica habitual, en muchos casos colectivos, incentivados y naturales. Los adultos en muchas ocasiones promueven la masturbación en los más jóvenes como medio de iniciación a la educación sexual, método de escape para la tensión sexual o tradiciones estéticas y rituales, como es el caso de las mujeres hotentote que alargan su vulva y clítoris mediante prácticas masturbatorias durante la infancia, hasta conseguir una estética de órganos genitales estirados que ellos encuentran dentro de los cánones ideales de belleza y erotismo.

Adulterio

En una cultura donde la poligamia es frecuente, los límites del adulterio son más etéreos que en la sociedad occidental. Aún así, existen prácticas preventivas como la de los maridos Bantú, que antes de la relación sexual pueden untar su miembro con una loción, cuando menos irritativa, que no afectaría a la mujer pero sí a un posible usufructuario de la esposa.Los Turu, en Tanzania, aceptan la existencia de amantes para las esposas, simplemente mantienen las apariencias y hasta los vecinos ayudan a esconder tales aventuras extramatrimoniales.

Homosexualidad

Este punto es bastante controversial en las sociedades del África negra. Si bien las prácticas homosexuales forman parte de toda la actividad lúdica y sexual de los niños y jóvenes, y en casos también los adultos, conociéndose prácticas amatorias homosexuales entre varones jóvenes y juegos lésbicos frecuentes entre las niñas, la aceptación de la homosexualidad como realidad aceptada está muy lejos que alcanzar las cotas de realismo que demuestra su práctica.
Hoy los actos de homosexualidad públicos y declarados son delito en Ghana y en gran parte del África subsahariana. Uganda, Zimbawe, Namibia son naciones que marginan la realidad homosexual de manera tajante. Sudáfrica es el oasis donde los derechos de las minorías homosexuales son respetados. Un manto de silencio cubre este tema, aunque entre sus sábanas abunden los juegos y prácticas atávicas y rituales.

SOCIEDAD E INDIVIDUO EN ÁFRICA

Por Carlo A. Caranci, miembro de la Asociación Española de Africanistas (AEA).

Aquí daremos una somera panorámica de algunos rasgos de las sociedades negroafricanas.
Como es lógico, las distintas civilizaciones, etnias y comunidades negroafricanas presentan un sinfín de formas sociales diferentes.
Sin embargo, hay un buen número de denominadores comunes.
Los africanos, en general, tienen una concepción cíclica de la historia, una concepción filosófica del equilibrio, de la conservación de los elementos que permiten mantener en pie a la sociedad y adecuarse al medio natural sin someterlo. Buscan la estabilidad y la durabilidad social. Esta filosofía tenía, y todavía tiene, su proyección en la organización y los valores de la sociedad.

En general, los rasgos principales son: el pluralismo, la cohesión y participación social, la tendencia a la igualdad, al equilibrio, a la descentralización política y a la solidaridad económica. A diferencia de la Europa individualista, en el África Negra predomina lo colectivo sobre lo individual y la libertad del individuo está socializada; el africano prefiere una organización pluripolar de la personalidad que lo lleva a pertenecer a diferentes comunidades y diferentes poderes que se contrapesan. Incluso en regímenes centralizados hay contrapesos que limitan el poder central.

Los derechos y deberes sólo se entienden en virtud de las obligaciones que se cumplen en la sociedad: a cada obligación cumplida le corresponde un derecho. Se habla más de deberes individuales que de derechos, lo que en política se traduce en la preferencia por la unanimidad o, al menos, por acercar lo más posible las posturas opuestas.

La persona es única, pero pertenece a la sociedad. La educación tiende a formarlo de modo que le sea fácil adaptarse a ella sin traumas y de forma total, (parecería monstruoso que fuese la sociedad la que tuviera que adaptarse al individuo).
Se trata de inculcar al individuo un sentido de responsabilidad hacia la comunidad, aún al precio de cierto conformismo conservador. Pero esto es aceptable para el negroafricano, al que le agradan las relaciones interpersonales intensas y numerosas y que aspira a una vida disciplinada por una organización cohesionadora, totalizante y fuerte (incluso en las sociedades políticamente acéfalas.Por otro lado, también existe el respeto a cierta libertad de acción.

