Reproducción y sexualidad: aproximación histórico-antropológica. Moreno Rosset

SEXUALIDAD Y REPRODUCCION.

Una aproximación histórica y antropológica

Extracto del capítulo «Reproducción e Infertilidad: visión histórica y antropológica», perteneciente al libro «Factores Psicológicos e Infertilidad»,
(Dir. Dra. Carmen Moreno Rosset). Madrid, Editorial Sanz y Torres. Año 2000.

La Reproducción Humana

El objetivo final del acto sexual es la procreación, por lo que revisaremos rápidamente los balbucientes pasos que dio la ciencia con el fin de conocer la fuente de la génesis humana.

La antigua medicina griega pensó en un principio en la existencia de un «semen femenino», pues se encontraron dos «testículos» (ovarios) en el interior de la cavidad abdominal de la mujer y, por simple comparación y semejanza, se pensó que creaban un esperma que se vaciaría por las trompas y de ahí llegaría hasta la matriz; como los «testículos» femeninos eran menores que los masculinos se pensaba también que el esperma femenino tendría una menor capacidad fecundante que el del hombre.
Hipócrates de Cos (460-377 a. C.) fue un gran defensor de la idea del semen femenino, opinando que el embrión se formaría por la unión de los dos espermas, mientras que su sucesor Aristóteles (384-322 a. C.) se opuso radicalmente a ella.
Galeno de Pérgamo (129-199), médico romano de origen griego, también defendió con posterioridad las teorías hipocráticas y supuso que el semen femenino sería un producto residual de la nutrición en su grado último de elaboración; consiguió que ésta idea perdurara con fuerza durante la Edad Media, donde se llegó a crear una gran confusión entre ovulación, secreción cervical y lubricación vaginal.

La idea medieval de la fecundidad se basaba en que si no se producía placer no había fecundación, pues la sensación de placer era signo inequívoco de emisión del semen femenino y sin éste no podía producirse la concepción; esto dio lugar rápidamente a la reflexión de que la asincronía del hombre y la mujer durante el acto sexual, donde no era simultáneo el placer obtenido, era causa directa de esterilidad en la pareja.

Para Aristóteles el macho de las especies contribuía con el agente generador esencial aportando el principio vital o alma, sin embargo al no ser material esta alma consideraba que no era necesario que ninguna materia pasara del macho a la hembra; la materia que de hecho pasaba con el semen lo consideraba un simple accidente y no una esencia.

Sobre la base de estas ideas aristotélicas se estaba en condiciones de aceptar la acción de la llamada aura seminalis en la fecundación sin contacto material; se llegó a atribuir la preñez de las jóvenes a los vapores espermáticos del padre que en el mismo lecho había tenido una polución nocturna e incluso al haber abrazado a una amiga que hubiera acabado de cohabitar con el marido.

Sabemos que al médico islámico Averroes una vecina le juró que había concebido un hijo al haber tomado un baño donde previamente un varón había eyaculado, lo que le llevó a pensar que la vulva poseería la propiedad específica de atraer al esperma.

Durante la Edad Media el crecimiento de la ciencia fue lento, llegando a entremezclarse con profundas ideas religiosas; la medicina evolucionó poco y se basó principalmente en los escritos de los clásicos griegos, existiendo el problema añadido de las nuevas traducciones que, en ocasiones, creaban más errores anatómicos y fisiológicos que los que ya se arrastraban desde los tiempos de Galeno.

Al más famoso anatomista y cirujano de Italia, Girolamo Fabricio, más conocido como Hieronymus Fabricius ab Aquapendente (1533-1619), se le ha considerado como el fundador de la moderna Embriología, ya que fue el autor de la primera obra ilustrada sobre la materia en la que describe la formación del embrión de pollo en el huevo.

