Moral sexual católica es hoy aplicable?. ¿Cisma soterrado?. Varios

¿CISMA SOTERRADO?

SEMINARIO SOBRE LA MORAL SEXUAL CATÓLICA Y SU APLICABILIDAD

Urquiola, España 2004-05

Han participado: Roberto Jauregibeitia, Mª Jesús Goikoetxea, Eusebio Losada, Luis Mª Vega, Eusebio Pérez, Joseba Bakaikoa, Sergio Buiza, Manuel La Cruz, Iñaki Sánchez, Javier Oñate se ha encargado de la coordinación y es el único responsable de este resumen final.

Dos han sido los motivos próximos que nos impulsaron a desarrollar este seminario:

– El primero se sitúa en el Encuentro Diocesano de Juventud de Urkiola (2004). Una de las “razones” que entonces se adujeron como explicación de lo que allí ocurrió fue que “en esta Iglesia no hay lugares ni tiempos en los que debatir cuestiones de moral sexual”.

– El segundo no se ubica en una ocasión concreta sino que es, más bien, una especie de carácter permanente de la actual vida eclesial europea, y que se viene conociendo como “cisma soterrado”. Con esa expresión, que ha dado nombre al seminario, se indica “un distanciamiento que sencillamente ocultan, o soterran, muchos fieles por su negativa a acatar las enseñanzas de la jerarquía eclesiástica, de la que ya no aceptan posiciones doctrinales o prácticas pastorales por considerarlas fuera del tiempo y del espacio de la ciencia; o, por decirlo con más precisión, por considerarlas incapaces de incorporar significados y valores allí donde la cultura menos impugnable de hoy no parece en contradicción con un conocimiento más auténtico de los principios cristianos. Este cisma se manifiesta, en particular, en el ámbito de la moral sexual”.

La pretensión era precisamente afrontar -a nuestra medida- lo que de cierto y perverso pudiera haber en ambos pareceres: la falta de debate intraeclesial y la desvinculación real de los fieles respecto de los principios de la moral sexual católica.

Como conclusiones de la lectura de los textos eclesiales podemos decir que:

1º- Resulta evidente que la doctrina está formulada por varones, a veces da la impresión de que exclusivamente célibes.

2º- El recurso a la Escritura resulta muy pobre y poco actualizado, lo que concluye en un traer a colación los textos con una interpretación deficiente, haciéndolos parecer anacrónicos.

3º.- Como aspectos que valoramos positivamente del magisterio señalamos:

1.- La visión de la sexualidad como expresión del amor humano

2.- No reducir sexualidad a genitalidad.

3.- La doctrina oficial se configura como un conjunto internamente coherente.

4.- Defiende la fidelidad a los compromisos interpersonales.

5.- Se propugnan relaciones sexuales que respetan la intimidad y la dignidad del otro.

6.- La clave del ser humano como imagen de Dios que no puede ser utilizado como medio.

7.- El énfasis en una sexualidad como modo privilegiado de comunicación

8.- La clave teológica: la sexualidad como expresión del amor de Dios.

9.- La preocupación por no banalizar la sexualidad.

10.- Previene contra una aceptación ingenua de los modelos y valores ambientales

11.- La llamada a la paternidad-maternidad responsable.

12.- La ligazón entre sexualidad y crecimiento personal.

13.- Consideración de que todos somos seres sexuados.

14.- La vinculación entre la fe y el comportamiento moral.

15.- El discernimiento moral del sujeto está vinculado a la reflexión eclesial.

16.- Recuerda la dimensión social de la sexualidad frente a una interpretación subjetivista.

17.- Intenta buscar un terreno común para el debate y la propuesta moral con los no-cristianos.

4º.- Los aspectos que valoramos como sombras son:

1.- Pese a otros planteamientos, el criterio moral último sigue siendo procreacionista.

2.- El diálogo con las ciencias humanas es aparente, no entra a debatir a fondo.

3.- Es un discurso fundamentalmente coercitivo: un catálogo de prohibiciones.