Las formas sociales

El africano pertenece socialmente a dos instituciones, a dos grupos de solidaridad, basados, aunque de manera diferente, en el parentesco: el linaje y el clan.
Cada negroafricano es lo que es por ser miembro de un linaje, es decir, de un grupo de solidaridad no territorial que reúne a quienes descienden de un mismo antepasado, generalmente mítico, (como en la Roma antigua).

El parentesco se basa en la consanguinidad por línea paterna (patrilinealidad) o materna (matrilinealidad), y es el eslabón entre los antepasados y sus descendientes. Además, es el canal de integración y participación social y política, así como de ayuda colectiva. Se caracteriza por ser una comunidad sólida, protectora, acogedora y total, (mucho más completa que los sistemas de seguridad social occidentales).

El clan puede incluir a uno o varios linajes emparentados, pero sus miembros no se dicen descendientes de un antepasado común. Sólo es un grupo nominal, fijo y constante a lo largo de la historia. Suele ser territorial, y tiene un carácter más político que el linaje. Los pertenecientes a un mismo clan se atienen a las mismas reglas clánicas y tienen un fuerte espíritu de solidaridad activa.

Por debajo del clan y del linaje está la familia, con tres modalidades.
La más frecuente en el África Negra y en la musulmana es la polinuclear, en la que el hombre, polígamo, crea una familia poligínica, que significa que puede casarse con varias mujeres.
La familia extensa es la compuesta por marido, esposa e hijos no casados, además de un buen número de parientes.
Finalmente encontramos la familia nuclear (a la europea), compuesta por una mujer, un hombre y su prole soltera, y que es la menos frecuente en África.

El matrimonio, a diferencia de lo que ocurre en el Occidente actual, no es una unión entre individuos, ni siquiera entre familias, sino entre linajes. Sirve para reforzar los lazos de parentesco y aunque así parecería un matrimonio de conveniencia, no excluye la atracción ni la pasión. Marido y mujer han de ser de distinto linaje; ser descendientes de un mismo antepasado es considerado incestuoso.

Con el matrimonio, la familia y el linaje de la esposa pierden una mujer presuntamente fecunda que va a beneficiar a otro linaje en el que permanecerán los hijos. Esto requiere una compensación: en ciertas sociedades se intercambian esposas; en otras, se entrega dinero o bienes por la pérdida, pero no se trata, como se cree en Europa, de una “compra” de mujeres.En cuanto al divorcio, éste existe, aunque, como en Europa, se intenta arreglar las cosas antes de la ruptura.

El matrimonio
poligámico (o poligínico), es universal en toda África: un hombre puede tener más de una mujer. Esta modalidad se considera más africana y prestigiosa que la monogámica, que suele considerarse extranjera (y algo ridícula). Sin embargo, ésta última se está difundiendo especialmente en las ciudades, por influencia del colonialismo y del cristianismo.
La poliginia permite cierta variedad en la vida sexual del hombre, contribuyendo a su estabilidad emocional. Pero el hombre no es dueño y señor de las mujeres, aunque sea él quien tienda a tomar las decisiones; las presiones, manejos, alianzas, etc. de las esposas pueden forzar otras decisiones. Por otro lado, al espaciarse las relaciones sexuales de los partos, la salud de las mujeres sufre menos.

Cada esposa
posee, además de su propia vivienda, su campo para cultivo, sus negocios, y puede vender lo que produce. El matrimonio poligínico es también una unidad de producción, el hombre con varias esposas es más rico, tiene más hijos, por lo que la poligamia suele ser signo de bienestar y prosperidad (y para los gobernantes, de poder). Esto confiere a la poligamia una importancia económica básica, lo que explica su operatividad y por tanto su supervivencia. Con todo, no todos los hombres ganan lo suficiente para mantener a más de una mujer, por lo que optan por la monogamia.

