Aprendizaje sexual. c. Variables: enamorarse, amar, emparejarse. Integrar

APRENDIZAJE SEXUAL

Algunas variables de un proceso complejo: enamo­rarse, amar, emparejarse, hacer el amor.

Muchas personas se sorprenden cuando distingo cua­tro conceptos que tienden a amalgamarse y entenderse como un todo indiferenciado.

En la relación intersexual podemos entender cuatro formas distintas aunque complementarias entre sí: ena­morarse, amar, emparejarse, hacer el amor.

Enamorarse – Amar

¿El enamoramiento es amor? Todos los enamorados nos dirán que sí y se sentirán muy ofendidos si ponemos en duda “el tremendo amor que los une”. Pero quizá meses después aquello tan inten­so ha terminado… y vuelta a comenzar.

El enamoramiento es ciertamente la forma más intensa de sentir al otro, pero más desde la propia fantasía e idealismo que desde la realidad. En el enamoramiento uno se proyecta en el otro; enton­ces lo idealiza y casi diviniza. Así el otro es un ser irreal, el Príncipe Azul, el hombre irrepetible y único, la mujer jamás soñada.
Hasta los defectos del otro son maravillosos: su desor­den, su despreocupación, su forma de sentarse… todo es una maravilla.

En el amor, la realidad se impone y se comienza a querer al otro como el otro es: ni príncipe ni mendigo, un hombre de tantos, una mujer entre otras; pero sí el hombre o la mujer al que se ama.

De todos modos, todos entendemos que cierta cuota de idealización del otro y de romanticismo no está fuera de lugar, siempre que no enceguezca ni obnubile.

En el enamoramiento todos los sentimientos son senti­dos en un límite extremo, y por eso la desilusión también adopta formas extremas. No hay matices, los matices de la realidad. El enamoramiento es como un sueño, es en realidad un bello sueño, una maravillosa fantasía, casi el lugar mítico del amor, una especie de paraíso terrenal donde todo es bueno y bello.

El amor se parece más al paraíso perdido, aunque siempre buscado… Los amantes se quieren, pero se acusan y mienten; se saben limitados en eso de darse todo al otro, un darse con cuotas de mezquindad pero con deseo de entrega y generosidad.

El enamoramiento es una bella utopía; bella y necesaria. Como el deseo supremo, lo que un día pudiera ser y debiera ser.

El amor es una constante construcción, un eterno hacer­se, una actividad creadora.

Nadie aprende a enamorarse; el enamoramiento se da, aparece como una llamarada incontenible.

El amor se va haciendo, decrece, tiene crisis, reverdece como el fuego del hogar, y puede morir si no se lo alimenta día a día.

En el enamoramiento el otro es una imagen de sí mismo, el espejo de nuestros más sublimes idealismos.

En el amor no hay espejos: está el otro como distinto. Habrá que adaptarse a su voz, a sus reclamos, a su forma de ser, a sus limitaciones. El otro me dará pero también me demandará. Es amante pero también competidor.

Por cierto que el enamoramiento y el amor no se oponen, sino que se complementan.

Normalmente el enamoramiento precede al amor y se consolida en él. Pero suele darse el caso en que se da el amor, especialmente entre adultos, sin al menos un enamoramiento muy idealizado, más típico de los jóvenes o del primer amor.

Generalmente con los años el enamoramiento pierde su fuerza casi mítica y el amor transcurre por cauces más apacibles, pero tam­bién más sólidos, estables y realistas.

Tanto al enamoramiento como al amor se le pueden aplicar los famosos versos del “Cantar de los Cantares”, que recoge la antiquísima tradición del Egipto y de la cultura semita:

“Mi amado es para mí y yo soy para mi amado … Me has robado el corazón con una sola de tus miradas… Yo soy para mi amado y él se siente atraído hacia mí … “.