A partir de entonces los estudios en este campo prosiguieron lentamente y en el año 1651, William Harvey (1578-1657), que estudió de joven bajo el magisterio de Aquapendente, realizó nuevos trabajos sobre los embriones de pollo y adaptó el modelo de los animales ovíparos a los mamíferos, pensando que el semen masculino entraba en el útero donde creaba un conceptus del que surgiría el feto, y dictaminó, aún desconociendo su sentido genérico, que «el huevo es el origen común de todo ser vivo».
Luego, cuando fue incapaz de observar las primeras etapas del mismo, no pudiendo encontrar nunca esperma en el aparato genital de unas ciervas, concluyó, sin vacilar, que los embriones eran secretados por el útero. Esta «confirmación» de la teoría del soplo seminal fue, de entrada, muy bien acogida y perduró como creencia durante muchos años.
La utilísima hipótesis del aura seminalis llegó a su fin cuando años después surgieron nuevos hallazgos y estudios anatómicos.

En 1672, Reignier de Graaf (1641-1673) observó unas pequeñas cámaras en el útero de la coneja y concluyó que no podían haber sido secretadas por el útero, sino que debían haberse derivado de los órganos que denominó ovarios; estas diminutas cámaras se conocen actualmente como folículo de Graaf.

En 1675, el italiano Marcello Malpighio (1628-1694) desarrolló una nueva idea al estudiar lo que creía eran huevos estériles de gallina y encontrar en su interior embriones tempranos; como resultado de sus observaciones consideró que en el huevo estaría preformado un pollo en miniatura. Esta idea tan singular abrió una importante brecha en las teorías científicas clásicas, que se incrementaron aún más con el descubrimiento de los espermatozoides.

Los espermatozoides humanos fueron entrevistos por primera vez en 1677 por el entonces estudiante de medicina holandés Johan Hamm, que los denominó como animaculae o animalillos seminales. Relató esta observación a Antonie van Leeuwenhoek (1632-1723), que un par de años más tarde realizó la primera descripción de los espermatozoides humanos valorándolos como un componente normal del semen de cualquier animal; tras su estudio desarrolló la llamada teoría animaculística, que consideraba a los espermatozoides como la fuente misma de la vida y los interpretaba como pequeños contenedores de un ser humano en miniatura.

Los médicos que apoyaban el preformacionismo tuvieron con posterioridad ideas encontradas separándose en los animaculistas, encabezados por Nicolas Hartsoeker (1656-1725) y Nicolas Andry (1658-1731), que opinaban que el portador de la forma específica sería el espermatozoide, y los ovistas, con Antonio Vallisnieri (1661-1730) al frente, que consideraban que tal función correspondería al huevo, por lo que llegaban a especular que en los ovarios de Eva tenía que hallarse individualmente preformada toda la humanidad.

El anatomista alemán Kaspar Friedrich Wolff (1734-1794), atacó con pruebas experimentales el preformacionismo al demostrar que en el pollo el intestino no existe de facto, sino que se forma a partir de una lámina de tejido que tiene su origen en la superficie ventral del embrión, y así, de la misma forma gradual se organizan las células en tejidos, desarrollándose todos los órganos siguiendo un determinado orden.

Por otra parte estos estudios hicieron que la llamada doctrina de la generación espontánea, considerada durante siglos como dogma de la Medicina y muy popular entre la gente, sufrió un fuerte revés (esta teoría tenía un origen muy antiguo y suponía que todo ser vivo se creaba espontáneamente a partir de material inerte, sin ir más lejos,los egipcios ya pensaban que los ratones y las ranas se engendraban en el propio limo del río Nilo).

En 1775, Lázaro Spallanzani (1729-1799), sacerdote y profesor en Módena y Pavía y un eminente zoólogo y fisiólogo experimentalista, demostró que sin un contacto directo con el semen masculino no era posible la fecundación.
Posteriormente y trabajando con esperma filtrado, el químico francés J. B. Dumas y el médico suizo J. L. Prevost demostraron en 1824 que el verdadero principio fecundante de este humor era el espermatozoide y no el líquido en el cual nada; llegaron a precisar la fecundación del óvulo por el espermatozoide, pero erraron al considerar que el espermatozoide sólo proporcionaba determinados órganos, y que el resto se formaba a partir del óvulo.