Socialización y educación

La familia es un poderoso medio de integración social: los hijos gozan de una vida afectiva profunda, extensa y equilibrada desde que nacen y se encuentran inmersos en un ámbito social de amistades y relaciones rico y tolerante, lo que amplía su seguridad psicológica.
Pero tienen deberes y, poco a poco, responsabilidades mayores, por lo general de carácter económico y político.
La educación era global y buscaba la integración social, no sólo la instrucción como en Occidente. En las sociedades más igualitarias solía dispensarse universalmente, mientras que en las de carácter feudal, ciertos conocimientos eran privilegio de ciertas clases o sectores sociales.

Cada fase de la vida de un individuo solía, y suele, marcarse con diversos ritos de paso, el más conocido es el de iniciación (como el bautismo de los occidentales cristianos), que incluye, entre otras cosas, la circuncisión masculina y la femenina (denominada también clitorectomía).
Estas prácticas no tienen una significación meramente sexual, sino fundamentalmente social e ideológica, y se conocen (ambas o una sola de ellas) en varias partes de África (septentrional y subsahariana, ya sea musulmana o no), y en el resto del mundo musulmán.

La sexualidad
está también plenamente integrada en la estructura social y cultural, y no presenta la autonomía (al menos la presunta) de que goza en Occidente. La sexofobia occidental, que hoy algunos africanos hacen suya, (por herencia del cristianismo), no existe en África Negra.

La sexualidad es algo positivo e indispensable, uno de los pilares de la sociedad ya que permite la procreación, la unión de grupos, la comunicación humana y el equilibrio emocional de hombres y mujeres a través del placer.Aunque está regulada siempre y las normas sexuales varían de una cultura a otra, existe una relativa libertad sexual prematrimonial y, muchas veces, en el matrimonio –pero se prohíbe, como en Europa, el incesto.

El cuerpo
se valora positivamente, no sólo desde una perspectiva sexual, sino porque es el soporte de la fuerza vital. La homosexualidad, más la femenina que la masculina, suele tolerarse en casi toda África, y a veces fomentarse en la adolescencia, en la viudedad, etc.

Como en todo el mundo, la mujer padece en África un status globalmente inferior al del hombre, aunque varía según las distintas sociedades.
Con todo, en general, su peso social positivo de la sexualidad, su capacidad de procrear, su relativa independencia económica, así como su gran importancia social, política y religiosa, la colocan en varios aspectos por encima de la mujer occidental.
Pero también es cierto que hoy goza, por influencia de Occidente, de otras ventajas que no tenía antaño.

Como en la mayoría de las sociedades, existía y existe una división neta entre ambos sexos, mantenida por diversos rituales, instituciones y usos sociales. La mujer es, ante todo, madre, es decir, procreadora, y para el negroafricano sólo puede realizarse plenamente como tal. El derecho asigna a los hombres un puesto preponderante y la ideología social los lleva a considerarse a sí mismos —y a que muchas mujeres los consideren –superiores, no sólo en fuerza muscular, sino en inteligencia, preparación, energía, etc. Por estas razones el hombre acapara (como en Europa) las actividades más satisfactorias e importantes.

Sin embargo, a las mujeres se les reconoce astucia, sensatez, diplomacia, un sexto sentido para la vida diaria …, y se las considera atractivas y temibles a un tiempo ( peligrosas, por sus poderes mágicos y por las cualidades y el misterio que se adjudican a su sexo y a su sexualidad). Las mujeres tienen un gran peso religioso y ritual, y las asociaciones femeninas son importantes por su función socio-político-laboral y ritual (y de protección de los abusos de los maridos).

Hoy subsisten muchas formas sociales africanas, algunas casi intactas, otras adulteradas.
Pero –pese a la fuerza de las formas europeas que hicieron suyas las oligarquías europeizadas–, se está produciendo una vuelta a esas formas africanas, aunque adaptadas a las realidades actuales.
Y esto no ocurre sólo en las ciudades “a la europea”, que son factores básicos del cambio sociológico en el África Negra poscolonial, sino también en el medio rural. Pero de esto hablaremos en otra ocasión.