Y en todas las bocas de los amantes pueden estar las frases que el Cantar ha inmortalizado:

“Grábame como un sello sobre tu corazón, porque el Amor es más fuerte que la muerte; sus flechas son flechas de fuego. Las aguas torrenciales no pueden apagar el amor, ni los ríos, anegarlo”

Es el amor como posesión mutua, el amor como atrac­ción. Una atracción superior a esa inevitable atracción de la muerte. Eros y thánatos: el amor y la muerte como las dos atrac­-ciones supremas del ser humano.

Pero la del amor es más fuerte.”Mi amado es para mí y yo soy para mi amado”: vivir esta experiencia hoy y mañana, en las buenas y en las malas, con crisis y con dolor, con alegría y con placer. Eso es el amor. Dos que se compenetran en uno, pero sin perder su identidad; al contrario, reforzando la identidad de cada uno para que el otro sea el distinto que es amado, compren­dido, sentido, vivido.

El enamoramiento tiende a fundir a los amantes. El amor tiende a separarlos en la misma unión. Com­penetrarse desde la diferencia. Y desde la diferencia, hay reconocimiento, respeto y valoración del otro.

El enamoramiento subraya la atracción irresistible, casi fatal.

El amor subraya la libertad de un darse; la elección del sujeto amado. En fin, que si la adolescencia es la edad típica de los grandes enamoramientos, la edad adulta parece la etapa ideal para la solidez del amor.

Emparejarse

También son muchos los que se sorprenden cuando distinguimos entre amar y emparejarse: ¿Acaso no basta el amor para formar una buena pareja?

El amor es necesario para constituir una pareja sana; pero no es suficiente.

En la vida de pareja entran otros componentes que hacen a la convivencia y a un proyecto en común.

Es cierto que donde hay un amor profundo, los demás problemas tienen facilitado el camino para su resolución. Pero hay problemas que van más allá de amarse o quererse.

Para vivir en pareja se necesita un proyecto común de similares características sobre el futuro, sobre la familia, sobre lo que cada uno desea para sí mismo.

Convivir en pareja supone, por sobre todo, cierta com­patibilidad de caracteres, un entenderse, un tener el mis­mo lenguaje, un saber aceptar al otro; como también superar la rivalidad y el espíritu competitivo.

La vida en pareja, una vida durable por largos años, supone la capacidad de ambos para dialogar, para hablar y comunicarse sobre mil temas, con cierta igualdad, sin fuertes diferencias culturales, en las que a menudo puede influir la edad, la educación de cada uno, su progreso cultural durante la vida en pareja.

Si el amor es algo poético, la vida en pareja es algo prosaico, más rutinario, más atado a las contingencias de la realidad, del trabajo, del manejo del dinero, del cuidado de los hijos y de las mil rutinas de la casa.

De allí la clásica pregunta: ¿El matrimonio es la tumba del amor? No lo es por definición, pero sí lo es en infinidad de casos, y no siempre por falta de amor; aunque la falta de amor es su muerte total.

Cuando hablamos de pareja no nos referimos sólo a la vida de un par de personas, sino a un “emparejamiento” en el vínculo: que se sientan pares o iguales.

Puede suce­der que se da amor pero no entre iguales, sino entre un protector y un protegido; que se amen, pero con la sensa­ción de que uno de los dos ocupa un lugar subordinado o inferior. Esta fue una característica de los matrimonios hasta hace muy poco: el hombre y la mujer se amaban, pero desde el supuesto básico de que la mujer ocupaba un lugar subordinado.

Hoy no podemos aceptar esta postura, por eso la vida en pareja-pareja se ha vuelto más difícil: tiene que madurar el amor-entre-iguales, pero también se tienen que modifi­car esquemas culturales muy inconscientes que dificultan esta igualdad.

En este emparejamiento hay algunos temas que gene­ran conflictos, como el manejo del dinero, por ejemplo; o la capacidad para tomar decisiones por uno u otro cónyuge.

Puede existir la necesidad en uno de ellos de tener que pedir permiso para hacer tal cosa; o de necesitar la aproba­ción del otro para que la cosa resulte buena, y así sucesiva­mente.

