Moral sexual e Iglesia. Iriarte

LA MORAL SEXUAL Y LA IGLESIA

P. Gregorio Iriarte o.m.i.

La crisis por las que atraviesa la moral sexual cristiana es tan profunda y generalizada que abarca a la totalidad de los sectores de la población, sin distinción de edad, sexo, nivel cultural o formación religiosa.

El desconcierto y la inseguridad con relación a toda la problemática sexual se expresan en el ámbito de la conciencia personal, en los comportamientos sociales, en las decisiones jurídicas y, sobre todo, en el área de la espiritualidad.

Distancia entre lo que se predica y lo que se practica

Lo que más sorprende con relación al tema de la moral sexual es el distanciamiento, cada vez pronunciado, que se da entre la enseñanza oficial de la Iglesia y lo que el pueblo católico piensa y practica en relación a este problema de tanta importancia en la vida de las personas y de la sociedad.

Quizás no haya ningún aspecto de la vida humana en el que se exprese tanta discrepancia entre el magisterio oficial de la iglesia y el pueblo creyente. Algunas encuestas señalan que de un 60 a un 75% de la feligresía cristiana no se rige, en su conducta sexual, por las normas oficiales de la Iglesia.
Esta grave disociación está relacionada, sobre todo, con algunos aspectos de la sexualidad: el control de natalidad dentro del matrimonio; las relaciones sexuales pre-matrimoniales; el uso del preservativo en el caso del sida; la masturbación juzgada como pecado grave; el defender que en los pecados contra la castidad no hay parvedad de materia; el juzgar a la homosexualidad activa como una perversión; el afirmar que el fin exclusivo y primario del matrimonio es la procreación y que el goce sexual, por sí mismo, es algo antinatural. Uno de temas más conflictivos es el del casado por la Iglesia que se vuelve a casar civilmente. Se lo juzga como concubinato y por lo tanto, no puede recibir la Comunión…
Frente al distanciamiento entre la normativa oficial y la vida real se dan, dentro de la Iglesia, dos posiciones: una rígida, que no acepta ningún tipo de cambio, en el convencimiento que así ha sido siempre y así tiene que ser, y otra, flexible y abierta a ciertos cambios, de acuerdo con los avances de la ciencia y de la mentalidad actual.

Sin embargo, predomina la impresión de que, lejos de disminuir las tensiones dentro de la Iglesia, éstas han ido aumentando.

Una Iglesia atrincherada en el pasado
Debemos partir del hecho de que muchísimas personas, excelentes cristianos y modelo de esposos, viven un verdadero drama de conciencia, no sólo con respecto a su propia conducta sexual, sino también en relación con la formación afectiva-sexual que deben impartir a de sus hijos. No se les da criterios de educación sexual. Reina un verdadero desconcierto.
La Iglesia ha vivido largos años atrincherada en el pasado y a la defensiva frente a la modernidad y la post-modernidad. Muchas veces se opuso a la libertad en general y a la libertad religiosa, en particular, así como a los derechos humanos y a importantes avances de la ciencia.
El Concilio Vaticano II trató de tender puentes de diálogo y colaboración con el mundo moderno y en muchos aspectos se logró lo que Juan XXIII quería expresar con la palabra “agiornamiento”.

La Quinta Conferencia del Episcopado Latinoamericano debería dar las pautas generales tendientes a elaborar un “código de ética sexual” con las exigencias mínimas, adaptado a la realidad de nuestro tiempo. Una función del Obispo de suma importancia es la de orientar al pueblo de Dios, sobre todo en temas de fe y buenas costumbres.
La alternativa ética de la Iglesia debe basarse en los grandes valores proclamados por Jesús ante la cercanía del Reino.

1) La sexualidad como don, no como posesión.

Esto implica una visión positiva de la sexualidad. Es un regalo del Creador que nos hace, según la audaz afirmación de Benedicto XVI, “pregustar algo de lo divino” (DCE.n.3)
Pero esta concepción de la sexualidad nos tiene que llevar a respetarla también, profundamente, en los demás. Una de las áreas donde más se han violado y se siguen violando los más elementales de derechos de las personas es justamente en este campo de la sexualidad : imposiciones para que, sobre todo el sexo femenino, acepte el matrimonio por la fuerza; dependencia y discriminación de género; violaciones en el ámbito familiar; esterilizaciones; ablaciones; engaños seductores; infidelidades… etc.

2) La sexualidad como valor interior frente a la pureza externa.

La castidad y la virginidad son valores del espíritu. El cuerpo ha sido revalorizado por la cultura moderna, y lleva a la tentación de juzgar a las personas, exclusivamente, por la exterioridad. Sin embargo, es en el corazón donde reside lo bueno y lo malo de las personas y no en la pureza ritual o legal, o en las dotes de belleza o juventud.

3) La sexualidad no depende de un código de honor sino de un código ético.

Muchas personas, sobre todo del sexo femenino, son dependientes de decisiones ajenas a su voluntad.