4.- El uso de lo “natural” y la “ley natural” no consigue establecer un terreno común con los no cristianos.

5.- Lo “natural” y la “ley natural” se identifican con lo biológico, lo procreativo, aquello que más nos acerca a los animales: lo “no-cultural”.

6.- El placer aparece, a lo más, como consentido, nunca como valor en sí.

7.- La sexualidad como identificación con uno mismo (mismidad) no aparece.

8.- La falta de consideración de la sexualidad como un dinamismo personal en desarrollo: las contradicciones entre ley de la gradualidad y gradualidad de la ley, y mal objetivo y culpa subjetiva.

9.- La dimensión relacional de la sexualidad, y su valor moral, no se destacan suficientemente.

10.- No recoge valores evangélicos centrales que también resultan pertinentes en este ámbito: respeto, prioridad de la persona frente a la ley, valor nuclear y último del amor…

11.- Cierto angelismo: comprende y propone haciendo abstracción del contexto cultural y de la condición carnal del sujeto.15.- Confusión respecto a los destinatarios de la propuesta magisterial: los cristianos, a todos-as. ¿Se puede hablar a todos de la misma manera?

5º.- Desde un punto de vista más estrictamente pastoral

hemos señalado algunas deficiencias importantes en la propuesta magisterial, bien porque son cuestiones que no se tienen en cuenta, o bien porque aun citándose como argumentos, luego resultan poco o nada relevantes en el juicio moral último:

1- No se expone de modo suficiente cuál es el ideal, o el modelo, de realización sexual según la fe cristiana. Da la impresión de que sólo el matrimonio, y con las condiciones de paternidad según la Humanae Vitae, pueda ser realización sexual moralmente válida.

El choque con nuestra cultura es tan frontal que implica en la mayoría creyente un desprecio, cuando no un rechazo, de la enseñanza magisterial. La doctrina magisterial se presenta como algo extraño en nuestra cultura y no precisamente en cuanto alternativo sino como extemporáneo e inflexible.

2- Los valores según los cuales se juzgan los comportamientos y actitudes sexuales están muy centrados en consideraciones jurídicas o procreacionistas. Se echan en falta valores típicamente evangélicos como la igualdad entre personas, el respeto al otro, la fidelidad libremente asumida, la compasión por quien sufre, la cautela ante las apariencias y el cumplimiento frío y autosuficiente de la ley, la posibilidad de crecimiento y cambio de cada persona, el amor como ámbito y criterio de discernimiento último…

3- Hay una característica de toda persona que, aún resultando obvia, no merece suficiente atención en la consideración magisterial: su crecimiento. El ser humano va desarrollándose a lo largo de su biografía, en diálogo con los demás y con su ambiente.

De este modo va fraguando su original forma de estar en el mundo, el sentido de su existencia y los modos concretos en los que desarrolla todas sus posibilidades. También la sexualidad se va desplegando gradualmente, con nuevas realidades y riesgos.

No resulta fácil acompañar esta evolución a partir de una visión estática y objetivista del bien o el mal moral, como tampoco es posible dialogar sin aceptar la experiencia concreta y contrastable que cada cual va reconociendo como la suya.

4- La misma comunidad cristiana, al menos la mayoría de los fieles, tienen muy serias dificultades para comprender, aceptar, practicar y propugnar la propuesta moral del magisterio.

Quizá podría aducirse una especie de “contaminación” del ambiente en la conciencia moral de los cristianos, pero, desde luego, la amplitud y la hondura de la desafección impiden echar fácilmente la culpa a un frívolo acomodamiento al ambiente.

No podemos dejar de reseñar las reservas que muchos líderes eclesiales -presbíteros incluidos- tienen respecto de la enseñanza oficial. Son dificultades seriamente motivadas y que conducen a la perplejidad y normalmente al silencio público sobre estos temas.

5- Llama poderosamente la atención el desequilibrio entre lo que la moral sexual supone en el conjunto del mensaje evangélico y lo que ocupa y preocupa al magisterio católico.