SEXO Y CULTURA EN OCEANÍA

La sexualidad en las sociedades primitivas está cargada de sacralidad porque es el medio de participar en la fecundidad de la Naturaleza y en el gran misterio de la continuidad de la vida. Pero ni los misioneros ni los colonizadores lo entendieron, y quedaron espantados ante lo que consideraban espantosas aberraciones de unos pueblos salvajes.

Los oceánidas vieron cómo, gradual o vertiginosamente, sus actitudes y prácticas sexuales se modificaban ante el encuentro con los blancos, al tiempo que los europeos quedaban anonadados ante lo que veían sus ojos, especialmente en las islas de la Polinesia. Unos, atraídos por la belleza de las islas y de sus habitantes, creyeron encontrarse en el Paraíso; otros, ante lo que consideraban el mayor cúmulo de depravación infernal.

En este sentido la isla más exaltada y denostada ha sido la de Tahití, calificada como “isla del autor, o como isla de la pasión y también la Sodoma de los Mares del Sur”.
Efectivamente, algunas ceremonias como las de los arioi no fueron nunca entendidas por los misioneros. Las llevaban a cabo grupos de adolescentes, socialmente institucionalizados, cuyo objetivo era la práctica festiva, itinerante, de ritos eróticos en nombre del dios Oro, personificación de la fertilidad. Los ritos incluían bailes, cánticos, y la práctica del amor libre. Los misioneros, que no llegaron a comprender el componente religioso de estas ceremonias, presentaban a los arioi como grupos de adolescentes dedicados al vagabundeo libidinoso.
La prostitución no existía en Tahití cuando llegaron los europeos, pero la acogida sexual de las muchachas era extraordinaria. Para tranquilizar sus conciencias los blancos comenzaron a pagar a las indígenas por sus favores. Cuando éstas se dieron cuenta de que, lo que daban de balde y como muestra gratuita de hospitalidad podía hacerse de manera remunerada, decidieron aprovechar tan inesperada bendición del cielo: y la prostitución quedó institucionalizada.

Podrían ponerse innumerables ejemplos del terrible impacto que para los oceánidas supuso la introducción del cristianismo, tan rígido en su moral sexual.

En Micronesia, por ejemplo, en las islas Ellice y Gilbert, los jefes de los clanes, en determinadas circunstancias, compartían su esposa con su hermano o con un amigo. A veces tomaban como esposas secundarias a cuñadas que, por ser poco agraciadas o por cualquier otro motivo, tenían dificultad para encontrar marido. Pero los misioneros convirtieron en adúlteras a aquellas pobres y honradas mujeres, creándoles angustias infinitas.

En otro orden de cosas, resulta estremecedor que los misioneros identificasen con lo pagano y lo demoníaco todo lo que para ellos era tradicional: había que suprimir cantos, danzas, ídolos y ceremonias.
Algunos casos se han hecho especialmente famosos como el del Reverendo Elenowa, un misionero de la secta evangelista, que convenció a los Gogodala, tribu del Golfo de Papúa, para que hicieran una pira con todos sus fetiches diabólicos. Se contaron por miles las figuras destruidas. Por cada figura entregada les regalaba una camisa, con lo cual llegó a la conclusión de que, como se las daban voluntariamente, ello quería decir que Dios había hablado a sus almas, y que realmente deseaban la conversión.

Otro caso se dio en el valle de Baliem, en Irian Jaya, donde, en 1968, el celo misionero de un converso indujo a varios clanes a quemar sus ídolos. Al parecer, la pira fue inmensa y en ella ardieron miles de objetos representativos de la cultura material de estos pueblos y, a la vez, de su cultura espiritual. Puede imaginarse el shock que reciben, incluso en la actualidad, algunos de los nativos menos occidentalizados cuando ven venerados en los museos de los blancos sus fetiches demoníacos.

Hoy la mayoría de los misioneros se muestra más prudente, sobre todo los católicos. Al igual que en la Europa postconciliar, también allí se admiten los cánticos y danzas tradicionales en los servicios religiosos. Casi todos los nativos de las islas del Pacífico pertenecen a una u otra secta cristiana, pero en los lugares más alejados de la influencia occidental continúan practicándose ritos ancestrales.

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