A menudo uno de los cónyuges vive con cierta sensa­ción de miedo al otro: miedo de equivocarse, de que el otro se enoje, de no hacer las cosas como “se debe hacer”; miedo al reto, al reproche, a la mala cara.

También está el miedo a hablar, hablar desde uno mismo; desde lo que realmente se piensa y se siente. Se habla sí, pero desde la respuesta que el otro reclama, como un niño ante el maestro que lo examina.

Vivir en pareja-pareja es un invento.que lleva muy pocos años. Resulta más fácil vivir en matrimonio desde una estructura jerárquica en la que uno toma decisiones y manda y el otro se acopla.

Pero emparejarse en un plan de igualdad de derechos y de oportunidades es un aprendi­zaje que supone largos años y que a todos nos resulta como novedoso, pues no tenemos esquemas o modelos de referencia.

En muchas parejas el amor funciona bien mientras la mujer es madre de niños pequeños y se encarga de la casa; pero si se le ocurre estudiar o trabajar fuera de su casa, o si gana más dinero que su marido, o si se anima a tener un pensamiento propio y distinto del de su marido, etc., entonces puede sobrevenir una crisis de imprevisibles resultados si el esposo no encaja en este nuevo esquema.

A muchos hombres les cuesta aceptar íntimamente -aunque se lo declame con palabras-la real igualdad de la mujer en la pareja. Repito: es cierto que el amor ayuda a superar esta situación; pero no basta. Se necesitan modificaciones psicológicas y culturales que no siempre se pueden hacer o se está dispuesto a hacer. Cuando hablamos de aprendizaje sexual -aprendizaje en la relación entre los sexos- entendemos que éste es uno de los más difíciles: que los sexos aprendan a tratarse en un real plan de igualdad.

La idea sería ésta: “Si yo puedo hacer tal cosa… si tengo tal derecho… también lo tiene mi pareja”. Tradicionalmente el varón tuvo más derechos y privile­gios que la mujer; por ejemplo, a salir solo, a irse al club con sus amigos, a gastar el dinero sin hacer consultas, a hacer cursos de perfeccionamiento, etc.

Hoy entendemos que la mujer tiene los mismos dere­chos; pero a muchos varones les cuesta entender que la mujer lo pueda hacer con la misma libertad que ellos.

Esto es sólo un ejemplo más de las múltiples dificulta­des que entraña este vivir emparejados; repito, no sola­mente porque se vive de a dos, sino porque se vive corno pares, corno pareja-parejos.

En nuestra cultura tradicionalmente machista, la difi­cultad de emparejarse corre por dos puntas: desde el varón, la dificultad de entender a la mujer como igual a él; desde la mujer, superar su complejo de inferioridad y sentirse igual.

Que entre los jóvenes esto se dé con más facilidad resulta obvio de entender.

Pero no sucede lo mismo a quienes fueron educados en un concepto desde la desigualdad de los sexos. Insisto: se puede aceptar racionalmente la igualdad (como también sucede con el respeto racial); pero lo importante es que se la acepte interiormente y se acepten las conse­cuencias de esa igualdad.

Esto es lo crítico: aceptar esa igualdad en las reales consecuencias de ese principio.

Siempre recuerdo a aquel marido que llegaba a altas horas de la noche a casa porque se quedaba con sus amigos y colegas de trabajo bebiendo unas copas, mientras la esposa estaba en la casa cuidando a los niños. Un día le sugerí a la esposa que se organizara una salida nocturna al teatro con unos amigos. Así lo hizo dejando a los niños con los abuelos. Cuando el marido volvió del trabajo se encontró con una nota explicativa. y la indica­ción de que buscara a los niños y los acostara. Puede imaginarse el lector el escándalo que armó…

Todo esto nos explica que el aprendizaje sexual es mucho más que una bella frase, y que cuando hablamos de sexualidad creativa aludimos a un proceso en el que cada pareja encuentre su punto óptimo de relación, tanto en el plano del amor, de las relaciones genitales, como de la comunicación y de la igualdad.