En 1827 el biólogo Karl Ernst von Baer (1792-1876) identificó el óvulo o célula germinadora femenina en el folículo ovárico de una perra, lo que significó que la fecundación podía empezar a comprenderse.
En 1841, el anatomista suizo Albert von Kölliker (1817-1905) demostró que los espermatozoides eran producciones del organismo masculino y no pequeños animalillos independientes, que tenían su origen en los tubos seminíferos de varón; estos estudios posteriormente fueron ampliados por R. Wagner y Leuckart en 1849.

En 1865, gracias a las pruebas aportadas por V. La Valette St. George, se consideraron como verdaderas células, siendo al año siguiente cuando se puso también de relieve la naturaleza celular del óvulo. De esta forma quedó establecida la teoría celular en la fecundación.
Si de una forma diametralmente opuesta nos dedicamos al estudio del fenómeno de la fecundación desde un punto de vista más antropológico, nos encontraremos con ciertos pensamientos que se alejan mucho de la concepción científica a la que estamos acostumbrados.

La mayoría de las personas dan por supuesto que es en el útero donde se produce el fenómeno de la fecundación, ya que ahí en donde se encuentra el feto, pero en realidad el lugar más habitual para el encuentro del espermatozoide con el óvulo es el tercio distal de la trompa de Falopio.

Pueblos muy atrasados, como los sinangolo de Nueva Guinea, tenían ideas más extrañas al respecto y que sacaban de la observación directa ya que pensaban que la concepción tenía lugar en el pecho, pues es lo primero que se ensancha, y que posteriormente el feto descendería hasta el útero.

Existen tribus indígenas que siguen pensando que tras la cópula serán el líquido masculino junto con la sangre femenina los que desarrollarán al feto; otros piensan que el esperma se encargará de arrancar al niño que estaría pegado al cuerpo de la madre, mientras que otros creen que el líquido seminal dará cuerpo al espíritu de una persona muerta; ciertos melanesios dicen que es la madre quien hace al niño con su sangre, mientras que algunos africanos piensan que es el hombre el que introduce en la mujer algo que posteriormente crecerá.

Hay pueblos que piensan que la fecundación se produce después de la verdadera fecundación; de esta forma piensan los fang del Gabón, por lo que el marido deberá unirse a su mujer desde el día siguiente a la desaparición de las reglas con el fin de que el líquido masculino y la sangre seca de la mujer que no se ha evacuado con la menstruación formen una especie de «niño-lagarto» que será capaz de ascender hasta el vientre de la mujer

En algunas zonas del Norte de Africa mantienen teorías que se aproximan bastante a la realidad. Creen que en el semen del hombre hay unos animalillos (que no se ven por ser espíritus) que obstruyen un pequeño agujero que la mujer tiene en sus entrañas quedando encerrados los animalillos del hombre y de la mujer, estableciéndose una encarnizada lucha en la que sobreviven «los más sanos, fuertes y de mejores sentimientos».Sabemos de pueblos que desconocían la relación entre el coito y la concepción atribuyendo esta última a causas mágicas.

La ignorancia entre la relación copulación-fecundación es quizá uno de los rasgos más curiosos (a la vez que más discutidos por los antropólogos) de la mentalidad de los pueblos primitivos más atrasados, donde se piensa que lo único que hacen las relaciones sexuales es abrir el camino que seguirá posteriormente un espíritu para depositar el germen, aduciendo que por esta razón una virgen no puede quedarse embarazada ya que no ha sido «abierta».

Este desconocimiento de la realidad fisiológica tiene su principal origen en las ideas animistas que rigen su vida, en la creencia de que todo ser, animado o inanimado, tiene un alma, es decir, una voluntad y una capacidad de acción que les permite depositar cierto germen en el interior del organismo femenino; además, debemos considerar la idea de que el hombre primitivo suele considerarse como un ser insignificante, incapaz de crear con un simple acto como es la cópula toda una serie de transformaciones en el organismo femenino que van desde el embarazo a la lactancia, lo cual les obliga a pensar en la necesaria intervención de un ser más poderoso, generalmente el espíritu de un antepasado, el animal tótem del clan o el espíritu genérico de las aguas o los bosques.