Y más si observamos que sus intervenciones en materias de moral social o económica suelen ser mucho más genéricas y menos constantes.

6º En una segunda parte del seminario estuvimos intentando perfilar cuáles serían, a nuestro juicio, los criterios para un comportamiento sexual ético.

Para ello leímos las reflexiones de varios teólogos morales. No resultó fácil la tarea, aunque si había algunos puntos mayoritariamente compartidos:

* La fe en Jesucristo dinamiza a toda la persona, en todas sus dimensiones, también afecta a sus valores y actuación cotidianas. Quien decide, aún con todas sus limitaciones, seguir a Jesús, desea vivir las actitudes que el Evangelio nos propone.

De algún modo, la fe arraiga y transforma el sentido moral que es propio de todo ser humano: altera la relación con el deber moral, su mismo contenido, las motivaciones para “actuar justamente” y el mismo horizonte en que se sitúa la moralidad.

¿Podría ser de otra manera? ¿Qué clase de fe sería aquella que se ciñese a un “conocimiento” de Dios? Creer implica una acción que es despliegue de una nueva forma de ser, vivir y relacionarse, una nueva humanidad.

* Ahora bien, la moralidad que implica la fe no consiste en una adaptación del sujeto a un código dictado desde fuera. El don del Espíritu, a quien la persona vive abierta y disponible, le ayuda a discernir -según las mediaciones de que se vale- la forma concreta en que ha de realizar su vida según la referencia radical al Señor. El es el primogénito, el primero entre muchos, es modelo, estímulo y llamada, pero es, también apoyo en las limitaciones, fuerza en la debilidad y en la inconstancia.

El Espíritu vincula también el discernimiento del sujeto con su comunidad de referencia: de ella el creyente recibe ánimo y orientación concretas.

Además de estas consideraciones generales, al mismo tiempo que muy importantes, sobre las implicaciones morales de la opción cristiana, poco más alcanzamos a decir dada la escasez de sesiones que nos quedaban. Quizá esto era lo más compartido:

1º.- El valor de la “autenticidad” del sujeto, tanto en el reconocimiento de sus motivaciones y deseos como en la “confesión” de sus limitaciones y errores.

2º.- Los comportamientos y actitudes no pueden valorarse al margen del itinerario personal y del género de su protagonista.

3º.- La sexualidad tiene sentido en una dinámica de comunicación y entrega, de amor.Comprenderla así ayuda a evitar tanto la banalización de lo sexual como su culpabilización.

4º.- Los valores de fidelidad, responsabilidad, respeto, donación de sí, autocontrol, siguen siendo claves de cualquier comportamiento sexual, aunque curiosamente parecen menos relevantes al insistirse tanto en la heterosexualidad y la procreación;

5º.- La ascesis y el pudor también nos parecen valores que no pueden obviarse -de manera infantil-aunque han de conjugarse adecuadamente con el placer, que también es un valor cristiano, y la gratuidad.

6º.- Los valores de la moral sexual cristiana no tienen por qué ser aceptados por todos, ni pueden imponerse como leyes, pero han de ser percibidos como camino de realización humana, no como castración inmotivada o perversa.

7º.- La afectividad y la sexualidad son dimensiones constitutivas de la persona, fuente de alegría de vivir, pero, al mismo tiempo, exigen un aprendizaje que partiendo de la simple atracción lleva hasta la entrega desinteresada.

Al concluir las sesiones del seminario nos dimos cuenta de que todavía era mucho lo que quedaba por estudiar. El debate está abierto y nada sería más triste dentro de la Iglesia que negarse a él, es decir, resignarse a un “cisma soterrado”.

Seguro que en próximos cursos habrá ocasión de volver a estas cuestiones tan hondas en cada persona. No será sino poner en obra la recomendación:

“Si las tensiones no brotan de un sentimiento de hostilidad y de oposición, pueden presentar un factor de dinamismo y un estímulo que incita al magisterio y a los teólogos a cumplir sus respectivas funciones practicando el diálogo.” (Instrucción de la Congregación para la Doctrina de la Fe, 1990).

 

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