La responsabilidad propia de toda persona va unida a la autonomía personal, sobre todo en la vida afectivo-sexual. Hay que humanizar lo sexual. La vivencia de los valores del Reino proclamado por Jesús exigen la recuperación del individuo como sujeto, dueño de sus propias decisiones. Hay que guiarse por la inspiración nuclear del Evangelio en el que la centralidad de la persona humana es la base de toda moral. (Marciano Vidal. Éxodo. N. 82)

La Encíclica “Deus Caritas est”

Llama poderosamente la atención el que el Papa Benedicto XVI rompa con las tradicionales posturas dualistas y timoratas al profundizar en el tema de la sexualidad humana y lo hace, con notable claridad y profundidad al analizar los conceptos complementarios del “eros” y del “agapé”.

El “eros” degradado a puro sexo, llega a convertir al ser humano en mercancía, en simple objeto que se puede comprar o vender. “En modo alguno (la Iglesia) rechazó al “eros” como tal, sino que declaró guerra a su desviación destructora, puesto que la falsa divinización del “eros” se produce en esos casos lo priva de su dignidad divina y lo deshumaniza” (DCE n.4)

“Resulta evidente que el “eros” necesita disciplina y purificación para dar al hombre, no el placer de un instante, sino un modo te hacerle pregustar, en cierta manera, lo más alto de su existencia, esa felicidad a la que tiende todo nuestro ser.” (DCE n.3)
Pero al mismo tiempo se constata que el camino para llegar a esa meta no consiste, simplemente, en dejarse dominar por el instinto. Hace falta una purificación y maduración que incluyen también renuncia.

“Esto no es rechazar a “eros”, ni “envenenarlo”, sino sanearlo para que alcance su verdadera grandeza.” “El hombre es realmente él mismo cuando cuerpo y alma forman una unidad íntima. El desafío del “eros” puede considerare superado cuando se logra esa unificación” (DCE n. 4)

Un modelo de sociedad en proceso de cambio

Todo verdadero proceso de cambio se desarrolla en tres etapas. En una primera instancia hay que tomar conciencia de los valores y profundizar en el conocimiento del problema; en un segundo momento vienen los cambios de tipo normativo y legal; en la tercera etapa se llega a las transformaciones y cambios en la conducta de las personas.
El modelo de sociedad estructurado en razón del sexo se tambalea mundialmente. Las funciones y tareas, el status social, las profesiones, la co-responsabilidad en los ingresos y su administración, la división de funciones dentro del hogar… todo se va transformando. Hombres y mujeres deben construir juntos una ciudadanía igualitaria. La discriminación por razón del sexo tendrá que desaparecer también en la Iglesia. No es cuestión de lamentos sino de afrontar los nuevos desafíos con responsabilidad y creatividad.

La influencia de antiguas concepciones filosóficas

Habrá que sopesar con objetividad hasta qué punto, todo el código ético que defiende la Iglesia, depende de concepciones filosóficas y biológicas superadas. Podemos percibir en el tema de la moral sexual vestigios de un modelo cultural del pasado, alejado de las enseñanzas y del comportamiento de Jesús. Son expresión de las grandes corrientes filosóficas tributarias del platonismo, del aristotelismo, del maniqueísmo, del estoicismo…
La actitud de desconfianza de todo lo afectivo-sexual está muy presente en las corrientes del pensamiento platónico. La sombra de pecado que ha rodeado a todo lo sexual no es ajena a lo que pensaban los estoicos. El dualismo, el desprecio del cuerpo, la discriminación y sub-valoración de la mujer, están presentes en todo el pensamiento griego que ha tenido, y sigue teniendo, tanta influencia en la teología cristiana. Esa influencia ha estado muy presente también en la concepción del matrimonio cristiano en el que ha predominado la relación patriarcal-machista, no aceptando de la mujer más que la complementariedad biológica.
Pero el mundo ha ido cambiando culturalmente y científicamente.

Lo que importa es que la novedad en todo lo afectivo-sexual se mueva dentro del respeto a la dignidad del ser humano y de acuerdo siempre con los valores del Evangelio.

La respuesta que el magisterio de la Iglesia tendría que dar sobre la ética sexual, ante el desconcierto y la carencia de principios rectores que reina en nuestro mundo, la podríamos resumir en los siguientes términos:
– Iluminación del tema en consonancia con la doctrina y la práctica de Jesús.
– Orientaciones éticas basadas en los grandes principios de nuestra fe,
– Cuestionamiento a la presencia obsesiva del “eros” en la sociedad actual.
– Búsqueda para integrar el “eros” en al dinámica humanizadota del “ágape”, como nos dice la Encíclica

“Dios es caridad”.

– Tratando siempre que las normas éticas estén en consonancia con la dignidad y la responsabilidad de las personas.
– Respetando los valores éticos de cada cultura.Nada más oportuno, para orientarnos hacia ese cambio tan necesario en todo lo relacionado con la sexualidad, que lo que nos propone el Concilio Vat.II:
“Hay instituciones, mentalidades, normas y costumbres heredadas del pasado que no se adaptan bien al mundo de hoy. De ahí la perturbación en el comportamiento y aún en las mismas normas establecidas” (GS. N, 71)

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