Los arahuacos de las montañas y tierras altas de Sudamérica atribuían el embarazo a causas mágicas; los amahuacas de las selvas peruanas todavía piensan que los espíritus pueden dejar embarazadas a las mujeres, lo que para ellos queda suficientemente demostrado cuando éstas engendran a niños feos.

También existen concepciones muy curiosas sobre la fecundación y el desarrollo embriológico en las cuales el semen pierde su importancia como elemento básico fecundante. Ciertos esquimales, por ejemplo, pensaban que el embarazo se producía cuando un niño-espíritu trepaba por las botas de una mujer y penetraba en ella por los genitales, aquí el semen sólo tenía el valor de servir de alimento al niño.

En los márgenes del río Ubangui, afluente del Congo, piensan que el espíritu que fecunda a las mujeres se esconde en cierta orquídea de color rojo que exhala un olor muy desagradable y que tiene la forma del sexo de un perro.
Los habitantes de las Islas Trobriand del Sur del Pacífico mantienen una sociedad matriarcal donde existe una gran libertad sexual; antiguamente los trobriandeses pensaban que la mujer no se quedaba embarazada por el hecho de realizar el acto sexual, ya que esto es sólo era una forma de pasárselo bien, y creían que una mujer quedaba embarazada cuando un niño-espíritu se introducía trepando hasta la vagina; la única función que se le aceptaba al varón consistiría en ensanchar el canal vaginal.

Ciertas tribus de aborígenes, como los aranda pensaban que no existía relación entre la unión sexual y los nacimientos: según sus creencias los ratapas o «genios de la concepción» (que se identifican con los míticos antepasados de la tribu), ocultos en la tierra, se reúnen en lugares sagrados, de tal forma que si una mujer cruza por uno de estos lugares donde «soplan los espíritus» y pertenece al mismo tótem que el del ratapa que se encuentra al acecho, se introducirá en su seno y la hará madre; para los adnjamatana el embarazo era debido a los muris o «gérmenes de los niños» que se escondían tras las rocas o los árboles y que penetraban en la vagina de la mujer; una tribu próxima, los unmatjera, pensaban que el muri penetraba en la mujer por el ombligo, por lo que tampoco relacionaban el orificio de la concepción con el de dar a luz.

Existe otra extraña creencia aborigen sobre la concepción de los hijos, la de los murngin, en la que se supone que existe una relación paterna antes de producirse la fecundación; creen que los niños-espíritu viven en las profundidades de pozos sagrados y que se aparecen en sueños al futuro padre para darse a conocer y para preguntar cuál es la mujer que va a ser su madre, de forma que después, cuando esa mujer se acerque al pozo sagrado, el niño-espíritu saldrá nadando en forma de pez y se introducirá en su útero.

En otro sentido los aborígenes de la región del río Tully en Queensland, Australia, pensaban que el embarazo podía deberse a cuatro causas específicas: por un acto individual de la mujer (si ésta atrapaba una rana de una especie gigante), a consecuencia de un regalo (cuando la mujer recibía de un hombre un pescado especial, denominado sargo, y se lo comía), por mandato imperativo (al recibir de un hombre la orden explícita que la invitaba a concebir), o simplemente por haber tenido el sueño de la concepción.

Tan independientes consideraban el coito y la procreación que cuando las mujeres mantenían contactos sexuales con el hombre blanco explicaban de forma fantástica la herencia de la piel clara de sus hijos mestizos, atribuyéndola a hechos tales como haber comido demasiada harina o haber dormido «demasiado cerca» de un blanco, dando a entender que su proximidad había moldeado exteriormente al niño en su vientre.

También existen pueblos indígenas que aceptan en su lógica los elementos somáticos y espirituales en la concepción y desarrollo de los hijos: los indios yanomamis del Amazonas creen que es la mujer embarazada la que aporta al feto el alimento y la energía física, mientras que es el padre el encargado de aportar la energía espiritual.

Aunque ocasionalmente algunas culturas no ven al semen como un líquido espermático con capacidad fecundante, descubrimos que en la mayoría de los pueblos primitivos está considerado como una secreción que contiene parte del alma del hombre y, por tanto, del potencial vital de todo el clan tribal.

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