Observando las crisis de pareja desde mi consultorio, descubro que, si bien los problemas de relación sexual no están ausentes, en cambio la mayoría de los problemas radica en la dificultad de una integración de pareja en el sentido que le estamos dando.

En esos casos suelo decir: “Ustedes están casados, pero no emparejados”. Se vive en matrimonio, pues están los componentes básicos de la institución matrimonial; pero no en pareja. El Registro Civil o la Iglesia nos casa; pero somos nosotros los que hacemos una pareja.

Hacer el amor

La expresión no necesita muchas explicaciones desde nuestra cultura: se alude al acto sexual, al coito, y tiene un uso que va más allá de la relación matrimonial.

“Hacer el amor” alude al componente erótico, pasional y placentero de la relación entre los sexos; y es ese aspecto al que tanto se lo suele separar sea del vínculo como de otros componentes, corno la ternura, el respeto y la comu­nicación interpersonal.

Se “hace el amor” con la esposa y con la prostituta; con un partenaire ocasional o con uno estable.

Y, paradójicamente, se puede “hacer el amor” con amor o sin amor.

Tal el extraño lenguaje que nos resulta tan natural…

Es cierto que en una pareja que se ama, hacer el amor tiene un sentido maravilloso de plenitud y gozo.

Pero en el particular lenguaje de nuestra cultura, hacer el amor es una frase eufemística que tiene muchos sinónimos pero que alude siempre al coito placentero, cualquiera sean sus circunstancias.

De todos modos, “hacer el amor” puede ser una frase que la podemos tomar en un sentido más amplio y casi simbólico: efectivamente el amor no se da como una cosa, sino que es algo que se hace, se construye, se crea continua­mente. Es una actividad de a dos porque es la expresión de una íntima comunicación.

Pero más allá de esta interpretación, lo cierto es que en toda relación sexual siempre está presente el componente erótico-pasional-placentero; y es este componente el que le da al sexo su particular atractivo. Corno también es este componente el que genera los conflictos con la moral y la religión.

Si la sexualidad no produjese placer, ciertamente que la literatura sexual casi desaparecería, pues sería un trabajo más de los tantos. ¿Hay muchos libros y películas sobre el trabajo?

El placer es el verdadero atractivo del sexo, al menos el más importante, ya que la vida intersexual tiene otros atractivos como la ayuda mutua, la confidencia, la comu­nicación profunda, el apoyo en alguien, el compartir los hijos, etc.

Pero hay más aún: es el placer sexual, sobre todo el orgasmo, el que le concede al sexo esa cualidad de algo tan misterioso, casi extático o divino. Basta revisar la mitología o nuestro inconsciente para comprobarlo.

El deseo de placer aparece corno una fuerza irresistible, que nace desde muy dentro de cada uno, más como un instinto o un impulso que como un deseo del espíritu. En el placer sexual el ser humano se siente como des­concertado,enajenado a sí mismo, como si de pronto ocupara una dimensión diferente, entre el animal y Dios.

En nuestro’ lenguaje también llamamos amor a ese impulso, lo que no hace más que aumentar las confusiones ya existentes.

Cuando decimos “amo a ese hombre, amo a esa mujer” podemos entender el amor como la capacidad plena de darse, pero también podemos referimos a esa fuerza de atracción física irresistible; esa fuerza a la que aluden los poetas desde la más remota antigüedad:

“¡Que me bese ardientemente con su boca! Porque tus amores son más deliciosos que el vino… Gocemos y alegrémonos, celebremos el amor … Como un manzano es mi amado entre los jóvenes: yo me senté a su sombra tan deseada y su fruto fue dulce al paladar. El enarboló sobre mí la insignia del Amor… Su izquierda sostiene mi cabeza y con su derecha me abraza… Ven, amado mío, salgamos al campo… allí te entrega­ré mi amor … “.

