Nuevas Experiencias Educativas

Nuevas experiencias educativas en una vieja escuela 

En menos de tres días, los portales de noticias publicaron innovadoras prácticas de algunas instituciones europeas. Sin embargo, en Argentina, la noticia del día refiere a que, en la secundaria, uno de cada 10 jóvenes repite el año. En todo el país, según datos oficiales, la repitencia creció de 8% a casi 12% en la última década y es peor aún en primero y segundo año.

En menos de tres días, los portales de noticias publicaron innovadoras prácticas de algunas instituciones europeas. Una de ellas, sostiene que en el Wellington College, un prestigioso internado de Reino Unido para estudiantes entre 13 y 18 años, instituyó, hace unos años, lo que denomina “clases de felicidad”, una asignatura de una hora a la semana, la cual se basa en enseñar al alumno a vivir. En ella, profesores especializados crean debates sobre las emociones, se fijan objetivos de vida positivos y enseñan a los niños a sobrellevar la tensión del día a día.

Por otro lado, en Barcelona, los colegios de jesuitas de Cataluña, en los que estudian más de 13.000 alumnos, han comenzado a implantar un nuevo modelo de enseñanza que ha eliminado asignaturas, exámenes y horarios y ha transformado las aulas en espacios de trabajo donde los niños adquieren los conocimientos haciendo proyectos conjuntos. ¿El motivo? Los chicos se aburren en la escuela, nada más ni nada menos. Por ende, esta prueba piloto sostiene que no haya asignaturas, ni horarios y pueden salir al patio cuando los propios alumnos deciden que están cansados.

Sin embargo, en Argentina, la noticia del día refiere a que, en la secundaria, uno de cada 10 jóvenes repite el año. En todo el país, según datos oficiales, la repitencia creció de 8% a casi 12% en la última década y es peor aún en primero y segundo año.

Si bien no caben dudas que las experiencias europeas son innovadoras para la escuela, tal como todos la conocemos; hay que dejar en claro que no se trata de una nueva pedagogía como vaticinan algunos, sino de poner en práctica todos aquellos fundamentos teóricos que venimos leyendo desde hace más de dos décadas. Entonces, ¿Qué es lo que sucede en la escuela que, a pesar de haber mejorado la formación y capacitación docentes y de haber aumentado la inversión educativa, seguimos transmitiendo saberes rígidos, cristalizados y que no tienen sentido para el mundo de hoy?

La respuesta es compleja. No alcanza con sumar una hora semanal para rescatar las emociones ni cambiar espacios y tiempos en una escuela la cual tiene prácticas tan enquistadas. La institución escolar está ligada a viejas formas de saber y será muy difícil el cambio. El punto de partida podría ser poner en cuestión el principio de autoridad que tenía el profesor como única fuente del conocimiento; en consecuencia, la clave pasaría por dar más importancia al “proceso” de apropiarse del conocimiento y no al “producto” del aprendizaje. En este sentido, el Juan I. Pozo señala que la escuela debería ser el espacio crítico que ayude a convertir la información en conocimiento, en un momento en el que a través de la tecnología se recibe muchísima información que es necesario aprender a gestionar y a transformar en un conocimiento capaz de gestionar el cambio.

Sin dudas que no alcanza con copiar una experiencia ni tampoco con proponer cambios alternativos sin que el Gobierno de turno los implemente de manera sistemática. Se trata de pensar políticas educativas que incluya a todos, que se implementen democráticamente y de manera inclusiva y, además, que sea acompañado de una fuerte capacitación docente. No sirven las experiencias aisladas, tal como sostenía Leticia Cossettinni cuando describía su aporte a la historia de la educación; necesitamos compromiso del Estado en todos sus estamentos a fin de implicar a todos los responsables.

Es posible cambiar la escuela, es necesario hacerlo. Todos y cada uno, podemos aportar

 

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