Así, uno de los libros sagrados más universalmente conocidos corno es la Biblia (sí, ha leído bien, la Biblia) canta al amor erótico en el Cantar de los Cantares. El mismo libro que hace decir a la amante:

“¡Estoy enferma de amor!”.

Cuando hablamos de las actitudes hacia el sexo, aludimos a que se lo puede considerar como sagrado y divino, demoníaco o bestial y sucio: tales los calificativos que mereció el acto sexual a lo largo de la historia aun en nuestros días.

Corno si el ser humano sufriera tremendo desconcierto ante un acto que lo transporta a un mundo diferente que ni siquiera puede describir con palabras, un mundo que presiente como cercano a lo animal que hay en el hombre, pero también a lo transpersonal o casi divino que anida en él.
No por nada en muchas religiones, como en los cultos mistéricos de la antigüedad que buscaban la unión con la divinidad, el éxtasis divino era vivido desde la relación sexual o en rituales orgiásticos, a menudo reforzados por la consumición de alucinógenos.

Cualquiera sea la valoración que les demos a estos cultos (el de Dioniso, de Isis, de Astarté en tiempos bíbli­cos), reconozcamos al menos que la sexualidad tenía una valoración muy superior a la que tuvo después en Occi­dente.

Complementar

Estamos hablando de algunas variables que conforman este complejo proceso de la sexualidad humana: enamo­rarse, amar, emparejarse, hacer el amor.

Salta a la vista que estas variables, lejos de oponerse y excluirse, tienden en un solo movimiento a unir todos sus elementos. Esto sería lo ideal y sano.

Lo enfermizo, inmaduro e incompleto es separarlos: una sexualidad esquizofrénica, dividida, que da origen a infinidad de situaciones conflictivas, tales como: estar en pareja y enamorarse de otra persona; amar a alguien y hacer el amor con otra; estar en pareja y dejar de amar o de hacer el amor; hacer el amor y desconocer la realidad de persona del otro que es tratado como un objeto de placer; enamorarse una y otra vez sin poder plasmar un amor y una pareja estable, etc.

No es la adolescencia el momento, normalmente, para plasmar esta unión.

Pero cuando no se da esta integralidad en la vida adulta, estamos ante una situación enfermi­-za y neurótica.

Durante largos siglos el mismo matrimonio fue separa­do de su componente erótico-placentero en la cultura occidental. El matrimonio era entendido como un mero trámite para engendrar y educar hijos, y como una ayuda entre el varón y la mujer, tolerándose el placer como un mal inevitable que, de todos modos, solamente era lícito cuando se lo hacía con la intención de procrear.

El resultado fue una sexualidad que nunca pudo inte­grarse como algo-positivo a la vida humana, más como una fuente de conflictos y de tortura moral que no de vida y felicidad.

Sexo y felicidad

Y así aparece la otra palabra mágica: felicidad. ¿Tiene algo que ver la sexualidad con la felicidad?

La experiencia universal se encarga de dar la respuesta: la sexualidad puede ser fuente de felicidad en grado sumo si es vivida en forma integrada y plena; pero también puede ser fuente de infelicidad y sufrimiento si está ausen­te en sus manifestaciones o si es vivida desde la culpa o escindida en sus elementos.

Cuando unos jóvenes se casan, todo el mundo les desea una sola cosa: “Que sean muy felices”.

Pero si por felicidad se entiende sólo el placer físico, también la experiencia nos dice que es demasiado efímero como para ser llamado felicidad.

La felicidad, como gozo pleno y estable, más como un estado de bienestar que como un acto o momento, es el fruto natural de una sexualidad integrada, desde el ena­moramiento hasta la vivencia en pareja en amor; siendo el acto sexual un punto culminante en ese estado de felici­dad.

La felicidad es el fruto de la unión entre las personas, siendo la unión sexual amorosa su expresión suprema, aunque no la única, porque también nos provoca felicidad la unión amorosa con los hijos, con los amigos o la entrega a los demás mediante nuestra profesión o trabajo.

Toda la evolución humana, como bien lo explican los biólogos Maturana y Varela en El árbol del Conocimiento, tiende al encuentro y a la relación entre los seres. Y a ese encuentro lo llamamos Amor, y es ese Amor la fuente de la felicidad y del placer. Todo esto se nos hace difícil de entender en una socie­dad canibalesca y egoísta donde cada uno se mueve según sus propios intereses aun a costa de la sumisión o extin­ción de sus semejantes. Como bien dicen Maturana y Varela:

“Lo triste es constatar que las condiciones actuales de nuestras sociedades están atentando contra la plena reali­zación de este altruismo biológico natural, y suicidando nuestra vida social al emplearse contra otros seres huma­nos la fuerza de cohesión social que brota de nuestros naturales impulsos y necesidades de comunicación y de pertenencia a un medio comunitario y cultural… “.

Por eso postulan que “el camino de la libertad es la creación de circunstancias que liberen en el ser social sus profundos impulsos de solidaridad social hacia cualquier ser humano. Si pudiésemos recuperar para la sociedad humana, la natural confianza de los niños en sus mayores, tal sería el mayor logro de la inteligencia operando en el amor, jamás soñado”.

¡Qué difícil se nos hace vivir solidariamente en el amor de una pareja cuando toda nuestra experiencia social, muchas veces aún dentro de la propia familia, es un canto a la guerra, a la violencia, al egoísmo y a la destrucción del otro!
Como no me canso de repetir, los problemas sexuales no son un capítulo separado sino una expresión más de la desinteligencia social en la que vivimos, de la falta de amor y altruismo de nuestra sociedad, de la violación de los derechos del otro ser humano al que no reconocemos como igual a nosotros.

Por eso hablamos de aprendizaje sexual o de una sexualidad creativa, porque la naturaleza (si se quiere, el instinto) nos da una fuerza que tiende hacia el encuentro con el otro; pero esa fuerza tiene que ser asumida, dirigida, orientada y aplicada caso por caso por cada uno, en circunstancias siempre nuevas y cambiantes.

La experiencia del Amor, en todos sus componentes, arranca con un impulso natural, pero nada más. No sólo tenemos que hacer crecer y madurar ese impulso sino que también lo podemos matar y destruir. La sexualidad es parte de toda nuestra formación so­cial: no se da sola, ni por decretos ni por mandatos peda­gógicos, religiosos o morales. Es una tarea a construir, como es una tarea a construir nuestra comunidad, nuestro país y un mundo medianamente habitable.

4. Una sexualidad madura y completa

A modo de síntesis, y amén de lo afirmado en los puntos anteriores, resumamos estas ideas preguntándonos cuáles son los componentes de una sexualidad adulta, completa, integrada y plena. Tal como se da la sexualidad en la cultura de todos los pueblos, encontramos cuatro elementos fundamentales que, ojalá, pudiesen ser integrados.

El primero es el componente corporal y genital.

No hay sexualidad sin cuerpo sexuado. Pero no basta la presencia estática del cuerpo: la sexualidad implica la relación genital completa entre el hombre y la mujer. La sexualidad tiende a este encuentro entre los cuerpos y la sentimos como instinto, impulso o tensión casi irresis­tible.

No hay sexualidad adulta sin la real capacidad de tener una relación sexual completa, con los cuerpos integrados, disfrutando del orgasmo, sintiendo el placer de una rela­ción total.

No hay sexualidad sin la mediación plena del cuerpo, de un cuerpo integrado, positivamente integrado.

En la vida de pareja todo esto no se logra desde un comienzo necesariamente: hay un proceso de conocimien­to, de búsqueda de sensaciones, de superación de ciertas dificultades (eyaculación precoz, cierta anorgasmia, mie­dos, inhibiciones, etc.), hasta conseguir un buen ajuste sexual que deje plenamente satisfechos a ambos. El varón y la mujer deben aprender a acoplar sus tiempos hacia una misma expresión orgásmica, comple­mentándose con todas las formas de placer.

Aunque abunda una literatura casi infinita sobre estos te­mas, no está de más recordar que en el acto genital y en el placer sexual no hay más reglas de juego que las que la misma pareja elabora y vivencia.
Siempre es mejor que un manual: la curiosidad y la búsqueda juguetona de a dos, no como quien corre una carrera para llegar primero sino como quien juega a gozar lo más que pueda.

Esto es válido sobre todo cuando, por ciertas circuns­tancias, no se puede realizar el coito completo. Jugar a gozar, sin la meta fija del coito, es la mejor terapia para las formas de inhibición en la erección o en el orgasmo. A este aspecto lo podemos llamar genéricamente “ero­tismo”.

El varón y la mujer sienten “deseo” el uno hacia el otro, y este deseo tiende a culminar en el encuentro amoroso que se expresa en el orgasmo, punto máximo de placer sexual. En el plano de lo erótico la pareja descubre las mil formas de sentir al otro como otro: desde la ternura -algo sobre lo que nunca se insistirá lo suficiente-, desde las mil formas de caricias, desde la gratificación al otro, desde los cumplidos y la atención gentil.

Agradar al otro desde la forma de vestir hasta el trato cotidiano, demostrando lo que se siente especialmente cuando son sentimientos agradables y gratificatorios. El erotismo es el motor que impulsa a la sexualidad desde las formas más cotidianas y simples de placer -comer, abrazarse, mirarse- hasta la consumación en el orgasmo, “sintiendo el placer de sentir el placer”.

El segundo elemento esencial es, como ya lo hemos señalado, el Amor, reconociendo que hoy en la realidad se tiende muchas veces a separar el placer sexual del amor. Pero en una pareja que pretende ser estable y establemente feliz, es el amor el componente básico y aglutinador. El amor da sentido a toda la relación de pareja y da sentido a ese proyecto de vivir juntos, de hacer alianza, de disfrutar de a dos por toda la vida.

El tercer elemento de la sexualidad es el aspecto relacional: por la sexualidad nos relacionamos con otro en cuanto otro, de la forma más plena, completa y gozosa.

La relación con el otro no es un puro encuentro genital, es comunicación profunda, es ternura, es afecto, es el gozo de compartir la vida y un sinnúmero de experiencias; es capacidad de diálogo y de comprensión mutua. Ya hemos aludido a que en nuestra sociedad quizá sea éste el punto que más conflictos genera y que menos tenemos aprendido.

Hasta hace muy poco este aspecto de la sexualidad, si bien podía vivirse en algunas parejas, no era tenido en cuenta cuando se hablaba de sexualidad.

Más aún, está prácticamente ausente en toda la literatu­ra sexual hasta hace muy pocos años. No solamente cultivamos una pareja sexual, también cultivamos la amistad con la pareja, incorporando la rica dinámica de la amistad en la experiencia del amor sexual. Sentir a la pareja como a un amigo, intimar, hablar con confianza, con total confianza, sentirse apoyado y apoyar, sentirse comprendido y comprender.

Y es en este amplio contexto de comunicación profunda y total con el otro, donde la relación sexual-amoroso-­orgásmica encuentra toda su plenitud y su sentido.

El cuarto elemento -que en ciertas instituciones, cultu­ras y religiones es considerado como el primero y casi el único- es el componente social de la sexualidad.

La sexualidad tiende a convertirse en pareja, pero no cualquier pareja sino en la pareja estable o matrimonial, con todas las variables y modalidades de cada cultura.

O sea, la sexualidad cumple también una función social en cuanto a la organización de la sociedad y en cuanto a que es la base para la supervivencia social; pues la sexua­lidad se transforma en maternidad y paternidad. Si bien el deseo de tener hijos puede ser vivido por muchas personas como algo distinto y separado de la sexualidad, y más como una necesidad personal que como una necesidad social, en todas las culturas se le reconoce a la pareja sexual esta función de cara a la socie­dad.

En nuestra época muchas personas le niegan a su sexualidad este aspecto social, sobre todo cuando es institucionalizada dentro de ciertas normas y límites (ca­sarse con un solo hombre o mujer, dentro de ciertas nor­mas, tener hijos, educarlos de tal forma, etc.).

Lo cierto es que la sociedad tiende a proteger a la sexualidad de cierto individualismo antisocial -con mayor o menor éxito- y subordina las necesidades indivi­duales al bien común social. . Las legislaciones sobre la edad para casarse y la forma de hacerla, y las de planificación familiar, son un ejemplo de ello.

En el esquema anterior -enamorarse, amar, emparejar­se, hacer el amor- aludimos a estos mismos elementos pero en forma más dinámica, y utilizamos ex profeso la palabra “emparejarse” y no casarse, para contemplar más amplia­mente todos los casos, aludiendo más a una situación existencial que a su aspecto institucional.

A su vez, el componente erótico y el coito pueden estar presentes en cualquiera de las variables aludidas.

Lo mismo sucede con el componente relacional: enten­demos que nunca debe faltar desde el momento en que se trata de una relación entre seres humanos. Pero la idea central de todo este proceso, tan complejo y rico como es la sexualidad humana, es ésta: la necesidad de unir sus elementos, integrándolos armónicamente, sin dejar ningún aspecto o variable afuera. En otras épocas la tendencia era subrayar el aspecto social o de pareja institucional, soslayando el componente genital y erótico, como también el aspecto relacional. .

Así la sexualidad aparecía como un deber y no como placer y relación. Hasta al mismo acto sexual se lo llamaba “el débito conyugal”, o sea, la deuda o deber que un esposo tenía con el otro. Era lo que “la mujer le debía al varón”, y aunque hoy esta frase nos pueda sonar horrible (no sólo por lo de “deber” sino porque se suponía que sólo el varón estaba necesitado del coito), este fue el criterio que primó en la cultura occidental hasta nuestros días, firmemente soste­nido por las Iglesias y la moral vigente.

Hasta qué punto esta fue una espantosa deformación de la sexualidad, no hace falta que lo comentemos. Recién a mediados del siglo pasado, Sigmund Freud, entre otros, protesta contra este esquema y subraya la importancia primera del componente erótico-genital, con gran escán­dalo del estamento social y religioso. Y como pasa con todos los movimientos pendulares, hoy existe cierta tendencia completamente opuesta a la tradicional: aislar el componente erótico-genital, sea del aspecto relacional humano y del amor, sea del aspecto social institucional.

Aunque, en la práctica, nadie renuncia a establecer una pareja -institucionalizada o no- en la cual todos los compo­nentes estén presentes de una forma u otra, subrayando más un aspecto o soslayando otro.

Por esto hablo de creatividad sexual: hoy tenemos, no solamente el derecho, sino la necesidad y la obligación de recrear nuestra sexualidad de tal forma que la sintamos realmente positiva, plena y gozosa.

Y si nadie nos puede imponer un esquema como obli­gatorio, también es cierto que debemos superar nuestra pereza que nos hace cumplir lo que otros dicen.

Siempre y en todas las culturas la sexualidad tuvo una forma específica de ser vivida, ya que no existe ley natural alguna ni instinto que la predetermine hacia una forma u otra.

No debemos, por tanto, sobre todo los adultos, extra­ñarnos ni alarmarnos si hoy surgen formas y experiencias nuevas, que nosotros podremos no aceptarlas para noso­tros, pero tampoco podemos negarles a otros el derecho de asumirlas como propias.

En definitiva, el único riesgo de la sexualidad, como de cualquier otra actividad humana, es la auto destrucción o su transformación en fuente de infelicidad, conflicto, sufri­miento y muerte, sea para uno mismo sea para nuestros semejantes.

Si hay algo irrenunciable es nuestro derecho a vivir gozosamente en el amor. Y, coherentemente, a dejar que los otros tengan el mismo derecho.

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